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Dark Corners [Brad Forman]

Stella Moon el Miér Oct 22, 2014 6:39 am

Me Aparecí en un rincón oscuro del callejón Knockturn, donde siempre suelo Aparecer cada vez que tengo que hacer una visita a aquel siniestro lugar. El callejón oscuro era de mi agrado, pues aquel ambiente peligroso era lo que siempre solía atraerme de lugares como ese, pero la verdad es que iba allí porque no me quedaba de otra. Todo el mundo mágico sabe que la gente que ronda por estos rincones tira a ser del lado oscuro, si los Aurores hiciesen una redada estoy segura de que todo el mundo iría a Azkaban por una cosa o por otra, incluída yo. Deberían cambiar el cartel de la entrada al callejón por uno en el que pudiese "Callejón Mortífago: Todo el mundo sirve al Señor Oscuro o quiere hacerlo está aquí dentro."

En fin, hoy no estoy aquí precisamente por diversión, sino por necesidad. Me puse a caminar por el callejón estrecho y oscuro hacia uno de mis destinos. Iba vestida como la mayor parte de la gente que acudía a aquel lugar, con una larga túnica negra con capucha que ocultaba más o menos mi rostro; la oscuridad se encargaba del resto. Por debajo de la túnica llevaba mi ropa habitual: unas mayas negras, un tío morado que era uno de mis favoritos, una cazadora de cuero negra muy femenina y mis botines de tacón negros favoritos, que hacían que mis pisadas hiciesen eco al caminar.

Me dirigí a una de las tiendas del callejón y entré en ella. Era una tienda de ingredientes para opciones que no se suelen encontrar en muchos sitios, pues o son muy peligrosos, muy raros, o está prohibido su tráfico. Las hierbas que quería comprar no estaban prohibidas, pero sí que eran muy raras. Eran hierbas que tenían muchos usos, y el más común era para hacer un té completamente inofensivo. Pero si sabías cómo mezclarlo con los ingredientes adecuados tenías la receta para el veneno perfecto, completamente letal, y que no dejaba rastro.

El dependiente de la tienda me preguntó que qué quería. No dije nada, simplemente le tendí una nota con el nombre de las hierbas (que era largo y difícil de pronunciar) y el anciano con pintas raras asintió y fue a buscarlas. Dos minutos más tarde apareció con una bolsita llena de las hierbas, era justo la cantidad que necesitaba. Le di el dinero que le debía (esas hierbas costaban un ojo de la cara) y entonces me di la vuelta, guardé la bolsita en mi bolsillo, y me largué de la tienda por donde había venido.

Había otra tienda que tenía que visitar, así que me adentré más en el callejón. Parecía estar solitario, pero vi que no era así cuando un grupo de magos mayores que yo y aparentemente muy borrachos se cruzaron en mi camino, impidiéndome el paso. Al verme algunos silbaron y otros dijeron algunas cochinadas. Puse los ojos en blanco. Me encantaba que los hombres me piropeasen y que me dijesen cosas algo obscenas de vez en cuando, pero estos tipos eran una pobre excusa del género masculino. Tratando de no perder la paciencia caminé hacia ellos; iba a seguir mi camino costase lo que costase. Algunos tuvieron el sentido común de apartarse, pero otro se veía que era un gran imbécil y me cogió del brazo. En menos de un segundo aquel gran insensato se vio estampado contra el muro a su lado con tal fuerza que el golpe le dejó inconsciente, y algunos trocitos de la pared se desprendieron y cayeron sobre él. Los demás se apartaron inmediatamente, dejándome el camino totalmente libre. Sonreí con falsa dulzura y les guiñé el ojo antes de pasar por encima del cuerpo inconsciente de aquel idiota que se había desplomado a mis pies, y continué mi camino tan contenta. Esperaba no encontrarme más compañía molesta, aunque he de decir que patear a capullos idiotas era uno de mis pasatiempos favoritos.
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Invitado el Jue Oct 23, 2014 4:22 pm

Poco antes de salir del trabajo había recibido una lechuza con una carta con la pulcra y elegante caligrafía de mi madre. En ella decía que me pasase por el callejón Knockturn a comprar un ingrediente que necesitaba con urgencia para una poción. Mi primera reacción fue arrugar el ceño. El callejón Knockturn no era uno de mis sitios más predilectos; todas las veces que había estado allí habían sido por obligación porque así lo ordenase el Señor Tenebroso. Lo de mi madre era toda una novedad.

Sabía que últimamente había habido discusiones entre uno de nuestros vecinos y mi madre, pero no podía imaginar a qué punto habrían llegado para que mi madre me pidiese que comprase con urgencia garras de arpía. ¿No sería más fácil ponerse la máscara, colarse por la ventana y lanzar un Avada Kedavra simplemente? En su lugar, yo hubiese hecho eso. Más rápido, más sencillo, mismos efectos. Pero eso no era algo que se le pudiese decir claramente a mi madre, claro. Sin otra opción, me eché la capa sobre los hombros y la capucha sobre la cabeza cuando salí del Ministerio y me desaparecí.

Me aparecí en un punto oscuro del callejón, en un hueco que había entre dos tiendas no más grande que dos cajas pequeñas pegadas la una junto a la otra. Cuando entraba en la tienda salía una auténtica belleza de piernas largas. Me quedé quieto con la puerta abierta unos instantes, mirando su figura de espaldas, el gracioso movimiento de su melena castaña y el contoneo de sus caderas al caminar. Un carraspeo procedente del interior de la tienda me espabiló. Dejé de mirar a la mujer y entré en la tienda, cerrando la puerta y olvidándome al instante de la chica.

Unos minutos después salía con las garras de arpía metidas en el bolsillo interior de mi capa y con unos cuantos galeones menos en el bolsillo. Eché a andar por el callejón; mi intención era desaparecerme de allí un poco más adelante. Sin embargo, poco antes de llegar a mi destino me topé con unos tipos con unas pintas indeseables que hicieron que me tapase mejor con mi capa. No quería que su asquerosa mugre echasen a perder mi precioso y carísimo traje que llevaba justo debajo de la capa. Pero los mugrientos no me prestaron demasiada atención, estaban demasiado ocupados agachados sobre otro de ellos, uno que estaba en el suelo. Pasé por delante de ellos sin decir nada, apenas prestando atención a como me miraban con curiosidad y confusión al pasar por su lado sin hacerles caso. No dejaba de preguntarme qué habría pasado.

Un poco más adelante conseguí ver una larga melena castaña y un contoneo de cadera entre la espesa oscuridad característica del callejón. Me quedé quieto un momento. Era la chica que había salido de la otra tienda antes que yo. ¿Habría sido ella quien tumbó al otro tipo? Probablemente. Movido por la curiosidad y el instinto, me ajusté bien la capucha sobre la cabeza y seguí a la mujer sigilosamente a través del callejón, tratando de no hacer ruido con mis pisadas para que no me oyese.
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Stella Moon el Vie Oct 24, 2014 7:15 am

No parecía que fuese a tener ningún incidente después del encuentro con aquellos descerebrados del callejón. No es que me importase mucho, pues si algún otro se me cruzaba por en medio le apartaría de mi camino en menos de lo que se tarda en decir "Quidditch". Sin embargo, se agradecía que pudiese hacer mis compras en paz. Como ya he dicho, el callejón Knockturn no es un lugar muy recomendable para estar ahí si que quiere mantener una buena reputación (y la mía, por el momento, es casi impecable. Lo único que manchaba mi historial era alguna que otra pelea en Hogwarts cuando todos éramos idiotas y peleábamos a plena luz del día, pero eso ya es agua pasada y a nadie le importa) así que quería comprar lo que había venido a buscar y largarme, aunque la tentación de echar una ojeada por aquel lugar y ver qué más cosas había era grande. La mayoría de las cosas que me gustan son ilegales, y todo lo ilegal está en este callejón.

