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El otro camino (Kieran)

Invitado el Vie Abr 10, 2015 10:49 pm

Emma sintió como si una mano apretara sus entrañas y luego la soltaran. La chica respiró hondo varias veces y la música la rodeó. Los transportadores eran molestos a veces. El aroma a humo de diferentes sabores, cigarrillo, cerezas, menta y jengibre. Todo se mezclaba. Ya estaba dentro del bar y una banda tocaba en el escenario, mientras un grupo de personas bailaba en una rítmica danza, muy apretados entre si. La chica saludó al barman, un joven de veinte años que conocía desde hace un año y este le hizo señales para que se acercara, pero ella negó, con una sonrisa ladeada. A un lado de la entrada había una persona en una pequeña habitación y le entregó su chaqueta, quedándose solo en el vestido y sacudió su cabeza para que su cabello se viera más relajado.

Sin esperar mucho más, fue hasta la puerta del local y la abrió, sintiendo la brisa fría golpear su cuerpo. La Slytherin le lanzó una mirada al hombre de más de dos metros de alto y uno de ancho que estaba parado en la entrada y no dejaba pasar a nadie que estaba en la fila- North –saludó. El hombre casi tuvo que agacharse para que Emma pudiese susurrarle al oído y este asintió- Kieran –llamó, haciéndole señales al hombre para que se acercara. Ella se hizo a un lado para dejarlo pasar y esperó hasta que North cerrara la puerta y quedaran ambos adentro- Este es uno de mis lugares favorito –explicó, avanzando entre las personas, que rondaban entre 17 a 30 años. Le hizo una señal al hombre hasta llegar al bar y se apoyó sobre la barra para acercarse hasta el barman- Phill ¿Recuerdas lo que me serviste la otra vez? Dame lo mismo –se bajó de la barra y miró a Kieran- ¿Tú quieres algo? –esperó hasta que él hiciera su orden y lo tomó del brazo hasta uno de los apartados atrás del bar, donde se podía ver a la banda tocar pero no había tantas personas y estaban rodeados a izquierda y derecha por cortinas negras- ¿Y qué te parece?

Lanzó una mirada alrededor, acomodándose en el amplió sillón y cuando la mesera dejó sus bebidas, ella tomó su vaso de licor de canela, bebiendo un sorbo del fuerte líquido, sintiendo el cosquilleo en su paladar- La primera vez que me encontré con este lugar, estaba de visita en Londres, después de una caminata lo encontré. Y me sorprendió el buen ambiente –señaló las paredes rojizas, la madera oscura en el piso, la barra y el resto de muebles. Las personas sentadas en pequeñas mesas y una banda en el escenario. Algunas personas bailando pero todo era más íntimo y prohibido que una enorme fiesta.
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Invitado el Mar Abr 14, 2015 7:13 am

He recorrido Londres mil veces y todavía sigue asombrándome. Nunca encontrarás a un mago o una bruja, o una vivienda o negocio mágico por aquí, a menos que sepas dónde buscar. Lo que en verdad asombra son los muggles. Viven continuamente en el cambio, en el avance, mirando siempre hacia el futuro. Nunca están satisfechos, buscan la perfección a cualquier costo, y eso es lo que los mantiene en movimiento, superándose constantemente. Esta ciudad no era la misma hace cinco años, o hace diez, o veinte, o cien años. Las personas que la habitan no son tampoco las mismas. Mientras tanto, nosotros, los magos, la llamada raza superior, seguimos estancados en pleno siglo XVII. A simple vista, lucimos absolutamente ridículos. Pero, así como los muggles tienen grandes virtudes, tienen defectos igualmente grandes. Buscan la perfección de la mejor forma posible... y de la peor. Y eso los terminará destruyendo, y a nosotros con ellos. No podemos permitirlo. Sería como dejar que un niño pequeño corriera con unas tijeras en la mano. Tenemos la obligación moral de hacer algo al respecto.

Espero de pie a un par de metros de distancia de la puerta del bar, bajo una farola de luz cálida, observando curioso al mastodonte que vigila la entrada, y que al parecer responde al nombre de "North". Sería demasiado fácil embrujarlo para que me dejara pasar como si estuviese tratando con el heredero al trono de Inglaterra, o peor, con su mismísimo jefe. No necesitaría ni sacar la varita. Pero este no es mi territorio, es el de Emma, y jugaré según sus reglas. Causarle problemas está último en mi lista de deseos. La puerta se abre y la aludida hace acto de presencia, ya sin la chaqueta que tenía puesta momentos antes en la fiesta de Caleb Dankworth. Tras unas palabras con el gorila, puedo finalmente entrar en el bar, y le dedico ahora mi mirada curiosa al local por dentro. Me gusta el estilo. Es muy Emma... la Emma que está escondida detrás de las apariencias.
Ya veo por qué... Es el sitio ideal para relajarse y dejar que la mente se desconecte de los sentidos —murmuro, siguiéndola hasta la barra. Ordeno un gin tonic al barman, y luego acompaño a la Slytherin a un sitio más privado, pasando junto a las personas que bailan y bailan, perdidas en su mundo.

Sonrío al ver la mesa escondida tras las cortinas, y me siento con comodidad, cerrando unos instantes los ojos para disfrutar de la esencia del ambiente.
Me parece increíble... y no me sorprende que le ocultes este sitio a tu madre, o a cualquier otra persona. Te intentarían sacar con aurores y todo de aquí adentro —le respondo, esbozando una divertida sonrisa. Agarro con una mano el vaso de gin tonic que deja frente a mí la mesera, y bebo un pequeño trago. Poso mi mirada en Emma cuando empieza a hablar—. Aquí parece como si la noche y el tiempo se hubieran detenido. Gran elección. Y ciertamente, más interesante que conversar aburridamente con desconocidos en una fiesta de escala global. Tendrás que concederme una pieza de baile antes de irnos —ladeo mi sonrisa.
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Invitado el Mar Abr 14, 2015 5:08 pm

Le agrada notar que es de su gusto. Ese lugar no era del todo muggle. Por lo que sabía, el dueño era un hijo de muggles y se había puesto ese bar como parte de uno de sus múltiples negocios. Así que tenía ciertos privilegios para los magos, pero estaba enteramente enfocado para el público muggle. No magia en preferencia, casi como una "experiencia" para el mago común. Aunque a veces se pasaban de ridículos algunos magos cuando querían convivir con esta diferente cultura. Solo eran muggles, no alienígenas.

- A veces quisiera solo aparecerme aquí. La vida en el castillo es aburrida cuando la gente se complica y entra el drama ¿Era igual Slytherin a tu edad? Porque me sorprende que hayas sobrevivido sin... zarandear a algunos -admitió, estaba cansada de los discursos incoherentes y de las dobles verdades, tan contradictorias que veía injustificado su odio hacia los muggles. Si por lo menos tuviesen una razón de peso podrían hacer que su curiosidad se despertara para ese tema de "pureza de sangre" pero hasta ese entonces, todos fallaban estrepitosamente- Por eso es nuestro secreto. Este lugar es mucho más inofensivo que otros cerca de Hogwarts. Porque, tú sabes, dónde hay un lugar educativo, habrá donde conseguir licor ilícito. Por lo menos aquí se que no me quedaré ciega al tercer vaso -bebió un poco de su vaso de Tom Collins, una mezcla de gin dulce, limón y soda. La última vez que lo había probado, se había impresionado por el buen sabor.

Emma se encogió de hombros, ladeando ligeramente el rostro- Me tendré que esforzar para no aburrirte. No puedo solo impresionarte con el lugar, hablaría terriblemente de mi compañía. Si planeo salir con otro profesor a beber necesito impresionar al primero con el que lo hago ¿No? -sonrío, con un ánimo ligero, porque no veía a otros profesor de la manera en que veía a Kieran, con la confianza que sentía hacia él. Emma negó suavemente, encogiéndose de hombros- Una pieza es muy poco ¿Subirme al escenario a ser corista el resto del tiempo? Estoy segura que eres buen bailarín. -bromeó.

La Slytherin se terminó su vaso en un par de tragos, sintiéndose mucho más refrescada y en menos de un parpadeo ya habían dejado otro con el mismo contenido enfrente a ella- ¿Cómo eran las cosas cuando mi madre y tú iban a Hogwarts? ¿Ha cambiado en algo? -consultó, moviendo suavemente su vaso, dejando que el hielo mezclara los sabores.
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Invitado el Lun Abr 20, 2015 11:57 pm

¿Y quién dijo que no he zarandeado a unos cuantos? —pregunto con una divertida sonrisa en los labios, mirando a mi acompañante a los ojos—. Los adolescentes han sido, son y serán siempre iguales, vayas donde vayas. Lo achaco a una cuestión hormonal... y a una rebeldía de pensamiento. Apenas el ser humano se empieza a dar cuenta de que puede razonar, no pierde la oportunidad de hacerlo con cada cosa que se le pasa por delante. La mayoría de las veces llegan a ser endemoniadamente insoportables para todos los que encararon esa etapa de una forma un poco más... juiciosa, pero si observas un rato y aprendes el patrón, surfear entre esas olas embravecidas se vuelve más fácil. Y, en ocasiones, incluso divertido. —Me termino de un trago el contenido de mi copa, sin dejar de sonreír. Quizás esa es otra de las razones por las que me gusta enseñar. Los adolescentes no saben lo que están haciendo la mayor parte del tiempo, y eso me obliga a salirme de la rutina, porque cada día hay algo nuevo que resolver en lo que concierne a ellos.

Asiento ante sus palabras, sumamente sabias. Cabeza de Puerco es el lugar preferido de los estudiantes de cursos superiores, y me temo que la higiene y las medidas básicas de salud no son muy tenidas en cuenta en esa taberna. Sin embargo, gana puntos por lo pintoresca. Las Tres Escobas, por otro lado, suele estar más atiborrada de gente de todas las edades, y si tu intención es divertirte con tus amigos en un ambiente más privado, esa posada no es para ti. Pero en ninguno de los dos sitios venden alcohol a menores de edad.
Guardaré el secreto muy bien. Además, podría conseguirles a ti y a tus amigos un poco de licor para alguna reunión especial, no mucho ni muy fuerte, pero sí para echar unas risas. La profesora McGonagall seguramente no estaría de acuerdo, pero yo no creo que haga mal a nadie que los jóvenes aprendan un poco de la experiencia, y conozcan el alcohol y sus propias limitaciones de primera mano... —murmuro, encogiéndome ligeramente de hombros.

