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The Ripper. [Abi McDowell]

Caleb Dankworth el Jue Oct 02, 2014 5:58 am

Había sido uno de los días más largos que había tenido en el trabajo en semanas. En los últimos días había habido muchas desmemorizaciones, así que hoy me había tocado escribir informes de todo. Me gustaba mucho mi trabajo, pero la parte en la que tenía que escribir largos y detallados informes en los que describía qué había pasado con los Muggles siempre me sacaba de quicio y me hacia replantearme seriamente si no debería cambiar de trabajo. El problema era que ser Desmemorizador se me daba muy bien, pagaba un sueldo muy decente, y era la única cosa para la que tenía paciencia. Además, desmemorizar Muggles está bien, aunque lo que más me gusta hacer con ellos es torturarles, pero si hiciese eso me despedirían en dos segundos y me hallaría en un viaje solamente de ida a Azkaban... Oops.

Después de salir del trabajo me fui por Londres a relajarme. Me había quitado la túnica de Desmemorizador e iba vestido de manera algo más normal, con pantalones negros, una camisa blanca impoluta y una chaqueta negra. Me la habría quitado si el día hubiese estado un poco mejor, pero el verano ya se había ido, el otoño había llegado, y con él las nubes, la temperatura húmeda tirando a fresquera y la típica niebla londinense.

No me fui a casa, pues allí no había nada que hacer. Mi hijo Zack llevaba ya semanas en Hogwarts cursando su séptimo y último curso, y no había nadie más en la mansión. Sylvan a veces visitaba, pero en estos momentos estaba de viaje. Hace unos meses estuvo en la India, luego nos visitó durante una semana antes de largarse a Nueva Orleans y hacía tiempo que no sabía nada de él. Conociéndole cono le conocía sabía que estaría metido en algún lío pero no me preocupaba.

Como no había nadie en casa decidí caminar por las calles de Londres buscando un sitio adecuado para pasar un rato. Necesitaba una bebida con urgencia, así que acabé en un bar en una de las calles de Londres en las que era frecuente encontrarse locales llenos únicamente de magos y brujas. El bar en cuestión, The Ripper, no tenía la mejor fama de Londres debido a la gente rarita y sospechosa que lo frecuentaba (más de una vez había visto yo pasar por ahí a compañeros mortífagos para tomarse algo) pero la comida era decente y las bebidas estaban buenísimas y a buen precio, así que merecía la pena ir allí.

Cuando llegué el local no estaba muy lleno, pero tampoco estaba vacío. Había algunas personas charlando y tomando algo en las mesas y otras bebiendo en la barra. El bar estaba bastante bien, limpio y con una iluminación decente. Caminé hacia la barra, que era donde siempre me sentaba cada vez que iba a The Ripper. Por el rabillo del ojos observaba a la gente que había a mi alrededor, y aunque no me sonaba casi nadie sí que reconocí a Jack, un tipo flaco y alto de pelo negro que le llegaba por la barbilla y ojos pequeños y marrones. Siempre me recordaba a un ratón, no sé por qué. La razón por la que le conocía era que él también era mortífago, y cuando me vio me saludó con la mano. Le devolví el saludo educadamente con un gesto de la cabeza pero no me detuve a hablar con él, pues aparté de que el hombre estaba ocupado con unos tipos de pintas raras yo no tenía ni una pizca de ganas de hablar con él.

Me senté en un taburete de la barra, donde pedí que me sirviesen un vaso de whisky de fuego. Me puse a silbar por lo bajo y a mirar distraídamente a mi alrededor mientras esperaba a que me sirviesen la bebida.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Vie Oct 03, 2014 1:09 am

Milagrosamente, hoy había salido relativamente pronto del Ministerio. O más bien, había cumplido perfectamente con mi horario, puesto que no tuve que quedarme ningún tiempo de más en hacer cosas atrasadas que mi querido Ministro se empeña en retrasar y retrasar hasta que son las dos de la tarde; cuando mi horario se acaba a las dos y media. ¿Pretende que todo lo que no he hecho en ocho horas lo haga en media hora? Primero que se ordene él y luego ya me ordena a mí.

Fui directamente a mi casa después de aquello, en dónde me quité aquella estrecha y elegante ropa que solía usar para trabajar. Era cómoda, pero sólo para esas ochos horas. Luego realmente no iba conmigo. Me vestí con algo mucho más cómodo, unos vaqueros ajustados con unas botas negras con tacón. Tenía la intención de hacer unos recados por la tarde, por lo que cuando el sol cayó, fue cuando yo salí. Tenía fama en el edificio dónde vivía porque casi nunca usaba la puerta para salir de mi casa, ya que la mayoría de las veces utilizaba la desaparición hacia cualquier lado, por lo que la gente no solía verme. Como ahora mismo me dirigía a una tienda muggle, no me servía de nada utilizar la aparición, pues alguien podría verme. Salí por la puerta y los universitarios que vivían en aquel edificio —puesto que eran pisos en dónde en su mayoría eran adolescentes de postgrado— me miraron con sorpresa. No por sorpresa por verme, sino sorpresa por ver lo increíble que estaba. Yo les sonreí, porque hay que llevarse bien con los vecinos. Y también porque me encantaba ser el objeto de deseo de los hombres. Tras una mirada, caminé escaleras abajo hasta salir por el portal.

Hacía mal tiempo; un tiempo típico de Londres cuando el verano se ha acabado. No hacía frío, pero el cielo estaba encapotado y la niebla era irritante. Además de que por la noche la humedad era odiosa, pero no tenía pensado pasar la noche fuera de casa. Me esperaban muchos documentos que leer, muchas fichas que revisar y un disco nuevo de un grupo muggle por escuchar mientras no hago nada con mi vida. Plan perfecto, ¿no?

Sin embargo, a medida que iba caminando por las calles de Londres, repletas de muggles, el tiempo comenzó a refrescar y, con ello, las nubes empezaron a precipitar. No era una lluvia demasiado fuerte, pues al principio podrías sobrevivir bajo ella sin tener que ponerte a resguardo en ningún sitio. No obstante, aun a varias calles de mi destino, la lluvia empezó a caer realmente fuerte y eso era algo que no iba a soportar. No tenía paraguas y había demasiada gente como para desaparecerme, por lo que tras poner los ojos en blanco y ocultarme bajo un toldo, me fijé que el bar The Ripper estaba justo en cruzando la calle. Era un buen sitio, sobre todo por el ambiente que solía haber. Tras mirar para ambos lados de la carretera, crucé rápidamente cuando no venían coches y empujé de la puerta para entrar en el bar… Error, la puerta se abría tirando, así que tras pegarme un golpe que esperaba que nadie hubiera visto, tiré de ella y entré al interior. Me quité la chaqueta que estaba húmeda y me pasé la mano por el pelo para que las gotas cayeran.

Me percato en el ambiente y tenía la intención de sentarme en alguna mesa para tomarme algo mientras escampaba. O también podría ir al baño y desaparecerme, pero sin duda el alcohol siempre era una mejor opción que la vía rápida de escape. Me dirigí paralelamente a los taburetes de la barra hacia una mesa vacía, pero mientras pasaba, me percaté de una cara conocida sentada en uno de esos asientos. Una cara que no iba a olvidárseme porque eran unas pocas que merecían ser recordadas. Por lo que mis pies se pararon de golpe, acaricié su hombro para llamar su atención y apoyarme en la barra justo al lado de él.

¿Qué? ¿Me voy de la planta de Desmemorizadores y te olvidas de mí? —le pregunté retóricamente, sentándome en el taburete que tiene al lado, el cual desconozco si lo ocupa alguien que ahora mismo no está allí. Algo que no me importa. Me hago hacia adelante y le beso la mejilla como saludo— ¿Estás solo? —fruncí el ceño, sorprendida. ¿Caleb viniendo solo a tomarse algo? Normalmente detrás de todo siempre había una chica, una misión o… quién sabe, algo mucho más divertido… una víctima. El camarero se acercó a mí y me sonrió con una perfecta dentadura, yo le guiñé un ojo, pues ya nos conocíamos—. Bourbon seco. —Y acto seguido volví a mirar a Caleb.

Spoiler:
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Oct 03, 2014 9:56 pm

No tardaron en traerme la bebida que pedí, pero tuve que pedir otra inmediatamente pues me tragué el whisky de un trago, como siempre solía hacer. Muchos decían que era una mala costumbre y que debería dejar de beber tan rápido, pero yo no veía por qué debería hacer eso. Me gustaba beberme el primer vaso rápido porque no me hacía nada, cuanto antes llegásemos a los que día que me hacían efecto, mejor. Para eso pago, ¿no?

Estaba aburrido, sentado en la barra y bebiendo mi segundo vaso de whisky con más calma. Tenía la mirada fijada en un punto en la pared que no tenía absolutamente nada de interesante, pero mi mente estaba perdida en mis pensamientos. Recordaba días del pasado, cuando estaba rodeado de amigos o acompañado de hermosas mujeres a mi lado cuando venía a beber. Luego cambié a las hermosas mujeres por una sola mujer, a la que perdí, y tras ella se fueron todos los demás, así que aquí estoy... Sólo con mi vaso de whisky (el cual se acabaría pronto y sería reemplazado por un tercer vaso).

Tenía la cabeza hecha un lío desde hacía días. Mi vida había sido muy normal (bueno, normal para una persona como yo, pero rara para la gente común, supongo) en los últimos ocho años. Me había dedicado a trabajar, a criar a mi hijo, a viajar, a salir de juerga hasta altas horas de la noche y a traer a mujeres extrañas a mi casa y a mi cama. Además, había estado en varias misiones como mortífago, y había matado y torturado a un gran número de personas. Vamos, lo normal, no había habido muchos cambios. Y de repente el otro día me crucé por la calle a la fuente de tanto mis alegrías como de mis penas. Alyss. No sabía cómo sentirme acerca de todo lo que había averiguado de ella. ¿Furioso? Sí, estaba furioso, pero no tanto como antes. Más bien molesto. ¿Feliz? Sí, estaba feliz, había vuelto a ver al (segundo) amor de mi vida, a la cual pensé que jamás volvería a ver! Pero la felicidad se esfumaba cuando recordaba como había acabado tanto nuestra relación como nuestro último encuentro, y entonces la rabia volvía a mí. Sé que lo correcto es no estar con ella (por tantas razones que no me caben en los dedos de las manos) pero odio eso. En resumen, me siento miserable. Necesito una distracción, algo, ¡lo que sea!

Todavía me quedaba algo de whisky en el vaso cuando oí una voz detrás mío dirigiéndose a mí. La voz me sacó de mi pensamientos depresivos, y una sonrisa ladeada pícara (la que solía caracterizarme) apareció en mi rostro cuando reconocí a su dueña. Giré la cabeza para mirar a los ojos a la última persona que esperaba encontrarme aquel día, nada más ni nada menos que Abi McDowell. Abi y yo éramos amigos, habíamos trabajado juntos durante un tiempo y éramos aliados bajo el liderazgo del Señor Tenebroso. Además, alguna que otra vez había sido muy buena compañera de cama... No podía quejarme en absoluto de verla allí al lado mío.

-Bueno, pensaba que ahora que estás pegadita al Ministro de Magia no te haría falta mi mundana compañía- dije con sarcasmo. Recorrí su cuerpo con la mirada, pues hacía mucho tiempo que no la veía. No había cambiado nada, seguía tan genial como siempre. Se sentó en el taburete de la lado y se acercó para darme un beso en la mejilla. La saludé rodeándola la cintura con mi brazo y dándola un ligero y amistoso apretón. La solté y le di otro trago a mi bebida mientras ella me preguntaba si estaba solo. Asentí con la cabeza.- Sí, no había nadie decente con quien pasar el rato... Hasta ahora, claro- dije, y la guiñé el ojo.- No esperaba verte por aquí. Es una sorpresa muy grata.


Última edición por Caleb Dankworth el Miér Oct 15, 2014 5:06 am, editado 1 vez
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Mar Oct 07, 2014 1:39 am

No era mi intención ir a The Ripper a tomarme nada en un principio, si llego a tener en mente un plan tan triste de ir sola a tomarme una copa, posiblemente me hubiera quedado en mi casa, cobijada de la lluvia y pasando una tranquila velada en compañía de mi queridísima soledad. Por suerte para mí, las sorpresas y las gratas compañías vienen cuando menos me lo espero. Cuando quiero, me encuentro con las compañías más desastrosas y asquerosas jamás vistas; cuando no, me encuentro con calidad. Una calidad exquisita y exclusiva. Nada más ni nada menos que un Dankworth: el más atractivo de todos. Y posiblemente una de las pocas personas en mi vida que puedan meterse en la categoría de amistad.

No dudé lo más mínimo en acaparar el taburete que estaba a su lado, puesto que de estar ocupado me hubiera dicho algo, aunque posiblemente no me hubiera ido de haber sido el caso. Fui bastante directa: un saludo, una mirada, una retórica y molesta pregunta y, sobre todo, la materia prima de la diversión: el alcohol.

Su contestación sobre el Ministro fue divertida, sobre todo por ese recelo inofensivo que venía oculto en ese sarcasmo. Sin duda prefería ser Desmemorizadora a ser el Asistente del Ministro, pero con el tiempo he ido acostumbrándome a cambiar totalmente el chip de mis acciones, además de que para Lord Voldemort era más útil en un puesto en dónde pudiera enterarme de casi el noventa por ciento de las cosas que una Desmemorizadora normal, no puede. Era cuestión de utilidad y, por qué no, de superioridad. Me encantaba poder hablar en nombre del Ministro y que la gente tuviera que callarse ante mis palabras. Más de una vez callé a algún jefe de departamento y era como tener un mini-orgasmo de satisfacción.