Todavía no había llegado a mi destino cuando me paré delante de un escaparate para ver lo que tenían, pues todo era bastante llamativo. Tenían algunos instrumentos pequeños que, por su aspecto, parecían máquinas de tortura de bolsillo; tenían varios artilugios de magia oscura que aunque parecían muy interesantes por el momento no me servirían para nada, así que no merecía la pena considerar comprarlos. También tenían materiales ilegales, y objetos curiosos que no tenían ninguna utilidad más que para coleccionarlos. Y entre ellos había...

Mi mirada se oscureció cuando vi los colmillos y las garras que había expuestas en el escaparate sobre terciopelo de color rojo sangre, y leí el cartel con ojos entrecerrados llenos de asco y desprecio. "Colmillos y Garras de Licántropo. Verdaderos."

Aquello era muy fuerte. Cuando un licántropo moría volvía a su forma humana, así que no era posible que aquellos colmillos y garras de los hubiesen sacado a un licántropo que hubiese muerto durante la luna llena o que hubiese muerto durante una transformación voluntaria. Para obtener aquellos colmillos y las garras alguien había tenido que atrapar al licántropo mientras estaba transformado (seguramente durante la luna llena, o le habrían inmovilizado con magia durante una transformación voluntaria) y le habían arrancado los colmillos y los dientes mientras todavía seguía vivo.

Aquello me hacía sentir furiosa, pero no por el hecho de que los licántropos eran también humanos. Si sintiese pena por aquella razón entonces la tortura y el asesinato de Muggles también me daría pena, pero aquel no era el caso. Me enfurecía que le hubiesen hecho eso a uno o a varios licántropos porque eran de los míos, y no permito que nadie le haga daño a los míos.

Si por mí fuese en ese mismo instante entraría a la tienda y descuartizaría al dueño mientras aún seguía vivo, pero la tienda estaba cerrada y vacía. Memoricé el nombre y la dirección de la tienda y juré pasarme por ahí algún día a hacer una visita poco placentera para los visitados, y entonces continué mi camino con paso fuerte y decidido. Estaba indignada, pero aún tenía cosas que hacer.

Mientras iba caminando por las callejuelas me sí cuenta de que alguien me estaba siguiendo. Ya me había dado cuenta antes de que había alguien no muy lejos de mí, pero pensaba que se trataría de algún otro peatón más sin importancia. Pero no puede ser una casualidad que vaya por el mismo camino y a la misma velocidad que yo, siempre manteniéndose fuera de vista... Sus pasos eran demasiado sigilosos y cualquier humano no habría sido capaz de detectar la presencia de aquella persona a mis espaldas, pero mi sentido del oído agudizado me permitió oír sus suaves pasos. Dibujé una media sonrisa en mi rostro u continué caminando como si nada, como si jamás me hubiese dado cuenta de que alguien me seguía.

Sólo para asegurarme de que efectivamente me estaban siguiendo di varios giros por las estrechas callejuelas. Derecha, izquierda, derecha, derecha, izquierda... Sí, aquella persona me estaba siguiendo. Mis ojos dieron un destello amarillo, y entonces, justo después de hacer un nuevo giro a la izquierda, me metí en un estrechísino hueco que había entre dos locales y me escondí entre las sombras esperando a que pasase por ahí el extraño.

Apenas unos segundo más tarde mi persecución apareció en la callejuela y se detuvo, tratando de ver por dónde había ido yo. Antes de que pudiese encontrarme, salí de las sombras de aquel hueco y me abalancé sobre la persona, que resultó ser un hombre. Parece ser que sí que me voy a cruzar con más idiotas hoy en este callejón...

Con un fuerte empujón le estamoé de espaldas contra la pared y le mantuve ahí colocando mi antebrazo contra su cuello, inmovilizándole y haciéndole difícil respirar.

-Tienes exactamente cinco segundos para decirme por qué me estás siguiendo- siseé amenazadoramente.

Fue entonces cuando pude ver el rostro de aquel hombre joven, y le reconocí. La expresión de mi rostro cambió de amenazadora y algo enfadada a curiosa y confundida. Fruncí el ceño mientras le miraba.

-¿Brad?- aquel tipo había sido compañero mío de Slytherin en Hogwarts, aunque había estado algunos cursos por debajo de mí. Ahora también era mi compañero mortífago, pero llevábamos siglos sin cruzarnos y apenas habíamos hablado desde que yo estuve en Hogwarts.

Ahora que sabía que no era ningún Auror incordioso ni un idiota como esos de la otra callejuela le solté, permitiéndole respirar y moverse otra vez.
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Invitado el Sáb Oct 25, 2014 11:14 pm

Una disputa entre vecinos que me era totalmente indiferente me llevaron de igual forma a lo más sucio y apestoso del mundo mágico: el callejón Knockturn. Aunque lo había tenido que frecuentar en numerosas ocasiones no era fruto particular de mi devoción: solo había gentuza y mugre. Aunque por otro lado también tenía productos que era imposible conseguir en cualquier otro lado. En este caso, garra de arpía. No sabía que tipo de disputa habría entre mi madre y nuestro vecino, pero sabía que terminaría pronto, aunque lenta y dolorosamente para el segundo. La elegancia de mi madre, que prefería esperar a que un buen veneno hiciese su efecto a que lo hiciese un Avada Kedavra, era la culpable de que al terminar mi turno de trabajo tuviese que posponer mi libertad en la noche londinense y desviarme antes por ese tugurio.

No todo es malo. Cuando iba a entrar en la tienda me crucé con una auténtica belleza a la que me aseguré de comerme con la vista lo máximo posible, antes de entrar en la tienda y olvidarme momentáneamente de ella. Mi jornada en Knockturn mejoró cuando me topé con unos mugrientos, uno de los cuales acaba de ser tumbado. Con un vistazo vi entre las sombras una figura que recordé como la mujer a la que había devorado con la vista. Curioso de adonde se dirigía y que tipo de mujer sería para tumbar a ese hombretón, decidí seguirle con pasos sigilosos, evitando así que me escuchase.

Seguí caminando entre las sombras, detrás de la chica pero a una distancia suficiente como para que si se giraba no viese claramente mis intenciones y pensase en su lugar que era otro mago más por la zona. Estuvimos andando un buen rato, rodeando callejones y callejones y callejones más estrechos aún. Derecha, izquierda. Derecha. Izquierda. Otra vez derecha. Como siguiésemos así iba a terminar mareado de tanta vuelta. Pero a la vez que crecía mi mareo, también lo hacía mi curiosidad. ¿Adónde iría aquella joven? ¿Qué clase de antro estaría tan escondido en un sitio como el callejón Knockturn?

Parecía que íbamos a girar nuevamente a la izquierda cuando la chica se desvió en el último momento, y tuve el tiempo justo de cambiar yo también de dirección sin tropezar o lo que es peor, desestabilizarme y caerme. Ese giro había sido rápido. Me detuve unos segundos y miré en la dirección en que había ido la chica. ¿Qué estaría tramando?

No tardé mucho en averiguarlo. Decidido, entré en la callejuela por la que había entrado ella antes y pronto me vi sorprendido con una auténtica fiera de pelo castaño encima de mí que me estampó con fuerza contra la pared que había a mis espaldas, sin perder ni un segundo. La escena me hubiese resultado más atractiva si hubiese sucedido en una cama.  Y ella me hubiese puesto el brazo en otro lado que no fuese mi cuello, como hacía en ese momento. Alcé la cabeza por instinto, para tratar de que llegase algo de aire a mis pulmones. Mientras abría y cerraba la boca tratando angustiosamente de tomar aunque solo fuese una bocanada de aire, la joven habló, con una voz que me resultaba familiar. Quería saber por qué le estaba siguiendo. Fuese quien fuese no era muy lista. ¿Cómo se suponía que le iba a responder si ni siquiera podía respirar?

