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Piñazo con una Alfombra Mágica. {Jayce Corvin}

Stella Moon el Vie Jun 19, 2015 11:08 pm

Cuando era Instructora de Aparición me gustaba mi trabajo. No estaba mal, había mucho tiempo libre y todo eso, pero había un problema y era que tenía un jefe gilipollas. A mi no me importaba tener a alguien por encima de mi que me diese órdenes. Después de todo, para los mortífagos cumplir órdenes era una de las primeras cosas que teníamos que aprender si queríamos sobrevivir en las filas del Señor Tenebroso. Él no toleraba rebeldes ni desobedientes. Y por eso, cumplir órdenes era algo que nunca me había molestado. Eso sí, recibirlas de un imbécil sí que me molestaba, y por eso mismo me había encantado cuando se había ido. Me había encantado aún más cuando la nueva jefa había sido nada más no nada menos que yo. El horario era mucho mejor, el sueldo era mucho mejor, mi puesto en el ministerio era mucho mejor... Aunque la responsabilidad era mucho mayor. ¡Pero bueno! Eso no era nada que me diese ni pereza ni miedo, es más, me gustaba.

Otra cosa que me gustaba de ser la jefa del departamento de Transportes Mágicos era que estaba al tanto de absolutamente todo lo que pasaba con los transportes mágicos de este país, tanto si esos transportes eran legales como ilegales. Y cuando eran ilegales me enteraba de cada parida... Los magos y brujas eran superiores a los Muggles en la cadena de la evolución, pero la mayoría eran más tontos que mandar a hacer de encargo. Aunque aquello no estaba mal, pues escuchar las tonterías que hacían me proporcionaba un montón de diversión en el trabajo y rompía la rutina.

Aquel día, un viernes por la mañana, me habían llamado los de seguridad mágica y los de mi departamento porque había habido un incidente con un transporte ilegal. Me indicaron a qué lugar tenía que ir y me aparecí allí para lidiar con el tema. Me aparecí en pleno campo de Quidditch, donde un equipo profesional había estado llevando a cabo su entrenamiento. Vi a lo lejos a un grupo de los jugadores sentados en el césped todos juntos, y había un par de medimagos por ahí que estaban atendiendo a otro hombre tirado en el césped del centro del campo. Fruncí el ceño y me dirigí hacia los magos de seguridad.

-¿Qué ha ocurrido aquí?- quise saber, pues tenía entendido que había habido un problema con un medio de transporte mágico ilegal, pero las escobas de aquellos jugadores profesionales eran todas legales. Uno de los de seguridad me explicó lo que había pasado, y estuve a punto de reírme.- Espera, espera. ¿Un hombre ha hechizado una alfombra mágica importada de Qatar y ha hecho que vaya al doble de velocidad y se ha metido en el campo en pleno entrenamiento y se ha llevado por delante a un jugador? ¿En serio?

Empezaba a adorar en serio mi puesto de jefa y las cosas con las que tenía que lidiar gracias a eso. Sin duda era mejor que enseñarle a chiquillos de Hogwarts como Aparecerse sin dejarse atrás medio cuerpo. No me reí, pues aquello sería poco profesional, pero los hombres sí que vieron en mi mirada que aquello me estaba haciendo muchísima gracia, carraspeé y miré a me giré para mirar al grupo de jugadores.- ¿Dónde está el pobre jugador accidentado?- la es mala suerte que no te tire de la escoba una Bludger pero te tire un loco que va a 200 por hora en una alfombra mágica.
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Invitado el Miér Jun 24, 2015 10:39 pm

Aquella mañana estaba transcurriendo de forma normal y totalmente ordinaria. Jayce Corvin había acudido al último entrenamiento antes de comenzar las preselecciones para los Mundiales de Quidditch y se encontraba francamente bien, lleno de vitalidad. Llevaban ya una hora y poco y apenas se notaba el cansancio entre los jugadores, metidos de lleno en la responsabilidad de representar a Londres en aquellos futuros partidos que en aquel deporte eran los más importantes de toda la temporada. Era por eso que Jayce estaba más atento que nunca aquel día, tanto que aún a aquellas alturas no habían sido capaces de marcarle ni un solo tanto. Éste mantenía cada uno de los tres aros completamente infranqueables y el entrenador no dudaba en hacerle saber lo contento que estaba cada vez que podía. - ¡Eso es Jayce! - Gritaba desde abajo, alzando los brazos de forma muy expresiva y con una sonrisa en los labios. De vez en cuándo éste se limitaba a responderle con un leve asentimiento de cabeza o con una sonrisa, pero ya comenzaba a cansarse de tanto halago, ¿acaso estaba sorprendido? Si lo habían fichado hacía casi un año era precisamente por la habilidad que había demostrado tener, así que tantas muestras de entusiasmo eran para él completamente innecesarias, además de que le distraían.

