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This is not my body {Caleb Dankworth}

Abigail T. McDowell el Jue Feb 05, 2015 1:26 am

Recuerdo del primer mensaje :

Las mujeres tenemos muchas más preocupaciones que los hombres, con extremada diferencia. No sólo a la hora de cargos casuales, sino a la hora de ciertos aspectos muchos más íntimos. No es justo que todos los hombres puedan tirarse a todas las mujeres que quieran sin tener ninguna repercusión sobre su futuro. ¿Las mujeres, en cambio? Vamos, te acuestas con los que quieras, pero desde que tienes un ligero retraso, tu mundo se vuelve en tu contra para asegurarte al cien por cien la peor de las opciones.

Ya me ha pasado anteriormente, un retraso lo puede tener cualquier mujer en cualquier momento de su vida, debido a distintos aspectos de la vida, como el hecho de estar estresada, tener problemas en tu vida o en tu cuerpo o cualquier otro motivo. No obstante, yo no me sentía diferente para nada en ningún factor externo, por lo que inevitablemente mi pesimismo me dio a entender la peor de las posibilidades. Para colmo, el hecho de pensar siempre en lo peor, recrea una barrera estresante alrededor de ti, por lo que inconscientemente estás haciendo que todavía se retrase más lo inevitable. Por lo que es un continuo bucle de malestar y estrés que puede llegar a matarte. Yo tenía muy clara una cosa en mi vida: hijos nunca. Odiaba a los niños pequeños; limpiar pañales, soportar sus llantos… No. Sin duda no tenía instinto materno ni nunca lo tendría, por lo que la simple y llana idea de tener un bebé me resultaba repulsiva y sumamente inconcebible para mí.

Llevaba semana y media tirándome de los pelos -metafóricamente hablando- y no había conseguido nada. No era muy difícil llegar a la conclusión de quién había sido el culpable, ya que con cualquier desconocido tomo más medidas de lo necesario, con Caleb no, porque, por muy sorprendente que sea, confío en él y sé que no es una amenaza que atenta contra mi salud. Además de que había sido uno de los últimos con los que había estado.

¿Debía decírselo? ¿Coméntarselo? ¿O mejor no decírselo? Total, si estoy embarazada está claro que lo primero que debo de hacer es suicidarme. Eso estaba claro. Así que realmente no tenía por qué meterle en un aprieto. No obstante, era una egoísta y estaba claro de que si yo había puesto un óvulo para hacer esta monstruosidad, él había puesto un espermatozoide, así que si yo sufría psicológicamente, él también. Así de paso tendría apoyo.

Por la mañana temprano, a eso de las nueve, me dirigí al departamento de catástrofes mágicas, en dónde se encontraban la mayoría de los desmemorizadores, entre ellos Caleb. Tenía muchísimas cosas que hacer ese día, por lo que lo primero que quise quitarme de encima era el peso de la incomodidad. Quería ir, decírselo y que él me dijera: “Abi, no te estreses, no te vuelvas loca porque NO vas a estar embarazada”. Si él me lo decía era más fácil creérmelo.

Los tacones resonaban en el suelo, llamando la atención de todos los que estaban por el pasillo. No tenía el mismo gesto falsamente afable que solía poseer, sino que iba con cara neutral, totalmente pasiva. No me molesté en saludar a nadie y fui directamente al despacho que tenía Caleb, abriendo la puerta sin llamar. Entré al interior y cerré la puerta tras de mí.

Tenemos que hablar —fue lo primero que me salió. Tuve que sonreír, porque era el típico tópico que se utilizaba para dejar alguna relación—. No, no voy a cortar contigo —añadí, acercándome a él.

Me puse delante de él, al otro lado de la mesa. Respiré hondo, le miré a los ojos y… venga, con suerte si estoy embarazada consigo que me haga el favor de librarme del sufrimiento y me mate él.

Tengo un retraso de semana y media —dije, sin vaselina, sin nada. Simplemente lo solté, como quién tira la piedra y esconde la mano. Como quién tira una bomba y se va en dirección contraria. Observé su rostro… No, no era el rostro reconfortante que me esperaba. A lo mejor aun no se había dado cuenta de la gravedad del asunto—. Y te estarás preguntando que porqué te lo digo… porque si hay algo aquí dentro —señalé mi vientre— es por tu culpa. —y me quedé tan ancha, echándole la culpa a él como si eso fuera la solución.

OFF: vestida así.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Abigail T. McDowell el Lun Abr 27, 2015 3:03 pm

Habíamos tenido suerte de que esta desgracia nos hubiera tocado entre nosotros. ¿Os imagináis que me toca soportar esto con el Ministro? ¿Con mi secretaria? ¿Con el subnormal de Relaciones Muggles? Habíamos tenido suerte de que el cabrón de su jefe hubiera tenido la puntería de que fuésemos justamente Caleb y yo. Había confianza y por suerte era sincera, ya que para soportar una cosa como esta había que tener una confianza inhumana en el otro como para poder dejarle con tu cuerpo a solas. Caleb era una de las pocas personas por las que podría arriesgar mi vida, por lo que sin duda alguna aparte de importante, también estaba dentro de la categoría limitadísima de personas en las que más confío.

Lo que debíamos hacer primeramente era dejar claro lo que hacer con las obligaciones que teníamos que hacer hoy. Como desmemorizador y secretaria no podíamos desantenderlos, pero sí podíamos tomarnos el resto del día libre por indisposición. Joder, que si estoy indispuesta hoy… No doy para más desgracias.