Sonrío de costado, negando con la cabeza.
Tú no necesitas esforzarte para no aburrirme. Sé tú misma, eso ha funcionado todos estos años —le guiño un ojo antes de levantar la mirada a la mesera que aparece para servirnos un segundo vaso con la misma bebida que ordenamos al llegar—. Pero debo admitir que tu lógica es contundente. ¿Ya seleccionaste algún profesor con el que te gustaría salir a beber algo fuera de los límites del colegio? —pregunto divertido, sin hablar realmente en serio ni realmente en broma, como suelo hacer siempre. He aprendido muchas cosas, y una de ellas es "nunca reveles tus verdaderas intenciones". Estallo en una carcajada cuando redobla la apuesta y bebo un trago largo de gin tonic—. Bien, eso sería muy interesante de ver. Creo que nunca te he oído cantar —me respaldo en la silla, sin dejar de mirarla—. Tendrás que comprobarlo.

Me quedo unos momentos en silencio, pensando en la respuesta a su pregunta. Tengo muchos recuerdos de mi época estudiantil, más de los gratos que de los desagradables. A veces extraño un poco esa sensación de no tener que ser responsable por nada, excepto de las acciones propias. Cuando miro en lo que se ha convertido mi vida, no puedo evitar que un escalofrío me recorra la espalda. Pero es lo bueno de crecer... lo que antes parecía imposible y aterrador, hoy lo veo con los ojos de un temerario aventurero.
El contexto era distinto. En esa época no estábamos atravesando una guerra sucia sin rostros, y vivíamos pensando más de cara al futuro. El presente no era realmente de gran interés, excepto por esos efímeros y apasionados momentos en los que vivir tenía todo el sentido del mundo. El colegio se sentía como un colegio y no como un campo de entrenamiento y supervivencia, y nuestra mayor preocupación solían ser los exámenes finales y la copa de Quidditch. ¿Te lo puedes imaginar? —esbozo una sonrisa, antes de dejar escapar un pequeño suspiro.
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Invitado el Miér Abr 22, 2015 6:53 am

Emma se rio ligeramente, lanzándole una mirada de sorpresa- Entonces soy más zen de lo que creía –comentó, con una ligera sonrisa en sus labios, víctima del entorno, de lo relajada que se sentía y de la buena compañía- ¿Divertido? –enmarcó una ceja, mirando a su alrededor ¿Llegaría a encontrar divertido el patrón repetitivo de los jóvenes? ¿En verdad podía ocurrir? Una pequeña sonrisa se formó en sus labios y lo regresó a ver- Creo entender cómo… –igual que jugar con niños. No con maldad ni con perversión. Simplemente dejarles disfrutar de su inocencia e ingenuidad mientras ella miraba de forma diferente todo. En realidad, tenía un aire divertido eso, aunque se trataran de personas de su misma edad- Veo por qué te gusta enseñar. Ellos son encantadoramente ingenuos, hasta los que se creen malos –aunque obviamente sabía evitarlos con una danza similar al ballet. Tampoco era una guerrera loca que iba enfrentándose a esa gente.

Ella abrió los ojos con sorpresa y se inclinó hacia él, buscando si había alguna trampa en su mirada- Bendito el día que quisiste enseñar. A ver si con la práctica dejo de ser la última en pie –aunque última no significaba en total juicio. El licor le metía a Emma un demonio algo lujurioso, algo tramposo tal vez, igual que cuando cantaba. En ambas situaciones comenzaba a danzar sobre su lado bueno, pisándolo y divirtiéndose al máximo. Por eso Marlene adoraba salir con la Slytherin, ella no le ponía pero a nada y llevaba las cosas al extremo. Por ese pensamiento, se tomó otro sorbo de su licor, mordiéndose el labio inferior- Un internado debería entender las necesidades de sus alumnos. Al igual que la falta de educación sexual. Entre el libertinaje y la falta de protección, comienzas a sospechar que pocas chicas llegaremos a graduarnos cuando nos corresponda –se apoyó contra el asiento, ligeramente asqueada de la idea. No estaba en contra de los amantes, le parecía algo natural. No estaba en contra de las diferencias de edad o del género, cada quien escogía su tipo de pareja. Pero si le daba… algo de pena la necesidad de algunas personas de llenar sus carencias con sexo y creer que eso les hacía interesantes.

- Bueno, ser yo misma a los cinco años era llevar mi vestido de ballet a toda hora, ser yo misma a los diez era no sacar mi nariz de los libros, ser yo misma ahora… si, es diferente. O te entretienes fácilmente o me tienes paciencia, Kieran –le corrigió, ampliando su sonrisa y terminándose casi su vaso- No te lo digo para que se te suba el ego… pero eres al único profesor al que llevaría afuera a beber. Y no por ser profesor. No soy como las otras chicas, que necesitan rellenar su necesidad de autoridad y seguridad en si mismas con hombres mayores. Aun si tuvieras mi edad estarías aquí sentado –confesó, porque era la mente de Kieran lo que le interesaba y le había animado a llevarlo ahí, para charlar y divertirse casualmente- ¿No…? Por Merlín… te has perdido algunas risas a mi costa entonces. Hoy me vas a oír cantar. –no se creía excelente cantando… en realidad sufría un ligero transe al hacerlo, solo se dejaba llevar por la música.

La respuesta del hombre solo le despertó más dudas. Y le confirmó más cosas. No, no tendría hijos. No, no se enamoraría. No en el presente que vivían. No con el futuro que se acercaba. Solo iba a aferrarse a lo bueno y a sacarle el jugo a cada encuentro, cada momento, sin complicarse. Emma se terminó su vaso y se levantó, sintiendo el cosquilleo en su nuca y el palpitar en la piel, como le gustaba- Pues yo me centraré en la Copa de las Casas y en el Campeonato de Quidditch. Pero ¿Ahora? –lo tomó de la mano y lo jaló con ella- Ahora me concentraré en bailar –comentó, con una suave sonrisa, justo mientras terminaba una canción y la banda se disponía a tocar otra. El rock suave y las voces de los cantantes eran un tipo de transe ligero. Emma guio al hombre entre las personas hasta llegar a un costado apartado, cerca del escenario, donde no había tantas personas, se giró para encararlo, con una mano dejó que su cabello cayera hacia atrás, mientras se movía al compás hasta quedar contra él.

Así, se apoyó contra el cuerpo masculino y lo rodeó con ambas manos, el inicio de batería constante requería a sus caderas moverse rápido, de un lado a otro, serpenteando. Mientras se apoyaba contra Kieran. Hasta que el ritmo cambió, se separó un poco y su torso comenzó a moverse, sus pies se quedaron casi donde estaban, moviéndose apenas. Los labios de Emma seguían la letra hasta que volvió al coro y su cuerpo se hondeó de un lado a otro, descendiendo un poco hasta que la música volvió a aumentar y ella se enderezó con un giro, riéndose suavemente, lo tomó de las manos y lo jaló a ella, casi terminando ella misma apretada contra la pared y dio un paso contra él, rodeándolo con sus brazos por el cuello. Emma agradecía llevar tacones, así podía dejar su rostro justo sobre el hombro masculino- No puede reírte cuando cante. Ho te trataré como a mis amigos. Y cuando ellos se ríen los muerdo. –susurró, con esa confianza que compartían mientras seguía moviéndose, siguiendo el ritmo hipnótico de una buena canción.
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Invitado el Sáb Mayo 02, 2015 11:39 pm

Asiento con la cabeza, cerrando los ojos con gesto solemne, pero obviamente desenfadado.
Por supuesto que lo eres. Y si quieres conocer mis andanzas por el colegio con más detalle, pídele a tu madre que te cuente algunas, debe tener varias anécdotas al respecto y seguro querrá tener la oportunidad otra vez de fruncir el ceño con reprobación al pronunciar mi nombre —la miro con una sonrisa ladeada, saboreando mentalmente aquellos momentos vividos. Sé de primera mano que a Helga von Bismarck le disgustaban las diabluras que le hacía a otros chicos. Pero fueron todas de buena fe. Fastidiar a unos cuantos matones de la escuela no es un pecado, ¿verdad? Si hasta deberían haberme dado el Premio por Servicios Especiales al Colegio...— Exactamente, Emma. Me alegra que lo hayas entendido —respondo, sonriendo con aprobación—. ¡Y nunca lo olvides!

Cuando la veo inclinarse en mi dirección, queriendo comprobar que estoy siendo completamente honesto con lo que digo, me inclino yo también hacia ella, apoyando los brazos sobre la mesa, mirándola a los ojos fijamente.
Lo mismo digo. No puedes impedir que los adolescentes consuman alcohol de forma ilegal, no puedes vigilarlos las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, no puedes evitar de ninguna manera que hagan el ridículo y la mitad termine en la enfermería por no saber medirse... Sólo hay una alternativa. Y yo soy de los que prefieren ayudar a sus alumnos antes que impartirles castigos —...o eso es lo que les hago saber. Me agradan, me llevo bien con la mayoría, pero nada es gratis en el juego del poder. Y mi fachada altruista es sólo eso, una fachada. No hago actos solidarios, hago favores, y los favores son lazos que nos atan como cadenas ardientes—. Te apoyo cien por ciento en eso. Debería hablar con el profesor Dumbledore y plantearle ese mismo razonamiento... Únicamente hay que encontrar a la persona valiente que acepte dar esa clase y no muera en el intento —sonrío, divertido.

Oh, tengo una paciencia infinita, pero nos hemos llevado bien todo este tiempo porque has sabido ser tú misma en cada momento de tu vida. Es normal y de agradecer que hoy no seas la misma Emma que hace cinco años. Pero la Emma de hoy es ella misma y no otra persona —levanto el vaso de gin tonic, como en un pequeño brindis. La escucho y mi boca se curva en una pequeña sonrisa—. Difícil mantenerlo en su sitio con palabras tan halagadoras, pero haré mi mejor intento. Créeme que aunque tuviera de nuevo quince años, no habría otro sitio en el que me gustaría estar ahora mismo —respondo, afinando ligeramente mi sonrisa—. Así es, me he perdido algunas cosas, aunque yo no diría que risas. Pero me reservaré mi opinión hasta que la función termine, ¿qué dices? Te tengo mucha fe, Emma.

