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Welcome to Paradise. {Abi McDowell} [Flashback]

Caleb Dankworth el Vie Jul 03, 2015 11:43 pm

Adoraba mi vida, sobre todo ahora que me estaba tratando muy bien. Y adoraba mi trabajo. Siempre me había gustado mi trabajo, el sueldo era bueno y desmemorizar era divertido, pero en estos últimos tiempos aguantar a mi jefe había sido un verdadero suplicio. Era un imbécil y había planeado mil maneras distintas de matarle, sobre todo después del incidente con la poción, pero me abstuve. Pero sin embargo, cuando el banco me había pasado una factura espantosa por un viaje a España que no había hecho yo y me di cuenta de que había sido Desmond, juré matarlo. Aquel viaje no le hacía ningún daño a mi cuenta corriente, pero joder, se había pasado mil pueblos. Planeaba secuestrarle y torturarle y descuartizarle y hacer salchichas con él y dárselas de comer al perro de Alyss, a ver si así de una vez le caigo bien, cuando recibí la noticia de que otro bicho ya se había comido a mi jefe. ¡Un tiburón! Fui tan feliz al recibir aquella noticia que es prácticamente un milagro que mi Patronus no haya cambiado de forma de buitre a tiburón. Lo que sí que hice fue un muy generoso donativo a una asociación que se dedicaba a proteger a aquellos animales en peligro de extinción. ¡Alabados sean!

Así que yo había sido ascendido y ahora era el jefe. Mis empleados estaban mucho más contentos conmigo que con Desmond, pues aunque yo tenía mis días poco simpáticos de vez en cuando, al menos era un trabajador competente. Seguía realizando muchas de las mismas funciones que antes, pero ahora mandaba yo y tenía más responsabilidad y a la vez más beneficios. Los beneficios económicos no me impresionaban mucho, pero el aumento de mis vacaciones sí que lo hacía.

Tenía unas cuantas semanas libres y quería aprovecharlas antes de que Zack acabase el curso y volviese de Hogwarts. Pensaba que Alyss tal vez podría coger vacaciones, pues aunque no le tocaban su jefe es mi mejor amigo y siempre podía pedirle un favor. Pero cuando hablé con ella me encontré con que tenía que marcharse un par de semanas a una convención internacional de Inefables en Japón. Se iban todos los Inefables del mundo allí a presentar sus proyectos y sus descubrimientos. Yo pensé que iba a ir con ella, pero dado que el trabajo de los Inefables era tan secreto y nadie podía saber nada sobre él, a mí no se me permitía ir. Iba a estar medio mes más sólo que la una en mi mansión, pensando las vacaciones mirando al techo...

¿Pues sabéis qué? Que no le da la gana.

Hice planes. Bueno, planes no, planazos. Reservé un viaje, pagué dos semanas en un hotel, hice todo el papeleo en el Departamento de Transportes Mágicos, miré que actividades había en el lugar al que me iba a llegar a vivir la vida... Y no reparé en gastos para nada. Ni una sola vez miré el saldo de mi cuenta bancaria. Aquello me encantaba.

Llegó el día en que Alyss se fue, dejándome más sólo que la una en Londres, pero yo no iba a quejarme. No, yo me iba de vacaciones como Dios manda. Hice mis maletas, pero en vez de llevar un montonazo de equipaje lo que hice fue coger una pequeña maleta y hacerle un hechizo para que cupiese absolutamente de todo dentro de ella son problemas, y cuando tuve todo listo le día órdenes al servicio para que tuviesen mi casa en orden y que no dejasen entrar a absolutamente nadie, y me desaparecí de allí.

Me aparecí en una calle cerca del edificio donde vivía Abi. Caminé hacia allí tan contento, vestido de una manera completamente casual con manga corta, definitivamente para un clima más cálido que el de Londres. Llegué al edificio de Abi con mi pequeña maleta llena de cosas, entré en el portal a la vez que un joven con pinta de universitario que se extrañó al verme allí, y subí las escaleras hasta llegar al piso de Abi. Llamé al timbre de la puerta y esperé a que me abriese. Sabía que ella estaba de vacaciones y que no tenía absolutamente nada que hacer, pues se había estado quejando de ello hacía unos días. Si fuese de noche me iría a buscarla por los bares de Londres, pero dudaba que se hubiese ido de marcha a la una de la tarde.

Sí que estaba en casa, y me abrió la puerta. Antes de que me dijese nada la miré pícaramente a través de mis gafas de sol. Estaba apoyado contra la pared al lado de su puerta con pose completamente despreocupada, con las piernas y los brazos cruzados. La sonreí mientras movía el brazo y le enseñaba el traslador que me habían dado en el Ministerio. Todavía no estaba activo, pero lo estaría luego.

-Haz las maletas preciosa, nos vamos de viaje- dije con tono tan pícaro y alegre como mi mirada y mi sonrisa. Espero que no haya hecho ya otros planes, aunque seguro que los míos eran mejores.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Sáb Jul 04, 2015 1:29 pm

Estaba de vacaciones porque me tocaba coger vacaciones, pero realmente no tenía absolutamente nada planeado para mis semanas de libertad. De hecho… extrañaba mi trabajo. Yo era de esas personas a las que le gustaba tanto su trabajo cómo lo que hacía, por lo que el hecho de coger vacaciones era más por obligación que por propia necesidad. ¿Para qué narices necesitaba yo vacaciones si podía hacer lo que quisiera cuando me diera la real gana? Pero nada, los del Ministerio me obligan a cogerlas después de tanto tiempo. Llamadme adicta al trabajo, pero es que son todos desventajas: primero, no tengo nada que hacer así que podría estar aprovechando mi tiempo en hacer cosas útiles en el Ministerio; segundo, cuando llegue va a estar mi mesa llena de trabajo atrasado que voy a tener que poner al día y, como consecuencia, me voy a estresar; tercero, seguro que de aquí a que terminen mis vacaciones entra algún que otro subnormal como figura importante al Ministerio y no voy a enterarme de nada. No sé, todo me parecían inconvenientes.

Mi hermano me había insistido en que mirase la parte buena de todo esto, pero me seguía costando. ¿Realmente, cuál era la parte buena de todo esto? Sí, podía dedicarme a otras cosas en mi tiempo libre, séase a los cometidos que tengo pendientes con mi Señor Tenebroso, pero… ¿qué más? Apolo estaba ocupado trabajando, Caleb estaba demasiado ocupado con su nueva señora Dankworth y no quería molestarlo y mi hermano aún estaba en Hogwarts. Las demás personas de este planeta, como que no me importan una mierda.

Así que, en pleno día y sin absolutamente nada en mi lista de quehaceres diarios, me quedé en mi casa. Estaba en braguitas y con una camisilla corta, haciendo que se me viera un poco el vientre entre ambas prendas. Hacía un día increíble de sol y calor, por lo que para estar en casa no iba a vestirme bien. Y mucho menos para leer. Que era eso lo que estaba haciendo: leer. Estaba leyendo la puta mierda campal de Cincuentas Sombras de Grey. Me habían dicho: “¡ES DE SEXO!” y claro, como soy una maldita ninfómana de mierda, pues claro, obviamente llamó mi atención porque adoro el sexo. ¿Pero de “sexo”? Pls. Si hacían una historia de mi vida probablemente fuera mucho más picante y FUERTE que este maldito libro de “BDSM”. Si sólo le da unos azotitos y le tapa los ojos… Si yo contara por escrito lo que me han hecho o yo he llegado a hacer… arderían las mujeres e incluso los hombres. Con este libro sólo arden mujeres de cincuenta para arriba que no están a gusto con la vida sexual que han tenido a lo largo de su vida.

En el momento en el que Christian Grey irrumple el único momento de Anastasia en dónde intenta tener un poco de intimidad con su madre, es cuando tocan en mi puerta. Me extraño muchísimo ya que rara vez toca en mi puerta alguien con el timbre. Todos los que viven en mi mismo piso suelen tocar tímidamente con los nudillos en busca de no llamar demasiado la atención, pero realmente nunca me llaman porque saben cual será mi respuesta.

Dejé el libro (con sumo gusto, ya que imagináos lo aburrida que estoy que hasta me lo sigo leyendo después de haberlo catalogado como pura bazofia cancerígena) y me dirigí a la puerta tal cual estaba. Abrí y…

...¿Qué?

Ahí estaba Caleb, vestido como si se fuera a ir a Benidor y con un traslador en la mano. No me dio tiempo a averiguar por mí misma a lo que venía, ya que él no tardó en gesticular aquellas palabras. No sabía si me había alegrado de sorpresa o me había cogido tan de sorpresa que aún estaba en pause. ¿De verdad Caleb me estaba diciendo A MÍ de irme de vacaciones con él? A ver, sí, soy su amiga y es obvio que quiera pasar tiempo conmigo porque soy increíble, pero lo raro es que viniera a mi puerta y no estuviera tocando ese traslador con su nueva mujer ya.

Hola —dije sorprendida, haciendo un gesto para que pasase al interior.

Le dejé pasar sin decir nada y, cuando cerré la puerta tras de mí, lo miré con un gesto confundido en mi rostro.

¿De viaje? ¿A dónde? ¿Y por qué? —fueron mis primeras preguntas, aunque luego se me ocurrió la pregunta estrella y lógica que cualquier amiga le preguntaría a su mejor amigo cuando la elige a ella en vez de a su novia para irse de viaje. Que oye, por mí perfecto. ¿Pasar tiempo gratuitamente con Caleb sin tener que soportar a la pelo de lejía justo al lado? ¿Dónde había que firmar?— ¿Y Alyss dónde está? ¿Lo habéis vuelto a dejar? —curvé una sonrisa, dirigiéndome nuevamente al sillón. Lo había preguntado de manera casual, pero realmente esperaba que lo hubieran dejado.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Sáb Jul 04, 2015 3:32 pm

La reacción de Abi era de esperar, pues había aparecido en su puerta para decirle que se fuese de viaje conmigo en aquel momento sin avisar ni nada. Me hizo gracia ver su expresión completamente perpleja y no dejé de sonreír. Como estaba dentro de un edificio y allí no brillaba la luz del sol las gafas oscuras que tenía puestas sobraban, así que me las quité sin dejar de mirar a Abi. Me di cuenta entonces de lo que llevaba puesto. Lo suficiente para no estar en pelotas pero para darle un infarto a alguno de los joven duelos que vivían en los otros apartamentos. La miré de arriba abajo sin poder evitarlo; era la costumbre. Y las costumbres, malas y buenas, no son fáciles de dejar de lado. Hace apenas unos meses seguramente tras ver a Abi así en la puerta habría tirado la maleta y habría atrasado el viaje una o dos horas mientras me la llevaba a cualquier rincón de la casa. Me vinieron algunos recuerdos a la mente... pero sacudí ligeramente la cabeza para deshacerme de aquellos pensamientos. ¡Ya no soy un hombre libre! Bueno, sí lo soy, pero con compromisos y palabra. La palabra es lo más importante que tiene una persona, y yo respeto la mía.

-Hola- respondí a su saludo sorprendido. Alcé una ceja mientras volvía a mirarla a los ojos con una sonrisa divertida.- ¿Qué hubiese pasado si en vez de ser yo hubiese sido el portero? ¡O el vecino! ¿Así es como le abres la puerta a todo el mundo? Dudo que se quejen, eso sí, ¡yo no me quejaría!- exclamé mientras entraba a su casa y ella cerraba la puerta tras de mí.

Dejé la pequeña maleta en el suelo y caminé por el salón/cocina/comedor del piso de Abi, observándolo todo a mi alrededor. Me gusta observar los hogares de la gente. Aunque me sabía la dirección de Abi nunca había estado dentro de su piso, siempre que íbamos a algún lado juntos íbamos por ahí o íbamos a mi casa, nunca a la suya. Ahora veo lo que quiere decir con que su casa cabe en mi salón, pero eso es porque mi salón se pasa, no porque el suyo sea diminuto. Estaba bastante bien para una mujer joven como ella que vive sola y nada todo el día haciendo cosas. Eso sí, en el tema del orden era incluso peor que Zack y Sylvan. Bueno, estaba igualada con Zack, y Sylvan era definitivamente peor.

-Me gusta tu casa- comenté, juzgando por lo que podía ver.- Es agradable y más grande que el apartamento que yo tenía antes- tuve una bronca tan inmensa con mi padre hace muchos años y el resultado de la bronca fue que me dio una buena patada en el culo y le echó de casa durante bastante tiempo. En alguna época de nuestras vidas a todos los hermanos nos había pasado eso, aunque a Sylvan el que más porque él era un puto desastre y a Jonathan menos porque él era el hijo modelo. Hasta que adoptó a Clarissa. Eso ya no le hizo nada de gracia a nuestro padre y cuando se enteró de que yo había sido el que había causado aquella adopción volvimos a tener bronca. Qué familia tan feliz, nótese el sarcasmo. Mientras paseaba por el salón y lo comparaba mentalmente con el de mi antiguo apartamento me encontré con un libro que parecía que Abi había estado leyendo recientemente. Cogí aquella basura y miré la portada antes de mirar a Abi con una expresión divertida.- ¿Cincuenta Sombras de Grey, en serio? No te creo capaz a ti de caer tan bajo- me reí con tono amistoso.