Yo conozco a la mayoría que son juzgados, pero ni se te ocurra dejarte llevar por tus emociones. Vota lo que votaría un jurado de verdad que se rige bajo la justicia del Ministerio. Incluso el Ministro pasa de sus ideales cuando juzga. Aquellos que se dejan atrapar por el Ministerio se merecen estar en Azkaban aunque apoyen la causa —le expliqué susurrante, para que lo tuviera claro y no se dejase llevar por lo que votar o dejar de votar. Aunque por suerte, como son largos los juicios, llegaría  tiempo para intentar ayudarle en la votación.

Repito: menos mal que estaba Caleb en mi cuerpo y no por ejemplo Scott. ¿Os imagináis a Scott en mi cuerpo? Se hubiera pegado todo este tipo acariciándose a sí mismo las tetas, seguro. Por suerte Caleb, como bien ha dicho, puede tocarla todo lo que quieras incluso no estando en el cuerpo. Suspiré cuando se sintió medio ofendido y esbocé una sonrisa ante su mirada. Tenía razón. Él iba a cuidar mi cuerpo lo mejor posible y yo lo mismo, aunque ninguno de los dos fuéramos consciente de que lo que hacíamos dejaba muy mal al otro. Cuando me preguntó en qué casa quedaríamos, estaba claro que sería en la de él. No recuerdo ahora mismo si Caleb ha ido a mi casa, pero habiendo visto la totalidad de la suya, prefería indudablemente ir a la de él para que no se pusiera a contar con pasos cuánta diferencia había entre mi salón y su habitación.

La tuya. Nos vemos después del juicio y nos vamos. Mandaré una lechuza desde tu casa o contactaré con el Ministro por Red Flú para contarle mi indisposición. Obviamente me inventaré alguna. Si le contamos esto a alguien olvídate de conservar tu dignidad —puse medianamente los ojos en blanco.

Entonces nos separarmos. Lo que yo tenía que hacer lo hice, quizás no de la mejor manera que podría haberla hecho, pero sin duda alguna había tenía un resultado efectivo. No dudé lo más mínimo en irme de allí hacia la sala de juicio, ya que básicamente había hecho todo aquello a las prisas para que me diera tiempo de salvar mi propio culo. Estar en el cuerpo de un hombre era horrible, entre que pesaba más y sudaba más, estaba en un  estado de incomodidad constante. Nunca había deseado ser hombre y, ahora que lo estaba experimentando, esperaba fervientemente no tener que soportarlo nunca más. Esperaba que aquello fuera simplemente pasajero o colgaré la cabeza de Desmond en una puta pica en la entrada del Ministerio.

Conseguí que no me diera un ataque de camino a la sala de juicio y tras la breve e inofensiva caída que tuve, me senté tranquilamente en uno de los bancos mientras atendía a todo lo que estaba pasando en el juicio, para poder darle a Caleb un voto lógico y que no armase ningún lío. Normalmente cuando el jurado es unánime excepto por uno, solían preguntarle a esa persona el por qué de su veredicto. Por lo que esperaba que Caleb no la cagase.

Pero no, no la cagó de esa manera, si no de otra muy diferente. De repente desde dónde estaba Caleb sentado comenzó a escucharse un agudo sonido, aunque eso no fue lo único, sino que después de la varita comenzaron a saltar fuegos artificiales por todos lados para luego que comenzara a nevar. Imagináos la cara de los dementores y, sobre todo, las de todos que ahora mismo tenían la mirada puestas en mi cuerpo. Me subieron los calores de la vergüenza y mi mirada era puramente asesina hacia Caleb. Aquella me las pagaba. El Ministro, que era bastante agradecido por todo lo que hacía por él, decidió no reparar en aquel catastrófico acto de estupidez que había tenido Caleb y prosiguió con el juicio. Suspiré como si el mayor peso del universo se me hubiera quitado de encima, pero sólo había sido una cosa de todas las que podrían pasar, por lo que no canté victoria muy rápido.

Los juicios de esa mañana eran tres, por lo que pasaron más rápido de lo que esperábamos sin que ninguno de los dos volviera a armar un auténtico desastre con el cuerpo del otro. Venga, no había sido para tanto. Yo le había dejado en ridículo sin querer y él probablemente lo mismo. Seríamos el tema de toda la semana, pero podría haber sido peor. Mucho peor. Esperé fuera de la sala de juicios hasta que saliera Caleb y cuando vi mi perfecto cuerpo salir, me acerqué a él para dirigirnos ambos a un lugar en dónde la aparición estuviera permitida para irnos de allí. No obstante, cuando estuvimos a punto de subir los escalones para irnos de allí, el Ministro me llamó (o sea, a la Abi que ahora mismo estaba siendo poseída por un hombre) y nos hizo parar. Maldije por lo bajo a todos sus muertos y me giré con una sonrisa típica de Caleb, escuchando lo que decía.

¿Qué ha pasado ahí dentro, Abigail? —preguntó el Ministro— No tienes buena cara. ¿Problemas? —añadió con algo de preocupación y cariño, posando su mano sobre la frente de mi cuerpo por si estaba enferma. El Ministro poseía un semblante serio y sereno, pero sin duda alguna una servidora sabía cómo ganarse su cariño y preocupación. Tenía en mente ganar mucha más atención de él con el tiempo, aunque precisamente ahora no era un buen momento.

