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A drogarse, que es barato (Desmond)

Invitado el Lun Dic 29, 2014 6:39 am

La imagen era cuanto menos curiosa. Odiseo miraba con la mayor de las concentraciones una ramita que sostenía a escasos centímetros de sus ojos, mientras en la boca sostenía una de sus varitas, Agripina, seguramente y con su otra mano revolvía un caldero que despedía ligeras volutas de vapor. Nada de lo que hacia parecía ser demasiado legal o siquiera cuerdo. Probó la ramita con la punta de la lengua y revolvió el sabor en su boca como el catador de vinos que juzga un nuevo vino. Al final debió darse por satisfecho porque lanzó la rama en el caldero y se dedico a prestar atención a lo que se escocia en este. Era un liquido mas bien marrón y nada espeso que despedía un olor bastante particular y dulzón, atractivo. A sus oídos llegó un mugido y Odiseo levantó la cabeza por primera vez en lo que seguramente fueron horas. Mildred lo miraba intensamente, con sus grandes y tristes ojos de vaca pidiendo algo.

-Hoy no vamos a salir a pasear- le dijo el hombre, con toda la seriedad que pudo recoger- hoy tenemos visita.

La vaca mugió en lo que parecía ser un sonido de disgusto y deshizo sus pasos hacia el pasto fresco del que había venido. Parecía resignada a pasar el día en aquel jardín aburrido que conocía tan bien. Odiseo se dijo que debía conseguir un jardín mas grande, un pensamiento fugaz antes de volver a su delicada tarea. Lo que estaba haciendo requería una inmensa concentración, o tal vez no y Odiseo tan solo quería que sus vecinos creyesen eso. Especialmente el vecino dueño del jardín en que ahora se encontraba. Mildred ya había acabado con el pasto del jardín de su casa y por el bien de la vaca, Odiseo se había obligado a actuar de Cristobal Colon y robar tierras ajenas bajo el nombre de la Santa Marihuana. La diosa de dioses. La gente del barrio parecía tenerle miedo y el dueño de la casa se limitaba a lanzarle miradas cargadas de curiosidad distante, sin atreverse a reclamar por la salud de su pasto bellamente cuidado y podado, o de sus geranios que hablaban con una vocecita chillona e incesante y que Mildred, gracias a todos los cielos, había devorado primero.

Odiseo abrió los labios y empujo la varita fuera de su boca con la lengua, antes de meterse la punta de la otra en la boca para probar su extraña poción. Frunció el ceño, aparentemente decepcionado por el resultado. No, en definitiva no era lo que buscaba. Repasó la lista mental de ingredientes, preguntándose que había hecho mal y sin dejar de mirar con frustrada intensidad el interior  burbujeante del caldero. De pronto, una pequeña corriente de electricidad salió despedida desde una neurona que no parecía ser tan perezosa como el resto y tras unos instantes de discusión con el electricista encargado del bombillo, logró encenderlo. ¡Eso era lo que faltaba! Tomó la varita que segundos antes había despreciado y declaró un Accio con completa seriedad, demasiado perezoso para atravesar el par de decena de metros que lo separaban de su casa. Además, estaba seguro que aquello era mas fácil, en el desorden que estaba aquel lugar encontraba mas rápido el Arca perdida muggle que lo que necesitaba.

Como para confirmar sus pensamientos, las ventanas de la cocina se abrieron de par en par y un objeto salió disparado en su dirección. Odiseo tuvo apenas unos segundos para agacharse y evitar el porrazo que el objeto pretendía darle, con toda la mala leche de los objetos poco utilizados que de pronto se ven obligados a interrumpir su inactividad. Sus reflejos de yonqui, siempre listo para salir corriendo de todo lugar, eran una parte admirable muy desarrollada en su trabajo de camello y Odiseo no tenia miedo en decir que estaba muy orgulloso de ellos. En realidad, se dio cuenta tras una corta inspección, eran dos objetos. Uno era el que había pedido a su varita y otro el que este y alguna ley extraña habían arrastrado hacia fuera. Una bota pequeña y vieja, desvencijada, con un roto en donde debería ir el dedo gordo, su cuero alguna vez había sido café pero ahora representaba un negro enfermizo y casi vomitivo. No era precisamente la bota de una princesa. El otro objeto era un pequeño recipiente de un liquido dorado, un recuerdo agradable de sus pasos de bebé en el mundo de las drogas mágicas. Tomó la bota y se decido del estúpido recipiente, totalmente inútil para sus propósitos. El elixir de la felicidad no era necesario para sus propósitos. En cambio, una bota de duende del final del arcoíris era justo lo que necesitaba. Buscó entre la suela hasta encontrar un brote de musgo. Lo olisqueó y  pareció quedar muy satisfecho, porque lo hecho en el caldero. Musgo de la suela de la bota de un duende del final del arcoíris. Todos los yonquis mágicos conocían sus magnificas bondades alucinógenas y era un favorito de su invitado y él. Puede que en realidad la bota no fuese de un duende al final del arcoíris, pero soñar –al contrario que la bota- no cuesta nada. Revolvió una vez mas el liquido en el caldero y volvió a probarlo. Esta vez una gran sonrisa satisfecha inundó su rostro. Era perfecto.

Se revolvió los bolsillos de la capa en busca de su último ingrediente hasta se quitó su ridículo sombrero de punta con colorinches que los muggles estúpidamente atribuían a los magos y que a él le encantaba usar durante sus momentos de creación drogadicta, pero no encontró nada. Chasqueó la lengua, irritado ante la idea que si lo pedía con otro Accio estas pudiesen traer consigo una mesa asesina o un libro Hitleriano con inclinaciones de enfermera de rehabilitación. Una sombra cayó sobre él y Odiseo estiró la mano.

-¿Tienes tubos de ensayo? Aparentemente se me han acabado… O los he dejado en casa, nunca he tenido en claro porque son dos cosas diferente.

Le hablaba, a todas luces, a su alma gemela, al amor de su vida (en una forma plenamente masculina y heterosexual. Que no podía escandalizar también a la sociedad siendo yonqui y gay. El era demasiado bello como para ser algo tan simple y aburrido como homosexual), al único ser que tenia la sangre tan, o mas, llena de sustancias y cosas que la suya. ¡Ah! Que bella amistad compartían este par de almas perdidas… no, podridas, que el universo había escupido de familias elegantes con problemas mentales. Porque los centauros los hacen y ellos se juntan. Desmond, casi tan sensual como él, con esas cejas suyas que parecían tomar vida propia y que, si no estuviese tan drogado la mayoría del tiempo, lograría desmayar a mas de un ser activamente sexual, era su especial visita de hoy.

Mildred mugió emocionada en su dirección, acercándose en busca de zanahorias y con la esperanza de que hubiese traído a Quentin, la cabra del hombre que el animal mugiense consideraba su compañera de chismes mamíferos. Estaban tan hechos el uno para el otro, que hasta sus animales de compañía se adoraban entre sí ¡Ah! Aquello era mejor que una telenovela romántica mexicana, y con nombres tan complicados como una, verdad ¿Antonio Alberto Camino Gutierrez del Safiro?
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Desmond D. Kowalewicz el Mar Dic 30, 2014 3:01 pm

Supongamos que vives en un mundo donde todo lo que haces está mal visto. Que cada uno de tus pasos está abierto a la crítica social y cada una de tus palabras es minuciosamente analizada para ver dónde y cuándo cometes el error. Supongamos que si das un paso en falso la sociedad te ataca. Que todo lo que haces no es correcto ni moral. Que todo lo que dices está sujeto a ser estudiado y criticado. Que cada una de tus acciones te hunde aún más en el fango en el que tú mismo te has encargado en sumir. Que cada respiración es un ladrillo en la cripta donde te encerrarán hasta que seas el chico bueno que deberías haber sido. El niño de mamá que todo lo sabe, todo lo hace y todo lo tiene. La persona mejor vista para una sociedad donde el que se guía por sus gustos e instintos es el bicho raro y el que actúa como los demás y es una simple marioneta de unos y de otros es tan maravilloso que no puede con el propio peso de su egocentrismo. Supongamos que tu nombre es Desmond y cualquier cosa que hagas no es la acertada. Supongamos que te importa lo que viene a ser una mierda lo que los demás piensen y por eso mismo, has decidido pasar cada momento como si fuera el último junto a una oveja aún más negra que tú.