Venga ya… —lo miré de reojo— Sabes que tanto formalismo no va conmigo. Prefiero la loca compañía de un mundano como tú antes que la elegancia recatada de un hombre de setenta años… —ironicé, fingiendo tener un escalofrío de inconformismo y asco— Así que ya puedes volver a apuntarme en tu lista.

Buscar buena compañía era algo difícil, yo por mi parte, tenía a muy pocos que realmente consideraran buena compañía. Aunque podría decir que era un cupo bastante limitado entre todos mis conocidos... Y si tenía que ponerme a pensar, la gran mayoría eran mortifagos. Entre ellos, uno de los más "echaba de menos" era a Scott pero puesto que, nuevamente, estaba desaparecido, podría irse a la mierda, pues ya no iba a seguir con su estúpido juego misterioso de "mi vida es más interesante porque soy un nómada pobre". Y respecto a mis conocidos más amistosos… la verdad es que no tenía muchos. Nunca he sido nadie demasiado sociable, no vamos a engañarnos.

Sonreí altiva ante sus afirmaciones, guiñándole un ojo.

Lo sé —hablé yo, aunque realmente fue mi ego hecho de carne y huesos cuando dijo que era una sorpresa grata. Obviamente para un aliado siempre era una sorpresa grata, para un enemigo… posiblemente la peor sorpresa que puedas imaginarse—. Hacía tiempo que no nos veíamos. ¿Dos? ¿Quizás tres meses? Ni siquiera por el Ministerio, ¿has estado con trabajo fuera del Ministerio todo el tiempo?  —pregunté con curiosidad, viendo como el barman me traía la copa y me la dejaba justo en frente de mí. Bebí un gran sorbo de mi whisky, volviendo a dejar el vaso sobre la barra y pasando mi lengua por mis labios mientras recogía los restos del líquido— ¿O quizás ocupado en otras cosas? —alcé una ceja, suspicazmente, dando por hecho que lo entendería.

Me refería a nuestro trabajo adicional, a ese que está prohibido. Ese en dónde las reuniones son ilícitas y sus misiones penalizadas con la estancia de por vida en la peor prisión del mungo mágico. Sí, ese trabajo que es puro éxtasis convertido en adrenalina y muerte.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Miér Oct 15, 2014 6:26 am

Adoraba ir a sitios a beber en soledad para ahogar mis demonios interiores y sentirme amargado durante el resto del día y que de repente me dieran sorpresas como esta. No suele fallar, vas a un bar de reputación intachable y nada interesante para, pero si vienes a sitios de fama algo oscura acabas encontrándote con la mejor compañía que puede haber en todo Londres. Sonreí sin ocultar mi satisfacción ante la presencia de Abi en aquel lugar, y agradecía no haber estado acompañado aquella tarde, pues habría sido bochornoso tener que mandar a la chica de turno a paseo para poder disfrutar de una compañía de mejor calidad.

-Bueno, ¿y por qué no me has hecho ninguna visita desde que cambiaste de trabajo?- pregunté cuando dijo que prefería mi mundana compañía (de mundana nada, mi compañía es tan exquisita que mi tiempo debería valer mi peso en oro) en vez de la elegancia recatada del Ministro de Magia. Claro, es obvio, conmigo siempre de lo pasa bien, y es que soy muy flexible. Siempre estoy disponible para todo lo que sea diversión de la buena. Cuando hablé mi tono sonaba falsamente dolido e indignado, pero no pude esconder mi media sonrisa.- El Cuartel de los Desmemorizadores sólo está a unas plantas de distancia, ¿o te has olvidado ya de dónde está el agujero en el que nos dejaste a tus compañeros?

Pegué un trago mientras escuchaba lo que decía, y de nuevo sonreí mientras tragaba, mirándola con una expresión pícara.

-Nunca te borré de mi lista. ¿Qué clase de mala persona crees que soy?- Pregunta trampa, pues obviamente quien me conoce bien sabe que precisamente un ángel no soy, pero con mis amigos sí.

Dije que su presencia allí era una sorpresa muy grata, y no me sorprendí para nada cuando contestó con una amplia sonrisa que ya lo sabía. Alcé las cejas, pues aunque no me sorprendía el gigantesco ego de Abi siempre conseguía divertirme. Yo tengo un gran ego también, pero mucho más disimulado. O al menos solía tener un gran ego en mis buenos tiempos, cuando absolutamente todo me iba bien. Ahora todo depende del día, y aunque mi humor aquel día había empezado bastante mal ahora he de decir que estaba mejorando mucho. Lo que unas copas y la presencia de una vieja amiga pueden hacer. Di un último sorbo a mi vaso y lo dejé sobre la barra. Tenía intenciones de pedir otro whisky más, pero lo haría más adelante, pues si empiezo a beber al ritmo de siempre pronto acabaré arrastrándome por el suelo si no tenía cuidado.

-Tres meses- asentí. Era bastante tiempo, aunque había otra gente y amigos a los que llevaba sin ver mucho más tiempo. A mi hermano, por ejemplo, y a mi mejor amigo Matt. A ese hace ocho años que no le veo. No sé no cómo llegamos a perder el contacto. ¿Tan mal estaba yo que descuidé mi vida de tal manera? Siempre que me acuerdo de él pienso que voy a escribirle o algo, y al final nunca lo hago.- Casi todo el tiempo que paso trabajando lo hago fuera del Ministerio. Ya sabes cómo es nuestro trabajo, cada hora hay un Muggle nuevo al que desmemorizar. Los nuestros deberían tener más cuidado, o aprender a arreglar sus meteduras de pata ellos solos.- ¿Que un Muggle te pilla haciendo magia? Fácil, cárgatelo y asunto arreglado. En más de una ocasión había utilizado yo aquel método cuando me habían pillado por cualquier razón, y siempre resulta ser el método más rápido y eficiente. Aunque claro, el resto de la comunidad mágica no comparte las misma opiniones que la gente como yo, y prefieren métodos más ortodoxos, así que llaman al Ministerio y de ahí sale mi paga de cada mes.- También me cogí unas pequeñas vacaciones y me fui con el crío por ahí, ya era hora de que saliese un poco de este país con este clima de mierda,- dije, y miré por la ventana del bar. Se había puesto a diluviar.

Abi me preguntó si había estado ocupado con otros asuntos, y supe perfectamente a qué se refería. Era increíble lo rápido que aquel tema me hacía cambiar de humor. Mi rostro de iluminó con una sonrisa maliciosa, y mis ojos reflejaron un brillo sádico. Era como que ser mortífago me llenaba de energía. Era irónico, pues arrancar vidas me daba vida a mí.

-He estado bastante entretenido con ese tema, sí- asentí. Pedí entonces un nuevo vaso al barman, y volví a mirar a Abi. La sonrisa oscura no se había borrado de mi rostro. Sé que a ella le gusta nuestro trabajo extra tanto como a mí.- ¿Y tú? ¿Has estado ocupada?

Se oyó de repente un gran jaleo dentro del bar, y giré la cabeza para ver de qué se trataba. Jack, el otro mortífago que se encontraba en aquel lugar, estaba discutiendo con sus compañeros de mesa, que le acusaban de haber robado algo. Dinero, creo. Jack les insultaba, y parecía que estaba a punto de perder los nervios. El barman silbó para llamar su atención y les dijo a todos que bajasen la voz. Puse los ojos en blanco durante un segundo, y mi gesto reflejaba una ligera irritación.

-No sé cómo tipos como él consiguen ser uno de los nuestros- le comenté a Abi mientras miraba de reojo a Jack, que ahora discutía en voz baja y parecía nerviosísimo. Su aspecto de ratón le daba un aire cómico a todo el asunto.- Mírale, a veces me da hasta pena. Son los de su tipo los que siempre se meten en problemas y nos arrastran a los demás con ellos.

Me trajeron mi nuevo vaso de whisky, pero sólo le si un sorbo pequeño antes de posarlo sobre la barra y devolverle toda mi atención a Abi. Seguro que tenía mil cosas que contar.
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Abigail T. McDowell el Miér Oct 15, 2014 2:21 pm

Que yo no hiciera visitas era muy relativo… en ocasiones era porque realmente mi tiempo libre en el trabajo brillaba por su ausencia. Que si vete a no sé qué sitio a llevar esto, que si vete a este otro sitio del otro lado del Ministerio a recoger esto, que si vete a llamarme a no sé quién, que si vete a hablar de no sé qué tema con no sé quién jefe… Me gustaba en cierta manera porque era la encargada de organizar la mayor parte de la agenda del Ministro, motivo único por el cual me enteraba de la gran mayor parte de sus movimientos. Pero… ¿El Ministro tenía tareas ilícitas que yo no sabía? Porque hasta dónde yo sabía, se pegaba el puto día firmando cosas que yo ya le he dado por buenas, por lo que realmente no tiene que leérselas. Sí… mi trabajo no era el mejor del mundo, era aburrido en ocasiones pero lo único bueno que tenía es que cobraba más y tenía información útil con la que regocijarme en mis noches más oscuras. Tenía víctimas útiles, víctimas potenciales con las que divertirme y sabía perfectamente quién era peligroso y quién no. Junto al Ministro, toda esa información me venía de gratis como advertencia o como simple información leída en informes de Aurores. Pero sin duda, prefería mil veces haber conservado mi puesto de Desmemorizadora de haberme conformado… pero como tengo el defecto o la virtud de auto-superación, pues termino por intentar llegar siempre más allá. Además de que nada me satisface más que poder ver a mi madre en su puesto de Aurora teniendo que responder a mis preguntas en nombre del Ministro. Era como jugar con un perrito. Un perrito afligido ante la sombra de su hija.

Sus palabras me hicieron sonreír, sobre todo porque él era consciente de que adoraba mi trabajo anterior. Era divertido, todo lo que necesitaba para ser feliz: diversión. De todo tipo.

El departamento de Desmemorizadores es un caos cuando no trabajas ahí… siempre hay trabajo para ustedes y si me tuviera que mover todos los días hacia allí podría darme algo teniendo en cuenta todo lo que tengo que hacer. Normalmente va la estúpida de mi secretaria a llevar todos los informes. Debes conocerla… rubia, regordeta y es Hufflepuff. La viva imagen de Helga. Se le nota a lo lejos, no sabe dar dos pasos sin que se le caigan las cosas. Es insoportablemente irritante —puse los ojos en blanco con una mueca asqueada— ¿Crees que alguien la echaría de menos si desaparece? —susurré y una perversa y ladeada sonrisa se formó en mi rostro, aunque sobre todo divertida.

Obviamente a nadie se le ocurriría borrarme de su lista: era una pelirroja sexy con la misma proporción de perversidad en la calle que en la cama. Aunque como chica lista que soy, era consciente que debía de ser una sucia en la cama, pero una dama en la calle. Pues en esta sociedad, lo que más valía era la apariencia o serías juzgado por todos. Bebí de mi vaso de whisky antes de que terminara de hablar y alcé una ceja con incredulidad ante su retórica pregunta.

¿Tú, mala persona? —repetí, negando con la cabeza— Eres un sol, no sé cómo es que no has terminado siendo sanador para repartir bienestar a todos aquellos que la necesitan —ironicé, poniendo mi mano sobre su muslo para acercarme levemente a él— Aunque de ser así, perderías todo el atractivo. —confesé con picardía. Era un hecho de que si en algún momento me fijé en este hombre, fue tanto por su atractivo como por su especial manera de divertirse.

Sabía perfectamente que en ocasiones el trabajo de Desmemorizador trataba una y otra vez de recorrerse Londres en busca de esos muggles traumatizados por haber visto algo fuera de lo común. No era muy difícil, normalmente se les notaba perturbados por algún factor externos muy poco común en sus vidas. Y podía llegar a ser realmente agotador. Luego me contó que había aprovechado para irse de vacaciones con su hijo y una sensación desagradable me recorrió todo el cuerpo. Suponía que aún no me había venido esa maternidad propia de las mujeres, pero la simple idea de tener un hijo me parecía, aparte de una pérdida de tiempo, algo que no iba para nada conmigo. Sólo tengo veintiséis años y la idea me acojonaba. Yo me quedaba embarazada y probablemente me suicidase o asesinase a mi hijo bebiendo lejía. No sabía cómo Caleb había dado el paso hace tantos años, pues realmente era todavía un hombre joven.

¿Zack era, verdad? —Me había hablado anteriormente de su hijo y lo había relacionado con la edad de mi hermano, pero tras preguntarle a Max me había dicho que Zack de Slytherin no estaba en su mismo curso. Una pena, hubiera sido una influencia muy buena teniendo en cuenta cómo era su padre— ¿Este año se gradúa, no? ¿Lo meterás con calzador en el departamento de desmemorizadores aunque sea como becario? —le pregunté curiosa. Yo tenía la capacidad de meter a quién fuera en dónde quisiera, al fin y al cabo era una de las pocas cosas que tenía como ventaja: entrevistar a gente en busca del adecuado para el puesto ofertado.

El tema de nuestro trabajo ilícito era cuánto más divertido, sobre todo por las escuetas contestaciones que dábamos en un lugar público. Si estuviéramos en la intimidad serían respuestas con mucho más grado de detalle.

Siempre estoy ocupada en mi ámbito laboral. No paro por el día y mucho menos voy a parar por la noche. Soy una adicta al trabajo —le contesté con una traviesa sonrisa en el rostro, volviendo a beber del líquido de mi vaso.

Sin previo aviso, el barman fue el encargado de poner orden a un desastre producido por uno de los nuestro. Jack era un estúpido negado para la magia que se unió a la causa de Lord Voldemort no por ambición o poder, sino por miedo. Era la típica ratilla busca pleitos que se libraba de su sentencia siempre por suerte. Era como un tumor para la comunidad de mortifagos que realmente tienen espacio en la Mansión Riddle. Negué con la cabeza mientras escuchaba a Caleb.

