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Marina d'Or ciudad de vacaciones, ¿Dígame? [Brigid Morrell]

Desmond D. Kowalewicz el Sáb Mar 14, 2015 8:50 pm

Marina d'Or ciudad de vacaciones, ¿Dígame? [Brigid Morrell] 2h7f5mb
Marina d'Or, Castellón, España // Playas del Mediterráneo // 7 de la tarde

- Marina d’Or, Ciudad de vacaciones, dígame. – Una sonrisa ladeada surgió en el rostro del castaño mientras jugaba con el cable del teléfono, que resultaba no ser inalámbrico para ser más hipster y poder decir que su casa no era antigua, sino vintage. – Sí, mire usted, querría una habitación para una persona. Dos noches, todo incluido. – La voz de la mujer comenzó a enumerar las numerosas ventajas de ir de vacaciones a aquel lugar situado en Oropesa del mar en un inglés perfecto, salvo por el acento español que denotaba la falta de estudios del idioma de la mujer. – Sí, cada mañana quiero que me sirvan el desayuno en la habitación. – La voz continuó, pero Desmond habló por encima de ella. – Sí, sí, todo incluido. Y la suite presidencial a ser posible. – Era cierto que era jefe de algo, de algo que no recordaba. Pero no ganaba tanto como gastarse semejante dinero por mucho que no incluyese el transporte.

Sacó la tarjeta de crédito de la cartera y comenzó a dictarle los dígitos a la mujer con total tranquilidad, esperando a que anotase sin ningún tipo de error. – Todo a nombre de Caleb Dankworth. Sí, yo también sé que tengo un nombre de putero, pero no se crea usted que soy así, soy muy selecto con el tipo de mujeres que me llevo a mi cama. Me van desde adolescentes amigas de mi hijo hasta las hermanas de mi mujer muerta. – Dijo el hombre haciéndose pasar por su empleado. A veces se metía tanto en el papel que acaba por creérselo, pero este no era el caso, lo único que hacía era meterse otra vez con Caleb. Una vez más. De tantas. Porque lo hacía siempre.

- Esta misma noche estaré allí, gracias por su trato amable voz del interior del teléfono. – Y colgó. Era feliz. Tenía unas vacaciones de fin de semana perfectas. Y todo gratis. Gracias a que le había robado la cartera a Caleb con la intención de buscar papel para liarse un porro. Allí la había visto. Una tarjeta dorada y reluciente. Y no lo había dudado a la hora de llevársela al baño para usarla en su tiro de coca matutino, pero, ¡Santo Merlín y sus prendas íntimas lavadas con agua tibia! Había tenido la idea de usar la tarjeta como el resto de humanos hacían y ahora tenía unas vacaciones con todo incluido a Marina d’Or, un lugar que anunciaban mucho en la teletienda a las cinco de la mañana.

Dos horas más tarde, ahí estaba. Con sus calcetines blancos, sus chanclas azules con símbolos marinos, su bañador hawaiano, su camisa de flores medio desabrochada, su gorro de paja, su patito de goma y su sombrilla. ¡Estaba todo listo! Dejó las maletas en la suite presidencial que Caleb tan amablemente se había ofrecido a pagarle y bajó a la playa, dejando al lado la cantidad de piscinas que había en el interior del hotel.

Tenía una misión. Una misión encomendada por el mismísimo Lord Voldemort, quien había mandado a alguien (a alguien que, obviamente, resultaba no ser él) a establecer contacto con los habitantes del agua. ¡Y eso haría él! Colocó la sombrilla en la arena y su toalla de “Mamma Mia” bajo esta con el protector solar del 50 y se marchó con su bañador de flores al agua. Eran flores muy bonitas, no flores cualquiera. Sí, era naranja con flores verdes. Lo que en cualquier civilización mágica o muggle se conoce como un bañador feo de cojones.

Aceleró el paso y se lanzó de cabeza al mar en busca de las sirenas, con quienes hablaría para decirles que el mismísimo Lord Voldemort requería que se unieran a su equipo de adictos a la morfina, o mortífagos, como les gustaba a ellos que les llamasen. Pero algo fallaba en su fantástico plan. Y no era que no llevase Fanta consigo a tal misión. No, no. Fue el no darse cuenta que no era un pez y que si pasaba demasiado tiempo bajo el agua lo único que conseguiría sería morir ahogado.

Y allí empezó su aventura. Bajó y bajó. Se sumergió cada vez más en busca de las criaturas marinas, como si estas fuesen fáciles de encontrar y les fascinara situarse en zonas cercanas a las comunidades muggles. Y fue allí donde se quedó sin oxígeno. Pero él seguía nadando y nadando. Como Dory en Buscando a Nemo pero sin ser un pez, donde estaba el principal inconveniente.
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Brigid Morrell el Lun Mar 16, 2015 1:55 am

Los días en Hogwarts se sucedían lentamente, los alumnos progresaban en sus deberes y sus quehaceres, sorprendida se hallaba por la facilidad y gracilidad con que algunos alumnos comenzaban a comprender el verdadero arte de tratar a las criaturas mágicas. Si bien muchos no llegaban a entender el peligro que podrían entrañar. Creyendo que sus varitas podrían salvarlos de cualquier situación. Ilusos e ineptos magos.


Tras hablarlo con el director, iba a tomarse unos días de descanso. Lejos de tanto ajetreo juvenil y por fin podría degustar lo que más ansiaba. Pero ¿A dónde ir para disfrutar de sus vacaciones? No se le ocurrió mejor lugar para ello que el cálido mar Mediterráneo. Disfrutaría de las mejores aguas y sobre todo las más mágicas. Trasladarse de Inglaterra a España no le llevó mucho tiempo, por alguna razón era una de las criaturas más rápidas bajo el agua. Estar en su tierra natal le proporcionaba un remanso de paz que pocos seres podrían comprender. Si bien no comprendía los cambios que el país estaba sufriendo, no restaba valor a querer disfrutar de sus aguas siempre que podía.


Dos días llevaba recorriendo la cálida costa de Castellón cuando avistó a un pequeño hipocampo. Una pequeña cría solitaria. Pocas cosas conmovían a la sirena como éstas. Ver al pequeño tan cerca de la costa y sollozando y gritando por su madre. – Claro está que sólo la sirena podía comprender lo que el hipocampo decía, es algo así como hablar balleno, sólo Doris sabe hacerlo.