Zarandeó la cartera y el sonido de las monedas hizo que una sonrisa surcara su rostro. Y tan rápido como surgió, desapareció. ¡Manda cojones! ¿Dónde estaba todo su sueldo? Lo más probable es que los duendecillos se lo hubieran llevado para esconderlo en la cámara de Gringotts de algún camello con dos dedos de frente y tres rayas de coca. Pero ahí no había más que un par de monedas de cobre que de ser rumano le hubieran hecho el hombre más feliz de la tierra. Pero no lo era, por muy cerca que quedara Polonia de Rumanía, él no era un rumano aficionado al cobre y esas monedas eran insuficientes para pagarse si quiera un simple porro. No podía trabajar en ese estado de sobriedad. No podía hacer nada, ni si quiera pensar utilizando sus pocas neuronas activas.

Farfulló en un idioma inentendible incluso para Quentin, quien lo miraba con pavor. La puerta sonó. Dos golpes. El segundo más fuerte que el anterior. Y llegó el grito. - ¡Sé que estás ahí! Si no pagas el puñetero alquiler te echaré de aquí. A ti y a tu puta cabra. – Demond alzó la vista hacia la puerta cerrada que tembló cuando un tercer y cuarto golpe retumbaron en ella, haciendo que la madera grisácea temblase. Si no tenía dinero para colocarse, ¿Acaso creía su casero que tenía una mísera libra para pagar esa mierda de casa donde vivía? No, no, no y no. Las prioridades eran las prioridades y por eso mismo había vendido la casa que su padre le dejó en herencia tras llamar al exorcista que sacó al fantasma de su padre del lugar. Había vendido la casa, o más bien, se la había cambiado a un hombre con grandes ojeras y el tabique taladrado a cambio de una caja de Mirtazapina sin receta para acabar con el sueño. ¿O era para lo contrario? Sí, sí, era para poder dormir mientras veía las estrellas sobre su cabeza, imitando escenas épicas de la mitología. Viendo como las constelaciones tenían sus propias batallas y acababan las unas con las otras hasta que sus párpados caían y lo sumían en un profundo sueño.

En un principio le había parecido el intercambio de su vida. La solución a todos sus males. Luego las pastillas se habían acabado y no tenía dónde caerse muerto, por lo que había alquilado un apartamento a las afueras de Londres, donde olía más a heces de lo que olía su propia cabra tras dos semanas olvidándose de darle un baño.

La puerta sonó otra vez. – Sé que estás ahí y te juro que te echaré de aquí cueste lo que cueste. – Y los pasos anunciando su marcha resonaron en la estancia, ya que las paredes resultaban ser más finas que el papel de fumar. - ¿Oíste Quentin? Creo que necesitaremos dinero. Pero antes, debemos ir a ver a Mildred. – La cabra dio un cabezazo contra una silla, haciendo que esta acabase tendida en el suelo. – Sí, sí, podrás ver a Mildred y a Odiseo. – Otra silla al suelo. – Relajate maldito bicho del diablo o te sacrificaré para decorar con tu sangre las puertas de los hebreos e impedir que un ente diabólico mate a sus hijos.  La sangre de cabra es valiosa y como no dejes de tirar sillas acabarás en el mercado negro pagando mis gastos. – La cabra frenó en seco y no hizo ningún tipo de movimiento hasta que su dueño posó una mano sobre su lomo y sus pequeñas patas temblaron ante la sensación de la aparición.


Ambos aparecieron al final de una larga calle y Desmond no tardó en tomar de nuevo la cabra por los cuernos ¿O era el toro por los cuernos? Y se desapareció acertando esta vez en la casa de Odiseo y no en mitad de la nada. Se acercó a su amigo con paso decidido y mientras buscaba en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta algo que llevarse a la boca, pero no encontró nada en absoluto, tan sólo el paquete vacío de lo que antaño había sido papel de liar. -  ¿De verdad me ves con cara de andar de aquí para allá con tubos de ensayo en los bolsillos? – Contestó retóricamente el castaño mientras se dejaba caer sobre una de las sillas. - Supongo que tú si tendrás por ahí algo útil para mí. – Afirmó mientras cogía de un pequeño frasco restos de marihuana, pues estaba tan trillado aquel bote que tan sólo quedaban los restos. Cogió el último pedazo de papel de liar y deshizo entre sus dedos la hierba hasta que esta quedó en perfectas condiciones para ser abrazada por el papel. - ¿Tienes fuego? – Sí, teniendo una varita en algún lugar entre sus ropajes estaba pidiendo fuego, como buena persona que olvidaba que tenía el don de la magia porque tenía el don de la sobredosis a un paso de distancia.
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Invitado el Lun Ene 19, 2015 5:00 am

Era una cosa extremadamente complicada. Ser camello. La gente no le daba suficiente créditos a los dromedarios y menos aún a los vendedores de droga. No sabían cuan difícil era sobrevivir en un desierto con solo agua posada en tu joroba, que habías bebido hacia meses, mientras un estúpido hombre de piel morena y cubierto hasta las narices, te arrastraba de aquí para allá porque tenia problemas de compromiso con un solo sitio… O cuan difícil era mantener a un montón de drogadictos, potencialmente peligrosos, a raya proveyéndoles droga cada vez que se les diera la gana. Especialmente cuando tu mayor deudor moroso eras tú mismo. ¿Qué podía decir? A Odiseo le gustaba comprobar que su mercancía era de la mejor calidad. Y le gustaba comprobarlo tantas veces como fuera posible. Nunca podías ir demasiado lejos para ser el mejor.

Pero la cuantiosa perdida de sus fondos de marihuana la compensaba con una inmensa creatividad al crear otras medidas alternas de drogarse. En aquel momento estaba creando una, sin receta y sin ningún orden en especial mas que no dejar que sus habilidades se oxidaran, para muggles. Si se las diese a los magos estos tal vez podrían descubrir sus ingredientes y robarle la receta. Arrugó la nariz y sonrió, recordando aquella vez que el profesor de pociones confundió sus primeros insípidos pasos en el mundo de la droga mágica a través de las pociones con la poción que había mandado a hacer en clase. Soltó una risita divertida ante el recuerdo del hombre gordo y torpe dando tumbos por la habitación, diciéndole a sus compañeros los muchos puntos que estaba por otorgarle a Ravenclaw por traer de nuevo a la vida los extintos centauros voladores. Vistos por primera vez por un tal Marco Polo, antiguo mago que se creía muggle. Si no recordaba mal, era la única vez que Desmond y él habían dado puntos a su casa en vez de sustraérselos. Al profesor, una vez que la droga hubo abandonado su sistema, no le pareció tan gracioso y se pasaron largos meses limpiando baños y trofeos. ¡Ah! Aquellos bellos tiempos.

