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Welcome to Paradise. {Abi McDowell} [Flashback]

Caleb Dankworth el Vie Jul 03, 2015 11:43 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Adoraba mi vida, sobre todo ahora que me estaba tratando muy bien. Y adoraba mi trabajo. Siempre me había gustado mi trabajo, el sueldo era bueno y desmemorizar era divertido, pero en estos últimos tiempos aguantar a mi jefe había sido un verdadero suplicio. Era un imbécil y había planeado mil maneras distintas de matarle, sobre todo después del incidente con la poción, pero me abstuve. Pero sin embargo, cuando el banco me había pasado una factura espantosa por un viaje a España que no había hecho yo y me di cuenta de que había sido Desmond, juré matarlo. Aquel viaje no le hacía ningún daño a mi cuenta corriente, pero joder, se había pasado mil pueblos. Planeaba secuestrarle y torturarle y descuartizarle y hacer salchichas con él y dárselas de comer al perro de Alyss, a ver si así de una vez le caigo bien, cuando recibí la noticia de que otro bicho ya se había comido a mi jefe. ¡Un tiburón! Fui tan feliz al recibir aquella noticia que es prácticamente un milagro que mi Patronus no haya cambiado de forma de buitre a tiburón. Lo que sí que hice fue un muy generoso donativo a una asociación que se dedicaba a proteger a aquellos animales en peligro de extinción. ¡Alabados sean!

Así que yo había sido ascendido y ahora era el jefe. Mis empleados estaban mucho más contentos conmigo que con Desmond, pues aunque yo tenía mis días poco simpáticos de vez en cuando, al menos era un trabajador competente. Seguía realizando muchas de las mismas funciones que antes, pero ahora mandaba yo y tenía más responsabilidad y a la vez más beneficios. Los beneficios económicos no me impresionaban mucho, pero el aumento de mis vacaciones sí que lo hacía.

Tenía unas cuantas semanas libres y quería aprovecharlas antes de que Zack acabase el curso y volviese de Hogwarts. Pensaba que Alyss tal vez podría coger vacaciones, pues aunque no le tocaban su jefe es mi mejor amigo y siempre podía pedirle un favor. Pero cuando hablé con ella me encontré con que tenía que marcharse un par de semanas a una convención internacional de Inefables en Japón. Se iban todos los Inefables del mundo allí a presentar sus proyectos y sus descubrimientos. Yo pensé que iba a ir con ella, pero dado que el trabajo de los Inefables era tan secreto y nadie podía saber nada sobre él, a mí no se me permitía ir. Iba a estar medio mes más sólo que la una en mi mansión, pensando las vacaciones mirando al techo...

¿Pues sabéis qué? Que no le da la gana.

Hice planes. Bueno, planes no, planazos. Reservé un viaje, pagué dos semanas en un hotel, hice todo el papeleo en el Departamento de Transportes Mágicos, miré que actividades había en el lugar al que me iba a llegar a vivir la vida... Y no reparé en gastos para nada. Ni una sola vez miré el saldo de mi cuenta bancaria. Aquello me encantaba.

Llegó el día en que Alyss se fue, dejándome más sólo que la una en Londres, pero yo no iba a quejarme. No, yo me iba de vacaciones como Dios manda. Hice mis maletas, pero en vez de llevar un montonazo de equipaje lo que hice fue coger una pequeña maleta y hacerle un hechizo para que cupiese absolutamente de todo dentro de ella son problemas, y cuando tuve todo listo le día órdenes al servicio para que tuviesen mi casa en orden y que no dejasen entrar a absolutamente nadie, y me desaparecí de allí.

Me aparecí en una calle cerca del edificio donde vivía Abi. Caminé hacia allí tan contento, vestido de una manera completamente casual con manga corta, definitivamente para un clima más cálido que el de Londres. Llegué al edificio de Abi con mi pequeña maleta llena de cosas, entré en el portal a la vez que un joven con pinta de universitario que se extrañó al verme allí, y subí las escaleras hasta llegar al piso de Abi. Llamé al timbre de la puerta y esperé a que me abriese. Sabía que ella estaba de vacaciones y que no tenía absolutamente nada que hacer, pues se había estado quejando de ello hacía unos días. Si fuese de noche me iría a buscarla por los bares de Londres, pero dudaba que se hubiese ido de marcha a la una de la tarde.