Es un cáncer —aparto la mirada de aquel hombre y vuelvo a posarla en mi amigo— Es de los muchos que deberían ser sacrificados. Estamos mejor sin gente como él que con ellos... dudo mucho que tener a gente como esa de aliado sea algo positivo. —contesté, encogiéndome de hombros antes de beberme las últimas gotas de mi vaso. Alcé el dedo levemente para indicarle al barman que quería otra. Luego me dirigí hacia Caleb— Por suerte, nunca le encargarían nada importante a alguien como él, teniendo a gente como nosotros. Por lo que acabará cavándose su propia tumba. —puse un mohín de poca importancia y sujeté el vaso mientras el camarero me llenaba nuevamente la copa— Pero cambiando de tema… ¿Cómo tienes pensado terminar la noche?
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Miér Oct 15, 2014 6:12 pm

Cuando le reproché en broma que nunca se pasaba por el Cuartel de Desmemorizadores a visitarme dijo que aquel lugar era un caos y que estaba muy ocupada. Era la respuesta que todo el mundo solía dar, pero de Abi me lo creía. Su trabajo nuevo era muy ajetreado, yendo todo el día de un lado para otro encargándose de los asuntos del Ministro. Reí por lo bajo cuando me describió a su inútil secretaria y me preguntó si alguien la echaría de menos si desapareciese.

-Para nada, no lo creo- dije. No creía que todos los Hufflepuffs fuesen inútiles, pero esa mujer suena realmente horrible.- ¿Te hago el favor o te encargas tú?- pregunté medio en broma, medio en serio.

Solté una carcajada cuando respondió a mi sarcástico comentario acerca de mi inexistente bondad diciendo que debería haber sido sanador. Más que sanador, yo habría sido "dañador". Dame la oportunidad de encargarme de alguien que está en una camilla y el pobre desgraciado acaba disecado. La verdad era que los sanadores de San Mungo deberían adorarme, nunca estarían fuera de trabajo gracias a mí. Cada vez que podía les mandaba un paciente nuevo, a veces uno sin brazo, otro sin pierna, sin lengua, sin ojos, sin orejas, o directamente sin cabeza. La tortura física me gustaba tanto como la mágica, o puede que incluso más. Podemos meternos con los Muggles todo lo que queramos, pero hay que admitir que saben lo que hacen en cuanto a tortura se refiere. Utilizar la fuerza bruta o sucios trucos para hacer gritar a la víctima de turno me hacía sentir como un crío con su juguete favorito.

Cuando me preguntó que qué había estado haciendo le contesté que había estado trabajando, como siempre, y mencioné que me había ido de vacaciones con Zack. No habían sido una vacaciones muy largas, tan sólo dos semanas, pero algo era algo. Antes solíamos viajar todo el tiempo, pero últimamente esas ocasiones se habían ido reduciendo. Este año, sin embargo, al ver que yo no tenía absolutamente nada que hacer durante dos semanas y que Zack se tiraba todo el día en su cuarto haciendo nada decidí hacer las maletas para pirarnos. El viaje había estado muy bien, habíamos visto Rusia (uno de mis países favoritos en el mundo, y además parte de mi familia es de allí) y habíamos ido también a Alemania, Austria, e Italia. Luego habíamos vuelto a casa cuando yo tuve que volver al trabajo y Zack tuvo que volver a Hogwarts.

-Así es- contesté a Abi. Puse una mueca a la vez que asentía cuando preguntó que si Zack se graduaba ya este año.- Sí, ya se gradúa... ¡Me siento viejo!- sé que no soy viejo, tan sólo tengo treinta y cuatro años y la mayoría de la gente están empezando una familia a mi edad, pero me lo sentía. ¿Y cómo no? Todo era muy raro, dentro de poco mi hijo sería más mayor que lo que yo era cuando Rose y yo le tuvimos a él. Menos mal que Zack parece haber salido más listo que nosotros y ni siquiera tiene novia, pues ser abuelo antes de los cuarenta no me apetecía en absoluto.- No creo que Zack necesite enchufe, es un mago bastante bueno. De todas formas, cuando le pregunté dijo que no estaba interesado. Antes quería trabajar en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Le encantan esos bichos, cuanto más peligrosos mejor- a veces era un gran dolor de cabeza tener a Zack como hijo, tenía que tener cuidado todo el tiempo y vigilar que no me metiese ningún bicho peligroso en la casa. Aún vivía con el temor de que el chaval algún día apareciese en casa con un huevo de dragón del mercado negro, o alguna cosa por el estilo.- Pero ahora dice que quiere ser Inefable, así que nada. Lo que realmente me preocupa es si se unirá al otro trabajo, ya sabes.

Le hice saber a Abi que sí que había estado ocupado como mortífago. Últimamente hay muchas cosas que hacer para el Señor Tenebroso, y yo no soy una persona que se niegue a hacer tales trabajos. Abi me hizo saber que ella también había estado ocupada, y su sonrisa traviesa me hizo sonreír a mí también.

-Es una pena que nunca trabajemos juntos- dije.- Sería un verdadero placer verte en acción.

Después de que el idiota de Jack empezase a tener bronca con sus compañeros de mesa, tanto Abi como yo nos quejamos. La manera en la que Abi le describió fue perfecta: cáncer. Eso era lo que era, la célula enferma que nos hacía quedar mal a los demás. Si al menos tuviese verdadera vocación por nuestra causa se le podría perdonar, pero el tío era un cobarde que sólo estaba con nosotros por seguridad, porque pensaba que podíamos protegerle mejor que los del otro bando. Inútil...

-Ni siquiera entiendo cómo consiguió ser uno de los nuestros. No tiene ni el carácter, ni la vocación, ni la capacidad. No es como nosotros- murmuré en voz baja, pues no convenía que las demás personas que había en el bar nos escuchasen, por muy mala reputación que tuviese la gente que acudía a ese sitio. Nunca se sabe cuándo pueden estar escuchando los oídos equivocados.

Abi cambió de tema, haciendo que la conversación prometiese tener un giro mucho más interesante. ¿Mis planes para acabar la noche? No había tenido muchos hasta el momento, pero ahora que tengo a Abi delante de mí se me ocurren mil y una cosas, cada una mejor que la anterior. Me incliné un poco en el asiento, acercándome más a ella.

-¿Por qué no...?- iba a proponer algo, pero mis palabras fuero interrumpidas cuando la puerta del bar se abrió de repente, dejando entrar una fuerte ráfaga de viento helado y húmedo a causa de la lluvia. Aquello no me habría molestado si la gente que acababa de entrar hubiera sido normal, pero no lo eran.

Sus túnicas les delataban, eran Aurores. Había cuatro (dos habían entrado y dos se habían quedado en la puerta) y se dirigían hacia Jack con la varita en mano, claramente con intención de arrestarle. Apreté la mandíbula mientras miraba al mortífago inútil con fastidio. Sabía que aquel idiota no tardaría en meterse en algún lío gordo.

Los Aurores no tenían cara de buenos amigos, y su presencia allí no me gustaba. Menos me gustó todo aquel asunto cuando Jack empezó a gritarles y a resistirse cuando vio que iban a por él. Ni siquiera defenderse sabía hacer bien...

-¿Por qué no nos vamos a algún sitio más tranquilo?- le propuse a Abi por lo bajo. Dos Aurores todavía estaban en la puerta, pero había una puerta trasera que conducía a unas callejuelas que siempre estaban desiertas.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Jue Oct 16, 2014 1:09 am

La idea de que mi secretaria se fuera a tomar viento no se me antojaba como algo malo, de hecho, se me hacía incluso divertida la idea de recibir otro secretario como sustitución. Dudaba mucho que fuera tan inútil como la que tengo ahora mismo. Realmente no sé siquiera si es Hufflepuff, pero es que no pudo asistir a otra casa sabiendo como es y las cosas que hace. Es, sin duda, la reencarnación de Helga.

Toda tuya, me da pereza hasta librarme de ella —contesté, sin saber muy bien si estaba en serio o no. Fuera como fuera, si me la quitaba de en medio era mucho mejor y, si no lo hacía, ya me encargaría personalmente de agobiarla lo suficiente como para que se fuera ella misma del puesto. Creo que ahora mismo debe de estar en su casa desesperada por terminar de rellenar todos los informes que le di y que realmente debería supervisar yo. Por desgracia, a mí me manda el Ministro, pero tenía potestad sobre ella.

La verdad es que no sabía cuánto tiempo había estado trabajando pero… ¿Dónde narices estaban mis vacaciones? Apenas cogía días libres y realmente si cojo vacaciones, ¿qué hago? ¿Vaguear con permiso para luego volver y encontrarme una pila enorme de cosas atrasadas? Eso no era sano, sobre todo porque no hay más gente como yo que pueda hacer todo lo que yo hago de la manera tan eficiente que utilizo yo. Y eso era un hecho.  Además de que realmente si me cojo vacaciones serían para viajar y no me gustaba la idea de irme sola. Quizás cuando Max se gradúe lo rapto y me lo llevo lejos. Aunque estoy segura de que preferirá venirse de vacaciones conmigo que quedarse en casa con esa amargada que tiene como madre.

Caleb me contestó y asentí ante lo que me decía tras prestarle toda la atención que se merecía. Me hacía gracia que tuviera un hijo y por lo que me había contado de él, era como su padre. Sin embargo, me sorprendió lo que dijo al final: “Lo que me preocupa es si querrá unirse al otro trabajo”. Nunca había visto a Caleb tan permisivo y, por decirlo de alguna manera, tolerante. O será que estaba acostumbrada a ver a personas y chicos condicionados por el trabajo de sus padres y que, sin duda alguna, o quieren meterse por decisión propia o es más bien un compromiso con la familia. Sin embargo, a mi amigo no le parecía indispensable el hecho de que su hijo fuera mortifago. Me pareció lo más razonable y de hecho mi mirada se volvió de pura admiración y comprensión. Cada uno debe de elegir su propio camino y no siempre el de tu familia es el adecuado… Mírame a mí, mi madre aurora, mi padre a saber y yo mortifaga. Lo curioso será saber por dónde caerá mi hermano Max.

Bueno, ten en cuenta de que si trabajas en el Ministerio realmente siempre puedes pedir traslado si ves que tu actitud sirve más para otro trabajo. Por lo que tu hijo no tendrá problemas aunque lo que elija no le guste —le aseguré, encogiéndome de hombros— Aunque nunca he entendido el trabajo de un Inefable, me sorprendería que un niño de séptimo lo supiera incluso mejor que yo. —Era como… la nada. Tú pensabas en “Inefable” y es que nada te venía a la mente. Quizás a un hombre raro haciendo cosas raras con objetos raros, pero ya está.

La verdad es que yo tampoco entendía por qué jamás habíamos coincidido en ninguna misión. Aunque siempre podíamos unirnos a hacer misiones totalmente paralelas… al fin y al cabo, Lord Voldemort siempre está agradecido de que conformemos el caos en el mundo mágico siempre y cuando sea en su nombre. Por lo menos, por parte de gente que hace trabajo de calidad, ya que personas como aquel sujeto no tenían cabida en los mortifagos. Por gente como esa la gente nos creía menos de lo que éramos, por gente como esa, la gente no nos temía lo que deberían. Luego era peor para ellos porque te subestimaban y al final terminan con un Avada Kedavra y un rostro congelado como último suspiro. Por suerte, la gente como Jack era tan inútil que terminaban por buscarse la ruina ellos solos.

Intenté pasar de ese tema, pues no me interesaba lo más mínimo e intenté llevar la dirección de la conversación por un tema mucho más interesante: el final de la noche. Mi final lo había predispuesto pasar en mi casa sin hacer nada, pero sin duda por mi mente se me pasaban a cada segundo una idea mejor que la anterior, todas en compañía de Caleb, una botella de whisky, una víctima y cualquier lugar en dónde pudiera empotrarme contra la pared. Se acercó a mí tras mi pregunta y mi sonrisa se ladeó pícaramente ante el principio de su proposición, la cual no terminó nunca.

Los dos nos giramos rápidamente para mirar a la puerta y ver cómo cuatro aurores entraban en el interior con esa cara de mal follados que tienen. Se me congeló el cuerpo, no sólo por la situación sino porque el viento gélido que había entrado me había helado todo el cuerpo. Me humedecí los labios con algo de molestia al ver como entraban a por Jack y él no paraba de armar jaleo. Hablaba más de la cuenta y sus acciones eran propias de un cobarde que intenta aparentar dureza. No sabía lo que hacía y por eso había terminado así. Yo aparté la mirada de allí y me acerqué a Caleb para escuchar lo que decía. No era consciente de la condición de todos los que estaban allí, pero sin duda quedarse no era buena idea para dos mortifagos como nosotros.

Vamos —susurré, cogiendo mi abrigo y dejando sobre la mesa más del dinero necesario para que el barman no reparase en nosotros y poder irnos tranquilamente.

Caminamos disimuladamente hasta la puerta trasera, justo al lado de los servicios tanto de hombre como de mujeres. Nuestro paso fue lento, aunque algo sospechoso teniendo en cuenta la rapidez con la que nos habíamos ido de allí. Pero no era para menos, tanto Caleb como yo éramos caras conocidas en el Ministerio y una mala relación en un lugar de dudosa reputación podría ser muy peligroso. No digamos lo tan peligroso que puede ser que descubran que somos mortifagos.

Toqué el pomo de la puerta para girarlo, pero un grito resonó por toda la estancia.

¡Ellos! ¡¡Ellos!! ¿Los reconoces, verdad? ¡Son mortifagos, como yo! —gritó, levantándose la manga de su camisa para enseñar la marca tenebrosa— ¡McDowell y Dankworth! ¡Seguro que ellos son más valiosos que yo! —soltó una carcajada al ver cómo los aurores le soltaban. "Hijo de la gran puta" fue lo único que pude pensar al ver cómo se desaparecía.

