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Antes muerta que sencilla [Flashback] - {Gabriel J. Blumer}

Invitado el Sáb Oct 04, 2014 7:22 pm

- Madre mía... - Mis ojos se pusieron en blanco tras pasar a la siguiente página de la revista de moda que estaba leyendo recostada en mi cama. - ¿En serio van a volver a los tiempos del leopardo? Esto tiene que ser una pesadilla. - Hablaba para mí misma en voz alta, mientras inspeccionaba las imágenes que me estaban produciendo dolor de cabeza. - Increíble, definitivamente la moda está en decadencia. - Negué con la cabeza indignada, porque sí, estaba tremendamente decepcionada con la decisión que había tomado uno de mis diseñadores favoritos, llenando una de las pasarelas más importantes del mundo con estampados de leopardo y camisas de lino. Para colmo, al parecer aquel verano la tendencia del pelo corto había aumentado, pero estaba claro que yo no sucumbiría a aquel horror. Amaba a mi pelo más que a ninguna otra cosa y no me lo había cuidado tanto durante toda mi vida como para ahora cortármelo sin más.

Tras ignorar a mi madre durante unas horas decidí levantarme de allí y ponerme manos a la obra con la labor que me hacía encomendado. Necesitaba despejarme de aquel horror. No faltaba mucho para que comenzara el curso y mi madre odiaba que dejara todas las compras para el último momento, por lo que los días antes se limitaba a darme la tabarra para que me pusiera las pilas. - ¿No podría ir Audrey? Sabes perfectamente lo que me aburre comprar el material escolar. -  Me quejé, poniendo cara de cachorrillo, pero sin causar ningún efecto en el fuerte carácter de mi madre. Audrey era nuestra criada predilecta, la cual era casi un miembro más de la familia. - Audrey tiene cosas más importantes que hacer. - Resignada, me dispuse a prepararme para pasar una divertida y apasionante tarde de compras en Hogsmeade.

Una vez lista y tras bajar las escaleras para disponerme a salir, mi madre me dio una grandísima idea que igual haría que todo resultara más llevadero. - ¿Por qué no vas con alguna amiga? - No me gustaba mucho ir con mis amigas íntimas a comprar ese tipo de cosas, ya que siempre terminaban malgastando tres cuartos de la tarde en criticar a todo ser viviente que se cruzara con nosotras y me veía obligada a volver a tener que ir al día siguiente para terminar de comprar. No obstante, tenía una opción que no me desagradaba tanto. No había recibido noticia alguna de Gabriel, uno de mis compañeros de casa, por lo que pensé que igual le apetecería acompañarme. Así, busqué su número y lo llamé al teléfono de su casa, oyendo su voz pocos segundos más tarde. - Hola Gabriel, soy Kris, tu compi favorita de casa. ¿Cómo estás? ¿Estás ocupado hoy? - A pesar de que le hacía un millón de preguntas por segundo apenas le dejaba contestarlas, muy típico en mí. - Te llamaba para proponerte que me acompañaras a Hogsmeade. ¿Tu ya has comprado todo lo que necesitas? - Otra pregunta sin respuesta. - Es que yo tengo que ir y no me apetecía ir sola. ¿Te apuntas? Nos vemos a las 4 enfrente de Cabeza de Puerco ¿vale? ¡Hasta ahora! - Y colgué. Era perfectamente consciente de que apenas quedaban 30 minutos para la hora acordada, pero total, era un hombre y era Gabriel, así que como mucho le serían necesarios diez minutos para prepararse, diez para llegar y otros diez para esperarme. Ahora que lo pensaba estaría bien poner en marcha aquel curso el Proyecto Renovación de Gabriel, en el cuál haría de él todo un galán hecho y derecho. Lo estaba deseando. Y con una risilla divertida fruto de mis "macabros" pensamientos me despedí de mi madre y me puse rumbo a mi destino.
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Gabriel J. Blumer el Dom Oct 05, 2014 11:42 pm


Por suerte o quizá por desgracia, apenas quedaban unos días de vacaciones. Aquella mañana se había levantado con el pensamiento de hacer algo útil a lo largo del día pero, como todo pensamiento, abandonó su cabeza cuando llegó el momento de salir de la cama. Desde que sonó el despertador hasta que logró salir de la cama pasó más de una hora, por lo que optó por quedarse en El Caldero Chorreante, donde pasaba aquellas dos últimas semanas de verano, lo que quedaba de mañana.

Al final, acabó por salir del local a las tres de la tarda, tirando por tierra sus planes de tener un día productivo, como cabía de esperar para una persona como era él. Pasó por una tienda de dulces en busca de un par de regalices rojos y se dedicó a una tienda de música lo que quedaba de tarde. Tenía toda la tarde para acabar de comprar lo que le quedaba para el inicio del curso, pero ya tendría tiempo a partir de las cinco o las seis. Iluso de él, siguió mirando los CDs que se amontonaban en las estanterías, poniendo mala cara al ver el precio de estos. Se acercó a la sección de librería y tomó un ejemplar de un libro que parecía encantar a todo el mundo. Miró la reseña frunciendo el ceño ante las palabras que el autor había plasmado en la parte trasera de este y lo dejó de nuevo en el estante, huyendo como si aquella estantería fuera a estallar cuando el libro reposara nuevamente sobre ella.

Volvió a la zona de música a echar un último vistazo antes de cambiar de tienda. Tenía varios CDs en la mano cuando su teléfono comenzó a sonar, con aquel vergonzoso tono determinado que se negaba a cambiar porque hacerlo requería de demasiado esfuerzo. Miró la pantalla y rodó los ojos al ver un número identificado. – No, no quiero cambiarme de compañía telefónica. ¿Cuántas veces voy a tener que decir que no quiero cambiar mi hipoteca para que me regalen una vajilla nueva? A veces creo que no existe nada más peligroso que un mago con un artilugio muggle. ¿Qué uña se te ha roto hoy? – Preguntó el chico con total confianza mientras sujetaba el teléfono con ayuda de uno de sus hombros de manera un tanto ortopédica mientras intentaba seguir mirando los discos.

La voz de Kristina sonaba al otro lado del teléfono y Gabriel tenía cierto pánico a lo que pudiera decir.  Era una mujer y las mujeres son seres raros por naturaleza, pero Kristina era una subespecie dentro del género femenino. Era aquel tipo de persona que se preocupaba más por cómo quedaría la varita en su mano que por la función que tendría esta en caso de ser necesaria. Todo bien. Sí, estoy ocupado perdiendo el tiempo pensando que debería hacer algo esta tarde. No he comprado todo, pero seguro que en el último momento lo hago, aún queda tiempo. Todas esas respuestas se agolparon en su garganta luchando por salir, pero la voz de Kristina al otro lado no daba margen a que Gabriel dijera algo. Ni si quiera tuvo tiempo de despedirse o de decir que iría a Cabeza de Puerco, pues cuando abrió la boca para hablar la voz de Kristina no sólo se había ido, sino que el tono que avisaba del final de llamada había sustituido a su voz. – Mujeres. – Dejó los discos en el estante correspondiente y tomó el teléfono entre las manos para volver a guardarlo. La llamada más intensa de su vida.

Lo que había empezado como una mañana en la que haría algo productivo, acabó convirtiéndose en un día más  con una compañía diferente. Entró una vez más a El Caldero Chorreante y usó los polvos flú para ir a parar a Las Tres Escobas, pues no tenía intención alguna de ir a parar a Cabeza de Puerco y su olor a cabras.

Y eran las cuatro. Y las cuatro y cinco. Ya eran y diez. Luego fueron y cuarto. Miró el reloj y rodó los ojos, apoyando la espalda en una de las paredes del local, esperando a que Kristina apareciese. Como era de esperar, la chica iba a llegar tarde.
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Invitado el Mar Oct 14, 2014 1:33 pm

¿Qué importaba hacer esperar un poco a la gente? Eso fue lo que pensé al echar un vistazo a uno de los relojes de la calle y ver que llegaría unos veinte minutos tarde. Al fin y al cabo nadie se moría por esperar un poco y tampoco era culpa mía si el maquillaje tardaba tanto en quedar compacto y perfectamente uniforme. Por otra parte, podría haber corrido o haberme dado más prisa, pero eso carecía de sentido, ¿para qué iba a prepararme tan bien si luego me ponía a sudar o me despeinaba? Entonces sí que la espera no hubiera valido para nada. La verdad es que estaba contenta con el resultado . Así que iba pacientemente, a mi ritmo, saludando a aquellas personas que conocía y examinando los modelitos que iba viendo, poniéndoles una nota casi inconscientemente. “A ese le doy un dos, rosa con rojo puñetazo en el ojo” Así, en cuestión de “pocos” minutos, o al menos para mí, sonreí a Gabriel a lo lejos, levantando un poco la mano y acelerando levemente el paso, para que pareciera que me preocupaba llegar tarde.  