Termino mi bebida en silencio. La conversación me abrió una ventana al pasado, al mar de recuerdos de otra época, vinculados con el presente a través de personas como Emma. Veo su vida ahora y reflexiono sobre el futuro que le depara. Y me cuestiono... Me cuestiono si en verdad tomé la decisión correcta. Emma es una chica joven, como tantas otras, envueltas en un conflicto que no las atañe... pero que las involucra, de una manera u otra. Al verla, rebosante de vitalidad y energía, no puedo no preguntarme si no sería mejor que se desarrollara en un ambiente que favoreciera ese crecimiento... lejos de la muerte y la violencia. Pero ninguno de nosotros eligió esto. El conflicto ya existía antes incluso de que naciéramos. Los magos viven oprimidos, ocultos, sin la libertad de explorar el mundo que también es suyo, por el temor de ser descubiertos y quemados en una hoguera. Vivimos con miedo, miedo de una parte de la humanidad que no posee nuestros dones ni nuestros conocimientos. Y yo no quiero eso para los magos y las brujas aún por nacer. Quiero un mundo libre y abierto. Quiero abandonar las sombras y caminar bajo la luz del sol sin temor... Pero antes de la evolución debe venir la revolución.

Emma me saca de mi ensimismamiento al tomarme la mano y obligarme a ponerme de pie. Sonrío y la sigo entre las personas que bailan en la pista, dejándome llevar por el sonido envolvente de la banda, y las luces bajas y la oscuridad tenue. El ambiente es perfecto. Miro a la chica a los ojos cuando se gira para encararme, de forma serena e intensa, como una pantera que se oculta en las tinieblas. Rodeo su espalda baja con mis manos cuando su cuerpo se apoya contra el mío, sin apartar la vista, y comienzo a mover mis caderas, siguiendo el ritmo que marca la canción y siguiéndola a ella, acompasando mis movimientos con los suyos. Emma baila muy bien, muy liberada, y eso me gusta. Se mueve rápido, con chispa y soltura, y hace que acompañarla sea más fácil. Dejarse hipnotizar, también. Sonrío de costado cuando realiza un giro, siguiendo su movimiento hasta atraparla entre la espada y la pared. Mis manos recorren nuevamente su cintura y su espalda baja, acercando mi rostro al suyo para escucharla mejor.
No te prometo nada —le murmuro en su oído, sin que la sonrisa abandone mis labios—. ¿Qué cantarás? —pregunto, de la misma manera, moviéndome suavemente contra su cuerpo al compás de la música que se mete bajo mi piel y ofusca mis sentidos.
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Invitado el Lun Mayo 04, 2015 7:37 am

Kieran siempre hacía eso, acercársele así, con naturalidad. Tal vez por eso Emma encontraba normal cuando un chico hacía algo así. No lo veía como coqueteo ni nada por el estilo y eso solía enfurecer a los chicos. Bueno, a la mayoría. Algunos, los que importaban, no tenían que ponerse coquetos para sonrojarla. Emma le observó con una sonrisa cómplice. Kieran y su madre se llevaban bien por algunas razones, una de ellas era que no hacían nada gratis. Todo tenía causa y efecto. Ella misma se había dado cuenta de eso. Muchas veces se preguntaba qué potencial uso veía Kieran en ella. La mayoría de veces no quería saberlo. Porque ya era duro saber que su madre la veía como una extensión suya, una posibilidad de hacerlo mejor ¿Y si se enteraba de lo que pensaba Kieran? No, prefería ni saberlo. En pocos casos la ignorancia era la mejor opción- Un Gryffindor, ese es su trabajo ¿No? Ser valientes y lanzarse a lo loco, que uno de la clase. –agitó la mano, como si espantara una mosca. Algo irónico, dado que ella se llevaba con muchos Gryffindors, algo cierto, porque siempre les molestaba con esa característica suya.

La chica sonrió complacida. Le gustaba que quedara claro que la compañía de Kieran no solo era bien recibida. No, era apreciada por ser él. No por ser mayor, ni profesor, ni atractivamente imposible. Emma no veía eso, simplemente disfrutaba de la compañía que era él. Tal vez fuese de las pocas personas que lo hacían ¿Se daría cuenta eso él? ¿Le importaría realmente? Porque debía ser genial tener a tantas alumnas zumbando a su alrededor porque fuese un profesor atractivo o cosas así- ¿Sinceramente? Me encantaría que tuvieses quince o diecisiete años. Por lo menos en este preciso momento –admitió, así, si alguien de Hogwarts los veía no pensaría tan mal. Brindó con él, porque su natural resistencia al alcohol solo la dejaba más ligera y libre, en un estado animado y arriesgado que le encantaba experimentar- Bien, prefiero tu sinceridad. –por un momento pensó en advertirle que a veces se sentía tan embriagada con la música que perdía el sentido y solo vivía de impulsos. Pero sospechaba que eso podría percatarse él rápidamente. Después de todo Kieran era de las pocas personas que se habían dado cuenta que desde que fue seriamente consciente de que tendría un matrimonio arreglado estaba intentando beber de la vida, mordiéndola con fuerza en su frágil cuello y sacándole hasta la última gota de su delicioso sabor. Sin arrepentimientos, sin complicaciones.

En la pista no solo bailó, se embriagó de la música y disfrutó de su compañero de baile, se movió junto a él con un ritmo cercano, deslizándose contra su cuerpo con total naturalidad, dejando que sus caderas jugaran con el terreno y sus manos tocaran los brazos masculinos, subieran hasta sus hombros y se enredaran entre sus cabellos. Le sonrió, sin apartar la vista de él. Porque era una de las cosas que disfrutaba de Kieran era poder mirarlo a los ojos y que él pudiese sostener ese contacto de forma profunda, sin muecas ni bromas. Solo hacerlo y parecer que le leía el alma cuando eso ocurría. Pero tal vez por primera vez no fue la mirada del hombre lo que llegó a ella primero. Le dio un escalofrío, entre gusto y sorpresa cuando se abrazó a él, la presión del cuerpo masculino le hizo respirar pesadamente, pero también la volvió mucho más liguera, como una copa de champán azul, libre y peligrosamente al borde, como era su vida- Oh… es una sorpresa –sonrió de lado. En realidad aun no lo sabía, solía subir al escenario y un demonio la poseía.

Emma se separó, solo un poco, pues la pared estaba atrás de ella y se puso de costado contra el torso de él, moviéndose, con un brazo levantado y su costado contra Kieran, moviéndose, bailando  al ritmo de ese coro intenso, de su propio gusto por disfrutar de ese momento y se deslizó hacia abajo lentamente e inclinó su rostro hacia atrás antes de enderezarse de golpe y su cabello se levantara solo por un segundo antes de caer sobre su rostro. Ella se agitó, dejando que la gravedad la peinara y volvió a rodearlo por el cuello, con el pulso rápido pero la sangre pesada ante el contacto. Ahí estaba su demonio personal, sonriendo, diciendo que era lo bueno de bailar, era ese tipo de contactos que nadie más veía, que solo los dos podían entender y aun así era natural sentirlo, era agradable coquetear con la idea de disfrutarlo y terminar haciéndolo sin atisbo de culpa-  Tienes buen ritmo. Sospecho que tu centro de equilibrio esta… –metió una mano entre los dos y tocó con su palma justo donde iniciaba el vientre bajo del hombre, a la altura superior de sus caderas- aquí y que lo entrenas ¿No? Pocos hombres se dejan llevar tan bien. –susurró, porque no había necesidad demás si tenía el rostro justo contra el cuello de él. Volvió a subir su mano y se aferró al hombro masculino mientras se separaba lo suficiente para sentir la pared contra su espalda e impulsarse contra su cuerpo, girando los dos, rápido, apenas alejándose de su lugar en la pista y justo antes de detenerse la canción terminaró y se sincronizó con una música algo diferente, pero de un ritmo similar al ambiente.

Emma se detuvo y abrazó a Kieran por el cuello, sus piernas se movieron, a un lado y a otro mientras todo su cuerpo seguía el ritmo constante que invitaba a saltar o, como ella, a apenas tocar el suelo antes de moverse al otro lado. Desde su posición, le hizo una señal a la banda, quienes entendieron. Después de esa pieza subiría al escenario. Por el momento quería disfrutar eso. Nunca antes había bailado con Kieran. No así. Y ahora se arrepentía terriblemente porque era muy bueno haciéndolo, porque era embriagador que fuese tan seguro al moverse y sentirlo así de cerca. Ella misma tenía la respiración pesada, el corazón acelerado y sus dedos ligeramente clavados en la espalda de él, firme contra su cuerpo, con sus caderas encajando bien, sus piernas rozándolo a cada movimiento pero sin separarse.
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Invitado el Mar Mayo 12, 2015 1:52 am

Indiscutiblemente, ese era el trabajo de un Gryffindor. En lo personal, no tengo intenciones de ponerme a merced de un montón de chicos y chicas deseosos de conocimientos y experiencias sexuales de primera mano. Uno nunca sabe hasta qué punto están dispuestos a llegar en pos de saciar su curiosidad. Y no es que me considere o presuma de ser el hombre más atractivo sobre la Tierra, pero soy consciente del efecto que produzco en muchas mujeres, especialmente jóvenes. Y en hombres también, para qué negarlo. No planeo ser esclavo de esa ventaja. Mis decisiones las tomo yo, no mis impulsos primarios.

