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Oh, oh, oh... It's Magic! // Odiseo Masbecth

Gabriel J. Blumer el Sáb Ene 17, 2015 12:12 am


Oh, oh, oh... It's Magic!



Miró el reloj por enésima vez. Apenas restaban dos minutos de las tres de la tarde, hora a la que se permitía a los alumnos salir a visitar el pueblecito de Hogsmade, la única población puramente mágica situada en Escocia. Gabriel no conocía ese dato, pues apenas acudía a las clases de Historia de la Magia y en las pocas que asistía acababa con la saliva colgando en forma de hilo por un lado de su boca y la cabeza reposando sobre su mesa, cuidadosamente colocado para no molestar a quien se sentara a su lado. No conocía lo que era la vergüenza pero sí era todo lo contrario al denominado como "perro del hortelano", él no comía, pero sí dejaba comer a los demás, o más bien, él no atendía, pero sí dejaba atender a los demás.

Bostezó sin cubrirse la boca con la mano y recibió la mirada de desaprobación por parte de una alumna de séptimo que entraba en ese momento en su Sala Común. Sonrió alegremente pero la cara de su compañera no cambió en absoluto, demostrando la teoría sobre los Ravenclaw amargados que sólo pensaban en sacar las notas más elevadas de todo Hogwarts, aunque aún así tuvieran menos puntos que cualquier otra casa. Penoso.

Minutos después, colocaba un abrigo de lana sobre sus hombros para cruzar el umbral de la puerta hacia la calle. Cientos de alumnos se agolpaban en la puerta luchando por salir en primer lugar, asestándose golpes con los codos y algún que otro manotazo. El chico esperó a que desapareciera el tapón de personas de la puerta y salió del lugar con toda la tranquilidad del mundo, escuchando el barullo provocado por sus propios compañeros. ¿Pasar el día en Hogsmade con tanta gente? Ahora quella idea le parecía una locura. No había quedado con nadie ese día, es más, quería salir del castillo para pasar un día ajeno a las voces de sus compañeros. Él no estaba hecho para las grandes aglomeraciones, sino que era partidario de la tranquilidad y el silencio. Había nacido en una ciudad pequeña, si hasta viajar a Londres ya se le suponía un agobio.

Al entrar a Las Tres Escobas salió antes de pasar si quiera un minuto en su interior. El ambiente estaba tan cargado que incluso le costaba respirar, y una neblina propia de los cambios bruscos de temperatura golpeó su rostro al cruzar el umbral de la puerta. No pensaba pasar ni un segundo más en aquel lugar y Hogsmade no contaba con más espacios donde ser menor no fuera un impedimento. Ahora la opción de volver al castillo parecía la mejor de todas, es más, la que tomó fue esa, pero algo hizo que el rumbo de sus pasos cambiase.

A lo lejos, pudo ver como la monotonía de la nieve se rompía con la aparición de una casa. Jamás había entrado en ese lugar, pero sabía lo que muchos contaban, considerándola como la casa más aterradora del país. Decir que pensar era su punto fuerte era la mayor mentira de la historia. Por lo que sin si quiera pensarlo, cruzó el camino que llevaba hasta la Casa de los Gritos y no tardó en encontrar en el lugar, el cual no resultó estar cerrado. Silencio, la tranquilidad del silencio. Soltó un corto suspiro y dejó la puerta a su espalda mientras se encaminaba por el pasillo principal hasta llegar a un amplio recibidor donde se encontraba la entrada al salón, un par de puertas cerradas y unas escaleras que conducían hacia el piso superior.
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Invitado el Sáb Ene 24, 2015 7:56 pm

El porro  en sus labios casi se había acabado. La boca de Odiseo lo sostenía casi por inercia. Aquel era su día de ventas. Jóvenes incautos de su antiguo hogar se aventuraban a Hogsmeade en busca de diversión y cosas nuevas. ¿Y que mejor para cumplir ambas expectativas que un poco de droga? Nada demasiado grave, marihuana de la mas alta calidad. A pesar de lo que muchos pensaran del hombre, no era una persona malvada. No era como el resto de los camellos que daban a clientes inocentes drogas adictivas y destructivas. Aquellas drogas eran tan solo para yonquis tan metidos hasta el cuello como Desmond y él. Para aquellos inocentes colegiales unos gramos de la vieja maría bastaría para llenar sus bolsillos y mantener tranquila su conciencia.

