Situación Actual
19º-25º // 27 de julio -> luna llena
Entrevista
Administración
Moderadores
Últimos Mensajes
Awards
Denzel S.Mejor PJ ♂
Caroline S.Mejor PJ ♀
Gwendoline E.Mejor User
Ryan G.Mejor roler
Andreas & NailahMejor dúo
Gwendoline E.Trama Ministerio
Aaron O.Trama Área-M
Freya H.Premio Admin
Redes Sociales
2añosonline

Cena para dos [Brisa S. Gallagher]

Invitado el Lun Oct 20, 2014 6:22 pm

Después del ataque en el valle de Godric, Brisa me había llevado a su casa y había cuidado de mí, atendiéndome lo mejor que pudo. ¿Y yo qué hice? Huir en cuanto tuve la menor oportunidad. Era cierto que me ponía nervioso intimar demasiado con una mujer... pero ella era una colega, nos conocíamos del hospital y conocía mi secreto. Pero de pronto había sentido miedo, y el miedo a veces nos lleva a actuar impulsivamente. Me había sentido muy cómodo en su presencia. Demasiado. Y hacía tanto tiempo que no me sentía así...

En ese momento no pensé demasiado en las consecuencias, simplemente actué. Poco después me dí cuenta de lo mucho que había metido la pata. Hasta el fondo. Precisamente porque me costaba abrirme a las mujeres era por lo que tenía que haber cuidado mi relación con Brisa. Estaba bien establecer límites, claro, pero no había que ser extremistas ni cobardes. Eres un hombre, actúa como tal. Eso me decía mi padre. Y aunque ya tuviésemos relación alguna desde muchos años atrás ni pensase en él como tal, en eso justamente tenía que darle la razón. Tenía 34 años, no era ningún crío. Era un hombre. Debía actuar como tal.

Aun así es mucho más fácil pensar las cosas que hacerlas, y durante días había permanecido delante de la oficina de correos de Hogsmeade, sacando de quicio al personal que no sabían ya si de verdad quería algo o estaba allí simplemente por molestar. Y por fin me había decidido. Pese a haber estado pensando en las palabras exactas que quería poner en mi carta, cuando llegó el momento de coger tinta y pergamino fue como si me hubiese convertido en uno de mis pacientes con daños cerebrales. No podía articular bien las palabras ni los pensamientos. Lo que en mi mente era un pergamino con letra elegante y cuidada explicando coherentemente los motivos de mi conducta se había convertido en una porquería, un montón de líneas torcidas y tachones, con letra escrita nerviosa y apresuradamente. Mientras veía volar la lechuza me preguntaba si Brisa entendería algo de aquel desastre... Pero lo hizo. Recordé lo que me había dicho Elia alguna vez, eso de que las mujeres son más listas que los hombres. Sabía que me lo decía por molestar pero en ese momento no pude evitar pensar que quizá tuviese parte de razón. Si a mi me llegase un pergamino con semejante caligrafía me faltaría tiempo para lanzarle un encantamiento que hiciese más legible la letra. Para mi sorpresa Brisa no estaba enfadada. Al menos en su carta no lo parecía. Las manos me habían temblado de alivio e incluso se me escapó una risa nerviosa cuando leí la parte de los bombones.

Al día siguiente, había salido con Tyler y me había ido parando en todas y cada una de las pastelerías de la zona, comprando (ante el atónito ojo del pastelero o pastelera) el bombón más suculento que tuviesen. Había hecho un encantamiento a la bolsa donde los iba guardando para que no se derritiesen, era un consuelo ver que al final había hecho bien los deberes con algo. Finalmente, cuando tuve todos los bombones regresé a casa, vacié la caja de bombones que tenía escondida para Elia en un armario de la cocina (no era gran cosa, solo quedaban dos porque la gorda de mi hermana se los comía cuando creía que no miraba). Comencé a rellenar los huecos de los bombones; mientras lo hacía me maravillaba de la suerte que tenía: había conseguido doce bombones y en la caja había doce huecos. Por eso casi me da un ataque cuando vi que no, que tenía once bombones. Al principio busqué en el suelo, seguramente se hubiese caído, pero cuando vi la mirada de profunda inocencia que me devolvía Tyler di finalmente por perdido el último bombón. Tuve que hacer la chapuza del siglo y volver a sacar uno de los dos bombones que antes había sacado. A grandes males...

Guardé la caja de bombones en el frigo hasta que llegó el día de mi reencuentro con Brisa. Había estado muy nervioso desde primera hora de la mañana, recogiendo la casa para que pareciese algo decente. Metí la ropa echa una bola en el fondo del armario, eché los juguetes de Tyler a un lado para que no quedasen en medio del salón e incluso limpié el polvo de la casa y regué las plantas con agua. Nada como estar nervioso para que me cunda el tiempo. Lo gracioso fue pensar en el menú: en mi despiste, se me había olvidado que me tocaba cocinar la cena. Supuse que a Brisa no le importaría comer nuggets de pollo recién descongelados del frigorífico, pero quería no ser tan predecible por una vez. Si quería que ella no albergase rencores hacia mí tenía que hacerlo bien; los bombones habían sido algo así como su condición así que no contaban. Lo bueno de ser un aficionado a la tecnología muggle es que tenía un portátil con conexión a internet y así pude echar un vistazo a los platos de cocina que más agradaban a todo el mundo y tuviesen una presencia decente sin ser demasiado complicados. Por extraño que pudiese parecer, era igual de bueno para las pociones que malo para las comidas.

Cuatro horas después, a falta de una para que Brisa se presentase en casa, tenía ya listos los espaguetis, la merluza al horno y los aperitivos (nada fuera de lo común, canapés, langostinos y unos snacks variados). Cuando recogí el desastre en que se había convertido la cocina, con apenas media hora restante, aún tenía que ducharme y afeitarme. O solo a ducharme, adiós al afeitado. No pude parar a pensar mucho en la ropa y elegí un conjunto de pantalón y chaqueta con una camisa blanca simple por debajo. No era nada especial pero la chaqueta le daba el toque de gracia y como en casa empezaba a refrescar era el toque perfecto. Elegante pero informal.

Cuando sonó el timbre, estaba perfectamente peinado y vestido y mi barba (que empezaba a convertirse en habitual) igualmente recortada y pulcra. Antes de abrir la puerta, Tyler ya estaba olisqueado por debajo. Puse los ojos en blanco cuando vi que se ponía nervioso y su rabo se movía a un ritmo frenético, aunque me sequé el sudor de las manos en el pantalón antes de apoyar la mano en el pomo de la puerta y girarlo para abrir.

- Buenas noches Brisa, gracias por venir. - me hice a un lado para que pasase mientras mi perro no hacía más que dar brincos de un lado a otro, loco de contento. No pude evitar mirar a Brisa de arriba abajo. Estaba tan estupenda como siempre. - Estás... estás preciosa - dije mientras cerraba la puerta con una mano y con otra me separaba la camisa de cuello. ¿Es normal tanto calor? Quizá me haya pasado y la chaqueta no fuese tan buena idea...
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Lun Oct 20, 2014 8:10 pm

Las gotas de agua caían recorriendo toda mi espalda hasta llegar hasta el sofá, dejando un rastro más oscuro sobre la tela. Estaba embobada, mirando la pared. No podía pensar en nada con claridad. Había recibido la carta de Daniel con una invitación para acudir a su casa para cenar y la había aceptado sin pensar demasiado en lo que eso significaba. ¿Acaso estábamos formalizando algo? Ahora que él era mi jefe, teníamos que tener más cuidado con lo que hacíamos. Y no estaba hablando de los acercamientos cariñosos. Hablaba de su pasado y de mi intervención de hacía un mes con aquella mortífago. Las cosas habían cambiado mucho desde que yo entré la primera vez a su piso, invadiendo su intimidad. Menos mal que era una buena acosadora que todavía guardaba las direcciones de sus victimas. No me arrepentiría de aquello, sabía que Daniel me gustaba de verdad.

Finalmente me decidí. Me levanté del sofá y sacudí mi pelo mojado después de la larga ducha. Empecé a caminar desnuda hasta mi habitación y saqué un vestido del armario. Lo miré. Era rojo y provocador, abierto por el escote y muy corto. ¿Acaso era Daniel una victima más de aquello? ¿Lo único que buscaba era realmente una noche y adiós? Guardé el vestido. Definitivamente no. Él me importaba más que 30 minutos de placer. No tardé mucho en decidirme. Cogí un vestido que me había comprado antes de terminar mis estudios, y que nunca me había llegado a poner. Era beige, delicado, corto pero dulce. Tenía la espalda abierta de manera elegante y no era propio de mi. Pero esperaba que fuese propio de una futura yo. Lo acompañé de una rebeca de lana fina y unos tacones no muy altos del mismo color. Me miré al espejo y sonreí ampliamente. Parecía más yo que nunca. Y quien sabe, puede que no necesitase enseñarle las piernas a Daniel para conquistarlo.

Me hice un recogido rápido en el pelo y salí corriendo de casa. Llegaba tarde. -Sam, pórtate bien. -dije mientras cogía mi bolso y las llaves del coche. -Y deséame suerte. -el gato maulló, sabiendo que se convertía por unas horas en el rey de la casa. Yo le guié un ojo y me reí. Me sentía feliz, aunque algo nerviosa, para ser sincera.

Cuando llegué hasta la puerta de Daniel la noche ya había caído, y la luz de las farolas adornaba la calle. Me sentía emocionada por aquello, pero también tenía algo de miedo de haber malinterpretado las intenciones de mi  anfitrión. Después de unos minutos me decidí a llamar a la puerta. Ladridos. Seguramente sería Tyler esperando ansioso a que Daniel abriese la puerta. Aquel perro era un cielo, no como mi Sam. Puede que algún día le diese el cambiazo y me llevase a aquel pedazo de pan a mi casa. O a su dueño.

Pasaron pocos segundos hasta que Daniel abrió la puerta. Por un instante me sentí indefensa ante su mirada, y un calor intenso se apoderó de mis mejillas. Le miré atentamente. Estaba siempre tan atractivo... -Buenas noches. -saludé con entusiasmo. Era como volver a tener dieciocho. Aunque realmente no hacía tanto tiempo que había tenido esa edad, pero me sentía muy madura. No era bueno envejecer antes de tiempo. Acepté el piropo con una sonrisa soñadora y entré en su casa.

Como me imaginaba Tyler estaba ahí, esperando ansioso a que le diese un par de besos. -Ven aquí, bola de pelo. -dije agachándome. Los animales eran mi debilidad. El perrito se acercó y yo me volví loca acariciándole las orejas y recibiendo sus lametones. Tardé poco en recuperar la compostura, acordándome de que Daniel estaba ahí delante. -Gracias por la invitación. Aunque no era necesario... Como ya te dije, lo entiendo. -¿Que entendía que? ¿Que me estaba volviendo loca? Ahora me tocaba volverle un poco loca yo a él. Si no funcionaba, me daba por vencida.

Ropa <3:
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Lun Oct 20, 2014 9:07 pm

El nerviosismo me hacía entrar fácilmente en un estado en que conseguía hacer todo lo que me propusiese y más. Adiós pereza, adiós pensamientos negativos y hola productividad. Me dio el tiempo justo para hacer de la casa algo habitable y preparar la cena teniendo en cuenta que aquello no era para nada lo mío, aunque desgraciadamente no pude afeitarme. No me disgustaba dejarme barba y de hecho tapaba las imperfectas marcas de acné sufrido en mi adolescencia, pero me hacía sentir mayor al lado de Brisa. Con Elia nunca había importado, al fin y al cabo yo era el hermano mayor y ella era la pequeña. Pero con Brisa... ¿y si le resultaba demasiado mayor? Sabía que eran tonterías y que para la amistad y la confianza no había edad, pero aun así me sentía intraquilo. Como si el tenerla en mi casa para cenar, los dos a solas, no fuese ya suficiente intranquilidad...