Entonces ella hizo preguntas, pues mi repentino anuncio de que nos íbamos de viaje la había sorprendido y extrañado, como era lógico. Me encogí de hombros y respondí con calma.- Ya lo verás, es sorpresa, pero creo que te gustará. Mete ropa ligera y fresca en la maleta, va a hacer calor. Y bikinis, muchos bikinis. Podemos ir de compras si quieres. ¿Y cómo que por qué? Estamos los dos de vacaciones y quiero llevarme a mi mejor amiga de viaje para que nos lo pasemos bien- dije tranquilamente como si fuese la explicación más lógica del mundo. En realidad lo era, pero a lo mejor quería más razones. Pues no las había. Me preguntó entonces por Alyss, y preguntó también que si lo habíamos dejado. No había hablado mucho sobre Alyss con Abi. Es más... había muchas cosas que tenía que contarle a Abi, cosas importantes. Pero lo haría en otro momento. Sonreí y negué con la cabeza.- No, no lo hemos dejado. Alyss está trabajando. En Japón. No me preguntes que qué anda haciendo allí porque lo único que se es que se trata de una convención súper secreta de Inefables. Y esos tipos nunca cuentan nada- dije haciendo una nueva. Menos mal que Zack había cambiado de opinión respecto a lo que quería estudiar. Ya tenía suficiente con un mejor amigo y una novia Inefables como para que encima de una mi hijo al grupo misterioso. Miré entonces el reloj de mi muñeca para ver la hora y luego miré a Abi.- Pues eso. ¿Quieres ir?- a lo mejor sí que tenía otros planes.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Sáb Jul 04, 2015 4:26 pm

¿Sabíais lo que me importaba a mí que me vieran en braguitas? Absolutamente nada. De toda la vida he adorado ser un objeto de deseo para todas las personas que me rodean y sé a ciencia cierta que tengo un cuerpo que es difícil de superar y que quita el hipo a aquellos que sepan apreciarlo. Así que abrir así me resultaba tan normal como abrir totalmente vestida. Además, era mucho más divertido observar la reacción de mis vecinos, el pizzero o del mismo portero cuando sacaban la valentía para tocar a mi puerta.

¿Cuándo has visto que me corte por tener falta de ropa encima? —alcé una ceja tras mi pregunta retórica—. Se cortan más ellos que yo y si tengo que ir a ponerme ropa para abrir, no abriría a nadie —dije claramente, dando a entender mi absoluta vagancia cuando estoy de mala leche en mi casa sin hacer absolutamente nada.

Entonces me di cuenta de que Caleb no había estado nunca en mi casa. Sí era cierto que nos conocíamos desde hacía ya varios años, pero siempre me había parecido totalmente innecesario traerlo a aquí pudiendo ir a cualquier otro lado. ¿Vergüenza, quizás? No, no era esa la palabra, pero teniendo en cuenta que su casa es mucho más que el triple que la mía, siempre que había que elegir prefería ir a la de él. Cosa lógica teniendo en cuenta que mi casa es un diminuto hogar y lo de él una increíble mansión.

Nunca vi tu apartamento. ¿Pero a que tenía razón al decir que tu salón era más grande que todo mi apartamento? —alcé las manos señalando a mi completo apartamento para observar a Caleb con una sonrisa, ya que en su momento no se lo creyó. Se acercó a la mesa del salón y vio el libro de Cincuenta Sombras de Grey. Su reacción fue la esperada, pues si llego a saber qué es tan malo, yo también me hubiera juzgado a mí misma—. Imagínate lo aburrida que estoy como para caer tan bajo… ¿Lo has leído? Es PEOR de lo que dicen —le dije, quitándoselo de la mano para que dejarse de reírse de mí—. Me lo recomendaron en el trabajo diciéndome que era increíble y que el sexo era lo mejor… —miré a Caleb de soslayo, con una pícara sonrisa— Si hubieran hecho un libro de nuestra vida sexual, Caleb, ahora mismo tendría una mansión más grande que la tuya —dije divertida, dejando el libro sobre la mesa del teléfono.

Bikini y ropa fresca. Lo primero que me vino a la cabeza es que me llevaría a algún sitio de la costa de Londres. ¿Hacía cuánto tiempo que no iba a la playa? Años. Era tan blanca que ponerme al sol durante una prolongación de más de dos horas podría hacer que me pusiera como una auténtica langosta y me diera cáncer de piel instantáneo. Pero bueno, siempre me había gustado la playa a pesar de que coger sol para alguien como yo es prácticamente imposible. Yo sólo tenía dos niveles de moreno en mi piel. El blanco pálido que siempre tengo y el tomate radiactivo. No había moreno en mi piel.

¿Caleb de compras? No te imagino yendo de compras —dije extrañada, de mis amigos sólo veía a Apolo yendo de compras y porque ya había ido con él. Pero a Caleb me lo imaginaba en las tiendas o sentado mientras pierde la mirada en algún lugar remoto, u observando los tangas y preguntándose el por qué de que las chicas se metan un hilo por el culo o investigando la física de los tacones— Pero no me hace falta. Tengo bikinis para dar y regalar, aunque nos lo use. ¿Ya te he dicho que me encanta comprar ropa que no uso? —Adoraba la moda y me encantaba comprar ropa, podría decirse que era mi punto débil del consumismo, pero todo el mundo tiene uno. Y no soportaba la ropa hortera de los magos, lo siento pero no. Pero justo antes de decidir nada, ya que por mí me tiraba de cabeza junto a la idea de irme de vacaciones con él, le pregunté por su nueva novia. No lo habían dejado. Pues menuda mierda. ¿Cuánto tiempo vamos a irnos de vacaciones? Porque como esté en el estado de la pura fidelidad, yo también iba a estar todo ese tiempo sin sexo y eso era, científicamente probado, malo para la salud. Suspiré después de escuchar todo lo que me decía. Realmente me daba muy igual dónde estuviera Alyss. Si no venía mejor. A mí lo que me interesaba saber era sí seguían juntos o no y poder pasar tiempo con él sin que estuviera pululando por nuestro alrededor. Finalmente Caleb me preguntó que si quería ir y yo le miré con un gesto divertido—. ¿Cómo no voy a querer ir a unas vacaciones con todo pagado contigo? —pregunté retóricamente—. Porque espero que lo pagues todo. Después de ver mi piso, ya puedes hacerte una idea de mi estado económico… —bromeé, mirándole de reojo mientras me dirigía a la habitación para hacer la maleta—. ¿Cuánto tiempo nos vamos?

Realmente yo no estaba mal de dinero, de hecho tenía dinero de sobra en Gringotts. Si tenía la casa que tenía era por pura comodidad. No quería nada más grande porque sólo vivía yo en ella y nunca había sido de esas personas que velan por tener todo tipo de riquezas materiales. Una casa… entre más grande, más tengo que limpiar y como se puede observar, no me gusta limpiar. “Pues cómprate un elfo”, dirán algunos. Pero es que no soporto la voz NI LA CARA de esos engendros del demonio. Son feos y encima molestos. Si tuviera uno, lo mataría seguro.

Una vez en mi habitación, abrí las puertas de mi armario que parecía empotrado y entré al interior. Estaba hechizado para que el armario no fuera un simple armario, sino que fueran las puertas que daban al interior de un amplio vestidor. Cogí la maleta de una de las esquinas y la puse encima del banco del medio. Empecé a meter en el interior ropa del estilo que me había dicho Caleb para todos los días. Aunque tampoco iba a pasarme, total, si me faltaba algo no hacía falta más que un golpe de varita para tenerlo.

Entonces salí hacia afuera nuevamente tras diez minutos, esta vez sin estar en braguitas. Me había puesto unas sandalias que me dejaban tan bajita como lo era realmente, unos shorts y una camisilla holgada, acompañando a todo eso un gorro de playa.

El cepillo de dientes —me recordé a mí misma, metiéndome en el baño para meter en la maleta todo lo necesario del baño que me haría falta. Cogí también un paquete de condones, que oye, nunca se sabe. Quizás nos vamos de fiesta y Caleb cómo está casado y ahora es un aburrido prefiere volverse pronto porque yo he ligado con un surfero buenorro. No se sabe. Nunca se sabe. Volví a salir—. Lista. ¿A dónde dijiste que nos íbamos? —No me lo había dicho, por eso mismo sonreí, con la idea de irme de mi casa y de toda el aburrimiento que lo envolvía. En realidad hace un rato estaba leyendo una mierda de libro con la desmotivación de mis propias y asquerosas vacaciones y Caleb acababa de darle un vuelco a mi estado de ánimo. Daba gusto tener amigos así.
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Caleb Dankworth el Dom Jul 05, 2015 1:02 am

Las preguntas que le había hecho a Abi eran completamente retóricas y en broma. Conocía a Abi perfectamente y sabía que a ella le importaba un bledo que todo el mundo la viese en bragas, así que su respuesta era la que me esperaba de ella. Me hacía gracia su falta de pudor, aunque para ser sinceros yo también había abierto la puerta estando en bóxers. Era cuando todavía vivía el aquel apartamento diminuto en el centro de Londres, y el que me había llamado había sido el vecino para quejarse del ruido. Lo que el vecino se había encontrado era a mí en ropa interior recién puesta y a Rose paseándose por el salón envuelta en una sábana. No volvió a molestar. Qué días de juventud…- Menos mal que me has abierto la puerta entonces, o te hubieses quedado sin viaje- dije con una sonrisa divertida.



Le mencioné a Abi que su piso me gustaba. Era acogedor y agradable a pesar de que le hacía falta que recogiese un poco por allí. El despacho de Abi está más ordenado que su salón, y eso que los despachos del ministerio suelen ser el Caos materializado. El mío lo es. Papeles por aquí, papales por allá… Abi mencionó que nunca había visto mi antiguo apartamento. Cierto, ella solo había visto mi mansión. Seguía siendo dueño de aquel piso en el centro de Londres, pero nunca lo usaba. De vez en cuando mandaba a que lo limpiasen y ventilasen, pero llevaba más de diez años sin que nadie viviese allí. Prefiero un millón de veces más mi preciosa mansión.- Obviamente no viste ese apartamento, cuando yo vivía allí tú tenías…- hice unos rápidos cálculos en mi mente antes de añadir- diez u once años. ¡Dios, me siento viejo de repente!- exclamé al darme cuenta de que cuando yo ya tenía un hijo y estaba casado ella aun no había empezado a estudiar en Hogwarts. Y ahora míranos.- Bueno, sí, tenías razón- asentí al mirar su piso de nuevo. No estaba mal, pero lo dicho, mi salón se pasaba tres pueblos.- Y mi madre siempre se quejaba de que el salón era pequeño y quería hacer obras…



Me reí de Abi al ver que había estado leyendo Cincuenta Sombras de Grey. Por favor, esperaba mucho más de Abi, no que leyese porno para vírgenes y cuarentonas y cincuentonas amargadas.- No, no lo he leído. Una compañera de mi oficina sí que lo leyó y me contó de qué iba. Me decepcioné mucho cuando me leyó una de las partes más “candentes”- dije haciendo el gesto de comillas con los dedos. Aquello no tenía nada de candente, pero mi compañera, que era joven y atractiva al contrario que la mayoría de lectoras de aquel libro, opinaba que era lo mejor de lo mejor. No podía permitir que tuviese una idea tan equivocada de lo que era el buen sexo, así que… bueno, le hice una “pequeña” demostración. No se leyó la segunda parte ni la tercera después de eso. Reí ante lo que dijo Abi, pues era muy cierto.- Deberíamos escribir la segunda parte del Kama Sutra o algo. Y no tendrías una mansión más grande que la mía. La mitad del dinero sería mío y haría obras en mi mansión- dije encogiéndome de hombros.

No le dije a dónde la iba a llevar de vacaciones, pero sí que le dije qué tipo de ropa llevar, no vaya a ser que piense que me la llevo a Rusia a visitar a mis primos segundos y terceros y se lleve abrigos de piel. Aunque por las pintas que yo llevaba era obvio que íbamos a un lugar cálido. Vivir en Inglaterra te hacia anhelar el clima cálido, y ahora que estábamos de vacaciones eso era exactamente lo que yo quería. Seguro que Abi no sospecha no de lejos a dónde la voy a llevar, y se va a llevar una gran sorpresa. Le ofrecí llevarla de compras si no quería llevar las cosas ella misma, y aprovechó la ocasión para decirme lo mismo que todas las mujeres le decían a los hombres con el tema de la compras. ¿Ellas qué pensaban, que nosotros nos comprábamos las cosas que teníamos usando poderes de la mente desde casa o qué?

-Eh, ir de compras no me apasiona, pero te recuerdo que he sido el único adulto en mi casa durante diez años- cuando era pequeño las compras las había mi madre, y luego las hacía Rose. Luego me quedé viudo y las hice yo.- Durante años me he tenido que ocupar de mi ropa, la de Zack cuando era pequeño, la comida porque no me fío de mi mayordomo, las compras del material escolar... Una lata, Abi, una lata, pero ya me he acostumbrado. Eso sí, la ropa de mujer la veo de lejos, que todavía tengo el trauma de la poción- dije. Desde qué la poción nos había cambiado de cuerpo durante un día entero y había tenido que soportar en carnes propias el suplicio de la ropa femenina no había querido no siquiera ver un tanga o un par de tacones ni a un metro de distancia de mí.- Te he visto durante años con un modelito distintos todos los días y encima te cambias cuando sales del trabajo, ya sé que eres una puta compradora compulsiva- me reí cuando dijo que tenía demasiada ropa.

Le dije que Alyss estaba trabajando en Japón, ante lo cual no comentó nada. Mejor, porque había un tema pendiente que tenía que tratar con Abi acerca de Alyss y yo y prefería hacerlo en otro momento en vez de ahora. Le pregunté que si quería ir al viaje y me confirmó que sí.- A mí no en engañas con eso, que sé que tienes pasta- protesté. El sueldo de Abi era muy bueno y casi nunca gastaba el dinero, al contrario que yo, que me encantaba gastar. Y encima tenía un hijo de diecisiete años en cuyo vocabulario no estaba la palabra "ahorrar".- Pero sí, invito yo. Y nos vamos dos semanas- era el tiempo perfecto para estar donde íbamos. Menos días sería muy poco y más días sería demasiado.

Esperé en el sofá mientras Abi se iba a su cuarto a hacer la maleta. No tardó mucho, y cuando por fin salió se había cambiado e iba vestida de manera muy veraniega. Me puse de pie y me acerqué a ella.- Qué mona- dije mientras le daba un golpecito en la parte de arriba del gorro de playa y hacía que bajase y le tapase los ojos. Sonreí.- No te dije ningún sitio, es sorpresa- le recordé con una mirada pícara.- Confías en mí, ¿no? Pues te va a encantar, o eso espero- dije mientras le guiñaba un ojo, y sacaba el traslador del bolsillo. Era una brújula.- No te dejas nada, ¿no? Bien, pues agárrate. Voy a activarlo ya.