Así que había ensillado a Mildred – porque ¿qué mejor forma de atraer potenciales clientes que a lomos de una vaca pelirroja mas adorable que cualquier potro de unicornio?- y se había encaminado al pueblo mágico como si tal cosa. La gente, acostumbrada a su presencia y la de la vaca, lo saludaba con esa sonrisa cálida que se guarda para el tío loco pero inofensivo de la familia. Algunos, seguramente los que habían sufrido las visitas nocturnas de la vaca en busca de comida mas fresca, lo miraban con odio contenido. A fin de cuenta y a pesar de la desgracia en la que lo había hecho caer, su apellido aún causaba respeto.

Como esperaba, las calles estaban repletas de niños y adolescentes que se movían alegremente, comparando compras y animándose los unos a los otros a ir allí o allá. Sabía que el lugar donde mas clientes conseguiría era las Tres Escobas. Los profesores preferían ir a lugares menos concurridos que el popular negocio y el dueño y él tenían un agradable trato que le daba el 10 por ciento de las ventas. Puede que Odiseo viviese la mitad de su vida arriba en vez de abajo, pero su espíritu de vendedor no se dejaba engañar bajo el efecto de ninguna droga. Así que dirigió a su vaca hacia allí, deteniéndose a veces para que esta curioseara en los bolsillos de la gente, buscando algo agradable que llevarse a la boca, muchas veces sin éxito ya que la gente solía huir a pesar de su encantadora sonrisa.

Pero la vaca, puesto que era un animal pensante y muy inteligente, tenia sus propias ideas. Una de ellas era que le encantaba el pasto. Siendo su alimento primario y casi exclusivo a la vaca le gustaba mucho el asunto verde que crecía del suelo. Mas aún que aquellas plantitas verdes con forma de manos de elfos que saludaban que a veces Odiseo le daba y la dejaban mugiendo canciones de guerra durante días. Así que por mucho que su compañero tuviese ideas propias, la vaca era, indiscutiblemente, la que llevaba los pantalones en aquella relación y puso camino hacia el lugar donde el pasto crecía mas verde en todo Hogsmeade: la casa de los gritos. A Odiseo, que rara vez algo le molestaba, el cambio de planes no le molestó lo mas minimo. Y con su espíritu aventurero bajo la influencia de drogas, las manos en los bolsillos  y un recien encendido porro en los labios, se encaminó hacia el interior de la casa.

La puerta hizo un desagradable sonido al abrirse y Odiseo le dio un par de palmaditas reconfortantes, seguro que estaba llorando la ausencia de alguna bisagra especialmente querida. Cada paso provocaba otro chillido de las escaleras y una palabra de compasión de Odiseo. No creía que fuese especialmente pesado, pero parecía que los escalones habían estado en un sueño especialmente reparador que él había interrumpido. Así estuvo todo el camino, hablando con cada cosa que chillaba en la casa –que no eran pocas- sin darse cuenta de que poco a poco sus pies lo llevaban camino al único ser viviente que se encontraba en el lugar, haciéndolo chocarse contra él.

Confundido, y pisando su propio porro que había caido desde sus labios, alzó la vista hacia el chico. Parecía ser un estudiante mas de Hogwarts, de los que abundaban en aquel momento en el lugar. Odiseo, como si nada hubiese pasado, le regaló una de sus encantadores sonrisas.

-¡Un cliente!-dijo emocionado- jovencito, estoy seguro que si has tenido las agallas de venir hasta este lugar de misterios y leyendas por tu cuenta, seras lo suficientemente intrépido de comprarle a este pobre servidor tuyo una de las mejores drogas jamas vistas por la humanidad, muggle o mágica, ¡marihuana criada con amor y dulzura y el mejor abono que cualquier vaca puede dar!

