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Cena para dos [Brisa S. Gallagher]

Invitado el Lun Oct 20, 2014 6:22 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Después del ataque en el valle de Godric, Brisa me había llevado a su casa y había cuidado de mí, atendiéndome lo mejor que pudo. ¿Y yo qué hice? Huir en cuanto tuve la menor oportunidad. Era cierto que me ponía nervioso intimar demasiado con una mujer... pero ella era una colega, nos conocíamos del hospital y conocía mi secreto. Pero de pronto había sentido miedo, y el miedo a veces nos lleva a actuar impulsivamente. Me había sentido muy cómodo en su presencia. Demasiado. Y hacía tanto tiempo que no me sentía así...

En ese momento no pensé demasiado en las consecuencias, simplemente actué. Poco después me dí cuenta de lo mucho que había metido la pata. Hasta el fondo. Precisamente porque me costaba abrirme a las mujeres era por lo que tenía que haber cuidado mi relación con Brisa. Estaba bien establecer límites, claro, pero no había que ser extremistas ni cobardes. Eres un hombre, actúa como tal. Eso me decía mi padre. Y aunque ya tuviésemos relación alguna desde muchos años atrás ni pensase en él como tal, en eso justamente tenía que darle la razón. Tenía 34 años, no era ningún crío. Era un hombre. Debía actuar como tal.

Aun así es mucho más fácil pensar las cosas que hacerlas, y durante días había permanecido delante de la oficina de correos de Hogsmeade, sacando de quicio al personal que no sabían ya si de verdad quería algo o estaba allí simplemente por molestar. Y por fin me había decidido. Pese a haber estado pensando en las palabras exactas que quería poner en mi carta, cuando llegó el momento de coger tinta y pergamino fue como si me hubiese convertido en uno de mis pacientes con daños cerebrales. No podía articular bien las palabras ni los pensamientos. Lo que en mi mente era un pergamino con letra elegante y cuidada explicando coherentemente los motivos de mi conducta se había convertido en una porquería, un montón de líneas torcidas y tachones, con letra escrita nerviosa y apresuradamente. Mientras veía volar la lechuza me preguntaba si Brisa entendería algo de aquel desastre... Pero lo hizo. Recordé lo que me había dicho Elia alguna vez, eso de que las mujeres son más listas que los hombres. Sabía que me lo decía por molestar pero en ese momento no pude evitar pensar que quizá tuviese parte de razón. Si a mi me llegase un pergamino con semejante caligrafía me faltaría tiempo para lanzarle un encantamiento que hiciese más legible la letra. Para mi sorpresa Brisa no estaba enfadada. Al menos en su carta no lo parecía. Las manos me habían temblado de alivio e incluso se me escapó una risa nerviosa cuando leí la parte de los bombones.

Al día siguiente, había salido con Tyler y me había ido parando en todas y cada una de las pastelerías de la zona, comprando (ante el atónito ojo del pastelero o pastelera) el bombón más suculento que tuviesen. Había hecho un encantamiento a la bolsa donde los iba guardando para que no se derritiesen, era un consuelo ver que al final había hecho bien los deberes con algo. Finalmente, cuando tuve todos los bombones regresé a casa, vacié la caja de bombones que tenía escondida para Elia en un armario de la cocina (no era gran cosa, solo quedaban dos porque la gorda de mi hermana se los comía cuando creía que no miraba). Comencé a rellenar los huecos de los bombones; mientras lo hacía me maravillaba de la suerte que tenía: había conseguido doce bombones y en la caja había doce huecos. Por eso casi me da un ataque cuando vi que no, que tenía once bombones. Al principio busqué en el suelo, seguramente se hubiese caído, pero cuando vi la mirada de profunda inocencia que me devolvía Tyler di finalmente por perdido el último bombón. Tuve que hacer la chapuza del siglo y volver a sacar uno de los dos bombones que antes había sacado. A grandes males...