Ella también pareció darse cuenta, pues dijo algo y pronto me soltó. En un primer momento no presté atención a lo que había dicho, simplemente respiré acelerada y ruidosamente tratando de que mi organismo volviese a llenarse de oxígeno. Al principio la sensación fue tan desbordante que incliné la espalda y tuve que apoyar la mano en la pared para no desequilibrarme. Me agobiaba la capa, así que con mi otra mano me la aflojé un poco del cuello y me bajé la capucha para que me diese algo más de aire en la cara mientras iba recuperando la respiración poco a poco.

Conforme iba entrando el oxígeno en mi cuerpo, los mecanismos de mi cabeza empezaban a funcionar. Me di cuenta de que aquella chica había dicho mi nombre. Me conocía. pero lo más inquietante no era eso, sino que yo creía conocerle a ella: aunque no conseguía enfocar de donde, su voz me había resultado muy familiar. Ya con la respiración casi recuperada del todo y con la espalda erguida, le miré a la cara con los ojos entrecerrados, sin olvidar que acababa de casi ahogarme pero sin poder evitar resultar curioso. Tardé un rato en reconocerle, pero cuando lo hice alcé las cejas. Hacía tiempo que no nos veíamos, aunque coincidíamos en las filas del Señor Tenebroso y años antes también en Hogwarts.

- ¿Stella? – En Hogwarts, aunque iba varios cursos por delante, nos habíamos llevado bien. No era de las personas a las que más le habían molestado mis bromas pesadas, y eso me gustaba. La vida había que tomársela con humor, aunque no todo el mundo pareciese pensar lo mismo. - ¿Cómo tú por aquí? – pregunté como si nos hubiésemos encontrado de casualidad y yo no le hubiese estado siguiendo todo el camino hasta allí. ¿Sería algún encargo de Lord Voldemort? No, claro que no. Yo lo sabría. Yo también era mortífago. El Señor Tenebroso confiaba en mí, y toda mi familia estaba en sus filas. No. Seguro que no era eso. – Bueno es saber que no todo en Knockturn son peligros y mugre. – dije mirándole con media sonrisa torcida llena de picardía de arriba abajo, comiéndomele con la mirada como antes y sin ningún tipo de disimulo. Antes de que respondiese añadí: – Bueno, al menos mugre. – le guiñé un ojo. La chica no era para nada inofensiva, la prueba de ello es que había conseguido dejarme sin respiración unos instantes solo con presionar su antebrazo contra mi cuello. Una auténtica y peligrosa fiera.
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Stella Moon el Lun Oct 27, 2014 5:52 am

El desconocido que me seguía abría y cerraba la boca como un piececito fuera del agua, intentando respirar mientras su rostro se amorataba rápidamente por la falta de oxígeno. Sonreí de manera algo siniestra y maliciosa al verle así. Era increíble lo frágiles que son los humanos normales. Les haces una cosita tan insignificante como mantenerles atrapados entre tu brazo y la pared y ya se están muriendo, es como si estuviesen hechos de cristal o de porcelana. Como fui convertida nada más cumplir los seis años no recuerdo como es ser humana, así que me resulta más difícil que al resto calcular qué es lo que les va a hacer daño a los humanos y qué es lo que no les va a hacer nada. Había roto los huesos de más de una persona sin quererlo por culpa de ese pequeño detalle.

Por suerte para el tipo, reconocí su cara. Era un antiguo compañero de Hogwarts y un actual compañero mortífago, así que le solté, permitiéndole respirar de nuevo. Le miré mientras esperaba a que se recuperase, aunque por un momento pensé que se iba a desmayar. Hacía mucho que no le veía, pero me acordaba perfectamente de él. Bradley Forman, un mago que provenía de una antigua y prestigiosa familia de sangre pura... Siempre había tenido un buen puesto en mi libro, encontrándose entre el reducido número de mis aliados. Me sorprendía encontrarme con él en este lugar, y en aquellas condiciones tan peculiares.

Me crucé de brazos mientras esperaba a que se recuperase del todo y le miré con una media sonrisa en los labios. En cuanto dije su nombre pareció reconocerme él también y alzó la mirada. Dijo mi nombre algo sorprendido, parecía que aunque había estado siguiéndome durante un bien rato no tenía ni idea de que era yo a la que seguía. Asentí y me quité la capucha, dejando entonces que mi rostro se viese por completo y no sólo parcialmente como antes. Sonreí cuando me preguntó en la manera más casual del mundo que cómo era que yo estaba ahí. Me encogí de hombros.

-Comprando- dije, y le enseñé los contenidos de mi bolsillo. Aquellas hierbas que se podían usar para un simple té podían ser de las más letales del mundo si se mezclaban con los ingredientes adecuados, y aquel veneno no era muy común.- ¿Supongo que tú haces lo mismo?- pregunté, pues recordaba haberle visto durante un segundo justo al salir de la primera tienda a la que había ido, pero apenas me había fijado en él.- ¿O andas haciendo algún trabajo?

-¿Estás bien?- le pregunté entonces, refiriéndome a su respiración. Podía ser un poco bruta a veces, y se ve que le he apretado con más fuerza de la que había planeado al principio.- Me disculparía, pero el que me estaba siguiendo eras tú así que te lo has buscado- dije con una pequeña sonrisilla traviesa.- Pensaba que eras uno de esos idiotas con los que me he cruzado antes.

Cuando dijo que era bueno saber que no todo en este callejón era peligro y mugre (aunque luego se retractó en lo del peligro, pues quien me conoce sabe que soy de todo menos una gata mansa) me echó una mirada que habría ruborizado a cualquier otra joven o incluso a mujeres ya maduras, pero que a mí me arrancó una sonrisa ladeada y pícara y una mirada llena de traviesa malicia. Ahora sabía perfectamente por qué me había estado siguiendo, y era algo que me gustaba.

-Me halagas- dije con tono alegre y juguetón.- Debes de ser el único hombre con el que no trapearía el suelo en este asqueroso lugar. Ven, ¿me acompañas? Se echa de menos compañía de calidad en sitios como este- le dije con una sonrisa y mirada incitante. Antes de que me diese su respuesta eché a caminar en la dirección en la que iba antes, esperando a que Brad se uniese a mí.
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Invitado el Vie Oct 31, 2014 10:10 pm

Resultó que la belleza misteriosa de pelo moreno y con fuerza suficiente para tumbar a hombres enormes en el suelo como niños también fue capaz de intentar estrangularme. Me soltó y tardé en recuperarme pero cuando lo hice vi que se trataba de Stella, una vieja amiga de Hogwarts y del círculo del Señor Tenebroso. Una auténtica mujer. Estaba desconcertado y le pregunté con el tono más normal del mundo (como si no hubiese estado a punto de morir por dejarme sin aire) qué hacía por allí. Ella dijo que estaba comprando y me enseñó una bolsita con unas hierbas que se parecían a las que usan los muggles para cocinar. Pero mirándolas fijamente me di cuenta de mi equivocación: se trataba de una hierba de aspecto inofensivo pero letal si sabías con qué mezclarlas. Cuando me preguntó qué hacía yo en Knockturn, me llevé la mano al bolsillo y saqué la bolsa con las garras de arpía.

