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Dirty Pretty [Ella K. Noregue]

Abigail T. McDowell el Jue Jun 04, 2015 1:18 am

Las horas más estresantes de mi jornada laboral, sin duda alguna, eran las tres primeras. Esas en dónde la gente parece tener la mala hostia pronunciada y en dónde debo discutir con los jefes de departamento e incompetentes empleados por estúpidas opiniones que, al parecer, creen que tienen algún tipo de importancia para el Ministro. ¿Acaso no saben todavía que lo que dice el Ministro va a misa si él así lo quiere? La ilusa gente que se cree que tiene oportunidad de hacer algún cambio me hace gracia y a la vez me cabrea, porque hacerles entrar en razón es casi tan difícil como el hecho de que un Hufflepuff haga algo útil con su vida.

Cuando por fin había hecho mi ronda diaria por aquellos departamento que me habían reclamado o bien yo debía de ir a decirle algunas cosas de parte de mi querido jefe el Ministro Winslow, pude volver a mi despacho para terminar con algunos asuntos más privados y confidenciales. Ya que mi trabajo no se resumía en hacer de recadera, sino que el Ministro me confiaba cosas realmente importantes a las que debía de dedicarle bastante tiempo.

Antes de entrar a mi despacho, como no, debía de pasar antes por la mesa de mi secretario. ¿Cuándo iba a tocarme un secretario decente? ¿Cuándo? Primero la Hufflepuff retrasada, luego la lesbiana acosadora y ahora este tío… Aunque bueno, por lo menos éste tenía de atractivo lo que le faltaba de neuronas.

¡Señora McDowell! —dijo Mike. Es que encima se llamaba Mike, el típico Mike inútil.

¡Señorita, Mike! ¿Cómo qué señora? ¿Cuántos putos años te crees que tengo? —solté una palabrota porque Mike llevaba ya una semana ejerciendo de gilipollas y parecía no tener neurona para retener información simple— A la próxima te mando con la Señora Hume, la de limpieza. Esa es una señora y por lo menos harás algo acorde a tu inteligencia —le dije mordaz, tirándole encima de la mesa dos informes— Pásalos a limpio y llévalos al buzón para que sean enviados a Francia cuánto antes. Los malditos franceses tienen prisa.

La noto estresada —me dijo Mike. Vamos, troll en Aritmancia y Utilidad pero un Supera las Expectativas en Adivinación. Le aplaudí irónica y mentalmente, lo cual se reveló en mi mirada de pocos amigos.

Tú me estresas, Mike. Hazme el favor de mandar a la mierda a cualquiera que venga a verme en las próximas dos horas, ¿vale? A no ser que sea algún Jefe de Departamento con la vena hinchada y ésta amenace con estallar y mancharnos la alfombra… —le dejé claro, dándome la vuelta y caminando hacia mis despacho.

¡A sus órdenes, señorita McDowell! —dijo con voz entusiasmada. Yo puse los ojos en blanco. De verdad, retraso. Ese hombre tenía algún tipo de retraso. ¡Era demasiado feliz!

Entré en él y me desabroché el botón de la chaqueta ajustada, quitándomela y quedándome con una suave camisa de tela translúcida junto a la falda. Dejé la chaqueta en el respaldo de mi silla y me senté, soltando aire para tranquilizarme antes de ponerme manos a la obra.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Lun Jun 15, 2015 7:19 pm

Off siento haber tardado tanto, entre que he estado enferma y la inspiración ha sido nula (como posiblemente podrás comprobar) me ha sido imposible subir antes la respuesta.

No tener un trabajo con horario fijo y tareas predeterminadas no suponía tener tanta libertad como uno podía pensar, a no ser de que fueras uno de esos tipos que prefieren quedarse tumbados sobre algo cómodo y ver pasar la vida sin hacer anda de provecho, deteriorando su cuerpo y su mente sin hacer nada de provecho. Si eras de esa calaña, pobre de ti, pero Ella no lo era en absoluto. Tener una rica herencia por parte de sus padres y su difunto marido le había otorgado tal comodidad financiera que no tenía porque preocuparse por el oro en el resto de su vida. No era derrochadora y tampoco tenía un heredero o heredera por quien preocuparse de que la fortuna no disminuyera y así tuviera un buen legado, uno apropiado como lo tuvo ella, y sus padres antes y así durante generaciones.
Aun así, esta condición no era una bendición en absoluto, pero esto ya es otro tema.