Podía estar drogado, desorientado y el chico ser un completo desconocido. Pero nada detendría a Odiseo de ganarse un par de monedillas extras que llevarse al bolsillo. Además, seamos honestos ¿quién podría resistirse a semejante sonrisa y encanto?


OFF: disculpa la demora, han sido unos días agotadores.
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Gabriel J. Blumer el Miér Ene 28, 2015 5:48 pm

Cualquier persona hubiera buscado con quien visitar Hogsmade un fin de semana, pero él, iluso de él, pensó que no era necesario buscar a alguien, sino que ese alguien llegaría a él como el sol salía cada día. Tras recorrer el camino de piedra que separaba el pueblecito mágico de Hogsmade de Hogwarts y ver que no encontraba ninguna cara conocida con la que pasar el día optó por visitar Las Tres Escobas. Quizá se encontrara con alguno de sus compañeros de casa y pudiera tomar una cerveza de mantequilla tranquilamente con cualquiera de ellos mientras hablaban de la nueva temporada de Quidditch, del último parcial de Historia de la Magia o del intento por lograr realizar a tiempo una de las pociones que el profesor Snape mandaba en sus clases. Pero esa opción también fue desechada cuando vio la cantidad apabullante de gente que se encontraba en el interior del local.

Otra idea inteligente llegó a su cerebro en forma de impulso nervioso haciendo que sus pies optaran por recorrer el pueblo nevado para buscar algo mejor que hacer. ¿Y qué había mejor que estar en un local caliente con una bebida? Obviamente visitar una casa abandonada donde haría frío, habría bichos y posiblemente se encontrara a alguno de los amigos de O. encantados de molestarle por ser mestizo o simplemente por no ser un miembro de la privilegiada casa de Slytherin que tanto adoraban.

La puerta se abrió sin esfuerzo alguno, solo apoyando una de sus manos sobre la madera medio podrida, haciendo que el olor a antiguo saliese por la puerta de una sola bocanada. Era un olor como a libro viejo, de esos que se acumulaban en las estanterías de la biblioteca de Hogwarts y que pocos miraban por miedo a que las páginas se cayesen. El chico entró en la casa mirando a su alrededor, siguiendo con la vista todos los objetos que se encontraban a su paso, los cuales eran pocos. No sabía quién habría vivido en aquel lugar antaño, pero imaginaba a una familia formada por padre, madre y un par de hijos que vivían alejados del resto del pueblo pero no por ello serían menos sociables. Bajarían el pueblo diariamente a saludar a todos los que vivían en él, tendrían amigos e incluso realizarían fiestas en el interior de su casa. Pero en un terrible accidente los padres morirían dejando a los dos hijos la casa. Serían un joven de veinte años y una mujer con un par más, y ambos se llevarían rematadamente mal. El hombre se quedó con la casa, pues la mujer tendía a comportarse mal con todo el mundo y sus padres consideraron que la casa estaría a mejor recaudo de su hijo.

Indignada, la mujer se marcharía hasta que su hermano muriera y en ese momento, ocuparía nuevamente la casa sin importarle quien viviera en ella. Sería su casa, por mucho que todos se negaran a verlo del mismo modo que ella. Hecha una furia, la mujer viviría rodeada de gatos y se sentaría todos los días en su butaca tejiendo, admirando como el resto del pueblo miraba con temor su casa y no se acercaban a ella. Y un día, desapareció, dejando la casa vacía y sin nadie con intención de habitarla.

Siguió caminando imaginando como los niños corrían por el interior de la casa antes de que todo se volviera oscuro en su familia. Tenía demasiada imaginación, razón por la cual había terminado en Ravenclaw, pues por su inteligencia no sería. Apenas iba a clase, y las pocas veces que iba era para pasarse la hora durmiendo y mirando a través de las ventanas como la nieve caía, como el viento golpeaba los árboles o como algunos alumnos paseaban por los terrenos. No era un alumno modélico, pero por suerte aprobaba todas las asignaturas.

Frenó en seco frente a las escaleras que conducían al piso superior y sopesó la simple idea de subirlas y ver que había en su interior. Seis años estudiando en Hogwarts y nunca había considerado la opción de entrar en aquel lugar y ahora que lo había hecho quería saberlo todo. Quería saber que escondían esas paredes, que historias albergaban los huecos donde antes habían estado colgados los cuadros. Quería saberlo todo.  

