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Into the darkness [Abi McDowell]

Invitado el Lun Mar 09, 2015 11:03 pm

Y allí me encontraba, esperando a mi pelirroja después de tanto tiempo sin verla. Había pasado ya casi un mes desde la última vez que nos vimos y se me había hecho bastante eterno. Su presencia me hacía sentir un sinfín de sensaciones que me gustaría experimentar más a menudo. Abi McDowell me imponía bastante, (bueno, más bien imponía a cualquiera, en general), pero eso no hacía que me recatara  a la hora de relacionarme con ella, como era de esperar, sino todo lo contrario, aquel sentimiento me atraía más aún, como un resorte.

En el informe de la misión que me habían enviado al lugar especificado (ya que mandar algo así a un sitio como Hogwarts no era muy inteligente) no daban muchos detalles sobre lo que debíamos hacer. Lo único que me había quedado claro era que había que matar a alguien importante, que al parecer ostentaba un cargo que peligraba el alto secretismo de los mortífagos, un tal Gerard Saltzman. Yo no había escuchado aquel nombre en mi vida, pero en la sede los mortífagos habían estado siguiendo sus pasos bastante tiempo. No parecía la típica misión para simplemente mantener a los integrantes ocupados, sino algo un grado mayor y como Abi era un miembro ya bastante experimentado y con un alto porcentaje de misiones exitosas no era raro que hubieran confiado en ella para aquel trabajo, llevándome cómo no a mí con ella, ya que era mi mentora oficial desde hacía unas semanas.

Lo que no decía era cómo debíamos hacerlo, por lo que supuse que ese detalle quedaba al gusto del que la realizaba. Así que esperaría a que Abi me diera instrucciones y yo me limitaría a ejecutarlas lo mejor posible. A aquellas alturas era capaz de cualquier cosa con tal de no decepcionarla. Aún me resultaba extraño el hecho de que hubiera decidido hacerse cargo de mí. Yo no era alguien con una autoestima baja, ni mucho menos, sabía de lo que era capaz y consideraba que podía llegar muy lejos, pero Abi no parecía la típica mujer que se preocupaba por enseñar a los novatos a inmiscuirse en el mundo de las artes oscuras y el Señor Tenebroso, sino más bien alguien independiente y pasota que solo pensaba en su beneficio propio. Aunque quizás fuera realmente así y a mí sólo me tenía como entretenimiento, quién sabía.

En lo que esperaba (ya que por los nervios había llegado bastante antes de la hora indicada) recordé que debía darle las gracias por la escoba que me había regalado. Lo más sensato hubiera sido enviarle una lechuza, pero yo también era un pasota extremo y al final los días se me habían pasado rápidamente. De todas formas era mejor dárselas personalmente, había sido una sorpresa más que agradable y para nada prevista.
Esperaba que no faltara mucho para que llegara, ya que me aburría bastante. Habíamos quedado en una especie de callejón anexo al lugar donde se encontraba el susodicho y aquello estaba más muerto a aquellas horas que la profesora McGonagall. Aquella vieja pesada, cuántas broncas me había llevado de su parte por cualquier estupidez, ahora estaba en un lugar mejor, al menos para mí, es decir, bajo tierra.
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Abigail T. McDowell el Jue Mar 12, 2015 12:27 am

Le había mandado una carta a Damon hacía tiempo para contactar con él. Era un chico que aparte de caerme bien -algo indispensable para que yo me molestase en mostrar interés-, en mi opinión podía llegar muy lejos. Además, me habían asignado cierta misión y no se me ocurrió mejor persona a la que acudir para que me ayudara. En realidad probablemente no necesitase ayuda, aunque me costaría mucho más, pero sabría que algo como aquello, aparte de motivar al chico, lo volvería más fuerte. No sólo tendría que obedecerme en todo lo que había que hacer en la misión, sino que tendría que tomar sus propias decisiones, intentando siempre, claro, no meter al pobre inexperto en problemas que no pueda solventar por sí solo. Además tendría que escaparse de Hogwarts él solo, aunque por suerte era fin de semana. Pero esta vez no iba a ayudarle a salir de Hogsmeade. Tendría que buscarse su propia vida.

En mi carta le había citado en un callejón de Londres. Un callejón cualquiera, en realidad, pero por suerte Damon era de la ciudad y estaba ubicado entre varias referencias importantes.

No me di prisa. Me empecé a preparar justa de tiempo, por lo que media hora antes de haber quedado estaba sacando la pierna de la ducha. Me vestí sencilla y de manera que no resaltara, por lo menos entre las sombras… Unos pantalones vaqueros de color negro, acompañados de unas botas cortas de tacón alto y una chupa de cuero. Me encantaba esa chupa y me quedaba súper bien. Me había puesto dentro de la chaqueta una simple camiseta ajustada, sin darle demasiada importancia. Hacía frío, por lo que dudaba que fuera a quitármela.

Luego directamente, me aparecí en dicho callejón unos cinco minutos después de la hora acordada. Le había pedido encarecidamente que si no iba a acudir por cualquier motivo, me avisara por lechuza y que no llegase bajo ningún concepto tarde. Odiaba esperar por la gente, si alguien espera, que sea por alguien a quién merezca la pena esperar. Por lo que mejor que esperen ellos. Así que bajo mis normas, debía de estar allí. Y así era.

Me aparecí detrás de él justo cuando un autobus -guagua para nosotros- pasó por delante de la calle, por lo que un ruido fuerte eclipsó totalmente el de mi llegada por aparición. Sonreí de medio lado al verlo despistado y me acerqué silenciosamente a él por la espalda, hasta pegar mis labios a su oreja por un lateral.

—le asusté, con un leve y sencillo “bú” que no grité, sino más bien susurré.

Él por fin se percató de mi presencia y me coloqué a su lado, de tal manera que dejase de darme la espalda. Le hice salir un poco hacia la luz para no llamar la atención allí dentro -irónico-, ya que no era muy normal ver a dos personas en un callejón desierto hablando en voz baja. Cualquier muggle podría pensar o que le estoy vendiendo droga o que es un chico necesitado de diecisiete años pagando a una puta muy cara. En las dos opciones, yo soy la que salgo mal parada.

¿Te ha costado mucho llegar? Supongo que no —di por hecho, ya que si de verdad le había costado, se lo ahorraría sólo por quedar bien, ya que lo cierto es que lo importante es que lo consiguió, no lo que le ha pasado—. ¿Qué tal estás? —pregunté por preguntar. Por guardar las apariencias, aunque suponía que estaba bien.

Cuando la luz anaranjada de la farola nos iluminó, le señalé con la cabeza la dirección por la que teníamos que ir.

Está dos manzanas en aquella dirección —le dije a Damon—. Te dije que estaba al lado, pero lo cierto es que sería imprudente quedar en el callejón de al lado de la casa a la que vamos a entrar, ¿no te lo parece? —le pregunté retóricamente— Paseemos —le guiñé un ojo, saliendo totalmente de allí para caminar por las calles.

Ahora parecemos dos personas normales conversando. Parecemos dos hermanos inofensivos. Aunque obviamente, hubiera preferido mil veces más que mi hermano fuera el que me acompañase… No obstante, no sabría decir si metería a Max en líos como estos… Creo que prefiero que se conserve en la neutralidad a tener que preocuparme por lo que le puedan mandar los perturbados que están por encima de mí. Además, puesto que no puedo estar con Max… Damon era lo más cercano a él que tenía, ya que apenas lo veía.

Por la acera, nos cruzábamos con algunos muggles, pero apenas nos prestaban atención. No era excesivamente tarde, por lo que aún habían bastantes coches por la calle, aunque no personas, ya que no era un barrio con demasiada buena fama. Suponía que Damon quería datos, explicaciones... por lo que no tardé en ponerme manos a la obra. Debía de haber entregado lo que se supone que debo coger de ahí hace dos días, por lo que esperaba que esta noche fuera totalmente productiva.

