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Bad Moon Rising. {Jason Allen}

Stella Moon el Lun Jun 22, 2015 11:19 pm

Era noche de luna llena. En los últimos meses me había tocado estar en casa durante mis transformaciones, pero la poción matalobos que me tomaba durante la semana previa a la transformación me mantenían dócil y con pleno uso de mis facultades mentales. Bueno, dócil entre comillas, ya que cuando no estaba en casa y me cruzaba con mis enemigos, ellos deseaban no haberse encontrado con una licántropa dócil en sus vidas.

Esta noche no me tocaba estar en casa. En un principio aquellos eran los planes, y sufría pensando que tendría que pasar la noche entera en forma de lobo mientras Fly y Drake estaban en la casa. Fly se empeñaba en hacer chistes malos sobre mi condición, y a mí me costaba un gran esfuerzo no morderle la mano y arrancarle el brazo de un tirón. Esta noche había tenido planeado tirarme en el sofá y ocuparlo entero. Si Drake hubiese osado venir a decirme que me apartase le habría enseñado los colmillos y le habría pegado el susto de su vida gruñéndole. Lo bueno de la transformación era que me daba una excusa completamente válida para ser todo lo antipática que podía ser con ellos sin cargármelos ni torturarles.

Pero al final había acabado teniendo que salir de casa. Justo acababa de tomarme la última dosis de la poción matalobos cuando había sentido que me quemaba la Marca Tenebrosa. En aquel momento había estado encerrada en mi habitación, y no se botaría mi ausencia. Mis compañeros seguramente pensarían que había decidido dormir durante la noche y pasar mi transformación de manera tranquila y callada, así que nadie lo notó cuando me desaparecí.

Me habían encargado una misión que no me esperaba, pero que planeaba cumplir de todas formas. Me aguanté las ganas de gruñir cuando fui informada de que tenía que salvar a un mortífago capturado. ¿Por qué siempre me tocaba sacarle las castañas del fuego a la gente? A este mortífago le habían enviado a cumplir con una misión importante y peligrosa, y le habían capturado. En estos momentos le tenían preso en una casa grande en las afueras del Valle de Godric, en una zona apartada del resto del pueblo. Todavía no le habían entregado a las autoridades, así que seguramente los miembros de la Orden estaban intentando obtener información que él pudiese ofrecerles. Los de la Orden se jactaban de ser muy buenos, al contrario que nosotros, pero algunos de ellos tenían métodos menos ortodoxos que otros para que sus interrogatorios tuviesen éxito.

Me habían informado de que un compañero iba a unirse a mí, pero no me habían dicho quién, sólo que lo esperase en la esquina de una calle específica del pueblo, en una zona desierta a aquellas horas. Yo era perfectamente capaz de actuar sola, pero no desobedecí las órdenes y me puse a esperar al otro mortífago que iba a unirse a mí. Estaba oculta en la esquina, casi invisible en las sombras vestida entera de negro. Aunque a muchas mortífagas les gustaba vestirse con largos vestidos negros, yo veía los vestidos como algo poco práctico para misiones como estas, en las que habría enfrentamientos violentos tanto con la varita como con los puños, seguramente. Iba vestida entera de negro, con ropa simple. Unos pantalones, un top fino de manga larga, unas botas negras que me permitían correr perfectamente, y una túnica negra. No había nadie por ahí, así que no llevaba puesta la máscara plateada de mortífago, pero la tenía en el bolsillo de la túnica. En caso de que alguien pasase por aquí y me viese, cosa que dudaba debido a la zona y la hora que era, le echaría un encantamiento desmemorizador mal hecho y le dejaría tonto sin problemas y ya está.

Se estaba haciendo de noche, pero la luna aún no salía, y yo aún mantendría mi forma humana durante un largo tiempo. Si todo salía bien estaría en casa a tiempo justo antes de mi transformación en lobo.
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Stella MoonMinisterio

Invitado el Lun Jun 29, 2015 9:20 pm

El día había sido especialmente duro. Había sido uno de esos días en los que una supuesta misión de campo sencilla acababa conmigo cubierto con una especie de moco verde y asqueroso que había surgido de la explosión de un artefacto de origen desconocido y que aun no habíamos descubierto como funcionaba. Sin embargo, la ventaja de ser un agente de campo es que cuando uno de los objetos confiscados para estudio te estallaba en la cara, podías tomarte el resto del día libre tras exhaustivamente examinado por los técnicos especializados de San Mungo. Había tenido la suerte de que lo que me había explotado no había sido nada especialmente dañino. Me había dejado grogui por unas cuantas horas, como si estuviese sumergido en uno de lo mayores colocones alucinógenos de mi vida y me había teñido la manos y los pies de azul intenso. Había sido lo bastante afortunado como para que el colocón provocado fuese de esos que traian flores y bombones y no de esos que arrastran fantamas.

Cuando ya estaba en casa, dándome la segunda ducha del día con el fin de librarme de todo el moco y del azul de mis manos que tardaba más en irse de lo que a mi me habría gustado, empezó a arderme el antebrazo de esa manera tan característica que siempre anunciaba que el Señor Tenebroso me reclamaba. Apuré mi ducha y me vestí con una camisa negra y unos vaqueros desgastados por debajo de la túnica negra. Aparecí ante mi señor, que me encomendó ir en busca de otro mortífago que había sido capturado. Me ordenó ir a una esquina concreta perdida en las calles de Valle de Godric a una hora oscura y también concreta. Obedecí diligente, con una sonrisa, como siempre hacía, por supuesto. Era algo irritante que hubiera mortífagos que no tuvieran el cerebro suficiente como para saber que han perdido y no se dejasen capturar. Lo que menos me apetecía era tener que salvar a un don nadie que la había cagado en la primera oportunidad de verdad que le habían dado y el hecho de tener que ir acompañado tampoco me hacía una especial gracia. A pesar de sus ideas, muchos mortífagos reculaban cuando veían una pelea de verdad y estaban envueltos en ella. No quería más pesos muertos o explosiones esa noche.

Aparecí a la hora acordada en el lugar indicado y para mi sorpresa vi que ya había alguien allí. Aparentemente había alguien todavía más puntual que yo entre las filas de Lord Voldemort. La figura femenina de la morena se perfilaba en la noche, con la tenue luz que alumbraba las calles lejanas, a pesar de lo oscuro del ambiente y de su ropa. Me acerqué a ella con una sonrisa en los labios. Parecía que mi suerte iba a cambiar.- Vaya, vaya, vaya- dije en un susurro casi cuando ya estaba a su lado.- De repente esta misión se me plantea muchísimo más interesante- dije poniéndome delante de ella mirándola de arriba a abajo. Incluso en aquella ropa oscura que buscaba hacerla invisible en la noche, era hermosa. Pero se la veía algo más demacrada que la última vez que la había visto, sin embargo, eso no llegaba a empañar su belleza.- Me han dicho que Crabbe se ha dejado capturar...Es una pena que su tamaño de gorila no compense su diminuto cerebro- dije con calma pero cierto rencor. No le tenía mucho aprecio al hombre- Sabes donde lo tienen concretamente?- pregunté para ir entrando en materia. Suponía que ambos sabíamos igual de bien en que casa concreta lo tenían, pero me interesaba más conocer el punto concreto de la misma donde lo retenían. Quizás ella que llevaba más tiempo allí que yo supiese algo, sino deberíamos empezar con una misión de reconocimiento y distracción. Si los miembros de esa tal orden del fénix sabían lo que se hacían era posible que entre la maravillosa compañia y la emoción mi día no fuese a ser un total desperdicio.
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Stella Moon el Sáb Jul 11, 2015 1:09 am

Esperaba pacientemente a que apareciese el compañero mortífago que me habían avisado que iba a encontrarse conmigo en este lugar, para que los dos juntos fuésemos a salvar al idiota que se había dejado capturar durante la misión que le habían encomendado. La misión no era en el Valle de Godric, pero sí que me habían dicho que sabían a ciencia cierta que le habían traído aquí. Mientras esperaba me puse a pensar en las posibilidades respecto al paradero. Como miembro de la Orden tenía mucha información que los demás mortífagos y que los magos y brujas normales no conocían, y eso incluía casas seguras de la Orden. Conocía las de Londres, las de Hogsmeade, y las del Valle de Godric. Sabía donde vivían otros miembros, y esa información había sido valiosa para misiones pasadas. Pero el mortífago capturado no estaba en el pueblo, sino en las afueras. Seguí pensando para ver dónde podría estar, pues había un par de casas de la Orden en las afueras del Valle. ¿En cuál le tendrían? Tenía una idea bastante clara de en cual podría estar.

Ya debía de faltar poco para que llegase mi compañero, o al menos eso esperaba. También esperaba que no hubiesen enviado a algún idiota, porque si no al final eso acabaría siendo un desastre y todavía acababa más de un mortífago capturado esta noche. No sería la primera vez que pasa algo como eso, pero esperaba que no me pasase a mí, sería ridículo.

Seguía esperando oculta en las sombras cuando escuché pasos sigilosos acercándose, y miré en aquella dirección. Vi a una persona acercándose, y debido a su vestimenta y la manera en la que caminaba directamente hacia mí supe que era el compañero mortífago que se acercaba hacia mí. No había mucha luz y su rostro era casi imposible de ver, pero debido a la tenue luz de la luna y de las farolas lejanas y gracias a mi sentido de la vista agudizado fue capaz de distinguir sus rasgos antes de que estuviese a mi lado, y sonreí de manera pícara al ver quién era el mortífago que iba a trabajar esta noche conmigo. Aquello acababa de volverse mucho más interesante de lo que pensaba que iba a ser, y hasta me alegraba de que me hubiesen llamado para aquella misión.

-Jason- dije su nombre con satisfacción cuando llegó a mi lado. Su nombre sonaba seductor siendo pronunciado por mis labios. Ya había comprobado lo que aquel hombre podía hacer en la intimidad, y estaba más que deseosa de comprobar lo que podía hacer con la varita contra sus enemigos. Le miré a los ojos mientras su mirada se paseaba por toda yo. Me encantaba su descaro, era algo muy bienvenido después de tener que pasar el día entero con los viejos del Ministerio y los estirados de la Orden.- Me alegra que te hayan enviado a ti. Temía que enviasen a Goyle o a algún otro inútil de su mismo nivel a ayudar a su amigo. Tengo la impresión de que me lo vas a hacer pasar bien esta noche otra vez- dije con descaro en mi voz. Hacia alusión obviamente a nuestro encuentro meses atrás, pero esta noche habría otro tipo de placer... Estaba segura de que no me defraudaría.

Comenzamos a hablar de la misión que teníamos entre manos, pues debíamos actuar rápido y no había mucho tiempo. Miré hacia el cielo ansiosa, pero aún me quedaba bastante tiempo para conservar mi forma humana. Pero si nos retrasábamos aquello cambiaría. Jason me preguntó que si sabía donde tenían a Crabbe. Parecía que a ninguno de nosotros nos habían dado mucha información respecto a la misión.- No me dieron más información aparte de que estaba en el Valle. Aparentemente Crabbe tuvo tiempo suficiente para pedir socorro mágicamente, pero no para especificar los detalles de su captura- suspiré molesta, pues odiaba cuando nos enviaban a hacer de detectives además de a salvarle el culo a los demás. Había más probabilidades de que todo saliese mal cuando había tan poca información disponible. Aún así, aquello no borró la sonrisa ladeada y fría de mi rostro.- No sé si lo sabrás, pero soy miembro de la Orden. Una espía- casi todos los mortífagos lo sabían, sabía que me había infiltrado en las líneas de los enemigos y les hacía creer que era uno de ellos. Cuando me veía obligada a enfrentarle a los nuestros, ellos nunca me dañaban ni yo a ellos.- Por eso sé que en las afueras del Valle e Godric la Orden tiene tres cuarteles. Uno de ellos es una casa donde se refugian cuando hay peligro, es una casa segura. Yo sé donde está, pero está bajo el encantamiento Fidelio así que no te lo puedo decir- hice una mueca al decir aquello. Malditos encantamientos Fidelio, complicándole la vida siempre a los mortífagos y demás malhechores.- Luego hay una casa que está casi siempre vacía, la usan para reuniones y cosas por el estilo, es más pequeña que la otra. Dudo que le tengan allí. Donde yo creo que tienen a Crabbe es en el tercer cuartel- dije, muy convencida.- Desde fuera parece un viejo almacén, nada importante. Pero es muy importante. Sólo unos pocos miembros conocen su existencia. Suelen llevar a cabo actos allí que los demás de la Orden no aprueban. Torturas y esas cosas- expliqué.- Seguro que tienen a Crabbe ahí. Además, el almacén no está protegido por el encantamiento Fidelio, si no estuviese no podrían llevar a lo a mortífagos allí. ¿Tú qué opinas?- pregunté, buscando saber si Jason pensaba igual que yo.

