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What happened to my son, I'm terrified [Arabella K. Morgenstern]

Invitado el Sáb Jun 06, 2015 11:55 pm

La mano de Ella descansaba sobre su vientre.
Hacía solo unos minutos que había amanecido y por la ventana se filtraban unos pálidos rayos de sol, propios de un día nublado que, con toda probabilidad, vería la lluvia más entrada la mañana.
Había despertado en esa posición, y no se había movido en un buen tiempo. Descansaba sobre la colcha de la cama, con la sabana cubriéndole menos de la mitad del cuerpo ya que se debía de haberse ido destapando a lo largo de la noche. Cuando el sueño se desvaneció, sentía su pelo enredado en su mano izquierda, descansando con la palma hacía arriba y la marca tenebrosa a centímetros de su cara, mientras que la derecha se encontraba sobre la tela sedosa de su camisón  oscuro. El dedo indice comenzó a hacer círculos sobre la tela, sobre el vientre, mientras los ojos azules miraban fijamente el techo color crema.

Recordaba aquel día como si hubiera sido el anterior. Podía sentir el dolor en su vientre, la sangre caliente cayendo por su sus piernas cada vez más paliduchas hasta llegar al suelo. Recordaba  estar manchando la alfombra sin que le importarse las manchas, la suciedad o el desorden que estaba provocando a su paso:
Casi sin poder andar, tambaleándose de un lado a otro, apoyándose en lo primer que encontraba, tiraba a su paso jarrones de caridad, sillas de madera, cuadros y cualquier cosa que se encontraba con sus manos.
Y mientras tanto su hijo estaba muriendo.
El pequeño cuyo rostro había visto en sus sueños, cuyo nombre ya sabía porque lo había adivinado, esta muriendo dentro de ella sin poder remediarlo. Ya era tarde para tratar de remediarlo, la verdad era tan clara que era un segundo dolor, unas crueles punzadas en su corazón que se sumaban a las de su vientre.
Tenía que haberlo previsto, tenía que haberlo visto...
Tenía, pero no lo hizo. Debió, pero falló.

La lampara se hizo pedazos con un solo golpe de su puño. No solo partió en trozos la falda de cristal, sino que  también la vela apagada se vio mutilada y las dos partes rodaron hasta caer al suelo. Algunos pedazos se quedaron en su mano, añadiendo más heridas a su colección sin que ello le importase lo más mínimo. Sin que pudiera notar ese maldito dolor superficial.

· · ·
Llegó al cementerio después de que las lluvias previstas, con un ramo de flores recién cortadas de su propio jardín. Flores selectas cuidadas durante un año entero para descansar en la lápida de un niño no nacido, siempre a la misma hora. Al igual que los años anteriores desde el primer día, la túnica que la cubría era negra, con la cara al natural y un pequeño velo de tela oscura transparente y bordados.
Caminaba con parsimonía, tomándose su tiempo.
Las tumbas y sus huéspedes no se movían de sus sitio.
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Arabella K. Morgenstern el Vie Jun 12, 2015 7:31 pm

Estuvo lloviendo todo el día, pero en cuando el cielo se aclaró y vi el sol brillar tenuemente a través de las ventanas de mi casa en Londres decidí salir. No hacía buen día a pesar de que había llovido, pues el cielo estaba de color gris y nubes negras cubrían la ciudad y gran parte de las afueras a kilómetros a la redonda. En Londres todos estábamos acostumbrados a los cielos grises y a los días lluviosos y apagados y al mal clima en general, por lo que apreciábamos más el buen tiempo cuando llegaba. Se acercaba el verano, así que los días estaban siendo más cálidos a medida que avanzaba el mes, pero había excepciones, como el día de hoy.

No tenía nada que hacer. No tenía entrenamiento, no había partido, y no había quedado con nadie. Mi agenda estaba vacía, y también lo estaba mi casa. Tenía una casa demasiado grande para vivir sola en ella, pero siempre me habían gustado los lujos, desde pequeña. Siglo tras siglo he vivido en grandes palacios, castillos, mansiones… Había épocas en las que no vivía así y vivía en sitios mucho menos lujosos. Pero en esta época había decidido tener una vida tranquila y buena, así que todo el dinero que estaba ganado lo estaba gastando en darme todos los caprichos que me merecía. Al no tener nada que hacer ni con mis amigos ni con el equipo de Quidditch ni en la casa, decidí salir, sobre todo al mirar el calendario y ver qué día era. Era el aniversario de muerte de uno de mis buenos amigos, y se merecía que fuese a hacerle una visita.

