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This is not my body {Caleb Dankworth}

Abigail T. McDowell el Jue Feb 05, 2015 1:26 am

Las mujeres tenemos muchas más preocupaciones que los hombres, con extremada diferencia. No sólo a la hora de cargos casuales, sino a la hora de ciertos aspectos muchos más íntimos. No es justo que todos los hombres puedan tirarse a todas las mujeres que quieran sin tener ninguna repercusión sobre su futuro. ¿Las mujeres, en cambio? Vamos, te acuestas con los que quieras, pero desde que tienes un ligero retraso, tu mundo se vuelve en tu contra para asegurarte al cien por cien la peor de las opciones.

Ya me ha pasado anteriormente, un retraso lo puede tener cualquier mujer en cualquier momento de su vida, debido a distintos aspectos de la vida, como el hecho de estar estresada, tener problemas en tu vida o en tu cuerpo o cualquier otro motivo. No obstante, yo no me sentía diferente para nada en ningún factor externo, por lo que inevitablemente mi pesimismo me dio a entender la peor de las posibilidades. Para colmo, el hecho de pensar siempre en lo peor, recrea una barrera estresante alrededor de ti, por lo que inconscientemente estás haciendo que todavía se retrase más lo inevitable. Por lo que es un continuo bucle de malestar y estrés que puede llegar a matarte. Yo tenía muy clara una cosa en mi vida: hijos nunca. Odiaba a los niños pequeños; limpiar pañales, soportar sus llantos… No. Sin duda no tenía instinto materno ni nunca lo tendría, por lo que la simple y llana idea de tener un bebé me resultaba repulsiva y sumamente inconcebible para mí.

Llevaba semana y media tirándome de los pelos -metafóricamente hablando- y no había conseguido nada. No era muy difícil llegar a la conclusión de quién había sido el culpable, ya que con cualquier desconocido tomo más medidas de lo necesario, con Caleb no, porque, por muy sorprendente que sea, confío en él y sé que no es una amenaza que atenta contra mi salud. Además de que había sido uno de los últimos con los que había estado.

¿Debía decírselo? ¿Coméntarselo? ¿O mejor no decírselo? Total, si estoy embarazada está claro que lo primero que debo de hacer es suicidarme. Eso estaba claro. Así que realmente no tenía por qué meterle en un aprieto. No obstante, era una egoísta y estaba claro de que si yo había puesto un óvulo para hacer esta monstruosidad, él había puesto un espermatozoide, así que si yo sufría psicológicamente, él también. Así de paso tendría apoyo.

Por la mañana temprano, a eso de las nueve, me dirigí al departamento de catástrofes mágicas, en dónde se encontraban la mayoría de los desmemorizadores, entre ellos Caleb. Tenía muchísimas cosas que hacer ese día, por lo que lo primero que quise quitarme de encima era el peso de la incomodidad. Quería ir, decírselo y que él me dijera: “Abi, no te estreses, no te vuelvas loca porque NO vas a estar embarazada”. Si él me lo decía era más fácil creérmelo.

Los tacones resonaban en el suelo, llamando la atención de todos los que estaban por el pasillo. No tenía el mismo gesto falsamente afable que solía poseer, sino que iba con cara neutral, totalmente pasiva. No me molesté en saludar a nadie y fui directamente al despacho que tenía Caleb, abriendo la puerta sin llamar. Entré al interior y cerré la puerta tras de mí.

Tenemos que hablar —fue lo primero que me salió. Tuve que sonreír, porque era el típico tópico que se utilizaba para dejar alguna relación—. No, no voy a cortar contigo —añadí, acercándome a él.

Me puse delante de él, al otro lado de la mesa. Respiré hondo, le miré a los ojos y… venga, con suerte si estoy embarazada consigo que me haga el favor de librarme del sufrimiento y me mate él.

Tengo un retraso de semana y media —dije, sin vaselina, sin nada. Simplemente lo solté, como quién tira la piedra y esconde la mano. Como quién tira una bomba y se va en dirección contraria. Observé su rostro… No, no era el rostro reconfortante que me esperaba. A lo mejor aun no se había dado cuenta de la gravedad del asunto—. Y te estarás preguntando que porqué te lo digo… porque si hay algo aquí dentro —señalé mi vientre— es por tu culpa. —y me quedé tan ancha, echándole la culpa a él como si eso fuera la solución.

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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Jue Feb 05, 2015 8:00 am

Aquel día iba a ser uno muy ajetreado en el trabajo. Lo primero que me habían dicho en cuanto había cruzado la puerta de la oficina había sido que había ocurrido un grave accidente mágico en presencia de Muggles, y dentro de poco recibiríamos en los despachos a un gran número de Muggles a los que tendríamos que modificarles los recuerdos. Cuanto más descabellado era el accidente que habían presenciado, mayor era la dificultad de los encantamientos que teníamos que realizar sobre ellos. Además, tanto el Obliviate como los encantamientos de memoria son muy difíciles de manejar, y el uso incorrecto de ellos acababa en desastre casi siempre, con daños muy graves para los que recibían los efectos de los hechizos. Yo era buenísimo en mi trabajo y confiaba en que todo saliese bien, pero de vez en cuando me pongo nervioso cuando veo que hay un gran número de gente a la que desmemorizar, y el hecho de que el proceso fuese a ser difícil no ayudaba a mejorar mi humor.

Mientras esperaba a que trajesen a los Muggles, lo cual ocurriría en cualquier momento, me senté en la silla detrás de la mesa de mi despacho (la cual ahora estaba mucho más organizada que otros días, en los cuales el papeleo era un completo caos) sin hacer nada. Daba vueltas en la silla, mirando al techo con expresión aburrida. Además tenía sueño, y lo único que quería era irme a mi casa pero no podía. Todavía me quedaba un largo día por delante... Y no me imaginaba lo mal que se iban a poner las cosas.

Dejé de dar vueltas con la silla y abrí uno de los cajones de mi mesa entonces, levantando todos los papeles que había dentro para buscar las petacas llenas de vodka que había en el fondo. Fruncí el ceño cuando sólo encontré una, la que estaba casi vacía, apenas quedaban unas gotas en su interior. ¿Dónde estaba la otra? Juraría que tenía una petaca llena por si la otra se quedaba vacía, como era el caso ahora... ¡¿Cómo se supone que voy a trabajar en condiciones si no tengo alcohol en mi sistema?!

Mientras intentaba resolver el Misterioso Caso de la Petaca Perdida, nada más ni nada menos que Abi McDowell irrumpió de repente en mi despacho. La miré algo sorprendido al principio, y luego con la típica sonrisa que pongo al ver a una mujer hermosa delante de mí, sobre todo a una que conoCo tan bien. Permití que mi mirada se deslizase por todo su cuerpo, observando su atuendo de secretaria algo subido de tono. ¿Dónde puedo conseguir yo a una secretaria así?

Sin embargo, no tardé en notar que estaba algo tensa. No parecía nada contenta, así que la miré extrañado. Sonreí levemente ante su primer comentario y me llevé una mano al pecho.- Menos mal, pensaba que venías a romperme el corazón- dije con tono sarcástico.- ¿A qué se debe esta inesperada y grata visita, Abi?

Si pensaba que iba a tardar en averiguar que era lo que la traída por aquí, o que el asunto en particular era algo agradable, estaba muy pero que muy equivocado. Fruncí el ceño todavía más cuando dijo que tenía un restraso. ¿Un retraso? ¿Un retraso de qué? ¿Acaso tenía que entregar algo o que hacer algo y se había pasado de la fecha y venía a pedirme ayuda o qué? Estaba muy perdido.

Pero una bombilla se encendió sobre mi cabeza segundos antes de que Abi dijese aquella última frase, y de repente comprendí qué era a lo que se refería. Tenía un retraso enorme. ¿Estaba embarazada? Me quedé inmensamente sorprendido, pues jamás habría imaginado a Abi siendo madre, era una idea completamente descabellada y que parecía incluso antinatural. Alcé una ceja, sobre todo porque no entendía por qué venía a contarme esto a mí, y no al pobre desdichado que la ha ayudado a llamar a la cigüeña. Cuando me entere de quién es el afortunado le mandaré flores, sobre todo para que decoren su ataúd con ellas en el funeral, porque conociendo a Abi seguro que le mata.

Y entonces Abi soltó el bombazo. Al principio parecía que las palabras no quedaban registradas en mi mente, y no reaccioné de ninguna manera específica. ¿Mi culpa? ¡¿Cómo que mi culpa?! ¿No estará diciendo que el pobre desdichado al que le tengo que mandar flores para su funeral soy yo, verdad? No, no, eso no puede ser, seguro que lo he entendido mal. Tras un par de segundo solté una pequeña risotada.

-Ja... Ja... Ja.- reí con tono falso.- Muy buena, Abi. ¿Te has levantado en modo bromista hoy?

Sinceramente pensé que Abi estaba de coña. Eso fue hasta que vi su cara completamente seria y la expresión de sus ojos, y me di cuenta de que no estaba de coña. Parpadeé varias veces, como hacen en las películas cada vez que le sueltan un bombazo a uno de los personajes principales. No. No no no no. No, esto no podía ser. No puede ser. Tiene que haber un error. Me puse a hacer unos cálculos rápidos en mi mente, esperando encontrar pruebas para demostrar que el pobre desdichado era otro y no yo. Pero casi me mordí la lengua al darme cuenta de que no. Abi y yo lo habíamos hecho en el último mes. Y de qué manera...

Todo rastro de color se desvaneció de mi rostro, y mis ojos quedaron abiertos como platos. Por mi mente solamente pasó un sólo pensamiento: JOOOOOOODEEEEEEEERRRRRRR.

Había estado bebiendo los últimos contenidos de mi petaca cuando me había dado cuenta de lo que realmente me estaba queriendo decir Abi, así que me atraganté y tosí varias veces. No daba crédito a mis oídos ni a mis pensamientos. Aquello tenía que estar siendo una broma cruel, no puede ser de otro modo. Sentí como una hora de sudor resbalaba por mi frente. Me aflojé la corbata, sintiendo de pronto como que me ahogaba.

-Va-vaya...- fue lo único que fui capaz de balbucear en aquel momento. Respiré profundamente para mantener la calma. Estoy reaccionando peor que la primera y última vez que me ocurrió esto, hace ya dieciocho años. En aquel entonces me había quedado de piedra también pero había sonreído como un idiota, y una mujer cabreada había intentado matarme tirándome un caldero a la cabeza porque, según ella, eso era todo "culpa mía". ¡¿Por qué siempre me echan la culpa a mí?!- ¿Mi culpa? Querida, se necesitan dos para bailar un tango- dije entre dientes mientras la miraba a los ojos, y luego bajé mi mirada a su vientre, el cual apuntaba con su dedo. Sentía que me mareaba.- ¿Estás completamente segura de que no te estás quedando conmigo?- pregunté con tono algo desesperado. Seguro que mi cara en aquel momento estaba siendo tal poema que merecería la pena gastarme una broma solo por verme así.

Abrí de nuevo el cajón y busqué desesperadamente la petaca desaparecida. Cuando no la encontré busqué en más cajones, pero nada. Necesito. Alcohol. Ya.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Desmond D. Kowalewicz el Jue Feb 05, 2015 5:15 pm

Aún no se había hecho a la idea de con qué tipos de desgraciados estaba trabajando. Por suerte él era el jefe y no tenía que soportarlos, pues de tener que haberlo hecho hubiera acabado cogiendo uno de los archivadores donde almacenaban la documentación sobre casos de desmemorizados y hubiera golpeado a cada uno de sus compañeros con la tapa dura hasta abrirles la cabeza. Santo cielo, no podía creer que existiera aquel tipo de persona en el mundo. Pero claro que existía, y estaba en su departamento, bajo su supervisión. ¡Tenía que encargarse él de sus subnormalidades! No entendía que no pudiera contratar a un leprechaun con su simpático traje verde, su cabellera anaranjada, sus ojos saltones y su falta de alma. Él quería un leprechaun en la puerta de su despacho para que ninguno de sus empleados se atreviera a cruzar la puerta cada vez que se iba. Porque, digamos, que eso de pasar horas y horas sentado en un despacho no era su punto fuerte. Él prefería ir a visitar a Odiseo y lanzar un par de aviones de papel rumbo al Departamento de Misterios diciéndoles que una de sus cajas con contenido altamente peligroso había estallado.

Aquella mañana decidió que había tenido más que suficiente con sus empleados. Especialmente con uno. ¡Maldito mal nacido! Seguro que a su madre se le cayó de entre los brazos cuando lo acunaba y a eso se debía su retraso. ¿Qué tipo de loco contrataría a ese individuo en el Ministerio de Magia? Era una vergüenza como trabajador, una deshonra para la estirpe de los magos dedicados a la… Espera, ¿En qué departamento trabajaba? Bueno, a los magos que durante años habían trabajado en el mismo puesto que él. Ábrase visto tal hijo de puta en el mundo, hasta Quentin le odiaba, y eso que adoraba a todo el mundo que llevase traje con corbata por lo sencillo que le era comerse esta última prenda de los empleados.

Desmond estaba harto. Lo que había empezado el día que su padre había muerto y le habían obligado a trabajar en ese puesto por herencia, acabaría esa misma mañana. Acabaría con ese hijo de puta que le robaba la maría. Joder, con lo que ya le costaba a él conseguirla a precio amigo, lo que se reduce a visitar a su camello de confianza y llevarse un par de porros a medio hacer por el propio dueño para su propio uso y disfrute. ¡Tenía el plan perfecto! Claro que lo tenía.

Recientemente, tras la visita a su camello de confianza, le había contado su problema como si de un psicólogo porrero se tratara. Muy amablemente, Odiseo había aceptado a fabricar una poción. ¿Y qué hacía la poción? A nadie le importa. Sí, ni Odiseo ni Desmond tenían la más remota idea de lo que aquel brebaje hacía. Pues eso era a lo que se dedicaban, a mezclar ingredientes y ver lo que sucedía cuando lo probabas. De vez en cuando alguno de sus conejillos de indias acababa en San Mungo con rabo de mono o con los pulmones encharcados, pero eran gajes del oficio, los cuales tenían muy en cuenta a la hora de mejorar. En esta ocasión, su conejillo de indias sería Caleb, ese pequeño hijo de puta que le robaba la maría. Habrase visto hombre más desvergonzado sobre la faz de la tierra. Sufriría las consecuencias de robar porros.

Desmond, quien a pesar de ser Ravenclaw nunca había tenido muchas luces - salvo las que ponía por toda su casa y sobre los cuernos de Quentin en Navidad - había encontrado el plan perfecto para hacer que Caleb no volviera a tocar una de sus cosas. No le volvería a quitar ni porros, ni alcohol, ni ninguna sustancia estupefaciente que olvidara por algún rincón del departamento.

Sacó un pequeño frasco de color morado y lo situó sobre la mesa. Se giró sobre sí mismo y dio un par de pasos hasta llegar al armarito donde guardaba las bebidas para que se mantuviesen frescas cuando las necesitara. Un par de whiskys de fuego destacaban en su particular bodega para los días aburridos en la oficina, o los de celebración, o los de reflexión, o cualquier día, pues cualquier excusa era buena para dar un buen trago. Cogió las dos botellas de whisky de fuego y las abrió con sumo cuidado con ayuda de la varita, de manera que cuando saliese el corcho, no quedase signo alguno de que la botella había sido abierta previamente. Procedió con la primera de estas, deslizando el líquido morado por el interior de la botella y dejando la mitad del contenido en la botella. Puso el tapón nuevamente y movió el contenido para que se repartiera por toda la botella. Repitió lo mismo con la segunda botella y volvió a guardarlo en el armarito.

Suficiente. Ahora sólo tenía que esperar a que en un día no muy lejano el ladrón habitual de sus drogas particulares se colara en su despacho como solía hacer y se llevase una de las botellas para su uso particular. Porque sabía que era él, pero no tenía pruebas para comprobarlo. Ni pruebas ni ganas, ya que con la magia era todo muy sencillo. Incluso podría haber cerrado su despacho, pero él no tenía razones para hacer eso. ¡El que tenía razones para no robar lo que no era suyo era su empleado! Así que ahora pagaría por sus hurtos. Porque según la Santa Biblia robar es un pecado, y como él solía pasarse por las casas ajenas mendigando comida haciéndose pasar por Jesucristo, se tomaba muy en serio las partes de la Biblia que conocía. Que eran pocas.

Abrió la puerta del despacho cuando todo estaba hecho y se fue a ver a Odiseo. Pero antes, pasó por el despacho de Caleb y sin llamar a la puerta, abrió la puerta dándose cuenta que no estaba solo. Encima el muy cabrón ladrón de porros se traía  a las fulanas al despacho. Y fulanas de lujo, porque por la pinta de esa seguro que le habría costado bastante contratarla. Que desperdicio de hombre, con lo bien que estaría en Azkaban. – A ver tú, tonto del culo, me voy a por tabaco, no me esperes despierto. – Dijo con total naturalidad, pues él era tan natural como los yogures. – Y deja de traerte putas al trabajo, que luego los de la limpieza se quejan. – Y sin esperar a obtener respuesta y sin darse cuenta que conocía a la fulana, cerró la puerta y se fue a buscar a Odiseo para visitar el País de las Maravillas un rato.
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Abigail T. McDowell el Dom Feb 08, 2015 2:20 am

En aquel momento lo hubiera dado todo -hasta a mi posible hijo, imagináos cuánto lo quiero- por saber qué estaba pasando por la mente de Caleb. Por un momento lo tuve claro: se creía que era broma. ¡Como para creerse que esto es verdad! ¿Quién en su sano juicio querría a un maldito bebé de mocos pegajosos y de caca maloliente? Oh, por favor, si son todo desventajas. Pero no, yo no era una mujer bromista, mucho menos cuando se trata de algo tan serio como esto, algo que pone en riesgo mi integridad tanto física como emocional. Joder, estaba claro que si fuera broma, no podría bromear con ella ni de coña.

Hubiera deseado con todas mis ganas que aquello que le estuviera contando fuera broma, ya que ver esa cara de Caleb estaba siendo todo un poema. Pero no, no era broma y tenía que tomarme sus caras como eran, de puro pánico. Y es lógico, porque una noticia así es para pegarse un tiro. No sé como no me lo he pegado ya después de esta semana y media llena de incertidumbre.

¿Me ves cara de estar bromeando? —respondí irónicamente a su pregunta—. ¿De verdad crees que bromearía con algo así? —añadí, para que se contestara él solo a la pregunta, ya que repetir lo evidente me daba nauseas.