-He estado pensando bastante tiempo mientras te esperaba- continué hablando entonces.- Como yo soy miembro de la Orden puedo entrar allí sin problemas, en cualquiera de las casas o en el almacén. Buscaría a Crabbe, miraría cuantos miembros hay dentro, si hay Aurores... Puedo reunirme contigo después y trazamos un plan- propuse, aunque mi tono de voz indicaba que estaba abierta a otras opciones si es que se le ocurría algo mejor.
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Stella MoonMinisterio

Invitado el Miér Jul 22, 2015 11:02 pm

Nada más ver la silueta de Stella recortada en la noche me di cuenta de que la noche se planteaba mucho más amable que el día. Me molesté en hacerselo saber con una mirada que prácticamente la desnudaba allí mismo, algo que pareció gustarle. Mi nombre en sus labios sonó casi como una invitación a hacer algo más prohibido de lo que íbamos a hacer. Sonreí- Yo estaba pensando justo lo mismo- dije con una sonrisa traviesa. Estaba seguro de que la noche no tendría desperdicio a partir de ese momento, y con un poco de suerte en más de un sentido.

Parecía que los dos teníamos la misma impresión acerca del hombre al que habían capturado, pero cuando pregunté por si ella tenía más información que yo al respecto de la captura, su respuesta me sorprendió, y curiosamente, para bien. Sonreí y me pasé la lengua por los labios con un cierto placer oculto cuando confesó ser una espía dentro de la Orden del Fenix. Había oido algunas cosas al respecto pero jamás daba por cierto algo a no ser que los involucrados me lo contasen. El hecho de que ella fuese una infiltrada en las líneas enemigas solo hacía que mi interés y curiosidad por ella creciesen pues era una mujer de acción al parecer, dispuesta a arriesgar el pellejo y acostumbrada a las situaciones difíciles. Me preguntaba que más sorpresas me esperarían si seguía manteniéndola cerca y contenta mientras escuchaba su explicación sobre las posiciones estratégicas de la Orden del Fénix en Godric. Según lo que ella comentaba, una de las casa quedaba descartada por la imposibilidad de acceder a ella, tanto por nuestra parte como por la de otro mortífago. Puede que hubiese sádicos entre las filas de la Orden, pero no les convenía matar a un mortífago por saber una de sus localizaciones si podían evitarlo. De las otras dos que mencionó Stella, sin duda la que ella había escogido era la que parecía más probable. Asentí con la cabeza a su explicación- Creo que la opción más probable es el almacén como tu dices. Sobre todo si estás en lo cierto y suelen usar ese sitio con esos fines- dije mirando hacia el lugar y buscando puntos débiles. No es que viese más de una esquina del edificio desde donde estaba, pero era la costumbre. Ella volvió a hablar para explicarme el inicio de un plan que había estado trazando mientras me esperaba. Tenía sentido, por lo que asentí sin darle más vueltas al asunto.- Lo dejo en tus manos- dije con mirada seria aunque acabé dedicándole una sonrisa traviesa para que viese el posible doble sentido.

No tardé demasiado en ver como Stella se alejaba en la oscuridad hacia el edificio que me había señalado. La seguí con cautela y a una distancia prudente para poder ver sus movimientos con las mínimas posibilidades se ser descubierto en caso de que alguien estuviera mirando. Ella entró en el edificio con confianza, como quién se sabe quién es, dónde está y a lo que viene. Eso me daba a entender que como espía era buena, y sonreí de nuevo. A cada encuentro con ella la encontraba una mujer más y más fascinante y lo que era más extraño, la encontraba fascinante como persona. La mayor parte de las mujeres con las que estaba acababan aburriéndome a los dos días. Era un cambio agradable.

Esperé en silencio en la oscuridad. La luna era prácticamente el único foco importante de luz en aquella zona del pueblo, lo que convertía el ambiente en algo pesadillesco, tal y como a mi me gustaba. Me sentía cómodo camuflado entre todas aquellas sombras con la varita en ristre. Recordaba que mi hermano había sido todo lo contrario, a él le gustaba ser el centro de todas las miradas...

En la espera, el silencio solía ser apabullante. La concentracion hacia que te fijases en todos los sonidos de la noche hasta que tu cerebro zumbase de tanto querer escuchar y tan pocos sonidos dispuestos a ser escuchados. Pero no fue ese mi caso. Mientras esperaba, pensando en una gran victoria al lado de la mujer que aquella noche era mi compañera, oí un sonido inseguro detrás de mi. A ciencia cierta sabía que no había un cuarto mortífago involucrado en la misión así que solo podía tratarse de un civil o un auror. Me amparé todavía más en las sombras de aquella oscura calle y no tardé en ver como una figura con túnica y varita en alto aparecía en mi campo de visión. No era mi compañera, y tampoco parecía un simple civil. Aquel hombre alto pero excesivamente delgado parecía estar buscando algo en aquel sitio concreto. Miré hacia la puerta por donde había desaparecido Stella, planteándome si ella habría sido capaz de traicionarme a mi y al Señor Tenebroso de esa manera. Al fin y al cabo, un espía es un espía. Una segunda figura apareció en escena pero en la dirección opuesta y al encontrarse con la primera parecieron desconcertados. Ladeé la cabeza y sonreí. De mi varita salieron dos rayos de luz roja que impactaron directamente en los costados de los dos hombres. Segundos después, llacían en el suelo, inconscientes.

Salí de mi escondite para intentar identificar a quien había atacado. No estaba muy seguro de mi teoría acerca de la traición de Stella, pero estaba claro que aquellos dos no eran dos hombres cualquiera que pasaban por allí. Intuía que me buscaban a mi, o al menos a un mortífago. Me puse la máscara y la capucha de la túnica preparándome para entrar en el edificio, pero justo cuando estuve listo, fui yo el alcanzado por un rayo por la espalda. Era una maniobra sucia atacar a un hombre por la espalda, pero no podía negar que la había usado en más de una ocasión. Me desplomé sorprendido al igual que habían hecho los otros dos antes, y entonces, todo se volvió negro.

Cuando recobré la consciencia, el escenario era muy distinto. Ya no me encontraba en plena calle silenciosa y sombría. La luz de la Luna solo era visible a través de un cristal mugriento de una ventaba a considerable altura. Estaba dentro de lo que parecía la estancia principal de una nave industrial muggle, sentado en una silla y con las manos y los pies atados. Mi máscara ya no me protegía y tampoco mi capucha. Me habían dejado con la ropa que llevaba por debajo y la cabeza colgando inertemente hasta que me desperté. En ese momento, y sin motivo aparente, me enfureció tener todavía las manos tintadas de azul intenso.
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Stella Moon el Sáb Jul 25, 2015 12:58 am

La mirada intense y penetrante de Jason me hacía desear hacer cosas muy diferentes a las que se supone que habíamos venido a hacer. Era extraño, intentar contralar el deseo y separarlo del deber en estos momentos, pues tenía ante mí uno de los mejores hombres con los que había tenido el placer de cruzarme en mi vida. Pero fui capaz de mantener mis instintos más humanos a raya, y dirigir toda mi concentración hacia el deber, que era lo que nos había traído aquí esta noche.

Le conté a Jason todo lo que sabía sobre las casas y el almacén que la Orden tenía en el Valle de Godric para múltiples usos. Eran como una plaga, estaban por todas partes, y esta noche a Jason y a mí nos había tocado ser los fumigadores. La conté el plan que tenía, aunque estaba dispuesta a escuchar otras opciones que se le ocurriesen a él, pero mi plan le pareció bueno.
- Manos a la obra entonces- dije con una sonrisa traviesa después de escuchar cómo él lo “dejaba todo el mis manos”. Dicho por él sonaba sucio, y me gustaba. No me daban ganas de estar sola en esta misión, cosa que siempre pasaba cuando me emparejaban con alguien más en las misiones. Esta noche iba a ser buena.

Sin perder más tiempo del necesario, pues esta noche tenía que darme especial prisa por motivos obvios, dejé a Jason allí y me dirigí hacia el almacén, que no estaba muy lejos pero había que caminar. Jason se mantuvo lejos, observando desde las sombras. Antes de acercarme al almacén me despojé de mi túnica negra, dentro del bolsillo de la cual estaba mi máscara de mortífago, y dejé la túnica escondida entre unos arbustos por el camino. Iba vestida entera de negro así que me viesen vestida con una túnica negra no sería ningún peligro, pero no quería dejar la máscara tirada por ahí tal cual y tampoco podía entrar con ella al almacén por si acaso me la pillaban. La túnica negra ayudaba a camuflarla en la oscuridad, más tarde iría a por ella.

Cuando llegué al almacén llamé y esperé a que abriesen la puerta los que estaban dentro. Había hechizos de seguridad que impedían que entrase cualquier persona que no fuese invitada a entrar por un miembro que ya estuviese dentro del almacén., a no se que estuviese vacío, en cuyo caso la primera persona que llegase podía entrar sin problemas. Era un sistema de seguridad que habían puesto en vez de encantarlo con un Fidelio. El fallo de este sistema era que una vez que alguien estaba dentro podía invitar a entrar a cualquier persona, amigo o enemigo, y eso era lo que yo haría con Jason más tarde. Me abrió la puerta Cameron, un hombre corpulento y más mayor que yo al que conocía desde que me uní a la Orden como espía. No éramos amigos, pero yo siempre aparentaba que nos llevábamos bien, a pesar de que en verdad me caía mal. Se mostró sorprendido al verme, pero luego me dejó pasar sin problemas.

-Phillip me ha dicho que habéis pillado a un mortífago- dije cuando me preguntó qué hacía allí. Era cierto, antes de ser llamada por el Señor Tenebroso para venir a rescatar al idiota de Crabbe me había encontrado con un compañero de la Orden que me había dicho que le habían pillado. Puse una de mis mejores sonrisas, una de las que ponía cada vez que fingía ante aquellos imbéciles que estaba contenta por la captura de uno de los míos.- He venido a verlo con mis propios ojos.

-¿Stella? ¿Eres tú?- había aparecido otro hombre, Finn. Era de mi edad, y había sido un compañero de curso de Hogwarts, aunque él había estado en Ravenclaw. Era empollón, pero no tenía muchas luces, lo cual era irónico. Siempre le gusté, y yo copiaba algunos de sus apuntes en clase.

-Hola Finn. Vengo a unirme a la fiesta que os vais a montar aquí.

-Ven, está aquí- no habló Finn, sino Cameron. No parecía muy contento, y me preguntaba qué mosca le habría picado. Echó a andar por el pasillo y le seguí. Conforme íbamos caminando y adentrándonos más en el edificio comenzaron a  escucharse gritos provenientes de una sala con la puerta cerrada. ¿Crabbe? ¿Ya le estaban torturando? Era cierto lo que le había dicho a Jason antes, las cosas que pasaban en este lugar no estaban bien vistas por muchos miembros de la Orden. Era un lugar en el que los buenos se portaban como mortífagos. Tenía intención de contar cuántos miembros de la Orden había dentro y calcular contra cuántos podríamos enfrentarnos Jason y yo para salvar a Crabbe, y luego salir y formular un plan con él. Por el momento las coas estaban saliendo bien…

…Hasta que dejaron de salirlo.

-Debí haberme dado cuenta de que tú eras la traidora hace mucho tiempo, Moon.

Me paré en seco en medio del pasillo, y lo mismo hicieron Finn y Cameron. Cameron era el que había dicho aquellas palabras que me habían dejado atónita. ¿Por qué decía eso? Ambos me miraron, Finn con pena y Cameron con rabia, como miraba a los mortífagos siempre que tenía a uno delante. A mí nunca me había mirado así. Yo no dije nada, pues estaba demasiado pasmada y atónita por lo que acababa de escucharle decir, y él aprovechó el momento para volver a hablar. Sus palabras me hicieron entender la situación en la que ahora me encontraba.