Me arreglé rápidamente para salir con unos pantalones y un top negros. Me gustaba llevar vestidos, pero solo los llevaba cuando estaba en compañía. Cuando estaba sola e iba a volar solamente me ponía pantalones porque era mucho más cómodo, las faldas siempre eran problemáticas. Aquella simple indumentaria me hacían parecer más joven de lo que era. Cuando me maquillaba mucho parecía que tenía veinticinco años, pero ni un solo día más. Cuando salía a la calle con un aspecto natural a veces había gente que pensaba que tenía dieciocho, aunque lo más común era que todo el mundo pensase que tenía veintiuno más o menos. Nadie se imaginaba que en realidad tenía casi mil setecientos años más que eso, y siempre mantenía el mismo aspecto. A mis amigos Muggles al final siempre tenía que abandonarles de una manera u otra y dejarles de ver, porque no podía permitir que descubriesen que era un arpía y por lo tanto descubriesen que existe el mundo mágico. Hacer eso solamente me metería en problemas con el Ministerio. Mis amigos magos o bien sabían lo que yo era desde el principio o acababan descubriéndolo, y no me importaba en absoluto aunque en la comunidad mágica las arpías nunca se han juntado mucho con los humanos mortales.  

Salí a la calle y caminé hasta llegar a una floristería. Compré las flores más bonitas que había para dejarlas en la tumba de mi amigo Charles, que había fallecido hacía doscientos años ya. Había sido un muy buen compañero y todavía se le echaba de menos, aunque después de casi dos milenios soportando pérdidas había aprendido a lidiar con la muerte muy bien. Pero todavía le recordaba con cariño y, ya que sus descendientes no saben ya ni quién era él, al menos yo podría hacerle compañía a su espíritu durante un ratito.

Después de comprar las flores tomé un taxi hacia las afueras de Londres. No podía aparecerme porque no era bruja, y no podía volar porque me verían los Muggles, ya que no tengo magia para hacerme invisible y tampoco tengo una capa de invisibilidad con la que envolverme. El taxi me dejó justo a las afueras de Londres, donde ya no había más que carretera y campo. Le pagué las libras que le debía y le me bajé del vehículo, que se alejó rápidamente para volver al centro de la ciudad. Yo me alejé de la carretera y me adentré en un bosque cercano, donde no había gente y nadie podía verme. Me aseguré de que no hubiese nadie paseando por ahí entre la oscuridad de los árboles, y cuando estuve segura de que estaba sola en aquel lugar hice aparecer mis alas. El top que llevaba dejaba la zona de mis omóplatos a la vista, así que mis alas pudieron salir sin problemas y sin rasgar mi ropa. Siempre procuraba llevar tops, blusas y camisetas y vestidos que dejasen mi espalda o parte de ella descubierta precisamente por esa razón, y en invierno cuando hacía frío a veces vestía con diseños extraños para poder volar cuando quisiera. A veces mi ropa tenía rendijas por las que podían salir mis alas, pero dejaban entrar el frío. Había conocido a algunas modistas brujas que habían hechizado la ropa para que las alas pudiesen atravesarlas sin romperlas cuando apareciesen, cosa que era muy práctica.

En cuanto mis alas enormes y negras, la mitad membranosa y dura y la otra mitas suave y de plumas, salieron de mi espalda, las agité con fuerza y alcé el vuelo, elevándome por encima de las copas de los árboles y hacia el cielo a toda velocidad. Pronto estuve a una distancia desde la que nadie podría verme si miraba hacia arriba, y volé tranquilamente durante todo el trayecto hacia el cementerio.

Las lluvias habían sido más fuertes allí que en Londres. El cielo estaba mucho más oscuro y las nubes eran mucho más negras, y el ambiente estaba cargado que humedad que creada una sensación de pesadez. Había una muy ligera niebla a lo lejos, dándole al cementerio un aspecto tétrico. Sobrevolé el cementerio volando en círculo, descendiendo cada vez más a medida que avanzaba hasta que toqué el suelo con mis pies. El cuanto estuve de pie sobre la tierra húmeda entre las lápidas mis alas se plegaron y desaparecieron como si nunca hubiesen estado ahí. No vi que no era la única persona que había en el cementerio, o habría aterrizado en otro lugar apartado del cementerio y habría venido caminando. Seguí sin darme cuenta de la presencia de otra persona allí y avancé entre las lápidas y tumbas hacia la de mi amigo Charles. Se notaba que era una tumba muy vieja y que hacía tiempo que nadie la cuidaba o visitaba. Cuando llegué frente a ella me puse de cuclillas y barrí con la mano las hojas caídas que se habían amontonado sobre la tumba.

