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Whispers in the dark [Brad Forman]

Abigail T. McDowell el Mar Feb 17, 2015 4:24 am

19:38 pm; Londres.
Brad Forman

Ahora mismo me encontraba en un juicio en el Ministerio. Solía ejercer de jurado gracias a toda las influencias que tenía, al igual que mucho de los jefes de departamento y personas importantes en el Ministerio con algo de poder. No estaba prestando atención a absolutamente nada de lo que pasaba a mi alrededor, ya que estaba demasiado ocupada mordisqueándome nerviosa el dedo gordo de mi mano derecha. Cualquiera que me conociera un poco sabría que en aquellos momentos había algo atormentándome y no se equivocaría en lo más mínimo.

Me había enterado hace apenas unas horas que un hombre llamado Henry Kerr, había sido apresado. No estaba en Azkaban, sino como testigo en algún lugar, probablemente rodeado de aurores con el único fin de hacerle hablar, ya que prácticamente se había entregado con la condición de cooperar siempre y cuando él pudiera librarse de Azkaban. ¿Por qué me preocupaba por Henry? No, más bien me preocupaba por mí. Henry Kerr era un mortifago, quizás de dos años más que yo con el que en varias ocasiones tuve el “placer” de tener de compañero en ciertas misiones. El problema era que Henry y yo -como con la mitad de los tíos buenos de Inglaterra- nos habíamos acostado en más de una ocasión, por lo él se pensó que entre ambos podría haber algo más que simple atracción sexual. Yo le dije que no (¿estamos locos?), además de darle la espalda en varios y otros problemas de su vida, no le conseguí un trabajo decente en el Ministerio cuando más lo necesitaba y tampoco le ayudé con problemas ministeriales que, en cierta manera, es lo que le ha llevado a estar dónde está. En su momento, cuando no le ayudé y le dejé a su suerte, me dijo que se las pagaría y no me preocuparía en vano si no fuera porque ese tío realmente me la tiene jurada después de cómo le he tratado.

Estaba preocupada porque a él no le costaría absolutamente nada decir mi nombre cuando le preguntaran sobre los mortifagos que conociera que trabajan en el Ministerio. Ni tampoco cuando le preguntaran sobre aquellos más allegados al poder político del mundo mágico. Estaba segura que por todo lo que le he hecho pasar sólo por simple egoísmo -y porque es una persona que me importa una mierda-, me iba a nombrar la primera en todas las preguntas. Sólo se me ocurría una manera de poder evitar eso y era matándolo, porque si no, absolutamente nada iba a hacer que no lo hiciera. Le habían detenido ayer, por lo que lo más seguro es que dejaran un día de por medio antes de empezar con el juicio en dónde tendría que hablar. Así que sólo tenía esta noche.

No sabía dónde estaba, ni tampoco quién lo estaba protegiendo. No tenía absolutamente ninguna idea sobre su paradero, sólo que el juicio sería en el mismo sitio en dónde estaba yo ahora mismo. Pero esperar tanto tiempo sería una pérdida de tiempo y no serviría para nada. Debía de informarme y cuánto antes.

Nada más salir de los juicios, le pregunté al Ministro si sabía algo de ese caso, pero me dijo que no, que el departamento de seguridad mágica no le había informado de absolutamente nada de eso. Y era lo lógico, ya que suelen informarle después de averiguar algo para no hacerle perder el tiempo. Así que como en el Ministerio no iba a conseguir absolutamente nada, me dirigí nada más salir del trabajo a la base dónde solíamos reunirnos los mortifagos en busca de dar parte a nuestras misiones. Había un hombre de unos cuarenta años bastante bien conservado, al cual me acerqué.

Le pregunté sobre Henry Kerr y le expliqué en dónde estaba metido. Se preocupó por la cantidad de información que pudiera soltar, algo de lo que yo no me habría preocupado, ya que sólo estaba preocupada por mi identidad oculta. Él, sin embargo, se motivó a ayudarme por el hecho de salvaguardar todas las identidades aliadas. Me enseñó su registro, desde que había empezado hasta las últimas que había hecho y, aparte, me habló de lo poco que sabía de él. No me servía de mucho, por lo que cada vez me estaba desesperando más. Aún era de día, pero bastaba con que anocheciera como para empezar a tirarme de los pelos.

Un mortifago, llamado Rayden al que conocía de segundos más que por propio contacto personal, estaba oyendo nuestra conversación, por lo que se acercó a nosotros. Me dijo lo poco que sabía de él y añadió que había tenido problemas con otros mortifagos, me nombró a unos cuántos, aunque el que más me sonó fue sin duda alguna Brad Forman. Él era Jefe de Departamento y podría de alguna manera acercarse más a alguna información relevante con los contactos que pudiera tener. Además de que si le tenía ganas, tendría más motivos para prestarme su ayuda.

Me desaparecí de allí y aparecí en mi despacho con el único motivo de buscar el registro oficial de Brad como Jefe de Departamento. Busqué su dirección y, tras ubicarme, me volví a desaparecer en su puerta. Llamé al timbre y luego toqué a la puerta varias veces. Tal y como toqué, podría deducir que era una persona la cual tenía prisa.

Henry Kerr. ¿Lo conoces? —pregunté nada más verlo.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Feb 17, 2015 11:35 am

Cualquier que me conociese desde Hogwarts sabía que yo no era una de esas personas que están hechas para trabajar. Para leer y hacer cualquier cosa relacionada con las criaturas mágicas, sí, claro, y si no que les pregunten a los compañeros de curso a los que ayudé a preparar exámenes de cuidado de criaturas mágicas (o incluso, a alumnos de cursos más avanzados que el mío). Era como un don. Siempre se me había dado bien pero además me apasionaba. Así que, aunque no estuviese hecho para el trabajo, si había un puesto que realmente pudiese decir que estaba hecho para mí era jefe del departamento de cuidado de criaturas mágicas. No me hubiese importado ser profesor de esa asignatura en Hogwarts y hubiese merecido la pena volver al colegio... ¿pero soportar a tantos sangre sucia juntos y no poder hacer nada por evitarlo? No. ¿Poner (¡y corregir!) exámenes? Creo que paso. Además todo el mundo sabía que en el ministerio había mejores contactos... lo que era perfecto para alguien como yo.