Antes de que Caleb pudiera hablar, me metí en medio ejerciendo de protector de mi propio cuerpo, ya que tampoco quería que el Ministro se hiciera cargo de cualquier problema cuando ya Caleb y yo lo teníamos perfectamente controlado. Quería irme de allí  y que mi cuerpo dejase de interactuar con tanta gente.

Caleb Dankworth —me presenté formalmente, aunque realmente no tenía ni idea de si se conocían o no. Ambos apoyan la causa pero a lo mejor formalmene en el Ministerio hacen no conocerse— Soy amigo de Abi y pretendía llevármela a tomar algo a ver si así se relaja. Prometo devolverla sana y salva y sin fuegos artificiales —sonreí.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Mayo 22, 2015 8:14 am

A pesar de que estábamos teniendo un montón de problemas, estábamos sobreviviendo, que ya era decir mucho. Aquel día iba a quedar marcado en el calendario como uno de los más estresantes y más ridículos y más… más… ¡más de todo de mi vida entera! Cuando todo esto acabe espero que pueda relajarme, tomarme una copa, y reírme a carcajadas a causa de lo absurdo de toda esta situación. Tendría que esperar a estar de vuelta en mi propio cuerpo, por supuesto, porque mientras estuviese atrapado en el cuerpo de Abi y no supiésemos si está embarazada o no (y yo no pienso hacerme el test bajo ningún concepto, ¡que se lo haga ella!) no podía beber. ¡Menuda mierda!

Todo estaba yendo bien en el juzgado, y nadie se estaba dando cuenta de que ahí había algo que andaba mal… hasta que Abi entró con mi cuerpo en la sala de juicio y lo primero que hizo delante de todo el mundo fue hacer el ridículo. Sentí un profundo dolor cuando vi como mi perfecto cuerpo caía despatarrado al suelo cuando Abi se resbaló. Hice un esfuerzo para no soltar un chillido de esos que sueltas las chicas en las comedias. Veía cómo mi impecable reputación se hacía añicos ante mis ojos, y no pude aguantarlo. Mi estrés se canalizó a través de la varita que sostenía en mi mano, y de esta salieron chispas que parecían fuegos artificiales y un silbido agudo y comenzó a nevar. Al principio me quería morir cuando me di cuenta de lo que acababa de hacer, pero me sentí mejor cuando me di cuenta de que la gente no me miraba mal a mí realmente, sino que miraban mal y juzgaban a Abi. Podía sentir la mirada asesina de mi amiga desde la otra punta de la sala de juicios. Claro que en ese momento no era su mirada asesina de siempre, sino que era mi mirada asesina, y era como si me estuviese atravesando un témpano de hielo. ¡Qué mirada de cabreo!

Por suerte no hubo más altercados durante el resto de la duración de los juicios. Uno a uno fui juzgando a los acusados según lo que me señalizaba Abi con el pulgar desde donde estaba sentada. En cuanto los juicios finalizaron me di prisa en recoger mis cosas para poder irme rápido de allí antes de que alguien intentase acercarse a mí a hablar o a cualquier cosa. Bryan lo intentó, preguntándome que si quería ir a tomar algo con él, pero le di esquinazo.

-¡Mejor otro día!- exclamé rápidamente antes de alejarme de allí lo más rápido posible. Después del pequeño accidente de antes lo que más me apetecía era desaparecer de allí, y más contando que no estoy metido en mi propio cuerpo y que me quiero ir a mi casa.

En cuanto salí de la sala de juicios encontré a Abi esperándome. Ninguno de los dos dijimos ni una palabra, lo púnico que ambos queríamos hacer era salir corriendo de allí e ir a mi casa a esperar a que los efectos de aquella maldita bebida se pasasen y ambos volviésemos a nuestros cuerpos para que nuestras vidas volviesen a la normalidad. Iba a necesitar una poción contra el dolor de cabeza después de todo esto… Pero nuestra huida hacia la libertad se vio interrumpida por nada más ni nada menos que el mismísimo Ministro de Magia, Ben Winslow, que se acercó a ver si yo, es decir Abi, estaba bien. Hasta me puso la mano en la frente y todo de manera cariñosa. Hice un esfuerzo para no fruncir el ceño y no mostrar lo incómodo que estaba con que ese hombre me tocase mientras me miraba de aquella manera. ¡Abi, sálvame!

Por suerte ella intervino, aunque no lo hizo de la manera más correcta, pues se presentó al Ministro como si jamás le hubiese conocido. ¡Narices, que yo había hablado en otras ocasiones con el Ministro! No solamente éramos ambos mortífagos y en ocasiones habíamos coincidido en el Ministerio, sino que además nos movíamos en el mismo círculo social. El Ministro se quedó mirando a Abi en mi cuerpo con cara extrañada.

-Juro recordar que ya nos habíamos conocido, señor Dankworth.

Intervine yo entonces, riendo nerviosamente y le di unas palmadas a Abi en el hombro.

-Mi amigo Caleb, que trabaja tanto tiempo desmemorizando gente que a veces se olvida él mismo de algunas cosas por accidente- dije como si fuese la cosa más normal del mundo, encogiéndome de hombros para quitarle importancia.

-Ya veo- dijo el Ministro. Por la mirada que nos lanzó a ambos, segur que pensaba que ambos estábamos intoxicados. Bueno, no estaba equivocado del todo…- Espero que te encuentres mejor, Abi. Te veré mañana en el despacho.