-Hola Charlie- le sonreí al nombre de mi viejo amigo. Cualquiera encontraría muy extraño el hecho de que una chica aparentemente joven como yo viniese a saludar a un difunto enterrado en una tumba cuyas fechas eran 1746-1814.- Sabía que ibas a estar un poco solito, ya no queda nadie de esos tiempos… Por cierto, he conocido a tus tataratataranietos. Son muy guapos, hay uno que se parece a ti, pero son bastante tontos. Ya te dije yo que no te casases con Marisse, que sus malos genes iban a estropearlo todo…- bromeé, hablando sola frente a la tumba.- Mira, te he traído flores. Y no me vengas con que esas cosas son mariconadas, que se que te gustan los detallitos- dije mientars ponía las flores en la tumba.

Entonces alcé la Mirada y mi sonrisa desapareció en cuanto vi algo más adelante, casi en el otro estremo del cementerio. Una tumba mucho más nueva que la que tenía enfrente mío… Mi rostro se ensombreció, pero no acudieron lágrimas a mi rostro, ni nada por el estilo. Simplemente toda emoción desapareció de mi rostro, dejándolo como un lieno en blanco sobre el que no había pintado ningún autor. Cogí la rosa blanca más bonita del ramo que había traído conmigo desde Londres. Me puse de pie y caminé entre las tumbas del cementerio hasta llegar a la que acababa de ver. Me puse de cuclillas enfrente de ella cuando llegué. Mis botas se hundieron en la tierra mojada, pero no me importaba. No podia apartar mi mirada oscura de la tumba, que tampoco estaba muy cuidada. Había sido incapaz de venir a verla, pues hacía que me sintiese mal. Muy mal.

-Hola pequeña- murmuré con cariño mientras colocaba la rosa blanca sobre la tumba. El nombre que había en la tumba era Gabriella Morgenstern, y la fecha era simplemente un año. 2007. Había perdido a mi hija cuando estaba entre finales del octavo mes de embarazo y principios del novena. Había nacido muerta a causa del estallido de magia maligna que había tenido Matt durante nuestra fuerte pelea hace ya ocho años, y pore so había hecho un pequeño funeral para ella y la había enterrado, para decir adiós. Era la única hija que había tenido (o bueno, que casi había tenido) en todos mis años de vida, y haber perdido esa oportunidad de ser madre después de tanto tiempo había sido un golpe durísimo. Pero lo había superado. Todavía me hacía sentir muy triste, pero todo estaba en el pasado. A veces no podia evitar preguntarme si aquello había sido lo mejor, tal vez. ¿Qué futuro habrpia podido tener una niña con padres como los que la habrían tocado?
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Invitado el Mar Jun 23, 2015 8:02 pm

Que estaba acostumbrada al dolor era un hecho. No habían sido escasos los momentos que había sufrido los actos de brutalidad de los que era capaces el ser humano, ni tampoco eran escasos los momentos en los que ella había sido la dama de hierro que había azotado vidas con mano dura y dejando una marca imborrable. ¿Karma? ¿Destino? ¿Casualidad? Las desgracias nunca viene solas, eso dicen desde tiempos más antiguos, y la razón no falta. Claro que todo depende del punto de vista. Ella cree que sus actos son justos, y otros creerán que sus males son justos.
Aunque así fuera, la vida de un bebé no debería entrar en las crueldades del mundo.
Había encajado los golpes, las heridas y los gritos, pero jamás había superado la perdida de su hijo, incluso aunque solo hubiera permanecido un par de meses en su vientre.

Casi no aguantaba estar en aquella zona del cementerio. Estar rodeada de las lápidas que decoraban las pequeñas tumbas ocupadas por los restos de infantes era una de las pocas cosas que podían ponerla enferma. Sin embargo, una fuerza interna le impedía moverse del reino de mármol, y aunque la brisa fresca le calmaba el estómago revuelto y el ligero mareo que le provocaba un martilleo en la parte trasera de la cabeza, una pequeña voz de la razón le decía que era conveniente irse cuando antes y continuar con el luto en casa. Se conocía lo suficiente de años anteriores, el dolor había empezado días antes y se irá unos días después, no tenía porque dejar que el mundo lo viera pudiendo resguardarse en la casa de espíritus invisibles.