Me complace verla sonreír de aquella manera. Me sigue asombrando el hecho de poder tener una conversación y un trato adulto con una chica de quince años como lo es ella. Emma siempre se mostró muy madura para su edad, mucho más que nadie que yo haya conocido. Y no fue casualidad que, de entre todos sus hermanos, la eligiera a ella para estrechar un vínculo más cercano. Tal vez los gemelos hubiesen sido una opción interesante, juzgando por sus ideales que con tanto esmero mantienen ocultos, pero ellos son más volátiles, más inmersos en sus propias aspiraciones. No dudo que llegarán lejos, y espero que lo hagan, mas no tienen ninguna utilidad para mí, no en estos momentos. Quizás en el futuro. Sin embargo, el potencial que tiene Emma no lo tiene ninguno más. No creo en la adivinación como una ciencia confiable, a pesar de conocer la existencia de profecías, y aún así, si pudiese prever lo que está por venir... no dudaría en afirmar que ella cumplirá un papel muy importante en los futuros acontecimientos. Por esa razón paso tiempo con ella. Por eso, y porque me gusta hacerlo. De hecho, lo disfruto bastante... Como dije, tener una conversación y un trato adulto con una chica tan joven me sigue asombrando.

Las posibilidades serían infinitas. Pero no te preocupes, no nos encontraremos con ningún habitante del castillo esta noche —digo, adivinando sus pensamientos al mirarla a los ojos—. Ningún profesor sabe siquiera que este sitio existe, y los estudiantes estarán de vuelta en sus casas preparando los baúles para regresar a Hogwarts. —Es fin de Semana Santa, después de todo. Imagino que la mayoría aprovechará para pasar tiempo con su familia. Nosotros dos no somos parte de la mayoría.

Inmersos en el baile y en la música, nos sumergimos en un torbellino de sensaciones a flor de piel sin que nada más importe, ni las parejas a nuestro alrededor ni el bar en sí mismo. Emma me recorre con sus manos, explora mi cuerpo hasta la punta de mis cabellos como parte del baile y la excusa de conocernos de un modo más íntimo, mezclando nuestra curiosidad con la adrenalina y el ritmo, ese que hace nuestro vientre vibrar y llevarnos a la locura. Mis manos tampoco se están quietas y la recorren a ella, por su cintura, sus caderas, por sobre su vestido negro que se ajusta perfectamente a su piel, subiendo hasta su espalda alta y bajando desde allí hasta donde comienza su trasero, dejando a la curiosa tentación frustrarse mientras pende eternamente de un hilo. El mundo aparece y desaparece a nuestro alrededor, es tan despreciable como deliciosamente sofocante, igual que el ambiente, igual que la música, uno podría volverse adicto a las emociones que nos genera. Presiono mi cuerpo contra el suyo, abrazándola con fuerza, sintiendo su corazón latir contra mi pecho, pero no son roces estáticos. Nos movemos uno contra el otro, nuestras caderas se mueven, acompañándose una a la otra, lo que la pared detrás de ella nos permite, todo ello sin dejar de mirarnos a los ojos.

Acaricio su espalda con la palma abierta de mi zurda, hacia arriba y hacia abajo, muy despacio, cuando Emma baila de costado contra mi cuerpo, mientras cruzo mi brazo derecho por sobre su vientre y cierro la mano en su cintura. La observo descender, serpenteando y moviendo sus caderas, sin dejar de bailar ni un segundo, sintiendo por un momento mi propia respiración pesada y mi corazón acelerado. En mis labios se dibuja una pequeña sonrisa, viéndola lanzar su cabello al aire con un movimiento antes de que éste caiga otra vez sobre su rostro. La abrazo otra vez, notando la falta de su cuerpo rozándose contra el mío, un roce acompasado dirigido por la música que nos controla como un libidinoso titiritero. Asiento levemente con la cabeza en respuesta a sus palabras, sintiendo su aliento cálido sobre mi cuello, y su mano haciéndome estremecer cuando acaricia la zona inferior de mi abdomen. De mis labios escapa un pequeño suspiro.
Lo entreno seguido. Gracias a eso puedo acompañar en un baile así a una bailarina tan buena como tú —respondo también en un susurro, aprovechando la cercanía para deslizar la punta de mi nariz entre sus cabellos rubios platinados hasta su cuello, dejándome intoxicar por su aroma.

Giro con Emma, aferrándola con firmeza mientras me dejo llevar por el vertiginoso movimiento que aumenta todavía más la sensación de estar en un torbellino con ella. Apoyo mi frente contra la suya durante un momento cuando nos detenemos y vuelve a rodear mi cuello con sus manos. Veo el gesto que le hace a la banda, pero yo sigo bailando, juntos, apegados, sin dejar de moverme o buscar ese constante roce. Deslizo mis manos por los costados de su cuerpo hasta depositarlas debajo de sus axilas, y al minuto siguiente bajo con todo mi cuerpo, flexionando las rodillas y endureciendo el abdomen. Mi pecho acaricia su cuerpo al descender, y mi rostro fluye rozando su nariz y su mentón, pasando por su escote y su vientre, y de vuelta hacia arriba cuando alcanzo la parte baja de éste. Mis manos se deslizan también hasta tomarla con firmeza por la cintura mientras mi torso sube, no abandonando nunca los movimientos acompasados ni el ritmo al que bailan sus caderas. La miro otra vez a los ojos, rodeando su espalda baja con mis brazos, apretando su cuerpo contra el mío al bailar.
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Invitado el Sáb Mayo 16, 2015 8:03 am

Emma nunca se imaginó en un escenario así, en una situación de ese calibre. No estaba sorprendida ni mucho menos ahogada en incertidumbre. Solo era consciente que nunca se planteó algo así. Lo cual era irónico porque sus amigas siempre habían comentado cosas al respecto de Kieran, deseos, impulsos, gustos que quisieran cumplir y ella las encontraba infantiles cuando se ponían así. Y en ese momento se sentía algo hipócrita y segura que no podría contarles sobre ese asunto. Por suerte no contarles cosas era común en ella. Aunque sería la primera vez que lo hiciera para protegerse y no protegerlas a ellas.

Y si era sincera, desde que sintió esa ligera presión de parte de él, su cerebro había sido muy amable en hacerle olvidar cualquier tipo de parentesco que amigablemente ella había simbolizado en su mente. En ese momento solo era Kieran, que por suerte era alguien en quien confiaba, que gustaba de su compañía y era increíble en lo que hacía. La curiosidad se instauró en ella ¿Qué tanto? ¿Qué tan lejos? ¿Hasta qué punto? Todo eso rondó su mente y se mordió el labio inferior para no decirlo en voz alta ¿Para qué hacerlo? Todo eso era irrelevante cuando podía experimentarlo y descubrirlo por ella misma. Al igual que buscar una criatura misteriosa, la mejor parte era desconocer cuándo y cómo la encontraría. Esto era igual. La piel le quemaba y era algo que rara vez le ocurría.

Pero lo sientió, puro fuego donde él tocaba, escalofríos donde ya pasó. Emma se descubrió anticipando y esperando el contacto, sintiendo la tela casi invisible y por un momento asentándose un peso en su vientre como si estuviese desnuda y fuera la primera vez que bailara con alguien tan íntimamente. La experiencia de Kieran era la que hacía la diferencia, la sabiduría de la que se había rodeado tenía otro encanto en esa noche. Y eso le hacía difícil tragar, pensar o si quiera recordar. Cuando sus dedos se aferraron a la espalda masculina no recuerdaba si ya lo había hecho antes, si ya había tenido la necesidad de presionarse contra él justo antes de soltarse por un segundo y dejar que sus uñas subieran por el cuello masculino y sintiera un cosquilleo en la yema de sus dedos donde el cabello masculino comenzaba a crecer antes de volverse más frondoso. Las sensaciones eran nuevas ¿Ya las había sentido antes? No recordaba. Cada movimiento se volvía el presente y el pasado se diluía. Y no se debía al alcohol aunque estaba embriagada de curiosidad.

No sabía si Kieran es la fuente del calor, quería creerlo cuando su contacto se volvía mucho más intenso y seguro. Ya no eran roces casuales, no seguían el ritmo del baile únicamente. Ella se dabía dado cuenta de eso cuando la aprisionó desde su cintura. Esas manos estaban acariciándola con razón de ser, con excusa de la música. Y aunque para algunos no tendría sentido, porque era solo una caricia en su espalda, unos dedos sobre su cintura, un suspiro se escapó de sus labios que temblaban al final. No estaba nerviosa ni mucho menos insegura. Ella conocía esas manos, reconocía las cicatrices en su piel y sabía lo fuertes que eran. Pero en ese momento lograban un efecto diferente pero adictivo. Le escuchaba al hablar, aunque sonaba lejano, tal vez demasiada sangre en su cabeza o posiblemente falta de ella por estar más ocupada en otras partes de su cuerpo. No lo sabía, pero lo escuchaba como un eco lejano. Y rio, pero no por eso, sino por el contenido de sus palabras pero se detuvo cuando lo sintió cerca y sabía lo que hacía contra su cabello. El corazón se le detuvo un segundo y olvidó sus pensamientos hasta que volvieron y le dieron seguridad- ¿El entrenamiento es similar a este o no? –preguntó, lanzándole una mirada desde su cómodo lugar, desde el hombro masculino, mientras se mordía el labio inferior.

Kieran sabía que Emma detestaba a los hombres mujeriegos, una de las razones por las que ella lo admiraba tanto era que a pesar de tener tantas opciones para divertirse, tantas supuestas tentaciones era exigente, mantenía a raya la situación. Así que esperaba que siguiera así a pesar de tener tantas adolescentes sobre él buscando cumplir fantasías juveniles. Ella respetaba su dominio, el poder que ejercía sobre sí mismo y otros.

Cuando lo tuvo tan cerca, se olvidó del escenario. En ese momento no le importaba. No necesitaba el demonio en su interior que llegaba cuando estaba ahí arriba. Ya había otro dentro de ella que por mucho tiempo no había reaccionado y lo recibió con agrado, lo sintió dentro de su piel, acariciando sus sentidos y haciéndole notar lo cerca que estaba. Unos centímetros de una mirada tan intensa, con nulo espacio de un cuerpo fornido y solo un aliento de distancia a… ¿A qué…? ¿A besarlo? ¿Era eso tan emocionante cuando tenía una caricia íntima y muy obvia entre ambos por tantos minutos cortándole la respiración y tentándola con el límite del gusto en un lugar con tanta gente? Todo eso hacía que un beso fuese algo infantil. Casi era irónico que estuviese sonando una canción que hablaba sobre desaparecer la magia. Porque en ese segundo no había nada mágico entre ambos, era mucho más oscuro que chispas de colores. Y el aliento se le escapaba cuando Kieran descendió, se perdió hacia abajo y por un momento quiso mantenerlo ahí, atraerlo contra ella, de rodillas. Pero recordó que al final era un lugar público, sabía que esa música no era un ritmo que podía servir para más que bailar y aun así tiene las rodillas temblorosas. Aun pudo sentir su aliento justo entre sus senos aunque pareciera absurdo porque él ya no estaba ahí, sino mucho más abajo. Pero lo sentía y la piel se le erizaba. Pero aunque eso la delata no apartó la mirada ¿Qué era un poco de piel expuesta así cuando habían compartido algo más íntimo? Y algo que estaba en el límite, que ni siquiera se podía acusar más allá de lo que sus miradas podían decir, porque el resto de su cuerpo seguía solo un baile, era el subtexto de esos movimientos lo que guardaban ellos como algo mucho más íntimo.