-¡Hasta mañana!- Abi y yo nos dimos entonces la vuelta y nos alejamos de allí tan rápidamente que llamamos la atención de algunos curiosos. Fuimos en el ascensor hasta el Atrio, desde donde ya podíamos desaparecernos. Por costumbre agarré a Abi y me desaparecí conjuntamente con ella, con la intención de aparecerme en el  salón de mi casa.

Todo iba bien, hasta que de pronto junto antes de aparecerme sentí como si chocase contra un muro invisible, y caí de espaldas sobre la hierba del jardín delantero de mi mansión. Gruñí de dolor, y al levantarme me di cuenta de que estaba solo. Abi se había aparecido en el interior del salón con éxito. ¡Maldita sea! Los estúpidos encantamientos protectores que había en mi casa impedían que nadie que no perteneciese a la familia se apareciese en el interior de la mansión, a no ser que estuviesen acompañados de mí. Una poción multijugos sería inútil para quien quisiese entrar, pero Abi estaba en mi cuerpo, por lo tanto técnicamente era yo, así que podía atravesar las barreras… Pero yo, que era el que estaba intentando aparecerse dentro en vez de dejarme llevar por Abi en aparición conjunta, técnicamente no era yo, así que no podía entrar en mi propia casa. ¡Justo cuando pensaba que este día no podría ser peor!

Me levanté con dificultad a causa de los tacones, me sacudí el polvo del vestido, y caminé cojeando hacia la puerta principal. Una vez allí me puse a dar porrazos para que alguien me abriese. O Abi, o un maldito elfo, o el puñetero mayordomo, ¡me daba igual!

-¡Ferdinand!- llamé a voces al mayordomo. El hombre debía estar súper confundido por el hecho de que una mujer desconocida le estuviese llamando a gritos desde la puerta.- ¡Ferdinand! ¡Abre la puerta!

El mayordomo abrió la puerta entonces, y me miró súper extrañado. Protestó cuando le aparté de un empujón y entré al interior de la mansión sin esperar a que me dijese nada, aunque intentó detenerme. Con un grito le mandé a que se fuese a la cocina. Será un squib imbécil, pero me ha escuchado gritar suficientes veces para saber que, a pesar de que aquel cuerpo no era el mío, era yo, así que me hizo caso y se fue tras cerrar a puerta. Yo me fui al salón, donde estaba Abi metida en mi cuerpo. Resoplé, sintiéndome agotado. Seguía cojeando a causa de los malditos tacones, así que me detuve y di dos patadas al aire, haciendo que los tacones saliesen volando por los aires y quedé descalzo por fin, ¡y libre!

-¡Dios, no siento mis pies!- me quejé, claramente irritado. Sentía como si tuviese los pies en carne viva mientras caminaba hacia la mesa donde tenía las botellas de whisky. Cogí un vaso y me serví dos dedos de whisky. Iba a beberlo para calmarme un poco, pero entonces me di cuenta de que estaba en el cuerpo de Abi, y Abi a lo mejor estaba embarazada, así que en ese momento a lo mejor era yo el embarazado, así que no podía beber. Hice una mueca y tiré el vaso con fuerza a la chimenea. El vaso chocó contra la pared al fondo de la chimenea encendida, haciéndose añicos, y el alcohol avivó las llamas durante un segundo.- ¡Odio este puto día! Juro que cuando pille a Desmond lo mato. ¡Oyeme bien, lo mato! ¡El trozo más grande que va a quedar de él no lo va a poder ver ni un puto microbio!- exclamé antes de dejarme caer sobre uno de los sofás. Respiré profundamente. Necesitaba relajarme…
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Dom Mayo 24, 2015 9:27 pm

Ya era difícil intentar ser un Caleb decente, como para encima tener que suponer a quién conoce y a quién no. Teniendo en cuenta el doble trabajo de los tres, debí suponer con más rapidez que se conocían, pero no, en aquella ocasión mi mente estaba bastante atareada con el problema al que nos enfrentábamos como para tener en cuenta más factores. Caleb no tardó en meterse en medio de la conversación, cosa que en parte agradecí y en parte no. Pero por suerte, dijo algo decente que no me dejó en evidencia. Ya le íbamos pillando el toque a esto de hacernos pasar por el otro, justo cuando nuestro próximo movimiento era irnos cuánto antes del Ministerio antes de seguir cagándola.

Después de despedirnos del Ministro de Magia nos fuimos de allí rápidamente para llegar al Atrio, lugar desde dónde nos podíamos desaparecer tranquilamente. O por lo menos, yo podía desaparecerme tranquilamente, ya que aparecí en el salón de Caleb sin ningún tipo de problemas. ¿Pero dónde estaba mi cuerpo? ¿Dónde narices estaba Caleb? Aunque no tardé en escuchar mi propia voz histérica aporrear la puerta de la gran Mansión Dankworth. Aunque fue todavía más divertido ver mi precioso cuerpo entrar totalmente histérico hasta el salón y ver el número que se había montado Caleb debido a su explosión de hormonas femeninas a las que no estaba acostumbrado. Además, eso de no poder beber se nota que le estaba afectando. Yo aproveché para acercarme a dónde tenía el alcohol y servirme un vaso, aprovechando que yo podía beber perfectamente ya que no estaba en mi posible y embarazado cuerpo.