Te explico... Nos estamos dirigiendo a un cuartel. Tiene forma cuadrada y en una esquina está el despacho del famoso Willherg Mill. No es auror, sino un cazarecompensas. Dicen que hacía años trabajaba como cazador de vampiros, pero que actualmente el Departamento de Seguridad Mágica lo ha contratado para… bueno, cazarnos —esbocé una media sonrisa— Estoy prácticamente segura de que Willherg no está ahora allí y es una persona tan sumamente distante a las doctrinas políticas del Ministerio que apenas pasa por allí, por lo que ignora quién soy, sólo que le pagan muy bien y por eso les hace el trabajo —le expliqué en modo historia, ya que a mí me gustaba, en su momento, que me explicasen todo con sumo detalle. No me gustaba simplemente entrar y pegarme a piñas— Tú decides si quieres ser el que distrae o si quieres ser el que entre a su despacho a coger ciertas propiedades —le di a elegir. Eligiera lo que eligiera, le diría lo que tendría que hacer. Yo me veía capacitada para ambas cosas, sólo que necesitaba a alguien que hiciera lo otro por mí.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Mar 24, 2015 9:34 am

- Joder, qué susto. – Dije, para luego suspirar profundamente. En cuestión de segundos me había puesto los pelos de punta y mi cuerpo se había puesto alerta. De hecho ya tenía media varita por fuera de la chaqueta y de no ser porque no tardé en darme cuenta de quién se trataba podría haber atacado a la persona equivocada. – No vuelvas a hacer eso. – Me llevé la mano al corazón y luego me viré del todo para tenerla justo en frente.

Ambos salimos del callejón y Abi comenzó a hablarme como si nada. Lo que peor nos vendría en aquellos momentos sería que alguien sospechara de nuestra presencia. Estaba emocionado, tanto por verla de nuevo como por participar en mi primera misión seria dentro de los mortífagos, pero no era una emoción que me pusiera nervioso, sino todo lo contrario. Saber que tenía a Abi de mi parte me tranquilizaba bastante y de algún modo me hacía sentir seguro. Conocía sus métodos y sabía que no nos pillarían. – Llegar no ha sido el problema, sino salir de Hogwarts. – Puse los ojos en blancos en señal de fastidio, aquel castillo parecía más una cárcel que un Colegio. – Pero al final me las he apañado para descubrir un pasadizo y conseguir salir, por eso estoy aquí. – Añadí, dando a entender que era obvio que había hallado la manera.

Me resultaba gracioso que me preguntara por mi estado, ya que más bien había parecido una pregunta totalmente retórica y trivial, pero decidí contestar. – Pues bastante bien, la verdad. Aunque Hufflepuff nos ganara la semana pasada. – Me di cuenta de su mirada y no tardé en responder. – Ya, lo sé, somos patéticos. – Me encogí de hombros, recordar aquel partido me ponía de mal humor. – La suerte de los principiantes. Por cierto, aún no te he dado las gracias por la escoba. – Le sonreí en medio de la luz de las farolas que nos rodeaban. – Eres la mejor, aunque eso ya lo sabes.  

Tras decirme dónde quedaba exactamente el lugar al que debíamos ir salimos del todo de aquel callejón, en dicha dirección. Caminamos en silencio durante un rato. La gente pasaba a nuestro lado sin sospechar lo más mínimo. Estaba ansioso por hacer algo de provecho por lo que andar al ritmo en que lo hacíamos se me hacía difícil. Pero Abi no parecía tener demasiada prisa, por lo que trataba de imitar su ritmo. Su presencia seguía despertando en mí las mismas sensaciones que el primer día. Irradiaba una seguridad y una sensualidad que casi me dejaban sin aliento, aunque con el paso de los días había aprendido a lidiar con ello de forma más o menos digna, haciéndome poco a poco a la idea de que no tenía ninguna oportunidad.

Una vez me aseguré de que nadie nos prestaba atención decidí ir al grano. - ¿Qué tenemos que hacer? – Me metí las manos en los bolsillos ya que comenzaba a refrescar, mientras seguíamos andando al mismo ritmo lento y tedioso. La escuché atentamente mientras hablaba, aunque sin despegar la vista de enfrente, como si lo que me dijera no tuviera demasiada importancia. Como por inercia sonreí a la misma vez que ella cuando dijo que su función era cazarnos, era divertido pensar que eras el punto de mira de alguien.

Mi mente comenzó a reaccionar cuando me dio a elegir cuál sería mi función en todo aquello. Recapacité por unos segundos. Distraer no era del todo mi capacidad más notoria, pero en cambio se me daba bien colarme en lugares y con los años había conseguido llegar a ser bastante silencioso. Si alguna vez me habían pillado haciendo algo indebido era bastante extraño. – Mmm… - Ya estábamos cerca del lugar, por lo que me vi obligado a tomar una decisión. – Me colaré. – Dije en un hilo de voz, no demasiado convencido, ya que también era la opción más peligrosa de ambas. - ¿Qué tipo de propiedad debería robar? – Pregunté, ya más decidido y con voz más firme, sintiendo ya la adrenalina correr por mis venas, mi mente sabía que iba a ocurrir algo interesante y me moría de ganas por entrar en acción, a pesar de las inseguridades. - ¿De cuánto tiempo dispongo? ¿Tienes idea de cuál será la seguridad del lugar? – Tenía bastantes preguntas, típicas de un inexperto como yo, por lo que esperaba que Abi tuviera paciencia conmigo.

Por otra parte hablaba con un tono de voz prudencial ya que a pesar de que nadie parecía prestarnos demasiada atención lo cierto era que nunca se sabía y no estaba dentro de mis planes cagarla en mi primera misión de verdad.
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Abigail T. McDowell el Mar Mar 24, 2015 10:09 pm

Le había pegado un buen susto a Damon, tanto que incluso me dijo de ese modo tan autoritario que tienen algunos de su edad que no lo volviera a hacer. ¿Sabes esa sensación totalmente contraria que te da un comentario como ese? Esperaba que la próxima vez se asustara todavía más. Así aprendía a no temerle a la nada.

Me contó que había conseguido salir de Hogwarts por un pasadizo y fruncí el ceño. Los pasadizos de Hogwarts no eran precisamente fácil de encontrar, yo en mis tiempos sólo encontré uno y no es que precisamente me dejara salir demasiado. Suponía que él ya conocía ese pasadizo y lo utilizó en su conveniencia. Asentí a la historia de su llegada pero no comenté nada al respecto. A lo que no pude evitar contestar fue a lo del partido de Quidditch. ¿Perder contra Hufflepuff? Madre mía...

Lo primero es aceptarlo. ¿Cómo podéis haber pedido contra ellos? —pregunté retóricamente para que me diera una explicación lógica— ¿Tú que eres, golpeador? —le pregunté, ya que no me acordaba de lo que me había dicho la última vez— Si eres golpeador debes de tener como prioridad salvar a tu buscador e intentar ponérselo difícil a su rival. Por regla general los partidos de Hogwarts duran hasta que se coja la Snitch, en los mundiales ya es otro cantar, pues la puntuación puede estar variando durante semanas. Así que el buscador enemigo es tu punto de mira siempre—Le expliqué. Luego me dio una punzada de nostalgia a recordar mis tiempos en Hogwarts como buscadora— En Hogwarts yo era la buscadora de Slytherin durante los dos últimos años. En Sexto quedamos terceros porque el golpeador de Gryffindor me tiró de la escoba al desviar una Bludger y en séptimo ganamos la copa gracias a mí.—Porque obviamente, después de que aquel gilipollas me tirara de la escoba, fui a vengarme sin bludger de por medio— Por eso sé que las Bludger son el peor enemigo de los buscadores. No me seas blando.

Me agradeció el haberle comprado una escoba y me encogí de hombros. Me iba a arruinar entre mi hermano y Damon, menos mal que Zack tiene una familia de ricos o ya me veía yo también comprándole una escoba para que pudiera jugar. Por un momento hice memoria... Mi Saeta de fuego, la cual aún conservo en mi armario, me le regaló Marian. ¿Qué habrá sido de esa mujer? Me hizo pasar momentos desagradables a la par que agradables... me gustaría saber qué ha sido de ella.