Lo abrazó, ya casi sin moverse, sus pies se quedaron pegados al suelo, sus muslos apretados entre si se movían apenas y solo sus caderas seguían el ritmo. No podía detenerse, porque la sensación era placentera. Así, aprovechando el contacto, apretándose a él, aumentando el calor en su interior. Emma tenía las mejillas sonrojadas y los labios ligeramente hinchados de tanto morderlos. Lo miró a los ojos. Un paso hacia atrás. Una sonrisa ladeada se formó en sus labios. Otro paso hacia atrás, hacia la pared, atrás de la gente. Un suspiro profundo y no dejó de mirarlo. Un último paso y llego a la pared fría que la obligó a apretarse a él, directo contra su cuerpo y el escalofrío solo incrementó, al igual que la pulsación en lo más profundo de ella. Su pie se enganchó atrás del tobillo masculino, para mantener el equilibrio por sus débiles rodillas y aun así no dejó de moverse, de seguir el ritmo, aunque sus pies estaban quietos. Pero solo pensaba que su movimiento estaban muy lejos de buscar el placer de la música y solo se concentraba en el deleite del cuerpo a un ritmo armónico entre tanta gente.

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Invitado el Vie Mayo 22, 2015 7:58 am

Todos somos animales en el fondo, animales domesticados por las palabras y el aprendizaje, pero que de tanto en tanto nos reencontramos con nuestros instintos más básicos. Nosotros mismos nos hemos inventado y hemos descubierto las maneras de liberarnos de las ataduras de la civilización. Nos abandonamos a la música que nos hace vibrar sin poder controlarnos, nos abandonamos al alcohol que inhibe nuestros sentidos, nos abandonamos a la cercanía y a las caricias de otros, que nos conmueven y estremecen hasta nuestras raíces primarias. Es irónico cómo primero creamos la jaula en donde nos encerramos para sobrevivir en este mundo tan hostil, siendo nosotros mismos nuestra mayor amenaza... y luego nos escapamos para poder vivir y sentir y dejarnos llevar por los placeres que los códigos morales reprimen para evitar el caos y la extinción.

Ahora, sobre esta improvisada pista de baile en este bar oscuro y consumido por la música, entre todas estas personas que no conocemos y nunca conoceremos, Emma y yo nos dejamos llevar por el caos. Por un lado sé que los dos o tres vasos de gin tonic que bebí hace un rato no le han pasado desapercibidos a mi cuerpo; pero eso no es suficiente para embriagarme y perder el juicio de lo que hago. Sé bien lo que estoy haciendo y sé por qué lo estoy haciendo. Sé que Emma es alumna mía allá en el colegio, y que es la hija de una de mis más antiguas amigas. Sé también que no se vería con buenos ojos que me abandonara absolutamente y sin riesgos a la tentación de bailar más pegado a ella, al goce que nos produce la música en el cuerpo, la locura de sus roces sobre mí y mis roces sobre ella. Pero no estoy pensando en que habrá algo más que esto... en que nos ocultaremos detrás del escenario, en algún camerino, a seguir bailando pero ya sin música y con más caricias... No lo pienso porque no lo sé. No lo pienso porque no importa lo que sienta dentro de veinte minutos, importa lo que siento ahora al estar abrazado a ella, moviéndonos. Soy consciente de lo que hago y por qué lo hago. Soy consciente de mis limitaciones. Uno puede abrirse al juego y a la diversión únicamente cuando conoce y tiene presente todas las reglas. Yo las conozco... y las utilizo a mi antojo.

Puedo notar cómo Emma se deja llevar también. Los momentos en que sus piernas tiemblan un segundo, el sonrojo en sus mejillas, la forma en que se muerde el labio inferior cuando me mira, cuando deslizo mis manos por su espalda y ocasionalmente acaricio su piel descubierta. Siento sus suspiros sobre mi piel, provocando que la sangre corra desbocada por mis venas. Su aroma es embriagador, mezclado con la agitación de su cuerpo al moverse y moverse, y bailar. No noto ningún rastro de nerviosismo en su tacto o en la forma en que su figura se expresa. Noto... excitación. Emoción. Fogosidad. Escucho la pregunta que me hace y alejo despacio mi rostro de su cuello, ladeándolo para mirarla a los ojos. Vuelvo a ver cómo muerde su labio, y por un breve instante se prende como una llama en mi interior el deseo de atraparlo yo mismo con mis dientes, mordiéndolo apenas para apoderarme de él y saborearlo con placer. Pero el deseo pasa y se va, tan rápido como apareció. Como dije, yo estoy en control de lo que hago y de lo que vaya a hacer... y cuándo lo vaya a hacer.

No... No se parece en nada a esto —respondo, sin necesidad de mentirle. Dejo que la música me arrastre una vez más dentro del torbellino, apartando un poco mi cuerpo del suyo para dejar que se mueva, que baile y se desliza en la corriente de las notas, antes de volver con ella y rozarse con su cuerpo. Mis manos nunca abandonan sus caderas, moviéndose como serpientes experimentadas que saben bien dónde y cómo acariciar para conseguir la mayor y más deliciosa sensación de gusto. Recorrer el cuerpo de Emma con mi rostro al descender me permite conocerla de una manera más íntima que antes, sin llegar nunca a rozarla con mis labios, pero dejando que su fragancia y el delicado tacto de su vestido me transporten a otro mundo. Dicen que el aroma más puro de una mujer se esconde entre sus senos, y con apenas dos segundos al bajar y dos segundos al subir entre ellos puedo comprobar que es cierto. Es sólo un momento, uno que compartimos únicamente Emma y yo, y que se resignifica cuando vuelvo a estar de pie frente a ella, con mi mirada clavada en la suya. Todo es parte del baile y a la vez no lo es. Pero sólo lo sabemos nosotros.

Disminuyo el movimiento de mi cuerpo, igualando el de ella. La rodeo con mis manos por su espalda baja, otra vez jugando en el límite. Mi torso se presiona contra el suyo, nuestros vientres se rozan y acarician, dejando que sean nuestras caderas las que se muevan aquí y allá, siguiendo el compás. La sangre me hierve y mi respiración se ha vuelto pesada. Es muy difícil mantener la compostura así, con ella. No imposible, pero difícil. Es como un desafío que deseo enfrentar y vencer, pero a la vez se encuentra fuera del alcance de mi mano... aunque la tenga abrazada contra mí. La vida es muy cínica. Nuestras miradas se vuelven a encontrar, y cuando ella retrocede, yo avanzo un paso. Reconozco el juego, y aún así decido jugarlo. Mirando un segundo su sonrisa, avanzo otro paso. Noto que nos alejamos de las demás personas, regresando a la pared, lejos de las miradas, lejos de las luces. Al llegar contra ésta, me presiono contra el cuerpo de Emma y pego mi frente contra la suya. El corazón me late dos veces más rápido durante un instante. Siento su pie atrás de mi tobillo, y con mi mano bajo desde su cintura recorriendo lentamente su pierna; acaricio la piel desnuda de su muslo antes de entrar en contacto con el electrizante tejido de su media larga y oscura, hasta que deposito mi mano bajo su rodilla. Sin dejar de verla a los ojos, levanto su pierna para que la apegue contra mi cintura, mientras muevo despacio mis caderas contra las de ella. Vuelvo a esconder mi rostro en su cuello, apretando sus pechos con el mío, antes de levantar la cabeza y dejar mis labios sobre su oído, rozando su lóbulo.
Todavía quiero escucharte cantar, Emma... —le susurro bajo.
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Invitado el Mar Mayo 26, 2015 10:01 am

Todo eso era extraño y al mismo tiempo se sentía excesivamente natural. Cientos de veces había estado cerca de Kieran pero era la primera vez que lo hacía de esta forma. Y no podía considerarlo incorrecto. Le gustaba. En realidad, lo disfrutaba plenamente. Siempre había encontrado refrescante bailar, desde que era una niña. Claro que entonces lo único que había hecho era aprender ballet, pero acorde el tiempo pasaba se había involucrado en la música como algo que su sistema necesitaba para vivir. Esa era la forma en que se sincronizaba con el mundo ¿Y en ese momento? Si, se estaba sincronizando con Kieran y lo descubría de formas que no había imaginado que lo haría. Él era apasionado, intenso, un hombre muy masculino e imponente, atrayente y con un carisma tan natural que la embriagaba. Lo hacía a conciencia y con seguridad, sus manos seguían comandos que la experiencia le había dado aunque la curiosidad era la que la empuja a aprender con el tacto el cuerpo de Kieran, lo que podía y se permitía tocar. Y lo sabía, mientras lo atraía contra ella, se presionaba a él y lo sentía contra su piel. Lo sabía, no tendría remordimientos después. No por cinismo ni egocentrismo. No porque fuese a callarlo y fingir que nunca ocurrió. No, Emma estaba consciente de su actuar pero por sobre todo, confiaba en Kieran y sabía que cada paso que él realizaba se inspiraba de la misma manera que lo hacía ella: Con seguridad. Y cuando se tiene eso no hay arrepentimientos.

