Situación Actual
14º-20º
18 mayo -> luna nueva
Entrevista
Administración
Moderadores
Últimos Mensajes
Awards
Gwendoline Edevane pj destacado
JOAHNNE & EDWARD Pjs destacados
¿Sabías que...?
Redes Sociales
2añosonline
Discord oficial

My dear boss {Daniel Deveraux}

Invitado el Lun Dic 08, 2014 8:26 pm

Aquellos que digan que un hospital es un lugar agradable y ameno donde pasar el día, está muy equivocado. Aunque la medicina sea la profesión de tu vida, aunque hayas nacido con la palabra "sanador" escrita en la frente, aunque por tus venas corra sangre de mil generaciones de sanadores, San Mungo es una mierda de sitio que saca de quicio hasta al más puesto y tranquilo de los magos. Es el caos que reina, el desorden, la falta de mando, los cuchicheos de las enfermeras a tus espaldas, y el fuerte olor a pañal de viejo sucio, lo que hace que las noches de trabajo sean insufribles. Por supuesto que me gusta curar a las personas, y por supuesto que pongo todo mi empeño. Sobretodo cuando tengo que ponerlo para no estampar a algún paciente contra los barrotes de la camilla. Hay gente de todos los tipos, buena, simpática, desagradable, de los que piensan que están en un hotel de cinco estrellas... Pero es que a mi la gente en general no me gusta.

Pero entre todo ese desorden, caos, locura y angustia del hospital, una brisa de tranquilidad y descanso inunda los pasillos cuando Daniel con paso firme los atraviesa dando órdenes con aire relajado. Con aquel tono de autoridad tan suave y amable que podría llamarte idiota y le responderías con una sonrisa.

Me apoyé contra el marco de la puerta de una de las habitaciones, observándole pasar. Estaba pidiendo unos informes a una de las secretarias, que le miraba con ojitos risueños. Él simplemente mantenía su sonrisa de cortesía, mientras el sector femenino del hospital revoloteaba buscando un poco de su atención. No me ponía celosa porque confiaba en él, pero habría deseado sacar a la luz nuestra relación y ver sus rostros llenos de envidia. Después de unos minutos charlando con el personal, se giró para ir a su despacho y me sonrió haciéndome un gesto disimulado con la cabeza que duró apenas un par de segundos. Yo levanté la mano tímidamente, queriendo lanzarme a sus brazos pero conteniendome en mi deseo. No podíamos hacer mucho más.

De pronto sentí un codazo tratando de levantarme de mi sueño. Pero no era fácil sacar a un enamorado de su nube, y menos si se trataba de mi. -Te ha dado fuerte eh... -dijo una voz amiga (una de las pocas que así consideraba en aquel lugar) con tono burlón. -¿P-pero que dices? Que ideas tienes, Anna.-repliqué, irguiendo el cuerpo de nuevo y separándome de la puerta para ponerme manos a la obra con mi trabajo, que se me empezaba a acumular. Tenía que disimular, no quería poner en peligro mi trabajo, y muchos menos el de Daniel ahora que era Jefe de sanadores. -Venga Brisa, no disimules. Estabas dejando un charco de babas en el pasillo. Y no te culpo chica, mira que pedazo de hombre. -añadió la enfermera. Era una mujer negra, de unos 30 años, con la cual solía pasar mis descansos. Era encantadora a su manera, de carácter fuerte, y eso me encantaba. Pero no respondí, sabía que con solo hablar de él se me notaría que me tenía loca. -Ve. Yo te cubro. -dijo sin esperar que yo admitiese mi locura transitoria por aquellos ojos azules. La miré con desconfianza y emoción. Llevaba al menos una semana sin poder estar a solas con él, y aquello era una tentación. -Que bonito es el amor cuando tienes 20 años. ¡Quien los tuviera de nuevo! -exclamó, dejando un vaso de café sobre mi mano y guiñándome el ojo antes de darse la vuelta y perderse entre la marabunta.

Cogí el vaso cálido entre mis manos con indecisión, y pensé en que era lo mejor para los dos. No pude resistirme por más tiempo y me dirigí con decisión hacia el despacho de Daniel. Visualicé la puerta como una presa a su objetivo y me dispuse a entrar. Con mi pijama verde de sanadora, la coleta y las gafas no era como más guapa estaba, pero al menos podría decirle que le echaba de menos. Si mi padre se enterase de que echaba a alguien de menos, de que estaba enamorada, no lo creería.

Llamé a la puerta y con sigilo la abrí y me colé al interior del despacho, quedando apoyada sobre la puerta con la espalda. -¿Un poco de café, jefe? -dije con una sonrisa y tono travieso.
Anonymous
InvitadoInvitado

Invitado el Lun Dic 08, 2014 9:37 pm

Si hace quince años le hubiesen preguntado a la versión burlona, egocéntrica y creída de mí que ahora me vería dirigiendo San Mungo probablemente me hubiese reído con todas mis ganas. Desde luego no era algo que hubiese imaginado ni en las épicas fiestas que se organizaban en la sala común cuando la última noche del curso, tras el banquete, celebrábamos que Slytherin volvía a ganas la Copa de las Casas. Y en cambio ahí me encontraba, con mi bata blanca que parecía decir "por si no te habías dado cuenta, estodemuestra que soy sanador".

Claro que era un trabajo que parecía más fantástico y emocionante de lejos que de cerca cuando lo vivías en primer persona. Podía afirmar como jefe que era que ninguno de mis empleados en ese hospital podía disfrutar de cinco minutos de descanso ni siquiera junto a la máquina de cafés, pero en mi caso ni siquiera contaba con un solo minuto; muchas veces no terminaba de aligerar la vejiga cuando ya me estaban solicitando de tal o cual planta.

Aquella mañana no había parado en mi despacho nada más que al llegar para dejar mi maletín en el escritorio y cambiar el abrigo por la bata del hospital. Ni siquiera había podido sentarme a la mesa para actualizar la infinita cantidad de informes médicos de todos los casos que estaban o habían estado bajo mi supervisión (críticos todos ellos y por tanto la mayoría con fines trágicos para el paciente) cuando me llamaron desde la otra punta del hospital. Al parecer un jugador profesional de quidditch había sido golpeado sin piedad por dos bludger y cuando uno de los golpeadores de su equipo había acudido a ayudar, las bludger se habían cebado con él. Resultado: rotura de tres costillas, una pierna y un brazo. Nada que un equipo de mis mejores sanadores no pudiese solucionar, pero claro, era un jugador famoso y quería que le tratasen como tal. Supongo que tuvo suerte de que yo no fuese una bludger o también había ido a por él por menospreciar al personal de mi hospital y por hacerme perder el tiempo con sus quejas de niño pequeño. Después del golpeador había tenido que atender un parto de urgencia; al parecer la madre se había infectado de un virus mágico que aunque no era letal para ella si podía serlo para el niño. Afortunadamente no hubo que lamentar nada y el ver el bebé durmiendo plácidamente en brazos de su madre fue recompensa suficiente. Por último, tuve una conferencia de dos horas vía Red Flu con el director del hospital mágico de Wellington, en Australia. Haciendo uso de la cordialidad típica de los australianos, el anciano se deshizo en elogios por mi maravilloso trabajo en ese hospital y tras ayudarnos mutuamente en un par de casos de pacientes bastante graves que no sabíamos por donde abordar, terminamos la reunión acordando mandar de intercambio a un equipo de sanadores menos experimentados para contrastar los sistemas de los dos hospitales sin dejar de formarse profesionalmente.

