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Halloween: Mansión Crawford

Lord Voldemort el Sáb Nov 01, 2014 6:04 pm

Recuerdo del primer mensaje :


 
La mansión Crawford era conocida por todos debido a la reputación que tenía esa familia. Era un linaje familiar que ha durado durante generaciones y la gran mayoría de ellos pertenecían al departamento de Seguridad Mágica, siendo algunos incluso Aurores. El cabeza de familia tenía una buena relación con el encargado de organizar este tipo de festividades y no dudó en prestar su casa para festejar Halloween. De siempre, años atrás las celebraciones de este tipo de fiesta se hacían en un convencional baile de máscaras en el mismo Ministerio, pero éste quería darle un toque mucho más terrorífico y divertido este año.

La mansión se encuentra en las afueras del Valle de Godric, tras una larga explanada oscura y sin ningún tipo de comunicación. Por regla general aquella casa solía estar iluminada, de tal manera que era de fácil ubicación debido a que se veía desde lejos. Aquella noche no fue así. Las cercanías de los jardines estaban totalmente oscuras, con un aspecto sombrío y con una densa niebla en suspensión fruto de la magia. Lo poco que estaba iluminado era a base de antorchas y casi todo el aspecto de la mansión por el exterior parecía estar en ruinas. Lo que es capaz de hacer la magia.

Desde fuera no se escuchaba absolutamente nada, sólo un terrorífico vacío en compañía de esas apariciones inesperadas de los invitados a la fiesta, los cuales estaban todos apuntados en una lista en la entrada. No obstante, a pesar del silencio exterior, una vez entras el sonido inundaba tus oídos. Ante los recién llegados se abría un increíble Hall, que de seguir recto llegabas a una gran sala en dónde a pesar de poseer un aspecto terrorífico, las luces y la música sonaban por todas partes. Habían grandes mesas repletas de comida a los bordes, muchas sillas acompañando a dichas mesas y en el centro un gran hueco destinado expresamente al baile.




Casi toda la mansión estaba abierta, por lo que lejos de quedarte en esa gran sala, también podías ir desde el Hall a las habitaciones superiores por las escaleras o quedarte en algunas salas más tranquilas en dónde la música no sonara tan alto. Eran unas salas con grandes sillones y pequeñas mesas, en dónde poder tener una agradable conversación con cualquier persona sin que la música fuera un obstáculo.

Era un requisito indispensable el ir disfrazado, por lo que cualquier adulto, por muy serio que fuese, se presentaba allí sin disfraz, los de la entrada se tomarían la libertad de componerle uno sobre la marcha.


OFF: Final estipulado para el día 20 de Noviembre.
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Abigail T. McDowell el Miér Nov 05, 2014 1:58 am

Cuando Fly intentó meterse conmigo con lo de retrasada simplemente puse una mueca de fingida gracia —porque no me hizo gracia— para luego llevar una de mi mano a su cabeza y movérsela amorfamente como reprimenda. Fue un gesto bastante infantil. Hubiera sido mucho más divertido hacérselo en el rostro, pero no quería pringarme de todo el maquillaje que llevaba. Además de que aún era demasiado pronto como para destrozar el maquillaje de nadie. Y si destrozaba alguno prefería que fuera el de un hombre y con otra cosa que no fuera la mano. La miré de arriba abajo al percatarme de que ella estaba un poco más alta que yo.

Te sentirás poderosa, hoy eres un poco más alta. Pero asúmelo, sigo siendo un centímetro más grande que tú. ¿O tú creciste hasta los veintiuno? Porque yo a los quince parece ser que llegué a mi tope —dije divertida, poniendo los ojos en blanco. En realidad me encantaba ser baja, pues eso me daba pie a usar tacones. No me gustaban nada las personas altas que aun así usan tacones. ¿Qué clase de problema tienen y por qué quieren humillar a los chicos que van con ellas?

Recordé momentáneamente esos años en Hogwarts en dónde Fly yo marcábamos en el borde de una pared todos los centímetros que crecíamos. Era un poco triste, pero sin duda divertido. Nos sudaba mucho cuánto crecer, pero era entretenido competir con ello sabiendo que no teníamos nada qué hacer. Durante casi siete años estuve por delante de ella, aunque es bastante triste decir que sólo era por un centímetro. Aun así, ese centímetro marcaba la diferencia.

Una sonrisa asomó de mis labios cuando dijo que sólo llevaría un bikini de haber venido de putilla. Tenía razón… cuándo ella me conocía mis disfraces solían resumirse a “cualquier mierda” putilla. Me gustaba enseñar y que la gente me mirase. Siempre he tenido el problema de que me encanta ser el centro de atención, para bien o para mal, pues soy consciente de que hay más gente que me odia, por eso siempre solía alardear del cuerpo que tenía de la manera más fácil que podía. Actualmente había madurado y teniendo en cuenta la cantidad de gente influente que había en la fiesta, tenía que guardar las apariencias de modosita virginal del Ministerio que en ocasiones intento dar con las personas importantes. Además… será cutre, será cursi y quizás ridículo pero… sin duda mi idea base de destacar está funcionando. Todo aquel que me conozca sabe que lo importante no es que lleve lo más parecido a un pijama aterciopelado, sino lo que hay debajo.

Si bueno… tengo mis momentos y otros en dónde tengo que aparentar. Aparentemente, ahora he madurado y prefiero ir de unicornio —dije seriamente y, de repente, solté una divertida carcajada por haberme escuchado. Hacía eones que no soltaba una carcajada.

Era una de las pocas personas que me conocía por decirlo de alguna manera… “bien”. No había cambiado mucho desde Hogwarts y lo cierto es que nunca había tenido la imperiosa necesidad de estar con nadie más que el tiempo máximo como para cansarme de él. Soy una chica de lo más exigente para una relación, tanto que ninguno está a la altura. Por lo que lejos de atarme a nada —lo cual debe de ser una auténtica mierda—, prefiero aprovecharme de lo que puedo conseguir. Que es mucho.

Nos pedimos una copa —la cual no tengo ni idea de qué era— y ella me arrastró a ningún sitio en busca de un disfraz más ridículo que el mío. Eso iba a ser muy difícil. Y buscar uno igual de mono también. Esbocé una sencilla sonrisa a su lado cuando nombró el disfraz de Hufflepuff. Y pensar que estuvo saliendo casi siete años con un Hufflepuff…

No creo que encontremos a nadie más ridículo… —Y Fly chocó contra alguien.

Me paré al lado de ambas personas, colocándome al lado de Fly. No reconocí a la chica, pero Fly no tardó en pronunciar su nombre. La conocía, pues en ocasiones la había visto en el Ministerio siendo la encargada de los asuntos de San Mungo, que me daba a mí para llevárselos al Ministro. No me caía especialmente bien, pero aun así la trataba con cordialidad. ¿Por qué? Porque las mujeres somos muy putas y es mejor por lo menos aparentar simpatía a tener enemigas innecesarias. Por mi parte, claro, ya que el otro día intenté matarla y ella no tiene ni la más mínima idea.

Buenas noches Brisa —Y cuando Fly se puso a soltar su monólogo, me fijé en el chico que la acompañaba. No tenía ni idea de lo que iba disfrazado, pero creo que se ha pasado con el maquillaje o el culo de una mofeta le pasó por la cara aun con éste húmedo. Definitivamente, no era lo suyo maquillarse. ¿Tan difícil era seguir una línea recta y dejar una capa homogénea? No obstante, detrás de toda esa capa de pintura, reconocí al hombre con tan poco arte para pintarse tenía: Daniel Deveraux. Por un momento un ardiente deseo —sádico, no pasional, ojo— me recorrió todo el cuerpo, pero intenté disimularlo con una sencilla sonrisa inocente —que con este disfraz, no era muy difícil de conseguir—. Hice como si no le reconociera, cuando realmente nos habíamos visto en una ocasión pues él había sido mi médico. Fly decidió concluir aquella conversación aleatoria.

Cuando Fly tiró de mí, volví la vista hacia atrás momentáneamente. ¿Brisa y Daniel tan acaramelados? Tenía claro a por quién ir para poner a Daniel entre la espada y la pared. Si no podía conseguir un enfrentamiento digno entre los dos, lo haría de la manera más sucia posible. Segundos después, Fly llamó mi atención con otro disfraz.

Pero si es una mierda. ¿Desde cuándo la inútil del cuento da miedo? —Era una maldita Hufflepuff. Los únicos que hacían algo útil en ese cuento era el lobo y el cazador. Hasta la abuela tenía mejor diálogo que la maldita Caperucita roja. Rubia tenía que ser— Y lo dice la que va de unicornio —sonreí, caminando a través de la muchedumbre.

Pasamos por delante de una mesa con bebida y comida y pude reconocer a bastante gente, las cuales me saludaron. Yo pasé de largo gracias a Fly, ya que no tenía ninguna gana de hablar con nadie de ellos. Tras un largo camino de esquivar codos (por eso de ser bajitas) y copas, llegamos a una mesa con comida. Eran canapés, sándwiches, dulces y mierdas varias que encontrabas en cualquier fiesta de ese estilo. Señalé por dónde habíamos venido con la cabeza mientras bebía por primera vez de aquella copa. Seguía sin saber lo que era.

He visto a tu ex. ¿Sigue siendo tu ex, no? —Era fácilmente reconocible porque tenía un atractivo que nunca me había atraído. Era guapo pero a la vez feo. Supongo que qué fuera tremendamente Hufflepuff, pero el Hufflepuff más Hufflepuff de la historia, era lo que le quitaba puntos (y lo dejaba en negativo)—. Y mira, ese… —señalé a un hombre Va más ridículo que yo. —Alcé las cejas e hice un movimiento con el gesto de: ¿ves? no soy la más ridícula del lugar.
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Fiona T. Shadows el Miér Nov 05, 2014 10:28 am

¿Cómo no iba a sentirse poderosa cuando estaba acostumbrada a ser la persona más baja si estaba con humanos? Estar con Abi, por regla general, servía para ver que no todo el mundo era alto y que había más personas en miniatura por el mundo. Además, que el centímetro de diferencia existente entre ambas apenas ni se notaba, por lo que no hacía que se sintiera mal ni nada por el estilo por ser más baja. Aunque no es que se sintiera mal alguna vez, claro está. – Cuidado, un centímetro, creo que con eso podrás llegar a las baldas superiores a las que no llego. – Ironizó negando con la cabeza. Maldita zorra pelirroja teñida sin alma. Porque por mucho que dijera, ese pelo no se creía ni ella que era natural. - ¿Tú qué crees? – Lo de se crece a los veintiuno es una mentira más grande que la existencia de Papa Noel para los niños a los que los desgraciados de sus padres engañan durante toda su infancia y cuando descubren la verdad, comienza una vida llena de decepciones. Todo el mundo era más feliz cuando era ingenuo y creía que existía la magia, pero luego creces y pasa lo que pasa. Menos si eres mago, que la magia sigue existiendo aunque Papá Noel no lo haga, lo cual es perturbador si lo piensas. Tanta magia y tanta tontería para que el pobre gordo con barba blanca no exista, menudo invento más gratuito. – Tengo la esperanza de haberme confundido y que sea hasta los treinta y uno. – Afirmó con una sonrisa de oreja a oreja en el rostro. – En verdad no, me he acostumbrado a ser bajita y tendría que cambiar todo mi armario como creciera. Prefiero mi magnífica altura.