Me senté en el sofá mientras veía a Caleb dejando a mi cuerpo como el más histérico de todo el mundo. ¿Yo me veía así cuando me cabreaba? ¿Me habría cabreado alguna vez tanto como para verme así? Yo, la verdad, ahora que estábamos en un lugar más tranquilo y en dónde no poder meternos en líos, me sentía mucho más tranquila que hace unos minutos intentando defender un juicio desde el cuerpo de Caleb.

Tranquilizate —le dije a Caleb, tirándome en el sillón boca arriba y dejando el vaso ya casi vacío sobre una mesa a mi lado— Ya estamos en tu casa, por fin podemos relajarnos. Será temporal, volveremos a nuestros cuerpos, dejaré de sentir ese picor en lo que parece ser tu huevo izquierdo que no me apetece tocar y podremos ir a matar a Desmond tranquilamente —dije con los ojos cerrados, intentando encontrar el zen de mi tranquilización; concentrar mi chakra para intentar ver las cosas positivamente porque si no iba a matar a alguien y no era plan de matar a alguien por mi desgracia— No bebimos demasiado de la botella, ¿no? —pregunté ilusamente— ¿Cuánto puede durar? Ya llevamos dos horas así con la tontería y no creo que tenga efectos mucho más duraderos.

Es que si te ponías a pensarlos podíamos llegar a pasar momentos realmente vergonzosos en el cuerpo del otro estando en la intimidad. No quería ni imaginar el momento en el que la madre naturaleza llamase a la puerta de ninguno de los dos cuerpos. No quería ni tener que defecar yo, ni tener que imaginarme a Caleb defecando con mi cuerpo. ¡O haciendo pis! Que para una chica que nunca ha tenido un rabo teledirigido, eso se presenta como algo difícil la primera vez.

¡Siéntate aquí ya y deja de volverte histérico con mi cuerpo, que tu mayordomo se va a pensar que soy una loca desquiciada! —le recriminé, señalándole al sofá que estaba al lado mía, ya que yo me había ocupado la gran mayoría de uno. Antes de decirle nada más, me levanté de golpe y me acerqué deliberadamente a un escritorio que estaba en una esquina de aquel enorme salón.

Cogí un trozo de pergamino y una pluma, sentándome en la silla. Escribí en él las indicaciones que le llegarían a mi secretario,  para que cambiara mi agenda de hoy y cancelara las dos reuniones que tenía para pasarlas a mañana. Me volví a poner de pie y en vista de que por allí no había ningún animal mensajero, creé un Avis y le amarré a una pata el pequeño pergamino enrollado. Justo después, lo dejé salir por la ventana.

Volví a sentarme en el sofá y me quité los zapatos, me aflojé sin mucha maña la corbata pues parecía estar cada vez más apretada y miré a Caleb.

Creo que puedo decir con seguridad que es el maldito día más surrealista de mi vida. ¿Qué hacemos ahora mientras esperamos? Porque espero que tengamos que esperar, porque como sea para siempre puede darme un ataque —le pregunté, para ver si él tenía una idea mejor que estar allí sentados mirándonos.
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Caleb Dankworth el Dom Jun 14, 2015 12:54 am

El pequeño incidente que hubo con los hechizos de protección que había puestos sobre la mansión y que me impidieron entrar y me dejaron fuera hasta que el idiota del mayordomo me abrió la puerta me puso aún de más mal humor de lo que ya estaba, y antes estaba de muy, pero que de muy mal humor. A nadie le hace ni puta gracia beber de una botella que le has robado a tu jefe y descubrir de repente que te has cambiado de cuerpo y estás metido en el de tu mejor amiga. Abi estaba muy buena, y yo la adoraba, pero la adoraba desde mi propio cuerpo, que era perfecto para mí. Su cuerpo era perfecto para ella y para nadie más. Como resultado de aquel intensificado mal humor me dediqué a dar porrazos y gritos y entré en la mansión hecho una furia. El mayordomo estaba flipando, pero se abstuvo de hacer preguntas pues sabía que ser curioso era lo peor que le podía pasar a alguien que trabajaba para mi familia. Abi no estaba histérica como yo, ella estaba tan contenta tirada en el sofá, bebiendo alcohol como si nada, mientras que yo no podía probar ni una sola gota por sí acaso Abi sí que estaba embarazada y yo ahora estaba cargando con ese embarazo. La fulminé con la mirada. ¡Eso, aprovecha, pedazo de guarra, ahora que puedes!

-¿Cómo voy a relajarme? Para relajarme necesito alcohol. Y adivina qué, ¡no puedo! Otra cosa que me relaja es matar a alguien. Pero no como tú les matas, sino a mi estilo. ¡Oye, podría hacer eso! Sería curioso desollar y destripar y descuartizar a alguien mientras estoy en este cuerpo. Una completa Femme Fatale. Irónico, dado a tu... condición- dije refiriéndome a su asco infinito por la sangre. Yo he estad tantas veces cubierto de sangre que no era mía que casi es un milagro que no se La halla teñido la piel permanentemente de rojo.- ¿Pero a quién mato? ¿A Ferdinand? Eso me daría una oportunidad para buscar un mayordomo más eficiente- dije. No me preocupaba que Ferdinand estuviese espiando y escuchase mi amenaza. Después de todo, ya ha oído como los miembros de esta familia han planeado su muerte unas mil veces y ahí sigue el cabrón, vivito y coleando. Mi hermano Sylvan le tenía mucho asco, siempre se divertía amenazándole.