Puede decirse que fue un día completo.

Terminada mi reunión con el director del hospital de Wellington y de vuelta en San Mungo, me sacudí el hollín de la bata mientras avanzaba por los pasillos de camino a mi despacho. Antes de entrar me detuve junto al mostrador de las secretarias para pedirle unos informes de un par de casos parecidos al del paciente con el que el otro director necesitaba ayuda. Tenía la sensación de que aquí habíamos tenido un par de pacientes con síntomas similares y ambos se habían recuperado perfectamente, pero era imposible recordar nada con exactitud ya que eso fue hace tiempo y atendía muchos pacientes todos los días. Intercambié unas palabras amables con la mujer mientras rebuscaba entre los archivos y cuando al fin me dio los informes me giré en dirección a mi despacho. En mi camino pasé por delante de Brisa, que estaba con otra sanadora cuyo nombre no recordaba. Sonreí e incliné la cabeza hacia Brisa, tentado de tirar los informes al suelo y rodearle con mis brazos mientras nos fundíamos en un tórrido beso delante de los incrédulos ojos de los presentes... y mientras Brisa me saludaba con la mano tímidamente, entré al despacho y cerré la puerta.

Fui hasta mi mesa, dejé los informes en la mesa y me senté ante el escritorio. Me quedé un instante mirando al vacío y finalmente suspiré mientras me masajeaba las sienes con dos dedos. Hacía mucho tiempo que no mantenía contacto no-profesional con Brisa, por lo menos una semana, y ya empezaba a notar los síntomas: hacía dos noches, mientras veía un partido de la liga muggle de fútbol, empecé a pensar en Brisa cuando enfocaron a un jugador llamado Gallagher... y mi ensoñación fue tal que perdí la noción del tiempo y cuando volví a centrarme en el partido, el equipo del tal Gallagher ya había metido tres goles más. Y la noche anterior me había sorprendido emocionándome cuando durante la película de por la noche los protagonistas finalmente habían cedido al amor después de innumerables obstáculos. Hay veces que no sé como Tyler me aguanta...

Daniel céntrate. Suspiré de nuevo, carraspeé y abrí el primero de los informes mientras me colocaba las gafas. Observé la foto del paciente unos instantes hasta descartar que en los rasgos físicos hubiese algo relevante, y directamente pasé al apartado de síntomas. Al parecer este paciente había tenido fiebre alta y sangrado nasal mientras que el otro solo había tenido fiebre, pero en cambio los dos habían dado muestras de debilidad, urticarias, dolores de cabeza, irritabilidad y fatiga. Bostecé. Era el primero de los informes que llevaba conmigo, y tendría que analizarlos individualmente antes de empezar a encontrar semejanzas entre sí y semejanzas con el caso de Wellington; iba a ser un día largo y mi interminable pila de expedientes seguiría criando polvo un día más.

Iba a pasar al apartado de la evolución de la enfermedad del paciente cuando oí el ruido de la puerta del despacho abriéndose. Levanté la cabeza y por encima de las gafas vi que se trataba de Brisa. la cara me cambió repentinamente como si fuese el niño que se levanta y ve el salón lleno de regalos la mañana de Navidad. No iba con ningún traje de gala sino con el uniforme del hospital, una coleta y unas gafas, pero estaba perfecta. Dejé mis gafas en la mesa, sobre el informe del paciente que había estado leyendo hasta ese momento, me levanté de la mesa y fui en dirección a ella. Me coloqué en la puerta, justo delante de ella, muy muy cerca, tanto que podía oler su aliento y ella el mío. Sonreí cuando me ofreció el vaso de café de manera despreocupada y lo cogí con mis manos asegurándome de rozarlas con las mías de forma que pareciese accidental.

- Siempre tan atenta, señorita Gallagher. - aunque mi tono había sido formal, mis ojos mostraban diversión y el más profundo de los anhelos. Pero allí estábamos al fin, los dos solos, en un ambiente profesional que podía perfectamente dejar de serlo ya que no había ojos ajenos alrededor, solo nosotros. Sin poder contenerme más y aun con el café en la mano, acerqué mi rostro y posé mis labios en los suyos con deseo y urgencia. Dios, había echado tanto de menos todo aquello... Cuando separé mi rostro del de ella, apoyé una mano en la puerta, al lado de su cuerpo, impidiéndole escapar por ese lateral, mientras mi otra mano sujetaba el café que ella me había traído. Bebí un trago que me supo mejor que cualquier delicia; un café era justo lo que necesitaba para aguantar el resto de la jornada. Cuando me retiré el vaso de los labios miré a Brisa con gesto agradecido. - Gracias por el café, está delicioso. - moví el vaso hacia delante, ofreciéndole a ella un trago del mismo vaso. Y añadí: - ¿Qué te trae por aquí? - lo dije con tono educado y profesional por si había alguien escuchando al otro lado de la puerta, de la que no pensaba moverme por no dejar a Brisa escapar. Tanto tiempo separados el uno del otro no había sido nada bueno.
Anonymous
InvitadoInvitado

Invitado el Miér Dic 10, 2014 11:12 am

Tarde un rato corto en poner mis pensamientos en orden, ya que no podía detenerme en mi ruta hacia la puerta del despacho de Daniel o levantaría sospechas. No podía evitar sentir las miradas de todos mis compañeros en mi nuca, observándome y cuchicheando a mis espaldas. Posiblemente nadie me estuviese prestando atención. ¿A quien le importaba en realidad que estuviese liada con el jefe? Solo a aquel que quisiera joderme. A mi o a Daniel. Y no podía permitir que ahora que había conseguido un puesto digno y que se merecía, lo perdiese por mi. No me gustaba pensar que yo era algo transitorio en su vida, pero puede que lo fuese, y cuando pasase la época de comportarnos como adolescentes, entonces no me perdonaría por las consecuencias. Por eso debía centrarme y comportarme como una adulta seria y responsable, por mucho que eso me costase en su presencia.

Mi primera frase fue un tanto estúpida, propia de una telenovela mala, pero esperaba que mi mirada pudiese arreglarlo. Daniel se sobresaltó al principio, pero poco tardó en cambiar el gesto en su cara cuando se percató de que trataba de mi. Aquella mirada por encima de las gafas resultaba tan provocado que me habría tirado encima suyo sin pensarlo ni un segundo, pero Daniel se me adelantó, poniéndose frente a mi, muy cerca, tanto que el sonido de su respiración me hacía temblar. Cogió el café que le ofrecía, con delicadeza, y el tacto de su mano fue como una descarga eléctrica. Solo él tenía ese algo que me volvía tan loca.

Me agradeció el detalle con tono formal, ensuciando la frase con el brillo de sus ojos. Aquel peligro que era estar en su despacho, en un ambiente profesional, con la tentación a solo un movimiento. Eso era lo que me volvía loca. Antes de poder responderle se inclinó y juntó sus labios con los míos, y volví a caer presa de su perfume, de su tacto, de la manera que tenía de desarmarme. Le besé con deseo y con urgencia, como si fuese a morir si no lo hacía. Y en parte moría cuando pasábamos tanto tiempo separados. Mordí sus labios con delicadeza y sonreí cuando se separó. El corazón me latía a mil por hora y tan solo habíamos estado en contacto unos segundo. Moriría de un infarto tarde o temprano.

