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Always in the clouds [Apolo Masbecth]

Abigail T. McDowell el Sáb Jun 13, 2015 1:55 pm

¿Unas vacaciones? No sonaba nada mal. No tenía pensado cogerlas todavía, pero me había venido la oportunidad perfecta para desconectar, sobre todo en la mejor compañía que podía haber elegido. Entre que el Ministerio es de por sí estresante y mi puesto todavía lo es más y que no tenía demasiada distracción en mi tiempo libre, ya que mi máxima distracción se había comprometido, pues necesitaba desconectar. Mi hermano dentro de poco conseguía las vacaciones, por lo que también podría aprovechar el resto de mis vacaciones para estar con él.

Sin embargo, los primeros cuatro días de mis vacaciones iba a pasarlos nada más ni nada menos que en América, más concretamente en Las Vegas. Apolo tenía que viajar hasta allí por su trabajo (no me preguntéis a mí para qué) y era lo único que sabía. Que iba a tener que pasar allí cuatro días y que era mucho mejor ir acompañado y disfrutar de los placeres que ofrecía esa famosa ciudad en compañía que ir solo. Y mejor ir en compañía de tu mejor amiga (porque soy la hostia) para no tener el factor incomodidad si vas con alguien que te atrae y quieres tirarte a otra persona.

Debido a que Apolo tenía más bien poca información de todo lo que debía hacer, tuvimos que ir en avión. Sí, existen trasladores y sí, podemos desaparecernos. Primero, para hacer un traslador, debiéramos tener a otra persona en Las Vegas con el de llegada y, segundo, para poder desaparecernos debemos de saber a dónde y yo, precisamente, no tenía ni pajolera idea de qué narices había allí con exactitud. Además de que en distancia tan largas yo no quería arriesgarme. Y como no quería morir por despartición, no costaba nada coger un avión de ida y vuelta. Que no creo que cruzar medio mundo con desaparición sea sano.

Nos habíamos alojado en un hotel de cinco estrellas totalmente gratis, ya que un Imperio equivale a ser la persona más rica del universo. Él, gran parte de las mañanas, lo dedicaba a su trabajo pero por la noche aquello era otro mundo totalmente diferente al que estábamos acostumbrados a vivir. Habíamos ido a casinos, a algunas discotecas, pero nunca sin volvernos realmente locos. Realmente apenas habíamos bebido como para volvernos realmente locos. Al fin y al cabo, él estaba allí para trabajar.

El último día de todos, nos encontrábamos ambos en la habitación, deprimidos por tener que irnos de ese sitio... bueno, él no sé, pero yo estaba deprimida a tener que volver a mi piso de cuarenta metros cuadrados. Yo estaba asomada al balcón, con unos vaqueros y una camisa de botones negras media traslúcida, observando todo el ambiente de la ciudad. Había una ligera brisa, pero estábamos en verano y allí en el clima se notaba. Solté aire profundamente y cerré los ojos. No quería volver.

Creo que podría acostumbrarme a este estilo de vida —dije totalmente convencida, como si acostumbrarse a ser millonario fuera difícil para alguien— ¿Seguro que no tienes que quedarte cinco días más? —pregunté divertida, entrando a la habitación para coger del minibar dos pequeñas botellas de vodka. Le tiré una y me senté a su lado, en la cama, con otra—. Por la última noche en Las Vegas —brindé con él y me llevé el botecito a los labios, bebiéndome todo el contenido de golpe— ¿Qué te apetece hacer hoy? No me seas aburrido que es la última noche —cogí la varita y abrí desde lejos el minibar, sacando de su interior todas los botecitos de bebida para moverlos y  dejarlos sobre la cama. Luego dejé la varita sobre la mesa de noche y cogí otro botecito, abriéndolo y acercándome a Apolo— Vamos, que es el último día, ¿nunca has sentido curiosidad por saber cómo es vivir una auténtica fiesta en Las Vegas? Olvidarte de tu nombre, de tu oficio, olvidarte de todo. Vamos a divertirnos que hace mucho que no nos divertidos de verdad —Y le llevé el botecito recién abierto a sus labios.

En realidad tenía en mente ir de fiesta y pasárnoslo bien de manera normal, aunque, de hecho, mis acciones normalmente van ligadas a la cantidad de alcohol que bebo. Resisto bastante bien el alcohol en cierta medida, ya que cuando me sobrepaso de una cantidad, no hay quien pueda pararme. Aunque luego había un umbral que, si me paso de ahí, ya me paro yo sola en alguna esquina a dormir y es totalmente lo contrario, nadie puede hacer que me mueva.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Apolo Masbecth el Jue Jun 18, 2015 12:22 am

Las vegas Nevada es un desierto. ¿A qué iba a un desierto donde claramente no hay dragones? Cosas de trabajo, lo hizo sin rechistar, además ¿quién en su sano juicio rechaza un viaje totalmente gratis aunque sea de “trabajo? nadie. Apolo tampoco iba a ser la excepción a la regla. Pero no iba a ir solo, no, se le ocurrió una idea que haría de aquel viaje algo más ameno y divertido, sin olvidar emocionante. Abi era la chica indicada para ser su acompañante y no tuvo dudas sobre invitarla, tuvo que casi rogarle para que se pidiera días libres en su trabajo y finalmente aceptó. El rubio estaba contento con ello, sabía que cuando ambos se juntaban cosas maravillosas e increíbles sucedían. “Si tan solo fuese hombre!, pensó.

Viajaron como muggles, vivirían como muggles la mayor parte del tiempo al ser un país desconocido. El avión fue lo mismo de siempre, a él no le gustaba tanto utilizar ese transporte pero no hubo de otra. Al llegar a Las Vegas se registraron en el Caesars Palace uno de los hoteles casinos más famosos de aquel lugar. Le llamaban la ciudad del pecado. Los días pasaron bastante rápido, solían hacer alguna actividad por aquí y por allá por las noches principalmente y algunas tardes. La noche del ultimo día ambos estaban en la habitación del hotel, conversando.  

- Seguro, además las vacaciones de Ícaro están por comenzar y quiero pasar tiempo con él, aprovechar la oportunidad, tal vez lo lleve de viaje - habló mientras ella sacaba las típicas botellitas del mini bar que siempre hay en los hoteles y que te cuestan un ojo de la cara, vamos un robo descarado. Sin embargo a ninguno de los dos pareció importarles - Por la última noche - repitió el brindis y se bebió el contenido de la mini botella en dos segundos. - ¿Sabes qué? Estoy de acuerdo, vamos a alocarnos y hacer algo divertido. Lo que sucede en las Vegas, se queda en las Vegas - volvió a levantar una nueva botella para brindar con su amiga.

- Tengo una idea, pero debemos hacerla antes de que se haga más tarde y de que estemos ebrios, ya verás porque lo digo, solo espero que las alturas no te molesten - dijo y terminó de arreglarse peinándose un poco aunque no le haría falta después de lo que harían. Salieron del hotel, llevaba dinero en su billetera porque no podían usar magia para todo, también su varita por si acaso. Al salir tomaron un taxi, admirando la ciudad, faltaba poco para que anocheciera así que se podían ver los últimos rayos de luz solar. Era perfecto para hacer aquello. Llegaron a un hotel, el stratosphere, famoso por ser el más alto de la ciudad y posiblemente del estado. Se bajaron y subieron en el elevador.

- No sé si has escuchado hablar de este sitio, yo lo vi en uno de los folletos que nos dieron en el lobby, son dos atracciones mecánicas en la azotea del hotel, es un subidón de adrenalina increíble, creo que deberíamos intentarlo - comentó mientras el elevador se abría y varios turistas tomando fotografías a aquella vista impresionante. Había un restaurante más adelante pero lo que más llamaba la atención eran esas estructuras metálicas de color verde. Tenían suspendidos a miles de metros de altura a varios turistas que gritaban, no sabiendo si de miedo o excitación - ¿Qué opinas? ¿Te animas?


Atracciones:


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Abigail T. McDowell el Jue Jun 18, 2015 1:31 am

Convencí a Apolo de salir esa noche y brindamos por ello con otra botecita de esas. Eran como chupitos, por lo que realmente tardaría mucho en hacernos efectos o directamente no nos harían si no nos bebíamos todo aquello. A Apolo se le ocurrió una idea y como a aquellas alturas yo me apuntaba a todo, claramente acepté encantada. Me pude hacer una idea cuando relacionó el estar borracho con las alturas, pero ni de lejos me imaginé a dónde me llevaría. Por mi parte simplemente me miré al espejo y al ver que estaba tan guapa como siempre (porque yo siempre estoy divina, siempre), simplemente le seguí sin llevar nada. Correría por su cuenta ahora mismo todo lo que haríamos. Incluso dejé mi varita en la mesa de noche.

