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Savin' me {William O'Connor}

Natalie Corvin el Miér Jul 01, 2015 2:28 am

Recuerdo del primer mensaje :

¡¡Era universitaria!! ¡Por fin! Os relataré como ha sido mi emoción desde que terminé Hogwarts hasta que me he independizado.

Día 1. Fin de curso. Estado de ánimo: SUPER FELIZ.
“Oh dios, qué feliz soy. Me gradúo con todo aprobado, he conseguido entrar en la universidad justo en lo que quería. Mis padres me odian, pero no importa. ¿Qué mas da? Yo soy feliz y ahora empieza mis auténticas vacaciones hasta que me empiecen las clases. Adiós profesores, adiós alumnos. ¡Hoy, empieza mi vida!”

Día 2. Con la familia. Estado de ánimo: Feliz.
“Que sí menuda mierda de estudios, que si esas notas no te dan para nada, que si aun estoy a tiempo de cambiar mi decisión para mis estudios, que si debería haber ido a Dursmtrang, que esto en Dursmtrang no pasaba…”

Día 3. Con la familia, claro. Estado de ánimo: Bien.
“¿Qué te vas a dónde? ¿Qué qué? ¿Piso de estudiante, qué? ¡Tú te quedas en casa con papá y mamá hasta que termines la universidad! ¿Ya has pensado en cambiarte de carrera? ¿No te gustaría estudiar para fiscal? ¿Qué tal inefable? ¡Hasta inefable es mejor que desmemorizador!”

Día 4. Con la familia. Estado de ánimo: No tan bien.
“¡Mis casas, mis normas! ¡No mueves un pie de esta casa como que me llamo Robert Corvin! ¿A dónde te crees que vas con esa maleta? ¿Y CON ESA OTRA MALETA? ¡NATALIEEEEEEE!”

Día 5. Con mi hermano. Estado de ánimo: Hasta el ojete de mi familia.
“Quizás deberías volver con papá y mamá… Si se enteran de que te quedas en mi casa, me revientan la cabeza lentamente con un palo.”

Día 6. Sola, buscando piso a la vez que entrego la solicitud de mi universidad. Estado de ánimo: Cansada y estresada.
“Alquiler muy caro. Que si aquí no se entrega. Que si lo siento el anuncio está caducado…”

Día 7. Buscando piso y trabajo. Estado de ánimo: De perros. No, de TROLL.
“No necesitamos bibliotecaria. No necesitamos dependiente aquí, gracias. No necesitamos personal. No necesitamos limpiadora. No necesitamos NADA. El MUNDO VA MUY BIEN POR LO QUE PARECE. LUEGO DICEN QUE NO HAY EMPLEO, CABRONES.”

Día 8. Buscando piso y trabajo. Estado de ánimo: ¿Por qué nací? Puta bida TT.
“...Introducir aquí mil y una manera de negarse a darte trabajo…”

Día 9. Deprimida en el Caldero Chorreante. Estado de ánimo: Quiero morir lentamente. Eutanasia pls.
“Matt se fue de viaje por el mundo y me abandona. Jayce me abandona. Zack no vale, es rico. ¿Qué mas amigos tengo? No tengo más amigos.”

Día 10. Buscando solo piso. Estado de ánimo: Algo más contenta porque el camarero del Caldero de Chorreante debió de verme muy deprimida como para ofrecerme empleo.
“Piso de estudiantes en medio de Londres. Una vacante libre, preferiblemente mujer que no fume, que no tenga perros y que sepa, como mínimo, poner la lavadora. Llamar al 673281941 y preguntad por Jaime.”

Día 11. Tirada en mi nueva cama con olor a alhelí con mi delantal de camarera. Estado de ánimo: MARAVILLOSA.

-

Y eso ha sido el resumen de mi vida hasta ahora. Por suerte no me empiezan las clases hasta Septiembre y aprovecho para hacer todos los turnos que pueda en el Caldero Chorreante para ganar algo de dinero extra como ahorro. O por lo menos intentarlo.

No obstante, hoy, justo y nada más llegar de mi turno de por la mañana, vi una carta en mi ventana. Vivía en un octavo sin ascensor, así que echaba de menos las cartas en los buzones normales de personas normales para así ir leyéndola en lo que subo y tener algo que hacer con mi vida. Estaba deseando buscar la manera de aparecerme y desaparecerme dentro de mi casa sin que mis compañeros de piso MUGGLES se percataran de ello, pero todavía no había encontrado la solución.  