Pero si había algo que me gustaba de tener un trabajo, más allá del trato ocasional con tal o cual poderosa bestia mágica, eran los días libres. Admitámoslo: el trabajo existía para que lo hiciesen los días libres. Aunque francamente, si por mí fuese seguiría de vacaciones continuas viajando por el mundo como un tiempo atrás. Sobre todo teniendo en cuenta semanas como las pasadas: en apenas treinta días solo había tenido ocasión de hacer dos (¡dos!) salidas de campo. El resto del tiempo lo pasé detrás de mi escritorio dando la impresión de que trabajaba. Y de hecho, trabajé más de lo que yo mismo me imaginaba. Sin duda necesitaba esas vacaciones, aunque solo fuesen dos días.

Mi primer día libre lo empecé más tranquilo de como lo terminé. Es decir, me pasé buena parte de la mañana durmiendo y no me levanté hasta la hora de comer. Lo bueno de ser hijo único y tener casa propia es que mi madre cree que moriré de hambre por no saber cocinar ni tener un elfo doméstico que lo haga por mí, y por eso en mi nevera nunca falta comida. Comí lo primero que encontré, me duché y me arreglé para aprovechar al máximo lo que quedaba de día. ¡Y vaya si lo hice! Recorrí todo Londres de pub en pub y en cierto momento de la noche todo se volvió borroso e incapaz de recordar. Desperté al día siguiente en mi cama con una resaca de las soportables y con la corbata del día anterior atada en la frente y marcas de pintalabios por el rostro... pero por suerte solo. Bien por mí: hasta en estado de embriaguez, soy capaz de poner límites. Después de todo, Bradley Forman no es digno de cualquier mujer.

Miré el reloj de mi habitación. Demasiado pronto para mi gusto. ¿Por qué me he despertado tan pronto? Unos golpes insistentes y fuertes en la puerta fueron mi respuesta. ¿Pero quien sería? No había ninguna chica en casa y aunque la hubiese, sería pronto para que viniese el novio celoso detrás de ella reclamando el trofeo que le habría robado... Pero ciertamente mi aspecto en ese momento no era digno de recibir visitas. Me puse mi batín de seda, ese que me gustaba tanto y me daba aspecto de barón, y me lavé rápidamente la cara para borrar las marcas de carmín al tiempo que me libraba de la corbata y la arrojaba a algún punto entre el lavabo y la bañera. Nada que no se pudiese recoger después con un simple hechizo de limpieza... y si no, barriendo con los pies. Lo que me apeteciese. Pero eso era problema del futuro Brad. El Brad del presente estaba demasiado enojado con quien hubiese perturbado su sueño a aquellas horas tan tempranas.

Por eso mismo me sorprendí cuando al abrir la puerta, me encontré de frente con Abi. La peligrosa y tentadora Abi, con su pelo tan rojo como siempre y una expresión de tensión en el rostro que me provocó curiosidad. No tuve que esperar mucho tiempo para averiguar el motivo aunque hubiese preferido otro de otro tipo.

- Sí, lo conozco. - asentí con la cabeza cuando preguntó si conocía a Henry Kerr. Tiempo atrás había tenido problemas con ese tipo, aunque por suerte soy mejor mago que él y mi familia tiene mejores contactos. Lo cierto es que Kerr había intentado jorobarme en varias ocasiones como a tantos otros mortífagos. Una vez incluso, en una misión donde el Señor Tenebroso nos había mandado juntos, Kerr me mandó a una zona que estaba rodeada de aurores en un intento de librarse de mí y que me atraparan. Por desgracia para él, tuvo que presenciar sin protestar como Lord Voldemort me elogió única y exclusivamente a mí por librarme yo solo de diez aurores en una situación tan difícil y delicada como aquella. Lo cierto es que Kerr era un imbécil ya en Hogwarts: se metió conmigo cuanto pudo durante el año que coincidimos en Hogwarts; él era un creído de séptimo y yo un niño de primero... pero desempatamos cuando años más tarde, al entrar en los mortífagos, Kerr me encontró besando a quien era su novia por aquel entonces antes de que dejara de serlo. En mi defensa eso no es culpa mía, era ella quien tenía pareja y aun así había preferido los encantos de Brad Forman. ¿Quién podía culparle? - ¿Qué ha hecho esta vez? - Hacía tiempo que no oía nada de él... y era raro era en una persona así. Observé a Abi de arriba abajo imaginando que podría provocar que ella apareciese en mi puerta preguntando por Kerr. ¿Y si...? - ¿Tomaste poción anticonceptiva, verdad? - dije en tono burlón muerto de la curiosidad.
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Abigail T. McDowell el Miér Feb 18, 2015 2:03 am

Me estaba costando más de lo que me imaginaba dar con el paradero de Henry teniendo en cuenta de que siempre que quería algo lo conseguía rápidamente sin ningún tipo de problema. No obstante, hoy me había tocado dar más vueltas de las que tenía planeado dar. No conseguí lo que quería en la Sede, pero por lo menos no me quedé sin absolutamente nada, sino que me dirigió a otro lugar en dónde poder conseguir lo que quiero. Grata fue mi sorpresa cuando escuché el nombre de Brad Forman entre los muchos a los que Henry había jodido, por lo que no dudé lo más mínimo en elegir al contacto con el que tenía más confianza. Además, era consciente de que Brad podía ser muy perverso, por lo que darle su merecido a alguien que le haya jodido, seguramente suene brillante para sus oídos. Y eso era lo que necesitaba, motivación, porque lo cierto es que no tenía ganas de pedir ayuda con todas las palabras.