-Cuando capturamos a Crabbe le obligamos a pedir ayuda a través de la Marca, para que así pudiésemos atrapar a más mortífagos que viniesen a ayudarle- dijo.- Estábamos esperando vuestra visita. Qué curioso que tú, una antigua mortífaga, aparezcas justo cuando esperábamos que esas sucias serpientes aparezcan. Siempre hemos sabido que había topos entre los nuestros, ahora todo tiene sentido.

-Estáis equivocados- les dije cuando dijo aquello. Finn seguía mirándome con cara de pena. Conociéndole como le conozco está buscando mil maneras de convencer a Cameron de que se equivoca, de que yo no soy una mortífaga, aunque Cameron tiene toda la razón del mundo. Me sentía estúpida, ¿cómo no se me había ocurrido que a lo mejor todo había sido una trampa?

-¿A cuántos más has traído contigo?- me preguntó Cameron.

-¡A ninguno!- exclamé desesperada. No porque lo estuviese de verdad, sino porque tenía que actuar y mantenerme en mi papel. A ojos de la Orden soy inocente, soy una víctima de las malas influencias y conseguí escapar y encontrar el buen camino, me había reformado… Si yo fuese la Stella que he fingido ser desde hace algunos años, ahora mismo estaría a punto de ponerme histérica debido a esta injusticia.- ¡No soy una mortífaga! ¡Quítame las manos de encima!- grité enfadada cuando Cameron intentó agarrar mi brazo. No me hizo caso y me agarró con fuerza y tiró de mí.- ¡Suéltame! ¡Estás loco!

Podría quitármeles a todos de encima en un segundo, no me costaría nada. Podía sacar mi varita, conjurar un par de Avada Kedavras, y listo. Iba a acabar pasando antes o después, de todos modos, pues el tipo de misión que nos había sido encomendada era casi imposible de completar sin daños colaterales, y una vez que hay daños colaterales había que deshacerse de todos los posibles testigos. Tenía la varita en el bolsillo, y estaba a punto de sacarla cuando dos hombres aparecieron detrás de mí y me agarraron, impidiéndome sacarla. Estaba tan furiosa por lo que estaba ocurriendo que no les había oído ni les había sentido acercarse. Acababa de perder mi oportunidad, pero no por ello me dejaría vencer.

-Jackson y Andrews han salido a ver si hay más- uno de los tipos le informó a Cameron, que asintió satisfecho y me dirigió de nuevo una miraba cargada de odio y asco. Yo mantuve mi expresión neutra, pero en el fondo estaba ardiendo de la rabia.

“¡MIERDA!” pensaba, ya que si Jason se deshace de esos dos idiotas y ellos no volvían quedaría confirmado que había mortífagos fuera, y si le atrapaban estábamos los dos jodidos.

-Estáis cometiendo un grave error- mascullé entre dientes, manteniendo la mentira de que era inocente. Nadie contestó, sino que me lanzaron un Desmaius y quedé inconsciente.

Mientras estaba inconsciente me llevaron a rastras a la sala principal del almacén, una estancia enorme, de colores metálicos, iluminada y casi vacía a excepción de dos sillas colocadas en el centro con varios metros de distancia la una de la otra. Me ataron fuertemente con cuerdas a las silla, hasta tal punto que las cuerdas se me clavaban en la carne. Varios minutos después trajeron a Jason, a quien habían capturado y despojado de su máscara. El despertó antes que yo, pues yo no lo hice hasta que Cameron y Finn entraron en la sala acopañados de más miembros de la Orden. Cameron y Finn se acercaron a mí, mientras que los demás iban hacia Jason. No miré a Jason con preocupación, aunque en el fondo la sentía, sino con una expresión que podría definirse como confusa, como si no entendiese qué hacía allí ese hombre. Aquello ayudaría a convencer a aquellos gilipollas que estaban equivocados aunque no lo estuviesen.


-Por favor, soltadme… Cameron… Finn…- supliqué con voz inocente, como siempre aparentaba ser a ojos de la Orden. Si Jason me escuchaba iba a verme actuar de una manera en la que nunca antes había actuado frente a él, era casi patético. Tan patético como lo eran todos los de la Orden.- Por favor, yo no he hecho nada… ¡Soy de los vuestros!

El bofetón que me dio de repente Cameron me pilló por sorpresa porque no me esperaba que me lo diese tan pronto, aunque sí que esperaba que me lo diese en algún momento. Exclamé, no de dolor sino de sorpresa, cuando me cruzó la cara. Me ardía la mejilla y el anillo que llevaba Cameron en el dedo se había enganchado en mi labio y me lo había partido. Finn me miraba como si el bofetón le hubiese dolido más a él que a mí.

-Puta mentirosa- escupió Cameron con desprecio.- Incluso teniendo a tu compañero delante sigues fingiendo. ¿Es que no tienes dignidad? ¡¿Honor?!

¿Honor? Mala cosa para tener si escoges el camino de los mortífagos…

-No se quien es…- fingí sollozar. A los hombres les pone muy nerviosos escuchar a una mujer sollozando de manera aparentemente débil. Merezco un Oscar. Los sentimientos de Finn hacia mí me servían, ayudaban a que buscase maneras de apoyarme y mis mentiras le convencían.- Trabaja en el Ministerio, le he visto a veces, pero no le conozco de nada más, ¡lo juro!

-Cameron, a lo mejor estás equivocado…- se atrevió a decir, pero Cameron no le escuchó.

-¡No la escuches! ¡No es más que una puta mentirosa, es una mortífaga! ¡Quiere comerte el cerebro para que la sueltes y entonces pueda matarte!- me pegó otros dos bofetones seguidos que me cruzaron la cara de lado a lado. Estaba desatando toda su furia contra los mortífagos conmigo, quería usarme como su saco de boxeo, romperme para así hacerme confesar. Pero este pedazo de mierda jamás conseguirá romperme a mí.

Estaba preocupada. Oh sí estaba muy preocupada. ¿Habían avisado ya al Cuartel General de que nos habían pillado? Si era así yo debía mantener mi mentira. Daba igual que tuviese la Marca Tenebrosa en el antebrazo, pues llevaba años convenciendo a todo el mundo que había sido producto de un error de mi juventud. Si seguía manteniendo mi mentira podría salvarme. Pero a Jason… Intenté evitar mantener contacto visual con él. Si las cosas salían mal y yo conseguía librarme de esta pero él no entonces no quería verle así, no ahora. Pero si hay una mínima oportunidad...


-¡Mírame!- otro bofetón, más fuerte que los anteriores. Escupí sangre al suelo, dejando una macha roja en las baldosas grisáceas.- Admítelo, Moon, eres una traidora…

-Te salvé la vida en Bristol hace un año, cabrón de mierda, ¿y así es como me lo pagas? ¡Acusándome!- de nuevo un bofetón, pero la fuerza con la que me golpeó fue la de un puñetazo. Me tiró a un lado y caí al suelo, arrastrando la silla conmigo ya que estaba atada de pies y manos a ella. Volví a escupir sangre, más que antes, y Finn agarró a Cameron para apartarle de mí.

-¡Ya basta!- gritó Finn, pero Cameron se soltó.- ¡Déjala en paz ya! ¡¿Y si dice la verdad?!

-¡Te tiene embrujado! ¡¿Es que no lo ves?! ¡Es una de ellos!

-¡De eso no estás seguro!

-Llama al Cuartel General, a los jefes. Que vengan ellos y decidan por sí mismos pues, avísales de que tenemos a dos mortífagos más aquí… Ya veremos si tengo razón o no…

Se me iluminó la bombilla entonces. ¿Qué avisasen al Cuartel General de que estábamos aquí? Eso significaba que nadie más aparte de la gente que estaba aquí ahora mismo sabía que ni Jason ni yo éramos mortífagos, todavía había una esperanza para ambos. Lo único que necesitaba hacer era mantener a estos dos dentro de la sala para que no avisasen a nadie el tiempo suficiente hasta que llegase mi transformación… Aún quedaba un rato, pero podía aguantar. Solo había una manera de conseguirlo.

Dejé caer mi fachada falsa entonces, aquella que me hacía ver como una niña buena. El tiempo para jugar a aquel juego había pasado, y era hora de jugar a uno mucho más divertido y peligroso. La inocencia y el miedo en mi expresión dieron paso a una mirada fría y siniestra, a una leve sonrisa retorcida. Mi cabello no ocultaba mi rostro, por lo que todos los presentes pudieron ver perfectamente aquella transformación del Bien al Mal. La Stella de la Orden había dado paso a la Stella mortífaga, y una risa baja, lenta y llena de crueldad salió de mí, haciendo eco en la gigantesca sala que nos rodeaba.


-Habéis tardado mucho tiempo en averiguarlo… Felicidades- ni siquiera mi voz era la misma. Ahora era fría, grave, calculadora. La voz de la asesina que había estado pretendiendo no ser.

Mi confesión hizo que la rabia en el rostro de Cameron se hiciese más intensa, y la preocupación en el rostro de Finn desapareciese y diese paso gradualmente a la sorpresa, al espanto, al horror, al asco. Todo por ver mi verdadero yo. Cameron le dio órdenes a Finn de permanecer en la sala mientras se acercaba a mí y volvía a levantar la silla. Aquello no hacía más que empezar.
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Stella MoonMinisterio

Invitado el Mar Ago 04, 2015 9:07 pm

Despertarme en medio de un almacén rodeado de miembros de la Orden del Fénix no era exactamente como me imaginaba yo que iba a terminar aquella expedición de rescate. Siempre había sabido que algo así podía pasar. Nosotros les tendíamos trampas y ellos a nosotros y los componentes de las filas de ambos equipos caian a cuentagotas por la estupidez de alguno de los bandos a la hora de distinguir las elaboradas trampas de los otros. Era obvio que iba a acabar pasando, pero en mi cabeza, suponía que la vez que yo cayese en una trampa sería porque no me hubiese quedado otra opción, que fuese un sacrificio por un bien mayor, que fuese por el asesinato del auror que mató a mi hermano, no por intentar rescatar a un cerdo que un día en su confusión decidió ponerse a dos patas y comenzar a hablar.

Mis ojos se abrieron tras un corto periodo de tiempo inconsciente. Nunca había durado demasiado tiempo inconsciente, mi cuerpo necesitaba estar activo todo el rato y ese era uno de los motivos por los que tampoco necesitaba dormir demasiado. La luz me cegó en un primer momento, pero cuando me acostumbré y pude dislumbrar todas las fuentes de luz que me habían cegado, también pude ver el cuerpo inconsciente de Stella a mi lado y, un poco más lejos, la machacada y también inconsciente figura de Crabbe. Parecía que se habían divertido de lo lindo a su costa aunque yo no podía decir que me diese una especial pena. Tenía que rescatarlo, nadie dijo que tuviera que ser de una pieza. Y al paso que íbamos, incluso para rescatarlo necesitaríamos un milagro.

Analicé la situación y el entorno lo más rápido que pude. Estábamos en lo que parecía una nave industrial, lo bastante espaciosa como para que varios más de nosotros cupiesemos atados a sillas en fila tal y como estábamos nosotros tres. Las paredes eran grises y parecían hechas de cemento o algo similar o que dificultaba el romperlas sin ayuda de la varita y también escalarlas sin tener el equipo adecuado. Y digo escalarlas por las escasas ventanas que había estaban a una considerable altura por las que los tenues rayos de luz de la luna se colaban iluminando levemente las zonas más oscuras de aquel lugar. Había una puerta maciza a cada lado de la estancia. Una abierta, que parecía llevar a otra parte de las instalaciones, probablemente por donde se movían los miembros de la Orden, y otra, más alejada, que estaba completamente cerrada e imperturbable. Por lo que había visto del edificio por fuera, esa debía ser una salida trasera o de emergencia. Las cuerdas que ataban mis manos parecían haber sido apretadas a conciencia, pero aun así, con un poco de esfuerzo y forzando mi muñeca hasta casi dislocarla, puede palparme el lugar donde suelo llevar la varita para descubrir que ya no estaba allí. Había confiado en que alguien de la inteligencia de Crabbe hubiese sido mi captor, a pesar de lo patético que hubiese resultado, pero por desgracía no había sido así. Habían estado lo bastante lúcidos como para despojarme de mi arma principal.

