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On top of the world [Ben Winslow]

Abigail T. McDowell el Lun Dic 01, 2014 12:45 am

Hoy era uno de esos días en dónde me pasaba más tiempo fuera de mi despacho que dentro. Las primeras horas había estado supervisando, junto a la gran mayoría de cargos que ejercen de jueces, las distintas declaraciones de aquellos que estaban imputados por algún motivo. Me encantaba levantar la mano para votar a favor de la peor sentencia posible. Incluso a aquellos que estaban vamos los mismos ideales que yo… si son tan estúpidos como para ser cogidos, no merece la pena luchar por ellos.

Después de eso, aproveché para pasar por el departamento de Catástrofes Mágicas, pues hace poco (yo misma) había sido partícipe de la destrucción y asesinato de ciertas personas, muggles y aurores, en plena calle mágica y claro… por suerte sólo han reconocido a los muertos y aquellos partícipes activos siguen siendo un misterio para todos. Y esperaba que siguiera siendo así, después de aquel susto de muerte, esperaba que no me pasara nada de eso durante mucho tiempo y que mi condición como mortífaga siguiera siendo confidencial. Me pasé por dicho departamento para ver cómo iban las cosas, aunque la jefa aprovechó que estaba por la zona para darme ciertos informes para el Ministro.

Cansada y sin muchas ganas de volver a mi despacho a tener que enfocarme en el trabajo que aún tenía que realizar, comencé a caminar hasta mi despacho, el cual estaba justo al lado del Ministro. Por el camino ignoré algunas miradas, obvié algunos saludos y me esforcé en mantener una conversación en el ascensor por puros formalismos con el jefe de departamentos de aurores. No era muy inteligente levantar sospechas precisamente con esa persona.

Salí en mi planta antes que dicha persona y continué caminando hacia mi despacho. Por el camino me crucé con mi secretaria, la cual venía hacia mí con ese paso que tanto odiaba. Caminaba dando saltitos, ¿quién narices camina dando saltitos?

¿Qué tal Señorita McDowell? —me preguntó y yo noté que estaba esperando el momento para hacerme la siguiente pregunta.
Bien. —le contesté— ¿Qué quieres? Ya sé incluso cuando quieres preguntarme algo y empiezas con banalidades.
Verás es que hoy es el cumpleaños de mi padre… —empezó a decir.
Vete cuando te dé la gana, Matthews —le contesté antes de que terminara de decirme que quería salir antes para poder llegar a tiempo. ¿A mí que me iba a molestar? La tenía para avasallarla a trabajo cuando yo no tenía ganas y aun así la mujer se llevaba a casa más trabajo que yo. Actualmente podía soportar mi carga de trabajo y no tenía ganas de soportarla— Ordena el papeleo de mi despacho y vete cuando quieras. Ya recuperarás horas mañana. —añadí, continuando con el camino sin apenas mirarla— Voy a hablar con el Ministro, no nos molestes.

Y, acto seguido, ella se metió —dando saltitos, como dato— en mi despacho mientras yo tocaba dos veces en la puerta de mi jefe. Esperé unos segundos y luego me tomé mis propias libertades. Abrí levemente la puerta para asomar la cabeza y le vi sentado en su sillón hablándole a un espejo comunicador. Justo se estaba despidiendo de lo que parecía una persona cercana a él.

Me tomé la libertad de entrar al interior y cerrar la puerta cuidadosamente para no hacer ruido, acercándome a la mesa. Cuando hubo colgado, yo me senté en la silla que tenía en frente de su mesa. Me crucé de piernas con elegancia y giré levemente la cabeza en una burlesca sonrisa. Me hacían gracia aquellas personas que tenían una vida tan seria como la tenía este hombre... Le mirabas y sin duda no parecía que esa fuera la vida que le pegase a ese rostro y a ese semblante. O será porque conozco de él una faceta más allá de la de cabeza de familia.