Sí que estaba en casa, y me abrió la puerta. Antes de que me dijese nada la miré pícaramente a través de mis gafas de sol. Estaba apoyado contra la pared al lado de su puerta con pose completamente despreocupada, con las piernas y los brazos cruzados. La sonreí mientras movía el brazo y le enseñaba el traslador que me habían dado en el Ministerio. Todavía no estaba activo, pero lo estaría luego.

-Haz las maletas preciosa, nos vamos de viaje- dije con tono tan pícaro y alegre como mi mirada y mi sonrisa. Espero que no haya hecho ya otros planes, aunque seguro que los míos eran mejores.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Caleb Dankworth el Dom Dic 20, 2015 11:54 pm

Abi no era nada maternal, por lo que me parecía muy divertido que ahora fuse legalmente la madrastra de un niño de once años, aunque fuese a ser por poco tiempo. Aunque bueno, que Abi sea poco maternal ahora no significa que no lo pueda ser en un futuro, por improbable que parezca. La vida siempre da muchas vueltas y sorprende a la gente de las maneras más inesperadas.- Fue una edad difícil, pero se portó bien, aunque era un trasto- dije cuando me preguntó si lo había pasado mal cuando Zack había tenido la misma edad que el hijo de Apolo.- ¡Menos mal que la mayoría de las travesuras las hacía en Hogwarts! Pero la verdad es que me lo pasé muy bien cuando tuvo esa edad, es una experiencia muy bonita criar a un hijo en todas las etapas de su vida…- murmuré con una ligera sonrisa en los labios. Me puse un poco tenso cuando Abi me preguntó que si volvería a tener otro hijo en el futuro, porque claramente ella se refería al futuro como “dentro de años”, y no en cinco meses, que es cuando nacería el bebé que ella no sabía que venía en camino.

“Díselo. ¿A qué esperas? No es tan difícil, ¿por qué te cuesta tanto?” oí que decía una voz en mi interior, mi propio Pepito Grillo.

-- dije simplemente, y con tono muy convincente. Me reí por lo bajo cuando me dijo lo del equipo de Quidditch.- Uff, de eso no estoy ya tan seguro. Que tenga hijos mi Sylvan, que es el único de los tres que aún no tiene, y ya entre los primos forman el equipo.

El día era perfecto y estaba de humor para hacer literalmente cualquier cosa, por lo que le pregunté a Abi qué le apetecía. Lo que ella quisiese se haría, y como lo que quería era estar ahí tranquila haciendo el vago y disfrutando bajo el sol ahí nos quedamos tumbados, disfrutando de la relajante calma del Caribe.


Los días pasaron casi sin descanso. En resumen, fueron unas de las mejores vacaciones que había tenido en mucho tiempo, pues estaba tanto en un lugar genial como con compañía buenísima. Abi sabía perfectamente como divertirse, y todos los días los disfrutábamos al máximo. Puede que en algún momento le diésemos algo de trabajo a los desmemorizadores del Ministerio de Magia dominicano, pero no nos importó mucho porque nosotros no tuvimos ningún problema. Fueron unas vacaciones libres de preocupaciones y de obligaciones en las que lo único que hicimos fue ir de fiesta en fiesta, visitar todos los rincones de la isla que nos daba la gana, pasarnos los días en el mar… La gran vida, como debe ser.

La cruda realidad es que todo tiene que llegar a su fin. Después de dos semanas de estar casi literalmente en el paraíso llegó nuestro último día en Punta Cana, y había que pasarlo en grande. Con mucho gusto pagaría por otras dos semanas en el hotel y pospondría nuestro viaje de regreso a Londres, pero tanto Abi como yo teníamos obligaciones en el trabajo y en nuestras vidas en general y no podíamos ausentarnos por más tiempo. Era una pena, pero al menos esas dos semanas habían dado para mucho y por la noche nos despediríamos por todo lo alto.

Nuestra última noche coincidió con una fiesta latina organizada por el hotel en la playa, y obviamente no podíamos faltar. ¿Qué mejor manera había de despedirse de las vacaciones que con fiesta, baile, música y alcohol?