Guardé la caja de bombones en el frigo hasta que llegó el día de mi reencuentro con Brisa. Había estado muy nervioso desde primera hora de la mañana, recogiendo la casa para que pareciese algo decente. Metí la ropa echa una bola en el fondo del armario, eché los juguetes de Tyler a un lado para que no quedasen en medio del salón e incluso limpié el polvo de la casa y regué las plantas con agua. Nada como estar nervioso para que me cunda el tiempo. Lo gracioso fue pensar en el menú: en mi despiste, se me había olvidado que me tocaba cocinar la cena. Supuse que a Brisa no le importaría comer nuggets de pollo recién descongelados del frigorífico, pero quería no ser tan predecible por una vez. Si quería que ella no albergase rencores hacia mí tenía que hacerlo bien; los bombones habían sido algo así como su condición así que no contaban. Lo bueno de ser un aficionado a la tecnología muggle es que tenía un portátil con conexión a internet y así pude echar un vistazo a los platos de cocina que más agradaban a todo el mundo y tuviesen una presencia decente sin ser demasiado complicados. Por extraño que pudiese parecer, era igual de bueno para las pociones que malo para las comidas.

Cuatro horas después, a falta de una para que Brisa se presentase en casa, tenía ya listos los espaguetis, la merluza al horno y los aperitivos (nada fuera de lo común, canapés, langostinos y unos snacks variados). Cuando recogí el desastre en que se había convertido la cocina, con apenas media hora restante, aún tenía que ducharme y afeitarme. O solo a ducharme, adiós al afeitado. No pude parar a pensar mucho en la ropa y elegí un conjunto de pantalón y chaqueta con una camisa blanca simple por debajo. No era nada especial pero la chaqueta le daba el toque de gracia y como en casa empezaba a refrescar era el toque perfecto. Elegante pero informal.

Cuando sonó el timbre, estaba perfectamente peinado y vestido y mi barba (que empezaba a convertirse en habitual) igualmente recortada y pulcra. Antes de abrir la puerta, Tyler ya estaba olisqueado por debajo. Puse los ojos en blanco cuando vi que se ponía nervioso y su rabo se movía a un ritmo frenético, aunque me sequé el sudor de las manos en el pantalón antes de apoyar la mano en el pomo de la puerta y girarlo para abrir.

- Buenas noches Brisa, gracias por venir. - me hice a un lado para que pasase mientras mi perro no hacía más que dar brincos de un lado a otro, loco de contento. No pude evitar mirar a Brisa de arriba abajo. Estaba tan estupenda como siempre. - Estás... estás preciosa - dije mientras cerraba la puerta con una mano y con otra me separaba la camisa de cuello. ¿Es normal tanto calor? Quizá me haya pasado y la chaqueta no fuese tan buena idea...
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Invitado el Sáb Nov 01, 2014 8:05 pm

La pasión se desató, primero de manera lenta, sutil e incluso infantil. Era pura y estaba llena de esperanza, de amor retenido, de dulzura, como si alguno de los dos tuviese miedo de hacerle daño al otro. Luego vino una ola de pasión, iniciada por Daniel, en la que ambos dimos rienda suelta a nuestros sentimientos. Fue como fuego ardiendo por dentro, todo lo que llevaba tanto tiempo deseando hacer por fin se vio hecho realidad, como un sueño. Mis labios acariciaban los de Daniel con pasión, buscando su calor y su consuelo. Ardía de pasión, pero me quemaba con justo al estar tan cerca de él. Mis manos sobre su cuello, las suyas sobre mi espalda dibujando lineas de fuego. Estaba sedienta de él, y cuanto más bebía, más quería. Distinguía aquella ocasión del resto con mucha claridad, estaba completamente segura de que Daniel no era como el resto. Solo con él se me salía él corazón del pecho, solo con él me sentía querida, solo él me hacía sentirme viva. Me estaba volviendo dependiente por segundos.

Me sentía intocable en la cárcel de los brazos del sanador, pero tuve que separarme por unos instantes para recuperar el aliento que me había quitado. Sonreí, traviesa pero dulce, mirándole con los ojos como luceros y el corazón en la mano. Era suyo, no podía negarlo. Le quería. Repetí un beso, suave y breve, y dejé que él hablase, esperando que sus palabras coincidiesen con lo que yo quería oír. Él, jadeando y exhausto, dejó caer sus brazos y apoyó su frente contra la mía. Volvía a perderme en su olor, en el ritmo acelerado de su respiración. Le observé cautelosa, esperando su reacción. Todavía estábamos intentando controlar aquel fuego.