¿Contándole qué tal el día a su esposa? —pregunté con cierta burla. ¿Por qué estas confianzas con el Ministro nuevo? Ni de lejos me comportaba así con el anterior… pero simplemente porque podía. A fin y al cabo el cabeza de familia de los Winslow no era para nada igual al vejestorio anterior. Y me debía una buena, por lo que podía permitirme este trato, siempre bajo el respeto y la "cordialidad" que para algo éramos adultos. Dejé el informe sobre la mesa y se lo arrastré hacia adelante— Tienes trabajo, al parecer ha habido una pequeña masacre en territorio muggle. Qué magos más pocos considerados… —y me miré las uñas “disimuladamente”, sin poder evitar soltar una sonrisa ladeada.

¿Por qué era el trabajo de él? Porque algo de tal magnitud requería la acción de muchos departamento. Tanto el de Catástrofes Mágicas, como el de Desmemorizadores, quizás incluso Aurores al ser cosa probablemente de mortifagos (“probablemente”) y demás departamentos para una u otra tarea. Y el Ministro debía de organizar su propio Ministerio.

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Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Ben A. Winslow el Mar Dic 02, 2014 4:54 pm

Un día más como cabeza, cabeza de la sede central de todo el poder político “real” del mundo mágico, aunque aún haya cabezas más importantes inclusive fuera del propio Ministerio, ya fuese una cabeza senil dentro de unos muros de un antiguo castillo “formando” a la nueva era dentro de la cual se encontraba mi descendencia u oculto en las sombras esperando siempre oportunidades perfectas para cada ataque. Este último era sin lugar a dudas una especie de inspiración para mí que cumplía mis expectativas y deseaba un mundo mágico tal y como lo había deseado siempre mi familia. Por supuesto, era la persona a la cual yo era fiel, yo era una de sus manos ejecutoras y como tal debía cumplir mi papel a la perfección, lo cual exigía que como cabeza de Ministerio favoreciera a los míos de la forma más sutil posible, sin levantar ninguna duda sobre mi “ideal de igualdad para todo tipo de mago”.

Aun con todos sus problemas de ocultar la verdad tras diversas máscaras, me encantaba todo aquello, tenía un gran poder del cual hacía gala cada vez que podía, como cuando lo use para enterarme de todo lo que sucedía con mi primogénito, ese que destrozo el corazón de su madre cuando no volvió más a su hogar, ni siquiera le escribió para decirle nada. Bien es cierto que su madre había estado un poco en su mundo siempre ya que se enfrascaba en sus libros o como hacia a día de hoy en sus compras por todo el globo buscando algo que le llenase un vacío que ni ella misma sabia el por qué tenía.

Entonces como caído del cielo, apareció mi querida y amada esposa frente a mí en el espejo que tenía al lado de la foto de mi Ophelia, mi pequeña espía del viejo senil.

-Hola, ¿por dónde andas hoy? –pregunte sin darle mucha importancia y apartando unos papeles con los que estaba acabando

-Hola cariño, pues andaba por Paris pero ahora acabo de comprar los billetes para irme a Milán una semana, que unas amigas y yo hemos decidido ir a comprar ropa por allí y pasar el fin de semana por la Toscana.

Como disfrutaba gastando todo el dinero que podía y más, menos mal que con eso la mantenía tranquila y a veces hasta alejada de mí lo cual en estos últimos años era a hasta un alivio. Entonces unos toques amigables y leves sonaron en la puerta y sin que me diese tiempo para contestar la figura de esa pelirroja a la cual tenía “a mi cargo”, un cargo que ella misma me ayudo a obtener, entro sin perder el tiempo acercándose a mi mesa.

-Ah pues muy bien, cómprame un traje de la nueva colección de Armani si te acuerdas, te dejo que se me ha hecho tarde y tengo una reunión.

Sin darle tiempo más que a mandarme un beso por el espejo, corto la comunicación y le señalo a mi querida asistente que tome asiento. La señorita McDowell hizo un comentario que guardaba cierta burla sobre la pseudoconversacion que ella misma había interrumpido y que en parte agradecía que hubiese interrumpido puesto que lo que más me costaba últimamente es molestarme en aparentar cariño hacia mi esposa, que la echaba de menos y ese tipo de cosas. El trabajo era todo lo que necesitaba en este momento, bueno eso y un buen Dalmore.