Decidida a protegerlo de cualquier humano que pudiera intentar capturarlo, le dio de comer y lo tranquilizó con un pequeño canto. – Vamos pequeño, puedes estar tranquilo. Te ayudaré a encontrar a tu manada. – Le explicó la sirena, acariciando su lomo hasta que el pequeño potro cesó en su llanto y pudo relatarle cómo había llegado hasta ese lugar tan apartado. – No han de andar muy lejos de aquí. – Dijo Brigid, convencida de conocer el paradero del grupo de Hipocampos, pues unas horas atrás se había cruzado con el bello espectáculo que ofrecían al nadar.  


Llevarlo con su familia fue un camino de rosas, pero nada le hacía predecir lo que a continuación sucedería. Nadaba de nuevo hacia la costa, dispuesta a salir a tierra y buscar unos manjares que saciaran todos sus caprichos. Siendo tales algo de sexo y algo de comer, ambas en una misma persona propiciarían un regocijo indescriptible.


Siempre nadaba lo más cerca del fondo posible, un modo eficaz de evitar los nuevos artefactos muggles para descubrir tiburones o delfines. Así fue como se percató de un extraño suceso. Vio ante sí el cuerpo de un hombre flotando en el agua, prácticamente inconsciente, por no decir casi muerto. La curiosidad de la joven sirena le hizo acercarse. Ante ella se presentaba su cena sin requerir el uso de sus encantos más mágicos para lograrlo.  Se acercó con presteza, alzando el rostro del humano para contemplar la que sería su comida más suculenta en los últimos meses.

Su rostro quedo petrificado, el asombro y el temor recorrió su cuerpo, estremeciendo hasta la última de sus escamas. – ¿Padre? – Una palabra brotó de sus labios, una palabra que nadie oyó. La confusión se adueñó de ella y por instintos sujetó al humano en un pequeño abrazo y tiró de él hacia la superficie. Tan rápido como pudo. Lo llevó a una pequeña cala desierta y haciendo un gran esfuerzo lo llevó hasta la orilla, tumbándolo boca arriba y presionando su pecho repetidas veces. No era una persona dada a salvar a humanos, les tenía demasiada repulsión. Pero todo cambiaba cuando de su padre se trataba. Continuó presionando el pecho del humano con ambas manos esperando ser suficiente para devolverle la vida, si aún era posible.
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Desmond D. Kowalewicz el Lun Mar 16, 2015 12:00 pm

Por primera vez en su vida estaba perdiendo la consciencia por la falta de oxígeno y no por una sobredosis. Aún recordaba su primera vez, fue maravilloso. Notaba como sus párpados pesaban más de lo habitual, como sus piernas se cargaban de un nuevo peso y su lengua se quedaba dormida. Eso fue lo más curioso de todo para un Desmond de tan sólo diecisiete años que soñaba con cambiar la sociedad mágica a golpe de porro. Una sensación maravillosa de la que Odiseo consiguió despertándole golpeándole con un chorro de agua proveniente de la varita y con cara de pocos amigos al ver que su amigo se había quedado dormido en mitad de su fiesta. Pues sí, Odiseo resultaba ser siempre el dueño de las fiestas, por algo tenía una enorme mansión que compartía con sus familiares, esos seres de menor tamaño, eran como enanitos, o como gnomos de jardín pero sin barba y sin gorro. Eso eran los hermanos, que suerte la suya por haber salido hijo único.

Y ahí se encontraba. Perdiendo el oxígeno que ya había dejado de intentar llegar a sus pulmones. Ahora era el agua la que comenzaba a abrirse paso a través de su cuerpo como, irónicamente, una oleada de sensaciones. Se sentía en un paraíso en el que su cuerpo había perdido el control de sí mismo. ¡Oh, que maravillosa sensación era esa la de ahogarse! Su cerebro ya se había decantado por dejar de funcionar por la falta de ese gas que tanto necesitaba y ahora su cuerpo comenzaba a elevarse, mecido por las corrientes marinas, hacia la superficie.

No había recorrido ni si quiera un par de metros cuando su oxígeno, como era lógico, se acabó, y su cuerpo inconsciente comenzó a subir como si de una hoja mecida por el viento en pleno mes de octubre se tratara.  Y subió y subió. Subió hasta que su cuerpo quedó recostado sobre el mar, con la cabeza aún sumergida en aquella sustancia que resultaba ser agua demasiado salada para su gusto.

El tiempo que estuvo inconsciente no lo pudo calcular, pues como era lógico, no estaba despierto para vivir el paso del tiempo a su alrededor. Su cuerpo se encontraba, mágicamente, en la superficie. No, no, como lees, en la superficie pero en la terrestre. Una amable criatura había tenido la simpatía de sacarlo del agua y arrastrarlo un par de metros hasta que su cabeza se encontrara en una posición propicia para recibir oxígeno. Pero su cuerpo ya se había negado a tomar oxígeno, como si no lo necesitara. Por razones lógicas su cuerpo tenía complejo de superhéroe que no necesitaba el oxígeno para seguir viviendo.

Por suerte, aquella criatura colocó sendas manos sobre su pecho y apretó. Y otra vez. Oh, y otra. No estaba haciendo otra cosa que intentar salvarle la vida. Y viniendo de una criatura cuya cena principal son los humanos crudos era mucho decir. El agua acumulada en el interior de sus pulmones recibió el impacto de las manos ajenas sobre su torso desnudo y comenzó a toser, expulsando parte del agua que había tragado. Se reclinó hacia un lado dejando que el agua escapase entre sus labios mientras tosía una y otra vez. Tosió y tosió hasta que su cuerpo decidió que ya no quedaba agua en el interior de su organismo.

Dejó caer su cabeza hacia atrás y estiró ambas manos sobre la arena recobrando la respiración dando grandes bocanadas. Una, dos y hasta tres. Luego pensó. Oh sí, Desmond a veces pensaba por muy sorprendente que pueda parecer. Por algo perteneció a Ravenclaw, ¿No es verdad? Consiguió erguirse, quedando sentado por la arena y aún notando como el agua del mar llegaba con cada ola hasta su pecho, pues no habían salido demasiado del agua, tan sólo lo suficiente para que dejase de ahogarse. – Santo Merlín, gracias por salvarme, no recordaba que si estas demasiado tiempo bajo el agua te mueres. – Dijo aún recobrando el oxígeno, por lo que su voz sonaba algo entrecortada.

Tosió nuevamente y sus ojos comenzaron a enfocar. La luz del sol lo cegaba, por lo que sus ojos entrecerrados buscaron la figura de aquel que lo había salvado. Su sorpresa no fue que se tratara de una mujer, ni mucho menos, más bien que se tratara de una semi – sardina. Tenía torso de mujer y cola de sardina. – Te ha salido cola. – Señaló la parte inferior del cuerpo de la mujer. – Deberíamos ir a San Mungo, tienen remedios infalibles para ese tipo de problemas. ¿Una poción multijugos mal hecha? Mira que pone claramente que tienes que echar algo humano y no una escama de sardina, que luego mira lo que pasa. – Negó con la cabeza para seguir hablando. Pues hablaba mucho. Muchísimo. – Yo una vez tomé poción multijugos, ¿Sabes? Era repulsiva, tenía el pelo de una profesora, lo que se hace para cambiar las notas de los exámenes… Era joven y alocado, ahora soy una persona mucho más seria y por eso te voy a llevar a San Mungo inmediatamente.