Retomando el tema anterior, que no tuviera un trabajo con su contrato y su nómina a fin de mes no significaba que Ella no tuviera nada que hacer en su día a día. Su ventajosa condición le daba tiempo libre para otros quehaceres que, en su valiosa opinión, eran de una importancia mayor que cualquier otra. Cualquier tema relacionado con la misión de su señor entraba en prioridades en su lista de objetivos ; y dado que su papel principal en el grupo, por el momento, se traba en la vigilancia, cada día daba todo lo que estaba en su mano para asegurarse de que ningún miembro de esa dichosa Orden del Fenix, ni ningún otro enemigo de los mortífagos, quedase bajo identidad oculta ni se aproximara a la sede o a los temas privados que correspondían al selecto grupo de magos y brujas.

Ella siempre había sido buena en sus tareas y no pensaba dejar de serlo hasta el último de sus días. Decir que se lo tomaba exageradamente en serio no era una forma de hablar, decir que alcanzaba el punto de la obsesión era una aproximación casi exacta.

Por suerte para ella, el ministerio era un hervidero de información andante, un suculento plato compuesto por aliados, enemigos y lo que denominaba “neutros” en donde la tarea podía ser extremadamente sencilla o compleja. Rara vez encontraba un punto en medio, aunque no nunca, y cuento más complicado le parecía, mejor se sentía. El trabajo que requería esfuerzo solía ser el más prometedor, el más valioso, y Ella buscaba ese reconocimiento que no se obtiene sumando dos más dos y entregando el resultado en una hoja de papel.
Infiltrarse solía resultarle fácil gracias a ciertas habilidades que nada tenían que ver con ser metamorfómaga, aunque era una habilidad que de vez en cuando usaba. No siempre quería ser vista con su aspecto original y que pudiera levantar sospechas una presencia constante, aunque pensándolo detenidamente ¿Que sospechas podrían tener de una mujer como ella? Elegante, sonriente, casi podría parecer cálida... y no es como si no tuviera coartadas bajo la manga. Al fin y al cabo, su compañera era la asistente del ministro y es precisamente a quien iba a ver.

-Vengo a ver a la señorita McDowell -Dijo al secretario que aguardaba a las puertas del despacho de Abi McDowell. Ni siquiera se veía en la obligación de tener que informar de sus intenciones, pero le gustaba la sensación y no iba a privarse de ella. Ni de ella ni de nada.
Su intención era simplemente informar al jovencuelo y pasar antes de que pudiera articular palabra, tal y como solía hacer, con sus aires de soberbia imponiéndose a cualquier norma. ¿Acaso se veía como una insulsa bruja que debía esperar a que alguien le diera permiso? ¿A que un secretario le ordenar?
No.
Pero el muchacho no parecía compartir sus ideas, y tan pronto como terminó de hablar, le interrumpió el paso. La señorita McDowell no acepta visitas. Al menos no le había interrumpido mientras hablaba.
-Vengo a ver a la señorita McDowell -Repitió con un tono más serio y una mirada que esperaba que hablase más que las palabras. Para su no sorpresa, el chico siguió tozudo en que no podía entrar y, para su mal, osó tocarle el hombro para hacerla ir atrás.
~ . ~

-Tienes unos empleados muy... especiales Dijo Ella entrando al despacho con una sonrisa prácticamente radiante, cerrando la puerta tras ella con tan solo un giro de varita. -¿Un día ajetreado, querida?
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Jue Jun 18, 2015 12:43 am

Tenía mucho trabajo que hacer, pero lo que realmente urgía eran las llamadas que debía de hacer. Me pasé la gran mayoría del tiempo con la Red Flú en comunicaciones con otros países. Parte de los trámites que debía de hacer eran en relación con los juicios de esta semana, mas la gran mayoría y los que poseían mayor importancia eran en relación con los mundiales de Quidditch. Yo no los organizaba, para eso estaba su departamento, pero había cosas más… íntimas, o dejémoslas en confidenciales, que el Ministro me las había encomendado directamente a mí.