Me presenté en su casa y no dudé en tocar a la puerta. Lo cierto es que me daba un poco igual si estaba ocupado o no, sólo necesitaría invertir un poco de su tiempo en intentar averiguar dónde estaba Henry que yo me ocuparía de hacerle pagar por lo que nos ha hecho y lo que nos podrá hacer si no le callamos, sobre todo a mí. Joder… maldito karma. ¿Algún día podré tratar a alguien bien y que me lo recompenses de igual manera?

Sí pensé que Brad podría estar ocupado, me equivoqué. Lo miré de arriba abajo nada más verle, eso sí, después de preguntarle sobre Henry. Estaba vestido con un batín. Un maldito batín. No, sin duda alguna perdía mucho vestido de aquella manera. ¿Y pro qué razón tiene un pelo mirando a Wisconsin y los otros mirando a Cancún? ¿Se acababa de levantar? ¿Dónde ha quedado el trajeado elegante de los Forman?

Inevitablemente miré el reloj que llevaba en la muñeca, dándome cuenta de que si, efectivamente era increíblemente tarde. Aun así, intentaré no reparar, por el momento, sobre la situación de Brad, ya que realmente me daba igual y sólo necesitaba una cosa de él y era básicamente su cooperación.

Su contestación hizo que mi rostro liberase tensiones. No obstante, su siguiente pregunta me hizo mirarle con cara de pocos amigos. ¿Poción anticonceptiva? Desde el mal trago que pasé con Caleb no pensaba volver a tener sexo sin tomarme la poción, ponerme yo protección, ponérsela a él y tomarme todas las pastillas anticonceptivas del universo habidas y por haber. Eso estaba claro. ¿Miedo, yo? Había comprobado que algo que realmente me da miedo es la simple idea de tener un hijo. Joder. Karma, no dejas de lucirte este mes conmigo dejándome claro que debo ser mejor persona y menos zorra. Lo voy captando, ¿vale? Lo voy captando. Ahora deja de enviarme mierdas que me destrozan la vida.

Tras mi mirada y tras sentir cómo una brisa me helaba, di un paso hacia adelante.

Puedo pasar, me supongo. No te robaré mucho tiempo —y pasé por su lado sin esperar a que me diera realmente permiso. No observé el interior de su casa, sino que me quedé al lado de él— Henry está detenido por los aurores y mañana habrá un juicio. Según me he enterado hoy en el juzgado, se ha entregado con la condición de hablar si se libraba de ir a Azkaban. No sé cómo lo harán los aurores, pero si va a hablar ellos estarán dispuesto a escuchar antes de darle cualquier juicio final —comencé a hablar, explicándole la situación— Sabe demasiado, de mucha gente y puede arruinarnos la vida. Mi idea es callarlo —suponía que entendería mi símil de “callar” por “matar”. Viniendo de mí era bastante evidente— Necesito que me ayudes a dar con él. El departamento de Seguridad Mágica no reporta al Ministro nada hasta que está decidida la pena, por lo que no tengo ni idea de dónde está metido Henry. No puedo esperar a que llegue el Ministerio y seguramente lo tengan retenido en algún otro lugar mientras tanto.

Iba vestida con unos vaqueros ajustados, unas botas con tacón y una chupa. Me remangué las mangas de mi chupa de cuero ya que en su casa había un ambiente bastante caldeado, tanto que parecía que no había abierto las ventanas en un día entero y le miré de arriba abajo.

Te dije que no iba a robarte mucho tiempo, sólo necesito saber dónde está. Así que si mueves tus hilos de persona poderosa en el Ministerio y me lo dices como buen amigo que eres... te lo agradecería y… —hice una pausa, mirándole a la vez que me encogía de hombros— te debería una —le sonreí, entre inocente y traviesa.

Sí, no le dije la historia entera, pero no creo que le importe demasiado lo que me traigo con Henry personalmente. Me había movido yo porque era la que se había dado cuenta, pero estaba segura de que aunque mi nombre fuera el primero en salir por la boca de ese desgraciado, no sería el único. No me movía por el bienestar común, sólo por el mío. Si ayudaba a mis aliados… sin duda alguna sería un beneficio colateral que me daba exactamente igual.

¿Cuento contigo? Necesito saberlo esta noche.

Yo iba al grano: las cosas claras y sin rodeos. Rara vez me iba por las ramas en ningún tema, mucho menos cuando era algo tan importante para mí.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Sep 25, 2015 11:28 am

Los Forman siempre habíamos sido personificaciones de sofisticación y elegancia, junto a una belleza sin igual que nos hacía parecer algo cercano a los dioses, imposibles de ignorar. Ya fuese con un traje de Armani o con uno más ordinario, éramos dignos de tener nuestro propio lugar en el Olimpo. Aunque tras una noche loca y despertándote por un golpe en la puerta a horas muy temprana en tu día libre de la semana probablemente fuese distinto. Por suerte pude ponerme mi batín de seda; no era un traje completo pero no era como recibir a quien llamase a la puerta en calzoncillos. Aunque siendo Abi no habría sido un error tan malo.

