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Second chances. {Alyss FitzRoy} [PRIV. +18]

Caleb Dankworth el Lun Dic 15, 2014 1:42 am

No había vuelto a hablar con Alyss desde que me largué escabulléndome de su casa a altas horas de la noche el día que me salvo después del ataque a Hogsmeade, pero no había olvidado del momento en el que yo, aliviado y feliz de estar con ella después de pensar durante unos angustiosos momentos que no iba a vivir para ver otro día en libertad, le había pedido que aceptase ir a una cita conmigo. Había pensado (había temido, más bien) que ella me rechazaría y me mandaría al diablo. Después de todo, ¿qué razones iba a tener ella para aceptar ir a una cita conmigo después de lo que pasó hace tantos años? Puse su mundo patas arriba, le hice mil promesas que en un inicio pretendía cumplir, y luego las rompí todas. No siquiera tuvimos tiempo de estar juntos durante suficiente tiempo antes de que yo la dejase de repente sin mucha explicaciones, diciéndola que quería que se fuese de Londres y que nunca volviese. Durante ocho años pensé que ella me había hecho caso y que nunca volvería a verla. ¡Cuántas veces resistí la tentación de buscarla y suplicarle perdón! Pero nunca lo hice, pues temía que aquello fuese una muy mala idea. ¿Y todo por qué? Porque tenía miedo. No, miedo no, tenía pánico de que ella estuviese en grave peligro y que yo no pudiese protegerla. No podía pasar por aquello otra vez, no después de la que ya sufrí una vez. Así que la dejé ir... Y ahora me doy cuenta de que probablemente fue una de las peores decisiones que he tomado en mi vida, y me alegro de que Alyss decidiese no hacerme ni puñetero casi cuando dije que la quería bien lejos de mí. La primera vez que la había visto hace unas semanas en las calles de Londres después de salir del trabajo había intentado alejarla de nuevo, al igual que había hecho hace años, pero no fue posible. Alyss ya no es una niña que se deja impresionar fácilmente, y aunque eso me molesta en algunos aspectos, en otros me satisface completamente.

Así que aquí estoy, intentando enmendar mis errores y recuperarla. El primer día que la había visto había decidido que no la vería otra vez, que la dejaría en paz y que ella jamás volvería a ser mía. Pero el destino nos había juntado otra vez, y no puedo negar lo innegable. Jamás la olvidé. No pude arrancarla de mi mente, de mi corazón, de lo más profundo de mi ser. Había estado con docenas y docenas de mujeres desde que dejé a la que había sido mi novia durante un breve tiempo hace muchos años, pero ellas nunca habían significado nada. ¿Cómo iban a hacerlo?

Me siento como un adolescente nervioso que no sabe qué hacer y que está aterrorizado de que las cosas salgan mal. Era irónico que en situaciones como está yo me convierta en todo un manojo de nervios, cuando el resto del día a día soy tan frío y siempre se perfectamente lo que hago. Se puede decir incluso que soy un hombre sin escrúpulos, debido a la manera de actuar que tengo a la hora de cumplir las órdenes que recibo como mortífago, e incluso en situaciones en las que no he recibido órdenes. Soy un asesino frío, cruel, y sádico, y también soy un mujeriego conquistador, siempre lo he sido... La vida es un juego, el mundo es la mesa sobre la que se juega, y yo soy uno de los jugadores más agresivos que hay... Y sin embargo, una chica, Alyss, puede convertirme en una copia de un chiquillo sin experiencia. Sé que esto es solamente temporal, que estos nervios y la inseguridad se deben a que ha pasado mucho tiempo y no sé precisamente como tratar a esta nueva Alyss. ¿Seguían gustándole las mismas cosas que antes? ¿Podía complacerla de la misma manera? ¡No estaba seguro de nada! Alyss había crecido y había cambiado. Antes era tan fácil de leer, y ahora es como que estoy mirando las páginas de un libro cubierto de jeroglíficos. No sé descifrarla del todo, no todavía, así que daría pasos pequeños hasta que descubriese cómo poder volver a conocerla tan bien como la conocía antes. A lo mejor, después de todo, está nueva Alyss es solamente una fachada y mi Alyss sigue ahí debajo de todas aquellas capas de dureza. Tendría que ver qué pasa esta noche.

Había pensado mucho en qué hacer para aquella cita con Alyss. Era una noche muy importante, pues era la primera cita en condiciones que tenía con Alyss en toda mi vida. Habíamos estado juntos durante un tiempo, sí, pero había sido un tiempo muy breve y que pasó de manera fugaz. No tuvimos tiempo de hacer todas las cosas que una pareja normal hace: ir a cenar a restaurantes, salir a fiestas, ir al teatro (o al cine, una de los inventos Muggles que me gustan), o viajar a lugares remotos... No, no habíamos hecho nada de eso. Habíamos estado aprovechando el tiempo que tuvimos juntos inmersos en otro tipo de actividades... Actividades para recuperar todo el tiempo perdido en el que estuvimos sin confesarnos nuestros sentimientos el uno hacia el otro. Todavía guardaba los recuerdos de aquellas noches como si hubiesen ocurrido ayer.

Visto que aquella iba a ser nuestra primera cita real, estuvo un par de días pensando en qué hacer. No quería meter la pata, después de todo. Así que decidí que era mejor empezar despacio, por lo más clásico. ¡Una cena! Sí, una cena en uno de los mejores restaurantes de Londres, donde podríamos pasar un buen rato juntos y hablar para conocer mejor las personas en las que nos habíamos convertido con el paso de los años.

Me vestí de manera formalmente informal, con unos pantalones negros, una impecable camisa blanca, y una chaqueta negra. Había que ir bien vestido pero no hasta el punto de parecer estirado, lo cual me parecía apropiado para la ocasión. Cogí uno de los coches de la familia, un Mercedes negro muy bonito y elegante, y conduje hacia Londres para ir a recoger a Alyss a su casa. Esta noche no quiero usar Aparición ni ningún método de transporte rápido, prefiero hacerlo todo con calma, y estar en el coche nos daría más tiempo para hablar y estar solos. Antes de salir de casa miré hacia el cielo, no muy convencido de que no fuese a llover. Fruncí el ceño, esperando que las nubes decidiesen comportarse bien hoy, pero cogí un gran paraguas negro por si acaso. Conducía durante bastante tiempo hasta que llegué a Londres, y entonces conduje por las calles hasta llegar a la calle de Alyss. Me había aprendido su dirección la última vez que estuve ahí, y pude encontrar el edificio sin problemas. Durante el camino me detuve un segundo en una floristería, donde compré un precioso ramo de rosas rojas como la sangre y de un aroma que olía a gloria. Flores, eso era algo que tampoco había hecho mucho en el pasado, pero ahora quería hacerlo.

Pensé que iba a tener que esperar e el portal y llamar al telefonía lo para que Alyss me dejase entrar al edificio, pero justo entonces una vecina abrió la puerta de entrada para salir a la calle y yo aproveche y me metí rápidamente. Subí las escaleras hasta el piso que era y llegué la la puerta del piso de Alyss. Durante un segundo me quedé paralizado, mirando a la puerta como sí esta de repente se hubiese convertido en un fuero Colacuerno Húngaro o algo por el estilo. Tragué saliva nerviosamente y me ajusté el cuello de la camisa, intentando relajarme. Tomé un profundo respiro, solté el aire... Y me sentí preparado. Soy Caleb Dankworth y puedo con esto. Todo va a salir bien. No, bien no. Todo va a salir perfecto.

Me paré delante de la puerta del piso de Alyss y adopté mi típico gesto pícaro antes de tocar el timbre. Esperé entonces a que ella me abriera la puerta, escondiendo el ramo de rosas detrás de mi espalda mientras me preparaba para recibirla con una gran sonrisa en mi rostro.


Última edición por Caleb Dankworth el Dom Mayo 17, 2015 9:42 am, editado 1 vez
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Invitado el Mar Dic 23, 2014 11:20 pm

Estaba nerviosa. Debía admitirlo. No era por el hecho de tener que salir con Caleb (que también, porque su simple presencia me ponía los pelos de punta), sino porque no sabía como iba a terminar toda esta historia. Me odiaba a mi misma por haberle dicho que sí a aquel estúpido hombre de hielo que tanto me había hecho sufrir. Y no solo por decirle que si cuando la otra noche me ofreció una cita, sino también por haberle dicho que si tantas veces de manera metafórica. Me había pasado muchos años asintiendo con la cabeza en la oscuridad, mientras el pasaba de cama en cama, de bar en bar, de copa en copa. sufría por alguien que demostraba continuamente que yo no le importaba, y eso era de ser idiota. Pensaba que había madurado, que había aprendido, que ya nunca volvería a sufrir. Y solo me mentía a mi misma, porque nunca me había conseguido alejar del dolor. Me había vuelto adicta a él. Podía haberme ido a otra ciudad, podía haber desaparecido, incluso podía haberle hecho desaparecer ahora que sabía que era suficientemente fuerte para ello. Pero nunca había sido capaz, y por ese resquicio se me escapaba toda la fuerza que había adquirido. Caleb era mi talón de Aquiles, y su mero presencia me hacía vulnerable. Eso era lo que me ponía nerviosa.

Me puse frente al espejo, recién salida de la ducha, pensando en que se suponía que debía ponerme. No era una gran fan de la moda, aunque no vestía mal, mi armario no tenía mucho donde elegir. Así que opté por unos vaqueros ajustados, con unas zapatillas negras y una camisa metida por dentro con una chaqueta de punto. Iba informal, y era de lo poco que tenía que no pareciese que iba a un funeral. Suspiré. Veía a las chicas por la calle, con aquellas faldas y aquellas melenas al viento. Y no me daban envidia, ni mucho menos, pero habría deseado poder caminar por la calle otra vez con aquella sonrisa iluminando mi rostro. Me trencé el pelo en una red que cubría toda la parte trasera de mi melena. El maquillaje no era lo mio, así que cogí un bolso negro y esperé a que Caleb apareciese mientras acariciaba a mi Gran Danés. Él si que sabía entenderme, no como aquellos malditos hombres.

Tras unos minutos de espera sonó el timbre. Me extrañó que no hubiese llamado primero al telefonillo, pero me levanté, algo nerviosa, y me dirigí hacia la puerta. Sultán empezó a ladrar desesperado por ver quien era. Estaba acostumbrado a visitas no muy amigables, aunque él era un trozo de pan. El pobre sufría de problemas de corazón, y tenía que aprender a calmarse o un día me daría un susto del que no podía recuperarme con facilidad. -Tranquilo, fiera. -dije con dulzura agarrándolo del collar. Y luego, tras cinco segundos de duda, abrí la puerta, enfrentándome a mis temores.

Ahí estaba mi pretendiente, como hace cinco años, con el pelo enmarañado y una camisa elegante. Su mirada me atravesó como una flecha, y yo me quedé impasible mirándole. Sultán pareció calmarse nada más verle. "Te entiendo pequeño, impone. Pero no te preocupes, no te tocaría un pelo. No quiere morir todavía", pensé, mirando a mi perro de 80 kilos asustado ante Caleb. Miré al suelo, indecisa ante que palabras escoger para el saludo. Hacía tantos años que no salía a una cita ni era cariñosa con nadie que no estaba muy segura del protocolo. Estaba claro que Caleb no había perdido practica. De hecho, había practicado con muchas. Demasiadas.