Se levantó en un intento de no caer hacia atrás, pero como había estado demasiado tiempo inconsciente no resultó y acabó nuevamente sentado en el suelo, golpeando la arena con el trasero. – Soy Stephen Hawking, no sé cómo andar.
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Brigid Morrell el Miér Abr 01, 2015 2:21 am

Pocas veces en su vida había sucedido algo así, la sirena había comenzado el día rescatando a un pequeño hipocampo perdido y ahora se encontraba auxiliando a un humano, luchando por salvarle la vida. ¿Y por qué? Simplemente por su asombroso parecido físico con su padre. Era consciente de que esas cosas sucedían, pues bien había tenido el placer de conocer durante su larga vida a gente con rostros similares. Cuestiones curiosas de la genética humana. Todos tenemos siete dobles en el mundo, o eso dicen.

Arrastrarlo fuera del agua le resultó tedioso, complicado con su cola de sirena. Pero lo había logrado, lo había sacado lo suficiente para reanimarlo y porporcionarle una segunda oportunidad, a parte de un interrogatorio, pues se encontraba exhorta en su rostro. No llegaba a comprender la sirena que este hombre se asemejara tanto a su padre. Se había olvidado por completo de guardar el secreto, aun sabiendo que de ser humano tendría que matarlo. Pero esta opción se desechó cuando el humano comenzó a hablarle de la poción multijugos. Ese vocabulario que empleaba sólo le dejó claro una cosa, se encontraba frente a un humano tonto con varita. Para ella todos los humanos son tontos, y si encima hablan de esa forma tan peculiar, más todavía.

- En su alegato hay un fallo, señor. Hasta donde mi memoria alcanza nunca he usado un palito para hacer magia. – Dijo la sirena con un leve tono burlón. Estiró la mano y congeló el agua que bajo ella se encontraba, así como creando un pequeño rompeolas de hielo, el cual le aportaría el tiempo suficiente para secar su cuerpo y deshacerse de su cola. Apenas un minuto fue necesario, sus cola había desparecido y sus piernas hicieron presencia, cubriéndose su cuerpo con un vestido de gasa. Ese tan característico que casi siempre llevaba. Una vez se puso de pie, no dudo en secar las ropas del humano y tirar de él hacia la arena seca. Ya que su intento de levantarse había sido pésimo.

- No sé quién es ese Hawkings del que hablas. Pero si yo puedo caminar, usted también puede. – Dijo mientras tiraba de él. Lo dejó caer ya en seco, pero continuó mirándolo como si de un extraterrestre se tratara. No podía creer que ante ella estuviera el vivo retrato de su fallecido padre. En realidad ya del padre no debían quedar sino huesos, pero ahora mismo creía que estaba vivo.

- ¿Puedo preguntarle su nombre y el motivo por el que un mago decide bucear sin formar la burbuja sobre su cabeza? Mis alumnos más novatos saben realizar ese hechizo, usted no debería ser menos. – Preguntó con curiosidad la sirena. Desde luego carecía de sentido que un mago buceara sin protección alguna, más a esa profundidad. Hubiera muerto de no ser por la sirena.
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Desmond D. Kowalewicz el Miér Abr 01, 2015 7:32 pm

Jamás se había topado con nada igual. Había visto mujeres extrañas, de esas que te dicen que no les pasa nada cuando realmente no les pasada nada, una especie poco común y única, pero él las había visto. Y durante sus largos años viajando por el mundo había conocido todo tipo de criaturas mágicas aunque jamás había llegado a cruzarse con una sirena, quizá porque siempre la habían interesado más las algas de mar que los peces que viven en él. Para una persona que toda planta es una posible alegría para el cuerpo, las criaturas son un segundo plato y de ese modo, era posible que se hubiese cruzado con criaturas fascinantes, pero los efectos del alcohol y las drogas no le habían dejado prestarles atención.

La voz de la mujer resultaba ser una nana para sus oídos. Aunque cualquier voz hubiese resultado ser una nana, pues dicen que el mar cansa, y casi ahogarse en él debe valer el doble, especialmente para alguien que adora tanto estar tirado a punto de morirse y viendo cómo unicornios rosas lanzan rayos por los ojos sobre su cabeza. - ¿Un palito? No, no, la poción multijugos debe moverse con una cuchara de madera, sino los resultados no serán los adecuados. ¡Ahí debe estar su fallo! ¿Con qué la removió? ¿Con una de metal? – Todas sus palabras iban realmente en serio. Desmond era el tipo de persona que parecía estar bromeando constantemente, pero realmente cría fielmente en todo lo que decía. – Y no me llame señor, aún soy joven.

El hombre se dio de bruces contra el suelo en un intento por levantarse. Tampoco es que lo hubiese intentado demasiado, pero lo suficiente para parecer que lo había hecho con todo su esfuerzo. No tuvo tiempo de realizar un segundo esfuerzo, pues la mujer tiró de su cuerpo como si fuese una pluma y lo sacó al exterior incluso más tras secar su cuerpo y hacer desaparecer su cola. – ¡Oh! Tienes que enseñarme a hacer eso, ¿Eres un amimago merluza? – Preguntó sorprendido al ver el cambio de la apariencia de la mujer. Desmond se había criado con un padre mago, pero eso no hacía que conociera el mundo mágico a la perfección, eso y que apenas había asistido a clase por preferir pasar el rato con Odiseo y otras hierbas, literalmente.

- Desmond. Y si los muggles bucean sin necesidad de cascos burbuja o branquialgas no entiendo por qué yo tendría que usarlo. Además, no era mi intención sumergirme tanto, simplemente perdí la noción del tiempo. – Afirmó en un intento de justificarse. Él veía lógico nadar sin necesidad de magia, no entendía la incesante necesidad de los magos para usar la varita en todo. - ¿Y tú cómo te llamas Miss Merluza? – Preguntó mientras lograba levantarse y sacudirse la arena del bañador de flores hawaianas tan bonito que llevaba.