Un suspiro escapa de sus labios y su piel se erizó. Sus uñas se clavaron ligeramente sobre la tela que cubría los hombros masculinos y por un segundo su cuerpo se tensó. El efecto del alcohol era justo para que sintiera su piel más sensible y disfrutase el tacto ocasional. En ese momento recordaba ese vestido que parecía hecho de tiras de cuero que exponía más su piel. Lo recordaba porque sería un excelente estimulante para un baile así. Porque no iba a negarlo, desearía sentirlo más, cerca de sus vientre, recorriendo sus costados, apretando su cintura, circulando sus piernas. En ese momento había un encanto insano hacia las manos masculinas que la tocaban constantemente pero no recorrían más allá de lo debido. Casi lo maldijo por eso y al mismo tiempo se maldijo a ella misma por tener ese tren de pensamientos. Era solo un baile y era solo él mostrando su don para bailar, aprendido y experimentado por el mundo. Lo sabía pero su mirada decía mucho más y así lo recibía. Le dejaba en claro, sin hablar, que en ese momento no había más interpretaciones que su cuerpo, que el tacto mismo y era innecesario buscar explicaciones. Porque ella no tenía nada en mente más que los estímulos que recibía. La presión que él le da robándole otro suspiro suspendido en un gusto interrumpido, lo que sus dedos recorrían, poseían y perdían. Pero por sobre todo lo que ambos se estaban jugando entre cada presión, por cada desliz y movimiento. No podría parar aunque quisiera, había encontrado el ritmo exacto para no torturarse y al mismo tiempo disfrutarlo. Siempre consiente, siempre al límite de esa consciencia.

Le agrada que él cediera, porque al ser el hombre, en estos bailes tenía control superior del terreno. Pero él cedía y la seguía a un lugar más cómodo. Sin promesas, sin ir más lejos. Solo era un lugar más cómodo y nada más. Solo era un baile, también. Un siseo se atoró en la punta de su lengua cuando él se presionó contra ella en la pared. Solo se mordió la lengua y apoyó su cabeza hacia atrás. La tenía atravesada en esa posición o lo más cerca de estarlo dada la multitud y ella misma se acomodó contra el cuerpo duro. Sus labios temblaban ligeramente cuando el aire escapó de estos y lo miró a los ojos sin vergüenza alguna. El deseo de cerrar sus ojos fue superior bajo su tacto, lo dejaba guiarla, su pierna se movió y entre más subía, mayor ea la presión, mucho más directa. Una ligera exclamación, menos que una palabra se oyó salir de su garganta. Una de sus manos se apoyó contra la pared y la rasgó cuando él se ocultó en su cuello. El tacón de sus botas se clavó en la cadera masculina, dejándolo firmemente apresado. Lo cual era curioso porque él era quien creó la presión, pero era ella quien lo tenía asegurado. Su mano libre lo rodeó por el cuello, sus dedos acariciaron su cabello cuando le habló. Todo eso parecía común entre ellos, nadie creería que era la primera vez en que estaba casi subida a las caderas de Kieran y era ella la causante de esa fuerte palpitación en las venas masculinas que hasta ella podía percibir dada la cercanía entre ambos y era literal, una parte de ella sentía con más fuerza esa palpitación de forma excesivamente agradable.

Por eso no iba a subir al escenario, lo había tenido claro cuando giraba entre la multitud. Pero tampoco planeaba fallarle - Creo que será un pequeño concierto privado, entonces –susurró, mirándolo con cierta diversión justo en el momento en que en que en el escenario comenzaba la canción que ella había planeado cantar, que había ya cantado cientos de veces pero que en ese momento la reemplazaba otra chica dado que ella había desaparecido.

La canción comenzó con buen ritmo y Emma aprovechó su posición para moverse contra él, sus manos comenzaron a deslizarse sobre si misma en la primera estrofa que hablaba de un pecado confesado y un vestido que podía retirarse de la misma manera en que los dedos de la chica parecían hacerlo al subir la prenda ligeramente pero dejarla hasta ahí, apenas cubriéndola en sus caderas. Emma sentía en ese momento dos demonios en su interior, una experiencia nueva para ella. Más allá del límite y por Merlín que le gustaba. Y al igual que la canción prefería saltarse a las mejores partes. Su pierna lo atrajo más a ella, aún más y susurró contra su oído- Let me get to the good parts… Might wanna cross up your legs –le advirtió aunque ya era muy tarde para eso y una sonrisa taimada se formó en sus labios al decirlo. No importaba que la canción tratara de asesinato, era mejor hablar sobre un pecado confesado de la forma más íntima. Cada vez que la batería golpeaba con fuerza, igual lo hacía ella contra él y sus labios se deslizaron por el perfil de la oreja masculina. Dos demonios que la controlaban mientras seguía el ritmo de la canción y ella también se hundía sin salvación recorriendo no con sus manos, sino con su boca el perfil de su piel en apenas roces.

Aunque estaba muy lejos de querer la inclinación de un Dios, en ese momento encontraba mejor si su acompañante lo hacía. Y al igual que la canción que ella seguía el ritmo con su cuerpo y sus manos dejaban de deslizarse sobre ella para pasar a él. Emma sabía que la respiración de Kieran hacía mucho que se había vuelto pesada. Tal vez fuese por la energía en su interior pero sus dedos se aferraron al cinturón masculino y recorrieron la tela de su pantalón por los costados antes de subirlos otra vez. Porque ella no tendría que correr aun, no había quien la persiguiera y podía quedarse explorando más de él. La canción fue terminando y al igual ella, sus labios que apenas lo rozaban llegaron hasta su cuello y mientras cantaba se dio el gusto de rozar la piel con sus dientes sin detenerse, dejándose caer hasta su clavícula.

Al final se separó y cerró sus ojos, descansando su cabeza contra la pared y sus manos volvieron a ella, por sus caderas, vientre, hasta su pecho y cuello- I'm goin' down. All the way down –terminó. La gente aplaudió y por un momento sintió como si fuese para ella. Se sintió libre de uno de sus demonios que solo la dominaba cuando cantaba pero quedó el otro que la había estado guiando en cada movimiento. Su respiración era agitada y su mirada brillaba. Sus manos se retiraron de su cuerpo y se apoyaron a cada lado de la pared. Lo miró con expectativa, por un gesto, una palabra o acción- ¿Y bien…? –ella le había dado algo, tenía curiosidad de cuál sería la apuesta de él.
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Invitado el Dom Jun 07, 2015 2:33 am

Puedo sentir cómo se desata una batalla en mi interior a medida que el baile se intensifica y el ambiente se vuelve más pesado. Una batalla entre los instintos y la moral. Sería una hipocresía negar lo que su cuerpo me despierta al moverse con tanta sensualidad, tanta pasión, tanta experiencia evidente en la seguridad con la que baila y se deja llevar. No puedo impedir que mi cuerpo se estremezca por su roce, que mis venas palpiten al inhalar su excitante aroma, que mis manos presionen sus curvas con un poco más de fuerza y deseo por sus provocativos movimientos. Así es el instinto, y no gobierno mis instintos, pero sí mis pensamientos y mi razón... y allí es donde choca con la moral y empieza la batalla. Una batalla cuyo final ya conozco, porque sé que la mente siempre prevalece. Y conociendo el final, me permito disfrutar del choque de fuerzas. Me permito disfrutar de sus caricias sobre mi cuerpo y de las mías sobre el suyo. De su cuerpo al abrazarla, de sus suspiros sobre mi rostro y mi cuello, la fricción de su piel contra la mía...

En el instante en que regresamos a la pared, cuando Emma vuelve a estar aprisionada entre mi cuerpo y el muro, el baile parece perderse por un momento en el tiempo. Siento la presión de su tacón en mis caderas al cerrar su pierna, provocando que entre mi cuerpo y el suyo se borre absolutamente toda distancia. Mi pelvis se aprieta contra su vientre bajo de forma natural, acoplándose a la perfección, como si hubiesen estado diseñados para este momento desde el principio. Su exclamación es respondida con un suspiro de mi parte, un suspiro de gusto y anhelo cumplido. Pero es parte de la esencia del baile, ¿no es así? El unirse con la otra persona, el dejarse envolver hasta que los dos se convierten en uno, y se consuma la naturaleza y el propósito de abandonarse a las sensaciones. Rozo despacio la piel de su cuello con mis labios, dejándole sentir mi aliento cálido, al tiempo que siento su mano acariciando mi cabello. Nuestras respiraciones están acompasadas, igual de aceleradas, y puedo notarlo por cómo su torso se mueve contra el mío, remarcando la sensualidad de sus curvas y lo exquisito que se siente. El baile se pierde en el tiempo cuando dejamos de influirnos por la música, y los roces responden a otro tipo de estímulo, más íntimo, más erótico.

Aparto lentamente mi rostro para mirarla a los ojos con una sonrisa cómplice en los labios al escuchar su respuesta, degustando la idea. Volteo la cabeza para ver un segundo el escenario cuando la nueva canción empieza a sonar, y luego poso nuevamente mis ojos en Emma. Es un ritmo totalmente distinto a los anteriores, más oscuro, más incitante... por no mencionar la letra. Mi acompañante parece cambiar cuando la música se apodera de ella. Se deja llevar con mucho más placer, como si el canto la liberara de toda atadura y tabú, abandonándose a todo riesgo y todo deseo por el gozo del momento. Y llenándome con su energía y vibra, la acompaño en el deleite del nuevo baile, mucho más íntimo que el anterior, y mucho más osado y enérgico.

Cuando Emma sube despacio su vestido hasta dejarlo cubriendo sus caderas, los movimientos de nuestras pelvis se acentúan más y se marcan con mayor lascivia, provocándome un fogonazo de placer. Mi mano vuelve a recorrer su muslo con lentitud en el instante que siento cómo me atrae más hacia ella, recreándome con la agradable sensación al acariciar su piel sobre la media negra. Y guiándome por el ritmo, cierro mi otra mano en su otra pierna y la acerco también a mis caderas, cargando a la chica contra mi abdomen. La estrofa que canta en ese momento me hace sonreír, y repito sus movimientos con cada golpe de la batería, movimientos que sólo consiguen aumentar la tensión en el ambiente y la excitación que produce que nuestra piel se erice en un escalofrío. Y al oírla entonar casi en un susurro sobre mi oído, me reprendo mentalmente por no haberla escuchado cantar antes. Es como si Emma respirara y viviera la música, transportándote a otro mundo de sensaciones enérgicas y libertinas. Mis manos se dedican a acariciar sus muslos mientras nuestros cuerpos se dejan llevar por el ritmo, y exhalo otro suspiro al sentir sus labios recorriendo mi piel. Al tener tan próximo su cuello, desciendo con mi boca hasta posarla allí. No la muevo, sólo mantengo el roce de mis labios sobre su piel.