– Lo siento, guapo.  – Me disculpé con voz falsamente arrepentida y apartando mis gafas de sol levemente para hacerle un escáner completo a mi compañero de casa.  Mis ojos fueron de arriba abajo sin ningún tipo de pudor, fijándome en cada detalle y abriendo cada vez más el espacio entre mis labios para formar una perfecta “O”. - ¿Me he perdido algo? – Mi amigo me miró con cara de interrogante, tratando de adivinar a qué me refería. – No recordaba que tuvieras tan mal gusto… -  Musité, volviendo a colocarme las gafas y decidida acabar con aquel insulto. – Vamos anda, vamos. – Le apuré, no sin antes ponerme un poco de puntillas para darle dos besos rápidos y fugaces. – Nos espera un largo día, querido Gabriel. – éste se dirigió a la dirección que debíamos coger para ir al Callejón Diagon, pero mis planes habían cambiado al llegar. Aún me quedaban unos cuántos días antes del inicio del curso, así que aprovecharía para hacerle un favor a mi compi. – Por ahí no. - Le cogí cariñosamente del brazo y le arrastré conmigo, en dirección zona comercial de Londres. Ya tenía en mente incluso a qué tienda le llevaría. – Tengo una sorpresa para tí.  – Le dije con diversión, sin soltarle.

Caminamos un rato mientras charlábamos un poco sobre cómo había ido nuestro verano. – La verdad es que no ha sido nada del otro mundo. Mis padres y yo nos fuimos de viaje a Estados Unidos, donde conocí a varios de mis diseñadores favoritos. Aprendí mucho en mi estancia allí. – Le conté un par de mis hazañas en aquel increíble país, mientras el me escuchaba. Realmente no sabía si le interesaba de verdad, pero aún así me gustaba hablar por los codos sobre aquello que me gustaba. - ¿Y tú? ¿Qué has hecho?

No tardamos demasiado en llegar a nuestro destino, el cual solo yo conocía. Nos paramos en seco frente al centro comercial más grande de todo Londres: el Westfield Stratford City.  - ¿Habías estado aquí antes?  – Le pregunté a mi acompañante, mientras me quitaba las gafas de sol y me disponía a entrar sin apenas conocer la opinión de mi amigo. – Vamos, vas a flipar. – Esta vez sí que aceleré el paso, por lo que Gabriel tuvo que hacer un mínimo esfuerzo para no perderme entre tanta gente. Subimos varias escaleras mecánicas hasta llegar a la planta que estaba buscando, señalándole mi tienda de ropa varonil favorita. A pesar de que, obviamente, nunca me compraba nada allí, me gustaba entrar a fisgonear de vez en cuando, para estar al tanto de la moda. – ¿Preparado?  – Le di un golpecito en el hombro a Gabriel, para que espabilara, ya que parecía algo distraído. – Entremos.  – Dije decidida, mirando hacia atrás y haciéndole una amigable seña a Gabri con la cabeza para que entrara también.


¡El lugar donde estamos! :
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Gabriel J. Blumer el Dom Oct 19, 2014 1:49 pm


Miró nuevamente el reloj antes de rodar los ojos. Aún no llegaba y él había tenido la idea brillante de ser puntual. Para la próxima vez que decidiera quedar con aquella chica fuera de clase llegaría tarde sin ningún tipo de tapujo, pues visto lo visto, era la mejor opción para no estar esperando sin hacer nada en mitad de la ciudad.

Levantó el mentón a modo de saludo cuando la figura de Kristina apareció entre las callejuelas, con un paso calmado y sin aparente prisa. Negó con la cabeza, estaba claro que aquella chica no tenía problema a la hora de hacer esperar a los demás, y si Gabriel hubiera sido una persona con poca paciencia quizá se lo hubiera echado en cara, pero lo cierto era que la espera no le importaba ni lo más mínimo. La chica no tardó en situarse a pocos metros de Gabriel mientras hacía desaparecer sus gafas de sol soltando así una disculpa de lo menos creíble. – Perdonada. – Iba a meterse con ella, haciendo alusión a la necesidad de la chica por hacerse notar siempre cuando llegaba y que por eso lo hacía más tarde de lo acordado, pero prefirió morderse la lengua y no hacer ningún tipo de comentario.

Aunque eso cambió cuando su amiga abrió nuevamente la boca, esta vez metiéndose con el aspecto del chico. Gabriel no era una persona que se caracterizara por la importancia que daba a su vestimenta, es más, los pantalones que llevaba en aquel momento eran heredados de uno de sus primos, el cual le sacaba varios centímetros y hacía que los pantalones estuvieran raídos por el bajo. Su camiseta era de lo más normal, una gris sin nada destacable, salvo algún que otro roto en la parte trasera a la altura del cinturón, ya que era frecuente que este se enganchara en sus camisetas provocando roturas en la ropa. – Yo no recordaba que fueras tan cruel. – Negó con la cabeza, aún sin creerse que hubiera sido tan directa a la hora de decirle aquello. Era cierto que las chicas tenían mayor predilección por arreglarse, pero lo de Kristina era exagerado respecto al resto de la humanidad.

Sin decir nada contestó los dos besos de la chica y fue en dirección al Callejón Diagon, pero antes si quiera de poner un pie en el camino, Kristina tiró de su brazo obligando así a cambiar el paso de sus pies. Alzó ambas cejas sin entender lo que sucedía y sus ojos se abrieron más de lo normal al escuchar las palabras de la castaña. “Tengo una sorpresa para ti”. Esas habían sido sus palabras exactas, y conociendo a Kristina, eso no podía significar nada bueno.

Durante el trayecto la voz de Kristina resonaba por encima de la del resto de personas que había a su alrededor, bien porque le gustaba ser el foco de atención de todo el mundo o por su manera desenfadada de mirar la vida. – Entonces fue algo así como un viaje de trabajo… - Dijo más como una pregunta que como una afirmación. - ¿Yo? Yo tuve unas apasionantes vacaciones en casa. Pero al menos en Bristol tenemos playa, cosa que en Londres con sus edificios y su complejo de capital no tienen. – Bromeó. – Pero siempre vengo las dos o tres últimas semanas de verano a Londres para comprar las cosas y preparar todo para el curso. – Y para alejarse de una madre sobreprotectora que, en cierta medida, tenía toda la razón para preocuparse, pues Gabriel tenía la tendencia de abrazar los problemas como si de amigos se tratasen.

Estaba tan distraído en aquel momento que no se dio cuenta de donde estaban yendo. No se dio cuenta hasta que la entrada a los grandes almacenes casi golpea su rostro, literalmente. - ¿Tengo pinta de venir a Londres exclusivamente a comprar trapitos? – Dijo aquello último intentando imitar el tono de voz de Kristina, como si se metiera con ella. Algo que hacía, claro, pero de manera inocente.

No tuvo tiempo para dar varios pasos hacia atrás y salir huyendo, pues con Kristina podía temerse lo peor en un lugar como aquel. No quería acompañar a la chica a comprar ropa. No le importaba que ahora la considerara una amiga o que sentía cierta atracción por ella, aquello no importaba al lado de una tarde rodeado de mujeres gritando alrededor de diferentes prendas de ropa y ver los diferentes “modelitos” que la chica luciría para que él aprobara o denegara. No, no y no. Se negaba a estar ahí y aguantar todo aquello. Pero mientras su mente se negaba en rotundo a hacerlo sus pasos ya se dirigían al interior siguiendo con la vista la larga melena de la chica, quien parecía como pez en el agua. Por su parte, Gabriel se sentía como una comadreja en el agua, a punto de ahogarse.