No, me daba asco, no nauseas. No iba a tener nauseas nunca.

Se había atragantado con la bebida, por lo que aproveché ese momento para apoyarme en la pared más cercana a la de él, al lado de su mesa. Me crucé de brazos y me mordisqueé, nerviosa, el dedo gordo. Cuando él habló, lo miré de reojo. Y seguía con lo de la broma… ¿acaso no me conocía? No era una chica especialmente bromista, querido, eso estaba más claro que el agua. Y no hacía falta más que mirar mi cara de angustia como para saber que era imposible que ni fingiendo pusiera esa cara por más de tres segundos. Además, con la cara que estaba poniendo él, si llega a ser broma ya hubiera explotado en el primer segundo por haber dado tan en el clavo con la supuesta “coña”.

Sí, Caleb, estoy completamente segura de que no estoy bromeando. Tengo cosas más importantes que hacer hoy como para desperdiciar el día gastándote una mierda de broma de mal gusto —dije soez, consciente de que estos días no había sido demasiado simpática con nadie por razones más que obvias.

En ese mismo momento, la puerta se abrió de repente. Era el jefe de Caleb, Desmond. Su cara me sonaba, pero debía de ser por lo increíblemente gilipollas que era, porque de otra cosa no me sonaba. Solté aire fuertemente por la boca cuando su jefe volvió a cerrar la puerta tras de él. La verdad es que estaba mucho más preocupada por si dentro de nueve meses iba a tener que asesinar a un recién nacido que porque un imbécil con olor a hierba me diga puta, un adjetivo que utiliza el noventa por ciento de los hombres con los que me acuesto y no vuelvo a mantener relación. La verdad es que teniendo en cuenta mi historial, un insulto así, para mí, es insignificante. Sobre todo viniendo de él.

Menudo gilipollas —fue lo único que dije. ¿Cómo es posible que ese tío sea jefe de departamento y alguien como Caleb un simple empleado? No tenía sentido.

Miré a Caleb nuevamente, con los brazos aun cruzados en mi pecho. Mi rostro era claramente confuso, pálido y lleno de angustia. Yo era una mujer fuerte, de eso no cabía la menor duda, había soportado de todo y más y aquí estaba, pero tenía veintiocho años, el amor no estaba en mi vocabulario, era una mujer soltera y el hecho de tener un hijo con un follaamigo no entraba en mis planes de futuro. De hecho, echaría abajo todos mis planes de futuro. Así que sí, sólo de imaginármelo, hacía que mi rostro de volviera incluso más pálido de lo que ya era y que me entrara un sudor frío y un pavor que eran inhumanos.

No sé por qué te lo he dicho —comenté— Quizás me venga mañana y te he metido miedo para nada, pero después de semana y media tenía que decírselo a alguien —¿Yo signos de debilidad? Pocos, pero nadie tiene una fortaleza inquebrantable y finalmente algo que realmente te afecta, termina por romperla por muy fuerte que sea. Y seamos sinceros, de entre mis personas de confianza, no se lo iba a decir a mi hermano Max, pues no podría decirme nada y seguro que hasta se emocionaba con la idea de tener un sobrino... Ni a Apolo, porque ya sabía lo que iba a decirme y no iba a gustarme… así que finalmente, da la casualidad de que la tercera persona en la que más confío coincide con el que tengo en frente ahora mismo con cara de querer morirse en esa misma silla en donde estaba.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Lun Feb 09, 2015 12:52 am

Como es lógico, lo primero que pensé de todo este asunto fue que Abi me estaba tomando el pelo. ¿Qué otra explicación había sino al hecho de que viniese a mi despacho de repente a decirme que creía que estaba embarazada? ¡Era inaudito, era imposible! Pero me aseguró, una y otra vez, que lo que me estaba contando era de verdad, que no me estaba tomando el pelo. Aquello sólo sirvió para que, durante unos largos y angustiosos instantes, quisiese que se abrirse la tierra en dos y me tragase entero. Desde luego, si Abi había venido aquí buscando consuelo no estaba encontrando mucho, que digamos, o al menos no por el momento.

-Joder...- mascullé llevándome las manos a la cabeza. Tenía los ojos abiertos como platos, pero en mi rostro no había rastro de enfado. La gran mayoría de los hombres se enfadaban cuando una de sus amantes o follamigas les soltaban un bombazo como aquel de repente, pero yo no reaccioné con enfado, sino con preocupación, reflejando en mi rostro un poco del mismo sentimiento que dominaba las facciones de Abi en aquel momento. Estaba muy preocupado, sí. Aquella no era la situación ideal. Tener un hijo no es un asunto que nadie se deba tomar a la ligera, era algo muy serio, era una responsabilidad enorme. Diecisiete años de paternidad ya me han enseñado esa lección de sobra. Encima, si esta ya era una situación difícil, todavía lo era más, pues conozco de sobra a Abi y se que nunca ha querido tener hijos. La miré, observando su rostro pálido y lleno de angustia. Nunca he visto a Abi así, y en el fondo me siento mal. Estoy completamente seguro de que en el fondo yo me lo estoy tomando mucho mejor que ella, aunque mi reacción inicial ha sido un desastre... ¡Pero como para no serlo!

Al principio no sabía bien como reaccionar, no sabía qué decir. Estaba completamente en blanco. Reinaba un silencio bastante incómodo entre Abi y yo, pero ese silencio fue interrumpido cuando mi jefe, el idiota de Desmond, entró en mi despacho de repente. Como siempre, de su boca no salieron más que estupideces, llegando incluso a llamar fulana a Abi por la cara. Puse los ojos en blanco, pero antes de poder mandarle a tomar por culo el tío ya se había marchado. Miré a Abi, a quién el insulto no parecía hacerle molestado lo más mínimo, pero sí que comentó que Desmond era un gilipollas.

-Ya te digo. Y tengo que aguantarle todos los días... Algún día me mandarán a Azkaban por asesinarle brutalmente- mascullé entre dientes. Seguía buscando mi petaca en los cajones, llegando casi incluso a desesperarme. Necesito alcohol urgentemente, pues lo que me había dicho Abi no dejaba cabida en mi interior para la tranquilidad. Pero no encontraba la petaca por ningún lado, así que me levanté de mi silla de repente y de manera casi brusca.- E-espera un segundo...

Salí del despacho y recorrí el corto pasillo hasta llegar al despacho más grande, el despacho del jefe. Entré sin preocuparme de que nadie me viese, y si lo hacían me daba absolutamente lo mismo. Esto era una emergencia. Fui a donde mi jefe guardaba siempre sus botellas, que era de donde a veces yo cogía alguna que otra botella. Hoy había dos, y cogí la primera que pude agarrar. Abrí la botella, que era de whisky de fuego, y cerré el armario antes de salir de nuevo del despacho, cerrando la puerta tras de mí. Le di un par de tragos grandes a la botella antes de llegar a mi despacho, donde me esperaba Abi. La botella aún estaba medio llena cuando la posé sobre la mesa.

-Lo siento, necesitaba esto...- me disculpé. Cerré los ojos y me pellizqué el puente de la nariz, intentando despejar mi mente y pensar. Joder, menudo lío... Un posible hijo con Abi McDowel, quién lo iba a decir... Había sido estúpido, entre ella y yo había tanta confianza que después de nuestro pequeño arrebato de pasión nos habíamos descuidado, y ahora estábamos en esta situación. No tenía no idea de qué se suponía que tenía que hacer. Aunque claro, la más afectada aquí era Abi... La prioridad era saber qué era lo que quería ella, claro. Abrí los ojos para hablarla, y me la encontré bebiendo grandes tragos de la botella que yo había traído... No me extraña que la pobre necesite un trago tan urgentemente como yo, es comprensible... Pero de repente di un respingo, y le quité la botella de las manos.- ¡Espera, no puedes beber eso!

Puse la botella sobre la mesa, pero Abi ya la había dejado casi completamente vacía.- ¡No sabemos si es verdad o si es una falsa alarma, pero no puedes beber alcohol, por si acaso!- exclamé, alarmado, y de repente me quedé de piedra tras darme cuenta de lo que acababa de pasar. El instinto paternal se había disparado dentro de mí, y aunque era cierto que no se aún si es una falsa alarma o no, no podía evitarlo. Suspiré, intentando calmarme. Esta situación era muy complicada.- Mira, no sé qué es lo que quieres hacer... Bueno, sí lo sé- me corregí, pues sabía que Abi no quería tener hijos ni en pintura, así que lo que quería era obvio.- Y quiero decirte que te apoyaré en todo, ¿de acuerdo?- dije con calma, poniendo mis manos en los brazos de Abi con gesto tranquilizador.- Pero te recuerdo que yo ya he pasado por esto hace muchos años, y... Y si resulta que sí que estás embarazada, y no le quieres, yo me lo quedo. Yo le cuido, no tengo ningún problema- la aseguré, aunque me sentía de todo menos seguro. Sí, me va a traer mil problemas. A Zack no le hará ninguna gracia y probablemente me mate, y todo esto va a complicar severamente la relación que estoy intentando retornar con todas mis fuerzas con Alyss. Pero si Abi va a tener un hijo mío no pienso abandonarlo, jamás.

Pensé entonces en todo aquello desde un punto de vista más cómico, y no pude evitar reírme por lo bajo.- Madre mía, imagínate nuestros genes mezclados...- reí nerviosamente, y me imaginé al crío (si es que sí que existía) dentro de varios años. Por alguna razón me imaginé a una niña igual que Abi, pero con mis ojos. Conociendo nuestro carácter, seguro que nos sale una chica capaz de destripar a alguien a la vez que se pinta la uñas de manera impecable.- ¡Seguro que dará más miedo que nuestro jefe!- bromeé, intentando tomármelo todo de una manera más positiva.

Sentí un ligero mareo de pronto, y fruncí el ceño. Creo que he bebido demasiado rápido.- Joder, puto whisky...- mascullé entre dientes.
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Abigail T. McDowell el Mar Feb 10, 2015 2:27 am

El primer día lo había pasado normal. El segundo día, una ligera incertidumbre de pesimismo se implantó en mi interior. El tercer y cuarto día, me estaba tirando de los pelos. El quinto pensé que iba a ser el último día de mi vida tal cual la conocía. El sexto y el séptimo intenté buscar lógica alguna al retraso sin ser el embarazo. Lo siguientes días he vivido histérica en el baño con la única necesidad de que me baje la regla de una vez por todas. Normalmente aceptaba la realidad por muy mala que fuera, pero en aquel momento no podía. Hubiera sido mucho más fácil hacerme una prueba de embarazo, pensaréis… Sí, lo hubiera sido. ¿Pero quién es el valiente que mira después de un minuto si da positivo o negativo? Probablemente de estar yo sola, cogería eso y lo tiraría a la papelera sin mirarlo. Sin duda alguna, para estas cosas, valiente yo no era. Era la más cobarde de todas.

Finalmente Caleb optó por entrar en razón y darse cuenta de que yo no bromearía con un tema tan delicado como lo es este. Su actitud, reacia a creerse nada, pareció desaparecer después de eso. Su rostro se volvió impasible y casi ausente, pero yo estaba demasiado ocupada pensando en qué decir o hacer como para darme cuenta de los detalles de su cara de pánico. Él no dijo nada más, ninguna pregunta ni ningún comentario y yo tampoco lo hice. Sobraban palabras después de: “tengo un retraso”, pues todo estaba más claro que el agua. Y todo era tan puta mierda y ambos éramos conscientes de eso que no sabíamos ni qué decir.

Por suerte aquel silencio lo rompió el jefe de Caleb, haciendo una inútil aparición en dónde informaba a Caleb de que, básicamente, iba a irse para no volver. Puse los ojos en blanco y no le di más importancia a su visita. Eso sí, aproveché el momento para romper el silencio que se había formado, hablando de lo gilipollas que era su jefe. Él estaba de acuerdo conmigo, pero aún así seguía estando inquieto, ya que se le notaba tanto en sus movimientos como en su voz. Lo conocía suficiente como para ver cuándo estaba realmente incómodo.  

Lo demostró cuando de repente se levantó de su silla, a lo cual yo me sobresalté al tener la mirada perdida en un lugar cualquiera. Salió por la puerta y, tras dos o tres minutos en dónde me paseé de manera intranquila por su despacho, volvió, bebiendo de una botella de whisky. Me gusta tu estilo, Caleb. Ya decía yo que a mí me faltaba un buen relajante para todo este estrés acumulado. ¿Cómo no se me había ocurrido hundirme en alcohol? Observé como dejaba la botella en la mesa y no tardé en dirigirme a ella y beber un gran sorbo de su contenido. Era whisky, uno de mis favoritos. Sentí como me quemaba la garganta y bajaba por todo mi cuerpo. No me sentía mejor, ni de lejos. Era imposible que unas simples gotas de alcohol pudieran evadirme del enorme problema que tenía encima. Y era todavía más frustrante ser consciente de que ni siquiera eso, lo que normalmente me libraba de todo, pudiera liberarme por unos segundos. Esto me dejaba claro que no era una simple decisión. Era la decisión; algo que marcaría un antes y un después.

Sentí como un tirón me quitaba la botella de las manos y yo simplemente cedí. Ni por un momento me di cuenta de las repercusiones que podría tener el beber alcohol en el caso de estar embarazada de verdad. Por un momento me sentí más indefensa que nunca. Si estaba embarazada, ¿qué iba a hacer durante esos nueve meses aparte de matar inconscientemente a mi hijo no nato?

Joder… —murmuré por lo bajo, volviéndome a cruzar de brazos, ya que era la pose en la que menos me movería. Porque cuando estoy nerviosa, tiendo a moverme por todos lados y ser un culo inquieto que no para quieta en ningún lugar. De repente se preguntó a sí mismo que qué quería hacer yo. Me estaba poniendo nerviosa—. ¡Aún no he tenido a ningún niño y yo ya lo estoy emborrachando! ¡No sé absolutamente nada! ¡No quiero pasarme nueve meses embarazada de algo que no quiero! —exclamé al ver que se preguntaba que qué quería hacer yo. ¡Yo no quiero hacer nada! Absolutamente nada. Quería que me bajara la regla y que aquello solamente fuera un susto de mal gusto de la madre naturaleza, como escarmiento por no usar la protección suficiente y tomarme demasiadas confianzas. No quería tener que pasar nueve meses hinchada por culpa de un maldito bebé que ni siquiera quiero. No quería nada de esto. Todo era una mierda.

No obstante, las palabras de Caleb consiguieron tranquilizarme. ¿Lo suficiente? Ni de lejos. Pero por lo menos era consciente de que ya no estaba sola. De que si realmente estaba embarazada, no iba a tener que estar sola frente al peligro. ¿Cómo era posible que una persona como Caleb pudiera tener tantas caras ocultas? Era impresionante como podía sorprenderme aun pensando que conocía suficiente a una persona. Primero tenía una increíble vena sádica, perversa ante cualquier crueldad que le pasara por la cabeza. Luego, una insaciable y seductora faceta pasional y atractiva, esa que realmente te hace plantearte la pregunta de que si alguien como él sería capaz de formar una familia. Era mi favorita. Y luego esta que me está mostrando, un rostro cargado de preocupación y sentido paternal que hasta a mí. A MÍ, me tranquiliza. Se está ofreciendo incluso a cuidar él solo a un niño; a su hijo. Se me hacía raro verlo así, pero a la vez me daba cuenta de que estaba siendo increíblemente bueno conmigo y por lo que estaba pasando. Si llega a ser otra persona con la que hubiera estado, teniendo en cuenta como son todos con los que me acuesto, ¿qué hubieran hecho? Decirme que es de otro, desatenderse del problema y… morir. Porque a mí nadie me da la espalda porque le reviento el ano con un Avada Kedavra y prefiero decirle a mi hijo que su padre está muerto a que es un cabrón imbécil que le abandona. Y eso es así.

No podía quejarme, sin duda alguna, en el caso de que aquella pesadilla fuera real. Cualquier niño que naciera tendría a la peor madre del mundo pero a un padre ejemplar. Ante su ofrecimiento, aparté la mirada de sus ojos y la bajé a su pecho, perdiéndola allí. Me era imposible imaginarlo. Nunca me había pasado algo parecido y es que siempre me preocupaba de tomar las medidas necesarias para no tener que preocuparme por esto.

No sé que hacer, Caleb. ¿De verdad me ves sobreviviendo a nueve meses embarazada? —le pregunté—. No hace falta pensar demasiado la respuesta… —añadí al final, acercándome a dónde estaba la botella que en un momento nos habíamos casi terminado y pasando mi mano por la boquilla lentamente. No la cogí, sino que la miré pensativa. estaba claro que no, no iba a sobrevivir a esa agonía. Ni sola ni acompañada.

Luego, el tono de Caleb me hizo girarme para mirarle. Su comentario me hizo sonreír, porque en realidad tenía razón. Además, puestos a vivir una pesadilla, por lo menos meterle humor, ya que si no podría morirme del asco durante el camino.

Saldría un crío adorable y lo sabes —negué con la cabeza, intentando no tomármelo en serio por lo menos durante unos minutos. Entre lo atractivo que era él y lo buena que estaba yo, saldría un crío perfecto. Y algo sádico, también.

Fue entonces cuando casi por inercia, al sentir un pequeño mareo, me senté en uno de los sillones que tenía Caleb. Espero por Merlín que sea un mareo normal, de haber bebido muy rápido y no ningún otro tipo de mareo relacionado, por ejemplo, no sé, con EL PUTO EMBARAZO. Casi me da un ataque al corazón allí, ya que cada síntoma extraño en mi cuerpo lo relacionaba con lo peor. Pero por suerte y por su comentario, a él también le había pasado algo por el estilo.

¿Estaría mala la bebida? —pregunté. ¿El Whisky se pone malo? Nunca he llegado a comprobarlo porque me lo bebo todo demasiado rápido—. ¿De dónde lo has sacado? —luego sonreí y negué con la cabeza. ¿Desde cuándo somos tan viejos para no soportar una bebida así? Parece irónico...

Me alargué un poco y cogí la botella, llevándomela a la nariz para oler su contenido. Parecía estar bien. Aunque no tenía ni idea de a lo que olería un whisky en mal estado… Volví a dejar la botella en la mesa y apoyé mi espalda en el sillón, cruzándome de piernas, ya que hoy había optado por un traje con una falda bastante sugerente y corta y si no me sentaba adecuadamente se me veía hasta el alma. Bueno, el alma no, porque yo no tengo alma -por eso de ser pelirroja-.