Activé el traslador. No me gustaba nada viajar con esas cosas incómodas que te tiraban del ombligo como si te hubiese agarrado un gancho, pero no quedaba de otra. Nuestro destino estaba demasiado lejos para aparecernos allí, y ni de cola íbamos a viajar en un avión Muggle. Pasaron unos segundos, y entonces el traslador funcionó y tiró de ambos. Aquello era casi más incómodo que Aparecerse. Dimos varias vueltas como Dorothy en su casa cuando se la llevó por delante en tornado, y de repente aterrizamos en el suelo de un lugar completamente diferente al salón que acabábamos de abandonar.

En la sala en la que estábamos no se veía mucho y no dejaba adivinar donde estábamos, pues era una sala especial del hotel para que los magos y brujas apareciesen allí. Había muchos magos metidos en el mundo Muggle haciendo negocios y poniéndonos las cosas fáciles al resto. Este era uno de esos casos.

-¡Ya hemos llegado!- le dije a Abi, satisfecho. Le ofrecí mi brazo para que me acompañase fuera de la sala y viese por fin a dónde la había traído.

Salimos de la sala, y tras un corto pasillo llegamos a un enorme vestíbulo de un hotel en el mismísimo paraíso. Estaba muy abierto, dejando ver lo que había fuera: la playa a lo lejos, las palmeras, el cielo azul, las villas, las piscinas... Nos rodeaba el sonido alegre de la música Caribeña que ponía a bailar a cualquiera, y por todas partes había gente muy bronceada y sonriente que caminaba de un lado a otro hablando en todos los idiomas. Había mucha actividad a pesar de que era pronto, eran las ocho de la mañana ahí. Unos empleados del hotel, bailarines vestidos con exóticos trajes nativos de la isla, bailaban los bailes típicos de aquí al ritmo de la bachata. Nos acercamos al centro del vestíbulo, donde había una fuente con una enorme estatua de bronce, y un empleado del hotel de nos acercó con una bandeja llena de copas con cócteles rojos y azules. Cogimos los azules porque eran los alcohólicos.

-¡Bienvenidos a Bahía Príncipe Bávaro!- nos saludó alegremente en inglés con un gracioso acento español dominicano. Le dimos las gracias y bebidos de nuestras copas mientras se alejaba.

Miré entonces a Abi con una gran sonrisa mientras señalaba a nuestro alrededor, al hotel y a lo del exterior.- ¡Bienvenida a Punta Cana!- exclamé, anunciando por fin dónde estábamos.- ¿Te gusta?- tenía que ir al mostrador a pedir la llave, pero primero quería saber qué opinaba Abi.


Hotel.:


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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Dom Jul 05, 2015 4:20 am

Pensándolo bien… Caleb tenía 35 años y parecía prácticamente de mi edad. Es decir, no físicamente (que también), sino por cómo nos tratábamos. Estaba claro que yo a él siempre le he visto cómo la figura mayor de la amistad, esa a la que pedir consejo porque sé que seguramente habrá pasado por lo mismo que yo, pero nunca como para decir que nos llevamos siete años. ¡Siete años! Si es que está claro que los hombres mejoran con la edad…Y bueno, qué más daba que me sacase siete años. Tampoco eran tantos.

Pues yo lo mismo, me empecé a leer el libro sin saber que iba a ser tan malo. Las partes de sexo dejan mucho que desear. Y a la tía la ponen como una mojabragas suprema. Parece que sólo con susurrarnos en el oído ya estamos chorreando cual cataratas del Niágara —dije indignada. ¿Una de las cosas más difícil de este planeta? Encontrar a un Hufflepuff útil. ¿Pero lo siguiente? Poner cachonda a una chica en menos de un minuto. ¡Es imposible! Científicamente probado—. No sé qué clase de referencia tuvo la que lo escribió o qué amante, pero yo quiero a ese hombre que me ponga cachonda con acariciarme la mejilla —me burlé del libro, ya que ponían a las mujeres como las fáciles que con darnos a un tío buenorro ya estamos muriéndonos por él. Estaba claro que si Caleb y yo escribíamos algo nos forrábamos, aunque él no coincidía conmigo en que tendría una mansión mejor que él—. ¿Eres consciente de que hay un umbral de riqueza, verdad? Es decir, ahora mismo ya eres millonario. Por mucho que consigas de más, si no has hecho remodelaciones ya, ¿por qué las ibas a hacer después? No intentes superar a mi futura mansión con burdas suposiciones, Dankworth de pacotilla —me metí con él, moviendo la mano de tal manera que daba por zanjado el tema. Estaba CLARO que por muy millonaria que fuera no iba a conseguir una mansión más grande que la de Caleb (ni porque podía ni porque quería), pero oye, también era cierto que si no había hecho obras ya es o porque no le hacían falta o porque era un vago.

Tras no imaginármelo de compras en absolutamente ningún lugar, de repente me lo imaginé en todos lados. Primero en la tienda de alimentos con Zack en el carrito bastante pequeño, luego comprando ropa y… en realidad imaginárselo de esa manera me hacía verlo todavía más padre. Es decir, como dije antes nunca me ha parecido (a pesar de serlo) siete años más grande que yo, por lo que nunca tengo en cuenta que realmente tiene un niño de diecisiete años. Además de que las facetas que yo conozco de Caleb no son, lo que digamos, responsables y serias, sino todo lo contrario. Será por eso que ni me parece tan grande, ni me ha parecido nunca ese padre ejemplar que últimamente me doy cuenta que es. Aunque desde que me apoyó con aquel posible (Y POR SUERTE SUSTO) de embarazo, me dejó más que claro que se vuelca totalmente en los que llevan su sangre. Habló de la poción y yo no pude evitar sonreír ampliamente.

Desmond apoyaba la causa. ¿Es cruel que me ría de su desgracia? —pregunté, claramente de coña; mi sonrisa perversa delataba mi sorna. Estaba deseando que a Desmond se la jugara el karma y simplemente se las hiciera pagar. De cualquier manera es buena siempre y cuando no vuelva a verla su maldita cara de nuevo—. Y he de admitir que siempre he pensado que tú dabas totalmente más el pego que él como jefe de ese departamento —Y no lo decía porque fuera mi amigo, sino porque llevo siguiendo a ese departamento desde que pisé el Ministerio por primera vez. Entré como estudiante de desmemorizador y ahí conocí a los dos. No entenderé nunca como Desmond, a pesar de que su padre fuera el anterior jefe, consiguiera el puesto. Si es justamente lo opuesto a lo que se necesitaba. Y Caleb, como he dicho, cuando se vuelca en lo que le importa, es el mejor y su trabajo se lo tomaba en serio.

Vale sí, quizás me compraba demasiada ropa. Pero me encantaba y no iba a cambiar. Y por eso mismo, era una clara señal de que sí que estaba forrada. Había empezado mi vida con mil galeones; sin casa y sin nada. Milagrosamente mi primer piso fue en la residencia universitaria, por lo que fue más barato y no me arruiné. Trabajé y estudié y aquí estoy, con tanto dinero en mis bolsillos que no sé en qué gastármelo. Obviamente no tenía tanto como Caleb, pero estaba claro que a mí, de quererlo, no me faltaría absolutamente de nada.

Comencé a preparar la maleta después de todas las indicaciones de Caleb y esperaba que no se me olvidase nada. Tenía una extraña sensación en el cuerpo. ¿Felicidad, adrenalina, ganas de saber a dónde narices iba a llevarme? Puede que fuera una mezcla de las tres cosas. Era “emocionante” estar leyéndote una mierda de libro y que de repente te apareciera la solución a toda tu desmotivante vida de empleado en vacaciones sin nada que hacer. No sabía con exactitud que me recorría, pero bueno, lo importante es que me iba de vacaciones con Caleb durante dos semanas. Joder, dos semanas. Era una pasada de tiempo.

Cuando ya estuve totalmente preparada, salí nuevamente al salón en un tiempo récord y me acerqué a Caleb con una pequeña maleta que, obviamente, estaba hechizada. Los magos nos ahorrábamos mucho tanto en maletas como en facturación cuando íbamos en aviones. Atendí a lo que decía Caleb y le miré con evidencia cuando dijo que si confiaba en él.

Casi morimos juntos, o peor, casi vamos a Azkaban juntos y, encima, te dije que creía que estaba embarazada de ti en vez de matarte directamente por tener espermatozoides. ¿A qué hombre se le ocurre tener espermatozoides? —bromeé divertida, ya que en esas situaciones una mujer (y menos yo), no piensa en cosas lógicas, sólo en reventarle la cabeza al hijo de puta que te dejó preñada—. Yo creo que hay confianza —dije, guiñándole un ojo. Sujeté entonces el traslador cuando lo activó y…

Dios, no vomito porque mi cuerpo se reserva específicamente siempre hasta ver una gotita de sangre ajena.

Aquella sensación era muy desagradable. Era como si una cadena se te enganchara en el estómago y tirasen de ella mil grúas en todas las direcciones, volviéndote totalmente loco. Era incluso peor que la aparición y eso que ya era fuerte. No obstante, para trayectos largos era mucho más seguro utilizar trasladores o ir incluso en avión que estar apareciéndote en lugares que no conoces y que distan enormemente.

Cuando mis pies se posaron en tierra firme, cogí aire y abrí los ojos, soltando el traslador. No había nada de otro mundo, de hecho parecía una habitación común como otra cualquiera. Miré a Caleb cuando dijo tan emocionado que habíamos llegado, ya que aquella habitación no tenía nada de emocionante. Entonces le seguí sin decir nada por un pasillo, hasta llegar a un vestíbulo que…

Lo siento Caleb, es más grande que tu salón este vestíbulo —dije como comentario, sin ni siquiera mirarle, ya que estaba ocupada observando el exterior.  Fue cuando pude ver lo de fuera. Ese sol resplandeciente que entraba por los ventanales y que jamás verías en Londres, el mar al fondo y una increíble imagen caribeña justo de por medio. Piscinas, hamacas, palmeras, la playa… Era como la imagen perfecta que engloba diversión, descanso y epicidad en la misma imagen. Apareció un hombre con bebidas y cuando nos dijo cuales eran las que contenían alcohol, las cogimos sin apenas pestañear—. ¿Que si me gusta? —miré a Caleb, sin saber exactamente cómo demostrar lo agradecida que estaba de que me hubiera sacado de mi casa y me hubiera traído al paraíso—. Claro que me gusta, es impresionante. Pensé que me ibas a llevar a las cutre playas de Inglaterra y me encuentro en… —Me quedé sin palabras porque no encontraba palabras para decir. No sé si por la emoción o porque... ¿Dónde narices estábamos?— Qué más da en dónde estemos, es increíble. Gracias. —Y me puse de puntillas para darle un beso en la mejilla, ya que ya no se me permitía agradecerle nada con sexo. Lo siento, Caleb, ahora te jodes y te conformas con un maldito y aburrido beso en la mejilla. Tú te lo pierdes—. ¿Hay que ir a buscar la llave, no? —pregunté, aunque por lógica aplastante me suponía que sí.

Ambos nos dirigimos al mostrador que era larguísimo. De hecho habían varios recepcionistas en diferentes secciones. Nosotros nos acercamos al más cercano y fue Caleb quién preguntó por lo que tenía que preguntar. Yo mientras cogí un folleto del hotel y comencé a mirar todo lo que tenía. Te lo vendían muy bien. Que sí buffet, masajes, tour de excursión, relax tanto en la playa como en la propia piscina, un spa… Y todo lo que no te ponía allí que seguramente te ibas a ir encontrando en algún lugar de todo este incréible hotel. Me quedé a cuadros observando aquel folleto mientras escuchaba de fondo la conversación entre Caleb y el recepcionista.
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Caleb Dankworth el Lun Jul 06, 2015 9:07 pm

Comencé a reír a carcajadas cuando Abi se puso a criticar el libro ese de porno malo para mujeres solteronas y desesperadas. Lo comentarios de Abi eran puro oro, y a punto estuve de tener que secarle alguna lagrimilla que me había provocado la risa. Dijo que quería a un hombre que la pusiese cachonda con acariciarla la mejilla, y de nuevo me vinieron unos recuerdos bastante picantes.- Bueno, hay maneras muchísimos entretenidas de poner cachonda a una mujer...- murmuré con aquel no de voz y mirada profunda y pícara tan típicos de mí. Se notaba en mi intensa y traviesa mirada azul que estaba recordando ciertos momentos con Abi mientras la miraba fijamente. No eran recuerdos precisamente fáciles de olvidar.

Cuando repliqué a su comentario diciendo que podía hacerle obras a mi mansión, ella me replicó a mí. Me encogí de hombros.- ¿Y si mi familia vuelve a hacerse muy grande? Ahora mismo somos cuatro gatos, pero pueden aparecer nuevos miembros, puede volver mi hermano, mi hijo traerse a una novia, casarse y tener hijos, mi hermano lo mismo, puede venir mi sobrina Clary... Sí, tengo una sobrina- asentí, pues era algo que nunca le había contado a Abi. Hacía muchísimo años que Clarissa no vivía con nosotros, se había ido a Francia con su madre después de que fuesen desheredadas por mi padre.- ¡O pueden aparecer mis primos! ¿Sabes que tengo familia emparentada con los Masbecth? En fin, necesitaría obras para acomodarles a todos...- murmuré mientras ponía los ojos en blanco. Claro que aquello era mentira, les echaría a todos de mi casa. A la puta calle. Bueno, echaría sólo a mis primos. A mi ex-cuñada no la echaría porque directamente no la dejaría entrar en la mansión.

Saqué a Abi de su error cuando dijo que no me imaginaba de compras. Casi siempre me encargaba yo de las compras, aunque era sólo por necesidad y no por capricho, a no ser que me apeteciese ir a despilfarrar el dinero como solemos hacer los ricos. Pero últimamente ver ropa de mujer, sobre todo tacones y ropa interior, me ponía nervioso. Todo por culpa de la maldito poción de Desmond. Me quedé con todas las botellas por sí en alguna ocasión me eran útiles. Solté una carcajada cuando Abi mencionó a Desmond.