No pudo contestar. No le daba tiempo. Pues antes de negarse a cada afirmación de la chica, esta ya estaba tirando de él hacia el interior de alguna tienda. Y eso hizo. Pero su sorpresa fue ver que no estaba llena de mujeres y ropa femenina, sino de hombres y ropa de chico. – Es cierto que quizá serías más guapa con un cambio de aires pero… No te veo todavía con ropa de hombres, Kristina. – Dijo el chico muy serio, como si realmente aquello fuera cierto.

Volvió la vista a la tienda, mirando lo grande y lleno de gente que estaba aquel lugar. – Podríamos buscar un sitio con menos gente y ropa más… - Miró la etiqueta de una de las prendas que tenía más cerca. – Con lo que vale esta camiseta podría alimentar a una familia durante una semana. – Se negó en rotundo. – ¿Vas a comprarle algo a tus hermanos? ¿Tu padre? ¿Tu novio? – Preguntó todo rápidamente de manera acusadora, creyendo, inocentemente, que habían entrado a aquella tienda por la chica.
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Invitado el Lun Oct 27, 2014 11:42 am

Aunque yo me consideraba un amor de chica, no era tonta y era perfectamente consciente de que en ocasiones podía resultar arrogante o inaguantable para ciertas personas. Yo dividía a la sociedad en dos grupos: en primer lugar, los envidiosos. Aquellos eran los más abundantes, no era fácil poseer la riqueza y las facilidades que la familia Nóvikóva poseía y eso creaba roces con los de su alrededor y más aún porque yo no me solía cortar demasiado en irlo pregonando. ¿Por qué iba a hacerlo? Para algo se lo habían currado mis padres durante sus años de juventud, así que no era para menos. Y en segundo lugar, los aburridos/muermos, que sólo pensaban en estudiar todo el rato y dejar la diversión para momentos realmente especiales. Yo era la primera que estudiaba casi diariamente y que le daba suma importancia a cada una de las asignaturas, pero de ahí a pasarme el día encerrada en la sala común de Ravenclaw como hacían muchos había un trecho, por lo que muchos me miraban como un “bicho raro”, pero eso a mí me daba igual. Estaba realmente orgullosa de la chica en la que me había convertido a lo largo de los años y a aquellas alturas nada ni nadie iba a hacerme cambiar de opinión. Que le diera suma importancia a la vestimenta no quería decir que en el fondo no tuviera un corazoncito, pero si nadie era capaz de llegar a él no era mi culpa. La sociedad era demasiado simple como para brindarles todas mis virtudes. Para llegar a conocerme del todo tenían currárselo y desde luego, no era una tarea  fácil.

Desde mi punto de vista Gabriel pertenecía al segundo grupo de personas. Él no era alguien que sintiera envidia por nada, pero se conformaba con muy poco y eso para mí era una de las definiciones de aburrido. Era aburrido aceptar simplemente lo que a uno le venía por motu propio y no ir más allá. Lo veía como una persona humilde y sencilla que simplemente dejaba pasar la vida. Y yo estaba casi completamente segura de que eso se debía en gran parte a su baja autoestima y, en mi mundo, la baja autoestima venía ligada con problemas de aspecto. Por mucho que pareciera contento consigo mismo y con sus defectos a todo el mundo le gustaba que los demás se fijaran en ellos. Así que, en mi diagrama mental, si conseguíamos eliminar aquel “defecto” lo demás vendría solo. ¿Y para qué estábamos las amigas si no era para ayudar? No pensaba compartir mis pensamientos con él. A pesar de que solía ser una chica sincera que decía las cosas sin apenas tacto, no quería que pensara que lo hacía por solidaridad o pena, ya que no era así. Lo hacía porque Gabriel me importaba y hoy en día, quisiéramos o no, el aspecto físico era importante y nos gustara o no tener una mejor apariencia abría muchas puertas.

La reacción de Gabriel al ver a dónde le había llevado era la que esperaba. Se notaba que no estaba acostumbrado a aquel tipo de ambientes, pero no le haría sufrir demasiado. Trataría de escoger unas cuántas cosas para él lo más rápido posible y luego le invitaría a un batido como compensación. – No seas tonto. – Le di un leve codazo a mi compañero de casa.  – Esto es para ti. – Le anuncié, abriendo los brazos para señalar toda la tienda que teníamos delante.  - ¿A qué esperas? – Entré felizmente dando saltitos y comencé a echar vistazos generalizados, como solía hacer siempre, hasta que vi una zona que me llamó mucho la atención. Aquella parte de la tienda se componía de camisas de cuadros de todos los colores y formas, joviales y desenfadadas. Perfectas para alguien como Gabriel. Miré hacia atrás y al localizar a mi amigo le hice una señal para que se acercara, mientras comenzaba a apilar una, dos, tres, cuatro camisas. – Ponte ésta.  – Le dije cuando llegó a donde estaba, tendiéndole la primera de ellas. Gabriel me hizo caso a regañadientes.  – No está mal, pero no te estiliza lo suficiente.  – Rebusqué entre los percheros y le di otra y así sucesivamente durante casi veinte minutos, mientras le indicaba cómo debía llevar cada una de ellas (abiertas o cerradas, mayormente). De vez en cuando reíamos porque me daba por ponerme varias cosas varoniles y le imitaba, quejándome de lo mucho que sufría por estar de compras conmigo misma, hablando de mí en tercera persona. Fue así hasta que noté que mi compañero estaba cansándose.  – Eres un débil, encima que lo hago por tu bien. – Me quejé, dándole otra camisa que había encontrado de reojo.  – La última.  – Le pedí con una sonrisa de oreja a oreja (la que solía usar para conseguir lo que quería). Lo miré detenidamente unos segundos, di un par de vueltas alrededor de él y por fin hablé.  - ¡Muy bien! Creo que ya tenemos lo que queríamos. – Mientras nos dirigíamos a la caja cogí por el camino, como quien no quería la cosa, dos vaqueros, unas Vans y un gorro bastante bonito (que últimamente se llevaban bastante), siempre bajo la atenta mirada de un desesperado Gabriel que pedía a gritos que saliéramos cuanto antes, ya que cuánto más tiempo pasábamos allí más se llenaba la tienda. – Buenas tardes.  – Saludé a la dependienta con una sonrisa.  – Esto nada más, por favor.  – La chica fue pasando cada una de las prendas por el detector de códigos de barras y finalmente guardó todo en tres bolsas. – Serían 250, 40 €. – Noté cómo algo se estremecía a mis espaldas al escuchar la cifra, mas yo ni me inmuté, sino que saqué la tarjeta y se la tendí a la dependienta como quien tendía unas meras monedas. -Muchas gracias por su visita. - Firmé para que se cobrara y salimos de allí conformes con la compra, al menos yo. – Ya verás ya, la semana que viene tendrás novia. Y todo gracias a mí.  – Bromeé, mientras miraba unos segundos el móvil por si tenía noticias de un diseñador importante con el que había quedado la semana que viene.  - ¿Tienes prisa? – Le pregunté mientras lo guardaba de nuevo. - ¿Te apetece un batido? ¿O también eres alérgico a los batidos?  – Pregunté alzando una ceja y con una sonrisa burlona.


¡De compras!:
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Gabriel J. Blumer el Jue Oct 30, 2014 10:17 am


Como si Gabriel hubiera dicho en algún momento que aceptaba la invitación a donde quisiera que Kristina lo estaba llevando, la chica comenzó una carrera sin fin por atravesar las calles londinenses. La prisa de la que carecía para llegar puntualmente cuando habían quedado parecía haber aparecido por llegar hasta el centro comercial que Gabriel no tardo mucho en ver a lo lejos. Su primer impulso había sido aprovechar cualquier momento de distracción de su amiga para meterse por alguna de las calles secundarias y salir de allí lo antes posible, pero Kristina parecía lo suficientemente pendiente de su presencia como para no notar si lograba escabullirse en busca de un lugar mejor en el que estar y no por pasar por la tortura que suponía ir de compras.

El centro comercial al que entraron estaba abarrotado de gente, y más teniendo en cuenta que el curso escolar no había comenzado ni para magos ni para muggles y eran cientos los que se agolpaban por los pasillos y por el interior de las tiendas. Gabriel no entendía la necesidad de las personas para gastar tanto dinero sin necesidad alguna, como si no tuvieran ya suficiente ropa almacenada en su armario como para que encima tuvieran que ir a comprar más que acabaría al fondo de este en un par de semanas.