En ese momento noto sus dedos jugando con mi cinturón, en aquella área donde nuestros cuerpos están más unidos y donde los movimientos son más continuos. No es más que un instante, una parte más de este baile tan poco ortodoxo, pero suficiente para que la sangre corra con más fuerza por mis venas, provocando que mis palpitaciones se acrecienten en mi zona baja. Vuelvo a presionarme contra su cuerpo, en un lento pero estimulante movimiento, sintiendo por un segundo el roce de la parte superior de sus pechos contra mi piel por tener levemente desabotonada la camisa, al apretar su torso con el mío. Cierro los ojos, justo cuando un espasmo de placer me sacude en el instante en que sus dientes muerden suavemente mi clavícula. Es una sensación deliciosa, y le respondo dejándole un pequeño beso en su cuello, antes de alejar despacio mi rostro.

Separo también mi torso, observándola. Intento mantener controlada mi respiración, calmar un poco las pulsaciones que recorren mi cuerpo. Continúo aferrándola por los muslos, con sus piernas rodeando mi cintura, y noto el brillo en su mirada. Guardo silencio por unos minutos en lo que tardo en tomar control nuevamente de mis acciones y pensamientos. Veo sus brazos apoyados contra la pared, casi en un gesto de entrega, pero también de disposición a lo que pueda surgir, al azar y al destino mismo. No respondo inmediatamente. A pesar de que mi corazón esté latiendo con agitación, no me olvido del contexto en el que estoy. No me olvido de la batalla entre los instintos y la moral. Y sabiendo cómo termina... Bajo lentamente sus muslos para que vuelva a quedar de pie frente a mí, y aproximo mi boca a su oído.
Tengo sed... Vayamos al apartado por otro trago —murmuro para que pueda escucharme por encima del barullo, dejándole sentir por un momento el roce de mis labios. Pero me aparto nuevamente y tomo su mano, guiándola por entre la multitud hasta llegar nuevamente a nuestra mesa tapada por cortinas negras a los costados. Le pido al bartender un whiskey on the rocks, y tomo asiento en mi silla, observando otra vez a Emma—. Fue uno de los bailes más adictivos que tuve nunca —confieso, hablando con calma y con naturalidad, sabiendo que ella no se lo tomará como un intento de ligue adolescente, sino como una opinión real que sólo busca reafirmar lo evidente. Tomo el vaso que me tiende la mesera cuando trae las bebidas, y bebo un trago, notando rápidamente cómo la bebida fría disminuye un poco la temperatura de mi cuerpo. Mis ojos se fijan nuevamente en Emma—. Cantas bien. Cantas muy bien. Como si la música te transformara y dejaras salir todas las emociones afuera. Es uno de tus rasgos más atractivos.
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Invitado el Vie Jun 12, 2015 1:42 am

Emma solía ser una persona que procuraba calcular sus movimientos. Y aun las catástrofes las proyectaba con un rango de daño mínimo. Si bien no podía reinar sobre cada variable, se mantenía en el margen seguro de su vida. No por temor, pero porque lo necesitaba. Cuando se había jurado tomar provecho de su vida juvenil, no lo había dicho sin pensar. Ella necesitaba llegar impune a su vida adulta y no estropear los proyectos que se cernían ahí. Aun así, en un punto de la velada había tomado todo ese control y lo había olvidado ahí donde su conciencia no pudiese encontrarlo para que la dejara hacer. Pero eso era lo de menos, por supuesto. Muchas personas hacían exactamente lo que ella había hecho. En realidad, Emma se había deslizado en el descontrol incontables ocasiones sin remordimiento alguno, empujando las variables lejos. Lo que hacía interesante ese momento y le liberaba de todo pensamiento peligroso y dudoso era que se sentía segura. Las variables estaban de vuelta y con todo sabía que el daño sería mínimo. Porque trataba con la persona que le había enseñado a saltar con energía pero que le había educado a mirar antes. Entre los dos, sabía que no tenía que despejarse de sus pensamientos ni tampoco limitarse. Ahí era su mente la que se imponía con astutos movimientos y eran sus deseos los que se escapaban en sus movimientos rápidos e inexistentes. Todo en una caótica armonía. Eso era lo nuevo.

El imperioso deseo de alzar sus brazos contra la pared y dejarlo inmovilizarla ahí le invadió con una agradable sorpresa. Sin lugar a duda le gustaría, como el suspiro masculino que chocó contra su boca le demostró que tal vez no fuese la única con esa idea. Pero no lo hizo, porque se sentía más a gusto recorriéndolo, arrugando su ropa y descolocándola. La piel se le erizó por el simple roce de su boca. No la marcó, ni siquiera la besó. Solo la recorrió y su cuerpo reaccionaba exponencialmente. Lo abrazó contra su cuerpo aunque no era necesario porque cada parte de su cuerpo que podría sentir la presión masculina estaba hirviendo por el íntimo contacto entre ambos. No podía existir más cercanía y aun así se aferró a él, porque aunque no podía permitírselo, el deseo de poseerlo era demasiado tentador así que en lugar de eso sus manos lo abarcaron hasta poder memorizarlo y se perdió en ese recorrido ciego y sediento. Y sus labios siguieron cada perfil, la curvatura de su oreja, el recorrido de su mandíbula hasta su mentón. En su boca se quedó la electrizante sensación de haber acariciando íntimamente la ligera barba de Kieran que le daba esa apariencia despreocupada y jovial que podía ser la perdición de más de una.

Algo existía en la música, en el canto en realidad, cuando ella podía dominar la primera voz. El veneno corría por ella dándole delirios febriles del Infierno en la Tierra. Y ella pertenecía ahí. Cada vez que el ritmo se influía con su cuerpo y su boca se dedicaba a los conjuros de la música, ella se sentía en su ambiente, quemando su vida rápidamente, perdiendo su energía y poseyendo cada una de las terminales nerviosas. A pesar de estar sostenida por la pared, cuando rodeó con sus piernas las caderas masculinas, sus manos se sostuvieron fuerte y su voz perdió por un ligero momento fuerza porque el aire se le había perdido. La letra de la canción escapó de sus labios casi sin pensarla demasiado porque sus sentidos estaban concentrados en las manos que la acariciaban y parecían a veces multiplicarse hasta llevarla al límite. Pero le gustaba sentirse en la cúspide de cada uno de sus sentidos, embriagada por la colonia masculina, con sus manos acariciando piel expuesta como cubierta con igual deleite y su alma vibrando al igual que las partes más perceptivas de su cuerpo. Ella es consciente que lo ha llevado a un terreno sin reglas, en un juego de gira y afloja. No va a engañarse creyendo que mágicamente han llegado al punto en que cada golpe de batería le hace contener el aliento y sentir la cúspide más alta, más delicada y más emocionante que antes al punto de que es una locura el cómo se podría mantener atada a la cordura. Ella es consciente de todo eso pero no lo ha engañado tampoco y lo sabe. Al mismo tiempo que sus dedos acarician la nuca masculina, dejándolo posarse en su cuello como punto seguro. Emma sabe que una palabra o un simple movimiento podría cambiarlo todo y puede estar entre ambos. Pero en ese momento, por lo menos en ese día, se sentía embriagada en la tortura que en la que ella misma participaba, dominaba e impartía al igual que recibía. Todo eso era un idioma de entredichos, ambos se encuentran en un capítulo perdido y estaban bebiendo del mismo hasta desaparecerlo. Y por eso terminó con un pequeño beso en la piel expuesta.

Emma lo observó a través de sus pestañas. Le sonrió en cada segundo que se tardó en recuperarse y ella solo esperó que sus piernas la sostuvieran después de todo eso. Una rápida mirada a su alrededor demostró que no habían llamado la atención. Después de todo no habían sido los primeros ni los únicos que usaban una pared para acercarse más, aunque algo le decía que ellos le habían dado un uso muy diferente al que cualquiera le hubiese dado. Cuando sus pies tocaron el suelo, lo siguió por entre la multitud hasta su apartado y se sentó en su lugar sin antes pedir otro Tom Collins, que cuando lo bebió le supo a ambrosía después de sentir que había perdido su energía en una explosión de sensaciones que seguían palpitando en la piel. Muy tranquilamente se apoyó en la mesa y descansó su mentón sobre su mano, encogiéndose de hombros- Tengo que admitir que me esforcé para impresionarte -¿Por qué mentiría? Después de todo lo compartido y tanto que le conocía, era innecesario fingir desinterés o misterio innecesario. Sus labios se remojaron con la bebida fría y sonrió, respirando aun con fuerza- Me halagas… Aunque me lo pusiste difícil. A veces perdía el aire. –aunque debía felicitarse. Ni en el momento más difícil creía que perdería la concentración después de esa prueba tan curiosa. Eso le dio gracia. Aun en la forma más peculiar, Kieran podía ser un excepcional profesor- Tú bailas muy bien. Me tomaste por sorpresa. Nunca había conocido a alguien con tanto control sobre si mismo que pudiera seguir mi ritmo –levantó su vaso, brindando por él y tomó otro trago- Kieran, has despertado una gran curiosidad en mí. No te lo tomes a mal, –aclaró, enderezándose hacia su dirección- pero tendré que quedarme con la curiosidad de muchas cosas por el día de hoy –porque ninguno de los dos iba a escabullirse a un baño y a quitarse la ropa con una actitud sin pies ni cabeza. O así lo veía ella. Su curiosidad permitida para esa noche tenía ciertos elementos que podía permitir descubrir pero otras… otras estaban lejos de ser satisfechos esa noche en particular.
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Invitado el Sáb Jul 11, 2015 8:22 am

Pareciera como si el mundo se hubiera tomado unas vacaciones y se hubiese olvidado de nosotros, dejándonos aquí, en la semi oscuridad, abandonados a nuestra suerte. No sé si pasaron días, horas, o tan sólo unos minutos desde que empezamos a bailar. El tiempo también se fugó, para no ser juzgado como testigo... o tal vez el término más preciso debería ser voyeur. Porque lo que empezó como un baile se convirtió en algo más. Y si el muro contra el que Emma está apoyada pudiera hablar, se sonrojaría al confesar lo inconfesable. El sentir la boca de la joven Slytherin recorriendo con gusto desde mi oreja hasta mi mentón, lentamente, como si quisiera grabar a fuego en su memoria todo lo que sus sentidos han podido capturar esta noche, me estremece de pies a cabeza. Y mis manos buscan lo mismo, al igual que las suyas, al transitar su cuerpo con el más apasionado deleite. Mis piernas hace rato ya que no abandonan su lugar, dado que el ritmo y el movimiento se trasladó a nuestras caderas, y al vaivén entre ambas que la música nos excusa con cada golpe y cada rasgueo de los instrumentos.