Abi no me dio los buenos días, ni falta que hacía. Tenerle ahí delante de mí eran todos los buenos días que necesitaba aunque se me ocurrían formas donde podía ser incluso mejor. Pero Abi tenía otros asuntos pendientes. Al parecer estaba localizando a Henry Kerr, el imbécil que casi hace que me detengan unos aurores. Abi pareció aliviada de saber que yo le conocía y conociendo a mi querida amiga mi mente fue al mayor desliz que un torpe idiota como Kerr podía cometer. Si Abi me hubiese dicho que estaba embarazada se me habría roto su imagen idealizada. ¿Abi embarazada? No gracias. Estaría gorda y con hormonas revolucionadas y antojos de cualquier tipo. Pero sobre todo gorda. No quería a alguien así en mi vida.  Por suerte, ella tampoco se veía así a juzgar por la mirada asesina que me lanzó. Lo que me hizo sonreír como un necio. Así era mi perfecta y mortal Abi, no había cambiado un ápice.

Se hizo pasar ella misma a mi casa y se quedó junto a mí mientras me explicaba toda la historia. Me quedé junto a ella, me crucé de brazos sobre el pecho y permanecí escuchando con la cabeza ladeada. En mi cara siempre había gesto bromista o de burla; no podía evitarlo, siempre fui así. Pero a cada palabra de Abi que escuchaba me ponía más serio. No podía negar que las palabras de Abi eran como mínimo para tener cautela e incluso, según la persona, asustarse un poco. Pero yo lo que sentía era sobretodo enfado. No, no enfado. Ira. Del tipo de ira que hace que te presentes en casa de alguien y le lances cierto rayo verde de la varita. Al parecer Abi pensaba como yo, pues quería callarlo. Asentí cuando lo dijo. Y tenía razón: no podíamos arriesgarnos a que llegase al Ministerio o estaríamos perdidos.

Abi se arremangó y me pidió ayuda para localizar a Kerr. La verdad es que yo no tenía ni idea de donde podría haberle escondido el Departamento de Seguridad Mágica, pero imaginaba que como mínimo tendría cuatro guardas, quizá cinco, según la de nombres que hubiese prometido dar en su confesión pública y el riesgo de fuga que hubiese. Pero entonces recordé a la dulce Marie con su acento francés; apenas llevaba en el Ministerio unos meses tras haber sido transferida del Ministerio francés. Era una mujer dulce y con carácter, pero no el suficiente como para resistirse al encanto Forman. Y si Marie fallaba, tenía a Aaron como último recurso. Cualquier persona del planeta sabía que no había nada en el mundo que me gustase más que una mujer, pero era una situación extrema y el fin siempre justificaba los medios. Y seguro que Aaron se mostraría encantado de que al fin hiciese caso a sus miradas furtivas. Pobre chico, en el fondo me da pena. Pero muy en el fondo.

Sonreí travieso a Abi. Ya tenía pensado ayudarle antes de que me prometiese nada, pero aquello era otra apetitosa cláusula de nuestro contrato. Aunque no hubiese sugerido nada se lo habría recordado hasta que me lo hubiese devuelto con creces pero estaba bien que ella misma reconociese que me debería un favor si le ayudaba con esto.

- ¿Quién dice que no a una noche de alocada diversión? – no sería del tipo que más me gustaban pero también lo disfrutaría. – Dame un momento, tengo que adecentarme. No querrás que mate así a nadie, tengo una imagen que mantener – lo dije como si fuese lo más obvio del mundo. Nadie se tomaría nunca más en serio a un Forman si mataba a alguien despeinado y vestido solo con un batín de seda, por muy elegante que fuese.

Dejé que Abi hiciese lo que quisiese en mi casa y entré en mi dormitorio. Como era una ocasión especial, cogí mi traje entallado negro de raya diplomática, una camisa de seda blanca con el emblema de los Forman bordado en el pecho y una corbata azul plomo a juego con mis ojos. Una vez vestido, entré en el baño a peinarme (no podía matar a nadie así y aún había tiempo hasta que el sol se pusiese, podía permitírmelo) y antes de salir me eché unas gotas del perfume tan caro que mi padre me había regalado por Navidad. El recuerdo me hizo sonreír fugazmente; la nota que acompañó al regaló decía: “para que las chicas te noten más irresistible. Créeme, funciona”.

- Ya estoy list… Espera – mi mirada viajó hasta un punto en el perchero de entrada a la casa, a un sombrero fedora que colgaba de él. Me lo coloqué en la cabeza ladeado un poco hacia un lado y me volví a colocar junto a Abi como si no hubiese habido interrupción. – Listo. ¿Nos vamos?

Le tendí mi brazo a Abi como buen caballero y ambos salimos de mi casa siendo imagen de perfecta tranquilidad. Una vez fuera y lejos de ojos ajenos, me coloqué delante de Abi y le comenté sobre mis contactos.

- Conozco a dos personas que pueden saber sobre Kerr. La primera de ellas es Marie, creo que se apellido Dupont. Trabaja en el departamento de seguridad mágica desde hace unos meses, tiene acento francés. – sonreí con perversión al recordar su exotismo francés. – Quizá ella nos pueda indicar donde está nuestro querido amigo Henry. - Si dábamos con Marie, no sabía como se tomaría el verme junto a Abi pero me daba igual. Sabía interpretar mi papel de “chico colgado por chica”, lo llevaba interpretando toda mi vida para conseguir lo que quería. Y además, no tendría que coquetear con Aaron para conseguir lo que estábamos buscando.

Le di una vez más mi brazo a Abi y juntos nos desaparecimos. Aparecimos en el barrio residencial donde vivía Marie y le indiqué a Abi que subiese aquella calle. Las damas primero como todo buen caballero. Después le seguí.