A diferencia de lo que había pensado en un primer momento, Kristina no entró a una tienda llena de vestidos y faldas de colores llamativos y encajes pomposos, sino que optó por tirar del brazo de Gabriel y guiarle hasta una tienda de ropa masculina. Inocente de él, pensó por un momento que Kristina iba de compras para algún familiar, incluso para su novio. Pero no, resultaba que aquellas compras eran para él. Ahora sí que quería salir corriendo lo antes posible, pero antes de poder hacer algo, una camisa se posó sobre sus brazos. Y luego otra. Y otra. Haciendo una pequeña montaña de ropa sobre sus brazos. - ¿No estarás hablando en serio? – Alzó ambas cejas y no esperó contestación alguna, pues con la cara de Kristina había tenido respuesta suficiente para lo que restaba de día.

Haciendo caso a la chica colocó una de las camisas sobre sus hombros, y miró hacia abajo a falta de espejos a su alrededor. Cuando la chica giró sobre sí misma para seguir buscando ropa Gabriel imitó el rostro de Kristina moviendo la boca mientras exigía a alguien que se probara la ropa. No tardó en quitarse aquella camisa que, menos mal, no le gustaba a su amiga. Porque además de fea, picaba. – Te quedan mejor que a mí, seguro que impresionarías a toda la Sala Común con esa camisa de leñadora lesbiana. – Afirmó el castaño mientras se probaba una nueva camisa que la chica había tendido mientras que ella hacía lo mismo con otro par de camisas. - ¿Débil? ¡Si fuera débil te hubiera empujado contra las perchas hace un buen rato y habría salido corriendo hace un buen rato! – Dijo fingiendo estar molesto mientras se probaba una nueva camisa.

Kristina afirmó que aquella era la última. Gabriel soltó un suspiro exagerado para molestar a su amiga y alzó ambas cejas. - ¿Estás segura? ¿Te has cansado ya de verme sufrir? – Preguntó con un hilo de voz mientras sujetaba la camisa que la chica acababa de tenderle para colocarla nuevamente sobre la que llevaba. – Creo que esta ropa no me pega demasiado… - Añadió echando un nuevo vistazo hacia abajo. En ningún momento se habría planteado como posible la opción de comprarse aquel tipo de ropa, pero al parecer Kristina consideraba que era perfecta para él.

No tardaron en atravesar la tienda hasta llegar al mostrador. Gabriel estaba prácticamente agotado y eso que no habían estado ni una hora en el interior de la tienda. Demasiado para alguien que no está acostumbrado a ir de compras. - ¿No tienen ropa normal en esta tienda? – Preguntó en un susurro a la chica aprovechando que la dependienta estaba distraída mirando las etiquetas de la ropa y quitándolas.

Los ojos del chico se abrieron como platos al escuchar el precio. Pero más aún cuando fue Kristina la encargada de pagar aquello. – Kristina, no hace falta que lo pagues, en serio, no necesito todo esto. – Pero ni si quiera lo había escuchado, pues ya había sacado la tarjeta y firmado el recibo. Negó con la cabeza algo molesto por la situación y cogió las bolsas para que no tuviera que llevar las la chica. – Como me eche novia por llevar esta ropa dejaré de tener fe en la humanidad. Además, ¿Quién te ha dicho que quiera tener una? ¿O que no tenga ya una? – No, no tenía ninguna ni intención alguna de tenerla. Desde que había estado con O. no había vuelto a estar con ninguna otra persona y tampoco tenía intención de hacerlo.

En aquel momento la opción de volver a salir corriendo no parecía tan mala, ahora que Kristina estaba distraída con el móvil, pero la vista de la chica volvió a clavarse en él de manera molesta y con un tono burlón en su voz. – Sólo a los que cuestan más que todos los libros de sexto curso juntos.  – Pues con el dinero que se había gastado sólo en la tienda ya habría podido pagar todos los libros del curso. – Nunca he estado aquí, así que tu guías y yo invito, déjame portarme como un caballero por una vez, que parezco un mantenido con tanta ropa gratis.

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Invitado el Miér Nov 26, 2014 12:58 pm

No sabía él, pero yo me lo estaba pasando realmente bien. La mezcla perfecta entre comprar y, a su vez, abrir las puertas hacia un nuevo mundo a un amigo hacía que me encontrara en un estado de felicidad extrema y eso podía notarse fácilmente en mi forma de hablar, mis gestos o mi hiperactividad desmesurada desde que habíamos salido de la tienda. Por una parte entendía que pudiera sentirse incómodo por gastarme dinero en él, pero por otra él tenía que entender que si lo hacía era porque podía permitirmelo, así que no había nada de malo en ello. Algunas personas me habían dicho alguna vez que si no pensaba en los niños pobres que no tenían qué comer, mientras yo me gastaba dinerales en ropa y en objetos aparentemente inútiles, pero desde luego me parecía un tema de lo más estúpido. Por supuesto que era consciente, de hecho, en más de una ocasión mis padres habían donado cantidades ingentes de dinero a ONG'S en las que participaban de forma completamente altruísta, pero ese hecho no quitaba que yo pudiese disfrutar de mis pequeños placeres de la vida, que realmente no eran muchos.

Además me solía aguantar a menudo, lo que ya era un reto bastante complicado, por lo que tenía que pagarle de algún modo ser mi amigo. Al menos yo lo consideraba como tal. - No digas tonterías, te queda todo divino. - Le había dicho cuando aún estábamos en la tienda, poniendo tono de megaultrachachi diseñador de moda súper chic. Y era cierto. Gabriel tenía un cuerpo con unas medidas estándar bastante apropiadas que hacían que la ropa no le quedase ni muy apretada ni muy holgada, motivo de más por el que me encontraba muy a gusto buscando cosas que le sentaran bien.

Una vez fuera pudimos, sobre todo él, respirar profundamente sin el atosigamiento de decenas de personas caminando alrededor nuestra. Aunque fuera de la tienda también había una buena avalancha de personas, ahí al menos podían campar a sus anchas en comparación con el interior de la tienda, en la que parecían estar en un concierto de algún cantante famoso, donde apenas se podían dar tres pases sin chocarte con alguien. - No te preocupes por nada, ya me lo devolverás. - Le miré con una mirada socarrona, sonriendo ante su reacción. - Es broma. - Le empujé un poco en plan cariñoso, mirándole con diversión. - No tienes que devolverme nada cielo, consideralo mi regalo de navidades adelantado.  -  Lo cierto era que no estaba cansada en absoluto y ya era un poco tarde para ir al Callejón Diagón, por lo que le propuse a mi amigo ir a tomarnos un batido con la esperanza de que aceptara. Finalmente así fue, aunque con la condición de que el invitaba, término que dí por válido, a pesar de que no me gustaba mucho que me invitaran a cosas.  Asentí satisfecha y ambos nos pusimos rumbo a una heladería que conocía, fuera del centro comercial. Se encontraba en una esquina y a pesar de ser bastanque pequeña tenía una apariencia bastante acogedora. - De pequeña solía venir a esta heladería casi todos los fines de semana con mi abuelos, eran mi momento favorito de la semana. - Le comenté, mientras colocábamos las bolsas en una mesita situada en un rincón. - Yo guardaré las cosas, ¿me pides un batido de plátano y melón porfa? - Le pedí, sentándome a un lado de la misma y cruzando las piernas para estar más cómoda.

Le miré con curiosidad mientras se alejaba. Definitivamente me gustaba su cuerpo. Estaba cansada de ver los típicos cuerpos esculturales y  musculosos de las agencias de modelos. Sin duda con el tiempo había creado una cierta atracción por los cuerpos normalitos como el suyo, tenían una naturalidad que se me hacía irresistible. - Gracias.  - Le dije, cuando se acercó con lo que había pedido. - Eres un encanto. - Le sonreí cariñosamente y probé un sorbo de mi batido, cerrando los ojos para disfrutarlo aún más. - Qué recuerdos... - Musité en voz baja, sin apartar la vista del mismo. - ¿Con ganas de empezar el curso? - Le pregunté, alzando la vista para mirarle. - La verdad es que aunque suene a locura yo sí que tengo ganas, echo de menos las clases de encantamientos. - Admití, encogiéndome de hombros y tomando otro sorbo de aquella delicia diosesana. - Siento haberte hecho pasar un mal rato antes. - Lo cierto era que igual aquel plan no entraba dentro de sus hobbies y tampoco era plan de hacerlo pasar mal a nadie. - La próxima vez dejaré que elijas tu el plan, ¿te parece? - Estaba hablando con un tono especialmente tranquilo y agradable en comparación con mi habitual forma de ser algo altiva y egocéntrica. - Eso sí, espero que te guste montar a caballo. O al menos los caballos. Tengo un par de ellos que me gustaría enseñarte, seguro que Perdigón te cae bien. - Le propuse, guiñándole un ojo y volviendo a mi batido, del cuál quedaba un poco más de la mitad.


