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The body wins. [Abi McDowell]

Ben A. Winslow el Jue Jul 09, 2015 1:08 am

El ministerio estaba descontrolado, los jefes de departamento estaban bastante alterados. El hecho de que últimamente hubieran muerto varios empleados, algunos en situaciones de lo más absurdas, como Desmond. ¿Cómo pudo morir devorado por un tiburón? ¿Cuántas posibilidades había? ¿Dónde tenía la varita? Estas cuestiones sólo me planteaban una mayor. ¿A qué tipo de gente contratamos? ¿Cómo alcanzan esos puestos de tanta responsabilidad si no son capaces de cubrirse las espaldas? Visto desde otro punto de vista, con tan pocas luces era más sencillo manejarlos a nuestro antojo. Quizás ese debía ser el itinerario a seguir, y buscar a gente que no tenga dos dedos de frente.

Era lunes, la semana comenzaba y se hacía muy pesado acudir al trabajo. Aunque no tuviera grandes trabajos que hacer. Lo cierto es que mi trabajo consistía más en pura diplomacia que en rellenar formularios o tener que pasar largas horas leyendo informes. Quizás fuera la ventaja de ser un alto cargo y tener a mucha gente a tu servicio. Quizás porque mi ayudante me aligeraba bastante el trabajo. Pero fuere una cosa o la otra, me encantaba mi trabajo.

Esta semana empezaba con fuerza. La semana anterior había disfrutado bastante con la peculiar misión que había tenido el placer de compartir con L’oree. Ahora me tocaba hablar de sus efectos en el trabajo. Causa y efecto, que buen conjunto de palabras. Y cuan aplicable era a todo en esta vida. En mi mesa tenía varias carpetas, lo que tenía que firmar hoy y lo que debía revisar. En la mesa tenía un pequeño interlocutor, muy útil para hablar con mi ayudante sin tener que levantarme. – Señorita McDowell, ¿puede venir un segundo? – pregunté tras activarlo.

No tenía necesidad de llamarla, para lo que quería preguntarle. Lo cual era simplemente saber si debía reunirme con alguien ese día. Pero nadie me iba a quitar el placer de contemplar a mi atractiva ayudante. Era una delicia para la vista contemplar a tremendo monumento. Sí, cuando veía a Abi mi vocabulario se volvía bastante vulgar, no podía remediarlo, me tenía demasiado embelesado. Si sumamos el calor de julio, la combinación era mortal en mi interior.
Ben A. Winslow
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Abigail T. McDowell el Jue Jul 09, 2015 2:41 am

Era lunes e ir a trabajar me daba mucha, muchísima pereza. Adoro mi trabajo, pero a todos nos cuesta mentalizarnos cuando acabamos de terminar las vacaciones y volvemos a trabajar. Había vuelto al trabajo después de casi tres semanas de vacaciones en dónde me había ido de viaje con Caleb, con Apolo y había intentado pasar el tiempo restante con mi hermano. En parte volver a la rutina no se me hacía pesado… lo que realmente me parecía pesado era volver a poner toda mi mesa al día, ya que absolutamente nadie puede hacer mi trabajo tan efectivamente como yo.

Llegué al Ministerio por la Red Flú y de camino a mi despacho saludé a todos aquellos que reparaban en mi presencia. No era difícil reparar en mi presencia teniendo en cuenta la carisma que tengo, lo conocida que soy dentro del Ministerio (fuera apenas lo soy) y mi relevante puesto. Además de que mis tacones me delataban y la gran mayoría me miraban para disimular y, cuando pasara de largo, ver el perfecto culo que me formaba aquella falda de tubo.

Llegué a mi despacho y observé que en la pequeña mesa de fuera había una persona nueva. No me lo puedo creer. ¿De verdad habían cambiado a mi secretario retrasado? Espero que este, por lo menos, no sea Hufflepuff como los tres anteriores.

Señorita McDowell —me saludó, levantándose de la silla al verme. Probablemente le hubieran hablado de mí o me conociera de alguna otra cosa. Por lo menos ya tenía un punto a favor al no llamarme señora.

¿Tú eres? —pregunté.

Henry Kerr —me contestó— Soy vuestro nuevo secretario. En vuestra ausencia he estado intentando organizar vuestro trabajo y sacar lo prioritario. Pero se dará cuenta de que no he sido muy efectivo hasta el momento. Entra una cantidad increíble de cosas al día.

Dímelo a mí —contesté a lo que dijo—. Luego hablamos que tengo que organizarme con mi propio despacho después de tres semanas —comencé a caminar hacia mi puerta, pero me paré de golpe y miré hacia atrás, acordándome de algo importante—. ¿Se ha hecho ya la restricción en el Callejón Knockturn del informe Q54? El del departamento de seguridad mágica —pregunté de memoria.

No que yo sepa —contestó, notándose algo estresado.

Vete a hablar con el jefe del departamento y dile que venga a visitarme dentro de… —miré la hora— Tres horas. Eso debió hacerse hace dos semanas —Solté aire y caminé directa hacia mi despacho mientras escuchaba de fondo a mi nuevo secretario salir de su puesto.

Nada más entrar a mi despacho, me dio pereza. Todo era volver a acostumbrarme y adoraría mi trabajo como todos los días anteriores a estas increíbles vacaciones que me he tomado. Me quité la chaqueta y me quedé con un top ajustado de color blanco con algunos encajes.

Me senté en la silla y cogí mi agenda, en dónde tenía tanto mi agenda como la del Ministro de Magia, ya que yo era así de organizada y él era así de mal organizado. Observé por encima todo lo que había atrasado y todo lo que debía de hacerse con prioridad para volver a llevar las cosas al día. Sin mí, el Ministerio se desmorona, de verdad. Suspiré y antes de poder coger nada más, me sonó el interlocutor de mi mesa. Era el Ministro. Me levanté de mi despacho y caminé hacia la puerta.