Al final decidí dejar de dar vueltas por el salón cual loco histérico y seguir el ejemplo de Abi. Estaba agotado, así que tras resoplar lleno de desesperación me tiré en el sofá y me estiré. Cuando estaba en mi propio cuerpo casi no podía estirarme del todo en el sofá, pues era demasiado alto y siempre tenía que doblar las piernas o quedarme sentado. Pero Abi era muy bajita, así que en su cuerpo cabía entero tirado en el sofá. Era muy cómodo, y sentí que comenzaba a relajarme un poco, a pesar de que todavía no había no una sola gota de alcohol dentro de mí y las probabilidades de que me diese otro ataque de histeria eran muy altas.

Abi comenzó a hablar, y trató de tranquilizarme. Me dijo que los efectos de la poción tenían que ser temporales y que pronto volveríamos a la normalidad, y que todo era mejor ahora que estábamos en mi casa y no en el trabajo. Dios, el puto trabajo... No lo había pasado peor en el Ministerio en mi vida. ¡Jamás, nunca! Había estado lleno de estrés, de preocupación... ¡De vergüenza! Abi se había estado paseando como un pavo por todo el Ministerio metida en mi cuerpo y luego, no contenta, me ha dejado como un pato mareado. Pero luego fui yo y la dejé en ridículo a ella con el incidente de la varita. Espero que la gente simplemente piense que estaba enferma y ha tenido un mal día, que puede pasar... Pero cualquier cosa era mejor que que supiesen la verdad. ¡Iba a matar a Desmond!

-Pero ese es el problema, que llevamos dos horas así...- murmuré tras respirar profundamente. No quería continuar enfadado e histérico. Además, no estaba acostumbrado a la voz femenina de Abi siendo utilizada por mí, y chillar con su voz casi me destroza los tímpanos. Menos mal que ella nunca se enfada como yo y no se tira el día chillando, o necesitaríamos llevar tapones auditivos todo el tiempo aunque estuviésemos a kilómetros de distancia de ella.- ¿Desde cuándo una poción dura tanto? Casi todas duran una hora. Lo más parecido que hay a esta poción, sea lo que sea que nos hemos tomado, es la poción multijugos, y los efectos de esa hace tiempo que habrían desaparecido...- todas las pociones y plantas y cosas mágicas que recordaba en ese miembro tenían efectos de una hora, y aquello me estaba poniendo muy nervioso.- ¡Ni siquiera sabía que existía una poción de intercambio de cuerpos! ¿Y si nos quedamos así para siempre? ¿Y si dura una semana? ¿O un mes?- cuanto más pensaba peor de veía el futuro. He aguantado dos horas como Abi McDowell, no aguantaré mucho más...

Abi se levantó y se fue a coger un papel y pluma y escribir una carta. Supongo que se la estaría enviando al trabajo. Yo debería hacer lo mismo, pues después de todo esto no me apetecía ir mañana al trabajo. La escribiría luego, porque ahora no tenía motivación para nada, y menos para escribir una carta al trabajo. Sin embargo el universo parecía estar alineado de manera especial aquel día para que todo aquel día me saliese mal, pues de repente llegó Ferdinand con una carta en la mano. El mayordomo miró a Caleb metida en mi cuerpo, y luego me miró a mí, y se vio que el hombre lo estaba pasando mal. ¿A quién debía dirigirse? Se veía aquella pregunta reflejada en sus ojos. No era tan tonto, sabía que ahí había pasado algo y que Abi era yo y yo era Abi, aunque no se explicaba cómo podría haber pasado eso. Al final optó por dejar la carta en la mesa y decir que la había traído una lechuza hace un minuto, y a continuación se marchó rápidamente de nuevo a la cocina, donde desapareció y nos dejó en paz. Yo me levanté y cogí la carta para leerla. En cuanto lo hice me puse blanco.

-Es de uno de mis compañeros de trabajo...- le dije a Abi. Tragué saliva, sintiéndome muy tenso, y volví a leer la carta que había sido escrita rápidamente.- Abi, ¿por qué uno de los Muggles a los que tenías que desmemorizar se ha puesto a bailar el Chiki Chiki de repente y uno de ellos está convencido de que es una gallina llamada Pepa? Y una de las mujeres no recuerda nada posterior al año 2009...- mascullé entre dientes. Yo sabía perfectamente lo que había pasado, o al menos lo intuía. Era un grupo de Muggles muy grande y desmemorizarles a todos habría tomado muchísimo tiempo, pero Abi había aparecido muy rápido en la sala de juicios. Seguro que, en vez de haber ido revisando la mente de cada uno individualmente para buscar y aislar el recuerdo que tenía que ser modificado, les había juntado a todos en el mismo lugar y les había borrado a todos de un plumazo el recuerdo que le habían dicho que tenía que olvidar. Intenté no enfadadme, y tomé aire para respirar profundamente y no gritar. Escribiría después diciendo que tenía una fiebre muy alta y que me encontraba fatal y que no iría al trabajo en más de un día. No me puse a gritar, pero fulminé a Abi con la mirada. Me la cargo, juro que me la cargo.

Bueno, no, no me la cargo. La quiero mucho y es demasiado genial como para cargármela, pero de esta me vengo. Ya sé, la invitaría algún día al cine a ver una peli y mentiría diciendo que era una normal, pero en realidad la llevaré a ver una de esas gores en las que hay muchísima sangre todo el tiempo, como las de Destino Final. ¡O mejor aún, la llevaría a un restaurante especial para vampiros! Sí, eso haré.