Cuando se separó de mi, Daniel colocó una mano sobre la puerta, enjaulandome entre sus brazos. No era necesario, no quería irme. Luego bebió un sorbo de café y me ofreció. Lo rechacé con la cabeza, llevaba tanto café en sangre que no dormiría en tres noches. -Tenía que verle con urgencia. Es un caso de vida o muerte. -dije usando un tono de conversación formal y normal, pero una mirada que nada tenía que ver con lo que estaba diciendo. -Hay una sanadora que esta sufriendo episodios de locura transitoria, y no sabemos como deberíamos actuar en estos casos. -el caso era hablar, decir lo que sea mientras pudiese ganar tiempo para quedarme allí con Daniel. Pasé mis brazos por encima de su pecho y le rodeé el cuello, poniéndome de puntillas para alcanzar su rostro. -Ya sabes que me vuelves loca... -susurré en su oído, dejando un suave mordisco sobre su oreja y bajando hasta poder besar su cuello. Olía tan bien que podría haberme perdido allí mismo deleitándome en mis fantasías.

Empecé a empujar a Daniel suavemente hasta separarle de la puerta, le agarré del cuello de la camiseta y tiré de él hacía mi, sin tanta delicadeza. Había veces que el deseo de tenerle cerca ganaba mis intentos de ser sutil y encantadora, y solo pensaba en agarrarle y quitarle toda la ropa a mordiscos. Caminé hacia atrás hasta chocar contra el escritorio de madera y me senté encima, rodeandole con las piernas para que no escapase. Ahora era yo quien le tenía atrapado a él. -Te he echado de menos. -volví a susurrar, acariciando su rostro con nostalgia. Le agarré del cuello e hice que se agachase para poder besarle de nuevo, con más pasión y fuerza que la vez anterior. El echo de que hacer eso estuviese prohibido, solo me hacía tener más ganas de hacerlo.
Anonymous
InvitadoInvitado

Invitado el Miér Dic 10, 2014 7:45 pm

Los días en el hospital nunca habían sido fáciles y relajados y menos desde que yo era el director. Aquel día parecía que no podía hacer más que empeorar; a mi enorme pila de expedientes sin actualizar se sumaron otros del director del hospital mágico de Wellington pues me había pedido ayuda con un caso que nosotros habíamos tenido bastante parecido tiempo atrás. Me encontraba leyendo la historia clínica del primer paciente cuando Brisa apareció en mi puerta como si fuese una invocación secreta y muda realizada con mi mente.

El estrés y los pensamientos negativos desaparecieron, y tuve que contener para no correr hacia ella como un niño pequeño, aunque no lo conseguí del todo: faltó tiempo para librarme de las gafas y dejar el informe abandonado en el escritorio para ir a la puerta a encontrarme con Brisa. Y a impedirle escapar poniendo mis brazos a ambos lados de su cuerpo (o inténtandolo, porque con la mano con que sujetaba el café que me ofreció era algo más difícil... pero no imposible). ¿Cómo dejarle escapar? Llevaba una semana sin verle. Me estaba volviendo loco. Ya no solo era los cambios anímicos sino la preocupación y la angustia. Eso era lo peor.

Se calmaba un poco cuando nos veíamos por el hosital, de lejos, pero luego cuando ella desaparecía volvía en todo su esplendor. ¿Y si le ha pasado algo y por eso no nos hemos podido ver antes? Y todas las preguntas terminaban siempre en la misma: ¿Y si la Brisa que veo es otra Brisa? ¿Y si ellos lo saben? Paranoias mentales dignas del mejor de los hospitales, pero de un paciente de psiquiatría y no del director del mismo hospital. ¿Pero cómo no pensarlo? Ya había pasado una vez, podía pasar más veces. Y que pudiese hacerlo hacía que me rebelase más para evitarlo a toda cosa, lo que hacía que estuviese más ansioso por intercambiar palabras con Brisa fuera del ámbito profesional para calmas mi angustia.

Aunque por un momento mi alivio fue tal al verle que no pensé en eso, y en su lugar solo pensé en ella, en su cuerpo, en su rostro, en sus labios y en como me apetecía besarlos. Incapaz de contenerme le besé, y la forma en que ella me lo devolvió me dejó totalmente claro que aquella Brisa sí era mi Brisa. Bebí un sorbo de café y le pregunté a Brisa, tras ofrecerle a ella también, qué asunto le traía a mi despacho. Todo en tono muy profesional. Ella dijo que era un caso de vida o muerte, y eso me puso en alerta. ¿¡Vida o muerte!? No me fijé en sus ojos, que decían lo que de verdad pasaba, y no me calmé un poco hasta que Brisa terminó de hablar. Sonreí visiblemente aliviado.

- Un caso grave, sin duda. Me encargaré personalmente, no lo dud... ¡ah! - murmuré cuando noté el tacto de Brisa sobre mi cuerpo. Cuando vi como su rostro se acercaba esperé impaciente un beso que nunca llegó a mis labios, y me estremecí cuando mordió mi oreja. Aún tenía el vello erizado cuando sus labios se posaron sobre mi cuello; mi cuello se flexionó inconscientemente hacia Brisa, disfrutando de la sensación y olvidándome por un momento casi completamente de mis preocupaciones.

Era suyo y ella lo sabía. Brisa comenzó a arrastrarme con ella ni sabía ni me importaba donde, que al final resultó ser mi escritorio. Sin quitar la vista de ella, dejé el vaso de café a la mitad sobre el escritor, junto a mis apuntes, y moví las gafas y los papeles a un lado para que Brisa tuviese más espacio para sentarse más cómodamente. Era curioso como hasta mi inconsciente sabía complacer a Brisa pues en lo único en que se centró mi mente todo ese tiempo fue en no perder de vista los ojos ni los labios de Brisa para pegarme a ellos en cuanto tuviese oportunidad. ¡Qué malo es el amor, vuelvo a ser un adolescente lleno de hormonas! Solo que mejor porque ahora tengo a una chica mucho más joven que yo y mucho más guapa; lo siento Len, no te enfades conmigo, sabes que eres insuperable... pero Brisa está muy muy cerca. Noté como me aprisionó con sus piernas, impidiéndome ella ahora escapar a mí. Disfruté de su caricia pero cuando me atrajo hacia ella para poder besarme, eché la cabeza hacia atrás.

- Espera, espera. - dije en un susurro, sacudiendo la cabeza y mirándole a los ojos, a esos ojos que parecían no entender nada y me hacían sentir culpable. Pero tenía que hacerlo antes de perder el control y bajar completamente la guardia. Lo primero es lo primero. - Dime antes una cosa. - Dios, que ojos más bonitos tiene... y en su rostro aún pueden verse esbozos de su belleza infantil entre los rasgos de mujer adulta. ¡Y menuda mujer! Céntrate Daniel - ¿Va todo bien? ¿No ha pasado nada en estos días? ¿Estáis Sam y tú bien? - sobre todo me preocupaba ella, pero que diablos, no había que discriminar al gato igual que ella tampoco discriminaba a mi perro. - ¿No has notado nada sospechoso en tu entorno estos últimos días? - me recordé a esos detectives serios de las series muggles de televisión. Solo me faltaba la luz de la lámpara de la mesilla, que aunque la tenía en esos momentos no estaba dada porque entraba luz solar por las ventanas. No podía evitar preocuparme. Pese a que el beso me había demostrado que Brisa era Brisa, no estaría totalmente convencido de que todo iba bien y no había pasado nada que le hubiese impedido verme antes hasta que no saliese de su boca.