Cuando terminé de hacer todas las llamadas, me puse a organizar y firmar el papeleo que tenía como prioridad encima de mi mesa. Aunque no me dio tiempo, ni siquiera de pasar al despacho del Ministro para que me firmase algunas cosas antes de que se fuera a tomar el desayuno, ya que alguien abrió mi puerta. ¿Pero qué le había dicho a Mike?

Voy a tener que matar a ese secretario para que me pongan otro.

Pero no, si Ella ya estaba entrando a mi despacho con la varita por delante, o está muerto, o está pidiendo la renuncia. Solté un bufido ante su comentario sobre mi empleado. Yo era la primera que pensaba que mis secretarios eran elegidos por un ente que me odia. Eran especiales de retrasados. Su coeficiente intelectual es mínimo, útiles junto a los hornos de las hostelerias para crear pasteles, así su mente no se les enfría y muestran su retraso. Yo creo que ese era su trabajo ideal.

Es Hufflepuff, no pidas donde no hay… —puse los ojos en blanco, levantándome de mi silla para saludar a mi compañera de la manera que se merecía. Lejos de ser la zorra hostil que suelo ser con los jefes de departamentos o cualquier trabajador del Ministerio que venga a hablarme, aquellas personas que tienen algo en común conmigo y que tienen tanto interés como cercanía con el Señor Tenebroso, hacían que mi hostilidad fuera menor. Al fin y al cabo, entre iguales, yo exijo respeto. Y Ella sin duda lo era—. Muy ajetreado—dije claramente, curvando una sonrisa. Era muy atenta por su parte el preguntarme, pero hasta a mí me aburriría decirlo. Una vez llegué en frente de ella, le di dos besos, uno en cada mejilla—, pero no quiero aburrirte con asuntos que realmente no te interesan. Ya que has venido, aprovecho para tomarme un descanso —le guiñé un ojo y retrocedí, haciendo un movimiento con la mano para que se sentara en uno de los sillones.

Mi despacho era amplio. Nada más entrar, a la derecha encontrabas dos sillones, uno de dos plazas y otro de una, acompañado de una pequeña mesa en dónde tratar asuntos menos formales. Al fondo del despacho estaba mi mesa acompañada de dos sillas, pero me parecía de mal gusto tratar a una mujer como lo era ella de esa manera. Había personas y personas y, por mucho que me gustara fardar de mi poder y mi posición, con ella no era una de esas personas. Me senté, entonces, en el sillón de una persona. Me crucé de piernas y coloqué las manos sobre los posabrazos.

¿Qué puedo hacer por ti? —pregunté, consciente de que no era precisamente Abi McDowell, la chica con más visitas por placer que por negocios. Era un buen contacto para mis compañeros y abusaba de mi poder para conseguir aquello que quería, por lo que no era extraño que más de una persona viniera a pedirme algo que ellos no podían conseguir y yo sí. Aunque quizás me equivocaba—. Hacía tiempo que no te dejabas ver. ¿El Señor Tenebroso te tiene ocupada? —Alcé mis manos levemente, dando a entender que mi despacho era una mina silenciosa. Era imposible que se escuchase nada desde fuera y, dentro, no había nada de lo que preocuparse. No conocía muy bien la historia de Ella, pero por las reuniones, parecía una persona bastante cercana a Lord Voldemort y ya solo por eso, era importante también para mí.

Off: ¡No te preocupes! Smile
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Jul 03, 2015 1:49 am

off: juro solemnemente que el próximo será mejor.

Guardó la varita en la funda que llevaba atada a la cintura de su túnica y se dispuso a echar un rápido vistazo al despacho. Había estado anteriormente más veces, y parecía que la mesa nunca terminaba de despejarse de trabajo.
Al oír la casa a la que había pertenecido el secretario, no pudo reprimir un gemido de desdén mientras rodaba los dedos, fortaleciendo así su opinión sobre aquel hecho.
-Oh, no hace falta que me digas más. Serán una mano de obra productiva, pero no se les puede dejar nada que requiera un mínimo de autoridad -No era ningún secreto que clase de magos iban a parar a la casa de Helga Huffelpuff; por mucho que intentarán decorarlo con “trabajo duro” para hacerlo más noble, la mayoría de los magos y brujas que no tenían nada de especial iban a parar allí. Al fin y al cabo, la propia Helga en los tiempos de la fundación acogía a los magos que el resto de las casas desechaban. No era soberbia por haber pertenecido a la honorable casa de Slytherin, con todo lo que ellos suponía, sino que eran hechos históricos irrefutables. Cualquiera que se atreviera a cuestionarlo, bueno... a parte de hacer perder el tiempo valioso podría perder algo más.