-Me alegra ver que has sabido llegar. -dije con un gesto un tanto cordial, pero sin pasarme. Todavía estaba enfadada con él por el numerito de la noche de Hogsmeade. Él presumida de ser fuerte, casi invencible. Pero por poco le matan aquella noche, y a mi por poco me da un paro cardíaco. -¿Que vamos a hacer? -pregunté con curiosidad, mientras cerraba la puerta haciéndole un gesto a Sultán para que se quedase dentro. -Ya puede ser algo que merezca la pena. Me debes una por lo de la otra noche. -le amenacé, mirándole con los ojos entrecerrados y señalandole con el dedo. En cualquier otra ocasión me habría estado muriendo de ganas de lanzarme a sus brazos. Pero hoy estaba controlada. Cuando me enfadaba, lo hacía de verdad.
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Caleb Dankworth el Vie Dic 26, 2014 11:02 am

Cuando Alyss me abrió la puerta de su piso se me cortó la respiración. Me provocaba aquella reacción porque todavía no estaba acostumbrado a verla y a volver a tenerla en mi vida, así que siempre que la veía después de tantos años era como que estaba viendo un espejismo, una alucinación que mi desequilibrada mente creaba para torturarme. Pero no, era real, tan real como lo había sido hace ocho años y era mía y estaba entre mis brazos. Me quedé quiero unos segundos mientras la miraba, y no pude evitar que mis ojos se deslizasen por todo su cuerpo desde sus pies hasta su cabeza. A medida que mi mirada subía, mi sonrisa se hacía más amplia.

-Eres la belleza encarnada- murmuré nada más verla. Fueron palabras que se escaparon entre mis labios, derivadas de un pensamiento creado en lo más profundo de mi mente y que era producto de una realidad innegable. Incluso vestida de manera informal y simple Alyss estaba más hermosa que ninguna otra mujer que haya conocido. Me gustaba verla así esta noche, pues me hacía recordar a la Alyss de la que me había enamorado hace ocho años. Era la primera vez desde entonces que no la veía vestida para el trabajo o con su túnica de mortífaga.- Bueno, dos veces en este piso han sido suficientes para aprenderme el camino de memoria- dije cuando ella comentó que se alegraba de que hubiese sabido venir aquí. "¿Cómo no iba a saber llegar sabiendo que el camino me traería directo a ti? Jamás olvidaría cómo llegar" añadí mentalmente, pero no lo dije en alto, aunque mi mirada reflejó mis pensamientos sin que yo me diese cuenta.

En el pasado, nada más verla de que la habría cogido entre mis brazos y la habría besado con una pasión imposible de contener dentro del cuerpo humano, provocando una especie de explosión entre nosotros. Y ahora, al verla ahí delante de mí, no deseo otra cosa más que mandarlo todo a pique, besarla, cerrar esta maldita puerta y olvidarme de todo el mundo para el resto de la eternidad. Pero no podía hacer eso, así que me contuve y me puse con la espalda más recta mientras carraspeaba para aclarar mi voz y mi mente. Si continuaba con pensamientos así iba a ser una tortura para mí.

Sonreí a Alyss, y entonces le mostré el ramo que traía escondido tras mi espalda, poniéndolo entre ambos. Nunca antes la había regalado flores, pero hoy quería tratarla como se merecía. Aunque unas flores no son absolutamente nada comparado con lo que deseo darle. Quería que Alyss tuviese todo lo que deseaba. Si ella quería el mundo, yo pensaba dárselo en bandeja de plata.

-Para ti- dije al darle las flores, y durante un segundo parecía casi un adolescente inseguro y extremadamente nervioso, pero me recompuse.- Espero que te gusten...

Podía notar en Alyss que todavía estaba algo enfadada conmigo, y supongo que será por lo del otro día. Pero no me preocupaba mucho, pues si estuviera enfadada de verdad no habría accedido a salir conmigo esta noche. Estaba molesta, y eso puedo arreglarlo... espero. Quiero volver a estar con ella como antes. Hace años eso era imposible, pues ella estaba amenazada por unos enemigos de los que yo no podía protegerla sin convertirme en un traidor, y entonces eso causaría más daños que bienes. Ahora Alyss no está precisamente segura, pues la vida de un mortífago nunca es segura, pero al menos ahora Alyss se enfrenta a peligros de los que sí puedo protegerla. Todo puede volver a ser como antes, si ella me deja...

Alyss me preguntó que a donde íbamos a ir, y añadió que esperaba que mereciese la pena. Sonreí cuando me apunto amenazadoramente con su dedo.

-Espero que sí. Te voy a decir la verdad, me he pasado los últimos días dándoles vueltas y vueltas a la cabeza intentando decidir adonde llevarte. Al principio quería impresionarte, pero...- murmuré mientras pensaba y escogía mis palabras- no quiero solamente impresionarte. Quiero pasar la noche contigo y que los dos estemos bien- dudo que haya sido tan sincero y claro con una mujer en toda mi vida. Pero era verdad, si Alyss hubiese sido cualquier otra mujer la habría llevado a algún lugar que estuviese escogido con el simple propósito de impresionarla y ganármela, pero eso no era lo que estaba buscando con Alyss. Sí, quiero impresionarla, pero no de esa manera...- Así que he pensado que lo mejor sería una cena en un lugar bonito donde podamos estar tranquilos y... No sé, volver a conocernos, supongo- dije mientras la mirada, algo nervioso.- ¿Te parece bien?
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Invitado el Mar Feb 03, 2015 8:20 pm

Cuando abrí la puerta y me topé con su rostro mirándome fijamente, una corriente de aire frío pareció atravesarme de arriba a abajo. Ese era el efecto que causaba Caleb en mi. A veces era como un fuego abrasador que me consumía por dentro, pero otras era como una ráfaga de aire congelado que me dejaba inmóvil y sin saber que hacer. Trataba de disimularlo, ya que no quería darle esa ventaja sobre mi. Ordené a mi mascota que se metiera dentro de casa y no molestase, luego respiré profundo y traté de tranquilizarme. Cerré la puerta tras de mi y bajé un par de escalones, quedando más cerca de Caleb de lo que me hubiera gustado, y más indefensa ante su mirada azul de lo que hubiese admitido.

Su piropo me sonrojó internamente, pero por fuera me mantuve impasible. Casi me avergonzaba más aquella forma que tenía de mirarme, que me recordaba a experiencias pasadas, que la frase que me había dicho en sí. -Muy caballeroso, pero creo que eso ya no funciona conmigo. -le frené los pies con una sonrisa malévola y terminé de bajar los escalones, quedando justo frente a él. No me gustaba cuando se hacía el listo. Me daban ganas de agarrarlo del cuello de la camisa y besarle hasta que se le quitasen las ganas de hablar con ese tono prepotente. Pero las cosas habían cambiado y ya no era una opción hacer eso, así que fue mejor pasar de lado, con aire irrelevante.

De pronto, como si no hiciese más de ocho años que le conocía, Caleb consiguió sorprenderme. Sacó un ramo de flores que tenía escondido detrás de su espalda. Me quedé pasmada por unos segundos, sin saber muy bien que decir. No por la ilusión de haber recibido aquel regalo, que también, sino por mi incredulidad por estar viendo a Caleb nervioso como un adolescente y ofreciéndome un regalo muy poco propio de él. Normalmente para el Caleb que yo conocía un "detalle" era una joya con un precio que provocara desmayos. Pero una vez más demostraba tener un poco de sensibilidad con aquel obsequio. Agarré el ramo entre mis manos con delicadeza y lo miré como si fuera un tesoro, disfrutando de su olor. -Gracias... -dije, sin saber muy bien que más podría añadir. -Son preciosas. -me giré y abrí de nuevo la puerta de mi casa para poder dejarlas en un jarrón vacío de la entrada. No quería tener que cargar con ellas. Le miré de nuevo, pero esta vez con gesto agradecido, ya no había rechazo en mi mirada.

Después de esto, Caleb siguió sorprendiéndome con su discurso. ¡Sonaba sincero! Algo inaudito en él. Siempre que hablaba parecía querer conseguir algo o estar tramando un plan oscuro a tus espaldas. Pero esta vez me creía cada palabra y no pude evitar sonreír nerviosa. Hacía muchos años que no veía esa faceta tan adorable de Caleb, ocho exactamente, y la había echado tanto de menos que hasta se me había olvidado como era. -Mientras haya pasta en la carta, estaré más que conforme. -él sabía perfectamente cual era mi comida preferida, todavía recordaba aquellas tardes encerrados en casa en las que él salía para traernos comida italiana. En esos momentos pasados le había adorado por ello, tanto que aquellas comidas me habían parecido propias de un rey. Ahora volvía a hacerme sentir así con un ramo de flores. Todavía había esperanza.

-¿Vamos? -dije colocándome a su lado y dándole un pequeño empujón en el brazo. Le habría cogido de la mano si hubiera sido apropiado, ya que técnicamente esta era nuestra primera cita de verdad. Pero estaba nerviosa, y todavía no confiaba del todo en el nuevo Caleb. Quería estar muy segura de que volvía a ser el de siempre, de que de verdad me quería en las buenas y en las malas. Que jamás me volvería a dejar sola.
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Caleb Dankworth el Dom Feb 08, 2015 10:47 pm

Mi comentario acerca de su aspecto no pareció hacerla mucho efecto, pero no era eso lo que estaba buscando. Lo único que quería era decir la verdad, y no había hecho otra cosa, ¿pues qué era Alyss sino la mujer más bella del mundo? Podría perderme horas y días y años enteros en sus ojos verdiazules, en sus cabellos de plata, en sus labios llenos, en sus suaves curvas... No había nada de Alyss que no adorase, nada que no echase de menos todos los días y todas las noches. Hace años Alyss se habría sonrojado muchísimo con mi comentario y su expresión habría sido adorable. Casi podía imaginarme a la perfección a Alyss con unos tiernos dieciséis años, con las mejillas y las rojas rojas como tomates después de que yo la recordase lo hermosa que era. Había sido tan tímida por aquel entonces, pero ya no lo era. Aunque echaba de menos su timidez, la madurez que ahora representaba me gustaba y me atraía mucho. Alyss era una adulta ahora, toda una mujer, y quiero volver a conocerla como lo había hecho antes.

-No todo lo que te digo tiene un propósito, Alyss, solamente me dedico a decirte la verdad- la recordé cuando me dijo que eso ya no funcionaba con ella.

Cuando le di el ramo de rosas rojas que traía escondido a mi espalda vi que se sorprendió muchísimo, y su fachada fría cayó durante unos instantes mientras me miraba a mí y miraba a las flores como sí casi no pudiese creérselo. Sonreí para mis adentros al ver aquello, sintiéndome feliz de comprobar que todavía podía seguir sorprendiéndola como hacía antes. Me gustaba sorprenderla, y me gustaba hacerla regalos, aunque nunca había sido cosa fácil. Esta vez tampoco había sido nada fácil, pues debido al estilo de vida con el que me he criado lo natural para mí habría sido ir a la mejor joyería de toda Inglaterra y comprar para ella algo digno de una reina, que era lo que ella era para mí. No había reparado en gastos jamás cuando estaba con ella hace años, y no pensaba hacerlo ahora. Pero conocía lo suficientemente bien a Alyss como para saber que aquel no era el momento, y ese tipo de obsequios tendrían que esperar un tiempo, y lo mejor ahora serían flores, como cualquier chico le regala a la chica a la que quiere. El alivio que sentí al ver que había acertado no tenía límites, y mi sonrisa iluminó mi rostro entero.