Las pisadas de unos zapatos sobre el suelo la sorprendieron, tensando su cuerpo con un temblor que era imperceptible al ojo de cualquiera. Pensaba que estaba sola, y de todas formas no le era de muy buen agrado la compañía cuando se trataba de estos temas tan espinosos. No es como si fuera a ponerse a llorar, había derramado todas las lágrimas tenía, pero su aspecto... su aspecto era el vivo reflejo del dolor de una madre consumida por la perdida, y era reacia a mostrarse débil incluso ante los desconocidos. El orgullo y la vanidad eran poderosos.

Giró ligeramente la cabeza, viendo de reojo a su acompañante. Por lo que pudo ver era una mujer, y pese a que no puso percibir grandes cosas, notó una sensación con la que estaba bien familiarizada. Al fin y al cabo, estaba sintiéndola ahora mismo, igual que ella. No loe fue difícil hacer deducciones.
-¿Familiar? -Preguntó con un tono ronco que ni su voz melodiosa por naturaleza pudo suavizar hasta que carraspeó por lo bajo
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Arabella K. Morgenstern el Lun Jul 06, 2015 11:22 pm

No había tenido planeado visitar la tumba de mi hija. Lo había hecho algunas veces en el pasado, pero era una herida que había decidido cerrar y olvidar. Era lo mejor para todos, tanto para mí como para los que estaban a mi alrededor. Era lo mejor para Matt, para que así no siguiese odiándole y acabase por arrancarle todos los órganos con mis propias manos. Era lo mejor para las personas con las que me trataba en general porque de no cerrar esa herida me volvería violenta y desquiciada, incapaz de controlar mis instintos asesinos. Y era lo mejor para mí, porque haber estado a punto de ser madre después de tantos siglos estando sola y sin familia, llorando el recuerdo de lo que perdí en Roma, y que aquella ilusión me hubiese sido arrebatada de una manera tan repentina y cruel habría acabado por volverme loca. Mi hija nunca llegó a  estar viva, no la oí llorar ni la vi mover sus bracitos, pero sí que cargué con ella en brazos durante un breve tiempo antes de tener que dejarla para siempre… Jamás había imaginado que nada podía doler tanto. ¿Habría un dolor más grande en este mundo? Lo dudo.

Miré la lápida con el nombre de la niña que habría sido mi hija y que podría haber estado a mi lado durante toda la eternidad de no haber sido porque el destino es cruel y le gustaba jugar conmigo. Parecía que a la vida le gustaba darme cosas para luego arrebatármelas de las manos, como un adulto que le quita un caramelo a un niño. Era algo a lo que me había acostumbrado durante mi larga vida, a ser feliz durante breves momentos para luego enfrentarme a su pérdida. Esa es la maldición de la eternidad, que yo no muero pero las personas a las que quiero no dejan de hacerlo todo el tiempo a mi alrededor. Por eso evitaba querer a nadie. Pero mi hija habría sido la excepción. Ella no habría sido mortal, habría sido como yo. Debería haber sido la única persona a la que jamás habría perdido… Pero lo hice. Me había resignado, pero eso no significaba que dejase de doler. Esa pérdida era un puñal clavado en el corazón que jamás podría arrancarme, a no ser que permitiese que se llevase mi corazón también por delante y me dejase sin absolutamente nada. Vacía.

Estaba tan perdida en mis propios pensamientos y en los fantasmas del pasado que no me di cuenta de que había otra persona en el cementerio, pasando por algo muy similar a lo que yo había pasado y que conocía un dolor tan fuerte como el mío. Escuché unos pasos que se aceraban a mí y aparté mi mirada de la tumba para mirar a la mujer que estaba allí de pie. De aspecto físico era mayor que yo, aunque yo tuviese muchos siglos más que ella. Pero la expresión de su rostro… había dolor en aquel rostro. Un dolor que yo reconocía muy bien, pues era igual que el mío. Los ojos claros de la mujer se deslizaron hacia la tumba que había delante de mí y leyeron el nombre de mi pequeña. Preguntó que si era un familiar, y lo hizo con la voz ronca típica de los que llevan mucho tiempo en silencio, sufriendo solos. Lentamente yo asentí con la cabeza.