-Cuando me dijeron en el Ministerio lo que había pasado no pude contenerme, me partí el culo allí mismo- confesé.- Parecía un loco. Murió en España, ¿pero sabes qué estaba haciendo allí? Me robó la tarjeta de crédito y la usó para pagarse el viaje y el hotel. ¡Pues que le jodan!- exclamé indignado y a la vez casi llorando de la risa. Escuché lo que me dijo Abi entonces y sonreí.- Gracias. Al menos yo me sé el nombre de mi departamento, al contrario que él. Si no te hubieses ido con el ministro ahora mismo tendrías al jefe más guay del mundo- dije mientras la guiñaba un ojo.

Muchos hombres no entendían el vicio que tenían casi todas las mujeres con comprar ropa que no necesitaban no se iban a poner. Compraban ropa todo el tiempo, en todas partes, ¡e iban de compras por diversión! Aquello era una lata, a mí en más de una ocasión años atrás me tocó ser el que cargaba con las bolsas y tenía que sufrir durante horas mientras mi esposa y sus amigas entraban en todas las tiendas que veían y se probaban de todo y se llevaban la mitad de las cosas. Pero eso me enseñó a comprender como se sentían. No había nada más que ver sus caras rebosantes de felicidad y sus enormes sonrisas luminosas para saber que verse tan preciosas delante del espejo las hacia sentir como diosas, y por eso se llevaban todas aquellas prendas que las hacían sentir y verse divinas. Y si algún día querían volver a sentirse como diosas sólo tenían que abrir el armario para entrar en un paraíso que les proporcionaba el arma perfecta para ser el centro de todas las miradas. Los hombres también hacíamos eso de manera casi inconsciente. ¿Quién no se siente bien siendo el centro de atención y sabiendo que tiene todo lo que quiere?

Abi confió en mí, lo cual era muy bueno dado nuestro historial. Sin decir no una sola palabra más activé el traslador para llegar a nuestros destino. El viaje, aunque duró segundos, no fue nada agradable. ¿Por qué no podían los magos inventar métodos de viajes mágicos menos agradables? Tuve que respirar profundamente para no marearme, y miré a Abi para asegurarme de que no se iba a poner enferma, pues aquello sería muy malo. Pero ella, aunque mareada, parecía estar bien. No estaba muy impresionada con lo que veía, pero yo ta contaba con eso. ¡No podíamos aparecernos en medio del vestíbulo del hotel por la cara! Pero cuando sí que llegamos al vestíbulo su expresión cambió completamente, y antes incluso de que dijese nada supe que había acertado y que la había encantado.

-Sí, pero no es más grande que mi salón de baile- dije, fingiendo estar ofendido por su comentario comparando el tamaño del vestíbulo con el de mi salón.- Están más o menos empatados, diría yo- añadí, ya riendo un poco por lo bajo. No aparté la mirada de Abi mientras ella lo observaba todo a nuestro alrededor, sobre todo el exterior del hotel, donde las vistas eran prácticamente el paraíso. No paré de sonreír mientras que con cada segundo que pasaba se hacía más obvio que le había encantado el lugar. De estar aburrida en su casa sin hacer nada a estar aquí había una diferencia enorme. Cuando nos ofrecieron las bebidas cogimos las alcohólicas inmediatamente. Increíble, da igual donde esté yo siempre tenía alcohol en mi sistema. Puse cara de ofendido cuando escuché a dónde pensaba Abi que la iba a llevar.- ¿A las playas de Inglaterra, en serio? Como que yo sería capaz de llevarte a un sitio tan aburrido. ¡Ni siquiera voy yo solito! No, las vacaciones tienen que ser a un sitio decente como este. Estaba pensando que tal vez podríamos haber ido a Tailandia, o a Barbados, o a Hawaii... Pero me decanté por este sitio. Además en esta época no hay mucha gente así que no habrá muggles ni magos molestos que den la lata- dije completamente satisfecho con este viaje, y contento de que a Abi le gustase. Iban a ser dos semanas muy buenas, lo sabía. Me dio las gracias y me dio un beso en la mejilla, tras lo cual yo la rodeé con mi brazo y apreté un poco en su cintura con mi mano, haciéndola cosquillas de manera juguetona.- Gracias a ti por venir conmigo. Anda, vamos a que nos den la llave y dejamos las cosas en la habitación y entonces decides tú qué hacemos.

Solté a Abi cuando llegamos al mostrador de recepción, y mientras ella miraba un folleto yo hablé con la recepcionista dominicana que hablaba inglés.- Buenos días. Soy Caleb Dankworth, tengo una reserva en este hotel para dos semanas- dije, y ella se puso a mirar la información en un hotel. Asintió tras confirmar que efectivamente estaba hecha esa reserva a mi nombre, y entonces me dio dos tarjetas, una para Abi y una para mí, y nos puso unas pulseras de plástico en las muñecas que nos marcaba como clientes VIP. Teníamos acceso a absolutamente todas las instalaciones del hotel, y lo único que teníamos que hacer era enseñar esas pulseras. La recepcionista nos dio un poco de información sobre la instalaciones y actividades, pero de esas podríamos informarnos más tarde, y llamó a un trabajador del hotel, también de nacionalidad dominicana, que nos llevaría hacia la habitación. El hombre cogió las dos maletas que cargábamos Abi y yo, pequeñas y ligeras a pesar de la cantidad de cosas que llevaban gracias a la magia, y nos dijo que le siguiésemos.

Seguimos al hombre, llamado Juan, a través del vestíbulo y salimos al exterior, donde una serie de anchas calles separaban las villas del resort. Había una especie de trenecito que recorría aquellas calles y seguía un recorrido, llevando a los clientes del hotel a todas las instalaciones. Nos subimos en él y nos bajamos cuando Juan nos indicó que estábamos en nuestra villa, una que estaba justo en frente de las dos enormes piscinas que había, y desde la cual se veía el mar. Juan cargó con las maletas por las escaleras y le seguimos en silencio hasta el último piso, el cuarto. La brisa fresca del mar llegaba hacia nosotros, arrastrando con ella el sonido de las olas y el olor del salitre del mar. Me encantaba aquello. Juan dejó las maletas en la puerta y nos sonrió. Se despidió, habiendo cumplido con su trabajo, y yo saqué mi tarjeta para abrir la puerta. Las escaleras estaban abiertas, y desde el pasillo se veían las vistas que tendríamos desde el balcón. El mar era de un precioso color entre verde claro y azul intenso.

-Me parecía un poco tontería reservar dos habitaciones, así que pedí una suite con dos camas para los dos- le expliqué a Abi. Iba a ser la cosa más rara del mundo, dormir en el mismo cuarto que Abi pero en camas separadas. La luz de la cerradura se volvió verde y la puerta se abrió, y entramos a la suite. Metí la tarjeta en la rendija que había para activar la luz y el aire acondicionado, y la habitación se iluminó. Estaba recién limpia y arreglada y aunque no era enorme era todo lo que se necesitaba en una habitación de hotel. Desde el balcón al fondo de la habitación las vistas eran increíbles, sin duda el paraíso. Había una televisión, minibar, sillones cómodos, un baño bastante odio con una ducha y una bañera con jacuzzi, armarios, una enorme cama suficientemente grande para que se tirasen cuatro personas en ella, un...

Eh. Espera un segundo. Había una cama. Enorme, sí, descomunal, pero sólo una. Sólo una, y encima había docenas de pétalos de rosa esparcidos por encima de ella y toallas en forma de cisne. ¿Qué era eso? ¿Y la otra cama?

Gruñí por lo bajo y puse los ojos en blanco, exasperado. Siempre, da igual a donde vaya, los de los hoteles tenían que meter la pata en algo. Esta vez lo habían hecho con eso.

-Oh, genial- gruñí por lo bajo.- Ya tengo que empezar con las reclamaciones.

Bueno, al menos había un sofá.

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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Mar Jul 07, 2015 1:18 am

Sí, había muchísimas maneras mucho más entretenidas de poner cachonda a una mujer y yo las conocía. Estaba claro que si me ponían cachonda con un roce de mejilla, pues como que la cosa iba un poco rápido y se perdía el interés o, más bien, la diversión. La mirada de Caleb, esa que tanto me gustaba, sobresalió entre las demás. Ambos estábamos probablemente pensando en lo mismo, en esa cosa que ahora mismo estaba prohibida. Motivo por el cual a mí se me apetecía todavía más..

Me pareció increíble la soberana comparación que había entre familias. Estaba claro que Dankworth era un apellido conocido desde hacía ya muchísimos años y que McDowell… bueno, era conocido por algunos y no era precisamente de los más prestigiosos. Pero vamos, yo tenía un hermano y quizás dos primos. Y por lo que parecía, él tenía todo un ejército como familia. Tuve que alzar una ceja cuando utilizó a todo su batallón como excusa para remodelar su casa. Ambos sabíamos que ni aunque toda esa gente fuera a su mansión, lo remodelaría. Su mansión era enorme y cabía toda esa gente y más sin que resultara un estorbo para los demás integrantes. Si con tal de llevarme la contraria Caleb se inventaba hasta sobrinas…

¿En serio tienes una sobrina? —me quedé pensando por un momento lo que eso conllevaba—. ¿De tu hermano mayor? ¿De Sylvan? ¿TIENES OTRO HERMANO? —A ver, teniendo en cuenta la cantidad de familia que tenía Caleb, no me extrañaría que se moviera la manga de su camisa y sacase de ahí a tres familiares cercanos más que no conozco— Y no me seas batallas. Los dos sabemos que no necesitarías obras. Deja de dartelas de ricachón derrochador.

Puto Desmond. Es que no había otra palabra para calificar a ese parásito de la sociedad. Primero me jode mi zen, que ya estaba bastante jodido ese día cuando creí estar embarazada (OLÉ), como para luego convertirme en Caleb. Pero bueno, había conseguido lo que se merecía… algunos lo llaman karma. Yo lo llamo… JUSTICIA. No había otro nombre para este tipo de cosas; el karma está sobrevalorado y rara vez mata personas. Fue entonces, cuando después de reírnos de la desgracia de Desmond, cuando dije que él estaba mucho mejor de jefe. Eso sí, lo que dijo después… “¿Perdona?” dijo una voz indignada en mi mente al escuchar lo que decía. Yo alcé una ceja, me crucé de brazos y negué con el dedo índice a la vez que con mi cabeza. A Caleb no le sentaba bien esto de querer irse de vacaciones…

Primero —enumeré con el mismo dedo índice, dejando de moverlo— Mi jefe es muy guay. ¿Has visto el culo que tiene y lo sexy que es? Ya sabes lo mucho que me gustan los culos respingones...—esbocé una traviesa sonrisa, guiñándole un ojo, dando a entender que… Bueno, dejándole con la duda de mis intenciones—. Y segundo, teniendo en cuenta lo que has tardado en conseguir el puesto de jefe y lo poco que he tardado yo, gracias a mis cualidades como dominante, que por cierto sé que te encantan, en conseguir un puesto justo al lado del Ministro de Magia… siento decirte, Caleb, que si llego a estar todavía en el departamento, ese puesto sería mío y serías tú quién tendrías a un jefa espectacular —añadí, muy badass. Muy digna. Muy yo. Pero ambos sabíamos que yo tenía razón, aunque él seguro que se sentía ofendido y quería defender su hombría dominante de macho alfa. Supéralo, Caleb.

Cuando llegamos al paraíso, me quedé totalmente en pause. Aquello era increíble y absolutamente nunca antes había estado en un lugar similar. Mis padres no eran muy dados a las vacaciones y, cuando iba, iba de puta mala hostia por irme de vacaciones en familia. Pero aquello era un nivel superior. Un nivel totalmente por encima de la economía de mis padres en su momento y que de la de cualquier persona normal que no se apellide Dankworth, Masbecth, Winslow, Harrelson, [insertar aquí apellido vario de gente rica], etc. No era solo el ambiente, lo era todo. El paisaje, el lugar, las personas, la compañía… Bueno… y pensar que hace apenas media hora estaba en mi casa leyendo una puta mierda de libro.

Bueno vale —contesté, mirando de reojo a Caleb, cuando comparó aquello con su salón de baile. Ahí le había dado. Pero no iba a mentir, ni de lejos me imaginaba un lugar como aquel. Para mí aquello era totalmente diferente a lo que estaba acostumbrada a vivir o visitar, por lo que tenerlo delante me parecía incluso surrealista. ¿Dos semanas nos quedábamos? No sé si será suficiente tiempo para procesarlo—. A ver, comprende que no estoy acostumbrada a este tipo de cosas —dije, mirándole con reproche cuando me dijo que había pensado llevarme que si a Hawaii, Barbados, etc… Es decir, sitios igual de espectaculares.

Entonces fuimos a buscar la llave al mostrador. Yo me mantuve callada durante todo el momento, no por nada en especial, sino porque no tenía absolutamente nada que decir. Por norma general no era una chica muy habladora, sólo que con aquellas personas con las que tenía confianza, rajaba más que nadie. Lo único que sé es que tras unos segundos, un hombre llamado Juan se nos acercó para guiarnos de camino a nuestra habitación. El camino estuvo precioso y el detalle del tren al principio me pareció una mariconada, pero al ver lo lejos que estaba nuestra villa me pareció de lo más útil. Porque eso de caminar era para muggles, yo desde que había aprendido a aparecerme había pecado de vaga para ir a todos lados. Llegamos a nuestra villa y Juan nos indicó que nos bajásemos y le siguiésemos. Eso sí, un puto hotel de veinte mil estrellas, tres mil y un lujos y… subíamos por las escaleras hasta el puto último piso. Casi no me da un infarto ahí. Que mi resistencia física es proporcional a mi altura, ¿vale? NULA. Pero oye, un hurra por Juan, que las subió sin rechistar y con las maletas.

Cogí aire profundamente y, mientras lo soltaba…

Adiós, Juan, adiós… —Madre mía, que exploto. Miré a Caleb con resignación, entrando a la habitación para apoyarme en la pared al lado de él— Deberías hacer una donación de parte de tus millones al hotel para que pongan ascensores. O pagar mejor a sus empleados para que vayan por el puto ascensor en vez de llevar a los clientes por las escaleras —me quejé, observando directamente a Caleb, el cual estaba mirando la habitación con lo que parecía aprobación. Dos camas, bien. Perfecto.