-De nada- dije con cariño cuando ella me dio las gracias. Mi voz y mi tono sonaban extraños a mis oídos. Hacia tanto tiempo que no le hablaba así a nadie que casi me había olvidado de que era capaz de tener semejantes sentimientos en mi voz al hablar. Ni siquiera me molestaba en ocultarlos. Estoy enamorado de Alyss y me importa un cuerno que se note, no hay nada que esconder.- Me alegro de que te gusten.

Esperé fuera del piso mientras ella volvía a entrar en su casa para meter el ramo en un jarrón, y cuando volvió a salir casi se me infló el pecho como el de un gallo al ver que su expresión había cambiado completamente, y que ahora estaba contenta y no había rastro del enfado ni del rechazo que había en ella hacía apenas unos instantes. Bien, al menos la noche está empezando con buen pie, eso es una buena señal.

Después de decirla lo que pensaba, Alyss volvió a sorprenderse. Oh, vamos, ¿tan capullo he sido toda mi vida que es tan sorprendente que me porté así esta noche? No lo sé muy bien, no suelo ser muy consciente de mis actos a veces, pero me preocupaba la idea de haberle transmitido siempre a Alyss una imagen negativa de mí. Yo quiero lo mejor para ella, y esta noche lo estoy intentando de verdad. No pienso volver a cometer ni un solo fallo. Sonreí cuándo dijo que sería feliz si en el lugar al que pensaba llevarla tenía pasta.

-Por supuesto que sí- dije. Recordaba perfectamente el vicio que Alyss le tenía a la pasta.

La acompañé fuera del edificio, y una vez que estuvimos en la calle la acompañé hasta mi coche, el Mercedes negro. No era la primera vez que llevaba a Alyss en coche a algún sitio, pero sí que era la primera vez que la llevaba a una cita así. Vamos, así, y de cualquier otra manera. Habíamos estado demasiado ocupados en el pasado como para tener citas, y habíamos tenido demasiado poco tiempo juntos como para llegar a tener la oportunidad de ir a una. Abrí la puerta del asiento del copiloto para Alyss como todo un buen caballero, permitiendo que ella entrará y se sentará antes de cerrar la puerta detrás de ella y dirigirme a mi puerta para entrar en el coche. Una vez que los dos tuvimos los cinturones puestos (ser magos y morir por culpa de un accidente de coche sin el cinturón puesto sería la cosa más patética del mundo) arranqué y me metí de nuevo en el tráfico de Londres. Tardamos unos pocos minutos para llegar a nuestro destino. Estábamos justo al lado del río Támesis, y no fue difícil encontrar una plaza de aparcamiento. Una vez que aparcamos apagué el motor, salí del coche, y volví a abrir la puerta de Alyss. Algunas cosas no cambian, y soy incapaz de portar me de manera caballerosa con ella, como la primera vez que nos conocimos. La sonreí mientras ella salí del coche y la miraba a los ojos. La suave brisa fresca del río nos azotaba levemente el rostro, y las vistas desde allí eran hermosas. El cielo parecía más despejado un antes, así que dejé de preocuparme de que fuese a llover.

-Ven, acompáñame- la incité tras cerrar la puerta del coche, y le ofrecí mi brazo para que se sujetase con su mano y caminase a mi lado.- Espero que te guste el sitio. No se realmente a qué lugares te gusta ir, y tampoco sabía a donde llevarte... Así qué te llevaré por todo Londres- dije con una suave sonrisa mientras nos acercábamos a un muelle, donde la gente estaba entrando en un barco de aspecto lujoso que era un restaurante que recorría el Támesis a todas horas del día: era el Bateaux London. A la hora de la cena era la mejor, pues estaba iluminado de una manera preciosa, al igual que todo Londres, y había música y bailes... Esperaba que Alyss lo disfrutase tanto como yo disfrutaba de su compañía está noche.-Pero si prefieres ir a cualquier otro sitio dímelo, por favor. Yo voy a donde tú vayas- le dije con sinceridad.

-¿Tienen reserva?- me preguntó el hombre de la entrada, elegantemente vestido con un frac.

-Sí, Dankworth- dije, dando el nombre bajo el que estaba la reserva. El hombre miró la lista que tenía en las mano y sonrió.

-Por favor, síganme- dijo, y eso hicimos, entrando en el barco.- Por aquí, señor y señora Dankworth.

Casi me puse de piedra al escuchar al hombre referirse a Alyss como si fuese mi esposa, y la eché a ella una rápida mirada para ver como se lo tomaba. Claro, al estar la reserva bajo mi nombre y venir acompañado de ella, habían llegado a la conclusión de que era mi mujer. Espero un no se lo tomé mal, pues últimamente no sé exactamente qué esperar. Pensé en ello durante un segundo. Mi esposa, Alyss Dankworth... Se dibujó una sonrisa en mis labios, pues el nombre sonaba como música para mis oídos dentro de mi mente... Aunque inmediatamente borré la sonrisa, pues no quería molestar a Alyss ni nada. Como ya he dicho, no se cómo va a reaccionar.

El hombre nos llevó hacia una mesa que estaba justo al lado de la ventana. Las vistas del río eran de lujo. Se veía el Big Ben, el parlamento, el London Eye...

-¿Te gusta?- le pregunté a Alyss, que estaba sentada justo enfrente de mí. Esperaba no haberme equivocado.
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Invitado el Lun Feb 16, 2015 11:22 am

Al principio la noche me había resultado incómoda. Ver de nuevo a Caleb dispuesto a mantener algún tipo de relación conmigo era incluso vergonzoso. Yo me sentía idiota por haberle dado otra oportunidad, pero él debía sentirse el rey del mundo pensando que yo era una tonta inocente que volvería a caer en sus garras en un santiamén. Intentaría que eso no fuese así, pero cada vez que fijaba mis ojos en los suyos me convencía un poco más de que resultaba imposible no enamorarse de un hombre como él. Parecía hecho por un Dios caprichoso para volverme loca a mi, sino toda aquella perfección junta carecía de sentido. Había visto a muchas personas hacer el ridículo delante de mi, incluso yo había hecho miles de veces el ridículo. ¿Pero Caleb? Caleb jamás había fallado en una sola cosa que yo hubiese visto. Nunca se le caían las cosas, nunca tropezada, nunca se ponía enfermo... Y en caso de hacer algo mal, siempre se las ingeniaba para que pareciese que la culpa era de otro. Algo similar ocurría conmigo. Pero eso me gustaba de él, buscaba sus errores en cada centímetro y seguía sin encontrarlos. Puede que esos errores existiesen, y fuesen mis ojos el filtro que los eliminaba todos. Quisiese o no seguía idolatrando a aquel capullo.

Después de un rato las cosas se calmaron y le acompañé hasta su coche, situado en la acera de en frete. Me abrió la puerta para darme paso al interior del lujoso vehículo, y yo todavía ensimismada entré sin decir palabra. Aunque me había llevado más veces en coche a algún sitio, nunca había sido para ir a una cita. Me sentía algo incómoda y comprometida, solo quería comportarme como una señorita. ¿Estaba intentando volver a gustarle? Cabía esa posibilidad, aunque mi propio cerebro me impedía pensar en ella. Después de tanto sufrimiento, todavía quería hacerme la fuerte.

Caleb me abrió la puerta del coche después de un viaje no muy largo, ya que yo vivía cerca del centro de Londres. Saqué los pies y noté la brisa húmeda que pasaba entre ellos, acariciando mi piel y haciendo que se me erizase. Salí con un impulso y observé a mi alrededor. Hacía mucho tiempo que no pisaba esa zona de la ciudad, y un montón de recuerdos me vinieron de golpe. Puede que hubiese visitado esa zona cuando estaba en Hogwarts. Veía a aquella niña rubia corretear por las calles de mi mente y me parecía imposible que fuese la misma persona que yo. La nostalgia me invadía.

Cuando mi acompañante salió le agarré del brazo, tal y como me lo ofrecía, aunque me sentía un poco anciana caminando así con él. Puede que una mano hubiese sido demasiado atrevida, y no ofrecerme nada demasiado frío, así que me conformé con lo que tenía. -Parece una buena elección. -di mi aprobación, todavía alucinando por el ambiente que nos rodeaba.

Vi como poco a poco nos acercábamos al que yo sabía que era uno de los restaurantes más lujosos y bonitos de todo Londres. Siempre había querido ir ahí, pero por desgracia no podía vender mi casa y mi perro solo para darme un capricho. -¿Ir a otro sitio? No juegues con mis sentimientos, este sitio es increíble. -confesé, todavía en mi mundo de alucinación.

Entramos al restaurante y nos quedamos esperando a que un maître nos atendiese. De pronto mi vestimenta me parecía de lo más vulgar para el sitio en el que estábamos, pero debería conformarme con eso. Caleb hablaba con el señor mientras yo seguía observando anonada toda la decoración de lujo. De pronto escuché "señora Dankworth". Mi cabeza se giró como con un resorte y miré a Caleb con ojos asesinos. El sonreía divertido, consciente del error del camarero. Si no hubiese sido por donde estábamos, le habría tirado algún hechizo a aquel señor tan gracioso. Pero bueno, en el fondo tampoco sonaba tan mal. Excepto por lo de señora, eso sonaba horrible.

Nos sentó en una mesa, en un lugar perfecto donde se podía ver todo Londres iluminado por las luces que se encendían de noche en la ciudad. -Es perfecto. -confesé con una gran sonrisa. Me encantaba la idea, la verdad era que esta vez se había portado.

Empecé a ojear la carta y me acordé de pronto de que no había avisado a un compañero del Ministerio de que tenía que entregar unos informes. Me levanté para ir al baño, esperando poder comunicarme con él donde estuviese lejos de las miradas muggles. Pero nada más levantarme me topé con una cara conocida en frente de mi. Ella posiblemente no me conociese a mi, pero yo tenía muy claro que quería decapitarla.

-¡CALEEEEEB, QUERIDOOOO! No sabía que tenías una hermana pequeña, es muy guapa. -empecé a arder por dentro. La mataría, juro que la mataría.

Se trataba de una de las amantes de una sola noche de Caleb, de esas sin mucha sesera pero cabronas hasta decir basta. Le habría arrancado las pestañas una a una durante toda la noche. Pero después iría Caleb. El rojo de mi cara empezó a parecerse a la resistencia de un horno.
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Cuenta de Ambientación el Mar Feb 17, 2015 3:11 pm



Cabellos rubios, vestido ajustado y con más maquillaje del que una persona normal podría soportar. Con labios rojos y mirada coqueta intenta buscar entre las caras de los asistentes al merecedor de compartir su cama aquella noche. No es una persona que se conforme con poco y sabe lo que quiere, por lo que no se irá del lugar sin un acompañante que quede bien a su lado. Está acostumbrada a todo tipo de lujos por lo que ha elegido el lugar preciso en el que pasar la noche. Todo está lleno de parejas pero, ¿Acaso eso importa? Es mucho más divertido aprovechar el momento cuando la presa está indefensa para abalanzarse sobre ella.