El momento llegó y Brisa llamó a la puerta. Cuando abrí y le vi, por primera vez en tanto tiempo, me quedé momentáneamente deslumbrado. Estaba preciosa. Llevaba un vestido que le resaltaba la figura, pero lejos de ser como esos vestidos rojos que delatan claramente tus intenciones, era de un color discreto y elegante, lo que le hacía aún más atractiva. Y sus piernas, esbeltas y descubiertas... Estaba perplejo. Brisa entró en casa y cerré la puerta. Cuando me giré, le vi agachada siguiéndole el juego a Tyler. Puse los ojos en blanco pero nada me podía quitar la sonrisa de la cara. Eran los dos igual de críos. Adorables. Brisa debió darse cuenta de mi presencia, pues se enderezó y adoptó una postura más normal. En ningún momento dejé de sonreír, con una mueca de incredulidad y curiosidad en el rostro. Mueca que se borró en cuanto me dio las gracias por la invitación y recordé el motivo de tener a la joven sanadora en mi casa.

Suspiré y bajé la vista cuando Brisa dijo que lo entendía. Para entonces mi querido pero se había cansado de nosotros y se subió al sofá, ocupándolo entero él solo cuando estiró su enorme cuerpo. Qué gracioso. Sólo le falta la cerveza y el mando del televisor. Y quizá una manta por encima. O no. Eso cuando haga más frío. Volví a mirar a Brisa. Era real, seguía delante de mí. ¿Y ahora qué hago? Sabía que tenía que responder algo, pero no sabía por dónde empezar.

- Yo... - empecé, sin estar seguro de lo que iba decir. Eché un rápido vistazo a la cocina y recordé de pronto la comida - ¿Cenamos? - pregunté, señalando con un brazo en dirección a la mesita del salón. Era una mesa redonda simple que en circunstancias normales solo servía para tener un florero encima, pero había cambiado el florero a mi dormitorio para la ocasión y había colocado los platos, vasos y cubiertos allí, todo muy concentrado para que entrase.

Brisa me había dicho que lo entendía. ¿Pero qué entendía Brisa? ¿Entendía que hubiese huido de su casa como alma poseída? ¿Entendía que me diese miedo que hubiese esa complicidad entre nosotros? ¿Quizá ella también tenía miedo y a su manera me había estado evitando, y por eso apenas habíamos coincidido en el hospital? No Daniel, no te equivoques, eso último lo has hecho tú. Suspiré de nuevo. Nervioso me quité la chaqueta y la colgué detrás de la que sería mi silla durante la cena. Como buen caballero, me coloqué detrás de Brisa para ayudarle a quitarse la chaqueta para dejarla después en el respaldo de su silla, igual que la mía. Durante todo ese tiempo, no había dicho más que la pregunta sobre si cenábamos, y aun así había dado por sentado que había dicho que sí sin enterarme si realmente lo había dicho. Enhorabuena Daniel, tienes la menstruación.

Retiré la silla de Brisa de la mesa y esperé a que se sentase. Entonces, antes de sentarme yo, fui a la cocina y llevé a la mesa los platos del aperitivo. Cuando terminé, cogí el plato de Brisa del microondas y metí el mío un minuto. El microondas pitó, cogí mi plato y me senté. Entonces recordé que aunque había una jarra de agua en la mesa, no le había preguntado si prefería mejor otra bebida. Le miré antes de levantarme.

- ¿Te apetece beber otra cosa? - le pregunté. Entonces suspiré sin previo aviso, bajé la vista un segundo, coloqué la servilleta a mi otro lado y volví a enfrentarme a sus ojos brillantes. - Lo siento, estoy un poco nervioso. Es que... no sé por dónde empezar. Fui un estúpido. No debí irme de tu casa de ese modo sin darte siquiera las gracias. Lo siento. - poom, de golpe el huracán Daniel se había desatado. Fue bastante curioso: tanto tiempo sin encontrar palabras y de repente se me escapa todo sin previo aviso. Quizá no estaría mal eso de beber otra cosa que no sea agua... En fin Daniel, respira hondo y cálmate. De nada servirá tratar de hacer que Brisa te perdone si al final sufres un infarto. Además, si el plan de la cena falla puedes sacarle los bombones para calmas los ánimos y endulzar un poco el ambiente.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Mar Oct 21, 2014 6:33 pm

Me sentía nerviosa, inquieta e incluso inocente. Estaba delante de la puerta de mi jefe (aunque cuando le conocí aún no lo era), pensando en que iba a decirle y que hacer durante la noche. Los pensamientos pasaban como balas por mi cabeza, y todavía no tenía muy claro si a Daniel le gustaba, si tenía a otra, o si simplemente no quería a ninguna. ¡Necesitaba respuestas! A mi me gustaba, y la idea de que la cena de hoy fuese solo una excusa para cortar por lo sano me dolía. Normalmente eran los hombres los que dejaban rastros de babas tras de mi, en busca de un poco de atención. Que mal sentaba cambiar los papeles. Pero era inevitable. Daniel era distinto y eso me afectaba. Puede que fuese mi metabolismo acelerándose ante su presencia o su preciosos ojos azules, pero era tener delante y empezar a acalorarme irremediablemente. Jamás me habría imagino que aquello pasaría cuando llamé a aquella misma puerta por primera vez.

El sonido de la puerta abierta me despertó de mi ensoñación. Volví dolorosamente al mundo real donde tenía que enfrentarme al mundo real. Daniel estaba realmente atractivo con aquella ropa, y la barba de varios días le hacía parecer incluso mayor. Era como volver a ser una niña en el colegio, nerviosa ante la presencia de cualquier persona del género masculino. El hombre que se postraba ante mi era elegante y sexy, sabiendo ser discreto resultaba realmente tentador. Pero aquella noche veníamos a hacer las paces después de una mala situación llena de incomodidad, que desde luego no quería repetir. Así que me guardé mis pensamientos para mi, dedicándole simplemente una amplia sonrisa que, a mi parecer, lo dejaba todo dicho.

Daniel me abrió el paso y yo no pude resistirme a los encantos de su enrome mascota, agachándome por unos segundos para dejarme llevar por sus dos grandes ojos negros. No tardé en recuperar la compostura cuando me di cuenta de que Daniel nos estaba mirando. Quería parecer madura y formal, atractiva. No una niña a la que le vuelven loca los animales peludos. Me sacudí el vestido mientras el perro corría a hacerse dueño del sofá. olví a sonreír. Cuanta adorabilidad.

Mi anfitrión parecía casi tan nervioso como yo, y de manera precipitada y sin saber muy bien que decir me invitó a sentarme para cenar. -Claro. -respondí brevemente, dirigiéndome hasta donde me indicaba para tomar asiento. Me quitó la chaqueta como un caballero, dejando al descubierto la espalda de encaje sencillo del vestido, y seguidamente me senté en la silla. Al retirar la prenda un olor suave a flores y a vainilla invadió el lugar. Mi perfume. ¿Sería excesivo? Me gustaba oler bien, puede que demasiado, y siempre iba perfumada con olores muy dulces y particulares. Solo quería que Daniel se diese cuenta de que todo aquello lo había hecho por él. ¿O prefería que pareciese que siempre era así? Estaba confusa y no sabía que pensar.

Tampoco sabía muy bien si esperar a que él viniera o ayudarle, pero dado que los dos estábamos de los nervios, decidí sentarme y esperar a que el ambiente se tranquilizase. Daniel apareció con varios platos repletos de comida que fue dejando sobre la mesa, y finalmente se sentó. Pero era imposible que se relajase, y algo nervioso me preguntó si prefería beber algo que no fuese agua. Sin contestar, saqué una botella de vino que había metido en mi bolso antes de salir. Era de los que mi padre traía cuando venía de visita. Caros y, para mi gusto, demasiado fuertes. Eran para ocasiones especiales, y como no tenía muchas, lo había traído. -No podía venir con las manos vacías. Espero que te guste. -le ofrecí, enseñándole la botella. Necesitaría enfriarla en el congelador, ya que mis manos estaban ardiendo y la había tenido entre las manos la mitad del camino pensando si le gustaría o no.

Finalmente la bomba explotó y el tema salió a flote. No sabía muy bien si esconderme, sincerarme, o tratar el tema de manera madura, como si no me importase. ¡Pero me importaba y mucho! Puede que Daniel fuese el tema que más me importaba desde hacía, al menos, 4 años. Pero hablar de mis sentimientos se me daba tan mal cuando no me sentía al mando de la situación... Por suerte, yo era al menos la mitad de nerviosa que Daniel, y por un segundo me sentí con ánimos de poner las cosas en su sitio.

-Eh. -dije mirándole fijamente y poniendo mi mano sobre la suya, sin agarrarla, solo como una caricia. -No te disculpes, ¿vale? Sea lo que sea lo que te pasó, tendrías tus razones. -continué. Una gran sonrisa, feliz por saber que yo si que le importaba, se me escapó de entre los labios. -Puede que en parte fuese mi culpa. No supe mantener las distancias. Siento que eso te incomodase. -confesé, recordando los abrazos en la cama, supuestamente inocentes pero muy sucios en mi mente. Me sentía como un adolescente tratando de convencer a una chica de que no quería solo acostarse con ella. Solo que yo de verdad no quería. O al menos no solo eso. Prefería mantener una amistad dolorosa por unos sentimientos no correspondidos, que perderle por una noche loca. Era para mí más que un chico. Era un apoyo y parte de mi felicidad ahora que estaba en mi mundo.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Mar Oct 21, 2014 8:18 pm

Pese a ser un hombre algo tozudo algunas veces no era de esos que aguanta como si nada sabiendo cuando ha hecho algo mal. Me había costado dar el paso, pero finalmente había reunido agallas para invitar a Brisa a cenar y aclararlo todo. En su carta no parecía muy enfadada pero aun así yo no me quedaría tranquilo, y probablemente (aunque no lo confesase) ella tampoco hasta haber aclarado el malentendido de la otra vez. No quería que pensase que yo tenía un problema con ella cuando en realidad lo tenía conmigo mismo.

Cuando Brisa apareció en casa, arreglada pero no provocadora (lo que irónicamente cautivaba más mi mirada), me olvidé momentáneamente del propósito de su visita. Era como si la casa se hubiese quedado a oscuras y ella fuese la única luz que iluminaba la estancia. Y por eso, cuando el objetivo de su visita salió a la luz cuando ella habló, el nerviosismo volvió a mí en toda su intensidad anterior. Puede que mayor, por la inminencia de lo que iba a pasar, que no sabía muy bien qué iba a ser. No quería perder a Brisa, de eso estaba seguro. Supongo que por eso estaba también más nervioso, no quería meter la pata.

Le invité a sentarse en la mesa y cuando lo hizo, comencé a llevar los platos a la mesa como si tuviese un motor en continuo funcionamiento. Tyler mi miraba desde el sofá con ojos adormilados. Cuando estuvieron los primeros platos con los aperitivos en la mesa y me senté, me di cuenta de que a lo mejor Brisa quería beber otra cosa que no fuese agua. Quizá a mí también me vendría bien. Le pregunté y para mi sorpresa, la joven sanadora sacó una botella de vino. La cogí con mis manos y examiné la etiqueta. Desde que era sanador, mi sueldo no me permitía comprar más vino que los de tetabrick, con excepción de alguna botella de vino barato. Pero me había criado en una mansión, con mis padres, mis hermanos y cuatro elfos domésticos. El estilo de vida que había llevado entonces hacía que me resultase muy fácil reconocer el vino que trajo Brisa. Miré a la joven sanadora con ojos sorprendidos. ¿Desde cuando un sueldo de sanador era suficiente para comprar semejante exquisitez?