Cuando por fin articuló palabra, parecía asustado y rendido. Como si llevase mucho tiempo evitando que esto pasase, y finalmente no lo hubiese conseguido. Hasta que llegó la odiosa frase de "esto no está bien". Matar no estaba bien, odiar tampoco; pero amar y ser correspondido era la cosa más maravillosa que te podía pasar. Esto no estaba bien, sino que era mucho más de que lo que la mayoría de la humanidad aspiraba. Había pasado por muchas manos, muchos hombres cuyas miradas habían quedado en el olvido. Todos querían usar aquellas manos para tocarme, pero ninguno para sostenerme. Pero ahora estaba sobre las manos de Daniel, y no solo era capaz de sostenerme. Era capaz de elevarme.

Después de escuchar sus palabras, una sonrisa invadió inexplicablemente mi rostro, y mis manos se elevaron hasta alcanzar su rostro, para sujetarlo con dulzura mientras le miraba fijamente. -Prefiero compartir contigo el miedo de que algo malo pudiese pasar... -empecé la frase, acariciando su mejilla rasposa con amor. -...a vivir sola con el miedo de no poder pasar mi vida a tu lado. -corrían tiempo peligrosos, los seguidores de Voldemort cada vez se manifestaba más por las calles de la ciudad y el pánico empezaba a hacer mella en la gente. Nadie podía saber hasta que punto podía disfrutar de su vida en aquella situación, y si me quedaba poco tiempo, lo daba todo para que las agujas del reloj se siguiesen parando cada vez que nos besábamos. ¿No entendía que aquello era vital?

A pesar de todo, Daniel parecía tan perdido en mi como yo lo estaba en él. Aquellos besos en el cuello me enloquecían, y hacían que fuertes escalofríos recorriesen mi cuerpo desde mis pies hasta mi cabeza. -Entonces no te separes de mi... -le pedí, suplicándole más de lo que solo él sabía darme. Quería decirle muchas más cosas, pero creía que todo lo que pasaba por mi era más fácil de expresar con hechos que con palabras. De nuevo conteniendome, dejé que mi mano subiese por su pecho sutilmente, hasta llegar al cuello de la camisa para desabrochar un par de botones. Deslicé mi rostro hasta que mi aliento cálido chocó contra su cuello y dejé un rastro de suaves besos sobre su piel, que estaba casi tan caliente como mis labios. Mis manos se movieron entonces a su espalda, animándole a pegarse más a mi. No quería que aquello terminase nunca.
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Invitado el Sáb Nov 01, 2014 9:23 pm

Si alguien me hubiese dicho al principio de la noche, cuando todo apuntaba a que Brisa se marcharía de casa en mitad de la cena porque no aguantaba más, que la joven sanadora y yo terminaríamos besándonos, lo más probable era que le hubiese mirado con la mayor cara de incredulidad del mundo y lo hubiese tomado por una mentira. Pero más tarde tendría que haberle dado la razón. No solo había sido Brisa quien incapaz de contenerse, me había besado. Después había sido yo quien había ido a buscar sus labios, como si la fiera que dormitaba en mi interior hubiese despertado de un largo letargo.

Terminamos contra la pared, donde Brisa nos había arrastrado mientras en ningún momento dejábamos de besarnos. Ninguno habló durante un momento, los actos expresaban más que las palabras y estas podían estropearlo todo. Pero Brisa terminó separándose, dejándome como a un vulnerable bebé a quien le quitan el biberón de las manos cuando aún no ha saciado su hambre. No quería que se separase, quería seguir besándole. Quería que mis labios tocasen cada parte de su piel. Quería que cada parte de su cuerpo estuviese marcada por mí, haciéndole mía.

En cierto modo Brisa me sacó de mi frenetismo con sus palabras. Dijo que había tardado demasiado en hacer eso, algo que realmente había sido por ella. Hubiese sido imposible que cualquier otra mujer consiguiese abrirse paso a través de mi coraza e hiciese que yo volviese a plantearme en tener relaciones con una mujer. Brisa siempre me habría parecido atractiva, no solo por su joven y fresca belleza. Había sido como una conexión. Y había conseguido que conectásemos como amigos,antes de conectar como estábamos haciéndolo esa noche. Todo por ella. Pero no todo era de color de rosas, no con alguien como yo. Intenté hacerle ver una vez más los peligros a los que se expondría si alguien que no debía se enteraba; bastante tenía con ser hija de su madre, no le hacía falta estar saliendo además con un exmortífago; en ese sentido, la prohibición de relaciones entre sanadores del hospital parecía un chiste, siendo yo además era el director. Pero Brisa no escuchó. Me tomó de la mejilla de forma muy dulce, tanto que cerré los ojos ante su tacto para disfrutar el doble de esa sensación. Desde hacía tiempo me había sentido incómodo en presencia de mujeres y no había llevado bien que invadieran mi espacio físico... pero esa noche con Brisa, quería que ella me invadiese de todas las formas posibles.