Off: perdón por la horrible tardanza. Espero que el post largo lo compensé, jejej.
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Abigail T. McDowell el Dom Sep 27, 2015 2:43 am

Sonreí con algo de perversidad cuando se apuntó al plan. No solo a ayudarme a buscarlo, sin a lo que seguía también. Obviamente yo iba muy de huevona a intentarlo yo sola, por lo que su ayuda era extremadamente bien recibida. Le hice un movimiento con la cabeza en el que asentí a su necesidad de irse a adecentar. Por favor, ni él iba a matar a nadie así ni yo iba a salir con él a ningún lado así vestido. Cuando se retiró hacia el dormitorio, yo me quedé en la entrada, la cual tenía una luz bastante tenue que le daba a la casa un aspecto bastante agobiante, sobre todo porque tampoco es que llegase demasiada luz solar a través de las cortinas de las ventanas. Aproveché el tiempo que se pegó ausente mientras se vestía para cotillear un poco lo que tenía a la vista, asomándome por un arco que daba lugar al salón. Era una casa bastante grande para una sola persona, llena de lujos en los que un Forman no escatimaría, eso estaba claro. Era tremendamente espaciosa y, personalmente, podría poner la mano al fuego a que alguien como él no utiliza ni la mitad de las cosas que tiene.

Mientras toqueteaba una figura muy abstracta y amorfa de lo que parecía una mujer desnuda, Brad apareció por el pasillo nuevamente, esta vez vestido, como era normal, con un elegante traje a medida que, sin duda alguna, le hacía parecer mucho más atractivo. Ese batín le hacía perder muchísimas facultades. El sombrero sobraba, pero me abstuve de comentar nada al respecto… No era plan de criticar los gustos de aquellos que están a punto de ayudarte. Quizás cuando Henry esté muerto, le digo lo mejor que está sin sombrero.

Vamos —le dije, aceptando su brazo.

Una vez fuera, caminamos lo justo y necesario para quedar fuera del alcance de miradas ajenas, momento en el cual se puso delante de mí para explicarme lo que tenía en mente. Suponía que le había cogido totalmente de improvisto, pero había tenido tiempo para pensar lo que hacer mientras se vestía. Nombró a una tal Marie, no sabía exactamente quién era, pero me sonaba eso de: “La nueva del acento francés” por lo que atando cabos no se me hizo difícil saber de quién se trataba.

Perfecto, pues preguntémosle a esa. ¿Crees que cooperará? —¿La verdad? No sabía si iba a ser tan fácil como preguntar y obtener una respuesta, que esperaba que sí, pero no iba a escatimar en métodos hasta dar con la respuesta. Si Marie lo sabía pero no nos lo decía… Ya me encargaría yo de hacer que nos lo dijera.

Lo único que a mí me hacía falta era saber quién lo podría saber. Después de eso, si las cosas no salen de la manera fácil, pues habrá que complicarse.  No estaba yo como para perder el tiempo.

Ambos nos desaparecimos, apareciendo en una calle residencial en donde comencé a caminar en la dirección que me marcó Brad. Iba con paso decidido, rostro serio y muy mala hostia. Encima estaba en esos putos días del mes, así que haceros una idea de lo mucho que tengo ganas de reventarle la cabeza a alguien. Todo el tema de Henry me había puesto de un tremendo mal humor, por lo que más le valía a esa tal Marie cooperar, o a la pobre se va a arrepentir muy rápido.

Me puse a la altura de Brad y le miré de reojo.

He sabido que sabes de Henry por oídas, por eso acudí a ti. ¿Qué te hizo como para que no hayas dudado ni lo más mínimo en querer verle muerto? —Porque había veces que Azkaban era mejor solución que la muerte, pero sin duda alguna para los traidores solo había un final válido. Además de que la muerte siempre es la mejor de las opciones.

Segundos después, aun caminando por esa calle, en un cruce, nos topamos de frente con una mujer rubia de pelo corto y rizado y con los labios de color rojo fuerte que llevaba en los brazos una bolsa de papel con alimentos en su interior. A mí me sonaba, pero cuando habló dejó claro quién era…

¡Bgrad! —dijo en un perfecto acento francés. Odiaba el acento francés, para mí era de todo menos sexy—¡Señogrita McDowell! ¿Qué hacéis pogr aquí? —preguntó sorprendida, abrazando la bolsa en un gesto inocente.

Preferí mantenerme callada, ya que obviamente a mí me conocía porque era la Asistente del Ministro y sí, ahora que la veía, sabía quién era a ciencia cierta, pues habíamos coincidido en más de una ocasión. Pero como normalmente me da exactamente igual quién es quién, no guardo en mi base de datos a gente que no me importa. Así que simplemente dejé a que Brad hablara, pues sabría mucho mejor qué decir.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Sep 29, 2015 12:32 pm

Yo siempre estaba listo para la acción, como todo buen Forman. ¿Matar a alguien? Sí. ¿Matar al imbécil de Henry Kerr? Sin pensarlo dos veces. Kerr era mortífago pero al parecer según Abi estaba a punto de dejar de serlo y de revelar unos cuantos secretos del Señor Tenebroso y sus aliados a quien no tenía que revelarlo. Así que no tardé mucho en cambiar mi aspecto descuidado de estar en casa por uno de mis carísimos trajes y un elegante sombrero; siempre me gustó el aire de sofisticación que le daba a Matt cuando los llevaba puestos y en la familia siempre habían dicho que nos parecíamos mucho.

Una vez en la calle y ocultos de los curiosos informé a Abi de los contactos que tenía que podían saber de Kerr. No le hablé de Aaron pues intentaba evitar tener que coquetear con un hombre mientras pudiese hacerlo con una mujer. Sonreí cuando Abi me preguntó si Marie cooperaría.