Entonces… —me llevé una mano a la cabeza, ya que de repente me encontraba un tanto extraña, tanto que cerré los ojos al sentir que la vista se me nublaba— …¿qué hago... espero o me hago un test? —le pregunté.

O la noticia era tan boom y estaba en una situación tan tensa que el alcohol me sentó hasta mal en vez de tranquilizarme, o realmente algo iba mal.
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Caleb Dankworth el Jue Feb 12, 2015 7:26 am

Para evitar entrar en un ataque de histeria debido a la noticia que me había traído Abi de manera tan inesperada salí corriendo a robarle algo de alcohol al idiota de mi jefe. No era la primera vez que lo hacía, y si el tipo se daba cuenta de que de vez en cuando le robada las botellas y los porros me da lo mismo. Me lo merezco después de tirarme aquí horas trabajando sin parar mientras que él no hace nada y lo único que hace es perder el tiempo en el puesto que su padre le heredó. ¡¿Desde cuando se heredan puestos en el Ministerio?! Es absurdo. Que se hereden las presidencias de las empresas privadas me parece muchísimo más normal, porque eso es algo que pertenece a ellos, al igual que yo he heredado toda la fortuna y las tierras de los Dankworth porque es algo que pertenece a la familia, ¿pero un puesto en el Ministerio? Hay cosas que nunca llegaré a comprender en esta vida, y a veces tengo que usar todo mi autocontrol para no lanzarle un Avada Kedavra y darle de lleno. Me bebí media botella cuando volví a mi despacho, y me apresuré a quitársela a Abi después de pillarla bebiendo de ella. ¡El alcohol podía tener efectos desastrosos en los embarazos! Y vale que me acabo de enterar, y que si este embarazo es de verdad desde luego no es la situación ideal, pero no puedo reprimir unos instintos que están grabados en lo más profundo de mi ser. Hay cuatro cosas que jamás podré dejar de ser: un sociópata sádico y retorcido, un ligón sin remedio, un eterno enamorado, y un padre extremadamente protector. Y si Abi está embarazada entonces ese niño lleva mi sangre, y tengo que cuidarle de todo mal. Cada célula de mi cuerpo me pide a gritos que lo haga.

-Tranquila Abi, no te preocupes, es normal que no sepas qué es lo que es malo y lo que no lo es para tu embarazo- me apresuré a intentar animarla después de que relaciono así. Puse la botella sobre la mesa y la hablé con delicadeza, posando mis manos en sus hombros en un gesto amistoso y tranquilizante. No quería que se alterase, eso también podría ser muy malo. Se estaba poniendo muy nerviosa, y admitió que no quería al niño si es que existía, y dijo que no sabría como sobrevivir a nueve meses así. Suspiré, sintiéndome de repente emocionalmente agotado a causa de esta difícil situación, pero tenía que permanecer tranquilo y con actitud segura, por el propio bien de Abi.- Yo te voy a ayudar en todo, te lo juro. No tienes que preocuparte de nada, yo estoy aquí contigo- la aseguré, hablándola como nunca la había hablado en mi vida. Esta es una faceta mía que ella jamás ha visto. En realidad, muy pocas personas han visto esta faceta mis, la protectora y cariñosa y preocupada y familiar. Cualquier persona que me hubiese visto con mi hijo conocía aquella faceta, sobre todo cuando Zack era más pequeño y yo me había visto enfrentando el reto de criarle solo. También había sido así con Rose, y con Alyss, y con mis hermanos cuando éramos jóvenes.

Sorprendí a Abi y también me sorprendí a mí mismo cuando le dije que si no quería al crío, yo me lo quedaría y le cuidaría solo. No era ninguna mentira, estaba dispuesto a hacerlo. Si Abi estaba embarazada, ese niño era mi hijo. Un Dankworth. No pienso ser uno de esos capullos que salen corriendo y desaparecen en cuanto accidentes como estos pasan y dejan abandonados a sus hijos y a las madres a su suerte. A mis ojos, ese tipo de hombres eran lo peor de lo peor. Yo soy capaz de asesinar a sangre fría a quién sea y no sentir ningún remordimiento, pero soy incapaz de darle la espalda a un hijo mío, o a cualquier persona de mi familia. Hace años, cuando Rose se quedó embarazada en Hogwarts, la pobre había estado asustada de que la abandonase después de eso, pero nunca hice nada parecido. La quería, me casé con ella y tuvimos a nuestro hijo. Este caso es diferente, pues no yo estoy enamorado de Abi ni ella de mí, pero como amiga la quiero mucho y no pienso dejar que sufra esto ella sola. Incluso si la embarazada hubiese resultado ser cualquier rollo de una sola noche de la cual no me acordaba ni del nombre no la dejaría sola con el crío, me haría cargo. Soy así, y no puedo cambiar.

Ya he criado a un hijo yo sólo durante diez años, puedo hacerlo otra vez. Puedo permitírmelo, aunque la situación es muy diferente. A Zack no tuve que criarle yo sólo cuando era un bebé, sólo a partir de los diez años. Criar a un bebé estando solo debe de ser una pesadilla, pero me creo capaz de hacerlo en caso de que Abi no quiera tener nada que ver con él. A veces me sorprendo conmigo mismo. Tan malvado y frío para algunas cosas, y luego tan sentimental para otras que hasta parezco tonto. Es como si dentro de mi cuerpo viviesen personas completamente distintas.

Abi me confesó que no sabía qué hacer, aunque no había que ser un genio para averiguar eso. Estaba clarísimo que no lo quería, pero estaba tan asustada por todo el asunto que no sabía como reaccionar. Creo que es la única vez que he visto a Abi verdaderamente vulnerable. Incluso cuando salimos medio muertos de la pelea con los Aurores en el bar estaba más segura que ahora. Puse mis manos a ambos lados de su rostro, elevándolo un poco con cuidado para que su mirada quedase fijaba directamente en la mía. Intenté borrar todo rastro de nerviosismo de mis ojos para dar la sensación de seguridad que ella necesitaba en estos momentos, y a decir verdad, ni siquiera sé de donde saqué el valor para ello.

-Tú puedes con todo- dije, teniendo plena confianza en ella. Abi era una mujer increíblemente fuerte, y no va la he visto fallando en nada. Ha podido superar todos los obstáculos que se le han interpuesto en el camino y superará este.- Y voy a cuidar de ti. Si al final resulta que esto no es una falsa alarma yo voy a estar aquí contigo todos estos meses. Mira, si al final resulta que sí que estás embarazada puedes mudarte a mi mansión, al cuarto que te de la gana, y tendrás a todo el servicio a tu disposición y no te faltará absolutamente de nada... Sé que todo esto es nuevo y te dará miedo, pero yo ya he pasado por esto, se lo que tengo que hacer y lo que tienes que hacer tú... y ya te lo he dicho, si quieres que me lo quede yo me lo quedo. Y si después cambias de idea puedes verle cuando quieras, se hará todo como tú quieras- me estaba portando como un corderito manso, poniéndole todo fácil a Abi. Pero es que en el fondo me sentía mal, pues la verdad es que sí que es en parte mi culpa, y soy responsable. Sé que si al final no es una falsa alarma me estoy metiendo en un lío de cuidado. Para empezar, tener un hijo con una amante en vez de con una esposa o novia es muy complicado, pero eso no es lo peor. Tenía pavor de cómo iba a reaccionar Zack. Seguro que echaría pestes contra mí. De pequeño siempre nos pedía a su madre y a mí que le diésemos un hermanito o hermanita, pero eso jamás sucedió, y estoy seguro de que si ahora aparezco y le digo que va a tener un medio hermano cuya madre es una amiga a la que me tiró de vez en cuando y de la que no siquiera estoy enamorado, se va a enfadar y mucho. Pero no puedo pensar en eso ahora, llegaría a ese problema cuando sea el momento. Ahora había que centrarse en otras cosas.

No pude evitar enfocarme entonces en el lado cómico de la situación, y eso era que mezclar mis genes con los de Abi podría resultar en una completa bomba nuclear. No sólo porque el crío saldría guapísimo, porque de eso no había duda, sino porque iba a estar mal de la cabeza seguro. Zack no salió tan retorcido como yo porque su madre no estaba loca, pero a saber qué les pasa a mis genes sádicos mezclados con la maldad de Abi. Porque es mala, de eso no hay ninguna duda. Reí por lo bajo ante el comentario de Abi.- Sí, sería adorable, pero probablemente también sería un sociópata que mataría gatitos por diversión. ¿O es que acaso no nos conoces?- pregunté retóricamente y con tono burlón, señalándonos a ambos con mi mano. No somos unos santos, para nada.

Sentí un mareo de repente, y me quejé. Pensaba que me había emborrachado con el whisky o algo, y de repente Abi se mareó también y se sentó en uno de los sillones del despacho. La miré con el ceño fruncido, preguntándome qué habría pasado. Ella preguntó que si el whisky estaba malo.- No creo- dije cogiendo la botella y examinándola.- La he cogido del despacho de mi jefe, siempre le robo cosas... Y hoy verdaderamente lo necesitaba- resoplé. Menudo día...

Abi no tenía buen aspecto de repente, y me preocupé, así que me acerqué a ella y me agaché frente a ella en el sillón. Parecía que estaba realmente mareada, y también parecía preocupada por eso. Me preguntó que qué debería hacer.

-Pues...- murmuré, dudando.- Bueno, hay que salir de dudas. Tienes que hacerte un test cuanto antes. Puedes usar uno Muggle, son de fiar, aunque cuando estaba en Hogwarts y a Rose le pasó lo mismo que a ti hicimos una poción muy sencilla que te da los resultados inmediatamente...- comenté.- En cualquier caso, lo mejor es no esperar. Si estas embarazada necesitas atenciones, cuidados... Y si no lo estas necesitas saberlo para continuar con tu vida tranquilamente- dije con una pequeña sonrisa reconfortante.

Miré a su vientre entonces, que estaba tan plano como entonces. Cuando Rose estaba embarazada me pasaba horas con las manos en su vientre, intentando sentir al bebé dentro de ella, pero está vez no movía ni un sólo dedo. No quería incomodar a Abi.

Fue entonces cuando fui víctima de un mareo terrible. Me quejé, llevándome las manos a la cabeza, y caí hacia atrás, de modo que caí de culo y quedé sentado en el suelo de una manera muy cómica. Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo como que me iba a explotar de repente. Gruñí entre dientes, y comencé a sentir un horrible cosquilleo por todo el cuerpo, como si estuviese cubierto en miles de hormigas. La cabeza me daba miles y miles de vueltas a mil kilómetros por hora, y parecía que estaban estallando cohetes dentro de mi cabeza. Cerré los ojos con fuerza. El mareo de intensificó...

...y de pronto todo se volvió de color negro.

No veía ni oía ni sentía nada. Cuando volví a mi sentidos apenas unos segundos habían pasado. Sentía un leve mareo todavía, pero todas las demás sensaciones desagradables habían desaparecido tan rápido como habían llegado. ¿Qué demonios había pasado?

No fue hasta entonces que comencé a notar los cambios... Tenía frío en las piernas, estaban descubiertas. La ropa me apretaba por alguna razón, sobre todo alrededor de la cadera, la cintura, y el pecho. Me sentí como... encogido. Como si hubiese reducido mi tamaño. Pero eso era imposible, era absurdo... Y luego sentí otro cambio que me costó más notar, pero cuando lo hice se dispararon todas las alarmas. No había nada ahí abajo. Faltaba algo.

Abrí los ojos. Me desorienté, pues lo que vi era el lado opuesto del despacho que el que había visto al cerrar los ojos. Entonces me di cuenta de que estaba sentado en un sillón en vez de en el suelo, el sillón donde antes había estado Abi... Y llevaba puesto un vestido.

Bajé la mirada, hacia el suelo. Lo que vi casi me hizo gritar.

¡Ahí estaba yo, tirado en el suelo donde había caído de culo durante el mareo! Pero si yo estoy en el suelo, y a la vez estoy en la silla... Bajé mi mirada y recorrí con ella mi cuerpo. O al menos, el que parecía que era mi cuerpo en aquel momento. Lo que encontré me dejó tan impresionado que de haber podido habría gritado de tal forma que se me habría escuchado hasta en Plutón, pero me había quedado mudo.

Lentamente crucé mi mirada con la mía... Es decir con la que supuestamente era mía, pues estaba mirando a mis propios ojos como si mirase a un espejo. Sólo que yo no era él, y él no era yo, pero a la vez él era yo y yo era yo.

-¡¿Pero qué cojones?!- exclamé de repente, pegando un brinco en el sillón. Me quedé de piedra entonces. La voz que había salido de mi boca no era la mía, sino que era la voz de Abi.

Sentía el pánico llenándome poco a poco por dentro. Parecía un bomba a punto de estallar.
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Abigail T. McDowell el Vie Feb 13, 2015 3:38 am

Sus palabras, en un grado bastante bajo, pero por lo menos ya era más que nada, me tranquilizaban. Eso de que no iba a tener que preocuparme por nada… ¿Qué pasa con hincharme? ¿Qué pasa con las nauseas? ¿Con los posibles vómitos? ¿Con el malestar? ¿Con mi vejiga inútil que no aguantará ni tres minutos el tener ganas otra vez de hacer pis? ¿Él cubrirá mis antojos de embarazada gorda y lunática? ¿De verdad que no tenía que preocuparme POR NADA? ¿De verdad creía que estaba tranquila pensando que iba a tener que dejar todo lo que tengo? ¿Mi cuerpo? ¿Mi jodido perfecto e invidiable cuerpo? ¡Iba a perderlo para siempre! ¿Cambiar mi ropa por ropa horrenda de premamá? De verdad… ¿Cómo podía si quiera buscar algo bueno de aquello? Si estuviera enamorada de verdad, quizás podría plantearme la opción de que aquello fuera algo bueno y no un puto desastre. Pero no. No lo estaba. ¡Estaba claro que no lo estaba! Soy una maldita maceta de sentimientos. Mi puto grado de sentimentalismo es similar al de una puta piedra insensible.  Al de un palo. ¡Al de un palo rancio! ¿Yo, amor? Ni a mi supuesto hijo le tengo amor, mucho menos a un hombre. Caleb era lo más cercano a un hombre al que le he cogido cariño de verdad, no iba a negarlo, pero había un buen trecho a lo que sentía por él a por lo que debería sentir por el padre de mi odioso hijo. De verdad, de verdad que no podía buscar nada bueno. Lo único es que por lo menos mi hijo va a llevar un apellido decente y será rico.

Fue entonces cuando me dio ese momento de bajona. ¿Veis? Ya estaba hasta bipolar… ¿qué síntoma iba a ser el próximo? No obstante, él no dudó en volver a apoyarme, ofreciéndomelo todo. Pero todo, ¿eh? Por decir, me había ofrecido hasta quedarme en su casa. Sería muy incómodo, demasiado incómodo, increíblemente incómodo, pero me lo había ofrecido. Era increíble. Él era increíble. ¿Podría haber elegido mejor al padre inconscientemente? Lo dudaba muchísimo. Cualquier otro… no quería ni imaginarme lo que me podría haber tocado de no haber sido él. Si me lo imagino, probablemente me quede peor de como ya estoy.

Solté aire profundamente ante sus palabras. Estaba agradecida; extremadamente agradecida. Si tuviera que pensar algún momento en mi vida en el que me sintiera más agradecida, sería imposible encontrarlo. Nunca, absolutamente nunca antes, nadie había hecho tanto por mí. Caleb no lo había hecho todavía, sólo lo estaba diciendo y era consciente de ello, pero lo conocía bastante como para saber que no rompía su palabra y que, en cierta manera, no nos traicionaríamos así de ninguna manera. Sólo con eso, él ya me había dado más que absolutamente nadie.

Le miré a los ojos con una mirada tremendamente agradecida. ¿Sabéis esa mirada que suelo tener? Una mirada normal, una mirada que suele reflejar seriedad y picardía en mismo grado. Ahora mismo no. Mi mirada brillaba y mis ojos, desgraciadamente, reflejaban vulnerabilidad, por lo que poseía probablemente un rostro que sería muy difícil verme en ningún otro momento. Odiaba sentirme así, pero por lo menos estaba con alguien de confianza.

Gracias Caleb —le dije, curvando una pequeña sonrisa (una sonrisa muy mona que ni parecía mía)— Esto va a ser una mierda, pero por lo menos consigues que no quiera suicidarme —medio bromeé. Porque en aquella situación no podía tomarme las cosas tan a broma porque luego me hacía ilusiones en vano—. En el caso de que no sea un falsa alarma y realmente tenga que lidiar toda mi vida con un hijo… —tragué saliva, indecisa por lo que iba a decir. Finalmente, decidí no decirlo. Tenía miedo hasta de decirlo. Negué con la cabeza— Da igual. No quiero ni pensarlo hasta estar segura. —Concluí, acercándome a él para darle un pequeño abrazo. Era un gracias no verbal, ya que repetirlo no me era suficiente. No era yo mucho de abrazos, la verdad… ¿A quién narices le daba yo abrazos? A mi hermano estaba claro, a ese pobre chico lo tengo hasta las narices de tanto abrazo… Pero ya está.

Entonces me separé de él y Caleb no dudó en buscarle la parte cómica a la situación. A ver, si realmente es una falsa alarma, aquello iba a ser increíblemente cómico, tanto que iba a estar riéndome toda mi puta vida. De eso no cabía ninguna duda. Así mismo, si no es una falsa alarma… quizás no me haga tanta gracia hasta que me acostumbre. Luego me terminaré riendo de esta situación, porque la verdad es que vista desde fuera tenía que ser increíble. ¿Quién no se reiría después de ver a un padre con un hijo y su follaamiga suelta de faldas preocupados por tener un hijo? Sin duda alguna es una escena digna de ser grabada para la posteridad.  

Intentó corregirme con lo de que nuestro niño a parte de adorable sería sociópata. Yo volví a curvar una sonrisa, aunque mucho más perversa que la de hace unos segundos.

Eso es adorable. —dije encogiéndome de hombro a lo de los gatitos. Los gatitos nunca han merecido vivir— Esperemos que no salga con tu instinto torturador y tu amor por hacer explotar cabezas y mi fobia por la sangre, porque entonces tendremos a un hijo frustrado de por vida —amplié una sonrisa en una pequeña risa, negando con la cabeza y con la mirada. Ya no sabía ni qué pensar.