Además de cumplir con su función el chico no paraba de observar al resto de sus compañeros, inmersos en sus propias tareas. Para su gusto Michael, uno de los cazadores, estaba dejando bastante que desear aquel día, y ni hablemos de uno de los golpeadores, que parecía que estaba durmiendo bajo los laureles. Sin embargo éste no dijo nada hasta que le pasó una bludger a diez centímetros de su cabeza, fue entonces cuando alzó la vista en busca del responsable de mantener alejadas dichas amenazas. - ¡Marcus muévete, maldita sea! - El susodicho le miró y a Jayce le pareció que le pedía disculpas, pero le daba igual, lo único que tenía que hacer era comenzar a estar atento, que aquello no se trataba de los típicos torneíllos amistosos, sino de algo bastante más importante.

Pocos segundos más tarde una quaffle fue directa hacia el aro de la derecha del todo, no obstante él se encontraba en el extremo opuesto y se había despistado por llamarle la atención a Marcus, por lo que sin pensarselo un instante se aferró a la escoba y se dirigió lo más rápido que pudo hacia dicho aro, sin embargo, la quaffle no sólo consiguió internarse en el mismo, sino que de la nada apareció un objeto volador no identificado que tras golpearle hizo que éste perdiera el equilibrio por completo y cayera sobre el césped del estadio. Había sido una caída de aproximadamente veinte metros de altura y ahora Jayce se agarraba el hombro con expresión dolorida, aunque tratando de no soltar ningún quejido. El equipo en masa paró el juego y tras aterrizar a su alrededor se bajaron de sus respectivas escobas para asegurarse del estado del guardián. Poco más tarde apareció el entrenador, haciéndose paso entre ellos. - ¿Estás bien, chico? - Éste se puso en cuclillas a su lado y le ayudó a incorporarse, de forma que Jayce consiguió levantarse, sin dejar de agarrarse el hombro accidentado, aunque no era lo único que le dolía y no era para menos. - ¿Qué cojones ha sido eso? - Preguntó malhumorado, mirando a su alrededor.

Fue entonces cuando vio acercarse a una mujer, bastante atractiva a primera vista, sin duda. - ¿Es usted del Ministerio? - Se dirigió a ella, con una brecha en la frente que había comenzado a emanar sangre. - Más vale que cojan al responsable de esto, y pronto. - Su voz sonaba prepotente, pero en el fondo no era su intención. - Lo siento, estoy algo nervioso. - Se corrigió a sí mismo, tendiéndole el brazo que había salido ileso. - Soy Jayce Corvin, el guardián, ¿usted es? -.
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Stella Moon el Mar Jul 07, 2015 5:15 pm

Me habían pasado siempre cosas muy raras en el trabajo, pero esta superaba todas mis expectativas… ¡Una alfombra voladora estrellándose contra un jugador de Quidditch en pleno entrenamiento! Seguro que cuando se enteren el resto de los de mi oficina se iban a morir de la risa, porque yo estaba haciendo un esfuerzo muy grande para no comenzar a carcajearme en medio de aquel campo lleno de personas.

Los Aurores no se encargaban de este tipo de casos, y como había medios de transporte mágicos involucrados en el incidente le tocaba a mi departamento ir a investigar lo que había pasado. Nosotros encontraríamos al culpable del accidente y dueño de la alfombra mágica ilegal (no entendía por qué las habían hecho ilegales, con lo que molaban) y de hacer todo lo que tuviésemos que hacer. Confiscar la alfombra, quitarle varias licencias y permisos al hombre… Lo normal, vamos.