- Tenía entendido que las medio merluza como tú no eráis precisamente simpáticas con los humanos. Aunque claro, luego ves La Sirenita y Ariel se enamora de uno, pero claro, también tenía el pelo perfectamente teñido y no se le iba con el agua del mar lo que no tenía mucha lógica. Eso y que supiera leer y escribir pero no fuera capaz de contarle a Eric por escrito lo que le había sucedido. Las películas infantiles tienen muchos fallos y demasiados familiares muertos. – Afirmó el hombre muy digno, como si fuera una conversación de lo más seria y que era necesario mantener en aquel momento tras haber casi perdido la vida por no preocuparse por la falta de oxígeno si pasas mucho tiempo bajo el agua. – Y encima eres profesora… ¿Qué clase das? ¿Y dónde? Tengo entendido que hay muchos colegios mágicos por el mundo, ¿Trabajas en uno que está bajo el mar? ¿En la Atlántida? De eso también hay una película, con collares azules y gente morena con el pelo blanco y con el cuerpo lleno de tatuajes.
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Brigid Morrell el Mar Abr 14, 2015 3:42 pm

El humano no parecía ser la persona más cuerda o común del mundo. Tenía algo extraño y eso se notaba en su forma de hablar y en la forma de expresarse. Fue una de las razones por las que lo miraba con fijeza. Debatiéndose en su interior sobre si era común o estaba loco como una maraca. Algo en su interior le indicaba que sería lo segundo. Intuición después de tantos años de vida y relación con humanos.

- ¡Sí! Esos palitos que usáis los magos, las varitas. No tengo que usar pociones multijugo para tener cola. – Respondió la sirena, un tanto extrañada por que no reconociera a una criatura como ella, pero aliviada por otra parte, el hecho de que no se alterara como el resto de humanos al verla le complacía. Se encontraba en un momento nuevo para ella.  

Tras ver como el humano intentaba levantarse si éxito, Brigid secó su cuerpo desapareciendo así la cola y tiró de él hasta una zona de arena más seca. No quería volver a mojarse o estar siempre con la cola mientras hablaba con el hombre, el setenta por ciento de los humanos pasaba más tiempo mirando su cola o su torso desnudo que su cara o prestándole atención.  – ¿Animago? ¿Seguro que estás bien y no tienes algún daño cerebral? – La profesora comenzaba a preocuparse por el hombre, no concebía que alguien pudiera confundir de ese modo su condición.

Curiosidad sintió por la escena que se había encontrado bajo el agua. Lo miró con confusión. – Cierto que los muggles pueden nadar bajo el agua sin burbujas o branquialgas, pero ellos usan unas botellas con aire. No sé bien cómo funciona, pero pueden estar más tiempo que los magos sumergidos. – Añadió la sirena sin más. Frunció el ceño ante su siguiente pregunta. – Brigid, y por favor, deje de compararme con una merluza, esos peces son demasiado tontos. – Respondió con seriedad, si un pez le podía parecer inútil e insípido era la merluza. No servía ni para usarlo de anzuelo. Era completamente idiota.

Sus preguntas comenzaron a sucederse, la cara de la sirena era un poema, cada vez más confusa. – Las películas en sí hacen mucho daño. Sólo hay que ver Bambí, desde el minuto uno trauman a los niños matando a su madre, o la serie de dibujos Marco. Menudo padre, dejar que su hijo se vaya al otro lado del mundo a buscarla cuando estaba muerta desde un principio. Sin duda los humanos sois muy raritos.  - Comenzó a decir la profesora, nunca entendería como la mente humana en lugar de avanzar solo ha ido retrocediendo en muchos aspectos.

- La Atlántida es un mito querido. He recorrido el océano completo muchas veces y te puedo asegurar de que no existe tal ciudad. – Le aseguró con total convicción. Si era o no cierta esa información sólo ella lo sabría, no iba a contárselo a un humano sin más. Hay cosas que no tienen por qué conocer nunca. – Doy clases en Hogwarts, de cuidado de las criaturas mágicas. He de imaginar que usted como mago adulto también tendrá un trabajo. -  Añadió al final, mostrando interés por el humano y mirándolo más de cerca, observando su rostro con detenimiento.
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Desmond D. Kowalewicz el Vie Abr 17, 2015 11:21 am

Un ser fascinante. Con cola y escamas pero además con torno de mujer y ojos grandes. No tenía ni la más remota idea de lo que era pero tampoco le importaba no saberlo a grandes rasgos. Era una persona curiosa, de esas que observan y se llevan a la boca cualquier cosa para ver a qué sabe y a la nariz para ver a qué huele y si se esnifa. - ¿Entonces? ¡Oh! Seguro que es algún producto de Zonko. Siempre pensé que ahí sólo vendían dulces, pero como mi padre no era muy dado a dejarme dinero para caprichos infantiles jamás entre a su interior. Luego descubrí que tenían cientos de objetos con propiedades mágicas y comencé a acudir aún cuando no tenía dinero para poder pagármelo. – Su padre siempre había sido un hombre serio que no entendía la necesidad de ese tipo de caprichos infantiles, por lo que no había descubierto la magia que residía en el interior de aquella tienda de dulces hasta que Odiseo y su gran poder monetario entraron en la tienda a su lado y derrocharon grandes cantidades de galeones como si estos creciesen en los árboles. - ¿Y cómo se llama el producto que usas? ¿Es algún spray para crear visiones?

Soltó una carcajada al escuchar las palabras de preocupación de la mujer. Debía admitir que ambos eran un caso aparte, principalmente porque él no sabía qué demonios era ella aun cuando su imagen podía verse en cualquier libro relativo a historia de la magia, criaturas mágicas e incluso en los cuentos infantiles de los niños muggles. Y por otra parte estaba ella, quien creía que aquella palabrería era fruto de un traumatismo o un problema en el cerebro del hombre. Algo de razón tenía, pero no había sido culpa de la cantidad de agua que había tragado. – El daño cerebral venía de antes. – Afirmó jugando con la arena entre sus dedos. – Siempre dicen que la marihuana mata neuronas y yo soy la demostración de que todo eso es cierto. – La sonrisa permanecía clavada en su rostro, imborrable como siempre. Parecía ajeno a todo, como si nada tuviese verdadera importancia.

- Un punto a tu favor. – Añadió ante las palabras de la mujer. Sí, era cierto, todo aquello era cierto. Pero él sólo quería nadar un rato, no tenía intención de… Bueno, seamos sinceros, sí la tenía. Su intención era encontrar… ¡Sirenas! Oh, claro, esas criaturas que tenían medio cuerpo de pez y medio humano como su acompañante. Pero él imaginaba piernas y una cabeza de pescado, por lo que seguían sin relacionar conceptos. - ¿Mejor una dorada? ¿Una palometa? ¿Quizá un boquerón? – Eran peces, ¿No? ¡Como ella! Tenían tanto en común… Qué simpáticos eran los peces.  