- Un poco de las dos. – no dejaba de ser trabajo pues no estaba allí voluntariamente, sino por encargo de mi madre. Aun así no le mencioné: mejor que Stella se imaginase que podía estar allí por Lord Voldemort a por Caroline Forman. – Pero déjame decirte que si quieres que sufra deberías haber comprado garras de arpía tú también. – Por lo que recordaba, esas hierbas te dejaban en un estado de letargo hasta que finalmente cumplían con su trabajo. Mientras las garras de arpía actuaban en el mismo momento en que se digerían: en cuanto los compuestos nocivos eran absorbidos por el cuerpo y llegaban a los pulmones, estos se deshacían y se iban llenando de sangre, que la víctima no dejaba de expulsar por la boca y la nariz mientras trataba en vano de respirar. Al final se ahogaba en su propia sangre con una mueca de agonía en el rostro. Una auténtica delicia. Y digno de alguien con elegancia y sofisticación.

Cuando Stella me preguntó si estaba bien, adopté una posición erguida, con la espalda estirada y sacudí una mano despreocupadamente.

- Sí, estoy perfectamente. – reí cuando dijo que se disculparía pero que me lo tenía merecido. Puse gesto de niño bueno que no ha roto un plato. – Por si no te habías dado cuenta soy un hombre. ¿Cómo no iba a seguirte? Estás espectacular, y más en un sitio como este… - Lo cierto es que estaba preciosa, despampanante. Y lo que es mejor: Stella siempre ha sido preciosa y despampanante. Hasta cuando llevaba el uniforme de Slytherin me quedaba observándole y eso que era lo más antisexy del mundo. Reí cuando dijo que me había tomado por uno de los mugrientos de más atrás, los del grupo del tipo al que tumbó. – Me ofendes. Soy mucho más joven y apuesto y tengo mejor gusto a la hora de vestir, y desde luego más higiene – dije con gesto de repugnancia. Había hecho bien en cubrirme con la capa para ir al callejón, no me imaginaba el destino de mi pobre traje si me hubiese rozado con tan solo uno de aquellos apestosos.

Le hice saber que era bueno que no todo en Knockturn fuese peligro y mugre, aunque más tarde retiré lo primero después de mirarle todo el cuerpo como si mis ojos tuviesen rayos X. Stella tenía un cuerpo que era digno de admirar, debía sentirse halagada. Y lo hizo. Me miró de una forma que me hizo excitarme. No solo se mostraba halagada por mis palabras sino que le habían gustado de verdad.

Cuando dijo que era el único hombre que no trapearía en el suelo fingí desilusión.

- ¿Y por qué no? A ver – dije yéndome unos pasos más atrás – Por ejemplo aquí ¿qué me harías? – me fui un paso a mi derecha - ¿Y aquí? – por último me coloqué detrás de ella y le coloqué las manos en las caderas - ¿Y aquí? – le miré con una sonrisa torcida y rebelde y alcé un par de veces las cejas con ojos juguetones. No haría nada en Knockturn que pudiese estropear mi preciosa y lujosa ropa.

Asentí cuando Stella preguntó si le acompañaba y eché a andar a su lado, dejándome guiar y sin saber en qué dirección íbamos. Volví a colocarme la capucha de la capa y me apreté más el cuello, aflojado un rato antes para poder respirar más fácilmente. Éramos dos sombras en la noche, recorriendo callejones oscuros y estrechos en la noche sin apenas ser vistos. Caminamos arriba y abajo un buen rato. Al final movido por la curiosidad abrí mi boca para preguntar adónde nos íbamos.

- ¿Adónde me llevas Stella?
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Stella Moon el Miér Nov 12, 2014 10:47 pm

Cuando yo le dije que estaba comprando y le enseñé las hierbas para hacer té mortal Brad me enseñó lo que él había comprado: garras de arpía. Alcé las cejas, pues sabía perfectamente lo que hacían aquellas garras si se las dabas a alguien; no era una muerte para nada bonita. Miré a Brad con expresión algo escéptica cuando me dijo que sí quería hacer hacer sufrir a quien sea que vaya a envenenar con el té debería haber comprado las garras yo también.

-Necesito que sea una muerte limpia. Créeme, Brad, si quisiese que sufra lo mataría con mis propias manos y sufriría el triple que con eso- dije echándole una rápida ojeada a las garras de arpía, y luego guiñándole el ojo a Brad tras decir aquello. Era cierto, si quería hacer sufrir a mis víctimas lo único que tenía que hacer era ir a por ellos y conseguir tener la paciencia suficiente para no matarles de inmediato. Me había manchado las manos de sangre muchas veces, y seguro que me las mancharía muchas más.

Brad adoptó una postura erguida cuando le pregunté que sí estaba bien, y dijo que así era. Rió ante mi comentario, y me dijo que me había seguido porque era un hombre y yo estaba espectacular. Le miré de nuevo una una ceja alzada y con un gesto divertido en el rostro. Hombres, todos son iguales... Ven a una chica guapa y van corriendo detrás de ella como un perros tras un hueso. Eso solía gustarme mucho cuando el hombre en cuestión era de mi agrado, pero cuando no lo era al menos tenía un buen saco de boxeo durante un rato.

-Ya veo. ¿Y pretendías estar siguiéndome todo el día o tenías algún propósito en mente? Espero qué al menos fueses a tener el detalle de invitarme a una copa- murmuré con una sonrisa ladeada antes de ponerme en marcha Brad caminando a mi lado. Cuando le dije que no trapearía el suelo con él fingió estar ofendido durante un segundo y luego se puso a hacer el tonto. Le miré con el ceño fruncido mientras él daba pasos en todas direcciones y se colocaba en distintas posiciones a mi alrededor. Le di un manotazo en las manos cuando las puso en mis caderas para que las quitase y le miré con expresión amenazadora en broma.- Si quieres que trapee el suelo contigo solo tienes que decirlo.

Caminamos por las calles de Knockturn lado a lado. Yo guiaba y Brad seguía, y me preguntó que a dónde íbamos.

-Te estoy secuestrando- dije con fingido tono serio.- ¡Te estoy llevando a un sitio horrible en el que te harán cosas terribles!

En verdad solamente tenía que comprar otra cosa y habría acabado con los recados un tenía que hacer, y luego a lo mejor podríamos ir a algún sitio y hablar tranquilamente o no se, cualquier cosa. En poco tiempo llegamos a la otra tienda a la que tenía que ir, que estaba todavía más escondida y era más pequeña que la otra a la que había ido antes. Esta tienda supuestamente vendía artilugios, pero en realidad era un puesto de mercado negro. Me puse la capucha antes de entrar y le pasé una nota a la bruja del mostrador con el nombre de lo que necesitaba. Ella fue a la trastienda y volvió al rato con una pequeña bolsa llena de brillantes huevos negros y diminutos, parecidos al caviar. Eran los huevos de una criatura mágica que vivía en las costas de Australia y cuyo tráfico estaba completamente prohibido. Como si a mí eso me importase. Que lo prohiban todo lo que quieran, yo voy a comprar los huevos. Si alguien los comía comenzaría a tener alucinaciones espantosas, tan espantosas y escalofriantes que sí no moría de un infarto acabaría muriendo al provocar un accidente intentando librarse de las visiones o se suicidaría él mismo para acabar su sufrimiento. Eran una maravilla de huevos.

Pagué y salí de la tienda con Brad. Le enseñé la bolsita con una grandísima sonrisa en mi rostro.

-¡Ya está! A ver, ¿ahora a dónde me llevas tú?- pregunté. Tenía que llevarme a algún sitio después de haber estado siguiéndome, o no sería un caballero.
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Invitado el Jue Dic 04, 2014 8:36 pm

Stella y yo resultamos tener en común más de lo que ninguno de los dos creía: a los dos nos habían llevado a Knockturn asuntos que tenían que terminar. Ella había optado por unas hierbas, yo por garras de arpía, pero el fin de aquellos que los tomasen iba a ser el mismo. Parte del fastidio inicial de hacer de perro faldero de mi madre se estaba convirtiendo lentamente en satisfacción. Normalmente Knockturn era un sitio mugriento y nada más que pasaba en él el tiempo justo o incluso menos, y por eso alguien como Stella destacaba más en un pozo de podredumbre como ese.