La carta era de William y me emocioné al verla. En parte por saber que aún se acordaba de mí y en parte porque además de acordarse, no había olvidado lo de la última vez. ¿Era normal que me emocionase tanto por estas cosas? Bueno, era normal teniendo en cuenta que había dado todo por perdido por evidentes razones y claras incomodidades. Pero ahora… ahora no había formalidades de profesión de por medio. La carta me citaba para esa misma tarde a la siete, por lo que me abstuve de responderle ya que no tenía lechuza a mano (ya que tener lechuza como mascota no está muy bien visto entre muggles) y me fui a pegar una ducha.

Y a la siete, allí estaba en medio del cine capitolio buscando con la mirada a William. Era verano, por lo que había optado por un conjunto bastante fresquito. No tardé en dar con él haciendo la cola para comprar las entradas del cine. Me colé a través de todo el mundo hasta que llegué justo a la punta de delante, justo cuando William estaba a punto de pedir las entradas.

-¡Dos por favor!-No sabía ni qué película era la que íbamos a ver, ¿pero acaso importaba? Por fin desde que salí de Hogwarts salía con alguien a hacer algo. Por fin podía pasar tiempo con William sin sentirme mal por el qué dirán. ¡Y por fin era el primer día normal de verano!-¿Llego tarde? Seguro que pensabas que no iba a venir... ¿a que sí?-Pregunté por lo bajo a William, quitándome las gafas de sol para ponérmelas de diadema junto con una risueña sonrisa.

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Natalie Corvin
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Invitado el Mar Oct 13, 2015 12:12 am

El hombre no hubiera sabido decir cómo se sentía, por una parte porque aquello parecía tan irreal que ni siquiera se planteaba pensar demasiado en todo, por si de repente se volvía consciente y todo resultaba ser sólo un sueño, y por otra parte porque había gastado prácticamente todos sus recursos lingüísticos tratando de explicarle el modo en que le había embelesado casi desde el primer momento, el modo en que había hecho que todos sus dilemas morales se vinieran abajo como una gran muralla de piedra que había tratado de construir durante tanto tiempo, aunque completamente en vano. Su mundo se encontraba patas arriba, nada tenía ni pies ni cabeza, lo que había considerado reglas inquebrantables se convertían ahora en meras excusas, en meros impedimentos que se interponían entre él y su felicidad, que en aquellos momentos dependía de Natalie. Así era, su bienestar en aquel momento colgaba completamente de las manos de la chica que ahora le devolvía la mirada, en cuyos ojos adivinaba un sentimiento de comodidad que resultaba tremendamente contagioso.

A medida que las palabras salían de su boca aquel nerviosismo y aquella adrenalina que había sentido en un principio se fueron disipando, dejando en su lugar una tranquilidad que pocas veces había experimentado en su vida. Le preocupaba cuál sería su respuesta, si decidiría salir huyendo o por el contrario era correspondido, pero se podía decir que la parte más pesada y dificultosa la había conseguido sobrepasar con creces. Ahora ya no quedaría ese resquicio en el que las personas se preguntan qué hubiera pasado si hubieran actuado de otro modo, o si se hubieran explicado. Ahora sólo quedaba la recta final, el desenlace que únicamente dependía de los sentimientos que Natalie pudiese albergar.

No iba a mentir, a pesar de que una parte dentro de él estaba terriblemente aterrada por la idea de ser rechazado, había otra parte bastante más amplia que conservaba la esperanza de que al menos sintiera curiosidad por él, dado todo lo que había ocurrido entre ellos. ¿Estaría aquivocado? Conociéndolo no era raro que se hubiera inventado todo aquello, que la mera posibilidad de que sus sentimientos fueran correspondidos fuera todo una invención de su mente, que se esforzaba por meterle ideas complicadas y arriesgadas. ¿Por qué no podía simplemente enamorarse de alguien de su ámbito? Su razón y su cerebro eran muy puñeteros cuando querían, aunque quizás en aquella ocasión todo adquiriera un mejor rumbo.

No obstante al fijarse bien en su expresión apenas pudo contenerse, y menos aún tras escucharla hablar. En aquel momento se podría haber parado el mundo, podría haber sucedido cualquier cosa a su alrededor pero ninguna de esas cosas hubiera sido capaz de sacarle de su ensimismamiento. La única vez que había sentido algo así había sido cuando había logrado coger la snitch en el último partido que jugó en Hogwarts con Gryffindor, pero ni tan siquiera aquello estaba a la altura de lo que en aquel preciso momento pasaba por su cabeza. No sabía si reír, si llorar, si abrazarla, si dar saltos de alegría… Estaba tan impresionado que su cuerpo había quedado literalmente paralizado. Hasta que ella se acercó a él y acercó sus labios a los suyos, sin miramientos, sin posibles sentimientos de arrepentimiento o de culpa.