Un hechizo había sido más rápido que Caleb y que yo y nos habían sellado la puerta sin poder abrirla. Sin embargo, huir era la mejor opción, pero sin duda la peor. ¿Qué íbamos a hacer Caleb y yo siendo reconocidos como mortifagos en todo el mundo mágico? Saqué mi varita de la parte posterior de mi pantalón y pude ver cómo tres de los cuatro aurores se acercaban a dónde estábamos. Nunca me había pasado nada igual, por lo que aún estaba replanteándome la situación y preguntándome si realmente nos estaba pasando aquella mierda a nosotros. No obstante, alguien, de alguna mesa, lanzó un hechizo a la lámpara colgante del techo, haciendo que cayera y comenzara el caos, pues todos aquellos que tenían poco que ver con el revuelo actual se levantaron con algo de pánico para irse de allí de manera desesperada, mientras que otros, como el de la lámpara, hacían lo mínimo posible para no delatarse y ayudar a sus aliados.

Mientras tanto, Caleb y yo teníamos nuestros propios problemas...
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Miér Oct 22, 2014 5:50 pm

Sonreí siniestramente cuando dijo que podía cargarme a su secretaria. Realmente lo había dicho de coña, pero si se me presenta la ocasión yo no soy de los que le dicen que no a una víctima nueva. En ese tema yo no discrimino: ¿que se puede matar a alguien? Lo mato. ¿Que se puede torturar a alguien? Lo torturo. El único requisito que tenían que cumplir las víctimas era que fuesen ninguno de los míos. El resto del mundo se podía ir a pique, por todo lo que me importaba...

Vaciaba vasos de whisky a una gran velocidad mientras Abi y yo hablábamos de cualquier cosa. Realmente aquello era sólo un breve pasatiempo mientras tomábamos unas copas para ir animando la noche. Conocía a Abi lo suficientemente bien (y Abi me conocía a mí de la misma manera) como para saber que la nuestra noche empezaba cuando salíamos del bar; ahí era donde venía la verdadera diversión...

Mientras hablábamos de todo el tema de las vacaciones y demás mi hijo fue mencionado, pues era con quien había pasado casi todas las vacaciones de viaje. No paso suficiente tiempo con él, puesto que entre el trabajo, sus estudios, y mi ocupación como mortífago casi no tenemos tiempo libre a la vez, así que hay que aprovechar cada segundo que podíamos. Cuando le dije a Abi que Zack últimamente se había empeñado en ser Inefable dijo que no sabía si un chico de diecisiete años podría ocuparse a eso cuando no siquiera ella lo entendía.

-Bueno, si todo el mundo entendiese el tipo de magia al que se dedican los Inefables, ellos no se dedicarían a estudiarlo para entenderlo, ¿no?- dije encogiéndole de hombros. La verdad es que yo tampoco entendía muy bien qué era lo que hacían en ese Departamento, pero si Zack quiere ganarse el sueldo de esa manera pues que lo haga, me parece muy bien. Ya es mayorcito para tomar sus propias decisiones.- Además, él puede conseguir todo lo que se proponga. No olvides que tiene mis perfectos genes- dije con descaro y con el ego por las nubes que me salía muy de vez en cuando.

Jack no dejaba de hacer el idiota en el bar, era un caso perdido. Abi y yo estábamos de acuerdo en que la gente como él era basura y que estarían mejor muertos, pues era los que hacían que muchas personas no nos tuviesen respeto a los mortífagos como grupo. Decidimos ignorarle, pues era una pérdida de tiempo estar pendientes en lo que hacía aquel gran inútil, y entonces Abi hizo la pregunta importante: cuales eran terminar la noche. ¿Acaso no es obvio? Se me ocurrían varias ideas, pero todas tenían algo en común, y es que pretendía empotrar a aquella mujer que era una fiera contra una pared o cualquier lugar que pudiese encontrar y hacerla tener la noche de su vida hasta que por la mañana no pudiese caminar. No sería la primera vez que le hiciese eso, y todas aquellas ocasiones eran bonitos recuerdos en mi memoria.  

Pero no tuve ocasión de decirle qué era lo que se me cruzaba por la mente, pues en ese momento los cuatro Aurores entraron en el bar, haciendo que todo el mundo guardase un silencio absoluto inmediatamente y que el ambiente de llenase de tensión. Todos estábamos pendientes en los Aurores, y varias personas se quedaron casi petrificadas. Abi, el idiota de Jack y yo no éramos los únicos mortífagos que había en aquel lugar, había dos o tres más, y los que no eran mortífagos tenían amigos y/o familiares entre nuestras filas. Lo que no tenían nada que ver con el Señor Tenebroso pero cuya reputación era reprochable era porque se dedicaban a otras actividades ilícitas como el comercio de productos prohibidos. Todos miramos a los Aurores, queriendo saber a quién venían a arrestar, y resultó ser Jack. Casi bufé de indignación. ¿Es que ese idiota no podía hacer nada bien? ¿Qué había hecho ahora para que nada más ni nada menos que cuatro Aurores viniesen a arrestarle? Obviamente se habrían enterado de que era un mortífago, pero a saber qué era lo que había hecho para que le pillasen.

Al ver cómo se estaban poniendo las cosas le sugerí a Abi que nos fuésemos. No me agradaba nada la presencia de los Aurores allí, pues podía darles por ponerse a inspeccionarnos a todos y Abi y yo teníamos unas bonitas marcas en los antebrazos que nos enviarían directos a Azkaban. Caminamos como quien no quiere la cosa a la puerta trasera para marcharnos por la callejuela que había detrás del bar. No podíamos irnos por la puerta de delante porque ahí estaban dos de los Aurores con pinta de tener muy mal genio. Normalmente los Aurores parecen patéticos, pero estos eran enormes y se les veía competentes.

Llegamos a la puerta trasera y oímos a Jack gritar. Seguía forcejeando con los Aurores en vano, y era un espectáculo penoso. Ni siquiera sabía cómo luchar para salvarse el pellejo...

Pero entonces Abi y yo nos quedamos petrificados, pues Jack había gritado a los cuatro vientos nuestros nombres y había revelado que éramos mortífagos. Al principio hubo un silencio tan intenso que casi se podía palpar en el ambiente del bar. Giré lentamente la cabeza para mirar a los Aurores, que nos miraban a Abi y a mí con los ojos muy abiertos mientras procesaban el chivatazo que les acababa de dar el idiota de Jack. Los Aurores nos reconocían, y al principio parecía que no iban a creer las palabras de aquel grandísimo idiota. Incliné la cabeza a un lado y les miré con cara de "oh, vamos, no vais a creer lo que ese borracho patético e idiota os dice, ¿verdad?". Pero aparentemente sí que se lo terminaron creyendo, pues en apenas un segundo habían soltado a Jack (¡No! ¡Imbéciles! ¡Ir a por él y a nosotros dejadnos en paz!) y tres de los Aurores fueron a por nosotros. Abi intentó abrir la puerta, pero había quedado sellada, dejándonos atrapados entre la pared y los Aurores. Le lancé una mirada fulminante a Jack, que después de lanzarme una mirada burlona que parecía decir "¡se siente!" se desapareció de allí inmediatamente.

-¡Estás muerto, hijo de puta!- mascullé entre dientes para mí mismo. Pero ahora no tenía tiempo de ir a por Jack y descuartizarle, sino que tenía que arreglar el problemón en el que nos había metido. No me puedo creer que estuviese pasando esto. Estoy muy indignado. Solamente he salido a tomar unas copas y a divertirme un poco, pero en vez de eso estoy siendo atacado por cuatro Aurores. ¡Venga ya!

Por suerte, uno de los nuestros que se hallaba en el bar había lanzado un hechizo a la lámpara que colgaba del techo y la había hecho caer sobre los tres Aurores, atrapándoles por el momento. El único Auror que quedaba en pie fue a ayudarles.

Se desató el caos, y todos los inocentes que estaban en el bar (no había mucha gente en el par, sólo unas doce o trece) salieron corriendo a la puerta. Sé que eso sería desastroso, pues entonces habría una docena de personas sueltas por Londres que sabrían que Abi y yo éramos mortífagos. No podía dejar que eso pasará, así que rápidamente lancé un hechizo para bloquear la puerta de entrada al bar, dejando a la gente atrapada dentro.  

Conseguí identificar a la persona que había tirado la lámpara. Era otro mortífago, un metamorfomago llamado Eustace. Sabía que era él porque estaba sentado en el mismo sitio donde antes había estado un hombre alto y rubio, y ahora había en su lugar un tipo bajo, barbudo y castaño que llevaba las mismas ropas que el tipo rubio de antes. Eustace era un mortífago muy útil, pues como siempre estaba cambiando de aspecto nunca conseguían identificarle y pillarle.

-¡Marchaos!- exclamó, mirándonos a Abi y a mí. Miré con preocupación a la gente que intentaba escapar del bar. Los Aurores aún estaba ocupados con la gigante lámpara que había caído sobre ellos, pero sólo quedaba uno atrapado y los demás se estaban preparando para atacarnos. Teníamos que deshacernos de toda aquella gente, pero no nos daría tiempo si también teníamos que ocuparnos de los Aurores...- ¡Yo me encargo! ¡Marchaos!

Le hice un rápido gesto de agradecimiento y entonces le cogí el brazo a Abi para acercarla a mí. Apunté con mi varita a la puerta trasera y conjuré un Bombarda Máxima que provocó una gran explosión. Los escombros volaron por los aires y el lugar de inundó de polvo; había un enorme agujero en la pared donde antes había estado la puerta.

-¡Sal, corre!- exclamé, dándole un leve empujón a Abi para que saliese a la callejuela de detrás del bar, y fui con ella.

Seguía diluviando, y nos cálamos en cuanto salimos. No importaba, lo importante era arreglar aquella situación. Se oyeron gritos y por el rabillo del ojo vi destellos verdes provenientes del interior del bar. Me quedé mirando hasta que de pronto los cuatro Aurores salieron por el mismo agujero por el que habíamos escapado Abi y yo, y comenzaron a dispararnos maldiciones. Apenas habíamos podido defendernos de sus ataques cuando de pronto hubo una gran explosión en el interior del bar, y el local se vio envuelto en llamas en un segundo. Ya no se oían gritos dentro, todos estaban muertos. Eustace escapó del local envuelto en una nube de sombras negras y se elevó hasta desaparecer en la distancia.

Ahora sólo quedábamos Abi, yo, y los cuatro malditos Aurores.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Jue Oct 23, 2014 1:56 am

La idea de pasar una tranquila velada se había ido por completo a la mierda. ¿Cuántas veces había cambiado de planes? Primero mi intención era hacer los recados pertinentes para volver a mi piso y quedarme tranquila en él mientras termino el trabajo atrasado. Pospuse esa opción al ver a un viejo amigo, sólo y desamparado, tomándose un vaso de whisky en un buen local. Su compañía siempre era agradable hacía tiempo que no nos poníamos al día, algo que por regla general no me importa mucho de la gente, mas la vida de Caleb era interesante. Bueno, él era lo único interesante que tenía la familia Dankworth bajo mi más humilde opinión de que me importan una auténtica mierda las prestigiosas familias de largos linajes mágicos. ¿Dinero, elegancia, reputación…? No, a mí sin duda me impresionan con una buena actitud tanto en la calle, como bajo la máscara, como en la cama. Y es que esto de venir de una familia compuesta por una aurora y un pringado y considerarme incluso mejor que muchos procedentes de un linaje tan “puro” me hacía replantearme de que realmente, no era para nada una proeza pertenecer a dichas familias. Lo importante no es de dónde vienes, sino a dónde llegas. Y eso era un hecho irrefutable.

Pero no, al parecer no podía tener una velada dedicada expresamente a beber lo suficiente como para que simplemente surgiera el hecho de terminar los dos en cualquier parte en un desenfreno pasional. Eso es lo que debería haber ocurrido, que se repitiera esa situación de satisfacción personal junto a esa persona que no sólo te atrae físicamente, sino que es pura tensión a desatar.

Pero nada de eso iba a pasar, pues a pesar de incluso dejarlo caer y que nuestras miradas fueran cómplices de que lo pudiera suceder en un futuro, había gente tan egoísta que harían cualquier cosa para salvarse, sin importarle joderle la vida a aquellos que son tus aliados. Jack no iba a permitir que le apresaran, era una rata y, cómo tal, no le importaba absolutamente nada nadie con tal de que su cabeza permaneciese ilesa y lejos de las rejas de Azkaban. Siempre asistía a las reuniones de la Mansión Riddle con la máscara puesta, pues era consciente de que las ratas como éstas en ocasiones de pura desesperación pueden venderte como si fueras basura. En aquella ocasión, Caleb y yo habíamos sido víctimas no sólo de una encerrona horrible, sino de una amenaza real. Una amenaza que siempre es posible, una amenaza que puede significar un antes y un después. Algo que puede cambiar absolutamente toda nuestra vida.

Me había quedado incluso ausente debido a lo rápido que procesó mi mente toda la información que acababa de llegar a mi cabeza. ¿Acababan de delatarme? Sí. Acababan de hacerme semejante traición que como cogiera a ese imbécil de Jack iba a cortarle los putos miembros uno a uno y hacérselos tragar poco a poco. Me daba igual vomitar después sin poder soportar el olor y la visión de tanta sangre, me daba incluso igual sentirme tan mal como para desmayarme. Si salía con vida de aquí, que pretendía hacerlo, iba a coger a Jack y hacer que sufriera más que cualquier otra persona a la que haya torturado.