Volví a recolocar mi muñeca justo en el momento en el que Stella abría los ojos y dos pares de personas entraban por la puerta abierta cerrándola tras de sí. Supongo que eso era para que no se escuchasen los gritos, pero podían esperar sentados si contaban con sacar algún sonido de queja de mi. Dos hombres fueron hacia Stella mientras que otros dos se quedaron rondándome a mi. Los miré a los ojos estudiando sus reacciones mientras escuchaba la conversación que tenía lugar a mi lado. Las palabras de Stella hacian pensar que era un miembro de la Orden al que habían juzgado mal, pero el hecho de que estuviera atada a mi lado me daba a entender que no había sido ella quien me había traicionado. Quizás el gordo sentado a su lado tuviese bastante más que ver en ese aspecto.

Miré a los dos hombres que estaban ante mi con una expresión que reflejaba más impaciencia que otra cosa. En general, soy un hombre paciente, pero cuando sé que me van a torturar o al menos intentarlo, me parece que que me hagan esperar es un preludio absurdo, sobre todo teniendo en cuenta que yo podría hacerles más daño a ellos que ellos a mi sin pensarlo ni la mitad. Era como un insulto para mi que se tomasen tanto tiempo, pero aun así no dije nada y esperé mientras escuchaba la conversación de Stella y los otros. Cuando la primera bofetada cayó sobre Stella cometí el error de girarme hacia ella por el sonido producido. La había dejado con la cabeza girada y el golpé había sonado como una ráfaga de aire y un cañonazo. Pero ese momento de debilidad había sido suficiente para que a mi me cayese otra bofetada similar hacia el otro lado y con el dorso de la mano. Llevaba tres anillos el hombre que me había pegado con todas su fuerzas y me había redirigido la cara. Dos de ellos se rompieron al chocar con mi pomulo, pude verlo con claridad antes de notar como la sangre corría por mi mejilla y el corte que me habían producido comenzaba a escocer. - Deberías cambiar de joyero- dije con impasividad clavándole una mirada que no parecía esconder ningún tipo de sentimiento en absoluto. Era una mirada vacia que noté como lo dejó frio en el sitio a causa de mi falta de reacción.

Otros dos bofetones cayeron sobre Stella mientras hablaban con ella y un puñetazo en el estómago fue lo que yo recibí. Me lo esperaba así que endurecí el abdomen antes de que llegase el impacto. Dolió como el infierno, pero me aseguré de que la persona que me había pegado se llevase también su buena ración de dolor en la mano. Me estaba preguntando en que momento se les ocurriría lanzarme un crucio antes de hacerme ninguna pregunta y solo por pasar el tiempo, cuando Stella pasó de ser la niña buena que muchos allí esperaban, a ser la mujer que yo conocía. Sonreí sin mirarla al ver el pasmo de los allí presentes.

- Y tú de que cojones te ries?- preguntó uno de los que me habían pegado antes con un tono cargado de rabia- Te parece gracioso, asesino de mierda?- me espetó escupiendo un poco en el proceso. Se estaba rifando una paliza y ese hombre acababa de comprar todas las papeletas

- Me rio de tu cara de mono subnormal amaestrado y de tus patéticos intentos de tortura que podrían equipararse a los de una niña en el jardín de infancia.- dije soltando una carcajada al final.- En serio chicos, deberíais dejar esto a los profesionales- dije sonriendo completamente divertido por la situación. Sabía a la perfección que estar atado a una silla y desarmado no eran las mejores circunstancias para putear a la persona que está intentando torturarte, pero también sabía que a la gente como ellos, la fuerza se les iba en la rabia y que para cuando hubiesen terminado yo estaría lo bastante bien como para darles a ellos todo lo que ellos no habían sido capaces de darme a mi.

Mis palabras me costaron un puñezato que tumbó mi silla y toda una serie de patadas que acertaron en distintas partes de mi cuerpo. Sin duda alguna y si salía de allí, iba a acabar lleno de cardenales. Cuando las patadas terminaron, escupí en el suelo un chorro de sangre. Eso no era nada bueno, pero lo que si era positivo era que las patas de la silla a las que estaban atados mis pies se habían roto en la pelea, lo que me los dejaba libres. Abrí los ojos y vi como un intenso rayo de luz de Luna entraba por la ventana más próxima y daba de lleno a Stella. Parecía que la media noche había llegado ya, y yo no tenía toda la noche para perderla allí. Si iba a salir, quería que fuera cuanto antes, y si no, al menos me llevaría a alguno por delante. Le atesté una patada al que más cerca tenía que de la sorpresa cayó al suelo sentado. Con gran esfuerzo, me puse de pie ante los ojos atónitos del idiota que aun quedaba de pie. Le asesté un golpe con la silla que me valió para terminar de romperla y quedarme solo con las manos atadas a la espalda.- Eso te enseñará a no escupir cuando hablas- dije asestándole otra patada al que había caido al suelo en primer lugar pero mirando al otro.
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Stella Moon el Vie Ago 14, 2015 12:19 am

Estaba preocupada por Jason, no podía negarlo. Crabbe también estaba en la sala gigante en la que estábamos, y parecía estar en mal estado. La misión había sido entrar a rescatarle a él, pero eso ya había quedado en un segundo plano. Ahora la misión era rescatarnos a nosotros mismos. Normalmente cuando ocurrían este tipo de situaciones (nunca había sido capturada, pero sí que había habido varias situaciones de riesgo en el pasado en el que las cosas se habían complicado y había estado a punto de ser descubierta) siempre había abandonado a mis compañeros a su suerte. Me daba igual el destino de todo el mundo siempre y cuando yo saliese intacta, pero en esta ocasión estaba preocupada por Jason. En el fondo me sentía mal porque nos hubiesen capturado a ambos por culpa de que yo no había tenido suficiente cuidado. Teníamos que salir de aquí, los dos. Yo lo tenía fácil, pues podía seguir pretendiendo que aquello no tenía nada que ver conmigo, que yo era fiel a la Orden… Había interpretado tan bien mi papel que acabarían creyéndome todos, y aunque me torturen no soy una mujer que se rompa fácilmente y confiese… Pero la única oportunidad que tenía de retenerles a todos allí durante el tiempo suficiente para que las noticias no volasen y yo me transformase era si admitía la verdad. Así que lo hice.

No había estado muy pendiente de lo que le ocurría a Jason hasta el momento, principalmente para mantener mi pequeña obra de teatro en la que aparentaba no saber quién era, pero una vez que yo ya me había quitado la máscara de niña buena no tenía por qué seguir ignorándole. Los que se estaban ocupando de él eran incluso más estúpidos que los que me habían tocado a mí, y eso ya era decir mucho. Cameron se había quedado pasmado, mirándome con ira. Finn tenía pinta de que quería echarse a llorar en aquel momento, pues yo había destrozado todas las esperanzas que tenía puestas en mí. Pero Cameron no dudó mucho tiempo pasmado, ya que levantó la silla a la que yo estaba atada, que había quedado tumbada antes. Podía ver el odio en sus ojos. Podía ver que deseaba matarme a golpes. Puede que en el pasado hubiese pensando que yo era una de los suyos, pero ahora era su peor enemigo y me tenía asco. Yo no podía dejar de sonreírle de manera perversa, lo cual le estaba poniendo aún más furioso.

-Me das asco- gruñó Cameron en mi cara, haciendo una mueca.- Tú y todos los tuyos. Sois escoria.

-Al menos nosotros no nos avergonzamos tanto de lo que hacemos que tenemos que escondernos de los de nuestro propio bando como ratas- dije tranquilamente mientras mi mirada se paseaba por la sala.- Estáis haciendo lo mismo que nosotros, solo que vosotros fingís estar haciendo algo bueno y os mentís a vosotros mismos para que luego no os reconcoma la conciencia. Sinceramente, creo que la basura sois vosotros, me dais pena.

-No vas a provocarme, Moon.

“Ya lo he hecho.”

Miré a la ventana que había en lo alto en la pared enfrente de mí. La media noche no tardaría en llegar, y entonces podría atacar. Necesitaba continuar distrayendo a Cameron y a Finn para que todo saliese bien y que no llamasen al Cuartel. Giré la cabeza para mirar a Jason. Le habían tirado al suelo y le estaban dado patadas, pero parecía que lo estaba aguantando muy bien. Solo un poco más…

-¿Recuerdas cuando mataron a tu mujer?- le pregunté con voz algo cantarina, burlándome de su dolor. Antes de que pudiese decir ni una sola palabra Cameron me agarró del cuello y comenzó a apretar, cortándome la respiración. Finn pegó un brinco, sobresaltado al ver aquello.

-¡No oses mencionar a Katie, puta desgraciada!- bramó Cameron, cuyo rostro se estaba poniendo rojo de la ira.

-¡No la hagas daño, Cameron!- exclamó Finn, presa del pánico. No sabía qué hacer, pues me odiaba por lo que era pero me quería por quien pensaba que había sido. Era patético.

-¡Calla Finn! ¡Te tiene embrujado! ¡¿No lo ves?! Es una mortífaga, una asesina, un ser sin escrúpulos…

-Nunca encontraron a los mortífagos que asesinaron a tu mujer, ¿verdad?- murmuré entonces con tono juguetón, y Cameron se puso pálido. En el fondo de su mente él ya sabía qué era lo que le iba a decir a continuación, y estaba cayendo por una espiral de desesperación y horror. Parecía que iba a ponerse enfermo.- Estuve consolándote durante horas en el Cuartel General después de que encontrasen su cuerpo destrozado, casi estaba irreconocible…

-¡Stella no!- exclamó Finn. Era una súplica de que no continuase, pues él también intuía qué terrible verdad iba a revelar, y no quería que su imagen de mí fuese transformándose cada vez más rápidamente en la de un monstruo desalmado. Reí con malicia.

-Sus gritos fueron música para mis oídos. Chilló y chilló y chilló mientras la torturábamos, te llamaba desesperada, pero tú no acudías a rescatarla… Tú la fallaste, Cameron, Katie está muerta por tu culpa. No supiste protegerla- volví a reír mientras los rostros de Cameron y Finn se tornaban de color verde.- Tuve que darme al menos tres baños antes de ir corriendo a consolarte cuando recibí la noticia. Tenía su sangre por todas partes.

Volví a tumbarme, pero esta vez no de una bofetada sino de un puñetazo. Mi cuerpo y la silla cayeron al suelo con un golpe seco, y en vez de gruñir de dolor me reí otra vez, provocando cada vez más la ira de los miembros de la Orden que estaban allí presentes. Vi que Jason lograba darle una patada a uno de los tipos que estaban allí y que se ponía de pie, y reí una vez más de la diversión al ver aquello.

No pude continuar riendo durante mucho tiempo. De pronto un dolor infernal me invadió e hizo que me retorciese todo lo que podía estando atada de pies y manos a aquella silla. Sentía como si miles de cuchillos al rojo vivo se me estuviesen clavando salvajemente por todo el cuerpo. Al principio intenté aguantar, y me mordí tanto el labio para no gritar que me hice un profundo corte del que salió sangre que manchó el suelo, y apreté los ojos con fuerza hasta que me salieron lágrimas de ellos. Me retorcí en agonía durante unos segundos antes de ser incapaz de seguir aguantado el dolor, y entonces abrí la boca y grité. Mis gritos hicieron eco en toda la sala enorme y vacía. Hacía muchísimo tiempo que no sufría los efectos de una maldición Cruciatus, y he de decir que no había echado de menos la experiencia. Además, la intensidad de la maldición dependía de cuántas ganas de hacer daño tenía el que la lanzaba, y Cameron quería que yo ardiese en el peor de los infiernos durante toda la eternidad. Sentía como si me estuviesen arrancando la piel a tiras con garras de metal y estuviesen vertiendo agua hirviendo y vinagre y sal sobre la carne viva. Mi visón se nublaba y se volvía oscura con manchas rojas…

La maldición paró entonces y me recorrió una enorme sensación de alivio. Dejé de gritar y respiré profundamente mientras mi cuerpo volvía a la normalidad. En vez de permanecer callada para evitar una segunda sesión de brutal tortura, como habrían hecho muchos, comencé a reírme. Pero no a reírme tranquilamente como hace la gente normal, sino que comencé a carcajearme a pleno pulmón. La sala que antes había hecho eco de mis gritos agónicos ahora hacía eco de mis estridentes y desquiciadas carcajadas.

-Por favor…- conseguí murmurar entre carcajadas. Mis ojos estaban empañados de lágrimas de dolor y de risa.- Mírate, Cameron… ¡Eres igual que yo! Disfrutas haciendo las mismas cosas que condenas que hagamos nosotros…

-Yo no soy un animal sanguinario- escupió él.