Mientras deja unos papeles en mi mesa, me levanto para servirme una copa. –Sabes que tu solita te puedes encargar de esa situación, tienes más que poderes para ello y por lo que he visto en unos cuantos papeles de un tal señor Gray, se te da bien falsificar firmas incluso del anterior ministro.- La verdad es que no sé cómo había llegado hasta los papeles de ese hombre, pero un día los vi y la firma no era precisamente exacta a la del anterior ministro sino que había algunas pequeñas diferencias que la gente normalmente no se darían cuenta. Pero no era mi caso.

La miro con la copa en la mano.- ¿Te apetece una?, ¿o prefieres vasito de leche?, si es así llamare a la secretaria para que te lo traiga o te lo tire encima, depende de lo torpe que esté hoy.-finalice guiñándole un ojo, y sin esperar respuesta me di media vuelta y empecé a servirle una copa, si no la quería ya me la bebería yo.

-Muy bien, señorita McDowell, ¿hay alguna razón escondida de su visita?, aunque también es posible que se aburriese y le apeteciera ver si andaba ocupado y si no era así cargarme de más trabajo y papeleo.
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Abigail T. McDowell el Miér Dic 03, 2014 12:45 am

Me senté en las acolchadas sillas que precedían el escritorio del Ministro. Era un hombre poderoso, atractivo y sumamente misterioso, por lo menos para mí, cuya relación entre ambos no superaba la simple profesionalidad entre los dos. Tenía un semblante serio y una actitud que para algunas podía ser cortarollos y desagradable, pero a mí me divertía y me gustaba. Tenía un “algo”, llamémoslo madurez agradecida que hacía que me pareciese una increíble tentación. Sin duda era mucho más gratificante tenerle a él como superior que al viejales anterior.

Al comentarle por encima su urgente cometido como Ministro, dejó caer que yo tenía los poderes suficientes como para encargarme de ello. Lo miré dudosa sin saber a lo que se refería mas sus siguientes comentarios fueron bastantes reveladores. Me humedecí los labios mientras le seguía con la mirada.

Es potestad del Ministro, para algo lleva su firma… o acaso… ¿me está dando permiso para poder falsificar también su firma? —pregunté perspicaz— Cuántas confianzas, no sabía que me tenía por un confidente tan especial —continué, alzando levemente una ceja— ¿Es usted consciente de lo que puedo hacer con una firma falsificada? Podría arruinarle la vida —dejé claro, antes de soplar hacia arriba para apartarme el fleco de mi vista y mirar a los ojos a mi jefe—. Por suerte los dos sabemos que si está donde está, es porque lo menos que quiero es arruinar su vida, Benjamin, pero no me dé más trabajo del que ya tengo. —sentencié con una media sonrisa. Le trataba de usted en todo momento.

La siguiente actitud del Ministro al principio parecía dedicada a molestarme a mí con ese guiño a la bebida de bebés. Sin embargo, cuando terminó de hablar pude darme cuenta de que realmente se estaba metiendo con la inútil de mi secretaria.

¿Cuándo he dicho que no a un buen vaso de whisky? —Yo era más de Bourbon, la verdad. Pero el que bebía él no estaban tan mal—. Y cuando quiera puede librarme de ese tumor que tengo como secretaria y ponerme a un chico guapo que me alegre las mañanas —alcé ambas cejas en un pícaro gesto.

Se volvió a dar la vuelta para servirme la copa y yo me preocupé expresamente en admirar su increíble trasero, girando levemente la cabeza para poder ver cómo se le marcaba en las arrugas del pantalón. Escuché lo que me decía y no pude evitar soltar un pequeño bufido divertido a sus palabras. Con la pierna moví la silla que estaba a mi lado, de tal manera que puse los dos asientos de invitados mirándose entre sí, para que el Ministro se sentase en ese otro y poder tener una conversación sin tener una mesa de por medio. También estaba la opción de sentarse en el sofá que tenía cerca de la chimenea, pero en aquel momento no fue ninguna de las opciones elegidas.  