No era la mayor fan de Quidditch que había en el mundo, pero si que conocía a los equipos, y me hacía gracia que tuviese que ir a trabajar al lugar donde estaba entrenando uno de los equipos más famosos de toda Inglaterra. ¿Quién habría sido el jugador accidentado? Esperaba que no hubiese sido uno de los más importantes, pues tenía entendido que dentro de pocos días habría partido, y que se lesione uno de sus jugadores estrella justo ahora no debe de hacer mucha gracia. Estaba segura de que muchos de mis compañeros del Ministerio matarían por poder estar en mi lugar ahora. Había varios becarios en mi departamento que se morían por el Quidditch, estaban obsesionados, y había uno que tenía todo su cubículo lleno de cosas de las Avispas de Wimbourne. Seguro que en cuanto se enterase de que había estado con ellos en el campo y no le había llevado un autógrafo dedicado tendría ganas de asesinarme, pero a mí eso me daba igual.

El jugador acidentado se acercó a mí. Era muy guapo, y me sonaba. Ya he dicho que no estoy tan puesta en el mundo del Quidditch como muchos otros magos y brujas, pero no era completamente ignorante de los equipos y jugadores. Si no me equivocaba el accidentado guapo era el guardián. Si era así el equipo estaba jodido si el golpe que se había llevado era grave, pero por la manera en la que se agarraba el hombro parecía que no había salido precisamente ileso. Además tenía una brecha. ¿Qué hacía el entrenador que no llamaba a un medimago para que le atendiese?

-Así es, trabajo en el departamento de Transportes Mágicos, nosotros nos encargamos de las alfombras mágicas ilegales, que es lo que parece haberle golpeado a usted- dije intentando contener la risa con mucho éxito. Mi voz sonó amable.- No es difícil pillar a los idiotas que van por ahí con alfombras mágicas. Viendo la habilidad que tiene el tipo para dirigirla seguro que se estrella contra un poste de la electricidad Muggle y se quedará frito antes de que le encontremos- dije, esta vez encontrando mucho más difícil no reír. No lo hice, pero no pude ocultar una sonrisa que era imposible de borrar. Se presentó entonces, tendiéndome el brazo que no se había dañado. Le estreché la mano con firmeza pero a la vez con cuidado, no vaya a ser que sí que se haya hecho daño pero no lo note del todo.- Stella Moon, jefa del departamento. Un placer- me presente con una amable sonrisa. No solía ser tan amable con la gente de forma genuina, pero el guardián, Jayce, me había caído bien en aquellos pocos segundos desde que le había conocido.

El que no me había caído bien, sin embargo, era el entrenador del equipo. Estaba ahí, junto a nosotros, mirando como un pasmarote mientras hablábamos sin hacer nada. Vi la sangre que caía desde la brecha de Jayce, y el modo en el que se sujetaba el brazo dolorido, y le lancé al entrenador una mirada fulminante y peligrosa.- ¿Y usted qué hace? ¡Vaya a por un medimago o sanador!

El entrenador no se esperaba mi tono áspero y severo y dio un pequeño respingo, y a punto estuvo de replicar indignado porque yo le dijese lo que tenía que hacer. Sin embargo, tras ver cómo le estaba mirando yo, decidió que lo más inteligente sería no rechistar y fue a hacer lo que tenía que hacer.

Volví a mirar entonces a Jayce, de nuevo esbozando mi amable y encantadora sonrisa.- Jayce, tendré que hacerte unas preguntas. ¿Conseguiste ver al tipo que se chocó contigo o recuerdas algún detalle relevante? Aunque tal vez prefieres que te pregunte después de que te hayan curado eso- dije lanzándole una fugaz mirada a sus heridas.
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Invitado el Sáb Jul 25, 2015 2:24 am

¿Podía tener más mala suerte? Quedaban apenas semanas para el comienzo de los partidos de la liga y ahora salía de la nada un loco con una alfombra voladora llevándose por delante al guardián del equipo, osea, a mí. Por un momento pensé si no habría sido todo planeado por algún equipo enemigo, pero por otra parte me imaginaba que en el caso de querer echar por tierra a las Abejas lo hubiesen hecho de alguna forma más currada y no de aquel modo tan patético. Fuera cual fuera el motivo de aquella intromisión me encargaría personalmente de darle su merecido a aquel imbécil, pero primero había que encontrarlo y para eso necesitaba la ayuda del Ministerio, más concretamente de la chica que había aparecido en el campo preguntando por lo sucedido.