Mi despacho era un lugar cerrado, al igual que el del Ministro. Obviamente el mío era mucho más pequeño, pero estaban pegados, comunicados por una puerta interior que hacía que no tuviéramos que salir a la sala de espera (en dónde se encontraba Henry con su mesita de mierda) y volver a entrar. Así que directamente, toqué dos veces esa puerta y la abrí.

Bueno días, señor Winslow —le saludé, cerrando detrás de mí.

Me quedé justo detrás de la silla en frente de su mesa. Había cierta confianza, pero seguía siendo la figura más representativa del mundo mágico y según el protocolo, uno no se sienta si el otro no se lo ofrece.

¿Qué puedo hacer por usted? —pregunté, apoyando todo mi peso en una pierna, adoptando así una pose mucho más informal. Miré de reojo al reloj que estaba en la pared— Las 9:24. Me ha dado solo 24 minutos para adaptarme de nuevo al trabajo después de tres semanas. ¿Me ha echado de menos? —pregunté, con un gesto travieso, manteniendo el contacto visual con él.
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Ben A. Winslow el Miér Jul 29, 2015 11:18 pm

Como Ministro no es que dispusiera de las vacaciones que el resto de trabajadores, más bien las distribuía lo mejor posible a lo largo del año, compaginándolo con las ocasiones en que podía eludir acudir al ministerio con la excusa de alguna reunión el otro país. No eran propiamente dicho excusas, pero sí alargaba ligeramente mis estancias en el extranjero para disfrutar del tiempo libre.  

Llevaba unas semanas en el trabajo que tenía la sensación de tener pocas cosas que atender. Había estado todo “tranquilo”, el nuevo ayudante de Abigail no estaba haciendo su trabajo como era debido. El ministerio se venía abajo con tanto cambio de personal. ¿Cuándo contrataremos a alguien que sea bueno y haga bien su trabajo? Estos cambios tan drásticos no pueden ser nada buenos, ni los becarios ni los experimentados. Parece que nadie pueda hacer un trabajo tan simple. Sólo es ordenar unos informes y pasarme los más urgentes. Sin Abigail esto era un caos.

Era lunes y las vacaciones de mi ayudante llegaban a su fin, volvería el orden y una vista más que entretenida en cada llamada a su despacho. Motivado en gran medida por ese razonamiento solicité su presencia en mi despacho. Poco tardó en acudir, tan eficiente como siempre. Me hice el distraído leyendo el último párrafo de un informe y firmándolo luego con pulcritud. Coloqué la pluma en el tintero y alcé la vista con una cordial sonrisa. – Buenos días, señorita McDowell. – Respondí con cortesía, colocando el informe a un lado, dejando de ese modo la mesa despejada ante mí.

Estiré la mano indicándole así que tomara asiento, aunque no neguemos que de pie y en esa postura estaba de lo más sexy. Daban ganas de cogerla por detrás y hacerla mía sobre la mesa. Dejé que hablara mientras me deleitaba con su presencia, manteniendo un gesto sereno y en gran medida serio. – El motivo de tu reclamo era conocer mi agenda del día. En especial si hoy tengo alguna reunión importante. -  Sonreí con un gesto más relajado y me levanté de mi silla, rodeando la mesa mientras hablaba. – No puedo negarlo, sin su presencia esto es un caos. El chiquito nuevo no es muy diestro en sus labores. Sin lugar a dudas, eres irremplazable. -  Estaba a su lado en ese momento, pero me desvié un poco hacia una mesita para servir dos copas de zumos de calabaza, ya que era demasiado temprano para el alcohol. – Brindemos por tu regreso. – Comenté tendiéndole una copa y sentándome en la silla contigua a ella. Ahora estábamos al mismo nivel, esto podría tornarse ahora en una conversación más informal.

- ¿Ha disfrutado de sus vacaciones? – pregunté después de beber. Mi mirada estaba fija en sus ojos, resistiéndome a las imágenes que en mi mente se estaban formando.
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Abigail T. McDowell el Vie Jul 31, 2015 8:59 pm

Tomé asiento como me indicó el Ministro, acomodándome la falda y cruzándome de piernas en aquel acolchado sillón. Comenzó a contarme el por qué de mi llamada y era lo normal. Benjamin tenía bastante orden, dentro de lo que puede ordenar un alto cargo masculino, pero lo que era memoria, no tenía demasiada para sus planes laborales. Que yo, que he llegado hoy, me sepa mejor su agenda que él… Esbocé una media sonrisa, sobre todo cuando me halagó de esa manera tan agradecida. Soy irremplazable en prácticamente a todo lo que me dedico, no me resulta una gran novedad.

Muchas gracias. ¿Ahora me comprende cuando le comento lo inútil que son el personal que ponen ahí fuera? —señalé hacia la puerta, dando a entender que era lo que se encontraba detrás de ella. Alcé una ceja y le seguí con la mirada cuando se acercó a servir dos vasos de lo que parecía zumo de calabaza—. Su agenda de hoy está más libre de lo normal, acabo de revisarla —dije, aludiendo a que me la sabía de memoria—. A las doce tiene una reunión con el Jefe de Departamento de Deportes Mágicos con referencia a la preparación de los Mundiales. Y a la una y media un juicio de sentencia al cual no puede faltar —le comuniqué profesionalmente, aceptando su vaso—. Aunque obviamente va a tener que utilizar el tiempo restante para ponerme al día a mí.

Bebí un sorbo de mi zumo que, refrescante, bajó por mi garganta. Mi mirada se paseó por el cuerpo de mi jefe hasta que se sentó, haciendo entonces que mi mirada se quedase fija en sus ojos.