Se sentó en el sillón que Abi le ofreció y se cruzo de piernas, manteniendo la espalda recta y una pose elegante.-No como a mi me gustaría, desde luego -Respondió con picardía junto a una risa. Encontrar a alguien con la que pudiera sen tan sincera y abierta se le habría antojado una idea ridícula e imposible hace unos cuantos años, ni siquiera con sus talentosas habilidades para la adivinación había logrado adivinar una relación así, aunque para su justificación, no se había puesto a mirar las cartas o los posos del té en cuestiones relacionadas con la amistad cual adolescente en desesperación. No le preocupaban mucho las amistades en ese grado, pero les daba la bienvenida cuando se presentaban y las cuidaba para que no murieran. La emoción de lo desconocido.
-Mucho trabajo, por lo que veo -Comentó con una chispa animada. Tampoco era de extrañar dado su puesto; y por lo que sabía, las fechas no daban para muchas relajaciones. -Pero nada que Abi Mcdowell no sea capaz de llevar ¿Verdad?
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Sáb Jul 04, 2015 6:04 pm

Tenía razón con respecto a los Hufflepuff. Después de todo el bullying que le hacíamos a los de Hufflepuff, el grado de inutilidad de las personas se empezaría a medir en una nueva medida. O peor, Hufflepuff sería la mayor e imposible de superar. Inútil nivel Hufflepuff.

Pero bueno, no había venido a hablar de mis empleados, o por lo menos eso esperaba. Y yo tampoco iba a malgastar el poco tiempo que iba a tener con ella para hablar de eso. Era una persona que nunca había pensado que podría caerme tan bien, quizás porque en ciertos ámbitos nos parecíamos y eso suele chocar, pero no, justamente hemos sabido encajar nuestras personalidades a la perfección. Quizás pueda deberse a que somos aliadas en una misma causa, motivo por el cual llevarse mal  puede ocasionar la discordia y eso el odio de tu jefe. Y a ninguna nos interesaba que Lord Voldemort nos cogiera manía por no saber lidiar con un igual.

No parecía estar a gusto con lo que el Señor Tenebroso le mandaba, algo que me sorprendió. O quizás si estaba a gusto, pero quería más. Era curioso, yo estaba tan ocupada, que para mí “mi tiempo libre” era ese que dedicaba expresamente a las órdenes y voluntades de Lord Voldemort.

Díselo. Seguro que le encantará mantenerte contenta —le animé. Las reuniones que solía hacer daban sin lugar a duda, frente a todos su personal de confianza, su “favoritismo” por algunas de las personas. Y bajo mi punto de vista, si Lord Voldemort podía atisbar el mínimo cariño por alguien, sin duda sería por ella. Pero vamos, que no es que nuestro jefe sea el hombre más cariñoso. Ni de lejos.

Nombró mi trabajo y yo moví ligeramente la cabeza hacia mi mesa, observando todo el papeleo que había. A simple vista parecía montón y… SÍ, era montón. Pero yo tenía mi ritmo y sabía que dicho volumen de trabajo no era un probema para mí.

Exacto —curvé una sonrisa— Eso saldrá hoy. Rara vez no llevo mi trabajo al día. Siempre y cuando todo esté en orden y ningún incompetente haga mal su trabajo... Lo que más odio es ir detrás solucionando los errores de la gente y que, por ende, se me retrase lo mío —puse ligeramente los ojos en blanco, ya que eso era algo que solía pasarme mucho, sobre todo con los nuevos o con los Hufflepuff. Es que los Hufflepuff no tienen remedio alguno…— Pero no me importa atrasarlo si es por algo importante. Hacía tiempo que no venías a visitarme al despacho… —comenté, mirándole extrañada, para que fuera libre de decirme, si quería, si había venido porque le apetecía o por algo en especial. Por mí no había ningún problema, es más, en ocasiones una distracción agradable era incluso agradecida aunque si lo que me ofrecía era una simple charla. Me levanté para acercarme a dónde tenía una tetera que siempre contenía agua caliente—. Me voy a servir un té. ¿Quieres?
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Jul 14, 2015 12:33 am