No necesito ningún motivo oculto para venir a visitarle, se supone que trabajamos codo con codo… Pero no voy a mentirte, en realidad me aburría y no tenía ganas de tener que soportar a mi secretaria lo que resta de día —puse un mohín—. ¿Pero desde cuándo soy yo quién le da trabajo a usted? ¿No debe ser el cargo superior quién avasalle al que está por debajo? —es decir, él a mí. Recibí con gusto mi vaso de whisky. Esperé a que se sentase en dónde quisiera y bebí un trago de ese whisky. No era ni de lejos comparable con el Bourbon, pero al fin y al cabo era bebible. Tras tragar y pasarme suavemente la lengua por el labio inferior, lo miré— ¿Cómo lleva su primer mes como Ministro? He estado con tres Ministros diferentes —Edmond no duró demasiado, la verdad, sólo un año— Así que cualquier duda, creo que podría ser la indicada a la que preguntarle. Aunque a lo mejor con su nuevo traje de la nueva colección de Armani tiene suficiente… —dejé caer con un pícaro gesto travieso, aludiendo a la conversación que había escuchado con su mujer.
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Ben A. Winslow el Vie Dic 05, 2014 2:55 am

Era evidente que mi querida asistente estaba más que acostumbrada a tomar todo lo que quería, todo lo que deseaba lo obtenía de una forma u otra. Ya fuese siendo la persona más sensual que se había cruzado en mi camino o como en alguna misión había podido ver… la más cruel de las bestias demoniacas existentes. Estaba claro que disfrutaba dejando libre todo su ser en cualquiera de las dos situaciones y de tener todas las marionetas que pueda en su mano. Era una actitud que me encantaba pero a la vez me hacia asegurarme de mantener las distancias ya que no quería acabar siendo otra de esas marionetas, yo era ya demasiado mayor como para dejarme manejar por una niñita pelirroja.

Entonces la pequeña McDowell empezó a contestar sobre lo que había insinuado de firmas de ministro.- Oh querida, es sin lugar a dudas de lo que eres capaz, y no te hace falta falsificar ninguna firma para hundir en la más miserable vida a cualquier alma que se cruce en tu camino.-comente sin hacer mucho caso a lo siguiente que decía hasta escuchar mi nombre.-Eso sí, dentro de estas paredes no soy Benjamin, soy el señor Ministro o señor Winslow, como te siente peor llamarme.


La verdad es que normalmente no me importaban del todo los formalismos, pero no quería que se llevase impresiones equivocada ni ella ni cualquiera que intentase escuchar la conversación. Además que aunque le debía un favor…bastante gordo no me interesaba que por miedo de ese favor ella se ganase mejor trato que el resto de mis trabajadores.

-La verdad es que su secretaria está ahí y es perfecta para usted, le baja los humos y a mí me alegra la vista, ya que tampoco es que haya demasiado buenas vistas por aquí, al menos que haya cantidad aunque no mucha calidad.-contesté a su proposición de cambiar su secretaria por uno que al menos le alegrase la vista.

Cuando me di la vuelta con las copas había acomodado la silla de su lado haciendo que apuntara hacia a ella, tal vez era una especie de invitación a que me sentase junto a ella pero, como a todo, no se lo iba a poner tan fácil y acceder a cualquier tontería que ella propusiera. Así que le di la copa y volví directo a mi cómoda silla detrás de mi mesa.

-Es cierto que no necesita ningún tipo de motivo para acercarse a mi despacho, a fin de cuentas estamos a escasos metros cada día, pero como acabas de afirmar soy yo quien te da trabajo a ti, no tu a mi.-pare un momento para darle un sorbo a mi bebida.-bien o tal vez haya venido aquí porque se le ha ocurrido alguna pequeña forma de hacer que le devuelva esa que le debo, le entregare a mi primogénito si así lo deseas…. Total no me importa como esté ni lo que le pase a ese pobre desgraciado.