Le conté a Damon todo lo que había que hacer, de manera detallada y lenta, ya que por mi parte no tenía ninguna prisa. Y por su parte esperaba que tampoco, ya que por la hora a la que íbamos a terminar no podría dormir esa noche en Hogwarts. Le llevaría a Hogsmeade de madrugada para que tuviera alguna excusa con la que poder entrar a Hogwarts nada más abrir.

Al final de mi explicación, le di a elegir su rol en esta misión. Estaba claro que había un rol mucho más peligroso que él otro, en dónde destacaban cosas como el sigilo, la precisión y la astucia. Otro en dónde destacaban cosas como el engaño, la manipulación y la dureza. Podía elegir el que quisiera, aunque por suerte para la misión, eligió el que mejor le venía, ya que por ahora no veía a Damon muy dado al engaño o a la manipulación.

¿Y no me preguntas que por dónde vas a entrar? —sonreí de medio lado. Eran preguntas lógicas las que me estaba haciendo, pero sin duda se le había olvidado la más básica de todas— Debes robar tres cosas, así que apúntatelas a fuego en la mente. La primera un informe cuya tapa es de color naranja, simulando la piel y esta cerrada con un hilo negro. Tendrá un dedo de grosor y, o estará en la mesa o en los cajones. —Expliqué lo primero— Segundo un relicario con la fotografía de una mujer adulta de pelo negro. Estará ahí dentro, pero no sé exactamente dónde. —Sabía que estaba ahí dentro porque era como la típica foto que pone la gente en sus despacho para recordar a alguien, solo que el tipo utilizaba un relicario con un colgante— Y, por último, una varita. No sé si eres muy dado a identificar varitas, pero posiblemente tenga un cofre o en uno de sus cajones varias varitas que habrá confiscado o le habrán dado para rastrear. Necesito que identifiques una de color blanco hueso, curvada de manera convexa y con pequeñas muescas de color negro. Medirá sobre los treinta centímetros y no es flexible.—Le termino por explicar.— ¿Lo tienes todo claro? —Le pregunté, parándome para fijarme bien en su cara y en lo convencido que se mostraba— No sé de cuánto tiempo dispones ni cuánta seguridad habrá. Pero técnicamente yo me ocupo de eso. El tipo en cuestión no se encuentra ahora allí, por lo que habrá menos gente de la que preocuparnos. Tú preocúpate de ser eficiente, ¿entendido? Ocúpate de encontrar las tres cosas que te he dicho y si tienes que dejar algo atrás que sea el relicario. —Le dije para que tuviera clara tus prioridades.

Continuamos caminando y fue entonces cuando de lejos se vio el edificio al que nos dirigíamos. Estábamos en un barrio de mierda en medio de Londres, que era famoso incluso entre los magos por lo horrible que era estar por él y porque solía ser un buen lugar en dónde asentarse con alguna empresa mágica debido a su poca visita de muggles.

Es ese edificio. —le señalé a Damon— Te llevaré a la azotea. Desde ahí puedes entrar por la chimenea que te hará llegar directamente a su despacho. O puedes intentar entrar por uno de los balcones, aunque entonces existirá la posibilidad de que te encuentres con gente. —Me autorespondí— Y puesto que eres un poco inútil por no poder hacer magia fuera de Hogwarts, algo que debes de tener muy presente ya que el Ministerio cuando registre que has hecho magia esta fecha y aquí irá a hacerte preguntas y no nos interesa, deberás intentar no cruzarte con nadie. —Le expliqué—  No sé si eres bueno en combate cuerpo a cuerpo...—Dejé caer, ya que por ejemplo yo, era una experta en ese ámbito— Pero es lo único que tienes ahora, ¿entendido?

Le sujeté de la mano y, sin previo aviso, me desaparecí con él para aparecerme con él en la parte alta de la azotea. Nos azotó el viento increíblemente ya que entre edificios no se notaba y le solté de la mano para volver a mirarle a los ojos.

No es una misión difícil. Sólo arriesgada. Si te he elegido a ti es porque la prudencia que un veterano ya no tiene en estas ocasiones es primordial. No te confíes y cualquier cosa, grita. No se te ocurra decir mi nombre, ¿entendido? —Añadí. Parecía una mandona, pero le estaba dando nociones básicas de confidencialidad y experiencia— No voy a dejar que te pase nada. —Añadí seriamente mirándole a los ojos, para que, en el caso de que estuviera algo nervioso o asustado -que no lo sabía-, se tranquilizara— ¿Alguna pregunta, pequeño? Es le momento de soltarla.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Lun Abr 13, 2015 8:53 pm

Vale sí, lo admitía, tenía razón. La derrota de Slytherin contra Hufflepuff había sido más que merecida. Mi equipo había jugado como el culo, porque a ver, yo había hecho bien mi trabajo. — Sé lo que tienen que hacer los golpeadores. Yo soy golpeador y déjame decirte que yo lo hice a la perfección. — Me permití decir, tratando de cambiar de tema cuanto antes ya que había tenido suficiente con las burlas de los tejones, de los cuáles me vengaría, sin duda alguna. — Además nuestra buscadora parecía que estaba dormida, al contrario que la de Hufflepuff… — Recordé la cara de Danny mirándome con aquella cara de imbécil victoriosa. Por suerte ya me había ocupado de aquella parte y esperaba haberle dejado claro con quién estaba tratando para el resto de los años que le quedaran en Hogwarts.

Siguieron caminando rumbo al lugar donde debían realizar su misión. Aunque lo pareciera no estaba tan seguro de la decisión que acababa de tomar. ¿Distraer o meterme de incógnito en un lugar que no conocía de nada? Ninguna de ambas opciones era mi especialidad la verdad, de hecho, ¿cuál cojones era mi especialidad? Lo único que había hecho hasta ahora más o menos malvado era matar a un borracho y tocar las pelotas de todo aquel que pudiera en Hogwarts. Bueno, casi mato a Nora en aquella invasión de mortífagos en Hogsmeade, pero no estaba tan seguro de haber sido capaz, lo que aún me convertía en una persona débil. A pesar de eso tenía ganas de mostrar mi potencial y no me importaba llevarme algún que otro cadáver por el camino si era necesario, cada vez tenía menos y menos miedo a mancharme las manos de sangre, ya que lo consideraba en muchas ocasiones necesario para llegar a ser quien quería ser.

- ¿Qué graciosa estás hoy, no? ¿Te has comido un payaso? — Estaba pidiendo a gritos que me pegara un sopapo, pero es que aquel día parecía que se había propuesto reírse no conmigo, sino de mí. No era que me molestara en exceso, de hecho me gustaba que tuviera confianza conmigo como para eso, pero de ahí a hacerme bullying había solo un paso. — Respeta. — Le dije en un tono algo más bromista, tratando que no se enfadara conmigo por haberle hablado tan cortante. Seguramente se debiera a que en el fondo aunque no quisiera admitirlo sí que estaba algo nervioso. Al fin y al cabo el precio que debería pagar si me pillaban sería bastante alto, por lo que había motivos para estar algo… inquieto.

Tras eso escuché atentamente todas los detalles y pasos que debía seguir a raja tabla si quería que todo saliera sin ningún imprevisto. Asentía prácticamente a cada palabra que decía, grabándolas a fuego en mi mente. “¿Lo tienes todo claro?” Esa misma pregunta me estaba haciendo yo ahora mismo, poco más y me hacía la lista de la compra allí. —¿Y patatas tenemos en casa aún? — Bromeé, acabando por reírme yo solo ya que ella estaba con una cara de póker de: “cállate o te reviento.” — Vale. — Me respondí a mí mismo. — Ha quedado claro. — Le dije con el tono más seguro que mi voz fue capaz de transmitir.