Sonríe de medio lado y pasa su mano por la mitad de su cabellera, subdividiendo esta con los dedos de manera juguetona. Baja con uno de sus dedos por uno de los mechones rubios y clava los ojos en un hombre poco mayor que ella que bebe en la barra. Sin si quiera pensarlo se acerca a él e intercambian un par de palabras a cambio de una copa gratis. Ni un gracias ni una despedida, ya tiene lo que quiere. Pasea por la zona de la barra sobre las altas plataformas de sus tacones y sonríe a todo aquel que tiene el valor de dirigirle la mirada. Se respira superioridad en el ambiente, una atmosfera que rodea cada parte de su cuerpo y sale de cada uno de sus poros. Se cree superior al resto del mundo y no duda en demostrarlo en todo momento.

Mueve la copa entre sus dedos y le da un corto trago al Martini antes de depositar el vaso vacío sobre la bandeja de uno de los camareros que clava sus ojos en su trasero según pasa a su lado. La chica lo sabe. Sabe que es deseada por más de uno y que aquel traje que lleva puesto para la noche hace que todo aquello se magnifique. Pero ese camarero no es suficiente para ella. Ya ha avistado a su presa.

A varias mesas de distancia lo ve, sentado con alguien que cubre su rostro con la carta. No le importa quién es ni qué hace allí, tan sólo el hombre con el que está sentada por lo que no duda ni un momento a la hora de dirigir sus pasos hacia la mesa. Antes si quiera de llegar la joven que acompañaba a Caleb ha desaparecido y una sonrisa juguetona surgeen el rostro de esta al verlo tan solo y desamparado. Ella será su compañía para la cena, y para lo que no era la cena, claro…

Su voz llena la sala cuando esta se acerca al hombre, viendo como su acompañante se aleja de la mesa y haciendo alusión a esta. Es cierto que no se caracteriza por su gran inteligencia, pero sabe de sobra que la que huye no es su hermana, sino más bien otro de sus ligues. Otra más que llevarse a la cama. - ¿Cómo tú por aquí? – Pregunta antes de dejarse caer sobre la silla que antes ocupaba la mujer rubia a la que ha perdido de vista por sentarse junto a Caleb. Se cruza de piernas dejando ver a todo aquel que mire lo que hay que ver y coloca la totalidad de su pelo sobre el lado derecho de su cabeza. – Me sorprende que después de lo bien que lo pasamos la otra noche no volvieses a llamarme. – Dice con un tono más lúgubre pero con la misma energía que mostraba con sus palabras previas.


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Caleb Dankworth el Sáb Feb 21, 2015 9:46 am

Suspiré con alivio cuando Alyss me confirmó que el lugar le gustaba, y la expresión y la sonrisa de su rostro me confirmó que no mentía. Aunque no lo pareciese, era increíblemente difícil intentar salir con la chica de la que llevas enamorado ocho años y la cual has estado intentando olvidar todo el tiempo sin éxito alguno. Cuando conocí a Alyss era mil veces más fácil actuar alrededor de ella, pues nuestra conexión fue inmediata, llegué a conocerla a la perfección, y ella era una niña inocente que estaba abriendo los ojos y viendo el mundo casi por primera vez, y me gustaba ser yo el que se lo enseñase todo. Ahora, sin embargo, es una mujer. No se nada de su vida, pero se que esa inocencia juvenil que tanto la caracterizaba se ha esfumado, y su personalidad también ha cambiado un poco. No sería fácil impresionarla, al menos no del modo en el que quiero impresionarla. Impresionar a una mujer es tarea fácil cuando el único propósito en mente es llevármela a la cama, y es todavía más fácil teniendo dinero. Pero eso no es lo que quiero con Alyss, así que intené currármelo todo para que aquella fuese una noche especial para ambos. Por el momento creo que lo estoy consiguiendo, y no fui capaz de borrar la radiante sonrisa que había decorado e iluminado mi rostro.

Entramos en el barco/restaurante Bateaux London, donde estaba hecha la reserva. Casi me dio algo cuando oí al camarero referirse a Alyss como "señora Dankworth", y la miré con expresión alarmada al principio, aunque luego sonreí pues me gustaba cómo sonaba aquello. Claro que no lo dije en alto, pues viendo el carácter que tiene la Alyss adulta y lo impredecible que es, prefiero no decir nada que me ponga en riesgo de que me tire por la borda. Reí por lo bajo al ver la expresión en su rostro.

-No me mires así, no ha sido culpa mía- me defendí cuando me miró con ojos asesinos, aunque en el fondo parecía que el asunto le estaba haciendo gracia también.- Bueno, en parte sí que lo es, hice una reserva para dos a mi nombre, pero bueno. Te queda bien el nombre, en mi opinión- dije entonces en tono pícaro mientras la guiñaba un ojo juguetonamente con esa expresión tan típica de mí y que había usado mucho con ella en el pasado.

Nos sentaron en una mesa con vistas espectaculares; era prácticamente la mejor mesa de todo el barco. Sonreí para mis adentros, habiendo comprobado que aunque llevo una década sin tener un cita de verdad no he perdido mi don para planearlas. Le dediqué a Alyss una sonrisa en todo momento mientras un camarero nos atendía y nos servía vino en las copas, y entonces miramos el menú, intentando decidir qué cenaríamos aquella noche durante nuestra cita en aquel crucero por el río.

-Mira, aquí tienen pasta- dije mientras veía la larga lista de platos de pasta en el menú. Luego miré a Alyss por encima de la carta, observando como ella leía y escogía- ¿Ves? No te llevaría a un sitio donde no tienen pasta, te conozco muy bien. O a menos, solía hacerlo...- dije mientras mi voz se convertía en un murmullo a causa de mis pensamientos. Me atormentaba la idea de que nunca pudiese volver a conocer a Alyss como la había conocido hacía tantos años. No se me escapaba nada, y esperaba que las cosas volviesen a ser iguales. Ahora debería ser más fácil, ya que ahora estaríamos en igualdad de condiciones. Ahora Alyss lo sabía todo acerca de mí, no solamente la faceta pública y socialmente aceptable, la que supuestamente era buena. ¿O acaso eso era precisamente lo que lo complicaba todo? Tal vez a ella le gustaba más cuando yo era aquella versión de mí que era una mentira, y el verdadero yo no era lo que ella quería...

Yo no tenía no idea de qué pedir. No tenía hambre, estaba demasiado nervioso como para pensar en comida y mi estómago se estaba retorciendo. Com cada segundo que pasaba estaba más convencido de que no siquiera cuando era un adolescente me ponía tan nervioso al llevar a la chica a la que quería a una cita. ¿Por qué era todo tan complicado de repente? ¿Tal vez porque estoy intentando que la chica no me odie? Sí, seguramente sea eso.

Necesitaba beber. Cogí la copa de vino que el camarero había llenado antes y la alcé en el aire entre Alyss y yo mientras clavaba mis ojos en ella.- Brindemos- propuse.- Por nosotros.- ¿Hay acaso algo más importante? Yo creo que no.

Me sentí mucho mejor después de haber tomado un sorbo de vino, y poco a poco sentí que los nervios se fueron esfumando a medida que veía que todo estaba saliendo bien. Evité suspirar para que no se notase que tenía prácticamente el corazón en la garganta, y miré de nuevo el menú para distraerme.

-Bueno, pues cuéntame- dije, queriendo entablar conversación. Para eso estábamos aquí esta noche, ¿no? Para hablar y volver a conocernos. Ella lo sabía todo de mi, pero yo no sabía casi nada de ella.- ¿Cómo te ha ido estos años? ¿Qué has estado haciendo?

Con temas de conversación comunes y con preguntas personales podríamos ir conociéndonos el uno al otro otra vez, y no había nada que desease más en el mundo. Tenía ganas de saberlo todo: donde había estado, que había hecho, cómo la había tratado la vida... No se nada, y eso me hacía sentir fatal. Jamás debería haberla dejado marchar. Jamás debería haberla apartado de mi lado. Pero ya era tarde para cambiar eso.

Alyss se tuvo que levantar entonces un segundo para hacer una llamada al trabajo, cosa que entendí pues yo siempre que interrumpir cualquier cosa que estuviese haciendo para hacer dichosas llamaditas también. Pero Alyss apenas se había alejado unos pasos cuando oí una voz familiar, una voz que me puso los pelos de punta... No, no, no... ¡No! ¡Esto no puede estar pasándome a mí!

Miré a la mujer que había delante de Alyss, y casi grité. Pero eso no pasó, y en su lugar me quedé mudo como una piedra, mirándola con los ojos saliéndome de las órbitas... Podía parecer que estaba con esa expresión de idiota porque me había quedado embobado con la belleza de la mujer, o con su vestido o con su figura espectacular, cuando en realidad lo que me estaba pasando era que estaba en shock y mi mirada estaba llena de horror camuflado. No puedo creer que de todas las noches en las que salgo y con la cantidad de gente con la que salgo, está tía tenga que aparecer justo cuando estoy en mi primera cita con Alyss. El destino es, sin duda, un grandísimo hijo de puta. Me mordí la lengua para no empezar a soltar maldiciones a diestro y siniestro.

-Ah... Ho-hola...- balbuceé, casi mudo de la sorpresa y el horror. Si no fuese ya pálido de por mi mismo, en aquel momento mi piel habría palidecido de manera preocupante. Miré a la mujer a la cara, intentando que mi mistada no se deslizase hacia sus generosos atributos. No, joder. ¡¿Por qué?! Quería que se fuera. ¡No siquiera recordaba su nombre!- E-ella no es mi hermana...- dije mientras miraba a Alyss rápidamente, y tragué saliva con nerviosismo antes de recuperar mi típica actitud de confianza. ¿Cómo debería presentar a Alyss? Si digo que es mi cuñada voy a quedar como un enfermo (aparte de que no sé cómo se lo tomará ella) y si digo que es mi ex-novia voy a quedar mal, y no podía decir que era mi novia tampoco porque todavía no lo era.- ¿Qué qué hago aquí? Pues... Pues estoy en una cita, ya ves- dije, mientras carraspeaba, consiguiendo que mi voy fuese recuperando la fuerza.- ¿Y tú qué?

No me importaba encontrarme con mis amantes de una sola noche (o de más, pero no más de una semana. La única amante que he tenido en más ocasiones ha sido Abi, pero porque ella es mi mejor amiga, estas tipas no tienen ni nombre ni rostro en mi mente) pero en esta ocasión me estaba dejando horrorizado. ¿Cómo puedo tener tan mala suerte de encontrarme a esta justo cuando estoy con Alyss? Miré a Alyss, que seguía plantada donde se había quedado al llegar esta mujer de cuyo nombre no me acordaba, y me puse rígido al ver la expresión de furia al rojo vivo que había en su cara. Esta mujer tiene que marcharse, pero ya.