Nada más bajar cogieron un taxi y éste los llevó por todas las calles de las Vegas hasta otro hotel.

Me hubiera arrepentido muchísimo de no haber venido. Menos mal que tu insistencia, a pesar de ser pesada, suele valer la pena —admití desde el puesto trasero del taxi, observando como todos los casinos, discotecas y grandes hoteles comenzaban a encender sus luces para una gran noche.

Nos bajamos del taxi y mientras subíamos por el ascensor él me explicó a dónde llegaríamos. ¿Atracciones? Hacía, sin exagerar, más de cinco años que no me montaba en ninguna atracción, por lo que en parte, esa Abi infantil que NUNCA (nunca, nunca, nunca salía al exterior) hizo aparición levemente para emocionarse un poco. De hecho me di cuenta de que estábamos subiendo muchos pisos en el ascensor.

¿A cuánta altura están esas atracciones? —pregunté, mirándole de reojo. No tenía vértigo y menos mal, pero a cualquiera no le da un resquemor de duda cuando te asomas a la barandilla y ves que estás a una distancia inimaginable para poner una maldita atracción. Cuando salimos pude ver un restaurante, muchos turistas y escuchar muchos gritos. Cuando lo vi, no me quedó ninguna duda— Claro que me animo. No vengo a las vegas para acobardarme cual muggle, ¿con quién crees que estás hablando? —le guiñé un ojo a mi amigo y me adelanté hacia las atracciones.

A aquellas horas no había mucha gente, por lo que tras ponernos en la cola, apenas tardamos unos minutos (minutos en dónde por lo menos yo me quedé mirando la reacción de la gente y el recorrido de las atracciones) en llegar a comprar nuestro pase.

Dos para cada una. Aunque en ese en primera fila para mi amigo, que quiero ver como se hace caca... —Eso último se lo susurré al hombre, que, muy apuesto, me sonrió y también sonrió de manera cómplice a Apolo.

Nada más comprar nos tocó subirnos primero en las que daba vuelta. Desde fuera no parecía que fuera a ir tan rápido pero… desde que nos subimos y eso empezó a girar, es que básicamente no veía nada. La aceleración tangencial apenas me dejaba mover la cabeza y aquello parecía un agujero negro. No grité, la verdad es que yo no era mucho de gritar por esas cosas, sino más bien de disfrutar y sentirlo. Era una sensación nueva y sin duda alguna de esas que desprenden adrenalina. Cuando salimos de esa atracción, estaba eufórica. Me tropecé con mi propio pie y caí suavemente sobre la espalda de Apolo.

Creo que he vuelto ocho años en el pasado —comenté, dándole a entender que me sentía como una adolescente que acababa de ir al parque de atracciones—. Hacía años que no me montaba en una cosa de estas. Y mucho menos cuando tenemos casi cincuenta pisos por debajo de nuestros pies.

Nos llamaron para ir al otro y, mientras nos iban colocando y hacíamos la cola, sujeté el brazo de Apolo.

No hemos cenado todavía —Y estaría muy bien antes de llenarnos el estómago de alcohol— ¿Hay algún sitio al que quieras ir al que no hayamos ido aún? —Porque sí, teníamos buffet libre en el hotel, pero… ¿qué europeo quiere comer en un maldito hotel pudiendo probar todos los restaurantes nuevas de Las Vegas? Le preguntaba a él porque sin duda alguna era el más organizado de los dos y el que miraba, por decirlo de alguna manera, las “guías”.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Apolo Masbecth el Vie Jun 26, 2015 12:31 am

Desde Inglaterra a Londres, volaron en primera clase tres días antes por motivos de trabajo. Todos los días hacían algo pero nada imponente. Ahora era la última noche y querían divertirse, hacer de esa experiencia una aventura inolvidable, el primer paso para eso era levantar sus traseros de la cama y salir a explorar la ciudad del pecado. El cielo es el límite suelen decir y tienen razón. El rubio recordó los folletos para turistas que estuvo leyendo en el lobby del hotel mientras esperaba a una persona para hablar de negocios. En él pudo hojear varios lugares interesantes pero sin duda el que más le llamó la atención fue el que irían a ver a continuación.

Se subieron a un taxi y en poco tiempo llegaron a aquel hotel casino/ rascacielos. Subieron el elevador hasta el último puso, la azotea por así decirlo, dentro había varios restaurantes y tiendas pero también dos atracciones principales que se caracterizaban por llevarse a cabo en el aire a miles de metros de distancia del suelo. Abi pareció emocionada con la idea y el rubio agradeció aquello, pensando que se echaría para atrás al último momento. Se formaron en la línea pero no había mucha, dejó que su amiga pelirroja comprara los boletos mientras susurraba algo con el hombre y no supo qué fue pero sonrieron.

- Además si volamos en escobas, ¿por qué tendríamos que tener miedo a estas cosas? - susurró en su oído para que los muggles no pudieran escucharlos. En ese momento fue su turno de subirse a aquel juego mecánico. Apolo abrochó el cinturón de seguridad e intentó sostenerse de algo pero no había en que. Mentiría si dijese que no estuvo nervioso, pero una vez comenzó a dar vueltas y estas fueron aumentando se le olvidó, disfrutaba de la adrenalina, incluso levantó ambas manos sonriendo y dejando que el viento le diera de lleno en el rostro. No pudo admirar nada de la hermosa vista pues la velocidad aumentó con gran consideración y para cuando volvió a disminuir ya estaba mareado y todo le daba vueltas. Se bajó con la ayuda de uno de los operadores y al pisar el suelo se recargó en Abi por unos segundos para aclimatarse. - Yo nunca fui a un parque de diversiones muggle, pero debo decir que si todos son así, me agrada  - ya se encontraba bien, su color volvió a la normalidad y estuvo listo para el siguiente juego.

- ¡Sí! Aquí mismo, vista espectacular, ¿qué más quieres? Mientras ligabas con el operador reservé una mesa - sonrió y en ese momento los llamaron a subirse. - Después de cenar podemos ir a los clubs, a las capillas a ser testigos en la boda de algún extraño, que se yo, ya se verá sobre la marcha - le guiñó un ojo y se subieron. Apolo lo sentaron al principio de aquella atracción junto con una turista que ni siquiera hablaba inglés, parecía ser de la India y el marido estaba detrás con Abi. Apolo miró con cara de pocos amigos a la pelirroja pues sospechó que fue la de la idea. El aparatejo ese comenzó a moverse hacia delante, peligrosamente inclinado y parecía que se saldría de aquella estructura pero justo antes que eso pasara se iba en reversa, y así fueron varias rondas. En algún momento en que estaba preocupado por no irse de hocico contra el pavimento y hacerse mierda la varita se le salió de los bolsillos y no se dio cuenta, probablemente golpeando a un transeúnte o sacándole un ojo.

El juego terminó y se bajaron. - Creo que prefiero el primero   - dijo a su amiga y entonces caminaron rumbo al restaurante que estaba a solo unos metros de distancia. - Mascbeth, reservación para dos - el capitán de camareros lo buscó en la lista y los llevó hasta su asiento. Quizá no iban vestidos para la ocasión, las personas iban de vestidos de cóctel y traje sastre, mientras la pareja de magos de manera muy casual. Los sentaron en una de las mesas que daba al ventanal de cristal, admirando así las luces y la ciudad completa. - Una botella de cabernet sauvignon por favor - ordenó mientras veía aquella increíble vista. - América, tierra de la libertad y de los magos más recatados que conozco, vaya contradicción - sonrió a su amiga. - ¿Es tu primera vez en el continente? La mía en Norteamérica al menos si, en Sudamérica he estado decenas de veces, muchos dragones  - habló de manera queda para que nadie escuchara, a pesar de que el salón estaba a su mitad de capacidad.

Restaurante:
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Abigail T. McDowell el Mar Jun 30, 2015 1:38 am

La escoba la controlabas tú, pero una atracción como estas no ibas a saber nunca por dónde te iban a salir. Cierto era que te subías con la idea de: “he sobrevolado a más de tantos metros por encima de la tierra” pero está claro que la sensación y la adrenalina que te subía era muy distinta. Cuando nos bajamos de la primera atracción, Apolo se apoyó en mí. Por su comentario di por hecho que nunca antes se había montado en ninguna. Yo hace años, cuando aún estaba en la universidad, había ido a montón de parques de atracciones con la gente que, por antaño, consideraba mis amigos.