Tras sus últimas indicaciones no tardamos en llegar al edificio en concreto.  Era bastante alto, pero no resultaría complicado llegar hasta la azotea y de allí seguir sus órdenes, que eran prácticamente bajar por la chimenea hasta el despacho del susodicho. — ¿Cuerpo a cuerpo? Si es en posición horizontal...   — Solté una carcajada fugaz, mirando a Abi con diversión. — Bueno… Hago rugby, soy bueno haciendo placajes… — La miré y me encogí de hombros, con una sonrisa divertida en los labios. De alguna forma cuanto más estaba metido en el asunto menos nervioso me sentía. — No te preocupes por mí, estaré bien. Y me elegiste porque sabes que soy el mejor, no lo niegues. — Le guiñé un ojo muy seductor, a riesgo de llevarme otro sopapo, pero es que era muy divertido, no podía evitarlo.

Tras todo ello no tenía ninguna pregunta, así que sin esperar más decidí entrar en acción, metiendo mi cuerpo por la chimenea que para ser sinceros no tenía un olor muy agradable. — No llores por mí si muero, Abigail. — Y sin esperar represalias por haber usado su nombre completo me solté y me deslicé poco a poco a lo largo de la estrecha chimenea. Tras un cansino descenso no tardé en pisar suelo firme, solo que ahora me encontraba lleno de azufre y cenizas.

Me sacudí rápidamente y tras mirar a mi alrededor vi con alegría que al parecer estaba donde debía estar. “E spera, ahora que lo pienso… ¿qué demonios es un relicario?” Podría haber sido una buena pregunta que hacerle antes de bajar hasta allí, pero mi cerebro vio más oportuno plantearme la duda una vez no había vuelta atrás. — Pues nada… — Me hice el pelo hacia atrás y algo en mi mente apretó un interruptor que me indicó que debía ponerme las pilas o alguien acabaría por pillarme. Obviamente lo primero que hice fue buscar en los cajones en busca de alguno de los objetos que Abi me había indicado. Tuve suerte, pues en el primero de los cajones se encontraba el informe del que la pelirroja había hablado. — Vale, una cosa menos… — Susurraba para mí mismo, como dándome ánimos.

Tras rebuscar en todos los cajones del escritorio me dirigí a las estanterías, había tres repartidas por todo el despacho. No parecía haber rastro ni de la varita ni del relicario, fuera lo que fuera eso, aunque me lo podía imaginar más o menos, ya que llevaba consigo una foto. En un momento, donde ya comenzaba a desesperarme un poco me dio por quitar algunos libros de las mismas y, definitivamente, aquel era mi día de suerte. Tras uno de los libros se encontraba la varita que Abi me había descrito, color hueso, curvada… Sí, tenía que ser esa. — Y ahora el maldito relicario…

Unos pasos al otro lado de la puerta me alertaron al instante. No tenía tiempo para pensar en nada más que no fuera esconderme, ya que no cabía duda de que aquellos pasos se acercaban cada vez más, así que con el informe y la varita en mano miré rápidamente a mi alrededor. La imagen fugaz de la chimenea volvió a mi mente y sin dudar ni un instante me metí dentro de ella, acoplándome a un lateral de la misma donde sería difícil verme desde fuera. “Ya podrías haber venido cinco minutos más tarde…” Pensé, con la respiración acelerada, esperando por Merlín que sólo fuera alguien que estuviera de paso, porque si no era así estaba jodido, bastante jodido.
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Abigail T. McDowell el Mar Abr 14, 2015 11:21 pm

Era fácil. Un buen golpeador coge el bate y desvía la Bludger hacia la buscadora. La buscadora cae, pierde el conocimiento y, por consiguiente, no puede coger la Snitch. ¿Tan difícil era? Si la buscadora del equipo contrario había cogido la Snitch era porque los golpeadores no habían hecho su trabajo o se habían ensartado con personas que no eran importantes en el partido. Por mucho que Damon quisiera quedar como el macho alfa de la situación diciendo que él lo hizo perfectamente; no era así. Pero no estaba yo como para darle clases de Quidditch a alguien como él, que lo que menos quiere aprender ahora mismo es cómo rematar a una buscadora con una bludger.

Seguimos caminando hacia la zona en cuestión y lo cierto es que me estaba metiendo bastante con Damon por razones desconocidas. Pero es que me lo dejaba tremendamente fácil y soy de esas personas que aprovechan cualquier ocasión para poder reírse de los demás.  No obstante, en aquella relación tan extraña que poseíamos sólo había cabida para que uno se riese del otro. ¿Qué era eso de preguntarne retóricamente que si me había comido un payaso? ¿Acaso yo le pregunto si se ha comido a un Hufflepuff últimamente? Levanté la mano y le di un cogote en toda la nuca sin pensármelo dos veces. Al contrario que con Zack, no conocía a los padres de Damon, simplemente a él, por lo que nuestra relación me parecía incluso más liberal que la que tenía con Zack.

¿Un payaso, en serio? La próxima vez dejo que pruebes el Crucio. —Le amenacé mirándole de reojo— Respeta tú, mocoso. ¿Quién te saca diez años? —Añadí, mirándole divertida. La verdad es que mi respeto por la gente solía ser bastante nulo, a no ser que lo fingiera. O por lo menos siempre y cuando no se lo hayan ganado. Sólo respetaba a aquellas personas que habian supuesto un desafío o una amenaza o, que por consecuencia, me habían dado a entender que eran merecedores de mi respeto.

Luego me puse a explicarle todo lo que tenía que encontrar en aquel maldito sitio. Yo lo tenía fácil. Sabía perfectamente como era el relicario, como era la varita y estaba acostumbrada a poseer informe de todos tipos en mis manos. No obstante, cualquier tipo de  movimiento, ruido o inconveniente podía hacer que cualquier persona entrase al despacho en cuestión. Por esa razón debía de haber una persona fuera que lo impidiese. Cuando terminé de contarle todo lo que debía de recoger, su comentario me hizo mirarle con cara de:: “No tiene ni puta gracia”. Aunque en el fondo, en otras circunstancias, quizás si me hubiera hecho gracia.

¿Te comiste a la buscadora de Hufflepuff tú y te has quedado así de retrasado? —le pregunté alzando una ceja, notando como después parecía tenerlo todo claro—. ¿Seguro que no se te olvida ninguna pregunta? —Le pregunté a Damon con un tono de voz un tanto revelador. Menudo show de hombre me había encontrado. ¿Rugby? De una patada tumbas a un estúpido jugador de Rugby. Aun así le di el voto de la duda, ya que probablemente eso fuera mejor que nada— Me vuelves a llamar Abigail, Damon, y seré yo misma la que entierre tu cuerpo. ¿Entendido? —Le dije con una amigable y falsa sonrisa. De esas sonrisas que, si fueran realmente sinceras, conseguirían atraer a cualquier hombre.

Empezó a bajar por la chimenea y me asomé por ella cuando empezó a deslizarse. Apoyé mis manos en la repisa y mi cabeza observó el cuerpo de Damon.

Se te ha olvidado preguntarme como vas a salir luego de ahí —le dije claramente, consciente de que me estaba escuchando porque allí no había ruido que tapase mi voz— Supongo que te gusta improvisar. ¿No? —Y con la misma, me desaparecí de allí para aparecerme en la puerta de aque local.

Toqué a la puerta dos veces antes de entrar al interior sin esperar a que nadie me diera permiso. Nunca esperaba a que nadie me diera permiso, era Abi MCDowell y siempre me tomaba las libertades que considerara oportunas. En el interior de aquel lugar habían cuatro personas. Una de ellas era un anciano mayor que estaba sentado en una silla mientras leía El Profeta tranquilamente. Luego había una chica detrás de un mostrador junto a un hombre y, al fondo, ordenando papeleo, había otro hombre. La puerta del despacho a dónde había entrado Damon estaba aparentemente cerrada. Yo iba a intentar parecer natural. No quería levantar sospechas por lo que preguntaría directamente por la persona más importante de aquel lugar, aludiendo a que venía del parte del Ministro.