Pero no, no la estaba mirando con aprobación. Entonces me puse a su lado y caminé unos pasos hacia el interior, observando el por qué de la indignación de Caleb. Tuve que reírme allí mismo al ver una perfecta cama llena de pétalos de rosa.

Te apuesto 50 galeones a que está perfumada para una mayor experiencia en los preliminares —le dije con voz cursi, acercándome a la cama doble y sentándome sobre ella, sujetando un pétalo para luego tirarlo al suelo. La verdad es que sólo había dormido con Caleb en la misma cama sin haber tenido sexo una vez en mi vida y fue hace poco, cuando nos quedamos dormidos en el cuerpo del otro. Pero por todas las veces anteriores… siempre terminábamos durmiendo desnudos por obvias razones. No sabía si me sentía bien o mal porque sólo nos hubieran puesto una cama doble. Por una parte me sentía menos forever alone, pero por otra parte… ¿Qué más daba? Las cosas iban a seguir igual tuviéramos una cama, dos, o tres. Así que decidí actuar como una persona civilizada que se guardaría, o lo intentaría por lo menos, sus más oscuros deseos lascivos. Tampoco quería que se volviera loco por una nimiedad—. Déjate de reclamaciones, por ahora no me van las violaciones y estás de vacaciones. Ya tenemos habitación y es perfecta, déjate de rollos —le dije, señalándole hacia el balcón  con la cabeza para que se diera cuenta de que no habría una habitación tan buena como esa con dos camas— Ven —dije, dándole dos golpecitos al colchón a mi lado— Ven a mi cama del amor —añadí, alzando las cejas mientras cogía un montón de pétalos y se los tiraba en su dirección. Luego me dejé caer hacia atrás y cogí aire profundamente— Sé que sabes que soy una maniática del orden, pero creo que aquí hay demasiadas cosas para sólo dos semanas. Leí un folleto abajo en dónde me estresé de todo lo que había… —bromeé eso, mirando hacia el techo de la cama mientras hablaba. Me quité las sandalias y subí los pies a la cama, girando la cabeza hacia dónde estaba Caleb—. Y sí, sé que sabes lo que te voy a decir… —hice una pausa—. Deberíamos hacernos un croquis. ¿Qué es lo que más se te apetece hacer? —Adoraba hacer planing, croquis y listas. Luego no las cumplía, pero no importaba, lo importante era la motivación al hacerlas. Mis labios esbozaron una sonrisa sincera mirando a Caleb. Estaba contenta por estar allí. Rara vez se me podía ver contenta de esa manera; normalmente o parecía que estaba siempre de mala hostia o con ganas de matar a alguien. Ahora era como si estuviera en otro mundo y se me hubieran quitado todas las responsabilidades, que, quieras o no, de vez en cuando se agradecía.
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Caleb Dankworth el Sáb Jul 11, 2015 12:37 am

Para convencer a Abi de que necesitaba los millones que podríamos ganar si ambos escribíamos una novela pornográfica basada en nuestra vida y experiencia sexual juntos usé la excusa de que toda mi familia podía venirse a vivir conmigo y necesitaría obras. Era una grandísima mentira, claro está, yo no necesitaba obras en mi mansión para nada, pero jamás rechazaría millones extra. Soy millonario, pero también soy un cerdo egoísta y quiero ser billonario. Así podría despilfarrar todavía más dinero. Era curioso, pues en mi casa éramos cuatro gatos. Durante diez años solo hemos estado mi hijo y yo, y parecía que la familia Dankworth se estaba extinguiendo, pero había más miembros de la familia por ahí, y por el dado de los Blackburn y de los Volkov tenía muchos primos. A lo mejor mi árbol genealógico era más grande que el de los Masbecth, que ya era decir mucho.

-Sí, tengo una sobrina, Clarissa- asentí cuando Abi se sorprendió. De la generación más joven de los Dankworth ella solamente conocía a Zack, nunca había mencionado que hubiese más críos porque Clary ni siquiera está en el país.- No, no tengo otro hermano, aunque nunca se sabe porque mi padre era aún más zorro que yo. Clary es de Jonathan, pero la criamos Sylvan y yo hasta que su madre se la llevó a Francia- le expliqué a Abi cuando preguntó que de quién era hija. “Podría haber sido mi hija en vez de mi sobrina,” pensé entonces, pero no lo dije en alto. Clarissa no era una Dankworth por nacimiento, yo la encontré y la llevé a la casa. Me la habría quedado si no fuese porque ya tenía un hijo, Zack era muy pequeño entonces, casi todavía un bebé.- No es hija de Jonathan de verdad, es adoptada- aclaré entonces. Eso solía explicar mucho el por qué de que yo me hubiese quedado con toda la herencia después de la muerte de mis padres y mi hermano mayor, en vez de mi sobrina.

Bromeé diciendo que si Abi se hubiese quedado en el departamento de Accidentes Mágicos y Catástrofes, ahora mismo tendría el jefe más guay de yo. Era la pura verdad y ningún argumento podría convencerme de lo contrario. Ver la cara que puso Abi después me hizo reír.- Sí, sé lo mucho que te gustan los culos respingones- le aseguré.- ¿Y si tan guay es tu jefe por qué no te vas de vacaciones con él? No se qué haces perdiendo el tiempo conmigo. Y si he tardado tanto en conseguir el puesto de jefe es porque nunca lo quise o necesité- aclaré, diciéndole la verdad. Seguía sonriendo porque me hacía gracia la actitud de Abi mientras me decía todo eso, muy digna ella.- La única razón por la que trabajo es porque me aburro si no tengo nada que hacer, y soy el jefe para evitar que venga otro idiota como Desmond. Después de todo yo soy el mejor en lo mío- ¿Modestia? ¿Qué es la modestia? Ni Abi ni yo teníamos esa palabra en nuestro vocabulario.

Aunque el viaje fue una auténtica mierda, porque viajar con traslador siempre era aún peor que aparecerse, mereció la pena. A Abi le encantó el lugar, a mí me encantó que la encantase y me encantó que iba a tener dos semanas de vacaciones súper geniales con mi mejor amiga, así que todos estábamos felices. En recepción no hubo problemas con la reserva, el trayecto hasta nuestra Villa en el resort se hizo corto gracias al trenecito que nos llevó (me reí en alto cuando vi la cara que Abi puso al vez por primera vez el trenecito, aunque cuando vio todo lo que tendría que haber caminado de no estar eso ahí se animó bastante) y Juan cargó con nuestras maletas. Estaba muy sorprendido de lo poco que pesaban y de que sólo tuviésemos dos, al contrario que la mayoría de la gente. Pobres muggles, todo lo tienen difícil y les cuesta, con sus maletas pesadas en las que no les cabe nada y por las que les cobran una pasta si se pasan de los veinte kilos o del límite de maletas. A Abi no le hizo ni puta gracia él tener que subir escaleras, y eso nos quedó muy claro a todos cuando llegamos a la puerta de la habitación y Juan se fue.

-Deberías ir al gimnasio urgentemente si no eres capaz de subir cuatro pisos de escaleras- le dije a Abi cuando se quejó de las escaleras. ¡Habían sido cortas y sólo eran cuatro pisos!- ¿Prefieres la habitación de abajo del todo? Elige, vistas o comodidad- no se puede tener todo en la vida. Alcé las cejas mientras la miraba con cara divertida. Lo que era Abi es muy vaga, por eso quería un ascensor. Pues se jode, no hay ascensores.

Todo parecía perfecto, hasta que descubrí que los del hotel la habían cagado con la reserva. No sé de qué me sorprendía, pues no hay un sólo hotel en cualquier parte del mundo que no meta la pata en algo. Absolutamente ninguno. Estos, en vez de poner dos camas grandes habían puesto dos. ¡Y con pétalos de rosa! Entonces fue mi turno de quejarme, pues no había nada en el mundo que me apeteciese menos que ir a poner la reclamación para que lo cambiasen y encima tener que esperar a que lo hiciesen... Pero a Abi no le importó para nada. Es más, se rió. Alcé las cejas y la miré mientras ella iba había la cama, se sentaba y me hablaba diciendo que no pudiese una reclamación, diciendo que las violaciones no le iban. Fue entonces cuando tuve que reírme yo, y cerré la puerta de la habitación tras de mí. No me molestaba dormir en la misma cama que Abi, no sería nada que no hubiese hecho antes. ¿Dormir vestidos y sin hacer nada? Eso sí que sería una novedad, sin contar con el día que nos quedamos dormidos en la misma cama cada uno en el cuerpo del otro.

-Si yo lo decía porque pensaba que a lo mejor estabas más cómoda en tu propia cama, a mí me da igual- dije mientras llevaba la maleta hacia el armario y la ponía frente a la puerta. Luego sacaría todo y lo pondría en su sitio, pues siempre era lo primero que hacía cuando llegaba a los hoteles. Solté una leve carcajada cuando Abi golpeó el colchón a su lado y dijo que fuese a su cama del amor. Caminé hacia ella y me tiré boca abajo sobre el colchón, haciendo que se hubiese un poco debajo de mí. ¡Qué mullido era! Al caer boca abajo sobre el colchón mi cara quedó enterrada en un montón de pétalos rojos, y separé el rostro del colchón mientras hacia una mueca y resoplaba indignado.- ¡Sí que tienen perfume!- exclamé, y a continuación aparté todos los pétalos que estaban cerca de mí a manotazos.

Me di la vuelta entonces, quedando tumbado sobre mi espalda, y el movimiento hizo que se me subirse la camiseta blanca que llevaba puesta y se me viesen parte de los abdominales. La brisa fresca del Caribe entraba por el balcón y me refrescaba, lo cual se agradecía porque allí hacia calor, bastante más que en Londres, pero era un calor agradable. Abi me miró y yo la miré a ella mientras me hablaba. Puse los ojos en blanco cuando le dijo que era una maniática del orden. ¡Como si no lo supiese ya! Ella pareció leerme la mente y supo que le iba a decir que yo ya sabía lo que le iba a decir, pero aún así la escuché y asentí.

-Tenemos dos semanas enteras para recorrer cada rincón de este sitio, no hay prisa, pero está bien, organice monos. Eso sí, yo paso de hacer listas, yo he organizado el viaje sorpresa y el resto es tu responsabilidad- dije. Me gustaba hacer planes, pero mi método de organización no llegaba ni de lejos al de Abi. Pensé cuando me preguntó que qué era lo que más me apetecía hacer. No fue muy difícil decidir.- Ir a la playa- dije, completamente convencido.- Tenemos ese paraíso justo ahí enfrente de nuestras narices, y hasta que no vaya no voy a estar tranquilo. Así podemos relajarnos en las hamacas mientras decidimos qué más cosas queremos hacer. Y esta noche hay fiesta. Bueno, todas las noches hay fiesta, pero hoy hay que ir y celebrar el inicio de nuestras vacaciones- dije con una sonrisa ladeada y traviesa. Estudié la expresión de Abi y vi que estaba contenta de estar aquí, así que me sentí contento. ¿Quién no se pone contento en situaciones así?- ¿Y a ti qué cosas te apetecen hacer?

Mientras esperaba su respuesta me incorporé en la cama y me levanté de ella. Se me había quedado pétalos de risa pegados en la camiseta y los pantalones, incluso en la parte del culo, y cuando me di cuenta al mirarme en el espejo bufé y me los sacudí todos de encima. ¡Los guardaría todos y sé los metros por el culo al que los puso ahí!

Una vez libre de pétalos de rosa ridículos fui hacia donde había dejado la maleta, la cogí y la subí en el espacio libre de la cama, y la abrí. Abrí los cajones y el armario, que era enorme. La mitad de los cajones era para Abi y la otra mitad para mi, al igual que el armario. Me molestaba mucho no deshacer la maleta nada más llegar, porque luego se me desordenaba todo. Lo coloqué todo el su sitio, el neceser en el baño, la ropa interior y bañadores y camisetas en los cajones, los pantalones en el armario y algunas camisas que había traído para por la noche también. Por la noche siempre había que ir mejor arreglado que por el día, para cenar y bailar como es debido.

Una vez que hube colocado todo en su sitio de manera impecable (cosa que dudaba que Abi fuese hacer, sabiendo lo desordenada que era seguro que tendría que acabar deshaciendo yo su maleta y ordenándolo todo) fui hacia el mini bar y lo abrí. Dentro había refrescos y cervezas frías. Ignoré los refrescos y cogí una de las cervezas. La abrí y bebí unos cuantos sorbos. Definitivamente no podía estar sin alcohol, y estaba todo incluido... Iba a saquear los chiringuitos de la playa.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Dom Jul 12, 2015 1:35 am

Cuando dijo que tenía una sobrina me di cuenta de lo grande que era su familia y lo pequeña que era la mía. En realidad, mi familia podía contarse con los dedos de una mano. Mi hermano y yo. No tenía a más nadie y en parte no sabía si era bueno o malo. Caleb parecía muy unido a su familia y eso parecía bueno, pero luego yo lo pensaba con referencia a la mía y… menos mal que no estoy absolutamente nada cerca de ellos. Asentí a todo lo que me dijo, quedándome claro que su hermano Jonathan no había tenido herencia directa.

Entonces me contestó a lo de mi jefe y no pude evitar bufar. Mi jefe estaba increíblemente bueno. Es decir, Benjamin Winslow tenía un culo, un atractivo, un misterio y una picardía que me encantaban. Entrar a su despacho era como entrar en un lugar en dónde la tensión sexual invadía cada rincón y las miradas hablaban por sí solas entre nosotros. ¿Irme de vacaciones con él? No. Benjamin era absolutamente todo profesional y carnal. No había sentimientos, ni los más mínimo. Y, además, tenía una familia.

¿Si, no? Me voy con él, con la mujer y con sus dos hijos. Yo creo que me iría bien —ironicé, mirándole de arriba abajo por el comentario que había hecho. ¿Cuándo había dejado que mis relaciones sexuales se volvieran más sentimentales? Debería de haber cortado todo tipo de sentimientos con Caleb desde que tuve ocasión—. De haber estado soltero, me lo hubiera pensado —le guiñé un ojo a Caleb. Cuando dije que yo sería la jefa por encima de él, no comentó nada al respecto; tuve que sonreír—. Desmond era único en su especie.