Mientras pasaban entre la gente hablaban como si tal cosa. En verdad si hubieran hablado de algo importante y no de gilipolleces sin importancia, era posible que más de la mitad de las personas que allí había reunidas hubieran escuchado y prestado atención a sus conversaciones. Pero, total, para las gilipolleces que estaban diciendo en aquel momento, eso no importaba ni lo más mínimo. – Y tan aparentemente. Madurar creo que no es precisamente ir vestida de unicornio. – Dijo como si estuvieran en un día normal y Abi fuera el bicho raro que se paseaba con cola y cuerno por la calle cuando la gente iba ataviada con traje y corbata.

Fly miró el interior de la copa con cara de “no sé qué eres pero eres gratis” y le dio un corto trago. Como cabía de esperar, no sabía lo que era, pero seguro que era una bebida cara de esas que personas como ella no suelen tomar porque la cerveza es mil veces más asequible. Y si lo pensabas, sabía mil veces mejor. – Venga mujer, seguro que hay alguien peor que tú, no pierdas la esperanza. Además, quizá encontremos otro unicornio retrasado y podáis hacer cosas de unicornios retrasados juntos. – Empezó a andar hacia atrás favoreciendo así que se chocara con Daniel en pocos segundos. Ya que era bajita, pero no tenía ojos en la espalda. Por el momento. – Porque está claro que Abi McDowell sigue soltera y con las mismas ganas de sexo que siempre. – Añadió segura de sus palabras. Total, confianza no faltaba, y era un tipo de persona que no le importaba que la gente se quedara mirando con cara de ser gilipollas o de no entender qué cojones estaba diciendo.

Al pacer Abi no sólo conocía a todo el mundo que trabajaba en el Ministerio de Magia, sino que también a las personas aleatorias que Fly no sabía por qué habían recibido invitación. Por alguna razón había dado por hecho que era una fiesta del Ministerio, ya que ella ni conocía a los dueños de la mansión y claro, no tenía lógica estar invitada por desconocidos si no era una fiesta para todo el Ministerio. Pero Brisa no trabajaba allí, a no ser que hubiera pedido un traslado y ahora trabajara en la enfermería del Ministerio. Porque todo lugar necesita una enfermería, y más uno donde se cuelan alumnos con poción multijugos o donde alguna vez los dementores ejercen de guardias de seguridad. En verdad el puto Ministerio de Magia parecía una película de ciencia ficción.

Ambos hobbits, digo Abi y Fly, no tardaron demasiado en dejar a la feliz y acaramelada pareja para perderse nuevamente entre la multitud como si la fiesta no fuera con ellas. – Eso digo yo. – Dijo mientras pasaba la mano por el tacto suave del disfraz de Abi. En verdad tenía lógica que se pusiera eso, seguro que debajo no llevaba nada y así era mucho más fácil de quitar. – Pero tú al menos estás perdiendo la dignidad, que yo creía que desde que trabajabas en el Ministerio tenías una. – Ya se sabe que los Slytherin son gente muy digna, pero que pierden la dignidad con facilidad siendo muy promiscuos o putillos, que tiene más gracia esa palabra.

Como Fly no conocía a prácticamente nadie, tiró del brazo suave de Abi. Suave, tremendamente suave. Era como tocar una nube. En verdad era como no tocar nada de lo jodidamente suave que resultaba ser. Llegaron hasta una mesa con comida típica de Halloween, es decir, comida normal pero decorada con murciélagos, fantasmas y calabazas. Porque todo el mundo sabe que las calabazas son tremendamente peligrosas si haces un puré caducado, claro. – Claro que lo sigue siendo, sino estaría pegada a él porque en estas fiestas no se va a ver a gente que hace eones que no ves, ni a conocer gente nueva. Son momentos para pegarte a tu pareja como una lapa, que tú, como nunca has tenido una pareja, no lo sabes. – Negó con la cabeza. – Por favor, Abi, ¿Por quién me tomas? ¿Por una persona que vuelve de Noruega tras ocho años y se reencuentra con su ex y se da cuenta que sigue jodidamente enamorada de él? – Rodó los ojos y cogió una nube de azúcar decorada como si fuera un fantasma y le dio un mordisco. – En verdad sí, que ridícula soy a veces. – Se encogió de hombros y volvió a morder la nube. – Estas cosas están ricas, prueba una.

Fly giró la cabeza para seguir con la mirada lo que Abi señalaba. – Pues sí, oye, resulta que hay gente menos digna incluso que tú. ¿De qué va? ¿De patata metálica? – Miró descaradamente al hombre que no tardó en darse cuenta de que dos personas lo estaban mirando en ese preciso momento. Cargado de ego, como buen hombre, se aproximó a donde estaban. Fly tiró del brazo de Abi. – Mierda, ahora viene. – Añadió sin dejar de mirarle, lo que hacía que fuera aún más rápido. Por suerte los dos mejores amigos del hombre surgieron de la nada y le dieron conversación. Pero eso no fue suficiente, ya que el hombre patata señaló hacia donde estaban Fly y Abi y comenzaron nuevamente a acercarse hacia donde estaban. Sin pensarlo demasiado, Fly aprovechó el barullo de gente para tirar de Abi y acabar ambas metidas bajo la mesa. – Lo sé, muy digno de mí.
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Brigid Morrell el Sáb Nov 08, 2014 12:09 am

La fiesta no parecía estar mal, todos disfrazados de cosas muy variadas. Algunos eran más realistas de lo que podrían imaginarse. Sobre todo aquellos que vestían de época, como el auror Ulrich. Disfraces logrados que transportaban a la sirena a tiempos pasados. No podía negar que ver a un hombre con esas galas le resultaba de lo más atrayente. Por recuerdos vanos, más que nada.
Sí, tenía muy buenos recuerdos de su pasado, o su larga vida. Recuerdos de lo más peculiares y a cada cual más encantador. Sabía a ciencia cierta que los hombres reflejaban con esos ropajes lo que anhelaban. O así siempre lo había visto. Si se vestían de payasos tétricos es porque su humor o felicidad podía ser nulo, si iban de atractivos vampiros estaba claro que no tenían pasión, o no la solían demostrar. Todo refleja algo de nuestra personalidad, lo quieran o no ver los demás, se haga consciente o inconscientemente, siempre es un reflejo de nuestro ser. Sí, hasta un pequeño acto, como equivocarte de persona e ir a besarla podía denotar tu poca fidelidad.

Pero no le presto importancia al hecho de que un payaso horrendo quisiera besarla por sorpresa, más bien su rostro fue un poema. Desconcierto y extrañeza. Ese hombre iba a invadir su espacio vital sin ser invitado, lo cual no le agradaba en absoluto. Tentada estuvo de congelarlo cuando se inclinó hacia ella. Pero lo controlo al ver la reacción del hombre, huyendo cual croqueta. Un alivio poder volver a centrarse en nada, observar los otros rostros y buscar alguno conocido entre la multitud, pero no reconocía a nadie. Salvo, todo sea dicho, a una profesora que se acercó a saludarla.

- Feliz Halloween, señorita Deveraux – dijo la sirena con una dulce sonrisa, amabilidad con sus compañeros era algo que podría caracterizarla, no era tan rara como todos pensaban.  – Bonito disfraz. – se atrevió a comentar la vestimenta de la profesora. – Me recuerda a mi última boda. – Añadió sin percatarse de lo que decía, un poco nostálgica.  Su último matrimonio, casi setenta años atrás. Era un hobby que tenía la sirena, casarse cada cierto tiempo, vestir de blanco y disfrutar de toda la celebración para luego, al par de años matar a su esposo. Pues seguía a rajatabla el “hasta que la muerte os separe”.  

La mirada de la sirena siguió la línea que trazaba la de su compañera. Saludaba al payaso de antes, y para más inri iba acompañado de otra caperucita. No pude evitar reír al verlo. Casualidades de la vida que dos personas coincidan, aunque no eran las únicas. Se quedó observando el disfraz de la otra caperucita unos segundos más. Más moderno que el suyo, el corsé tan marcado, ese aire de piratería. Sí, piratería, pues nadie en la edad media, ninguna mujer, vestía de ese modo, salvo las fulanas y el mundo de la piratería. Aunque los humanos poco podrían saber, no tuvieron la ocasión de vivir esa época, que aunque ella tampoco pudo vivirla, en su plenitud, si tuvo la oportunidad de conocer a gente que la vivió. Entre ellos su madre, que cuenta con más de mil años de edad.


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Caleb Dankworth el Dom Nov 09, 2014 8:48 am

No había tenido muchos planes en mente para la noche de Halloween hasta que recibí una invitación para la fiesta en la mansión Crawford. Normalmente las fiestas de Halloween no son lo que más suelen llamar mi atención, pues prefiero dedicarme a otras cosas, pero aparentemente medio Ministerio iba a ir, y como no tenía nada mejor que hacer pues decidí aceptar la invitación e ir a la fiesta. Quien sabe, podría acabar siendo interesante y todo. Mientras hubiese gente que mereciese la pena...

Gruñí un poco por lo bajo cuando vi que había que llevar disfraz. ¿De dónde saco yo un disfraz de Halloween? ¿Acaso tengo pinta de crió que todavía se disfraza? Zack se disfraza todos los años para Halloween, pero eso es diferente porque lo hace para las fiestas de Hogwarts. Miré en su cuarto a ver si encontraba algún disfraz, pues teníamos casi la misma talla y a lo mejor alguno me serviría, pero no tenía ninguno en su armario. Se ve que él no es de conservar cosas... Pero mi hermano Sylvan sí. Mi hermano se disfrazaría todos los días si le dejásemos, así que seguro que tenía algo en su armario.

Fui al antiguo dormitorio de Sylvan en la mansión, y vi que efectivamente tenía disfraces, y muchos. Los primeros que vi... Mejor no describirlos. Digamos que a Sylvan le va la extravagancia y lo rarito, y me niego a ponerme eso. ¡Pensarían que soy una Drag Queen lo algo por el estilo! Busqué y rebusqué, hasta que en el fondo del armario encontré algo decente...

...Y así fue como llegué a la mansión Crawford vestido de vampiro. Clásico. Ya que estábamos, me había esmerado en los detalles y tenía los colmillos que parecían muy reales, un hilillo de sangre oscura me resbalaba por la barbilla y había manchas de sangre en mi ropa de estilo a lo Conde Drácula. Un encantamiento había conseguido que mis ojos tuvieran un aspecto sobrenatural, rojos donde deberían ser blancos, y las venas alrededor de ellos estaban hinchadas y oscuras.