- Eso déjamelo a mí - susurré con ojos llenos de picardía y una sonrisa traviesa. Si algo se nos daba bien a todos los hombres Forman eran las mujeres inocentes como Marie. Nos desaparecimos y aparecimos en la calle de Marie. Hice que Abi echase a andar antes que yo y luego le alcancé; íbamos de camino a su casa cuando la curiosidad pudo con ella y me preguntó por mi relación con Kerr. - ¿Que qué hizo? Querrás decir que no hizo. No sé si recuerdas cuando entré a Hogwarts, Kerr estaba en séptimo. Abusaba de su poder y se metía conmigo cuanto podía, pero de eso me vengué liándome con su novia de Hogwarts delante de sus narices unos años después. Probablemente te acuerdes, fue durante una de nuestras reuniones cuando recién entré en el grupo. - odiaba eso de hablar en clave como si fuesemos los scouts pero tenía que ser cuidadoso por si nos escuchaba quien no debía. - Lo peor no fue eso. ¿Te acuerdas hace unos años durante la misión a las afueras de Londres? ¿Esa donde me rodearon diez aurores y todos me disteis por perdido? - observé a Abi con los ojos entrecerrados, algo enfadado. Pero no con ella. El recordar aquello me había puesto de mal humor. - Fue Kerr el que me preparó la encerrona. Al parecer le sentó mal lo de su novia y quería quitarme de en medio. Pero le salió mal porque terminé el día con diez aurores menos de los que preocuparme y un elogio por parte del Señor Tenebroso - dije eso último entre susurros para que solo lo escuchase Abi.

Apenas terminé de hablar casi chocamos con una mujer rubia y esbelta de pelo rubio con rizos. Ella también nos vio y nos saludó como si fuésemos todos viejos amigos que no se veían en años. En el fondo no me gustaba tantas confianzas pero tenía que jugar bien mi papel por hoy y por lo que pudiese pasar en el futuro. Así que solté el brazo de Abi del mío y avancé hacia la dulce Marie.

- Ah Marie, qué grata sorpresa. - acerqué mi cabeza a la de ella para darle un beso en la mejilla aunque me desvié un poco intencionadamente para que mi aliento le hiciese estremecerse al notarlo en el cuello. Sonreí cuando efectivamente se estremeció y se ruborizó, aunque parecía algo tímida en presencia de Abi. Por supuesto, ¿cómo no sentirse cohibida? Abi era demasiada mujer. Pero tenía un papel que interpretar. Fingí despiste unos segundos y giré después la cabeza hacia Abi, que seguía detrás de nosotros contemplando la escenita. Después centré todas mis atenciones en Marie con actitud despreocupada - No te preocupes por Abi, nos conocemos desde Hogwarts. No dirá nada. ¿A que no Abi? - sonreí cordialmente.

- No sabía que égais viejos conocidos - respondió Marie aún algo cohibida, aunque miraba a Abi con celos tan descarados que me daban ganas de reír.

- No sientas celos de Abi, Marie - mentira Marie, todo el mundo sabe que no tienes ninguna oportunidad frente a ella. La sangre de Abi es más limpia que los suelos de la casa de mis padres, mientras que la tuya es tan limpia como mis viejos calzoncillos sudados del cubo de la ropa sucia. - Mis ojos no ven a más mujer que a ti y lo sabes. - le tomé de la mano y le di un beso en ella sin apartar mis ojos de los suyos. Marie sonrió embobada y se sonrojó pero pareció tragárselo.

- Eges todo un caballego Bgad - murmuró sonrojada. Miró a Abi una vez más antes de mirarme de nuevo - Pego no me has contestado. ¿Que os tgae pog aquí?

Miré a Marie, fingiendo quedarme atontado mirando sus ojos (aunque ciertamente eran bonitos pero no para tanto. Mi prima sin ir más lejos los tenía mucho más atractivos). En realidad aproveché ese momento de aparente embelesamiento para pensar muy bien en lo que iba a decir a continuación. La seguridad de Abi y de muchos mortífagos estaba en juego, probablemente incluso la mía. Kerr no me perdonó lo de su novia, y tampoco que el Señor Tenebroso me elogiara por algo que él causó. Para tener más tiempo, tomé un mechón rizado de Marie entre dos de mis dedos y comencé a juguetear con ellos. Marie no se quejó en ningún momento.

- Quizá sea mejor hablar del tema en privado. Es algo embarazoso y Abi me ha pedido discrección. - dirigí una mirada fugaz a Abi y torcí media sonrisa. El fin justificaba siempre los medios. - Se lo debo, Marie. Es como mi hermana - Mentira. A una hermana no le haría todo lo que mi mente soñaba con hacerle a Abi.

- Sí, pog supuesto. Los amigos de Bgad son mis amigos - Marie le dedicó a Abi una sonrisa llena de compasión - Mi casa está subiendo esta misma calle, ¿te pagece si hablamos ahí? - se colocó mejor el peso de las bolsas de la compra en sus brazos pero como buen caballero alargué mis brazos y tomé la bolsa entre los míos. Marie no dejaba de sonreír, prendada de mí hasta la médula.

Nos guió hasta su casa, que aunque parecía acogedora era demasiado pequeña para mi gusto. Entré hasta la cocina y dejé la compra en la encimera de la cocina después de que Marie insistiese varias veces en que ella tenía todo el día para colocar el contenido de las bolsas, que era su día libre. Nos guió hasta el salón y nos hizo sentarnos en el sofá de color rosa chicle que lo adornaba. Marie se sentó en uno de los extremos y nos miró a Abi y a mí esperando respuestas. Suspiré fingiendo preocupación y le tomé sus manos entre las mías. No dejaba de pensar que me merecía un Oscar por semejante papel.

- Verás Marie... ¿Conoces a Rick Hagan? ¿Alto, ancho como un armario, calvo?

- ¿El hombge de los tatuajes de segpientes en los bgazos? - asentí - sí, sé quien es. ¿Qué sucede?