En ese preciso momento la luz de la luna llena se coló por la ventana, iluminándome entera. La medianoche había llegado. Comenzaba mi maldición… o en este caso, mi salvación.- Pero yo sí que lo soy- dije con tono amenazador. Comenzaba a sentir algo en mi interior, cambios. El lobo quería escapar de aquel cuerpo de humana que en aquel momento era su prisión.- Si vas a seguir torturándome ven, Cameron. Hay algo que te quiero decir…

El hombre dudó, pero por alguna razón me hizo caso y se acercó a mí. Volvió a poner mi silla de pie antes de preguntarme qué era aquello que yo quería decirle, pero yo no llegué a pronunciar palabra alguna. La luna llena se veía a través de la ventana y se reflejó en mis ojos oscuros, cuyas pupilas se dilataron entonces y el iris se agrandó y se volvió de color amarillo. Mis dientes se transformaron en colmillos casi al mismo tiempo y mis uñas se convirtieron en garras negras. Antes de que Cameron pudiese reaccionar yo la había atrapado su mano en el aire con mis fauces, clavándole los colmillos en la carne y rasgándosela, salpicando sangre por todas partes. Cameron aulló de dolor y yo tiré salvajemente, arrancándole la mano y escupiéndola en el suelo mientras gruñía. Antes mis alaridos de dolor habían inundado la sala y resonado en mis oídos, pero ahora eran los de él los que ocupaban aquel puesto. Se alejó de mí dejando un rastro de sangre por el suelo. Nadie sabía cómo reaccionar, ninguno de ellos sabía que yo era licántropa hasta el momento. Ni siquiera Jason.

Mi transformación era lenta, por el momento no había sufrido más cambios que los de los ojos, los colmillos y las garras, y mi fuerza se había multiplicado por diez. Sin apenas hacer un esfuerzo rompí las cuerdas que me tenían atada a la silla y me puse de pie. Caminé hacia Cameron y le agarré por el cuello, clavándole las garras en él y perforándole la yugular. Tiré entonces, rajándole todo el cuello y degollándole, y cayó al suelo, desangrándose y muriendo a mis pies. Se formó un charco de sangre enorme que manchó mis zapatos. Vi entonces como Finn salía corriendo despavorido hacia la salida entonces y llegaba a la puerta, pero estaba tan aterrorizado que quedó bloqueado mentalmente y no era capaz de abrirla. Caminé hacia él tranquilamente, con las manos y la boca manchadas de sangre. La sangre caía por mi barbilla y me hacía parecer inhumana. Dentro de poco dejaría de ser humana para convertirme en bestia.

-¡No! ¡Stella, por favor! ¡Por favor! ¡Yo no quería hacer esto, yo te quería!- chilló.

-Patético- murmuré poniendo los ojos en blanco. En cuanto le alcancé alcé la mano, lista para atacar. A Finn solo le dio tiempo a chillar una última súplica antes de que mis garras impactasen contra su cabeza con tal fuerza que esta fue separada del resto del cuerpo y salió volando por la sala como una pelota de playa.
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Invitado el Dom Ago 16, 2015 9:38 pm

Lo curioso de la tortura es que torturar era divertido, pero ser torturado, a veces, dolía solo por el tedio. Es una de esas cosas para las que se nace y si no naces con ello no puedes llegar a entender el arte que precisa torturar a otro ser humano. Necesitas mucho odio y también mucho conocimiento de tu víctima, el suficiente como para casi alimentarte de sus temores. Los dos idiotas que pretendían molerme a bofetadas y patadas no tenían el don, por lo que, salvo porque los golpes duelen, me estaban aburriendo más que otra cosa. No sé que podría haber pasado si yo no estuviese atado a una silla, pero confiaba en no estarlo mucho tiempo más.

La conversación que estaba teniendo lugar a mi lado despertaba muchísimo mi interés, pero cuando los golpes empezaron a caer sobre mí, mi atención se vio focalizada en otro punto que en ese momento tenía más prioridad que mi curiosidad acerca de la tapadera de Stella. Mientras ella hablaba, primero fingiendo ser buena y luego dejando caer su fachada, las dos personas que, en teoría, se iban a encargar de darme lo mio se lo estaban pensando mucho. Finalmente, los golpes empezaron a caer sobre mi y pude relajarme algo más, pues si iban a matarme al menos no me tendrían mucho más tiempo esperando. Los primeros golpes que recibí tuvieron su divertida respuesta por mi parte, pero mis torturadores no eran hombres pacientes o tranquilos y optaron por tirarme al suelo y patearme hasta que sus vagas piernas se cansaron. Me resultaba increíble como dos magos adultos recurrían a técnicas tan medievales para torturar a alguien, además de torturarme por puro deporte, porque todavía no me habían hecho una sola pregunta. Sin embargo, no hay estupidez sin castigo en este mundo y cuando me tumbaron de un golpe, la silla a la que me habían atado se rompió dejando mis pies libres. Entre las patadas que recibí no pude fijarme en el destino que estaba sufriendo mi compañera, pero a la mínima oportunidad, le asesté una patada al mago que tenía más cerca, con la fuerza y rapidez sufienciente como para tirarlo hacia atrás. Me levanté, no sin esfuerzo, pero lo bastante rápido como para poder embestir al mago que quedaba en pie y terminar de romper la silla con su cuerpo. Mi golpe fue directo a su torso en el que se clavaron varios trozos de la madera de la silla. Cayó al suelo, sangrando y retorciéndose mientras mi frase llegaba a sus oídos y me encargaba de patear al otro de nuevo, esta vez en la cabeza. Le di dos golpes con mi pie en su cráneo que bastaron para dejarlo inconsciente mientras su compañero peleaba por ponerse de pie pero entre el dolor y la sangre que lo hacia resbalar no lo conseguía.

Un grito salido de entre los labios de Stella cortó la noche pero me negué a mirarla y darle al tipo que aun me quedaba consciente ese momento de debilidad por mi parte que necesitaba para arrastrarme al suelo. Aún con las manos atadas a la espalda y totalmente inmovilizadas, comencé a patear al que aun quedaba consciente hasta que dejó de moverse. Busqué evadirme de lo que pasaba a mi lado para concentrarme en acabar con aquellos dos hombres, liberar mis manos y poder ayudar a Stella, estuviera en la situación que estuviera.

Dejarlos inconscientes no fue la parte más complicada, pero rebuscarles en los bolsillos de las túnicas sin poder ver lo que hacía sí que fue un reto. Después de un rato me rendí, me tiré en el suelo y buscando pasar mis manos de mi espalda a la parte de alante de mi cuerpo aunque en el proceso pareciese un salmón fuera del agua. Sin embargo, justo en el momento en el que mi espalda tocó el suelo, un rayo de la luna de media noche acertó de lleno en la figura de Stella que comenzó a cambiar. Lo primero en lo que se notó fue en sus ojos. Luego sus dientes se agrandaron y sus manos se convirtieron en garras. Vi como aun atada en la silla le arrancaba una mano a uno de los tipos que la habían torturado y la tiraba por ahi de manera que el miembro terminó muy cerca de donde estaba yo. Desde que sus ojos habían cambiado de color yo me había quedado petrificado. Jamás había presenciado tal fenómeno aunque lo conocía y jamás habría imaginado que Stella fuese un licántropo, aunque ahora entendía muchísimas más cosas acerca de ella.

Cuando se libró de la silla que hasta ese momento la había mantenido atada, reaccioné. No me convenía estar quieto y alucinado encerrado en un almacen lleno de miembros de la Orden del Fenix y una licantropa. Pasé mis manos, finalmente, hacia delante y conseguí rebuscar en los bolsillos de los dos hombres inconscientes hasta dar con mi varita. Gracias a eso conseguí desatarme del todo mientras veía como Stella iba tras el otro tio y le arrancaba la cabeza de cuajo. Sin duda, ese habría sido un momento perfecto para huir, pero ese no era mi estilo. Estaba en un edificio lleno de enemigos y tenía un licántropo que por el momento estaba de mi parte, esperaba que eso durase lo suficiente como para librarme de los miembros de la orden que había en aquel sitio.

El pobre desgraciado al que había pateado la cabeza, volvió en sí en ese momento y al ver a Stella que continuaba su transformación pegó un grito agudo y asustado que me hizo mirarlo con cara de exasperación. Puse los ojos en blanco y alcé la varita por Stella, o su alterego nocturno, decidía atacarme.- Stella- dije lo bastante alto como para obtener una respuesta. El estúpido que tenía a mi lado volvió a gritar justo despues de que yo hablara y lo volví a mirar. Lo apunté con la varita y un avada kedavra cruzó el aire en su dirección. Me tenía hasta los cojones con sus grititos de nena.

Volví a mirar a Stella, expectante y con curiosidad sobre lo que pasaría a continuación. Con un poco de suerte, el otro capullo estaría ya muerto y si me comía, al menos nadie lo vería. Flexioné las piernas y miré fijamente a la que era mi compañera el resto de noches del mes. El miedo debía estar pintado en mi cara y también la sorpresa.
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Stella Moon el Vie Ago 21, 2015 11:45 pm

Todo iba mal, hasta que la luna llena llegó y su luz se coló por la ventana. Entonces las cosas dejaron de ir mal para nosotros y comenzaron a ir terriblemente mal para los miembros de la Orden que nos tenían ahí retenidos y que pretendían torturarnos hasta acabar con nosotros. Jason ya se había librado de sus ataduras y le estaba dando lo suyo a los dos miembros de la Orden que habían intentado ocuparse de él, pero como todo aquello ocurrió mientras yo estaba bajo los terribles efectos de la maldición Cruciatus no me enteré de los detalles. Estaba demasiado concentrada en no morderme mi propia lengua y arrancármela del dolor que me estaba provocando aquel capullo gilipollas.

Pero el dolor me encargué de administrarlo yo a mis captores en cuanto comenzó la transformación. Mi licantropía pilló desprevenidos a todos los presentes, y fue de los más útil. Cameron fue el primero en morir. Me habría gustado provocarle una muerte mucho más lenta, dolorosa y horrible, pero no tenía tiempo suficiente como para gastarlo. Aun así, su muerte fue desagradable, y sí que sufrió antes de que llegase su momento final, cosa que me satisfizo enormemente. El siguiente en caer en cuanto me libré de mis ataduras fue Finn. El pobre idiota murió suplicando como un cobarde, asegurando que él no había querido hacerme aquello… ¡Incluso osó decirme que me quería! Aquello daba más risa que un espectáculo de circo.

Cuando la cabeza de Finn salió volando por la sala después de recibir la mortal bofetada de mis garras quedé completamente salpicada de sangre. Como mi ropa era negra apenas se notaba que estaba cubierta de la sangre de los dos miembros de la Orden que me habían tenido retenida, pero mi cara era una estampa, pues mi boca entera estaba manchaba con la sangre de Cameron que corría por mi barbilla. Parecería un repugnante vampiro, de no ser por mis ojos amarillos que dejaban claro cuál era mi verdadera naturaleza, y mis garras negras y largas afiladas como cuchillas que también estaban manchadas de sangre. Sangre, por todas partes había sangre…

Oí la voz de Jason llamándome en aquel momento, y me giré hacia él. Me di cuenta entonces de que él ya se había ocupado de los dos miembros de la Orden que estaban con él. Uno estaba definitivamente muerto, pues había visto el resplandor verde del Avada Kedavra que había iluminado la sala entera. ¿El otro estaría muerto? Estaba completamente inmóvil, y mis sentidos agudizados no captaban ninguna señal de que estuviese vivo. Lo mejor sería rematarle por si acaso, pues una persona dos veces muerta no puede levantarse a chivarse de los que ha visto a sus amigos. Pero mi atención se centró en Jason en aquel momento.

El principio de la transformación era muy lento, por lo que yo aún conservaba mi forma humana y podía comunicarme sin problemas con Jason durante al menos un par de minutos más, lo cual era una ventaja dada la situación en la que nos encontrábamos. Mantenía mi habilidad de razonar también, pero aquello se debía a la poción matalobos que tomaba siempre y que me permitía mantener la mente intacta durante la luna llena. Jason tenía suerte de que yo me tomase siempre la poción para poder ser consciente de a quién mataba y a quién no, porque los licántropos que no se la tomaba se convertían en bestias rabiosas incluso en esta etapa tan temprana de la transformación. Iba a asegurarle a Jason de que todo estaba bien, de que él no corría peligro conmigo, pero vi entonces el miedo en sus ojos. Era la primera vez que veía a Jason asustado, y veía en su expresión que era un miedo intenso. ¡Obvio que tenía miedo, estaba encerrado en una habitación de la que no podía salir con una licántropa que podía arrancarle la cabeza y él no sabía que yo tenía uso de razón!