Buenas noches —saludé directamente al chico y a la chica que estaban en lo que parecía una mesa administrativa. Parecían los secretarios, o sus aprendices— ¿Willherg Mill? Me han dicho que es más propenso a aparecer por aquí caída la noche —dije amablemente a los dos chicos que podrían ser perfectamente de mi edad. Quizás un poco más pequeño.

La chica me miraba de arriba abajo, adoptando una posición un tanto vulnerable, mientras que el chico no paraba de comerme con la mirada. No parecían muy avispados, la verdad.

— No está ahora mismo. CIerto es que suele estar por las noches. ¿Puedo preguntar quién le busca? —preguntó la chica muy formalmente, ya que el chico estaba demasiado ocupado en intentar no mancharse los pantalones con la baba.

Abigail McDowell, soy la Asistente del Ministro. Vengo expresamente de su parte —dije claramente sin ningún tipo de duda.

El Ministro era Ben Winslow y a pesar de que esté de parte de Lord Voldemort, es una persona que nunca ha tenido dudas, socialmente hablando, de su reputación ni lealtad. Los Winslow eran una familia purista con bastante poder económico, pero jamás se le ha relacionado con la unión a las filas de Lord Voldemort, lo cual hacía de BEn un Ministro increíblemente poderoso y al que seguir.

Un placer conocerla —Dijo la chica, apuntando algunas cosas en un papel como recado—. No sé cuándo volverá hoy, ya que tenía algunos recados pendientes con algunos clientes. Quizás puede que ni aparezca. Puede esperar o venir en otro momento. O puedo hacer que le llame cuando esté disponible.

Me propuso la chica. Demasiado eficaz. ¿No podría haberme tocado el subnormal babuino babeante que está a su lado? Sería mucho más fácil.

Es decir, lo más normal es que hoy no aparezca. ¿No? —Añadí a mi pregunta para quedarme totalmente segura de su contestación y no preocuparme porque pudiera aparecer de repente.

Exacto. —contestó la joven.

En tal caso, mejor vengo en otro  momento para no perder el tiempo. Muchas gracias —me despedí de la chica y, en vez de salir por la puerta, me hice la despistada en un tablón de anuncios.

En dónde habían ofertas de trabajo, algunas partidas de búsquedas de algunas personas que se buscaban para ir a Azkaban y a un lado muchas de las sentencias de personas que el mismo Willherg había metido en Azkaban. Muchos eran conocidos míos. Pero era lo típico cuando te relacionabas entre lo peor de la sociedad. Estaban mejor en Azkaban que incluso sirviendo a Lord Voldemort.

De repente escuché la puerta. Me giré y faltaba la chica, pues probablemente hubiera entrado al despacho a dejar los recados y demás informes sobre la mesa de su jefe. Chasqueé la lengua por el despiste y esperé tranquilamente a ver si había gritos o golpes por haberse encontrado con Damon. No hubo nada y no pude evitar sonreír. La única persona que me parecía una amenaza era el hombre que estaba eufóricamente buscando algo en la parte trasera.

Buenas noches —Me despedí de todos y salí por la puerta.

Volví a subir a la azotea y con mi varita dejé caer una cuerda por la chimenea hacia abajo, de ta manera que, cuando Damon estuviera listo, la sujetara y yo le subiría. Podría haber hecho yo ese trabajo aparentemente fácil, pero una de las muchas contradicciones es que dicho despacho estaba a prueba de aparición. Probablemente el único capaz de aparecer ahí sería el mismo Willherg.

Y, desgraciadamente eso fue lo que pasó. Mientras tanto dentro del despacho... [Insertar aquí el sonido típico de la aparición].

Maldita sea, Ulises, ¿cuántas veces he de decirte que no me contradigas? Cuando te ordeno algo, lo cumples y se acabó. Quiero que vengas ahora mismo para aquí para poder hablar seriamente de lo que ha ocurrido —gritó enfurecido. Por lo que parecía, algo no había salido bien—. ¡Ana! ¡Ven aquí ahora mismo! —gritó nuevamente, llamando a su secretaria con la que apenas hace uno minutos yo estaba hablando.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Dom Abr 26, 2015 9:23 pm

“¿Seguro que no se te olvida ninguna pregunta? Se te ha olvidado preguntarme cómo vas a salir” En el momento en que las dijo no les di demasiada importancia, ya que estaba más ocupado tratando de no pegármela de bruces bajando aquella asquerosa chimenea, pero ahora aquellas palabras de Abi resonaba en mi cabeza una vez tras otra, mientras me mantenía agazapado dentro de la chimenea, ¡pues claro que se me había olvidado preguntarle! Y era algo bastante esencial, joder, ¿cómo se suponía que iba a salir de allí después de coger todos los objetos? En un principio me había hecho el duro y había pensado que ya improvisaría, sí, pero ahora que me paraba un segundo y sentía la presión de que hubiera alguien más allí aquella duda era esencial. Si, definitivamente la pelirroja tenía toda la razón cuando me había preguntado si me había comido un hufflepuff, ya que aquella vez no estaba siendo inteligente que digamos. Me estaba dejando guiar por la emoción y la hiperactividad y no estaba pensando las cosas con detenimiento, como debía hacerlo. “Joder, Damon, tú eres mejor que esto, hombre” Me daba ánimo a mí mismo, tratando de respirar lo mínimo posible, primero para que quien fuera que estaba en el despacho no se percatara de mi presencia y segundo porque si respiraba demasiado dentro de aquella chimenea podía morir de inanición fácilmente, lo que sería una muerte bastante patética, por cierto.

La persona que había entrado no tardó más de unos pocos segundos en volver a marcharse, cerrando la puerta tras de sí. Justo en ese momento Abi dejó caer una cuerda a lo largo de la chimenea, que me dio en la cabeza. – Joder. – Susurré, palpándome la misma, me había dolido, pero ahora me sentía bastante más tranquilo ya que el problema de salir de allí estaba solventado. Sin embargo aún me faltaba uno de los objetos, por lo que salí del escondrijo y volví a ponerme manos a la obra en busca del dichoso relicario. “Ya podría haber sido un bolígrafo, o un cuadro” Pensé, ya que de aquellas cosas había miles por todo el despacho.

Busqué y rebusqué por todos los rincones pero sin ningún éxito. Me paré un segundo, molesto, pensando qué lugar podría haber pasado por alto y preguntándome si quizás ni siquiera estaba allí. La puerta se abrió tras de mí rápidamente, pegándome un susto de muerte y provocando que diera un bote en mi sitio, dándome la vuelta alarmado. “¿Esto qué es? ¿Un puto mercado?” ¿Allí había siempre gente saliendo y entrando o qué? Debido a la rapidez de los sucesos en esa ocasión no me dio tiempo a volver a esconderme, por lo que el visitante inesperado me vio nada más entrar y no dudó en sacar su varita con intenciones poco amistosas. Mi primera reacción fue subir ambas manos en señal de que no me atacara, pero aquel hombre no parecía dispuesto a dialogar. Con un rápido movimiento me esquivé un rayo de luz que venía directo a mi cabeza, el cual había provocado un boquete en el cuadro que tenía justo detrás.

Recordé las palabras de Abi. Obviamente no podía usar magia, así que no me quedaba otra que acudir a mis dotes físicas para intentar zafarme de aquel tío y salir de allí, aunque fuera con un objeto menos, mi vida era más importante. – Pues nada. – Solté el informe y la varita y sin pensármelo dos veces me abalancé hacia el hombre, tratando de placarle. Lo había conseguido y además la varita del hombre había caído lejos de su alcance, pero una alarma comenzó a sonar, más fuerte de lo que me hubiera gustado, alertando probablemente a todo el mundo. Sin embargo, no me quedaba otra que ir por partes, así que no dudé en comenzar a pegarle puñetazos en la cara al hombre, lo más fuerte que podía, haciendo que sangrara por numerosas partes.