Después de todo el trote en el tren y subir todas la escaleras, llegamos a nuestra habitación. Era una habitación de lujo. Tenía de todo, absolutamente de todo, lo único que Caleb quería dos camas y sólo había una. Era un poco… raro el hecho de tener que dormir juntos sin hacer absolutamente nada, pero tampoco quería que él se sintiera así de raro por pensar que yo iba a sentirme rara. Es decir, somos amigos por encima de todo lo que hayamos hecho… podemos dormir en la misma cama durante dos semanas sin tener que hacer nada. O por lo menos eso es lo que pensé en un primer momento… Luego, cuando me tiré en la cama y él se tiró tras de mí, lo vi todo con otros ojos. Madre mía, ¿no voy a dejar de ver nunca a Caleb como un objetivo sexual increíblemente atractivo? Estúpido y sensual Caleb. Puse los ojos en blanco y le pregunté por lo que quería hacer. Necesitaba distracciones durante estas próximas dos semanas los suficientemente fuertes como para llegar echa polvo a la cama y quedarme dormida ipso facto.

Quería ir a la playa y me pareció estupendo. Total, yo ahora mismo estaba todavía tan en pause por estar en este sitio que no había ni pensado en las posibilidades que teníamos allí. Me preguntó por lo que quería hacer yo y me di la vuelta en la cama mientras él se levantaba y se iba a ordenar su maleta.

Fiestas. Muchas fiestas —dije claramente, mirándole de reojo. Pocas veces nos habíamos ido Caleb y yo de fiestas, propiamente dicha la palabra “fiesta”. Es más, siempre que bebíamos y demás era por alguna festividad y de manera moderada (menos en su cumpleaños, eso fue aparte). Últimamente con quién más me iba de fiesta y no me arrepiento de ello, porque es el mejor acompañante que podría tener, era Apolo. ¿Pero bailar con Caleb de fiesta? Nunca—. Ya pensaremos en más cosas, la verdad es que ahora mismo sólo puedo pensar en sentarme en la playa y sentir como el sol achicharra mi pobre y pálida piel —dije con drama, aunque realmente el hecho de ir a la playa me gustaba mucho. Era tranquilizante; lo único que tenía que tener en cuenta era que yo no era de esas personas que deben pasar mucho tiempo bajo el sol.

Mientras él se ponía a ordenar toda su maleta, yo fui hacia la mía y cogí un bikini. Me metí en el baño después de que él dejara todo lo de él dentro y me comencé a poner el bikini. Era de color negro, con una capa de tela que parecía tener un estampado por encima. Era lo típico, pero el negro siempre combina bien con las chicas blancas y pelirrojas. Me puse un sombrero de playa y una falda. Salí nuevamente a la habitación con un bolso en donde meter la toalla y la crema. Crema del 50. No iba a terminar como una langosta, me niego.

Pues según la controladora compulsiva Abi McDowell, si queremos estar decentes para la fiesta de la noche, debemos pegarnos como máximo hasta las siete en la playa. Son las nueve la mañana, creo que tenemos tiempo de sobra —sonreí, yendo hacia la puerta—. ¿Vienes o qué? Aún hay que bajar las escaleras, coger un tren muy absurdo y llegar a la playa.

***

No tardamos tanto como esperaba en llegar a la playa. El tren que iba por todo el hotel nos dejó en una especie de avenida de madera que estaba rodeada de palmeras y vegetación que parecía paradisiaca. Bueno, no lo parecía: LO ERAN. Había un pequeño puesto perfectamente ubicado en la sombra de toda aquella vegetación que, debido a nuestro acceso VIP, si íbamos a ese puesto o a cualquier otro de toda la playa u hotel, podíamos pedir todo lo que quisiéramos.

No obstante, Caleb y yo nos dirigimos hacia las hamacas. Que no eran unas hamacas cualquieras… Al parecer la zona de la playa también estaba especialmente dedicada para esas personas que se gastan el sueldo de su vida en pagar las comodidades de aquel lugar. La playa estaba prácticamente vacía a excepción de parejas que estaban tranquilamente cogiendo sol o hablando, a una distancia tan prudente unas de otras que parecía que estabas totalmente sola, pues no molestaba absolutamente nada ni nadie.

Llegamos a nuestra cama balinesa, una cama en la que te podías acostar en medio de la playa y que era mucho más cómodo que una hamaca, de tela y alcolchada. Me senté sobre ella y miré hacia el mar. No había ni una ola; estaba el mar totalmente quieto a excepción del primer metro de orilla. El agua era cristalina y celeste y la arena era totalmente amarilla.  

Pensé que esto sólo lo vería en las películas, da gusto tener a un amigo multimillonario —dije claramente cuando Caleb estaba a mi lado—. ¿Sabes qué viene ahora, no? Embadurnarme de crema para que hoy no te vayas a dormir con una preciosa gamba pelirroja. ¿Me echas en la espalda? —le pregunté, tendiéndole la crema.
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Caleb Dankworth el Mar Jul 14, 2015 12:11 am

Tras bromear diciendo que si tan guay era el Ministro Winslow Abi debería irse con él de vacaciones en vez de conmigo, ella respondió de manera sarcástica. Me reí por lo bajo y me encogí de hombros.- Pues vete con el hijo. ¿No era de tu edad? A lo mejor pegas más con él.

Todo el viaje fue de maravilla. La llegada, la bienvenida, el ambiente, la Villa... Sólo hubo un pequeño fallo en la habitación cuando descubrí el detalle de que sólo había una cama inmensa en vez de las dos grandes que había pedido, pero a Abi pareció no importarle en absoluto y me convenció de que no fuese a quejarme para que lo cambiaran. Total, qué más daba... Me tumbé al lado de ella de la manera más despreocupada del mundo, relajándome sobre el mullido colchón. ¡Era más mullido que los de mi propia mansión! Debería averiguar cual era la marca y comprar colchones así para todas las habitaciones, pues eran la octava maravilla del mundo.

Le dije a Abi que lo que yo quería hacer era ir a la playa. ¿Hacía cuánto tiempo que no iba a la playa? Muchísimo, y aquello tenía que cambiar, y más ahora que estábamos en medio del paraíso... Al vivir en un país tan gris como Londres tanto Abi como yo estábamos bastante blancos, aunque ella mucho más que yo. Yo no estaba moreno, pero estaba de un color completamente normal. Estaba de color carne, mientras que ella parecía que se había bañado en leche de burra o había estado encerrada en un sótano toda su vida.

-¡Yo me apunto a todas las fiestas que tú quieras!- exclamé, pues me gustaba su proposición. Terminé de ordenar todas las cosas que había traído en mi maleta, pues odiaba que las cosas se quedasen en la maleta después de que llegásemos a la habitación. Se empezaban a sacar luego cosas a lo tonto y aquello terminaba siendo un desastre espantoso, y mientras que puedo tolerar el desorden en medidas moderadas en mi casa, no lo aguanto muy bien en una habitación de hotel. Sabía que seguramente fuese en vano, pero miré con mala cara la maleta cerrada de Abi para ver si captaba el mensaje y se ponía a ordenar... Pero no, no lo captó. Suspiré y me olvidé del tema.- ¿Te quieres tirar diez horas en la playa? ¡No me extraña que luego te pongas roja como un tomate, te pasas!- reí, pero yo no iba a negarme a tirarme todo el día de playa. Nos lo merecíamos, después de todo el ajetreo del año, y de la vida en general.

Casi me emocioné pensando cuando Abi se levantó y fue hacia su maleta, pensando que por fin iba a abrirla y ordenar... Pero menos mal que no me emocioné, porque no se puso a ordenar nada, simplemente sacó un bikini y se metió al baño. Puse los ojos en blanco mientras esbozaba una pequeña sonrisa y cogí el bañador que había dejado fuera de los cajones para ponérmelo ahora. Eran normales, de estilo bermuda de color azul marino. Si alguien esperaba que me trajese unas bragas náuticas como esas que se ponen los nadadores profesionales iba a llevar una gran desilusión porque me negaba a ponerme eso, porque no siquiera tenía ninguna. Abi ocupó el baño, así que yo no podía entrar para cambiarme. Joder, como lo que tardan las mujeres en el baño, y yo iba a tener que compartir el baño con ella durante dos semanas... Fallo en el plan, FALLO EN EL PLAN. Debería haber pedido una suite con dos baños.

Al final decidí cambiarme rápidamente los pantalones y los bóxers que llevaba por el bañador ahí mismo, en la habitación. Total, qué más daba. En unos segundos ya me había cambiado, y la ropa que me había quitado fue a parar a una bolsa de la ropa sucia que me había traído y que mantenía dentro de la maleta. ¿Dónde se hacía la colada en este hotel? Tendría que averiguarlo después, pero por el momento tenía ropa de sobra para aguantar muchos días. La camiseta me la dejé puesta, pues era una camiseta bromas blanca. Me puse un sombrero, las gafas de sol, y unas chanclas y entonces salió Abi del baño. No pude evitar mirarla de arriba abajo durante un segundo; aquel bikini la sentaba de miedo en aquel cuerpazo.

-¿Vas a coger el trenecito para ir a una playa que está aquí al lado, en serio? Joder, qué vagancia- dije medio sorprendido y medio en broma. Cogí las tarjetas de la habitación antes de salir, pues era importantes llevarlas siempre con nosotros.

Ir en trenecito no era necesario para llegar a la playa, pues estaba justo allí, y además parecía que a Abi no le hacía mucha gracia, pero daba igual, así tardamos incluso menos. Nos bajamos en una zona cerca de las piscinas, donde estaba el puesto de las toallas. Entregué una tarjeta de nuestra habitación y a cambio nos dieron dos toallas blancas y enormes para llevarnos, cuando las devolviésemos nos devolverían la tarjeta para volver a usarla otros días. Caminamos por el camino de madera hacía la playa entonces, listos para disfrutar de la libertad que nos ofrecía el paraíso durante todo el día.

La arena era casi como harina. En cuanto la podamos nuestros pues se hundieron en ella, y era fina y suave y a aquellas horas estaba fría. Pisarla era una sensación de lo más agradable. El resto del hotel tenía tumbonas normales, pero gracias a que éramos clientes VIP y al servicio que habíamos contratado y a las pulseras que llevábamos alrededor de la muñeca, teníamos acceso a aquella zona restringida que disponía de camas balinesas. Yo odiaba las tumbonas, eran incómodas, pero las camas balinesas eran una maravilla y cabían varias personas en ella. Abi y yo nos dirigimos hacia una y nos apropiamos de ella.

-¡Aquí se está genial!- exclamé con aprobación mirando a nuestro alrededor. Soplaba una muy suave brisa fresca, el sol brillaba, el agua estaba como un plato y muy clara, y a unos cuantos metros había un chiringuito en el que ofrecían bebidas y aperitivos. Luego me pasaría por ahí a por algo.

Nos tumbamos en la cama balinesa, que era lo suficientemente cómoda como para quedarse dormido ahí completamente a gusto, y sonreí cuando Abi me pasó el bote de crema. Lo cogí y me incorporé para ponerme de rodillas en la cama y poneme de cara a ella.- A ver, siéntate. O túmbate, me da igual- Abi se tumbó, pues era más cómodo estar tumbado que sentado, y yo me puse justo a su lado. Antes de ponerle la crema le quité el broche del sujetador del bikini y lo aparté para dejar la espalda completamente al descubierto, porque si no se echa crema por ahí también entonces los bordes se quedaban horriblemente quemados. Le eché un chorro de crema fría en la espalda. Abi estaba tan blanca que casi no se notaba el contraste de la crema contra su piel.- Oye, ¿tú no sabes lo que es la melanina o qué?- bromeé mientras comenzaba a extenderle la crema por la espalda con mis manos y un pequeño masaje. Yo era muy, muy bueno dando masajes. Le eché por todas partes y por los hombros hasta que quedó bien protegida, y entonces volví a abrocharle el bikini.- Ale, ya está. Ya no serás una langosta por la noche, a no ser que no te lo eches bien por el resto del cuerpo... Y un segundo, ahora vengo.

Me levanté y pisé la arena para alejarme de allí e ir hacia el chiringuito. Había algunas otras personas allí bebiendo. Un compatriota inglés se pidió un ron (¡¿a estas horas?! Este es de mi club) y el negro del chiringuito le sirvió el eón mientras gritaba en español "¡Fuego! ¡Fuego!" y hacia un mini baile alegre. Supongo que esto es una costumbre o algo, porque luego pidió un ron también un español y el negro hizo lo mismo, pero cuando una mujer pidió una coca cola no lo hizo.

-Dos piñas coladas- le pedí, y a mí no me gritó lo del fuego. Me sirvió las piñas coladas bien fresquitas y me las llevé de vuelta a la cama balinesa donde me esperaba Abi. Le tendí uno de los vasos con una sonrisa y luego me senté a su lado para beber del mío.- ¡Salud!- exclamé antes de beber un trago. Había una mesita de playa justo al lado de nosotros, y allí pusimos los brazos.

Aunque la playa era muy tranquila, había bastante actividad. No sólo de los turistas, sino también del hotel. Había todo tipo de cosas que hacer y ver en la playa. Había gente en motos de agua a lo lejos en el mar ( a eso me tengo que subir yo... Veamos qué dice Abi luego), paseos a caballo por la orilla (otra cosa que me gustaría hacer, pues en casa me gustaba montar a caballo aunque hacía tiempo que no lo hacía), había hombres paseándose por ahí con monos y con aves exóticas y turistas haciéndose fotos con los animales... Y más cosas. Lo que más me apetecía en el momento era nadar.

Me quité la camiseta, dejando mi torso al descubierto y quedándome solamente con el bañador puesto. Había estado ejercitándome más en los últimos meses, así que aunque no estaba petado mis músculos eran más grandes y estaban más definidos que antes, aunque antes ya lo estaban. Debido a las peleas y batallas en las que me había visto involucrado a lo largo de los años, tenía algunas cicatrices por algunos lados, producto de heridas que no siquiera la magia podía hacer desaparecer del todo. Ninguna de ellas me importaba un comino.