Se me ocurrió una idea entonces, una idea cruel, pero divertida al fin y al cabo. Después de aquel rato tan estresante que había pasado mientras estaba atada a la maldita silla tenía derecho a darme un caprichito, ¿no? No respondí a su llamada verbalmente, sino que le miré con la mirada que un depredador le dedica a su presa y comencé a avanzar lentamente hacia él de manera amenazadora, gruñendo por lo bajo como un animal hambriento y fuera de control que está deseando abalanzarse sobre una pobre víctima y hacerla pedazos. Vi a Jason alzando la varita y apuntándome, seguramente para atacarme y defenderse de la supuesta amenaza que era yo para él, y entonces hice uso de los poderes que me condecía la luna llena (qué cruel era ser tan fuerte y rápida durante solo una noche al mes…) e hice desaparecer la distancia que había entre nosotros en un abrir y cerrar de ojos, antes de que él pudiese hacer nada. Le agarré, cerrando mis garras alrededor de su cuello pero sin hacerle daño. Le estampé contra la pared y entonces abrí las fauces, mostrando todos los colmillos que me habían salido por culpa de la transformación y…

…cuando parecía que le iba a dar un bocado que le iba a arrancar la cabeza de cuajo como había hecho con el pobre desagraciado de Finn, me detuve y cerré mis fauces de repente a apenas milímetros de su rostro. Aquello habría sido suficiente para provocarle un infarto a cualquiera. Pero Jason no tenía ni un solo rasguño, y mi expresión asesina y feral había cambiado y ahora sonreía de manera retorcida.

-Oh, vamos… No creerías en serio que iba a arruinar este hermoso rostro que tienes, ¿verdad?- me reí como una niña traviesa, e hice un ademán juguetón de ir a morderle otra vez antes de soltarle.

Me alejé entonces de él, ignorando todo el desastre que habíamos causado a nuestro alrededor, y me dirigí hacia donde estaba atado Crabbe. El muy imbécil tenía la culpa de que estuviésemos Jason y yo aquí, él había cedido ante los de la Orden porque era débil y había ayudado a tendernos una trampa. Le miré con asco. Me gustaría cargármelo, pero teníamos una misión.- Está inconsciente. Dejémosle aquí mientras vamos a deshacernos de todos los de la Orden que estén en el edificio. Luego vendremos a por él y se lo llevaremos al Señor Tenebroso, a ver qué opina él de todo esto.

Después de dejar a Crabbe ahí tirado atado a la silla fui hacia el cadáver de Cameron, a quien le quité mi varita, y crucé la sala hasta llegar a la puerta. La cerradura estaba reforzada, y sería imposible para cualquier humano abrirla. Podríamos haber intentado abrirla con magia, pero en cuanto comenzaba la transformación yo dejaba de ser capaz de usar una varita, así que se la di a Jason para que me la guardase en su túnica, ya que las transformaciones hacían que mi ropa se fuese a la mierda y no quería perder mi varita. En cuanto se la di me puse frente a la puerta y le di una patada tan potente con mi nueva fuerza licántropa que la puerta metálica salió disparada y cayó sobre el suelo fuera de la sala, dejándonos el paso libre. Sonreí satisfecha y entonces comencé a salir de la sala en la que habíamos sido retenidos antes, pero me detuve cuando una terrible punzada de dolor me sacudió y caí de rodillas al suelo.

La última fase de la transformación llegó de repente. Mi cuerpo se hizo más grande. Mi ropa se rasgó, mi piel se oscureció hasta estar cubierta de pelaje gris, mi cabello humano largo y castaño se acortó más y más hasta desaparecer, mi rostro se alargó hasta quedar convertido en un hocico y mis colmillos se alargaron aún más, mis ojos se volvieron más animales y más salvajes de lo que ya lo habían sido antes cuando se habían vuelto amarillos. Ya no había una hermosa humana allí, sino que en su lugar estaba mi lado más monstruoso, un enorme lobo gris con aspecto salvaje y feroz.


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Stella MoonMinisterio

Invitado el Dom Ago 30, 2015 5:14 pm

La noche había empezado medianamente bien en comparación a como estaba siguiendo, haber terminado con las manos teñidas de azul era algo fantástico si lo comparabas con estar encerrado en una enorme sala con un licántropo y miembros del equipo contrario que lo único que quieren es matarte por un tatuaje que llevas en el brazo. La situación empezó a verse negra cuando nos capturaron, pero cuando parecía que las cosas empezaban a mejorar, porque me había librado de mis ataduras, mi compañera resultó ser una mujer lobo de esas capaces de arrancarte la cabeza antes de que te de tiempo a que te duela. Debí suponer que algo estaba siendo extraño cuando pude librarme de la silla a la que estaba atado sin que los de al lado hiciesen nada por determe, pero la adrenalina del momento me había ayudado a seguir para delante sin pensar en ello y ahora me tenía que enfrentar cara a cara a lo que ellos también habían tenido que enfrentarse. Viendo sus cuerpos desperdigados por el suelo, no tenía demasiadas esperanzas de tener un final feliz aquella noche.

Los dos aurores o miembros de la Orden que habían intentado encargarse de Stella estaban muertos con toda seguridad, y los que se habían encargado de mi también parecían estarlo, sobre todo después de lanzarle un Avada Kedavra a uno que en presencia de un licantropo furioso se había puesto a gritar como una niña de pecho asusta y con hambre. El otro, que creía que también era un cadaver a estas alturas de la velada me preocupaba bastante menos que la criatura en la que se había convertido una de las personas más fascinantes que conocía. Levanté la varita hacia la espalda de Stella tras dejar K.O. al "grititos de niña" pero cuando la mujer se dio la vuelta, la visión de sus ojos dorados, sus afilados dientes y sus garras fue mucho más aterradora de lo que esperaba. El corazón me latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho cuando esos ojos depredadores me miraron como si fuese una ración especialmente jugosa de un chuletón con patatas. Si yo hubiese sido un hombre miedoso, me habría costado un esfuerzo descomunal aguantar el temblor de mis extremidades ante la imagen de aquella licántropa a medio transformar, pero me había enfrentado a muchas cosas de pesadilla en mi vida y había aprendido a llevar el temor por dentro. Aun así, el azul de mis ojos siempre dejaba ver cuan asustado estaba y no sentía lo suficiente mi rostro como para controlar del todo bien la expresión de sorpresa que se había afincado en mi cara cuando la transformación de Stella empezó. Podía notar prefectamente como mis piernas y mi cerebro me decían que corriera, que corriera con toda la fuerza y velocidad que mis músculos tuvieran, que escapara como no había escapado antes en toda mi vida. Sin duda, eso era mi instinto de supervivencia hablando, pero lo ignoré como tantas otras veces había hecho. Me quedé allí quieto, observando a Stella al otro lado de la estancia, mirándome y acercándose a mi lentamente mientras resoplaba con un gruñido bajo que parecía indicar el fin de todo aquello que se interpusiese en su camino. Me concentré en sus ojos dorados que, a pesar del color, aun tenían algo de humano y conté hacia atrás desde cinco mientras me concentraba en mi respiración. No debía tener miedo, pues el miedo no me iba a dejar pensar, y si tenía manera de huir no iba a ser corriendo en zigzag por la sala hasta que ella se cansase y decidiese matarme por aburrirla. Poco a poco me fui tranquilizando...

...hasta que ella acortó las distancias y una de sus garras se cerró sobre mi cuello. El tiempo que tardó en arrastrarme de donde estaba hasta la pared más próxima me di cuenta de cosas sobre mi mismo en las que no solía pensar, como quienes eran las personas a las que realmente apreciaba, o lo buenos momentos del trabajo, o la cantidad de tiempo que había perdido odiando a un colectivo porque uno de ellos había matado a mi hermano. Y en ese camino en el que debería haber visto mi vida pasar ante mis ojos, no me arrepentí de ninguna de las cosas que hice, ni tomé conciencia de nada que no fuese que no quería morir allí y en aquel momento.

Noté la fria pared contra mi espalda cuando choqué con ella. En el camino mis pies habían ido retrocediendo con el movimiento de caminar, pero lo cierto es que solo las puntas de mis pies habían tocado el suelo. Estaba perdido. La boca de Stella se abrió como lo había hecho cuando le arrancó la mano a aquel pobre capullo que la había torturado. Si me quedaba alguna esperanza, era que al menos yo nunca la había tratado mal, así que si quedaba algo de humana en ello quizás eso sirviese de algo. Cerré los ojos esperando que si los volvía a abrir sería entre las llamas del infierno cuando, de repente...no pasó nada. El aliento de aquella criatura impactó con mi cara, pero solo el aliento, no sus dientes, ni su saliba, ni su lengua. Abrí los ojos de nuevo y la expresión que tenía mi compañera me alivio y encabronó a partes iguales.- Que hija de puta...- solté en un susurro perfectamente audible. No lo había dicho en bajo para que no me escuchara, lo había dicho en un susurro porque la voz de me había atragantado en la garganta. Hizo el amago de morderme de nuevo y me soltó. Me llevé la mano al cuello y noté como la palpitación de mi corazón se notaba perfectamente fuerte y peleona en las venas de mi cuello. Tenía la sensación de que casi se podía ver como el corazón buscaba salirseme del pecho por la adrenalina.

Cuando Stella se alejó hacia Crabbe, mis piernas se doblaron como si no pudiesen aguantar el peso de mi cuerpo tras un esfuerzo excesivo que no recordaba haber hecho en ningún momento. Pero entendía perfectamente que mis pobres extremidades se sintiesen presionadas. En ese momento también me di cuenta de que tenía la varita tan fuertemente agarrada que parecía que se iba a fusionar con la piel de mi mano. Asentí a lo que dijo y mientras ella buscaba su varita haciendo caso omiso a la carniceria que nos rodeaba, yo me recompuse y lancé una segunda maldición mortal al hombre del que no tenía la certeza de que hubiese muerto. Stella encontró lo que buscaba y yo la seguí hasta la puerta más cercana donde me dio su varita y abrió la puerta cerrada a cal y canto con una simple patada. Levanté las cejas pensando que estaba impresionado, pero que quizás lo estaría más si no tuviese todavía encima la sensación de que iba a morir en cualquier momento.

Cruzamos el umbral y yo adelante a Stella con la varita en ristre, iluminando la oscuridad.- No creo que haya mucha más gente en el edificio- dije tanteando la oscuridad que tenía delante. Suponía, ahora que mi cerebro volvía a funcionar con más o menos normalidad, que si hubiesen escuchado todo el jaleo habrían venido a por nosotros. Aun contábamos con el elemento sorpresa. Me giré a ver que pensaba Stella y la vi de rodillas en el suelo. Mi corazón se volvió a disparar cuando vi como la transformación final tenía lugar. El cuerpo de la chica se cubrió de pelo gris y su melena castaña desapareció, su hermoso rostro se transformó en el de un lobo gris con una expresión que parecía indicar que estaba sediento de sangre- Estamos bien?- pregunté con más confianza que la que había tenido antes dentro de aquella sala. En parte porque, por lo que sabía, si antes Stella tenia consciencia, ahora también la tendría, y en parte porque, si me equivocaba en eso, ahora al menos tenía más posibilidades de escapar. Aun así, el aspecto de la licántropa imponía y lejos de sentirme menos hombre porque ella diese más miedo, me alegré de tener a semejante criatura de mi lado.

- Vayamos por aquí- dije empezando a caminar por uno de los dos pasillos en los que se bifurcaba en el que nos encontrábamos. Había empezado a oírse un rumor lejano, como una mezcla de pasos y susurros. Quizás nuestro elemento sorpresa ya había desaparecido.
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Stella Moon el Dom Sep 20, 2015 7:21 am

Simplemente no pude resistirme a gastarle aquella broma de mal gusto a Jason. Es normal cuando se es una criatura peligrosa a la que todo el mundo tiene miedo. Además, no podía perderme la oportunidad de ver a Jason, un hombre fuerte e imponente y muy seguro de sí mismo, muerto de miedo por mi culpa. Esperar que yo no le gastase aquella broma era como meter a un niño pequeño en una sala llena de caramelos y dejarle solo y esperar que no se comiese ninguno. Me reí como una niña pequeña a la que le habían contado el chiste más bueno del mundo cuando escuché a Jason insultarme con voz queda después de darse cuenta de que el ataque había sido una broma.