Última edición por Kristina Nóvikova el Mar Dic 23, 2014 11:58 pm, editado 1 vez
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Gabriel J. Blumer el Dom Nov 30, 2014 10:46 am


Era una persona que no estaba acostumbrada a los grandes lujos. Se había criado a las afueras de la ciudad, con un presupuesto más que razonable desde su punto de vista y sin demasiados lujos. El mayor lujo que había tenido en su vida había sido pedir comida china cada cumpleaños para celebrarlo junto a sus amigos o recibir algún que otro regalo que incluyera lienzos y pinturas, que por regla general, no son precisamente baratos. La idea de vivir con todo aquel tipo de lujos que aparentaba poseer Kristina era algo a lo que no estaba acostumbrado, por lo que recibir tales regalos por parte de la castaña no fue lo más normal de su día. Le agradecía su preocupación y dedicación, pero tenía que admitir que salir de compras y que te regalen tanta ropa y tan cara era algo raro. Raro e incómodo. El chico, por su parte, se limitó a negar con la cabeza ante el comentario de su amiga. Por un momento había llegado a creer que era cierto que tenía que devolvérselo algún día. ¡Por Merlín! Si tenía que devolverle tal cantidad de dinero algún día iría ahora mismo a la tienda a devolver lo comprado, ¿Para qué necesitaba tanta ropa y tan cara? Para eso sería mucho mejor ir a una tienda de segunda mano y comprar lo que necesitara. Porque en aquel momento no necesitaba ropa y tenía una bolsa llena gracias a Kristina.

Pasaron a través de la muchedumbre con cuidado de no llevarse a nadie por delante. Cuando se acercaba el inicio del curso (tanto en el Mundo Mágico como en el Mundo Muggle) la población se agolpaba alrededor de las principales tiendas para comprar todo lo que pudieran. Entendía que los magos se gastasen tales cantidades de dinero en las compras del Callejón Diagon, incluso que se las gastasen en productos muggles a pesar de no pertenecer a ese mundo. Pero lo de los muggles no lo comprendía, eso de comprar tanto cuando luego podían ir cualquier tarde a mitad de curso a las tiendas, no tenía lógica alguna.

Su cara en aquel momento era una mezcla entre agobio y desesperación. Estar entre tanta gente era algo que no le acababa de agradar, y notaba como una especie de sudor frío psicológico recorría su frente. Iba tan agobiado mientras caminaba entre la gente que no vio el cartel de la heladería a lo lejos, pero cuando las palabras de Kristina resonaron entre la muchedumbre suspiró aliviado. – Y luego te volviste una fanática de la moda y dejaste de comer helados por si engordabas. – Contestó como si aquella fuese la verdadera causa por la cual Kristina había dejado de acudir a esa heladería en su niñez.

Sin rechistar dejó las bolsas en el banco que ocupaba uno de los lados de la mesita que habían elegido y volvió sobre sus pasos para ir hasta la barra. Lo más lógico sería haber mirado la carta y esperado a que llegara un camarero, pero como estaba tan agobiado en aquel momento la simple idea de tener que esperar más le parecía abrumadora. Cuando llegó a la barra se puso a hojear el contenido de la carta. ¿Pero cuántos tipos de batidos  y helados existían en estos sitios? Le gustaba todo. Absolutamente todo. Así que en lugar de situar el dedo índice sobre la zona de nombres, lo situó sobre el de precios, desplazando así el dedo para encontrar el precio más asequible. – Hey, hola. – Pero el camarero pasó de largo. – Pues nada, oye. – Murmuró  mientras se pasaba la mano despeinándose. - ¿Ya ha pensado que tomará? – No, estoy aquí porque me gusta dar paseos a la barra para luego volver a sentarme a pensar que es lo que quiero. El castaño forzó una sonrisa y contestó al hombre, quien aparentaba tener un par de años más que él. – Un batido de… Plátano y melón, y otro de fresa y plátano. – El hombre giró sobre sí mismo sin decir nada y Gabriel hizo lo mismo. Menudo borde. Se quedó apoyado sobre la barra hasta que el chico volvió con los dos batidos. Dejó un par de monedas sobre el mostrador y se fue tan rápido como había llegado con cara de indignación por lo borde que había sido el chico.

- De nada, lo he preparado con todo el cariño del mundo. Soy un gran cocinero de batidos de plátano y melón, ya lo verás. – Le guiñó un ojo divertido antes de dejarse caer sobre la silla. Por fin sentado. – Ya sé porque dejaste de venir a este sitio cuando eras niña, el camarero es un borde. Aunque claro, el camarero es joven… - Dio un trago a su bebida y prosiguió. – Así que tengo dos posibles teorías. – Volvió a beber. – Primera. Ese hombre es inmortal y ha trabajado en este lugar desde que se abrió. – Otro trago. – Segundo. Antes trabajaba aquí su padre, el cual era igual de borde que él. – Grandes teorías las suyas.

Empezar el curso era un suplicio cuando iba al colegio pero ahora que había conocido el mundo mágico le parecía lo más apasionante que podía haber. – No suena a locura, yo soy el primero que prefiere estar en Hogwarts antes que aquí. Luego allí me quejo por estar, pero yo soy muy quejica. – Se encogió de hombros.

Sonrió con algo de vergüenza aunque pareciese sorprendente ante el comentario de su amiga. No estaba acostumbrado a recibir tatas atenciones en ese sentido, incluso O. que tenía tanto dinero optaba por hacer las cosas de manera disimulada. Pero Kristina no era igual, saltaba a la vista. – Te tomo la palabra, aunque creo que la próxima vez el mejor plan que podré proponerte será ir a la Biblioteca, a tomar algo a Hogsmade o un paseo en barca por el lago negro. – Comentó como si aquellos tres planes fueran tan poco comunes como ir a montar el globo aerostático. – Si te digo la verdad nunca he montado a caballo… Pero sí, ¿A quién no le gustan los caballos? Que yo de pequeño veía Mulán y su cabello me caía muy bien. – Lo más cerca que había estado de uno había sido en los viajes con el colegio a alguna granja o en los paseos en coche y ver alguno de ellos de lejos. – Menudo nombre le pones a tu caballo. ¿Cómo se llama el otro? ¿Maximus? – Dijo haciendo alusión a otro caballo del cine.

No tardó en acabar el contenido de su batido y apartar el vaso con cuidado, pues teniendo en cuenta lo patoso que resultaba ser en algunas ocasiones sería mejor no arriesgarse. – Viendo el panorama de esta tarde he decidido que necesitas urgentemente una amiga aficionada a las compras con la que salir o un novio al que vestir sin que se queje. – Afirmó el castaño totalmente convencido. – Creo que podré robar un filtro de amor para que alguien te soporte… - Rodó los ojos antes de reír.

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Invitado el Mar Dic 23, 2014 11:59 pm

Estaba disfrutando de aquella amena conversación con uno de los pocos amigos que había hecho a lo largo de mis años en Hogwarts. No es que no me gustara relacionarme, pero era cierto que era rara la persona que conseguía despertar en mí algo de interés como para tratar de profundizar más en nuestra relación. La mayoría de ellos, como era de esperar, eran chicas. De hecho, los dos únicos chicos con los que había hecho migas eran Axel y Gabriel, aunque habían sido necesarios siete años enteros para llegar a tener una confianza más o menos aceptable con ellos. Por regla general me costaba más hacer amistades con el género masculino, ya que los temas de conversación y el tipo de relación solía ser muy distinto, pero con ellos dos en especial me sentía casi tan a gusto como con mis amigas de siempre. En ocasiones era probable que a Gabriel le costara más entenderme que a Axel. A pesar de que ambos estaban en Ravenclaw eran muy diferentes, o por lo menos a mí me lo parecían.  - Deberíamos quedar más para estudiar en este último año, tenemos que sacar buenas notas. - Pensé brevemente en aquel momento en lo que quería dedicarme tras los ÉXTASIS. Lo cierto era que aún no me había decidido. No se me daban demasiado bien los duelos, yo era alguien que destacaba más bien por la inteligencia que por mi penosa habilidad con la varita. Por otra parte debía ser algún trabajo que pudiera compaginar con mi futura carrera como modelo, por lo que tampoco podía ser algo que necesitara de todo mi tiempo. En definitiva, lo cierto era que en ese ámbito aún estaba un poco perdida.