Estaba acostumbrado a relacionarme con todo tipo de personas, pero la verdad era que hacía tiempo que no veía una chica tan despampanante como aquella, tenía unas curvas de vértigo y por su forma de hablar y de actuar parecía tener bastante carácter. El dolor persistía, pero se iba volviendo más soportable a medida que pasaban los minutos. Parecía una chica agradable y su forma de hablar conseguía robarme una sonrisa sin apenas esfuerzo a pesar de la precaria situación en la que me encontraba.

- Eso espero. - Comenté, aludiendo a sus palabras sobre que no tardarían en pillarlo. Ese engreído iba a tener que vérselas conmigo, sin duda. Era obvio que a la mujer todo aquello le parecía gracioso, y en el fondo no podía culparla, era de locos. - Le está costando contener la risa, ¿eh? - Mi voz sonó también con un deje divertido. En su caso no me importaba que se divirtiera un poco con todo aquello, al fin y al cabo tenía una bonita sonrisa. - No se corte. - Añadí, alzando una ceja.

Una vez nos habíamos presentado me tomé la libertad de tutearla. Era nada más y nada menos que la mismísima jefa de su departamento, me gustaba, definitivamente ejercía en mí una atracción bastante notoria. Sonreí de medio lado al ver la cara de desesperación del entranador le ordenó al entrenador que fuera a por un medimago. De por sí el pobre carecía de personalidad y en muchas ocasiones las situaciones se le iban de las manos, así que el hecho de que la mujer le hablara de ese modo delante de todos los jugadores seguramente hizo que se sintiera avergonzado. Desde luego si habíamos llegado tan lejos no era gracias a él, sino más bien a la habilidad individual de cada uno de nosotros. Éste hizo caso, obviamente, mientras el resto se quedaba en el campo, seguramente preguntándose si se podía dar el entrenamiento por finalizado y podían volver a casa, lo cierto era que estaba empezando a hacer un calor de mil demonios.

Asentí tranquilamente cuando Stella se volvió a dirigir a mí con aquella cautivadora sonrisa. Imité sus movimientos y también miré las heridas que me había hecho, aunque ninguna era demasiado grave a simple vista. Entonces se me ocurrió una idea que a mí me parecía interesante y esperaba que a ella también. - Mmm, Stella, ¿verdad? - La señalé con el dedo, mirándola con una mirada que denotaba extroversión. - ¿Le parece si la invito a tomar algo cuando termine con esto? Contestaré a todas sus preguntas una vez deje de sentirme tan dolorido. - Comenté, señalandole el hombro, el cual aparentemente seguía en su sitio. Esperaba que no se negara o que lo viera como un burdo intento de ligar, aunque en el fondo quizás sí que tuviese esas intenciones. Pero muy en el fondo, claro. ¿Cuántas veces se encontraba uno con una chica tan guapa y que además ocupara un puesto importante en el Ministerio?

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Stella Moon el Sáb Jul 25, 2015 5:33 pm

A pesar de que había conseguido contener la risa, por mucho que me hubiese costado, no había conseguido mantener mi rostro del todo serio y una sonrisa amenazaba con desatar toda la risa que me estaba aguantando, y el jugador accidentado se dio cuenta. Cuando habló sonreí aún más, pues que se hubiese dado cuenta que me estaba costando no reír hacía que me costase aún más.

-Reírme sería poco profesional- dije con una sonrisa divertida. Era verdad, la jefa de departamento no podía ponerse a reír así tan tranquilamente como si fuese una simple espectadora de lo que había ocurrido allí, aunque ganas no me faltaban.

El entrenador puso cara de susto cuando casi le ladré que fuese a buscar a un medimago para que atendiese al jugador. El pobre idiota se había quedado ahí pasmado hasta que se sobresaltó cuando le hablé, y fue rápidamente a hacer lo que yo le mandaba. Hubo risitas de algunos de los jugadores desde lejos quedaban presenciado aquello. Tenía amigos jugadores en otros equipos y, porque ellos nunca podían hablarle mal a los entrenadores aunque les gustaría, les gustaba cuando alguien más lo hacía por ellos. Según me decían, encontrar un entrenador bueno era casi un milagro.

Le hice algunas preguntas a Jayce, como era protocolo en estos casos, pero él me contestó preguntándome que si podía responder después, y además me invitó a tomar algo. Alcé las cejas con sorpresa, pero inmediatamente le sonreí de nuevo.