Te encantaría. Esta ha estado muy bien, pero los parques de atracciones son famosos por algo. Ya sé que regalarte para tu cumple. Ahora que tienes hijo se verá más lógico que vayas a un parque de atracciones —le di un codazo amistoso. Apolo con hijo… aún me parecía increíble. Mientras esperábamos a la siguiente atracción, aproveché para preguntarle que dónde cenaríamos, porque estaba claro que si no cenábamos, beber no iba a ser muy buena idea—. ¿Ligar, yo? Por favor… —miré a Apolo de reojo. El acento inglés de los americanos me gustaba, era mucho más sensual que los europeos. O será que después de 28 años escuchando se vuelve aburrido—. Me encanta Las Vegas, pero creo que me decanto por los clubs. Mañana nos subiremos al avión sin acordarnos de nada —dije, mirándole con travesura— Yo me encargaré que no te acuerdes de nada… —esbocé esa traviesa sonrisa que poca gente solía ver de mí, ya que poca gente solía salir de esta manera conmigo.

Nos subimos en la siguiente atracción y la cara de Apolo cuando la sentaron con esa india fue todo un poema. Sonreí con complicidad, hasta que a mí me tocó tener al indio a mi lado. Su piel era color colacao y tenía un bigote tremendamente frondoso y muy poco atractivo. Me miró con algo de descaro y yo le aparté la mirada. Tiene suerte de que se me haya olvidado la varita. Por suerte la atracción era bastante fuerte como para obviar el hecho de tener como pareja a esa pareja de indios tan raritos. La atracción parecía insegura y te daba la típica sensación de realmente terminar como un puré en el suelo que parecía estar a más de dos kilómetros de dónde estábamos. Aunque sin duda alguna, el primero era un continuo subidón de adrenalina.

A mí también —le contesté a Apolo cuando salimos detrás de los indios—. ¿Te gustó tu pareja? Debería haberte tocado el hombre, seguro que con ese bigote te robaba el corazón —justo en ese momento, los indios se pararon y nosotros pasamos por delante de ellos. Le di un codazo a Apolo— Qué sexy. ¿Eh? Grrr… —Era coña, obviamente, pero siempre me había hecho gracia reírme de la gente que, para mí, no tiene ni una pizca de atractivo.

Entramos al restaurante por la reservación de Apolo y no tardaron en llevarnos a una mesa que daba a la ventana. Casi todo el mundo estaba bien vestido, mientras que nosotros estábamos vestidos como quién sale casualmente a cualquier sitio. La verdad es que mucha gente podría sentirse incómoda por no estar vestida “adecuadamente” a dónde está. Pero yo era una de esas personas a las que rara vez le importaba las apariencias de ese tipo. El camarero vino tras sentarnos y nos trajo la carta y nos tomó nota para las bebidas. Apolo fue el encargado de pedir un buen vino. O eso parecía, la verdad es que yo de vinos soy tan buena como en las relaciones. Observé distraídamente la carta mientras escuchaba a Apolo.

Nunca antes había venido. Dice mucho de mí que el primer sitio que piso de NorteAmérica sea Las Vegas, ¿no crees? La ciudad de la fiesta —sonreí de medio lado— Europa si me lo conozco bastante bien, pero nunca había tenido motivos para cruzar el Atlántico, mucho menos ahora que tengo un buen trabajo que ocupa el 80% de todo mi tiempo —le expliqué, encogiéndome ligeramente de hombros por la excusa obvia— Mi primera vez contigo, ¿quién me lo iba a decir? —lo miré con una divertida sonrisa—. Creo que me voy a pedir salmón a la plancha que hace tiempo que no me lo tomo —decidí, cerrando la carta para cruzarme de piernas y mirar por la ventana. El camarero llegó con la botella y aproveché para hablar con él— Hola. Perdona. ¿Cuál es el mejor lugar al que irse de fiesta de todas Las Vegas? —le pregunté.

El camarero me miró mientras abría con el sacacorchos el vino y se hizo el pensativo.

Los turistas suelen decir que los mejores sitios para ir de fiesta en Las Vegas con la XS o la TAO. Y es verdad que son muy buenas. Pero como ciudadano de Las Vegas con alma fiestera a partir de las doce de la noche… —dejó caer, dándonos a entender que salía de trabajar a esa hora— creo que es mucho mejor Hakkasan, aquel edificio de cinco plantas —señaló a través de la ventana un gran edificio de cinco plantas que saltaba a la vista porque recién acababa de encender todas sus luces— O incluso el Light Nightclub.

Quitó el corcho del vino y sirvió con tranquilidad a Apolo y a mí en nuestras copas.

Gracias —alcé las cejas hacia Apolo, pues ya teníamos sitio a los que ir hoy.

Perdón por la indiscreción, pero… —el camarero hizo una pausa— ¿Sois pareja? —preguntó. Y en este momento, debíamos de descifrar si lo preguntaba por su interés en mí o por su interés en Apolo. Que, teniendo en cuenta la suerte que tengo con él cuando salimos, probablemente sea por su interés en él.

No. Estamos aquí por “trabajo” —contesté haciendo comillas, ya que después de preguntarle por el mejor sitio de fiesta, no era muy profesional.

El chico sonrió y dejó el vino sobre el cubículo de hielo, sacando su bloc de notas para tomarnos el pedido.
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Apolo Masbecth el Vie Jul 03, 2015 1:22 am

- Si, porque ambos sabemos cómo me ponen los bigotes frondosos  - le dio un codazo amistoso, riendo por la insinuación de su amiga respecto al hombre de color. La verdad es que no fue nada placentero para él ser compañero de la pareja del señor ya que no tenía un aroma agradable y esperó que no se le quedara guardado por el resto de la noche. Cuando se bajaron de aquella atracción la pareja de esposos o novios se adelantaron a ellos entrando también al restaurante, pudo ver como se sentaban muy cerca de la entrada y agradeció que no fuese cerca de ellos.

Los sentaron a ellos también en la mesa junto al ventanal, admirando la belleza de vista que tenían. - Yo no sé cómo puedes con ese trabajo que absorbe todo tu tiempo y tu vida, yo no sirvo para estar en una oficina encerrado en cuatro paredes, sentiría asfixiarme, prefiero el aire libre - comentó, sabía que su amiga disfrutaba bastante de su trabajo y que no todas las personas eran iguales porque eso resulta aburrido, pero aun así no podía entender que alguien decidiera vivir su vida sobre un escritorio llenando papeles, era absurdo e inconcebible para el mortífago.

- Tu primera vez, eres virgen, eso se tiene que celebrar - comentó riendo, siguiendo el chiste. En ese momento apareció el camarero con la botella de vino ordenada por el rubio y su amiga pelirroja parecía dispuesta a indagar por un local donde eran los mejores sitios para divertirse en la ciudad del pecado. Apolo notó por los movimientos corporales y las expresiones del empleado que le gustaba uno de los dos, pero no supo quién con exactitud porque los miraba a ambos por igual. Recargó los codos sobre la mesa conforme escuchaba las recomendaciones y sugerencias de a dónde ir si se quiere vivir una experiencia como los locales. Finalmente sirvió las copas con vino e hizo una pregunta un tanto fuera de lugar pero que se la permitieron.

No pudo evitar reír cuando preguntó si eran pareja, aunque no sonaba tan descabellado, ya en un par de ocasiones los habían confundido por ver lo cercanos que solían ser el uno con el otro. - Estamos trabajando en eso, ¿por qué? ¿Te gusta? - preguntó con una sonrisa socarrona y el mesero se apenó. - Yo quiero un corte new york con papas fritas y ensalada de col  - dijo entregando el menú mientras le tomaba la orden a su amiga, finalmente el empleado se retiró a la cocina. - Seguro le gustaste, vamos, es que estas toda guapa - le dijo levantando su copa y ofreciendo un brindis - Por olvidarnos hasta de nuestro nombre - brindaron y la comida llegó, el platillo que ordenó resultó ser bueno pues hasta hizo un gesto de aprobación y terminó quitando un poco del plato de su amiga para probarlo. - El tuyo esta mejor - dijo haciendo un puchero, ya llevaban media botella de vino. - ¿Vamos al sitio ese que mencionó tu pretendiente? - preguntó sonriendo.
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Abigail T. McDowell el Sáb Jul 04, 2015 5:09 pm

Habían mucho tipos de personas y yo estaba dentro del grupo al que le encantaba trabajar con autoridad, acatando y dando órdenes. Nunca me he visto como Ministra, siendo la máxima figura representativa que ordena todo el mundo mágico. No, por favor. Nunca he querido ser una figura que me reconozca todo el mundo. Como asistente tengo muchísimos poderes y no me conoce tanta gente. Era justo lo que yo necesitaba. El trabajo de Apolo y el mío eran completamente opuestos. El mío era encerrado; el de él al aire libre. Él trata con dragones; yo con cerdos. Él se rodea de animales y yo de informes. Absolutamente nada que ver. Hasta los dragones seguro que son más limpios que los cerdos.