La llegada de Desmond le arrancó una sonrisa de esas que lograba hacer que las camisas de las mujeres se les cayese un botón y a los hombres les vibrara el deseo oculto de tener un amante de su mismo sexo, que ahogaban acostándose con multitud de rubias de grandes pechos.

-Te esperaba desde hacia siglos, mi joven retoño de coca-

Sabia, o al menos una parte de él sabia que su compañero no era tan dado como él a la creación de nuevas drogas. Tal vez porque él no tenia que satisfacer a un montón de cada vez mas drogados clientes. Pero siempre era bueno preguntar. Con ellos dos nunca se sabia que esperar. Podía ser que ahora Desmond hubiese decidido participar como miembro de experimentos sobre mejoras de salud mágicas y al ser objeto de multiples tomas de pociones… todo bajo su propio riesgo. Las presentes pociones pueden causar irritaciones en la piel, sangrados por la nariz, hinchazón de miembros, fuertes jaquecas, el vomito de extrañas criaturas o objetos y posiblemente un leve sentido de satisfacción consigo mismo que recomendamos fuertemente atacar al menor indicio. Por favor, firme allí y así nos eximirá de cualquier posible demanda hecha por sus seres queridos en caso de muerte por cualquiera de las siguientes razones… sacudió la cabeza, haciendo que su pensamiento se cayese de las ramas por las que acababa de irse y prestará atención a lo que decía el hombre Jesus. Un encendedor, sí, sí. Rebuscó entre su sombrero una vez mas, tan solo para encontrar pelusas y un hongo, que estaba seguro, podía convertirse en una fuerte arma biológica si caia en las manos correctas.

Finalmente tomó la bota de duende y como si no le hubiese costado nada, la encendió con la llama sobre la que flotaba el caldero y le extendió el desgastado cuero, repentinamente inflamable, y la pequeña llama que albergaba, al hombre. Luego se volvió a dejar caer sobre su bien formado trasero y empezó a formar lo mas cercano a una sensata conversación que ambos podían mantener.

-¿Me crees capaz de no darte algo cuando estas de visita? ¡Por las pelotas de Merlin, Desmond! Ofendes a mi buen corazón y mi profundo sentido de la hospitalidad. Claro que tengo algo para ti. Es más, esta recién salido del caldero… Si me das un segundo y logró encontrar un tubo de ensayo… -la varita había vuelto a salir de su boca para que este pudiese hablar - ¡Accio cosita para meter líquidos altamente químicos o no químicos… Normalmente de vidrio- claro, como no se le iba a olvidar el nombre que acababa de decir. Su cerebro no era lo que solía ser… Con todas esas sustancias que le había estado metiendo a su torrente sanguíneo- ahora, probaras el último invento de mi maravillosa mente. Una pizca de musgo de bota de duende, tres gotas de lágrimas de hombre borracho, tres litros de absenta de marihuana de la peor cal..

Y ¡ZAZ! Un objeto contundente le golpeó la mejilla izquierda. Su rostro se había girado a su mejor amigo, para informarle con ojos brillantes la última creación de su drogadicta mente. Tan concentrado estaba en decirle los ingredientes de su receta maravillosa, que se había olvidado del hechizo que acababa de formular y como el anterior, el objeto venia de nuevo con un polizón, un inmigrante ilegal que no hablaba español, una rata en un barco, un policia antidrogas con acento francés… No, no, esa no era una buena analogía. Molestó, se frotó la mejilla izquierda, interrumpiendo su perorata. Luego, una extraña sensación se esparció por sus piernas. Preocupado, Odiseo pensó que tal vez se había pasado un poco a la hora de agregar veneno de mantis astrohungara extra grande (una especie puramente mágica) y se había orinado, efecto secundario de dicho veneno. Pero al mirar sus piernas, se dio cuenta que la realidad era peor. Mucho peor. El preciado liquido que con tanto esmero había pasado horas creando en su caldero, se encontraba ahora todo desparramado en sus piernas.

El objeto-contundente-volador-no identificado-golpeador-de-mejillas-izquierdas resultó ser nada mas y nada menos que un viejo libro del colegio, que seguramente tenia por allí para esconder grandes cantidades de droga y en cuyo interior, por aparente error, había dejado uno de los tan buscados tubos de ensayo. Ya tenía razón él al decir que su casa no tenia especial aprecio por su integridad física. Soltó un grito largo y desesperado, que dejaba salir toda la tristeza de un pobre adicto al que se le ha caido la última hoja de marihuana. Enterró su rostro en sus manos, el sombrero se le cayó de la cabeza, Mildred lo miró con ojos aún mas tristes de lo que era normal en los ojos de una vaca y a Odiseo le pareció, solo por algún resago de la droga en la punta de su lengua, que el cielo estaba lloviendo lágrimas de profunda tristeza sobre él por su poción alucinógena perdida.

- Desmond, Desmonio –le dijo trágicamente, estirando sus manos hacia él mientras su rostro era una mascara de la mas profunda desolación- dame una calada –con estas palabras su rostro cambió completamente. Todo rastro de tristeza y descorazonamiento había desaparecido y ahora solo había un rostro que esperaba una calada. Memoria de adicto. Peor que la de un pez.
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Desmond D. Kowalewicz el Lun Ene 19, 2015 3:26 pm

Desmond apareció en aquel jardín tan rápido como una escritora de mala calidad que redacta como si se tratara de un niño analfabeto de cinco años con muñones en brazos y piernas, la cual narra en primera persona del presenta la apasionante (cáptese la ironía) historia de una chica con una trenza y su lucha de liberación de su pueblo mientras pelea en un campo como el de Battle Royal.  Era un ser veloz, a la altura de un caracol sin casa, pues irónicamente, él era un medio indigente gracias a sus necesidades como drogadicto. Lo bueno era que teniendo un amigo camello siempre le perdonaban las deudas o le hacían ofertas de dos dosis por un kilogramo de caca de cabra. Pues todo el mundo sabe lo útil que es la caca de cabra, especialmente si la combinas con caca de vaca para hacer el elixir de los Dioses o, concretamente, el abono para césped con infección de gnomos de jardín con cleptomanía. Pues no eran gnomos de jardín convencionales, sino que se dedicaban a meter sus sucias cabezas en el interior del barro como si de una avestruz se tratara y escarbaban en busca de tesoros que los dueños de la casa hubieran podido dejar olvidados en el subsuelo.

Cuando llegó la imagen no podía ser más agradable, pues el olor del nuevo intento de su amigo por encontrar la señora sobredosis de todas las sobredosis inundaba todo el jardín del vecino. Un vecino de lo más agradable, pues era todo un encanto compartiendo su jardín para ese tipo de pruebas que en ocasiones resultaban más peligrosas que dejar a un político cerca de un casino. El hombre miraba a su césped con recelo, como si esos animales descuidados que destrozaban todos fueran a hacer lo mismo con su césped que con el resto de cosas. Y sus mascotas también.