Gabriel estaba consiguiendo sacarme más de una sonrisa aquella tarde con sus bromas, que aunque algunas de ellas eran pésimas lo decía de una forma que me hacía verdadera gracia. Era un chico muy divertido, eso no podía negarlo nadie.   - Pues justamente se llama Khan. - Admití, haciendo referencia al caballo de Mulán que había nombrado. Ambos reímos por la casualidad y seguimos bebiendo de nuestros respectivos batidos, que parecían estar más buenos que nunca. O quizás fuera que hacía tiempo que no iba, pero lo cierto era que estaba disfrutando como una enana.

 -¡Eh! No seas malo... - Le regañé, una vez nos habíamos acabado los batidos.  - Sabes perfectamente que en el fondo soy una ricura, sólo que pocas personas logran reconocerlo. - No mentía del todo. A pesar de mi apariencia híper superficial en el fondo tenía un corazoncito, pero hasta el momento los amores no me habían llamado demasiado la atención. Solía ver a mis amigas tan sumidas en aquellos temas y a veces se encontraban tan mal por algún chico que se me quitaban las ganas instantáneamente de fijarme en alguien. ¿Tener una relación para pasar la mayor parte del tiempo sufriendo? No, definitivamente no era lo mío. Por el momento prefería seguir centrando mi atención en mi futuro.   - Además, en el fondo el físico no me importa tanto. - Mi amigo rió por aquella afirmación y lo hizo aún más cuando sin quererlo critiqué los zapatos de una chica que acababa de entrar a la heladería.   - Vale, vale. Sólo un poco. Pero lo normal. - Seguía sin creerselo y bueno, para qué engañarnos, no podía evitar fijarme en aquellos detalles continuamente, era mi dulce maldición.

No tenía prisa alguna por irme, por lo que decidí permanecer un rato más allí, disfrutando del estado post-batido.   - ¿Tienes pensado qué quieres hacer tras terminar en Hogwarts? - No lo preguntaba por cambiar de tema, realmente me interesaba, tenía curiosidad.    - Yo aún no tengo ni idea. Supongo que acabaré de camarera en Las Tres Escobas. - Bromeé, encogiéndome de hombros, obviamente acabar allí sería lo último que haría.  - ¿De qué me ves tú? ¿Crees que sería una buena Ministra? - Pregunté, poniendo cara de interesante. ¿Y qué si me ponía las metas más altas? ¿Ahí estaba la gracia no?

Entonces todo pasó muy rápido. Una mujer pasó rápidamente, apenas la vi, pero lo que si ví fue cómo se tropezó, haciendo que su batido de color rosado cayera de lleno en mi camisa. Un chillido audible salió de mi boca, mientras miraba horrorizada cómo había quedado mi ropa. A penas podía hablar, hasta que la mujer se acercó para pedirme disculpas. En esos momentos tenía ganas de decirle de todo, pero sin saber cómo conseguí calmar mis ansias de asesinar y sin responderle fui rápidamente al baño, aunque seguramente valdría de poco. Adiós a una de mis camisas más caras y favoritas.  "¿Por qué tenía que pasarme a mí?"


Spoiler:
Siento la tardanza Gabriel, soy un desastre >:
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Gabriel J. Blumer el Sáb Dic 27, 2014 12:02 am


No sabía cuánto tiempo había estado encerrado en aquella tienda con Kristina. Había perdido la noción del tiempo en cuanto las filas y filas de estantes y perchas comenzaron a nublarle la vista. Sabía que habían pasado más de dos horas, pero si lo pensaba fríamente, pensaba que habían pasado más de dos días encerrado entre aquellas ropas de precios inalcanzables para alguien como él y de personas con un poder adquisitivo tan elevado que podrían comprar la totalidad de aquella tienda por un mero capricho y luego irse de crucero por las Islas Griegas sin que les faltara ni una sola libra. – Somos de Ravenclaw, con ver nuestra túnica ya tenemos garantizado el aprobado. – Bromeó el chico, pues sabía de sobra que las cosas no funcionaban así, ni mucho menos. Por mucha túnica decorada con el emblema del águila que tuviera, eso no era excusa suficiente para poder aprobarle sin si quiera presentarse a un examen.

La idea de quedar un día para estudiar a Kristina no era algo que le apasionase. Kristina no le caía mal, ni mucho menos, más bien todo lo contrario. Pero era… No había palabras para describir a Kristina, tan sólo podía quedarse con que la chica era capaz de agotar su paciencia y hacer que desasease ser un muggle encerrado en su colegio lleno de amigos muggles y lejos de amigos como lo era Kristina. - ¿Tú sacas buenas notas? – La pregunta sonó con cierto asombro. – No quiero decir que seas tonta, ni mucho menos. Pero si las sacas, me vendrías bien para subir alguna que otra nota, y además me sacas un curso, podrías ayudarme más aún. – Con Axel no había podido contar el año previo porque el chico había desaparecido durante meses dejándole tirado con las clases de ayuda y este año intentaría no presionarle demasiado para que le ayudara, ya que repetir curso no parecía que pudiera poner a nadie de buen humor, precisamente.

Era cierto que Kristina era un encanto, en el fondo. Muy en el fondo lo era. Por lo que el chico se limitó a escuchar ese alarde de amor propio con ambas cejas alzadas, mirando con incredulidad a su amiga. Una incredulidad en parte sincera, y en parte fingida. No es que creyera que Kristina fuese incapaz de ir más allá y conocer a las personas, pero porque la conocía lo suficiente, pero cualquiera que se cruzara con ella un par de veces pensaría que se trata de una chica tan superficial que es incapaz de lidiar con alguien que no supere sus expectativas de atractivo físico. – Por eso estás aquí conmigo. Si te importara sólo lo físico no estarías loca por mí. – Alzó el mentón, acompañando sus palabras con una pose de superioridad, pero fue incapaz de no dibujar una sonrisa entre sus labios y dejar que su risa acompañase el gesto. Juntó ambas manos sobre la mesa y se inclinó ligeramente, acercando el rostro al de su amiga con una sonrisa. – Lo cierto es que piensas que de vestir mejor y ser uno de esos chicos de alta sociedad con traje y camisa, te caería incluso mejor. Pero te has topado con un chico pobre de barrio que se gasta sus pocos ahorros en cómics y pintura, por lo que soy tu perfecto – hizo una leve pausa. – Conejillo de indias para comprobar que no hace falta sudar dinero para entrar en tu parámetro de personas que merece la pena conocer para chicas como tú. – Esta vez se echó hacia atrás, colocando sendas manos tras su cabeza y reclinando la silla hacia detrás. – Por eso en el fondo sé que eres buena gente y te soporto. – Añadió como si fuera la persona más buena del mundo por sólo decir aquellas últimas palabras.

Movió la pajita en el interior del recipiente de cristal, moviendo los restos de su batido en el fondo y alzó la vista al escuchar la pregunta de su amiga. ¿Hacer? ¿Qué tenía qué hacer algo?  - Si logro sacar sexto curso, me plantearé hacer algo. – Dijo con cierta ironía. Lo había pensado muchas veces, y lo más probable es que acabara estudiando para Sanador. Tanto tiempo conociendo a Daniel había hecho que aquella opción fuera la que más pegaba con él. – Yo te veo trabajando en Las Tres Escobas y haciéndome precio amigo. – Afirmó dándole la razón. – Venga, me pongo serio. – Pasó la mano por su rostro y al desaparecer su sonrisa había sido sustituida por un gesto algo más serio. – Es cierto que darías buna imagen al Ministerio de Magia, pero te veo más como Jefa del Departamento contra el uso indebido de complementos, o de seguridad contra personas que no saben conjuntar colores. – Lo peor de todo es que lo decía en serio.