Tras un leve mareo que al parecer fue mutuo, yo decidí sentarme en el sillón. Me había cruzado de piernas y estaba recostada hacia atrás en busca de tranquilizarme y volver a ser persona. No pensé que iba a estresarme tanto al contárselo, pero sin duda alguna había salido mejor de lo que me esperaba. Sólo hacía falta que todo esto pasara, tranquilizarnos los dos y ya todo habría pasado. Aunque antes de tranquilizarnos por completo, le pregunté que qué debía de hacer ahora. Su respuesta fue más que evidente, por lo que lo primero que haría desde que saliera del trabajo sería hacerme esa mierda… Compraría uno muggle, porque mi arte por las pociones brillaba por su ausencia.

Me lo haré cuando salga del trabajo... —le dije Caleb. Pero realmente no le dije nada más, no porque no tuviera que decirle, realmente podría acribillarle a preguntas en aquel mismo momento, sino porque no pude.

Un dolor atroz de cabeza me invadió y mi mirada perdió el equilibrio por culpa de un mareo. Sentí como todo se movía psicodélicamente a mi alrededor, de una manera molesta, como si estuviera drogada, fumada e increíblemente ebria. Cogí aire profundamente y cerré los ojos para evitar que aquello siguiera volviéndome loca. La sensación de mi cabeza era similar a que me estuvieran martilleando cada rincón de ella con un pico, por lo que llevé mi mano a mis ojos y apreté levemente mis párpados con los dedos, frunciendo el ceño. O más bien, frunciendo todo el rostro en una sensación puramente desagradable. El dolor aumentó de repente y, cuando parecía que me iba a estallar la cabeza, simplemente desapareció.

Solté entonces el aire que había cogido y me sentí mucho más liberada. No sólo a la hora de soltar el aire, sino también a la hora de sentir mi vientre contraerse. Normalmente tendría más oposición teniendo en cuenta la ropa tan ceñida que llevo, pero en este caso estaba tan libre como el viento. Me sentía mucho más acalorada, menos mi trasero, eso estaba terriblemente frío y sentado sobre algo muy duro. ¿Acaso no estaba sentada en un sillón? Abrí los ojos lentamente y ahí me vi, sentada en el sillón tranquilamente. Todo está bien.

Fue entonces. Al momento, casi al segundo y medio, cuando me di cuenta de que no. Aquello no estaba bien. Mi otro yo pareció darse cuenta también de que aquello era ilógico, ya que mi rostro, ¿o sería, su rostro? denotaba pura sorpresa. El mío también, el mío debía de ser una novela de arte dramático porque yo ya no daba para disgustos. Me levanté del golpe ante aquella situación, casi cayéndome al resbalarme con aquellos zapatos. ¿Qué clases de zapatos son esos y porqué poseen suelas cien por cien deslizantes, puto vago? ¡Levanta los pies al caminar y ponle resistencia a esto! Nada más levantarme del todo y erguirme, miré a la Abi que estaba sentada, esa que acababa de exclamar sorprendida lo mismo que yo estaba pensando.

No puede ser… —dije, aunque mi voz sonó mucho más grave de lo normal. Era la voz de Caleb. Joder, ¿estaba en el puto cuerpo de Caleb?— No puede ser… —me llevé una mano a la cintura y otra a la frente, caminando por en medio de su despacho de una manera muy femeninamente disgustada— ¡Joder! ¿¡Qué narices es esto!? —Sentía como pesaba mucho más, como veía todo desde una perspectiva más alta -ya que yo medía uno cincuenta y cinco- y, sobre todo, oh, vamos si lo sentía… ¿Cómo es posible que puedan vivir con esa cosa ahí colgando? ¡Madre mía, qué incomodidad! ¿No han pensado en sujetarlo para que no se mueva tanto? Simplemente me quedé quieta, ya que no quería sentirlo. No, me daba hasta grima sentirlo. Me llevé la mano al rostro y me lo froté varias veces, despejando mi mente, intentando que aquello por favor de verdad fuera simplemente una broma de mal gusto o, mejor, una puta pesadilla. ¿Qué tal empezar el día de nuevo y me suicido nada más empezarlo?

Miré a Abi. O sea, a mí. O sea… ¿A Caleb? Joder, ya no sé ni a quién cojones estoy mirando. Respiré profundamente, intentando calmarme. Debía calmarme porque si no iba a darme un infarto.

¿Eres Caleb, no? —pregunté, por si acaso. Con la suerte que teníamos a lo mejor era Voldemort el que estaba en mi cuerpo, dispuesto a tener él el hijo y así tener puta descendencia, porque con lo feo que es ni haciendo Imperio a la gente lo consigue—. ¿Qué narices nos ha pasado? ¿Por qué cojones estoy en tu cuerpo? ¿Por qué coño nos sale todo tan mal? ¿No podíamos tener sexo y ya está? ¡No, tenemos que tener un hijo y encima cambiarnos los cuerpos! —exclamé, claramente afectada por la situación. No sabía él, pero yo no estaba nada cómoda en mi nuevo cuerpo. Era todo distinto, absolutamente todo. Hasta me sentía rara a la hora de simplemente moverme—. Y, lo más importante, ¿por qué no te pones putos calzoncillos que te sujeten mejor el pene, tío? ¡Es puto incómodo! ¡Se mueve demasiado!

Fue entonces cuando yo, inconscientemente, le busqué la parte divertida a la situación. No pasaron ni tres segundos hasta que empecé a reírme, tirándome en el sillón de al lado de Caleb. Cuando me estreso en situaciones tan extremas tengo la mala manía de reírme. Me río, porque es que no había otra maldita cosa que hacer. Inconscientemente, me senté recta, afeminada y me crucé de piernas como una mujer. No obstante, me apreté el pene de Caleb -qué mal suena eso…- y por inercia tuve que volver a abrir las piernas.

Tío… —lo miré sin saber ni cómo mirarle. ¿Me río por estrés? ¿Me río por no llorar? ¿No me río porque no tiene puta gracia?— Creo que necesito matar a alguien.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Feb 13, 2015 9:14 am

Estaba intentando de todas las maneras que se me ocurrían hacer la situación menos complicada para Abi. No hay muchas cosas que pueda hacer, la parte dura del embarazo de la va a llevar ella entera, pero al menos yo podría hacer algo para hacer que aquellos meses, si es que llegaban a estar llenos de los dramas de los embarazos, fuesen más cómodos. No era la situación ideal, pero en el fondo estaba agradecido de que esto hubiese pasado con Abi en vez de con cualquier otra mujer con la que me había acostado en el pasado por diversión. Dudo mucho que hubiese decidido ofrecerle mi casa a cualquier otra mujer, pero de Abi me fui, es mi amiga y estoy cómodo en su compañía. Si ella no estaba cómoda pues ya buscaría cualquier otra manera de estar pendiente de ella y asegurarme de que estaba bien atendida. Además, con Abi se que no estoy siendo engañado de una manera descomunal. Las otras mujeres habrían venido a sacarme cantidades gigantescas de dinero o a intentar que les pudiese un anillo en el dedo... para después sacarme el dinero. Conozco el tipo de mujeres con el que me he estado juntando en los últimos años, pero Abi, aunque bastante sinvergüenza, es distinta a ellas. Si viene a contarme que cree que está embarazada no es para sacarme un cheque con seis ceros en él como mínimo, sino que viene para buscar una solución que sea la mejor y para que la apoye. Por lo tanto me siento cómodo haciendo todo esto por ella (o al menos teniendo la intención de hacerlo). Vamos, a otras mujeres que se quedasen embarazadas con mi hijo no las echaría a la calle, las cuidaría también por el bienestar del crío, pero no me pondría tan nervioso como lo estoy con Abi.

Abi me dio las gracias con una pequeña sonrisa, y yo se la devolví.- No tienes que dármelas.- Abi intentó entonces decir algo sobre qué pasaría si al final todo aquello resultaba no ser una falsa alarma, pero no llegó a poder decirlo. Esta situación no está siendo fácil, así que no me sorprendía que Abi se bloquease. Intenté imaginarme el futuro si resultaba que Abi estaba de verdad embarazada, y aquello fue una experiencia extraña. Nuestras vidas darían un giro de ciento ochenta grados y a saber qué consecuencias tendría aquello, tanto buenas como malas. Pero, al igual que se dice que no sirve de nada derramar sobre la leche derramada, tampoco sirve de nada llorar sobre la que todavía no se ha derramado, y por el momento no sabemos si el embarazo es de verdad o no. Podría ser una falsa alarma, y entonces todo volvería a la normalidad y esto sólo sería una experiencia interesante y divertida que recordar por siempre.

Abi me sorprendió dándome un abrazo, y se lo devolví. Se notaba que estaba un poco tensa, como si estuviese sorprendida de estar dándome un abrazo. Para mí era algo un poco más natural, pues aunque ahora no los doy tanto (sólo a Zack cuando se deja y cuando a mí me apetece hacer lo que todo padre debe hacer siempre que puede y hacerle pasar vergüenza) estoy muy acostumbrado a mostrar mucho afecto por la gente que había en mi entorno más cercano.

Como en todas las situaciones del mundo, fuesen lo malas que fuesen, había cabida para bromas. Abi pensaba que un hijo sociopata y asesino de gatitos sería adorable, lo cual me hizo reír por lo bajo. Por mí que maten a todos los gatos que quieran, soy alérgico a los gatos...- Tienes razón, sería adorable- asentí. Luego reí ante lo que dijo Abi a continuación.- ¡Eso sería una fórmula para el desastre! Pero ningún Dankworth le teme a la sangre- dije con orgullo por mi vena sádica a la hora de desatar mi lado más oscuro.- Está en nuestras venas- dije, refiriéndome al gen del sadismo, y justo entonces me di cuenta de que eso había soñado a chiste terriblemente malo sin que yo hubiese tenido ninguna intención de que lo fuese. Hice una mueca.- Ignora eso último.

Abi dijo que iría a hacerse el test nada más salir del trabajo, y asentí levemente sin saber muy bien qué añadir. Le diría que me avisase de los resultados en cuanto los tuviese, pero eso era obvio, así que no tenía sentido decirlo. Fue entonces cuando ambos nos mareamos a la vez. Abi se sentó en el sillón y yo caí al suelo. Sufrimos aquel horrible dolor de cabeza, todo se volvió negro, y en cuanto abrimos los ojos nos encontramos con la mayor sorpresa de nuestras vidas.

Nos habíamos cambiado de cuerpo. Abi estaba en mi cuerpo, y yo estaba en el de ella. No sabía por que no cómo había sucedido eso, pero no pude pensar en nada durante varios segundos pues me había quedado paralizado. Esto debía de estar siendo un sueño, no hay otra explicación... Un sueño de muy mal gusto. Sólo fui capaz de exclamar con indignación y confusión, pero el único efecto que tuvo fue empeorar las cosas, pues mi voz era la voz de Abi.

Me quedé sentado en el sillón mientras Abi (de repente era raro pensar en ella como Abi, o incluso pensar en ella en femenino, dado que estaba en mi cuerpo, que era masculino y encima era como estar en un espejo. Me costaba no pensar en ella como si estuviese pensando en mi mismo en primera persona) se levantaba del suelo, casi matándose en el proceso pues se resbaló con los zapatos. ¡Oh, vamos, son los zapatos más cómodos y mejores del mundo! ¡Son italianos!

Yo hablé, o Abi habló, pero metida en mi cuerpo... ¡Joder, qué lío! Me sorprendió tanto escucharla hablar en mi cuerpo, con mi voz, como me había sorprendido oírme a mí mismo hablando con su voz... Espera, ¿esa es mi voz? Sueno diferente a como me oigo a mí mismo. Abi me miró con cara de no poder creer lo que estaba pasando (vamos, la cara que cualquier persona normal pondría en este caso) y me preguntó que si era yo. La miré con incredulidad.

-¡¿Quién voy a ser si no, Santa Claus?!- exclamé, histérico. Mi voz (bueno, la voz de Abi) sonó súper aguda, pues no estoy acostumbrado a hablar en esos tonos y lo había subido más de lo necesario. Carraspeé, tratando de sonar más grave.- ¡Pues claro que soy yo!

Observé a Abi moviéndose en mi cuerpo por mi despacho, y la manera en la que caminaba moviendo el culo y cruzando ligeramente las piernas (que es súper sexy cuando está en su propio cuerpo, donde pertenece) era tan jodida mente hay que era doloroso de mirar, y casi me puse a llorar al ver a mi cuerdo en ese estado. Ver la manera en la que Abi actuaba tan afeminadamente en mi cuerpo me hizo que yo me diese cuenta de que yo estaba haciendo precisamente lo contrario. Estaba sentado en el sillón despatarrado con las piernas abiertas, y por culpa del vestido corto de Abi, que era más corto que cualquiera de mis camisas, se me veía hasta el alma. Junté las piernas, pero no me senté de manera más femenina para nada. Jamás en mi vida había estado tan incómodo... Y no sentir absolutamente nada ahí abajo me estaba haciendo ponerme muy nervioso, pues los instintos masculinos de protección del miembro de uno mismo se me estaban disparando al sentir que no estaba ahí. Ahora la que tenía puesto mi pene era Abi... Cerré los ojos y no sabía sí reír o llorar al pensar en aquello. La miré. Parecía tan incómoda como yo.

Entonces Abi empezó a hacer mil preguntas a las que no tenía ninguna respuesta, ¡ya desearía yo tenerlas! La miré con una expresión que claramente dejaba ver que no tenía no puta idea, exactamente igual que ella, pero no dije nada. La última pregunta que hizo, sin embargo, sí que podía contestarla.

-¡Porque si me pongo algo más prieto me molesta! ¡Y separa las piernas, no las cruces como si fueses una drag queen! - exclamé increíblemente ofendido.- ¡Tendrías que estar agradecida de que no me he puesto nada más apretado! Y la pregunta es...- dije mientras me movía incómodo sobre el sillón- ¡¿por qué no te pones tú ropa más suelta! ¡No puedo respirar dentro de este maldito vestido!- era verdad, sentía como que el vestido era una segunda piel imposible de quitar, y sentía como si mi pecho estuviese metido en una prisión. Me di cuenta entonces de que era por culpa del sujetador. Dios mío, ¿cómo pueden andar por la vida con estos dos bultos aquí plantados? ¡¿Cómo se mueven?! ¡No lo entiendo!- ¡¿Y qué es esto?! ¡¿Cómo podéis soportar esto puesto todo el día?!- protesté, llevándome las manos a la espalda y sintiendo el broche del sujetador a través de la ajustada tela del vestido.

Y eso no es lo peor. No, lo peor era otra cosa, y puse una mueca mientras miraba a Abi con un gesto miserable. Mira que desde el punto de vista de los hombres las mujeres siempre se visten súper sexys y queda todo muy bonito, sobre todo a la hora de quitárselo, pero ahora que estoy en el cuerpo de una mujer esto no me está gustando nada.- ¿Por qué mierdas tengo una cuerda metida por el culo?- pregunté enormemente fastidiado, sintiendo como algo me rozaba; era una sensación horrible. Entonces me di cuenta de que Abi probablemente llevaba puesto un tanga para que su ropa interior no se notase mucho bajo el apretado vestido. Al darme cuenta de aquello casi me hecho a llorar... Llevaba puesto un tanga, quién me lo iba a decir... Sentía que por momentos mi dignidad se escapaba por la ventana a mares.

Miré a Abi con incredulidad cuando empezó a reírse. ¿Cómo puede reírse en un momento como este? ¡Esto es una tragedia! Abi se sentó en el sillón que había al lado del que yo estaba sentado, y mi mueca se acentuó cuando vi cómo se estaba sentando. Si en este momento alguien entraba por la puerta iba a perder toda mi dignidad...

-¿Me lo dices o me lo cuentas?- pregunté retóricamente con tono de voz falsamente suave cuando dijo que necesitaba matar a alguien. Yo estaba en la misma situación.- Yo si pudiese volaría por los aires medio Lond...- no llegué a terminar la frase, pues en aquel momento decidí levantarme para librarme de la incómoda sensación que me provocaba la ropa interior que llevaba puesta al estar sentado. Aquello acabó en desastre, pues el problema era que Abi no sólo se había puesto el vestido más zorrón e incómodo que había pillado ese día en su armario, sino que además se había puesto unos tacones de vértigo. ¿El resultado? Pues el obvio, que fue que en un segundo había tropezado, había perdido el equilibrio, y había caído de bruces al suelo de la manera menos digna del mundo.

Gruñí desde el suelo, luchando con todas mis fuerzas para no ponerme a tener un berrinche digno de un niño de dos años. Me agarré con una mano a la mesa y me apoyé en ella, haciendo un gran esfuerzo para ponerme en pie. Al estar sobre esos tacones estuve a punto de caer al suelo otra vez, pero esta vez de culo. Conseguí mantenerme en pie, pero a duras penas. Mis piernas temblaban y no conseguía mantener el equilibrio sobre aquellos tacones de vértigo.

-¡¿Qué clase de instrumento de tortura es este?!- con unos rápidos movimientos me quité los tacones, quedando descalzo sobre el suelo. Aquello hizo que descendiese muchísimo de altura, y eso que con los tacones ya era más bajo que mi altura de verdad, pues Abi es unos cuarenta centímetros más baja que yo. Me sentía como un enano; no había sido de esta altura desde los once o doce años. Me sentía magullado por el golpe que me había dado a caerme. Me dolían especialmente los pies, y también la tripa pero eso era por lo mal que me había encontrado justo antes de ser transportado de alguna misteriosa manera al cuerpo de Abi...

Había cerrado los ojos durante un segundo, pero de repente los abrí de par en par. Nunca jamás había habido tanto horror y pánico juntos dentro de mi mirada. Todo color desapareció de mi rostro (bueno, mío por el momento, pues era de Abi), dándome aspecto de cadáver casi. Coloqué una mano sobre mi vientre, el vientre de Abi... Dentro del cual estaba probablemente el niño del que hablábamos antes.

"No me jodas..." casi lloré en mi mente.