El hombre, con paso tranquilo, llegó hasta donde estaba su amigo, dedicándole un saludo elevando el mentón al dueño del jardín, quien rápidamente apartó la vista. Pues todo el mundo sabe que si un drogadicto te aguanta la mirada durante cinco segundos mientras salta a la pata coja y recita el abecedario al revés, un rayo cae sobre una central nuclear y hace que la explosión mueva las placas tectónicas de la tierra, provocando que en tus tuberías surja una fuga que hace que tu agua sepa a cobre. ¡Malditos drogadictos y su mala suerte! – Soy el Mesías, todos me esperaban desde hace siglos. Especialmente esos cristianos que aún creen que alguien puede resucitar después de pasarse tres días en la cama. – Hizo una leve pausa mientras aspiraba el aroma del césped mezclado con la poción de su amigo. – Todo el mundo sabe que si estás tres días en la cama es imposible volver a salir de ella. – Para ser sinceros, Desmond tenía varios sueldos. En primer lugar, estaba el de Jefe de algo, pues siempre olvidaba de que departamento era jefe, causa principal por la que no aparecía jamás por la oficina, ya que tenía que seguir indicaciones y si no recordaba cual era su departamento, le resultaba imposible llegar. En segundo lugar, se dedicaba a llamar a las puertas diciendo que era el Mesías y nuestro señor Jesucristo, haciendo que muchos ancianitos le abriesen la puerta y le diesen una sopa caliente, pues todos los indigentes comen sopa caliente, todo el mundo lo sabe. Además, luego aprovechaba la siesta profunda de las personas de más de sesenta años y sus problemas de oído para desvalijarles la casa. Cosas de yonkis, pobres personas incomprendidas. Y a veces vendía biblias, pero sólo cuando atracaba a un grupo de vendedores de biblia. Que las biblias son caras.

Una vez acabó de liar el porro se dejó caer en una de las sillas. Gracias al milenario arte del origami que su amigo le había enseñado durante años, había perfeccionado la técnica para liar canutos, haciendo que estos fueran perfectos y de diferentes formas y tamaños. Incluso una vez se fumó una grulla, pero esta vez optó por un canuto más tradicional, para no romper con las buenas costumbres. Intentó encender la punta de su preciado tesoro como el dedo, pero por el momento no se había convertido en la antorcha humana, una decepción para toda su estirpe. Maldijo en silencio a la condición humana, odiando a los magos por tener varitas y no ser como los X-Men y tener a Lobezno de su lado para que le diese fuego. ¡Oh, la varita! ¿Cómo había podido ser tan poco brillante (que no tonto, porque él era sumamente inteligente) para no caer en la cuenta de su varita? Por los cielos y las siete vírgenes del paraíso musulmán, su varita era un palo, si la frotaba con otro palo podría hacer fuego. ¿Cómo no lo había pensado? O también podía usarla como era debido. Y eso hizo, haciendo que la punta de su canuto luciera por un segundo antes de comenzar a consumirse entre sus labios.

Miró a su amigo mientras estaba seguían hablando sobre lo que llevaba su magnífica poción. Luego la probarían juntos y disfrutarían de los resultados, bien tranquilamente mientras hablaban de la importancia del oxígeno en la vida de las gafas de pasta, tirados en el suelo mientras comían césped como sus brillantes mascotas o de camino al hospital más cercano antes de acabar yendo a la funeraria. Él no había decidido aún si quería que lo incinerasen o enterrasen. Incinerar estaba muy bien, porque así su cuerpo se descompondría y daría alimento a Mildred y Quentin, aunque estaba ese pequeño impedimento del ataúd. Y convertirse en ceniza… ¡Eso era lo que hacía a diario! Sería una metáfora de su vida, muy poético.

En ese instante, un objeto de grandes dimensiones rompió el espacio tiempo atravesando la calma y las diferentes nubes de humo provocadas por el porro y la poción y dio de lleno contra la cara de Odiseo. Desmond, quien estaba muy pendiente de los circulitos que hacía el humor de su porro, sólo logró a ver de reojo el suceso. Dejando escapar el humo de golpe y haciendo que un quemazón recorriese su garganta provocándole un ataque de tos, mientras que las lágrimas salían de sus ojos, bien por el humo o por el golpe que se había llevado su amigo.

Una vez se recompuso de tal monumental dolor en la garganta, miró a su amigo, quien parecía estar a punto de llorar al perder todo su trabajo. Desmond jamás había visto a Odiseo dedicarse a algo con tanto empeño desde que intentó envenenar a su propio hermano en el desayuno. Qué tiempos aquellos, y cuantos puntos perdieron ese día al equivocarse con la poción para matarlo y meter las instrucciones en su vaso del desayuno. Demasiados porros eran los que llevaban ese día encima, y ni se habían dado cuenta de lo que habían hecho. Así que era digno de ver cómo quedó la mochila de Odiseo al meter el contenido de la poción en su interior pensando que eran las instrucciones, y viceversa.

El hombre le cedió el canuto a su amigo, quien ya había olvidado todo drama referente a su poción. – Preciso de tu ayuda, mi joven padawan. – Dijo el hombre con tono serio antes de recuperar su canuto de vuelta. – Necesito que me ayudes con tu arte para la experimentación con pociones a preparar algo digno de aparecer en los libros de pociones que estudian esas personas en miniatura que van al colegio. – Le cedió nuevamente el canuto. – A cambio, comprobaré los efectos de tal maravilla en uno de mis empleados y te contaré con todo lujo de detalles lo que sucede. – Ya que su trabajo era aburrido, así le daría más diversión al asunto. Además, ese hijo de puta le robaba la marihuana que tenía escondida debajo de la maceta de marihuana de plástico, que listo era ese cabrón, seguro que había encontrado su mapa del tesoro y había seguido las pistas correctamente saltando por encima del unicornio invisible y la revista porno de mujeres con tetas grandes. Ese empleado era todo un yonki en potencia, y él le ayudaría a conseguir droga siempre y cuando no robase la suya. Su droga era suya y de nadie más. - Y te pagaré parte de lo que te debo. - Puntualizó, dándole más seriedad al asunto.
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Invitado el Dom Ene 25, 2015 6:41 pm

Mildred estaba emocionadísima mostrándole a Quentin las mejores porciones de pasto y lo bien que sabían los narcisos del vecino. Odiseo no se preocupaba ante la idea de tener que reemplazar las flores del hombre. Según su punto de vista, el mayor placer de tener flores era plantarlas y sus mascotas estaban haciéndole un favor al vecino al comérsela. Podía volver a plantarlas y disfrutar de la impaciencia diaria de verlas crecer. Dulce elixir de dioses para los pensionados como aquel hombre. Así que Mildred y Quentin hablaban el uno con el otro, dejándole otro regalo al vecino en forma de abono caliente y recién salido de la fabrica. Que considerados y amables eran sus mascotas. Que orgullo haber criado a un animal tan dedicado a la producción del mejor abono que ha visto la humanidad mágica. Y todo libre de estúpidos químicos muggles o inducido por pociones. Era cien por ciento orgánico. Así que mas le valía al vecino, llámemelo Roberto de La Gertrudis, estar satisfecho y agradecido por lo que la visita del cuarteto había dejado atrás. Ya podía estar libre de la peste de gnomos cleptómanos.

Odiseo tomó el canuto de los dedos de su amigo y le dio una calada ávida. Definitivamente aquella había sido una de sus mejores cosechas. Enero del 97. Con un ligero toque de acidez por las cascaras de naranja y limones que le había robado a los vecinos para acompañar su tan simple abono. El humo era especialmente denso, demostrando que había sido una temporada especialmente lluviosa. Tanto, que a Odiseo le había tocado lanzar un hechizo para que sus plantas no muriesen ahogadas. Pero no tenia el sabor de una planta ayudada a crecer con hechizo, pues este no había afectado a las pequeñas plantitas. Las había criado con tanto amor que se podía notar en la forma en que se quemaban las hojas, ni demasiado rápido ni demasiado lento. Como era propio de los mejores canutos. Sí, definitivamente estaba muy orgulloso de aquella cosecha. El mismo había secado las hojas, observándolas durante horas con pupilas dilatadísimas debidas a su último invento.