- Tienes muy buen gusto ¿lo sabías? - dije contento. Aunque era más de cerveza, no perdía la oportunidad de degustar un buen vino con carácter como era aquel. Me levanté y lo metí en el frigorífico; la variedad de vino que era lo hacía ideal para acompañar pescados, nuestro segundo plato. Además así tendría tiempo de enfriarse en lo que comíamos el primer plato y los aperitivos.

Cuando me volví a sentar en la mesa y a enfrentarme a los ojos brillantes de Brisa, exploté y saqué EL tema a flote. Aunque no había sabido como sacarlo en un principio y había tratado de cambiar de tema al principi cuando Brisa lo mencionó, no pude contenerme por más tiempo y acabé disculpándome. Ya me había disculpado en la carta y le había dicho palabras parecidas, pero aun así me sentía culpable y sentía que le debía a Brisa algún tipo de explicación. La sanadora debió notarme nervioso, pues puso una mano sobre otra mía. Mi mirada, fija en Brisa hasta entonces, se desvió para contemplar su mano tocando la mía. Su tacto era suave y cálido. Agradable. Una parte de mí quería aferrarse a su mano y no soltarse nunca.

Esa sensación me dio miedo, y retiré la mano hasta apoyarla en el regazo, esquivando la mirada. Fijé la vista en un punto de la parte que colgaba del mantel de la mesa. Brisa siguió hablando. Dijo que no me disculpase, que tendría mis razones. ¿Pero cuáles? También dijo que igual la culpa había sido suya, como si hubiese sobrepasado algún límite o algo similar, que no había sabido mantener las distancias. Era cierto que sí, que al principio cuando sugirió que tendríamos que acostarnos juntos no me había sentido cómodo. No había sido la mejor idea del mundo. Pero qué iba a hacer ¿mandarle a dormir al sofá? ¿O al suelo, si su gato era tan territorial con el sofá como para no dejarle el hueco? Ella me había invitado a su casa, no habría sido justo. Y además... al final no me había importado tanto ¿no? Me había despertado abrazado a ella, atrayéndole hacia mí, llenándome de su perfume. Me moví inquieto en la silla al recordarlo. Había sido agradable, muy agradable, y eso me hacía sentir intranquilo.

- No tienes que disculparte. Tú no tuviste la culpa. - le dije, volviendo a enfrentarme a sus ojos. Eran redondos y brillantes, como si tuviesen luz propia. Guardé silencio un momento; como para hacer tiempo, serví agua en los vasos y cogí el tenedor, con el que empecé a enrollar algunos espaguetis. Me los llevé a la boca y los saboreé. ¿No podía pararse el tiempo ahí? ¿Disfrutando eternamente los espaguetis? Cocinarlos no era nada especial, todo dependía de añadir las especias correctas, pero aun así era mucho más difícil que preparar una poción, incluso si era poción era algo tan complicado como la suerte líquida o la poción multijugos. Pero para cuando tragué los espaguetis que me había llevado a la boca, el silencio se había convertido en algo bastante incómodo. Sabía que tenía que romperlo. Después de todo no había invitado a Brisa para disculparme y luego permanecer callado sin pronunciar palabra. Seguro que si seguía así se aburría y no llegaba a maravillarse con los bombones que tenía listos para el postre. - Seguramente pensarás que soy un crío por lo que te voy a decir. - dije de repente, apoyando mi tenedor en el plato - Lo cierto es que me sentía cómodo contigo. Demasiado. Hacía muchos años que no tenía tanta afinidad con una mujer y... me entró miedo. - le miré con la típica mirada que me dedicaba Tyler cuando hacía alguna travesura y quería que no le regañase.

Desde Lenore, no había llegado a intimar tanto con una mujer. No porque no tuviese oportunidades, era el típico hombre que por una buena combinación de rasgos físicos normales y corrientes resultaba lo que puede decirse atractivo. Lo sabía, y las mujeres sabían que lo sabía. De joven, exceptuando mi etapa donde parecía ser Daniel Deveraux y Acné Deveraux en un mismo ser, me había aprovechado de eso y nunca me había faltado pareja para los bailes de la escuela. Pero Lenore me había cambiado. Y cuando ella se fue, no me sentía cómodo manteniendo una relación estrecha con alguien del sexo opuesto. No porque pensase que le estuviese traicionando, supongo que ella no querría que me quedase solo el resto de mi vida. No, era por miedo. Miedo a volver a sentirme cómodo con alguien y de repente, igual que la vez anterior, todo se desvaneciese en la nada. Por eso no daba lugar a relaciones amistosas con ninguna mujer. Aun así, había congeniado con algunas pero no dejaba que fuesen más que colegas y conocidos con quien salir de vez en cuando y en compañía de otros hombres a tomar algo. Pero con Brisa era distinto. Sin saber como, la sanadora había logrado abrirse paso entre los altos y gruesos muros que había construido en torno a mi corazón.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Mar Oct 21, 2014 11:18 pm

El inicio de la velada había sido bastante tenso. Ninguno de los dos se atrevía a decir nada. Puede que fuese por miedo a meter la pata o porque realmente ninguno sabíamos muy bien que era lo que debíamos decir. Nos sentíamos culpables, pero no sabía si la culpabilidad que me carcomía a mi por dentro era la misma que sentía Daniel. Yo tenía miedo de perderme. ¿Y él? ¿Me apreciaba o solo tenía miedo de que abriese la boca en el trabajo y le expulsasen? ¿O incluso de acabar en Azkaban por mi culpa? No. No podía ser. Hasta hacía tan solo unas horas habría jurado que a aquel hombre yo le importaba, que incluso le gustaba. Pero de pronto me sentía confusa. Quería arreglarlo con él, e incluso quería lanzarme a sus brazos y confesarle que me volvía loca. Por primera vez en mucho tiempo me sentía capaz de comprometerme con un hombre de manera romántica. Puede que el fuese definitivamente el adecuado.

Tras mi entrada y los mimos a Tyler, ambos nos sentamos a la mesa. Yo saqué una botella de vino que me había traído mi padre hace tiempo y se la ofrecí. Yo no entendía muy bien de vinos, pero al parecer él si, y por su cara supuse que se trataba de una marca de calidad. -Me alegra oír eso. -dije con una sonrisa sin querer darle más vueltas al asunto. Hubiese quedado muy feo decir que era de mi padre, así que fingí saber perfectamente lo caro y elegante que era aquel líquido. -Como tú has preparado la cena quería traer algo. Para no sentirme una inútil, ya sabes. -expliqué solo para tapar el incómodo silencio.

Pero tras unos segundos el silencio se rompió de la peor de las maneras. La bomba de relojería estalló y lo que ambos estábamos pensando pero ninguno se atrevía a decir salió a la luz. Yo traté de tranquilizarle para hacerle ver que todo estaba bien, pero al coger su mano para darle seguridad el lentamente la apartó. Yo me retiré, pensando que seguro que en el fondo me odiaba y solo lo hacía por cortesía. Ya no sabía que hacer, en ninguno de los sentidos. No sabía si llevarle a casa había sido buena idea. Pero estaba claro que dormir con él no había sido algo agradable y que en el fondo había querido irse desde el primer momento.

Daniel se limitó a decirme que no tenía la culpa y empezó a comer. Yo no sabía muy bien si comer o huir de la escena, así que cogí dubitativa un tenedor y empecé a darle golpes contra el plato, sin atreverme a probarlo. Se me había cerrado el estómago con el tema de conversación. Mi anfitrión sin embargo parecía usar la comida como excusa para no tener que mirarme la cara. ¿Que se supone que debía hacer en esa situación?

En parte me alegré cuando su voz volvió a romper el silencio, aunque las palabras que salieron de su boca me terminaron de desconcertar. ¿De verdad estaba a gusto conmigo? ¿El miedo había sido el motivo? Ya no sabía si creermelo o pensar que era una excusa para arreglar las cosas. Pero dado que Daniel nunca me había mentido, pensé que creerle era lo más justo.

-Si te sentías cómodo podías habérmelo hecho saber. -repliqué recordando lo incomodo de la situación. Si lo hubiese sabido, le habría hecho sentir aún más cómodo. -Además, no tengas miedo de mi. No muerdo... -empecé a decir algo más calmada, pretendiendo relajar el ambiente. -...casi nunca. -terminé con una sonrisa y le guiñé un ojo, con gesto travieso. Luego hice como si no hubiese dicho nada y empecé a comer, degustando el delicioso plato que Daniel había preparado para mi. La verdad era que se trataba de un gran cocinero.

Por fin había conseguido liberarme de la tensión que había en el ambiente para centrarme en mi objetivo real. ¿Le podría gustar a Daniel de verdad? ¿O esto solo era un juego de tira y afloja? Ambos nos callamos durante unos minutos, aunque con miradas cómplices que se cruzaban de vez en cuando, mientras comíamos el plato de pasta. Como tenía hambre, rápidamente acabé con él, y quedé con los codos apoyados sobre la mesa y la barbilla sobre mis manos entrecruzadas. Un par de ojos soñadores azules se quedaron mirando a Daniel, con cara de "traes el segundo o pasamos al postre". Incluso si me gustaba tentarle disimuladamente, no quería acelerar las cosas. Daniel era mucho hombre, y yo muy joven e inexperta a su lado. Solo quería gustarle de verdad, y por una vez ser yo la encandilada y no al contrario.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Jue Oct 23, 2014 6:17 pm

En cuanto Brisa estuvo en casa y salió a la luz el motivo por el que había venido a cenar conmigo aquella noche, el ambiente se volvió bastante tenso. Yo estaba deseando pedirle disculpas y decirle que había sido un estúpido por huir de su casa de ese modo y no volver a dar señales, pero no sabía como hacerlo. ¿Cómo se dice eso, a ver? Así que había retrasado la conversación unos pocos minutos invitando a que se sentase a la mesa.

Había comenzado a llevar los aperitivos y los primeros platos a un ritmo rápido, sin querer pasar en el salón más tiempo del necesario para no tener que enfrentarme al tema. Era ridículo, sabía que si no era entonces, cinco minutos después lo tendría que hacer. Y tampoco quería incomodar a Brisa más de lo que seguramente estaba. Pero simplemente me faltaban palabras. ¿Y cómo hacerte explicar si no sabes qué palabras usar? ¿Y si terminaba metiendo más la pata?

Cuando estuve en la mesa Brisa sacó una botella de vino que me hizo muy feliz. No solo porque fuese un ejemplar bastante caro y atípico que ni en un millón de años hubiese soñado con poderme permitir, ni tampoco porque combinase estupendamente con pescado como el que había preparado de segundo plato. Era una de las distracciones que buscaba para posponer unos minutos más EL tema de conversación. Le dije a Brisa que tenía muy buen gusto y me levanté a guardar la botella. Desde la cocina escuché como Brisa decía que se sentía en la obligación de traer algo para no parecer una inútil.

- No eres ninguna inútil. – murmuré para mí mismo. Probablemente Brisa no me hubiese escuchado desde el salón, aunque tampoco me paré a pensarlo demasiado. Tenía otras preocupaciones en la cabeza.