Su frase fue muy bonita y se me quedaría grabada en la cabeza por mucho tiempo. Fue como si estuviese sacada de una película, en la típica escena en que el protragonista masculino perseguía cielo y tierra para conseguir a su amada sin importar las consecuencias solo que aquí los papeles estaban invertidos. Yo no el heroe, lo era Brisa. Yo solo pensaba en el daño que me haría que le pudiese pasar algo malo a MI sanadora por MI culpa. No se lo dije, sino que le besé aun conmovido por sus palabras, pero sus miedos de verse sola podían hacerse realidad más fácilmente de lo que ella pensaba: tan solo hacía falta que el siguiente mortífago que me encontrase no errase el tiro de su varita.

De besar sus labios pasé a besar su cuello, ebrio de ella. Mis besos se motivaban cada vez más viendo como a ella le gustaba. Sin pensarlo, mi boca se abrió y le dije lo mucho que le necesitaba a mi lado y que no quería que se separase de mí. Aun mientras besaba su cuello ella me dijo que no me separase de ella. Noté como una de sus manos iba hacia mi cuello y me desabrochaba la camisa. Mi instinto me decía que le cogiese en brazos y le tirase al sofá, pero me salvó Tyler, que aun seguía allí estirado y profundamente dormido, ajeno a lo que pasaba a su alrededor. En su lugar, contenido, seguí besándole siguiendo la trayectoria del cuello hasta donde se juntaba con el pecho, dándole pequeños besos y rápidos para dejarle con ganas de más. Mi propósito de aquella noche era marcar con la saliva de mis labios cada célula de su cuerpo.

Mientras yo hacía eso, Brisa me besaba por el cuello, haciendome estremecerme de excitación. Llevó sus manos a mi espalda, obligándome a apretarle más contra mí. Mi instinto cada vez me obligaba más y más a dejar los preliminares y empezar la acción, conforme me sentía más y más excitado y la presión en mis pantalones era cada vez más notable. Pero la cabeza me decía que me contuviese e hiciese las cosas bien, que no me dejase desatar y fuese despacio. Aun así no me había dado cuenta de que le había separado de la pared para atraerle hacia mí y la tenía firmemente abrazada con las manos en la espalda al aire libre que dejaba su vestido. Un vestido cuya cremallera estaba peligrosamente cerca de mis manos y de la que me podía librar en un momento si no me controlaba...

Entonces separé mi cabeza unos milímetros de ella, con mis manos aun en su espalda atrayéndole a mí y notando la presión insistente en mis pantalones. O lo hacía en ese momento o no podría hacerlo nunca. Le miré a los ojos y sonreí con ternura y cariño, feliz, sin restos de la sombra que normalmente oscurecía los míos.

- No tan rápida fierecita. Como sigas así no voy a poder parar. - No quería que las cosas fuesen demasiado deprisa pero tampoco quería que se fuese de casa. Aquel postre era el manjar más dulce que había probado en años y no me había cansado de tenerlo en mi boca. Quería seguirlo saboreando. Un mechón le cayó delante de la frente y retiré una mano de su espalda para cogerlo con dos dedos y colocárselo detrás de la oreja; ya lo había hecho algunas veces con Elia, pero aquella vez era distinto: Brisa no era mi hermana, era mi amiga. O ahora más que eso. Entonces caí en la cuenta de algo y reí. ¿Cómo poner una fachada de profesionalidad en la cara la próxima vez que viese a Brisa en el hospital? Estaba seguro de que iba a resultar imposible. - ¿Qué vamos a hacer la próxima vez que nos veamos en el hospital? - le dije divertido, acariciando la línea de su mandíbula con uno de los dedos con que le había retirado el pelo de la cara y llevándolo hasta sus labios. - Pero supongo que tiene una gran ventaja en ese sentido señorita Gallagher. Lo bueno del director del hospital es que él controla las reglas. Así que si él quiere hacerle esto - le besé en la frente; si lo hacía en los labios no me creía capaz de controlarme. ¡Y demasiado autocontrol estaba teniendo! - perfectamente puede. - Volví a colocar mi mano en su espalda, evitando así que se librase de mí.
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Invitado el Dom Nov 02, 2014 4:38 pm