- Limpia sin duda – dije con una mueca de aburrimiento. Aunque tenía razón, claro, en ciertas ocasiones como también pretendía hacer mi madre, era mejor seguir aparentando y dejar que la magia surtiese efecto. Y nunca mejor dicho. – Aunque el hecho de que lo último que vean antes de morir sea tu bello y joven rostro pone la balanza a su favor. Seguro que lo pasarían peor si viesen a una anciana verrugosa. – bromeé poniendo los ojos en blanco.

Cuando Stella quiso saber por qué le había seguido y le dije la verdad: porque era una mujer, era hermosa y estaba despampanante. También tenía lógica, no había que ser Ravenclaw para saberlo. ¿Mugrientos o Stella? Solo los Hufflepuff y los muggles elegirían a los mugrientos. Le sonreí travieso cuando ella también lo hizo, y mi sonrisa se ensanchó cuando le dijo que al menos le invitaría a una copa.

- O a dos. – le guiñé un ojo. Siendo Stella, como si quería vaciar las licorerías de todo Londres. El dinero no era problema: en el imposible caso de que mi cuenta se quedase a cero el resto lo pagarían mis padres. Ventajas de ser un niño rico mimado y sin hermanos. Pones una carita dulce y mamá se deshace en cariños. Pones una cara rebelde y papá te revuelve el pelo y dice algo como: “ese es mi chico”. En cualquiera de los casos, me dan más galeones de los que me entran en las manos y en los bolsillos del traje juntos. Y en cualquiera de esos casos yo salgo ganando. Aunque la otra opción de Stella, la de trapear juntos el suelo, también era sugerente. Las sucias baldosas de Knockturn no era lo único que se podía pulir… - No me tientes… – murmuré con gesto divertido. Ante todo tenía clase, no era de ese tipo de hombres, aunque nunca negaré un poco de diversión si se me pone delante. Además no quiero estropear un traje tan caro en un sitio así. Es uno de mis favoritos.

Echamos a andar por el callejón y cuando llevábamos a un rato me venció la curiosidad como si fuese un niño pequeño y le pregunté a Stella que adónde me llevaba. Ella respondió que me estaba secuestrando y que me llevaba a un sitio horrible donde me harían cosas horribles. Por un segundo me imaginé aprisionado entre los cuatro mugrientos de antes, con el traje destrozado y a mis pies y con los calzoncillos grises (antes blancos) de tanta mugre. Después me reí a carcajada limpia.

- Qué secuestradora más graciosa. – dije entre risas. Después añadí. – Creo que ya puedo admitir que tengo síndrome de Estocolmo. – creo que así es como llamaban los muggles a la enfermedad mental de los secuestrados que desarrollan afecto por sus secuestradores. Aunque con esos nombres tan raros también podía ser que me lo estuviese imaginando y fuese algo que sonase parecido a Estocolmo. No tenía mucho sentido, al fin y al cabo Estocolmo es una ciudad europea.

Pronto entramos en otra tienda. Vi como Stella se ponía su capa y yo también me ajusté la mía sobre la cabeza. Observé en silencio la transacción y como Stella le entrega una nota a la tendera y esta le devolvió una bolsa con unos objetos brillantes y negros, ovalados. Para el ojo común podía parecer una especie de perlas pequeñas aplastadas. Para el ojo del jefe del departamento de regulación y control de criaturas mágicas del ministerio se trataban claramente de huevos de cierta criatura mágica obtenidos de forma no muy legal.

En ese momento el freak de las criaturas mágicas se estaba enfrentando a Brad el mortífago. El primero tenía ganas de precintar el local y devolver a los huevos con la criatura que los había gestado. El segundo tenía ganas de comprar dos bolsas, una para la tendera que se atrevía a vender esos huevos y otra para dejarla para cuando hiciese falta. Porque lo haría. Siempre había alguien: el mundo se había vuelto un sitio muy molesto últimamente.

Stella estaba ajena a lo que sucedía en mi mente y me enseñó la bolsa de huevos con una felicidad contagiosa en el rostro. Le devolví la sonrisa unos segundos y luego volví a adoptar mi gesto normal cuando me preguntó que adonde íbamos.

- Pues… - vamos a comprar dos bolsas de huevos y meterle una entera por el gaznate a la dependienta hasta que vea como se escapa el brillo de sus ojos - ¿te apetece una cerveza de mantequilla? O un whisky de fuego – dije examinándole de arriba abajo. No conocía muchas mujeres capaces de enfrentarse al whisky de fuego como un hombre pero ciertamente Stella me parecía bastante capaz.

Hacía tiempo que no tomaba un trago por allí, prefería otros sitios menos mugrientos, pero supongo que puedo hacer una excepción si hay una chica guapa de por medio. Mi madre va pensando en el matrimonio y solo tengo 21, no me pondría pegas si las garras de arpía le llegan tres (o cuatro, o cinco, o seis) horas más tarde de lo imaginado. Decidí no sacar a la luz el tema de los huevos que acababa de comprar Stella; ella no tenía la culpa, simplemente era una compradora que se iba a beneficiar de sus usos (no eran pocos), y no tenía por qué hacerle partícipe de mi venganza personal. Por el momento, el whisky de fuego con ella me apetecía más. Después le entregaría las garras de arpía a mamá, vería como se encarga de todo… y tomaré ideas para un futuro no muy lejano.


Off: Lamento la tardanza, la universidad sí que me secuestró...
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Stella Moon el Jue Ene 01, 2015 3:09 pm

Le dediqué una sonrisa coqueta a Brad cuando dijo que les compensaría a aquellos torturados y asesinados por mí el hecho de que lo último que viesen fuese mi bello rostro. Me encanta que le hagan cumplidos a mi belleza, infla mi ego aún más de lo que ya está inflado. Pero luego puse morritos, imitando un inocente gesto de pena. Una pena muy falsa.

-No creas que estoy tan guapa cuando me enfado...- murmuré. Es cierto, cuando me enfado soy todo garras y colmillos. Suspiré y luego sonreí a Brad coqueta de nuevo.- Con suerte para ti, espero que nunca tengas que comprobarlo.

Íbamos caminando por las callejuelas oscuras de camino a la última tienda, y se alternaban momentos de charla con momentos de silencio. Brad era buena compañía, sus comentarios eran graciosos y me hacían sonreír, una cosa que era extraña en aquellas callejuelas oscuras, frías y lúgubres llenas de gente indeseable. Bueno, la gente indeseable me suele caer bien, pero que me hagan reír es algo raro. Brad dijo que me invitaría a dos copas, a lo cual le respondí sonriéndole con satisfacción. Que me invite a todas las que quiera, yo no soy alguien que diga que no a la invitaciones. Además, por culpa de mi metabolismo (o, mejor dicho, gracias a él) tengo que beber mucho antes de que me afecte la bebida, por lo cual un par de copas de más no me disgustarían en absoluto.

-Buen chico- reí cuando dijo que tenía síndrome de Estocolmo en respuesta a mi broma sobre que le estaba secuestrando.- ¿Harás todo lo que yo te pida, pues?

Cuando llegamos a la tienda entramos con las capuchas puestas y la dependienta me vendió los huevos sin ningún problema. Salí contenta de la tienda, pues había terminado todos los recados que tenía pendientes y por fin tenía los dos venenos que quería para dar rienda suelta a mis instintos asesinos. No siempre conviene matar a la gente con un Avada Kedavra o con mis propias garras y colmillos. Lo primero era muy rápido y aburrido, y lo segundo no siempre se podía hacer, aparte de que era arriesgado. ¿Pero el veneno? ¡El veneno puede con todos, y a ver quién descubre que has sido tú! Yo sonreía muy contenta, pero veía que Brad no parecía tan contento. Le miré extrañada, preguntándome qué era lo que le estaba molestando, y reparé entonces en lo que estaba mirando: la bolsita con los huevos.