-Espera... si yo estoy en tu cuerpo, y lo único que conservo mío ahora mío es mi espíritu, así que yo soy tú...- comencé a decir, intentando desarrollar mis ideas. Cada segundo que pasaba habría que me sintiese peor.- ¡¿Significa eso que estoy embarazado?!- exclamé con un chillido de puro horror que no era nada característico de mí, ¡pero a ver que clase de persona conseguía reaccionar mejor que yo estando en la misma situación! No, no, no, no, no. No. Me niego.- ¡Joder Abi! ¡¿Qué pasa si sí que estás embarazada?! ¡El que está ahora preñado soy yo! ¡¿Y qué pasa si este cambio es permanente y me pongo así para siempre?! ¡¿Y SI TENGO QUE PASAR POR EL PARTO?! - exclamé con más horror que nunca en mi vida. Abi había conseguido ver un pequeño lado cómico de las cosas y ponerse a reír, pero yo no podía. Tal vez en cualquier otra ocasión sí, pero en esta no...

Fui a coger la botella de whisky para beber un trago, pero me detuve antes de hacerlo. No me detuve porque pensase que Abi no podía beber, así que ahora yo tampoco, sino porque me di cuenta de una cosa. Esto había ocurrido después de sentir el malestar, el cual nos había ocurrido tanto a Abi como a mí, y eso nos había pasado después de beber ambos de la botella...

No hizo falta atar muchos cabos. La respuesta estaba tan clara como el agua cristalina de un charco. Posé la botella de nuevo con tanta fuerza sobre la mesa que fue un milagro que no se rompiese.

-¡DESMOND!- bramé con tanta furia que mi voz, incluso siendo femenina, pareció sacudir el edificio entero hasta los cimientos. Creía saber ya quien están detrás de todo esto...
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Mar Feb 17, 2015 4:14 am

Ya había pasado lo más difícil en el caso de estar realmente embarazada: decírselo al padre. Sabiendo lo sádico que era y lo paranoica que podría llegar a volverme en el caso de que fuera verdad lo del embarazo, creo que podría llegar a convencerle de que me mate a medio camino para hacernos un favor a ambos. Ni de lejos estaba más segura de todo aquello, pues me seguía pareciendo increíblemente angustioso sólo el hecho de pensar en engordar y criar vida en mi vientre. No obstante, por el momento me sentía con cierto apoyo en mis hombros, de tal manera que no toda la responsabilidad y la preocupación caía sobre mí. Tendría a alguien con quién echarme a llorar -o, en su defecto, matar a alguien, que es más de mi estilo- cuando saliera positivo o negativo. Ya que puede ser tanto como premio como para desahogarme. En definitiva, el hecho de habérselo contado me había librado de una buena preocupación que tenía encima, ya que aparte de tener la incertidumbre del embarazo, también la tenía sobre cómo iba a reaccionar el padre. Que a fin de cuentas… era igual de importante. Sobre todo para mí, que era la que estaba acarreando con todo.

Después del tema importante, conseguimos incluso bromear con aquello. No era una broma tronchante, pero por lo menos llegamos a sonreír, algo insólito en una situación en dónde lo único que quería era arrancarme el útero. Lo cierto era es que un hijo con Caleb posiblemente fuera la mejor combinación que podría haber elegido. Él es inteligente, divertido, increíblemente atractivo y sobre todo, buena persona con aquellos más cercanos a él. Por lo que por muy psicópata que saliera, iba a ser adorable.

Sólo espero que si hay algo aquí dentro, salga a tu familia —dije tras darme un leve golpecito en el vientre. Sin duda alguna si salía a la familia McDowell iba a ser una mierda. No lo decía por lo de la hemofobia, algo que solamente tenía yo y absolutamente nadie más de la familia que conocía. Si no por cómo era mi madre… mi abuela era la admirable, pero todas los demás familiares eran casi tan insoportables como mi madre. No conocí a mi padre biológico nunca, por lo que no tengo ni idea de cómo era ni él ni su familia. Por lo que a riesgos de que sean como mi madre… esperaba fervientemente que saliera tan perfecto como un Dankworth. ¿Acaso podía pedir más para mi descendencia?

Aclaramos los del test y me apunté en mi agenda mental hacerme con uno nada más salir del Ministerio para poder salir de dudas de una vez por todas. Ahora tendría a alguien a quién informar de los resultados, algo que sin duda me hacía falta.

Por suerte, o no sé si por desgracia, dejamos de hablar de ese tema… ¿Por qué? Bueno, pues porque estábamos más ocupados acostumbrándonos al cuerpo del otro. No tenía ni pajolera idea de cómo había pasado eso, pero sin duda alguna aquello no tenía ni puta gracia. Miles no, trillones de preguntas se me agolparon en la cabeza en una milésima de segundo. ¿Aquello era permanente? ¿Era solamente durante un rato? ¿Durante un día? ¿Durante un mes? ¿Por qué su pene se mueve tanto? ¿Por qué me siento tan pesada? ¿Por qué utiliza zapatos que resbalan tanto? ¿Ha sido culpa de la bebida, o ha sido culpa de otra cosa ajena a eso? ¿Qué nos habíamos intercambiado, el alma? ¿Seguía estando yo embarazada y pariría yo en el cuerpo de Caleb? ¿O sólo estaba mi “espíritu” en su cuerpo y mi cuerpo es el que sigue embarazado? Eso no tenía puto sentido, pero en aquel momento no podía pensar en absolutamente nada que tuviera sentido. En aquel momento tenía tantas preocupaciones en mi mente que mi cabeza ya no sabía ni qué pensar. En aquel momento estaba tan atareada intentando buscar un pequeño resquicio de tranquilidad en mi mente para no caer abatida allí mismo que se había quedado prácticamente en blanco. Tan en blanco que la pregunta que le hice a Caleb parecía incluso obvia.

Observé cómo mi cuerpo estaba despatarrado sobre el sillón y cómo se me veía hasta el alma. Lo miré con rostro cabreado, frunciendo el ceño. Le señalé con la mano y me sentí tremendamente extraña al ver en primer plano una mano totalmente masculina señalándome a lo que sería yo.

¿Quieres cerrarte de piernas, cojones? ¡¿No ves que se me ve todo?! —me llevé una mano a la frente y acto seguido me quité la chaqueta que tenía encima. Era muy calurosa y no entendía cómo los hombres podían aguantar todo un día en el Ministerio con eso puesto. La dejé sobre la silla en dónde me había sentado y luego me senté, preocupándome en no arrugarla.

Empecé a soltar tremenda lluvia de preguntas que si me la llegan a preguntar a mí, no me hubiera dado tiempo a responder a ninguna. Realmente no buscaba respuestas inmediatas, simplemente comprensión. Fue bastante divertido, o por lo menos me hizo reír, cuando Caleb sólo me respondió a la última pregunta, aludiendo después a mi forma de sentarme. Por pura inercia aparté las piernas y me senté normal, porque hasta a mí se me hacía raro verme así sentada con unas piernas tan masculinas en frente.

¡Deja de quejarte! ¡Esa ropa apenas aprieta y el sujetador es una prenda que os encanta! ¡Ahora ya sabes lo que sufrimos las mujeres! —le pegué un golpe a su mano cuando lo llevó al broche trasero del sujetador, por si acaso se le ocurriese quitárselo— Ni se te ocurra quitártelo. Si yo tengo que soportar tu cosa volando ahí debajo, tú soportas eso —medio amenacé a Caleb con los ojos entrecerrados. No podía, no podía amenazarme a mí misma. Se me hacía casi más raro verme a mí en tercera persona que intentar acostumbrarme a Caleb. Aquello era tremendamente surrealista. Aquello no podía estar pasando, tenía que ser una alucinación…

Apoyé mis codos en mis rodillas y me sujeté la cabeza con las manos, intentando pensar a qué podía deberse aquello. ¿A qué narices se debía aquello? A lo mejor estábamos bajo los efectos de alguna poción alucinógena, de tal manera que simplemente estoy tan fumada que creo que esto está pasando. Pero no, de estar fumados sentiría que todo mi alrededor se mueve psicodélicamente y probablemente ya hubiera visto algún unicornio.

¡Se llama tanga! ¡También os encanta, te he visto quitármelos con la boca, así que no te quejes por eso tampoco! —le dije a Caleb, el cual estaba quejándose por cada una de las cosas de las que llevaba puesta. Era normal, lo que llevamos las mujeres son prendas demasiadas complicadas para el cuerpo masculino, o por lo menos para lo que están acostumbrados.

Entonces me dio tremendo ataque de risa digno de haberme pegado un buen bofetón para despertar. O por lo menos de haber sido al revés, yo se lo hubiera dado a Caleb -si no llega a estar en mi cuerpo, claro, soy demasiado mona para pegarme a mí misma-. ¿Sabéis ese punto de estrés en dónde no sabes si llorar o reír? Yo era más de reír -ya que rara vez he llorado en mi vida, creo que hace más de diez años que no lloro-, ya que está comprobado que te hace desestresarte más. En aquella ocasión no lo consiguió mucho, pero sin duda era una ocasión para reírse.

Caleb cayó de bruces por culpa de los tacones y le medio ayudé a levantarse antes de que se los quitara, haciendo que mi cuerpo se quedase tremendamente bajito. Ahora que tenía una altura increíblemente superior a la que normalmente estaba acostumbrada me daba cuenta de que en realidad yo era un puto hobbit camuflado en una tía tremendamente buena. ¿Pero me habéis visto? Cuándo se repartió la puta altura en mi generación se olvidaron de mí y me quedé en el puto metro cincuenta y cinco. La me desapareció cuando mi cuerpo se cayó al suelo y todavía más cuando Caleb comenzó a volverse loco con el tema del embarazo otra vez. ¡Claro, como ahora tienes que parir tú ya no es tan buena idea, ¿no?! Pero no le iba a decir eso, porque estaba claro que él tenía tanto miedo como yo. Y yo por lo menos, ya había pasado ese pánico del principio.

Caleb, tranquilízate —le dije, de tal manera que parecía que iba a decirle alguna frase sabia o solución eficaz que nos sacase de esta. Pero no. No tenía ninguna frase sabia ni ninguna solución eficaz, ahora mismo sólo era una mujer presa en el cuerpo de un hombre sin ningún tipo de motivación por la vida. Sólo quería matar a alguien para sentirme bien— Si este cambio es permanente, te haré el favor de matarte si tú me dejas suicidarme —curvé una sonrisa y negué con la cabeza, pasándome una mano por el rostro para dejarme de gilipolleces. Después de tantas cosas serias una ya no puede permanecer con tanta mierda encima y permanecer serena— Este puto cambio no va a ser para siempre. Es imposible que nada nos haya afectado de tal manera que esto sea permanente, es imposible —repetí una y otra vez, tanto para mí, como para él.

Mi mente se había perdido en las posibilidades de que aquello fuera permanente de verdad, enumerando cada una de las preguntas que pasaban por mi cabeza. Era increíble la cantidad de contras que se oponían al único pro que encontraba: que era rica y poseía una mansión. Todo lo demás era increíblemente horrible. No obstante no me dio tiempo de pensar mucho más, ya que un fuerte golpe en la mesa me hizo mirar a Caleb, además de un grito que sonó altísimo. Creo que acaba de sacar mayor rendimiento a mi voz en un segundo que yo en diez años.

¿Desmond? —pregunté, poniendo los ojos en blanco— Joder... Cogiste la botella de su despacho… —até cabos yo, porque obviamente no me había quedado tan claro como a él en tan poco tiempo— ¿Por qué razón iba a tener Desmond en su propio despacho una botella con una mierda como esta dentro? ¿Para tomársela él? ¡No tiene sentido! ¡Ningún puto sentido! —le dije a Caleb.

Miré el reloj que había en un pared y mis ojos se abrieron como platos, de tal manera que Caleb pudo haberse dado cuenta de que algo pasaba. Aún tenía tiempo, pero no demasiado, por lo que sí queríamos estar seguro de lo que nos pasaba y arreglarlo íbamos a tener que ser rápidos.

Llámale, pregúntale. ¡Haz algo! Tiene que haber sido eso porque no hemos compartido nada más aquí dentro y si tenía esa mierda a lo mejor tiene algo que lo cancele, no lo sé —le meto prisa, de tal manera que me siento más en el borde de la silla con algo de nervios encima. Tantos nervios que había empezado incluso a mover la pierna inconscientemente, aunque no tardé en parar, ya que de tanto moverla, el más mínimo movimiento de su pene ya me daba grima. Era como tener un gusano gigante colgando— Sólo te digo que tengo que asistir como jurado a los juicios de las diez y media y son las diez. No puedo faltar. Y por el bien de ambos mejor que lo haga desde mi propio cuerpo.
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Caleb Dankworth el Sáb Mar 07, 2015 8:31 am

El día había empezado un poco mal a causa del notición que Abi trajo con ella, pero parecía que todo había quedado solucionado. Se iría a hacer el test nada más salir del trabajo. Si no estaba embarazada pues perfecto, y si lo estaba habíamos quedado en que yo me encargaría. Seré un grandísimo hijo de puta, pero solo cuando se trata de matar y torturar a gente y romper corazones de mujeres casi desconocidas. En lo demás soy el perfecto caballero, y el perfecto padre. En pocas cosas en mi vida me había esmerado tanto como en ser un buen padre, y tengo que decir que creo que con Zack hice un buen trabajo. Si Abi está embarazada no haré menos con nuestro hijo o hija. No le faltará absolutamente nada... Pero mejor que ese no sea el caso. Mejor que todo sea una falsísima alarma y todo se quede en un gran susto. En esto soy muy tradicional y moñas, y creo que los hijos deberían nacer de una relación seria, no de una noche loca de follamigos que son dos completos psicópatas que no saben cómo no meterse en líos y que desde luego consideran tener un retoño juntos mas como un castigo divino que como una bendición. Pero en fin, si pasa pasa, y si no pasa pues no pasa, fin de la historia.

Parecía entonces que todo se había solucionado... ¡Ay, qué ingenuos éramos! Aquello no había hecho más que empezar. Fue en un abrir y cerrar de ojos, sufrimos un mareo, la visión se oscureció durante unos segundos, tuvimos un dolor de cabeza... ¡y voilá! Abrimos los ojos y, sorpresa sorpresa, nos habíamos cambiado de cuerpo. Si no hubiese visto cosas de lo más extrañas en mi vida me habría convencido de que estaba soñando, o de que me había fumado algo que me había sentado muy mal, o que todo el alcohol que había ingerido en la última década por fin había decidido hacer efecto en mis neuronas y me estaba jugando una muy mala pasada. Pero no, aquello era real. Abi estaba metida en mi cuerpo y yo estaba metido en el cuerpo de Abi, y no había pasado antes por una experiencia peor en mi vida.

Casi no podía enumerar la cantidad de cosas que me incomodaban. La estatura pequeña, el vestido fortísimo y prieto, la sensación de estar desnudo, la falta de atributos entre la piernas, los zapatos, el pelo, el maquillaje, el sujetador, el roce del tanga... ¡Todo! ¡Dios, ¿cómo pueden las mueres vivir con esas torturas?! Son unas benditas santas, está comprobado... O no, a lo mejor era todo lo contrario. A lo mejor eran unas psicopatías desquiciadas que daban miedo y eran altamente peligrosas por culpa de todo esto que tienen que soportar, y eso las hace ser tan agresivas de vez en cuando con nosotros casi sin razón alguna. Sí, sería eso...

Me quejé de todo, como si tuviese cinco años, pero es que si no me quejaba no sabía qué hacer. No podía quedarme callado, y Abi tampoco se callaba en cuanto a sus propias quejas. Ambos nos quejamos de la forma que tenía cada uno de sentarse en el cuerpo del otro. Abi me estaba haciendo parecer gay, y yo a ella la estaba haciendo parecer una puta tirada de esquina de barrio bajo. Nos quejamos de las quejas del otro. Si seguíamos así no íbamos a llegar a ninguna parte.

-No, perdona, no nos gustan los sujetadores. Los sujetadores nos gustan cuando están desabrochados y tirados en el suelo- la corregí, e hice una mueca cuando me dio un manotazo cuando me llevé la mano a la espalda, al broche.- ¡¿Pero para qué os ponéis esto?! ¡Menuda prenda más inútil, ¿qué propósito tiene además de incordiar?!- exclamé. Tuve también quejas sobre el tanga, obviamente, y Abi replicó con mas quejas.- Sí sí, me encantan y te los he quitado con la boca... ¡Pero tú te estás quejando de mi pene! ¡¿Quieres que te refresque la memoria y te recuerde cuantas veces has tenido tú eso metido en tu boca, querida?!- repliqué con tono sarcástico. Aquí a cada uno lo suyo.- ¡Así que chitón!

Acabar de morros en el suelo no me hizo ni puta gracia, pero era de esperar con aquellos zapatos puestos. Lo dicho, son instrumentos de tortura. ¡Y pensar que los tacones fueron inventados para que los usasen los hombres al principio! Pero tacones normales, anchos y más bajos y cómodos, no estos pinchitos que parecen tener más altura que el monte Everest. Abi me ayudó a levantarme, y casi me dio tortícolis mirando hacia arriba para mirar a los ojos a Abi metida en mi cuerpo. ¿Tan bajita es ella? ¿Y tan alto soy yo? Joder, qué diferente se ve el mundo desde aquí abajo, es una perspectiva completamente diferente.

Al igual que a Abi antes le había dado un ataque de risa de repente como reacción a lo que estaba pasando, a mí me dio un ataque de histeria. ¡Mal, todo estaba saliendo mal! ¡¿Qué mierda de día estaba siendo este?! No es posible que a alguien le pasen tantas cosas en menos de media hora. Primero me entero de que supuestamente voy a volver a ser padre por accidente, y ahora estoy atrapado en el cuerpo de una mujer. ¿Qué será lo siguiente, que me embarguen la mansión y los terrenos? ¿Que me entere de que soy adoptado y en realidad soy un sangre sucia hijo de hippies americanos? No sé qué sería peor, la verdad, pero estaría a la altura de lo que estaba pasando este día. Esto debe de ser un mal caso de karma, por todas las maldades que hemos hecho Abi y yo.

Abi me dijo que me calmara, y se ofreció a matarme si aquello resultaba ser permanente, con la condición de que la dejase suicidarse. La fulminé con la mirada.- ¡Encima de que te has llevado la parte buena de esta broma de mal gusto! Ser yo no tiene absolutamente nada malo. ¡Nada! ¡Y antes de matarme me devuelves mi dinero, porque me merezco una vacaciones en las Fiji durante al menos tres meses!