Como no, yo me puse a beber inmediatamente. Había bebidas de todos los sabores y de todos los colores, y todas con altos niveles de alcohol. A la gente de a nuestro alrededor se le notaba perfectamente que ya estaba más que contenta. Y justo después de ponerme a beber me puse a bailar. Había una plataforma en la que la gente se estaba subiendo a bailar para animar más la fiesta y a los que estaban en la arena, y yo me uní a ellos moviendo las caderas de esa manera tan experta que tengo yo mientras que en la mano sostenía una copa con una bebida azul que no sabía exactamente qué era pero que te hacía ver todos los colores del arcoíris cuando la probabas, y la otra mano la tenía sobre la cintura de una mulata que bailaba al mismo ritmo que yo. Solo bailamos, nada más, aunque ella tenía una expresión insinuante. Todo el mundo en la fiesta la tenía, ya que el buen humor ponía así a la gente.

-Una mordidita, una mordidita, una mordidita, de tu boquita...- me puse a cantar a la vez que la canción.

Había perdido de vista a Abi durante un segundo, pero cuando me di cuenta e bajé de la plataforma y tras dos segundos mirando a mi alrededor la encontré y corrí hacia ella por la arena. Abi tenía dos cocos en la mano, y me tendió uno de ellos para que bebiese. La copa de mi mano ya estaba vacía así que la tiré por ahí sin molestarme en ver dónde caía, y cogí el coco que me ofrecía Abi con una sonrisa en los labios y brindé con ella.

-Por el fin de unas vacaciones inolvidables- dije después de ella, y bebí. Era muy refrescante.- Gracias a ti por haber venido conmigo. ¿Qué habría hecho yo aquí, sólo y aburrido, sin mi malvada pelirroja favorita?

Cuando terminé de beberme el contenido del coco lo dejé en la bandeja vacía de un camarero que pasó justo a nuestro lado, y cogí de la mano a Abi y tiré de ella como si fuese un niño pequeño eufórico con muchas ganas de jugar en el patio.

-¡Ven, baila conmigo!

Habíamos estado solamente dos semanas en Punta Cana, pero Abi y yo éramos ya casi una leyenda del hotel en términos de pareja de baile. No había dos mejores en todo el lugar, y quien dijese lo contrario era un vil y vulgar mentiroso. Había una hoguera enorme en la playa, alrededor de la cual la gente estaba bailando al ritmo de la movidita y pegadiza música que sonaba a todo volumen por la playa. Por ahí también se estaban sirviendo bebidas, y Abi y yo no nos abstuvimos de probar todo tipo de bebidas de vivos colores y explosivos sabores que nos ofrecían los camareros. El alcohol primero me hizo ver fuegos artificiales imaginarios mientras bailábamos en una conga alrededor de la hoguera, pero luego los fuegos artificiales fueron de verdad e iluminaron todo el cielo.

-Parece que se están despidiendo de nosotros a propósito con un gran ‘adiós’- le comenté a Abi mientras miraba los fuegos artificiales.

La conga se disolvió y cada persona se puso a bailar con quien quiso. El estilo de la música que sonaba cambiaba cada pocos minutos pero daba igual, Abi y yo podíamos bailarlo todo sin parar. Pasaron las horas se hizo de madrugada, y tanta fiesta y baile y sobre todo alcohol acabó por hacernos caer de culo a la arena de la playa entre risas. Ya no tenía ni idea de cuántas copas me había tomado, pero estaba claro que me habían afectado bastante porque veía las cosas multicolores.

-Creo que deberíamos ir tirando para la habitación...- comenté con expresión todavía sonriente (era incapaz de borrarme la sonrisa de la cara). No me gustaba ser responsable, pero si seguía de juerga no iba a poder mover el culo para coger el traslador a la hora que no iba a llevar de vuelta a Londres, y no sé si Abi tendrá algo que hacer. Espero que no, porque íbamos a acabar para el arrastre.