En un momento en el que me paré a coger aire vi desde donde estaba una caja bastante peculiar en una de las mesitas que había al lado de los armarios más grandes. Por algún motivo mi instinto me decía que allí debía estar el relicario, además de porque era el único lugar donde no había mirado. Eché un vistazo al hombre que estaba debajo de mí, exhausto y dolorido y supuse que podría coger la caja y los demás objetos e irme sin tener más inconvenientes, así que fue lo que hice. En efecto dentro de aquella caja estaba el relicario que andaba buscando, pero no había tiempo para celebraciones. Lo cogí y al darme la vuelta vi que el hombre trataba de alcanzar la varita, aunque estaba bastante hecho polvo. Podía coger el resto de cosas y largarme antes de que pudiera hacer nada, pero en ese momento me percaté de que no podía ser tan fácil. Aquel hombre me había visto la cara. No era parte del plan que nadie me viera, por lo que ni siquiera me había preocupado por ponerme la máscara de mortífago. – Mierda. – Susurré para mí mismo, observando al entrometido.

Sin más dilación y aún con la alarma sonando cogí de la mesa lo que parecía un pisapapeles que pesaba bastante y me acerqué al hombre, dándole una patada a la varita y colocándome encima de él. Estaba demasiado cansado para pelear cuerpo a cuerpo, por lo que no fue difícil golpearle varias veces en la cabeza con el pisapapeles hasta que dejó de respirar, ayudándome de las manos para taparle las fosas nasales y la boca para que tampoco pudiese gritar. Sin embargo no había sido tan fácil, por lo que me tendí en el suelo un instante, respirando con dificultad y con todos los objetos a mano. Sólo tenía que levantarme y largarme de allí o al menos esa era la teoría. – No te muevas, pequeñín, los guardias no tardarán en llegar y seguramente tengan un destino pensado para ti. – Era una voz femenina, la chica estaba en el umbral de la puerta, apuntándome con la varita. “Genial, siguiente…” Ahora sí que la había pifiado, ¿cuánto tardarían en llegar los refuerzos? ¿Intentaría Abi inmiscuirse o me dejaría allí? Lo cierto era que tratar de ayudarme era un riesgo para ella, así que no estaba tan seguro de que me considerara tan importante. Lo único cierto era que no podía moverme de allí sin que un hechizo me impactara de lleno.
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Abigail T. McDowell el Lun Abr 27, 2015 2:53 pm

Había vuelto a subir al tejado para dejarle caer una cuerda mágica a Damon. La había amarrado, por lo que desde que Damon cogiera dicha cuerda, no tendría que hacer el esfuerzo, sino que le harías ascender automáticamente. No obstante, no subió en los siguientes minutos. Supuse que aún no había acabado con su cometido, pero fue bastante revelador el hecho de que sonase la alarma en el interior. Tuve que darme prisa, porque el hecho de que se sonase la alarma básicamente significa que todos iban a entrar en dicho despacho en menos de lo que se pestañea. Pasé la varita por mi rostro y apareció automáticamente mi mascara de mortifago, luego la pasé por delante de mí y cambié totalmente de atuendo, colocando encima de lo que me había puesto una capa totalmente negra que incluso me tapaba la cabeza.

Me aparecí entonces justo en dónde hace unos minutos estaba hablando con una secretaria. Ahí si podia aparecerme, dónde no podía era en el interior del despacho. Nada más aparecer, se formó todavía más el caos. Los que estaban afuera estaban a punto de entrar por la puerta, cosa que evité. Al chico que hace poco estaba acompañando a la secretaria salió volando hacia atrás, chocándose con la pared de mi espalda y quedándose inconsciente en el suelo debido al salvaje golpe que se dio en la cabeza. El hombre que rato antes estaba observando libros y estaba realmente ocupado como para prestar atención a nada más, me estaba apuntando con la varita. Actué con semblante tranquilo, siendo una defenso receptiva a todo lo que me mandaba en forma de hechizo. Mi varita creaba continuamente hechizos protectores o desviaba los hechizos hacia otros lugares de la estancia, haciendo que se chocasen en muebles y pared. Trozos de pared y de madera saltaban por todas partes. En cierta ocasión pude ver como de su varita salía una maldición de color verde. Desvíe rápidamente ese hechizo y chocó directamente contra una de las personas que estaban escondiéndose de aquel peligroso encuentro. Dicha persona, cayó al suelo inerte. El que me había lanzado la maldición me miró, y yo simplemente me encogí de hombros.

Entonces me acerqué al que me había lanzado la maldición imperdonable y aprovechando su momento de culpabilidad por haber matado sin querer a aquel pobre hombre, traspase su guardia con un simple hechizo derribador que le hizo chocar con una estantería que cayó sobre él. Acorté las distancias y pisé su mano, haciendo que soltase la varita. Luego le pegué una patada en la cara para dejarle inconsciente.

Si podía evitarlo, no iba a matar a más personas de las debidas, porque si ya un cuerpo da de que hablar, no quería ni imaginarme la de vueltas que darían con más de cinco cadáveres. Me di la vuelta para entrar rápidamente al despacho en dónde se encontraba Damon, pero al darme la vuelta pude ver como la secretaria salía del baño y observaba todo el estropicio que había hecho. Me cogió con la guardia bajada, por lo que un certero hechizo me hizo un corte en el pecho, para que luego uno derribador me impactó en el pecho y me hizo chocar contra la pared de detrás de mí.

Me había dolido horrores y me dejé caer por mi propio peso al suelo, fingiendo estar inconsciente para que la chica pasara de mí. Realmente es que después de un hechizo como ese, te quedas sin fuerzas en todo tu cuerpo. Cuando elevé la mirada pude ver como la chica entraba al despacho, amenazando a Damon. Suspiré con algo de desgana y me levanté, dirigiéndome sigilosamente por detrás de la joven. Desde atrás le apunté.

Crucio —dije a su espalda. El cuerpo de la chica se tensó primeramente, para luego caer de rodillas al suelo y comenzar a gritar dolorosamente mientras sus extremidades y cada parte de tu cuerpo intentaba soportar el dolor de la maldición imperdonable más dolorosa. Sus gritos habían incluso eclipsado a la maldita alarma, por lo que cuando lo consideré suficiente, paré el hechizo y le lancé un Desmaius—. ¿Tienes las tres cosas? —pregunté a Damon, agachándome al lado de la chica para borrarle la memoria, ya que había visto a Damon. También le borraría la memoria sobre mí aparición de antes, para no levantar sospechas.

Cuando volví a erguirme pude ver al hombre al que veníamos a robar muerto en el suelo. Tenía el rostro totalmente ensangrentado, por lo que apenas pude mirarlo más de algunos segundos. No había tiempo para galardones, por lo que salí del despacho y con un hechizo atraje a Damon hacia mí con las cosas, sujetándole fuertemente. Justo en ese momento, por la puerta de la casa entraron dos aurores, pero para cuando mi mirada se posó en ellos, ya me estaba desapareciendo con Damon.


Aparecimos en mi casa, en medio del salón. Rápidamente y con la varita en la mano me libré de la máscara y de la capa, quedándome con un atuendo normal de color negro. Dicho atuendo, por la parte del pecho, en un corte que llegaba cruzadamente desde la clavícula derecha al costado izquierdo, estaba roto y ensangrentado. Qué bien. Sin decirle nada a Damon, fui hacia el baño y me quité la chaqueta de cuero, para luego quitarme lentamente los botones de una de la camisa que tenía. A medida que abría la camisa se iba viendo la herida junto al sujetador algo húmedo por la sangre. No era muy profunda, pero joder que sí dolía. Suspiré tranquilamente por el tema sangre y con mi varita conjuré algunos Episkey que cerraron parte de la herida. Luego me apliqué una crema, un ungüento sacado de una de las pociones curativas y cicatrizadoras. Tras echarme eso pude ver a través del espejo como lo que restaba de herida se cicatrizaba lentamente, dejando una piel mucho más rosada hasta que pasara el tiempo propio para que sus efectos fueran completos.

