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The Ripper. [Abi McDowell]

Caleb Dankworth el Jue Oct 02, 2014 5:58 am

Recuerdo del primer mensaje :

Había sido uno de los días más largos que había tenido en el trabajo en semanas. En los últimos días había habido muchas desmemorizaciones, así que hoy me había tocado escribir informes de todo. Me gustaba mucho mi trabajo, pero la parte en la que tenía que escribir largos y detallados informes en los que describía qué había pasado con los Muggles siempre me sacaba de quicio y me hacia replantearme seriamente si no debería cambiar de trabajo. El problema era que ser Desmemorizador se me daba muy bien, pagaba un sueldo muy decente, y era la única cosa para la que tenía paciencia. Además, desmemorizar Muggles está bien, aunque lo que más me gusta hacer con ellos es torturarles, pero si hiciese eso me despedirían en dos segundos y me hallaría en un viaje solamente de ida a Azkaban... Oops.

Después de salir del trabajo me fui por Londres a relajarme. Me había quitado la túnica de Desmemorizador e iba vestido de manera algo más normal, con pantalones negros, una camisa blanca impoluta y una chaqueta negra. Me la habría quitado si el día hubiese estado un poco mejor, pero el verano ya se había ido, el otoño había llegado, y con él las nubes, la temperatura húmeda tirando a fresquera y la típica niebla londinense.

No me fui a casa, pues allí no había nada que hacer. Mi hijo Zack llevaba ya semanas en Hogwarts cursando su séptimo y último curso, y no había nadie más en la mansión. Sylvan a veces visitaba, pero en estos momentos estaba de viaje. Hace unos meses estuvo en la India, luego nos visitó durante una semana antes de largarse a Nueva Orleans y hacía tiempo que no sabía nada de él. Conociéndole cono le conocía sabía que estaría metido en algún lío pero no me preocupaba.

Como no había nadie en casa decidí caminar por las calles de Londres buscando un sitio adecuado para pasar un rato. Necesitaba una bebida con urgencia, así que acabé en un bar en una de las calles de Londres en las que era frecuente encontrarse locales llenos únicamente de magos y brujas. El bar en cuestión, The Ripper, no tenía la mejor fama de Londres debido a la gente rarita y sospechosa que lo frecuentaba (más de una vez había visto yo pasar por ahí a compañeros mortífagos para tomarse algo) pero la comida era decente y las bebidas estaban buenísimas y a buen precio, así que merecía la pena ir allí.

Cuando llegué el local no estaba muy lleno, pero tampoco estaba vacío. Había algunas personas charlando y tomando algo en las mesas y otras bebiendo en la barra. El bar estaba bastante bien, limpio y con una iluminación decente. Caminé hacia la barra, que era donde siempre me sentaba cada vez que iba a The Ripper. Por el rabillo del ojos observaba a la gente que había a mi alrededor, y aunque no me sonaba casi nadie sí que reconocí a Jack, un tipo flaco y alto de pelo negro que le llegaba por la barbilla y ojos pequeños y marrones. Siempre me recordaba a un ratón, no sé por qué. La razón por la que le conocía era que él también era mortífago, y cuando me vio me saludó con la mano. Le devolví el saludo educadamente con un gesto de la cabeza pero no me detuve a hablar con él, pues aparté de que el hombre estaba ocupado con unos tipos de pintas raras yo no tenía ni una pizca de ganas de hablar con él.

Me senté en un taburete de la barra, donde pedí que me sirviesen un vaso de whisky de fuego. Me puse a silbar por lo bajo y a mirar distraídamente a mi alrededor mientras esperaba a que me sirviesen la bebida.
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Caleb DankworthMinisterio

Abigail T. McDowell el Miér Dic 03, 2014 12:04 am

Era una auténtica MIERDA tener hemofobia cuando trabajabas como mortifago. Yo ya había aprendido a lidiar con mi sangre, incluso tenía mis propios métodos, limpios y certeros, de matar a la gente sin tener que soportar su desangramiento. ¿Qué necesidad había de eso? Nunca había sido fiel amante de las torturas físicas, me parecían un malgasto de tiempo y no me divertía arrancarle la piel a nadie. Yo era de torturas psicológicas, de esas que utilizan su poder para meterse en la mente enemiga, buscar su miedo o su mayor deseo y convertirlo todo en un cúmulo de fatigosas y angustiosas sensaciones. Me gustaba ver la ansiedad en la mirada de mis víctimas y si los hacía gritar, que fuera por dolor y miedo. Adoraba que me suplicaran por su vida, pues en ese momento eran conscientes de que yo tenía el poder sobre ellos.