Si solamente el trabajo había sido el motivo de no habernos visto en tantos días me aseguraría de cuadrar mejor sus horarios con los míos las próximas veces. Ventajas de ser el jefe.
Anonymous
InvitadoInvitado

Invitado el Jue Dic 11, 2014 10:47 pm

Había cosas que formaban parte de mi rutina que consideraba necesarias para sentirme persona. Dentro de ese grupo de cosas estaban los mimos de Sam por la mañana, restregándose contra mi cara para que me despertase a ponerle comida y a rascarle la barriga. También incluía el café, las magdalenas, y olor a mojado del parque cuando lo atravesaba cada mañana cuando estaban regando. El resto de los aspectos de mi vida que se repetían cada día sin parar me volvían loca y me hacía caer en una espantosa monotoneidad que me quitaba las ganas de levantarme incluso para acariciar a mi gato gordo. Pero con Daniel las cosas eran muy diferentes. Solo con verle pasar por los pasillos, con que llegase su perfume hasta mi, toda mi tristeza se esfumaba. Iba con entusiasmo al trabajo solo pensando en poder observarle desde la oscuridad de mi puesto de trabajo. Daniel me curaba la rutina y me empeoraba el insomnio. Incluso en mis sueños aparecía él, abrazándome cuando todo estaba frío, consolándome cuando todo parecía perdido.

Por eso aquella mañana estaba dispuesta a exponerme al peligro, solo para poder ver a mi sueño en persona, frente a mi, besándome como cuando estábamos a solas y la calidez de su casa nos ocultaba. Ambos intentábamos controlarnos en el trabajo, pero era difícil, porque él era él, y yo no podía resistirme a eso. Las miradas por los pasillos me llevaron inevitablemente hasta su despacho, con la peor excusa del mundo y todas mis ganas de comérmelo vivo listas para ser desatadas.

-Dicen que hay mil maneras de morir. -dije contestando a ese curioso y sexy sonido que emitió cuando le mordí la oreja y bajé hasta su cuello. -Pero yo solo te conozco a ti. -susurré. Luego le arrastré hasta la mesa de su despacho, la cual despejó con prisa y me dejó espacio para hacer lo que mejor sabía: estar cerca de él. Le aprisioné con mis piernas y me dispuse a continuar con lo que estaba haciendo. Pero por desgracia fui interrumpida de la peor de las maneras. ¡Tenía demasiadas ganas de estar con él como para que ahora me pusiera "peros"!

La ráfaga de preguntas llegó a mi rompiendo mis fantasías. Miré a Daniel con cara de niña buena, cansada de ser reprochada, y le sonreí de nuevo. Era imposible no hacerlo. -Sí papá. Se cuidarme solita. -le hice burla, acercándome de nuevo a él para dar un suave toque en su nariz con la mía. -Aunque a decir verdad... -dije, con tono serio y gesto preocupado. -Hay algo que no va bien. -confesé, mirándole con dramatismo. -Ayer Sam echó una bola de pelo del tamaño de una pelota de tenis. ¿Crees que tiene algo grave? Puede que tenga algo que ver con la alfombra de pelo del baño. -dije con tono serio, pero mirada burlona, riéndome ante el gesto de preocupación y angustia de la cara de Daniel. -Te preocupas demasiado. -terminé para tranquilizarle, apretando las piernas para que se acercase más a mi.

Me abracé a él con cariño, disfrutando del contacto con su cuerpo. -Todo esta bien. Sam está bien, y yo también. Pero te echamos de menos. -confesé, esta vez hablando en serio. -No me gusta nada dormir sola. Oigo ruidos fuera y me siento insegura. Pero son solo mis paranoias, no ha pasado nada raro. -en realidad solo quería que viniese más a menudo a vernos, pero entendía que tenía mucho trabajo. No podía exigirselo, bastante tenía con quererme.
Anonymous
InvitadoInvitado

Invitado el Vie Dic 12, 2014 8:19 pm

Cuando murió mi hermano Jackson fueron el Señor Tenebroso y los mortífagos quienes me ayudaron a recuperarme, y ahora que ellos me habían quitado a Lenore fue Brisa quien había ejercido como sanadora y me había devuelto hasta la vida. Cuando amabas a alguien hasta la locura y se iba antes que tú, tu corazón se convertía en un agujero negro con potencia destructiva… hasta que alguien lo frenaba. Durante muchos años había tratado de convencerme de tenerlo todo bajo control pero no había más que ver como rechazaba a las amigas de Elia cuando mi hermana se empeñaba en que conociese mujeres para darme cuenta de que no. Y en cambio Brisa… no podía admitir que sintiese tanto amor por ella como el que sentí por Lenore pero se había convertido en alguien especial con mi vida. Brisa me daba seguridad y apoyo y me hacía sentir casi como era antes de lo de Lenore.

Por eso no soportaba pasar mucho tiempo sin verle. Al margen de las preocupaciones (¿y si ellos lo habían descubierto? ¿y si le había pasado algo malo por mi culpa?) necesitaba a Brisa. Y por eso cuando se presentó en mi despacho despreocupadamente y con un vaso de café en la mano todo mi mundo recobró su luz. Me dejé llevar y le besé, aunque solo al principio. Mi cabeza no dejaba de darle vueltas a las preocupaciones. ¿Y si estaba allí para decirme que le habían estado siguiendo? Pero no, me había echado de menos. ¿Y si…?

Brisa no tardó en nublarme los sentidos con aquel beso en el cuello. Aquel gesto hizo más efecto que la mas poderosa de las magias. Sabía que era suyo y la sanadora aprovechó para arrastrarme a mí mesa y aprisionarme con sus piernas impidiéndome así escapar. Lo único que pude hacer fue despejar un poco la mesa para que estuviese más cómoda. Brisa me atrajo hacia ella. Notaba como su cuerpo me llamaba a gritos y quería seguir adelante. Mi cuerpo también quería pero mi cabeza se interpuso. Aproveché a bombardear a Brisa con las preguntas que me atormentaban. Su dolor también me afectó a mí pero sabía que lo entendería. Brisa sonrió y dijo que todo iba bien. Yo también sonreí, más tranquilo.

- Protesto. – respondí como los abogados muggles cuando dijo que sabía cuidarse solita. Mi rostro se volvió a mostrar tenso y preocupado cuando Brisa dijo su “pero”. ¡Lo sabía! Sabía que pasaba algo. Aguardé en tensión mientras mis músculos no tardaban en agarrotarse uno a uno. - ¿Qué sucede? – Algo no iba bien, algo no iba bien, algo no iba… Oh. Me había tomado el pelo. Mi cuerpo se relajó de golpe. Me quedé serio. No estaba enfadado, no podía enfadarme con Brisa… pero sí, estaba enfadado. ¿Acaso Brisa no sabía lo que había pasado con Lenore? No Daniel, no lo sabe. ¿No lo sabe? ¡Maldición! No puedes enfadarte con ella Daniel. Te preocupas demasiado. ¿Ves? Ahora Brisa también lo ha dicho. Envolví su cuerpo con mis brazos y me abracé a ella con fuerza como un niño pequeño a su madre cuando tiene una pesadilla. – No me vuelvas a dar esos sustos. Nunca. No soportaría perderte. – como si lo quisiese demostrar apoyé mi cabeza en la curva entre su cuello y su hombro reconfortándome y calmándome con su aroma. Tranquilo Daniel, Brisa no va a desaparecer, está aquí, contigo, ahora.