¿Tú estás bien? —le pregunté al chico cuando salí del baño— Más de un mortifago te estará en deuda por haber machacado el cráneo del hombre que les tenía en el punto de mira —dije finalmente, acercándome a la cocina con la camisa abierta para coger una cerveza de la nevera.

Después de ver sangre necesitaba urgentemente alcohol. Cogí otra cerveza y se la tendí a Damon, acercándome hacia dónde estaba tanto él como las cosas. El tío al que había matado era un hueso duro de roer, pero posiblemente no fuera tan duro en frente de un joven chico que probablemente no tuviera ninguna maldad más que la inducida por una mala influencia, motivo por el cual, con la defensa bajada, Damon pudo aprovecharse.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Jue Abr 30, 2015 4:06 pm

De repente, cuando ya creía que mi futuro como mortífago había acabado sin apenas haber comenzado, entró en escena mi salvadora, mi musa, la pelirroja de mis sueños. El suspiro de alivio que solté al escucharla conjurar un Crucio a espaldas de la chica no fue ni normal. Prácticamente me había salvado la vida. – Casi no vienes, pensé que me habías abandonado. – Dije con tono de sorna, levantándome del suelo y cogiendo del mismo todos los objetos que tenía que conseguir. – Sí, los tengo todos, ¿lo dudabas? – No sabía cómo pero aún con aquellos nervios encima era capaz de bromear. Sin embargo aún no estábamos a salvo, sino que en un abrir y cerrar de ojos se aparecerían aurores, guardias y todo tipo de magos con la intención de pararnos los pies, pero para cuando aparecieron ya era demasiado tarde. Antes de desaparecer de allí miré por última vez la cara del hombre al que había matado a completa sangre fría.

Me tambaleé por un momento, percatándome de que estábamos en casa de Abi. Aún a aquellas alturas la aparición seguía provocándome bastantes mareos y más cuando se hacía de aquella forma tan brusca. Abi se libró rápidamente de su atuendo y fue directamente al baño, al parecer había sufrido una herida seria. Ahora que lo pensaba era la primera vez que veía herida a Abi, el simple hecho de haber conseguido hacerle un rasguño ya era un mérito, supongo. A pesar de eso no me preocupé en exceso, primero porque sabía que Abi se las apañaría fácilmente y segundo porque aún estaba un poco en shock.

Me acerqué a la ventana como había hecho la última vez, observando la calle desde arriba. Aquel día estaba todo especialmente tranquilo por aquella zona. Me miré las manos, percatándome de que las tenía manchadas de sangre. Volvió a mi mente la cara ensangrentada de aquel hombre y sus intentos fallidos de gritar o pedir ayuda, intentos que fueron frustrados por mi mano firme evitando todo tipo de ruido por su parte. – Joder…
Levanté la cabeza con rapidez al escuchar a Abi detrás de mí. – Sí, estoy bien. – Dije con voz firme, asintiendo levemente. - ¿Quién era? ¡No sería Willherg Mill! – Pregunté sorprendido, observándola mientras se adentraba en la cocina. – Yo… No sabía quién era. – Volví a bajar la mirada hacia mis manos. El sentimiento de culpabilidad no era ni parecido a la última vez, pero aún me sentía algo contrariado y más después de haberlo hecho como lo hice. Matar a alguien con ayuda de una varita era bastante fácil en comparación con usar un pisapapeles como arma.

Sin avisarla me dirigí al baño para lavarme las manos y la cara. Me miré al espejo y vi que ya no era el mismo chico prácticamente inocente e indefenso de hacía unos meses, muchas cosas habían cambiado en poco tiempo, pero no me arrepentía de absolutamente nada. Todo aquello no era sino el camino hacia la grandeza, hacia el poder, un poder que apenas era capaz de imaginar.

No tardé en volver al salón a la vez que Abi salía de la cocina, la cual me tendió una cerveza que francamente agradecía bastante, por lo que le dediqué una especie de sonrisa de agradecimiento. Me senté en el sillón individual, coloqué la bebida sobre mí y clavé mi mirada en las gotitas que bajaban del recipiente de cristal. Carraspeé un poco antes de hablar, antes de tomar el primer sorbo. – Abi… ¿De verdad crees que puedo llegar lejos? Es decir… ¿Es normal que me sienta un poco mal por esto? Quizás debería tener más sangre fría, no sé. ¿No debería sentirme bien porque las cosas salieran satisfactoriamente? - ¿Se notaba que estaba confuso? Nah, cosas mías. – Aunque tampoco sé si salieron tan bien, ¿quizás que al final lo matara yo nos perjudica de algún modo? ¿O lo que importa es que finalmente está muerto? ¿El fin justifica los medios? ¿Se enfadaran por no haber seguido las normas al pie de la letra? – Al fin y al cabo era mi primera misión oficial y más o menos importante, por lo que no conocía demasiado bien el protocolo a la hora de dar por válidas las mismas. Fue entonces cuando me llevé la botella a los labios, saboreando su contenido sin ninguna prisa y esperando una respuesta de Abi que consiguiera acallar todas mis dudas, aunque tampoco estaba seguro de que existiera dicha respuesta.
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Abigail T. McDowell el Sáb Mayo 02, 2015 3:11 am

La voz de Damon fue claramente reveladora para comunicarme que no sabía la identidad del hombre al que había reventado la cabeza. Era normal, Damon era un alumno y no parecía muy puesto en leer el Profeta todos los días. Willherg era alguien famoso, pero para personas que ya están en una sociedad política y algo más conflictiva que Hogwarts y sus piques de casas. Me encogí de hombros cuando añadió al final que no tenía ni idea de quién era cuando lo hizo.

Lo llegas a saber y probablemente no te sale tan bien —dije, llevándome la boquilla de la cerveza a la boca para dar un largo trago. Cerré los ojos mientras bebía, intentando evitar acordarme de la herida o la sangre, pero nada más abrir los ojos vi como la camiseta de Damon estaba algo manchada de sangre. Tío, la sangre es puto repugnante. No entiendo como podemos estar formados por esa puta sustancia asquerosa. Antes de sentarme, me metí momentáneamente en la habitación de invitados y cogí una camiseta cualquiera de un hombre cualquiera al que me había tirado. Al salir, se la tiré a Damon— Cámbiate, por favor —le pedí, aunque más bien era una orden, ya que el “por favor” sonó cansino y irritante.

Damon desapareció un momento para ir al baño a lavarse (menos mal, porque tenías compañeros que eran felices conservando la sangre en su ropa o piel durante días), por lo que yo aproveché para sentarme en el sillón. Observé la varita: tenía un ojo para ellas increíble porque lo que rápidamente me di cuenta de que era la correcta. Luego cogí el relicario, que realmente ya no hacía falta y luego el informe, el cual coloqué sobre mis piernas.

Se sentó a mi lado cuando salió del baño y tras pasarle la cerveza se mantuvo callado durante un rato. Supongo que matar a alguien a golpes no debe de ser algo que te haga sentir muy bien en primera instancia, sobre todo con dieciséis años. Podría opinar, pero yo nunca he matado a nadie de esa manera, básicamente porque al primer golpe le vomitaría en la cara. Yo era más asesina; rápido y con movimientos concisos. Y si puedo usar magia, mejor. No obstante, él no parecía muy convencido con lo que había hecho y no tardó en mostrarme sus preocupaciones. Me parecía increíblemente raro que alguien me contase sus preocupaciones así de tranquilo. ¿Desde cuándo soy la consejera de nadie? Aunque supongo que esto venía en el paquete.