Una voz lo sacó de su ensimismamiento haciendo que pegara un bote y girase sobre si mismo, encontrándose con una cara sonriente y amable. Antes de poder preguntar quién era o qué hacía en aquel lugar, el hombre comenzó a hablar. Y esas palabras, ese modo de dejar caer las palabras y formar las frases le hizo recordar de quien se trataba. ¡Era el hombre de la vaca! Y la vaca… Sí, ahí estaba la vaca.  Intentó parecer calmado, como si no lo conociese de nada pero fue incapaz de no romper a reír tras sus palabras.

- ¿Estás hablando en serio? – Preguntó entre risas cuando pudo pronunciar palabra alguna. – Sí, sí estás hablando en serio. – Dijo al ver el rostro de su acompañante. Llevando una vaca, era lógico que todo lo que decía fuera en serio. – Creo que paso. – Afirmó el castaño antes de girar sobre si mismo y comenzar a subir las escaleras hacia el piso de arriba. No es que quisiera huir del hombre, sino que no le inspiraba confianza que le intentaran vender drogas. - ¿Sabes qué hay arriba? – Preguntó como si tal cosa.

OFF: Al final pude postear antes XD
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Invitado el Dom Feb 08, 2015 4:30 am

Su imaginación no era tan ordenada como la del resto de las personas, pero no por ello menos interesante o despierta. Al contrario, lo era mucho mas, ambas cosas. La hierba era una deliciosa potenciadora de su, ya de por sí, viva imaginación. Así que mientras cabalgaba a lomos de su amada vaca, iba imaginando sombreros invisibles en las cabezas de la gente y creando un musical entero sobre la vida de aquel menospreciado mago que era Spirit Gonzalez, descubridor de los efectos alucinógenos de las hojas de mandrágora seca. Así que mientras otros se imaginaban una historia con pies y cabeza el solo tenia trazos de esta. Había escenas de un noticiero, diálogos como de Shakespeare y un poco de droga, como no. Seguramente la familia había sido, en realidad, una tapadera para un negocio de teatro clandestino en el que se representaban obras, las verdaderas obras mágicas de Shakespeare, pero los actores eran tan horrorosos que la gente siempre gritaba. Pero no solo eran horrorosos sino que además tenían vena caníbal. Así que, ofendidos por su mal gusto teatral, asesinaban a sus espectadores y los devoraban. Como era de esperar, pronto la gente dejó de venir y el negocio decayó hasta no poder mantenerse en pie. Pero la casa quedó, porque las casas no comen y por lo tanto no mueren de inanición.

Ahora, en la supuesta realidad, el chico parecía mas o menos común y corriente. Si obviaba el hecho de que había un gnomo bailando sobre su cabeza y una barba aparecía y desaparecía, pues Odiseo no se podía decidir si se veía mejor con ella o sin ella. Le gustaba adornar a la gente con la que conversaba bajo los efectos de marihuana. Un sombrero de mariachi aquí, una falda de época allá, a veces, si no le agradaba la conversación, una media en la boca. El chico era obviamente de Hogwarts, pero al parecer su hermanita no estaba haciendo la propaganda debida de su negocio y aquel chico no se abalanzó sobre él, diciendo que había escuchado de su droga y que por favor, necesitaba muchísima de ella. En vez de eso, se hecho a reír. Odiseo, acostumbrado a que aquello parada, soltó el humo de sus pulmones, apartando el porro de sus labios y apoyando su codo en el cuello de la vaca, que miraba al chico con curiosidad. Iba a decirle que estaba hablando en serio, pero el chico se lo confirmó por su cuenta tras lograr recuperar el aliento. Cuando el chico se giró para mirar el segundo piso, Odiseo siguió sus ojos con la inercia de alguien que no tiene nada mejor que hacer. Dio dos pasos hacia la escalera y miró mejor, con curiosidad creciente.