El aire se enrarece a nuestro alrededor, se termina de viciar por completo. Nada tiene que ver el humo de los cigarros o del escenario, ni tampoco el sudor y el calor que irradian las parejas en torno a nosotros. El aire cambia por el aroma de Emma, su agitación, su propia transpiración, lo mismo que la mía, la excitación de nuestros cuerpos, los roces, el baile, la canción, como un tren avanzando a mil revoluciones por segundo. Nos movemos en un territorio donde no existe la moral. No existe porque no la dejamos entrar. Conocemos los límites, sabemos dónde está el inicio y el final de todo. Y cuando sabes eso, te puedes permitir disfrutar del camino, ahogarte en los placenteros detalles, y en los suspiros que revelan más que incontables palabras.

Cierro los ojos unos instantes al contener el aliento, cuando nuestras caderas se buscan y se encuentran con agradable delirio. Manteniéndola aferrada por los muslos, para que no caiga al suelo y sus piernas sigan entrecruzadas alrededor de mi cintura, miro a Emma a los ojos. Esa es otra manera de hablar sin palabras, sólo observándonos fijamente, en silencio. Diciendo mucho pero sin decir nada. Estamos al borde del abismo, y ambos sabemos disfrutar de esa sensación de estar a punto de caer, pero manteniéndonos en tierra firme. Es el cosquilleo del vértigo lo que más nos estimula en estos momentos. No el placer de la caída, sólo la locura que la precede. Su cuerpo es una tentación, una que con mucho gusto dejaría que me alcance y me hunda en las profundidades. Su aroma me embriaga mejor que cualquier licor, y aún así tengo la suficiente entereza para no beber de él. No esta noche.

La mirada y la sonrisa que me dedica cuando todo termina me aseguran su complicidad, y su disfrute tras lo que al comienzo fue un baile y al final terminó en un juego de roces contra la pared. Pero para eso último no necesitaba más pruebas de las que ya me había dado. El refugio que nos ofrece el apartado me devuelve nuevamente al mundo que parecía habernos abandonado. Mi mirada no se aparta de Emma mientras bebe su Tom Collins, mientras yo refresco mi garganta con un poco del buen escocés. Ha pasado tiempo desde la última vez que mi cuerpo se revolucionó de esta forma. Incluso todavía necesita de unos cuantos minutos más para serenarse del todo. La joven Slytherin tiene maneras de influir en las personas, pero no sabía que el baile y la música fueran una de ellas... una agradable sorpresa, en verdad.
Me dejaste más que impresionado, tenlo por seguro... —respondo con calma, esbozando una breve sonrisa. Ésta se acentúa por su siguiente comentario, sin negarlo—. Lo sé... y no eras la única que lo perdía —comento, bebiendo otro trago de whiskey. Una corriente helada es lo que necesito ahora, como la que me regalan los dos cubos de hielo flotando a la deriva en el vaso. Cuando acepté venir aquí con Emma, no me imaginé que nada de esto llegara a pasar. Algunos dirían que fue algo arriesgado, pero si volviéramos al principio, lo haría todo de nuevo. Levanto mi vaso cuando brinda, bebiendo con ella—. Gracias a ti por el cumplido —murmuro, sin dejar de sonreír.

La observo inclinarse en mi dirección, siempre mirándola a los ojos. Sus palabras son también mis pensamientos, y por eso no hace falta repetirlas. Dejando el vaso en la mesa, acerco mi cuerpo a ella para depositar un beso en su mejilla, antes de ponerme de pie.
Tú y yo, Emma —digo como toda respuesta, pues la curiosidad se quedará conmigo por un largo, largo tiempo, puedo prever. Dejo unos billetes sobre la mesa, pagando los tragos de mi acompañante y los míos, y luego le tiendo una mano para ayudarla a levantarse—. Es hora de retomar cada uno su camino. Te veré en el colegio el próximo lunes. No te pierdas en el trayecto de regreso a casa, y cuídate de los lobos feroces —sonrío de costado—. Hasta pronto, Emma —me despido, antes de abandonar el bar.
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Invitado el Miér Jul 22, 2015 4:01 am

En su mente nunca había pasado la posibilidad de que eso ocurriese. Ni por asomo. Kieran había sido siempre una imagen constante, misteriosa, inteligente, seductora (por supuesto) pero platónica. Él era el roce de la adultez, los arañazos de un mundo siempre lejano a ella. Emma lo veía de esa manera, porque la diferencia de edad siempre estaría ahí. Pero ella se había transformado, de querubín hacia una hada y de esta a una ninfa. Siempre con pequeños movimientos entorno a él, buscando su aprobación. Desde que Kieran había sido un hombre joven hasta la madurez en toda su expresión ¿Quién le hubiese dicho que llegaría a buscar que él le diera su visto de bueno de que ya era una mujer? Y ni siquiera de esa manera hubiese imaginado que se involucraría en una situación así. Mucho menos con él. En realidad, gracias a Kieran sabía que no quería ser la inocente e inexperta muchachita, sino la curiosa y dominante joven. Pero debía admitir que ese momento, contra su cuerpo, sintiéndolo, estremeciéndose por sus dedos, conteniendo el aliento por sus labios… había sido una experiencia inolvidable. No había nacido para ser una sumisa e inocente amante, eso había sido demostrado, pero podía entender por qué otras aceptarían ciegamente el ser doblegadas por alguien como Kieran.

Y aun así su cuerpo había hervido hasta niveles cegadores, donde apenas su conciencia le había recordado como mantenerse firme y no rogarle, tal vez suplicarle, que continuaran eso en otro lugar. Una sombra se había mantenido entre ellos y agradecía a Merlín que así fuese, porque su relación era perfecta sin recuerdos de cuerpos desnudos, cuerpos estremecidos y electricidad asfixiante. Aun así, todo ese tiempo sabía que había un límite y si no tenía cuidado este no existiría una próxima vez. Eso era algo que en la mañana debería pensar ¿Deseaba una próxima vez? Porque en ese momento, en el borde del abismo, con su cuerpo palpitando y su cuerpo rodeado por el aroma masculino podría jurar que si ¡Sin dudarlo! Una próxima vez más arriesgada, un encuentro más peligroso, caer y dejar que la estimulación acumulada explotara en una promesa de fuegos artificiales y estremecimientos hasta la inconsciencia donde su propio nombre se borraría de su memoria por eternos minutos e incontables veces. Pero ¿Mañana? ¿Ese fantasma la detendría y le diría que no estaba bien? ¿Le diría que sería mejor mantener las cosas al borde, jugando con los si hubiera? Tal vez eso lo sentiría él. Tal vez ambos. No lo sabía. Pero en ese momento podía sentir el riesgo y peligro que a conciencia nunca se permitiría. Porque ambos eran calculadores, tenían metas, apuntaban alto y no juegaban con sus títulos, reputaciones ni nada. Solo en ese rincón oscuro se permitieron olvidarlo todo y vibrar hasta que era doloroso el control, peligroso, adictivo.

Amaba la música y el baile. No era una experta pero siempre que había incurrido en esas dos prácticas había sido en lugares donde sus títulos, apellidos, Casa y ascendencia no la afectaban. Todo era liberador, podía ser solo una joven que sonreía a extraños y reclamaba su libertad con cada nota y disfrutaba de la vida con cada movimiento. Pero después de eso… oh… después de eso había encontrado una total liberación, caótica, como el Tártaro mismo, se había sentido como Eris en su mejor momento y lo había disfrutado. Si, definitivamente no era la sumisa jovencita que se doblegaba a las pasiones de un hombre poderoso pero había sido inolvidable. El cosquilleo entre sus muslos le decía que tendría que encontrar alguien más… inocente donde derramar sus palabras y provocarlo hasta que explotara para ella y la empujara en un caos diferente y apasionado que no le costara su familia, su educación ni futuro.

Ya en la mesa tomó su mano, terminándose su bebida. Ella se acomodó su ropa y se encaminó hacia el lugar donde había dejado su chaqueta, miró a Kieran con una pequeña sonrisa- Los lobos feroces no podrían conmigo hoy, para ellos sería mejor no aparecerse frente a mi. –admitió.

En general, pensó mientras se ponía su chaqueta, no creía que ningún depredador de aspecto supuestamente tierno y dulce pudiese con ella esa noche. Emma le guiñó un ojo a Kieran, confiándole así que iría directo a casa. Literalmente. Y cerró su mano en el transportador. Al segundo siguiente el tirón la hizo cerrar los ojos para abrirlos justo en frente de su casa. Pero ni eso le quitó la idea de la cabeza ¿Lobos feroces? ¿Depredadores? Aunque le gustaba la idea… Lindos, tiernos, aparentemente inofensivos, habían depredadores así que podían volverse terribles y peligrosos con la provocación adecuada, el combate íntimo justo. Todo un reto.

Caótica tentación…
Emma suspiró cuando notó que el rostro de cierto Gryffindor apareció en su mente y tuvo que negar varias veces antes de entrar a su hogar ¿Kieran le había dejado tan mal que ahora su cuerpo y mente le estaban traicionando con otro imposible? Maldición… el hecho que se negara a pensar en Kieran, no significaba que su cuerpo le dijera que podía provocar a un amigo que despertaba todo su interés con su aparente inocencia. Emma saludó descuidadamente a su padre, agradeciendo que su madre se hubiese ido a dormir. Ya pensaría lo que le contaría de la fiesta y cuánto le comentaría de su encuentro con quien había sido su amigo en Hogwarts… solo esperaba que su madre no indagara demasiado.
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