No tengo nada mejor que hacer —dije claramente, ya que si lo pensábamos fríamente… ¿Qué tenía yo aparte de mis trabajos? No tenía nada. Ni familia, ni ningún compromiso. Que podría sonar triste, pero a mí me parecía fantástico—. Nací para trabajar y se me da bien. Ya habrá tiempo de cambiar —Quién me conociera un poco sabía que el trabajo que tenía era perfecto para mí, que se me daba fenomenal y que si lo pensabas, ¿dónde me veías trabajando si no era en esto? En un principio opté por estudiar para desmemorizador y, a pesar de terminar la carrera, empecé a subir escalones en el Ministerio por mi actitud y mi dedicación.

Uy sí, yo virgen. Tuve que reír ante lo que dijo e inevitablemente me vino a la mente mi primera vez. Qué desastre de primera vez… Todo lo que podría salir mal en la primera vez, me salió mal en mi primera vez. Pero bueno, es una buena anécdota que contar cuando se está borracha, porque para otra cosa no sirvió, más que para anécdota futura.

Entonces vino el camarero, un hombre alto, castaño y de tez morena. Tenía la barba muy bien recortada e iba vestido elegantemente con una camisa de manga larga de camarero. Por sus preguntas y su interés se daba a entender que le interesaba alguno de los dos y, teniendo en cuenta el historial de Apolo conmigo, pues estaba claro que sería él. Debía de buscarme más amigos heteros o que sean más feo que Apolo, porque está claro que todos los gays se acercan a hablar con él porque tienen esa especie de radar que capta a cada uno de los homosexuales de la zona por vibraciones y saben que yo no soy más que una amiga, mientras que los heteros desde que ven a una despampanante chica como yo junto con un pedazo de ejemplar como lo es Apolo, pues se achantan.  Ordené mi comida y el camarero se fue a hacerla.

Estoy preciosa, pero déjame decirte que tienes un arte innato para atraer a los tíos buenorros, así que deja de hacerme ilusiones —le reproché, con un tono de voz tranquilo y que parecía incluso sabio. Yo ya tenía asumido que chico guapo que se me acercaba estando con Apolo, era realmente para saber si yo era lesbiana y juntarme con su amiga lesbiana que estaba en la otra esquina del recinto. Mientras tanto, Apolo y yo brindamos por esta noche y yo esbocé una traviesa sonrisa antes de llevarme la copa a los labios. La comida no se hizo de esperar y ambos comimos tranquilamente. Yo reí ante el puchero que hizo Apolo al probar mi comida, ya que lo cierto es que estaba delicioso y no dudé en aceptar lo que proponía—. ¿A cuál de todos? Al Hakka… ¿Hasssanka? ¿Al de cinco plantas o al otro? —pregunté, sin tener muy claro cómo se llamaban los locales— Aunque creo que me llama más el Hakka. Cinco plantas dan para mucho juego.

Luego me pareció divertido hacer una apuesta. Adoraba las apuestas pues le daban emoción a absolutamente todo, por muy absurdo que fuera. Tomé otro trozo de mi pescado con papas y, tras tomar un poco de vino, observé cómo el camarero estaba mirando a nuestra mesa. Me hice hacia adelante y sonreí.

Cuando nos vayamos, si le decimos al camarero a cual vamos a ir, seguro que irá a ese. Y podremos saber quién le gusta. Imagínate si estoy segura de tu habilidad innata para atraer buenorros de tu acera, que te apuesto 50 galeones a que le gustas tú —una traviesa se pintó en mis labios, justo antes de llevar a ellos mi copa.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Apolo Masbecth el Jue Jul 09, 2015 11:18 pm

El trabajo está claro que es diverso y para todos los gustos. En este caso ambos mortífagos aman lo que hacen y se pueden considerar adictos al trabajo pero en diferentes profesiones. Ya sea dentro de cuatro paredes, al aire libre, tratando con personas o con criaturas mágicas, todos tienen sus méritos, así que aunque sean diferentes al final de cuentas lo disfrutan, por lo cual el rubio entendió perfectamente lo que su amiga quiso decir con ello. Incluso cuando mencionó que no tenía nada mejor que hacer. - Bueno, ¿quién sabe? Tal vez en unos años estés casada y con suficientes hijos como para formar un equipo de quidditch, nunca digas de esa agua no beberé - comentó divertido. Por ejemplo a él si le hubiesen dicho unos meses atrás que tenía un hijo de diez años los tacharía de locos. Jamás se imaginó teniendo hijos y ahora tenía uno que poco le faltaba para entrar a la adolescencia, la etapa más difícil de una persona, tanto como para él como para los padres, Apolo estaba convencido que era una especie de castigo divino el haber puesto a su hijo en su vida, aunque comenzaba a tenerle cariño y eso no lo pudo negar.

La comida fue llevada a la mesa, comieron y bebieron mientras hablaron sobre las conquistas del rubio y como su amiga se quedaba frustrada con ellas. - Pues entonces debemos comenzar a ir a sitios donde los ojos se posen en ti, en una mujer con falda y escote - comentó mientras robaba un poco de su comida. - Es eso, que vamos a los sitios equivocados para ti - le guiñó un ojo y cuando se dio cuenta la botella de vino ya estaba vacía. - a ese, el de cinco plantas - dijo mientras llamaba con una mano al camarero, en esos momentos su amiga sugirió una apuesta, no sonaba tan descabellada así que aceptó. - De acuerdo, pero te advierto que vas a perder - murmuró justo cuando el chico regresó con una sonrisa de oreja a oreja para ambos.

- ¿Serías tan amable de traer la cuenta? Y gracias a ti creo que nos decidimos por el Hakkasan, suena divertido - le guiñó el ojo y él chico pareció contento por aquel comentario mientras se retiraba. - Sigo creyendo que te quiere a ti - logró decir antes que rápido como un trueno apareció nuevamente el empleado, entregando la cuenta y debajo de está aparecía un número de teléfono en manuscrito. Apolo pagó la cuenta y le dio el trozo de papel a la pelirroja - parece que te dejaron algo, lástima que no usemos teléfonos - se levantaron de la mesa y salieron del restaurante.

Comenzaron a descender hasta la primera planta donde salieron a la calle y decidieron tomar un taxi hasta el club nocturno al que irían pues estaba a una distancia considerable. El chofer del transporte miraba por el espejo retrovisor a la chica, Apolo lo notó y sonrió dando un codazo a esta para que se diese cuenta. Antes de poder decir algo llegaron a su destino. El sitio. Lo primero que se admiraba de la fachada era el tremendo león tamaño gigante en color dorado bastante impresionante. Entraron al sitio después de pagar la entrada, dentro había un mar de personas bailando al ritmo de la música, al parecer era la noche donde se presentaba un dj famoso y estaba repleto de gente joven, sosteniendo unas varitas de colores neón. Fue ahí que el rubio palpó sus bolsillos y se dio cuenta que no llevaba la varita. - Mi varita no está, debió caerse en los juegos esos  - su rostro mostraba preocupación, pero finalmente se relajó. - Bueno no importa, ya me conseguiré otra cuando volvamos no creo necesitarla - le dio un beso en la mejilla a su amiga mientras la tomaba de la mano y caminaban entre la gente intentando no separarse.
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Abigail T. McDowell el Dom Jul 12, 2015 1:41 am

POR FAVOR. Miré a Apolo con un increíble gesto de reproche. ¿Yo casada? ¿Yo con hijos? No, espera. ¿Yo con los suficientes hijos como para crear un equipo de Quidditch? Ya bastante raro y horrible me sonaba tener un sólo hijo como plantearme la estúpida idea de tener otro en el caso de tener la mala suerte de tener que parir al primero. No, nunca había tenido esa sensación de querer ser madre, esa maternidad que le sale a las mujeres a cierta edad… Quizás no había llegado mi momento, pero creo que bastante maternidad tengo con mi hermano como para preocuparme por tener un hijo. Quizás nunca me lo había planteado como algo lógico por el simple hecho de que siempre he visto a los hijos como una carga, por el hecho de que como hija nunca me he sentido especialmente bien y, por el hecho, de que tener un hijo yo sola, como que sería un poco desagradable.