- Un segundo piso, supongo –respondió, como si fuese lo mas obvio del mundo antes de devolver la mirada al chico unos segundos y luego soltar, con voz recriminante -¿pero que esperas? ¿No vamos a subir? Puede que estemos equivocados y sea un tercer piso- pero no le dio tiempo para hacerle caso, pues ya estaba empezando a subir las escaleras. Apagó el porro con cuidado en la baranda mientras subia y se lo guardó en el bolsillo para otra ocasión- ¡Mildred, tu no subas!-le gritó a la vaca, sin girarse a mirarla. Y ante el mugido de reproche que dio el animal, le lanzó un dato curioso – que luego no puedes bajar, querida, ve y comes algo de pasto tierno. Me han contado que es mitad japonesa inútil de anime machista.

Ante semejante tentación, la vaca se rindió y salió por la puerta, en busca del prometido dulce pasto. Los escalones se acabaron y dieron paso al piso que, tal como esperaba Odi, era un segundo piso. Su mirada recorrió el lugar con curiosidad. Estaba tan sucio y oscuro como el resto de la casa, con telarañas aquí y allá y uno que otro sofá. Es más, ese se veía especialmente agradable, tal vez podía llevárselo al piso que compartía con Desmond.

- Pues eso –le dijo al chico, girándose a mirarlo como si fuesen amigos de toda la vida- es solo un segundo piso.

Dio un paso hacia delante, dispuesto a acercarse al sofá que le había llamado la atención. Su pie se encontró primero con la madera del suelo, como debía hacer, y luego la madera del suelo se sintió ofendida y se retiró, corriendo hacia abajo, lejos de su pie. El cuerpo de Odi, tomado por sorpresa, siguió a su pie y un enorme agujero se abrió en el piso, tragándose al hombre como si fuese un hipopótamo tragándose a un caballito de mar. Una nube de polvo que sabia a arañas muertas, moho y viejas copias de diálogos se levantó a su alrededor. Era acompañado con el ruido de la tos de Odiseo, cuyos pulmones buscaban aire puro. Las manos le dolían, pues las había puesto delante del cuerpo en un antiquísimo instinto de supervivencia. También le dolían las rodillas y se sentía bastante molesto porque creía que había perdido su porro. Recordando de pronto que era un mago graduado, rebuscó entre sus bolsillos su varita e invocó aquella luz poderosa que enviaban los dioses de la magia. Una pequeña luz iluminó la punta de esta, dejándole ver a su alrededor.

- ¡Hay un hueco! –le advirtió al chico de arriba, haciéndolo aún mas obvio. Uno nunca sabia que tan tontos podían ser los otros. Miró a su alrededor, confuso y entonces sus ojos se posaron en una especie de pasadizo. Era lo suficientemente grande para que el pusiera pasar cómodamente. Seguramente lo usaban los antiguos dueños para dejar caer a uno de los enanos que trabajaban con ellos sobre las incautas personas del publico e irlos asesinando uno a uno- ¡baja¡ ¡Encontré algo mucho mas interesante que un segundo piso!
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Gabriel J. Blumer el Mar Feb 17, 2015 4:25 pm

Tantos años estudiando en Hogwarts para nunca haber tenido la brillante idea de visitar la Casa de los Gritos. Muchos de sus compañeros afirmaban que una vez entrases a aquel lugar no podrías salir, pues criaturas sedientas de almas jóvenes acechaban en la oscuridad. Igual que decían que si un fantasma pasaba a través de ti robaba todos tus recuerdos y acababas encerrado en San Mungo con ataques de ansiedad. Gracias a comentarios como aquel último había pasado a no hacer caso de lo que sus compañeros dijeran, pues por muy de Ravenclaw que fueran, no parecían tener demasiadas ideas coherentes. Estaba seguro que el Sombrero Seleccionador se había confundido en más de una ocasión, y aquellos pedantes resultaban ser los ganadores al premio de la equivocación del año. Incluso él, que ni si quiera acudía a las clases, que se le olvidaba dónde estaba la Biblioteca por la falta de uso y que no sabía ni donde tenía los libros de ese curso, era más Ravenclaw que todos ellos juntos. No hacía falta tener la cabeza metida entre los libros para pertenecer a esa casa, por mucho que afirmaran lo contrario.