-Vaya, ¿has sobrevivido a tres diferentes?, tal vez el problema seas tú… que te parece si te apodo como la viuda negra de los ministros?-dije alzando mi copa con el fin de brindar por su nuevo título.-La verdad es que poco a poco me voy haciendo al puesto aunque por la asistenta que tengo que viene tan… preciosa a trabajar, pensé que debía mejorar la calidad de mi armario de ahí, pequeña cotilla, que le haya pedido a mi esposa que me comprase dicho traje.-comente haciendo ahínco en el momento de pronunciar la palabra preciosa, no para que se creyese que era un piropo sino un pequeño ataque a su sutil forma de vestir ya que al parecer lo que más le importaba cada mañana era verse hermosa.

-Lo que de verdad me interesa es… como una joven como usted que debe tener grandes aspiraciones no ha querido este puesto y me lo haya ofrecido a mi.-empecé a decir y sin darle tiempo a contestar me levante de mi asiento y me senté en mi mesa justo en frente suya.-aunque la verdad es que no parece un trabajo para usted que prefiere el poder pero a la vez pasar desapercibida, o tal vez me equivoque juzgándola. También es posible que me viese por el ministerio y le interesase tanto que intentara pasar más tiempo a solas conmigo.-finalice en tono de burla cogiéndole la copa para recargarla.- ¿Otra?
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Abigail T. McDowell el Vie Dic 12, 2014 2:28 pm

Sonreí satisfecha cuando dijo que no me hacía falta una firma para arruinarle la vida a alguien. Tenía razón y me gustaba que supiera esas cosas de mí y que me tratase así, pues la cordialidad y el respeto que yo sentía por él, lo veía devuelto. Era mutuo. Normalmente cuando en una relación hay falta de respeto y de cordialidad soy yo la que lo manifiesta, pero con alguien superior a mí —muy pocos en el Ministerio— me gustar ser un igual. Ya que hay algunos jefes que se creen muy superiores y no me llevan ni al tacón.

Los dos son iguales de absurdos, señor Winslow —sonrío de medio lado, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza en señal de aceptación a su pequeño capricho.  No me importaba llamarlo de ninguna manera en especial, estaba acostumbrada al trato cordial en el trabajo.

Fue entonces cuando pedí un cambio de secretaria. Nunca me cambiarían a esa incompetente, iba a tener que maldecirla para que hiciera más cagadas de las habituales y sean motivos suficientes para su despido. El comentario del Ministro me sorprendió. ¿De verdad le alegra la vista MI SECRETARIA? Tenía algunos kilitos de más —no demasiado—, la cara bastante regordeta y quizás le vendría bien un buen corte de pelo. Sin contar de que es Hufflepuff y eso se nota hasta físicamente.

¿Perdona? —pregunté falsamente ofendida— ¿Qué no hay buenas vistas por aquí?  —alcé una ceja, humedeciéndome los labios— Señor Winslow… —dije con algo de retintín, haciendo énfasis para que se diera cuenta de cómo le llamo— …gente como yo en peligro de extinción y usted fijándose en la mayoría, una mayoría carente de calidad. Se conforma con mucho de poco, debería optar a lo mejor, aunque sea la minoría…—me quité la chaqueta, dejándola sobre el posabrazos—. Aunque sea sólo una.

Curvé una sonrisa en el rostro. No iba a negarlo, era un hobbie, una especie de habilidad adquirida por puro instinto el flirtear. Si una persona me resultaba atractiva, se me notaba, pues normalmente mis comentarios tienden a connotaciones que podrían ser malinterpretadas. Aunque esa es mi intención, que me malinterpreten y que sepan que los que les estoy pidiendo no es simplemente una conversación convencional.

Tenía razón cuando me dijo que era él quién me daba trabajo a mí y yo no a él, pero como asistente normalmente aparte de organizarle la agenda y todo lo que tiene que hacer para que la figura del poder mágico no se estrese, soy esa que recoge todo lo que tiene que hacer. No le doy trabajo, simplemente se lo llevo a la mesa. Solté una carcajada acompañada de una mirada cruel.