Finalmente llegó a la conclusión, o más bien, Brigid fue la encargada de decir lo que era, pues si fuera por Desmond jamás hubiese llegado a la conclusión de que estaba ante una clara sirena. Una vez lo entendió, en su mente comenzaron a surgir diferentes conceptos de sirenas presentados en historias infantiles y eso hizo que las dudas se formaran una tras otras. - ¿Su madre estaba muerta? – Preguntó totalmente traumatizado. – Jamás pasé del episodio dos de Marco y ahora ya sé que su pobre madre está muerta. ¿No tienes corazón o qué? Deberías tener tentáculos y no aletas, iría más acorde a tu maldad. – Estaba ofendido. No, no, no lo estaba fingiendo, que le habían contado el final de Marco y ahora ya no tenía razón alguna para ver aquella serie que jamás había tenido intención de ver. – No podría estar más de acuerdo. Los humanos somos seres raros por naturaleza. Nos pasamos siete años encerrados estudiando para pasarnos el resto de nuestra vida trabajando para ganar un sueldo que nos permita poder comer y que cuando tengamos sesenta años nos permita vivir con lo ahorrado, pues cuando eres joven no tienes tiempo para usarlo. Menos mal que mi filosofía es la de vivir el momento y no preocuparse por esas tonterías.

La madre de Marco muerta, la Atlántida no existe… ¿Qué iba a ser lo próximo? ¿Qué las ranas de chocolate eran ranas vivas y pintadas de marrón? - ¿Completo? Debe ser aburrido, ¿O puedes hablar bajo el agua con otros peces? ¿Y con los langostinos? – Tenía demasiadas dudas y un problema para mantener la boca cerrada. -  Tengo un puesto en… - Rascó su cabeza antes de volver a sacudirse el bañador para quitarse el agua. – Un departamento del Ministerio. Para cuando hay accidentes y cosas así, ya sabes. Papeleo, mucho papeleo. – Él no hacía nada, pero eso decían sus empleados.

Se giró sobre sí mismo y comenzó a caminar tranquilamente por la arena. – Creo que en la siguiente cala había un chiringuito con copas con bebidas de colores, pajitas y sombrillas. ¿Vienes? ¿O las sirenas odiáis a los humanos y también sus bebidas?
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Brigid Morrell el Miér Mayo 06, 2015 12:14 am

La profesora cada vez se encontraba más confusa. Nunca se había encontrado con un humano que no reconociera su naturaleza a simple vista. Esto provocaba en ella dos reacciones contrarias, por un lado se sentía aliviada de evitar las típicas preguntas sobre el tema, pero por otra parte se estaba cuestionando la salud mental del individuo frente a ella. Un hombre de lo más peculiar sin duda alguna.

- ¿Zonkos? Es un buen lugar para comprar dulces y artilugios, pero no tiene nada que ver con mi apariencia. – Respondió la sirena con un tono calmado y señalando con su mano su cuerpo. Un gesto para enfatisar la palabra apariencia y dejarle claro que ningún producto mágico que pudieran crear podría darle esa apariencia. Aunque ahora que me lo pregunto, si alguien usara poción multijugos con un pelo de ella, ¿adoptaría su forma humana o su forma de sirena? Es una cuestión interesante, pues de ser correcta la segunda opción podrían muchos magos nadar durante una hora bajo el agua a una velocidad asombrosa y sin problema alguno. Mejor que quede en teoría, no sería bueno que los magos pudieran experimentar como ser sirenas, Brigid se quedaría calva de ser posible.

Aliviada se sintió cuando escuchó la explicación del humano. Saber que su daño cerebral se debía a la marihuana y no a la falta de oxígeno por su extraña aventura bajo el agua, había causado en ella un alivio extraño. Todo le resultaba extraño en esos momentos  a la sirena, este hombre estaba rompiendo casi todos los esquemas que ella tenía sobre los humanos. En sus casi quinientos años no había coincidido con nadie tan descabellado como Desmond. Por unos instantes llegó a pensar en algo totalmente ilógico, ya que el hombre se parecía tanto a su padre pensó que al verla su memoria se había vuelto loca y sus conexiones neuronales estaban, literalmente, echando humo, de ahí que no pudiera decir nada coherente.

- ¿Tentáculos? ¿Realmente cree que todo lo que sale en las películas de dibujos es real? – Preguntó exaltada la sirena, no había nada que le ofendiera más que esa estúpida película de Disney. Había hecho mucho mal a los críos humanos y a los no tan críos. – ¡Qué estupidez! Si no quieres que alguien te estropee un final debes verlo en su momento. El resto del mundo no debe estar pendiente de qué haces y qué no haces. Es así de simple. – Dijo la sirena algo más indiferente, no entendía esa obsesión de los humanos por odiar que les contaran el final de una historia pero luego se pasan la vida queriendo conocer su futuro. Os haré el mayor spoiler de la historia del universo, al final morís, FIN.

La sirena optó por no responder a esas preguntas.  Le parecían idiotas a la par que repetitivas. Por supuesto que no podía hablar con otros peces. Me reitero, Disney ha hecho demasiado daño, tenía que haberlo atraído al mar cuando tuve la oportunidad, ahora todo sería mejor y menos fantasioso. Niñas soñando con encontrar a su príncipe azul, cuando van todos desteñidos.

Al parecer el hombre era empleado del ministerio, la sorpresa inundó el rostro de la sirena. O los humanos cada vez escaseaban más o no tenían sentido alguno a elegir al personal. Después de lo que acababa de ver, no se imaginaba a ese hombre como un trabajador capaz de resolver problemas de esa magnitud. No, desde luego que no.

Brigid aún permanecía sentada en la arena seca cuando el humano le propuso ir a tomar una copa. Lo más sensato que ha dicho en lo que va de conversación. Una leve carcajada brotó de su interior. El odio hacia los humanos era un secreto no muy bien guardado, pero a las bebidas. ¡Por Poseidón! ¿Quién podría odiar ese rico manjar? Desde su punto de vista era uno de los mejores inventos de los humanos, los cócteles. Le pirraban.  – Nunca digo que no a una invitación así. – respondió Brigid levantándose y quitando algunos restos de arena de su vestido. No es que le molestara, simplemente los humanos no lo veían con normalidad el ir cubiertos de arena.