Entré en la mansión solo. Reconocí a varias personas del trabajo, a algunos conocidos.. Ahí estaba Abi. ¡¿Qué se había puesto?! Iba a ir a hablar con ella cuando me detuve en seco al ver que hablaba con alguien. ¿Es esa...? No puede ser. ¡Que me parta un rayo! Con el disfraz no estoy muy seguro, pero casi casi podría jurar que era la Aurora con la que me peleé el otro día... ¡Maldita sea, estaba viva! Hice una mueca y gruñí por lo bajo, lo que hizo que mi cara de vampiro pareciese más amenazadora. Ya me acercaría a Abi después...

Caminé por el lugar, saludando a los invitados a los que reconocía, y tratando de buscar algo de beber. No tenía ni idea de que cierta belleza de pelo azul me acechaba...


Disfraz:


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Matt Forman el Dom Nov 09, 2014 10:16 pm

La fiesta se iba llenando de gente y de ruido. Lo bueno es que había muchas mujeres, y no todas acompañadas por hombres. Halloween ofrece una estupenda oportunidad para conocer a otros magos y brujas, ya que a las fiestas suelen acudir adultos de toda clase. Me estuve fijando en Abi, la secretaria del Ministro. Es una mujer preciosa, y tan seria que parece estar fuera del alcance de los magos de a pie. Otra chica muy guapa, a la que no conocía, se acercó a hablar con ella. Cuando me giré a seguir visualizando el ganado, un medio enmascarado se acercaba a mí. Brad Forman, mi primo. ¿De que va disfrazado? Sonreí ampliamente al verlo, pues me alegraba de ver una cara tan conocida. Su comentario fue muy bueno.

- Elegiré a la más atractiva pues. Como mínimo un 9. Las demás para ti.

Pude notar que mi primo no me iba a dar un abrazo delante de tanta fémina, de modo que le imité y le di unas palmaditas en lo alto de la espalda. No había cambiado tanto en estos años. Continuaba siendo ese Brad loco por las mujeres, muy seguro de si mismo. Su altura si que había cambiado. Hace unos años le hubiera removido cariñosamente el pelo, pero ahora hubiese sido raro. Mide casi lo mismo que yo.

- Me alegro mucho de tenerte de vuelta, Brad. Espero que te quedes mucho tiempo por aquí. ¿Estás a gusto en tu trabajo?

En el Ministerio escuchaba comentarios tanto muy buenos como menos buenos. Me había llegado información de que era un buen Jefe de departamento, y con eso a mi me vale. Brindamos con whisky por los encuentros familiares. No es que quisiera pasarme la noche hablando de trabajo, ni loco. Hoy vamos a pasarla bien. Brad propuso un brindis, y yo otro.

- Y por todas estas mujeres tan guapas de la fiesta. -Bebí un largo trago y me acerqué a mi primo para decirle en voz más baja.- Quiero pensar que tras capas de maquillaje, algunas de estas mujeres sean guapas.

No solía beber en exceso en un ambiente desconocido para mí, pero en este caso tenía conocidos allí y podía llegar a casa muy rápido. Terminé mi bebida y pedí otra. En el otro lado de la sala había dos mujeres solitarias. Una con capa roja y otra vestida de novia. Las estuve mirando un rato. No las conocía de nada en absoluto.

- A ver, primo medio enmascarado, ¿qué te parecen aquellas dos? La que va de novia está como un bombón, y la otra más. ¿Qué me dices? – le di un codazo para animarlo a ir hasta donde estaban ellas y tantearlas. – Como eres más pequeño, te dejo que elijas chica y estrategia.

De buenas a primeras no se puede saber como es una mujer. Si te guías solamente por el físico, todas tienen su encanto. Así que, por hoy, me sirve cualquiera de las dos. La mejor manera era acercarse y comentar lo bonitos que eran sus disfraces, y originales. Es el mejor modo de entablar conversación con una mujer.
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Invitado el Lun Nov 10, 2014 2:15 pm

Solo el encontrarme a alguien como mi primo Matt en la fiesta podía hacer que no me hubiese acercado a Abi y a su amiga en aquella fiesta. Quería acercarme a ella y decirle que dónde se había dejado su disfraz, y también quería aprovechar la ocasión para echarle en cara lo cruel que era que alguien como ella y con ese cuerpo se hubiese puesto aquel disfraz. Una verdadera tortura para el género masculino sin duda alguna. Pero después de todo, tienen razón cuando dicen que la familia es lo primero. Y más si esa familia era Matt. Aunque fuese mi primo le quería como si fuese un hermano, algo que por edad y por la cercanía con que nos habíamos criado tampoco era tan difícil de imaginar.

No le di un abrazo porque había demasiadas chicas delante, pero no había quien me pudiese quitar la sonrisa de la cara. Estaba en la barra del bar con mi primo Matt, rodeados de un montón de chicas guapas y sexys sin acompañante. De momento. Tampoco anuncié mi llegada con un megáfono para que se enterase todo el mundo, sino haciendo un comentario sobre las mujeres de la sala que parecían estar distrayendo a Matt antes de que yo apareciese, y cuya respuesta me hizo sonreír más ampliamente al ver que mi primo seguía siendo el mismo canalla de siempre. Pero una vez estuve a su lado, aun sin abrazo y sin considerarme un sentimental, le confesé lo mucho que me alegraba de verle. Antes de volver a Londres había pasado unos años viajando por el mundo, conociendo ciudades y monumentos de todo tipo; a mi regreso había encontrado trabajo en el Ministerio gracias a Matt, pero apenas lo había visto ni un solo día. No ayudaba el trabajar en plantas distintas. Matt también se mostró alegre de mi regreso y me preguntó si estaba a gusto en el trabajo.

- No puedo quejarme – me encogí de hombros – La gente es un poco inútil a veces pero al menos tengo la oportunidad de tratar con criaturas mágicas de vez en cuando. - mis ojos de ilusión brillaban igual que los de un niño pequeño la mañana de Navidad al levantarse y ver el salón lleno de regalos. - ¿Y qué me dices de ti señor misterioso? - dije con una sonrisita traviesa. Mi primo era el jefe del departamento de misterios, pero lo de "misterioso" no iba solo por eso. - ¿Cómo te va todo? - Llevaba mucho tiempo sin poder preguntarle a él personalmente sobre su vida, aunque por supuesto no era como si no supiese absolutamente nada pues de vez en cuando le preguntaba a la tía por mis primos cuando no me carteaba personalmente con ellos. Pero había cierto rumor que estaba deseando averiguar si era cierto o no; el que Matt mirase a otras mujeres no descartaba nada para cualquiera que lo conociese tan bien como yo.

Cuando el camarero me trajo mi bebida, un delicioso whisky de fuego como el que parecía estar tomando Matt, alcé mi brazo con la copa en la mano y propuse un brindis por los reencuentros familiares. Estaba feliz. No todos los días se reencontraba uno con su primo favorito. Después de mi brindis Matt propuso otro en honor a todas las mujeres guapas de la fiesta. Reí a carcajadas y me llevé el vaso a la boca aún medio riéndome. Este Matt... Cuando me retiré el vaso de los labios Matt se acercó a mí y me dijo en tono de confidencia que esperaba que alguna de esas mujeres demostrase ser tan guapa como lo era con maquillaje.

- No pierdas la esperanza, primo – dije con una sonrisa cómplice – No creo que las feas sean lo suficientemente valientes para venir a una fiesta de categoría como esta. Y aunque lo fuesen no se atreverían a acercarse a un par de Forman como nosotros. - mi tono era confiado. También me basaba en la experiencia: la familia Forman era una de las más conocidas en el mundo mágico, lo que unido a nuestro atractivo físico innegable hacía que solo las más valientes se atreviesen a acercarse a nosotros. Aunque personalmente prefería acercarme yo a ellas.

Vi como Matt apuraba su bebida de un tragó y le imité. Apenás parpadeé cuando noté toda la corriente de fuego abrasadora del whisky recorriéndome la garganta hasta llegar al estómago, estaba acostumbrado. Cuando mi primo ordenó otra bebida pedí otra igual para mí y cogí el vaso en la mano cuando el camarero nos la trajo mientras mi primo hablaba de dos mujeres que estaban también en la barra, no muy lejos de nosotros. Estiré el cuello con descaro en dirección a donde indicaba Matt y evalué con la mirada a las dos mujeres. Una iba de novia cadáver o similar y la otra de caperucita roja. En el tiempo que llevaba en la fiesta había visto al menos otras dos caperucitas, todas con el mismo aspecto inocente a excepción de una que parecía estar con un hombre vestido de una especie de payaso loco pero que por tanto era inalcanzable. Lástima. Me gustan peleonas, aunque es innegable que las inocentes también tienen su atractivo. Matt me animó a acercarme a ellas e incluso me dejó elegir chica y estrategia. Estuve un rato evaluando mis opciones ya que en principio no reconocí a ninguna de esas chicas.

- Creo que es hora de que asiente la cabeza – dije en tono despreocupado mientras me levantaba del taburete. Sin decir nada a Matt y con mi fija vista en mi presa, me acerqué a las dos jovencitas con mi bebida en la mano y me coloqué justo en medio de las dos. Aunque había elegido a la novia, esa posición estratégica me permitía poder cambiar a la inocente Caperucita si la novia no cooperaba conmigo. - Saludos preciosas – saludé a las dos antes de fijar toda mi atención en la novia. - ¿Me permite que le invite a una bebida? Parece sedienta. - dije con ojos divertidos. Giré la cabeza para buscar al camarero con la vista. Cuando me vio le hice una seña con la mano para indicarle que se acercarse donde estábamos. El hombre asintió y volví a centrar toda mi atención en la joven novia hasta que el camarero llegase a atendernos – Dígame: ¿quién es el afortunado? O mejor dicho desafortunado a juzgar por su aspecto. - bromeé. En circunstancias normales no me habría acercado ni de lejos a una mujer vestida de novia, pero el vestido de novia de esa mujer no era convencional y eso en cierto modo lo hacía más atractivo. Por lo menos tenía curiosidad de por qué habría elegido aquel vestido de novia en concreto cuando la mayoría de mujeres hubiesen escogido un vestido blanco y espectacular como si fuesen a casarse de verdad. En ese momento apareció el camarero y se detuvo enfrente de nosotros, y me apresuré a hacer el pedido antes de que pudiese hacerlo ella. Me gustaba llevar la voz cantante. - Póngale algo a esta joven que case con su belleza. - me reí de mi propio chiste.
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Elia Deveraux el Lun Nov 10, 2014 10:36 pm

Todas las opciones que me ofrecía aquella fantástica fiesta de Halloween me parecían buenas. Elegí una para empezar. Me acerqué a la profesora Morrell para saludarla, pues en eso consistía la primera alternativa. Antes o después tenía que hacerlo. El trato cordial no es lo mío, pero se reconocer aquellas situaciones en las que es requerido. Encontrarse con una compañera de trabajo es una de esas situaciones. Todo lo que se sobre ella es su nombre y la asignatura que imparte. Quizás es un buen momento para saber algo más. Se puede adivinar que le van los cuentos muggles, o eso puede pensar la gente al ver su disfraz. Quise hacer algún comentario al respecto y no pude. No quiero caerle mal ya tan pronto. – Puede llamarme Elia, por supuesto. – Las formalidades me abruman demasiado. Ella está en la fiesta de Halloween. ¿Será marchosa? Espero que no le gusten mucho las formalidades porque he venido a desmadrarme.