La pelota se fue haciendo más y más grande hasta que por fin estalló. Una vez estuve de nuevo en la mesa, frente a ella, no pude contenerme por más tiempo. Como debí haber hecho al principio en vez de ahora cuando parecíamos a punto de cenar, le pedí disculpas por mi comportamiento. Brisa extendió su mano para acariciar la mía. Durante unos segundos le dejé, su tacto era cálido y reconfortante. Me gustó. Pero después supe lo que significaba y me acobardé, echando mi mano hacia atrás. Esquivé su mirada y apoyé mi mano en el regazo, evitando segundos intentos, mientras una parte de mí estaba deseando que Brisa le volviese a coger de la mano y no dejase que me soltase.

Como para tener algo que hacer y no concentrarme tanto en el silencio incómodo que llenaba la sala y cargaba la ya de por sí tensa atmósfera, comencé a comer. Y lo cierto es que para no ser ningún experto en la cocina, los espaguetis estaban bastante buenos. No haría falta tirarlos y huir corriendo al baño a vomitarlos, como había sido mi temor mientras los preparaba. Pero aun así no los estaba aprovechando. Sabia que Brisa se sentiría mal, y peor aún con mi retirada de mano anterior. Igual pensaba que su presencia me incomodaba. Pero no era totalmente cierto. El que se sentía incómodo era yo, pero no era culpa de Brisa. No era culpa de nadie más que mía. ¿pero cómo iba a saberlo la sanadora si no abría la boca para nada?

Así que al final hablé, rompiendo el tenso silencio. Le confesé que el motivo de mi huida había sido el miedo que me había entrado al sentirme demasiado cómodo con ella. Ella me reprochó que le podía haber dicho que me sentía cómodo. Encajé el golpe como entereza. Me lo merecía.

- Lo siento. Me cuesta mucho intimar con las mujeres. – dije a modo de disculpa, sin sostener durante mucho tiempo la mirada en sus ojos brillantes, aunque tampoco podía permanecer mucho tiempo sin mirarlos. No quería que malinterpretase la palabra “intimar” pero me di cuenta cuando ya lo había dicho; aun así esperaba que Brisa me entendiera y no sacase las cosas de contexto. Cuando dijo que no tenía que tener miedo de ella, que casi nunca mordía, me entraron ganas de reír. No pude frenarme a tiempo, aunque conseguí hacerlo cuando ya había soltado una risita nerviosa. Sonreí de forma triste. – No tengo miedo de ti, yo también tengo dientes ¿sabes? – bromeé. A continuación me puse de nuevo serio. – Tengo miedo por ti.

Vi que Brisa empezaba a comer y decidí imitarle. No sabía muy bien como seguir. ¿Había estado acertado al decirle a Brisa que tenía miedo por ella? En parte sí. Como buena amiga que era me preocupaba por ella. Pero en su caso no era solo eso. Más variables entraban en juego. No era solo que me preocupase de ella como amigo. Había algo más. Algo que no quería asumir, pero que no podía hacer desaparecer como si nada. Ella también estaría pensando en sus cosas, pues a veces nos sorprendíamos mirándonos el uno al otro entre bocado y bocado. Cuando mi mirada se cruzaba con la de ella, apartaba mi vista al plato antes de volver nuevamente a la carga, muchas veces de forma inconsciente. Sin decir nada, Brisa me miró cuando terminó con su plato y al acabar yo con el mío, cogí los dos platos y fui a la cocina. Los dejé en el fregadero y cogí la merluza del horno. Apoyé la bandeja en la encimera, corté dos rodajas y las eché una en cada plato. Llevé los platos a la mesa antes de regresar a la cocina a por el vino, con la botella ya descorchada.

Serví los vasos. Cogí la copa con la mano y me quedé absorto mirando como se formaban ondas al sostenerla en la mano y hacer girar la muñeca. Un pequeño movimiento de muñeca apenas imperceptible provocaba una gran reacción en forma de ondas en el vino, que se extendían por toda la copa. Era como la vida misma. Curioso.

- Los muggles tienen razón – dije sin apartar la vista del vino. Aún no había dado ni un trago. – El batir de alas de una mariposa en Japón puede provocar un tornado en por ejemplo Estados Unidos. – alcé la vista para volver a enfrentarme a los ojos de Brisa. – Al igual que una metedura de pata por mi parte puede provocar que la mejor sanadora del hospital se presente en mi casa con una botella de vino. – dije medio en broma medio en serio – Pero es cierto. Todo acto tiene sus consecuencias. – guardé silencio unos momentos, buscando las palabras correctas. – No quiero que desaparezcas de mi vida, Brisa. Pero tampoco quiero que sufras tú las consecuencias de mis actos. – No quiero perderte, pensé.

Mi mayor temor era congeniar lo suficiente con una mujer como para volver a sentir que no estaba solo. Esa barrera había quedado totalmente derrumbada con la presencia de Brisa en mi vida, gran amiga, confidente y un verdadero apoyo. Conforme más avanzaba mi relación, más miedo tenía de que llegase un día y ella hubiese desaparecido. Eso mismo había pasado con Lenore. Era una época donde vivíamos el presente, aunque empezásemos a planificar nuestro futuro. Nuestras mayores preocupaciones habían sido no dejarnos ver a la luz del día y sin nuestras máscaras por ningún testigo vivo y no dejarnos atrapar por los aurores. Y de repente, uno de los que considerábamos nuestros amigos se volvió en nuestra contra y me quitó a Lenore, dejándome completamente solo. Un año después dejé los mortífagos, queriendo ser una persona completamente normal, y desde entonces vivía continuamente alerta, vigilando mis espaldas para evitar que aquellos que habían sido mis antiguos camaradas me cazasen. En el momento en que supiesen de la estrecha relación entre Brisa y yo, sería como si estuviesen detrás del sofá, vigilándome a escondidas, listos para atacar cuando tuviese la guardia baja.

Intranquilo, me giré en dirección al sofá. Allí solo estaba Tyler, que se había quedado dormido y de vez en cuando movía una pata como si estuviese soñando. Suspiré tranquilo y volví a mirar a la mesa. Nada de espias pues, solo nosotros dos solos. Cogí el cuchillo y el tenedor y comencé a partir el pescado, quitándole las espinas y dejándolas a un lado. No hablé durante todo ese rato. Cuando por fin terminé, me llevé un trozo a la boca. No estaba nada mal, aunque quizá me había quedado un poco seco. Bebí un trago de vino y observé a Brisa con atención.

- ¿Qué tal el pescado? ¿Te gusta? Si te digo la verdad, es la primera vez que cocino algo así. Normalmente me apaño con comida congelada. – uno solo tampoco necesita ningún manjar, y además por motivos de trabajo no siempre estoy en casa a la hora de la comida. – No soy ningún experto de la cocina, se me dan mil veces mejor las pociones. – le confesé.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Jue Oct 23, 2014 11:08 pm

La noche empezó realmente tensa, y parecía no querer mejorar de ninguna manera. Por mucho que yo tratase de parecer inofensiva e inocente ambos sabíamos que no lo era. Puede que mi pasado no pudiese borrarse porque estaba escrito con cicatrices sobre lo que era actualmente, pero habría sido muy feliz si Daniel al menos pudiese haberlo olvidado. Puede que ni siquiera le importase lo que había hecho en tiempos pasados, dado que el suyo era mucho más dramático y fatal que el mio. Pero aún así quería demostrarle que con él quería tener un inicio distinto al del resto. No quería solo una noche de pasión y locuras. Quería darle lo que se merecía y ayudarle a superar sus miedos, todo lo que le hacía no poder seguir con su vida.

Mi vestido fue la primera muestra de que aquella vez era diferente. Luego vino mi actitud. Seguía siendo sarcástica y divertida, pero siempre manteniendo la elegancia y la compostura. Yo no era lo que suele llamarse elegante, pero quería denotar fuerza y determinación delante del sanador. No me hubiese gustado parecer una dulce flor delicada, prefería ser fuerte y con personalidad.

Después de un par de difíciles intercambios de palabras, la conversación se inundó con el tema referido a la noche pasada después del accidente. Recordar aquello me daba en parte vergüenza. No estaba segura de si me había comportado debidamente con Daniel al pretender dormir con él. Yo debía respetar sus espacios si el era capaz de respetar los mios. Pero es que me volvía tan loca... Era como un imán, por mucho que quisiera acercarme sin llegar a tocarle, resultaba imposible. Pero verle triste y confundido me importaba más que poder volver a tocar su torso desnudo. Aunque era una de las mejores sensaciones que había experimentado en mi vida.

Un par de bromas volaron por el aire tratando de relajar la conversación, y yo me reí con dulzura y disimulo, tratando de no parecer forzada. Era muy difícil no ser natural delante de Daniel, pero no podía dejar de pensar en darle una buena imagen para que dejase de huir de mi. Confirmé, por lo tanto, con su respuesta, que tenía miedo a comprometerse con otra mujer. -Lo entiendo. -dije, con un tono decaído y casi triste, sin mirarle a la cara y sin dejar de darle vueltas a la pasta con el tenedor. ¿Era acaso aquello un plantón? ¿Una manera disimulada de decirme que estaba perdiendo mi tiempo intentándolo?

Sin darnos apenas cuenta empezamos a comer. La comida era realmente deliciosa, sobretodo teniendo en cuenta que la pasta es uno de mis platos preferidos. No sabía muy bien como agradecerle a Daniel la cena después de la incomodidad de las ultimas frases que habíamos intercambiado. -Esto está delicioso... -dije con una sonrisa, tapándome parte de la boca con la mano. -Deberías venir a cocinarme a mi casa de vez en cuando. Yo hago una pasta tan desastrosa que ni Sam lo quiere. -Era una realidad, yo no era lo que se dice una manitas en la cocina. Puede que pudiese defenderme en platos dulces, como bizcochos o tartas. Pero en lo referido a una cena, lo único que sabía hacer era pasta de colores con la plastilina de Play Doh. Realmente vergonzoso.

Cuando terminamos de comer, Daniel se levantó retirando su plato y el mio y fue a la cocina. Aproveché la oportunidad para respirar hondo y tratar de relajarme. No estaba segura de que era lo que estaba haciendo mal. ¿Acaso fallaba mi ropa? ¿Me había pasado de niña e inocente? Tantas preguntas rondaban por mi mente que me sentía abrumada, sin saber que hacer ni que contestar.

No tuve mucho tiempo para pensar, porque rápidamente apareció Daniel con los platos, los cuales dejó sobre la mesa para ir a por el vino. ¡¿Como era posible que me sintiese tan nerviosa e indefensa?! ¿No era en teoría yo la que le atacaba a él y le hacía sentirse incómodo? En cuanto mi copa de vino se llenó, la cogí con una mano y terminé con la mitad. Necesitaba alcohol en mis venas pronto para no acabar tirándome de los pelos, desesperada. -No me dan miedo las consecuencias de tus actos. Ya soy una adulta responsable que puede hacerse cargo de los suyos. -intenté explicarme. No me gustaba que me tratasen como si quisieran protegerme. Cierto era que en algunos momentos de mi vida seguía siendo como una niña, pero en aquellos momentos me sentía muy adulta. -Esto es mi decisión. -continué sin estar muy segura de a que me había referido con mi "decisión". No sabía muy bien de si estábamos hablando de relaciones, amistades, o de sexo entre tortugas. Solo sabía que estaba increíblemente nerviosa, aunque no lo exteriorizase.