Las cosas sólo se pusieron peor cuando la mujer (que era increíblemente atractiva, sino nunca me hubiese acostado con ella en un momento de debilidad) se sentó en el asiento que acababa de desocupar Alyss, y me preguntó que por qué no la había llamado después de la noche tan estupenda que pasamos. Joder. Sí, la noche que había pasado con ella había sido magnífica, pero en este momento deseaba que jamás hubiese ocurrido. No quería que Alyss fuese testigo de esto. ¡Joder! Todo había estado saliendo tan bien, y ahora... Ahora todo eso se iba a ir a pique.

-Mira, Vanessa... ¿Lorena?- pregunté sin estar muy seguro de cual era el nombre correcto. Aquello era un completo desastre.- Nos lo pasamos bien, y fue genial... Pero fue cosa de solamente una sola noche- dije con tono firme pero bajo, intentando que Alyss no me escuchase. ¡¿Qué pensaría de mí si ni siquiera soy capaz de recordar los nombres de las mujeres con las que me acuesto?! Conociéndola, seguramente que nada bueno.
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Invitado el Lun Feb 23, 2015 10:56 am

La velada de momento iba demasiado bien teniendo en cuenta que se trataba de Caleb. Normalmente no me habría sorprendido acabar metida en algún tipo de antro o de pelea, de de momento todo estaba saliendo a pedir de boca. el sitio era increíblemente bonito y romántico, no había metido la pata, se mostraba caballeroso. Había dos opciones, o esto era un sueño del cual pronto despertaría, o Caleb había cambiado y ya no era el hombre descuidado y arrogante que había conocido. La noche lo diría, pero de momento, yo me limitaría a disfrutar lo que se me ofrecía.

Nos sentamos, después de aquel "gracioso" incidente con el nombre, y ambos empezamos a leer la carta. Yo solo estaba pensando en un enorme plato de pasta al pesto, mientras buscaba desesperada un lugar donde mis sueños siguiesen haciéndose realidad. Caleb me ayudó a encontrarlo en aquella carta tan larga como la biblia y yo sonreí, satisfecha. Me entraba un calor interno solo de pensar que él pudiese acordarse de todo lo que habíamos sido, de todo lo que había sabido de mi. Al parecer no se olvidaba de las cosas con tanta facilidad como yo pensaba.

Después de un corto periodo de incomodidad mientras nos decidíamos, ambos le indicamos al camarero nuestras respectivas elecciones. Yo escogí un plato de tallarines al pesto. Además, el camarero, con mucha elegancia, nos sirvió uno de los mejores vinos de la casa. Yo no era mucho de vino, pero tampoco iba a rechazarlo. Caleb alzó la copa y propuso un brindis que yo seguí sin rechistar. Sonreí y bebí todo lo que había en mi copa de una sola vez, necesitaba alcohol en sangre para sobrevivir a la noche que me esperaba.

-Nada interesante. -dije mirándole a los ojos. -Encontré un buen trabajo de inefable en el Ministerio para estar bien situada. -volví a beber un pequeño sorbo. -Pero estoy muy segura que no tan bien como tú. Sabes mover tus fichas, se nota que en el Ministerio todos te respetan. -había un cierto tono irónico en mi voz. Era cierto que Caleb tenía muchos contactos y era respetado, pero su modo de vida también le había hecho ganar ciertos enemigos y él lo sabía mejor que nadie. Tampoco quería contarle mucho más sobre mi vida. En el fondo ni siquiera le interesaba.

De pronto recordé que tenía que hacer una llamada para dejar algunos asuntos cerrados. Me disculpe con Caleb y me dispuse a levantarme de la mesa para ir al baño, pero mi ruta se vio interrumpida por una mujer despampanante que casi me saca un ojo con uno de sus pechos. La reconocí casi al momento, puede que por su mirada o por su forma de moverse, pero todas las mujeres que salían del apartamento de Caleb se quedaban grabadas en mi mente. ¿Soy una maníaca? ¿Una loca acosadora y obsesionada? Puede, pero cuando me dijo que si era su hermana pequeña, casi le saco la silicona de los pechos a golpes. -¿Perdona? -dije con tono amenazador. Puede que no fuese muy alta, ni tuviese esos de amortiguadores delanteros ni un pelo rubio teñido despampanante. Pero tenía una varita y era mucho más peligrosa que eso.

En el momento en el que se sentó en mi silla podía haber estallado en ira y haberle montado el numerito del siglo, pero al ver la expresión de muerto en la cara de Caleb decidí esperar detrás para ver como salía del aquel embrollo. A veces Caleb me daba grima. Ni siquiera era capaz de acordarse de los nombres de quien pasaba por su cama. La chica sin embargo no parecía tener otra intención que no fuese volver a esa cama, incluso sin un nombre ni una cara en la mente de Caleb. ¿Como conseguía que fuesen tan idiotas? Llegué a las conclusión de que las elegía nivel extra-retrasado por catálogo, porque me costaba pensar en que existiesen tantas mujeres con un número tan bajo de neuronas.

-No se si te has dado cuenta, pero estas en mi sitio. -le dije a la chica después de unos segundos de silencio, con educación y tranquilidad esperando que se marchase por su propia cuenta. Pero no lo hizo, sino que se giró entre risas y continuo su intento de ligoteo barato con mi cita. Que pronto, por cierto, dejaría de serlo.

-¿No me has escuchado? ¿O es que a parte de idiota también eres sorda? -continué, insistente, poniéndole está vez una de mis frías manos en su hombro. La mujer sin embargo insistía muy fervientemente en quedarse quieta, mirándome con cara de pasmada. -Te lo diré en una lengua que puedas entender. O mueves ahora mismo ese culo plástico de mi silla, o no te van a salir muy rentables los miles de dólares que has empleado en tener esa cara de Barbie pasmada. ¿Me explico?

La mujer se quedó con cara de emoticono. Puede que no se esperase tanta agresividad de una mujer como yo, pero lo que había visto solo era la punta del iceberg y se estaba acercando lo peor. La Barbie Titanic se iba a hundir en el frío hielo. -No te enfades, chica. Los hombres saben lo que quieren. -continuó, burlona.

Hasta aquí, le iba a partir cada uno de sus dientes.

-Estoy segura de ello, pero no estoy tan segura de que tú estés en la lista de deseos navideños de este. -dije, mirando por un segundo a Caleb. Sin pensarlo dos veces cogí la copa de vino medio llena la derrame sobre el vestido de la mujer. Ella se quedó con cara de susto, como si acabase de ver pasar un fantasma. No dejaba de balbucear que que demonios estaba haciendo, que que me creía... Chorradas. Sin decir ni una palabra más empezó la pelea, ella empezó a tirarme de uno de los mechones del pelo y yo usé mis habilidades para tirarla de la silla apartándola con un pie. Hecho esto ella me tiró al suelo y empezaron los puñetazos y los mordiscos. Si pudiese sacar mi varita ella ya estaría llorando por su vida, odiaba los lugares muggles.

Vi como de fondo un camarero enfadado de acercaba. Me di cuenta de que iban a echarnos por escándalo público. Definitivamente tener una cita normal con Caleb era 100% imposible.
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Cuenta de Ambientación el Lun Feb 23, 2015 11:40 am



A simple vista no es más que una rubia tonta del montón y si se tiene la oportunidad de conocer algo más que no sea su apariencia, se seguiría manteniendo esa opinión. Es de ese tipo de personas más preocupadas por el color de su cabello y el vestido adecuado y ajustado que por saber cuál es la capital de Alemania, pues en caso de preguntárselo lo más posible es que contestase que si te estabas riendo de ella porque no existe un país con ese nombre.

Pero por muy estúpida que sea, no olvida ninguna cara, especialmente las de aquellos hombres que acaban por dedicarle miradas de deseo y con los que comparte una buena noche, por lo que sin pensarlo si quiera se acercó a la mesa de Caleb y de su acompañante, sin preocuparse lo más mínimo por esta.

La contestación del hombre no hace que cese su interés, sino que hace que se dejase caer cómodamente sobre la silla destinada para su acompañante. – Salí a tomar algo y te vi sentado por aquí. – Dibuja una leve sonrisa sin apartar los ojos de los del hombre. – Y no iba a desaprovechar la oportunidad de saludarte, claro. – Añade mordiéndose el labio inferior. Toda mujer en su sano juicio se fija en Caleb por su tremendo atractivo, pero toda aquella que ya conoce como resulta ser más allá de lo puramente físico no duda ni un momento a acercarse a él. Está claro que es un hombre de una sola noche, de esos que salen de la cama lo antes posible, cuando ni si quiera ha amanecido, para alejarse de su captura de la noche y poder buscar otra para la noche siguiente sin ningún tipo de ataduras. Y por muy rubia y tonta que es, lo sabe. Pero eso no significa que no tenga tiempo ni ganas para juguetear con él un rato más.

- Cynthia. – Corrige al hombre sin borrar la sonrisa del rostro. Antes si quiera de poder contestar a Caleb, su acompañante se acerca nuevamente, al parecer molesta por la nueva situación que se presenta ante sus ojos. Escucha la vocecita de la otra mujer y se gira sin hacerle demasiado caso. Si Caleb permite que sea ella quien esté sentada como si tal cosa, es porque tanto interés en ella no puede tener. – Relájate cariño, ¿Por qué no nos dejas hablar a los mayores y te vas a por un Cola-Cao a la barra? – Dice entre risas antes de seguir la conversación con el hombre.

Pero la conversación no puede seguir mucho más tiempo con la siguiente interrupción de la que parece la hermana de Caleb pero en realidad es su cita para la noche. – Mira guapa, si tanto le molesta mi presencia, ya me habría dicho que me marchase y por su manera de moverse en la cama la otra noche dudo que quiera que me vaya. – Afirma con el mismo tono burlón que antes. Un tono que desaparece del mismo modo que lo hace su sonrisa al notar como el vino empapa su ropa. - ¡PERO QUÉ HACES! – Grita molesta al ver cómo ahora toda su ropa está cubierta por aquella bebida.

No lo piensa dos veces y salta sobre la mujer agarrando su cabello  a su paso hasta situarla en suelo. Nota un mordisco en su antebrazo y contraataca devolviéndolo del mismo modo en la primera parte del cuerpo ajeno que se pone en su camino. Golpea el rostro de la chica hasta hacer que la sangre caiga por su labio inferior y sin darse cuenta de que todo el restaurante ahora clava sus miradas en ellas, sigue golpeando a la rubia oxigenada sin intención de frenar aquello.

Caleb ya ha pasado a un segundo plano y lo único que quiere es hacer pagar a esa estúpida mujer por no saber comportarse y tirar bebida en su vestido.
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Caleb Dankworth el Lun Feb 23, 2015 6:37 pm

-¡Cuidado!- exclamé divertido cuando vi que Alyss casi vaciaba la copa de vino entera de un sólo sorbo. No era algo a lo que yo no estuviese acostumbrado, pues rara es la ocasión en la que yo no vacío una copa entera de un solo trago, pero Alyss no estaba acostumbrada a ello. Nunca había sido muy fan del alcohol.- Los dos sabemos que tu tolerancia no es la mejor del tuyo, no quiero tener que sacarte de aquí a rastras- bromeé, sin tener ni idea que dentro de poco tendría que hacer precisamente eso.