La profesora Morrell se permitió el lujo de hacer un comentario sobre mi desarrapado disfraz. Sin faltarme el respeto ni nada, por supuesto. - ¿Se ha casado usted muchas veces, profesora? – La curiosidad cualquier día me mata. Puse una cara neutra. He preguntado algo muy personal, cierto. Ella ha sido la que ha iniciado ese tema tan personal. No es mi culpa. El modo de hablar que tuvo la profesora me recordó a ese peculiar modo que tienen los viejos de contar historias de su juventud.

Tomé un sorbo de mi deliciosa bebida dulce, mirando a todo el mundo que quedaba a mi alcance mientras lo hacía. Mi hermano, o alguien muy parecido, continuaba hablando muy de cerca con aquella desconocida. Daniel estaba tan apegado a su mujer, que cuando esta murió no quiso saber nada de nadie más. Creo que cada fin de semana llevaba a una amiga diferente para presentársela. A veces cabreado y otras cansado, siempre pasaba de ellas y de mi con esa amabilidad característica de Daniel. Finalmente desistí. Llegué a pesar que su pena podía ser tan grande que por eso no podía estar con otra mujer y sentirse bien. Ahora lo estoy viendo con esa, y no me parece bien. Quiero lo mejor para mi hermanito, es normal que me preocupe. Dejé de mirarles y me centré en mi objetivo número uno. - ¿Ha venido acompañada? ¿Está esperando a alguien…? – No es que quisiera pasar a mi siguiente objetivo inmediatamente. Es sólo que mis temas de conversación en estos casos son un tanto escaso. No quiero meter la pata, y termino preguntando desasidas estupideces.

Un imponente vampiro hizo acto de presencia. Hay algo en la ropa antigua que me puede. Me gusta. Y aquel vampiro iba vestido de forma impecable. Volví a centrarme de nuevo en la profesora Morrell cuando vi que el vampiro buscaba a alguien con la mirada. No interesa, está buscando a alguien. Lo cual indica que vino con alguien y lo ha perdido de vista, o vino solo y quedó con alguien en la fiesta.

Lo mejor sería dejar de buscar más objetivos. Daniel parecía estar despidiéndose de su amada. No me apetece verle ahora. Quiero pasarlo bien. Si se acerca querré hacerle tantas preguntas que explotaré si no le hago ninguna. También explotaré si me dice algo que no quiero escuchar. A su vez, mis objetivos número tres parecían estar hablando sobre nosotras.  - ¿Conoce a aquellos dos, señorita Morrell? – Los señalé con mucho disimulo. - El atractivo policía, y el apuesto fantasma de la ópera podrían acercarse y hacer la fiesta un poco más interesante. – Soy una mujer y tengo mis necesidades, no creo que la profesora Morrell le importe que hago fuera de mis horas de trabajo. El imponente fantasma de la ópera se acercó primero. Su chaleco era muy parecido a la ropa del vampiro. Detalle que no había podido apreciar desde lejos pero ahora si. Al igual que su impresionante mirada de ojos claros y sonrisa segura. Respondí a su saludo con una sonrisa radiante. Sería mentira decir que no tenía ganas de que un hombre se acercara, y también sería mentir si digo que lo va a tener fácil. Asentí cuando quiso invitarme a una bebida. Terminé la mía de un largo trago antes de que llegase el camarero. Su pregunta sobre mi disfraz me hizo sonreír con malicia. – La afortunada soy yo. Mi disfraz ha hecho acercarse a un caballero tan galante como usted. Desafortunados mis padres, que no me verán jamás con un vestido como este blanco, nuevo y limpio. – Miré hacia donde estaba mi hermano. Seguro que le encanta verme hablando con un hombre. - Y dígame, señor…fantasma, - No se había presentado, de modo que lo llamé fantasma. - ¿ha encontrado ya a su Christine? – El camarero se acercó a nosotros y le entregué mi vaso, para que se fijase bien en lo que me habían servido antes. No me gusta mezclar. Esperé a que la profesora Morrell pidiera también. – Este fantasma es muy gracioso, ¿verdad señorita Morrell? – No iba a hacerle le feo a la profesora Morrell de iniciar una conversación con el hombre fantasma dejándola a ella de parte.  
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Abigail T. McDowell el Mar Nov 11, 2014 9:30 pm

La idea de encontrar otro unicornio no me apasionaba en absoluto. Debía de ser todavía más ridículo ver a un hombre vestido de esta manera y sobre todo y más importante, muy poco atractivo. A mí me quedaba bien, tremendamente bien, lo que pasa que como de costumbre, la gente no está acostumbrada a aceptar “lo que no pega” o lo que, por lo estipulado, no es lo correcto. Pero mi disfraz era el mejor de todo el recinto. Y el más original; nadie va de unicornio a una fiesta de Halloween. Me hacía gracia su insistencia en que seguro que había uno peor. Había matices entre “peor” y “ridículo”. Me parecían peor muchos de los que ya había visto… aunque el premio a lo ridículo si me lo llevo yo.

Qué bien me conoces. Y qué poco he cambiado en ocho años… —dije alzando ambas cejas con falsa sorpresa.

Fue curiosamente divertido ver a Daniel Deveraux vestido de… eso, no por otra cosa que recordar lo que pasó la última vez que estuvimos nosotros tres en el mismo sitio. Sin contar a Fly, ya que una aurora por esos lares hubiera dado muchísimos problemas. Mi sonrisa era totalmente inocente y de rebozar simpatía, esa sonrisa que le pongo para lamer culos a superiores y quedar como una monada de chica delante de la gente. Sin embargo, para cualquier otra persona que me conociera de verdad, sabría que esa sonrisa era más falsa que un billete de un galeón. No estuvimos allí más del tiempo necesario como para no tener que esforzarme en decir algo que no tenía ninguna ganas de decir. Intercambiar más de una palabra con ese hombre en estas circunstancias no estaba dentro de mis planes, ni de mis quehaceres satisfactorios. La única palabra que querría intercambiar con él son sus últimas y ahora mismo era totalmente imposible.

¿Yo perder mi dignidad? —solté un divertido “já” acompañado de un bufido— Hace falta que haga mucho más que ponerme un simple disfraz de unicornio para perder mi dignidad. Cómo si no me conocieras… —¿Qué pensarían de mí? Oh, qué disfraz más poco apropiado. Oh, qué disfraz más feo pero qué buena está ella. Oh, qué desperdicio de disfraz.

Tiró de mí y llegamos hacia la mesa de mierdas que eran tremendamente llamativas y que cada basura de estas probablemente tuviera más calorías que todo lo que comes en un día normalmente. Aun así quería algo, porque podía permitírmelo y me daba igual comer mierdas. Por el camino vi a su ex, por lo que al llegar lo nombré, no por otra cosa que poder meternos un poco con el pobre al ser su ex. Meterse con los ex siempre era divertido, por lo menos con los de otras personas, ya que yo no tengo ninguno. La miré con lógica cuando empezó ese pequeño discurso, pero no pude evitar hacer que mi cara cambiara drásticamente al escuchar lo ridícula que era. Un poco sí que lo era. Negué con la cabeza y sonreí, cogiendo una de esas nubes inconscientemente.

¿De verdad? ¿Después de ocho años vuelves con ese hombre? —Joder, debía de ser muy bueno en la cama para volver después de ocho años con un maldito Hufflepuff.  ¿Acaso en ocho años no fue tiempo suficiente como para darse cuenta del error de sus siete años anteriores?— Eso es amor… —abrí los ojos sorprendida y mordí la esponjosa nube. En verdad yo no tenía puta idea de amor, pero sin duda eso debía de serlo.

Mientras masticaba la esponjosa nube me percaté mucho más allá de dónde estábamos de otro disfraz mucho más ridículo del que tenía yo. Al verlo me quedé impresionada por la cantidad de poca dignidad que podía llegar a tener la gente. Era hombre vestido con una especie de papa gigante y en cuya cabeza tenía una placa ovalada que parecía ser metálica. Aunque no me extrañaría que al acercarse fuera una mierda con un recubrimiento de papel de aluminio. Llamé la atención de Fly para enseñarle mi descubrimiento, con tan mala suerte de que se sintió poderoso al ver que dos chicas como nosotras lo estábamos mirando. Sería divertido recalcarle que era por pena, no por cualquier otra cosa que estuviera pasando por su solitaria mente.

El chico se apresuró, pero por suerte vimos como dos espécimen de su misma y estúpida raza aparecieron. Nos creíamos a salvo de relacionarnos con él, pero al parecer le pareció buena idea venir con sus amigos a dónde estábamos nosotras. No pude evitar mirarles con sorpresa y soltar un bufido de: “¿En serio?” al ver los disfraces de los demás. ¿Eso de qué va, de un unicornio marino? ¿Qué clase de aberraciones a la naturaleza ha hecho el unicornio y el pez para llegar a dar fruto a eso? ¿Y él otro por qué se tortura a sí mismo poniéndose un disfraz cinco tallas más pequeñas que él?

De repente unas cuántas personas pasaron entre ese grupo de retrasados mentales y nosotras, a lo que Fly aprovechó para tirar de mí, de manera que sin que nadie se diese cuenta, habíamos acabado debajo de la mesa. El cuerno me chocó contra el borde y se me cayó hacia adelante, por lo que lo mantuve en mi mano mientras me metía el resto de la nube en la boca. Me peiné hacia atrás y dejé mi bebida en el suelo, mirando a Fly.

Ahora sí que he perdido mi dignidad completamente escondiéndome debajo de la mesa con medio esqueleto de metro cincuenta para no tener que enfrentarme a la máximo absurdo de la humanidad… Es la primera vez que me siento tan surrealista —Encima estaba de cuclillas, la maldita posición más estúpida del universo. Ella también estaba en esa posición, por lo que le di un golpecito en el hombro para que se cayera hacia atrás. Miré a Fly, apoyándome de rodillas mientras con la yema del dedo índice me pinchaba con el cuerno de mi sombrero casi inconscientemente— ¿Los viste? ¿Luego dices que soy yo la más ridícula? Ahora seguro que me ves monísima. Lo gracioso es que la cara del patata metálica intentaba ser algo así como una mezcla entre sensualidad y altivez… ¿desde cuándo para eso haz de entrecerrar los ojos cual deslumbrado y poner morritos? —negué con la cabeza— Aunque es más sorprendente el hecho de que sólo se pensase que podía existir la ínfima posibilidad.