Me preguntó por mis vacaciones y si me ponía a pensarlo detenidamente… mis vacaciones habían sido sencillamente perfectas. Creo poder asegurar que habían sido las mejores de mi vida hasta el momento. Quizás con algunos detalles que borraría sin ningún tipo de pudor del recuerdo de mis vacaciones, pero que era soportables. Mantuve el vaso entre mis manos y me apoyé a un posabrazo.

Mejor de lo que me esperaba —dije con confianza. No éramos amigos de toda la vida ni probablemente lo seríamos nunca, pero entre él y yo había cierta confianza y cordialidad con la que tratar temas personales—. Viajé dos veces a America. Una acompañando a un amigo Dragonolista a Las Vegas y otras dos semanas a la República Dominicana con el que ahora es Jefe del Departamento de Desmemorizadores —le conté de manera despreocupada, aunque en mi rostro se notaba que había tenido unas agradables vacaciones—. El tiempo restante lo he pasado aquí con mi hermano, que estando en Hogwarts es prácticamente imposible de verlo —bebí de mi zumo con tranquilidad.

El viaje con Apolo fue sencillamente perfecto, ya que él era la caña y Las Vegas de por sí era todavía más impresionante. El viaje que hice con Caleb fue de en sueño. Hubiera sido perfecto si no me hubiera soltado de sopetón que su novia está embarazada de cinco meses. ¿Acaso no ha tenido cinco putos meses para decírmelo? Un poco más y me avisa con el bebé en las manos. En plan: “Oye mira lo que le ha salido a Alyss por ahí… Al parecer ES MÍO”.

Punta Cana en la República Dominicana, le recomiendo que vaya allí con su esposa y sus hijos —Eran los Winslow, tan ricos como los Dankworth o los Masbecth. Podían permitirse eso y más—. ¿Usted ya tiene pensado cuándo coger las vacaciones y lo que hacer? Para organizarme, porque si esto es un caos sin mí, podréis haceros una idea de cómo de caótico se vuelve el Ministerio sin usted —dije finalmente, pasándome delicadamente la lengua por los labios para captar todo el sabor de zumo de calabaza que tenía en ellos.
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Ben A. Winslow el Jue Ago 13, 2015 7:55 pm

Teniendo a Abi McDowell de vuelta en su puesto de trabajo, todo sería más sencillo. Volvería a haber un orden y una buena rutina, no como estas últimas semanas. Además tenía temas importantes que tratar con ella que requerían de total atención y dedicación. Por ello llamarla no supuso ningún problema.

- Eso tendrá solución, el becario estará unas dos semanas, si te gusta cómo se desenvuelve, estaré encantado de hacerlo fijo, de no ser así te impondré una nueva tarea extracurricular. Elegir a tu inferior personalmente. - Desde mi perspectiva esa sería la mejor de las opciones. Saltándonos un poco el proceso administrativo, pero el más efectivo. No se podía tener a alguien que no era capaz de diferenciar un informe urgente de una simple ordenanza ministerial.

Al parecer mi agenda no era muy ajetreada en el día de hoy, cuestión a agradecer puesto que tenía temas más urgentes que tratar. – Perfecto. Espero que este año los mundiales sean más espectaculares que otros años. Hubo muchas críticas en los últimos. – Comenté como si de una obviedad fuera. Aunque cierto es que en El Profeta se criticó mucho al respecto. Problemas en su mayoría con la organización de las casetas de campaña y con las entradas. Este año debía ser todo más organizado, para algo se invertía un gran capital. – Lo cierto es que no hay gran cosa relevante, algunas bajas en la plantilla, cambios de empleo y pequeñas leyes. Lo importante está sobre tu mesa, en las carpetas azules, el resto está en el archivador verde. – No había mucho que hacer, por suerte el movimiento había sido mínimo, un caos sí, pero de cosas irrelevantes. O eso creía, a saber si el becario había apartado como superfluo algo de suma importancia.

Para hablar un poco más sobre sus intereses y continuar con la confianza que habíamos establecido durante estos dos años, le pregunté por sus vacaciones, como haría cualquier amigo.

- Razón llevas, punta cana es un lugar idílico. Tuve el placer de visitar esa isla por mi segundo aniversario. – Respondí con una sonrisa. Es el lugar idóneo para pasar unos días en pareja. Envidiaba a Danworth por haber acudido con mi secretaria a tal paraíso, sin embargo yo había acudido a ese mismo lugar muchos años antes con una de las mujeres más bellas del mundo, pocas podían equipararse a ella. – Cuadrando con mi esposa, nos iremos a finales de este mes, tomaremos de vacaciones la última semana de julio y la última quincena de agosto. Para tener más tiempo de disfrutar con la familia. Y que mi ausencia no se note demasiado. – Ese era el propósito. Más no estaba seguro de que no requirieran mi presencia. – Aunque estaré disponible en todo momento, en caso de ser urgente, ya sabes que puedes llamarme sin reparo. – Añadí, sonriendo y alzando una ceja. Cogí el vaso y bebí de nuevo, terminando así con su contenido.

Estaba sentado frente a ella, en la silla contigua, para que fuera más íntimo lo que iba a pedirle. – En realidad Abi te he llamado por algo más importante que conocer mi agenda. Necesito de tus habilidades y discreción con un asunto muy delicado. Requiero de toda tu discreción y ayuda. – Me incliné hacia delante, acercándome a ella y mirándola en silencio, esperando su interés antes de proseguir con mi relato.
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Abigail T. McDowell el Jue Ago 13, 2015 10:51 pm

Una Abi interior, aquella que era la amante del orden y la obsesa del control, se sintió tremendamente agradecida cuando el Ministro me propuso poder elegir a mi propio secretario. Era todo un honor, honor que pocos tenían. Pero bueno, teniendo en cuenta a la cantidad de ineptos que nos ponen, era mucho mejor ahorrarse el trabajo y que quién va a tener que lidiar con dicho espécimen sea quién lo elija. Además, era una pérdida de tiempo tener que estar enseñando cada cierto tiempo a un nuevo becario.