Entonces, entre pensamiento y pensamiento, se me encendió la bombilla de la cabeza y creí dc rubia quien andaba detrás de esta broma pesada... Bramé el nombre de mi jefe con tanta furia y en un tono tan alto que dudo que incluso la propia Abi haya conseguido grita así en su vida, y si lo ha hecho desde luego yo no la he oído ni espero oírla nunca, pues tener a una mujer así de enfadada tan cerca era muy peligroso. Al principio Abi pareció confundida con el hecho de que yo gritase el nombre de mi estúpido jefe, pero al final ató cabos, aunque no le encontró ningún sentido a que la botella con esa especie de poción raras tuviese en su despacho.- No conoces a Desmond, es un descerebrado con media neurona todavía funcional. Siempre tiene drogas en los cajones del despacho, se la robo de vez en cuando, pero nunca había drogado una botella de alcohol... Pero con lo loco que está le habrá metido alguna mierda, y a saber qué. Quién sabe, a lo mejor el sueño de su vida es ser transexual y luego se iba a beber la botella con alguna tipeja, vete tú a saber...- mascullé ente dientes. Me le cargo,Mauro que me le cargo. Siempre había querido agarrarle del pescuezo desde que vino a trabajar aquí ocupando el puesto de su padre, y deseaba retorcérselo como a un pollo.- Me lo cargo, te lo juro que me lo cargo...

Abi miró la hora en el reloj y parecía que la estaba dando un patatús. Seguro que tenía que estar en algún sitio, y era difícil presentarse a lugares donde tenías que estar cuando no estás en tu propio cuerpo. Me dijo que teníamos que buscar a Demond y preguntarle o hacer algo, y fruncí el ceño. ¡Es mucho más fácil decirlo que hacerlo! Demond no estaba en la oficina, había dicho que había salido a por tabaco, pero siempre que decía eso desaparecía durante una hora o dos y nadie sabía donde se metía. No se sí llegaremos a encontrarle, y la cosa de volvió peor cuando Abi me dijo que tenía que estar en media hora en los juzgados. La miré con expresión de horror. ¡Joder! En tan poco tiempo dudo que consigamos en antídoto, y en caso de que llegue la hora de trabajar y estemos todavía en este estado no se que vamos a hacer. Lo más lógico sería admitir lo que ha pasado, ya que no podíamos pedí el día libre debido a la importancia de los trabajos que teníamos que realizar hoy. Pero estamos en el mundo mágico, donde literalmente cualquier cosa puede pasar, así que podríamos ir y decir que hemos ingerido una poción por accidente y estamos en distintos cuerpos y la gente lo entendería... Pero, como al igual que el resto de la población mundial somos un poco orgullosos e idiotas, no íbamos a admitir la verdad ante nadie. ¡Aquello sería un horror!

-Y yo tengo que modificarle la memoria a un grupo entero de Muggles que van a traer en supuestamente veinte minutos- mascullé con fastidio.- Venga, vamos a buscarle rápido mientras sigamos teniendo tiempo...

Salimos de la oficina y nos pusimos en marcha para buscar al imbécil de mi jefe. Sobra decir que aquello fue un vesdadero espectáculo, y nos ganamos las miradas de más de uno que nos cruzamos por los pasillos del ministerio durante nuestra búsqueda. Era normal que nos mirasen con cara rara, pues inconscientemente Abi estaba caminando de una manera extremadamente afeminada, poniendo el culo en pompa, cruzando las piernas y meneando las caderas, mientras que yo era la definición de "falta total de gracia" del diccionario de la RAE. Las piernas separadas en vez de cruzadas, pisadas fuertes y violentas, pasos rápidos, cabeza ligeramente inclinada... ¡Y los tacones! Lo peor eran los tacones. Y el vestido. Sentía que se me subía cada vez más con cada nuevo movimiento, provocándome una sensación horrible en las piernas, y los tacones me estaban matando pues tras cada dos pasos se me doblaban los tobillos y me hacían tropezar y casi caer de la manera con menos gracia del mundo.

-¡¿Y tú que miras?!- le espeté agresivamente a un becario al que no había visto en mi vida, apartándole del canino cuando nos le cruzamos. El pobre chico casi saltó del susto y se apresuró a marcharse rápidamente de aquel pasillo.

Fuimos al despacho de un tal Odiseo, el mejor amigo de Desmond. Esperaba poder encontrármelo allí y que nos diese el antídoto, pero parecía ser que ambos hombres se habían marchado ya. Maldije por lo bajo y miré a Abi. No teníamos tiempo de seguir buscándoles, eran ya y cuarto.

-No tenemos tiempo, y yo tengo que estar en mi trabajo, y tú en el tuyo, y...- murmuré nervioso. Maldita sea, al menos Abi sabía hacer una parte de mi trabajo, pero yo no sabía hacer nada del de ella.- ¡¿Qué hacemos?!

Menudo día...
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Dom Mar 08, 2015 4:10 am

Mis disgustos no iban a terminar en todo el día. No tenía suficiente con la maldita incertidumbre de si estaría embarazada de mi amigo, lo cual era una puta mierda, ya que ambos somos personas solteras sin muchos ánimos de compromisos más serios como es el de tener un bebé, que encima, me toca sentir la experiencia de ser un hombre. Una experiencia que, adelanto desde ya, no me gusta absolutamente nada. Desde nunca me había gustado lo que suponía ser un tío, no me llamaba la idea de tener un pellejo de carne amorfa colgándome de la entrepierna, por mucho que tenga la ventaja de mear de pies. Por favor, prefiero tener eso plano y hacer el “esfuerzo” de sentarme. Tampoco me gustaba tener pelo por todas partes cual macho ibérico. ¡Lo notaba por todas partes! ¿No les daba calor, joder? Parecía que estaba sofocándome entre esa sensación y el tener una camisa de manga larga de botones acompañado de una maldita chaqueta y una corbata. ¿Cómo narices soportan tener eso ahí aprisionándote el maldito cuello? Si siendo que me está ahorcando por momentos. Llevé una de mis manos al botón y aflojé la corbata, dejándomela media suelta, además de desabrocharme, con muy poca maña, el primer botón de todos para no tener el cuello pegadísimo.

No hacía falta más que ver como solía vestir yo para darse cuenta de que era una mujer más bien calorífica. Iba con una minifalda y una americana, nada del otro mundo. Ni que en el Ministerio hiciera precisamente frío como para venir tan embutido.

Ambos nos estábamos quejando, nos quejábamos de lo que teníamos encima y también nos quejábamos de lo que el otro se quejaba, intentando respetar nuestra integridad como el sexo que éramos y dejar claro que el raro era el contrario. Yo lo que más notaba era ese sobresaliente trozo de carne danzante que tenía entre las piernas, por lo que sin duda alguna fue de lo primero de lo que me quejé. No me quejaba de tenerlo, me quejaba más bien de por qué no se lo había cortado ya con lo maldito incómodo que era tener eso ahí guardado. Normal que quieran sacarlo cada dos por tres…

Él se quejó del sujetador y, por su contestación pude darme cuenta de que mi defensa no fue la más apropiada. Lo cierto es que había dado en el clavo. Solté una increíble carcajada que esperaba que sonara femenina y adorable -como siempre suenan mis carcajadas- pero no, sonó grave y masculina.

¡No es una prenda inútil, hace su trabajo de sujetar aquello que se mueve, no como tus malditos calzoncillos! ¿Para qué te los pones si no te sujetan nada? Eso sigue moviéndose ahí abajo de un lado para otro —le expliqué la función del sujetador. ¿Acaso se cree que nos gusta ponérnoslo? ¡Claro que no! Lo primero que hacía cada mujer al entrar a su casa era quitárselo, tener un orgasmo de liberación y sentir la libertad. Pero nos los ponemos para sujetárnoslas y para que los hombres no se fijen en nuestros pezones erizados cuando tenemos fríos. Tras la carcajada que denotaba que la histérica contestación de Caleb había tenido gracia, negué con la cabeza— Vale. Que conste que me estaba quejando de tus métodos, no de tu pene —Estaba claro que a mí me gustaban los penes, no iba a quejarme de ellos directamente. Sólo me molestaba y no entendía como podía estar tan… libre ahí bajo sin que resultase una molestia constante para Caleb. Y que conste también, que no me llevo cualquier pene a la boca. Caleb era un buen amigo y había confianza… pero si no, era una maldita quisquillosa con eso de meterme cualquier cosa en la boca.

Caleb era un absoluto desastre siendo yo. O sea, siendo cualquier mujer. Se sentaba cual barriobajero basto y bruto, haciéndome parecer una cualquiera de la calle. Yo me sentaré un poco afeminado, pero joder, cuando Caleb se sienta no parece un barriobajero basto y bruto, imagináos lo mal que quedaba haciendo eso en un cuerpo como el mío. Le llamé la atención para que se sentase bien pero se le ocurrió la mejor idea de levantarse y caerse de bruces, ya que precisamente ese día no tenía unos tacones muy pequeños… Eran unos tacones de punta, de aproximadamente trece centrímetros de tacón fino. Si por lo menos fuera de tacón ancho… pero ni eso. Me llevé la mano a la frente y ayudé a mi cuerpo guiado por un torpe a levantarse.

Hice una broma, ya que si este cambio fuera permanente posiblemente me suicidaría sin pedirle permiso a Caleb, pero él se lo tomó bastante en serio. O por lo menos me miró con seriedad. La mirada verde que solía poseer yo, con es brillo oscuro de mala hostia impactó en los ojos que ahora poseía. Miré a mi cuerpo orgullosa. Joder, estoy buenísima cuando me cabreo, ¿o son cosas mías? Con razón cada vez que discuto con algún Jefe de Departamento terminamos haciéndolo sobre la mesa de su despacho.

¿Perdona? —dije ofendida, llevándome la mano al pecho, dejando al cuerpo de Caleb más gay todavía— ¿Qué me he llevado la mejor parte? ¿Acaso ser yo tiene algo de malo? —le fulminé esta vez yo a él con la mirada, sintiéndome increíblemente fuera de lugar cuando me tocó mirar hacia abajo para hablar con él. No estaba acostumbrada a ser tan alta, ya me había acostumbrado a vivir cual hobbit de Comarca por el resto de mi vida— Portate mejor, Abi de alquiler, o me voy con tu dinero a las Fiji y quemo tu mansión. Eh, dime, ¿qué tiene de malo ser yo?

Vale. Él era un multimillonario de prestigiosa familia, buen trabajo y reconocido en bastantes sitios. Yo era una chica con bastante dinero aunque no se notara, ya que vivía cómodamente y sin muchos gastos pero aparte de tener un buen trabajo, no era reconocida por mi apellido ni absolutamente nada. Era una más que se ha ganado un nombre con algo de esfuerzo, pero que por el momento, si desaparece no se notaría. Él probablemente sí. Pero no iba a darle la razón porque me sentí ofendida. Ser yo era la hostia. Yo era la hostia y cualquier mujer pagaría por ser yo un día. Me gustaría saber qué tenía Caleb que decir contra eso.

Él no tardó en echarle la culpa a Desmond y lo cierto es que sabiendo cómo era ese tío, no me sorprendía lo más mínimo lo que decía Caleb de él. Desmond y Odiseo eran tal para cual, lo único que cambiaba era que Desmond estaba tres mil veces más bueno y que Odiseo estaba tres mil veces más loco. Por lo menos desde mi punto de vista profesional, ya que creo que nunca he coincidido con ellos fuera del trabajo. Creo… Aún así y sin darle mucho a la cabeza, le metí prisa a Caleb para salir de allí y buscar a Desmond para no pedirle, exigirle con amenaza de muerte, una solución para aquella mierda que estábamos pasando. Teníamos trabajo, teníamos responsabilidades y no podíamos estar limitados por esta mierda. Tampoco era una opción tomarse el día libre por esta “discapacidad” porque hasta dónde yo sé, tener pene no es una discapacidad. Además de que si alguien supiera lo que nos ha pasado, seríamos el puto hazmerreír de todo el Ministerio y no, no estaba en situación de ser el hazmerreír durante a saber cuánto tiempo… Incluso prefería arriesgarme a que Caleb hiciera con mi cuerpo el ridículo durante un día, que era más fácil de pasar por alto que decir a los cuatro viento lo que nos ha pasado.

Cuando me di cuenta de que tenía que estar en media hora en la sala de juicios, mi responsabilidad se me cayó como yunkes en mis hombros, haciéndome sentir increíblemente nerviosa. Aquello iba a ser imposible. Fuera lo que fuera lo que nos había pasado, estaba segura que no iba a durar simplemente media hora. Escuché sus palabras y no me hicieron sentir para nada mejor, ya que él también tenía que hacer cosas en poco tiempo, lo cual significa que no podría acompañarle a dónde tenía que ir yo. Y no me fiaba lo más mínimo de Caleb haciendo mi trabajo. No hay que ver más que cómo camina… sin duda se notaba a la legua que no era yo.

Salimos de su despacho y… madre mía, que caos. Para mí que yo caminaba PERFECTAMENTE como un hombre. Estaba erguido, mi movimiento era grácil y elegante… Joder, perfecto -o eso pensaba yo, claro, realmente le estaba dejando como un auténtico homosexual que acaba de salir orgulloso del armario y lo pregona delante de todos-. ¿Pero él? ¡Coño! ¿Acaso no podía currárselo un poco? Cuando le gritó al becario, lo miré con mala cara. Si que doy puto mal rollo cuando me cabreo.

Eh tú, quasimodo. ¿Quieres erguirte? —le puse una mano en el pecho y otra en la parte baja de la espalda, haciendo que se irguiera. Luego le puse una mano en el mentón, elevándoselo de tal manera que no pareciese tener una jodida joroba—. Puesto que eres incapaz de caminar femeninamente, te daré un truco. Camina como si estuvieras sujetando una moneda con las nalgas del culo si no quieres romper mi reputación caminando como si me la hubieran metido tres negros superdotados —exageré en voz baja. Sonaba como una amenaza, aunque era más bien una sugerencia que debía de acatar si o sí. Esto era cooperación o a ambos nos despedían después del show este. Además de que si él no se curraba el no dejarme mal, yo tampoco lo iba a hacer. Aunque repito, yo lo estoy haciendo muy bien.

Tocamos en el despacho de Odiseo. Pero nada. ¡NADA! Me llevé la mano a la cabeza y me tiré de los pelos, literalmente. Miré a Caleb cuando me preguntó que qué hacíamos. Joder, ¿qué hacíamos? Cerré los ojos momentáneamente y sólo se me ocurría una solución posible a todo aquello. Era fácil, sólo necesitábamos organización…

A ver… —hice una pausa y miré a mi cuerpo directamente a los ojos. No podía hablar conmigo misma, me parecía una escena de lo más surrealista. Parecía un sueño. Seguro que aquello era un sueño y cuando se lo contara a Caleb al día siguiente iba a partirse mucho desde su cuerpo sexy de hombre—. Vete a la sala de juicio número tres y siéntate cerca del Ministro. Absténte de decir cualquier comentario innecesario hasta que yo llegue. Me colocaré de espectador y te diré cual César lo que has de votar, tu mira mis señales —elevé el dedo gordo como ejemplo—. Iré a hacer tu trabajo e intentaré quitármelo de encima rápido para llegar a tiempo antes de que haya que dar ningún veredicto. Normalmente esas mierdas tardan —dije, notando como una gotita de sudor me caía por la frente. Esto era demasiada presión para soportar en un día— Es lo que mejor se me ocurre. Tu no puedes faltar y yo tampoco.

Hice memoria para saber si después de eso tenía algún recado más importante que hacer al que debiera existir sí o sí, pero mi agenda estaba relativamente libre, ya que todo podría posponerlo para el día siguiente.

¿Después de esto tienes que hacer algo más? —le pregunté para hacerme una idea de lo que podríamos hacer para solucionar aquella mierda en la que nos encontrábamos. Él estaba histérico, así que tenía ser la mente pensante con racionalidad hasta que él se tranquilizara. Yo ya no le veía ni puta gracia -realmente nunca se la ví, pero lo hice por desestresarme-, por lo que quería una solución cuánto antes. También quería matar a Desmond, pero al ser más difícil y un claro signo de deslealtad a la causa, debería de conformarme con la tortura.

Justo en ese momento pasaron una gran cantidad de personas por el pasillo en dónde estábamos y aproveché para mirar a Caleb con una mirada de: “ha llegado la hora.”

Venga, corre. Acuérdate, camina como te he dicho —le recordé.

Yo me di la vuelta y fui por dónde habíamos venido, desviándome un poco hacia la zona en dónde solían dejar a los muggles para ser desmemorizados. Era gracioso, solían dejarlos en una sala de espera y tu entrabas, le contabas alguna paranoia creíble y luego le borrabas la memoria, dejándolos inconscientes y llevándolos a sus casas en dónde les dejamos dormidos con el recuerdo de haber vivido algo que realmente no han vivido. Además de borrarle aquello que nos perjudica al mundo mágico. En realidad ser desmemorizador era muy divertido, sólo que a mí se me hacía a poco.

Por los pasillos, caminando con el culo apretado, las piernas casi unidas y un movimiento de cabeza y manos digno de estar en la carroza principal del orgullo gay, llegué a dicha sala. Me dieron antes de entrar un pequeño expediente en dónde ponía lo que les había pasado a los muggles, pero miré al becario con mala cara y se lo devolví, pegándoselo en el pecho. Entré directamente a la habitación y los muggles se acercaron a mí pidiendo respuestas…

Caleb nunca se enterará de mis métodos.

Saqué la varita y les empujé a todos hacia atrás, haciendo que algunos se pegasen contra la pared y otros se sentasen en los sillones del fondo, ya que mi hechizo no les dejaban moverse. Me fijé en la varita de Caleb; era preciosa, nunca me había fijado. Pero no reparé mucho en ella. Los muggles gritaron pero para no levantar más sospechas todavía los acallé a todos. Todo muy nazi. Estaba embarazada en el puto cuerpo de un hombre, no estaba para tener paciencia.

Después de quince minutos, más o menos, salí corriendo de allí con los muggles todos desmayados en sus respectivos sitios, preparados para terminar en sus camitas. Me acerqué a dónde estaba el becario y me apoyé en su mesa, como haría una tía para sacar escote, pero siendo Caleb. También elevé el pie derecho un poco y un tío que pasó por detrás me miró muy mal por la extraña pose que estaba adoptando.

Están listos para ser llevados a casa, no le contemos a nadie que he pasado por alto ciertas pautas... Gracias, guapo —y le guiñé un ojo, sin darme cuenta de que no era una pelirroja sexy, sino un moreno hetero que acababa de quedar muy mal.

Caleb tampoco se enteraría de eso.