Caí en la cuenta entonces de qué era lo que pasaba, pues recordé entonces a qué se dedicaba Brad y reí por lo bajo.

-¡Oops! Tal vez no debería haber comprado esto delante del Jefe del departamento de regulación y control de criaturas mágicas... ¡Qué despiste! No harás que me arresten, ¿no?- pregunté retóricamente con tono de broma, y mirándole con cara de "lo siento, era era una compra necesaria".

Cuando preguntó que si me apetecía una cerveza de mantequilla o un whisky de fuego asentí con la cabeza y con una sonrisa en mis labios.- Sí. Un whisky de fuego es justo lo que necesito ahora- dije con voz encantadora. No bebía cerveza de mantequilla desde Hogwarts, y aunque me gustaba, solía preferir las bebidas más fuertes.

Dejé que fuese Brad quién guiase el camino, pues era él quién estaba invitando después de todo, y yo ya le había arrastrado por medio callejón Knockturn para ir a la dichosa tienda a por los huevos ilegales. Caminábamos y charlábamos un poco de camino a un bar cuando de pronto algo en un escaparate me llamó la atención, y giré la cabeza para mirar. Una tienda tenía un calendario lunar en el cristal del escaparate. Lo miré rápidamente, fijándome en el día en el que estábamos y en las fases de la luna. La luna llena llegaría dentro de poco más de una semana, que sería cuando me transformaría. No me importaba, llevo veinte años siendo licántropa y me encanta, al contrario que a muchos de mi especie.

Seguimos caminando, alejando os del escaparate con el calendario, pero yo le daba vueltas a la cabeza pues pensaba que se me olvidaba algo. Tenía que empezar a preparar la poción matalobos, pues aunque me encanta ser licántropa sé que debo controlarme. Lo hago bastante bien de por mí misma, y aunque muchos licántropos quieren la poción para ser inofensivos, yo quiero la poción para ser consciente de qué es lo que estoy haciendo, pero no para ser inofensiva ni mucho menos. Tenía que tomar la poción todos los días durante la semana previa a la transformación, así que la poción tendría que ser preparada en estos días, y...

-¡Ay, mierda!- exclamé fastidiada, olvidándome de mis modales. Se me había olvidado comprar acónito. ¡Sin acónito no hago nada, es el ingrediente principal de la poción! Pero la tienda estaba lejos, y no quería volver ahora.- Se me ha olvidado... Nada, da igual- dije mientras continuaba caminando con Brad hacia el bar.
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Stella MoonMinisterio

Invitado el Mar Feb 17, 2015 1:17 pm

Por muy letal y fiera que Stella quisiese ser (porque en su caso estaba casi totalmente convencido de que no solo era capaz de dar esa impresión sino que también lo era), no era ningún favor que fuese tan bella. Bueno, para ella sí, y para mí también, claro, pero no para aquellos imbéciles a los que viese apagarse la luz de sus ojos. Los asesinaría, sí, pero no se merecían recompensa semejante como ver su bello rostro antes de morir. ¡Cuántos buenos hombres no tenían ni eso! ¿Lo tendría yo? Espero que sí. Si no era capaz de regresar como un fantasma a atormentar a todas las mujeres bonitas que pudiese...

- ¿Ah no? - ¿Así que Stella no era tan guapa enfadada? No me lo creo. Normalmente muchos hombres cobardes se asustan cuando ven el ceño fruncido de una mujer... pero yo no era de esos. Cierto que mi madre daba miedo enfadada, miedo de verdad, del tipo que solo da el mismísimo Lord Voldemort cuando se enfada de verdad, pero después de todo mi madre es una Forman de la cabeza a los pies, una dama como ya no quedan. Aun así, si ese era el caso de Stella o no tenía curiosidad por saberlo. Miré a la joven con ojos traviesos. - ¿Cómo estás tan segura? Ya sabes lo mucho que me gustan las mujeres fieras y con carácter... - entrecerré los ojos y me mordí el labio dejando de mis gestos hablaran por mí. Aquello sonaba a todo un reto, y me encantaban los retos casi tanto como los juegos.

Después de aquello Stella me secuestró y comenzó a arrastrarme de una tienda a otra. En los ratos de silencio entre conversación y conversación no dejaba de pensar que ella y yo eramos como un rayo de luz en un sitio tan tétrico como aquel pero que, a pesar de todo, nadie que hubiese visto a Stella tumbar a aquel tipo se atrevería a hacer nada. En cierto modo me hería mi orgullo ya que ella había podido demostrar su valor como mujer pero yo no pude hacer lo mismo con mi hombría... pero también podía demostrarlo de otras formas. Reí con fuerza cuando Stella me preguntó si haría todo lo que ella me pidiese como buen sufridor del síndrome de Estocolmo.

- Eres realmente perversa, querida Stella - comenté en tono burlón cuando mi risa al fin se calmó. Pero tenía curiosidad por ver adonde podía llegar esa conversación, así que añadí - Depende. No soy un elfo doméstico. ¿Qué es lo que mi ama desea que haga? - pregunté fingiendo tono de sumisión permanente tal y como lo habría dicho uno de los elfos domésticos de la mansión de mis padres. Después me reí. Seguro que si uno de ellos me hubiese oído incluso me sentiría hasta mal por hacerles burla pero allí no había ninguno para hacerme sentir culpable y simplemente me limité a disfrutar el momento. No todos los días podía disfrutar de compañía como la de Stella.

Despues entramos en la siguiente tienda con nuestras capuchas puestas. Toda precaución era poca. Al poco volvió la dependienta y, cuando vi lo que traía, casi le mando de viaje sin posibilidad de retorno a la parte trasera de la tienda. ¿A quién en su sano juicio se le ocurre robar unos huevos y luego venderlos en el mercado negro? Cosas así no solo pasaban en Knockturn, aunque sí era donde más habitualmente pasaban. Y aunque mi condición de mortífago me llevase a frecuentar aquel lugar, también lo había hecho alguna vez (y con gran placer) como jefe del departamento de control de criaturas mágicas. Como jefe de departamento, precintaba el local, me llevaba la mercancía y devolvía en la medida de lo posible, a las criaturas robadas a su ambiente natural. Como mortífago, regresaba al lugar con mi capa sobre la cabeza cuando ya se había puesto el sol y me aseguraba de que aquello no volvía a pasar. Fácil. Y viendo que a mi mesa del despacho no había llegado aquel caso en particular y que por tanto no podía dejar que Brad-del-ministerio se hiciese cargo, quizá era hora de que Brad-mortífago tomase cartas en el asunto...

Stella parecía ajena a todo aquello cuando me enseñó la bolsa con los huevos con una felicidad que en otras circunstancias hubiese sido contagiosa. Al final mi rostro me delató y Stella se dio cuenta de lo que me pasaba aunque en un principio traté de disimularlo.

- Eso depende. ¿Te dejarías esposar? - le dije bromeando aunque aún con el rostro algo serio por el crimen que acababa de presenciar. Después volví a ponerme completamente serio. - No es tu culpa, puedes ir a envenenar a quien quiera que sea en paz. La culpa es de los malditos traficantes ¿sabes? Irrumpen en los hábitat naturales de estas criaturas y en muchos casos las aturden para que no puedan defenderse a sí mismas o a sus crías... y unas horas después, los almacenes de tiendas como esta están a rebosar. - No solía dar discursos como aquel que eran más propios de película muggle pero en situaciones como aquella el Brad justiciero tomaba control de mí y no podía controlarme. Y aunque pudiese tampoco querría hacerlo. Eran trucos muy bajos. Nadie se atrevería a separar a una madre de sus huevos recién puestos si esta estuviese en plenas facultades.- Pero te aviso de que esta será probablemente la última vez que veas a esa dependienta. - dije señalando con la cabeza a la mujer que le había vendido los huevos con total tranquilidad como si matar a esa mujer fuese lo más normal del mundo.