El patata metálica era muy ridículo, al igual que el disfraz de unicornio modificado genéticamente. ¿Pero el otro? El otro directamente daba pena. No entendía como gente así podía venir a una fiesta como lo era esta vestido de esa penosa manera.

¿Eres consciente que sus testosteronas ahora mismo tienen las antenas puestas en busca del esqueleto y el unicornio más bajito de la fiesta? —bebí de mi vaso, humedeciéndome los labios con el líquido— Y lo que sí haría perderme totalmente mi dignidad es salir de debajo de una mesa para que luego me vean hablando con esa gente. Así que... —miré por encima de su hombro hacia el gran espacio que había debajo de la mesa, totalmente oscuro e inaccesible por gente racional. Daban ganas de violar a alguien aquí debajo, nadie se daría cuenta con el gran ruido que hay y la música tan alta que han puesto. No sé a qué viene a cuento eso, supongo que el tema de sexo siempre ronda mi mente. Miré a Fly nuevamente—. ¿Salimos por detrás y les ignoramos como si nada hubiera pasad…

Pero justo en ese momento el mantel de la mesa que caía hasta casi el suelo se levantó y el cuerno del unicornio modificado genéticamente se metió debajo de la mesa, con esa cara de adolescente virgen y hormonado.

Hey chicas —dijo. ¿“Hey chicas”? ¿De verdad? Se dio la vuelta para salir nuevamente con el cuerno de la mesa y llamar a sus amigos— ¡Están aquí!

Aunque antes de que pudiera volver a meter su estúpida cara y su enorme cuerno, yo ya había arrastrado a Fly hacia el otro lado de la mesa para salir rápidamente antes de que aquellos volvieran a agacharse a tener una agradable conversación con nosotras en aquellas circunstancias tan… definitivamente ridículas. Al salir de la mesa me coloqué el sombrero tranquilamente haciendo que el cuerno quedase perfectamente alineado y caminé como si nada hubiera pasado.

Vámonos a la otra sala… —le dije a Fly, caminando para salir de allí. Podría hablar con ellos y decirle lo mucha penan que dan de manera que probablemente les ocasione un trauma. Lo haría de no haber tanta gente interesante en la fiesta la cual no quiero que me vea relacionándome con la evolución anterior del ser humano.
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Fiona T. Shadows el Jue Nov 13, 2014 11:29 am

Existían amistades raras, y luego estaban Abi y Fly. Ambas tenían tanto en común que podían parecer iguales en muchos sentidos, pero tenían tantas cosas por las que se diferenciaban que parecía imposible que pudieran llevarse realmente bien y que aquello no fuese otra cosa que la típica relación hipócrita entre dos compañeros de trabajo frente al resto de trabajadores. Ambas eran tremendamente bajitas y se habían pasados sus siete años en Hogwarts compitiendo por quién era un centímetro más alta que la otra; las dos adoraban meterse en problemas, quizá diferentes tipos de problemas, pero los adoraban; mal habladas, mal carácter, cierto aire de superioridad con el resto de la humanidad. Era posible que lo único en lo que se diferenciaban era en los bandos elegidos por una y por otra. Oh, y también en la manía de Abi para tirarse a todo bicho viviente que tuviera un miembro viril colgándole entre las piernas. Fly tenía algo más de pudor en esos aspectos. Y quizá sus diferencias también hacían que su manía de meterse la una con la otra fuese mucho más divertida.

- En verdad sigues igual. Aunque con un traje de unicornio jodidamente feo. – Repitió. Fly era esa persona que se metía con cualquiera fácilmente y sin si quiera darse cuenta. Y meterse con la altura de Abi no era una buena opción teniendo en cuenta que ella era la alta del asunto. Por lo que le quedaban dos opciones. En primer lugar, lo puta que era Abi. Porque lo era y mucho. Y la segunda, aquel estúpido disfraz que sólo daba ganas de meterse con ella. O de quitárselo y usarlo como pijama. Una de dos.

No tardaron en alejarse de la pareja de tortolitos que parecían pegados con cinta adhesiva el  uno al otro. Por suerte no estaban totalmente pegados, pues de ser así la cara de Brisa estaría llena de maquillaje. A quién se le diga que el supuesto hombre de la relación es el que más maquillaje lleva… Aunque bueno, todos saben que existen personas a las que les encanta travestirse, pintarse de payaso sólo era una excusa para estar más cerca de ser un travesti en un futuro no muy lejano.

Alzó las cejas ante el comentario de Abi. ¿Perder la dignidad? Pero si ya no le quedaba de eso como para poder contraatacar de algún modo. Posó una mano sobre el hombro de la chica notando que era totalmente suave y que daban ganas de acariciar el resto del disfraz, y afirmó rotundamente con la cabeza. – Abi, alguien tenía que decirte esto. Y es mejor que lo haga yo a que sea un desconocido al que no dudes en matar sin pensártelo dos veces, porque ambas sabemos que tienes muy mal carácter y eres una hija de puta en miniatura. – Volvió a afirmar con la cabeza.  – Pero la verdad es que tu dignidad la perdiste hace muchos años. Si quieres vamos un día a Hogwarts y rebuscamos por la Sala Común de Slytherin, seguro que está por alguna cama o debajo de un sofá. O en un baño, o un armario. – Bajó la mano y dibujó una sonrisa inocente. – Seguro que tu dignidad te echa tanto de menos como tú a ella. – Luego la sonrisa inocente se convirtió en una sonrisa divertida mostrando los dientes y soltando una risa al final de aquello.

Lo gracioso es que Fly no dudaba que Abi fuera capaz de matar a cualquiera por aquel comentario, es más, estaba segura que era un Mortífago, pero total, ojos que no ven, corazón que no siente. Y como era una Aurora que sudaba de todo, pues era mejor hacer como que pensaba que Abi era una buena persona que realmente sólo se dedicaba a trabajar en el Ministerio de Magia.

Fly era el tipo de persona que odiaba hablar de sí misma. Que si la conversación giraba en torno a ella acortaba la conversación lo máximo posible para cambiar de tema antes de que la otra persona pudiera rechistar. – No tienes derecho a opinar con esas pintas, unicornio retrasado. – Dijo ignorando lo más que pudo a la chica mientras acababa de tomarse la nube. Azúcar, bendito azúcar. Chuches en una fiesta de adultos, luego vendría el hada de los dientes, ya sólo faltaba eso. Aunque mejor no decirlo en voz alta, que seguro que aparece alguna retrasada vestida de hada de los dientes versión putilla.

El hombre patata acompañado de Super-Indignidadman y el narwhal (todo el mundo sabe que son criaturas sumamente monas y adorables) no tardaron en ir en busca de ambas chicas, pero Fly reaccionó rápidamente tirando de Abi para meterse bajo una mesa como si de dos niñas se tratara. – Eres una quejica. Podías sonreír de vez en cuando, estarías más guapa, amargada. – Movió la cabeza imitando como Abi seguía hablando de malas formas. Maldita amargada. – Tío, ¿Hace cuanto que no echas un buen polvo? Lo necesitas, yo te busco un hombre guapo y con un cuerno en la cabeza que te haga sonreír y dejar de ser tan borde. –Negó con la cabeza.

Abi siguió hablando sobre el disfraz del hombre patata y su inexistente dignidad. Lo cierto es que con ese disfraz y en aquella postura ella no podía hablar de dignidad, pero bueno, mejor no cortar su monólogo sobre la inexistente dignidad de un hombre disfrazado de patata metálica. Si fuera de naranja tendría más gracia. Así sería una naranja metálica. No mecánica, pero sí metálica. Que suena parecido.

- Lo bueno de ser el unicornio y el medio esqueleto más bajitos de la fiesta es que podemos pasar entre la gente sin que nos vean entre las altas cabezas. – Añadió al ver cómo Abi bebía. ¿Por qué ella había sido tan lista de dejar su vaso fuera? Mal Fly, mal.

La  chica iba a aceptar el propósito indecente de Abi. Sí, no se lo pensó ni dos veces. Iba a hacerlo. No tenía otra salida, debía hacer eso si quería que todo fuera bien pero… No pudo. El mantel se elevó y el hombre patata mostró una amplia sonrisa como si se tratara de un pirata que acaba de encontrar un tesoro pero sin parche ni pata de palo.

Fly rodó los ojos y notó la mano de Abi entorno a su brazo obligando a salir de la mesa por otro lado dejando a aquellos tres al lado opuesto. Fly les echó una última mirada y les saludó con la mano entre risas por la situación. – Estoy convencida de que el del cuerno era el amor de tu vida y lo has dejado marchar. Ahora morirás sola y rodeada de gatos. De gatos, no de un animal mono y adorable. No, de gatos. Estúpidos y asquerosos gatos. – Añadió como si realmente estuviera molesta, luego tomó una copa entre sus dedos y sonrió a Abi. – Señor, sí señor. – Dijo con tono serio como si se tratara realmente de un soldado.

Recorrieron un par de metros alejándose de aquel grupo de chiflados y llegando a una sala que parecía más amplia porque había menos mesas por todas partes, básicamente porque era más pista de baile que otra cosa. Hizo una corta reverencia a Abi con una sonrisa de oreja a oreja. - ¿Me concedería usted este baile? – Todo muy serio y muy digno. Luego rompió a reír. – No, en verdad odio bailar. – Añadió mientras volvía a andar con Abi a su lado.

Durante aquel paseo por la nueva sala Fly vio algo que hizo que su cerebro se encendiera. Como si realmente tuviera una bombilla no fundida en su interior y se adelantó hasta un grupo de chicos que bebían y hablaban. Dio un par de toques con el dedo índice en la espalda de uno hasta que este se giró. Sonrió ampliamente y antes de que este tuviera tiempo de decir algo abrió la boca. - ¿Conoces a Abi? – Y dicho esto, señaló a su amiga y dio un par de pasos hacia atrás al ver que el chico se acercaba para hablar con Abi. No sabía que era más divertido, que saliese aquello bien o que el chico se llevara un tortazo. Casi que lo segundo.
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Matt Forman el Sáb Nov 15, 2014 1:13 am

Encontrarme con Brad en la fiesta de Halloween es fantástico. Temí que la noche pudiera resultar aburrida, pero nosotros dos juntos, haremos que la noche sea inmejorable. No admitiré ante nadie que últimamente me siento un poco decaído a causa de la edad. Pero lo cierto es que si. Me siento deprimido. Una vez pasados los treinta todo cambia. Los chicos del trabajo con los que salía salir de fiesta están casados, o con pareja, algunos con hijos. Ya no saben disfrutar de la vida. Cuando salgo, me encuentro con un mundo que ya no es el mío.  Por eso es una suerte haberme topado con Brad. Oh, ese chico inquieto. No pretendo ser arrogante, pero entre tío Declan y yo lo hemos educado y lo hemos hecho un hombre. Nos llevamos diez años, que no es poco. Por eso acudió a mi cuando por primera vez quiso hablar con una chica, o quiso saber que hacer con ellas. Mis consejos siempre fueron buenos. Yo mismo probaba mis propios trucos. Las mujeres son muy distintas entre si, pero tienden a ser iguales en muchos aspectos.