Aquel simple comentario bastó para que la imaginación de la mortífaga se disparara y fuera a mil por hora, y en ella se formaban las imágenes más atractivas que, si alguien fuera capaz de verlas, seguramente se escandalizaría y haría difícil ser posible volver a verla con los mismos ojos. Como diría su madre, no eran pensamientos propios de una dama, pero siendo totalmente sincera, no le importaba lo más absoluto dejarse de formalismos y finuras cuando solo estaba ella en la soledad que le proporcionaba una gran casa victoriana en medio de un bosque.
Una fantasía no hacía daño a nadie.
Y si además le ayudaba a motivarse, bienvenida fuera. Lo que ocurría en la intimidad de sus paredes era asunto suyo, y mentiría si dijera que es la única capaz de pensar de aquella forma. El miedo, el poder... eran buenos factores para aumentar el atractivo
-Oh ¿Tu crees? Tal vez se lo diga algún día. ¿Que tengo que perder? Por un instante, el tono bromista adquirió una musicalidad propia de la ensoñación, de quien habla con un deseo, no tan secreto, que desea que se cumpla más allá de las paredes de la imaginación.

Esperaba que Abi no se hubiera percatado de aquel sutil secreto que había osado escaparse desde lo más profundo de su subconsciente en aquel tono bromista. Y en el desafortunado caso de que oliera algo, fuera capaz de no hacer ningún comentario y ser lo más discreta que le fuera posible. Se estaba empezando a preocupar aunque aquello solo fuera perder tiempo y alterar sus nervios. Estaba convencida de que solo estaba preocupándose por nada, lo normal sería que solo estuviera siendo víctima de una mala pasada de sus propios pensamientos. Mejor sería dejarlo pasar y comportarse con naturalidad, distracción por si había cometido error y hacer que se le olvidara por completo.

Escuchó de buen grado como despotricaba mientras adoptaba una posición más cómoda y visiblemente relajada. Entendía de primera mano ese sentimiento, ver afectado tu trabajo por la incompetencia de otros era algo que empezó a experimentar dentro de las paredes del castillo de Hogwarts, en las aulas donde se impartían las clases que nutrían los cerebros de todos los conocimientos mágicos imaginables. Bueno, casi todos los conocimientos, algunos tenían que buscarlos por tu cuenta. También en la noble causa del Señor Tenebroso había sufrido las consecuencias de compañeros, aunque por fortuna no tendían a ser repetitivas y graves. Pero nunca era ella quien importunaba a otros. Ella era perfección en la causa, así se veía así misma.
Si alguna vez fue uno de esos patanes lo discutiría hasta darle la vuelta al plato.
-Tu tienes tu trabajo y yo el mio, últimamente he tenido que ir por otros lares, pero este es mi favorito, no lo dudes -Se excusó de tal forma que no se parecía en nada a ninguna forma de perdón, pero a Abi siempre le daría una pequeña explicación. Las amistades habían que cultivarlas todos los días, una flor no florece si no se cuida cada día.
Y el ministerio era un lugar que no podía descuidar. Mucha gente, mucha información valiosa.
-Tu si sabes complacer a una dama, querida mía. Por favor... -Aceptó siguiéndola con la mirada.
Anonymous
InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Jue Jul 23, 2015 11:11 pm

Lo dicho, había mortifagos que para el Señor Tenebroso eran pura escoria que sacrificar, mientras que él era sumamente consciente de quiénes eran esas figuras importantes que seguían cada uno de sus ideales con subordinación. Entre ellas estábamos tanto Ella como yo, aunque sin duda alguna, la diferencia de trato entre personal dejaba entrever claramente el posible aprecio que tendría por unos o por otros.

Fue entonces cuando le comenté por encima la indignación que tenía con el personal. No sólo ya mis propios secretarios, los cuales cambio con suma regularidad, sino por cada una de las personas que se creen competentes y no llegan ni a ser útiles. Finalmente me di por vencida, pues quejarme no me llevaría a ningún lado más que a una desesperación que no me solucionaría nada. Por suerte, con Ella siempre solía poder mantener una conversación interesante y en aquel momento no podía venirme mejor aquella distracción.