Emocionado por ser un joven padawan, Odiseo prestó atención a las palabras que decía su amigo y una sonrisa malvada se hizo cada vez mas grande en su rostro. Si Roberto de La Gertrudis los estaba mirando, un escalofrio de mal agüero le recorrería el cuerpo al ver la malvada, pero aún así encantadora, sonrisa que cruzaba el rostro del legendario héroe de la mitología griega. Eso o se desmayaría, incapaz de soportar tanta sensualidad en una sola sonrisa. No sería extraño. Ya había pasado anteriormente. Pasaba mucho en el colegio. Lo recordaba perfectamente. Él y Desmond atravesando las aulas con su paso despreocupado y su uniforme siempre desaliñado y jovencitas desmayándose a su paso, con una pose típica de damisela enamorada. Mas de una vez habían hecho desmayarse a jóvenes del genero masculino, tan solo con su presencia o el guiño de un ojo o una sonrisa. Es que eran demasiado irresistibles. Lo que Odiseo no recordaba era que, en realidad, la mayoría del tiempo sus cuerpos irradiaban una mezcla de olores tan poderosas que aquellos con narices mas sensibles se desmayaban con prontitud.

- ¡Claro que te la prestare!- dijo, dejando escapar una vez mas el humo de sus pulmones – Un amigo camello como yo esta aquí para crear pociones alucinógenas dignas de ser estudiadas por todos los gnomos y duendes alfabetos del mundo. Deberá pasar a la historia. Crearan una cárcel de esas con lecciones tediosas en nuestro nombre –alzó los brazos y los abrió, como viendo un letrero en el aire-Carcel permanente de estudiosos de las drogas alucinógenas mejor creadas por el gran yonki, amor y señor, Odiseo Macbeto“ (sabes que siempre escriben mal mi apellido, hasta a mi me cuesta recordarlo” o la “CPDEDLDAMCPGYASOM” –era todo un milagro de la naturaleza que estando tan drogado como siempre estaba, la lengua no se le enredara ante semejante retahíla de palabras que acababa de soltar. La promesa de un posible pago normalmente no hubiese significado nada, pero Odiseo se encontraba en especiales aprietos económicos. Le hacia falta el último tomo de su enciclopia de grandes maestros del origami- trato hecho. Mi joven jedi con mascara. Ahora, debemos ponernos manos a la obra.

Se quitó el sombrero de la cabeza mientras con la otra mano le tendía el canuto, a punto de pasar a una mejor vida, a su amigo. Una vez tuvo la mano libre, uso su sombrero para girar el caldero –aún increíblemente caliente- y volverlo a poner sobre la eterna llama que había invocado su varita. No se iba a tomar la molestia de limpiarlo. Los restos de la poción anterior, demasiado pocos para hacer una buena sobredosis, les ayudarían en la creación de la nueva. Además, todos sabían que limpiar un caldero después de que este se haya caído hacia la izquierda a las tres y treinta tres de la tarde es la peor suerte de todas. Es peor suerte aún que robarle droga a un yonqui que sabe voodo o romper un espejo con un gato negro.

A continuación, extendió una larga tela que contenía todos sus ingredientes para las pociones drogadictas. Había de todo tipo, pero todos de las mejores calidades. Si había algo con lo que Odiseo no jugaba era con los ingredientes que metía en su cuerpo. Solo lo mejor. Tomó una ramita de sauce llorón conversador –parte esencial de cualquier poción de drogadictos y lo lanzó al interior del caldero. Luego tomó un pequeño recipiente que encontró en el interior de uno de sus miles bolsillos y dejó caer todo el liquido en el caldero. Agua del lago Ness, todos sabían que no había nada mejor para usar de base en una poción que las alucinaciones y lagrimas desesperadas de un montón de turistas escoceses con la esperanza de tomar una foto del pobre animal. Todos sabemos que este solo se le presenta a los magos sin cámaras y se alimenta de los turistas que lo logran descubrir. Hizo un gesto con la mano, invitando a Desmond a escoger un ingrediente. Era claro que aquello iba a ser un trabajo de dos o sería extremadamente aburrido.

- He escuchado hace poco que el ministerio esta por contratar ogros para cuidar las puertas de nuestros despachos. Aunque otras versiones dicen que son dragones de tres cuernos. La verdad me gustaría mas un par de bonitos hipogrifos. Son mucho menos amigables con los desconocidos y hacen un magnifico modo de transporte. La gente dice que es porque somos una deshonra, yo creo que es porque somos los mejores trabajadores que tiene el ministerio y no quiere que alguien nos asesino llevado por la envidia que le provoca nuestra hermosa presencia. También puede ser para proteger nuestra buena reserva de drogas, pero no creo que el ministerio sea así de considerado. Yo le he ofrecido mas de una vez drogas al mismísimo ministro-cara-de-culo pero no me las aceptado y eso que le he ofrecido un bajísimo precio. Una verdadera ganga. Pero creo que no le hizo demasiada gracia que le dijese la verdad sobre los pelos de la nariz –se señala la nariz- ya sabes, Rupertino y Caruso.

Sí, tenia apodos para los pelos mas prominentes de la ya de por sí prominente nariz del desagradable ministro. No había nada mejor que aderezar la creación de una poción con un montón de chachara sin sentido. Cosa en la cual ambos eran verdaderos expertos.
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Desmond D. Kowalewicz el Mar Ene 27, 2015 7:43 pm

Si existía en el mundo dos personas cuya mezcla resultara más explosiva no serían conocidos, pues ambos ya se encontrarían muertos tras una terrible explosión en la que dejarían kilómetros devastados y cientos de cadáveres. Pues Desmond y Odiseo eran una mezcla que no resultaba explosiva por falta de mentos y Coca-Cola, pues era lo único que les faltaba a aquellos dos para generar tal explosión que Estados Unidos tirando bombas en Hiroshima quedaría  en un segundo plano. No había momento en el que aquellos dos se juntasen en el que el suelo no temblase bajo sus pies o las mujeres saliesen de sus casas buscando ser tocadas por su suave piel de yonkis, pues aunque pocos lo sepan, la marihuana y otras hierbas son muy útiles para hidratar la piel, especialmente si lo mezclas con piel de melocotón tras pasar cinco días en el desierto sin que un camello (de animal, no de Odiseo) se lo coma.

Desmond tenía una magnífica idea. Tenía un presagio. Uno de esos típicos que les suceden a las personas con el pelo largo y la barba mal afeitada, pero a él le había pasado cuando estaba afeitado y con el pelo decentemente colocado para lo que un yonki puede permitirse. Había tenido un sueño, como Martin Luther King, ese negro tan simpático que como todo negro acabó muriendo pronto. Él sería el Martin Luther King de los yonkis, pues en su sueño una planta había comenzado a hablarle como si de Moises se tratara, pero en lugar de decirle tonterías sobre liberar esclavos como si de la madre de dragones se tratara, le había prevenido del robo cometido por uno de sus empleados. Uno de aquellos hombrecillos que trabajaban a sus órdenes por algún error evidente en la cadena de mando. La planta luminosa que resultaba no ser, milagrosamente, marihuana, hablaba avisando del robo y de unas tablas con mandamientos escritas en piedra que encontraría en la montaña. Pero eso no le interesaba, ni eso ni el número premiado de la lotería para aquel mes, pues sus únicos deseos recaían en encontrar a ese mal nacido y hacerle pagar por su delito. Pero luego había despertado del coma etílico y tras quitarse varios tubos de los brazos y salir en bata (curiosa bata con una abertura en la parte trasera donde se podía ver ese espacio del cuerpo donde la espalda pierde su nombre) corriendo de un Hospital muggle tras negarse a pagar el seguro sanitario.