Perfecto. A este no he llegado a conocerlo demasiado, pero tendré tiempo de estudiarlo. De todas maneras si no se adapta a lo necesario, me encantaría poder elegir al que tendré que soportar todas las semanas —dije, agradeciéndole con un asentimiento y una curvada sonrisa lo que me había ofrecido.

Los mundiales eran algo que me llevaban estresando más de medio año sin estresar. Vuelvo de vacaciones y aún están ahí, agobiándome la vida. Puse los ojos ligeramente en blanco, ya que organizar algo de tanta magnitud obviamente se les iba de las manos a los del Departamento de Deportes Mágicos. El Ministro tenía razón, pero había que decir que los cambios que se habían realizado este año eran espectaculares en relación a los años anteriores.

Una mala organización, sin duda —aclaré—. El jefe de ese departamento cambió, a mejor, bajo mi punto de vista. Espero mucho más de él de lo que esperaba de los anteriores —opiné.

Simplemente asentí a lo que me dijo e incluso me sorprendí. ¿El Ministro ordenando lo importante en una carpeta verde? Me parecía adorable. Y muy atento, porque sabe lo que odio tener que pegarme más tiempo ordenando las prioridades que haciendo mi trabajo.

Luego, hablando de vacaciones, le pregunté qué cuando las cogería él, ya que era simplemente imposible que nos fuéramos él y yo a la vez de vacaciones y, como Asistente, saberlo me venía de perlas, sobre todo a la hora de tener que dejar ciertos asuntos cerrados antes de que se fuera y fueran de extrema urgencia. Claro que podría llamarle mientras está de vacaciones, pero aguarle la fiesta al Ministro en su tiempo libre no está en mis planes.

Perfecto. Cuánta organización, Señor Winslow, me impresiona todo lo que ha mejorado —le guiñé un ojo, aludiendo a las primeras semanas de su cargo y a lo desastre que era al principio. Pero como todos. Absolutamente todos tenemos que adaptarnos a nuestra trabajo para ser efectivos—. Intentaré no llamarle y ocuparme yo misma de todo a no ser que sea de extrema urgencia. No quiero estropearle las vacaciones ni a usted ni a su familia —comenté, ya que el Ministro me caía especialmente bien y sabía de primera mano que era bien merecido de sus vacaciones—. ¿Y ya sabe a dónde os iréis de vacaciones?

Aunque de repente la cosa de volvió mucho más seria. Conocía “bien” al Ministro como para conocer sus gestos y sus caras. Él probablemente también me conociera a mí y supiera cual es mi cara de “mala hostia, vengo a echarte la bronca”, porque aquí dónde me veían, siendo yo la Asistente, también echaba mucho la bronca al Ministro. Son cosas que pasan. Era totalmente recíproco, quizás por eso había tanta confianza. Pero yo tenía carácter y odiaba ser sumisa en mi puesto.

Fruncí el ceño cuando me comentó lo que necesitaba y me acomodé en el asiento, haciéndome un poco hacia adelante, mostrando interés.

Cuenta conmigo, Benjamin. ¿Qué ocurre? —le pregunté, con evidente curiosidad y algo de preocupación en el rostro. No era normal que el Ministro me pidiera ayuda en asuntos ajenos al Ministerio. Me tomé la libertad de llamarlo Benjamin porque había cierta confianza, además de que a pesar de llamarlo por su nombre de pila, el respeto siempre era algo que nunca faltaba en nuestra relación.
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Ben A. Winslow el Vie Ago 14, 2015 12:25 am

La idea de elegir a su propio ayudante pareció agradarle enormemente. A cualquiera le agradaría. No se puede tener a alguien nuevo cada tres semanas por que se ven agobiados con el trabajo o sobre cogidos por tales tareas. Luego estaba lo opuesto, aquellos que simplemente eran tan lentos que parecían no existir y coger polvo en el puesto. Estos últimos era los más odiosos, porque sólo iban a cobrar y no hacían absolutamente nada, tal como muchos funcionarios muggles. Despreciable.

- Esperemos que así sea, McDowell, esperemos que así sea. – Respondí a sus palabras, esperaba que fuera cierto que el nuevo jefe del departamento estaba mejor preparado. Confiaba en el criterio de Abi, mas uno nunca puede fiarse de alguien sin conocerlo. Esa reunión daría que hablar, tendría muchos temas importantes que tratar y una fe ciega en que todo quedara zanjado ese mismo día, no se podían posponer más los preparativos. El tiempo se nos echaba encima.

Hablar de las vacaciones podía ser entretenido, pero no siempre placentero. Saber que se había ido con Caleb Danworth fue sorprendente y algo de envidia me poseyó. Sin embargo también tenía planeadas las mías, en realidad la mayor parte de la planificación había sido cosa de mi amada esposa. – Querida, si no voy mejorando con los años, como un buen vino, acabaría convirtiéndome en vinagre. Y nadie quiere catar el vinagre. – Comenté guiñándole un ojo, había sido una insinuación de lo más extraña. Pero era lo que en ese momento se me había ocurrido. – Lo cierto es que iremos unos días a Australia, quiero enseñarle a mi hija algunas costumbres del lugar. El resto no lo tenemos claro, supongo que elegiremos sobre la marcha. Aunque los últimos días de agosto puedo asegurarte que estaré en las islas fiji con mi esposa. – Respondí, eran ideas, pocas concretadas salvo la última semana junto a mi esposa. Si bien no se lo había propuesto todavía, estaba esperando la ocasión para sorprenderla.