¿Pero sangre? Uno de mis mayores puntos débiles. Poca gente lo sabía y por suerte, la gente que lo sabía —en esta ocasión Caleb— era gente que no iba a utilizarlo en mi contra. Sin embargo, me ponía de los nervios que mientras yo vomitaba él no se callara. Ya sabía que lo tenía que echar todo, después de ver cómo cojones le explota la cabeza a un jodido hombre, yo creo que voy a echar hasta mi puto estómago. Me ponía muy de mal humor cuando me pasaba esto, ya que era un claro signo de debilidad por mi parte.

Durante un buen rato estuve simplemente mirando el asfalto de la carretera mientras intentaba calmarme a mí misma y a cada organismo de mi interior que se revolucionaba al ver la sangre. Cuando por fin pude volver a erguirme y ser personas, me di la vuelta, esperando que Caleb me hubiera hecho el favor de limpiarse toda aquella mierda con la que se había embadurnado. Joder, aquella noche estaba siendo épicamente surrealista. Primero me meto en un bar por casualidad, me encuentro con un amigo, nos delatan delante de aurores, casi muero dos veces, vomito por ver sangre… y todo eso en medio de cualquier sitio de Londres. Gracias a Dios que la que está cayendo no es normal y la gente se esconde, pues si no sí que estaríamos llamando demasiado la atención. Sobre todo mi amigo, que hace un momento parecía un jodido tampón de tanta sangre que tenía encima.

Caminé hacia donde estaba Caleb, más limpio y me preocupé de mirarle solamente a los ojos por si encontraba algo en él que pudiera volver a repercutir en mi umbral de asquerosidad. Él me tendió un pañuelo, el cual estaba empapado. Aun así lo cogí y me lo llevé a la boca para limpiarme la comisura. Realmente no tenía nada, pero en aquel momento me sentía bastante asqueada, por lo que tenía la sensación de que todo mi cuerpo lo estaba.

Definitivamente tú y yo nos compaginamos muy bien para algunas cosas, pero cuando tengamos que torturar o matar a alguien, mejor hacerlo por separado… —A menos que quisiera matarme a mí de paso—. ¿Quién se hubiera pensado que una mujer con asco a la sangre se alista en uno de los trabajos más sangrientos de la historia del mundo mágico? —Después del paritorio, claro. Eso tenía que ser asqueroso, puto asco. Motivo uno de por qué no quiero tener hijos.

De todas maneras, mi fobia por la sangre nunca me ha impedido hacer lo que me ha gustado y a pesar de considerarlo una debilidad —porque al fin y al cabo, lo es—, nunca lo he considerado una barrera. Para todo hay solución y si realmente mi ambición es conseguir poder… tengo que olvidarme de todo aquello que me lo puede impedir de cualquier manera.

Fue entonces cuando pude mantener una conversación, corta y necesaria con mi compañero. Fue más bien información que de sólo pensarla me ponía enferma. El hecho de pensar que aquel Auror se había ido y nos había vendido a todo el Ministerio me ponía todavía de peor mal humor. No obstante, en esos segundos en dónde me llevaba la mano a la cabeza para poder darme pena a mí misma, fue cuando vi salir al auror, desubicado, al exterior por el callejón. Se me iluminó el rostro y lo que parecía un ordenador interior hizo que ese hombre fuera mi máxima prioridad en aquel momento. Sólo podía verlo a él. Desde que se dio la vuelta para correr hacia el interior, yo salí disparada, consiguiendo avisar antes a Caleb para que supiera mis movimientos y pudiéramos hacer lo más lógico entre los dos.