Brisa se abrazó más a mí y me repitió que su gato y ella estaban bien, que me añoraban. Aunque cuando comentó los ruidos que oía por las noches no me dejó nada tranquilo.

- ¿Ruidos? ¿Qué tipo de ruidos? – me separé de ella y me quedé de pie con mis ojos clavados en los suyos. La pasión había dejado lugar a la preocupación. Acababa de decir que todo iba bien pero también había dicho que estaba preocupada por unos ruidos nocturnos. Y Brisa vivía sola con un gato como única defensa. No sería suficiente frente a una partida de vengativos mortífagos. – ¿Te refieres a ruidos como susurros, como pisadas, como murmuros en las sombras, como ojos que te vigilan desde la oscuridad,…?

Daniel eres muy siniestro. Ahora seguro te teme. Suspiré. No quería ser para Brisa el novio sobreprotector y posesivo que debía estar dando impresión de ser. Le hice una seña para que se incorporase en la mesa y después me senté junto a ella. Antes de hablar,  saqué mi varita del bolsillo de la bata y le hice un encantamiento a la puerta del despacho para que nadie oyese desde el otro lado la conversación que estábamos manteniendo y para que tampoco se pudiese abrir la puerta por otro medio que no fuese magia. Después regresé la varita al bolsillo. No podía permitirme ser escuchado por nadie. Había tardado muchos años en ser capaz de contarle aquello a alguien que no fuese Elia. Era importante.

- No quiero que pienses que soy de ese tipo de hombres que no dejan respirar a sus parejas. – dije mientras le rodeaba los hombros con un brazos mientras con le tomaba de una mano con la que tenía libre. – Por eso creo que ha llegado el momento de que sepas por qué me preocupo tanto por ti. – guardé silencio unos segundos con los ojos fijos en nuestras manos entrelazadas. - ¿Te he hablado alguna vez de Lenore? – pregunté con tono despreocupado aunque estuviese agitado por dentro. Sabía la respuesta de Brisa pero quería ver su reacción. Sabía que pasar de besarnos apasionadamente a oír hablar de una mujer que no era ella y siempre ocuparía mi corazón tenía que ser difícil.
Anonymous
InvitadoInvitado

Invitado el Vie Dic 12, 2014 10:53 pm

Si había una cosa de la cual disfrutaba cuando estaba con Daniel era de aquellos episodios cómicos entre beso y beso, de la manera que teníamos de sonreírnos el uno al otro y entender que todo iría bien, que nos queríamos, pero siendo capaces de mantener la pasión y el romanticismo. Desde fuera podía parecer algo ridículo, incluso infantil, pero cuando dos personas se quieren se comportan como niños que se pelean entre ellos. Así funciona el amor, o al menos así funcionaba entre nosotros. Una vez había oído, o leído por algún muro pintado, que dos personas que se hacen reír tienen derecho a todo. Y es cierto, Daniel tenía todos los derechos sobre mi cuerpo, y no solo por hacerme reír, sino por hacerme tan sumamente feliz. Nunca había estado con alguien que me entendiese tan bien como él. Mis relaciones iban a venían, pero nunca antes había sentido la imperiosa necesidad de tener tan cerca de mi a alguien, y el deseo de verle constantemente. Si por algo me caracterizaba es por ser como un gato, independiente y exigente, me gustaba hacer las cosas como y cuando yo quería. Pero Daniel me estaba convirtiendo en su perrito faldero, y eso me encantaba.

Noté la tensión en sus músculos cuando le dije que algo no iba bien, y me entraron unas inmensas ganas de reír, pero me contuve para terminar mi broma. Cuando le dije la verdad sus músculos volvieron a relajarse, pero las expresiones en su rostro pasaron desde un leve enfado, a intranquilidad, y finalmente a alivio. Me abrazó fuerte y por un momento me sentí mal. Sabía que se preocupaba mucho por mi, temía que me pasase algo malo y le entendía. Darle esos sustos no ayudaba a que se tranquilizase y entendiese que sabia defenderme sola. Yo sentía lo mismo respecto a él, no quería perderle ahora que acababa de encontrarle.

Me sentí muy conmovida cuando me dijo que no quería perderme, y le abracé con fuerza y con sinceridad, dejando que mis manos se extendiesen por completo sobre su espalda y aspirando su perfume con tranquilidad. -Tranquilo Daniel. Se defenderme. -intenté tranquilizarle lo mejor que pude, aunque ambos sabíamos que si un par de mortífagos se empeñaban en quitarme del mapa, lo lograrían sin esfuerzo. Ellos tenían métodos con los que por desgracia nosotros no contábamos. -Te salvé una vez y me arriesgué. Y volvería a hacerlo. -dije, no tratando de que sintiese mal, solo tratando de recordarle que había sido capaz entonces. -Nos tenemos el uno al otro para protegernos. -me separé del abrazó y le sonreí tranquila. No me gustaba que se pasase todo el día con ideas catastróficas de muerte y destrucción en su mente.

Luego le saltó el chip de los ruidos. Me reí mirándole a los ojos, aunque el no pareciese tan divertido con la idea. Lo que empezó a describir parecía más propio de un libro de Stephen King que de la vida real. -O del portero del edificio sacando la basura. O de las ratas corriendo por los cubos del patio. O del viento chocando con las persianas de la cocina, que por cierto, tengo que arreglar. -añadí con tono burlón, quitandole paja al asunto. -Deberías venir esta noche a protegerme de todos los peligros que acechan... -bromeé con tono pícaro tirando de su ropa para volver a acercarlo a mi. Pero finalmente y muy a mi pesar, el momento romántico había acabado. Tocaba un poco de dramatismo.

El tono en su voz cambió radicalmente, y la expresión en su rostro también. Me levanté del escritorio, inquieta, porque sabía que cuando se ponía así era porque iba a decir algo importante que al parecer no podía esperar. Eso no podía ser nada bueno.

Metí las manos en los grandes bolsillos del pijama de sanadora y escuché lo que me decía. ¿De que hablaba? Yo no pensaba que el fuese controlador, ¿como podía si quiera imaginarse que alguna de esas ideas pasaban por mi cabeza? "Ojalá me dejase sin aliento más a menudo", pensé suciamente sin poder evitarlo. Pero aquella mirada me devolvía a la seriedad de lo que estábamos hablando. Hasta que finalmente llegó al grano, y la pregunta que soltó levanto muchas incógnitas en un solo segundo en mi mente. Pero la más importante de todas era: "¿Quien demonios es esa?".

-No. Pero empiezo a pensar que es algo que deberías haber hecho ya. Y eso todavía no has empezado a hablar. -dije en un tono que no pretendía ser amenazante, pero que sin embargo sonó así. Tal y como había pronunciado aquel nombre, estaba segura de que no se trataba de su madre, ni de una amiga. Era otra mujer, pasada o en su presente era lo de menos, lo importante era quien era, y porque era lo suficientemente importante como para que me hablase ahora de ella. ¿Que tenía que ver con que se preocupase de mi? Las ideas empezaban a formarse en mi cabeza y empezaba a llegar por mi misma a una deducción que no me gustaba. ¿Estaba casado y me lo había ocultado? Me puse muy nerviosa en pocos segundos, aunque lo oculté bien. Mis manos dentro de los bolsillos se apretaban buscando un consuelo que no existía. Callé, necesitaba respuestas.
Anonymous
InvitadoInvitado

Invitado el Sáb Dic 13, 2014 12:15 am

Al igual que había hecho al entrar en mi vida meses atrás Brisa entró en mi despacho aquella mañana dandole un poco de luz a mi vida. En los dos era visible el anhelo, la urgencia, el deseo. Pero en mi caso había otras cosas que no había que ignorar. Las preocupaciones. ¿Habría algún motivo para que Brisa no hubiese podido verme fuera del trabajo durante aquella semana? Eso le pregunté una vez me dejó respirar un poco (y no fue nada fácil, mi cuerpo me pedía a gritos a Brisa... y era muy difícil escuchar al cerebro en aquellas ocasiones). La tranquilidad del principio se convirtió en intranquilidad, y pronto el romanticismo y la pasión se esfumaron como humo.