Cambiando de tema y poniéndome más serio, me acerqué a ella, en una posición que denotaba más interés. Abi ya conocía de mí lo suficiente para saber que iba en serio. – La semana pasada Smith, uno de los jóvenes del departamento de seguridad, de los más novatos, atacó a mis….a mi hija y una amiga suya en el callejón Knockturn. – Mi tono de voz era bajo, lo suficiente para que los retratos de los antiguos ministros no escucharan lo que decía. – Debes saber que Smith es un hombre muy aficionado a las artes oscuras y a las drogas, no es un secreto bien guardado. – Le comencé a relatar, manteniendo la seriedad en mi rostro. – La cuestión es que quiero que ese malnacido acabe en Azkaban, porque no quiero mancharme las manos directamente. Por ello necesito tu ayuda, encontrar el modo de hacer que un ataque producido por las paranoias y alucinaciones creadas por una droga se transforme en un ataque premeditado hacia mi persona. Encontrar el modo de que no se pueda relacionar el callejón Knockturn con mi hija de modo directo. – Esperaba que ella tuviera una buena idea, puesto que no pensaba con mucha frialdad, a pesar de llevar días dándole vueltas.
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Abigail T. McDowell el Sáb Ago 15, 2015 2:54 am

Ladeé una sonrisa cuando dijo que debía de mejorar como buen vino. El Ministro había mejorado con los años considerablemente, ignoraba cómo era hace par de años, pero ahora mismo estaba para comérselo. Pero es que tengo debilidad por la gente como él, los maduritos mayores que parecen tener mucha más testosterona que los de mi edad.  ¿Y si están casados? Parecían incluso más irresistibles. Motivo por el cual a cada oportunidad de flirtear, lo hacía.

No se preocupe, señor Winslow, usted es uno de los mejores vinos que cualquiera podría catar una y otra vez sin cansarse —curvé una sonrisa, pícara.

En realidad se me hacía raro que tuviera a una mujer… ¡E incluso hijos! Me parecía irónico que su hijo hubiera estado en mi clase y que, actualmente, me parezca incluso más atractivo el padre que el propio hijo. Pero las personas como él tenían ese don de parecer jóvenes a pesar de la edad y era el vivo caso de Benjamin.

Le espera unas buenas vacaciones. Cualquier cosa que pueda hacer por usted, no dude en avisarme —le recordé, alternando la pierna que tenía cruzada.

Entonces Benjamin se puso serio y yo le presté toda la atención que merecía. Me contó el suceso y mi mente rápidamente relacionó tanto a ese Smith como su hija. La había visto de lejos en la fiesta de cumpleaños de Caleb, no es que la conociese personalmente. Eso sí, lo que me estaba pidiendo no sabía si era extremadamente fácil o muy difícil. Teniendo en cuenta el poder, no sólo profesional, sino incluso mágico que teníamos ambos.

Es fácil incriminar a alguien por algo que pudo haber hecho o que hará atendiendo a nuestras facilidades —enarqué una ceja, apoyándome en mi sofá con un gesto pensativo—. Si lo encontramos, que no será difícil dar con él en un momento extraprofesional teniendo en cuenta los lugares que frecuenta, un Imperio puede hacer que haga lo que usted pide. Sus recuerdos pueden ser modificados para que hija quede olvidada y fuera de todo el asunto y simplemente le implantamos la idea y la obligación de atacar al Ministro, a plena luz del día y que parezca que está actuando con demencia debida a las drogas ilegales. Tendrá doble motivo para ir a Azkaban: intento de homicidio y uso de drogas. Es imposible que se libre.

Miré al Ministro. Debería recomendarle a su hija que dejase de frecuentar lugares tan peligrosos teniendo en cuenta que aún ni ha terminado los estudios obligatorios. Pero bueno, cada cual a lo suyo.

No se preocupe. Será fácil. ¿Quiere que me encargue yo? —me ofrecí, ya que era un placer ayudar a mi segundo jefe. Además, me encantaba ser esa persona encargada de crear el destino de las personas. Tenía el poder, muchas veces, de decidir sobre la vida y la muerte de las personas, incluso si sentenciarla de por vida en Azkaban.
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Ben A. Winslow el Miér Oct 07, 2015 10:20 pm

No todos disponían de una asistente personal tan sexy. Tenía una gran fortuna de contar con una mujer tan espectacular a mi servicio cuando la necesitaba. Cualquier hombre se derritiría antes esta mujer y por ello se me hacía sencillo y agradable coquetear con ella cada vez que la ocasión se pintaba. No sólo me subía la moral sino que me animaba a trabajar. Aunque en ocasiones quisiera sujetarla por la cintura, tirarla sobre la mesa y hacerla mía repetidas veces. Son meras fantasías que por mi mente paseaban.

Tras un breve intercambio de palabras, hablar un poco de las vacaciones y poco más, la conversación se volvió más seria. Había algo de sumo interés para mí que quería dejar arreglado, todo bien atado y sin cabos sueltos. Era la tarea extralaboral perfecta para McDowell. No nos engañemos, nadie como ella para mover los hilos. Le relaté lo sucedido y lo que quería, ella no tardó en hacer una sugerencia. Más bien me contó lo que pretendía hacer.

Me encantaba. Tenía mi completa aprobación. - Por supuesto, no confió en otra persona para llevar a cabo algo así. Cuantos menos implicados mejor, además menores son las posibilidades de filtración. - Mi tono denotaba que pedía sigilo y discreción. Mi mirada no se apartaba de sus ojos. - ¿Crees que podríamos tener esto zanjado antes de la próxima semana? - Me incliné más hacia ella, posando una de mis manos en su muslo. Estaba siendo osado, quizás la pelirroja ahora me soltara una bofetada y se fuera. Sin embargo no me importaba, pues mis intenciones reales no tenían ningún cariz sexual ni mucho menos. ¿O sí?