-Perdóname, guapo, no he podido resistirme…- murmuré con una expresión tan malvada y traviesa a la vez que resultaba adorable, incluso con el aspecto que tenía en aquellos momentos.- Siempre tomo precauciones antes de la luna llena, me gusta poder elegir a mis víctimas. ¡Ahora ya sabes mi secreto!- Normalmente la gente que sabía lo que yo era se enteraba o bien porque yo se lo decía o alguien se lo decía o porque me veían a causa de X circunstancias, pero el pobre Jason era el primero que se había enterado porque me había visto arrancarle la cabeza de cuajo a alguien con una bofetada. Jason era un hombretón de los pies a la cabeza, pero estaba segura de que si esa misma broma se la gastaba a cualquier otro esa persona se mearía encima o se desmayaría o le habría dado un infarto. Menos mal que ese no era el caso, porque a mí no me apetecía tener que cargar con dos hombres adultos para sacarlos de aquí.

No tardamos en salir de la sala enorme en la que nos habían encerrado, pero todavía no podíamos escapar del edificio, no podíamos dejar ningún cabo suelto y debíamos matar a todos los miembros de la Orden que había ahí y que ya sabían nuestras identidades.

-No se, a los de la Orden les gusta estar en grupos para vigilar los edificios y defenderlos por si hay ataques- dije, y en ese momento sonreí y me reí un poquito, pues la situación me parecía graciosa. Al final resultaba que ellos mismos habían metido al enemigo en el edificio, y no tenían ni idea del infierno que se había desatado, en el que habían perecido sus compañeros.- Tenemos ventaja ahora que todavía no han avisado a nadie, pero como llamen a los de Londres estamos jodidos.

Me transformé por completo entonces, lo cual nos venía genial porque era mucho más peligrosa y letal, pero era inconveniente en el sentido de la comunicación, ya que acababa de perder mi habilidad de hablar. Jason me miró entonces, y aunque parecía que muy tranquilo no estaba ya no me miraba con el miedo con el que lo había hecho antes, pues sabía que yo no era un peligro para él. Pero para los demás sí que lo era. Oh, claro que lo era… Estaba sedienta de sangre y la dolorosa transformación había disparado mi instinto asesino. Quería morder, destrozar y mutilar. Jason me preguntó que si estaba bien, a lo cual asentí. Puede que parezca muy extraño ver a un enorme lobo gris asintiendo con la cabeza, pero como conservaba mi mente humana mis expresiones también lo eran.

Seguí a Jason hasta que él decidió ir por un pasillo por el que yo no quería ir. La razón de ello era que mi sentido agudizado del oído me permitía escuchar voces a lo lejos mucho antes de que Jason comenzase a escucharlas. No sabíamos cuánta gente había en el edificio, y una pelea en aquel pasillo podría alertar a los demás y meternos en muchos problemas. Me detuve y gruñí por lo bajo para llamar la atención de Jason sin hacer mucho ruido. El no me escuchó así que gruñí otra vez y, frustrada por mi falta de éxito, me acerqué a él por detrás y agarré con mis colmillos la parte de atrás de su túnica y tiré de él como los perros hacían con sus dueños cuando querían jugar. Tuve cuidado de no morderle a él, pues un mordisco o arañazo mío le convertiría en un licántropo. Al tirar de su túnica por detrás por fin me hizo caso, y yo hice gestos con la cabeza para indicar que teníamos que ir en dirección contraria. Al principio pareció dudar pero al final me hizo caso, y nos alejamos de allí rápidamente pero sin hacer ruido. Me detuve ante la puerta de una sala vacía y le indiqué a Jason que entrara, y luego lo hice yo y empujé la puerta suavemente con el hocico para cerrarla con cuidado. Me puse de pie sobre mis patas traseras (en aquella posición era más alta que Jason, al contrario que cuando era humana) y apoyé las delanteras en la puerta para mantenerla cerrada. Esperamos, y entonces escuché las voces de un hombre y una mujer en el pasillo que habíamos abandonado.

-Pensaba que había oído algo por aquí- decía el hombre.

-Habrá sido de la tortura a los mortífagos. ¿Todavía están dentro?- esa era la mujer.

-Sí. No me puedo creer que Stella Moon sea la traidora…

-Yo tampoco. ¿Vamos a ver qué tal van las cosas?

-No, ya sabes que a Cameron no le gusta que le interrumpan. Volvamos con los demás.

Oí sus pasos alejándose entonces. ¡Aquello era magnífico! Nos guiarían hacia donde estaban los demás y podríamos matarlos a todos. Esperé un alrgo rato a que dejasen de escucharse los pasos y entonces volví a apoyar mis patas delanteras en el suelo y dejé que Jason abriese la puerta. Salimos al pasillo, donde olisqueé el aire y el suelo para seguir el rastro de aquellos dos miembros de la Orden. Guié a Jason por muchos pasillos vacíos hasta que llegamos a una puerta cerrada, detrás de la cual percibía la presencia de muchos humanos a los que quería convertir en cadáveres.

Miré a Jason, quien parecía estar preparado. Derrumbé la puerta y entramos en una sala en la que a simple vista parecía haber unos cinco ó seis miembros de la Orden haciendo el vago hasta que me vieron. Rugí ferozmente, como un animal salvaje, y entonces gritaron llenos de pánico. Algunos levantaron sus varitas, pero el más cercano a mí murió de un zarpazo que salpicó sangre por todos lados antes de que pudiese hacer nada para evitarlo.
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Stella MoonMinisterio

Invitado el Mar Oct 13, 2015 10:32 pm

La expresión divertida de Stella solo hizo que mi ira creciese un poco más hacia ella. Acababa de ver mi muerte muy cerca por su broma, en la que se había aprovechado de su condición sobre mi. Todo eso es muy divertido cuando eres tú el que se aprovecha, pero no tiene puta gracia cuando eres la víctima. Aun así, no iba a desatar mi rabia o ponerme chulo delante de una licántropa que a la mínima que se le cruce un cable puede mandarme a la luna de un golpe. Seguro que casi literalmente. Me tragué mi orgullo pero no sonreí cuando habló, era un alivio saber que la poción matalobos funcionaba, porque unos años atrás, en la misma situación, Stella podría haberme matado sin siquiera darse cuenta, por puro instinto. El cambio de los tiempos era algo de agradecer en ocasiones.

Tras el susto y asegurarnos de que todos nuestros muertos efectivamente eran cadáveres, salimos de la gran estancia en la que nos habían encerrado. La puerta cerrada que había parecido un gran impedimento momentos atrás se convirtió en un simple papel que nos separaba del resto de las instalaciones cuando Stella la abrió de una simple patada. No vimos a nadie fuera en un primer momento, pero ambos sabíamos que había más gente allí, la cuestión era cuanto tardarían en aparecer a ver como les iba a sus compañeros. Asentí con la cabeza a las últimas palabras que Stella me dedicó antes de convertirse completamente. Al ver como su cuerpo cambiaba completamente algo de aprehensión volvió a apoderarse de mi. Al verla menos humana todavía no estaba segura de que la poción mantuviera aun así su raciocinio humano, pero tras preguntar y ver como un gigantesco lobo gris asentía con su peluda cabeza, me quedé más tranquilo, ligeramente confuso por la situación también, pero más tranquilo.

Confiando en que ahora que yo era el único ser humano tendría yo el control de la situación, empecé a caminar por uno de los pasillos que se abrían ante nosotros, sin embargo, una vez más, era la licántropa la que verdaderamente mandaba. Cuando noté el tirón de mi capa, no supe que pensar, pero cuando vi a aquel enorme animal ir por el otro lado, solté un suspiro la seguí. Le habría preguntado porque debíamos ir por allí, pues mi humor ya no era el más indicado para seguir las indicaciones de nadie y mucho menos de un lobo, pero me contuve pensando que la comunicación entre nosotros habría sido imposible de casi todas las formas posibles. Seguí el vaivén de la cola de mi compañera hasta un pequeño cuarto en el que me indicó que debía entrar. Ella entró después y bloqueó la puerta con sus patas delanteras. Me resultaba de lo más rídiculo que un hombre perfectamente capacitado y adulto tuviera que dejarse guiar por un lobo, aunque de un licántropo se tratase. Sabía que Stella conocía a aquella gente y aquellas instalaciones mejor que yo, y además que sus agudizados sentidos eran toda una ventaja, pero eso no hacia que mi orgullo se recuperase y tampoco que viese la situación menos absurda.

Nos mantuvimos en silencio dentro de aquella sala hasta que unas voces que venían de donde acabábamos de estar rompieron el silencio. Se trataba de dos personas hablando que al parecer habían oído el revuelo que habíamos montado al escapar. Stella y yo estuvimos en un silencio sepulcral hasta que la voz de las dos personas se perdió y un poco más. Cuando todo fue seguro, salimos. No podía saber lo que pensaba exactamente ella, pero estaba bastante convencido de que nos íbamos a adentrar en el corazón de aquella reunión de "tipos buenos" solo para recordarles que no deben joder con los mortífagos. Por ello, la seguí por los pasillos de aquellas instalaciones hasta una puerta cerrada ante la que se paró, conmigo a su lado. La mirada de Stella se cruzó con la mia y sin esperar reacción de ningún tipo por parte de ninguno, todo lo que pensábamos quedó claro: Era la hora de divertirse.

Las patas delanteras de Stella derrumbaron la puerta con la misma facilidad que lo habían hecho con la puerta que nos había encerrado en primer lugar. Ante nosotros apareció lo que parecía ser una sala de esparcimiento o algo así, repleta de miembros de la Orden totalmente ajenos a lo que pasaba fuera de aquella sala. Las varitas comenzaron a alzarse nada más entrar nosotros en escena, pero el primer cadáver, cortesía de Stella, señaló el comienzo de la batalla que iba a tener lugar en aquel lugar. Tenía la bastante ira contenida como para querer cargármelos a todos, pero comprendía hasta que punto era ventajoso que mi amiga fuese una mujer lobo en aquella situación. Segundos después de entrar, uno de los hombres que más cerca estaba de mi, me lanzó una maldición visible a través de un rayo violeta que me paso rozando un costado. Sonreí de esa manera perversa que me guardo para las ocasiones especiales y con un latigazo, el hombre quedó atado por unas caderas. Guardé la varita con cierta lentitud mientras me acercaba un poco más al hombre y cuando estuve lo bastante cerca, le asesté un puñetazo con toda la fuerza de mi brazo. Como aficionado al deporte que soy, mi fuerza no es especialmente poca, pero en ese momento me habría gustado que hubiera un muelle en el suelo que hiciese rebotar al hombre una y otra vez para poder seguir pegándole. En lugar de eso, cayó al suelo como un saco y yo me lancé sobre el con un grito de guerra iracundo saliendo de entre mis labios. Todos los puñetazos que habían caido sobre mi aquella noche estaban volviendo a mis manos y cayendo sobre él. No tardó en empezar a suplicar clemencia y en ese momento sentí más ira y más asco. Saqué mi varita y sin un atisbo de arrepentimiento, se la clavé en el ojo izquierdo, con la bastante contundencia como para que se callase. Para siempre. Saqué mi varita de su cuenca ocular con menos esfuerzo del que habría esperado y curiosamente en perfecto estado salvo porque estaba un poco sucia.

Estaba mirando mi varita cubierta de sangre con cierto deleite cuando capté con mi visión periférica como dos personas que hasta ese momento habían ido a por Stella, se daban cuenta de lo que yo acababa de hacer y cambiaban de objetivo. Me giré hacia ellos con una sonrisa antes de que llegasen a atacarme y con una floritura de varita todos los muebles de la habitación empezaron a levitar y a lanzarse contra ellos. Yo no había dicho ni media palabra, pero cuanto más crecía mi furia, más lo hacia también mi determinación. Quedaron atrapados contra una pared a la que no tardé en acercarme. Con otro movimiento de varita, uno de los muebles más pequeños que no los tenían atrapados se dirigió a toda velocidad hacia las piernas de ambos, rompiéndolas con el impacto. El crack que hizo sus huesos me sonó a música. El mueble golpeó otras dos veces, de nuevo en sus piernas y luego en sus brazos a lo que ellos respondieron con gritos de dolor. Mi cara se torció de nuevo en una sonrisa.
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Stella Moon el Mar Nov 17, 2015 6:53 am

La desgracia cayó sobre los miembros de la Orden del Fénix en cuanto yo derrumbé la puerta que les separaba de nosotros con mi fuerza y Jason y yo entramos inmediatamente a atacarles, sin darles casi tiempo a reaccionar. Los gritos resonaron en nuestros oídos y las paredes y el suelo quedaron machadas de sangre, sangre de las personas que habían osado intentar engañarnos, que habían intentado derrotarnos, que habían permanecido ahí sentados mientras que sus compañeros nos torturaban en aquella enorme y fría sala de la que habíamos escapado por suerte. La hipocresía de los mortífagos no tiene límites. Nos dedicamos a torturar y a matar para sentir placer haciendo esas cosas horribles y nos ofendíamos muchísimo y nos enfurecíamos y buscábamos justicia y venganza cuando nos lo hacían a nosotros, que era casi siempre cuando intentaban vengarse de que nosotros lo hubiésemos hecho primero. Pero precisamente es esa hipocresía la que nos permite seguir adelante y sobrevivir a situaciones en las que una persona con más honor y remordimientos y moral sucumbiría.