No esperaba menos —contesté en cuánto dijo que este era su favorito—. ¿Por qué otros lares has tenido que ir? ¿Algo interesante que deba saber? —añadí, con una pequeña sonrisa que delataba, en parte, mi curiosidad y mi perversidad.

Me levanté de allí para acercarme a dónde estaba la tetera siempre caliente y cogí dos pequeñas tazas con doble recubrimiento, de tal manera que aunque el agua estuviera ardiendo, podías coger perfectamente la taza y no quemarte. Serví en ambas el té y cogí un vaso con cada mano. Me acerqué a Ella y le tendí el de ella, sentándome yo nuevamente en el sillón con el mío en la mano. Me abstuve a decirle que quemaba, a que el humo que salía del vaso hablaba por sí solo.

No he estado muy informada de las nuevas en la Sede desde que empezó todo el lío en el Ministerio por el mundial de Quidditch. ¿Algo importante que me haya perdido? —le pregunté, consciente de que ella dedicaba su tiempo a complacer al Señor Tenebroso.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Lun Ago 10, 2015 10:01 pm

-Hogsmeade, el callejón Diagon... Típicos lugares con buena población de magos y... en fin...- Respondió moviendo la mano como si estuviera echando algo que se hubiera caído en su mano. Incluir en el grupo de magos y brujas a esos sangre sucia no le hacía ni pizca de gracia, pero le empezaba a resultar aburrido hacer la típica separación con sus correspondientes despreciativos. Ni dignarse a mencionarlos le parecía más que suficiente. -Lugares principalmente sospechosos. Un recorrido por las zonas más potencialmente sospechosas y los pueblos con población mágica. Los lugares más seguros quedan para el final, siempre puede haber una oveja descarriada. Y luego toca buscar a esos listos que se han instalado en las poblaciones de muggles quien sabe por que razón. -Era tan cansado como sonaba, y toda zona requería mínimo un par de días para no dejar nada suelto. A veces tenía que instalarse semanas enteras para no dejar una esquina sin pisar. -Lo que viene a ser la caza del gato y el ratón. Todos los sospechosos a traidores a la sangre tienen que acabar en una lista sin excepción, cada uno que se escape.... -Suspiró hastiada conforme iba visualizando sus palabras. -Cada uno que se escape, es un enemigo con ventaja aunque ni él o ella mismo lo sepa. Y aunque no tienen nada que hacer contra nosotros, no hay que arriesgarse dándoles ningún tipo de ventaja. -Le contaba todo ello porque sabía que la entendería la importancia de la dedicación meticulosa en todo lo relacionado con la causa del Señor Tenebroso. Le sorprendida, y de malas maneras, cuando alguien no mostraba tanto interés y dedicación, como si ello fuera algo secundario. No, mejor dicho, como si no fuera algo importante. Abby podía estar estos días un poco mas apartada del tema, pero no por falta de interés. Su trabajo exigía atención y con lo ventajosa que resultaba su posición sería un desperdició que, por un casual, lo perdiera. O que se empezaran a sospechar de ella. Lo que Ella no aguantaba eran esos niñatos y niñatas que veían ser mortifagos como algo más secundario. Entretenimiento. ¡Incorregible! Incluso con el tiempo justo, era algo por lo que merecía la pena hacer sacrificios, claro que no todos tenían tanto tiempo como ella. Heredera por partida doble, con un buen montón de oro y riquezas que podría vender en caso de apuro, aunque sus aptitudes le facilitarían algún que otro trabajo de buena remuneración.