Desmond tenía razón a pocos metros se encontraba una  pequeña cala más poblada, una pequeña cabaña rodeada de gente llamó la atención de la sirena. No se había percatado nunca antes de la presencia de ese lugar, un error por su parte.  – ¿Tendrán de ese cóctel frío de color azul? – Preguntó al humano como si una niña pequeña fuera. No recordaba el nombre de dicho cóctel, sólo recordaba el fresco sabor que dejaba a su paso y lo bien que lo pasó después.
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Desmond D. Kowalewicz el Sáb Mayo 09, 2015 11:36 am

Cualquier comentario acertado que saliese entre sus labios no sería más que una mera casualidad. Un porcentaje, pues de tanto decir tonterías alguna debería ser cierta por mera estadística. Aunque, al parecer, aquel día estaba fallando en todas sus predicciones. Ni poción multijugos, ni animago, ni producto de una tienda de artículos de broma. Menos mal que pocos minutos después se daría cuenta que se trataba de una Sirena y no de un humano estándar. Menos mal, pues de tanto pensar acabaría por quedarse calvo, y adoraba lo suficiente su pelo como para nunca ir a cortárselo, pues una vez al mes este se cortaba por sí solo, sin que tuviese que acudir a la peluquería. Su pelo crecía rápido, mucho, para ser sinceros. El primer día tras su mágico corte no alcanzaba más de dos centímetros y al final del mes ya le llegaba por la espalda. Era algo carente de explicación, pero cuando sucedía aquello la luna se volvía totalmente redonda y luminosa y, esa misma noche, los aliens se lo llevaban para arreglarle el pelo y la barba. Eso o que era un licántropo, algo que ni si quiera sabía tras tantos años.

- ¿Y por qué no? – Preguntó ofendido. – A ver, sé qué no es real el pelo de la sirena, porque siendo tan rojo no puede ser natural y hasta yo sé que pasando tanto tiempo bajo el agua perdería el color a los dos días. – Dijo manteniendo aquel tono de ofensa. – Pero… ¿Qué me dices del genio que sale de la lámpara y concede tres deseos? ¿O de los ratones que cosen para preparar un vestido? ¿O de los enanitos que van a la mina a por diamantes? Todos los cuentos tienen su parte real, no me digas que no crees en esas cosas porque siendo una sirena y viviendo en un mundo donde un palo de madera es capaz incluso de hacerte la cena sería un tanto raro. – Él creía en cualquier cosa. Todo era posible a su juicio. Quizá si con los años se hubiese comportado como una persona normal en un ambiente propicio ahora sería un adulto más completamente serio y realista. Pero no lo era. Ese no era el camino que se había encargado de seguir.  Él había elegido mucho mejor.

El hombre, ajeno al mundo, se levantó con total tranquilidad. Otro en su posición hubiese hecho millones de preguntas a la sirena, incluso se hubiese planteado llevarla a beber con el fin de emborracharla y darle caza. Pero él no. En ese sentido, carecía de maldad alguna. A Desmond no le preocupaba conocer nuevas criaturas y poner su cabeza de adorno sobre la chimenea. No, no. Él carecía de preocupaciones, él vivía la vida sin darse cuenta de lo que sucedía. ¿Para qué diablos iba a preocuparse si en cualquier momento podía caerle un rayo y acabar con su vida? Por eso mismo se decía que había que vivir el momento.

No tardaron demasiado en llegar hasta la otra zona de la playa, la cual rompía con la tranquilidad previa en la que se habían encontrado. Estaba lleno de gente. Personas por allí y personas por allá. La música a un volumen elevado y la gente bebiendo cerca del mar sin ser conscientes que mezclar el alcohol con el mar no sólo daría lugar a un trago demasiado salado, sino a un posible ahogamiento por la pérdida del control del propio cuerpo y la incapacidad para medir el peligro. Incluso él lo sabía, pero se limitó a caminar entre la gente junto a la chica hasta que llegaron a la barra. – La señorita quiere un cóctel frío de color azul. – El hombre le miró extrañado. -  Que sean dos Cool Blue. – Afirmó sin si quiera saber si se trataba de ese en cuestión. – Hay muchas bebidas azules en este sitio. – Le tendió la carta de bebidas a la chica mientras esperaba a que llegase el hombre con su pedido. – Póngalo todo en mi cuenta. Si ella pide algo a lo largo de la tarde, póngalo, y por mi parte lo mismo. – El hombre sacó una nota para apuntar su nombre. – Caleb Dankworth, y le daré una buena propina si nuestras copas nunca están vacías. – Añadió. El hombre tomó nota y volvió con el resto de personas allí presentes para seguir atendiendo.

Le tendió su copa a la chica y elevó la suya con intención de brindar. – Por una tarde inolvidable. – Sonrió haciendo que ambas copas chocasen en el aire y bebió el contenido de la propia de un solo trago. – Ahora ponme una copa naranja. – Le daba igual lo que diablos fuese, él se bebía hasta el agua de los jarrones.
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Brigid Morrell el Miér Jun 24, 2015 10:10 pm

Desmond estaba despertando toda la atención y curiosidad de la sirena. No sólo por el hecho de no inquirirla con preguntas y más preguntas sobre su condición, sino todo lo contrario, por ese halo de inocencia que sus palabras reflejaban. Nunca había conocido a un hombre tan crédulo con respecto a los cuentos infantiles. Le agradaba ver cómo cuestionaba la credibilidad de la sirenita, sobre todo por el pelo rojo, así como estaba más seguro de que los ratones cocieran. Nunca me he encontrado con ratones capaces de cocer, pero podría tener una lógica explicación.

- ¿Ratones que cosen? Para ello tengo una teoría, quizás eran animagos y por ello el cuento. Pero en toda mi vida jamás he escuchado que algo así sea real. El resto de cuentos sí que tienen una base más real, no lo niego. – Dijo la sirena, agachando la mirada y pensando en los pobres enanos que habían dado fruto a ese cuento. Siempre los había imaginado como pequeños elfos domésticos a los que una bruja obligaba a hacerse rica. Tiene cierto sentido.

Caminaron por la arena hasta llegar a una zona de la playa más poblada. Había mucha gente, demasiados humanos bebiendo y bailando. Una fiesta en la playa, algo a lo que la sirena no terminaba de acostumbrarse. La recompensa de pasar entre tanto humano estaba cerca. Todo fuera por disfrutar de una deliciosa bebida. Si bien la sirena no recordaba el nombre de lo que una vez bebió, Desmond no parecía saber más que ella y pidió dos cócteles azules. La sirena cogió la carta y la miró con incredulidad. ¿Realmente había tantos tipos de cócteles diferentes con el mismo color? Ahora no sabría cuál era el que quería, tendría que probarlos todos. Pero algo la desconcertó más aún. Desmond pedía que todo se apuntara a la cuenta de otro hombre. No lo conocía, pero sí el apellido por sus alumnos. Tenía que haber relación entre su alumno y esa persona que acaba de nombrar.  