Pero aquel no era el momento. No tenía la zona observada y no sabía si podía haber ojos observando desde el rincón más insospechado. Mejor proceder con cautela y esperar unas horas, quizá un par de días, lo suficiente como para poder observar todo y estar seguro de que actuaba sin ser visto por quien no debía. Los mortífagos no somos después de todo los únicos que sabemos que los de nuestra clase frecuentamos Knockturn. Así que con total tranquilidad le propuse a la bella Stella ir a tomar algo, quizá unos whiskys de fuego. Como esperaba, ella aceptó. Le ofrecí mi brazo para que se agarrase y nos pusimos en camino a un bar no muy lejos de allí que estaba sorprendentemente bien para los sitios que hay en aquel callejón. Pero a mitad de camino, Stella se detuvo como recordando algo repentinamente. Aunque al principio hizo intento de reanudar la marcha y seguir de camino al bar, me detuve cuando apenas llevábamos unos pasos más y le hice detenerse a ella.

- Espera. ¿Qué se te ha olvidado? A no ser que sean más huevos, - le miré con los ojos entrecerrados y serios. Después de todo, aunque el comprador no tenía tanta culpa como el distribuidor, era quien permitia que esas prácticas se llevasen a cabo por el simple hecho de seguir adquiriendo aquellos productos. - el alcohol puede esperar. ¿Adónde nos llevas ahora que es tan importante que no puede esperar? - pregunté con tono jovial y curioso aunque sin poder librarme del deje burlón en mis palabras.
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Stella Moon el Lun Mar 23, 2015 4:34 pm

No estaba guapa cuando me enfadaba, eso estaba claro, a no ser que alguien encontrase atractivo que una mujer increíblemente sexy como yo de repente tuviese colmillos de lobo, ojos amarillos, y afiladas garras capaces de destripar a un hombre tres veces más grande que yo en apenas un segundo. A la gente sádica como aquello le ponía muchísimo, desde luego, pero atractiva y guapa no era lo mismo. Brad siguió insistiendo, y le miré con cara divertida.- Créeme, Brad, estoy segura... Aunque tal vez te lo demuestre después, si insistes. Verás cómo tengo razón. No estoy segura de ser el tipo de fiera a la que te refieres- dije con tono y cara de "no digas después que no te advertí", pero no pretendía hacer una demostración ahora mismo en plana calle, aunque no hubiese nadie mirándonos.

Reí a,egrese te cuando me dijo que era perversa, y le miré con un brillo encantador en los ojos. Me encantaba mezclar miradas encantadoras con miradas siniestras, el repentino cambio que podía hacer de tener una actitud u otra era algo que solía asustar a la gente porque nunca sabían qué esperar de mí.- ¿Acaso lo dudabas, querido? Si es así me ofendes- dije poniendo una falsa expresión de tristeza que fue rápidamente reemplazada por una radiante sonrisa. Me aparté el pelo de la cara con la mano, haciendo que mis largos rizos oscuros se moviesen por el aire con elegancia y sensualidad. Brad dijo que no era un elfo doméstico, pero me preguntó tal y como si fuese uno que qué era lo que yo deseaba. Hice como que me lo pensaba un par de segundos y luego le dediqué una mirada coqueta.- Um, cuando tenga algo preciso en mente te lo haré saber, ¿de acuerdo?- pregunté, y entonces le guiñé un ojo con picardía.

El incidente con los huevos comprados en el mercado negro me hizo bastante gracia, aunque obviamente no iba a ponerme a reírme a carcajadas en plena calle delante de él. Ya bastante suerte había tenido con que no se enfadase muchísimo conmigo por comprarlos, pero qué le voy a hacer, necesitaba esos huevos. Bromeé preguntando que si me iba a arrestar, pues realmente lo que se hacía en su departamento era perseguir a los comerciantes y compradores de mercancía del mercado negro con origen de criaturas mágicas. Me parecía irónico que un mortífago fuese tan legal para algunas cosas y tan inmoral para otras. En realidad todos los mortífagos estábamos mal de la cabeza y nos contradecíamos a nosotros mismos todo el tiempo. En respuesta a mi broma Brad me preguntó que si me dejaría esposar y le guiñé un ojo de mantea coqueta.- Depende de a dónde me esposen...

Pedí disculpas por haber comprado los huevos, pues sabía que le molestaba, y él me dijo que no pasaba nada pero me soltó un pequeño discurso con el que entendí perfectamente por qué le molestaba aquel asunto, no me extrañaba que le molestase, a mí también me molestaría, pero no había visto el asunto de los huevos desde ese punto de vista. Pero había otras cosas que sí que me molestaban tanto como a él le molestaba lo de los huevos.- Tranquilo, te entiendo perfectamente- le aseguré.- Es más, antes he sentido tanta indignación al ver algo como tú estás sintiendo ahora por culpa de los huevos... Hay una tienda que he visto antes en la que tienen colmillos y garras de licántropo en el escaparate- le conté, y en mi rostro se podía ver lo molesta que estaba por ello. Que estuviese molesta no quería decir nada. Podía estar molesta porque conocía a algún licántropo, o simplemente porque aquello me parecía una verdadera salvajada, o vete tú a saber por qué. Aunque si se pispaba de la verdadera razón tampoco me importaría.- Y ya sabes que solo hay una forma de conseguir eso...- pretendía volver a aquella tienda algún día y destripar a algunas personas lentamente, a ver si les gustaban tanto nuestras garras y colmillos cuando todavía estaban en nuestro cuerpo.

Brad me dijo entonces que probablemente aquella sería la última vez que vería a la dependienta que me había vendido los huevos.- ¡Uy! ¡Entonces espera a que vaya a comprar más!- exclamé con falso y exagerado todo de urgencia, y luego reí.- ¡Es broma!

Nos alejamos de allí. Estábamos de camino a un bar a tomar unas cuantas copas, todas las que pudiésemos tragar, cuando de repente me di cuenta de que se me había olvidado algo. Realmente se me había olvidado lo mas importante de todo lo que tenía que comprar, y no podía esperar mucho mas tiempo a comprarlo pues los días se me acababan y pronto la poción dejaría de ser efectiva este mes. Me encanta ser lo que soy, pero me gusta ser lo que soy con control. Iba a no darle importancia a lo que se me había olvidado, pues ya iría a comprarlo mas tarde después de tomar esas copas, pero Brad me detuvo y me preguntó que qué necesitaba. Iba a insistir que no era de importancia, pero al final me encogí de hombros. Ya lo he dicho antes, me da igual que se de cuenta.- Necesito comprar acónito- dije, y esbocé entonces una encantadora sonrisa. Muchos se despistarían intentando pensar en por qué alguien como yo necesitaba comprar aquella planta, pues no tengo la cara que alguien asocia con un licántropo...
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Stella MoonMinisterio

Invitado el Vie Sep 25, 2015 1:22 pm

Si todos los encargos de mi madre a recolectar ingredientes a Knockturn terminan con Stella, mi antigua compañera de Slytherin, empotrándome contra una pared quizá debiese decirle a mi madre que me mandase al callejón a comprar más a menudo. Stella no era solo simpática ni bonita, también tenía la palabra peligro escrita en el cuerpo aunque de forma distinta a como lo tienen mujeres como Abi. Sea como fuese, me encantaba. Las mujeres, y más de este tipo, eran mi debilidad; los juegos de engaños y palabras vacías eran mi especialidad pero de vez en cuando también te gusta tener que trabajarlo un poco más. Es más satisfactorio.