Como buenamente pudimos nos levantamos de la arena y nos despedimos de la playa de Punta Cana y del mar caribeño, y nos pusimos rumbo a la habitación. Subir las escaleras iba a ser difícil, así que tras asegurarnos de que no nos veía nadie nos desaparecimos y aparecimos dentro. Aparecimos justo al lado de la cama, y con el brusco movimiento de la aparición ambos perdimos el equilibrio y caímos sobre la cama que habíamos estado compartiendo sin hacer nada durante dos semanas. Yo caí primero y de espaldas, y Abi había caído sobre mí con mis brazos a su alrededor.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Lun Dic 21, 2015 2:14 am

Había que admitirlo, seré su pelirroja favorita, pero en aquellas vacaciones había dejado toda mi malicia en Londres. Por mucho que me encantara, durante aquellas dos semanas en Punta Cana, nos dedicamos absoluta y expresamente a nosotros. Y, por suerte, ni él ni yo fuimos llamados por el Señor Tenebroso. Imagínate que nos hubiera llamado mientras estábamos aquí. ¿Alguien se imagina su cara si nos ve a Caleb y a mí, en bañador, con sombreros hawaianos y borrachos en la Mansión Riddle? Yo no me lo imagino. Ni quiero imaginármelo.

Era el último día, algo que en parte me alegraba y en parte me apenaba. El hecho de irme otra vez a Londres no me gustaba, sobre todo después de acostumbrarme a la maravilla de no hacer nada. Por suerte sabía que una vez llegase a Londres y pisara el Ministerio, esa patología obsesiva compulsiva que tenía yo por mi trabajo, volvería sin problema alguno y hasta me gustaría respirar el cerrado aroma del Ministerio de Magia. Por otra parte, me alegraba irme por el simple hecho de que volviendo a una estado normal, Caleb y yo pasaríamos menos tiempo juntos y, como ahora ya no podía tener esa imperiosa necesidad de acosarlo en su despacho para tirármelo sobre su mesa, nos alejaríamos un poco. Sobre todo por mí, porque quería intentar ordenar mis ideas y estaba claro que con Caleb tan cerca era algo muy difícil. Aunque lo he conseguido, después de todo dos semanas con él no han conseguido que intente nada.

Así que siendo aquel el último día, no nos cortamos ni un pelo en apuntarnos a todo lo que se nos ponía delante. Nos pegamos horas bailando (y cuando digo horas, son horas de verdad), mientras bebíamos y recorríamos cada recoveco de aquel lugar que, en realidad, no era tan grande. No sé cuántos estilos de música pusieron, pero lo cierto es que si no sabía bailar alguno, no importaba, improvisamos hasta lo nuevo. Todos los trabajadores y los turistas que habían coincidido estas dos semanas con nosotros, ya nos conocían por ser unos expertos bailarines y, como no, unos borrachos de mierda. Noche que íbamos, noche que terminábamos tirados en el suelo.

Y hoy no fue diferente… ya caída la noche, muy de noche, ambos terminamos tirados casi en la orilla del mar sentados después de admirar al cielo a unos fuegos artificiales que, posiblemente, eran los mejores que había visto en mucho tiempo. Claro que estaba muy borracha y probablemente ahora mismo mis expectativas fueran mucho más impresionantes que lo que realmente eran. Pero la cuestión es que para mi realidad ebria, aquello era espectacular.

¿Seguro? ¿100%? —pregunté con un deje de lo más ebrio—No quiero irme, si nos vamos a la habitación, nos quedaremos dormidos y mañana ya nos iremos —añadí asqueada, pues no me gustaba nada de nada la idea—Aguafiestas…

Eso último lo dije por lo bajo, mirándole divertida con un gesto fingidamente enfadado. Dando eses pero ayudándonos mutuamente a no chocarnos con nadie, nos fuimos de la fiesta directamente hacia nuestra habitación. El camino se hizo más largo de lo que era, ya que nos parábamos en cada metro para plantearnos la opción de quedarnos más tiempo o comprar un puto giratiempos con el que volver un par de días hacia atrás. Cuando estábamos llegando a la peor parte, yo sujeta del brazo de Caleb como si fuéramos una pareja que acaba de venir de la fiesta de sus vidas, le dije que no me veía capaz de subir esas escaleras. No me jodas, joder, si no las subo estando sobria, imagínate borracha.