Después de aquello en dónde mi mente se vio afectada momentáneamente, un caótico desastre se desató dentro de aquel fabuloso local. Las cosas caían, las maldiciones volaban y cada cual luchaba o por su supervivencia, o por la supervivencia de aquellos que realmente son sus aliados. Uno de los presentes era un mortifago, pero no lo reconocí de absolutamente nada. No obstante, no estaba ayudando y en vista a la increíble desventaja numérica de Caleb y mía a la hora de enfrentarnos a los aurores, no iba a negar ni de coña una ayuda. Mi compañero bombardeó la puerta, haciendo que una humareda de polvo nos rodease antes de salir al exterior. Hacía un frío húmedo y nada más salir al interior por aquel callejón trasero el agua de la lluvia nos empapó por completo. Nos alejamos de aquel agujero creado en dónde antes había una puerta y no tardamos en ver cómo los aurores nos perseguían. Yo había sacado mi varita y fui lo suficientemente rápida como para evitar que ninguna de las maldiciones impactase contra nosotros, por lo menos antes de que aquella detonadora explosión llamase la atención de todos y envolviera el local en llamas.

Caleb, si queremos seguir con nuestras vidas eres consciente de cómo tenemos que acabar esta noche, ¿verdad? —Yo o terminaba muerta, o terminaba con todos estos aurores muertos, pero no pensaba pisar Azkaban en mi vida ni tampoco vivir escondiéndome. No había nacido para ninguna de esas dos cosas.  

Los aurores habían prestado atención al interior del local mientras otros no quitaban la mirada de nosotros. Parecían querer intentar razonar con nosotros, pues no nos habían atacado por el momento a pesar de encontrarse todos en posiciones defensivas. Uno de ellos había entrado al local, en busca de supervivientes, mientas que los otros tres se quedaron en frente nuestra.

Entregaos y no os haremos daño. Tendréis derecho a un juicio y… —Solté una carcajada. Como si no hubiera ido yo misma como juez a juicios como esos. ¿De qué servían? Te veían la Marca Tenebrosa e ibas a Azkaban con un noventa por ciento de seguridad aunque alegaras no estar bajo el mandato de Voldemort desde hacía años.

En tal caso, si os calláis y permanecéis quietos, moriréis sin sufrir. Es un trato justo, ¿no? —Negué con la cabeza. ¿De verdad alguien decía: “Vale vale, me rindo y me entrego”? Por favor…

Al estar en desventaja numérica no vi conveniente dejar que ellos tuviera el primer movimiento y entre antes nos quitáramos a alguien de encima sería más fácil lidiar con ellos, por lo que apunté a uno de los presentes, conjurando un Avada Kedavra. La luz verde salió de mi varita pero conjuraron una barrera mágica capaz de defenderse dicha maldición. Fue entonces cuando después, ellos comenzaron a lanzarnos maldiciones a nosotros. Yo retrocedí lentamente hacia atrás a medida que conseguía pararlos y devolver otros tantos, pero parecí que estaba luchando contra una máquina que no comete errores. En vista de que estaba a punto de salir del callejón debido a la presión de los aurores, apunté a uno de los contenedores que estaban cerca de ellos y conjuré un Devasto no verbal que lo hizo explotar. Las bolsas de basuras salieron disparadas y aquello impactó contra los aurores, haciéndoles parar. A través de todo el revuelo, pudimos ver cómo algunas maldiciones venían directas a nosotros y un hechizo derribado —supongo que un Depulso pues un Expulso me hubiera llevado directa al otro extremo de Londres— me impactó de lleno, saliendo volando de aquel callejón hasta chocar contra un coche que estaba aparcado al borde de la acera. Sorprendentemente no sonó la alarma. Me puse de pie lentamente tras el golpe, apoyándome en el retrovisor y sin querer lo rompí. Entonces, sonó la alarma. Miré a Caleb, que había salido del callejón, con ojos perversos movidos por la codicia.

Vamos a matarlos a todos —le dije, colocándome a su lado y tirando de él hasta apartarlo de la trayectoria recta del coche.

Cuando vi que los aurores conseguían pasar a través de los pedazos de basura y aquel contenedor, apunté al coche, el cual conseguí levantar lentamente y lanzarlo al interior del callejón. Cabía justo, por lo que cuando lo lancé hacia el interior, por el camino lo incendié con un Incendio, sin una pizca de consideración por los muggles de alrededores que pudieran sufrir las consecuencias de mis acciones o bien que vieran claramente la magia. No era mi problema ni mi deseo ocultar la magia a estos perdedores, si es que estaba claro que éramos la raza superior; la siguiente evolución. Cuando sobrevivamos, me encargaré junto a Caleb a desmemorizar todos aquellos que en un día como hoy, hayan estado en el lugar equivocado.

El callejón parecía estar envuelto en llamas, pero Caleb y yo pudimos ver como unas estelas blancas salían de allí hacia arriba, procedentes de un Lumen Transporte. No me dio tiempo a contarlas, pero sin duda no iba a ser tan fácil librarnos de ellos. Maldito seas, Jack... Terminaré reventándote el puto ano...
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Dom Nov 02, 2014 10:18 am

Era increíble lo rápido que todo se puede ir a pique. Hace apenas cinco minutos Abi y yo estábamos tomando unas copas y charlando tan tranquilamente, y seguro que habríamos acabado en su casa o en la mía o en cualquier lugar disponible, daba igual donde, pero habríamos acabado teniendo una estupenda noche, como casi siempre. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos nos encontrábamos en una callejuela detrás del bar, empapados hasta los huesos, y con cuatro Aurores yendo directamente a por nosotros. Magnífico. Simplemente magnífico.

Toda la gente que había en el bar había muerto en la explosión que acababa de suceder hacía apenas unos instantes, y sólo habían escapado los Aurores y el otro mortífago, Eustace, que ya se había largado. No le culpo, pues cualquier mortífago en su sano juicio huiría rápidamente de una situación tan jodida como esta, y además bastante ha hecho ya con ayudarnos un poco y con librarse de los testigos que habían presenciado como Jack nos delataba. No podíamos permitirnos que una docena de personas andas en sueltas por ahí sabiendo nuestras identidades, y no importa la oscura reputación de aquella gente. No podíamos arriesgar nada, así que al menos ya teníamos un problema menos.

Había estado involucrado en muchos follones a lo largo de mi vida, y sobre todo a lo largo de mi oscura carrera al servicio del Señor Tenebroso. Habían sido follones gordos y problemáticos, pero ninguno lo ha sido tanto como este. ¡Nos han pillado! ¡Nos habían pillado sin máscaras para proteger nuestra identidad, y lo que más me ofendía era que no siquiera había sido nuestra culpa!

Los Aurores habían dejado escapar a Jack antes de ir a por nosotros, pero era lógico. Realmente a aquellos Aurores les había tocado la lotería, pues habían ido a arrestar a un pringadillo que lo único a lo que se dedica es a hacer chapuzas de vez en cuando, y se habían encontrado con dos mortífagos hecho y derechos y que además no eran cualquiera. Abi era la secretaria del Ministro, lo cual haría que el mundo mágico se escandalizase si la pillaban y el Departamento de Aurores se llevase una buena palmada en la espalda. Yo era un simple Desmemorizador, pero mi familia era una de las familias mágicas más antiguas del Reino Unido y mi apellido era conocido en la sociedad mágica, así que también sería un escándalo. Además sería el segundo Dankworth descubierto como mortífago, así que imagino que sólo por sí acaso los Aurores irían inmediatamente corriendo a por mi hermano para ver si pillaban a un tercero. Todo sería un desastre.

-Lo sé- asentí cuando Abi me preguntó que si sabía cómo debía acabar aquella noche si queríamos seguir con nuestras vidas. Claro que lo sabía. En otras circunstancias podríamos habernos Desaparecido y habernos librado de todo el problema, pero aquella no era una opción en aquel momento. Los Aurores sabían quiénes éramos, y si nos marchábamos sin acabar con ellos antes en apenas unos minutos la mitad de Londres sabrá que Abi y yo somos mortífagos, y mañana lo sabría todo el Reino Unido. Tendríamos que huir lejos, muy lejos, y rezar para que el resto del mundo no fuese alertado de quienes éramos, o nuestras vidas serían un verdadero infierno.

Sólo había una opción viable. Teníamos que quedarnos y luchar y ganar, o morir en el intento. Obviamente, no estaba en absoluto dispuesto a que pasase aquello último.

Los Aurores no atacaron directamente sino que intentaron negociar para que nos rindiésemos. Abi se rió y les contestó amenazándoles, pero yo no dije nada, pues en aquel momento sentía una intensa rabia en mi interior. ¿Un juicio? ¡¿Un juicio como el que le hicieron a mi hermano, acaso?! A Jonathan a punto estarían de enviarle directamente a Azkaban nada más capturarle durante aquella redada en la que todos sus compañeros le abandonaron a su suerte contra una decena de Aurores. La única razón por la que había tenido un "juicio" era por el tema del papeleo, nada más, pues no siquiera tuvo la oportunidad de hablar y defenderse. Le sentaron ahí, delante del tribunal del Wizengamot, encadenado como si fuese un animal, y cada vez que hablaba un Auror le hacía callar mientras que le sentenciaban a cadena perpetua en Azkaban. Era apenas un crío con toda la vida por delante, y Azkaban le mató. Por eso, estar ahí de pie en ese callejón escuchando a los Aurores hablar hacía que me hirviese la sangre en las venas.

Abi fue la que hizo el primer ataque, lanzando un Avada Kedavra a uno de los Aurores, pero alzaron una barrera mágica que les protegió. Fue entonces cuando el verdadero duelo comenzó, y los Aurores nos atacaron a diestro y siniestro mientras que nosotros hacíamos lo mismo. Tanto ellos como nosotros conseguíamos defendemos de las maldiciones, pero como ellos eran dos más que nosotros nos hicieron retroceder había la salida del callejón. Entre nosotros volaban tantos hechizos y maldiciones de todos los tipos que quien mirase desde la boca del callejón pensaría que estábamos haciendo el idiota con fuegos artificiales o algo.  

Un hechizo de los Aurores acabó haciendo que Abi saliese despedida del callejón y se estampase contra un coche. Maldije por lo bajo, pues si salíamos de aquel callejón y nos adentrábamos en territorio Muggle solamente se nos complicarían más las cosas. ¿Cómo vamos a deshacernos de los Aurores sin que los malditos Muggles nos vean? Entonces solamente habrá más testigos, aunque al menos no sabían nuestros nombres, pero lamentablemente Abi y yo somos físicamente muy fáciles de reconocer. Supongo que aquella noche iba a acabar con más cadáveres de los que había planeado en un principio...

Mientras los Aurores permanecían un rato entretenidos intentando esquivar la basura en llamas que Abi les había lanzado encima, salí del callejón y la miré. Tenía una expresión de fría determinación en su rostro, y dijo que íbamos a matarles a todos. Aquellos consiguió, curiosamente, reducir mi preocupación y hacerme sentir más animado. Ser mortífago siempre me hacía sentir vivo, y esta ocasión no es diferente a cualquier otra pelea, simplemente que no llevaba la máscara puesta. Aquello hacia el peligro mil veces mayor, pero también incrementaba el nivel de adrenalina.

Sonreí siniestramente a Abi a modo de respuesta. Ella hizo levitar el coche y lo envolvió en llamas antes de lanzarlo al interior del callejón contra los Aurores. Uno de ellos consiguió esquivarlo, y se envolvió entonces de humo blanco y se abalanzó hacia mí. Respondiendo a su ataque yo me envolví en sombras negras y me lancé sobre él, y forcejeamos y peleamos como pudimos en el aire rodeando el uno al otro, forcejeando y golpeándonos contra el muro del edificio que se alzaba a un lado del callejón hasta que llegamos a la terraza y caímos sobre ella de nuevo en nuestra forma corpórea. Agarramos con fuerza nuestras varitas y encaramos el uno al otro. Yo le miraba con desafío y él me miraba con odio.

-Dankworth- masculló entre dientes como si mi apellido fuese la palabra más venenosa del universo. Era como si me tuviese odio a nivel personal, a pesar de que a mí él solamente me sonaba de haberle visto por el Ministerio.- Te espera una celda de Azkaban esta noche.

-Y a tu esposa viuda y a tus hijos huérfanos les espera un funeral que preparar- siseé antes de lanzar una maldición contra él. El Auror la bloqueó, y entonces comenzó un intenso duelo mágico. El Auror atacaba con tanta agresividad que me estaba empujando hacia el borde del edificio; casi tropecé y caí, pero lo evité moviendo rápidamente los brazos para recuperar el equilibrio. Una caída desde aquella altura sería una muerte segura.

El Auror siguió atacando, hasta que conseguí recuperar una posición superior en aquel duelo y esta vez el que fue hacia atrás fue él. Antes de que llegásemos al borde del edificio le lancé un Crucio que le dio de lleno. El Auror cayó de rodillas y comenzó a gritar y a convulsionarse. Mantuve la maldición sobre él durante unos cuantos segundos hasta que me aburrí. Un Expelliarmus le quitó la varita, y un Expulso lo mandó volando hacia la acera muchos pisos más abajo...

No pude prestarle mucha atención, así que no llegué a ver si el Auror alcanzaba el suelo y se hacía pedazos. Apenas el Auror había salido volando cuando de repente vi un Patronus con la forma de un águila volando en una dirección que sólo podía ser el Ministerio; uno de los Aurores estaba pidiendo refuerzos.

No podía permitir que aquello pasara, así que conjuré un Expectro Sombrius. Mi gran buitre de sombras voló rápidamente hacia el Patronus con forma de águila, y ambos expectros se encontraron en el aire y se enzarzaron en una brutal pelea. Mientras tanto yo me mantenía pendiente de Abi por si necesitaba ayuda.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Mar Nov 04, 2014 12:01 am

Había un zumbido inquieto en el aire y definitivamente nos habíamos desviado del rumbo que debería haber adoptado aquella noche. Se había formado una situación de locos, un momento que jamás podría imaginarme que podría pasar. Era increíble. Era… surrealista. Comenzaron los gritos, los aurores enloquecieron por nosotros y por cómo se estaba desarrollando la escena, ahora mismo Caleb y yo estábamos en el ring. En un ring en dónde no había que practicar, ni tampoco jugar; no había cabida a ningún error, sino que había que terminar con sangre, pues de no hacerlo nuestra cabeza estaría sentenciada para siempre. No obstante, podrían intentar detenernos, pero no sabían con quiénes estaban tratando… no cualquieras personas con oscuros deseos, sino con personas con tanto poder que somos capaces de estar en dónde estamos por encima de todos esos aficionados que se creen más de lo que son. Éramos grandes magos e íbamos a salir en los titulares de manera anónima precisamente por eso, ya que íbamos a acabar con todos y, en aquel momento los dos estábamos realmente furiosos, algo que por una parte podría perdernos pero por otra hacernos hacer cosas inimaginables. Curiosamente la gloria y la sangre van de la mano y en aquel momento no iba a ser menos.