Miré la hora y salí pitando hacia la sala de juicio número tres, resbalándome con aquellos zapatos en cada esquina, sintiendo como el pene de Caleb se movía cual danzante de Break Dance de un lado para otro y elevando ligeramente las manos hacia arriba a medida que caminaba rápido por todo el Ministerio.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Mar 20, 2015 8:39 pm

Si en aquellos momentos alguien entraba en mi despacho de iban a llegar un espectáculo de primera, pues Abi y yo nos estábamos gritando cual verduleras de pueblo por culpa de nuestras prendas, miembros, y demás cosas. Sería un desastre si alguien entrase y escuchase a Abi metida en mí cuerpo quejándose de mis calzoncillos y de mi pene, y a mí quejándome de su sujetador y su tanga. Si fuesen otras personas en esta situación y no nosotros (o al menos no yo) pagaría por ver esto, desde luego que no me lo perdería por nada del mundo. Pero soy yo, así que no pienso dejar que nadie nos ves en este estado. Si alguien nos ve o nos escucha me da igual quién sea, pero va a acabar bien muerto y enterrado en menos de media hora.

-¡Qué hay que sujetar?! ¡Los hombres somos muchos más felices cuando las mujeres no os lo ponéis!- protesté, continuando la pelea sobre nuestra ropa interior. Era rarísimo oírme a mí mismo decir eso con la voz de Abi, a la que no estaba acostumbrado y me sonaba súper aguda, aunque en realidad estaba intentando mantener el tono grave de mi voz natural y entonces la voz de Abi sonaba más grave que cuando ella hablaba en su propio cuerpo.- Me los pongo por la misma razón por la que tú te pones bragas. Tampoco están sujetando nada, ¿no?-Esto demuestra que, por mucho que digan, los hombres y las mujeres nunca nos vamos a entender completamente los unos a los otros. No pude evitar soltar un comentario muy basto en aquel momento, pero Abi se lo había ganado. Su reacción fue soltar una carcajada, y mi mal humor se esfumó entonces durante uno segundos a causa de su risa. En aquel momento la conversación sí que se había vuelto un poco cómica, aunque sólo me lo pareciese durante un breve rato. Era rarísimo verme a mí mismo hablando sobre mi pene. A veces el mundo mágico era de locos.- Ya sé que nunca has tenido quejas de mi pene, querida- dije guiñándola un ojo con descaro, con la típica mirada que solía dirigirla en ciertas ocasiones.

Comenté que si el cambio era permanente la mejor parte del cambio de la había llevado ella quedándose con mi cuerpo, y de lo tomó bastante mal. Me preguntó con malas pulgas que qué tenía de malo ser ella, y la miré con una ceja alzada y me crucé de brazo sobre el pecho. Joder, ni cruzarme de brazos puedo hacerlo bien, porque tengo estas dos pelotas debajo de los brazos. ¡Qué cosa más incómoda!- Ser tú no tiene nada de malo, mientras que seas tú de verdad. ¿Pero yo siendo tú? ¡Eso tiene mil cosas mal! ¿Qué hago yo en un cuerpo de mujer, a ver? He perdido fuerza y altura y encima estoy atrapado en un cuerpo que posiblemente esté embarazado- mascullé entre dientes. Intenté notar entonces a ver si sentía algo diferente por la zona del vientre, pero no sentía nada distinto a cuando estaba metido en mi propio cuerpo.- Voy a estar atacado por todo tipo de hormonas descontroladas, tengo que soportar tacones que me van a hacer que me rompa algo, el maquillaje me está picando por toda la cara, y toda tu ropa aprieta... ¡Y tú te has quedado en un cuerpo en el que puedes tener una vida de lujo!- refunfuñé. Mis gestos y mi postura eran tan masculinas que parecía que el cuerpo de Abi se había vuelto marimacho de repente.- Y tienes un plus, puedes ir al baño de pie, así que deja de quejarte tanto de tus nuevas partes- señalé. ¿No se quejaban siempre las mujeres de que era injusto que nosotros tuviésemos esa ventaja?

Gracias a la botella no me costó imaginar que Desmond había sido el verdadero culpable de este cambio de cuerpo. No sabía si lo había hecho aposta o si esto había ocurrido por accidente, pero me daba igual, el hecho era que yo quería salir de este cuerpo y volver al mío, y cuanto antes mejor, sobre todo porque tanto Abi como yo teníamos cosas que hacer. Abi tenía la situación menos complicada que yo, pues cuando entró a trabajar de becaria en el Ministerio lo hizo en el Cuartel de Desmemorizadores, así que había sido entrenada y aunque tenía mucha menos experiencia que yo al menos no tendría problemas en caso de tener que hacer algo en mi lugar. Yo la había conocido entonces, cuando entró a trabajar de becaria. Pero su trabajo de ahora no tiene nada que ver con el de un desmemorizador, y si me toca ir a ocupar su puesto para que nadie se diese cuenta del cambiazo y nos convirtiésemos en el tema de burla del Ministerio durante semanas voy a pasarlo fatal, pues no tengo ni idea de lo que tengo que hacer. ¡Ni siquiera sé comportarme como ella! Eso era obvio con sólo echarme una mirada mientras caminaba. Lo estaba haciendo tan mal y de manera tan masculina que Abi me llamó la atención, quejándose. Puse una mueca cuando hizo su comentario sobre la moneda, pero intenté poner la espalda recta y apretar el culo. ¡Joder, qué incómodo! La ropa interior no ayudaba nada, pues rozaba y apretaba por todas partes.

-Bueno, no estaría arruinando tu reputación- dije respondiendo a su último comentario.- Ya hay rumores de ese tipo por ahí- dije con tono malicioso, para meterme con ella un poco. Es Abi, después de todo. ¿Qué clase de rumores no hay sobre ella? ¡Hay más rumores sobre ella que sobre mí, y mi promiscuidad es digna de mención!

Comenzamos a caminar por los pasillos otra vez, aunque lo estaba pasando aún peor que antes. Caminar como me había dicho Abi que lo hiciese era una verdadera pesadilla, y no sabía cómo iba a aguantar eso durante un sólo minuto más. Al intentar caminar erguido y de manera femenina desaceleré mi paso, pues me sentía como un pato que encima estaba borracho, y estaba haciéndolo lo mejor que podía para no acabar cayendo de bruces otra vez como había hecho antes en el despacho. Todavía me dolía el golpe que me había dado. Abi no tenía mucha masa muscular, era todo piel y hueso, y me sentía extrañamente débil en ese cuerpo, aunque Abi no era precisamente débil. Es más, no lo era, pero sí que era delicada y yo no me acostumbraba a ese cuerpo tan pequeño. Tenía miedo de caerme y romperme algo o torcerme un tobillo. Y si eso pasaba, ¿quién sufriría la lesión? ¿Se quedaría en el cuerpo de Abi o sería mi cuerpo el que esté lesionado cuando yo vuelva a él? Estaba pensando en eso cuando de repente tropecé y se me salió el zapato. Me detuve para volver a ponérmelo mientras Abi seguía caminando, y pude entonces ver cómo estaba caminando en mi cuerpo. Lo he vi me dejó con la expresión más horrorizada del mundo.

-¿Si vas a seguir moviéndote así por todo el Ministerio por qué no te pones una boa de color rosa chillón alrededor del cuello y vas cantando "pluma pluma gay" a voces?- pregunté con tono sarcástico y muy molesto. ¡Parecía que mi cuerpo acababa de salir del armario más profundo del universo! Estaba moviendo el culo y todo, y había tantas cosas que estaban mal que me estaba dando miedo verme a mí mismo. Vamos, me estaba dando miedo y la vergüenza más grande del mundo ver a Abi en mi cuerpo.- Te quejas de mí y tú vas destruyendo mi reputación todavía más. ¡Al menos nadie va a pensar que tú te has vuelto lesbiana de la noche a la mañana! ¡Deja de caminar como si tuvieses un palo metido por el culo!- más que un palo parecía que le habían metido el bosque entero.- Separa las piernas. ¡No tanto! Así bien. Si sigues caminando como estabas haciendo antes al que van a querer metérsela tres negros superdotados es a mí- gruñí, y le indiqué cómo colocar las piernas de la manera correcta.- Relaja la espalda y los hombros. No camines como si estuvieses en una pasarela, simplemente camina.

Tampoco era tan difícil caminar como un hombre. Al contrario que las mujeres, el 90% de las cuales siempre se están quejando de lo que cuesta caminar en tacones (¡no me habrá tocado pocas veces ni nada cargar con una mujer en brazos a altas horas de la noche o de la madrugada tras una noche loca porque ya no soporta más los tacones puestos!), los hombres nunca nos quejábamos de cosas tan mundanas como el calzado… Y sin embargo, Abi estaba consiguiendo tropezarse y resbalarse cada dos por tres. Era como si no entendiese el concepto de zapatos planos. Menudo desastre. Desde luego yo soy la peor mujer del mundo, y Abi es el peor hombre del mundo también.- ¡Y no muevas el culo!

Al final llegamos, aunque con dificultad, al despacho de Odiseo, donde mi jefe siempre se tira el 99% del tiempo que pasa en el Ministerio. Descubrimos que nuestra pequeña odisea había sido en vano, pues encontramos la puerta cerrada, las luces apagadas, y no se veía nada a través de las ventanillas. Si Desmond no estaba ahí con Odiseo entonces no teníamos ni idea de en qué otro sitio encontrarle, y tampoco teníamos tiempo para seguir buscando. ¡Joder! Todo estaba saliendo mal, y encima las cosas se volvieron peores. Por si no teníamos ya suficiente con todo encima ahora teníamos que ir a ocupar los puestos de trabajo que correspondían a cada cuerpo.

Durante unos segundos miré a Abi con horror, pero entonces comencé a reírme. Era una risa silenciosa, de esa que te sacude los hombros y parece que te está dando un algo; si me hubiese reído en alto mi risa habría sido tan histérica que habría parecido un demente y acabaría encerrado en el mejor loquero de todo Londres con una camisa de fuerza puesta.- Esto es karma, tiene que serlo- dije mientras meneaba la cabeza de un lado a otro.- Esto es el puto universo pasándonos la cuenta por todas las putadas que hemos hecho, te lo digo yo. Joder- mira que siempre le robo las botellas y los porros a Desmond y nunca pasa nada, pero justo hoy que comparto mi bebida pasa esto. Lo dicho, puto karma. Era la peor broma de la historia de la humanidad.

Escuché con atención las instrucciones que me daba Abi sobre lo que debía hacer en su trabajo. Estaba nervioso y me sudaban las manos.- ¿Y qué pasa si no llegas a tiempo y tengo que votar?

Ella me preguntó entonces que si después tenía algo que hacer. Me había olvidado completamente de todos mis planes y compromisos por culpa de lo que estaba pasando, así que me puse a pensar y a recordar… Realmente después de la desmemorización que tenía que hacer dentro de unos minutos tenía permiso de tomarme el día libre, así que podía desaparecer del trabajo e ir a un lugar donde mi preciado cuerpo no continuase siendo humillado. Iba a decir que no tenía nada que hacer cuando recordé a la despampanante castaña con la que había quedado para ir a tomar algo después del trabajo. Se trataba de una de las becarias del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos. No pretendía hacer nada con ella, pero la mujer casi se me había tirado encima, y después de que Alyss me mandase a volar había aceptado a ir a tomar una copa porque, en primer lugar, yo nunca rechazo una oportunidad para meter alcohol en mi cuerpo, y dos, pienso hacer que la rubia más hermosa del mundo (que trabajaba en este mismo Ministerio y espero que Abi no se la cruce porque como Alyss vea mi cuerpo en ese estado me va a dar un infarto) se muera de celos. Tengo un grave problema, debería dejar de involucrarme con tantas mujeres y así a lo mejor mi vida dejaría de ser un desastre.

-No- mentí descaradamente, aunque la mentira era obvia debido a la sonrisa sarcástica de mi rostro- Tengo el resto del día libre. Pero yo trataría de evitar el séptimo piso- le advertí, y lo que quería decir con eso estaba implicado en mi mirada. Me daba un poco de vergüenza, al verdad. Estoy enamorado de una mujer que me mandó al cuerno por estar con muchas mujeres, pero estoy hablando ahora mismo con una amiga que posiblemente esté embarazada con un hijo mío, y la estoy advirtiendo de que no te tope con otra mujer con la que he quedado porque me quiere arrancar la ropa a lo bestia. Sí, definitivamente tengo un problema.- ¿Y tú? ¿Tienes algún compromiso del que yo deba estar al tanto o del que tengas que librarte?

Un enorme grupo de gente pasó por el pasillo, dirigiéndose hacia los ascensores que nos llevarían a las salas de juicio, y Abi me dijo que fuese con ellos.

-¡Lo mismo te digo!- exclamé cuando me dijo que no olvidase cómo me había dicho que caminase. Ahora estaba más nervioso y caminar se me daba peor. Me voy a torcer un tobillo, lo veo venir, y entonces Abi me va a matar… Eso si no la mato yo primero si me entero de que está dejando mi imagen por los suelos por todo el Ministerio. Con una última mirada angustiada me alejé de ella y fui hacia los ascensores.

Me sentía terriblemente incómodo en medio de tanta gente estando en ese cuerpo. Lo único que quería hacer era desaparecer de la faz del planeta o encogerme como hacen los armadillos y convertirme en una pelota y salir rodando. Pero no podía hacer eso, y Abi siempre iba con altitud algo creída y altanera por todas partes, así que hice lo mejor que pude tratando de imitarla. Mantuve mi cabeza bien alta y mi espalda erguida y el culo apretado como me había dicho la mujer, pero de vez en cuando me tropezaba. Intentaba hacer como que no había pasado nada, y si alguien se daba cuenta y me miraba raro simplemente les lanzaba una mirada que parecía que podría partirles por la mitad. Eso no era tan difícil, pues lo de las miradas asesinas se me daba muy bien hacerlo en mi propio cuerpo, y en este tenía el mismo efecto. Lanzaba mi súper mirada fulminante y la gente miraba a otro lado. ¡Nunca falla!

Una vez en el pasillo de las salas de juicios, esperé un poco a que los demás me adelantasen, pues no quería caminar entre todos ellos. Caminé detrás de ellos, intentando pasar lo más desapercibida posible. Parecía que aquel recorrido iba a transcurrir sin incidentes, pero estaba muy equivocado. De repente noté que me daban un tortazo en el culo. Di el brinco más grande de la historia de los brincos y saqué mi varita, dispuesto a asesinar a alguien. Me encontré a un tío detrás de mí, ataviado muy elegantemente para el juicio. Tenía las pintas del típico guaperas, con lustrosos rizos rubios y ojos verdes y una sonrisa de gilipollas que me daban ganas de lanzarle un Bombarba Máxima en toda la cara. ¡Yo a este le conocía! ¿Pero de qué le conocía…? ¡Ah, sí! Es Bryan McCann. Me tiré a su mujer unas cinco veces en su casa mientras él estaba de viaje, supuestamente por cuestiones de trabajo. Por lo que veo, el hombre le tiene tan poco respeto a su matrimonio como su esposa.

-¿Por qué me miras así, Abigail?- preguntó el idiota. Fruncí el ceño. Pensaba que a Abi no le gustaba que usasen su nombre completo.- Llevo buscándote todo el día.

-¿Y?- repliqué de manera brusca. Que esté en el cuerpo de una mujer no significa que sepa cómo actuar en aquella situación. Quería darle un sopapo al tío, pero a lo mejor eso molestaría a Abi después si se entera. El hecho de que yo como hombre siempre me pase la vida ligando tampoco significa que sepa cómo debía responder en aquella situación ante la manera en la que estaba actuando el hombre. Si me ponía en sus zapatos sí que sabía qué es lo que querría escuchar, pero ni sé decirlo como una mujer ni pienso decirlo. No, me niego. Ir al trabajo de cada uno venía dentro del paquete tras cambiar de cuerpos accidentalmente, ¿pero lugar con gente de nuestro mismo sexo real? ¡Ni hablar!

-¿Te pasa algo? Te veo rara- dijo Bryan. Hice un esfuerzo para no poner los ojos en blanco. "¡No soy Abi, maldito imbécil, y quiero que te vayas!" quería gritarle, pero me mordí la lengua. Me giré sin contestarle y continué caminando, y fue entonces cuando vi por el rabillo del ojo que el tío se disponía a azotarme el culo de nuevo. ¿Abi en serio permite esto? Lo dudo, pero aunque lo haga, yo no pienso tolerar que un hombre toque mi culo (bueno, no es mi culo, es el de Abi, ¡pero ahora es mío!). Le esquivé rápidamente con unos reflejos que todavía conservaba de mi identidad real, y le lancé una mirada que echaba rayos y relámpagos.

-¡La próxima vez te quedas sin brazo!- exclamé con un tono nada característico de Abi, pero es que no me pude contener. El hombre me miró confundido y yo me dispuse a ir rápidamente a la sala de juicio número tres, dándome mucha prisa. ¡Suerte tuvo Bryan de que había decidido no hacerle nada!

Entrar en la sala me dio muy mal rollo, pues ya había estado ahí antes, hace muchos años, cuando Jonathan fue juzgado y enviado a Azkaban. Allí había visto como mi hermano había sido sentenciado de por vida, y yo no había podido hacer nada. Recorrí con una mirada siniestra el lugar, y entonces decidí dejar esos recuerdos a un lado y centrarme en la tarea que me traía entre manos. Respiré profundamente para calmarme y me dirigí junto al Ministro. Winslow me saludó cordialmente, y pareció no darse cuenta de que al cuerpo de Abi le pasaba algo raro. Menos mal. Yo le saludé de vuelta y tomé asiento, y casi me dio un orgasmo de placer al cuando mis pies pudieron descansar por fin y ya no tenía que caminar sobre esa tortura de zapatos sacados del mismísimo infierno.

El juicio comenzó unos minutos más tarde, y sentí un nudo en el estómago. No tenía ni idea de nada de esto, y me encontraba mirando a la puerta cada dos minutos para ver si Abi ya había llegado o no. En varias ocasiones me di cuenta de que estaba buscando a una mujer pelirroja y no a mí mismo, lo cual se me hacía muy raro. No terminaba de acostumbrarme a esto. Si al menos en el pasado hubiese tomado poción multijugos para convertirme en mujer o algo por alguna razón, entonces daría un poco más acostumbrado, pero jamás había hecho tal cosa.