-Desde luego, eso estaría bien- respondí, accediendo así tanto como a que me contestase después como a que me invitase a tomar algo. Este día de trabajo estaba resultando mucho más interesante que otros días que había tenido.

Jayce se alejó para que el medimago que había mandado al entrenador a buscar le examinase y le curase la brecha y se asegurase de que no se había lesionado nada. Esperaba que no fuese así, pues sabía que tenían partidos que jugar pronto y jugar sin el guardián estrella pondría a los equipos en gran desventaja, y aquello me parecía una faena muy grande si el culpable de todo era un idiota con una alfombra voladora ilegal.

Mientras el jugador estaba ausente siendo atendido por el medimago yo me dediqué a lo mío. Varios trabajadores de mi departamento acababan de llegar al campo de entrenamiento para hacer su trabajo y se acercaron a mí para recibir órdenes. Lo bueno de ser jefa es que trabajaba duro para asegurarme de que el trabajo estaba bien hecho (pues bien dicen que si quieres algo hecho bien, tienes que hacerlo tú mismo) pero puedo manejar a todos los trabajadores a mi antojo para que hiciesen las cosas como yo las quería.

-Mandy, quiero que investigues cuantos negocios de comercio ilegal de alfombras voladoras se han cerrado en el último año, que me des la lista de los vendedores, y lista de posibles compradores. Mándamela en cuanto la tengas- le dije a una de las trabajadoras, que asintió rápidamente, aunque se vea que estaba decepcionada porque le había tocado el trabajo pesado.- Alan, contacta con la oficina de accidentes y catástrofes mágicas para que te avisen si hay algún caso de Muggles que vean una alfombra voladora, los desmemorizadores tendrán que ir a la zona y así podremos saber por dónde anda ese idiota.

-¡Como usted diga señorita Moon!- dijo el joven trabajador.

Me alejé entonces de ellos y volví a acercarme al jugador, Jayce, a quien el medimago ya había revisado.

-¿Hay algo roto?- le pregunté con una ligera sonrisa.
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Invitado el Lun Ago 03, 2015 6:59 am

Normalmente aceptaban aquel tipo de propuestas de mi parte, desde luego. De hecho no recordaba a ninguna chica que en algún momento de mi vida hubiese rechazado algo que tuviera que ver conmigo, no era por dármelas de triunfador, pero tristemente era así. Era triste porque al final se perdía el encanto, las ganas de conocer chicas, cuando todas te lo dejan tan fácil y te lo dan todo en bandeja no es difícil acabar acostumbrándose a la rutina y por consiguiente a acabar aburriéndome de ligar. ¿Qué tenía de divertido que todas fueran iguales? Tampoco era masoca, pero no estaría mal que de vez en cuando se dignaran a tener un poco de autoestima y a esperar de mí algo más de lo que veían superficialmente.

No obstante esa chica no parecía igual al resto, me daba la sensación de que era más decidida, más independiente, y sin duda eso me atraía bastante. Al final haber tenido aquel pequeño accidente no iba a resultar tan malo después de todo. ¡Hay que ser optimista! Todo ocurre por alguna razón, eso solía decirme mi padre muy a menudo. ¿Un golpe en el hombro a cambio de una cita con una chica interesante? Lo veía justo.

Con aquella grata idea me alejé una vez hubo llegado el medimago que trataría la herida. Fui con él hasta el vestuario y apenas tardó unos minutos en revisarla. - No es grave, pero tendrás que guardar reposo un par de días. Has tenido suerte, podría haber sido mucho peor. - Asentí, molesto por la idea de tener que estar esa semana sin entrenar con los mundiales tan cerca. Claro, mucha suerte he tenido. - Está bien. - Al finalizar me vendó el hombro y con un rápido conjuro curó los pequeños moratones que se habían producido por la caída. - Ya puedes irte. - Le di la mano que había salido ilesa en señal de despedida y sin más charla salí de allí, encontrándome con la mujer, que seguía en el mismo sitio donde la había dejado. - Estoy perfectamente, soy un tipo duro. - Dije en respuesta a su pregunta, con un tono divertido y desenfadado. - Yo ya he terminado, podemos irnos cuando quieras.