Intenté quitarme rápidamente a aquellos aurores de la manera más arcaica posible, utilizando un método medianamente mágico para ello. No los había subestimado, pues tampoco me sorprendió que desde detrás de aquel objeto ardiente salieran estelas de luz habiéndose librado de dicho impacto. Caleb fue rápido y se convirtió en humo para alejar a una de las estelas que iba a por él. No pude prestarle más atención, pues otro de los aurores venía directamente hacia mí. Faltaba uno, pero supuse que mi ataque había hecho efecto en él, además de que estaba demasiado ocupada viendo como aquel auror venía directamente hacia mí como para poder pensar en cualquier otra cosa.

Vino con la varita por delante, intentando impactar contra mí para llevarme por delante, aprovechando la ventaja de su velocidad y de su evidente diferencia de fuerza física que tendría contra mí. Si en algo me había encargado ser buena, era en el combate cuerpo a cuerpo, no por otra razón que ser capaz de ser mejor que todos no sólo en el ámbito mágico y porque, en caso como estos, de no saber absolutamente nada, probablemente me hubiera dado de lleno. Venía rápidamente y justo cuando estaba delante de mí, pero a algunos metros, me lanzó un hechizo, pero lo desvié con eficacia. A escasos metros de mí, alzó las manos para cogerme, pero yo fui más rápida, apareciéndome en los metros que nos acortaban, para sorprenderle y cogersus brazos para desestabilizarlo y lanzarlo a un lado tras dar una fácil vuelta con él aprovechando la velocidad inercial con la que venía. Chocó contra el muro de una pared y cayó al suelo, levantándose rápidamente. Para entonces, yo le apunté con la varita, creando una cadena que le amarró fuertemente contra una farola.

Delicada en todos los sentidos, menos en uno… —sonreí perversamente, mientras giraba la varita y las cadenas se apretaban cada vez más, retorciéndole todo lo que encontraba por el camino. En este caso, sus extremidades.

El hombre no gritó, supongo que para no llamar la atención. No obstante, un gruñido salió de sus labios y pude notar como apretaba la mandíbula y sus dientes crujían dentro de su boca.

Siempre ganamos en esto. Estáis en desventaja y las noticias ya vuelan para el Ministerio —mintió para desesperarme, mas no sabía que estaba mintiendo—. Que te lo pases bien en Azkaban.

Me acerqué directamente hacia él, sin ganas de hacerle nada con la varita. No quería desatar la ira que tenía ahora mismo conjurando algo con los labios, eso a veces funcionaba, pero ahora mismo quería sangre. Quería dolor y quería poder sentirme viva. Llegué a su lado con una gesto entre enfado y aflicción, sin tener ni siquiera yo muy claro qué dominaba más, si la frustración de lo que podía llegar a pasar, o el enfado de lo que había pasado. Al llegar a su lado, aproveché la velocidad con la que iba para pegarle un fuerte codazo en el estómago, aprovechando que se inclinó para darle un rodillazo en la nariz. Sentí como le crujía.

Estúpido hijo de puta… yo terminaré en Azkaban, pero tú terminarás muerto —le sujeté por el pelo para elevar su rostro y le apunté con la varita en el cuello, dispuesto a acabar con él.

No me dio tiempo de pronunciar la maldición imperdonable entera antes de sentir cómo cada músculo de mi cuerpo se contraía en descargas eléctricas. Al principio sentí un cosquilleo, pero por momentos eso se intensificó tanto que me hizo retroceder hasta conseguir apoyarme a un contenedor que estaba en el borde de la calzada. Caí de rodillas hacia adelante como si aquellas descargas me obligaran a doblegarme. Mis manos tocaron el suelo y conseguí que mi mirada se alzase para ver el culpable de aquello: el auror que no había salido disparado de detrás del coche, sino que lo había apagado y había salido para ayudar a su compañero. Cuando eso cesó, un pinchazo de angustia —y dolor— me recorrió por todo mi cuerpo, motivo por el cual sujeté fuertemente la varita. El auror que se había acoplado a la batalla liberó al otro y ambos se acercaron a mí. Me levanté rápidamente y creé una barrera para parar uno de los hechizos de uno de ellos. Simplemente debía de ser más rápida, pues ellos se creerán tener ventaja por ser dos. Me paré rápidamente dos de los siguientes hechizos que me lanzaron, uno de forma mágica y otro girando hacia un lateral. Aproveché ese giro para crear en mi varita una cuerda mágica que utilicé como látigo, un látigo que se dirigió directamente hasta el rostro de uno de ellos, haciéndole daño en el ojo y teniendo en preocuparse en ello momentáneamente. Luego volví a moverla para sujetar la pierna del otro y hacerlo caer al suelo de espaldas en un fuerte golpe. Me aparecí delante del auror con problemas en el ojo y me agaché lo suficiente como para elevar mi pierna y pegarle con el tacón de mi bota una patada en la cara elegantemente, haciéndole caer hacia un lado. Le hice un Fulmen Cruciatus, como venganza, pero al ver que el otro estaba levantándose paré, dejándolo sin mucho riego sanguíneo, más necesitaba el remate final. Luego me aparecí al lado del otro que se estaba recomponiendo, con la intención de pegarle nuevamente un codazo en el pecho. No obstante, consiguió sujetarme.

Me sujetó con sus manos y me pegó él a mí un golpe en el rostro que me hizo incluso escuchar un pitido en el oído y dejarme desorientada. Me había partido el labio. Me sujetó del brazo para que no me cayese y me empujó contra la pared de la casa más cercana sin yo apenas oponer resistencia debido al golpe. Se me cayó la varita a un charco, la cual se había caído debido a la fuerza con la que impacté.

¿Recurriendo a métodos arcaicos, McDowell? —se burló el auror.
Soy más de jugar al azar —le pegué un rodillazo en la entrepierna y, aprovechando que me soltó, me dejé caer de rodillas al suelo en busca de mi varita.

Estaba actuando por puro instinto de supervivencia. Siempre había pensado que detrás de cada caos había siempre un cálculo, pero en aquel momento en dónde tenía para perderlo todo, me daba cuenta de que no y, por creo que primera vez, realmente estaba sintiendo miedo de las consecuencias. ¿Morir? No me importaba siempre y cuando fuera merecido y reconocido. ¿Vivir en Azkaban de por vida y permanecer con vida en una condena sin final? Una increíble ansiedad se estaba apoderando de mí en aquellos momentos y me estaba haciendo actuar por impulsos movidos por la desesperación.

Me giré a tiempo con mi varita y vi como el auror me lanzaba un hechizo, conseguí desviarlo de pura suerte y un Avada Kedavra salió de mis labios con odio. Le di justo en el pecho y su cuerpo cayó inerte hacia atrás sobre el húmedo suelo. Pensé que eso era un pequeño momento de paz, pero no fue así. El otro auror se había puesto de pie y me había cogido por la espalda, colocándome su varita en mi cuello.

Suéltala —no la solté— ¡Que la sueltes! —y fue él quien me la quitó de las manos. ¿De verdad se cree que voy a soltarla voluntariamente?—  Ponte de pie —me puse de pie.
¿Os llevabais bien? —dije, refiriéndome al auror muerto, dándome la vuelta de improviso para mirarle cara a cara, mas yo ya no tenía varita— Sí, ese, el auror muerto. Ese fiambre de ahí. Ese al que protegiste, el mismo por el que casi mueres. ¿Quieres venganza? Deberías matarme y hacer honor a su muerte —le dije, consciente de que los principios de los aurores eran mucho más que eso.
Tendrás tu castigo en Azkaban, pudriéndote de por vida. —dijo con rabia. Conjuró un Legeremens sobre mí para leer mis recuerdos e intenté resistirme, de tal manera que el dolor que estaba sintiendo era cuánto más insoportable. Muchos decían que el dolor era el amigo de la maldición Cruciatus. No era verdad, pero tampoco estaban tan equivocados en comparar aquel sufrimiento. Me llevé las manos a la cabeza y apoyé una pierna sobre el suelo, intentando resistirlo mientras mi mandíbula se apretaba fuertemente en un intento de hacer fuerza.
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Caleb Dankworth el Vie Nov 21, 2014 6:52 am

No podía permitir que el Expectro Patronum del Auror saliese de allí y llegase a su destino, pues si lo hacía estría os todos perdidos. Abi y yo seríamos los más fastidiados, pues tendríamos que huir y escondernos hasta quién sabe cuándo, pero además las investigaciones afectarían a nuestras familias y las personas cercanas a nosotros. Aunque eso era algo a lo que yo le temía mucho, la verdad es que en este momento mi prioridad es salvar mi propio cuello y el de Abi, que son los que están más en peligro y enfrentándose a una larga sentencia en Azkaban. El Expectro Patronum con forma de águila fue envestido de repente por mi Expectro Sombrius con forma de buitre, y ambas aves de luz y oscuridad se enzarzaron en una brutal pelea en el aire como sí fuesen de verdad y como sí luchasen a vida o muerte. Yo me había deshecho del Auror que me había atacado antes, así que en este momento soy libre de vigilar qué es lo que pasa con ambos expectros. Mi encantamiento era fuerte, pero de repente el águila de luz le dio un zarpazo al buitre oscuro que le hizo trizas e hizo que se desintegrase.

-¡No!- exclamé furioso. ¡El Expectro Patronum con el mensaje del Auror había vencido e iba a escapar, condenándonos a Abi y a mí! Si ese mensaje llega a oídos de otros Aurores y del Ministerio entonces podemos darnos seguro por perdidos. Sólo me quedaba una opción para acabar con ese maldito encantamiento, así que alcé mi varita. Mi intención era conjurar un Expectro Patronum más fuerte que el del Auror, que ya estaba debilitado. Pero el problema era que conjurar un Expectro Patronum en estas circunstancias no es fácil. ¡¿Cómo voy a pensar en un recuerdo feliz ahora?!

"¡Piensa, Caleb, maldita sea!" me grité a mí mismo mentalmente. Apreté la mandíbula mientras pensaba e intentaba recordar un momento feliz, lo cual estaba siendo un gran esfuerzo. Mi vida no ha sido una mierda, pero no es fácil concentrarse en esas cosas en este tipo de situaciones... Recordé un día cuando era pequeño y estaba enseñando a jugar al Quidditch a mi hermano pequeño, que era un desastre, y nunca me había reído tanto en la vida. Un Expectro Patronum con forma de buitre surgió de la punta de mi varita y salió volando hacia el águila del Auror. Cuando los dos encantamientos chocaron en el aire, ambos explotaron con un potente estallido de luz para luego desaparecer por completo. Respiré aliviado, pues nos habíamos librado de que el mensaje legase a más Aurores y que llegasen refuerzos.

Me acerqué al borde del edificio donde me había peleado con el Auror y miré hacia abajo. Muchos pisos más abajo, tirado en el suelo, yacía el cuerpo inerte del Auror al que había tirado antes. La oscuridad de la noche y la lluvia hacían que la visibilidad fuese mala, pero podía ver su figura; su cuerpo estaba torcido de manera grotesca, con los brazos y las piernas apuntando en distintas direcciones de una forma que no era natural. Salté del borde del edificio y caí hacia el suelo lentamente con la ayuda de un Arresto Momentun y caí de pie junto al cadáver del Auror. Le dediqué una mirada desdeñosa antes de que mi atención fuese desviada hacia la izquierda. A varios metros de distancia de mí estaban Abi y otro Auror. Había uno muerto en el suelo, pero el que quedaba en pie acababa de conseguir desarmar a Abi. De lejos no sé bien qué es lo que la está haciendo, pero sí que veo lo suficiente como para saber que la está haciendo daño con magia. No dudé en ir a ayudarla, e intenté acercarme lo más silenciosamente que podía con la intención de sorprender al Auror por la espalda. Le estaba apuntando con la varita y estaba a punto de lanzar sobre él la Maldición Asesina cuando de pronto el hombre se giró y me lanzó una maldición. Me agaché a tiempo de esquivarla, pero antes de poder incorporarse de nuevo el Auror ya me había lanzado por los aires con un Expulso que me envió de nuevo al interior del callejón y me hizo chocar e de espaldas fuertemente contra una pared y caer al suelo con un grito ahogado de dolor.

El golpe había he no que yo soltase mi varita, la cual rodó lejos de mí y se perdió de vista. Antes de que pudiese buscarla el Auror había comenzado a atacarme de nuevo, y me eché a un lado justo a tiempo de esquivar por segunda ver un hechizo suyo que dejó un gran agujero humeante en la pared. Mis ojos se abrieron como platos al ver aquel enorme agujero en la pared, que parecía un mini-volcán debido al humo y a las chispas que salían de él. Aquel agujero había sido provocado por un hechizo lanzado con muy mala leche, y no quiero ni imaginarme qué es lo que me hubiese hecho a mí si me hubiera dado. Miré al Auror con expresión que era una mezcla de odio (aunque nada rivalizaba el odio y la rabia que estaban reflejados en sus ojos) y de incredulidad, acompañados de una pizca de "¡venga ya!". Abi y yo habíamos estado en el bar tomando unas copas tan tranquilos, probablemente ahora hubiésemos estado en algún sitio de nuestro agrado haciendo actividades también de nuestro agrado. No digo que pelear contra Aurores y matarlos no sea de mi agrado, pero en la lista de las cosas que me gustan hacer ocupan el segundo puesto.