Al ver que Abi no llegaba me dispuse a prestar atención, por si al final tenía que dar mi voto por mí mismo en vez de con la ayuda de Abi. No tenía ni idea de su ya había una decisión tomada antes del juicio en sí, y tenía miedo de meter la para y votar lo que no tenía que votar. Se estaba juzgando a un importante contrabandista de productos mágicos y de am criaturas mágicas y huevos prohibidos. Era uno de los peces gordos del mercado negro mágico internacional. Supongo que tendría que votar que era culpable... ¿no?

"¿Dónde coño estás, Abi...?"
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Jue Mar 26, 2015 11:55 pm

Aquella sensación era muy mala. Por una parte parecía que estabas hablando con un espejo, ya que no es muy común verte desde una tercera vista totalmente independiente. Para colmo, cuando hablabas no tenías la misma voz, por lo que seguía siendo igual de surrealista. Aunque todavía peor cuando te dabas cuenta de que realmente lo que pasaba es que tú no eras tú, sino que otro era tú y que tú eras ese otro. Es que era tan jodidamente surrealista que por un instante pensé que me había desmayado por la noticia del embarazo y estaba viviendo en un sueño. Por desgracia, no. Estaba sintiendo demasiado la incomodidad de ser hombre como para que solamente fuera un simple sueño.

Finalmente aquella discusión sobre lo estúpido que  era por ponerse una ropa interior que no servía para nada y todas las quejas sobre mi vestimenta o mis accesorios, terminamos partiéndonos cuando finalmente llegamos a la conclusión de que yo no me había quejado nunca de su pene. Su pene era muy... satisfactorio.  En fin, aquello era un no parar. Por mucho que nos pusiéramos de acuerdo en algo saldría otra cosa con la que discutiremos, porque ahora mismo Caleb era la mujer y, teniendo en cuenta de que yo tengo alma de mujer, ambos teníamos las papeletas de estar refunfuñados y discutiendo cuál mujeres hasta el final del día. De verdad que no entiendocómoo puede sobrevivir una pareja de lesbianas si las mujeres a veces somos putamente odiosas. Entre dos... no me quiero imaginar.

De manera ofendida le pregunté que qué tenía de malo ser yo. Su contestación fue bastante buena, por lo que realmente no dije nada. Me había abierto los ojos, ser yo no era muy bueno solo por el hecho de que puedo estar embarazada. Pero por todo lo demás... ¿Quién necesita fuerza cuando puedes pegar una patada con el tacón?. ¿Quiénnecesitaa altura? Ser bajita está bien, así si te caes te haces menos daño porque estás más cerca del suelo (?) Es la única ventaja que se me ocurre, además de que así todos los hombres son más alto que tú, algo que viene muy bien..

¿Hormonas descontroladas? ¿Qué te crees que tengo ahí dentro? —le pregunté alzando una ceja—  Y sólo me pinto la raya del ojo, batalla. No me seas quejica. —le dije mirándole de reojo— Hacer pis no es un plus. ¿Sabías que es malo para la próstata? —le pregunté divertida— Pero tienes razón, el cuerpo de un hombre es mucho más simple y el de una mujer más complejo. Ahora entiendo porqué somos más inteligente que vosotros. No tenéis complicación ninguna, incluso para mear, te la cojes y te relajas, apuntando a donde quieras. Ni agacharte hace falta, sois el colmo de lo vago —reflexioné al darme cuenta de que realmente ser hombre no estaba tan mal. Ser Caleb sí, porque no sabía por qué razón se tortura a sí mismo llevando esos zapatos o este traje que pesa tres kilos.

Después de eso nos pusimos manos a la obra para ir a buscar a Desmond y trocearlo para dárselo de comer a los puntos leones. El camino hasta su despacho fue... de verdad, ¿tan difícil era caminar como una mujer decente? No la típica mujer que camina con las piernas abierta y que parece un macho. No, una mujer con tacones y falda, es decir, una mujer que tiene que ir con las piernas cerradas y un pie siempre por delante del otro. Caleb era un auténtico desastre. Le expliqué como debía de caminar después de hacer una hipérbole de lo que parecía. Su contestación hizo que el rostro de Caleb, es decir, ahora el mío, adoptase un gesto increíblemente indignado, tanto que incluso los ojos adoptaron un brillo femenino.

¿Perdona? —le pregunté retóricamente— No quieras saber los rumores que hay por ahí sobre tí, campeón. Tu ego desaparecería de repente —chasqueé los dedos, media molesta— Así de rápido.

Cambiamos de dirección para ir a buscar a Odiseo, ya que Desmond no estaba por ningún lado. Odiseo  y Desmond, de verdad, ¿cómo habían podido esa gente ser jefe de departamento con lo estúpido que eran? Eran unos irresponsables y no daban el pego de Jefes para nada. Continué caminando con mi usual paso de chica. Es decir, totalmente erguida, la cabeza bien alta, las piernas en su posición adecuada y el culo medio en pompa. Siendo chica es mucho mejor, ya que siendo Caleb era todo demasiado gay. y él no tardó en dejármelo ver con esa cara de horror que nunca había visto poner en mí.

Me explicó como debía de caminar y yo me moví desganadamente aceptando y cediendo a todo lo que me decía. ¡Si él camina como si me la hubieran metido tres negros, yo caminaré gay!  Cuando por había terminado de decirme todo lo que debía de hacer para caminar como un hombre, di algunas vueltas alrededor de él para ver si lo estaba haciendo bien. Finalmente me dio unas últimas matizaciones y, como buen amiga, intenté seguir todo lo que me había dicho.

Finalmente llegamos al despacho de Odiseo y allí no había nadie. No me hirvió la sangre porque aquella sangre no era mía. Estaba hasta las narices de que hoy todo saliera mal. ¿No estaba ya suficiente pagado el karma con la posibilidad de quedarme embarazada y toda la mierda que he pasado estos días? No, también tenía que convertirme en un puto hombre. Me llevé la mano a la cara intentando tranquilizarme mientras escuchaba como mi voz original, la de la preciosa Abi, se reía silenciosamente mientras yo me estaba cogiendo unos nervios indescriptibles.  Decidí tomar las riendas de la situación para poner orden a todo el caos que estábamos viviendo por momentos. Teníamos que encargarnos de nuestras obligaciones y luego, si podíamos, tomarnos el resto del día libre. Después de explicarle todo, me preguntó que qué  hace si no llegaba a tiempo y tenía que votar... Lo mirñé de reojo.

Creo que tienes suficiente capacidad crítica como, para más o menos, votar algo lógico. ¿No? —le pregunté retóricamente mirándole con cara de pocos amigos debido al estrés que tenía encima— Si no he llegado, votas tú, pero intenta pensar un poco cómo lo haría yo o regirse en base a las masas. Vota lo que vote la mayoría y así no destacas —le expliqué tras su pregunta.

Le pregunté que si tenía el resto del día libre y, si yo hacía memoria, no lo tenía para nada libre... pero podría cancelar citas y dejarlas para mañana, porque me negaba rotundamente a que Caleb se tuviera que pasar por mí también en mi vida privada. Su contestación no terminó de convencerme, sobre todo cuando me dijo que no me pasara por el séptimo piso. ¡Tranquilo, no iba a darme un tour por el Ministerio con estos zapatos si no quiero atentar contra mi vida!

Yo tampoco. Así que después de esto nos vamos a casa hasta que se pasen los efectos. A LA MISMA CASA, no quiero tener que estarme preocupando por lo que le haces a mi cuerpo —le dije, señalandolo con el dedo—. ¿Vale?

Entonces, no separamos. Creo que Caleb no habría perdido ltanto la dignidad en tan poco tiempo nunca. Ni aunque sumases todas las oportunidades de él juntas, llegabas a perder tanto la dignidad como lo había hecho yo en veinte minutos. Esperaba que él no estuviera haciéndolo conmigo, porque lo cierto es que yo lo estaba haciendo totalmente de manera inconsciente. No me acordaba de que era hombre y no acordarme de ese dato tan sumamente importante me estaba haciendo hacer muchas cosas de las que probablemente estuvieran dentro de la lista de cosas que Caleb me pidió expresamente que no hiciera para romper su reputación. Por suerte, esperaba que nunca se enterase. No debía de enterarse nunca. Aunque claro, había dejado pruebasdetráss de mí, como por ejemplo ese hombre al que le guiñé el ojo y al que intenté seducir. ¿Te imaginas que sea gay y días después se le aparezca a Caleb delante después de lo que he hecho yo? Sería muy épico y probablemente delatase mis acciones de traición a su cuerpo.

Sin darle mucha más importancia a su trabajo, pue estaba todo perfectamente arreglado. “Perfectamente arreglado.” Salí disparada hacia la sala de juicios, que era lo realmente importante. Esperaba llegar a tiempo, porque sabiendo como se perdía Caleb en los temas nuevos de este tipo podría llegar a votar totalmente lo contrario a lo lógico sólo porque su cerebro se nubla ante la realidad desconocida y el hecho de que ahora mismo no controla su nuevo cuerpo. Debe de estar incluso más estresado que yo.

Bajé a una de las últimas plantas, que era dónde se encontraban los juicios y recorrí los pasillos sujetándome de todos lados, ya que aquel suelo parecía estar limpiado con el maldito abrillantador más resbalador de todo el mercado. Encima con esos zapatos... Justo cuando estaba viendo la entrada al juicio (al cual podrías entrar como oyente libremente), aceleré el paso. Al llegar justo a la puerta y estar en la visión de todos, me confié con esos zapatos y me resbalé. Fue tal la fuerza con la que me resbalé que mi cuerpo se levantó y cayó de culo al suelo, llamando la atención de todos los presentes.  Me caí tan fuerte que sonó en el eco de toda la sala y fue con tanta fuerza que hasta me dolió la cabeza. ¿Ves? Con los tacones no pasan estas cosas. Me levanté lentamente para pedir disculpas con un movimiento de manos mientras me sacudía muy femeninamente mi trage, para luego acercarme  a los asientos de los visitantes.

Miré a mi cuerpo de manera suspicaz y me senté, escuchando las últimas aclaraciones sobre el caso que se presentaba. Alcé el dedo pulgar en señal de que votara positivamente a su sentencia. Vi que uno a su lado le estaba hablando. O sea, un tío le estaba hablando a mi cuerpo.  ¿Qué le estaría diciendo?

Mientras tanto, en la zona de Caleb...

Menudo tío más gilipollas —dijo el hombre, refiriéndose al hombre que acababa de entrar y se acababa de caer— Odio a ese imbécil. Se cree un prepotente arrogante. Y se tiró a mi ex. Por su culpa lo dejamos. No me importaría juzgarle a él, aunque sea inocente yo le votaría culpable. —dijo el hombre a mi cuerpo.
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Caleb Dankworth el Vie Abr 17, 2015 4:28 pm

Había días malos. Había días muy malos. Había días muy muy malos. Había días perros. Había días terribles. Había días completamente desastrosos. Y luego estaba este día. Este día era mortal. Era caótico. ¡Era apocalíptico! ¿Cómo se puede sobrevivir a un día así? Solamente iba de mal en peor. En comparación con lo que estaba pasando ahora mismo, el anuncio del posible embarazo de Abi a causa mía había sido una noticia feliz, como si a un niño le hubiesen dicho que se iba a de vacaciones Disney. ¡Pero no había sido así ni mucho menos, así que imaginas lo mal que estaba pasando con el cambio de cuerpo! Sin duda debía de haber hecho algo muy muy malo para merecer semejante mal karma, y Abi también. No sé cual de los dos se está tomando este suceso anormal peor, pero juntos éramos una bomba de relojería a punto de estallar en cualquier momento.

Nos pusimos a discutir por todo. Pero absolutamente por todo. Que si la ropa interior, que si la falda, que si los zapatos, que si el pelo, que si el cuerpo, que si el maquillaje, que si parece gay, que si parecer marimacho, que si no sé qué, que si no sé cuantos... Aquello era una espiral de quejas sin fin en la que nos estábamos perdiendo sin remedio. ¿Y cómo no? ¡No estábamos en nuestro cuerpos, y estábamos desquiciados! Aquella locura no pararía hasta que localizásemos a Desmond, pero el muy maldito no apareció por ninguna parte, así que toda la caminata por los pasillos en la que lo habíamos pasado fatal había sido casi en vano. Pero vamos que lo habíamos pasado mal... Entre Abi haciendo que yo pareciese gay, yo haciendo que ella pareciese que se la habían metido tres negros, y ambos enfadándonos el uno con el otro éramos todo un espectáculo. Menos mal que en aquel momento no había nadie en el pasillo, aparte del pobre becario al que grité- bueno, él pensará de por vida que Abi le gritó- o sino habríamos sido todo un espectáculo del que se hablaría durante semanas. Nos corregimos el uno al otro lo mejor que pudimos, aunque ninguno logró hacer lo que teníamos que hacer a la perfección, pero algo era algo.

Tenía que ir a hacer el trabajo de Abi y, sinceramente, no me hacía ni puta gracia. Teníamos un plan, pero este podía fallar, y le pregunté que qué debía hacer entonces.- Sí, soy perfectamente capaz de votar yo solo, ¿pero y si mi opinión sobre el caso es completamente contraria a la que habrías tenido tú? ¿Y si conozco a la persona siendo juzgada?- aquello podía soñar a tontería, pero los mortífagos siempre teníamos conocidos y gente que nos caía bien por una cosa o por otra siendo enviados a juicio por todo tipo de delitos y crímenes. Es lo que tiene moverse en ciertos círculos.- Pero está bien, haré eso, me fijaré en los demás...- o más fácil aún, votaré lo que vote el Ministro. Sí, eso podría funcionar...

Le dije que no fuese por el piso del Ministerio en el que se podría encontrar a la mujer con la que había quedado. Había dos razones principales por las que no quería que Abi se encontrase con ella mientras estaba metida en mi cuerpo. Una era que seguro que a Abi no le haría ni pizca de gracia que se le tire encima una tipa a la que ni siquiera conoce, y la segunda es que visto cómo estaba actuando Abi en mi cuerpo me iba a dejar muy pero que muy mal, y eso no entraba en mis planes. Cuando pille a Desmond le arranco la cabeza, lo juro...

Entrecerré los ojos y le lancé a Abi una mirada fulminante tras escuchar lo que decía.- A este cuerpo puedo hacerle lo que quiera cuando estás tú metida en él, no me interesa lo más mínimo ahora mismo. Si fuese otra persona la que estuviese metida en tu cuerpo entonces vale, pero que dudes de mí me ofende- había suavizado entonces la expresión de mi rostro, y esbozaba una medio sonrisa pícara. En este momento,mide ido a esa sonrisa y la mirada, era muy cantoso que yo era el que ocupaba aquel cuerpo, pues esa expresión es típica mía.- En todo caso tendría que preocuparme yo de lo que haces tú con mi cuerpo. Pero está bien, ¿quieres ir a mi casa? ¿O prefieres la tuya?

Fuimos cada uno por distintos caminos entonces para poder asistir a los trabajos de cada cuerpo. No tuve muchos problemas llegando a la sala de juicio, salvo aquel desafortunado encuentro con Bryan McCann. Su cara a lo mejor era capaz de enamorar a una adolescente hormonal, pero es tan idiota que no me extraña que su mujer le pusiese los cuerpos. Cuando intentó ponerse en plan ligón con el cuerpo de Abi, es decir conmigo, le puse un alto y corrí a la sala de juicios. Mala suerte la mía, pues el idiota se me sentó al lado. Puse los ojos en blanco y le ignoré, y cuando comenzó el juicio presté atención por si Abi no llegaba a tiempo. Creo que si Abi no llega votaré a favor, juzgando por lo que estoy escuchando...

Abi llegó entonces... y montó un gran espectáculo. Se resbaló y cayó de culo delante de todo el mundo con un gran estrépito, dejándome más en ridículo en un solo momento que yo mismo en unos veinte años. Mantuve cara de póker, pero tenía hasta ganas de llorar. Nunca lloro, eso es ridículo, pero en serio que quería echarme a llorar y no parar. Primero camina por todo el Ministerio de una forma que hace que parezca gay, y ahora me hace esto... ¡¿Por qué, Abi, POR QUÉ?!

Bryan se acercó a mí y me habló, pensando que estaba hablándole a Abi... sobre mí. Qué mala puntería, ¿cuántas posibilidades tiene alguien de estar criticando a alguien y que esa persona estuviese metida en el cuerpo de la persona con la que hablas? El mundo mágico es muy jodido a veces, esto no les pasa a los Muggles.

-No te extrañes de que tu mujer te pusiese los cuernos con él, es mucho mejor en la cama que tú- dije con toda la calma del mundo, encogiéndome de hombros como quien no quiere la cosa. Yo no le miraba a él, pero por el rabillo del ojo pude ver como abría los ojos de repente con sorpresa y con indignación y me mirase como si estuviese blasfemando de la peor manera del mundo. Pues que no me mire así, porque estoy al cien por ciento seguro de que no he dicho ninguna mentira. Su propia mujer me lo dijo después de que la hiciese gritar mi nombre hasta que casi perdió la voz.

Abi me indicó que votase a favor, así que eso hice cuando llegó el momento de las votaciones. Estábamos esperando al siguiente caso cuando de pronto me fijé en cómo se sentaba Abi en mi cuerpo... Casi ardo de la rabia. ¿Acaso no le he dicho antes que no cruce las piernas y ponga la espalda tan tiesa y estirada? ¡¿Y por qué ya no se pone de paso una camisa de colores con el arcoiris y una carita feliz y se pone a tirarle purpurina a la gente?!

Yo tenía la varita en la mano, por razones. Y entre que no era mi varita y por lo tanto no podía controlarla bien por todo eso de que las varitas escogen al mago, y que estaba ardiendo de la rabia y en mí había un cocktail de emociones fuertes... bueno, pues la varita hizo de las suyas. La apreté con fuerza en mi mano, y de pronto la sala se llenó con un agudo silbido procedente de la varita, y de esta salieron disparadas un montón de chispas de colores cual fuegos artificiales que fueron a darle al techo de la sala de juicios y explotaron, llamando la atención de absolutamente todo el mundo. Por si fuera poco, después de la explosión de las chispas se puso a nevar mágicamente. Quería que la tierra me tragara, en serio... Pero al menos estoy en el cuerpo de Abi, no el mío. Esto le pasa por estresarme al sentarse de esa manera.

Solté rápidamente la varita, y entonces dejó de nevar. Todas las miradas seguían posadas en mí, y sonreí como quien no quiere la cosa.

-Eh...- murmuré sin saber qué decir o hacer, rompiendo aquel pesado e incómodo silencio que de repente reinaba en la sala- ¿seguimos?
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