A pesar de mi corta edad todo el mundo siempre me había dicho que aparentaba un par de años más, sobretodo por mi forma de hablar y de expresarme. Lo cierto era que desde que estudiaba en Durmstrang había destacado por mi buen vocabulario y mi afán por madurar más rápido que el resto. La educación que mis padres me habían dado también me había influenciado en gran medida, convirtiéndome en el chico responsable y serio que era ahora, aunque lógicamente a mi también me gustaba reírme y divertirme, no es que fuera un estirado.

Una vez ella había finalizado con su trabajo allí ambos salimos del estadio y nos dirigimos a un bar que yo conocía bastante bien. No estaba lejos de allí, pero me gustaba porque rara vez había fans locas deseosas de algún autógrafo o paparazzis que se metieran en mis asuntos. Además el dueño del mismo era un buen amigo mío de la infancia y sabía que podía contar con él para pasar un rato agradable en compañía de una encantadora mujer.


- Hola Frank, ¿cómo estás? - Tras una breve conversación bastante cotidiana entre mi amigo y yo éste nos acompañó hasta una terraza situada al final del local, en la cual se respiraba tranquilidad e intimidad. - ¿Os traigo la carta o ya sabéis qué queréis? - Pensé por un segundo y entonces recordé el cócktel que solían preparar allí. Además era ya pasada la tarde, así que no era una mala hora para tomar aquel tipo de cosas. - Tráenos dos de esos cóckteles, ya sabes. - Miré a mi acompañante y le guiñé un ojo con un deje divertido. - Están buenísimos, confía en mí.- Le dije, juntando los dedos índice y pulgar para darle más énfasis.

Frank acató la orden y se alejó con paso decidido en dirección a la barra, dejándonos solos. A aquella hora comenzaba a refrescar en Londres, pero en aquella terraza hacía una temperatura perfecta, al menos desde mi punto de vista. - Dime... - Me tomé la libertad de tutearla como había hecho ya en el estadio, aunque mi educación me inclinaba más a tratarla de "usted". Realmente imponía bastante. - ¿Suelen pasar estas cosas? Locos con alfombras mágicas y eso, ya sabes. - Comenté con una sonrisilla, tratando de comenzar una amena conversación. - Parece un trabajo bastante divertido, bastante más que el mío. - Añadí, señalando con la cabeza levemente el hombro recién vendado.
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Stella Moon el Dom Ago 16, 2015 12:06 am

Después de terminar de dar órdenes a mis empleados no tuve que esperar mucho tiempo a que Jayce volviese. Le pregunté que si había algo roto, pues con el porrazo que se había pegado contra el suelo desde aquella altura no me sorprendería nada, pero me dijo que estaba bien. Los magos parecían tener un arte para caer desde alturas peligrosas y no matarse, sobre todo los jugadores de Quidditch. A un Muggles sin embargo le tiras desde una altura de más de tres metros y seguro que se abre la cabeza, se rompe casi todos los huesos del cuerpo, o se mata.- Está bien que seas un tipo duro, dudo mucho que en el mundo del Quidditch haya mucho espacio para debiluchos y blandengues- dije con una sonrisa y el mismo tono despreocupado que empleaba él.- Acabo de despachar a mis empleados, podemos irnos ya.

Todos los demás jugadores parecían muy felices de que el entrenamiento había acabado pronto. Supongo que, por mucho que les guste el Quidditch, jugar una y otra y otra vez sin parar debía de acabar siendo agotador y agradecían poder tener un poco de tiempo extra de descanso y relajación para hacer lo que quisieran. El entrenador era el que no parecía nada contento, y me lanzó una mirada asesina cuando nos cruzamos con él al salir del estadio. A él le daba igual que su guardián se hubiese lesionado, él quería entrenar más para asegurar que todo su equipo estuviese en condiciones para los partidos que les esperaban. Pero le lancé una mirada de advertencia, un ultimátum silencioso que indicaba que no le iba a permitir que me impidiese llevarme a su querido jugador estrella de allí. Así que el entrenador no osó rechistar, y nos marchamos tranquilamente.

-Me imaginaba que en los entrenamientos había multitudes de fans histéricas a la salida- comentaba cuando salimos tranquilamente del estadio de entrenamiento sin que nadie nos molestase.- ¿Me equivoco o es que hoy las hemos pillado desprevenidas por la salida temprana?- pregunté con tono divertido, claramente mofándome un poco del histerismo de aquellas fans y de la atención insoportable con la que los jugadores tenían que lidiar por su fama.