-Es mi hija- dije. Era tan raro pronunciar aquellas palabras en voz alta…- Hacía demasiado tiempo que no la veía...

Muchos se asombraban con aquella revelación, pues la fecha que había en la tumba era de hace varios años, y mi aspecto físico me hacía parecer demasiado joven como para haber estado embarazada en aquella época a no ser que hubiese sido adolescente o casi una niña. Pero no había sido así.

Me puse de pie, pues hasta entonces había estado de cuclillas frente a la tumba. Vi que en el suelo húmedo por la lluvia las huellas de la mujer habían quedado grabadas claramente en la tierra, marcando el camino hasta la tumba frente a la que había estado ella depositando flores frescas. Desde donde yo estaba podía ver la tumba. No conocía de nada a aquella mujer, pero había algo de lo que no tenía duda alguna: ella había estado visitando a su hijo. El dolor en sus ojos era uno que, como ya he dicho antes, yo conocía muy bien.

-Lo siento mucho- le dije con sinceridad. No la conocía de absolutamente nada, éramos extrañas. Y sin embargo había una conexión entre nosotras, un día negro en nuestro pasado que jamás deberíamos haber sufrido, pero ya no se podía volver atrás y cambiarlo.- No es algo que le desee a nadie- lo decía de corazón.
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Invitado el Mar Jul 21, 2015 12:23 am

Si tenía algo muy claro, era que los niños no merecían morir. Hasta ahora había logrado eludir con éxito pensar en todos los pequeños que han encontrado el abrazo de la muerte en los ataques que ella y los suyos han provocado por la pureza de sangre, en nombre del gran Señor Tenebroso, con el sencillo truco de autoconvencerse que solo los adultos podían ser las victimas de sus hechizos y maldiciones. A lo sumo podían dejar en los niños el dolor de la orfandad. No dejaban de ser víctimas, pero seguían con vida, con un futuro por delante, y aunque muchos se acabarían convirtiendo en sus enemigos si lograban descubrir quienes fueron los causantes de su muerte, al menos sabía que llegarían a los siguientes estados de la vida, y cuando fueran adolescentes y adultos no habría ni pizca de dolor al ver como la vida se escapaba. Eran esos pequeños cuerpos con sus miradas de recién nacidos lo que lograba conmoverla, y aun así, aunque lo más profundo de su ser inconsciente pidiera perdón al infante, ella jamás lo haría con palabras. Mejor dicho, nunca volvería ha hacerlo. Se tragaría el dolor como bien sabía hacerlo, distraería su mente con cualquier otra cosa, y el único perdón que saldría de sus labios sería para su propio hijo por no haber podido mantenerlo con vida. Ni siquiera llegó a saber si iba a ser niño o niña pese a que contaba con más ventajas que otros padres en su situación. Y ello no lo hacía mejor llevadero.

[color=tan]-Gracias[/i] -Musitó apartando la mirada. Sus ojos fueron al suelo, el mármol de otras lápidas, arboles y al cielo nublado en cuestión de segundos, nerviosa en aquella situación nueva. Aquel perdón era sincero, pero como habría ocurrido si le hubiera dado el pésame también, no era reconfortante. Las madres conocían el dolor, pero ningún caso, por semejante que fuera, era igual. Aunque fueran dos gotas de agua, el dolor no podía compararse. Aunque ambas sufrieran hasta límites insospechados y dejaran una gran marca, y ambas conscientes de que la otra era la única que podía comprender lo que se sufría, algo en su interior les hacía saber que no cambiaba nada. En niño seguía perdido, el vació seguía presente y la desolación no se apaciguaba. Aun así, creyó educado devolver las condolecías y así lo hizo, usando sus mismas palabras.
-Yo tampoco -Coincidió, y detecto en sus palabras el sabor de la hipocresía. En los momentos de máximo locura, en los momentos de éxtasis de fuego, y muerte había disfrutado eliminando a todos aquellos que su sangre no fuera pura, había deseado la eliminación de todos ellos. Y eso incluía a los descendientes nacidos.

Soltó un gran suspiro al sentirme ligeramente incomoda. ¿Porque se había acercado? Por lo normal le daba igual los casos ajenos cuando visitaba la tumba, era su pequeño acto egoísta que estaba justificado, nunca había querido hablar y ahora se había acercado a una joven muchacha a entablar una conversación.
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