Ambos empezamos a comer, dejando de nuevo el tema de lado. Aquello estaba realmente bueno, por mucho que el se excusase y dijese que no sabía cocinar. Era mucho más mañoso con las sartenes que yo, eso seguro. -No seas humilde, esto está buenísimo. -dije con una sonrisa. No tardé mucho en comérmelo. No solo porque estuviese realmente bueno; sobretodo porque quería acabar con el momento de comer para llegar al momento de enfrentarnos cara a cara. Quería saber como iba a terminar esta noche, y quería saberlo pronto.

Cuando hube terminado, me levanté de la silla y cogí mi plato para dejar de sentirme una inútil a la que tiene que hacerle todo, con la mala pata de que di con el borde del plato en la copa de Daniel, derramándola sobre su camisa. Solté el plato de inmediato para dejarlo sobre la mesa, con los ojos muy abiertos y sin saber que decir. ¿Como podía una persona cagarla tantas veces seguidas en una sola noche? -¡Lo siento muchísimo! -me disculpé alarmada cogiendo una servilleta y agachándome al lado de Daniel para intentar limpiarlo. Todos sabíamos que ese gesto era totalmente inservible, pero es algo que se hace por cortesía. -Soy una torpe de las buenas. De verdad lo siento mucho. -no sabía si meterme debajo de la mesa o debajo de una piedra. Sin darme cuenta nos habíamos acercado otra vez más de lo normal, y volvía a sentir su cuerpo cerca de mi, y sus ojos sobre los mios. Tensión.

-Deberías ir a cambiarte. -dije desviando los ojos para evitar el contacto visual que denotase mi sonrojo. -Yo recogeré esto. Por favor, dime que si o me sentiré mal el resto de la noche. -supliqué tratando de sentirme util aunque fuese tan solo por unos segundos. Menudo desastre de noche.

avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Vie Oct 24, 2014 11:57 am

Tenía tantas cosas en la cabeza, tantas palabras que quería decir y no sabía como, que hubo un momento al princiopio en que el ambiente estaba demasiado silencioso y cargado de tensión. Brisa era una mujer que no dejaba de sorprenderme. Aquella misma noche se había vestido con ropa bastante elegante, aunque desenfadada como muestra de su edad. Cualquier otra mujer en su lugar había aprovechado la ocasión para ponerse un vestido mucho más provocador (aunque con ver la espalda al descubierto del de Brisa se podía dar la batlla por perdida), mientras que ella había apostado por la sencillez y la elegancia, pero sin perder su aire desenfadado. Eso a mis ojos le hacía mucho más atractiva.

Tampoco había ayudado que me hubiese sorprendido con una botella de un vino bastante caro y bueno, del típico que tendrían mis padres guardado en la bodega de nuestra su mansión de Los Angeles. Aquello me había hecho sentirme algo torpe y tonto. ¿No se suponía que el que tenía que darle sorpresas era yo, a modo de disculpa? Esa noche estaba viendo más que ningún otro día que Brisa era una auténtica caja de sorpresas.

Al final fue curioso como el tema que rodeaba la velada había salido a la luz. No había surgido de forma natural, como puede surgir cualquier conversación entre dos amigos. Había surgido de golpe, como si lo hubiese vomitado, incapaz de contenerme por más tiempo. Brisa me reprochó que si tan cómodo me había sentido pordía habérselo hecho saber y, aunque tenía razón, le confesé que tenía un problema a la hora de intimar con mujeres. Es lo que pasa cuando quienes creías aliados y amigos tuyos terminan con el amor de tu vida, aunque eso último no se lo dije porque no necesitaba saber tantos detalles. En su lugar, en vez de indagar sobre el tema, Brisa dijo que lo entendía, aunque por alguna razón sabía que mi respuesta no le había aliviado lo suficiente y más bien al contrario, le había entristecido.

Observé como le daba vueltas a la pasta con el tenedor, hasta el punto de marearle si hubiese podido. En ningún momento Brisa me miró. Sabía las miradas que me dedicaba cuando creía que no miraba, las mismas que yo le dedicaba a ella. Sabía perfectamente por qué mis palabras no le habían hecho ninguna ilusión, o al menos lo imaginaba. Quizá ella se hubiese imaginado otro tipo de respuesta, una que me dolía enormemente no haberle dado. Pero no pude decirle otra cosa. El problema lo tenía yo, no ella. Esperaba que al menos eso se lo hubiese dejado claro. No soportaría que se torturase por mi culpa.

Por suerte la tensión se relajó, o más bien se pausó, cuando Brisa comentó que le gustaba la comida. Le devolví la sonrisa.

- Gracias. - escuché atentamente cuando dijo que podía ir a cocinar a su casa de vez en cuando porque a ella le sale mal cocinar pasta. Me imaginé que por mal se refería a la masa uniforme que pensé que me iba a quedar a mí al cocer la pasta, y mi sonrisa se amplió aun más. - Pero no creas que cocino bien. Esto de hoy ha sido un golpe de suerte. Bueno, una mezcla de suerte y una larga investigación culinaria en internet. - confesé con una mirada inocente. No quería que se pensase que era un cocinero digno de tener un restaurante como los de los famosos. Además, cuando había dicho que podía ir a cocinar pasta a su casa nos imaginé a los dos en su cocina, llenos de harina y juegueteando mientras nos lanzábamos  puñados que nos dejaban blancos. En ese momento me daba igual que los espaguetis no necesitasen harina para cocerse. Pero aún no había decidido si esa imagen era algo que no quería que se hiciese realidad o todo lo contrario.

Cuando terminamos con el primer plato, desaparecí un momento en la cicna para traer los segundos y el vino que había traído Brisa. No era solo que combinase a la perfección (era como si Brisa hubiese sabido que iba a poner de cena y me hubiese leído la mente. Inquietante): un poco de alcohol no me vendría mal. Así que nos serví. Yo me quedé contemplando como se formaban ondas en mi copa con un simple movimiento de muñeca mientras estaba metido en mis tiempos. Brisa por su parte apuró media copa de un trago. Eso me hizo sentirme algo incómodo, y me acomodé en la silla. Sabía que no estaba siendo el mejor anfitrión del mundo (no era una situación fácil, por otro lado) y eso no hacía más que confirmarlo.

Comencé a divagar sobre el hecho de que todo pequeño acto tiene sus consecuencias, y que no quería que Brisa sufriese las mías. Supuse que ella sabría a que me refería: era una de las poquísimas personas que sabía lo que yo había sido, y no había que ser especialmente inteligente para imaginar los peligros que suponía. Si Lenore había muerto (había sido asesinada, dijo una voz maliciosa en mi cabeza) cuando esos peligros no existían, no podía imaginar qué podía pasar con Brisa. Porque la amenaza que tenía ante mí era real, inminente y letal. También temía por Elia, pero ella era mi hermana y no podía hacer nada por evitarlo aunque quisiese. Pero en cuanto a las demás personas, prefería no tener a demasiadas cerca para evitar que sufriesen por mi culpa. Aun así, aunque le dije a Brisa que no quería que sufriese las consecuencias de mis actos, también dije que no quería que desapareciese de mi vida.

Eso era lo que lo hacía más complicado. Hubiese sido más fácil si le hubiese dihco abiertamente: no quiero verte más, vete y sal por esa puerta, no vuelvas. Pero no era tan grosero. Y tampoco podía decirle eso. No quería. Quizá fuese un egoísta, pero una de las cosas que más claras tenía en mi vida en ese momento era que no quería perder a Brisa. Y el único modo de mantener a Brisa a mi lado y que no le pasase nada era protegerle a ella y protegerme a mí. Y por eso debía guardar las distancias, aunque una parte de mí estuviese deseando estrechar a la sanadora entre los brazos. Pero Brisa no era tan fácil de vencer. Dijo que le daban igual las consecuencias, que era mayorcita para cuidarse sola. Suspiré, nervioso.

- No lo entiendes. - le miré con nerviosismo y ansiedad. - Ellos harán cualquier cosa para llegar a mí si consiguien acercarse lo suficiente. No quiero que por mi culpa llegue a pasarte algo malo. - Probablemente Brisa tuviese ganas de mandarte a tomar viento fresco después de escuchar aquello. Tampoco quería darle la impresión de estar sobreprotegiéndole. Pero solo de pensar que podía llegar a pasarle algo malo por mi culpa me entraban sudores. En cambio, Brisa dijo algo que me sorpendió. Me había esperado otro tipo de reacción, y no las cuatro palabras que dijo: esa era su decisión. En cierto modo me recordó un poco a Elia, ese caracter indomable tan propio de mi hermana contra el que si te enfrentabas terminabas siempre perdiendo.

Reflexioné un poco sobre el tema. Brisa me había dejado sin palabras en aquel preciso momento. ¿A qué se había referido con "mi decisión"? ¿Era su decisión exponerse al peligro por mí? ¿Era su decisión no apartarse de mi lado? ¿o era su decisión simplemente quedarse allí para cenar aunque tuviese ganas de largarse? La cabeza empezaba a darme vueltas del sobreesfuerzo. Para evitar pensar sobre el tema, cogí la copa de vino y di un pequeño trago, y a continuación seguí atacando la merluza que aún había en mi plato. Brisa no insistió más sobre el tema y también siguió comiendo.

Cuando llevábamos un rato en silencio no aguanté más y, solo por romperlo, le pregunté si le gustaba el pescado y le confesé que aquello era una novedad, que normalmente me apaño con congelado y que se me daban mil veces mejor las pociones. Torcí una sonrisa cuando Brisa dijo que no fuese tan humilde, que estaba buenísimo. Empezaba a preocuparme. Si tan bueno le sabía tenía que ser una cocinera horrible. Recordé lo que había dicho antes sobre la pasta, cuando estábamos con el primer plato, y me imaginé los maullidos de queja de su gato al encontrarse toda la mole de pasta en el cuenco de la comida, peor a como lo había imaginado en un principio. Ese pensamiento me hizo reírme solo, aunque conseguí ahora la risa metiéndome otro trozo de pescado en la boca. Si sé que Brisa es tan horrible en la cocina, no me esfuerzo tanto. ¡Y yo pensando que estaba hecha toda una chef!

Brisa y yo terminamos más o menos a la vez con el pescado. Aun estaba masticando cuando vi que ella se levantaba con su plato para llevarlo a la cocina. Tragué rapidamente y alcé un brazo para decirle que me dejase a mí llevarlo, pero entonces golpeó con su plato mi copa de vino y terminé con la camisa, antes blanca, teñida de rojo. Mi primer impulso fue echarme rápidamente atrás con la silla. Mi cara debía de ser un poema. A pesar de la magia, las manchas de vino salían fatal de la ropa aunque al menos la camisa podía darse por salvada. Aun así, debía quitármela cuanto antes. Brisa se estaba agachando a tratar de limpiar la mancha de vino de mi camisa cuando me estaba levantando, con lo que paré en seco sus intentos. Supuse que lo hizo por cortesía, sabría tan bien como yo que aquello era inútil para quitar la mancha.

- No te preocupes. De verdad, no pasa nada. - añadí cuando vi que seguía disculpándose muy afectada por lo que había pasado. - Es solo una camisa - añadí con una sonrisa que mostraba que no le culpaba por nada ni mucho menos me había enfadado.

Entonces fue cuando me di cuenta de lo cerca que estábamos. De pie, el uno junto al otro. Estábamos tan cerca que podía contar a la perfección el número de pestañas que tenía. Que eran muchas. Y muy bonitas. Podía olerle, ese olor floral tan característico, dulce pero no empalagoso. Podía oler su aliento, con mezcla de su perfume floral y el aroma de lo que habíamos comido. Podía ver el brillo que la luz del techo provocaba en su piel, y como el reflejo de la lámpara sobre esta parecía dotar a Brisa de luz propia. Como una estrella que orienta al viajero perdido. ¿Era yo un viajero perdido? Quizá solo necesitaba que me encontrasen. Aunque con Brisa tan cerca de mí no me sentía perdido. Era extraño. No podía pensar en otra cosa más que en lo cerca que estábamos el uni del otro...