Jayce me llevó a un lugar que no estaba muy lejos de allí, y que parecía ser muy tranquilo. Allí tampoco parecía haber ninguna fan histérica a la vista, y aquello era genial porque yo no tenía la paciencia para aguantarlas. Seguro que si alguna apareciese y me viese a mí en compañía de Jayce querría sacarme los ojos. Es lo que hacían las fans cada vez que veían a sus ídolos cerca de una mujer, aunque esta estuviese a cinco metros de distancia.

Saludó al dueño del local, a quien parecía conocer muy bien, y este nos llevó a uno de los mejores lugares del bar donde poder estar tranquilos, a la terraza. El hombre me saludó a mí también por educación y yo le respondía amablemente. Cuando nos preguntó que qué queríamos yo estaba a punto de pedir lo que quería cuando de pronto Jayce se me adelantó, pidiendo él por mí. Le miré con una ceja alzada y el dueño, Frank, me miró para confirmar que quería que me trajese lo que Jayce había pedido.- Sé escoger mis propias bebidas- le dije a Jayce con una media sonrisa mientras miraba al dueño de nuevo.- Lo que él ha dicho, por favor.- Frank se alejó con el pedido y yo volví a mirar a Jayce con una pícara sonrisa suave.- Te haré caso esta vez porque conoces el lugar y yo no- dije cuando me dijo que confiase en él.- Pero soy más de tequila que de cóckteles.

Mientras esperábamos a que nos trajesen las bebidas Jayce comenzó una charla, preguntándome sobre mi trabajo. Suspiré.- No creo que mi trabajo sea más divertido que jugar al deporte favorito del mundo mágico todo el día, pero sí que es interesante. No todos los días tenemos casos tan extraños. El mes pasado confiscamos toda la mercancía de un vendedor de escobas mágicas que pretendía venderle al equipo enemigo de su equipo favorito escobas hechizadas para que tirasen a lo jugadores o provocasen accidentes. Pero normalmente tenemos que lidiar con escobas ilegales, el tráfico de la red flú, aprobar y distribuir trasladores, encargarnos de las licencias de Aparición…- me reí un poco por lo bajo tras aquello último, recordando mi antiguo trabajo.- Antes era instructora de Aparición. Ese trabajo era un dolor de cabeza, ya te imaginarás lo que es encargarse de que los chiquillos de Hogwarts no se partan en dos y cada mitad aparezcan en pueblos distintos con cien kilómetros entre ellos… Aunque tuve algunas experiencias divertidas en ese trabajo. Pero sigo estando mucho más segura de que tu trabajo es mucho más interesante- dije entonces mientras me apoyaba en el respaldo de la silla y cruzaba las piernas bajo la mesa.- Pronto serán los mundiales. ¿Qué tal crees que lo lleva Inglaterra este año?- espero que mejor que como lo llevan los Muggles en los mundiales de fútbol…

Regresó entonces Frank trayendo las bebidas que Jayce había pedido. Le dimos las gracias y bebí un sorbo. Era una mezcla curiosa entre un sabor dulce y sabroso y la amargura del alcohol.- Vale, tenías razón, esto está muy bueno- admití.
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Invitado el Miér Sep 09, 2015 3:13 am

La chica tenía carácter, eso era indudable y apenas hacía falta mucho tiempo para darse cuenta. Desde el mismo momento en que la vi fue claro que su forma de ser no era ni de lejos igual al resto de chicas mimosas y sin personalidad alguna que valiese la pena destacar. Sin embargo, tenía que admitirlo, lo que más me había llamado la atención desde el principio de esa chica era su espectacular físico, y también aquellos ojos cargados de firmeza y entereza. ¿Que me gustaría tener con ella más que palabras? Estaba claro. ¿Que sólo me interesaba eso? No hombre, no. No era el típico hombre que se movía en medida de lo grandes que fueran los pechos o el trasero de la susodicha. Solía tomarme bastante tiempo adquirir algo más de información sobre ellas, en busca de algún rasgo que dotara de algo más de diversión a la situación, y en ella lo había encontrado. - Lo tendré en cuenta la próxima vez. - Le contesté, cuando dijo que sus bebidas favoritas eran de otro tipo. No obstante estaba casi completamente seguro de que aquel cócktel le agradaría, así que no hice más comentarios al respecto y preferí que ella juzgara por sí misma.