Por desgracia con Stella no llegué a nada más allá de indirectas y miradas corrompidas pero era obvio que ambos lo disfrutábamos. Aunque al final Stella pareció acceder a demostrarme en algún momento hasta que punto llegaba su fiereza. Pero daba igual, dijese lo que dijese, no creería que enfadada perdía belleza. ¿Cómo? Imposible.

- Te tomo la palabra. Y entonces comprobarás que tengo razón. – en mi vida me había cruzado con mujeres que necesitaban que les dijese lo lindas que eran cuando en realidad no era cierto. Con Stella por suerte era al contrario y no me suponía esfuerzo alguno decírselo.

Seguimos bromeando mientras íbamos cumpliendo nuestros recados de tienda en tienda. En la tienda de los huevos del mercado negro me hizo enojar y aquella dependienta casi ve la versión del Brad ministerial además de la del Brad mortífago. Pero aquella noche tenía otros asuntos y por el momento lo dejé estar. Tenía además a la preciosa Stella para distraerme y recordarme que había otros asuntos en mente. Y además no queríamos causar más ruido del que ya levantamos; ella había tumbado a unos hombretones como si fuesen sacos de paja, si de repente aparecía un cadáver, aunque no fuese sorprendente en un callejón así, la gente hablaría y no quería rumores. Eso había que hacerlo en silencio como una sombra y aquel no era el momento.

Stella tenía curiosidad por saber si le arrestaría por comprar mercancía ilegal en Knockturn y mi Brad real, el bromista y juguetón, salió al fin a la luz preguntando a Stella si se dejaría esposar. La respuesta de Stella a mi pregunta de las esposas me hizo sonreír con perversidad.

- Digamos que tuviese ahora mismo unas esposas. – dije deteniéndome donde estaba para que ella también lo hiciese. - ¿Dónde te gustaría que te esposase y por qué? – Por un segundo, me recordé a nuestro antiguo profesor de cuidado de criaturas mágicas. La imitación perfecta hubiese sido diciendo un “justifica tu respuesta” detrás de mi pregunta.

Después salió a la luz el Brad justiciero y le expliqué a Stella por qué me ponía tan de mal humor el asunto de los huevos pero al parecer ella me entendía. En una tienda anterior que ya habíamos pasado había colmillos y garras de licántropo a la venta. Mi rostro se puso serio otra vez y asentí cuando Stella insinuó como los habían conseguido. Para extirpar las garras y los colmillos al licántropo hay que hacerlo mientras esté vivo, pues muerto vuelve a su forma humana, era algo de manual que todo alumno matriculado en su primer curso de cuidado de criaturas mágicas sabe. Era una auténtica salvajada. Muchos licántropos lo eran contra su voluntad, pero asumiesen o no su verdadera naturaleza, el nivel de sufrimiento que tenían que soportar durante ese procedimiento… Simplemente intolerable.

- No digas más. Ya tenemos alguien más a quien añadir a nuestra lista negra. – Aunque lo que no pregunté es por qué a Stella le molestaba tanto ese tema en particular. Lo hubiese entendido si trabajase en mi departamento pero ella estaba en Transportes Mágicos así que tenía poco trato en su día a día con asuntos de criaturas mágicas.

Puse los ojos en blanco ante la broma de Stella pero se me escapó una sonrisa. Fue un golpe bajo, sí, pero sabía que solo intentaba provocarme y que no había mala intención más allá. Ambos sabíamos de que hiciese lo que hiciese, la dependienta aquella era una mujer muerta, y probablemente también la de la tienda de colmillos y garras de licántropo si daba con ella a tiempo. Nos alejamos de allí para tomar algo en un bar después de tanto andar; aunque tétrico y mugriento, Knockturn no es un sitio especialmente pequeño. Estábamos a punto de entrar cuando Stella recordó algo que se le había olvidado. No quiso darle importancia al tema, pero todo buen caballero pone por encima las necesidades de una dama a una borrachera en un antro sucio que pueda ensuciar su traje. Tras mucho insistir Stella reveló aquello tan importante que no podía esperar.

- Pues entonces adelante – le animé sonriendo yo también. Pero mientras mi fachada externa era cordial y alegre, mi cerebro no dejaba de darle vueltas al tema. Finalmente había entendido por qué se había molestado tanto al ver que vendían garras y colmillos de licántropo…

Por suerte, la tienda que buscábamos no estaba lejos de allí y no tardamos en llegar. Stella compró su ingrediente mientras yo esperaba detrás de ella en silencio. Qué necio había sido. Era extraño que alguien que no trabajase en mi departamento, a excepción del profesor de cuidado de criaturas mágicas, se escandalizase por algo como lo que había enojado a Stella… a no ser que fueses uno de ellos. Y el acónito era uno de los ingredientes básicos de la Poción Matalobos, muy compleja de elaborar pero la única que mantiene a la criatura dentro de la cordura y no hace que se convierta en una bestia imparable con sed de sangre y carne animal e humana.

Stella regresó junto a mí y yo le miré de arriba abajo antes de tenderle mi brazo y salir juntos de la tienda. Desde luego había sido algo sorprendente. Aún podía equivocarme pero todas las piezas parecían encajar… Hasta aquello de “enfadada no soy tan guapa” parecía tener sentido. Pero no estaba de acuerdo. Humana era hermosa pero como licántropo también tenía belleza. Más salvaje, más animal, pero belleza al fin y al cabo. Y ahora que sabía su pequeño secreto, me aseguraría de comprobarlo con mis propios ojos algún día… Pero no aquel.

Miré rápidamente a mi reloj y me pregunté si mi querida madre me habría dado por perdido y habría buscado la forma de terminar con su incordiosa vecina de otra forma. Al fin y al cabo, solo me había retrasado tres horas de la hora inicial que me dijo. Stella y yo seguimos andando hasta el bar de antes para tomar algo, pero me detuve en la puerta.

- Ha sido un placer Stella, pero tengo que irme. Tengo que entregar las garras a tiempo y ya voy con un poco de retraso. – dije encogiéndome de hombros con cara de pena. Me hubiese gustado más quedarme e indagar discretamente sobre el secreto de Stella, pero ya lo haría en otra ocasión – Espero que esta vez no pasemos tanto tiempo sin vernos, me ha gustado mucho verte. Te han sentado bien los años, estás más hermosa que la última vez. – le tomé su mano delicadamente y le di un beso en ella como buen galán.

Estuve a punto de hacer un comentario insinuante sobre la luna o el acónito recién comprado pero me detuve. Hubiese sabido que lo sabía y mejor mantener el secreto. Así que me conformé con sonreír a mi bella compañera de colegio una última vez y a abandonar ese lugar. Me aseguré de que las garras de arpía estuviesen en su sitio y me desaparecí de allí. Al aparecer en la casa de mis padres, encontré a mamá en la cocina con la paciencia perdida hacía rato.

- Tranquila, tranquila, ya he llegado. – solté la bolsa de garras de arpía delante de la mesa y pareció que se le pasó el enfado. Observé como mi madre cogió las garras y las arrojó al caldero que estaba en el fuego, y después volvió a prestarme toda su atención preguntando a que se debía mi retraso. – Me he encontrado con Stella. Moon, mi compañera de Hogwarts.

- Me acuerdo de ella. Parecía buena chica, bonita y con carácter.

- Ya lo creo. Está hecha una auténtica fiera – sonreí. Mi madre no entendía la complejidad de mi comentario y probablemente entendió la complejidad de mi comentario como que al fin me iba a centrar en una sola mujer con la que compartir mi vida. Nada más lejos de la realidad…



Off: me saco ya, cierra tú el rol cuando puedas. Llevamos casi un año con este rol, jejejej.
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