Una historia apasionante la de aquella noche. Una historia que contaría a sus nietos si sus espermatozoides no tuvieran la misma sobredosis que él y prefirieran bailar en círculos antes que buscar un óvulo que fecundar, o si tuviera esperanza alguna de llegar si quiera a los cuarenta antes de morir de sobredosis.

Pero yendo al tema realmente importante, quería vengarse de aquel hijo de su madre que se había atrevido a robarle la marihuana. Pues de habérsela pedido, Desmond, quien era muy amable, se la hubiera dado sin problema alguno para luego meterle en el mundo de las drogas y ganarse un nuevo amigo. – Aún no entiendo como después de todo lo que hemos hecho por la historia y por la magia no tenemos nuestra propia sección en las bibliotecas donde se explique a jóvenes e inexpertos magos el arte de las sobredosis y el placer que sientes al levantarte cada mañana al comprobar que sigues teniendo pulso. ¡La de sustos que me he llevado yo al no encontrarme el pulso por la mañana y pensar que era un fantasma de carne y hueso! – Contestó su amigo horrorizado por tal hazaña, pues después de tantas drogas encima, lo que era raro es que aquellos dos fueran capaces de hacer frases de más de dos palabras de manera coherente, algo que ni si quiera la autora de Los Juegos del Hambre había sido capaz de lograr, y eso que ella no se drogaba.

La idea de trazar un plan de destrucción contra Calebdoscopio fue aceptada por su amigo, quien no dudaba a la hora de probar cualquier cosa con otros humanos para luego probarla consigo mismo si los resultados parecían divertir al individuo. Pero la parte maligna de Desmond deseaba que algo fuera mal con la nueva droga de su amigo y su empleado acabara en San Mungo de manera permanente, aunque eso supusiera pagarle un sueldo vitalicio como si de un político corrupto se tratara. – Perfecto. – Tendió la mano a su amigo y en forma de trato, le dio un apretón como si de dos personas haciendo tratos normales se tratara.

Las habilidades de Desmond en pociones a lo largo de su estancia en Hogwarts se resumían a conseguir no hacer explotar el caldero durante lo que duraba la clase. Por lo que la idea de la participación directa en la hazaña que su amigo tan felizmente realizaba resultaría arriesgado. Pero oh, Odiseo era un sabio y amable camello, por lo que no dudó en sugerir a su amigo que le prestara ayuda en su ardua tarea de crear la poción perfecta para destruir a aquel maldito que osaba robarle marihuana y luego no le daba ni los buenos días por la mañana. Eso hijo de maceta se enteraría de lo que era bueno cuando algo le sucediese. Algo, que aún no sabían ni el qué, pues estaban echando ingredientes más aleatorios que la programación de la teletienda.

Sin pensarlo demasiado echó en el interior del caldero lo que quedaba de su canuto ya apagado y vio como se hundía en el líquido de tonalidades variantes. Parecía pis de unicornio. Se encogió de hombros y tomó un trébol de tres hojas para dejarlo caer en el interior del caldero, pues todo el mundo sabe que los tréboles de cuatro hojas no tienen ningún tipo de propiedad mágica, pero los magos hicieron creer a los muggles que sí para seguir teniendo ellos todos los tréboles de tres hojas y no compartirlos. Sucios magos, que rastreros. – Yo juraría que tenemos Thestrals en nuestras puertas, pues he visto a más de uno entablar conversaciones filosóficas con las paredes como si estas pudieran contestarles. Incluso vi a un empleado del Departamento de Misterios lanzando un pez contra la pared y este desapareció antes de encontrar el muro. – Se encogió de hombros. Él veía cosas muy extrañas por el mundo y el tiempo le había enseñado a no fiarse de lo que viese, pues la mente engaña, pero las drogas que tu camello de confianza te pasa, no. – Seguro que ese hombre es un buen amigo de tu hermano el del palo metido por el culo y por esa misma razón rechazó tal oferta, sino no lo entiendo. Por mucho que le narrases las hazañas de Rupertino y Caruso, nadie en su sano juicio rechazaría tus drogas, todo el mundo sabe que son las de mejor calidad en todo el país y parte de ese trozo de tierra que quiere independizarse de nosotros donde los hombres van el falda.
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Invitado el Mar Feb 10, 2015 2:57 am

Hay gente que cuando se conoce, se odia al instante. También esta el cliché aquel del amor a primera vista que a Odiseo siempre le había parecido altamente peligroso. ¿Qué pasaba con los ciegos? ¿Nunca lo encontrarían¿ ¿Y los miopes? ¿Y los tuertos? ¿Solo tendrían la mitad? Y hay otra gente, como era el caso de este par, que cuando se conocieron supieron al instante que el destino los había creado para encontrarse y girar al mundo patas arriba. Dejando a todos los mas cómodos miembros de la sociedad con la panza arriba y pataleando cual tortugas. Su misión en la vida era incomodar… no, su misión en la vida era drogarse y vender droga. Siendo prioridad la primera. Tal vez un poco de sexo, cuando recordaban la existencia de aquel precario medio de conseguir placer. Hasta de vez en cuando una cerveza para bajar algún acido. Cuando sus ojos color Ravenclaw se posaron sobre la larga cabellera como de estrella de rock del que sería su compañero de desventuras, su corazón sintió la necesidad de salirse de su pecho e ir cantando alguna canción cursi hacia él, para luego meterse por su boca y agarrarse al de él. De esta forma, podrían compartir mas fácil las drogas, mezclando su sangre… y matando a Odiseo. Su corazón no siempre tenia los planes mas inteligentes. Ni tampoco su mente. Los planes no eran lo de Odiseo.

El vecino no dejaba de mirarlos con cara expresión entre molesta y asustada. Una expresión que Odiseo siempre atribuía al hecho de que no lo invitaban a una fiesta que era claramente privada, pero divertidísima. Su esposa, por lo que veía, lo intentaba calmar con palabras de animo, pero el hecho de que cortase zanahorias de forma amenazante mientras lo hacia no parecía ayudar a la tranquilidad del hombre. Odiseo le regaló una sonrisa encantadora y lo saludó con una mano, pero el hombre se escondió de este saludo. Muy mal educado de su parte. Odiseo entendió de golpe porque no lo habían invitado a su fiesta privada de creación de pociones. La gente maleducada no solía tener buena mano con los alucinógenos. A los alucinógenos les gustaba ser tratados con cariño, apropiadamente. Por eso les gustaba tanto estar entre sus manos, claro. La mujer, en cambio, blandió su cuchillo en su dirección, refunfuñando. Suponía que la mujer estaba muy enojada porque Mildred estaba intentando agarrar las zanahorias mientras esta la cortaba. Pero también podía ser porque no le estaban convidando.

Deshizo entre sus dedos unos cuantos de los pelos de la cola de Mildred, que guardaba para una ocasión especial, como aquella. Era una ocasión perfecta. Los pelos de cola de vaca pelirroja sin alma solían darle un toque de larga duración a la poción y si aquel empleado le robaba droga a su amado compañero de largas noches en vela, lo mínimo que podía hacer era hacer que el colocón le durase tanto que no volviese a pensar en robarle a Jesucristo durante días y noches enteras. Volvió a su método de revolver con la varita, método altamente comprobado por todos los yonkis como la mejor forma de revolver una droga.

-Tal vez yo deba darle un poco a mi secretario. No es que sea desagradable, ni nada. Es tan solo que le da la tembladera de vez en cuando. No sé si será Palzeheimer o alguna enfermedad degenerativa, pero el pobre tiembla como una marihuana al ver acercarse las fauces de Mildred. Tal vez esto ayude con sus nervios, o si lo manda a San Mungo pues allí podrán descubrir que es lo que provoca el tembleque.