Antes de abordar el tema diversión, quise preguntarle por su trabajo. No por curiosidad, pues se que es un estupendo jefe. En todo el mundo no hay nadie que sepa más sobre Criaturas Mágicas que mi primo. De eso estoy bien seguro. Le pregunté más bien por educación. Trabajamos en el mismo edificio, pero nunca me lo he cruzado. Conozco z gente, eso si, que trabaja con él o cerca de su departamento, y siempre hablan bien de él.

- No robes nada, ¡eh! – le dije en broma.

De sobra es sabido que de ser por él, la mansión de sus padres se parecería más a un zoológico que a una casa. Pero también se de sobra que nunca se llevaría nada a hurtadillas. Podemos ser muy bandidos, pero los Forman somos honrados.

- ¿Señor misterioso? – pregunté extrañado. - Todo bien primo. Han pasado algunos años, pero yo no he cambiado mucho.

El pasado verano besé a un chico muy joven, y resulta que me gustó, pero nada más. Me hubiese encantado decirle eso, pero temía su reacción. Luego me vino a la mente Willow. Oh, Willow. Dulzura toda ella, una chica muy desenvuelta. Y una Auror. Decepcionante.

Preferí hablar sobre la fiesta, y sobre nuestras posibilidades en ella. A parte de la Secretaria del Ministro y su amiga, que estaba en los huesos, había dos mujeres más apartadas. Dos bellezas innegables se podían distinguir bajo sus disfraces. Por supuesto, el maquillaje engaña. Eso lo descubrí en una fiesta de nochevieja hace ya unos cuantos años.

- Ninguna chica tiene que acercarse a unos apuestos Forman como nosotros. Es nuestra misión escoger. – hice un barrido por toda la sala con la mano izquierda, con la que no sujetaba el vaso.

Fue entonces cuando fijé mi objetivo. Terminé mi bebida y pedí otra antes de abordar a aquellas chicas. Hice que mi primo se fijase en ellas, y le dejé escoger método y chica. Una de ellas iba vestida con un zarrapastroso vestido de novia. La otra, con una capa roja. Había otra chica con la capa roja en la fiesta. Me fijé en la otra, que hablaba con un hombre vestido de payaso o algo así. ¿Brisa? Vi que estaba en una actitud muy cariñosa con el hombre payaso. Ella se lo pierde. Fijé de nuevo mi mirada en las dos mujeres. Brad no dudó, y se acercó a ellas en primer lugar. Lo observé unos instantes. Se desenvuelve muy bien. No puede negar que es un Forman. Quise esperar un poco más para tener claro cual era para mi. Pero el muy canalla se metió en medio de las dos. Buen mecanismo de segregación. Copa en mano me acerqué con parsimonia. Saludé a unos conocidos del Ministerio. Uno de mis inefables vino a saludarme, iba bastante ebrio.
Me costó un poco poder quitarme a aquel pesado de encima. Cuando al fin llegué al campo de batalla, Brad estaba invitando a una copa a la novia. Admito que mi primera elección había sido esa misma chica. Será cabrón… Viendo a la novia de más cerca, parece joven. Debe tener más o menos la edad de Brad.

- Señoritas – saludé con elegancia. - ¿Les está molestando este rufián?

Apunté divertido a Brad con la pistola de juguete. Soy un policía esta noche, tengo que actuar como tal y salvar a las damiselas que estén en apuros.
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Invitado el Sáb Nov 15, 2014 1:11 pm

Al ver que la hermana de Daniel estaba allí, observándonos, un frío escalofrío subió desde mis piernas hasta mi cabeza. Por unos segundos me sentí intimidada, pero entendía perfectamente que Daniel no quisiese que su hermana se enterase de lo que hacía en su tiempo libre. Fue por eso que me limité a sonreír de manera inocente, como si Daniel y yo hubiésemos pasado de amantes a simples compañeros de trabajo en tan solo unos segundos. Pensé en que hacer si su hermana se acercaba, y decidí que lo mejor era saludarla cordialmente hablando de su hermano como si fuese solo mi jefe y me lo hubiese encontrado por error. Tenía que mantener las distancias. 

Escuché la proposición de Daniel de huir y subir a una de las habitaciones de arriba. Esperé, y al ver que la rubia no parecía querer acercarse, me limité a mirar a mi sanador con una sonrisa y a pasarle la mano por el brazo. -Te espero arriba. -dije con suavidad. -Es tu hermana, salúdala. No me iré a ninguna parte. -le guiñé un ojo y me desparecí de la escena como había aparecido. 

Subí las escaleras polvorientas con cuidado de no pisar alguna tabla suelta. Aquella mansión era bonita a su manera, pero lo del polvo y el suelo que se caía a cachos le quitaba encanto. Al llegar al piso de arriba vi una larga hilera de habitaciones con las puertas cerradas. Me aventuré a abrir la primera puerta que encontré y un ratón salió corriendo por entre mis pies. Era el armario de las escobas. Cerré aquella puerta por si salían más bichitos adorables y abrí la segunda. Eso estaba mejor. Una habitación pequeña pero agradable, con una cama doble llena de polvo y unas cortinas de terciopelo. Estaba poco alumbrada y olía a viejo y a cerrado, pero me conformé. 

Entré y me quité la pesada capa roja de los hombros para dejarla sobre una de las sillas. Me gustaba el vestido que llevaba debajo y quería que Daniel lo viese. Luego me senté sobre las tablas de la ventana, que estaba cerrada. Hacía frío, esperaba que Daniel no tardase mucho en venir a hacerme compañía.
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Invitado el Sáb Nov 15, 2014 7:50 pm

Aunque en la fiesta Brisa y yo no podíamos comportarnos como una pareja convencional con tanta gente del hospital presente, ver allí a Elia, un poco más delante de nosotros y mirándonos fijamente, nos dejó a cuadros. Y con ese disfraz, entendía que mi hermana fuese más imponente de lo normal. Cualquiera que conociese a Elia sabía que aquel sería el único vestido de novia que le viésemos llevar puesto y había que aceptarlo. Y de hecho, todos los que le conocíamos sabíamos que era una declaración de intenciones: si Elia se casaba algún dia, su naturaleza acabaría tan muerta como su vestido. Simplemente no entraba en su naturaleza el casarse y sentar la cabeza. Una verdadera lástima, pues era una mujer preciosa con gran éxito entre los hombres... pero Elia no veía a los hombres de ese modo.

Cuando vi que Brisa aceptaba mi propuesta de desaparecer de escena y dejarme solo ante el peligro me arrepentí de haberlo sugerido. No quería que se separase de mi tan pronto. ¿Y si le pasaba algo mientras yo estaba charlando tan distraído? Los quince minutos que le dije que tardaría se reducirían a la mitad, seguro. No quería que le pasase nada a Brisa, no por mi culpa. Pero mi hermana era mi hermana, y Brisa entendía que le quisiese saludar después de tanto tiempo sin vernos. Nos escribíamos a menudo, claro, pero no habíamos encontrado tiempo más allá de nuestros ocupados trabajos (miedo me daba pensar el trabajo de mi hermana, ¿Elia trabajando?). Cuando llegué a la barra donde estaba Elia, atravesando lentamente entre montones y montones de gente con todo tipo de disfraces, vi que ya no estaba sola. Antes solo había estado con otra mujer, la otra Caperucita con la que en un principio había confundido a Brisa (si no lo piensas no ha pasado Daniel, tú simplemente no lo pienses), pero ahora estaba además con otros dos hombres y uno de ellos se había tomado la suficiente confianza como para colocarse a su lado, seguro que para cautivarle con sus encantos. Estaba claro, era hora de que aquel tipo conociese al hermano mayor de Elia...

- ¡Anda que vienes a saludar! - le dije a Elia en voz alta cuando llegué a la barra, colocándome enfrente del tipo de la máscara. Puede que tuviese solo media cara visible, pero esperaba que no se atreviese a hacer nada con mi hermana estando yo delante o se quedaría sin la otra media. Traté de que no se me notase nada en la cara, lo cual no resultaba muy difícil con todo el maquillaje que llevaba, y le sonreí a mi hermana. Quería abrazarle y que ella me abrazase y quedarnos así un largo rato, pero sabía que probablemente no quisiese delante de tanta gente (y de tantos hombres, jejej). - Me alegro de verte, hermanita. Te daría un beso pero... - me señalé a la cara maquillada con mis manos enguantadas y me encogí de hombros.

Miré de nuevo al fantasma de la ópera y también aunque menos tiempo al policía. Los dos eran tipos muy apuestos, pero me preocupaba más el fantasma que el otro, probablemente porque era el que más cerca estaba de mi hermana. Entonces estaba reviviendo por qué nunca salía con Elia a otras fiestas: no era solo que yo no hubiese tenido ganas de fiesta ni de que me presentase a un montón de amigas suyas como si fuesen pedazos de carne en una carnicería, sino sobre todo era el comportamiento de Elia con los hombres y por consiguiente el de los hombres con ella. No me gustaba ver a mi hermana con esos comportamientos, y tampoco me gustaba ver a hombres interesados en la belleza física de mi hermana y con esos ojos lujuriosos. Elia era mucho más que un buen cuerpo y la belleza y frescura de un rostro joven, y me dolía ver ese tipo de comportamientos. Sabía que en cuanto que me fuese Elia haría lo que le viniese en gana, y tampoco quería dejar a Brisa sola el resto de la fiesta para evitarlo. No era niñera de nadie y tampoco quería que Brisa se enfadase conmigo.

Así que lo afronté como mejor pude: pidiendo un whisky de fuego al camarero en cuanto pasó por allí. Permanecí todo el rato que esperé a que trajese mi copa mirando con ojos entrecerrados al fantasma,insinuándole sin hablar que le tenía vigilado. Alcé el brazo estratégicamente entre las cabezas de Elia y el tipo enmascarado para coger la copa de whisky de la mano del camarero.

- Muchas gracias - le dije haciendo una inclinación de cabeza educada. Me llevé la copa a los labios y pegué un sorbo largo, dejando la copa a la mitad. Cuando me retiré la copa de los labios, sacudí la cabeza hacia un lado y cerré con fuerza los ojos hasta acostumbrarme a la sensación ardiente en la garganta. No era desagradable ni mucho menos, pero sí intensa. Miré de nuevo a Elia con mi copa de whisky en la mano y una postura relajada. - ¿Cómo te va todo? No he tenido noticias tuyas desde tu última carta, empezaba a preocuparme que lo de tu nuevo trabajo no fuese una broma. - dije en tono de broma. Ciertamente me intrigaba en que consistía el supuesto nuevo trabajo de mi hermana (y seguramente también el primero) pero sabía que aquella fiesta no era el mejor sitio para hablar de trabajo. - Yo últimamente no paro, así que supongo que no me puedo quejar. - dije encogiéndome de hombros. Lo bueno de no tener tiempo libre y estar prácticamente todo el rato atendiendo casos distintos en el hospital era que no se lo ponía fácil a los mortífagos que estuviesen persiguiéndome.