- Quizás podamos aprovechar la inauguración de este domingo para ello. Delante de la prensa y con aurores por doquier. No sólo dejaríamos ese tema zanjado sino que dejaríamos en evidencia a los aurores por no prever tal ataque. - No estaba seguro de que mis pesquisas fueran las correctas, pero sería un auténtico placer que todo saliera como se planeaba. - Si lograras que Smith estuviera en Azkaban la próxima semana… - Susurré mientras me levantaba lentamente, deslizando mi mano por su muslo con una suave presión. - ...podrías acompañarme a mi viaje a París. El ministro francés tiene interés en una reunión privada. - Estaba invitándola a pensar que en ese viaje podía pasar lo que ella quisiera, a fin de cuentas ella mejor que nadie sabía que no había ninguna reunión planeada. Aunque no le había dado mucho tiempo a ver mi agenda.
Ben A. Winslow
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Abigail T. McDowell el Vie Oct 09, 2015 12:26 am

No era nada difícil incriminar a una persona cuando conoces todo lo necesario para ello. Yo no solo era una mente perfectamente cualificada para meter a cualquiera en la mierda, sino que tenía en mi poder la capacidad de hacerlo real. Desde que me tatuaron la marca en el brazo izquierdo había tenido potestad para hacer con la vida de personas lo que a mí se me antojara. Un simple hechizo por mi parte sentenciaba la vida de una persona. ¿De verdad una persona como yo podía tener tremenda responsabilidad? Con los años me he dado cuenta de que las personas que han muerto no han supuesto nada y, con el tiempo, me he dado cuenta de que utilizando la varita no es la única manera de acabar con la vida de una persona.

En este caso, el Ministro pedía un plan perfectamente elaborado para que no muriese, sino que terminase en Azkaban. Hubiera sido tremendamente fácil pedirme que matase a ese hombre, pero no. Él quería asegurarse de que iba a estar el resto de su vida pudriéndose en Azkaban y… ¿sabes qué? Dio con la persona adecuada. Si se me daba algo mejor que ser la Asistente del Ministro y llevar todo mi trabajo al día, era ser una estratega increíble capaz de hacer que cualquier persona cayera en una trampa.

Era fácil. Solo necesitabas conocer a la persona. Y una rata como esa no era muy difícil de conocer…

No tiene de qué preocuparse. Me encargaré de que todo salga perfectamente por mi propia cuenta —le aseguré. No necesitaba a nadie que me ayudara a encargarme de un tipo como ese. Normalmente la carroña que se encuentra en el Callejón Knockturn no son ninguna amenaza. Me preguntó si podríamos tener todo el asunto zanjado mientras posaba una de sus manos en mi muslo. No desvié la mirada de sus ojos, pero la comisura de mis labios denotó cierto guiño travieso—Téngalo por seguro.

El Ministro aconsejó que todo se planeara para el domingo, en una inauguración que había en Godric y la verdad es que era una idea estupenda. Sería frente a montón de gente y la acusación del hombre sería prácticamente inmediata. No se libraría de Azkaban si todo sale como se está formando en mi cabeza.

Una idea brillante. No le avisaré de nada… Así actuará con mayor naturalidad frente a la prensa sobre su indignación y su sorpresa —curvé una sonrisa, imaginándome la escena. O más bien, imaginándome a Benjamin dando un discurso mientras espera que un esquizofrénico drogado le asalte—Estará en Azkaban el domingo —le aseguré, notando como su mano se deslizaba por mi muslo. Poseía una falda que, al estar sentada, estaba más arriba de lo propio, su mano llegó prácticamente hasta el borde de ella. Su invitación a Paris me sorprendió. Por una parte había aparecido la cabeza de Magnus en mi mente recordándome lo horrible que era intentar tirarse a un hombre casado, pero por otra parte solo podía intentar censurar esos lascivos pensamientos que mi mente recrea una y otra vez junto a Benjamin cada vez que flirtea conmigo.

Benjamin se levantó tras separar su mano de mi muslo y yo me levanté junto a él, quedándome a menos de un paso de distancia. Era bastante más alto que yo, por lo que lo miré a los ojos, intentando aparentar profesionalidad cuando realmente tenía ganas de insonorizar aquel despacho y hacer que su mano llegue al final de mi muslo. Había entendido perfectamente lo que había dicho el Ministro y, lejos de negarme, todo lo contrario. Una reunión inexistente en Paris sonaba de maravilla.

Adoro las reuniones privadas. ¿Será en términos confidenciales? —pregunté, con una pícara mirada, dando a entender si se  trataría de algo sumamente privado, es decir, que nadie debería saber que estábamos en una reunión en Paris, él y yo, juntos—Porque de ser así, mejor no avisar a nadie… —susurré cerca de sus labios, desviando mi mirada hacia ellos momentáneamente, flirteando con él—¿No, Señor Ministro? —alcé levemente una ceja y volví a mirar a sus ojos.

Era peligrosamente atractivo, tremendamente elegante, increíblemente guapo y poseía un atracción hacia mí que incluso asustaba. Su mirada podía parecer en ocasiones fría y carente de sentimientos, pero en otras ocasiones parecía cargada de calidez y pasión. O por lo menos, claro, esa es la sensación que me da a mí. Esa tensión que creábamos en el ambiente no era normal. ¿Sería yo la única que podía incluso notar como se quebraba el trato profesional a uno más unido al deseo? Yo lo tenía claro: era mi jefe. Como Ministro y yo como Asistente podemos permitirnos jugar, pero él es el que marcas los límites. No me sentiría en ningún momento rechazada, sino todo lo contrario… Era como un juego. Un juego que cada vez parecía tener más peso; un pasatiempos que se volvía cada vez más deseoso. ¿Pero valía la pena terminarlo? ¿O, quizás era más acertado decir, pasar a otro juego y pasar al siguiente nivel?
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Ben A. Winslow el Vie Dic 25, 2015 12:21 am

Pronto todo estaría en marcha, Smith en prisión y los aurores con una mancha más en su historial público. Cuánto anhelaba que ese momento llegara. McDowell aceptó tenerlo listo para mi siguiente aparición pública. Quedaban sólo unos días, pero estaba seguro de su eficacia. Nadie podía hacer un trabajo como ese sin dejar huella, muy pocos podían y por fortuna para mí contaba con una de esas personas.