Arrancó una de las hojas del libro de su antiguo colegio escolar. Ni siquiera prestó atención a lo que decía. Nada interesante podía estar en un libro al que únicamente había tocado cuando se le había acabado el papel para liar. La poción, como si se enojara por la adicción de algo literario, soltó un sonoro y desgradable “BLURP”. Parecía que no había suficientes ingredientes comparadas con las complicadas pociones que muchas veces su hermana repasaba en voz alta de ese tal Pesnep. Pero no siempre lo mas complicado es lo mejor. A veces los… ¡UH! ¡Mildred, tráeme ese pajarito para quitarle una pluma!

-¡Uh! ¡Uh! ¿Tú también has visto al tipo del pez? He intentado entablar conversación con él, para preguntarle que tipo de pez es, porque la verdad se ve bastante apetecible. Pero siempre desaparece cuando me acercó- agarró el caldero de un borde, ayudándose de nuevo por su sombrero y lo ladeó primero hacia un lado y luego hacia el otro, como bien decía la receta que no tenia. Asintió a todo lo que decía su amigo y compañero de drogas y hasta se secó una lagrima, después de dejar el caldero quieto, al escuchar los piropos que le echaba a sus drogas- ¡eso fue lo que yo le dije, pero no me escuchó! Y cuando le pregunte si tenia un palo en el culo, como mi hermano, su rostro se puso rojo, rojo y empezó a vociferar. La gente ya no acepta las preguntas amables.
Ahora un poco de esto y de aquello y la poción tomó una agradable tonalidad verde clara como de sapo radiactivo y una desagradable espesura de selva amazónica. Odiseo retiró su varita del interior y olió el liquido que se había quedado pegada a esta, para luego limpiarla en el pasto, que inmediatamente se marchitó mientras una flor con ínfulas goticas se abria paso entre las hierbas pardas. La arrancó al instante y la lanzó al interior del caldero, que escupió una gota verde y la volvió a tragar, lo mas de satisfecho de si mismo. El caldero.

- Creo que esta lista- anunció, muy orgulloso de si mismo mientras rebuscaba por ahí un tubito de ensayo para meter la poción y entregársela a su amigo. Una vez satisfecho se dejó caer hacia atrás. Miró hacia un lado, miró hacia otro. Miró de nuevo hacia un lado y luego al cielo que estaba del mismo color antipático que siempre estaba el cielo en aquella isla- me aburró- anunció, levantándose de un salto –vamos a robar mujeres y besar dinero. Creo que hoy debe haber alguna cosa especial en Hogsmeade. Alguien con vida debe estar celebrando una fiesta de cumpleaños en la que nos podamos colar o algo.

Miró a su amigo, esperando un rebate a su idea o que se uniese a esta. A fin de cuentas, no creía que él tuviese mucho que hacer tampoco.
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Desmond D. Kowalewicz el Miér Feb 11, 2015 7:03 pm

La imagen que aquellos dos daban en cualquier momento del día frente a un caldero era la misma que la de dos indigentes bajo un puente poniendo las manos sobre un contenedor en llamas para resguardarse del frío. Pues sí, si los mirabas fijamente podrías imaginarlos como indigentes, y es que no se alejaban tanto de serlo, ya que ambos ese concepto de casa propia y casa ajena no lo tenían bien aprendido, por lo que no era raro que ocuparan casas ajenas dando por sentado que si alguien podía entrar en ellas, ellos también podían. Era lógica pura, y teniendo en cuenta que ambos eran dos miembros de la casa de los listos, tan equivocados no podían estar. Aún no comprendía cómo el sombrero podía haberles destinado a semejante casa con grandes mentes, pero él estaba satisfecho. No brillaban por su inteligencia, más bien por su ingenio, ¿Sería eso propio de su antigua casa? ¿Se fumaría ese tal ingenio o sería su nuevo camello de confianza? Tantas preguntas y tan pocas drogas para apaliar sus dudas.

Fabricar una poción no era algo que se hiciera todos los días y quizá por eso tenía más gracia que ir a robarle el plan a la vecina del cuarto y el periódico a aquel viejecito tan simpático que a veces no sabía si estaba dormido o si estaba teniendo un infarto de miocardio. Pero no importaba, el amable hombre siempre le daba su periódico entre ronquido y ronquido. Pues entre tanto ruido no se enteraba cuando alguien tiraba de su periódico a medio leer y se lo llevaba tan rápido como un pepino supersónico. – O simplemente lo mate y podrás reciclar su puesto de trabajo. Para que luego hablen de crisis. Si un señor con temblera tiene trabajo, no sé cómo los jóvenes de hoy en día se quejan de tanto paro. – Afirmó el hombre echando de menos tener un canuto entre sus dedos al que darle una calada tras cada frase.

- Creo que un día deberíamos atarlo a una silla e interrogarlo seriamente. – Lo decía totalmente en serio, lo cual debería ser preocupante. Pero tratándose de aquellos dos la preocupación tan sólo podía ser el nombre en clave de alguna droga alucinógena, pues estas resultaban ser sus favoritas. – Estoy convencido que esos peces que lanza son capaces de atravesar el espacio – tiempo y por eso desaparecen. Debe de estar alimentando a una horda de tiburones terrestres que se encuentran en la otra dimensión del Ministerio de Magia. Seguro que cuando resolvamos ese crimen nos encienden. – Que no ascienden, porque ascender es mainstream en un puesto de trabajo, es mucho mejor que te enciendan.

El Ministro de Magia, como buen señor malvado que era, tenía un palo metido por el culo. Igual que su secretaria putilla y su empleado ladrón que se tiraba a la secretaria putilla. Esto sólo podía deberse a que ambos compartían un palo que meterse por el culo y por eso vivían más amargados que Quentin cuando Desmond robaba pastel de zanahorias a la vecina simpática del cuarto. Que señora tan simpática la del cuarto, que dejaba las ventanas abiertas para dejar que sus pasteles se enfriasen, su cocina se vaciase de humos y cualquier pobre indigente como Desmond entrase a robar. Porque como buen mago que era, eso de aparecerse de un lado a otro no era su punto fuerte, él prefería la acción. ¿Dónde estaba la emoción de aparecerte en un sitio e irte como si nada? Él siempre había optado por atarse una cuerda a la cintura y bajar como Tom Crucero en Misión Imposible rumbo a la cocina de aquella simpática anciana que pronto sería trasladada a cuidados intensivos porque Desmond tuvo la brillante idea de cambiarle el azúcar por hachís. La pobre señora, la que liaría la próxima vez que decidiera hacer un pastel. O tomarse un café con azúcar. O meter el dedo en el azucarero para darse una alegría. Que mujer, si es que el azúcar cuando llegas a determinadas edades es como una bomba de relojería. Porque los relojeros son mala gente y ponen bombas, claro. – A lo mejor había tomado comida mejicana antes de hablar contigo. No seas tan negativo siempre. – Dijo a modo de ayuda para su amigo.

Siguieron echándole mierda a la poción. Porque eso no eran ingredientes serios, eran pura mierda. Si sus diferentes profesores de pociones a lo largo de su estancia en Hogwarts hubieran valorado su imaginación ahora tendrían un puesto de trabajo fijo en cualquier  lugar, pero sus profesores insistían en que eran un peligro. Especialmente aquel rubio de ojos saltones que se armó de valor para acercarse a su caldero y acabó convirtiéndose en una bola de humo negro antes de desaparecer. Ese era su favorito, aunque no recordaba su nombre. Fueron unos meses muy intensos a su lado.