Brisa trató de animarme varias veces después de su broma, que sin saberlo había sido más que pesada. Dijo que me había salvado una vez, que podía volver a hacerlo si se presentaba ocasión. Abrazado a ella como estaba, levanté la cabeza y clavé mis ojos en los suyos.

- ¿Y qué pasa si no? - le dije cuando me dijo que nos teníamos el uno al otro para protegernos. - ¿Y si llega un día en que alguien te ataque y no pueda defenderte? ¿Y si cuando llego no...? - me interrumpí cuando las imágenes del cuerpo sin vida de Lenore me plagaron la mente. Sacudí la cabeza a los lados y volví a apoyarla en el hueco entre el cuello y el hombro de Brisa. Demasiado en qué pensar. Y Brisa no lo sabía todo... Cuando habló de los ruidos ella le quitó importancia al asunto después de ver mi reacción e incluso dijo que podía ir a hacerle compañía aquella noche para protegerlos a ella y a Sam. Torcí una sonrisa. - Más bien al revés. Esta noche duermes en mi casa. Y Sam también. - Hablaba completamente en serio. No quería que Brisa corriese ningún riesgo, al menos conmigo estaría un poco más segura, nos tenía a mí y a Tyler de vigilantes. Mi perro le había cogido mucho cariño y estaba seguro de que sería el mejor de los guardianes.

Pero durante el transcurso de la conversación me dí cuenta de que mi visible ansiedad y mi excesiva preocupación podían malinterpretarse sobre todo cuando aún no le había contado a Brisa quien era Lenore. Y aunque no era algo fácil de decir (sabía que no se lo tomaría nada bien y lo entendía) si quería que nuestra relación fuese evolucionando y creciendo día a día era un paso que tenía que dar, aunque en el momento supiese que iba a tropezar y a caerme sobre la cara. Eso daba igual con tal de que ella estuviese allí cuando me hubiese levantado. Por supuesto Brisa reaccionó mal. En cuanto mencioné a Len, Brisa se libró de mí y se puso seria y de pie delante de mí con las manos en los bolsillos. Señal indudable de alerta. Le observé con ojos tristes; me sentía como los jugadores de aquel equipo de quidditch tan bueno que perdió contra otro mediocre con una diferencia de 1000 puntos. Quería meter la cabeza bajo tierra o en la chimenea para que viajase por Red Flu muy muy lejos. Pero Brisa no se merecía eso. La sanadora dijo que era algo que ya tendría que haber mencionado y suspiré. Tenía razón. El corazón me latía a mil por hora mientras me levanté lentamente y me puse yo también de pie, delante de ella. Hora de echarle huevos Daniel.

- Lenore es... - ¿cómo empezar? No podía decirle que Lenore había sido mi mundo porque le haría daño, pero tampoco podía hacer como si Lenore solo hubiese sido otra más. ¿Qué palabra puedo usar en estos casos? Resoplé frustrado ante la falta de palabras. Pasado un rato empecé de nuevo. - Lenore fue mi pareja. - observé un momento a Brisa para ver como era su reacción, esperándome cualquier cosa - Nos conocimos cuando terminé Hogwarts, cuando yo... Ya sabes. - dije encogiéndome de hombros incómodo. Brisa ya sabía lo que había sido antes de ser lo que era ahora, no tenía que dar ninguna explicación al respecto. - Supongo que gracias a ella soy como soy. Antes solo quería vengar a mi hermano. - me dí cuenta de que probablemente tampoco le hubiese hablado a Brisa de Jackson. Otro recuerdo enterrado del que no hablaba ni siquiera con Elia, ella había sido muy pequeña cuando nuestro hermano murió - Jackson era mayor que yo, también mortífago. Lo mataron unos aurores cuando yo estaba terminando Hogwarts. Siempre estuvimos muy unidos y su muerte fue un duro golpe. - dije a modo de explicación. Después continué con mi historia. - Cuando conocí a Lenore era un huracán de ira, impulsivo, irrespetuoso. Ella me sosegó. Tardó un tiempo pero al final cedió y se enamoró de mí... tanto como yo lo estaba de ella. - miré a Brisa con ojos llenos de culpabilidad. Aquella fue la forma más suave que se me ocurrió de hacerle entender lo mucho que había amado a Lenore. - Estuvimos saliendo juntos un tiempo. En esa época fue cuando tuvimos más relación con tu madre. Siempre nos habíamos llevado bien con ella y se alegró mucho por nosotros. - Daniel Deveraux, experto en hacer daño a las mujeres. Primero a Elia cuando era una niña por ser un imbécil e ignorarla, aunque luego supiste disculparte y volver a su vida. Ahora a Brisa. A la tercera irá la vencida: te darán una buena. Tragué saliva y continué. - Y conforme nuestra relación avanzaba no teníamos tan claro si aquello era para nosotros. Ya sabes, el Señor Tenebroso y sus seguidores. Empezábamos a pensar más allá... y el grupo también lo notó. Tu madre se alegraba por nosotros pero los demás no lo veían igual. Ni siquiera los que creíamos que eran nuestros amigos. Y una noche... - tragué saliva. Me empezaron a picar los ojos al recordar aquello pero parpadeé fuerte y sacudí la cabeza a los lados para serenarme. - Una noche durante una misión... Lenore murió. De una de sus varitas. Un mortífago. Nos tenían envidia ¿sabes? - reí entre triste e incrédulo. Después continué. - Si la muerte de Jackson me afectó mucho, con la de Lenore me convertí en un espectro. Solo estuve un año más con ellos hasta que decidí dejar todo atrás, pero fue un año en el que estuve obsesionado con encontrar al asesino de Lenore. Lo malo de que su asesino fuese enmascarado es eso, que iba enmascarado. Tu madre se convirtió en un gran apoyo durante ese tiempo, no sé que habría sido de mí de no ser por ella. - Brisa ya sabía que su madre y yo habíamos sido amigos cercanos desde la vez que había venido a casa pidiendo respuestas sobre Kate. Ella nos había querido a Lenore y a mí como a sus hijos, como a la hija que dejó atrás. - Ella me ayudó a localizar a la asesina de Lenore. Supongo que también fue gracias a tu madre que no terminé con su vida, aunque me aseguré de que no lo olvidase nunca.- comenté como quien comenta qué soleado estaba el día. - Y aquí me tienes ocho años después.

Concluí mi relato y me quedé en silencio, serio y con algo de miedo. Esperaba la reacción de Brisa. No la reacción, sino LA reacción. Era una mujer, y para estas cosas podían transformarse en... Solo había que ver como se ponía Elia cuando le fastidiabas mucho. Y aun así en el fondo, la reacción de Brisa no era lo peor. Lo peor era saber cuanto le habrían herido mis palabras. Después de todo lo que le había dicho, ninguno podía pretender como si no acabase de pasar nada. Y aun así mis sentimientos por ella no habían cambiado. Era complicado. Vi que Brisa aún no había respondido y me adelanté.