Entonces nos escondemos y, cuando nos cercioramos de que no nos veía nadie, nos desaparecimos hacia la habitación. Entre que estábamos escondidos en medio de unos arbustos sin mucho equilibrio y que al llegar a la habitación no aparecimos en el mejor lugar, ambos caímos sobre la cama. ¿Lo peor? No caímos los dos sobre la cama. Él cayó sobre la cama y yo caí sobre él. ¿Y lo peor de lo peor? Joder, lo peor de lo peor eran esos ojos azules, esos labios brillantes por el alcohol, esas mejillas sonrojadas y, joder, esa puta sonrisa. Debería haber subido las jodidas escaleras andando. Si hubiera subido las escaleras andando, nada de lo que estaba a punto de pasar hubiera pasado.

Me quedé mirándole por unos segundos a los ojos, como si mi mente estuviera pensando en lo muy inoportuno e irrespetuoso que sería besar a tu amigo con pareja y mi subconsciente me lo estuviera haciendo dudar. Sin embargo, por mi mente no estaba pasando eso. Solo estaba pasando una cosa: que NECESITABA besarlo.

Sin decir ni una palabra, reduje la poca distancia que quedaba entre nosotros y le besé. No le di un pico, ni rocé con delicadeza nuestros labios, no. Le besé con lujuria, con esa pasión retenida por más de dos semanas, con esa necesidad de haberlo anhelado. Dejé que mis esfuerzos por reprimir mis emociones desaparecieran por completo y simplemente me desinhibi. Si no lo había hecho antes era por respeto a su decisión, pero acababa de quedar bien claro que no sé respetar ni la decisión de mi amigo y que, después de todo, solo soy una egoísta que piensa por sí sola; por lo que necesita y quiere. No por lo que quiere aquel hombre al que estoy besando, que claramente no soy yo. Volví el beso húmedo y pasional, esos besos que te cortan la respiración y que te hacen querer más.

Me dejé llevar y apoyé una de mis manos al lado de su cabeza, la otra, que estaba sujeta a la de él (debido a que nos la dimos para desaparecernos juntos), la apreté con fuerza mientras la subía lentamente por toda la cama hacia la misma altura que la otra. Estaba siendo totalmente inconsciente, pero la parte más consciente de mí era aquella que me había animado a dar el paso, por lo que en vez de parar al darme cuenta de lo que estaba haciendo (algo que una buena persona hubiera hecho al estar metiendo a su amigo en un aprieto), dejo que eso sea elección de él. Yo, simplemente, intento caldear el ambiente porque es lo que mi cuerpo me pide. ¿Aún puede dejar a Alyss, no?
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Lun Dic 21, 2015 12:57 pm

El alcohol, la euforia de la fiesta, y la proximidad de nuestros cuerpos tras perder el equilibrio y caer en la cama desencadenaron el desastre, porque desencadenaron la pasión.

No había pasado absolutamente nada entre nosotros en las dos semanas que habíamos estado de vacaciones. Simplemente habíamos sido dos amigos que estaban pasándoselo estupendísimamente juntos de vacaciones, pero ni el hecho de haber estado compartiendo la misma cama por culpa del error de los del hotel al poner la habitación habían hecho que la cosa pasase a mayores. Sin embargo en nuestra última noche la barrera se desmoronó, y Abi fue la primera en atacar, por así decirlo. Me besó con una fuerza explosiva, con toda la pasión contenida de no solo semanas, sino de meses. Sus labios sabían a fresa y a alcohol y eran intoxicantes de la manera más exquisita del mundo.

En cualquier otro momento la hubiese apartado, si hubiese estado en mis cinco sentidos. Incluso estando ebrio solía tener control sobre mí mismo, y aunque Abi me había vuelto siempre loco y no voy a mentir, todavía me volvía loco, yo estaba con Alyss y jamás habría querido serle infiel. Pero hoy no solamente estaba ebrio, sino que parecía que me había bebido casi todo el alcohol de media isla y perdí el control. Mi mente quedó espesamente nublada y ni se me pasó por la cabeza la idea de apartar a Abi. En cuanto sus labios rozaron los míos le devolví el beso con la misma pasión con la que ella me estaba besando a mí, olvidándome del mundo y de mi vida en Londres durante unos instantes de puro éxtasis.