Brisa rompió la magia del momento desviano la mirada y diciendo que quizá debería ir a por otra camisa. Le miré sin comprender por unos segundos. Aún seguía perdido en el espesor de sus pestañas, con mi cabeza muy cerca de la suya. Los recuerdos volvieron a mí de golpe. La cena, Brisa levantándose, la copa cayendo, el vino manchando mi camisa, Brisa tratando de limpiar la mancha, yo levantándome antes de que pudiese hacerlo,... nuestros cuerpos muy cerca el uno del otro. Me separé de ella dando dos pasos hacia atrás rápidamente, como sacudido por una descarga eléctrica. Desvié la mirada al pecho de mi camisa. Rojo. Era como si me hubiesen clavado algo en el corazón y me estuviese desangrando. No Daniel, no seas estúpido, solo es vino.

- Yo... eh... - me humedecí los labios, sin levantar la vista de mi camisa - Voy a cambiarme. - Sin decir más, me di la vuelta sin levantar la mirada y me metí en la habitación, dejando a Brisa sola en el salón. Me quité la camisa y fui semidesnudo hacia el baño, al barreño de la ropa sucia, donde coloqué la camisa, con cuidado de que el vino no manchase más ropa. La camisa era un asunto del que tendría que encargarme más adelante, y ciertamente iba a llevar tiempo. Pero más tiempo me iba a llevar intentar explicarme lo que acababa de pasar.

Mi mente aún seguía atontada, como si estuviese bajo los efectos de una droga que nublase mi capacidad de pensar y razonar. No podía quitarme de la cabeza la imagen de Brisa tan cerca de mí, su aroma impregnándome y nublando mis sentidos. Sin darme cuenta, me senté en le borde de la cama con la cabeza agachada y las manos a ambos lados de la cabeza. ¿Qué acababa de suceder? En la literatura muggle también se hablaba de sirenas, y sus características principales, aunque muchas veces exageradas, coincidían con nuestras sirenas del mundo mágico. Todas ellas tenían la capacidad de cautivar a los hombres e hipnotizarles, haciéndoles caer presa de su particular embrujo. ¿Sería Brisa una sirena?

No supe cuanto tiempo estuve en la habitación con la cabeza entre las manos y la vista fija en el suelo, pero finalmente me levanté del colchón y me metí en el baño. Me lavé la cara con agua muy fría para despejarme. ¿Por qué sería Brisa una sirena? No tenía sentido. Quizá había sido otra cosa. Quizá lo que me vendieron en el herbolario muggle no fuese orégano para la pasta, sino otro tiempo de hierba con propiedades alucinógenas. Sí, probablemente fuese eso. Al fin y al cabo, Brisa también se había quedado hipnotizada mirándome, y yo no era ninguna sirena. Pero esa teoría tampoco me convencía. Brisa había sido capaz de apartar la mirada, rompiendo el hechizo. ¿Y entonces? ¿Qué acababa de suceder?

Cerré el grifo con más fuerza de lo normal y me sequé la cara con la toalla, mirándome en el espejo con los ojos bien abiertos. Espabila Daniel, despierta. Tras un rato frotándome la cara, sentí que empezaba a volver a ser yo mismo, aunque no podía quitarme la sensación incómoda del estómago. De nuevo, aunque no totalmente convencido, la hipótesis del orégano-que-no-lo-es volvió a cobrar fuerza en mi mente, aunque otra parte de mí sabía que aquel orégano era perfectamente normal. Regresé a la habitación y cogí otra camisa también blanca, aunque esta vez con finas rayas azules a juego con el pantalón y la chaqueta, que aún estaba en el respaldo de mi silla. Salí de mi habitación y regresé al salón, fingiendo normalidad, como si no hubiese sucedido lo que había sucedido.

- Creo que es hora del postre ¿no te parece? - le dije a Brisa, con nromalidad. Muy muy normal. Como todo. Normalísimo. Pero estaba algo más tranquilo, aunque no del todo. Brisa me había pedido bombones en su carta, y bombones iba a tener. En aquello me había esforzado con todo mi empeño, con tal de no decepcionarle. Tenía el consuelo de que al menos lo de los bombones no iba a salir mal, como parecía haber ido todo el resto de la noche. Le hice una seña a Brisa para que se sentase a la mesa mientras yo iba a la cocina y abría el frigorífico en busca de la caja de bombones. Con cara de satisfacción, me senté en la mesa delante de Brisa y lo abrí ante sus ojos. Allí estaban doce bombones, once de los doce que había comprado de pastelería en pastelería y uno que realmente correspondía a esa caja. Se veía perfectamente cual era el que correspondía al envase, y aunque en cierto modo parecía un poco desastroso y me entraban ganas de querer cargarme a mi adorado perro por comerse el bombón número doce, la imagen global de la caja se veía bonita. - En tu carta dijiste que te lo compensase con bombones. - le expliqué, mirándole con una sonrisa traviesa al ver su cara - Aquí los tienes.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Dom Oct 26, 2014 10:40 am

La noche marchaba demasiado bien, demasiado como para que siguiese así mucho más tiempo. Era habitual que todos mis planes, sobretodo cuando me importaban de verdad, se estropeasen. De momento no había pasado nada excesivamente extraño o fuera de lo normal, quitando los nervios y las meteduras de pata que ya suponía por adelantado que iba a cometer. Pero derramarle una copa de vino a Daniel sobre la camisa blanca no estaba en mi lista de cosas que hacer. Ahora si que la había liado, pero bien. Si lo que quería era denotar elegancia y delicadeza, acababa de demostrar el summum de la torpeza. Posiblemente ahora pensaría que no sabía estarme quita, que me movía como un pato mareado y que por mi culpa iba a tener que cambiarse de camisa. No solo no querría invitarme nunca más a cenar, sino que no me extrañaría que quisiera echarme de su casa.

Me disculpé de todas las maneras posibles, tratando de enmendar mi error como pudiera. Pero el daño ya estaba hecho. Cogí una servilleta e intenté limpiarle la camisa, como si eso sirviera de algo a estas alturas. Daniel se puso nervioso y se levantó, tratando de evitar mi gesto, pero yo insistí, tan cabezota como siempre. De pronto nuestras miradas se encontraron, y nuestros cuerpos estaban tan cerca que se me erizó el vello. Posiblemente fuese por la atracción magnética que ejercía Daniel sobre mi. Mi fijé en sus ojos, profundos como un océano entero en el que poder ahogarse mil veces. Habría matado a todos los dioses solo por poder sumergirme en ellos cada noche de mi vida. Y aquellos labios, aquel gesto, aquellas manos, un perfume embriagador y una sonrisa perfecta. Cualquiera en su sano juicio se habría vuelto loca por él. Yo no acostumbraba a estar muy cuerda.

-Lo siento...-casi titubeé, perdida en su mirada y hechizada por el suave perfume que desprendía cada poro de su piel. ¿Y si no lo sentía? Quería derramar vino sobre todo su cuerpo, durante toda la noche, si esa era la excusa más efectiva para quedarme donde pudiese seguir sintiendo su calor en mi.

Finalmente, herida por dentro y desarmada, desvié la mirada para dejar que se retirase a cambiarse. No podía resistir aquella magia mucho más, porque me volvía loca y me hacía querer olvidar. Olvidar no era bueno, o al menos Daniel no parecía dispuesto a ello. Pero como la situación siguiese mucho tiempo más así, yo acabaría volviéndome loca por cada uno de sus huesos y atándome a la farola de enfrente de su casa, con todas las cadenas de Londres, haciendo mi corazón huelga de latidos hasta que aceptase que ya era parte de su vida. Yo no estaba preparada para que mi vida fuese algo corriente. Quería que, al menos, fuese digna de ser escrita. O contada por mis labios cuando ya tuviese sesenta años y ese fuese todo mi legado.

Me senté sobre la silla, con los brazos cruzados sobre el respaldo y la cabeza apoyada sobre ellos. Suspiré como si el alma se escapase de la cárcel de mi cuerpo. ¿que hacía allí? No estaba en casa de Daniel por la cena, estaba allí por él. Le estaba dejando la puerta abierta para que huyese de mi. Él no quería aceptarlo, y yo muriéndome por que lo hiciera. El sonido de la puerta que se volvía a abrir después de un largo rato me despertó, y levanté la cabeza para buscar el rostro de Daniel. No parecía enfadado y eso me reconfortó.

Comentó algo del postre, y yo me imaginé una enorme tarta de queso repleta de arándanos. O una fondue de chocolate con bizcochos del pistacho. Pero Daniel me sorprendió con una caja de bombones bastante peculiar. Era como si las delicias de chocolate no correspondiesen a los huecos en la caja, pero eso solo las hacía más especiales, porque significaba que se habían hecho de una manera más especial. Le dediqué una gran sonrisa, algo sonrojada y tímida, y no pude resistir la tentación de coger uno entre mis manos. -Muchas gracias Daniel. No tenías... -no pude terminar. Estaba muerta entre la vergüenza y el efecto de su presencia. Mordí el bombón y lo saboreé como si fuese un postre de mil millones de galeones.

Me sentía mal comiendo yo sola, así que tomé otro entre mis dedos y me acerqué a Daniel, ofreciendoselo. -Come tú también o me sentiré mal. -dije algo traviesa, pero perdida en sus labios. Tenía más ganas de probarlo a él que el suculento chocolate. Se me habían ocurrido mil excusas para conseguir que me besara. Correr hacia la puerta y fingir que estaba ofendida, emborracharme, intentar seducirle. Pero ninguna me parecía digna de la situación. Quería que surgiera como surge una flor en medio de las cenizas, como se enciende una luz en medio de la oscuridad. Dejarme llevar por la poesía. Sin darme cuenta estaba de nuevo demasiado cerca, sosteniendo el bombón cerca de la boca de Daniel, con el corazón a mil y la mente en otro lugar. Quería que él temblase ante mi presencia, pero de miedo no, eso seguro.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Dom Oct 26, 2014 8:00 pm

Mi consuelo era que al menos, pasase lo que pasase, la parte del postre tenía todas las de ir si Brisa no huía espantada antes. Para mi sorpresa y consuelo no lo hizo pese a haber varios momentos de tensión que cortaban hasta el mismo aire. Sin embargo, antes de llegar al postre, justo cuando terminamos con el pescado, ocurrió otra catástrofe. Brisa se incorporó para recoger su plato y aunque mi intención era decirle que no era necesario, que era mi invitada y yo debía recoger su plato, pronto toda palabra había quedado ahogada cuando Brisa tiró sin querer mi copa de vino y mi camisa perdió su blanco original para quedar teñida de rojo.

Brisa había tratado de limpiar mi camisa pero se lo había impedido incorporándome rápidamente. Me alarmé cuando me di cuenta de que estábamos muy cerca el uno del otro, tanto que podía contar cuantas pestañas tenían sus preciosos ojos. Estábamos tan cerca que mi cerebro dejó momentáneamente de funcionar, centrándose solo en lo que tenía delante. No pensaba, no sentía. Solo estaba. Y miraba a sus ojos, tan redondos y grandes, tan expresivos y llenos de vida. Me sentía como un marinero atrapado en medio de una tormenta. Pero la tormenta desapareció cuando Brisa desvió la mirada y volví a recuperar mis funciones cerebrales. Me fui a la habitación sin dejar de pensar en lo que acaba de pasar, enormemente confuso.