Mientras seguían hablando, una mujer tropezó al la do de ambos chicos, haciendo que el contenido de su vaso saliese despedido hacia Kristina. Gabriel, que estaba más pendiente en el golpe que se había dado la señora al caer, no se fijó en que el contenido de la bebida había ido directo hacia la ropa de su amiga. Pero cuando esta salió corriendo ató cabos y comprendió lo que había pasado. – Dile a tu amiga que lo siento. De verdad, yo pagaré la tintorería. – Se disculpaba la pobre mujer mientras un limpiador del local se acercaba con una fregona para limpiar el estropicio. – Cuanto lo siento, debería ir con más cuidado, pero mis hijas. Ya sabes como son las niñas, siempre con prisas, siempre lo quieren todo… - La mujer seguía hablando, pero Gabriel se había levantado dejando a medias el monólogo de la desconocida para ir hacia el baño. Dio un par de golpes a la puerta pero esta no se abrió. – Kristina,  ¿Quieres salir ya? Sólo es ropa, no es el fin del mundo. – Pero para alguien como ella debía serlo. – Kristina. – Dijo apoyando la cabeza contra la puerta. – Que eso lo lavas y seguro que sale la mancha. – Dio otro golpe a la puerta y tuvo la brillante idea de tirar del picaporte, haciendo que la puerta se abriera, pasando al interior sin ningún tipo de reprimenda por parte del dueño del local o los trabajadores.

Por suerte había llevado consigo las compras que ambos habían hecho y por eso las colocó sobre el lavamanos. – Tienes tres camisas de chico donde elegir para arreglar ese estropicio. – Añadió sentándose en el murete donde había dejado las bolsas.  

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Invitado el Mar Feb 03, 2015 4:28 pm

Vale, sí, era una chica difícil, lo admitía. No me conformaba con cualquier cosa y no todo el mundo me caía bien, aunque aparentemente pareciera que sí. En muchas ocasiones les dedicaba una sonrisa y por dentro no paraba de criticar todo lo criticable: pelo, ropa, zapatos… e incluso complementos. Pero, ¿qué culpa tenía yo si me habían educado así? A aquellas alturas evitar hacer aquel tipo de cosas era prácticamente imposible para mí, pero también era cierto que las personas se lo tomaban demasiado a la tremenda. No es que me cayeran mal por no saber conjuntar o llevar lana en época de verano, simplemente me daban un poco de lástima, ¿tan malo era? Y si no me agradaban del todo era la mayoría de las veces porque se enfadaban por cualquier comentario al respecto. Encima que me esforzaba por darles consejos… En fin, pobres almas de cántaro.
Gabri había tenido mala suerte en ese ámbito, pero lo conocía de hacía unos cuántos años y de alguna forma me sentía a gusto con él aunque no perteneciera a mi clase social. Era un chico divertido y sobretodo honesto, y no tenía problema alguno en decirme las cosas que le molestaban a la cara, me gustaban las personas así. Ahora pensándolo era una de las excepciones en cuanto a mis relaciones sociales. Y no me avergonzaba de ello. – No te voy a negar que con una camisa adecuada me resultarías bastante más atrayente. – Admití, cruzándome de brazos. – Pero no sólo a mí, sino a mucha gente, más de la que crees. Sólo que yo soy sincera y lo digo. – Alcé una ceja divertida y decidí cambiar de tema por uno que me interesaba más, como el futuro del que yo al menos consideraba mi amigo.

Éste no me dejó muy clara mi duda, pero no le costó robarme una carcajada cuando nombró lo del Ministerio. – Que existiera ese departamento sería mi sueño hecho realidad. – Dije aún con una sonrisa en los labios. – Así que no me crees falsas ilusiones. Qué te gusta jugar con mis sentimientos. – Le recriminé, haciéndome la víctima. – Pues yo te veo de encargado de limpieza en Cabeza de Puerco. – Dije con un tono completamente serio, mirándolo fijamente. – Sí, definitivamente te pega. – Le dije para meterme con él. En el fondo me lo imagina en algún empleo donde ayudara a los demás, aunque no sabía cómo exactamente. ¿Quizás enseñando?

De pronto, el momento trágico llegó. Ni siquiera me dio tiempo a reaccionar. Cuando me di cuenta mi preciada camiseta estaba completamente estropeada y yo encerrada en el baño, tratando de hacer que desapareciera con la varita, pero aquello parecía permanente. Me movía de un lado a otro del baño, pensando en una solución, cuando escuché a Gabriel al otro lado de la puerta tratando de tranquilizarme. Noté incluso cómo se me salía una lagrimilla y tras unos instantes se abrió la puerta, cuando estaba algo más tranquila. – Mira que tengo mala suerte… - Hablé para mí misma, sin parar de mirarme al espejo. - ¿Es que la gente no se fija por dónde va? Le tenía mucho cariño a esta camiseta… - Mi mirada no se hizo esperar cuando comentó lo de las camisetas que le había comprado. - ¿Pretendes que vaya por todo Londres con una camiseta de hombre puesta? – Pregunté sin dar crédito a sus palabras. – Olvídalo. Forget it. Vergessen. –Sí, también dominaba un par de idiomas. Volví a virarme hacia el espejo. Mi cara de horror seguía intacta. “A ver, piensa Kristina, piensa…” – Ya sé. – Le anuncié a mi compañero, alzando el dedo índice. – Llamaré a Alfred para que venga a buscarme. – Me percaté de la cara que había puesto Gabriel. – Y antes de que preguntes, si, va en serio. – Era lo que había. De entre las opciones aquella era la más lógica. Si no fuera porque se me daba horriblemente mal todavía me hubiera desaparecido sin problemas, pero no podía salir al centro de Londres con aquella mancha infernal y mucho menos ir con una camisa varonil.

Así que sin más dilación le llamé con el teléfono muggle portátil y éste anunció que pasaría por allí con el automóvil muggle en quince minutos. - ¡Perfecto! ¡Te amo Alfred! – Ambos salimos de allí a toda prisa y decidí esperar en un callejón un poco menos transitado. – Gabriel, deja de mirarme con esa cara, tú no entiendes mi sufrimiento. – Le reproché, escondiéndome detrás de él levemente por si alguien pasaba por allí. – Je ai une réputation, ¿sabes? Probablemente el 30,66% de esta población me reconocerá o al menos les sonará mi cara, y tú conoces Corazón de Bruja, they are everywhere. Cuando estaba nerviosa me ponía a hablar en otros idiomas.

Tras hacerme la víctima un rato más no tardó en llegar el mayordomo de la familia, que no tardó en bajarse para abrirme la puerta, ya que estaba al corriente de la gravedad de la situación. - ¿Te vienes? Podemos alcanzarte a tu casa si quieres. – Le propuse a Gabriel una vez dentro y bastante más tranquila. – Te lo debo por el batido, va entra, no te hagas de rogar, no vamos a secuestrarte. – Bromeé, esperando su respuesta mientras Alfred se subía al asiento del piloto.

También era cierto que no quería que la tarde terminara con aquel amargo sabor de boca, por lo que si accedía a que le lleváramos podría despedirme más tranquilamente.



Off: Gracias por no cerrarlo aún habiendo pasado más de un mes. Eres un sol. besame
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Gabriel J. Blumer el Miér Feb 04, 2015 8:19 pm

Por muchos años que pasara conociendo el Mundo Mágico no tendría el mismo conocimiento que cualquiera de sus compañeros que se habían criado en el seno de familias mágicas. No conocía cómo era vivir entre magos y aunque visitara las casas de alguno de sus amigos en periodos vacacionales aquello no era comparable a pasar toda una vida rodeado de magia. Esa diferencia entre los que se criaban entre magos y los que lo hacían entre muggles servía como aliciente para alimentar su desconocimiento sobre ese mundo y su sociedad. Apenas conocía lo que el Ministerio de Magia suponía para toda la comunidad de magos, o para la de muggles e incluso para la relación entre ambos grupos. Jamás había visitado aquel edificio o se había preocupado por indagar los temas que se trataban en el edificio. ¿Acaso era un edificio? Los magos eran un tanto extraños a la hora de localizar sus emplazamientos, como bien pasaba con San Mungo. ¿Sería el Ministerio de Magia igual? La posibilidad de preguntárselo a su acompañante desapareció tan rápido como había aparecido. Sabía de sobra que Kristina se había criado entre magos, que conocía todo aquello como la palma de su mano, pero no quería parecer un estúpido. Al menos no más de lo que ya lo parecía alejado de los lujos a los que la chica estaba acostumbrada.