Le seguí el beso a Abi mientras ella continuaba sobre mí, guiando el beso. Yo solía dominar, pero siempre me había encantado cuando ella dominaba. La habitación se llenó con el sonido de nuestros besos y de nuestras respiraciones entrecortadas, y poco después con el sonido de tela rasgada cuando Abi literalmente me arrancó la camisa. Me incorporé un poco para quitarme las mangas y la camisa, ahora inservible, fue a parar al suelo. Rodeé a Abi con mis brazos entonces y la empujé para que cayese de espaldas sobre la cama y me coloqué yo encima entonces, y volví a besarla mientras mis manos recorrían su cuerpo como no lo hacían en meses. Besé sus labios con deseo, y luego mi boca se deslizó por su mandícula hasta llegar a su cuello. La nube multicolor que nublaba mi mente parecía hacerse cada vez más espesa, impidiendo que los pensamientos fluyesen con propiedad, y la nube crecía cada vez más con cada roce de mis labios y de mis manos con la piel de Abi. Besé su cuello mientras una de mis manos acariciaba su pierna descubierta e iba subiendo por su muslo hasta llegar al borde de su vestido.

Mis labios volvieron a su boca y la besé casi con ferocidad. Estaba a punto de perder el control por completo, lo notaba en mi propio cuerpo que parecía estar ardiendo y en el ambiente a nuestro alrededor. Mi mano comenzó a subir el vestido de Abi…

“¡¿Pero qué coño estás haciendo IDIOTA?!” gritó histérica y enfurecida la voz de mi conciencia, que había logrado abrirse paso a través de la espesa niebla que había creado el alcohol en mi mente y que me había impedido pensar hasta el momento.

Aquel mínimo momento de cordura fue todo lo que necesité para darme cuenta por fin de lo que estaba pasando. Estaba besando a Abi. Estaba a punto de serle infiel a Alyss, mi novia.

-No- dije en alto de repente, apartándome de Abi bruscamente. Me incorporé y me quité de encima de ella, quedando sentado a su lado en la cama. Respiré profundamente y de manera agitada mientras me cubría el rostro con las manos e intentaba recuperar la calma y me maldecía a mí mismo a gritos mentalmente. La cabeza me daba mil vueltas y de repente estaba mareadísimo. Joder, había sido estúpido, ¡estupidísimo! ¿En qué coño estaba pensando? En nada, claramente. Había estado a punto de dejar que un calentón lo estropease todo. Daba igual que a Alyss y a mí nos separase medio mundo ahora mismo, el respeto se habría roto, y la confianza. No podía perder a Alyss otra vez, no ahora. No solo me había costado muchísimo recuperarla, sino que si la perdía estaría perdiendo mucho más que a ella. Estaría perdiendo también a mi nuevo hijo o hija, se lo llevaría…- No puedo… No puedo.

Respiré profundamente varias veces más hasta que se me pasó un poco el mareo y el dolor de cabeza que me había comenzado de repente, y cuando sentí que ya estaba un poco más en mis cabales suspiré y me quité las manos de la cara, y miré a Abi a la cara.

-Alyss está embarazada- dije de repente. Tendría que habérselo dicho hace semanas, no sé por qué me lo he callado. ¿Y por qué se lo estoy haciendo saber ahora? Para que sepa que no solo estoy cortando lo que acababa de pasar porque me negaba a serle infiel a Alyss, sino porque me negaba a la posibilidad de perder a mi hijo por ceder a la pasión del momento.
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Abigail T. McDowell el Lun Dic 21, 2015 11:13 pm

Podría haberme esperado perfectamente una negación por su parte, pero por un momento tuve la sensación de que él quería exactamente lo mismo que yo. Sus labios me habían respondido con la misma pasión con la que le había besado y esa chispilla de esperanza apareció de repente en mi cuerpo. A lo mejor así se da cuenta de que prefiere estar sin Alyss, a lo mejor se da cuenta de que prefiere volver a la soltería en busca de una chica… diferente. Sobre todo me lo demostró cuando sus manos parecían estar disfrutando de tocar nuevamente todo mi cuerpo, casi tanto como yo por tocar el de él. Era algo inevitable: sería mi amigo, pero mi cuerpo no olvida que ha sido y es mi amante favorito.