- ¿Quiere decir eso que me ha mentido? ¿No dijo llamarse Desmond?  - Preguntó con seriedad, alzando una de sus cejas y esperando una respuesta. Aunque siendo sinceros poco le importaba quien pagara o quién no. Sabía cómo conseguirlo gratis sin tener que dar nombres falsos. Así se había ganado la vida siempre.  – Por una tarde grandiosa. – Dijo la sirena alzando también su copa. Bebió un sorbo, no demasiado. Conocía los efectos que el alcohol tenía en su organismo, por ello prefería beber poco a poco, así tendría un efecto más prolongado.

Hablaban los dos con tranquilidad, ajenos a lo que a pocos metros iba a acontecer. Una racha de viento sorprendió a todos los presentes, una racha fuerte que arrancó una sombrilla verde. Los que se protegían del sol bajo ella se levantaron a toda prisa, intentando pillarla y no dejarla escapar. Pero el viento había sido más rápido, mucho más rápido que ellos. La sombrilla se dirigía hacia Desmond y Brigid, pero ninguno de los dos se había percatado de ello. Simplemente conversaban y bebían. – ¿Por qué no bailamos un poco? – Preguntó Brigid, dejando la copa sobre la barra y tirando de Desmond hacia la pista de baile. Fue justo en ese momento cuando el pico de la sombrilla se clavó en el lugar donde Desmond debía encontrarse.
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Desmond D. Kowalewicz el Jue Jun 25, 2015 3:32 pm

- Oh, por favor, ¿Mentir a una bella dama como usted? ¿Por quién me toma? – Tomó la mano de la mujer y acercó los labios levemente a su piel sin llegar a rozarla. – Jamás se me ocurriría. Tan solo cargo nuestras bebidas a un descerebrado que no merece  la fortuna que tiene. – Sonrió de medio lado elevando la copa recién servida en dirección a su nueva amiga, quien acompañó su brindis de la misma manera que este lo había hecho.

Comenzaron a hablar tal y como lo habían hecho previamente, volviendo a los temas tan carentes de sentido que caracterizaban a Desmond y a acompañarlo con más preguntas por parte de ambos. Ninguno parecía comprender exactamente al otro lo que no daba lugar a un rechazo. Más bien todo lo contrario. Daba lugar a una curiosidad incesante por saber más, por conocer más y más de la otra persona, haciendo que la conversación pasase de un tema a otro carente de orden alguno. - ¿Bailar? – Sonrió ampliamente. Acabó el contenido de su copa al ver la mano de la mujer y se zafó a ella para ir hacia la pista de baile. O más bien, hacia una zona de la arena donde la música llegaba con la acústica necesaria y los allí presentes habían elegido como pista de baile, pues todos movían sus caderas en aquel lugar. - ¡Me encanta bailar! – Le encantaba todo. No había problema para Desmond siempre que no hubiese responsabilidades de por medio.

No lo pensó dos veces a la hora de apartarse de la barra e ir hacia donde la mujer indicaba. Tampoco pensó en mirar hacia atrás para ver su asiento, pues ni llegaba a imaginar que una sombrilla acababa de ser arrastrada por una ráfaga de aire hasta la posición que previamente ocupaba y se había clavado en lo que hubiese sido su pecho de no ser por la inoportunidad de la mujer allí presente. Posicionó una mano sobre la de la chica, haciendo que ambos bailasen como más quisieran pero que siempre hubiese un punto de contacto. No iban a bailar un vals ni nada parecido, y mucho menos con aquella música que incitaba pegarte un tiro entre ceja y ceja, ni mucho menos.

En aquel momento un camarero pasó por medio portando una bandeja con diferentes pinchos con carne y pescado para los allí presentes, ofreciéndoles a todos los que allí se encontraban. La gente ya había bebido suficiente como para poder salir en llamas en caso de haber un incendio, pues tenían más alcohol en vena que sangre. Esto hizo que uno de aquellos borrachos en un intento por bailar con una hermosa mujer tropezase y golpease al camarero, quien perdió el control de sus piernas y acabó golpeándose las rodillas contra el suelo. Por su parte, su bandeja no corrió su misma suerte. Los pinchos salieron en todas las direcciones clavándose cuando encontraban un lugar adecuado y, en ese momento. En ese preciso momento, Desmond vio una moneda de un euro en el suelo y no lo pensó dos veces para agacharse a cogerla, momento en el que los pinchos con carne atravesaron el aire hasta quedar clavados en la arena en lugar de clavarse en la persona que segundos antes se hubiesen encontrado en su trayectoria. – Mira, un tesoro en la arena. – Dijo el hombre con mirada divertida tendiéndole la moneda a Brigid para que pudiese admirar que estaba perfectamente limpia a pesar de encontrarse en la arena. – Somos dos piratas y este es nuestro valioso tesoro. ¡Enterrémoslo! – Gritó como si de un niño pequeño se tratase.

- Voy a por dos copas y vamos a enterrar el tesoro. – Le tendió la moneda a la mujer y desapareció entre la multitud en busca de otro par de copas. Bebió la suya a tal velocidad para pedir otra antes de volver junto a la mujer que comenzó a toser al tragarse parte de la sombrilla de adorno que venía con el cóctel y que se había quedado al fondo de la copa sin si quiera poder verlo. Comenzó a toser. No podía casi respirar y notaba como el color de su piel cambiaba de tono cuando por fin logró escupir aquello. Se secó las lágrimas fruto del esfuerzo y pidió una segunda copa que bebió rápidamente para olvidarse del mal trago, literalmente.

Con dos nuevas copas fue hacia donde Brigid se encontraba, tendiéndole una de las copas del mismo color azul que antes a la mujer. - ¿Por dónde íbamos? – No era una pregunta para ponerse a tono en la situación, es que de verdad tenía una memoria horrible, posiblemente por la pérdida de neuronas a causa de los porros a lo largo de su vida. – Ah sí, vamos al agua. – Había olvidado por completo la importancia de la valiosa moneda que necesitaba enterrar para que algún pirata buscase y ahora quería ir al agua. – Venga, vamos. – Tiró de la mujer lanzando su copa por los aires cuando se la acabó. Ni si quiera llegaron al agua, pues se toparon con una nueva zona con música, esta vez a la sombra y con camareros sirviendo copas en todo momento, algo que Desmond no iba a desaprovechar. Estaban siendo las vacaciones de su vida, y eso que se supone que estaba dentro de su jornada laboral.