La escuché mientras me hablaba sobre su trabajo. No era algo que me interesara hasta la saciedad, pero si había algo que había aprendido con las chicas era que cuanto más se las dejara hablar de ellas mismas mejor. Tenía una manía un tanto extraña con contar casi cualquier cosa que afectaba a sus vidas, a diferencia de los hombres, que solíamos hablar de cosas más vanales y menos importantes, quizás con la intención de huir continuamente de aquello que nos produjera dolores de cabeza innecesarios. Yo ya estaba acostumbrado a complacer a las chicas cuando me interesaba, así que no me costó en absoluto demostrar que le prestaba toda mi atención.

Mientras ella se explayaba me limité a coger un botecito de sal que había a un lado para darle vueltas con las manos a modo de distracción, aunque no paraba de mirarla a los ojos constantemente, a pesar de que su mirada imponía levemente. No, la verdad era que su trabajo no sonaba nada divertido, de hecho me sentí afortunado por un momento de poder dedicarme a lo que verdaderamente me apasionaba. Sin embargo me fue imposible disimular una amplia sonrisa cuando comentó que antes de trabajar en aquello se había dedicado a enseñar el tan útil arte de la aparición. Recordaba las primera veces que lo había intentado con bastante cariño, aunque a decir verdad nunca me resultó verdaderamente un problema, aunque sabía que había muchísimas personas a las que les costaba un montón cogerle el truco. - Debías de reírte una barbaridad de las locuras que hacían. - Comenté con un deje divertido, dejando el botecito de sal en su sitio al ver cómo el camarero se acercaba con ambas copas en una amplia bandeja.

- Gracias, Frank. - Éste se retiró rápidamente, dejándonos de nuevo a solas.

Me hubiera gustado que siguiera contándome alguna que otra anécdota sobre su antiguo trabajo, pero ella quiso interesarse por mis asuntos, así que me limité a contestarle. - Si no nos desconcentramos tenemos muchas posibilidades de ganar. - Mi tono había sonado altanero e incluso un poco creído, pero lo cierto es que lo pensaba. Habíamos entrenado muchísimo y muy duro a lo largo de aquel año y nuestras ganas de dar lo mejor en los Mundiales se iban incrementando a medida que avanzabamos. El año pasado no nos conocíamos tantos y no estábamos tan formados como equipo, pero ahora conocíamos bien nuestras virtudes y nuestros defectos y éramos perfectamente capaces de conectar los unos con los otros para dar lugar a una combinación bastante temeraria. - Somos muy buenos, para qué mentir, y es raro que consigan colarme alguna quaffle. - Le sonreí con aires de autosuficiencia, aunque sin perder mi carácter maduro y sensato. - Francia podría ser un contrincante interesante, pero nada contra lo que no podamos combatir. - Añadí, bebiendo un sorbo de mi copa, aquel cóctel estaba tan bueno como siempre y mi acompañante no tardó en darme la razón, a lo cual respondí con una pícara sonrisa. - Has hecho bien en confiar en mi, ¿entonces? - Le miré con ojos traviesos y seguidamente, tras darle otro trago a mi bebida decidí seguir aquella interesante conversación.

- Cuéntame más cosas sobre tí. - La animé, con un deje divertido. Me gustaba hablar sobre Quidditch, obviamente, pero por experiencia sabía que a las chicas no solía gustarles que me pegara día y noche hablando sobre el mismo tema. - ¿Dónde estudiaste? Algo me dice que eres de Hogwarts. - La miró con ojos analizantes, aunque guardando las distancias no fuera que se sintiera acosada por su mirada. - ¿Slytherin? - Se atrevió a tratar de adivinar, ya que estaba. - ¿Y siempre has querido trabajar en el Ministerio? ¿O cuando eras estudiante tenías otras ambiciones? - Por regla general los jóvenes solíamos ponernos metas que rara vez alcanzabamos, por lo que esperaba que en el caso de mi atractiva acompañante también fuera así.

Tampoco es que fuera un test ni una prueba, simplemente me apetecía mantener una distendida charla con la chica que había despertado mi atención aquel día. ¿Quién sabía a dónde podían llegar las cosas?
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