Tomó el botecillo que su amigo le tendió y una sonrisa ladeada ocupó su rostro. Ya tenía la poción con la que acabaría con las ansias de robar del empleado cabrón. Ese sería su nombre en clave, empleado cabrón. ¿Por qué no podría ser como William? William ni si quiera parecía ir a trabajar, era un empleado modélico.

- ¿Hoy es tu cumpleaños? – Preguntó retóricamente el hombre. Aunque lo cierto es que no sabía cuándo era el cumpleaños de su amigo, bien porque las drogas habían dañado su cerebro hasta el límite de borrarle sus preciados recuerdos o porque el anormal jamás había puesto en ningún lugar cuándo era su cumpleaños. Todo era posible.  – Da igual, seguro que es el de alguien y nos invitan a tarta, globos y calimocho de fanta de naranja y coca – cola. Y seguro que además tienen palomitas. – Dijo divertido mientras guardaba el botecito de la poción en alguna parte de su chaqueta que esperaba recordar al día siguiente.

Lo cierto es que Desmond tenía mucho que hacer, pues aquel día trabajaba. Pero no le importaba, básicamente porque no se sabía su horario y aparecía por la oficina cuando tenía ganas de molestar a sus empleados o de dormir sin escuchar a sus vecinos de veinte años demostrar su amor. - ¡Nos espera un largo viaje! – Gritó con tono divertido antes de salir por el jardín del vecino dando un salto al exterior. Lo dicho, aparecerse era para pobres.
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Invitado el Lun Mar 16, 2015 1:24 am

Chasqueó la lengua. Todo era siempre culpa de los mexicanos. De ellos o de su comida. O de su ají. Aunque tenían unos buenos carteles de droga “Hachis, 2x1. Recién cosechado” En colores grandes y atractivos, con fotos sensuales de canutos perfectamente armados y sofás muy comodos en los que disfrutar el viaje. Además de servicio de comida a la mesa. Todo lo que un buen drogadicto puede pedir. Ah, bellos tiempos en México… ¿O era Cuba? Bueno, era uno de esos países tercer mundistas llenos de drogas. Sí, seguramente había sido la comida mexicana lo que le había hecho alejarse. Su bella y magnifica presencia nunca causaría eso. Y su sonrisa, era mas encantadora que la música de uno de esos encantadores de serpientes. Podía seducir hasta un árbol. Y lo hubiese hecho, si el maldito no hubiese tenido ese humor de los perros.

- ¡Deberían por lo menos promocionarnos! El ministerio no puede seguir alimentando con peces de tan alto precio a sus tiburones. No, eso es mal acostumbrarlos. Tienen que volver a la vieja dieta de y gente que mira mal a las vacas, religiosos y célibes. Y algún que otro alérgico a la tinta. Sí, sí. Es hora que los tiempos de la vieja y buena disciplina con aquellos odiosos seres.

Su profesor de pociones estaría orgulloso de ellos si los viese en este momento. Aún mas orgulloso si no hubiese desaparecido en una nube de humo en camino a las Bahamas. Porque todos sabían que el muy perezoso había aprovechado eso como excusa para irse a vivir en una isla tropical, haciéndolos ganarse un castigo. A ellos, almas de Dios. Especialmente Desmond, que era su hijo. Y el otro, que había tenido que ser hospitalizado al insistir en probar una poción hecha por ambos, que por alguna suerte de la vida tenia el mismo color que una de crecimiento de pelo. El hombre era mas calvo que una patata y quedo mas loco que el ministro de magia, con su palo en el culo.

Desmond recibió la poción y Odiseo se sintió satisfecho al verlo satisfecho. Su trabajo caritativo del día estaba completo, ya podía llamar a cualquiera que se encargase de las investiduras y reclamar la suya “San Odiseo, patrón de los drogadictos” Síp. Sonaba bien, bastante bien. Quería que alguien erigiera una estatua suya, ofreciéndole un canuto a pobres y desconsolados seres que no estaban lo suficientemente drogados como para soportar aquella tragedia de vivir. Y Mildred también debería estar allí. Con una expresión magnánima, de absoluta dulzura y su cabello rojo al viento. ¡Ah! Que visión magnifica sería esa. Desmond no tendría una estatua. Él  tenía suficiente con que lo representaran siempre clavado a una cruz. Pobre, con lo que eso debía doler. Debería poner una demanda por abuso de sus replicas e imágenes exteriores. Abuso físico y psicológico, porque además lo dejaban apenas con unos miserables pañitos a la vista de todos.

Tumbó el caldero con una pierna. Ahora que había acabado su función ya no tenia el mas mínimo interés por el. Aún cuando era su caldero favorito. O mejor dicho el único que aún no había explotado o quedado inservible por algún liquido que se había casado con él, pero estaba en el celibato mas absoluto, por lo que el caldero se quedaba abrazado a él, esperando que con tanto cariño lo convenciera de un poco de acción.  Empezó a rebuscar en sus bolsillos por un poco de hierba, pero solo estaban llenos de motas y duendecillos de los bolsillos, que intentaron morderlo, pero fallaron en el intento gracias a los hábiles movimientos de Odiseo, que los tomó por el cuello y los lanzó hacia las patas de Mildred, que los aplastó casi sin darse cuenta. Su vecino los miraba cada vez mas intensamente y ahora discutía aireado con su esposa. Como si estuviese indignado por algo. Seguro la mujer se había tomado su mejor whisky de malta, en un ataque de depresión por semejante engendro que tenia por esposo. Lo cual demuestra que todo es un circulo vicioso. Pero como todos saben, especialmente Odiseo, los vicios son buenos y si vienen en circulo se acaban mas lento.

Odiseo pensó fuertemente, intentando recordar cuando era su cumpleaños. Estaba casi seguro que tenia uno y que era un día, tan solo no lograba recordar cual. En cambio si recordaba perfectamente que había sido a las 7 y 37 de la tarde, pues cuando niño- cuando aún recordaba y esperaba con impaciencia la fecha- se paraba frente al espejo para así poder celebrar con exactitud las veinticuatro horas de su cumpleaños. De pequeño no era muy inteligente.

- Espero que la torta sea de chocolate y tenga algo de hachis. Ya sabes como me ponen las tortas que no tienen marihuana. De todos modos llevó nuestra propia fuente. En algún bolsillo debe estar, no te preocupes, tenemos tiempo.

Lo siguió, viendo por el rabillo del ojo como su vecino salía de su casa vociferando y con una cuerda. Pobre, creía que Mildred era tan dulce como se veía. Vaya sorpresa se llevaría. Nada podía alejar a Mildred de su pasto. El camino era, efectivamente, largo y Odiseo seguía rebuscando en sus bolsillos por algo de droga. Sin drogas la vida no era la misma. Finalmente, en uno de sus múltiples bolsillos secretos, encontró unas pastillas y un porro. Se tragó una sin miramientos, hasta una aspirina era mejor que nada, y le tendió la otra a Desmond. Luego, con dedos expertos, y aún mientras caminaban –porque todos saben que caminar no es una excusa para un maestro del origami como él. Podía liar canutos hasta dormido. Y ya había pasado. O al menos creía que no se lo había soñado. Aquello era vida, pensó mientras el horizonte se abría ante él. Era purpura con rosado y verde fluorescente y de detrás de las nubes con orejas de conejo, saltaban duendecillos que jugueteaban con hadas semidesnudas a lomos de pequeños thestrals. Sí, aquello era vida.
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