- Seguro que si lo intentaras acabarías convenciendo al mismo Ministro de Magia para que creara un departamento específico para ti. – No lo dudaba. No conocía a la familia de Kristina, pero sí a ella lo suficiente para saber la capacidad para influenciar a las personas que tenía, y teniendo en cuenta eso, no dudaba que si su mayor capricho era un puesto de trabajo en un departamento que no existía, ese departamento surgiría bajo las piedras si era necesario.

- Eso me ha dolido. – Puso un gesto exagerado de dolor, posando una de sus manos sobre la parte izquierda de su pecho y levantando el mentón ligeramente. – Yo esperaba que me vieras como el nuevo Ministro de Magia que crearía todos los departamentos absurdos e inútiles para hacerte feliz. – Mantuvo el tono dramático en su voz antes de negar con la cabeza. Había visitado Cabeza de Puerco un par de veces y había sido suficiente para afirmar que no entraría más allí a no ser que fuese un asunto de vida y muerte. Esperaba que la chica sólo hablase en broma, pues de no serlo, habría acabado por ser un golpe muy bajo.

Si Gabriel había tenido mala suerte decidiendo quedar con Kristina aquella tarde y habían acabado entrando a una tienda de ropa, la suerte de Kristina no fue mucho mejor. Algunos lo llamarían karma, y otros “señora con incapacidad innata por mirar por donde pasa”. Antes de poder decir o hacer algo Kristina ya había desaparecido rumbo al baño y tras varios minutos Gabriel consiguió entrar en él, encontrándose a la chica desesperada ante tal daño a su atuendo. Hizo un esfuerzo por no romper a reír ante aquella reacción tan infantil por una simple camisa, pero una sonrisa inconsciente escapó entre sus labios. - ¿Y por qué no? – Se encogió de hombros. Ella misma había elegido la ropa, así que tan fea no podía parecerle.

Cuando siguió hablando Gabriel se quedó con cara de póker. Alfred. Sí, iba a llamar a Alfred. No es sólo que tuviera un mayordomo o un chófer que pudiera ir a arreglar ese estropicio, sino que se llamaba Alfred. Seguro que si quieres ser mayordomo o chófer debes pasar antes por el registro civil y cambiarte el nombre a Alfred o Sebastian. El chico abandonó el intento por no reír y soltó una sonora carcajada tapándose la boca con ambas manos.

- Si tú me obligas a pasarlo mal comprando ropa, me debes un día en el que pierdas la dignidad públicamente y sufras con ello. – Afirmó con tono bromista, aunque realmente hablaba en serio. Sonrió y salió del baño a una velocidad moderada para que Kristina pudiese situarse tras su espalda sin problema que nadie pudiera ver su mancha en la camisa. Aún entre risas logró salir, y una vez abrió la puerta del local, soltó otra carcajada y miró a Kristina con una imborrable sonrisa cuando Alfred hizo acto de presencia y abrió la puerta trasera del coche para darle paso a la chica. – Esto es surrealista. – Dijo entre risas. – Pero, ¿Cómo puedes ser tan pija? – Siguió riendo y aún entre risas aceptó la invitación sentándose en el coche y cerrando la puerta tras de sí. – No puedo creer que hayas tenido que llamar a tu mayordomo para que nadie te vea con una mancha. – Arrugó la nariz y acto seguido corrigió sus palabras. – Más bien no puedo creer que de verdad tengas uno.

Él no estaba acostumbrado a tal tipo de lujos. Usaba el bus o el metro para moverse por la ciudad, especialmente por una ciudad como Londres, donde a cada pocos metros podías encontrar una entrada para el subterráneo y cruzar la ciudad de un extremo a otro sin problema. Pero no, Kristina tenía que tener un mayordomo.

Off: No hay problema, tú tómate tu tiempo wa
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Invitado el Dom Feb 22, 2015 9:14 pm

Si había algo que me encantaba de que mi familia tuviera un poder adquisitivo alto eran aquel tipo de cosas. Rara vez había tenido alguna circunstancia que no hubiera podido solventar gracias a las facilidades de las que disponía. Muchas personas me calificaban de inmadura o de niña mimada. Vale, un poco de niña mimada sí era, por qué negarlo, pero es que, ¿qué hija de padres ricos no era mimada y más si era única? Era casi imposible que no fuera así. Por otra parte, la inmadurez desde mi punto de vista no tenía - padres siempre me habían inculcado desde pequeña unos valores y una disciplina ejemplares. No era una chica egoísta y engreída, como lo eran la mayoría, sino todo lo contrario. Me apoyaba de mi nivel para ayudar a todos los que lo necesitaban y nunca miré por encima del hombro a nadie por tener menos dinero que yo. Lo único en lo que sí me consideraba superior era en el instinto para la moda, pero es que eso lo tenía incrustado en las venas, en los genes, y difícilmente podría dejar de fijarme en aquellos detalles creciera lo que creciera.

Gabriel no entendía mi sufrimiento interno, y no lo culpaba, pero ir con una mancha enorme en la camiseta por todo Londres no era digamos mi sueño e ir con una camiseta de hombre no se alejaba demasiado de mis pesadillas, así que como muchas otras veces acudí a Alfred para que me salvara la vida, a pesar de los intentos fraudulentos de Gabriel para que entrara en razón.

Nos escondimos en un callejón hasta que vi la luz al final del túnel, que venía a ser el coche de la familia. Mi yo interior comenzó a dar saltitos de alegría y no dudé un instante en entrar en el mismo, invitando a Gabriel al mismo por si quería que le acercaramos a casa. - ¿UNA-MANCHA? ¿Tu has visto esto?  - Era la marca del mal. - Al menos te he ahorrado el camino hasta casa.  - Le contesté con una sonrisa, sin poder evitar soltar una carcajada ante su siguiente comentario. - No tenemos uno. Es decir, varias personas trabajan para nosotros en casa. ¿Cómo si no íbamos a ocuparnos de nuestros propios asuntos si perdíamos tiempo limpiando o tan siquiera aparcando? - Lo decía como si fuera lo más obvio del mundo, pero obviamente mi amigo estaba en otra onda y no sería tan fácil que me entendiera. - Son bastante prácticos, ¿sabes? Y no son un derroche de dinero, que seguro que lo estás pensando.  - Entrecerré los ojos acusativa, pero aún con la sonrisa en los labios. - Además con el tiempo son como de la familia, ¿verdad Alfred?  - Me incliné un poco hacia delante para que se percatara de que me dirigía a él. - Sí, claro, es un trabajo bastante satisfactorio. - Y un trabajo como otro cualquiera. - Añadí, volviendo a apoyarme en el respaldo. - ¿O a caso la secretaria del Ministro no trabaja para el Ministro? Pues lo mismo.

Me había pegado el monologazo en el coche y es que tras aquella situación ahora me sentía mucho más aliviada, por lo que las palabras se me salían por las orejas. Finalmente no tardamos en llegar, con las indicaciones de Gabriel, hasta su casa. - ¿Vives aquí? - Pregunte con curiosidad, asomándome a la ventanilla. Mi pregunta no escondía ningún tipo de malicia, era una pregunta inocente y típica. - Pues es bonita. - Y no mentía, me parecía super cuqui y seguramente era bastante acogedora.

A Gabriel no le dio tiempo a abrir la puerta, pues Alfred segundos más tarde ya se encontraba al lado de la misma a la espera de que nos despidiéramos. - Bueno, gracias por esta tarde. Has sido una compañía aceptable. - Lo de aceptable lo dije para molestarle, había sido más que aceptable. - ¡Y a ver cuándo me invitas a tu casa a comer! - Bromeé, dandole un leve golpe amistoso en el hombro. Sabía de que la idea le aterrorizaría, aunque en el fondo sabía que me tenía cierto aprecio. A la larga era imposible no cogerme un poco de cariño. - ¡Nos vemos en Hogwarts! - Me despedí con una amplia sonrisa desde lejos y con un leve movimiento de manos bastante gracioso, antes de que Alfred reanudara la marcha hasta casa y librarme de aquella camiseta que en sus tiempo había sido mi favorita pero ahora era inservible. Ya le haríamos un entierro decente.
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