¿Tú crees que disfruté mi primera muerte? —alcé una ceja con dicha pregunta, para explicarle que no debía de sentirse mal por matar a una persona. Joder, es lo puto más normal de una persona, sentirse mal por matar a otra. Se supone que nacemos con empatía y sentimientos, ¿no?— Ni de coña. Arrebatar una vida con tus propias manos tiene un antes y un después. Si ya es la segunda vez que lo haces, no tardarás en acostumbrarte. Aunque he visto a gente dependiendo de ello, por lo que no te recomendaría nunca matar por simple diversión —le expliqué, bebiendo de mi cerveza para luego mirarle— Es decir, a mi no me divierte matar, me divierte luchar, divertirme en el progreso, ganar siendo mejor y, como premio, obtener mi víctima. ¿Pero matar por matar? ¿Simplemente porque sí? Es aburrido. ¿No te parece? —Intentaba convencerlo porque no quería que Damon se convirtiera en un hijo de puta psicópata que mata para sentirse libre y bien. No, esa gente me da asco.

Luego continuó soltando preguntas. Entendía que estuviera confuso, ¿pero tanto? ¿Quién narices hace tantas preguntas? Aún así le atendí, por si decía algo relevante. Aunque bueno, teniendo en cuenta su experiencia, cualquier cosa que me preguntara debía de ser contestada.

¿Normas? ¿En dónde te crees que estamos en un puto instituto de iniciación para mortifagos? —solté un bufido— Aquí no hay normas, sólo un fin. Claro que el fin justifica los medios. ¿Qué cojones nos importa si Willherg vive o muere? ¿Si su secretaria vive o muere? Aquí lo único que importa es que tenemos esto —di con los dedos varios golpes sobre el informe—. Obviamente, el que hayas matado a Willherg supondrá un alivio a los de la causa, ya que trabajaba para los aurores. Nunca se me hubiera ocurrido utilizar a un niño para ablandar el corazón de Willherg. Debiste de cogerlo realmente desprevenido —le dije, bebiendo de la boquilla de mi cerveza.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Mayo 05, 2015 12:02 pm

Mi relación con Abi era de todo menos normal, de hecho la calificaba como rara o inestable, al menos por mi parte. A veces me sentía más a gusto con ella que con nadie, de alguna forma sentía que me entendía en cosas en las que nadie más lo haría y de que verdaderamente velaba por mi futuro o por mis progresos, pero en otras ocasiones me sentía tremendamente cohibido con su mera presencia, como la primera vez que hablé con ella, exactamente de la misma manera. Era una mujer impredecible, nunca me atrevería a adivinar en qué está pensando o qué aguardan sus pensamientos ya que lo más probable era que me equivocara. Era una persona que desbordaba todos mis sentidos pero que a la vez el respeto que me hacía sentir me acobardaba y no me dejaba ser tan natural como solía serlo con cualquier otra persona. No es que le tuviera miedo, a aquellos alturas no pensaba que me fuera a hacer daño porque sí, no si trataba de hacer las cosas bien, pero sí pensaba que no era alguien en quien confiar plenamente ya que era consciente de que en situaciones de riesgo o que podrían perjudicarla, algo me decía que no dudaría en abandonarme o dejarme a mi suerte, cosa que por otra parte no era reprochable. En definitiva, eran un sinfín de sensaciones contrariadas que hacían que no terminara de ver a Abi como la persona que realmente quería que fuera: mi cómplice, mi mentora, alguien en quien poder confiar mi propia vida. Quizás con el tiempo me cogiera algo más de cariño y se mostrara más cercana, o quizás siempre fuera esa mujer fría y a la vez cálida que se había convertido en mi amor platónico tras sólo pocos segundos de haberla conocido, o quizás nada más verla, quién sabía.

Alcé los ojos apartándolos de la botella de cerveza que seguía en mi regazo para dirigirlo a Abi, que había comenzado a contestar a mis preguntas de novato. Si era sincero, en el fondo sí pensaba que incluso con su primer asesinato ella se había sentido mucho más confiada y segura de sí misma que yo, así que lo que decía me pillaba por sorpresa, ciertamente. Asentía levemente a casi cada palabra que decía de forma automática, aunque en realidad seguía un poco perdido en mis propios pensamientos. La cuestión era, ¿quería yo acostumbrarme a matar? No estaba seguro del todo. Era extraño, nada más hacerlo o en el proceso me siento más vivo que nunca y mis objetivos se materializan en mi mente con fuerza, pero los remordimientos que solían invadirme al tiempo eran cansinos y molestos. Aquello ya no trataba de hacer la vida imposible a algún tejón inútil o de mostrar superioridad entre mis compañeros de Hogwarts. Aquello trataba de arrebatarle la vida a alguien, con todo lo que ello conlleva. Quizás aquel hombre tenía pareja e incluso hijos, pero ni siquiera me lo planteé cuando estuvo en juego mi propio bienestar, el cual siempre había considerado por encima de cualquier otro. Era egoísmo en estado puro, pero en el fondo me sentía orgulloso de ser así, eran pocos los límites que me imponía yo mismo cuando se trataba de evolucionar yo mismo o de tener un futuro destacable.

Con todo ello no creo que Abi tuviera que preocuparse porque alguna vez decidiera matar porque sí, por simple diversión. Hasta a mí me daban grima aquel tipo de personas, los consideraba prácticamente enfermos, aunque podía envidar su sangre fría en muchas ocasiones yo no quería convertirme en alguien así. Si mataba lo haría con un objetivo mayor que el mero hecho de derramar sangre.

Volví a tomar un sorbo de la botella, como esperando que aquel líquido amarillento aclarara mis ideas. El tono de Abi se volvió un poco más duro o al menos me había dado esa sensación. Entendía que las preguntas incesantes acabaran por cansarle, pero también tenía que ser consciente de que estaba comenzando a conocer todo aquel mundo y que tendría que hacer frente a todas aquellas dudas que me invadían si quería seguir siendo mi mentora. – Ya… - Por el momento aquella fue la única palabra que salió de mis labios como respuesta a su explicación, mientras volvía a bajar la mirada, repitiendo en mi cabeza todo lo que Abi acababa de decir. No es que no me hubiera convencido o que algo no me cuadrara, simplemente tenía que aprender. – En ese caso me quedo más tranquilo. - ¿De verdad me quedaba más tranquilo? Me moví un poco en mi asiento y carraspeé levemente, dándome cuenta de que los minutos antes había estado bastante tenso.

Me bebí lo que quedaba de la botella de un solo trago y me incliné para colocarla sobre la mesa. - ¿Te importa que me quede aquí esta noche? – Volver a Hogwarts a aquellas horas e intentar entrar sin ser descubierto era un riesgo que no estaba seguro de querer afrontar, además de que sería más fácil volver al día siguiente. Por otra parte estaba indudablemente cansado, así que agradecería irme a descansar lo antes posible. Estaba deseando despejar mi mente por completo y simplemente dormir, seguramente a la mañana siguiente tendría la mente mucho más clara y no me sentiría tan contrariado. Así, tras su afirmación me erguí a mi ritmo, volviendo a coger la botella ahora vacía y la tiré en una papelera que había en la cocina, volviendo salir a los pocos segundos. – Entonces me voy a la cama ya. – Se me notaba en la voz que estaba bastante agotado y cansado, ya que no usaba el tono burlón y carismático de siempre, sino más bien uno apagado y resentido. – Hasta mañana. Y gracias. – Añadí, esperando que entendiera a qué me refiera. Hablaba de su ayuda en el despacho de Willherg, era consciente de que había corrido un riesgo que podría haber evitado fácilmente simplemente largándose. Al fin y al cabo había sido yo mismo el que había provocado todo aquel revuelo y quizás me merecía que me pillaran por despistado. – Buenas noches. – Volví a decir, desapareciendo a lo largo del pasillo y metiéndome en la habitación donde había dormido la última vez que había estado en su casa.

Me quité toda la ropa ya que tenía bastante calor y me tumbé de golpe en la cama, fijando mis ojos en el techo. Pensaba en todo lo ocurrido y todo lo que me depararía a partir de ese día, y con aquellos pensamientos de futuro no tardé en quedarme completamente dormido.
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