A pesar de que la noche había empezado fría y difícil, un impulso interior que se llevaba apoderando de ambos lentamente desde el momento en que nuestras miradas se habían cruzado por primera vez, nos hizo ir acercándonos cada vez más, con excusas y disculpas, hasta que finalmente nuestros labios se juntaron por primera vez. A ambos nos había costado darnos cuenta de lo mucho que nos necesitábamos, pero una vez que yo di el primer paso en falso y encontré apoyo en Daniel, las cosas vinieron solas. Sus labios sobre los míos, arrancándome el aliento y la cordura, dejándome sumisa y entregada a sus caricias. No quería caer en sus encantos, pero era una ley física, empírica. No puedes evitar que una manzana madura no caiga al suelo, igual que no podía evitar caer rendida en los brazos de Daniel.

Cada movimiento fue sutil, delicado y pasional. Puede que visto desde fuera pareciese la escena más torpe y desordenada de la historia, pero desde dentro todo fluía, y era simplemente maravilloso. Quería decirle lo mucho que me gustaba su sonrisa, sus andares cuando pasaba por delante de mi en el hospital, la manera en la que me quedaba embobada cuando me sonreía, incluso si me estaba regañando indirectamente por haber metido la pata con algún paciente... Por un momento pensé que lo más bonito de él era la manera que tenía de besarme, y no hay nada más bonito que unas palabras que describan un bonito desorden; pero claro, luego le vi sonreír, y a ver quien le dice a esa sonrisa que hay algo más bonito.

Entre arrebatos y locuras llegamos a estar pegados a la pared, sin poder escapar el uno del otro. Sus palabras en mi oído eran como poesía, que me enamorada cada segundo un poco más. Los besos en el cuello hacían que mi temperatura corporal se elevase, que mi cabeza cada vez fuese menos consciente de hasta que punto estaba llegando aquella situación. Pero no quería pensar, solo quería poder seguir llenando su piel con besos, que la noche cayese sobre nosotros sin que nosotros nos diésemos cuenta.  

Puede que pecase de impaciencia, o de inconsciencia, pero siguiendo mis instintos le desabroché el cuello de la camisa y le atraje más hacía mi, para empaparme de su olor y del calor de su cuerpo. Mis piernas, inquietas, no podían dejar de rozar las suyas, rodeándolas para mantenerlo junto a mi, para no dejarle escapar jamás. Quería liberarlo de su ropa, no solo para contemplarle de aquella manera tan atractiva, sino para evitar que cualquier cosa, por fina que fuese, se interpusiese entre nuestros cuerpos. Pero me contuve, si todavía podía llamar razón a algo de lo que pasaba por mi mente. Cada centímetro de Daniel me volvía loca.

Finalmente, gracias a esa capacidad del sanador de mantener la cordura mejor que yo, nos separamos un par de centímetros, llamando a la calma. Me susurró que me contuviese, porque si no lo hacía yo, él no iba a poder parar. ¿Pero por qué debíamos contenernos? ¿Estaba mal lo que hacíamos? Yo no quería parar, pero lo hice por él, para dejarle hablar y escuchar lo que tenía que decirme. Me retiró con dulzura un mechón rubio que caía sobre mi rostro, y yo le sonreí con ternura. -Iré a visitarle a su despacho, por los pasillos fingiré no morirme por sus huesos lo mejor que pueda, y le esperaré cada tarde en el almacén si es lo que desea...-dije respondiendo a su pregunta de manera traviesa. Yo todavía era una joven alocada, con ideas arriesgadas y buscando la excitación de lo prohibido. Llevaría a Daniel a mi campo, y jugaríamos juntos a mis juegos. Estaba segura de que le gustarían tanto como a mi. Sobretodo porque no se quedaban en lo banal y superficial de una relación. Lo que sentíamos era más que mera atracción sexual. -Lo que sea con tal de que esto no termine. -susurré con algo de miedo en la voz.