Una nueva oleada de viento golpeó el lugar, haciendo que la carpa bajo la que se encontraban cayese sobre ellos con todo su peso. Las vigas situadas a los lados se vencieron golpeando todo lo que encontraban a su paso y una de ellas golpeó la cabeza de Desmond, dejándolo inconsciente durante apenas cinco minutos que, para él, se convirtieron una eternidad. Cuando abrió los ojos se topó con los restos de la carpa y un terrible dolor de cabeza. Pero no importaba. ¡Qué siga la fiesta! Se levantó como pudo pues entre el alcohol y el golpe que acababa de llevarse en la cabeza no estaba para muchos trotes y buscó a Brigid con la vista. Posó su mano en la herida que ahora tenía en la cabeza topándose con la mano cubierta por su propia sangre. – Voy a lavarme esto. – Y sin dar más explicaciones, salió corriendo hacia el mar alejándose rápidamente de la zona poco profunda para perderse. Eso no fue lo peligroso, lo peligroso fue el encontrarse con una criatura que no debía estar en aquel lugar en ese preciso instante.

Aquella criatura no debía estar ahí. No acostumbraban a acercarse tanto a la costa, al menos no en el Mediterráneo, pero aquella tarde había cambiado sus planes y la sangre en su cabeza había logrado llamar su atención. Se movió a la mayor velocidad posible viendo como su presa se movía en el agua y a la más mínima oportunidad se lanzó sobre él, destrozando todo lo que encontró a su paso y sin dejar nada en absoluto del cuerpo de aquel humano, tan sólo una enorme mancha de sangre en el mar.
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Brigid Morrell el Jue Jun 25, 2015 10:06 pm

La tarde estaba resultando cuanto menos curiosa. Tanto la sirena como el mago disfrutaban de una charla fluida, pasando de un tema a otro sin prestar demasiada atención al tema en sí. Simplemente hablaban dejándose llevar por el momento. La curiosidad de la sirena por el hombre carecía de explicación. Por un lado le entusiasmaba conocer cosas de su vida, encontrarle lógica al parecido asombroso con su padre. Por otra la inocencia de sus palabras le cautivaba más aún.

Bebían junto a la barra cuando a Brigid le entraron unas ganas repentinas de bailar. La respuesta de Desmond no se hizo esperar y agradó profundamente a la sirena. Juntos caminaron hacia la zona de baile, y aunque la música no fuera exactamente la más indicada para bailar, sí poseía una base rítmica que le recordaba a una tribu africana. Cogió la mano del hombre y comenzó a dar vueltas sobre sí misma, luego algunas alrededor del mago y así expresaba su forma de bailar. Lo cierto es que nunca antes había bailado con esa música que en esos momentos sonaba, pero se dejaba llevar con la corriente.

Los humanos más que bailar se tambaleaban. Parecía que luchaban por mantener el equilibrio y vencer a la gravedad. Sin embargo no todos lo lograban, tal que uno de ellos golpeó a un camarero que recorría la pista con pinchos de carne. Pinchos bastante afilados que volaron por el aire en dirección a Desmond. La suerte le sonreía, pues se agachó en el momento preciso para que ninguno de los pinchos se clavara en su cabeza. En esta ocasión, tampoco Brigid se percató de lo ocurrido, pues había seguido con la mirada a su acompañante. Le tendió la mano cuando alzó la moneda y sonrió. – Un auténtico tesoro, sin duda alguna. – Dijo la joven examinando la moneda. El entusiasmo de Desmond era contagioso, por lo que Brigid también se dejó llevar y comenzó a reír ante la idea de enterrarlo.

Se vio sola bailando entre la multitud mientras el mago acudía a buscar más bebidas. En varias ocasiones su mirada se centraba en alguna de las chicas allí presentes. Todas parecían estar en forma, con unos cuerpos bastante seductores, las cuales se restregaban entre ellas o con alguno de los presentes. Era desconcertante, pero cierto modo parecía un ritual de apareamiento. ¡Cuánto habían cambiado las cosas desde que la sirena era joven! Ahora era mucho más fácil tener contacto físico con cualquiera, un par de copas y listo. No requería ningún esfuerzo por su parte, y sin retos el cortejo carecía de interés.

Desmond regresó, con una nueva copa azul. La sirena la cogió y bebió un largo trago en esta ocasión. – ¿Agua? No íbamos a enterrar el tesoro? – Preguntó confundida, mas su acompañante no había alcanzado a escucharla, pues tiró de ella y caminaron hacia la orilla. Sin embargo, no pudieron llegar, no sin pararse entre una nueva multitud. Esta vez bajo una carpa y con una música diferente. Algo más melódica que la anterior. Y copas, muchas copas. Había terminado su bebida azul y ahora cogía una nueva. Una larga copa con un líquido rojo. Se le antojó sangre, así que no dudó en probarlo. – ¡Qué asco! – Exclamó después de escupir el único sorbo que había tomado. No lograba entender que entendían los humanos por una bebida roja, pero aquello que había probado tenía demasiado tomate para su gusto.

Un nuevo golpe de viento azotó la carpa donde se encontraban. Estos humanos no eran conscientes de lo que es la seguridad, al parecer, pues el techo cedió sobre ellos y los pilares que la sostenían cayeron sin más. En esta ocasión, Brigid estuvo más consciente de su entorno y al ver caer la estructura no dudó un segundo en transformar su cuerpo en agua. Ahora era un simple charco de agua entre la multitud y los escombros. Se deslizó lo que pudo y salió de los escombros ilesa, aunque tardó como diez minutos en encontrar el modo de recuperar su forma humana sin llamar la atención de los muggles. Ya con su forma humana buscó con la vista a Desmond, pero no lo veía cerca. Tardó un rato en ver cómo se metía al mar. Así que Brigid se fue acercando lentamente a la orilla para ver si estaba bien cuando vio la aleta de un tiburón. ¿Pero qué hacen tan cerca de la orilla? Se preguntó. Pero algo no iba bien, lo presentía y pudo ver cómo se acercaba a Desmond. Corrió, corrió hacia el agua y se lanzó de cabeza tan pronto pudo. En ese momento no le importaba que vieran su cola, le daba igual la ley mágica. A toda velocidad bajo el agua se acercó al lugar donde debía estar Desmond, empujó con todas sus fuerzas al tiburón haciendo uso de sus poderes, en realidad le lanzó una pelota de hielo y luego congeló al tiburón en cuestión de segundos. Pero era demasiado tarde para Desmond, había tardado mucho en dar con él. Si tan sólo hubiera recuperado su forma humana minutos antes.

Ya era tarde, sólo un charco de sangre dejaba ver lo que segundos antes era la localización de Desmond. Brigid salió a la superficie unos segundos para gritar con todas sus fuerzas por haber perdido de nuevo a su padre. Que si bien no era su padre, el parecido le había devuelto una ilusión perdida.
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