Di otro sorbo de mi whisky mientras miré distraídamente mi reloj de pulsera. Habían pasado casi diez minutos desde que Brisa había subido ella sola al piso superior. Me inquieté. ¿Estaría bien? Daniel, cálmate, no se oyen gritos, seguro que está perfectamente y esperándote impaciente. Me retiré la copa de los labios.

- Bueno hermanita, no te entretengo más, veo que estás... ocupada - dije la última palabra mirando con los ojos de nuevo entrecerrados al fantasma enmascarado antes de volver a mirar a Elia con el mismo gesto encantador con que le estaba mirando antes de centrarme en el fantasma. - Pero no olvido que tenemos una conversación pendiente, no lo hagas tú tampoco. - Me tenía en ascuas desde que en su carta me había hablado de su nuevo trabajo. Había estado mirando el periodico como un loco los días siguientes, esperando ver cualquier noticia lo suficientemente escabrosa que me revelase el misterio; al fin y al cabo no sería la primera vez que me entero de algo que hace mi hermana por la prensa mágica. Pero aunque una parte de mí se había aliviado al no ver nada, la otra temía que fuese un trabajo simple de tendero muggle o de peluquera. O de esteticista, Elia era una mujer muy femenina. Y mi hermanita se merecía algo mejor... aunque viviendo de la economía de mis padres realmente no necesitaba ningún trabajo para poder vivir bien toda su vida. Seguro que mis padres me habían desheredado, por lo que todas las posesiones de la familia serían de Elia cuando muriesen nuestros padres. Aunque creo que ni por esas regresaría a Los Angeles... - No te metas en líos. - le dije a Elia a modo de despedida. No hacía falta que le dijese "pásalo bien" a alguien como ella.

Me giré resistiendo la tentación de volver a mirar al fantasma y volvi a atravesar mares de gente andando en todas direcciones hasta llegar a las escaleras. Torcí una sonrisa mientras miraba para arriba y me detuve al pie, apurando de un trago lo que quedaba de mi bebida antes de dejar el vaso vacío en la mesilla que tenía a mi izquierda. ¡Brisa, allá voy! Pero no resultó ser tan fácil como parecía. Llevaba bastantes años en Londres viviendo en pisos de alguiler bastante pequeños y ya no recordaba lo que era vivir en una mansión. De pronto me encontré en un largo pasillo con un montón de puertas a todos los lados. Sin embargo recordaba lo suficiente como para saber que los dormitorios no estaban inmediatamente al principio del pasillo y por eso me evité el abrir las primeras puertas tanto de la derecha como de la izquierda. Probablemente se tratarían o de armarios para las escobas o de las habitaciones del servicio, o quizá una de cada. Me dirigí hacia la segunda puerta del pasillo derecho. Pensé que tendría suerte y que sería esa, que allí estaría Brisa, pues había oído ruidos dentro. Pero cuando abrí la puerta y vi dos pares de ojos mirándome con enfado y sorpresa, me apresuré a pedir perdón y a volverles a dejar intimar en el dormitorio tras cerrar la puerta. Resultó que en esa habitación si habia una mujer, pero no era Brisa y tampoco estaba sola.

Con apenas dos zancadas me situé en la puerta de enfrente. Esperaba que no se tratase de otra pareja intimando o me volvería más rojo que los tomates por la vergüenza, suerte que llevo maquillaje facial para disimularlo. Pero al abrir la puerta y ver a Brisa sentada en la ventana, se me quitaron todos los males. El dormitorio no era muy grande, probablemente uno para invitados que se usa en contadas ocasiones, y el olor de la habitación no era mucho mejor, pero la presencia de Brisa hacía que todo fuese perfecto. Mi sonrisa se acentuó cuando ella me vio.

- Hola - dije con tono casual. De espaldas a la puerta, empujé el pomo con las manos para que esta se cerrase y quedarnos los dos a solas en aquella estancia cubierta de polvo y con olor a humedad. No importaba. No podía quitar mi vista del vestido de Brisa. Antes había estado cubierto con la capa roja y no había podido admirarlo en todo su esplendor, pero ahora podía ver cada detalle con tranquilidad, y sin el nerviosismo de evitar hacer tal o cual gesto por si nos ven los del trabajo. Fijé mi vista en su escote, en su corsé, en cada roto de su camisa, en sus caderas marcadas, en la raja de su falda que me permitía ver parte de su pierna... Estaba perfecta. - En la habitación de enfrente se nos han adelantado. - comenté bromeando con tono despreocupado. Pero aunque la chica de la otra habitación hubiese estado a medio desnudar, Brisa aun con toda la ropa puesta seguía resultándome mucho más atractiva.

En ese momento, lejos de la muchedumbre, con Brisa solo para mí y los dos a solas entre aquellas cuatro paredes con olor a polvo a moho, me sentía el hombre más afortunado. No me hacía ninguna falta ninguna fiesta para ser feliz, solo ella.
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Abigail T. McDowell el Dom Nov 16, 2014 10:18 pm

A pocas personas me las tomaba realmente en serio, a muy pocas, y Fly definitivamente no era una de ellas. Para colmo, tenía la habilidad de intentar hacerse la seria, pero es que no me la podía tomar en serio, pues tenía un tono de voz, quizás la manera de decirlo… quizás sus gestos, pero era imposible tomarse a Fly en serio. O quizás es que nunca me ha hablado en serio a mí. Pero es que sabía, nada más con empezar a escucharla, que iba a terminar diciendo alguna parida y que no tenía necesidad de preocuparme por lo que iba a decirme. Y lo que dijo ahora mismo era un claro ejemplo de todo esto. Mira que le gustaba hablar de mi dignidad… ¿Pero acaso sabe ella dónde dejó la suya cuándo empezó a salir con un Hufflepuff? Ella sí que la había perdido hace tiempo. Finalmente tuve que reírme y sin duda si tuviera que volver a Hogwarts y buscar mi dignidad en algún lugar, tendría que buscarla en el bosque prohibido, lugar en dónde Bruce, Britanny y yo perdimos un duelo contra UN solo Hufflepuff. Tres contra uno. Tres Slytherin contra un Hufflepuff. Sin duda los putos elfos dopan a esos tejones de mierda. En fin, mi dignidad se quedó debajo de alguna piedra de esa en el caso de haberla perdido en Hogwarts.

Por un momento su comentario me hizo plantearme tanto sus creencias como mi condición. No es muy difícil, si me conoces, saber cuál era una de mis muchas ambiciones y sabiendo que Fly es una de las pocas personas que me conoce un poco y que encima ejercía como Auror, me daba cierto respeto hablar de esas cosas. Aunque bueno, para ser sinceros, me daba un poco igual que Fly fuera Aurora, al fin y al cabo estaba tranquilamente hablando con ella y si no había intentado indagar sobre mí sería por algo. Realmente la única aurora que me resultaba peligrosa era la maldita O’Donnell. Debería haber muerto como su novio y librarnos de su presencia en el mundo.

Finalmente, la única manera que se le ocurrió al esqueleto que tenía al lado mío para librarnos de aquellos tres tíos fue escondernos bajo una mesa. No fue una idea tan descabellada, pues probablemente si hubieran terminado delante de nosotros, podrían llegar a juzgarme todos aquellos que pudieran escuchar las cosas que podría decirles. Sentía un deseo irrefrenable de humillarlos, simplemente porque era fácil y podía. Sin embargo, verme debajo de la mesa sí que me resultó surrealista y, como no, estando con Fly, todo muy poco serio. Su comentario sobre mi antipatía me hizo soltar una carcajada. Negué con la cabeza y forcé una bonita sonrisa irónica, que realmente era de verdad. ¿Ella se queja de no verme sonreír? Eso es que no me ha visto en cualquier otro momento de mi vida. Si hoy estoy extrañamente bien y simpática. Supongo que el Whisky ayuda. Me hizo gracia que me preguntara que cuando fue la última vez que eché un buen polvo. Mi máximo tiempo de sequía como mucho es una semana, ¿de verdad cómo me va a preguntar eso? Soy Abi McDowell, joder. Como si no me conociera. Abi sin sexo no existe, implosionaría al no recibir el sustento de una necesidad básica del cuerpo.

En realidad lo eché ayer. ¿Sabes ese Inefable tan guapo que se llama… —me llevé la yema de mi dedo índice a la barbilla, intentando hacer memoria— ¿Bueno acaso importa el nombre? —me encogí de hombros, con una juguetona sonrisa— Es una de las pocas ventajas de que me obliguen a quedarme hasta tarde un viernes… —El maldito Ministro sí que sabía, me deja el trabajo y se va él. No es listo ni nada el cabrón. Pero bueno, no puedo quejarme, al final de la jornada laboral suelo tener una buena recompensa en esos casos.

Mientras bebía asentí con la cabeza a su aclaración de que al ser bajitas pasaríamos desapercibidas. Tío, era un puto unicornio, el puto cuerno sobresalía aunque fuera bajita, por lo que en verdad no me sirvió de mucho esa premisa de Fly. Intenté buscar una solución rápida y efectiva, pero aquellos frikis parecían tener una buena antena. Tendrían ya la costumbre de buscar a las chicas que huyen de ellos.

Sujeté a Fly antes de que aquellos pudieran acercarse más y salimos por la otra parte. Arrastré a Fly, porque sabiendo cómo es sólo por diversión se quedaba a hablar con ellos. Claro, ella ya salió con un Hufflepuff y su dignidad ya la tiene por los zapatos, pero yo aún la conservo más arriba. Alcé una ceja ante lo que dijo.

¿El amor de mi vida? —fingí un escalofrío asqueado— Amor y vida en la misma frase, ¿quieres que vomite? Prefiero vivir rodeada de gatos y eso que yo también los considero animales de Satán —¿Los gatos de que van? Si parecen más divas que yo, más chulos y más sobrados. No podría vivir con un animal de cuatro patas que se crea mejor que yo, terminaría disecado en mi pared.

Cambiamos de sala y al salir de la mesa se me había olvidado el vaso allí, por lo que cuando Fly cogió una por el camino, yo me hice con otra. Ya me mezclado whisky con algo que seguro no es whisky… ¿Qué será lo próximo? Bebí tranquilamente de él y sonreí de medio lado cuando Fly me ofrece bailar.

Tengo el remedio para que no lo odies, serás invitada a todas las fiestas del Ministerio de aquí en adelante… —le amenacé divertida, dándole un golpecito amistoso en la espalda. No era nada bueno, yo podía meter a quién quisiera entre las listas y normalmente si vas, no te libras nunca de bailar. Yo lo odiaba, ahora prefiero bailar sólo por no tener que hablar con alguien.