Cuando regresé al salón con otra camisa más limpia que la que me acababa de quitar, decidi que era hora de pasar al postre. Ya nada podía ir mal, o eso creía. Así que adopté una actitud normal, como si no hubiese estado a punto de pasar pasado nada y le informé a Brisa de que era la hora del postre mientras iba al frigorífico a por la caja de bombones para dejarla después en la mesa, justo delante de Brisa. Esa había sido su única condición para aquella velada después de todo. Sonreí cuando vi como Brisa me daba las gracias atropelladamente y ruborizada se apresuraba acoger un bombón. Llevaba un tiempo dándome cuenta de que se ponía muy guapa cuando se ponía nerviosa; era como si volviese a ser una niña. Y al fin y al cabo lo era, apenas tenía veinte años.

Apoyé los codos en la mesa y la cabeza sobre mis manos y permanecí un buen rato viendo como Brisa saboreaba el bombón. Hubo un momento en que dejé de ver el dulce y me concentré en el movimiento de sus labios, que a veces se fruncían como si inconscientemente estuviesen llamando la atención para ser besados… Pero Daniel ¡cómo va a ser eso! Brisa se está comiendo un bombón. Un bombón para otro bombón.

Brisa debió darse cuenta que había estado observando como se comía el bombón, pues cuando terminó su mano fue rápida nuevamente a la caja pero esta vez se dirigió a mi boca en vez de a la de ella. Me ruboricé cuando dijo que se sentiría mal si yo no comía. Me imaginé que ella se quedaba mirándome mientras yo me comía el bombón igual que había hecho yo antes con ella, y solo con pensarlo me empecé a sentir incómodo. Noté como me ruborizaba aún más hasta el punto de que me ardían las mejillas. Pero tranquilo Daniel, que eso no iba a pasar. Adelanté una de mis manos hasta la caja de bombones para coger uno; era una blanca con lluvia de chocolate negro por encima, de aspecto simple, pero sabía que por dentro era toda una bomba de sabor pues el núcleo del bombón era de crema de chocolate líquida. Todo un manjar.

- ¿A la de tres? – pregunté sonriendo. Conforme fui diciendo un número, mi mano se iba acercando más a la boca de Brisa, hasta que finalmente con el tres, logré meter el bombón con dos dedos de mi mano, de forma delicada, como si fuese un joyero que coloca su más preciado diamante en una urna de cristal para exponerlo al exterior lo mínimo. Brisa metió su bombón en mi boca; nervioso, cerré mi boca antes de que ella tuviese tiempo de sacar sus dedos. Comencé a saborear el bombón sin darme cuenta, y cuando lo hice abrí la boca de golpe, rojo como un tomate, permitiendo que Brisa recuperase los dedos secuestrados por mi boca. – Go sento – me disculpé con el bombón aún en la boca. Miré a los bombones de la caja por mirar a algún otro sitio que no fuese Brisa. Una metedura de pata más y la quemazón de mi cara sería tan grande que seguro se derretía. Cuando el bombón se hubo consumido en mi paladar, volví a mirar a Brisa de nuevo. – Lo siento. – repetí, esta vez vocalizando bien todas las letras, sin obstáculos en la boca que lo dificultasen.

Me quede mirando a la chica, cuando un pensamiento loco y febril me inundó la mente. Una parte de mí no se arrepentía de lo que acababa de pasar, sino que se lamentaba de que solo hubiesen sido sus dedos. Sacudí la cabeza, tratando en vano de disolver ese pensamiento mientras hacía lo posible por no ruborizarme aún más y hacer más el ridículo. Hoy te estás luciendo Daniel.



Off: A ver que hace ahora Brisa, igual nos toca poner un +18, jejejejej.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Dom Oct 26, 2014 9:34 pm

Después de mi desafortunado incidente, la habitación parecía muy solitaria. Era cierto. La ausencia de Daniel se notaba en cada partícula que flotaba en el aire. Todo parecía más triste y perdido sin él. Puede que fuesen solo imaginaciones de una enamorada. ¿Enamorada? ¿Podía hablar ya de amor? Nunca era pronto para hablar de amor. Sobretodo teniendo en cuenta que los últimos años de mi vida me había comportado como una vividora, harpía, sincera y poco sutil damisela. Había hecho tantas cosas, en tantos lugares, con tantos hombres, que ya había aprendido a distinguir muy bien entre la atracción sexual y el amor. Y no es que no pudiesen darse ambas a la vez, porque para mi era indispensable que se produjese ese magnetismo, pero yo no habría dado por ninguno de esos hombres ni un tercio de lo que era capaz de dar por Daniel. Y en parte me sentía como cría, que jamás sería correspondida, delante de algo que jamás le pertenecería. Pero por otra parte, mucho más poética y profunda, me sentía feliz de tenerle en mi vida. Fuese de la forma que fuese.

Cuando Daniel volvió a entrar por la puerta, más limpio pero igual de radiante, yo me erguí en la silla, como un perro que ve a su amo volviendo a casa. Sonreí tontamente al ver su rostro. Podía crear primaveras en cada estación con aquella sonrisa. Mis ojos revivieron y me levanté para darle la bienvenida, con los brazos escondidos detrás de mi cuerpo y tambaleándome como una jovencita muy tímida. Iba a disculparme, pero al darme cuenta de que ya había pedido demasiadas veces perdón aquella noche, me callé.

Cuando anunció la hora del postre, y postró ante mi aquella caja llena de bombones, casi me da un infarto. Todo aquello había sido por mi broma de la carta, se la había tomado en serio y se había molestado en comprarlos. Además, por la forma en la que estaba distribuida la caja pude suponer que aquellos bombones no correspondían a la marca original. Parecían artesanales y mucho más caros. No es yo fuese una experta total en bombones, pero era una fiel amante del chocolate y reconocía cuando algunos eran de calidad. No pude resistir la tentación mucho más y me comí uno de los bombones, saboreandolo como si se tratase del fin del mundo. Aquello estaba realmente delicioso. Era como el paraíso derritiéndose en mi boca.

Pronto me di cuenta de como Daniel me miraba, pero él estaba con la boca vacía. Me sentí algo mal por comportarme así, tan falta de cortesía, y le ofrecí un bombón también a él. Cogí uno espolvoreado con chocolate por fuera y con forma de trufa y se lo acerqué a la boca. Él estaba sentado en la mesa, y yo delante suyo, de pie. Pero al parecer no me iba a dejar quedarme tampoco sin comer otro, así que escogió otro e hizo el mismo gesto que estaba haciendo yo. Cuando me advirtió que a la de tres nos los pondríamos en la boca mutuamente, me puse algo nerviosa, pero asentí con gesto afirmativo. Cuando Daniel acercó lo suficiente el trozo de chocolate a mis labios, abrí la boca y con gesto suave lo atrapé entre mis dientes, dejando que él retirase su mano de una sola pieza. No pasó de igual manera en mi caso, ya que de manera involuntaria él atrapó entre sus labios mis dedos, dejándome con los ojos abiertos como platos y la cara roja como un tomate. Rápidamente se disculpó, y yo retiré la mano confusa y sonrojada. ¿Aquello había sido un error o un gesto erótico? Claramente un error, pero hubiese preferido lo segundo.

Me quedé mirándole muy fijamente, como si con mis ojos azules pudiese ver su interior. Quería saber que estaba pensando, pero estaba tan perdida en su mirada que no sabía ni que era lo que estaba pensando yo. Su rostro sonrojado era algo inimaginable para mi hacía apenas un par de meses. Y ahora ahí le tenía, frente a mi como un niño pequeño que no quiere mirar a los ojos a la chica que le gusta. Si acaso le gusto.

Puede que me dejase llevar demasiado por mi instinto y mis impulsos, puede que en aquel momento me estuviese equivocando. Pero fue la más dulce de las equivocaciones. Lentamente apoyé la mano sobre el respaldo de la silla, y subí una rodilla al borde de la misma, al lado de la pierna de Daniel. De aquella manera él era una presa atrapada en mi cuerpo, sin escapatoria. Dicen que al final de tu vida te arrepiente más de lo que no has hecho que de lo que si, así que dejé de pensar y me de decidí a actuar. Con mucha delicadeza deslicé mis dedos, los que acababan de ser modidos, de nuevo hasta los labios de Daniel. Lentamente dejé que se deslizasen por su mejilla rasposa hasta su cuello, y sin darle tiempo a reaccionar le sostuve de la nuca y le besé. Fue como el paso de una estrella fugaz, un rápido movimiento en el que mis labios se juntaron con los suyos para luego separarse, dejando los rostros prácticamente pegados. -Yo no lo siento... -susurré como si acabase de recorrerme el país entero de una carrera. Mi mente suplicaba que no me rechazase, que aceptase lo que ofrecía. Me moría por volver a vivir el segundo que acababa de pasar.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Lun Oct 27, 2014 6:01 pm

Después del (enésimo) incidente de la noche (que resultó en una camisa más para lavar) decidí que lo mejor era pasar al postre, algo que sabía que pasase lo que pasase iría bien de cualquier manera. Saqué la caja del frigorífico y la puse ante Brisa, que no tardó en coger uno. Sin darme apenas cuenta pasé todo el tiempo que tardó en tragar el bombón observándole como si estuviese hipnotizado. Supuse que le habría hecho sentir incómoda cuando el siguiente turno cogió un bombón con las manos e hizo intento de llevármelo a los labios. ¿Y si ahora quería ser ella quien me observase? No, no, no. Rápidamente adelanté la mano para coger yo otro bombón, y así cada uno puso un bombón en la boca del otro.

Pero mientras que yo pude recuperar la mano apenas Brisa tomó con sus dientes el bombón que le ofrecí, los dedos de Brisa quedaron secuestrados en mi boca durante un buen rato, hasta que el bombón se deshizo lo suficiente como para notarlos dentro de mi boca. En ese momento deseé que se abriese la boca del mismísimo infierno debajo de mí y me tragase. También un repentino seismo donde misteriosamente cayese solo el pedazo de suelo sobre el que me situaba. Le pedí disculpas a Brisa un montón de veces. Si antes se había sentido incómoda solo por haberle mirado como se comía un bombón, ahora sería aún peor. Permanecí sentado en la silla sin saber adónde mirar, cuando noté como Brisa, delante de mí, colocaba sus brazos en el respaldo de mi silla. Giré mi cuello por instinto y allí estaban sus manos, firmes como garras.

Me puse tenso. Mi instinto me gritaba como poseído que escapase de allí lo más rápido posible. Los gritos se hicieron ensordecedores cuando al echar la cabeza para el frente vi que la sanadora había puesto una rodilla en mi silla al lado de mi pierna, impidiéndome cualquier mínima vía de escape invadiendo mi espacio. Tenía los músculos agarrotados de la tensión. Quería huir. Y podría haberlo hecho si me hubiese transformado en gato; siempre uso mis poderes de animago en caso de necesidad, ¿acaso aquel no lo era? Pero no lo hice. En su lugar clavé mis ojos en los de Brisa. Por extraño que fuese no podía moverme. Estaba paralizado.

Me estremecí cuando noté la suave y cálida mano de Brisa en mis labios. Por instinto abrí un poco la boca, aunque ninguno de sus dedos resultó de nuevo secuestrado. Su mano continuó como una suave caricia su trayecto desde mis labios hasta mi mejilla y de ahí al cuello. Entonces Brisa me agarró de la nuca y me besó. Fue un beso breve y no tuve tiempo de cerrar los ojos. Me dejé besar, pues no pude resistirme. Mis instintos estaban embotados, como si estuviese en shock. Mis ojos seguían fijos en Brisa, quien se había separado apenas unos centímetros y me decía que ella no lo sentía.