Aunque yo no tenía ni la más remota idea de qué pedir, Alyss no tuvo duda alguna. Había tenido cuidado de escoger un sitio que tuviese pasta para cenar, pues al menos eso la tendría contenta. Genial, ya son cosas que he hecho bien, escoger el sitio y la comida. Ahora sólo nos falta cenar tranquilamente, beber un poco, hablar tranquilamente y dejar que nos volviésemos a conocer como antaño, esta vez de manera más calmada. Hace ocho años nos conocimos por medio de varios encuentros que ocurriendo por casualidad, y poco a poco esos encuentros se fueron convirtiendo en menos casuales. Formamos una amistad, y de sentir amistad por ella pasé a querer protegerla con todas mis fuerzas, y antes de poder darme cuenta me había enamorado como un imbécil. Tardé siglos en darme cuenta de que Alyss sentía lo mismo por mí. Mientras pensaba en el pasado recordé algunos de nuestros encuentros, y sonreí ampliamente mientras miraba a mi copa de vino, que estaba más llena que la de Alyss.

-¿Te acuerdas de una vez que nos encontramos un fin de semana en Hogsmeade, en la cascada de las afueras?- probablemente no se acordase, había pasado mucho tiempo, pero yo me acordaba como si fuese ayer. Habíamos jugado y peleado en el agua como niños. En aquella época todavía estaba negándome mis sentimientos hacia ella, pero estaban ahí... Habían estado ahí desde el principio, y yo había sido idiota y no me había dado cuenta. Estaba demasiado avergonzado, demasiado asustado como para darme cuenta, demasiado preocupado por qué pasaría si volvía a permitirme sentir algo tan fuerte por una mujer. Además Alyss era una chiquilla por aquel entonces.- Yo sí que me acuerdo. Era incapaz de quitarte los ojos de encima- aquello era cuando Alyss todavía estaba estudiando en Hogwarts, y no sabía quién era. Nos enteramos de la verdad poco después, ese mismo verano. En aquella época Alyss era muy diferente, y muy inocente. Jamás llegué a entender cómo una chica tan pura e inocente como ella podía atraerme de la manera que ella lo hacía, pero el caso es que fui incapaz de resistirme.

Le pregunté a Alyss por su vida. Tenía un interés genuino en saber qué había estado haciendo durante estos ochos años. Quería conocerla, como ya he dicho muchas veces, y saber cómo cambió de la adolescente inocente que era a la mujer madura que es ahora. Pero además tenía interés en saber qué era lo que había estado haciendo durante los años en los que yo creía que había estado muy lejos de Londres, cuando en realidad había estado justo delante de mis narices todo el tiempo. Aquello me molestaba, pues significaba que la había perdido para nada.

-¿Inefable? Tu jefe es mi mejor amigo casi desde que era bebé, aunque he estado años sin verle. Es curiosi ahora entiendo las ambiciones de Zack. Lo ha sacado de tu lado de la familia- comenté mientras esbozaba una sonrisa.- ¿Y te gusta tu trabajo?- Alyss comentó entonces que yo estaba bien situado y que en el Ministerio me respetan. Me encogí de hombros.- Es cosa del apellido. La gente me mira y lo único que ve es dinero. Y la gran mayoría de la otra mitad me respeta porque pertenecemos al mismo bando- dije, dando a entender perfectamente que me refería a los mortífagos.- El respeto es una de las cosas buenas que tiene ser de primer rango. Eso, y que puedo dar órdenes- añadí con una sonrisa más oscura que la anterior, más traviesa en un sentido nada inocente. Me encantaba ser mortífago, me encantaba lo que conllevaba pertenecer a ese mundo, y me encantaba el poder que eso me daba.- Lo irónico es que tenga el respeto de los Aurores...- murmuré mientras tomaba un sorbo de vino.

Removí el vino dentro de la copa haciendo círculos pequeños, y clavé la mirada en el líquido de color rojo sangre y de sabor exquisito mientras le daba vueltas en la cabeza al asunto que tanto me molestaba pero que intentaba ignorar.- ¿Así que has estado todos estos años en Londres? Pensaba que te habías marchado muy, muy lejos...- aquel había sido todo el propósito de dejarla y de, de manera indirecta, amenazarla. Había corrido peligro en Londres. Joder, había corrido peligro estando en Inglaterra. Me había partido el corazón y el alma tener que dejarla, y jamás lo habría hecho de no ser porque había tenido que pensar en mi familia también y escoger la mejor manera de mantenerles a salvo a todos. Pero ahora resulta que todo había sido en vano. De haber sabido que Alyss era capaz de cambiar sus principios y unirse a nuestro bando, jamás habría tratado de salvar tanto su vida como su inocencia, sino que habría tomado otras medidas.

Todo parecía ir bien cuando de repente las cosas tomaron un giro completamente inesperado y que hizo que quisiese que la tierra me tragase entero, pero no tuve tanta suerte. Una mujer rubia con la que había tenido una noche de lo más loca y salvaje hace no tanto tiempo (en cuando me di cuenta de aquello me quedé pálido como un muerto, pues hacía que las cosas fuesen mucho peores) apareció en cuanto Alyss se levantó a hacer una llamada rápida de trabajo. La mujer, de la que no me acordaba de su nombre, se sentó ocupando el asiento de Alyss. Yo estaba tan pasmado que no podía hacer nada más que balbucear como un idiota y sentir que me iba a dar un infarto. ¡¿Por qué a mí?! ¡¿Por qué no puedo salir con la mujer a la que quiero para tener una cita con ella y dejarla saber que me tiene loco incluso después de casi un década entera?! ¡¿Por qué no puedo estar tranquilo y disfrutar un poco?! Ah, ya sé, es porque soy un idiota que no sabe mantener los pantalones puestos en su sitio con la cremallera abrochada y el karma ha venido a morderme en el culo de manera descarada en el peor momento posible. Quería agarrar algo y golpearme en la cabeza con ello cual elfo doméstico que se castiga por haber hecho algo mal, pero estaba tan mortificado que no era capaz de nada.

Podía ver a Alyss fulminándonos tanto a la mujer como a mí con la mirada. Ardía de la ira. Jamás de los jamases la había visto tan enfadada, ni pensaba que fuese capaz de sentir tal furia. Abrí y cerré la boca varias veces, queriendo articular palabras pero encontrándome casi incapaz de ello. Miré a la mujer, que me había corregido y había dicho que se llamaba Cynthia. Fruncí el ceño. ¿Cynthia? No recordaba ese nombre para nada. Estaba tan borracho cuando estuve con ella que capaz era de haberla llamado por otro nombre mientras la estampaba contra la pared. ¿Clarissa, tal vez? Empieza por la misma letra, y eso para mi cuando estoy borracho ya es suficiente. A ellas siempre suele importarles una mierda el nombre que salga de mi boca mientras me tengan desnudo en su cama, las prioridades estaban siempre bastante claras.

Antes de que pudiese darme cuenta, Alyss y Cynthia empezaron a discutir, llamando la atención de los comensales que nos rodeaban, y de varios camareros que miraban preocupados. Había varios que miraban con curiosidad o incluso confundidos por la situación, pero la pareja de viejos que se sentaba en la mesa de la lado y que tenían pinta se habían dado perfecta cuenta de qué estaba pasando ahí. El hombre me miraba con aprobación y casi con envidia, pues ambas mujeres que se estaban sacando los ojos con la mirada por mí eran espectaculares (Cynthia lo era de manera vulgar y provocativa, y Alyss lo era de manera natural y casi de fantasía, con sus rasgos finos y elegantes y poco comunes) pero la mujer me miraba con cara de asco y desaprobación. La habría ignorado completamente de no ser porque aquella misma expresión estaba reflejada en el rostro de Alyss, y se me cayó el alma a los pies. Estaba en un buen lío.

-Cynthia, te voy a pedir que te vayas- dije entonces, con voz fuerte y severa, no como antes. Incluso mi mirada se había enfurecido y mis ojos entrecerrados dejaban ver que no estaba nada contento con la situación. Había un brillo peligroso en ellos. No me estaba poniendo nada contento está situación, y cuando no estoy contento las cosas no suelen ir muy bien. No necesitaba que una mujer a la que le había dejado muy claro que no quería volver a verla nunca más después de que nuestra noche juntos acabase viniese a molestarme cuando estoy con la mujer con la que sí que quiero estar siempre.- Ahora.

Pero mi enfado no podía ni compararse con el de Alyss, y en apenas unos segundos de desató el caos. Primero discutieron. Luego Alyss le tiró el vino encima a Cynthia, lo cual me dejó de piedra. A partir de entonces supe que aquello definitivamente no iba a acabar bien. Acto seguido, Cynthia chilló y le tiró del pelo a Alyss. En menos de un segundo aquello estalló como una bomba de relojería, y ambas mujeres cayeron al suelo dándose golpeas y mordiscos y de todo. Ahora todo el mundo estaba mirando, los camareros se acercaban, y yo salté de mi silla como empujado por un muelle.

-¡Alyss! ¡Cynthia! ¡Basta! ¡Parad!- exclamé horrorizado mientras me dirigía hacia fondee ambas mujeres estaban peleando como adolescentes callejeras en el suelo. Los camareros dudaban al acercarse, teniendo el daño que pudiesen recibir al acercarse a las dos mujeres. No me extraña, pues hará a mí no me hacia gracia acercarme a ellas. Aquello parecía incluso más peligroso que insultar a Lord Voldemort en sus mismas narices. Bueno, eso es difícil, puesto que no tiene...- ¡Cynthia, déjala en paz!

Cynthia era la que había tirado a Alyss al suelo, así que ella era la que tenía la posición de ventaja, teniendo a Alyss debajo de ella mientras la golpeaba sin cesar. Alyss también la golpeaba de vuelta, y entre las dos aquello estaba siendo un espectáculo. Sin embargo, no era un espectáculo que yo quisiese presenciar. Me agaché donde estaban las dos mujeres y agarré a Cynthia por detrás y tiré de ella para apartarla de Alyss. La mujer se retorció tanto en mis brazos que parecía un animal salvaje y al final consiguió hacer que yo perdiese el equilibrio y cayese para atrás de culo en el suelo. Solté a Cynthia a causa del golpe, y está de arrastró a golpear a Alyss otra vez. Reaccioné rápidamente y fui a detenerla, y de repente me llevé un golpe en toda la cara. Pero no un golpe cualquiera, sino un golpe de los buenos. Vamos, que las dos me dieron un puñetazo con todas sus fuerzas en toda la cara. No llegué a ver si lo habían hecho sin querer o aposta, pero el caso es que me tiró para atrás lejos de ellas y me hizo ver estrellas. ¡Joder! Las mujeres cabreadas sí que dan miedo, deberían estar en la lista de criaturas más peligrosas marcadas como XXXXXXXXX por el Ministerio.

Me llevé una mano a la cara dolorida, y oí un gran estruendo. Abrí los ojos y vi que la pelea se había puesto todavía peor. Se tiraban cosas, el mantel con los platos y vasos rotos estaban en el suelo... Los camareros decidieron intervenir en serio de una vez por todas, y yo lo intenté de nuevo. Esta vez agarré a Alyss, rodeando su cintura con fuerza por detrás y alzándola en el aire para que no se pudiese mover.