Una vez en el interior de la casa se topó con algo más peligroso que cualquier criatura. No era un fantasma que pudiera robarle los recuerdos como afirmaban sus compañeros, ni una acromántula que lo partiría en dos y se lo comería, ni un centauro que lo aplastaría sin pensárselo dos veces. Todo lo contrario. Era un hombre, la criatura más peligrosa sobra la faz de la tierra. Un hombre y su vaca. Dos seres que no era la primera vez que veía, pues aquel hombre resultó ser el mismo con el que se cruzó meses antes en Cabeza de Puerco y quien, tras perder su porro, montó todo un espectáculo. Por suerte para Gabriel, el porro del hombre no acabó en el suelo en esta ocasión, más bien el porro buscaba nuevo dueño cuando el hombre intentó venderle droga al chico.

Tras un ataque de risa optó por ver lo que había en el piso superior, y sin esperar a la respuesta de su acompañante sobre lo que podrían encontrar al final de las escaleras, comenzó a subir aún escuchando la voz del hombre que conversaba con su vaca a sus espaldas. Podría haber sacado la varita. Podría haber alumbrado aquello y ver todo con mayor nitidez. Pero no lo hizo. Por muchos años que pasara en Hogwarts seguiría siendo fiel a su comportamiento de persona no mágica antes de recibir la carta de Hogwarts cinco años atrás.

Con una sonrisa vivaz sus ojos pasaban de un cuadro en otro, sin encontrar nada que mirar. Los marcos estaban demacrados y cubiertos de polvo, la tela estaba raída y las personas que se dedicaban a saludar desde los cuadros habían desaparecido sin dejar rastro. Gabriel no sabía qué sucedía cuando un personaje abandonaba su cuadro, pero en aquel momento no era lo que más le preocupaba.

Tenía el pálpito de que algo no iba bien. Que en cualquier momento algo saldría de la oscuridad y no le daría la oportunidad de volver a Hogwarts, y por esa misma razón pegó un bote cuando un sonido ensordecedor retumbó a sus espaldas. Una gran polvareda nubló lo que estuviera pasando metros tras el chico. Había estado tan pendiente mirando los muebles de madera corroída, las cortinas raídas o la chimenea llena de escombros que ni se dio cuenta que el hombre con el que había estado hablando también había decidido subir y que incluso había hablado con él. Su madre incluso había llegado a pensar que era autista por el modo que tenía de desconectar de lo que estuviera pasando a su alrededor, y en ese mismo instante acababa de demostrarlo haciendo caso omiso a la presencia de otra persona en el mismo piso.

Se giró de golpe encontrándose la polvareda y, una vez esta desapareció, pudo ver como una pequeña luz comenzaba a iluminar la estancia en la que se encontraba. Allí se topó con el hombre, quien había caído por un hueco y ahora se encontraba en un piso intermedio entre el primero y el segundo. En un espacio que parecía tener menos tránsito del que ya tenía el resto de la casa. – Seguro que hay ratas y acabas teniendo la rabia. – Dijo con tono irónico al ver al hombre tan emocionado.

Alguien con plenas facultades mentales hubiera salido del lugar aprovechando que el hombre que intentaba venderle droga estaba desvalido. Pero no era una persona que usara la cabeza para pensar, más bien para tener algo sobre los hombros. Se sentó cerca del hueco, con las piernas colgando hacia este y miró hacia el interior, donde ya se encontraba el hombre. Dio un corto salto y bajó hasta el piso, con cuidado de no acabar con una pierna rota en el camino.

Del mismo modo que el hombre, sacó la varita e hizo que esta iluminase toda la estancia. Se trataba de una habitación amplia y vacía. O eso parecía a primera vista, pues a lo lejos se veían apilados cientos de objetos, como si se tratara de un trastero o un sótano que no había sido usado durante años.

- ¿Hace cuánto está abandonada esta casa? - Preguntó con curiosidad mientras avanzaba por la estancia hasta llegar a la zona donde se apilaban los objetos. Había desde un caballito de madera hasta un piano de pared roto. Cualquiera diría que era una segunda casa, aunque algo más desordenada y con más polvo.
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