Me creo de verdad que aquello no va a terminar y mi cuerpo empieza a calentarse con cada roce de su piel, de sus labios y de sus manos. Y es que solo él sabía besarme y tocarme de esa manera que me hiciera estremecer. Casi por necesidad sujeté la parte de arriba de su camisa, arrancándosela sin una pizca de delicadeza para volver a tocar el torso que, después de verlo estas dos semanas, no había podido tocar. Tras quitársela, cambió las tornas y di por hecho que si no había dicho nada, es porque no quería parar. Su mano subió por mi pierna mientras subía mi vestido con ella y… estaba segura que esa mano tenía un efecto sobre mí que nadie más tenía. Me besó con tanta entrega que de verdad creía que aquello iba a llegar al final.

Pero no.

De un movimiento totalmente de improvisto y rápido, se separó de mí y se puso de pie, diciendo que no. Me llevé las manos a la cara y me tapé el rostro entero, pensando que le había cagado bien cagada. Me senté sobre la cama, notando como estaba tan caliente como decepcionada. ¿Debía insistir? ¿No, verdad? Sería éticamente incorrecto.

No sabía qué decir, ya que realmente si podía pero no quería y y no era quién para juzgar, en voz alta y a mi mejor amigo, con quién quería estar. Sin embargo, cuando me dijo que Alyss estaba embarazada, aquella chispita de esperanza que se me encendió con su beso, se convirtió en un trozo de cristal que se rompió por completo en mi interior. Desapareció la chispa y, obviamente, yo me cabreé. Estaba borracha, pero no era gilipollas. ¿Cuándo cojones se había enterado de que Alyss estaba embarazada y por qué cojones no me lo había dicho?

¿Que Alyss está embarazada? —repetí, sabiendo perfectamente lo que había dicho—¿Y cuándo tenías pensado decírmelo? —añadí, pues que yo supiera el embarazo no era algo que se contara por carta o teléfono, por lo que seguramente ya lo supiera antes de venir de vacaciones. Y, joder, no sé, eso es puta información relevante, ¿no es lógico contárselo a personas que supuestamente son cercanas? Quería decirle muchísimas cosas, pero la verdad es que no me salió nada. Simplemente le miraba con el ceño fruncido, de una clara mala hostia.

Ahora sí que sentía un vacío tremendo. Esa decepción interior mezclada con una tristeza que muy rara vez me había dado, había sido como un bofetón de realidad. ¿Lo había perdido para siempre, no? Podía haber competido contra Alyss, ¿pero contra dos? ¿Un nuevo hijo? Sabiendo como era Caleb, aquello podría ser un enfrentamiento que ni tuviera principio. Seríamos buenos amigos, pero ya está. Yo jamás había sido una opción y, finalmente, estoy en una posición en la que nunca me imaginé estar de manera fija en la vida de Caleb. ¿Solo… amigos? ¿Realmente quería ser una opción para él?

Relajé el gesto por mis propios pensamientos y tragué saliva solo de imaginarme a mí teniendo que ir a su casa por compromiso y verle con su nueva pareja y su nuevo hijo. Era una imagen que no me gustaba lo más mínimo. Ni por él, ni por ella, ni por el niño. No quería ser solo su amiga. Y no quería sentirme así nunca más. Me alegraba por su felicidad y si de verdad era eso lo que quería, lo respetaría, pero yo no quiero… joder, ¿qué clase de presión incómoda en el estómago es esta?

Duerme, Caleb —le dije, mientras pasaba al lado de él en dirección a la puerta, sin querer decir ni una palabra más respecto a ningún tema de esos.