-Ahora voy a necesitar que me eches tú en la espalda- le dije a Abi mientras giraba la cabeza para mirarla a través de mis gafas de sol. Me quité el sombrero y dejé que la brisa me sacudiese el pelo negro.

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Abigail T. McDowell el Jue Jul 23, 2015 11:14 pm

Tom, el hijo de Ben, podría estar muy buenorro y ser exactamente de mi edad, pero lo había conocido lo suficiente como para darme cuenta de que era tan inútil como un Hufflepuff. Si no hubiera sabido lo que le hubiera pasado, el físico hubiera sido todo lo que me hubiera importado… Pero siendo consciente de su pasado, perdía absolutamente todo el atractivo para mí.

¿Pego con él? ¿Me estás buscando pareja? —pregunté, alzando una ceja a lo que había dicho. Si tuviera que elegir a un Winslow, elegiría al padre sin dudarlo. El hijo no sé a quién había salido, pero sin duda alguna no había salido al Ministro—. Yo con pareja... —bufé. Irónico decir eso.

Finalmente tuvimos que hacer un pequeño croquis, o más bien tuve que hacer un pequeño croquis sobre las cosas que tendríamos que hacer, ya que aquello parecía tan grande que me daba la sensación de que no íbamos a tener tiempo de verlo todo. Aunque claramente era uno de esos sentimientos emocionantes que te venían el primer día. Seguro que después de la primera semana ya lo habíamos visto todo y estábamos más que cansados de achicharrarnos bajo el sol en la playa. Eso sí, las fiestas nunca eran suficientes y, si me ponía a pensarlo, creo que nunca había ido a ninguna con Caleb. Pero no de esas fiestas refinadas a la que está acostumbrado, sino de esas fiestas adolescentes en dónde bebes, sigues bebiendo y a la mañana siguiente apareces tirada en alguna acera sin bragas. ¿Qué hiciste esa noche? No se sabe, pues el Obliviate del alcohol muggle se encarga de borrar las pruebas. Yo de adolescente me pasaba con el alcohol, quizás por eso ahora lo soporto tan bien.

Es una manera de hablar. Pero si me embadurnas de crema cada dos horas, conservaré mi increíble y sensual color fantasmal sin chamuscarme. En tu consciencia queda si me quemo —le dije, ya que a la espalda no llegaba a echarme yo sola la crema, ya que por todas las otras partes ya me encargaba de echarme yo.

Nos preparamos para ir a la playa con lo básico, ya que odiaba ir a ese tipo de sitios cargando con todo. Obviamente cogimos el tren, ya que no sé que clase de vena deportista le había entrado a Caleb, pero había que caminar una recta muy larga para llegar a la zona en dónde nos pondríamos, esa zona increíblemente íntima y tranquila en dónde la brisa marina hacía que el calor que hacía, se pasase totalmente desapercibido. Elegimos una de las camas balinesas que estaban libres y nos tumbamos sobre ella. Yo me quité la ropa, quedándome solamente en bikini. Comencé a echarme crema, pues era lo primero en mi lista de supervivencia y le pedí a Caleb que me pusiera. Me tumbé boca abajo en la cama y él comenzó a echarme, junto con un pequeño masaje.

Mi melanina es albina, ¿vale? Déjala en paz —contesté divertida, ya que yo era de esas personas que nacieron pálidas y morirán pálidas. Iba a la playa porque me encantaba sentir el sol calentándome y el agua fría del mar, pero no precisamente para coger color. De hecho, yo era de esas que entre menos sol directo le dieran, mejor, ya que si no me echaba crema, aparte de ponerme roja, me salían más pecas—. Tranquilo. Tengo experiencia en cubrir hasta el último centímetro de piel de crema.

Me senté y vi como se iba caminando hacia el chiringuito que pasamos cuando llegamos. Mientras tanto yo continué echándome crema por todos lados. Incluso por la parte de arriba los pies y en la parte de arriba de las orejas. Son de las partes que más se quema la gente por no echarse crema y, muchas veces, es el principio de los cáncer de piel, ya que la gran mayoría del tiempo están desprotegidos ante el sol y son partes muy sensibles.

Caleb trajo dos piñas coladas, tendiéndome una. Dejé la crema a un lado y tomé un sorbo de la piña por la pajilla. El fresco sabor me bajó por la garganta y dejé el vaso sobre una de las mesas que estaban a nuestro alrededor. Eran pequeñas, pero suficientes como para dejar reposar nuestras bebidas.

¿Te has dado cuenta de que parece que estamos en una película? Esas películas que ven los muggles y dicen: “yo no puedo permitirme esa clase de lujos” —sonreí de medio lado y le di un golpecito—. Qué bien sienta que tu mejor amigo sea un millonario al que le encanta gastar el dinero y disfrutar de, obviamente, la mejor compañía a la que podría optar… —lo miré de reojo, con una sonrisa. La verdad es que me rodeaba de gente rica. Entre Apolo que era un Masbecth y Caleb que era un Dankworth. Sin duda alguna sé elegir a mis amistades…

Caleb entonces se quitó la camiseta y se quedó solo en bañador. Lo miré de arriba abajo, como siempre solía hacer. Había estado haciendo ejercicio, ya que antes tenía esos músculos, pero no se le notaban tanto como ahora sin haber hecho nada. Supongo que eso de tener pareja te hace preocuparte más sobre tu aspecto físico. Le hice una señal con la mano para que se sentase, colocándome yo de rodillas detrás de él para echarle en la espalda. Eché la crema directamente en su espalda y comencé a expandir tanto para los hombros como para la parte más baja con un pequeño masaje, parándome a tocar con los dedos las cicatrices que había conservado con los años. Yo también tenía, pero por suerte se notaban bastante menos.  

¿Has estado haciendo ejercicio? —pasé mis manos alrededor de sus costados para llegar a tocarle el vientre, en dónde, estando de pie, se le notaban los abdominales—. Antes esto no existía con tanta definición —dije divertida, volviendo a llevar mis manos a su espalda para continuar esparciendo la crema hasta que desapareciera por completo—. ¿Poniéndote todavía más guapo para Alyss? Caleb, ¿sabes que la sensualidad tiene un límite, no? Tú y yo lo sobrepasamos hace mucho —le dije divertida, estirándome para que mi cabeza quedase al lado de la de él y me escuchara alardear con más claridad.

Luego me hice hacia atrás y guardé la crema, para luego volver a beber de mi piña colada. Observé el agua y observé luego de reojo a Caleb.

¿Un baño? —dije, quitándome el sombrero y dejándolo sobre la cama. Había viento, pero no suficiente como para que saliera volando. Lo dicho: el tiempo era sencillamente perfecto—. Lo estás deseando. Miras al agua como si estuvieras mirando a una tía buena, que en eso tengo experiencia... y eso que no te veo los ojos —le dije, recordándole que se quitara las gafas para venir al agua.

Comencé a caminar descalza por la arena hasta el mar. La arena era de color rubio y, debido a que era super pronto, el sol no había calentado lo suficiente la arena como para que fuera lava volcánica. Nada más llegar a la orilla, el agua tocó mis pies y se me erizó todo el cuerpo. Estaba fría, MUY fría. Podría decir que eso era malo, pero todo lo contrario, adoraba el agua fría y hacía muchísimo tiempo que no entraba en el mar. Empecé a adentrarme, sintiendo como pequeñas olas rompían en mis piernas y pudiendo ver en todo momento mis pies debajo del mar de lo cristalina que estaba. Cuando me adentré lo suficiente, me sumergí totalmente, echándome el pelo hacia atrás. Busqué a Caleb con la mirada, para ver si había entrado corriendo, aún estaba a medio camino o aún estaba meditándose el entrar en la orilla.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Dom Jul 26, 2015 1:23 am

En verdad imaginarse a Abi con pareja era la cosa más rara del mundo. Casi absurda, en realidad. Fruncí el ceño al principio, pero luego me encongí de hombros.- La vida da giros inesperados. ¿Qué pasa si algún día encuentras al hombre de tu vida?- todo es posible en la vida.

Todo viaje en condiciones a una isla caribeña tenía una primera visita obligatoria: la playa. Me encantaba la playa, se podía hacer de todo en ella, y siempre disfrutaba. Aunque las playas abarrotadas eran estresantes porque estaban llenas de chiquillos que te tiraban arena encima y te golpeaban con la pelota y el sonido de las olas era enmudecido por los gritos de las viejas de pueblo que iban a ponerse negras, y el olor del mar estaba mezclado con el del picnic que se traían los de las tumbonas de la lado y la brisa fresca se tornaba caliente por culpa de los espetos de los chiringuitos. No, esas playas no me molaban, a mí me gustaba estar aquí, en el paraíso, sin un alma que me moleste y en compañía sólo de quién yo quiero y con un mar en calma y la brisa fresca y un día perfecto. ¿Qué más se podía pedir? Ya habría tiempo para fiestas y actividades más adelante.

-Seguro que acabas quemándote y me echas la culpa a mí- dije con una pequeña sonrisa en el rostro mientras nos acomodábamos en la cama balinesa a la que acabábamos de llegar.- Tú ten cuidado al sol, que por la noche preferiría irme de fiesta con una despampanante pelirroja, no con una langosta gigante- le guiñé el ojo antes de ir a por las piñas coladas. Cuando volví Abi ya se había encargado de embadurnarse a sí misma con crema cual tarta americana cubierta de crema de mantequilla.- Te has dejado un poco aquí- dije, quitándole con la mano que se había quedado libre tras darle su piña colada los excesos de crema de los hombros y de la punta de la nariz.

Abi comentó que estábamos en una peli de esas que hacen los Muggles en las que se ven escenas que te hacen pensar que tú jamás ibas a poder permitirte estar ahí.- Yo nunca he pesando eso, pero me hago una idea de lo que quieres decir- asentí con una sonrisa mientras me sentaba a su lado con mi piña colada, dándole sorbos y disfrutando de su sabor al contrario de lo que hacía con el whisky o el ron. Entrecerré los ojos y la miré con una falsa mirada acusadora cuando dijo aquello último.- Solamente me quieres por mi dinero- dije con falso tono dolido, escondiendo una leve sonrisa en la comisura de mi boca.- Seguro que sí mañana hago una mala apuesta y lo pierdo todo me darías una patada en el culo.

Después de echarle yo a ella la crema en la espalda tocaba que me la echase ella a mí, ya que no soy inmune a las quemaduras ni al cáncer de piel y prefiero continuar estando tan perfecto como hasta el momento y no convertirme en una langosta gigante macho para complementar a la langosta en la que probablemente se convertiría Abi dentro de unas horas si no tenía cuidado. Me quité la camiseta sin notar como la mirada de Abi me recorría de arriba abajo, y le di la crema para que me la pusiese en la espalda. Si ponía los brazos en posturas extrañas podría echarme la crema yo sólo, pero no valía la pena el esfuerzo cuando me la podía echar mi amiga perfectamente.

Me estremecí y siseé por lo bajo cuando me echó la crema directamente en la espalda, pues estaba fría. Odiaba las cosas frías cuando entraba en contacto con mi piel de repente, y eso que tengo sangre rusa y debería estar muy acostumbrado a frío... Pero en cuanto se puso a extenderla con un masaje la sensación mejoró y se hizo agradable. Tampoco me gustaba estar todo pringoso por culpa de la crema, pero peor era pelarse. Me dio un cosquilleo cuando tocó las cicatrices, pues eran zonas muy sensibles. Las marcas de una vida de lucha y guerra, una vida de violencia que yo mismo había escogido al igual que ella.

-Siempre hago ejercicio- dije cuando me preguntó que si había estado haciendo ejercicio. Siempre me ejercitaba en la mansión o corría en los terrenos para mantenerme en forma, pues de nada me servía estar escuálido durante una pelea.- Soy como el buen vino, mejoro con la edad- bromeé cuando me tocó los abdominales y dijo que esos antes no estaban ahí. Reí con lo que dijo después.- Abi, amore, ya sabes que a mí me gusta conseguir lo imposible. Alcanzaré un límite de la sensualidad nunca antes conocido por la humanidad- dije poniendo una exagerada expresión arrogante.

Después de guardar la crema y casi acabarse su piña colada (yo me bebí lo que quedaba de la mía de un trago) me ofreció ir a darnos un baño al mar, ya que me conocía muy bien y sabía que estaba deseando meterme.- Pues no te voy a decir que no- dije con una sonrisa, ya que me moría de ganas de tirarme al agua. Me quité las gafas de sol, dejando mis ojos al descubierto. Ya que el sol me daba de lleno en la cara y tenía los ojos muy claros, el efecto de la luz hacia que mis ojos pareciesen casi de color blanco.

Abi fue la primera en meterse al agua, a pesar de que el que se moría de ganas de meterse era yo. Caminé tranquilamente descalzo por la arena que no quemaba mientras observaba como Abi se metía en el agua. Lo hizo poco a poco hasta que se sumergió del todo. Pensé que el agua estaría buena, dada la velocidad con la que Abi se había metido en el agua y eso que las mujeres suelen tardar mucho en meterse al mar debido a la temperatura. Pero había olvidado que a Abi le gustaba el agua fría. Si ella hubiese naufragado en el Titanic y hubiese caído al agua habría sido feliz y habría nadado como si tal cosa a los botes en vez de morirse con el idiota de Jack.

-¡Ah, puta, qué fría!- exclamé cuando el agua tocó mis pies, y a punto estuve de retroceder. No me gustaba el agua fría, no. A mí me gustaba el agua caliente, cosa que en la época en la que Abi y yo todavía compartíamos baños juntos provocaba debates. Me quedé mirando al mar y a Abi, que me esperaba dentro en la parte en la que todavía hacía pie. Estuve meditándolo ahí durante un par de segundos, y al final pensé "a la mierda" y me metí rápido y de golpe hasta faltar hacia adelante y quedar completamente sumergido. Buceé hasta llegar a la parte donde estaba Abi. Yo era de esas personas raras que abrían los ojos bajo el agua del mar y se aguantaban el picor. Me puse de pie y salí a la superficie justo delante de Abi. Sacudí la cabeza para quitarme el agua y el pelo mojado de los ojos y entonces la miré. Ella apenas hacía pie donde estábamos, mientras que a mí me llegaba el agua muy por debajo del pecho. En estas playas había que alejarse mucho de la costa para llegar a un sitio de verdadera profundidad, pero tampoco era recomendable alejarse muchísimo. No había noticias de ataques de tiburones por aquellas playas, pero era mejor no tentar a la suerte.