Tienes que estar de coña —dije claramente, mirándole con una ceja alzada—. Casada y con hijos… qué bien me conoces —añadí, mirándole de reojo mientras— El día que vayas a mi boda, recuérdame este día. ¿Quieres? —comenté, dando por hecho de que nunca iba a casarme. ¿Vestirme de blanco para declarar mi amor eterno por una persona? No me hacía NINGUNA ilusión. Pero oye, el día que pase, si pasa, ya tenía Apolo una razón para llevarme al altar mientras me decía: “TE LO DIJE”. Porque obviamente no tengo padre, ¿quién iba a llevarme si no?

Entonces Apolo llegó a la conclusión de que el problema es que íbamos a sitios equivocados. La verdad es que necesitaba ir a algún sitio en dónde desmelenarme y en dónde conseguir a algún Americano sexy que me hiciera olvidar toda la paranoia molesta que me rondaba la cabeza. ¿Por qué me molestaba tanto el hecho de que Caleb hubiera empezado con Alyss? Porque me molestaba. Y mucho. Que alguien me explique que tiene esa mujer que no tenga yo. Necesitaba esa atención en dónde los hombres se fijasen en mi escote y en mi falda y dejar todo ese tema de lado cuánto antes.

Me parece correcto. Entonces no te extrañe si a mitad de la noche desaparezco… —lo miré de manera traviesa. Era nuestra última noche allí juntos, no iba a irme con nadie por muy bueno que estuviera— Contemos las veces que se nos han acercado por ti y se nos han acercado por mí. Tu sensualidad homosexual me hace plantearme mi atractivo. Y eso es decir bastante de mí, que tú no me admiras, pero estoy increíble —dije, haciendo que el ego bajase, para subir yo—. Cincuenta galeones —repetí, para que quedara constancia.

El camarero volvió a acercarse tras la llamada de Apolo para pedir la cuenta. Era muy guapo, pero lo dicho… era más una apuesta divertida en dónde poder alardear de tener razón o de ser aquella persona por la que estaba babeando que otra cosa; nadie perdía en realidad. Aquel viaje era para pasar tiempo juntos ya que habíamos aprovechado su trabajo, no era plan de desaprovechar la última noche que habíamos prometido que sería épica. Ambos habíamos dejado atrás nuestra etapa adolescente llena de fiestas, pero aún éramos jóvenes y sin duda alguna, este tipo de fiesta nunca agotan a nadie. Por lo menos no a mí. Adoraba la música, adoraba bailar y beber… adoraba todo lo relacionado con el desorden y la locura que se creaban en esos sitios.

Volvió el camarero y dejó con la cuenta un número de teléfono. Pobre muggle incomprendido. Reí ante lo que dijo Apolo y cogí el papel con el número de teléfono para guardármelo en el bolsillo. Ya suficiente desgracia tenía el pobre muggle con que no íbamos a llamarlo como para encima que viera que no habíamos cogido su teléfono.

Salieron de allí y bajaron para buscar un taxi que los llevara a la discoteca en cuestión. No me había dado cuenta de nada dentro del taxi, hasta que Apolo me dio un codazo para darme a entender que el taxista me estaba mirando. A ver, si era normal. Estos americanos no están acostumbrados a tener semejante belleza europea como lo soy yo. Sonreí ante aquello y no tardamos en llegar a dónde estaba aquella impresionante discoteca. Vale, en esto nos ganan los americanos. Entramos al interior y, a medio camino, Apolo se dio cuenta de que no tenía la varita. Hasta yo me preocupé. De hecho, me preocupé porque no me acordaba de dónde había dejado la mía. Una satisfacción similar a la que te entra cuando te baja la regla después de tres semanas de retraso, me invadió al recordar que la había dejado en la habitación.

Pues qué mierda. ¡La varita elige al mago Apolo! ¡LA VARITA ELIGE AL MAGO! Ahora tu varita la tendrá un sucio muggle pensando que es un palo rascador de espaldas. ¿SABES LO QUE ES ESO? Es un mierda de final para tu gran palo de madera que ha estado contigo desde que tienes 11 años. ¿Te parece eso justo? —Le había sujetado incluso por la camiseta para darle más dramatismo al asunto. A mí es que el asunto de la varita me parecía realmente importante. Mi varita era increíble para mí, mientras que las demás que había usado era como usar una de mentira; una que parecía no comprenderme. Nunca me había especializado ni informado nada en varitas, pero era increíble. De ahí mi rara fascinación por coleccionarlas—. Pero tampoco puedes hacer mucho. A saber dónde estará. Y si se cayó estando en una de esas dos atracciones probablemente ahora sea un par de astillas.

Caminé junto a él hasta el interior del local, llegando directamente a la barra. Habíamos pagado la entrada en dónde tendríamos barra libre durante tres horas. Yo ODIABA el tequila y probablemente Apolo lo supiera después de todas la veces que me ha visto beberlo y que me de una arcada al momento. Pero en aquel momento necesitaba ese poderoso elixir de alcohol para simplemente perderme en un mundo totalmente distinto fuera de responsabilidades y en dónde sólo me dejase guiar por la música. Necesitaba desconectar. Le puse el suyo delante, junto con la sal y el limón y no tardé en beberme el mío rápidamente. Como de costumbre, el ceño se me frunció y cerré los ojos al sentir ese horrible sabor bajando por mi garganta.

Entonces comenzó a sonar una típica canción latina que era esa típica canción que te hacía mover el esqueleto aunque la letra fuera una puta mierda sin sentido. Ese tipo de canción que al principio no te gusta, pero después de tanto ponértela, termina convirtiéndose en tu canción favorita para bailar. Como yo tenía un arte innato para mover el cuerpo al ritmo de la música, con ese deje sensual y rítmico, sujeté a Apolo por la mano y lo arrastré hacia la pista de baile, metiéndonos entre la multitud para comenzar a bailar. Era el único con el que podía bailar deliberadamente, pegados, separados o como fuera y con el que más a gusto me sentía.
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Apolo Masbecth el Sáb Jul 18, 2015 1:10 am

Frunció el ceño con el regaño que su amiga le estaba propinando, al rubio no le preocupaba el hecho de que la varita yacía en la acera hecha trizas, no, él podía reemplazarla fácilmente a pesar de lo que Abi mencionaba por lo que su preocupación se fue tan rápido como llegó, no pensó arruinar la noche con eso. - ¿De verdad crees que es la única varita que he tenido por quince años? He tenido decenas, no me suelen durar demasiado desde que comencé mi trabajo como dragonolista. Cada una de ellas igual de especial que la otra, así que no te preocupes cariño, divirtámonos que para eso hemos venido - le guiñó el ojo y volvió a darle un beso en la mejilla, ya podría dejar de pensar en ello. Caminaron dentro del local hasta llegar a la primera planta que parecía tener la pista de baile más grande que el rubio hubiese visto antes, pues no por nada ese sitio solía ser el lugar donde estar en una noche de fiesta con presentaciones de djs internacionales, esa noche había uno de ellos y la multitud tenían la casa llena.

- Tequila, tu favorito - sonrió cuando ella le ofreció un shot de ese manjar que tanto le encantaba después de probarlo en uno de sus viajes a México. Primero succionó la rodaja de limón y su paladar captó lo ácido del cítrico, teniendo que beber de una sola vez el tequila, sintiendo lo rasposa que le quedaba la garganta e hizo un sonido de satisfacción. Antes de marcharse a la pista de baile como su amiga le pidió se volvió a tomar otro tequila y finalmente accedió, caminando entre el mar de gente y llegando hasta lo que parecía ser el centro de la pista, aunque con tanta concurrencia resultaba difícil saberlo.

La canción en particular era de esas típicas diseñadas especialmente para el verano, que no te dejan un buen sabor de boca con sus letras, pero que te obligan a mover el esqueleto y eso es justo lo que Abi y Apolo terminaron haciendo. Sin preocuparse por el que dirán ni por quien los miraran, el rubio tomó a la chica de la cintura y comenzó a contonearse al ritmo de la música latina, al ser ambos ingleses aquello no les viene natural, sin embargo tras años de viajar aprendió uno o dos trucos sobre baile que después enseñaría a su amiga y aquello dio frutos pues la gente a su alrededor comenzó a aplaudirles la mayoría al ser blancos que no tienen ritmo. Las luces de pronto se enfocaron en la pareja y él aprovechó para pegarla más a su cuerpo y darles el espectáculo que ellos querían. Le hizo dar vueltas y él también las dio, sus pies se movían con tal agilidad que por segundos parecían despegarse del suelo.