El Auror se acercó más a mí con la varita en alto. Su gesto estaba contraído en un gesto de rabia de tal modo que enseñaba los dientes apretados y parecía una bestia salvaje en vez de humano.

-¡Nunca me fié de ti, Dankworth!- exclamó el Auror en voz alta para hacerse oír sobre el ruido de la lluvia, que no dejaba de caer con fuerza.- ¡Ni de ti, ni de tu hermano, y he tenido razón con los dos! ¡Vuestro apellido está corrompido por las Artes Oscuras!

-Lo que tú digas- mascullé entre dientes. No tenía tiempo ni ganas de estar escuchando a las tonterías de un Auror; estos tipos siempre se ponen a dar pequeñas charlistas Morales o de tipo "¡oh, mírame, soy más virtuoso que tú!" antes de dar el golpe final. Habría aprovechado aquel momento para atacar de haber tenido mi varita en mano, pero por desgracia no era así.

-¡Estuve ahí cuando dieron la orden de arresto para tu querido hermano!- exclamó entonces el Auror con tono de mofa, y mi actitud cambió radicalmente. Mis ojos se oscurecieron a causa de la inmensa rabia que les invadió de pronto ante la mención de Jonathan, y el Auror se dio cuenta y rió por lo bajó, mofándose aún más.- ¡Ojalá hubiese estado ahí cuando se lo llevaron a Azkaban! Pero ahora... ¡Ahora tendré el placer de llevarte a ti!

"Por encima de mi cadáver" pensé, y lo hice muy en serio. Yo a Azkaban o entro con los pies por delante, o no entro.

Deberías matarnos en vez de arrestarnos!- exclamé entonces, y vi la confusión en el rostro del Auror. Asentí con la cabeza.- ¡Mátanos! Así tendrás la seguridad de que has librado al mundo de dos de nosotros para siempre...

Pude ver el conflicto en los ojos del Auror. Quería hacer lo que yo le decía, pero dudaba. Sus principios le impedían escucharme por mucho que quisiera hacerlo, y la mano comenzó a temblarle, debilitando el control sobre su varita. Eso era justo lo que yo quería.

-No- dijo entonces el Auror con voz grave, acercándose unos pocos pasos hacia mí y acortando la distancia entre nosotros por completo. Perfecto.- No soy cómo vosotros... No me rebajaré a vuestro nivel.

Una gran sonrisa oscura y sádica apareció en mi rostro. Alcé las cejas y asentí levemente mientras clavaba mi fría mirada en el Auror.

-Ya lo sé... Y es precisamente por eso por lo que la gente como tú nunca ganará a la gente como yo.

Antes de que el Auror tuviese tiempo de registrar mis palabras en su mente yo ya había actuado. Alcé la pierna de repente y muy rápidamente y le di una patada a la mano del Auror, haciéndole soltar la varita. Aproveché aquel momento de confusión para darle una patada en el estómago y lanzarle hacia atrás. Me puse de pie de un salto y me abalancé sobre el Auror, dispuesto a pelearme con él con los puños si hacía falta, como un simple Muggle. Al estamparle contra él caímos al suelo, salpicando agua por todas partes al caer sobre un gran charco que se había formado por la lluvia, y rodamos mientras forcejeábamos y nos golpeábamos. Puñetazos, patadas... No cesábamos de golpearnos el jo al otro, hasta que yo tuve un hilillo de sangre sangre saliendo de la nariz y el Auror tenía la Ica llena de sangre. De repente rodamos de nudo y quedé yo abajo. En vez de golpearme el Auror encontró su varita de nuevo cerca de nosotros y la agarró. Fue a apuntarme para atacarme con magia pero fui rápido y le agarré del brazo, evitando que me apuntase. Hice fuerza para torcerle y girarle la mal hasta que la varita quedó apuntada hacia él. Con la mano libre agarré su cabeza, y haciendo un esfuerzo de nuevo conseguí bajar su cabeza rápidamente. La varita quedó clavada en su ojo, arrancándole un alarido de dolor que era horrible, y que a la vez era música para mis oídos. Le arranqué la varita del ojo, dejando un agujero sangriento y asqueroso en su lugar, y se la clavé en el otro ojo. El Auror se retorcía y chillaba de dolor de una forma tan desgarradora que parecía que me iban a estallar los tímpanos, pero yo estaba disfrutando aquello. Disfrutaba el dolor que sentía aquel hombre, y quería hacerle sufrir mucho más, pero no teníamos tiempo para eso. Tenía que matarle, así que iba a disfrutar al hacerlo.

-¡Bombarda!- mascullé agarrando la varita que estaba clavada en el ojo destrozado del Auror.

Hubo una gran explosión, y la cabeza del Auror estalló en mil pedazos, lanzando sangre y trozos de cráneo y cerebro por todas partes y pringándome entero. La fuerza de la explosión me lanzó por lo aires y caí de bruces sobre el suelo a varios metro de distancia.

Me levanté, completamente empapado de agua y sangre, y me quité de encima los trozos de cerebro que había caído sobre mí. Encontré mi varita, así que la cogí y corrí hacia donde estaba Abi. Estábamos solos allí, rodeados de tres Aurores muertos y un gran estropicio.

-¡Abi!- exclamé al llegar a su lado.- ¿Estás bien?

No parecía herida, salvó por algunos golpes igual que yo.
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Abigail T. McDowell el Miér Nov 26, 2014 11:34 pm

No se parecía ni de lejos a un Crucio, pues con una maldición como esa ya estaría desgarrándome mi propia piel mientras me retorcía de dolor. Aquello que me hacía lo conocía perfectamente… la oclumancia y la legeremancia eran cosas que te enseñaban cuando trabajabas en dónde trabajábamos Caleb y yo. Tanto el arte como para intentar leer la mente de los demás, como el arte para resistirte. Siempre se me había dado mejor leer que resistir y en aquel momento tuve que darlo todo. Mi mente parecía haberse contraído y un dolor agudo la envolvía por completo hasta hacerme apretar fuertemente la mandíbula y cerrar los ojos. De rodillas en el suelo, sujeté mi propia ropa y tiré de ella en busca de encontrar la suficiente resistencia para evitar que entrase en el interior de mi mente. Me estaba costando horrores y hacía tiempo que no lo pasaba tan mal…

Por suerte, el hechizo dejó de hacerme efecto sin saber el motivo exacto, pero mi cuerpo se relajó por completo, cayendo levemente hacia adelante y poniendo la mano en el empapado suelo para coger aire profundamente con las pulsaciones ligeramente aceleradas. Me llevé las manos a la cabeza y sí, seguía ahí, todo seguía en su sitio, menos el Auror…

Lo busqué con la mirada y no me hizo falta irme muy lejos más que prestar atención en lo que se estaba aconteciendo en el callejón por el que nos habíamos ido hace apenas unos minutos. Allí estaban tanto Caleb como el Auror, mi amigo recomponiéndose de un golpe y el Auror hablando más de la cuenta, como siempre. Aproveché ese momento para buscar mi varita, la cual debía de estar en algún lugar de aquel encharcado suelo. Mi mente daba vueltas y tenía una punzante sensación en el córtex frontal que me estaba volviendo loca. Intenté ponerme de pie, pero en una primera instancia me mareé, por lo que busqué desde allí en cada uno de los charcos.

Tras algunos estresantes segundos —ya que podía llegar a sentirme segura sin varita, siempre y cuando tenga los cinco sentidos  agudizados para poder moverme— encontré mi varita hundida en uno de los charcos más grandes que se habían formado. Para cuando la encontré, alcé la mirada para ver cómo estaba Caleb y me levanté del suelo. Fue entonces cuando los vi forcejeando en el suelo justo antes de que la cabeza del Auror explotara en cien mil pedazos. Era la cosa más asquerosa que había visto en mi vida y eso que mi vida está llena de sorpresas. Instantáneamente me dio una arcada y la vista se me nubló, de tal manera que mis rodillas tuvieron que buscar nuevamente el apoyo en el suelo. Bajé la mirada para no ver al hombre sin cabeza desangrándose como si de un chorro abierto se tratara y noté como toda mi cabeza se quedaba sin sangre, como empalidecía y como lo notaba en mi interior. Cerré los ojos e intenté respirar pausadamente… La sangre tenía un efecto odioso sobre mí y es que el simple hecho de ver sangre hacía que todos mis sentidos se disparasen. Tras concentrarme en mi bienestar, aquella arcada y aquella sensación de querer soltar yo también mis sesos por la boca, desaparecieron.

Fue entonces cuando Caleb se me acercó. Lo miré nada más sentirle cerca de mí y mi cuerpo se contrajo en inestabilidad cuando vi toda su ropa ensangrentada e incluso con restos más sólidos. Me llevé la mano a la boca y en mi rostro se reflejó una mezcla de pánico y asquerosidad. Me levanté rápidamente a pesar de notar un mareo descomunal y me acerqué a uno de los coches más cercanos. Me apoyé en su maletero y me agaché lo suficiente como para vomitar detrás de él. No un vómito por beber, tampoco el típico vómito porque algo te sienta mal… era un vómito por sentir como el estómago se me revuelve al ver simplemente sangre.

¡Límpiate! —le ordené a Caleb sin volver a mirarle, es más, aún estaba apoyada al maletero por si acaso mi malestar no hubiera cesado— ¡Joder! ¡Quítate toda esa puta sangre! —añadí, llevándome una mano a la frente para apartarme mi pelo, el cual estaba empapado. Sentía como si en mi cabeza hubiera ahora mismo dos grandes bolas de metal chocándose entre sí, una embestida tras otra. No sólo por el hechizo del ahora muerto auror, sino por la increíble fobia que sentía hacia la sangre.

Después de unos largos segundos que incluso pudieron conformar un minuto, me sentí mucho mejor al no ver sangre por ninguna parte. Tenía cierta técnica adquirida al intentar enfrentar esta fobia, pero cuando las cantidades de sangre son tan desorbitadamente grandes, es imposible buscar un método de escape a lo inevitable.

Me di la vuelta tras unos segundos, mirándole lentamente para ver si se había quitado toda esa mierda de encima. Porque encima de haber explotado la maldita cabeza delante de sus putas narices, con la lluvia que estaba cayendo todavía se le expandía más por todo su cuerpo. Por suerte se le había ido casi todo y aproveché para acercarme a él sin mirar en absoluto el cuerpo inerte del Auror que, podría decirse, casi me vence.

Gracias —le agradecí, notándoseme en la cara que estaba volviendo a adquirir mi tono blanquecino, que no pálido. Mis pocas pecas volvieron a salir a la luz, en un rostro mucho más cálido— Me he librado de uno y tú de ese y del que se fue contigo, ¿no? —pregunté, ya que si estaba allí delante mía es porque el otro Auror no tuvo tanta suerte—. Eran cuatro… —dije, llevándome la mano a la cabeza. Si se había ido, estábamos sentenciados.

Fue entonces cuando vimos salir del agujero que se había formado en la pared del callejón, en la zona de la puerta del recinto, a un hombre más bien perdido con los acontecimientos. Era el Auror. La figura del Auror caminó lentamente por  el callejón hasta ver el primer cuerpo de su amigo, luego vio al otro y, finalmente, a los dos mortifagos. Su rostro era serio, lleno de rabia y dolor. Era una persona adulta, de casi cuarenta años y de pose elegante y determinante. Quería matarnos, se le notaba en la manera de sujetar la varita con tanto odio que parecía querer romperla. Al vernos, yo alcé la varita rápidamente y él hizo lo mismo. Sin embargo, no iba a arriesgarse a luchar contra dos mortifagos, por lo que rápidamente corrió hacia atrás para volverse a meter en lo que quedaba de The Ripper. Era mucho más valiosa la información que tenía que la vida de dos mortifagos que podrían estar sentenciadas sólo con hablar.

Vete por la puerta principal, no podemos dejar que se vaya —le di un golpecito en el pecho a Caleb y corrí detrás del Auror por dónde se había ido, preocupándome fervientemente de no mirar al Auror sin cabeza con el que iba a cruzarme. En realidad no sé si Caleb me hizo caso o no, pues salí pitando de allí.

Nada más entrar por la puerta del local, noté como una maldición rompía la piedra a apenas unos centímetros de mi rostro. En ese momento me di cuenta de que tenía que poner nuevamente los pies en el suelo y tomarme las cosas en serio. Entré de cuclillas. Aquello estaba devastado, las chispas salían de los cables rotos y había fuego por todas partes. Vi una sombra moviéndose entre todo aquello allí dentro y alcé la varita para tirar una maldición. Una maldición vino hacia mí con la misma rapidez y tuve que esconderme detrás de la barra. El Auror aprovechó para lanzar una bombarda a la parte superior de la barra y todos los estantes, la piedra y lo poco que quedaba en equilibrio comenzó a caer al interior; en dónde estaba yo.

Corrí aun de cuclillas a lo largo de la barra hasta llegar un punto en dónde no cayó nada más. No sabía qué hacer, me sentía acorralada cuando se suponía que el acorralado era él. Teníamos que distraerle y mantenerle ocupado, porque desde que encontrase un momento de tranquilidad podría desaparecerse y dejarnos absolutamente vendidos. Si ese Auror se iba, nuestra vida se iba a ir totalmente a la mierda. Íbamos a tener que vivir escondiéndonos y todo lo que teníamos iba a desaparecer. Tragué saliva, angustiada por la situación que tenía delante. Aun así, no me derrumbé, sino que seguí mis propios instintos. Aproveché la humareda que se produjo por toda la caída y me levanté, apuntando hacia dónde vi la sombra del Auror para tirar una maldición tras otra. En cierta ocasión, dos de nuestros hechizos conectaron y nuestras varitas se unieron momentáneamente, ya que él fue más rápido en desviar el hechizo. Un rayo rojo se desvió directamente hacia la puerta de la entrada del recinto —por dónde se suponía que entraría Caleb—. No me dio tiempo a mirar, pero si me dio tiempo para escuchar.