-Te preocupas demasiado. -concluí, dejando que mi cabeza cayese sobre su hombro. Yo prefería vivir el riesgo y la aventura, mientras que él no dejaba de preocuparse por lo que pudiese pasar. Mi única preocupación ahora que le tenía, era perderle para siempre. Le abracé con amor, rodeando su cuerpo por la cintura y dejando que mi rostro se hundiese en su pecho. Era el mejor sitio en el que había estado en mucho tiempo. -Antes de venir hoy a tu casa estaba sola, sin una meta clara en la vida. Lo más bonito que he oído en meses es el maullido de Sam cuando llego a casa. -confesé, con voz suave. -Me has devuelto la luz, Daniel. -su nombre sonó como una sonata de primavera en mis labios. Decidí no decir nada más, y conservar el momento tan bonito que estábamos compartiendo. Si él no estaba preparado para dar un paso más, no sería yo quien lo diera, aunque me estuviese muriendo por ser suya una sola noche. Me importaba más su felicidad.
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Invitado el Dom Nov 02, 2014 11:52 pm

Al principio fue un beso. Me acorraló en la silla e hizo que no pudiese escapar, y entonces lo hizo. Fue breve pero lleno de significado. Suficiente para que todos los esfuerzos que llevaba haciendo tantísimo tiempo demostrasen no valer para absolutamente nada cuando me levanté y le besé con la urgencia de un hombre que había estado tratando de evitar aquello durante muchísimo tiempo pero que en el fondo, lo había ansiado desde el fondo de su corazón.

Ninguno de los dos frenamos durante un momento, cada uno dando rienda suelta a la pasión y a los sentimientos con tan solo un simple beso que nos estaba dejando sin respiración. El momento mágico se rompió cuando la sanadora se separó. Había terminado el momento de los actos, había llegado el momento de las palabras. En el fondo una parte de mí deseaba que aquel beso no hubiese terminado nunca, al igual que no deseaba que aquella noche, aquella cena con ese postre, no llegasen nunca a su fin.

Intercambiamos palabras y le hice saber a Brisa que era una imprudente por arriesgarse así con alguien con mi pasado. Quizá fuese un imprudente y hablase la locura del momento, o quizá le hubiese abierto mi corazón como nunca antes lo había hecho cuando le dije que no quería que se separase de mí, que le necesitaba a mi lado. No podía no mirarla, y solo el hecho de tener mis labios separados de cualquier parte de ella me resultaba un esfuerzo doloroso y casi imposible. Por fin había caído preso de su embrujo, un embrujo que hacía que lo único que desease en ese momento fuese marcar con mis labios cada centímetro de su piel. ¡Al diablo las palabras!

No podía ni quería parar, pero sabía que así no se hacían las cosas. No había que sellar aquello de forma rápida e impulsiva aunque hubiese sentimientos y pasión. Aquello implicaba un proceso y una preparación, como la cena que había estado todo el día preparando y el postre que me había llevado días reunir. Me obligué a parar, ignorando mis instintos, quienes me decían que Brisa era mía y que como tal debía poseerle; si no paraba en ese momento, no pararía nunca. Le retiré delicadamente un mechón de la cara, con mi otra mano aún en su espalda atrayéndole a mí mientras me preguntaba qué pasaría a partir de ahora en el trabajo y cómo tendríamos que actuar. Reí con su respuesta mientras mi mano volvía a su espalda, donde debía estar: tocando su cuerpo, cubriendo toda la piel posible e impidiendo que se separase de mí.

- ¿Acaso es un desafío? - bromeé con media sonrisa traviesa cuando mencionó lo de encontrarnos en el almacén. Era un cuarto no demasiado grande, oscuro y en invierno algo húmedo. Aunque tenía su punto, prefería mejor otro sitio. Como mi despacho. Grande, espacioso, luminoso, con butacas cómodas y una mesa a la que le vendría bien romper el dinamismo y soportar el peso de algo que no fuesen plumas, tinteros y expedientes de pacientes. - Pero eso será si te dejo salir de mi despacho. Tengo unos informes que necesitan ser revisados. - le guiñé un ojo y apoyé mi mejilla en su cabeza. Suspiré con los ojos cerrados, inhalando su aroma.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro y me relajé. Daba igual que estuviésemos en casa. Si hubiésemos estado en la de ella, en la caseta del guardabosques de Hogwarts o en una estación de metro abandonada llena de humedad y ratas. Estar con Brisa significaba estar en casa. Eso era precisamente lo que me daba tanto miedo, y era en momentos como ese, en que bajaba la guardia y simplemente disfrutaba el momento, en que más lo pensaba. Brisa pareció notar algo, pues dijo que me preocupaba demasiado. Iba a replicar cuando siguió hablando, así que callé y escuché, acomodando mejor mi mejilla en su cabeza y aferrando con más fuerza mis manos a su espalda. Brisa dijo que le había devuelto la luz, que antes estaba sola. Lentamente, levanté la cabeza y moví mis manos para coger sus mejillas entre estas. Le hice mirarme a los ojos.