-¡YA BASTA!- bramé. Mi voz se oyó por todo el barco/restaurante. Todo el mundo estaba en silencio, hasta la orquesta, y lo único que se oían eran los gritos de ambas mujeres y su voz por encima de ellas.- ¡Alyss, para, se acabó!

Los camareros de estaban encargando de Cynthia. Ni siquiera la miré, lo único que me preocupaba era Alyss. Le sangraba el labio, y no sabía si se había echo más daño. Uno de los camareros se acercó.

-Señor, voy a tener que pedirle que usted y las señoritas se marchen...

-¡No se preocupe, eso mismo pensaba hacer!- exclamé increíblemente enfadado. Agarré a Alyss con un solo brazo para poder sacar con mi mano libre unos cuantos billetes de libras de gran valor, y se los tendí al camarero para pagar por el vino, el escándalo y los destrozos antes de volver a agarrar a Alyss con ambos brazos y llevarla a la salida del barco, que aún no había zarpado, aunque ella se resistía con fiereza.
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Invitado el Miér Abr 15, 2015 8:25 pm

La noche pintaba bien de primeras. Me gustaba contar con la compañía de Caleb de nuevo, aunque muy en el fondo me siguiese doliendo todo lo que había pasado, sus ganas de arreglarlo me devolvían un poco la fe en que todo volviese al punto en el que lo habíamos dejado hacía la 5 años. Por su culpa había reinventado maneras de ahogarme en mis propios recuerdos para lograr ser feliz por unos instantes. Pero ahora volvía a sonreír, e increíblemente sentía como si fuese sincero. Puede que el amor verdadero y para siempre existiese, porque después de todo aquel tiempo la herida que seguía abierta estaba empezando a curarse.

-Quería irme, te lo aseguro. -le dije con frialdad, como si quisiese dejarle claro que no me había quedado por él, aunque así fuese. -Pero había algo que me ataba a esta ciudad, y nunca fui capaz de alejarme más de unos meses. -intenté explicar. No me gustaba que se me notase la debilidad que me causaba. Quería mostrarme fuerte, independiente y madura. Pero en el fondo había una niña gritando socorro. Caleb tenía demasiado buen oído para los gritos internos.

La noche estaba transcurriendo de maravilla. Hasta que, como siempre, algo se interpuso en nuestro camino de rosas, marchitando toda la primavera que surgía cuando nuestras miradas se encontraban. Mis ojos azules se encendieron en fuego, y por dentro empezó a arder aquel carácter que también se había sabido ocultar durante mis años jóvenes, pero que ahora no tenía miedo en descargar contra cualquier enemigo. Nunca olvidaba una cara, y menos una de las que pasaba por la cama de Caleb.

Al principio intenté espantarla con malas miradas y borderías. Sin embargo me tomaba por una niña inocente que nada podía hacerle. Cuando se equivocaba, como todos los muggles superficiales que creían que un par de ojos azules soñadores significaban paciencia y calma. Significaban todo lo contrario, el más puro estado de tormenta que no tardó en estallar y en empezar a descargar su ira contra la mujer. A la mínima que alzó su brazo para golpearme, empecé a devolvérselo. Como buena mortífaga, sabía defenderme, pero aquella mujer era agotadora. Con una varita habría terminado con sus cuatro neuronas en un periquete, odiaba el mungo no mágico.

Llovieron arañazos, gritos, mordiscos y más de un puñetazo, que a parte de a ella le cayó a Caleb, por gilipollas. Para ser una zorrona tenía bastante fuerza, pero era consciente de que yo le hacía más daño que ella a mi. En uno de sus golpes me dio con un anillo en el labio, rompiéndomelo y empapándome la barbilla de sangre. -Maldita zorra, te vas a comer tu propio pelo después de esto. -Se la devolví en el estómago, esperando que perdiese el conocimiento en algún momento para poder tirarla al agua. Pero antes de que pudiesemos terminar nuestra charla amistosa fuimos separadas entre varios hombres, Caleb entre ellos.

Su cara era de enfado, pero había un brillo de diversión en el fondo. Solo alguien como él podía disfrutar de un espectáculo así. Le miré con cara de enfado, como una niña reprochada, y retiré con brusquedad el brazo que me sujetaba. No quería tocarle, ni mirarle, ni siquiera respirar el mismo aire que él. No tenía derecho a enfadarse porque todo esto había sido culpa suya.

En cuanto salimos, toda mi ira salió de nuevo a flote. Empecé a andar rápido, sin mediar palabra, hacia el coche. No quería volver a encontrarme con su mirada. -¡¿Ves lo que queda de nosotros dos?! Odio, romances ocultos, muerte y desesperación. Esto es lo que hemos conseguido. -dije antes de entrar y cerrar la puerta de un portazo. Me senté en el asiento como si no me doliese todo el cuerpo, limpiándome la sangre que me caía por el labio. -Llévame a casa. No quiero saber nada más de todo esto. -exigí. Los celos me estaban matando como si tuviese una flecha atravesada en el corazón.
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Caleb Dankworth el Dom Abr 19, 2015 7:03 pm

Todo había pasado de estar muy bien a estar terriblemente mal de un momento a otro. En un abrir y cerrar de ojos Cynthia había aparecido y Alyss había comenzado a pelearse con ella. Aquello fue un caos, todo el mundo miraba el espectáculo, y los camareros me ayudaron a separar a las dos mujeres antes de que se hiciesen daño grave. En cuanto ellos tuvieron en sus brazos a Cynthia y yo a Alyss en los míos, nos invitaron a irnos. Vamos, que nos echaron. No siquiera protesté, pues ya no quería estar ahí después de lo que había pasado. Simplemente pagué, sujeté a Alyss y me marché de allí con ella, agarrándola bien para que no se soltase y fuese corriendo donde Cynthia a terminar de arrancarla el pelo.

En cuanto salimos del barco continué sujetando el brazo de Alyss mientras caminábamos, hasta que ella se soltó tirando de su brazo con brusquedad. Ya no parecía que fuese a ir corriendo de vuelta al restaurante para matar a aquella mujer que nos había interrumpido la cita que hasta entonces había estado yendo tan bien, así que no intenté agarrarla de nuevo para controlarla. Alyss comenzó a caminar mucho más rápido hacia el coche para alejarse de mí, y entrecerré mis ojos mientras mi mirada se endurecía.

-No hagas una montaña de un granito de arena, Alyss- protesté con tono de voz serio y severo. Aunque al principio mi preocupación por la aparición de Cynthia había estado mezclado con un poco de diversión por lo absurdo de la situación, ahora no me hacía ni pizca de gracia. No me gustaba la actitud de Alyss. Yo no me merezco esto. Actuaba como si la hubiese puesto los cuernos, pero había dos factores que hacían que aquello no fuese cierto. Uno era que no estábamos juntos, a pesar de que esto era una cita. El segundo era que hasta hace poquísimo pensaba que no iba a volver a verla nunca más en todo lo que me quedaba de vida. ¡Por supuesto que iba a tener amantes después de eso! Amantes que no significan nada, son sólo cuerpos que me dan placer por las noches, rostros sin nombre. ¿No se da cuenta Alyss de que la única mujer por la que siento algo es ella? ¡¿Qué importa entonces que me haya cruzado con una de mis amantes de la que no siquiera me acordaba hasta que la había visto?!- Entre nosotros queda más, mucho más. Lo que pasa es que tienes miedo a verlo. Estás tan asustada de volver a abrirme tu corazón como lo hiciste hace ocho años que te aferras a todas las cosas malas que encuentras entre nosotros, en mí. ¿Por qué no quieres escucharme?- Alyss continuaba caminando hacia el coche rápidamente, dándome la espalda. Al menos no se había desaparecido e iba a dejar que la llevase yo, algo es algo. Todavía podía hablar con ella, y aclararlo todo. Tenía que escucharme...

Ambos abrimos las puertas del coche y nos metimos en él. Alyss me pidió que la llevase a casa, pero en vez de encender el motor saqué un pañuelo de uno de mis bolsillos y sujeté con delicadeza la barbilla de Alyss para girar su rostro hacia el mío. Le caía sangre del labio, y con mucho cuidado le limpié la sangre, ignorando la mirada que me estaba echando. Luego la di el pañuelo por sí volvía a necesitarlo, y viendo que sería inútil intentar hablar con ella en este momento suspiré y encendí el motor.- Como quieras...- murmuré mientras salía a la carretera y comenzaba a conducir por las calles de Londres hacia su casa.

No tardamos mucho en llegar, pero por el camino se puso a llover. Parecía que el ambiente quería ir a juego con nuestro humor. El silencio del interior del coche era sofocante, como una mano negra que nos impedía respirar. Ninguno de los dos cruzamos las miradas, ni siquiera en los semáforos. Aparqué delante de su edificio y salí yo primero del coche. No tenía un paraguas, así que me quité la chaqueta negra y cubría con ella a Alyss para que no se mojase con la lluvia. Cerré el coche y acompañé a Alyss hacia su edificio. Ella no me dijo nada, pero yo entré en él con ella, acompañándola hasta la puerta de su piso. Ella abrió la puerta, y yo me quedé en el umbral mirándola, impidiéndola cerrarme la puerta en las narices.

-Por favor, Alyss, no me hagas esto- yo nunca suplico por nada, y sin embargo aquí estoy, suplicando a Alyss que no me eche, que me escuche, que me entienda y que me deje a mí escucharla a ella y entenderla. Necesitábamos hablar, o nunca íbamos a llegar a ninguna parte. Ocho años eran demasiados años, y en cierta manera habíamos dejado de conocernos tan bien como antes. Yo era la persona de siempre, pero no la que ella había conocido, no totalmente. Y ella era una persona nueva. Chocábamos y no nos entendíamos, y jamás lo haríamos si ella me cierra la puerta ahora mismo.
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Invitado el Lun Abr 20, 2015 9:36 pm

Mi enfado se había transformado. Al principio había ido dirigido totalmente hacia aquella mujer rubia, plástica y espástica. Ahora, sin embrago, se había canalizado hacia Caleb. Había caído en la cuenta de que la culpa de que aquella noche fuese tan desastrosa no era de la marioneta operada, sino del idiota con el que estaba intentando arreglar las cosas. Mi esperanza de que todo pudiese volver a la normalidad se escapaba por cada rincón de mi cuerpo. ¿Arreglar las cosas con Caleb? Eso era como intentar arreglar un móvil mojado. Por mucho que lo metieses en arroz, siempre estaría húmedo por dentro. Con Caleb sería igual. Por mucho que tratase de olvidar, siempre quedaría una espina de temor, de inseguridad y de odio. Había mil mujeres en su vida, y nunca podría estar totalmente segura de que las noches en las que estuviese fuera hasta altas horas de la madrugada no fuese por esa razón. Los celos me matarían, como lentamente me habían estado matando durante estos años. Solo que esta vez, el sería consciente de mi sufrimiento. No iba a derramar más lágrimas, al menos no sola.