- Sé que no puedes hacer como si no acabases de oír nada, pero no te lo podía ocultar por más tiempo.  ¿Entiendes ahora por qué me preocupo tanto por tí? - pregunté. Pasase lo que pasase era lo más importante. Quería que entendiese que si ellos habían sido capaz de terminar con uno de los suyos solo por pura envidia, podían ser capaces de cualquier cosa con tal de hacerme daño. Podían hacérselo a ella para provocarme a mí, o podían hacérmelo a mí para que sufriese al ver como ella sufría. Al fin y al cabo para todos ellos siempre sería un traidor, y el Señor Tenebroso se lo habría tomado como una ofenda personal. Era una situación delicada, como andar en un campo lleno de minas. - Pero quiero que sepas algo: Lenore ha sido una persona muy importante en mi vida y aunque nunca podré olvidarme de ella al igual que jamás olvidaré a Jackson, tú eres mi presente ahora. Bueno, tú y Elia. - Tampoco podía olvidar a mi hermanita. Me preocupaba cuando le mandaba cartas y tardaba semanas de más en contestar; irónicamente yo podía pasar un mes desde que recibía una carta de Elia hasta que le contestaba, y más desde que era director del hospital y mi escaso tiempo libre se había reducido a menos de la mitad del anterior. - No soportaría que os pasase algo y os perdiese a las dos. No podría volver a pasar por lo mismo otra vez. No puedo. - dije con la voz llena de impotencia, notando los ojos húmedos. Parpadeé y una lágrima silenciosa cayó del ojo, que borré rápidamente pasándome las manos por los ojos.
Anonymous
InvitadoInvitado

Invitado el Dom Dic 14, 2014 12:30 am

Cuando las cosas iban bien deseaba que el tiempo se detuviese en ese instante y durasen así para siempre. Pero por desgracia al tiempo le gustaba burlarse de mi, pasar lo más rápido que podía cuando yo más necesitaba que no corriera, haciendo que mis memorias más felices fuesen fugaces y efímeras. Oscar Wilde dijo una vez que algunas cosas son más preciadas porque no duran para siempre. Así era, los seres que me rodeaban no durarían para siempre, morirían algún día como todo lo que nace. ¿Pero estaba mal que yo quisiera que Daniel durase para siempre? Al menos siempre para mi, en ese siempre que incluía lo que me quedaba de vida. No le deseaba la vida eterna a nadie, era la peor de las torturas. Solo quería que mis recuerdos con Daniel quedasen en mi memoria como un tesoro infinito, hasta que yo me apagase con ellos.

Era por eso que cuando el ambiente cambiaba y se ponía tenso, algo dentro de mi se estremecía. Quería atesorar el mayor número posible de buenos recuerdos junto a Daniel, y trataba de evitar los malos, sobretodo si eso podía hacer que nos distanciásemos. En pocos segundos centré toda mi atención en él y en lo que me tenía que decir. Me interesaba conocerle más, saber de su pasado para entenderle ahora. Pero también tenía miedo de que lo que saliese de su boca provocase una reacción adversa en mi, que cambiase mi forma de verle, o que me hiciese sufrir. Estaba segura de que Daniel jamás me haría daño a propósito, pero nadie sabe lo afiladas que pueden ser sus palabras hasta que no están clavadas como puñales en la mente de la otra persona.

Me quedé quieta como una muñeca de madera, rígida y temblorosa, esperando que soltase de una vez lo que tuviese que decir, imaginando que era una tontería y que después de pocos segundos estaría relajada y riéndome por haberle dado tanta importancia. Pero ese momento nunca llegó, el rostro de Daniel me decía que aquello que iba a escuchar no era agradable, y que por supuesto cambiaría mi forma de verlo todo. Puede que no para mal, pero fui consciente de que no saldría de aquella habitación con la misma imagen del hombre que tenía frente a mi.

Guardé silencio y escuché, más atentamente que nunca, buscando en el rostro de Daniel cada mínimo gesto que me desvelase como se sentía realmente por dentro. Por una vez, le vi roto. Casi pude oír como los trocitos de cristal de su alma chocaban entre ellos. Él provocó una grieta en la mía. Me impactó mucho hecho de que hubiese amado antes tan intensamente a otra mujer, pero cuando dijo que estaba muerta y vi en sus ojos el fantasma de aquel recuerdo, algo me atravesó de arriba a abajo y me dejó desarmada. No era por el hecho de haber estado con otra mujer, ya que yo había estado con muchos hombres y no esperaba que eso fuese un problema para Daniel. Era por el simple hecho de que el amor cala muy hondo dentro de nosotros, sobretodo cuando no le damos tiempo para llegar a un desenlace. Y por ello, en definitiva, lo que me estaba contando quería decir que de alguna manera su corazón jamás me pertenecería del todo.
Las piezas del puzle empezaron a encajar poco a poco. Cada vez que mencionaba a mi madre me hundía un poco más en mi propio océano. Comprendí que Daniel estaba lleno de dolor, angustias, miedos, y rencor. Era un buen hombre, y lo demostraba cada día, pero vivía atormentado por su pasado. Lo entendía, a cualquiera le había pasado, y el mostraba mucha más fortaleza que la mayoría. No estaba preparada para que se pusiese sobre mi el peso de aquellos conocimientos. ¿Como iba a pedirle ahora que me quisiese? ¿Que lo diese todo por mi? Daniel ya lo había dado todo por alguien, y la había perdido.

Cuando terminó su historia quise responderle, pero las palabras querían salir de mi todas a la vez y el resultado fue el silencio. Muchos pensamientos se amontonaban en mi mente, intentando llegar a algo en claro para poder saber si lo que tenía que hacer era salir corriendo, ponerme a llorar, o abrazarle hasta que todas sus heridas se curasen. Me sentía dolida, herida por la realidad, pero no era culpa de Daniel y lo sabía. El problema es que el ser humano busca un culpable cuando no encuentra la verdadera razón de su dolor, y lo más cercano que tenía era él.

Odiaba mi silencio porque me llenaba de impotencia, mientras Daniel lleno de dolor trabaja de buscar la manera de suavizar todo lo que acababa de pasar. Sentí un ardor interno, y me enfadé conmigo misma por estar molesta con él. No tenía razones y lo sabía, estaba celosa y eso me cegaba porque no me lo esperaba. Me forcé a mi misma a tragar saliva y a tranquilizarme, a pensar con claridad y a ser comprensiva con quien siempre lo había sido conmigo y más se lo merecía. Ver a Daniel llorar fue la gota que colmó el vaso de mi frialdad, y me derretí.

-Ha tenido que ser mucho más duro para ti decirme esto que para mi escucharlo. -dije con la voz algo quebrada y la mirada fija en el suelo. Sabía que aquellas palabras no ayudaban, intentaba no ser dura, pero me estaba muriendo por dentro. -Se que te preocupas por mi, demasiado, y ahora lo entiendo todo. -traté de justificarme, pero las lágrimas querían salir de mis ojos y yo no quería llorar delante de Daniel. En parte era de empatía y en parte de frustración, me costaba contenerme. Tragué saliva. -Ahora mismo siento que llego tarde a tu vida, que no he estado presente en los momentos cruciales, que me he perdido la mitad de la película... Y yo sigo siendo una niña inmadura que no es capaz de brindarte unas palabras de consuelo cuando más lo necesitas. -me sentí ridícula, no era capaz de hacerle ver lo que realmente sentía porque estaba confusa. Pensé que lo mejor era no decir nada, y me acerqué a él. Tomé una de sus manos, sin ser capaz todavía de mirarle a los ojos. -Te quiero. A ti y a todo lo que va contigo. Eso incluye tu pasado. -susurré, con un nudo en la garganta.