- Tú sí que me has devuelto la luz. No te imaginas lo solo que he estado estos últimos años. - No le había hablado de Lenore a Brisa pero no creía que ahora fuese el momento oportuno. Hablarle ahora de la mujer a la amé con cada célula de mi ser probablemente rompiese la magia del momento. Lo entendía. Yo me sentiría igual si de repente Brisa se pusiese hablar de sus otras parejas; era joven y guapa, atrevida y desenfada. Seguro que había tenido bastantes parejas antes que yo. En cierto modo me sentía celoso, pero solo me bastaba una mirada a esos ojos para darme cuenta de que daba lo mismo si había salido con dos chicos o con veinte antes que yo. El pasado no importaba, sí el presente. Y ella era el mío. - ¿Cómo quieres que no me preocupe? Eres uno de los pilares de mi vida. Sin ti mi vida se derrumbaría.

Le besé en los labios dulcemente, pero la urgencia y el ansia me hizo aumentar el ritmo. Entonces paré de repente y me separé de ella. Le observé a los ojos unos segundos mientras me humedecía los labios con la lengua. Y entonces, me separé definitivamente de ella. Al menos nuestros cuerpos.

- Odio estropear el momento, pero se está haciendo tarde. - le señalé con la cabeza el reloj de pared de la cocina, visible desde donde nos encontrábamos. Marcaba la una de la mañana. ¿Adónde había ido a parar el tiempo? - Lo malo de ser tu jefe es que sé cuando entras a trabajar. Mañana te toca turno de mañana, deberías estar durmiendo. - Le miré como lo haría un padre cuando le reprocha algo a su hijo, aunque en mis ojos no había cariño paternal sino de otro tipo. Cuando vi su cara hablé antes de que pudiese responderme - Pero no te voy a dejar ir a casa sola a estas horas, ni en sueños.

Le guié hasta mi dormitorio y le indiqué que escogiese la camiseta o sudadera que mejor le pareciese para dormir; supuse que no querría dormir con el vestido y arrugarlo, sudarlo o estropearlo de cualquier manera, con Elia también me pasaba alguna vez y estaba acostumbrado. Le dejé su espacio, cerré la puerta del dormitorio y regresé al salón. Miré la caja de bombones con una sonrisa. Aún había más de media caja llena y aun así el bombón que había probado me había sabido más dulce que el más delicioso del mundo. Con cuidado, cerré la caja y la devolví al frigorífico. Recogí la mesa y, con todo listo, aproveché que no me veía Brisa para echar mano de mi varita y dar una sacudida con ella. Al segundo, los cubiertos y los platos comenzaron a lavarse solos.

Fui hasta el sofá donde estaba Tyler; con el ruido de los platos se había despertado aunque estaba algo atontado. Me senté en el borde del sofá justo junto a mi peludo amigo y le acaricié con una mano detrás de las orejas con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¡Menuda noche te has perdido amigo!

Entonces oí el ruido de una puerta que se abría y me giré para ver a Brisa debajo de la puerta con una camiseta de manga larga, de las pocas que tenía limpias en el armario. Dejé a Tyler hacerse el dueño del sofá y me incorporé para contemplar a Brisa en todo su esplendor antes de meterme en la habitación a cambiarme. Me olvidé intencionadamente de cerrar la puerta y cuando minutos después estaba con el pijama puesto, al mirar a la puerta vi que Brisa estaba mirándome. Le sonreí y le invité a acomodarse en la cama mientras echaba un último vistazo a la cocina, donde ya habían terminado de lavarse todos los platos, y le daba una caricia de buenas noches a Tyler, que había decidido que el sofá era cómodo y no merecía la pena levantarse.

En la habitación me tumbé en la cama junto a Brisa, de lado para poder observarle aunque dejándole su espacio. Estuvimos hablando un rato hasta que ella se quedó dormida. Me pasé la siguiente hora observando su gesto de paz y su respiración calmada hasta que como si hubiese sido un sedante, yo también me dormí.
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