Volví a sentarme en el sofá, y Abi dijo que este era el día más surrealista de su vida. Resoplé y puse los ojos en blanco.- ¿Me lo dices o me lo cuentas?- pregunté retóricamente. Abi preguntó que qué hacíamos y me encogí de hombros. No tenía no idea, la verdad. Normalmente cuando Abi y yo estábamos juntos en algún sitio y estábamos solos (el mayordomo no cuenta, es insignificante y nos importaba un bledo) la ropa acababa volando por los aires y Abi acababa empotrada contra la pared mientras yo me la follaba salvajemente. Aquel sería un muy bien plan de no ser por el pequeño problema que teníamos en el momento. No estábamos en nuestros cuerpos. Y yo me adoro, pero no me voy a follar a mí mismo, ni dejaré que mi cuerpo me follé mientras yo estoy metido en el de una mujer. No, simplemente no. Aunque para los narcisistas extremos este sería el mejor día de sus vidas.- Pues... ¿Te apetece ver una peli?- oficialmente era el día más surrealista del mundo.

Aunque la mansión era muy antigua y todo era muy clásico, debido a que me gustaba la tecnología Muggle también tenía televisión en la casa. Solía tener una en el salón, pero no me gustaba tener ese aparato ahí cuando tenía visitas. Mis amistades de familias de sangre limpia siempre se quedaban muy extrañados. Así que la televisión de plasma gigante había desaparecido completamente del salón y había ido a parar a la habitación de Zack, que era la más moderna de toda la casa. Mi hijo llevaba meses en Hogwarts y todavía no iba a volver, así que le daría lo mismo que me metiese en su cuarto para poder ver su televisión. Él ya sabe que lo hago varias veces. Abi y yo nos marchamos del sofá y subimos al piso de arriba para ir al cuarto de Zack. Era casi todo negro y muy elegante, y la televisión estaba en la pared justo enfrente de la cama. Cogimos el mando y Abi y yo nos sentamos sobre la enorme cama. Comenzamos a ver una peli sin nada más que hacer mientras esperábamos a que los efectos de la poción desapareciesen. Pasó una hora. Pasaron dos. Llevábamos ya cuatro horas así. Empezamos una segunda peli. Otra hora. Y una más... Seis horas bajo los efectos de la poción. Iba a ponerme histérico otra vez, pero conseguí no hacerlo. Abi y yo hicimos una pausa para comer algo ligero, y por suerte más tarde la madre naturaleza fue piadosa y no nos llamó.

Dejamos de ver la televisión y fuimos a mi cuarto. Yo estaba incómodísimo con el vestido de Abi puesto, y ella estaba incómoda con mi traje. Le di a ella ropa de estar por casa mía para que se cambiase, y yo cogí la caja de ropa antigua de mi ex-cuñada (iba a cambiar el nombre que había en esa caja de cartón y voy a poner "ROPA APROPIADA POR ABI" ya que en todas la ocasiones en las que había estado en mi casa había acabado con esa ropa puesta). Me puse ropa de estar por casa, y por fin ambos estuvimos cómodos en la medida de lo posible.

Más y más horas pasaron, y seguíamos cada uno en el cuerpo del otro. Buscamos formas de pasar el rato sin salir de la casa y sin que fuesen las típicas actividades que haríamos cuando éramos la Abi y el Caleb de verdad.- Menos mal que me ha pasado esto contigo. Llega a pasarme con cualquier otra persona y te juro que muero- le confesé a Abi con una risa floja. En el fondo la situación tenía su gracia.

No sé cómo, pero acabamos quedándonos dormidos en mi cama. Estaba teniendo un sueño horrible, y el problema era que era uno de esos sueños en los que no importa como sean de absurdos porque durante todo el tiempo piensas que estas viviendo la realidad. En el sueño, los efectos de la poción jamás se habían ido, eran permanentes. Habían pasado años, Abi se había quedado con todo lo mío porque se había apropiado de mi identidad. Las horas pasaron, y cuando me desperté lo hice con un pequeño sobresalto en parte por culpa del sueño y en parte porque Abi me había dado una pequeña patada. Parpadeé varias veces para despejar la vista. Estaba todo oscuro, ¿qué hora era?

Bostecé y miré el reloj de mi muñeca. Eran las tres de la mañana. ¿Tan tarde era ya? Joder, llevábamos más de doce horas con la maldita poción...

Pero entonces me di cuenta de algo. Estaba mirando mi reloj. El reloj que estaba en mi muñeca. La mía, la de Caleb, la de mi cuerpo. Me toqué la cara con mi mano y casi grité de la alegría cuando sentí mi corto vello facial y toqué mi pelo y mi propia piel, sintiendo la familiar forma de mi cara. ¡Era yo mismo de nuevo, la pesadilla había pasado!