Entre Jason y yo dejamos inmediatamente fuera de juego a cuatro de los miembros de la Orden que estaban allí, dos de los cuales no se volverían a levantar jamás. Mientras que Jason se encargaba de los pobres dos desgraciados a los que les estaba reventando los huesos, yo me centré en los otros dos hombres que quedaban vivos y que venían a por mí. Me lanzaron hechizos que yo no podía esquivar mágicamente, pero sí que poseía una gran agilidad para quitarme de en medio y fuerza para levantar pesados muebles y usarlos de escudo.

Uno de ellos se abalanzó contra mí con un grito de guerra. Fue un ataque suicida, en realidad, porque dejó todas sus defensas descubiertas, se despistó y se desconcentró, no me atacó mágicamente, y acabó con mi brazo entero atravesándole de lado a lado, entrando por el estómago y saliendo por la espalda, como si mi brazo fuese un pincho de picar y él fuese una aceituna. Vomitó sangre, que me manchó entera, y se convulsionó salvajemente mientras seguía con mi brazo atravesándole grotescamente. Tiré con fuerza de mi brazo para arrancárselo del cuerpo, y el hombre cayó muerto al suelo con un enorme agujero en el estómago que permitía ver a través de él. Gruñí fieramente, pero durante un segundo me distraje al estar mirando el cadáver del hombre que acababa de matar y no vi que el otro hombre había aprovechado para apuntarme con la varita y atacar.

Unas pesadas cadenas salieron de la punta de la varita y me rodearon fuertemente, haciéndome tropezar y caer al suelo. Estaba a punto de levantarme y quitarme las cadenas de encima, pero no pude porque el de la Orden las transformó en cadenas de plata. Inmediatamente comencé a sentir como las cadenas me quemaban la piel sin piedad, y aullé. Era como si me hubiesen rodeado el cuerpo con hierros al rojo vivo, y se me nubló la vista a causa del dolor.

-Ahora no eres tan dura, ¿verdad?- se burló el de la Orden mientras continuaba apuntándome con la varita, pero no me atacó porque estaba disfrutando verme retorciéndome aullar de dolor en el suelo mientras las cadenas de plata quemaban mi piel, dejando horribles marcas sangrientas en ella. Tenía la capacidad de curarme muy rápidamente, pero no en estas circunstancias, ya que la plata seguía en contacto con mi piel y no me deba una tregua.- Chucho asqueroso…

Aquello me enfureció aún más, y la furia me dio fuerzas. Con muchísimo esfuerzo, y sintiendo como si cada célula de mi piel estuviese en llamas, logré volver a ponerme en pie, y con mis garras me arranqué las cadenas y las tiré al suelo a los pies del de la Orden. El hombre ya no sonreía tanto, y se quedó quito durante un segundo, lo cual le costó muy caro. Le ataqué y le mordí en el brazo, pero no le maté. El me había hecho sufrir, y ahora estaba sufriendo él. El mordisco sangraba muchísimo, y el de la Orden se agarró el brazo y se puso a chillar.

-¡No! ¡NO!- chilló horrorizado. No por el dolor, sino por lo que ese mordisco significaba. Aunque lograse escapar de este lugar, se convertiría en uno de los nuestros, ya no había marcha atrás. Y, aunque para muchos licántropos y para mí esta condición era una maravilla, para muchos otros era una de las peores maldiciones que se podían tener. Parecía que ese era el caso de este hombre, que hasta se había puesto a llorar.- ¡No, no, no! ¡NOOO! ¡Córtamelo! ¡Quítamelo!

Yo no podía reír, porque era una loba, pero tenía muchas ganas de hacerlo. Me le quedé mirando muy tranquila, olvidándome por el momento del dolor y el terrible escozor de las quemaduras que me habían provocado las cadenas de plata y que tardarían en sanar. El de la Orden me miró desesperado, y entonces se miró el brazo y detecté un destello de locura en sus ojos. Alzó su varita entonces y con un hechizo se cortó el brazo. Sus alaridos llenaron la sala, y sonaron como si fuese una melodía clásica llena de belleza. Pobre idiota, estaba pasando por todo ese sufrimiento sin darse cuenta de que era en vano, pues eso no le salvaría de ser un licántropo… ¿Y si le muerdo la pierna? ¿También se la cortará? Decidí probar a ver, y mientras él estaba ocupado desangrándose y chillando le mordí en la pierna. Los alaridos se multiplicaron. El hombre calló al suelo e intentó arrastrarse lejos de mí, dejando un río de sangre en el suelo.

-Quítamelo… Quítamelo…- sollozó el hombre, que ni fuerzas tenía ya ni para seguir chillando histéricamente, y mucho menos para amputarse la pierna. Me acerqué a él con el rostro retorcido en una expresión de puso sadismo, y me permití el lujo de observar el sufrimiento del hombre antes de ponerle fin a su existencia. Los fauces se cerraron alrededor de su cuello y mis colmillos se clavaron en su garganta, degollándole. Tardó en morir, y lo hizo sufriendo hasta el final, lo cual me habría dejado con una sonrisa en la cara si los lobos pudiesen sonreír.
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Invitado el Miér Dic 02, 2015 8:18 pm

Aquella noche había empezado como algo interesante para acabar convirtiendose en una vengativa masacre. La verdad es que aunque esperaba pasar una divertida velada con Stella, no contaba con cargarme a la mitad de la plantilla de la Orden del Fénix después de que intentaran torturarme de una manera tan poco efectiva como lo habían intentando. Entendía el atractivo de los métodos muggles de tortura, pero, venga! Si vas a jugar con profesionales al menos por algo de pasión en lo que haces. Por suerte, los tipos que habían decidido hacer de mi persona su saco de boxeo particular aquella noche ya habían pasado a formar parte del mundo de los muertos. Habrían sido unos inferi muy útiles si yo hubiese tenido tiempo y ganas de transformarlos, pero debía conformarme con ver mi venganza servida. Al entrar en aquella sala, donde la Orden del Fénix nos superaba claramente en número, vi que esa noche no solo iba a vengarme, sino que iba a deleitarme en ello.

Como no era de extrañar, nada más vernos, la gente que estaba tranquilamente en aquella habitación se puso en guardía para atacar. Stella contaba con una velocidad superior a todos los allí presentes, incluyéndome, por lo que el primer cadáver servido corrió de su cuenta. El siguiente fue mio, el de un pobre capullo que se cruzó en mi camino en el lugar y momento equivocados seguramente. Yo no tenía ni idea de quien era realmente aquella gente, y si tengo que ser sincero, tampoco me importaba lo más mínimo. No me importaba si eran buena gente, si tenían familias o si estaba empezando una historia como la mia para otra persona. No me importaba nada. Solo quería ver su sangre correr por mis ya no tan azules manos.

Una varita en un ojo por aquí y unos cuantos muebles voladores por alli después, me encontraba con una víctima mortal en mi recuento y dos que pronto pasarían a hacerle compañía al primero. Suponía que Stella se estaba desenvolviendo bastante bien sin mi ayuda, ya que su condición me daba a entender que no precisaba de mi para defenderse, pero además de todo eso, después del susto que me había dado y de la noche que estaba teniendo, no tenía una especial curiosidad por saber como le iba. Confiaba en que podría arreglárselas sola como había hecho hasta el momento.

Mis muebles voladores dejaron caer a sus víctimas después de que estas recibiesen unos cuantos golpes en las extremidades. Prácticamente me había asegurado de que no les quedase un hueso intacto en los brazos y en las piernas a esos dos pobres diablos que habían decidido ir a por mi, supongo que como el blanco más fácil. Su cuerpos, aun con vida, cayeron al suelo con un golpe seco que vino acompañado de sus gritos de dolor. Sonreí y suspiré sintiéndome en parte redimido por la porquería de día que estaba teniendo y me acerqué a ellos con paso tranquilo. Ni siquiera me molesté en apuntarlos con la varita mientras yo me acercaba y ellos intentaban huir sin mucho éxito pues incluso reptando necesitaban los brazos y las piernas para moverse y eso les ocasionaba una buena sesión de dolor. No me llevó demasiado tiempo ponerme a su altura, por lo que cuando lo conseguí me puse entre ellos.-Crucio- dije en un susurro apenas audible apuntando a la mujer que estaba a mi derecha arrastrándose. A pesar del dolor, el hombre que estaba al otro lado se apiadó de ella o quiso hacerse el héroe porque me agarró de los tobillos. Me tambaleé un poco al darme cuenta de su acción pero al mirar hacia abajo, mi varita lo apuntó y con un rayó de luz verde el pobre tipo murió de una manera mucho más digna de lo que había vivido sus últimos momentos. La mujer se echó a llorar a pesar de que mi crucio ya había terminado.

- Mátame! Termina de una vez!- me gritó con desprecio. Yo me limité a sonreir una vez más.- Adoro cuando las mujeres me dicen tan directamente lo que quieren- dije casi con placer mientras la apuntaba con la varita. Un nuevo rayo de luz verde salió de ella cogiendo, sorprendentemente, a la mujer desprevenida. Supongo que esperaba, en el fondo, que sus palabras me hiciesen darme cuenta de lo mala persona que soy...Pobre ilusa.

Miré con cierto cariño los tres cadáveres que marcaban mi paso por aquella habitación y me giré hacia Stella. Tuve la suerte de mirar justo cuando decapitaba a la última pobre alma que quedaba todavía peleando en aquel cuadro. Al hombre el faltaba un brazo antes de ser decapitado lo cual decía mucho de las habilidades de tortura de Stella incluso siendo un lobo. Resultaba fascinante. Me acerqué a donde ella estaba y vi las quemaduras en su piel. Supuse que el pobre capullo recientemente muerto habia acabado tan mal por haberle hecho él algo bastante doloroso a mi amiga.- ¿Estás bien?- pregunté esperando un sí o un no como toda respuesta- Deberíamos largarnos de aquí cuanto antes, puedo llevarte, si quieres- me ofrecí. Ya me notaba mucho más calmado de lo que había estado en toda la velada. Mi ración de emoción del día estaba cubierta así que, tras haber matado a unos cuantos, podría dormir tranquilo.

Cogí a Stella en brazos con un cariño inusitado que no se solía dar en alguien que cogiese a un licántropo y salimos de allí tras atravesar unas cuantas puertas que que resultaron terriblemente fáciles de derribar una vez no nos tuvimos que preocupar de que nadie nos oyera. Salí caminando con la loba en brazos con toda tranquilidad hasta que estuve a una distancia prudente del edificio, en ese momento, dejé a Stella en el suelo y corrí de nuevo hacia el edificio. Internándome entre los pasillos lo máximo que me fue posible, inicié un fuego con mi varita en el suelo más aceitoso que encontré. El fuego empezó a crecer rápidamente por lo que correr se hizo fundamental para mi, aunque tuviera que carretar con el cuerpo inconsciente de Crabbe. Atravesé la puerta principal del edificio al mismo tiempo que las llamas empezaban a deborar las ventanas superiores de la estancia en la que nos habían encerrado. Llegué a donde estaba Stella, arrastrándo al causante primero de todo aquel caos, y con un movimiento de varita, una lluvia de  brasas cayó sobre el edificio incendiandolo todavía más.

Cogí de nuevo a Stella para salir de aquel pueblo sin ser vistos mientras, a nuestra espalda, se oía la explosión que ocasionaba el derrumbe de aquella sede de la Orden del Fénix con la silueta inconsciente de Crabbe recortada en la oscuridad.
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