No eran especiales, no se diferenciaban en nada al resto del mundo, pero de alguna forma William sentía que en aquel preciso instante eran eternos, e invulnerables. Que nada importaba más que ellos dos. Y así era.

Sus labios eran tan cálidos y suaves como los recordaba, a pesar del frío que hacía en aquel sitio se sentía más guarecido y cómodo que nunca. ¿Cómo podía una sola persona despertar todos aquellos sentimientos por sí sola?

William llevó una mano a su rostro, de forma involuntaria, como en un intento de evitar que se alejara, de mantenerla cerca de él tanto tiempo como fuera posible. Sus miedos habían desaparecido por completo y ahora una paz interior le llenaba por dentro.

El profesor había besado a varias chicas a lo largo de su vida, y también había sentido cosas que creía fueron profundas en su momento, pero lo de aquella ocasión era diferente. Como si fuera prácticamente su primera vez.

Tras unos segundos ambos se separaron levemente, aunque sin dejar demasiado espacio entre ellos. William pegó su frente a la de Natalie y una sonrisa más sincera que nunca surcó su rostro. Era feliz, increíblemente feliz. Y se sentía más afortunado que nunca. Todos los desamores y todas sus decepciones habían valido la pena tan sólo por aquel breve momento. Éste dejó escapar un largo suspiro, como si hubiera estado manteniendo la respiración durante horas enteras. - Menos mal. - Dijo finalmente, aún con aquella dulce sonrisa como muestra de su felicidad. - Diría que estaba asustado, pero en realidad estaba seguro de que tu también sentías algo… - Trató de parecer seguro de sí mismo, incluso egocéntrica, pero una carcajada nerviosa le delató en seguida. Por supuesto que no había estado seguro, sino todo lo contrario.

- Es probable que ahora mismo sea el profesor más feliz de la historia. - Añadió, sin dejar de mirarla a aquellos preciosos ojos que tanto había echado de menos.

William miró hacia el cielo, percatándose de que había dejado de llover. Aquella estúpida sonrisa no desaparecería en semanas. - ¿Qué te apetece hacer? Yo ahora no estoy dispuesto a dejar que te vayas a casa. - Natalie sonrió y entre ambos decidieron ir a cenar, ya que ambos estaban francamente hambrientos y no era para menos, después de todas aquellas emociones era fácil que a uno se le abriera el apetito.

Quizás lo que hubiera sido de esperar era que quisieran hablar sobre lo que les depararía, o sobre todo aquello, sin embargo no fue así, sino que el resto de la noche la pasaron como si nada nuevo hubiese ocurrido, aunque ambos se sentían claramente más cómodos el uno con el otro y eran conscientes de la importancia de lo que acababa de suceder.

Cenaron en un pequeño restaurante que Natalie conocía y tras dar un paseo éste decidió que era hora de irse, ya que al día siguiente tendría que trabajar. William no quería separarse de ella, pero si algo tenía claro era la importancia de cosas como el trabajo. - Está bien, pero prométeme que nos veremos pronto.

Bajo aquella premisa ambos se despidieron pausadamente en el portal del piso donde ahora residía Natalie. Ni siquiera se había ido aún y ya sentía que la echaba de menos, el tiempo sin ella sin duda se pasaba mucho más lentamente. - Que tengas un buen día mañana, ¿vale? Recuerda lo orgulloso que estoy de tí. - Volvió a decirle, antes de darle un pequeño y casto beso en los labios. - Buenas noches, Nat. - Era la primera vez que la llamaba así, pero desde el mismo momento en que lo pronunció le encantó, así que sin duda seguiría usando ese diminutivo en quedadas posteriores.

William se alejó de allí caminando prácticamente de espaldas y cuando Natalie desapareció por el umbral de la puerta fue cuando volvió en sí, a tierra firme. Se paró un segundo en mitad de la acera, temiendo despertar de repente, pero eso no sucedió. Todo aquello había pasado de verdad y esa noche sería la primera en mucho tiempo en que dormiría realmente tranquilo y despreocupado. Definitivamente tanto amor iba a acabar matándole.
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