- Sí, mejor no saber nada al respecto. Yo daré mi discurso como usualmente, sin preocupaciones. Porque confío en que no hará que me mate, ¿verdad? - Bromeé un poco antes de levantarme. Quitando así un poco de seriedad a la conversación. En ocasiones, pensándolo fríamente, arriesgaba demasiado por los caprichos de mi hija, por sus imprudencias. Mas no tenía valor para negarle nada, era mi consentida, la niña de mis ojos. Esos ojos miel mirándome con un brillo especial cuando obtiene lo que quiere, me hacen sentir tan bien, tan satisfecho como padre, que negarle algo no está en mis planes, ni presentes ni futuros.

- Será una reunión de alto secreto. Sólo lo debemos saber nosotros, aunque claro está, que debemos dejar constancia del motivo de nuestra partida. No querrás que se presentará el jefe de aurores exigiendo hablar conmigo, te lo aseguro. - Respondí a su pregunta, mirándola desde arriba con una sonrisa pícara. Luego di un paso hacia atrás y bordeé la mesa, sentándome en mi cómoda silla. - Oficialmente es una reunión con la jefa de departamento de relaciones internacionales de Francia. - Mis palabras fueron simples, sin perder en ningún momento la pícara sonrisa. Céline siempre estaba dispuesta a recibirme, y nada me impide sacar tiempo de esos días para verla. Si bien mi intención no es otra que disfrutar de dicho fin de semana con mi asistente, si la cosa se tuerce, siempre me queda la bella opción francesa. - Ya no te robo más tiempo y te dejo ponerte al día. - dije al final, abriendo uno de los archivos que tenía en la mesa y actuando como si no hubiera pasado nada más allá de una conversación trivial.

¿Estaba seguro de lo que había propuesto a la joven? ¿Estaba siendo consciente de ello o era sólo un impulso momentáneo? No, no creo que lo fuera. Había corrido un riesgo que podía salirme caro, aunque esperaba que no fuera así. La atracción mutua era obvia, o al menos la tensión que entre ambos existía. ¿Por qué no ponerle remedio? Era tan simple como arrancarle la ropa y recorrer su cuerpo desnudo con mis manos. Mejor no pensar en ello ahora, primero debía cumplir con lo prometido.



***Domingo 12 de julio en el valle de Godric.***

El día había llegado, apenas Abi había contado con tres días para afrontar dicha tarea. ¿Habrá sido capáz? En unas horas tendría la respuesta.

Me había presentado en el valle de Godric, tenía que inaugurar una nueva estatua en la plaza central. Aunque no era una estatua cualquiera, como la mayoría, eran estatuas que a vista de muggle no tenía relevancia alguna, sin embargo para los magos era algo más importante. Un escultor de renombre, había recreado en mármol la victoria de Dumbledore sobre Grindelwald.

- En esta soleada tarde de verano, nos encontramos aquí para desvelar ante todos una pieza de nuestra historia convertida en arte. Una obra que desde mi punto de vista más inculto, refleja a la perfección los relatos de dicha hazaña…-
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Abigail T. McDowell el Dom Dic 27, 2015 8:13 pm

No dejaría que la calaña de Smith tocase al Ministro. Todo sería un perfecto teatro, el hechizo más manipulador en el grado más visceral, aquel grado en el que te obligan a actuar para sentenciar el resto de tu vida. Lo mejor de un Imperio es que actuabas siendo totalmente consciente, como si aquella idea implantada fuera realmente la tuya y estuvieras totalmente convencido.

Después de dejar todo eso claro y conseguir que mi mente ya estuviera pensando cómo dar con ese Smith, el Ministro me sorprendió con una invitación a una reunión en el ministerio francés. Curvé una sonrisa tanto por la inexistencia de esa reunión como por su gesto pícaro. Ese juego, ese fuego entre ambos, era algo que hacía de nuestra relación profesional un constante entretenimiento. Frente a todas las personas aparentábamos ser un Ministro formal y casado acompañado de sus Asistente de confianza. Ni una mirada; ni una sonrisa. Pero ya cuando estábamos en privado, la cosa cambiaba muchísimo.

En tal caso le dejo ocuparse a usted de la reunión mientras yo me centro en asuntos más tediosos —comenté tranquilamente cuando Benjamin dio la vuelta a la mesa para sentarse nuevamente en su silla. Yo me giré para caminar hasta la puerta.

Y fin del juego. Por el momento, claro. ¿Acaso no era divertido trabajar con Benjamin Winslow?


Domingo 12 de Julio - Valle de Godric.

Hacía dos días que había encontrado a Smith y que lo había tenido en la Mansión Riddle bajo el permiso de Lord Voldemort. El Señor Tenebroso disfrutaba viendo sufrir a desertores de su causa y Smith era uno de ellos, además de otras muchas mierdas que al Señor Tenebroso no le interesaban.

Durante los dos días restantes estuvo sufriendo a base de Cruciatus y siendo sometido tanto a la Legeremancia para modificar sus recuerdos y quitar todo rastro de Ophelia Winslow como a muchísimos Imperios, haciéndole creer que es quién no es. Llegado el día, teníamos un perfecto molde diseñado y preparado para hacer aquello que le habíamos implantado hacer.