-Con ese pelo seguro que alguien te confunde por la Sirenita, aunque con lo mala que eres deberías ser Úrsula- bromeé. Me imaginé entonces a Abi de dos formas: una con cola de pez cantando canciones románticas, y otra con tentáculos de pulpo en vez de piernas y... Mejor los tentáculos, en verdad.

Volví a sumergirme del todo en el agua y nadé rodeando a Abi hasta estar detrás de ella. La agarré por las piernas y la senté sobre mis hombros de repente, alzándola sin ningún esfuerzo sobre el agua cuando me puse de pie. Caminé con ella hasta una parte más profunda. Ya la soltaría después...

-¡Hey, mira!- señalé a unos metros de distancia de nosotros, donde había una tortuga marina nadando tranquilamente. A mis pies en la arena bajo en agua había muchísimos peces de colores llamativos y, algo más lejos, estrellas de mar. A lo lejos en el mar se veían los restos de un barco naufragado que sobresalía por la superficie y había permanecido ahí durante años.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Lun Jul 27, 2015 11:50 pm

El hombre de mi vida… Miré a Caleb de reojo, con la cabeza medio inclinada y una mirada fruto de la mezcla de la incredulidad y lo imposible. En mi vida sólo había tenido una relación medianamente seria. UNA. Y la verdad es que por muy “seria” que fuera, jamás vi a mi compañero como alguien decisivo. Por otra parte, he tenido relaciones esporádicas que han hecho que coja incluso más cariño al hombre que una relación seria. Caleb era el vivo ejemplo de este caso. Sí, empezamos siendo compañeros de trabajo, pero creo yo que no hubiéramos llegado a ser tan amigos si no hubieran habido todos esos encuentros sexuales entre ambos. Lo más parecido a un hombre con quien querer compartir era él y obviamente no estaba a ese tipo de alcance. ¿Era lógico que me entristeciera por eso? NO. Obvio que no era lógico. Pero el hecho de que Caleb se hubiera puesto en modo ñanga con aquella imbécil me tocaba las narices.

En tal caso, despiértame de lo absurdo. ¿Quieres? —le dije algo mordaz. No quería al “hombre de mi vida”, dijeran lo que dijeran. Nunca había sido fiel seguidora del amor; no iba a cambiar de parecer ahora.

Arrugué la nariz cuando me quitó un poco de crema de la punta y sonreí cuando me quitó el resto sobrante. Estaba claro que si me quemaba era sólo y exclusivamente porque el sol era más poderoso que mi protección, ya que yo tengo un horario biológico en dónde me recuerdo a mí misma que debo echarme crema cada ciertas horas. Eso sí, si me quemaba… obviamente le iba a echar la culpa a Caleb. Mía no sería por orgullo. Al sol no puedo pegarle y… Caleb se queda a dormir justo a mi lado. Perfecto para echarle la culpa. Sonreí cuando lo adivinó, con la pajita de la piña colada en la boca. Qué bien me conocía…

¿Ahora te das cuenta? El dinero es tu único atractivo —mentí descaradamente, con un guiño travieso y una sonrisa juguetona—. ¿Moreno buenorro de ojos azules de indudable encanto? Por favor… no ligarías nada si no fueras un Dankworth. ¿Aún no te lo había dicho? —añadí a la mentira, mirándole de arriba abajo con cierto desdén fingido—. Te daría tres patadas en el culo —alcé los dedos pulgar, índice y corazón, con una divertida sonrisa en el rostro, dando a entender que estaba de broma—. Está claro que con tu atractivo y sonrisa te ganas a cualquiera. Luego ya cuando ven que eres rico, es cuando se enamoran —admití, pues esa era la auténtica verdad.

Lo del buen vino no se lo iba a negar. Los hombres tenían esa capacidad ancestral de ser unos auténticos fetos en su adolescencia para luego empezar a mejorar. La barba, la madurez… Rara vez me había acostado con alguien más pequeño que yo. Aunque lo otro que dijo… El límite de sensualidad es impasable.

Estás muy bueno, pero no eres Dios —le di unos golpecitos en la espalda tras acabar su masaje—. Y sí, sé que siempre haces ejercicio. Te he visto, pero antes se te notaba mucho menos. Supongo que Alyss te obliga a estar más en forma… —dejé caer con diversión. Yo también hacía ejercicio, pero lo mínimo para mantenerme en forma. Que sí, que me había cansado subiendo los pisos hasta la habitación… Pero son fue de repente, todo el mundo se cansaría.

Me terminé la piña colada, que estaba riquísima y fresca y me dirigí directamente al agua. Normalmente había que esperar media hora para que la crema impregne en la piel pero no había que preocuparse. ¡No había que preocuparse! Mi crema era especial y era mucho más rápida que las convencionales. Soy blanca desde que tengo uso de razón, siempre he velado por mi máxima comodidad en la playa teniendo en cuenta que me tengo que echar crema cada dos por tres. No me costó lo más mínimo entrar al mar ya que yo era un animal de frío. Adoraba el frío, pero luego prefería la ropa de calor. Sí, son sentimientos encontrados. Entré la primera y esperé a que Caleb entrase. Al principio se vio algo DUDOSO, sobre todo con ese grito que pegó, insultando al mar. Pero luego, como buen hombretón, entró corriendo. ¿Sabíais que entrar corriendo, hayas comido o no, es malo para el cuerpo? Un cambio repentino de temperatura puede hacer que te de un chungo en el cuerpo. ¿El qué? No sé. Pero yo me lo creo.

La sirenita me tendría envidia —le guiño un ojo— Y ya Úrsula ni te digo. ¿Robar voces? Por favor, de malvada hacia arriba —fruncí el ceño por el sol que me daba de lleno y me tiré hacia atrás en el agua, observando el cielo totalmente azul.

Estaba en el momento perfecto. Ese momento de ZEN, de puro equilibrio tanto físico como emocional. No obstante, un Caleb apareció por debajo de mí, asustándome (ya que desde que Desmond murió por tiburón, como que le tengo más respeto) y haciendo que me pusiera de pie. Él me cogió en sus hombros y yo evidentemente me dejé. No pesaba absolutamente nada, por lo que cogerme bajo el agua y alzarme debía de ser como levantar una pesa para Caleb. En realidad… si lo pensábamos, creo que es la primera vez que alguien me alza en sus hombros. Increíble… y tengo 28 años. Se nota que mis padres no proferían demasiado cariño a su primogénita.

¡WOW, UNA TORTUGA MARINA! —grité falsamente emocionada, ya que en realidad las tortugas me parecían ABURRIDAS. Las marinas por lo menos parecían hiperactivas con eso de nadar—. Increíble. Puff. Es como ver a un dinosaurio —me puse a aplaudir irónicamente, para luego bajar mis manos a la cabeza de Caleb y despeinarlo. Luego me di cuenta de que a lo lejos habían restos de un barco naufrago. Eso sí me parecía incluso más interesante que los peces y las estrellas de mar. Si había de eso, seguro que también había erizos… Llamadme paranóica, pero a mí el fondo del mar me daba mal rollo—. ¿Cuánto tiempo llevará ese barco ahí? —pregunté, ayudándole a quitarse los pelos que yo mismo le había puesto delante de los ojos, para luego medio abrazarle la cabeza. Abrazar cabezas es muy digno—. Eh, MIRA ESO —Y, muy lejos, tan lejos que el barco lo veía del tamaño de mi pulgar, había un yate. Podría haber sido un yate normal y corriente, pero no. Desde allí pude alcanzar a ver cómo había gente tirándose del yate al mar y bailando y bebiendo y… Bueno, eso último lo he dado por hecho pues tampoco tengo vista de águila. Tiré levemente del pelo a Caleb—. Quiero eso. Quiero ir en un yate. Caleb, ¿vamos en un yate? ¿Eres lo suficientemente millonario como para alquilar un yate? Anda, anda, para qué quiero un amigo millonario si no me lleva en yate… —dije eso último a punto de partirme.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Sáb Ago 08, 2015 1:08 am

Abi es una de mis mejores amigas... No, qué digo yo, es mi MEJOR amiga, y sabía perfectamente que no me aguantaba por mi dinero como hacían el resto de sanguijuelas a las que conozco, pero era inevitable bromear sobre ello de vez en cuando. A Abi le gustaban las comodidades, claro está, y los lujos, pero si eso fuese todo lo que quiere ya me habría desplomado muchísimo en todos los años que nos hemos conocido... Y más que me habría desplomado cuando éramos amantes, pues de mí se puede decir de todo menos que no soy generoso. Pero no había sido el caso.- Repíteme lo de buenorro, esa parte me gusta- dije con una sonrisa ladeada muy pícara. Escuchar aquello era bueno para mi ego.- Bueno, hay excepciones, no tengo el mismo efecto en todas. Tú me asaltaste salvajemente, pero no te enamoraste de mí- varias de mis amantes habían acabado enamoradas de mí, y eso había llevado a situaciones incómodas en las que había acabado recibiendo mil bofetadas en la cara, pero Abi siempre había tenido los pies muy puestos en la tierra y de ella no había recibido más que una de las dos amistades más fantásticas que he tenido en toda mi vida.

Abi daba buenos masajes. A punto estuve de dormirme de gusto mientras me masajeaba la espalda con crema. Menos mal que no estaba tumbado, pues habría acabado tan relajado que seguro habría cerrado los ojos y habría desconectado.- Ya sé que no soy Dios, pero tienes razón, es imposible estar más bueno de lo que estoy- dije con descaro.- Me alegra que te hayas dado cuenta del cambio, veo que ha servido para algo... Y no, Alyss no me obliga a estar en forma. Pero sí que hacemos mucho ejercicio...- murmuré por lo bajo, de nuevo con una sonrisa pícara en el rostro. El sexo era el mejor ejercicio del mundo, aunque con el tema del embarazo era mejor no pasarse para que no hubiese ningún accidente.

Parecíamos dos niños pequeños en el mar, haciendo un poco el idiota. Pero sólo un poco. Yo la senté sobre mis hombros y paseaba con ella por el mar, disfrutando del agua y de las vistas y del hermoso día.- Bueno, quería robar el arma que la convertiría en diosa del océano, no se yo Abi pero creo que tú nunca llegarías a un nivel tan profesional- bromeé cuando se metió un poco con Úrsula. Malditas películas de Disney... A mi sobrina siempre le gustaron, ¿y quién fue el tío pringado que se las tuvo que tragar todas con ella? Pues yo. De todas las pelis que había le tenía especial asco a Scar del Rey León por matar a su propio hermano.

La pobre tortuga marina no impresionó mucho a Abi.- Aquí el único dinosaurio que hay lo tengo sobre los hombros- dije agarrando su pierna con una mano y pellizcando le suavemente el muslo.- ¿Qué pasa, no tienes una niña interior? Pobre tortuga, tía, se siente rechazada- bromeé mientras sonreía. Quién nos viera ahora... Abi McDowell y Caleb Dankworth, respetados miembros de la sociedad mágica, temibles mortífagos con un listado gigante de crímenes a nuestro nombre, y estábamos aquí en la playa del Caribe "discutiendo" sobre tortugas marinas. Abi me despeinó e hice una mueca. Descendí rápidamente con ella todavía sentada en mis hombros para sumergir mi cabeza y apartarme el pelo de la cara, y volví a ponerme de pie rápidamente otra vez, meneando mucho a Abi en el proceso.

La llamó entonces un yate.- ¡WOW, UN YATE!- exclamé con el mismo tono irónico que ella había empleado antes para burlarse de mí y de la pobre tortuga.- Abi, soy lo suficientemente millonario para como para comprar varios yates y seguir siendo muy rico- dije cuando me preguntó si podía permitirme alquilar uno. Alquilarlos no costaba tanto (bueno, a mí no me costaba nada, pero se entiende).- Miraré si tienen alguno disponible... Pero sólo si me lo pides por favor y eres muy pero que muy buena conmigo- dije en plan travieso. Estaba bromeando, obviamente. Ya había decidido que sí que iba a llevar a Abi a un yate, pero a uno enorme en el que sólo estuviésemos nosotros dos, y no que tuviésemos que compartir el día con un montón de otras personas como a veces pasaba para que fuese más barato.

-¿Has estado comiendo mucho chocolate? Pesas- dije con tono aparentemente serio pero actitud bromista a la vez que agarraba a Abi de las piernas y la eché hacía atrás, haciéndola dar una especie de voltereta y caer al agua a mi espalda.

Pasamos mucho tiempo en el agua haciendo el ganso, salimos a la orilla de nuevo, nos tumbamos a tomar el sol, nos volvimos a embadurnar de crema más veces, nada nos de nuevo, paseamos... Estuvimos en la playa hasta las siete, disfrutando de aquel día de vacaciones en el paraíso. Cuando llegó la hora de irse recogimos, devolvimos las toallas y me dieron las tarjetas de vuelta y regresamos a nuestra villa. Teníamos que arreglarnos para salir de fiesta tropical a la hora de cenar, pues los restaurantes del resort siempre tenían shows y fiestas y bailes y más tarde había fiesta hasta horas indecentes. Quedamos en que yo entrase primero a la ducha, y así lo hice. Me dejé toda la ropa fuera, así que después de dejar la ducha libre para que se metiese Abi en ella salí al cuarto con sólo una toalla puesta alrededor de la cintura.

-No tardes mil horas que ya sé como sois las mujeres- dije mientras ella se encerraba en el baño. Cuando escuché que caía el agua de la ducha supuse que Abi no iba a volver a salir del baño en un rato, así que me quité la toalla y la dejé caer al suelo u busqué mi ropa. Ropa interior, vaqueros oscuros casuales de salir por la noche, una camisa blanca casual... Perfecto. Me paseé con el culo al aire por la habitación cogiendo aquellas prendas del armario y los cajones donde estaban guardados. Me miré en el espejo de cuerpo entero antes de vestirme para ver que no me hubiese quemado, y comprobé que no, sino que ya tenía un poco de marca de moreno.
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