Pero no me puse a cantar y a alegrar de la alegría, sino que simplemente sonreí. Giré la cabeza entonces para mirar a Abi, y entonces me encontré con que ella seguía profundamente dormida, ya metida en su propio cuerpo, y respiraba profundamente mientras que su rostro tenía una expresión pacífica. Y no sólo eso, sino que me había rodeado con su brazo y su pierna y se había enroscado alrededor mío como si fuese un pulpo. Estaba apretada contra mí, acurrucada junto a mi cuerpo mientras dormía. Tras verla así no fui capaz de despertarla. Apoyé la cabeza junto a la suya, la rodeé con mi brazo, y, tras quedarme muy a gusto, volví a quedarme profundamente dormido.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Jue Jun 18, 2015 12:39 am

Si aquella poción duraba una semana o un mes, me volvería totalmente loca. Por mucho que volviera a mi tiempo después de haber estado tanto tiempo siendo hombre, no serviría para quitarme la locura. Es más, no podría ser un hombre. Llevo veintisiete años de mi vida siendo mujer y enorgulleciéndome de ello. ¿Ser ahora un hombre? Por dios, no podría pasarme nada peor.

Y yo que sé, Caleb. Estoy tan estresada como tú —decir eso viniendo del cuerpo de Caleb había sido muy gay— No entiendo la anatomía del hombre, me cansa ser hombre, eres un ser increíblemente incómodo, Caleb, así que deja de dramatizar con mi cuerpo y divagar sobre las posibilidades de nuestra desgracia porque me deprimo. Vamos a ser optimistas por una  vez en nuestra maldita vida —suspiré al final, intentando relajarme. No es tan difícil relajarse, sólo había que pensar en cosas bonitas y alejar el problema lo máximo posible. Aunque ese era justo mi máximo problema: que no tenía demasiadas cosas bonitas en las que pensar.

Entonces me levanté para mandarle una carta a mi secretaria para que cambiara todos los compromisos que tenía ese día. Tenía más cosas importantes, pero todas podías ser postergadas. No obstante, un juicio rara vez es postergados y está claro que no porque la Asistente de Ministro ahora sea un hombre. Cuando volví a dónde estaba, vi a Caleb leyendo una carta. Al principio no me preocupé, hasta que dijo de quién era y lo que había sucedido. Me dejé caer en el sillón y me llevé una mano a la frente, tapándome los ojos. Tierra, trágame. Maldito chivato, ¿no podía haberse estado callado? Se nota que no es gay. Llega a ser gay y seguro que cae ante los encantos femeninos de Caleb Dankworth. Mi amigo necesitaba una explicación, así que comencé a hablar. Una explicación seria y profesional. Debía de acarrear con la culpa, sí…

— Fue un becario. Verás, estaba allí de prácticas y debía de hacer algo, así que le brindé la oportunidad de su primera experiencia. Se llamaba Hugo Ford, búscalo cuando vuelvas al trabajo —me inventé sobre la marcha— Y claro, no tenía tiempo para ir detrás de él supervisándole el trabajo. Lo siento —Y ya está. Así me sacudo las manos. Total, él mañana no se acordará de lo que acababa de decir y mucho menos buscaría a Hugo Ford.

Aburrimiento, desesperación… esos dos adjetivos eran los perfectos calificativos para todo el día restante que nos esperaba. Nos mirábamos raros, nos mirábamos con pesar y con AÑORANZA. Veía mi cuerpo y era como estar mirando un espejo y era frustrante hacer un movimiento y que mi yo físico no se moviera como mi mente lo estuviera pensando. Aquella situación, sin duda alguna, aparte de irreal era sumamente desesperante. Después de un buen rato en dónde simplemente esperamos, Caleb dio la idea de ver una peli. ¡Una maldita película! ¿Qué teníamos, diecisiete años? Suspiré pero finalmente asentí, ya que no había absolutamente nada mejor que hacer.

Nos trasladamos a la habitación de su hijo y nos tiramos allí a ver la televisión durante horas. Comimos, nos cambiamos de ropa (lo cual fue bastante gracioso) y volvimos a tirarnos en su cama, simplemente esperando. Caleb tenía razón. Llega a pasarme esto con otra persona, sea cual sea y probablemente no hubiera durado tanto sin perder la cabeza de manera realmente preocupante.

No sé ni cómo conseguimos relajarnos tanto, pero nos quedamos dormidos. Tengo la teoría de que después de tanto estrés acumulado y tantas películas moñas nuestro nivel de aburrimiento y cansancio llegó a severos extremos en dónde ni la idea de ser del sexo opuesto nos quitaba el sueño. Además, también tengo la teoría de que estar acompañado de la otra persona afectada, ayudaba a dormir con algo más de facilidad. Por eso de no estar metido en la mierda tú solo.

Dormí horrible. Me movía para un lado, para otro, abrí los ojos y me veía a mi lado; no conseguía conciliar ese sueño profundo que dura hasta el día siguiente… De verdad, horrible. En cierta ocasión, probablemente una hora y media después de intentar coger un buen sueño y no conformarme con un sueño ligero que me despertaba al mínimo roce con mi anatomía inferior masculina, observé a mi acompañante y vi a Caleb. No me di cuenta de lo lógico. No me di cuenta de lo que tenía delante. Simplemente lo vi ahí, con un rostro totalmente tranquilo y con una respiración todavía más tranquila. Yo me acerqué a él, totalmente inconsciente de mis actos ni, realmente, de la realidad y me acurruqué a su lado, abrazándole. Ahora sí que dormí de manera profunda. Fue cerrar los ojos, sentir su usual y cálido aroma y quedarme totalmente dormida. Me enrollé a él cual persiana, probablemente encontrando por fin esa seguridad que había estado buscando durante todo el día. ¿Qué me convertía en un tío de por vida? Por lo menos sabría que mi cuerpo lo tiene Caleb. ¿Qué me quedaba embarazada? Bueno… creo que no podría haber habido mejor persona en el mundo que él.
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