La canción terminó y se encontró sudando, unas gotas de agua le escurrieron en el rostro y se las secó enseguida. Sonrió a su amiga mientras descansaba un poco con el nuevo ritmo. Algo menos energético pero aun bailable. - Con esta demostración seguro encuentras ligue esta noche, algunos chicos te echaron el ojo - observó detrás de ella y en efecto miraban en esa dirección, las parejas de los susodichos los regañaban pero los que andaban con otros amigos solteros prestaban especial atención.

- Subamos otro piso a ver que encontramos - sin darle tiempo a responder sujetó la mano de su amiga y se abrieron paso entre la multitud, al pasar con aquel grupo de solteros pudo ver como algunos de ellos trataban de darles sus tarjetas de presentación a Abi pero él solo sonrió y siguió adelante. Subieron al ascensor que los llevó al siguiente piso. Al abrirse lo primero que vieron fue que todo estaba ambientado con luces de color neón, sillones largos de cuero y música a un nivel de volumen más bajo, se trataba de una especie de bar lounge, - no, aquí es demasiado callado, creo que deberíamos seguir explorando - ni siquiera se bajaron del ascensor cuando ya estuvo apretando el botón a la siguiente planta. La tercera planta consta de restaurantes temáticos y algunos bares, pero nada tan activo como la primera planta. Al llegar a la cuarta planta se encontraron con una sorpresa. El camarero del rascacielos estaba ahí, ahora con ropa casual y no el uniforme de color negro. - Hey  - le sonrió y el hombre respondió con un sonrisa - hola, he quedado con unos amigos y los estaba buscando - dijo con esa sonrisa tonta en sus labios. Apolo se dio cuenta que aquello era una mentira pues se le notaba algo nervioso y su lenguaje corporal lo traicionaba. - Oh, pues nosotros estábamos decidiendo a que piso ir, ¿te importaría ayudarnos? por cierto, ¿cómo es que te llamas? - lo observó a los ojos - soy Charlie - les sonrió a ambos.

- La fiesta está en la pista principal, pero el ambiente es más íntimo en el último piso, todo depende que es lo que estén buscando - el tal Charlie se quedó embobado observando a ambos mientras se recargaba sobre un pilar. Mientras los amigos permanecían fuera del elevador sin saber a donde más ir. - ¿Que dices Abi?  - preguntó a su amiga pasando una mano por sus hombros.
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Abigail T. McDowell el Jue Jul 23, 2015 11:10 pm

El tequila era el mal hecho líquido. Lo odiaba con toda su alma. Menos mal que después de beberse ese asqueroso líquido de sabor horrible podías hacer que a tu boca no le diera cáncer repentino con la rodaja de limón. El limón era como el seguro para no potar después de beberse esa mierda. Suspiré después de bebérmelo, porque siempre que me lo bebía, mi cuerpo me pedía a gritos que lo volviera a sacar para afuera. Por suerte, como apenas habíamos bebido cantidades que nos volvieran realmente borrachos, pude retenerlo en mi interior.

Eso sí, ahora lo que quería era bailar. ¿Ya he dicho anteriormente todo lo que me gusta bailar? En mi época adolescente, más bien universitaria, me la dediqué exclusivamente a irme de fiesta para beber y bailar. Era de esas chicas que salían todas las noches y todas las noches conocían a personas nuevas. ¿Salir con los mismos amigos? Rara vez. Bueno espera, ¿yo amigos? Fue cuando empecé seriamente en el Ministerio cuando cambié mis hábitos para convertirme en una mujer mucho más responsable. Además, bailar era una de las pocas formas que tenía de evadir absolutamente todas las preocupaciones. Por eso en aquel momento lo di absolutamente todo junto a Apolo. Realmente él era el que me guiaba; pero fuera o lo que fuese, yo le seguía el ritmo a él y a la música. Ambos teníamos una gran facilidad para bailar y teniendo en cuenta el atractivo de ambos, la sensualidad de nuestro baile no tardó en hacerse notar en todo el local. Fuimos los protagonistas y la gente no paraba de mirarnos. ¿Ya he dicho anteriormente lo que me encanta ser el centro de atención y un objeto de deseo de las personas? Ahora mismo estaba muy contenta.

Cuando terminamos, solté un pequeño bufido ante lo que decía Apolo.

¿De verdad crees que quiero un ligue para nuestra última noche juntos en Las Vegas? —pregunté retóricamente, con una ceja alzada y tras coger aire, pues me había cansado y estaba acaloradísima—. Déjemos los ligues para Londres. Los americanos no terminan de convencerme.

Fue entonces cuando Apolo me sujetó la mano y tiró de mí para salir de la pista de baile, a la voz de subir a otro piso. Si por mí genial. Cuando pasamos por en medio de las personas que nos observaban, algunos me dieron sus tarjetas con su nombre y su teléfono. Malditos muggles con teléfonos. Nada más llegar al ascensor y que la puerta se cerrase tras de nosotros, dejé caer las tarjetas.

Estos muggles con teléfonos… —dije por lo bajo, notando como el ascensor ascendía hacia el segundo piso, el cual no nos llamó absolutamente nada. Estaba bien, pero no era lo que estábamos buscando—. Algo más animado. Quiero bailar mucho y emborracharme mucho. Tú pones las condiciones, mi amigo.

La siguiente planta también parecía ser totalmente contraria a lo que buscábamos, por lo que seguimos subiendo. En la cuarta nos encontramos con el camarero, el cual no tardó en acercarse a nosotros. Yo seguía apostado a que era gay y estaba tras Apolo. Iba vestido con una camisa negra y unos vaqueros algo ajustados, acompañados de unos zapatos que parecían de cuero. Apolo habló directamente con él, preguntándole que qué nos recomendaba. La primera planta era la más fiestera, mientras que la última era la más íntima.

Vamos a ver cómo es la última. Sino siempre podemos volver a la primera y volver a impresionar a todos con nuestros bailes —dije tranquilamente, apretando el botón del ascensor número cinco. Las puertas se cerraron rápidamente y Charlie puso las manos para que se volvieran a abrir.

¿Os importa si me uno a vosotros en lo que llegan mis amigos? —preguntó.

Claro —Entró al ascensor—. Yo soy Abi. Él es Apolo —nos presenté, ya que no habíamos tenido la ocasión de hacerlo.

Subimos entonces al quinto piso y las puertas se abrieron ante nosotros. Era un piso mucho más tranquilo; poseía música electrónica alternativa y justo en el centro del lugar estaba el DJ mientras que debajo de él, en una barra circular, estaban los camareros con las bebidas. Alrededor de todo eso era la pista de baile y, por los bordes de la habitación, había montón de sillones y sillas conformando pequeños grupos. Estaba casi todos llenos, pero había alguno libre.

¿Te apetece tomarnos las siguientes rondas aquí? —le pregunté a Apolo.

¡Voy a buscarnos la ronda! Yo invito a la primera —dijo Charlie, muy emocionado.

Cuando salió directo hacia la barra, miré de reojo a Apolo con una ceja alzada.

Es muy mono. Me gusta para ti —solté una divertida carcajada—. Vamos a ver quién gana la apuesta. Luego nos volvemos a la primera planta.
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Apolo Masbecth el Miér Jul 29, 2015 10:07 pm

No supo porque pero en esos momentos recordó a su hermano mayor, la oveja negra de la familia y el apestado. Él seguramente estaría feliz en un sitio como ese, vendiendo su droga a cuanto ebrio y rico encontrara, probablemente solo para esnifar el sobrante. Como odiaba a su hermano por irresponsable, pero luego le vino a la mente la vez que se drogó con otro de los mortífagos, que aunque fue sin que el rubio se diera cuenta supo lo que se siente estarlo y se juró que jamás lo volvería hacer, al menos por voluntad propia. El ver a un hombre meterse lo que parecía ser cocaína por la nariz sin ningún tipo de pudor en el ascensor fue lo que le hizo recordar a Odiseo. El nivel 5 apareció en la pantalla y se bajaron, dejando a aquel drogadicto dentro. A ellos se les unió el camarero del otro restaurante, el cual era bastante guapo según su amiga y a él le parecía simplemente alguien común y corriente de esos que te encuentras por las calles todos los días, no considerándolo un modelo de ropa interior ni nada por el estilo.

Charlie, como reveló ser su nombre insistía en acompañarlos mientras sus amigos llegaban por lo cual no se negaron y lo invitaron a estar con ellos. Cuando él se fue por los tragos los dos amigos volvieron a hablar sobre el asunto de la apuesta. - Pues ahora que lo estoy viendo con ese atuendo ajustado creo que tienes razón  - hizo un sonido con la garganta parecido a un gruñido pues a Apolo no le gusta perder. - ¿Para mí? Hmmm, bueno, pero es noche de pasarlo bien entre nosotros, ya veremos cómo resulta todo  - le guiño el ojo a su amiga y en esos momentos apareció el tal Charlie con bebidas y cócteles para los tres. Apolo recibió lo que parecía ser un martini de ginebra con un par de aceitunas, un cambio bastante drástico después de tomarse unos tequilas. - gracias - dijo sonriendo al chico y entonces cuando el muggle se dejó caer sobre el sillón de cuero y el rubio se pegó más a él, quedando a solo escasos centímetros de distancia.