Por favor… ¿A Thomas? —Si llega a ser hace unos cuántos años no iba a decir yo que no… Era uno de esos hombres que no te importaba nada, te lo tirarías una y otra vez como si no hubieras mañana. Aunque por lo que veo viene todo de familia—. Creo que está demasiado ocupado lamiéndole los pies a una Hufflepuff —contesté, pues era lo único que sabía, lo único de lo que me había informado Rebecca—. Pero no, señor Winslow, no he venido a recordarle lo que no olvidará ni tampoco a darle trabajo. He venido a traerle sus obligaciones.

Bebí de mi vaso de whisky sin apartar la mirada. De por sí mi mirada poseía un brillo travieso, mas en ocasiones como aquellas se volvía todavía más traviesa. Me encantaba tentar aquello que suele estar prohibido, o sobre todo aquello que es difícil de conseguir.

No sería la única vez que me llaman así... —una perversa sonrisa asomó de mis labios. Se sabía que las viudas negras matan a sus parejas después del acto sexual, en mi caso podría decirse que es aceptado, pero gracias a Dios con respecto a los Ministros no era así. Alcé el vaso junto a él—. Mientras no se acueste conmigo, está a salvo, señor Winslow. No vaya a caer en la tentación, sería un error fatal —añadí, en un intento de incomodarlo o simplemente de ver su reacción. Fue entonces cuando me explicó el porqué de comprarse un nuevo traje, no pude evitar aparentar un gesto falsamente agradecido— Intenta impresionarme poniéndose a mi nivel… Déjeme decirle, señor, que me ponga lo que me ponga, siempre voy igual de preciosa. No se sienta obligado a igualarme.

Pero sí, me encantaba venir así a trabajar. Me gustaba verme guapa y saber que otros me ven así de guapa. Me encantaba ser una tentación inalcanzable, un sueño inconcebible y el objeto de deseo de muchas de las personas que se molestan en mirarme conscientemente. Me gustaba que me tuvieran envidia y sobre todo me gustaba destacar. ¿Era malo? Claro que no. Incluso en pijama estoy cañón.

Fue entonces cuando obtuve esa pequeña reflexión por parte del Ministro, una reflexión más seria que me hizo pensar seriamente. Se había puesto delante de mí en la mesa y yo me había apoyado detrás en la silla para simplemente tener que alzar un poco la mirada. Al final de su comentario, me ofreció otro trago y yo simplemente me bebí lo restante en mi vaso para tendérselo y aceptar su oferta.

Ser ministro significa ser la cara representante del mundo mágico. Significa ser un rostro conocido y ser capaz de poder fingir ante el mundo que prometes cosas que no vas a hacer. Requiere de responsabilidades, de contactos y de estrategias que, por experiencia, no tengo. —Al fin y al cabo, sólo tenía veintiséis años y hasta yo era consciente de mis limitaciones—. La elección del Ministro es mediante votación prácticamente y, por ahora, soy consciente de que no soy la candidata para ello. Además de que prefiero tener el poder desde la sombra sin tener que llevar el mando de nada. ¿Por qué te elegí a ti para ayudarte? —me había levantado de mi asiento y esta vez fui yo quién le robó el puesto en la mesa, observando como volvía a llenar los vasos— Porque eres un rostro conocido, poderoso y haz sabido crear tu propia fachada. Yo solo he movido los hilos, pero de no ser por tu vida y tu experiencia hubiera sido imposible sacarte de la nada, además de que eras de los pocos que no me importaba tener como jefe directo y con el que siempre me ha gustado tratar, aunque lo hayamos hecho poco. —le explico tranquilamente—. Y si mi intención hubiera sido pasar a tiempo a solas contigo, señor Ministro, lo hubiera hecho mucho tiempo antes de que fueras mi jefe. Ahora si lo intento vas a creer que lo que quiero es un aumento —bromeé traviesa, guiñándole un ojo.
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