Continuamos caminando y en cierta ocasión, al pasar por al lado de un grupo de chicos Fly se paró. Supuse que conocía a alguno e iba a saludar, pero no fue así. Llamó su atención y, cuando la tuvo, me la pasó a mí totalmente. No miré a Fly porque ni me dio tiempo, pero las vibraciones de: “Te mato”. Si quisiera buscarme a alguien que tirarme empezaría buscando a alguien vestido de fantasma de la ópera. Que aunque sea feo me pone y siempre puede quedarse con la máscara puesta. Pero no, me buscó un gladiador con escudo de plástico con el pelo largo. ¡Con el pelo largo señores! ¡Sólo hay un hombre en el mundo que sea guapo con el pelo largo y no era él!

Pues no, no conocía a Abi... Yo soy Fred —me dijo con un gesto ligón.
Hey —saludé súper interesada por mi parte.
Bonito disfraz —dijo, acercándose más a mí y dejando a sus amigos hablando solos. Me tocó el cuerno y le aparté la mano. ¿Qué clases de confianzas son esas de tocarme el cuerno? ¿Acaso yo le toco la espada?
Lo sé, me hace adorable e inocente. Aunque en realidad soy despiadada y cruel y voy a matar al medio esqueleto que te ha tocado el hombro —sonreí de medio lado— Seguro que te van las morenas, si quieres te la presento.
En realidad me encantan las pelirrojas, me parecen sensuales y salvajes… —intentó susurrar, pero debido a la música tuvo que decirlo bastante alto, por lo que perdió todo lo sensual que podría tener— ¿Qué te parece? Tú y yo, junto a la chimenea, a la luz de las velas con una botella de vino…
Poco vino —bebí de mi copa y esbocé una sonrisa cortarollos— Asúmelo, soy mucho unicornio para un gladiador. Prueba con alguna caperucita, que hay montones. —le guiñé un ojo, le di un golpecito amistoso en la mejilla y me di la vuelta, buscando a Fly con la mirada.

Me acerqué a ella con cara de zorrón. Se la iba a devolver. Iba a decirle algo, pero no lo hice, ya que me vino perfecto el hecho de que un grupo de amigos pasaran por detrás de ella. Por lo que aproveché que caminaba hacia ella para tropezarme y empujarla para que chocara con uno de ellos. Iba disfrazado de payaso con una máscara, pero al ver que una chica se le cayó encima, le ayudó a recomponerse y se quitó la máscara para poder preguntarle si estaba bien.
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Brigid Morrell el Lun Nov 17, 2014 12:59 pm

La fiesta estaba resultando cuanto menos curiosa.  Si bien no era la primera vez que la sirena acudía a una fiesta de disfraces, sí que era la primera a la que acudía siendo profesora en Hogwarts, lo cual le resultaba extraño. Toda su vida había disfrutado de los pequeños placeres de la vida sin entablar relación con humanos por más de un año, y ese plazo en el castillo había pasado, aunque no le incomodaba en absoluto, y disfrutaba de su trabajo. Si llega a saberlo se hubiera hecho profesora muchos años antes.

Su estancia en la mansión estaba pasando de modo desapercibido, obviando al payaso que casi la besa, pero eso es un punto y aparte en este momento. Encontrarse con una compañera de profesión le había “alegrado” la fiesta. Seamos sinceros, no le gustaba mucho relacionarse con los humanos, aunque una mujer atractiva siempre sería más entretenida que un joven adonis. – De acuerdo Elia. – Dijo tras sus palabras. El tuteo no era algo a lo que Brigid estuviera acostumbrada, pero no iba a darle importancia en ese momento, si su acompañante quería que la tuteara, así lo haría.

El disfraz de la joven le había traído gratos recuerdos a la profesora, en concreto a su ultima boda. Una velada intima pero con mucha pompa. Aquel hombre, Richard, la había envuelto en algodones durante su año de relación. Además de haber heredado su fortuna. Cierto es que de esa boda ya han pasado más de cincuenta años, pero no era algo que olvidara con tanta facilidad. – En unas cuantas ocasiones, pero no he tenido la suerte de poder conservar el matrimonio por mucho tiempo. – Respondió con cierta pena en la voz, tomando un trago de su copa. Champán creo que era.

Algo acalorada, o más bien por aparentar, la sirena dejó la copa sobre la barra una vez la terminó y se retiró la capucha de la cabeza, dejando al descubierto su melena rubia y su pálido rostro. Pidió una nueva copa, esta vez se la tomaría con más calma. Miraba a su alrededor, intentando descifrar los vestidos de los allí presentes. Algunos les consternaban, como una mujer vestida de ¿unicornio? Otros simplemente le transportaban a tiempos pasados. No podría estar segura si iban de vampiros o simplemente de época, pero los colmillos los delataban. Mientras pensaba en los colmillos deslizó suavemente la lengua por los suyos, un gesto oculto a simple vista, pero reflejaban en su interior un deseo oculto.

- Lo cierto es que he venido por conocer  cómo es una fiesta de Halloween entre magos adultos. Tampoco es que conozca a demasiados humanos como para haber quedado con alguno o disponer de compañía previa para estos eventos. – Su subconsciente muchas veces le fallaba y olvidaba incluirse en los humanos para no llamar la atención. Aunque era ya algo tan arraigado en su interior que pocas veces podía evitar. – ¿Y usted? Dudo mucho que una joven tan guapa haya venido sin acompañante a un evento de estas características. – Comentó con dulzura y cierta picardía en la voz. Era una mujer hermosa, y todos pueden saber ya que Brigid tiene cierta predilección por las mujeres antes que por los hombres. Aunque no fuera algo que dejara ver con facilidad.

Miró en la dirección que señalaba la profesora Deveraux, lo cierto es que el policía no le resultaba ni vagamente conocido, el fantasma con ese antifaz menos aún. – Podría ser. – Respondió sin más a la joven. No es que le disgustara tener compañía masculina, sino que le resultaba indiferente. Poco a poco los dos hombres se acercaron, primero el fantasma de la ópera, colocándose entre ambas y hablando directamente a Elia. Una jugada interesante, tentar a una y si no te hace caso, poder girar para la otra. Ambos comenzaron a hablar, mientras que Brigid se limitaba a mantener un gesto amable y beber de su copa. El joven estaba muy cerca a su parecer, por ello intentó dar un ligero paso hacia atrás, incluso retirarse de la escena era una de las opciones que tenía en mente, cuando Elia le hizo una pregunta que no se esperaba.

Sonrió con amplitud y miró al joven unos segundos antes de responder. Lo justo para poder reconocerlo. – Eso parece, siempre que la máscara no le reste visibilidad y te tire la copa. – Comentó con tono burlón la sirena. Poco o nada conocía de éste chico, o al menos que ahora recordara, salvo haber tenido ese peculiar encuentro en Zonko’s días atrás.  Volvió la sirena a beber de su copa, escuchando la conversación y esperando tener la ocasión de retirarse sin problemas, pues nada le incomodaba más que hacer de carabina.

De la nada apareció de nuevo el payaso raro. Elia los atrae a todos. Fueron las palabras que pasaron por la mente de la sirena mientras contemplaba la escena. Al parecer el payaso que casi la besa era el hermano de su compañera. Algo protector dado como miraba de soslayo a Brad. Si algo le gustaba a la sirena era observar y sacar sus propias conclusiones. Un rasgo característico de ella, el no sacar conversación y permanecer en silencio.

- ¿Rufián?¿ Pero aún usan esos vocablos los londinenses? – Preguntó ladeando levemente la cabeza. Eran esas palabras las que le resultaban curiosas y a la vez le creaba curiosidad para conocer a alguien. Las evoluciones del lenguaje en ocasiones la trastocaban, por no decir que podían dejarla en stanby durante segundos por no comprender nada. La actuación del policía le había resultado cuanto menos graciosa. Una forma original de introducirse en la conversación. Lástima que para la sirena la conversación no tuviera mucho más por dónde tirar. La compañía era agradable, pero no para ella ya había tenido suficiente interacción con humanos por un tiempo. Que sí, la fiesta acaba de comenzar, pero comenzaba a tener hambre y la comida que en la fiesta había no era la que le apetecía.

-Si me disculpáis, he visto a un viejo conocido. Espero volver a veros. – Comentó con una leve reverencia y una sonrisa, dejando su copa sobre la barra y perdiéndose entre la multitud luego.


off: disculpad mi rápida retirada, pero veo que tardo mucho en responder y os estoy parando a vosotros.
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Invitado el Lun Nov 17, 2014 5:48 pm

La espera fue larga. Como siempre, a Caleb le gustaba hacerse esperar, pero fui capaz de mantenerme impasible en mi rincón oscuro, sujetando una copa que había cogido para entretenerme, esperando el momento en el que se dignase a aparecer. Varios moscardones se acercaban a las chicas que estaban a mi alrededor, tratando de llevárselas a un lugar mas íntimo. En tiempo pasados, puede que me hubiesen intentando colar a mi misma mentira usando su labia. Pero gracias a la técnica de atemorizar con la mirada que había desarrollado en los últimos años, no se atrevían ni a mirarme. Puede que una mirada dulce fuese seductora, pero cuando una novia muerta te mira con gesto de "si te acercas, estas muerto", la cosa ya no es tan divertida. 

En el fondo, seguía enfadada con Caleb por el susto que había dado después del ataque a Hogsmeade. O al menos debería estarlo, porque fue verle entrar por la puerta y que el corazón me diese un vuelco y todo se me olvidase. ¿Por que era capaz de ponerse el disfraz más típico y patético de todos los posibles y seguir pareciendo tan perfecto? Esa era una cualidad que solo Caleb tenía, y destacaba gracias a ella sobre todos los demás. Cualquiera habría dicho que se trataba de un vampiro auténtico. Pero a mi no me daba miedo. 

Me mentí en mi papel y me coloqué frente al pasillo que llevaba a las escaleras de arriba, mirándole fijamente hasta que le tuve totalmente controlado. Entonces, gracias a un hechizo, hice sonar mi voz en su cabeza. "Mira lo que me has hecho" Jugué un poco sucio, quería asustarle. No era del todo mentira, el me había dejado así tiempo atrás. Pero el tiempo lo cura casi todo, y su sonrisa cura lo que el tiempo no es capaz. Esperé, y en cuanto su mirada se chocó con la mía empecé a subir las escaleras hacia el piso superior, como una auténtica alma errante. 

Cuando llegué al piso de arriba me oculté tras una puerta, esperando a que llegase para pegarle un buen susto. Después de lo que había pasado en las últimas semanas cualquier cosa le sorprendería. No quería ser demasiado mala, pero él me lo había hecho pasar mal a mi cuando me lo encontré casi muerto en la calle. Era lo mínimo que podía hacer para que aprendiera.
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