- Charlie, dime algo, ¿te parece atractiva mi amiga? - le susurró en su oído para que ella no pudiese escuchar. El hombre de cabellos negros lo miró con los ojos bien abiertos y luego a la chica notando como desviaba la mirada después no sabiendo a ciencia cierta qué decir. - Es muy guapa si - pudo decir luego de unos segundos de completo silencio a excepción por la música de fondo  que apenas y permitía que fuesen escuchados al hablar. - Pero no me gustan las chicas - esta vez miro a Apolo y le dedicó una sonrisa coqueta que el rubio supo interpretar de inmediato. - Ya veo, entonces vienes por mi - el mortífago respondió algo decepcionado en su tono de voz - ganaste querida, lo reconozco y tienes buen ojo  - dijo sacando unos billetes y entregándoselos a ella mientras Charlie los miraba con cara de asombro y molestia.- Oh, solo una pequeña apuesta que tuvimos, nada de qué preocuparse - dijo riendo y posando la mano sobre la pierna del chico quien se puso notoriamente sonrojado del rostro al sentir el tacto ajeno.

- Por las nuevas amistades y porque esta noche nunca acabe - levantó su copa y brindó con los tres bebiendo hasta terminar el trago. Entonces tomó el rostro del chico por la barbilla y le dio un beso un tanto descuidado pues la borrachera comenzaba a subírsele. Al término de este solo sonrieron ambos. - Quiero bailar - les dijo levantando su cuerpo y el de ellos arrastrándolos prácticamente a la modesta pista de baile en la cual había menos personas que en el primer piso. La música era más tranquila pero aun bailable y Apolo se colocó en medio de ambos comenzando a mover su cuerpo al ritmo de la música.
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Abigail T. McDowell el Vie Jul 31, 2015 8:48 pm

Cuando el camarero volvió a aparecer en escena vestido de esa manera, Apolo comenzó a sentirse perdedor de nuestra gran apuesta. Curvé una sonrisa, sintiéndome poco a poco más ganadora. Si es que mi radar de homosexuales masculinos lo tenía fino y con buena precisión. Con las féminas no, a esas nunca las pillo a no ser que se les note mucho físicamente.

Llegamos a la quinta planta y nos sentamos en un pequeño lugar bastante íntimo. Apolo se acercó a Charlie, preguntándole algo al oído. Ambos me miraron a la vez y yo alcé una ceja, oliéndome claramente de lo que estaban hablando. Mi sonrisa se ensanchó cuando vi a Apolo sacarse los billetes y dármelos en la mano. La cara de Charlie no era la más cómoda del universo, pero yo estaba vitoreando mi victoria mientras contaba cual mafiosa que estuvieran mis cincuenta galeones allí.

Sí, una pequeña apuesta. Aun no se ha enterado que no puede rivalizar contra mí —le guiñé un ojo a Apolo divertida. Él será gay, pero yo he tenido años de experiencia saliendo con él y observando las características de todos los hombres que se le acercan a mí y a él. Está clara la diferencia.

Ya es que me hacía hasta gracia. Hasta en Las Vegas se lleva a los hombres. Estaba claro que el atractivo de Apolo era mundial y que también era un auténtico imán para hombres gays. Era mejor tomárselo a broma que en serio eso de que era imposible ligar saliendo con mi mejor amigo. Tras contar el dinero falsamente, pues realmente me quedé en treinta y dos galeones, me los guardé en el bolsillo del pantalón y brindé con ellos, para luego presenciar como se besaban. A ver, dónde está el candelabro… para encender las velas y eso y ejercer de lumier dignamente.

Negué la cabeza con una sonrisa cuando vi que Apolo se levantaba para ir a bailar con ambos. Yo me llevé la copa que estaba tremendamente cargada a la pista de baile. Continué bailando con la copa en la mano y la verdad es que a pesar de que la música no fuera la mejor, me lo estaba pasando increíblemente bien. ¿Ya había dicho lo mucho que me gustaba bailar? Además, con lo borracha que me estaba encontrando, rara vez podía pensar cosas lógicas. ¿Lo peor de emborracharse? Lo retrasada que parecías hablando cuando intentabas decir cosas con coherencia.

Tras un momento en dónde yo me había alejado de ellos movida por la música, me percaté de que Charlie llamaba a Apolo para hablar con él. Como yo era muy cotilla y todo me daba igual, me abrí paso para llegar hasta ellos y me puse de puntillas al lado de Apolo, metiéndome en la conversación. Charlie me miró con cara de pocos amigos y yo alcé una ceja de: “¿Te reviento o qué pasa?”. Me terminé lo que me quedaba de la copa de un trago.

Fue entonces cuando vi lo que tenía en la mano. ¿Eso era una bolsita con pastillas en su interior? ¿Estaba ofreciéndonos drogas? Fruncí el ceño y miré a Apolo.

¡Dí que no! —le dije, por decir, en realidad. Si él se comía una, yo me comía una. ¿Por qué? Porque somos amigos y los amigos hacen las gilipolleces juntas. Bueno, también podría decirle yo que no—. No queremos esa mierda —le dije esta vez a Charlie—, vete a vendérsela a otro.

En realidad… —dijo, mirándonos con una traviesa sonrisa en sus labios, observando que ya teníamos la copas vacías— Ya os he metido una de éxtasis a cada una en vuestras copas.

¿Espera, qué? De repente, una especie de calor empezó a inundar mi mano. Más concretamente, mi puño. Le pegué un puñetazo en la cara que, joder, me dolió una pasada. Por lo menos él estaba sangrando y yo no me había roto ningún dedo.

Sujeté la mano de Apolo, arrastrándolo de allí hacia el ascensor.

Menudo gilipollas. Ya no me gusta para ti —le dije a Apolo, cabreada, como si hubieran tenido una relación muy seria y yo les hubiera quitado la bendición—. Menuda manera de ligar es esa, drogando a la gente. ¿Qué cojones le pasa a los americanos? Menudos perturbados de mierda —Estaba indignada.

Llegamos a la planta uno y todo volvía a ser increíblemente guay. Respecto al ambiente, a la cantidad de personas y a la música. Me paré de golpe y miré a Apolo.

He tomado mucha mierda en mi vida, Apolo, pero creo que éxtasis nunca. No será tan malo, ¿no? ¿O sí? —Es que joder, vamos a pensar… Hemos bebido whisky en la habitación, vino cenando, tequila aquí, ginebra y vodka y ahora una puta pastilla de éxtasis. Iba a darnos un puto infarto.

O a lo mejor era mentira y no nos había echado nada. O sí. Quién sabe.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Apolo Masbecth el Dom Ago 02, 2015 4:00 pm

La música no le molestaba, la encontró con el volumen necesario para disfrutarla pero sin llegar a interrumpir las conversaciones, aunque en esos momentos se encontraban bailando en la pista, pegando sus cuerpos contra los otros, en ese momento no supo como pero su amiga se había retirado un poco de ellos y el tal Charlie aprovechó para acorralar al rubio mostrando una pequeña bolsa transparente con pastillas bicolor. Levantó una ceja claramente molesto - ¿quieres una, guapo? Te hará sentir mejor y más atrevido  - dijo el moreno pasando la yema de sus dedos por los pectorales del rubio el cual no estaba contento con tal ofrecimiento, recordando así a su hermano y la clase de negocio que tiene, definitivamente él no quiso tener nada que ver con ello, pero antes de poder decirle lo que realmente pensaba de la situación su amiga volvió a la escena escuchando todo y claramente indignada con la confesión de su nuevo ex amigo. - ¿Nos has drogado? - su rostro mostraba una ira pero antes de poder golpearlo ella se adelantó y él aplaudió el esfuerzo. - Te mereces algo más, muggle patético - le dio una patada en los testículos haciendo que este soltara la bolsa y cayera al suelo, en esos momentos ambos amigos desaparecieron hasta llegar a los ascensores y luego a la primer planta.