Entré por el agujero que se había formado en el muro y el interior de aquel bar estaba irreconocible. Lo primero que hice al entrar fue entrecerrar los ojos y la boca, pues aquella molesta humareda amenazaba con secar mis ojos y mi garganta. Suficiente asquerosa estaba mi garganta después de echar toda la comida de la semana como para encima darle un toque a quemado. De verdad, una noche totalmente surrealista. Me encaminé con la guardia alta hacia el interior del recinto, con tan mala suerte de que a ser un blanco fácil terminé en el peor lugar de todo el bar: detrás de la barra.

El auror se había enzarzado en una pelea con Caleb nada más éste entrar. Yo intenté colocarme por detrás del auror, buscando así la ventaja estratégica y acorrarlarle sin escapatoria. Sin embargo, caminando aun de cuclillas por detrás de la barra —ya que me era imposible caminar de pie debido a que no quería ser el foco de ningún hechizo extraviado— llegué al otro extremo. Al llegar allí, mi pie se quedó atrapado con lo que parecía un cable. Estaba roto e inconscientemente lo seguí con la mirada al ver cómo de él salía una pequeña llamarada. Yo sin duda no tenía ni pajolera idea de ingeniería muggle, pero fue bastante intuitivo asumir que aquello era peligroso, ya que era un paso de gas hacia la bombona. Posiblemente lo hubiera roto con el hechizo que el auror acababa de tirar hacia allí. Del cable salió una fuerte llamarada al  contactar gas y fuego y fue entonces, cuando vi al fuego dirigirse al tanque, cuando me puse de pie y salí corriendo de detrás de la barra. No había que estudiar ingeniería para saber lo que pasaría cuando llegase al ojo del huracán.

Al salir de la barra miré hacia dónde estaba Caleb para avisarle, pero fue demasiado tarde. Una explosión salió de detrás de la barra, haciendo que los tres que estábamos allí dentro saliéramos disparados hacia atrás. En un principio choqué contra una columna de madera de espaldas que, comida por las llamas, cedió al choque, por lo que tras ese golpe caí al suelo. Caí sobre una pequeña mesa de cristal que se rompió en mil pedazos, que cayeron sobre mí y yo sobre ellos. Intenté recomponerme rápidamente. Por desgracia, en mis esfuerzos por levantarme, una punzada terriblemente dolorosa en el vientre, cerca de la cadera, me hizo quedarme a medio camino. Llevé mi mirada hacia allí y vi como la sangre corría mucho más rápido debido a que estaba totalmente empapada. Lo más lógico hubiera sido dejar aquel cristal clavado allí, pero no lo hice. Lo sujeté y tiré de él, soltando un alarido de dolor mientras cerraba los ojos. Luego me llevé la mano allí para evitar desangrarme y me puse de pie.

Fue entonces cuando vi a Caleb intentando quitarse los escombros de encima y como la figura del Auror se ponía delante de él con intención de acabar con su vida. Alcé la varita y, como un buen mortifago, apuñalando por la espalda, moví un trozo puntiagudo y astillado de madera —en su otra vida era la pata de una silla— y lo moví salvajemente hacia dónde estaba el auror, atravesándole el corazón. La sangre cayó hacia adelante —es decir hacia dónde estaba Caleb— y el cuerpo del auror siguió la misma trayectoria.

Caleb… —conseguí decir para llamar su atención, sujetándome con la mano libre en dónde tenía la varita en la pared más cercana para no caerme.

La presión del momento se desvaneció por completo, pero la preocupación seguía latente para mí, sobre todo al notar aquel dolor en mi vientre. Me miré la mano, llena de sangre por todas partes y agradecí no tener absolutamente nada para vomitar en mi interior. Sonreí de medio lado al notar como mi cabeza daba tumbos, no sólo por respirar tanto tiempo aquel humo carente de oxígeno, sino por todos los golpes, el dolor, el estrés y el mareo producente de mi propia debilidad. Tenía que salir de allí, pero algo me decía que si daba un solo paso por mi cuenta, iba a terminar en ese mismo lugar.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Jue Dic 04, 2014 1:49 am

Pensaba que el Auror iba a lanzarme una maldición para ponerme fuera de juego, o peor. Intenté desesperadamente quitarme los escombros de encima, pero sabía que no conseguiría liberarme antes de que el hechizo del Auror me golpease. El último Auror que quedaba en pie estaba a punto de terminar de conjurar una maldición cuando de repente un trozo enorme de madera llegó volando por detrás a toda velocidad y se clavó en su espalda, atravesándole el corazón. La sangre salió despedida como de una fuente, salpicándonos entero otra vez al igual que lo había hecho la sangre del otro Auror, y entonces el hombre cayó desplomado al suelo, muerto.