¿Ese sonido era de los bomberos, de la policía o de la ambulancia? Sólo sabía que no teníamos mucho tiempo o nos veríamos envuelto en algo mucho más grande de lo que nos esperábamos. Sentí como mis pulsaciones volvían a dispararse y como cada impulso estaba basado en la desesperación.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Mar Dic 02, 2014 5:31 am

En cuanto conjuré aquel Bombarda, la explosión en la cabeza del Auror que tenía la varita clavada en el ojo hizo que saliesen volando por los aires miles de pedazos de carne, hueso, y cerebro. Al estar colocado yo justo debajo de él me cayó encima una lluvia de sangre y tuve que cerrar los ojos y la boca para que no me entrase en ellos, aunque llegué a saborear un poco del sabor metálico de la sangre en mi lengua. No me importó, pues no era la primera vez que acababa con la sangre del enemigo cubriéndome entero como si me hubiese dado un baño en ella. Le di una patada al cadáver despedazado y me puse en pie. La sangre no era lo único que me cubría, pues vi entonces que también tenía trozos de cerebro por todas partes. Eran viscosos y resbalaban por mi camisa, y me sacudí un poco para quitarme unos pedazos de los hombros, pero tampoco le presté mucha atención al asunto en aquel momento pues lo que me importaba de verdad era llegar hacia donde estaba Abi para ver si estaba bien. Empecé a dudar aquello cuando vi lo pálida que estaba. ¿La había puesto así el Auror husmeando en su mente? ¿La había hecho daño? No parecía herida, pero sus ojos estaban abiertos como platos y casi desorbitados, llenos de horror y de… asco. Se puso aún más pálida cuando me acerqué a ella, y entonces se apartó y corrió a vomitar detrás de un coche mientras me gritaba que me limpiase. Me quedé mirándola durante unos segundos con una ceja alzada en un gesto de sorpresa, y no pude reprimir una sonrisa burlona cuando me di cuenta de cual era el problema de Abi.

-Has escogido el trabajo equivocado si te da tanto asco la sangre- comenté mientras me daba la vuelta y esperaba a que ella terminase de vomitar. Me parecía curioso que a una mortífaga no le gustase la sangre. Los mortífagos matábamos, y donde hay muertos hay sangre. A veces no hay muchas y a veces no la hay cuando se hace un trabajo muy rápido y limpio, pero no siempre es así.- Anda, échalo todo- la animé, ahora con tono más amigable y de apoyo en vez de burlón como antes. Se escuchó una arcada particularmente horrible e hice una mueca. Pobre mujer, pensé.- Así, muy bien. Si tiene que salir, que salga.

Mientras Abi terminaba de vaciar su traumatizado estómago yo la hice caso y me limpié un poco con la varita usando magia. Estaba pringado de sangre, y la lluvia no había ayudado. No conseguí quitármelo todo, pero al menos ya no tenía restos de cerebro encima, y la sangre que tenía encima ahora eran solo manchas y no el líquido en sí. Miré entonces el cadáver del Auror tirado en el suelo encharcado. Puede que cuando era un adolescente aquella visión me hubiese dado mucho asco, pero no en el presente, no después de diecisiete años siendo mortífago. He visto y hecho cosas que le quitarían el apetito durante semanas al más fuerte de los Aurores, y ahora soy inmune. O siento placer o no siento nada.

Una vez que Abi ya se encontraba mejor y yo tenía un aspecto más presentablelos dos nos giramos para quedar frente a frente otra vez. Saqué un pañuelo limpio de uno de los bolsillos de mi chaqueta y se lo tendí a Abi para que se limpiase un poco.

-De nada- dije cuando me dio las gracias por quitarle al Auror de encima. Tenía más color en la cara que antes, aunque se notaba que se había puesto realmente mala. Esta vez no me reí, sino que la miré con gesto serio.- Lo siento, no había otra forma de deshacerme de él. Bueno, sí la había- admití mientras me encogía de hombros- pero esta fue la primera que se me ocurrió. Recuérdame que nunca te presente a un vampiro.

Pero me di cuenta de que no era momento todavía para bromas, pues Abi había vuelto a ponerse blanca. Fruncí el ceño con algo de preocupación y me preparé para ayudarla por si se ponía enferma otra vez pero aquella resultó no ser la razón por la que había palidecido. El problema eran los Aurores. Pensé en lo que Abi dijo entonces y me di cuenta de que tenía razón. Tres había muerto, pero todavía quedaba uno vivo y no estaba allí.

-Mierda…- mascullé, agarrando furiosamente mi varita con fuerza mientras me giraba y miraba directamente a la boca del callejón oscuro de nuevo. No había nadie. En realidad hacía mucho que no veía al cuarto Auror, casi desde que empezaron a atacarnos. A saber cuándo se había marchado el maldito.- ¡Joder!- grité fuiroso, dándole una patada a un trozo grande de piedra que se habría desprendido de una de las paredes durante la pelea, mandándolo volando al interior del callejón.

Estaba a punto de comenzar a lanzar maldiciones a diestro y siniestro en un arranque de pura ira y desesperación cuando de repente el Auror hizo acto de presencia saliendo de un agujero grande en la pared donde había estado oculto como una cucaracha. En vez de quedarse a luchar contra nosotros salió corriendo, seguro que con la intención de largarse de allí y delatarnos al Ministerio, y se metió en el bar en llamas del que habíamos salido antes. Abi no tardó en correr tras él y me dijo que fuese yo por la puerta principal para atrapar al Auror acorralándole en el bar en llamas. Obedecí, pues era la mejor opción que había.

Abi y yo nos separamos de nuevo yendo en direcciones contrarias. Ella se metió en el bar por el agujero en la pared, y yo estaba a punto de salir del callejón para ir a la calle principal cuando me detuve en seco y me escondí detrás de la esquina para no ser visto. Movidos por la curiosidad y atraídos por las llamas descomunales que envolvían el bar, los Muggles de la zona se habían acercado y estaban todos agolpados en la calle, bloqueando el paso. Algunos hacían videos con sus móviles del incendio; otros lloraban horrorizados, pues sabían que dentro del bar había habido gente en el momento de la explosión. Puse los ojos en blanco. Malditos Muggles… Siempre estorbando. No me habían visto, pues aparte de que ellos estaban muy ocupados observando el incendio como si fuese un espectáculo del circo, la oscuridad de la noche y la fuerte lluvia hacían muy difícil ver nada.

Intenté Desaparecerme del callejón y Aparecerme dentro del bar, pero no funcionó. Me sorprendí al darme cuenta de que la zona estaba rodeada de un encantamiento anti-Aparición. Abi y yo no habíamos intentado Desaparecernos antes porque entonces tendríamos que vivir escondidos toda nuestra vida, y ya habíamos decidido antes en un acuerdo silencioso que esta noche o moríamos luchando o salíamos de aquí siendo tan libres como lo hemos sido siempre, nada menos. Los Aurores no pueden haber sido los que rodearon la zona con el encantamiento pues a ellos no les convenía, pues así no podían ir al Ministerio a pedir refuerzos. Entonces supuse que Eustace era el responsable, y que nos había hecho un último favor antes de irse. Al impedir que los Aurores se esfumasen nos había dado la oportunidad de enfrentarnos a ellos y ganar.

Pensé en cómo meterme en el bar, pero entonces vi un camión de bomberos acercándose para extinguir las llamas, las cuales estaban empezando a incendiar los locales que estaban junto a The Ripper. La presencia de los bomberos lo complicaba todo, pues entrarían en el bar y no nos dejarían lidiar con el Auror en paz. No me quedaba otra opción que asomarme un poco por la esquina asegurándome de que nadie me viese, y apunté con mi varita al asfalto donde estaba en aquel momento el camión de bomberos.

-¡Bombarda Máxima!- mascullé entre dientes. No quería que nadie me oyese, pero el ruido a mi alrededor no me dejaba concentrarme para hacer magia no verbal.

Entonces la carretera voló por los aires tras una fortísima explosión diez veces más fuerte que el Bombarda normal que le había reventado la cabeza al Auror. La explosión ocurrió justo debajo del camión, haciendo que este se alzase en el aire y quedase volcado completamente al caer, y también quedó un enorme agujero en la carretera. La gente gritó y muchos corrieron, pero otros se quedaron donde estaban, observándolo todo. Apreté la mandíbula, y sentí mi paciencia agotarse. Para espantarles provoqué un fuerte fogonazo en el bar (lo mejor que pude desde mi posición) y eso ahuyentó a los últimos espectadores, que corrieron despavoridos pensando que todo se debía a una fuga de gas. Mientras nadie miraba me vi envuelto en humo negro una vez más y volé rápidamente hacia el bar, entrando por fin en él. Cuando puse los pies en el suelo de nuevo me mareé por el calor que había allí, y sentí como que el mismo me daba un puñetazo en toda la cara. La piel me ardía y los ojos me escocían, y el humo me hacía toser. Parecía que estaba dentro del mismísimo infierno dentro de ese bar. Sin perder tiempo me puse a buscar a Abi y al Auror.

Sellé la puerta mágicamente para que ningún Muggle puedo ese entrar, no siquiera los bomberos, y entonces le eché un buen vistazo al lugar. Estaba todo consumido por la llamas, el aire estaba contaminado por el humo negro, y el suelo estaba cubierto de cuerpos quemados. Tuve que pasar por encima de varios de ellos para avanzar por el bar, pero el humo me impidió ver bien y acabé tropezando con un cadáver y caí de bruces al suelo. Casi se me cayó la varita, pero conseguí sujetarla con fuerza para impedir que eso pasara. Entonces un rayo de luz impactó contra el suelo a mi lado y me sobresaltó. Miré hacia arriba y vi que el Auror estaba de pie a varios metros de distancia de mí. El Auror me lanzó otra maldición que yo logré esquivar rodando a un lado. Desde el suelo le lancé una maldición al Auror, pero al estar en aquella posición mi puntería no era muy buena así que no le di. Sin embargo la segunda maldición dio en el techo y desplomó trozos de este sobre el Auror, que se distrajo al intentar protegerse de la lluvia de escombros. Durante aquel breve momento de distracción moré a mi alrededor buscando a Abi, pero no la veía.

-¡¿Abi?!- la llamé con algo de pánico, y casi de manera involuntaria mis ojos la buscaron entre los cadáveres del suelo, aunque en realidad yo sé que Abi es muy fuerte para dejarse vencer por un simple Auror. El fuego se asemejaba al color del pelo de Abi, así que en más de una ocasión la vista me jugó una mala pasada y pensé que había visto a Abi cuando en realidad ahí sólo había muertos y fuego.

Entonces la vi escondida detrás de la barra destrozada, y respiré aliviado. Fui entonces a centrar mi atención sobre el Auror otra vez cuando este me atacó lanzándome dos hechizos seguidos. Bloqueé ambos hechizos con un Protego, y entonces con una rápida sacudida de mi varita apareció una soga alrededor del cuello del Auror, apretándole con fuerza y ahogándome. Mediante magia hice levitar la soga hacia el techo destrozado, donde la pasé por encima de una viga y entonces el otro extremo de la soga voló a mis manos. Tiré de ella y el Auror se alzó en el aire colgado del cuello, con la viga actuando como si fuese una rama de un árbol usado para ejecuciones. El Auror había perdido su varita y no podía deshacerse de la soga con magia, así que se convulsionaba y se movía, intentando liberarse de ella, pero eso solo era peor para él. Sus ojos estaban a punto de cerrarse cuando una explosión cerca de donde yo estaba hizo que soltase la cuerda. La fuerza de la explosión me lanzó hacia atrás, haciendo que me llevase por delante varias mesas y sillas chamuscadas antes de chocar contra las escaleras del bar que daban al segundo piso. Me agarré a la barandilla con la mano libre para ponerme en pie, y siseé de dolor al hacer aquello. Al mirar mi brazo vi que una lengua de fuego me había alcanzado y había lamido mi manda. Por suerte mi ropa no habría prendido fuego, pues estaba demasiado empapada, pero sí que se había hecho un agujero en mi chaqueta y en mi camisa y un trozo del brazo estaba quemado. Maldije entre dientes y terminé en ponerme de pie.

Por culpa de la explosión las llamas se habían multiplicado, creando un muro de fuego y humo entre el Auror y yo. Salió un chorro potente de agua de mi varita que ayudó a extinguir un poco la llamas que había a mi alrededor, pues había tanto fuego que todos corríamos un serio peligro de morir convertidos en barbacoa, o si no el humo acabará por ahogarnos. Era casi imposible respirar, y tosía mientras le echaba el chorro de agua al fuego. Obviamente no fui capaz de extinguir mucho el fuego, pero sí lo suficiente como para poder moverme mejor.

Di unos cuantos pasos al frente y justo acababa de darme cuenta de que había perdido de vista al Auror cuando una figura envuelta en una luz blanca cegadora me golpeó por atrás. En un acto reflejo me envolví en sombras otra vez y el Auror y yo nos enzarzamos en una pelea en el aire, girando y girando y girando mientras volábamos por el interior del local que parecía el mismísimo infierno. Conseguí que el Auror me soltase, pero no antes de que ambos nos estrelláramos contra el techo dañado del bar. Nos separamos y caímos de maneara nada delicada al suelo, y para colmo el techo se nos vino encima. Me vi inmovilizado entonces por escombros quemados, y no tardé en empezar a intentar quitármelos de encima. Para mi mala suerte, al Auror le habían caído menos y se liberó antes que yo, y ahora estaba de pie delante mío, apuntándome con su varita. Él no cometió el error de sus compañeros de hablar más de la cuenta.
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