- Resulta que Abi estaba saliendo con él. Les iba bastante bien pero ya sabes, solo estaban empezando. Y de pronto deja de tener contacto con ella y le evita cuando ella le busca en el Ministerio. Abi se quedó bastante triste. ¿Verdad Abi? - miré unos segundos a la pelirroja demandando una mínima muestra de desolación fingida por su parte. A Marie con poco le bastaría, no necesitaba elaborar mucha historia como estaba haciendo yo. - Y luego están esos rumores... - meneé la cabeza a los lados y miré a Marie, que me miraba con cara de confusión. Fingí sorpresa - ¿No lo sabes? Va a ser un shock... Me han contado que han visto a Rick besando a otro hombre a escondidas. Un tal ¿Harry? ¿Harold? ¿Henry?

- No puede seg - murmuró Marie horrorizada, dando un respingo al escuchar el último nombre. Miré a Abi de reojo cuando Marie recuperó su mano de entre las mías y metió la cabeza entre ellas. - ¿Estás segugo?

- No lo he visto pero muchos en el Ministerio no dejan de hablar del tema. Y no solo en mi departamento, Abi también escuchó los rumores hace tiempo. Algo así no puede ser mentira - le puse una mano en la espalda a Marie - Marie...

- No lo entiendes Bgad. Y no sé si debo deciglo... Es secgeto del depagtamento. - se mordió el labio.

- No vengo aquí como colega del Ministerio, Marie. Vengo como un amigo pidiéndole ayuda a una amiga por hacerle el favor a otra.

Marie suspiró y alzó la cabeza, mirándome con ojos llorosos. Estaba visiblemente afectada. Miré a Abi, seguro que los dos pensábamos lo mismo. Marie sabía algo.

- Gick lleva un tiempo vigilando a un antiguo pagtidagio de Ya-Sabes-Quien. Está con él en una casa pgotegida y seguga paga pgotegeglo de sus antiguos compañegos.

- Y ese partidario es...

- Hengy Keg. Oh mon dieu... - miré a Abi. Lo teníamos. Marie me vio mirando a Abi y malinterpretó mi mirada - Lo siento mucho señoguita McDowell.

- No es tu culpa Marie. Nos has sido de gran ayuda. Así Abi podrá cerrar de una vez por todas ese capítulo tan amargo de su vida... en cuanto hable con Rick, claro. ¿Sabes donde podemos encontrarle?

- Vive las veinticuatgo hogas con Hengy, no se sepaga de él ni paga ig a compgag ni paga... - se interrumpió al mirar a Abi. La inocente no quería incomodar más a mi amiga pelirroja. - En teoguía nadie que no sea augog puede ig a la casa. Y no sé si os dejagán entgag. Apagte de Gick hay otros seis augogues más vigilando a Hengy.

- Sabes que esto no puede quedar así Marie. ¿Qué querrías que hiciese yo si tú estuvieses en la posición de Abi? - le puse mi mejor mirada de lástima y pareció funcionar. Se levantó del sofá y fue hacia una mesa auxiliar, de donde sacó un pequeño papel doblado en muchas partes. El papel contenía una dirección. Como nos explicó Marie, nadie que no viese ese papel con la dirección sería capaz de ver la casa al estar bajo un poderoso hechizo de ocultamiento. - Gracias Marie. Te lo compensaré con creces, lo prometo. - Miré a Abi un segundo y después volví a mirar a Marie con ojos traviesos. - De hecho discúlpame Abi, pero te daré ahora una pequeña parte de nuestra recompensa... Cierra los ojos. - le di un toque en la nariz pecosa con mi dedo índice y Marie accedió como mujer embelesada. Sin hacer ruido, saqué mi varita y lancé de forma no verbal un poderoso Obliviate para asegurarme de que no recordase nada de lo que había sucedido en aquel rato. Antes de que Marie cayese al suelo inconsciente le tomé entre mis brazos y dejé su cuerpo inerte en el sofá. Parecería como si se hubiese quedado dormida. Me guardé la varita y miré a Abi. - Si tengo que seguir con el papel más tiempo me hubiese vuelto loco. ¿Nos vamos?

Le tendí mi brazo a mi amiga pelirroja, salimos de la casa y nos desaparecimos tan pronto como pudimos en dirección a la casa donde tan bien protegido había estado Henry... hasta ahora.
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Abigail T. McDowell el Jue Oct 01, 2015 1:57 am

Kerr era lo que podría denominarse escoria de la sociedad. Mucha gente dirá que los mortifagos somos la escoria de la sociedad por lo que hacemos, pero déjame decirte que no, oye, que no. Que los mortifagos seguiremos ciertos ideales que podrían estar mal visto por la gran mayoría de las personas —que no por ellos es que sean malos— y puedo entender que una gran mayoría de la población nos tache de escoria. No obstante, dentro de la posible escoria estaba la escoria suprema. Y ese era Kerr. Ya no era ser lo malo dentro de un gran grupo, sino ser lo puto malo dentro de un pequeño grupo. Odiaba la deslealtad y la traición, eran cosas que no soportaba y que no me importaría vomitar tres veces por ver sangre al torturar al alguien si es para hacerle pagar por traición. Kerr era lo puto peor. ¿Cómo es que aún seguía vivo? Y lo peor de todo, ¿iba a seguir vivo después de traicionar a los mortifagos delatándolos? No. Yo me iba a encargar de que no.

Menudo gilipollas. Espero verle muerto antes de que acabe el día —deseé con todas mis ganas, básicamente porque si él moría esta noche, mañana yo sería una mortifaga reconocida e iba a tener que empezar a buscarme otra vida—Te subestimó. Pero te hizo un favor, gracias a eso el Señor Tenebroso te tiene en cuenta, algo que la gran mayoría no tiene —añadí. Yo era de esas personas que Lord Voldemort tenía en cuenta, pero recuerdo perfectamente esos años en dónde yo no era prácticamente nadie para él—Y hoy te vengarás de él.