-Necesito estar sola para asimilarlo. -no podía aguantar mucho más la situación, estaba a punto de estallar. Había pasado de ser la única a compartir a Daniel en unos pocos minutos. -Será mejor que vuelva a mi puesto de trabajo. -solté la mano de Daniel (lo cual me dolió como mil espinas en mi corazón) y pasé de largo hasta la puerta, tratando de evitar el contacto visual para que no viese las lágrimas que empezaban a formar ríos sobre mis mejillas. Debían ser los glaciares que creía tener dentro de mi, derritiéndose ante las emociones que nunca antes había experimentado.

Abrí la puerta y salí, exaltada, limpiándome las lágrimas. Me sentía mal por tantas cosas a la vez... Me había comportado como una idiota, y si no estaba preparada para compartir a Daniel, mucho menos para perderlo.
Anonymous
InvitadoInvitado

Invitado el Lun Dic 15, 2014 5:50 pm

¿Quién me hubiese dicho que quien creía que me rescataría de mi rutina aquella mañana me hubiese hecho desear volver a estar en ella? Al fin y al cabo todas las visitas de Brisa eran agradables y más cuanto más llevábamos sin vernos. Aun así eso mismo era lo que más me preocupaba, temeroso e inquieto por que a la sanadora, a mi sanadora, le hubiese pasado algo por culpa mía. Por eso tuve que terminar fastidiando lo que prometía ser un momento memorable a su lado. Por eso tuve que hablar de Lenore.

Siempre supe que tendría que hablarle a Brisa de ella tarde o temprano. Pero nunca era un buen momento, otro día sería mejor que aquel, y me olvidaba momentáneamente del tema. Pero aquel día, nervioso de que pudiese malinterpretar mis palabras, me vi en la necesidad de hablarle de Lenore para que entendiese el motivo de mi profunda preocupación por su bienestar. Era lo más importante. Y aunque en el fondo de mi corazón me dolería si después de aquello se iba corriendo y no quería volver a saber de mí también sabía que prefería que ella estuviese viva aunque no conmigo a volver a sentir lo que se sienten cuando te quitan uno de los pilares más importantes de tu vida y notas como tu vida se resquebraja pedazo a pedazo.

Así que le conté a Brisa todo. Desde lo que me llevó a conocer a Lenore (y por tanto también le hablé por primera vez de mi hermano Jackson) a la relación que tuvo su madre con nosotros, y lo mucho que Kate me ayudó tras la muerte de Lenore durante aquel último año en el círculo del Señor Tenebroso. Tras terminar mi relato aguardé inquieto y con miedo de su reacción. Traté de ser paciente mientras veía o trataba de ver e interpretar los gestos del rostro de Brisa. ¿Molestia? ¿Dolor? ¿Decepción? ¿Tristeza? ¿Enfado? ¿Todo? ¿Nada? No había forma de interpretar aquello; Brisa se había convertido en un bloque de roca solida como si estuviese bajo un Petrificus Totalus. En otra situación menos tensa hubiese bromeado sobre lo mucho que se parecía a Spock aunque solo fuese para tener que explicarle la referencia después cuando no la entendiese. Pero ahora... probablemente se pareciese más a Spock en el acceso de ira y furia que estuviese tratando de contener. Y eso sí que me daba miedo. En el fondo de mi corazón no quería perder a Brisa de ninguna de las maneras.

Opté por hablar antes de que lo hiciese (o no) ella. Le expliqué que aunque jamás podría olvidar a Lenore, ella era mi presente ahora y mi futuro si no se apartaba de mi lado. Ella y Elia eran lo más importante de mi vida, no me podía permitir que les pasase nada por culpa de mis errores; estos ya se cobraron una vida años atrás. Incluso se me escapó una lágrima, una sincera y real, distinta a las que se escapan cuando veo películas emotivas. Traté de hacerla desaparecer rápidamente con mis manos, pero Brisa lo había visto. El modo en que me habló hizo que la grieta de mi corazón se hiciese más grande, más profunda. ¿Acaso esperabas que no le harías daño, Daniel? No, claro que no, sabía que no seria fácil. Pero... no me gustaba ver a brisa así. Herida. Rota. Y aun así no me gritaba sino que hablaba con toda la entereza que era capaz. Me moría de ganas de deslizar una de mis manos a su barbilla para hacer que me mirase a los ojos y decirle lo mucho que lo sentía y lo sinceros que eran mis sentimientos hacia ella... pero en su lugar me quedé amagado, quieto y en silencio, escuchando el dolor a través de su voz rota.

- Siento muchísimo el daño que te he causado. - murmuré. Por mucho que reflexionse un minuto, una hora, un día o un año no hubiese sido capaz de encontrar otras palabras. Mientras ella me tomó de la mano y me hizo sentir esperanzas por un momento. Sabía que estaba herida y molesta pero aquel gesto me hizo sentir que Brisa seguiría a mi lado pasase lo que pasase; la sensación se reforzó cuando dijo que me quería a mi con mi oscuro pasado incluido. Esbocé una sonrisa débil y temblorosa con ojos algo húmedos mientras le miraba con expresión agradecida.

Pero algo en su rostro me inquietaba. Algo no iba bien. De repente Brisa se soltó y desapareció de allí diciendo que necesitaba tiempo para asimilarlo. Yo me quedé solo en mi enorme y frío despacho mirando al punto donde antes estaba Brisa y ahora solo estaba el vacío, con el brazo aun algo alzado y la mano como se había quedado después de que Brisa la soltase. ¿Acaso pensabas que iba a ser fácil? ¿Que te aceptaría, te daría un beso y viviríais felices para siempre? Despierta Daniel. Eso no existe. Elia no cree en eso desde hace años, deberías seguir su ejemplo. Suspiré,me froté los ojos con las manos y me senté en mi escritorio. Contemplé la mesa. A un lado estaban las pilas de informes, a otro las carpetas con los dos expedientes más recientes y el vaso de café a la mitad que me había traído Brisa. Cuando había venido con él, el vaso estaba lleno, rebosante y cargado de promesas y deseos. Ahora estaba medio café. Solo quedaba café. Y el resto de la mesa estaba vacío, mostrando que se trataba solo de un trozo de madera...

Apoyé los codos en la mesa y la cabeza entre las manos mientras pensaba en lo que acababa de pasar.Con una de mis manos, tomé el vaso de café. Lo estaba acercando a mi boca cuando cambié de opinión, lo tiré a la papelera y regresé a mi escritorio. Abrí el último cajón de todos, el más grande, y saqué una polvorienta botella de whisky de fuego y un vaso de cristal que no tardé en llenar hasta la mitad. Con la otra mano me coloqué las gafas y me acerqué los informes que había dejado a medio revisar. Antes de volver a fijar mi vista en los pergaminos, adelanté la mano con que sostenía la copa de whisky haciendo conmigo mismo un brindis solitario e imaginario.

- ¡Por Daniel Deveraux, un metepatas integral! - me llevé la copa a los labios y vacié su contenido de un solo trago. Salud.
Anonymous
InvitadoInvitado

Contenido patrocinado

Contenido patrocinado
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.