Caminé todo lo rápido que pude hasta el coche y cerré de un portazo malhumorado. A pesar de que Caleb me reprochó por estar exagerando la situación, no me digné ni a mirarle. ¿Le parecía normal que no pudiésemos ni salir a cenar como una pareja normal por culpa de sus caprichos? Yo solo había querido descansar de mi martirio interior para poder volver a estar bien con él. Y lo que me había llevado no habían sido más que golpes en el cuerpo y en el corazón. Ya no iba a poder seguir jugando conmigo nunca más. Su discursito no hizo mella en mi. Claro que tenía miedo a volver a abrirle mi corazón. Cada vez que dejaba una pequeña rendija por la que pudiese colarse, entraba y lo machacaba desde dentro. Ya no estaba dispuesta a seguir sufriendo. Puede que nunca lograse pasar página, pero prefería la soledad a aquel dolor interminable.

Me mantuve en silencio durante todo el trayecto, ignorando sus resoplidos y su cara de mal humor. Sabía lo mucho que le enfadaba que las cosas saliesen mal, pero esta vez tenía que ver con su orgullo y su falta de tacto. se notaba que conducía incluso más rápido de lo normal, que se estaba empezando a desesperar con mi actitud. Y me daba igual. Él estaba acostumbrado a que yo no fuese más que una niña que se cogía pataletas y se callaba para conseguir lo que quería. Ahora callaba porque si hablaba posiblemente acabaría golpeándole en toda la cara.

Cuando llegamos salí del coche con el mismo mal humor con el que había entrado. La lluvia empezó a calarme por completo en mi camino hacia el portal de mi casa, pero ya me daba igual. Arreglarme había sido inútil, y así me ahorraba el tener que quitarme el maquillaje cuando llegase.

Pero algo me detuvo por unos instantes en mi camino a la tranquilidad de mi hogar. Era la voz de Caleb, como un cuchillo en mi. Parecía... ¿suplicante? Dudé por unos instantes si darme la vuelta y llenarle de todos los besos que le había guardado durante los años pasados. Pero estaba demasiado enfadada, y mi orgullo no se contenía con tanta facilidad. Por ello simplemente seguí mi camino y cerré la puerta. Tenía la suerte de que la puerta de mi casa daba directamente a la calle, lo cual le aportaba mayor dramatismo. Adoraba esas casas londinenses.

Pero al contrario de lo que esperaba, al cerrar la puerta no me sentí mejor en absoluto. Odiaba dejar los asuntos sin zanjar, y el asunto con Caleb llevaba demasiado tiempo abierto para mi. Resoplé, enfadada conmigo misma por mi debilidad, y volví a abrir la puerta. Vi a Caleb, entrando de nuevo al coche para irse. -Tienes diez minutos para convencerme de que merece la pena escucharte. Ni uno más. -le grité, dedicándole una mirada fulminante y volviendo a dentro del apartamento, dejando la puerta abierta tras de mi para que Caleb entrase.

Me quité la chaqueta y la dejé sobre una silla. Estaba empapada, dolorida, con sangre en la boca y la mirada perdida. Solo quería que aquel idiota entrase y me diese una buena razón para mandarle a la mierda para siempre. Quería que se llevase con él lo poco de corazón que me quedaba y que no volviese jamás.
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Caleb Dankworth el Mar Abr 21, 2015 9:39 pm

El silencio entre nosotros era tan palpable que parecía que nos separaba un muro. No un muro cualquiera, aquello era el puto muro de Berlín. Quería hablar con ella, pero sabía que no me escucharía porque estaba terriblemente enfadada conmigo. ¿Y todo por qué? ¿Por habernos cruzado con una mujer con la que estuve una noche cualquiera en la que estaba perfectamente soltero y no tenía que responderle a nadie? ¡Aquello podía pasarle a cualquiera! Jamás había imaginado que iba a pasar aquello en precisamente ese restaurante. No pensaba que fuese a pasar aquello, punto. Me había pillado completamente de sorpresa, había reaccionado mal, y ahora quería golpearme a mí mismo por estúpido.

Cuando Alyss y yo nos conocimos, hace ya años, yo llevaba casi dos años viudo. Antes de enviudar jamás había estado con ninguna otra mujer que no fuese mi esposa, y cuando ella murió fue cuando yo empecé a ser un mujeriego que se pasaba gran parte de las noches en las camas de mujeres a las que conocía en noches de borrachera. Alcohol y sexo, sexo y alcohol, aquella había sido mi manera de lidiar con la pérdida tan horrible que había sufrido. Cuando conocí a Alyss aquello paró un poco, aunque antes de que estuviésemos juntos todavía pasaba por algunas noches de debilidad. Ella, aunque era una jovencita inocente y algo ingenua, no era idiota y se dio casi perfecta cuenta de que yo no era precisamente el tipo de hombre modelo en ese aspecto. Pero luego había sido de ella y sólo de ella, y cuando lo nuestro tuvo que ser interrumpido de manera tan brusca, todo el dolor que había sentido cuando perdí a mi amor la primera vez volvió de golpe a mí, solamente que esa vez fue a causa de la pérdida de mi segundo amor, de Alyss. Y había vuelto a caer en la misma espiral de alcohol y sexo, sexo y alcohol en la que había caído dos años atrás. Cuando me reencontré con Alyss hace poco pensé que lo nuestro no podría pasar, que ella no me querría de vuelta en su vida bajo ningún concepto, y por eso no había salido de mi vicio de pasar por todas las camas de Londres. Cada uno lidia con sus problemas de una manera distinta y normalmente destructiva, y esa había sido la mía. Y ahora tenía que pagar por ello.

Conduje tan rápido por las calles de Londres que varios conductores enfadados me pitaron desde su coche, pero yo pasé de ellos. Tenía ganas de lanzar un Bombarda Máxima por la ventanilla y volar la calle por los aires, como había hecho tras el incidente que tuvimos en el bar The Ripper. Por suerte para los muggles, aunque por dentro ardía de la rabia no tenía ganas de meterme en problemas con las autoridades mágicas por culpa de un mal de amores, por mucho que me estuviese costando controlarme. Estaba seguro de que me iba a llevar una multa por el exceso de velocidad, pero aquello me daba absolutamente igual.

En poco tiempo había llegado al edificio del apartamento de Alyss, y la acompañé hasta la puerta. Una vez allí hice algo que no había hecho casi nunca en la vida, y fue suplicar. ¿Cuándo fue la última vez que supliqué de aquella manera? Yo nunca suplicaba, pero lo hice por Alyss, para que me escuchase aunque fuese solamente durante unos segundos. Por Alyss yo haría cualquier cosa, sin importar qué fuese. Por ella había a salido de su vida hace años, aunque ella no entendiese del todo lo que ese sacrificio había sido para mí, aunque no se diese cuenta de que para mí sacarla de mi vida había sido como meterme la mano en el pecho y arrancarle el corazón de un tirón para luego tirarlo al suelo y pisotearlo. Necesitaba que me diese solamente una oportunidad más para demostrarla que la quiero, que siempre la he querido y que no iba a parar...

Pero me cerró la puerta en las narices. Durante un segundo había visto duda en sus ojos, pero al final me había denegado esa oportunidad. Cerré la mano en un puño, apretando con tanta fuerza que sentí como las uñas se me clavaban en la palma. Quería pegarle un puñetazo a algo, o tirar la puerta abajo de una patada y agarrar a Alyss y obligarla a escucharme, a que me mirase a los ojos y me dijese qué era lo que esperaba de mí. Pero contuve toda la rabia que había en mi interior y me resigné a que Alyss había decidido no darme esa última oportunidad que tanto necesitaba.

Lentamente me di la vuelta y volví caminando al coche tras colocarme la chaqueta mojada sobre los hombros. Llegué al Mercedes aparcado y estaba a punto de abrir la puerta del coche para entrar, marcharme y no volver nunca más cuando de repente la voz de Alyss me detuvo y me giré. Había vuelto a abrir la puerta, y le estaba dando diez minutos. Podría haber dado un salto de alegría en medio de la calle en aquel momento. ¡No estaba todo perdido!

Di unas rápidas zancadas y me metí en su casa, cerrando la puerta tras de mí. Alyss ya no estaba en el vestíbulo, sino que se había metido en el salón. La seguí hacia la sala, y me quedé en la puerta de pie, observándola. Ella estaba de espaldas a mí, al parecer reacia a encararme.

-Alyss- susurré, pero mi voz fue suficientemente fuerte para llamar su atención. Si mi manera en la que pronunciaba su nombre y la manera en la que la miraba no expresaban lo mucho que la necesitaba, no hay cosa en el cielo, tierra o infierno que lo haga.- Mírame...

Di unos pasos hacia adelante, acortando la distancia entre nosotros. Estaba empapado, y hacia frío, pero no me importaba. Gotas de lluvia resbalaban por mi rostro mientras la miraba, y pegaba mi ropa a mi cuerpo. Alyss finalmente se giró y me miró. Intenté descifrar su expresión antes de hablar e intentar arreglar aquello, pero no sabía cómo proceder. Sabía lo que quería decirle. Que ocho años atrás yo estaba muerto, y ella le había devuelto la vida a mi alma. Que cuando se había odio me había vuelto a perder. Que la había echado tanto de menos que todos los días que habían pasado desde entonces había sentido como si me faltase una parte de mí. Que jamás había querido hacerla daño. Que la quería. Pero ella solamente me había dado diez minutos para convencerla, y el tiempo volaba tan rápido como las hijas de los árboles en medio de un tornado o huracán. Además, por el momento las palabras no me habían ayudado mucho, y en dos minutos no podría expresar todo lo que quería que ella supiese. Aquella era mi última oportunidad, no podía desperdiciarla.

Me quité la chaqueta mojada de los hombros y la tiré al suelo. Antes de que Alyss pudiese decir nada hice desaparecer la corta distancia que había entre nosotros por completo y uní mis labios a los suyos. Lo hice casi sin pensarlo, era un impulso de mi cuerpo, sentía como si fuese a estallar en mil pedazos si no lo hacía. Pero al besarla sentí como si un estallido sí que estuviese ocurriendo, dentro de mi pecho, entre nosotros, a nuestro alrededor, por todas partes. La mezcla de sensaciones que sentí en aquel momento fue abrumadora. Sentí un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo, y a la vez sentí como si estuviese siendo envuelto en llamas. Me sentí ligero como una pluma, y a la vez sentí como si toda la fuerza de gravedad del universo estuviese actuando sobre mí y yo me estuviese resistiendo a ella. Me sentía como un hombre sediento que estaba bebiendo por primera vez en décadas.

Me separé de ella durante unos instantes de ella en los que pareció que el mundo había dejado de girar sobre su eje. La miré a los ojos, intentando buscar rechazo en ellos. Si ella quería que daría la vuelta y me marcharía para siempre. Pero no vi ese deseo en su mirada. Una de mis manos abandonó su rostro y se colocó en su nuca, enredándose entre su cabello de plata, y la otra mano descendió por su cuerpo hasta su cintura, acariciándola por el camino, y la rodeé con mi brazo pegando su cuerpo al mío. Volví a besarla desde un ángulo distinto, con más pasión e intensidad que antes, dejándonos sin respiración a ambos.
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