Smith llegó al Valle de Godric junto con toda la marabunta de gente. Yo, como asistente, me encontraba en las primeras filas de aquella gran reunión social, junto a otros jefes de departamento que se habían unido a la inauguración. El Ministro comenzó a dar su usual discurso en pos de alabar aquella gran escultura. Su discurso fue lo suficientemente largo —y aburrido— como para darle tiempo a Smith a posicionarse. Cuando Benjamin hizo una pausa para que todos los allí reunidos aplaudiéramos, pudo ver como el atril que tenía delante y por el cual hablaba, estallaba en mil pedazos. La gente paró de aplaudir y, entonces, todo comenzó a fluir.

¡Benjamin Winslow! —Smith alzó la varita y conjuró un Fyendfire. Unas llamas con forma de felino corrieron hacia Ben, con intención de quemarle vivo. Uno de los aurores consiguió parar el Fyendfire, pero mientras lo hacía fue derribado por Smith. ¿Acaso se pensaba que no iba a tener en cuenta a los entrometidos de los aurores?

Entonces Smith se desapareció justo cuando unos aurores iban a apresarlos con unos Religio y se apareció justo al lado de Benjamin.

¡AVADA KEDAVR…! —Pero antes de que pudiera terminar de pronunciar las palabras, Derek había conjurado un Expulso que desarmó y derribó a Smith. Rápidamente fue capturado por los aurores.

Derek me miró entre la multitud y yo le guiñé un ojo. Era un hombre en el que se podía confiar. No le confiaría mi vida, pero sí la del Ministro. Aunque eso no se lo diría al Ministro. De todas maneras, yo tenía en la mano la varita desde el principio de todo este teatro, por si acaso hiciera falta mi intervención en algún momento. Yo subí rápidamente para hacer el paripé y preocuparme por mi jefe, mientras que Derek se estaba metiendo deliberadamente con los aurores por su incompetencia. Realmente los aurores podrían haber hecho todo bien, pero nosotros habíamos sido mucho más rápido, por lo que ellos habían quedado como los incompetentes.

¿Está bien, señor Ministro? —pregunté falsamente preocupada, ya que al lado mía y del Ministro había un auror preocupándose por el bienestar de Ben.
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Ben A. Winslow el Sáb Feb 20, 2016 10:32 pm

El día había llegado, el plan estaba en marcha y ya no se podía detener. Ligeramente nervioso me encontraba, no saber que iba a ocurrir, o como iba a transcurrir el suceso, me hacía sentir incómodo. Por suerte llevaba años controlando mi apariencia y sabía mostrarme totalmente sereno a pesar de no estarlo en absoluto. Y esta no iba a ser una excepción.

Subí a la pequeña tarima y comencé con mi discurso. Monótono y aburrido, como casi todos los discursos que requerían estas ocasiones. - Tres horas de duro duelo fueron necesarias para que nuestro querido director de Hogwarts lograra derrotar a Grimwald, uno de los magos tenebrosos más poderosos hasta la fecha. Esta obra de arte sólo debe recordarnos que hay esperanza. Que el bien siempre triunfa sobre el mal. - Expresaba con total convicción, aunque en mi fuero interno me riera a más no poder por la simple idea de que la gente allí presente pudiera pensar que el “bien” tenía algo que hacer contra lo que se avecinaba. - Pues a pesar de estar pasando por momento duros, momentos oscuros, llegará el día en que todo llegará a un punto de paz, en el que tanto ataque llegue a su fin. -  Eran unas palabras que repetía últimamente en cada discurso, se suponía que repudiaba a los mortifagos y castigaba sus actos, así que mejor ganarse un poco al populacho y poder continuar controlando los movimientos del ministerio para el señor tenebroso.

Con un gesto de varita retiré el conjuro que cubría la estatua para ojos de todos, momento en el cual todos empezaron a aplaudir con entusiasmo, algunos por ver la estatua, otros por mis palabras. Mas no era lo importante, pues en ese momento un hombre subió al estrado, la acción comenzaba.

Alcé las manos, en un intento de calmarlo, mostrándole mi nula intención de defenderme. Estaba desarmado, pues había guardado mi varita segundos antes. Di unos pasos hacia atrás al ver al felino de fuego andar hacia mí. ¿Me iba a quemar vivo? ¿En serio no había más hechizos? Mi rostro era demasiado valioso para verse desfigurado. Pero los aurores estaban ahí, más les valía hacer bien su trabajo, o al menos protegerme. Algo que hicieron bien, pero no fueron lo suficiente. En un intento de atraparlo, Smith se escapó, apareciendo a poca distancia de mí. Mi rostro mostró sorpresa y confusión cuando escuché la maldición mortal. ¿No sé supone que sólo era un intento?

Alguién logró pararlo, dejándolo inconsciente y siendo luego apresado por los aurores. - Sí, estoy bien. ¿Pero quién es ese hombre? - Pregunté con escepticismo, mirando a los aurores y a mi asistente. Recriminándole levemente con la mirada que hubiera permitido tal acercamiento. ¿Y si hubiera terminado de conjurar la maldición?   - Será mejor volver al ministerio, quiero un informe detallado de todo lo ocurrido. ¿Cómo es posible que hayan permitido esto? - Dije a uno de los aurores con seriedad.  

No iba a quedarme mucho más en ese lugar, además, los protocolos de seguridad exigían mi retirada a un lugar seguro. Abi me acompañaría, y nadie más sabría a dónde me dirigía. Lo había logrado, me había tomado por desprevenido y encima había completado la misión con suma perfección, no podía ser menos por su parte. Ahora, sólo quedaba disfrutar del fin de semana en París, sin ninguna interrupción.
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