Sin perder ni un segundo de tiempo hice fuerza y empujé hacia arriba los escombros como si estuviese haciendo fuerza. El sudor me caía por la frente a mares por culpa del horrible calor del fuego y por culpa del esfuerzo. Al final, cuando hube levantado los escombros lo suficiente como para poder mover mi pierna un segundo y darles una patada, quedé liberado. Me quité todo de encima, busqué mi varita y me puse en pie con ella en la mano. Trataba de ignorar el intenso dolor que tenía en la espalda y en una pierna a causa de los golpes. Tenía algunos cortes pero no les di importancia.

Oí a Abi llamándome y miré a mi alrededor buscándola. La vi en el otro lado del bar, apoyada con una mano en la pared y con la otra mano cubriéndose el vientre. Estaba muy pálida, y vi dolor en su rostro.

-¡Abi!- exclamé su nombre mientras esquivaba los escombros para ir a su lado. Atravesé el bar destrozado y envuelto en llamas hasta llegar a donde estaba mi amiga, y vi entonces la razón por la que tenía aquel gesto de dolor en su rostro. Tenía una gran herida en el vientre, y entre los dedos se escurrían chorros de sangre oscura.- Joder. Espera, aprieta con fuerza- dije mientras intentaba mantener la calma. No nos haría ningún bien ponernos nerviosos en este momento, sobre todo a ella, que necesitaba mantenerse tranquila para no empeorar el estado de la herida. Me quité la chaqueta y la doblé varias veces, y entonces cogí la mano ensangrentada de Abi y puse mi chaqueta encima de la herida, taponándola.- Ten, sujeta esto. Vamos a salir de aquí antes de que muramos achicharrados.

Nos dirigimos hacia el agujero en la pared que había hecho yo antes para escapar al callejón. Debíamos alejarnos de allí para poder llegar a un lugar desde el que Desaparecernos e ir a algún lugar seguro. Podía oír a la policía y a los bomberos Muggles en la calle fuera del lugar luchando por extinguir las llamas y entrar al bar. Puse el brazo libre de Abi sobre mis hombros para ayudarla a caminar. Sé que es fuerte y que puede soportar una herida y dolor, pero con la fobia que le tiene a la sangre no quiero que se mareé y caiga y empeore las cosas aún más. Salimos por el agujero de la pared y entonces me giré y miré hacia el otro extremo del bar, hacia la puerta principal. Alcé mi varita, pues el lado sádico de mi personalidad no puede irse de allí sin causar aún más destrozo del que ya había habido. Esta noche los mortífagos hemos sido los atacados, pero creo que es mejor girar las tornas aún más de lo que ya lo habían hecho con la muerte de los Aurores y de todos los ocupantes del bar.

Una explosión monumental arrasó con la calle y todos los Muggles que se hallaban justo enfrente del local. Oía los gritos desde el callejón trasero, y capté un rápido vistazo de bomberos y espectadores cubiertos en llamas. No perdí ni un segundo en marcharme de allí después de eso. Abi y yo fuimos envueltos en sombras y salimos volando, protegidos y escondidos por la oscuridad de la noche. Dejamos así atrás el bar en llamas y destrozado, que antes estaba lleno de gente conversando y bebiendo y ahora sólo estaba lleno de escombros, fuego, y cadáveres. Cuando estuvimos fuera de la zona cubierta por el encantamiento anti-Aparición me Desaparecí, llevando a Abi conmigo. No podíamos ir a San Mungo, pues en cuanto las noticias de lo que había pasado se supiesen nuestra presencia allí sería sospechosa, así que fuimos a mi casa. Antes de Desaparecernos capté un último vistazo de la destrucción que habíamos causado, y recordé por qué había ocurrido todo eso. Juré que Jack acabaría suplicando su propia muerte en un futuro no muy lejano.
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