- Eso nos pasa por confiados, pero no entres en pánico, solo fue una pastilla, no vamos a morir de sobredosis - le apretó la mano para que se calmara, se encontraban en el inicio del primer piso donde la música y el ambiente está en su mayor apogeo y es fácil perderse entre las personas. - Además ahí tienes a Odiseo, sigue vivo el cabrón - sonrió, claramente enojado pero los músculos de su boca y quijada le obligaron a responder de esa forma, cuando solo trataba de reconfortarla. En esos momentos sintió que su cuerpo tenía una reacción un tanto bizarra, sintió un escalofrío que le recorrió de pies a cabeza y tenía demasiado calor al mismo tiempo pero la adrenalina le subió en picada que no pudo hacer más que echarse a correr entre la gente dejando a su amiga atrás y golpeando a la multitud se abrió paso hasta el medio de la pista comenzando a moverse y bailar de forma casi irreconocible, algo parecido a un ataque epiléptico.

La música retumba en sus oídos de una forma como nunca antes, los colores de las luces neón se ven tan vivos y brillantes que estira ambas manos para alcanzarlas y jugar con ellas, las personas a su alrededor están tan ebrias o drogadas que lo ven como algo normal y ni siquiera prestan atención al rubio. Su baile es tan enérgico que tiene que sacar la lengua para respirar como un perro, moviendo todas sus extremidades de forma continua hasta que de repente alguien choca contra su espalda y cae de hocico al suelo no sin antes llevarse a un hombre con él. Se levanta rápidamente de un salto sin detenerse a ver quién es y sigue su camino entre la multitud hasta toparse cara a cara con su amiga. La toca del rostro y lo palpa con sumo interés y luego la abraza haciendo que ambos giren en un extraño baile y golpeando a cuanto bailarín se interpusiera en su camino, lo que les llevó a ser llamados la atención por dos personas de seguridad que los escoltaron hasta la salida por decirlo de alguna forma pues a Apolo le tocó una patada en el culo literal para arrojarlo a la calle.

Al dar el aire en su rostro sintió una oleada de frío y se abrazó a si mismo escuchando el sonido de los coches en la avenida, se giró para ver a su amiga en esos momentos que se veía igual o peor - de mejores basureros me han echado - dijo riéndose de forma estruendosa y abrazándola mientras caminaban por la calle como dos personas comunes y corrientes. Al doblar la esquina había una especie de parque donde un espectáculo callejero con fuego se estaba dando y él se echó a correr hasta ahí gritando que alguien se estaba quemando y en un intento de parecer heroico se abalanzó sobre uno de los artistas callejeros que hacía malabares con fuego y lo tacleo hasta caer ambos al suelo y dicho artista se quemó una pierna gritando mientras dos hombres intentaban quitar a Apolo de encima.
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Abigail T. McDowell el Dom Ago 02, 2015 11:39 pm

Sin duda alguna nos había ocurrido por ir de flipados haciendo apuestas sobre la orientación sexual de un hombre. Ahí lo teníamos, al subnormal ese intentando vendernos drogas después de habernos echado una en la copa. ¿Pero qué clase de perturbación mental tenía ese tío en su cabeza? Menudo gilipollas. Tenía suerte de que no tuviera la varita encima porque le cortaba los huevos y se los daba de comer. Salí de allí con Apolo echando humo por todos lados, ya que me tocaba las narices que decidieran por mí algo que obviamente yo no hubiera hecho.

Una vez llegamos a la primera planta, Apolo me tranquilizó. Tenía razón: si Odiseo seguía vivo, no podía pasarnos nada por haber consumido una pastilla. Porque esperaba fervientemente que fuera sólo una pastilla y el subnormal aquel no se le hubiera ocurrido echar más.

Vale, sí, tiene razón, pero… ¿Apolo?—Pero Apolo me había soltado y se había puesto a caminar hacia el interior de toda la muchedumbre. Lo miré extrañada. ¿Por qué me abandona? Aunque luego cuando vi que se ponía a bailar, no pudo entrarme más ganas a mí.

Esa satisfacción que te llena el pecho al estar haciendo justamente lo que quieres. Me abrí paso a través de todo el mundo y justo comenzó a sonar una música electrónica que parecía que cada vez iba más en incremento. Perdí a Apolo entre la multitud, pero no me importó en ese momento, ya que me quedé en medio de todo el mundo mientras bailaba. Mis manos se alzaban sobre mí en estúpidos movimientos sin sentidos y las luces epilépticas que estaban por toda la zona estaban consiguiendo que me convirtiera en una con la discoteca. Justo en esa parte de la canción en dónde el ritmo es continuo y alguien canta a la espera que rompa, me quedé observando como todo pasaba a cámara lenta por delante de mí, mi mirada debía de ser pura locura en aquellos momentos. Eso sí, cuando la canción rompió… Tanto yo como mi nuevo amigo rubio que se había puesto a bailar conmigo, comenzamos a saltar como si se nos fuera la vida en ellos. Estaba sudando ya. Exhausta.

Justo cuando la canción terminó, vi a Apolo acercarse a mí y toquetearme la cara. Yo, con la respiración algo acelerada, me quedé mirándole fijamente a los ojos, como si en ellos hubiera visto un fantasma. Comenzamos a bailar de… una manera un tanto peligrosa, por lo que cuando le dimos a varias personas, no tardaron en echarnos de allí.

AIRE. Por un momento creía que me iba a morir de calor ahí dentro, por lo que agradecía que los guardias fueran los que dieran el paso de sacarme de ahí, ya que por mí me hubiera quedado toda la noche bailando hasta desfallecer ahí de hipertermia.

¡Vamos a buscar un sitio mejor! —dije, abrazando a mi amigo y comenzando a caminar más felices de lo normal por la calle.

Los coches, cada luz y cada ruido, lo escuchaba y lo veía de manera intensificada. Era como si estuviera en un trance continuo, en un mareo infinito. Parecía que estaba viviendo en otro cuerpo totalmente diferente con una visión totalmente distinta. Llegamos a una plaza en dónde había mucho fuego. Yo me quedé quieta mientras lo observaba expectante. ¡Parecía un Fyendfire! ¿Habría algún mago por ahí? Para cuando me quise dar cuenta, vi a Apolo corriendo hacia allí y abalanzándose contra uno de elos malabarista. Salí corriendo detrás de él y, cuando llegué a una distancia prudencial, vi como estaban atacando a Apolo. ¿PELEA? ¿¡Están pegando a mi amigo!? ¡A mi amigo no lo toca nadie! Me adelanté hacia los hombres que estaban con las manos encima de mi amigo y, tras llamar a su hombro, le pegué un puñetazo en la cara al más bajito.

¡A mi amigo no lo toca ni Dios! —Bueno, mi amigo era gay, obviamente no lo iba a tocar Dios—. ¡Apolo, levanta!

Y, acto seguido, volví a pegar un puñetazo al pobre malabarista que venía en son de paz hacia mí a tranquilizarme. Esta vez no fue impulsivo, sino premeditado, por lo que mi puño no había sufrido como antes.

¡Haz pegado a mi amigo!

¡No, yo no he pegado a nadie!

¡Si te he visto, mentiroso! —O por lo menos, creía haberlo visto… Según mis recuerdos, mi amigo Apolo estaba en el suelo mientras dos le pegaban. Tres contra uno, no tienen vergüenza estos americanos—. ¡Tres contra uno! ¡Sinvergüenzas!

La gente nos miraba, pero me daba igual. Eso sí, cuando escuché las sirenas de un coche policía… Busqué a Apolo y lo cogí del brazo.

¡Corre! —Y tiré de él como alma que lleva el diablo—. ¡La pasma! —añadí. ¿Y esa jerga de yankee chunga de dónde había salido?

Lo importante ahora era salir de ahí. Los policías se quedarían rezagados al ver como mi amigo Apolo le quemó la pierna a uno como DEFENSA PROPIA y nos daría tiempo a huir. Pero no, justo a lo lejos me fijé en que uno de ellos corría detrás de nosotros. Le señalé a Apolo uno de los casinos más cercanos y nos metimos en el interior tras cruzar la calle por donde no había paso de peatones y hacer que algunos coches dieran unos frenazos para no matarnos.

Llegamos a la entrada del Casino Royale y ambos nos paramos a la vez para salvaguardar la apariencia. Miré a Apolo y me descojoné, sujetándole del brazo para mirar hacia atrás y ver que el policía estaba muy, muy lejos, eso sí, ya estaba acompañado.

No creo que nos encuentren aquí dentro… ¿Te he dicho ya que tengo una suerte excepcional con los dados? Digo, por si quieres que tu fortuna se duplique… —dije, llegando a la puerta con él—. O a la ruleta. ¡A la ruleta!  Me lo merezco después de haberte salvado ahí detrás. Tres contra uno, estos americanos no tienen honor. La próxima vez avisa y entramos a la vez.
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