Sabía que no solo se refería al secuestro de sus dedos unos minutos antes. Brisa no se arrepentía de lo que acababa de pasar. Y aunque me doliese, y fuese más seguro para ella si pensase lo contrario, yo tampoco me arrepentía de aquel beso. Sin embargo, no se lo demostré con palabras. Las palabras pueden hacer empeorar todo si no eran escogidas correctamente, y yo en ese momento aún no había recuperado el habla. Dejé que los actos hablasen y mi cuerpo tomó el control de mí.

Alcé una mano lentamente hasta su boca y puse un solo dedo allí, mi dedo índice, indicándole que no siguiese hablando. Lentamente me levanté obligándole a liberarme de ella y a volver a dejarme mi espacio. Cuando estuvimos de nuevo el uno frente al otro tomé su rostro entre mis manos y lo atraje hacia mí. Puse mis labios contra los suyos, presionándolos con dulzura y con la torpeza de alguien que llevaba ocho años sin besar a una mujer. Pero en el beso, más largo que el anterior, también había ansiedad. No era tonto, sabía que me arrepentiría de aquello y de los peligros a los que le expondría pero no quería pensar. Por primera vez en muchos años solo quería dejarme llevar y disfrutar el momento, uno que no quería que terminase nunca.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Lun Oct 27, 2014 9:58 pm

La tensión de la noche llegó a su momento álgido cuando Daniel me entregó la caja de bombones. No es que no estuviese agradecida, porque lo estaba como la que más, pero me ponía nerviosa recibir regalos cuando no tenía nada que ofrecer a cambio. No había cosa que me gustase más que poder degustar el sabor del chocolate derritiéndose en mi boca. Aunque puede que sí, puede que hubiese cambiado todos los bombones del universo por ver sonreír a Daniel sinceramente una vez más. No era lo mismo cuando sonreía por cortesía que cuando se notaba que estaba feliz. Y es que cuando la felicidad y el sanador se juntaban, la vida parecía más digna de ser vivida por unos instantes.

Sin darnos cuenta, empezamos a acercarnos más de la cuenta. Ambos nos ofrecimos bombones mutuamente, en una escena propia de película romántica. Faltaba una banda sonora de violines que fuese capaz de combinar con el latido de mi corazón para que pasase a ser un sueño hecho realidad. Él era un sueño hecho realidad, ya que si había algún defecto en mi, era capaz de convertirlo en una virtud con una sonrisa. El corazón se me aceleraba cada vez más, según nuestras manos se iban acercando a nuestras respectivas bocas. Recibí un leve mordisco por su parte, y ojalá me hubiese convertido en vampiro para quedarme con él por toda la eternidad. Pero solo consiguió que mi cara se pudiera roja como la sangre y mis ojos brillasen como dos luceros en medio de una noche de verano. Los retiré sin querer retirarlos, mientras me enamoraba sin querer enamorarme. Cada segundo cerca de él era una flecha que se clavaba en el centro de mi alma y me hacía sangrar por dentro. Le necesitaba para sentirme viva.

De pronto algo se movió en mi interior, como un terremoto que modificó todos mis planes y me hizo, por una vez, seguir a mi instinto y hacer lo que creía que debía hacer. Lo que quería hacer. Solo esperaba que eso coincidiese con lo que tan en el fondo escondía Daniel. No entendía él porque de aquel nerviosismo descontrolado si no sentía, aunque fuese, el ligero revoloteo de una tímida mariposa en su estomago. Yo ya tenía un huracán de libélulas que luchaban por salir de mi.

Aquel conjunto de emociones que irremediablemente se estaban apoderando de mi me llevaron a comportarme un poco más como solía ser yo. Solo que en vez de descarada era sincera, en vez de agresiva era romántica, y en vez de buscar un rato de diversión buscaba una eternidad de suspiros con su olor. Acorralé a Daniel como a una presa, pero con la dulzura del amor en la mirada, y poseída por una fuerza mucho más poderosa que la razón, le besé. Fue tan efímero como un copo de nieve sobre la acera, tan intenso como una tormenta de verano y tan frágil como un sueño. Al separarme me sentí entre asustada y extasiada. No hubiese podido soportar un rechazo, pero una llama en sus ojos me hizo pensar, al menos por unos segundos, que mis sentimientos eran correspondidos.

El silencio reinó, y antes de que pudiera darme cuenta uno de los dedos de Daniel se posó suavemente sobre mis labios, como gesto de silencio. Yo me sonrojé, si era posible, todavía más. En un rápido movimiento se levantó y me desarmó, haciéndome perder el control de la situación. Sin despegar mi mirada de la suya, esperé su reacción. Y antes de poder hacer yo nada, él sostuvo mi rostro entre sus manos y me devolvió el beso. Esta vez fue apasionado, duro, feroz, salvaje, lleno de todo lo que llevábamos acumulado.

No pude evitarlo, y presa de mis sentimientos me agarré a su cuello con el mismo entusiasmo y determinación, rodeándolos por completo para atraer su cuerpo hacia el mio y no dejarle escapar. Atraje su cuerpo hacia el mio, queriendo establecer el máximo contacto posible, y tiré de él hasta que retrocedimos un par de pasos y mi cuerpo chocó contra la pared. Estaba atrapada en la más dulce locura, y habría matado a quien hubiese querido sacarme de mi cárcel. -Has tardado demasiado en hacer esto... -le susurré, siendo incapaz de usar más fuerza en mis palabras porque toda estaba siendo utilizada en mantenerme lo poco cuerda que podía. Volví a lanzarme a sus labios, con más control sobre mis actos, pero con la misma dulzura que había empleado en cada contacto. Dejé que nuestras bocas se fundieran en un beso durante unos pocos segundos más y volví a mirarle, esperando que la llama en sus ojos no se hubiese apagado. Ahora que había probado aquella droga, la quería toda.
avatar
InvitadoInvitado

Invitado el Vie Oct 31, 2014 6:53 pm

Sabía que la parte de los bombones iba a salir bien. Tan bien que no solo acabó Brisa degustándolos, sino que yo también, junto con los dedos con los que me dio a comer el bombón. Fue un momento extraño y no dejaba de querer que me tragase la tierra. Ya fuese a través de un tentáculo de fuego de la mano de alguna bestia de las profundidades más oscuras, como en El señor de los anillos, o mediante cualquier otro tipo de catástrofe; me hubiese bastado un simple terremoto que hubiese destruido solo la porción de suelo donde me encontraba.

Pero Brisa tenía otros planes y en un momento, me vi apresado en la silla por su cuerpo y mis labios en los suyos. Wow. El corazón me latía a dos mil por hora, pero tenía el cerebro aletargado y no podía articular palabra. Solo podía controlar mi capacidad motora. Así fue como plenamente consciente de mis actos, me dejé llevar. Le besé. Con ternura y muchos sentimientos muy reales que no quería sentir pero lo hacía, y también con ansiedad. Llevaba mucho tiempo controlándome, intentando ganar una batalla que en ese momento acababa de perder. En esos momentos, Brisa era tan mía como yo lo era de ella.

Cuando noté los brazos de Brisa en torno a mi cuello, mi instinto me llevó a bajar una de mis manos a su espalda. Me aferré a ella, atrayéndole hacia mi cuerpo, haciéndole mía, mientras seguíamos besándonos como si aquellos fuesen los últimos minutos en la tierra y quisiésemos aprovechar hasta el último segundo en brazos del otro. Me vi arrastrado por Brisa hasta la pared sin separar en ningun momento nuestros labios. Antes de que su espalda chocase contra esta, quité mi mano de su cuerpo y apoyé las dos en la pared a ambos lados de Brisa. No tenía escapatoria. Igual que ella había hecho conmigo un momento antes, Brisa no podía escapar. No sin obligarme a separarme de una pared que en ese momento era como si se hubiese fusionado a mi cuerpo.

Brisa separó en ese momento sus labios de los míos. Jadeando (hasta ese momento no me había dado cuenta de lo acelerada que era mi respiración) le miré con reproche. ¿Por qué se separaba? Yo quería seguirle besando. Daniel deja de ser infantil. Si no podéis respirar no os podéis besar. Examiné su rostro. No parecía estar al borde del infarto y eso me preocupó. ¿Y si no le había gustado el beso? No, no podía ser, ella nos había arrastrado a la pared… Cuando habló supe que no se trataba de nada de eso, pero tampoco me quedé totalmente satisfecho. Era complicado.

Desde la primera vez que había visto a Brisa en el hospital y nuestras miradas se habían cruzado había notado una sensación dentro de mí bastante intensa, como si estuviesen tirando de una polea hacia ella. Siempre había tratado de tener el mínimo contacto posible con cualquier mujer, pero con Brisa eso me había resultado prácticamente imposible. Cuando quería distanciarme, ella venía a mí. Asumí que no podía no tener ninguna relación con ella y pasó un tiempo hasta que me consideré mentalmente listo para asumir que lo nuestro era una amistad de lo más inocente; había sido lógico: nos llevábamos bien, eramos compañeros de trabajo, buenos sanadores y confidentes, más desde que le conté a Brisa lo de mi marca y ella dijo ser la hija de Kate. Pero ahora… ¿qué éramos ahora?

Brisa se lanzó a mí de nuevo antes de poder decirle nada. Cerré los ojos y me entregué, pero aquel beso no era como el anterior, sino más calmado y controlado. Aun así, lo disfruté con cada célula. Cuando nos separamos, suspiré y bajé mis brazos de la pared. Aun notaba en mí los restos de la adrenalina tras el repentino impulso por besarle tan intensamente, pero no era igual que antes. Calmado aunque algo derrotado bajé mi cabeza hasta apoyar mi frente en la suya.

- Y todo por ti. – susurré con los ojos cerrados, inhalando con todos los sentidos su delicioso aroma. Era cierto. Solo Brisa podía haber conseguido algo con lo que a mis espaldas otras mujeres habían soñado: mi corazón. No le estaba culpando, y tampoco era como si estuviese dándole las gracias. No dejaba de sentir el miedo en mis venas al pensar en qué pasaría con Brisa si se enterase quien no debía. – Esto no está bien. No deberíamos haber hecho esto. ¿Sabes a la cantidad de peligros a los que te verás expuesta si se enteran? – suspiré. No tenía que decir quienes, ella se lo imaginaría. Separé mi cabeza de la de ella y le miré de frente, haciendo con dos dedos en su barbilla que alzase la cabeza para mirarme a los ojos. – Aun así, mentiría si dijese que me arrepiento. – le besé. Apenas fue un roce de nuestros labios, impregnado con toda la dulzura que fui capaz. Cuando me separé, liberé mis dedos de su barbilla y me quedé mirándole a los ojos hundiéndome en ellos. – No quiero separarte de mí. – mi cabeza se desplazó a su cuello lentamente. Sonreí al ver como se le erizaba el vello al respirar sobre su piel. Le besé en el cuello justo debajo de la oreja. – Te necesito. – Era cierto. Le necesitaba. Aunque eso implicase convertirme en su sombra para evitar que le pasase algo malo. Pero eso ya se vería. Por el momento, mi única preocupación fue mover mi cabeza al otro lado de su cara y darle otro beso exactamente igual en ese lado del cuello, debajo de su otra oreja.
avatar
InvitadoInvitado

Contenido patrocinado

Contenido patrocinado

Página 1 de 2. 1, 2  Siguiente

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.