-¿Podrías darle un toque irlandés? -Pidió, interrumpiéndose un momento, con una sonrisa coqueta. Su afición por el alcohol no era preocupante, Merlín sabía también el aguanto que tenía, pero necesitaba un poco de potencia, aunque fuera la mínima expresión. Un chorro de whisky, incluso de hidromiel o cualquier otra cosa con un poco de alcohol sería bien recibido. Luego continuo -Se hace una tarea más fácil cuando no tienes que dedicarte a otras cosas. ¡Gracias padre, gracias esposo por vuestro trabajo! -Brindó no sin poner cierta mueca ante la mención del no tristemente fallecido señor Noregue. Podría haberse quedado con todo lo suyo al enviudar, el colmo había sido un testamento sorpresa que la dejara con lo puesto, pero no limpiaba ni mínimo la imagen que tenía de él. Ni saber que se halla bajo tierra, pasto de gusanos, le ayudaba a hallar un mínimo de reconciliación. Lo que si se sentía era muy superior. La tomó por una dama frágil y fue golpeado con su puño de hierro.
-No te pierdes muchos estos días. Cada uno a su trabajo, tanto dentro como fuera de la Sede. De vez en cuando viene alguien con alguna información que no resulta ser tan jugosa como podría.
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Abigail T. McDowell el Sáb Ago 15, 2015 2:46 am

Ella era una de las pocas personas que realmente se preocupaban por esas personas que parecen inofensivas, pero realmente son una amenaza tanto para Lord Voldemort como para los ideales que éste profesa y todos los que le apoyamos. Muchos de los magos que no están de acuerdo con nosotros suelen pasar desapercibidos, ser unos “neutrales” en cuanto a idealismo, pero todos sabemos que la gran mayoría de la gente encuentra la “paz” en situaciones muy diferentes a cómo queremos nosotros someter al mundo mágico. Y, obviamente, un cambio de opiniones generaba ese tipo de hostilidad entre personas.

Ella era una de las pocas seguidores del Señor Tenebroso que dedicaba su tiempo a la búsqueda de esas personas. Traidores a la sangre y sangre sucias que no merecen tener lo que tienen. En una época en la que vivíamos era prácticamente imposible imponer ese orden que Lord Voldemort desea en la erradicación de aquel que no es merecedor de la magia, pero no había nada que deseáramos más que llegase ese momento. La persona que tenía delante era de las que se encargaba de mantener a todo el mundo en su lugar.  

Oye —la interrumpí, con un gesto travieso mientras alzaba una ceja— Yo me he instalado en medio de una población muggle, no por otro motivo que ocultar mi desdén hacia ellos. Debía de crearme una tapadera ante los peces gordos del Ministerio que apoyan a Dumbledore y están tan… unidos a los muggles. Mas no por vivir en Londres ha de ser necesariamente un enemigo —comenté, aunque estaba segura de que Ella sabía muy bien quién era un enemigo y quién no—. ¿Has encontrado a alguien importante que resulte ser un asqueroso traidor? —pregunté, por si en su cometido había dado con alguna sorpresa qué compartir.  

Cuando serví el té, su petición no me tomó por sorpresa, de hecho antes de dárselo volví hacia dónde lo había echado y, en un armario superior, saqué un botella de whisky. Eché un poco en los dos té, tanto en el de ella como en el mío, ya que ese toque irlandés a mí también me había gustado.

Volví hacia dónde estaba y se lo tendí, sentándome nuevamente a su lado y cruzándome de piernas. El té estaba caliente, pero podía beberse, sobre todo al haberle añadido un poco de whisky.

Según tengo entendido nuestro Señor no está pasando por un buen momento. ¿Aún no hay ni rastro de la Diadema, cierto? —preguntó, por si ella estaba más puesta en el tema ese. Lord Voldemort llevaba buscando desde hacía más de un año la famosa Diadema de Rowena Ravenclaw, pero cada vez que había reunión se notaba más su desesperación—. Creo que hay varias personas con el expreso cometido de encontrarla. ¿Te has enterado de algo?

A mí, por el contrario, ese tipo de tareas no me las recomendaba. Lord Voldemort me trataba como una importante pieza de su tablero de ajedrez, junto al Ministro. Nuestras posiciones eran demasiado importantes como para desatenderlas.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Sáb Ago 29, 2015 12:35 am

-Cariño, si te tuviera como una sospechosa ya lo habrías sabido, y posiblemente no estaríamos teniendo una conversación tan animada -Respondió sin perder el ánimo en la voz. No había pensado que Abby podría darse por aludida por el mero hecho de que no sabía donde vivía, o no lo recordaba, lo cual se autoreprocharía más tarde. Si desconocía información de alguien cercano, podría haber dejado en el tintero información de cualquiera, algo que en absoluto era aceptable. -Tu caso esta bien justificado, de tener alguna sospecha contra ti, el Señor Tenebroso no te tendría en buena posición ¿No crees? -Concluyó, dejando bien clara su opinión en el asunto.