Abrí la puerta y me fui, cerrando detrás de mí con suavidad sin atender a si Caleb decía algo. Caminé muy lentamente por todo el hotel, yendo casi por inercia de nuevo a la playa. Me dio tiempo suficiente como para decidir que, después de lo que me había costado resistirme dos semanas para luego fallar, lo más sensato sería alejarme. No quería ser ni una opción, ni su amiga, ni nada. Quería alejarme de él hasta que se me pasase toda esta mierda y más ahora, que sabía a ciencia cierta que tenía fieles intenciones de formar una nueva familia.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Mar Feb 16, 2016 7:11 pm

Aquello estaba siendo un verdadero desastre. Cuando tu novia estaba embarazada se supone que la noticia se la tenías que decir a tu mejor amiga con toda la felicidad del mundo, emocionándote por compartir esas buenas noticias con la gente que te importa. Se suponía que no se tenía que mantener en secreto y soltarlo de repente para frenarla a ella y frenarte a ti mismo porque te estás liando apasionadamente con ella en una habitación de hotel a causa del alcohol. No tenía todavía muy claro por qué no le había dicho a Abi hasta ahora que iba a ser padre por segunda vez y que la madre era Alyss, y ahora que se lo había dicho me sentía fatal. Me sentía fatal porque había estado a punto de cometer una estupidez, y había utilizado el embarazo de mi novia como excusa para detener a mi amiga y no acostarme con ella.

¿Pero qué coño me pasa a mí?

Aunque había mil cosas que no tenía claras, había una que sí que tenía muy clara y era que no le iba a poner los cuernos a Alyss. Me negaba a hacerlo. ¡La quería! Y a Abi… Joder. Por Abi siento algo. Algo muy fuerte que antes no sabía que sentía, y que no quería analizar para no meterme en problemas. El alcohol es lo bueno (y también lo malo) que tiene, que te hace pensar en cosas en las que estando sobrio no piensas, y ahora mismo estaba pensando en eso. No había estado a punto de cometer semejante estupidez por un simple calentón. Había algo más, mucho más, aunque fuese un idiota incapaz de darme cuenta de las cosas…

-Yo… no lo sé- admití cuando ella me preguntó con tono molesto que cuándo pensaba decírselo.- Me enteré hace un mes solo, y todavía me estoy haciendo a la idea, y supongo que estaba esperando al momento adecuado para contárselo a todo el mundo y… Joder, no sé, no lo sé- mascullé mientras me frotaba el rostro con las manos de manera nerviosa, intentando despejarme.

Debería estar feliz. Estaba feliz, en realidad, porque tenía una familia de nuevo, una novia que me quería y un nuevo hijo en camino al que estaba esperando para dar la bienvenida al mundo con toda la ilusión del mundo… Pero era muy difícil sentir esa felicidad cuando al mirar el rostro de Abi en aquel momento y ver la expresión de miseria que tenía. Aquello me confundió. ¿Tanto le afectaba que no fuésemos a volver a ser amantes?

“Joder, qué idiota eres, macho, de verdad,” dijo una voz en mi cabeza, la voz de la razón que sí que se daba cuenta de todo y que sabía qué estaba pasando pero a la que yo decidía ignorar el 99% del tiempo. Y claro, luego me meto en los líos en los que me meto…

Abi me dijo que me fuese a dormir y entonces se levantó y se marchó de la habitación. Quise ir detrás de ella. La mayor parte de todo mi cuerpo me gritaba que fuese tras ella y la detuviese y hablase con ella. Otra parte de mí me pidió que lo dejase estar y, no sé si para bien o para mal, decidí escuchar a esa parte. Me metí en el baño a cambiarme y me tiré en la cama, sintiendo como que el mundo entero me daba vueltas. Intenté esperar a Abi despierto, pero entre lo que tardó ella y la borrachera que yo tenía me fue imposible. Caí en un profundo sueño, aunque fue un sueño inquieto e incómodo, y cuando me desperté tenía resaca y una sensación de vacío en el estómago.

Ya nos tocaba marcharnos, decirle adiós al paraíso de Punta Cana y volver a la rutina de Londres. Volvimos de la misma manera que habíamos venido, yendo al edificio principal donde me tocaba firmar para marcharnos del hotel, y entonces usamos un traslador para volver a la otra parte del mundo. Adiós, playas paradisíacas de fina arena blanca. Adiós, mar cristalino. Adiós, fiestas caribeñas y yates lujosos y bebidas alcohólicas tropicales y bailes hasta las tantas de la mañana. Adiós, puto trenecito de las narices.

Pero no era eso lo que más iba a echar de menos de esas vacaciones. Lo que más iba a echar de menos cuando volviese a Londres, y todavía no lo sabía, era la amistad de Abi, que se había esfumado junto con las mejores vacaciones que había tenido en años.
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