Caminando por la calle de la casa de la amiga de Brad, nos encontramos con ella por la calle. ¿Cuántas posibilidades había? Miré a ambos lados cuando Brad me soltó el brazo, para ver si estábamos siendo observados por alguien, pero aquella zona parecía tan tranquila como lo estaba.

Brad comenzó a hablar con ella y yo me mantuve al margen. No tenía ganas de explicar nada y mucho menos estrechar una relación con esa mujer, además de que Brad poseía un arte de manipulación bestial y no quería interferir. Probablemente él tuviera el mismo arte con las mujeres que yo con los hombres. Sentí como una irrefrenable risa subía por todo mi cuerpo para escapar al ver a la chica mirándome de esa manera. ¿Me estaba mirando de arriba abajo? Apostaba lo que quisiera a que estaba pensando qué tendría yo que no tuviera ella como para llamar la atención de Brad. Primero, soy pelirroja. Las pelirrojas, por votación popular, son la que atraen más a los hombres. Segundo, vistes como una mojigata. Tercero, soy Abi McDowell. El día que encuentre una mujer que realmente me suponga una amenaza, me haré su amiga o la mataré. Depende de la amenaza que sea.

Brad le aseguró que solo tenía ojos para ella y miré para otro lado, para intentar no reírme. Por suerte, la chica aceptó en ir a su casa y los seguí desde atrás, manteniéndome al margen de la conversación para que Marie se sintiera más cómoda y hablara de una maldita vez.

Al llegar, Brad comenzó a contarle una historia que, joder… Brad, la próxima vez avísame para que no me coja de improvisto y poder aguantar la risa. Sin embargo, cuando Brad me miró a la espera de que pusiera una mueca de disgusto, lo conseguí perfectamente.

Me ha hecho mucho daño —dije, afligida, triste.

Nunca pensé que diría esas cinco palabras refiriéndome a un chico, la verdad. Y menos en una situación así. Luego me abstuve de decir más nada, ya que aquello estaba rozando lo surrealista. ¿Cómo era posible que una tía tan ingenua estuviera trabajando en el departamento de Seguridad Mágica? Madre mía, si parecía retrasada. Era de Beauxbatons seguro, pero si llega a ir a Hogwarts caía Hufflepuff hasta antes de ponerse el puto sombrero.

Finalmente, la tía se dejó llevar por el amor incondicional que Brad parecía estar profiriéndole mediante partículas invisibles, porque de verdad, a mí me actúa así de empalagoso y le mando a la mierda rapidísimo. Negué con la cabeza cuando Brad le insinuó que cerrase los ojos para darle un beso y… la muy estúpida los cerró. Cuando la dejó inconsciente tras el obliviate, le miré con sorpresa.

No me extraña que tengas fama de rompecorazones… —murmuré, mirándole con diversión—La próxima vez avísame, casi no me estallo de risa en medio de tu historia. Sobre todo la parte de: “Abi se quedó bastante triste. ¿Verdad, Abi?”. Tío, encima esperabas una contestación seria… —me volví a reír porque es que había sido épico—Pensé que te gustaban las chicas con más luces… —añadí finalmente, antes de salir de la casa y desaparecer junto a él.

Entonces llegamos a la casa en dónde se suponía que estaba Henry. Era una casa en medio de Londres muggle, un piso que parecía normal y no esconder ningún secreto. De hecho, no molaba nada. Solo había dos entradas, la principal y posiblemente una entrada por la azotea que daba a las escaleras del pasillo. Entrar ahí teniendo en cuenta que había seis aurores era un maldito suicidio, por lo menos si entrábamos sin ningún plan. Si entrábamos con uno, había posibilidades. Brad pudo con diez aurores y yo he sobrevivido a cosas mucho peores que seis aurores.

Es un sitio muy pequeño, debe de estar muy bien asegurado… —murmuré mirando al lugar, molesta por toda la seguridad que tenía tremenda escoria humana—Está la opción de entrar por lugares separados o entrar por el mismo sitio —dije, girándome hacia él, para explicarle lo que se me había ocurrido—Lo primero es peligroso porque si entramos separados podemos encontrarnos demasiados para solo uno, lo único bueno es que el otro tendrá más fácil llegar hasta Kerr. De entrar los dos por el mismo sitio, tendremos más apoyo y, o podríamos arrasar, o nos podrían arrasar —expliqué, tragando saliva. Conocía a Brad, pero no habíamos tenido la oportunidad de estar nunca juntos en momentos peliagudos como este por lo que no sabía cómo era en batalla—Podríamos entrar por la puerta principal, pero creo que es muy de sobrados… —Cogí la mano de Brad sin previo aviso y me desaparecí con él a la parte alta del edificio, pero no la del edificio en cuestión, por si acaso tenía algún tipo de hechizo, sino a la del edificio de al lado—¿Ves? —señalé a la entrada de la azotea—Podríamos entrar por ahí —dije, dando por hecho, obviamente, que aparecerse directamente dentro no se podría. Los aurores eran lo suficientemente inteligentes como para hacer eso.

Miré entonces a Brad, pues allí éramos dos los que íbamos a entrar. No estaba nerviosa, pero enfrentarme conscientemente a aurores no me molaba. Habían algunos que eran unos incompetentes, pero temía el día en el que me encontrase a alguien igual de buena que yo o, en su defecto, a mi madre. Tenía terribles deseos de acabar con su vida, pero si no lo hacía era por mi hermano. Por lo que de encontrármelas, iba a entrar en un serio debate interior.

¿Tú qué prefieres? —le pregunté a Brad, para que libremente me diera su opinión, que quizás era mejor.
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