Cogió con ganas la taza y la acercó hacía su nariz para aspirar el aroma que las hiervas y el alcohol, sus elementos diarios y predilectos, desprendían con el humo blanquecino.
[color=tan]-No se nada del tema, así que supongo que aun no la habrá encontrado[color] -Respondió tras dar su primer sorbo, delicioso, por cierto. No era por echarse más flores de las que merecía, pero tenía la absoluta certeza de que, de haber encontrado la diadema, lo sabría, directa o indirectamente. La posibilidad de que lo anunciara en una reunión perdió fuerza nada más se convirtió en una posibilidad, pero tenia la certeza de que sería una de las afortunadas en conocer la noticia. Y, si nos, el don de la adivinación no lo tenia por adorno. No iba a espiar a su Señor sin su permiso, pero las visiones, los sueños, los mensajes... no siempre eran controlable. Vaya... lástima...
-No es de extrañar, si las propiedades de la diadema de Ravenclaw son ciertas, debe ser el objeto más buscado de planeta, o debería serlo. Lo cual es preocupante, pues cayendo en manos estúpidas o equivocadas, no solo perderíamos gran ventaja, sino que... -Calló en lo que le duró chasquear la lengua y dejar que de deslizara un suspiro -Podríamos vernos en un pequeño aprieto. -El rostro se le tenso durante poco más de un segundo. En su cabeza veía una imagen muy clara de una figura humanoide, curiosamente con porte y figura masculina, aunque no por ello era norma, con la diadema puesta sobre la cabeza y propagando una luz blanca pura y brillante que aniquilaba por completo toda maldad. Sobraba decir que no era algo que se pudieran permitir.-¿Tu has oído algo? ¿Algún comentario siquiera?
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Miér Sep 09, 2015 2:14 pm

Yo ya tenía claro que no era una sospechosa. Le había demostrado al Señor Tenebrosa de una manera y de otra lo que era capaz de hacer por él y me sentía muy segura tanto en mi cargo en el Ministerio como en mi posición en las filas de Lord Voldemort. No era, ni de lejos, una de las privilegiadas, pero tampoco me interesaba serlo. Bellatrix, Rodolphus y personas como Ella, eran las que debían de estar cerca de él, personas que le dedicaban prácticamente toda su vida.

Totalmente. Lo decía solo por si había más personas en mi situación —contesté con simpleza, dando por zanjado el tema.

El tema de la diadema era totalmente de mi ignorancia. Sabía que había gente buscándola, sobretodo cercana a mí, motivo principal de que me preocupase por saber si el Señor Tenebroso tenía lo que quería. Al parecer ella tampoco sabía nada, por lo que si ella no sabía nada, es que no se había avanzado absolutamente nada con el tema.

El Señor Tenebroso tenía que estar desesperado. ¿Cuánto tiempo lleva buscándola? ¿Un año ya? ¿Más? Solté aire lentamente al escuchar las malas noticias.

Si alguien la encontrara y se hiciera público, te puedo asegurar que no estaría vivo ni veinticuatro horas —curvé una sonrisa. Todos los que seguían a Voldemort buscaban complacerle, por lo que de saber su paradero, todos irían a conseguirla y aunque entre nuestros compañero haya mucho inútil, debo admitir que también hay mucho inteligente y mucho despiadado.

En cuánto a saber algo del tema, no sabía nada. O por lo menos, nada útil. Bebí de mi té, el cual estaba a perfecta temperatura al haberle añadido esa sustancia extra y negué levemente con la cabeza.

Realmente no. Tengo gente cercana que lleva meses buscándola. Sólo siguen rumores que les llevan a otro rumores y parece convertirse en un ciclo —le comenté por encima—. Están buscando mal. Los rumores son solo eso, posiblemente inventados por algún historiador soñador. Hay que seguir una pista verídica; la historia desde un principio o no llegarán a ningún lado —comenté, algo molesta. Yo era de esas personas que adoraba la efectividad, por lo que no verla me sacaba de mis casillas, fuera o no fuera un trabajo directamente para mí.
Abigail T. McDowell
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