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I Will Survive. {Ian Howells} [Flashback]

Lisbeth Ravensdale el Jue Jul 16, 2015 11:19 pm

Había pasado varios días en el hospital San Mungo. Uno de esos días enteros estuve inconsciente mientras los sanadores y medimagos hacían todo lo posible para curarme. Durante la pequeña batalla en mi casa contra los mortífagos que habían acabado con toda mi familia y que casi habían acabado conmigo yo solo había sido herida una vez, cuando aquella mortífaga me clavó el trozo de madera de los escombros del techo en el estómago. Podría haber muerto de no haber llegado en aquel momento los Aurores. Me habría desangrado en mi propia casa, rodeada d los cadáveres de mi familia., y nadie podría haberlo evitado. Uno de los Aurores consiguió aparecerse conmigo en el hospital San Mungo y allí me habían atendido inmediatamente. El trozo de madera clavado en mi estomago no solo me había hecho perder muchísima sangre, sino que había destrozado más de un órgano vital en su paso. De haber sido una Muggle que tuviese que ir a un hospital normal sin magia era casi seguro que habría muerto, pero los sanadores, mediante hechizos y pociones y platas mágicas y todo tipo de cosas habían conseguido reparar el daño hecho antes de que fuese muy tarde, aunque había estado a apenas minutos de morir.

Cuando desperté en la habitación del hospital, desorientada y dolorida y sin recordar muy bien lo que había ocurrido, una sanadora vino a visitarme y a contarme todo lo que había ocurrido. Y entonces lo recordé todo. Los mortífagos, mis padres muertos, Robb muerto, Lyanna siendo asesinada delante de mis propias narices mientras huíamos, Richard siendo aplastado por los escombros que yo misma había tirado en un intento desesperado y estúpido de detener a la mortífaga que nos perseguía… Tuvieron que darme una poción para calmarme después de que todos aquellos recuerdos me golpeasen de repente, y consiguieron que durmiese, pero mis sueños no fueron tranquilos. Todos ellos eran pesadillas, pues aquellos recuerdos me atormentaban. Las peores pesadillas eran las protagonizadas por Richard. Había sido horrible verle convertido en Inferi…

¿Había valido la pena haber sobrevivido a aquel horror? No encontraba una escapatoria de la pesadilla en la que se había convertido mi vida de un día para otro. No sabía como iba a vivir sin mis padres, y sin Robb y Lyanna y Richard. ¿Cómo se puede vivir con este dolor, este vacío?

No pude ir al funeral de mi familia. Mis tíos Gregor y Theo se habían encargado de todo, y aunque les habría gustado que yo pudiese asistir los sanadores insistían en que me quedase más tiempo en el hospital y el funeral no podía esperar. Mis tíos habían venido a verme todas las veces que habían podido, y yo había podido ver con mis propios ojos que estaban devastados. Habían perdido a tres de sus sobrinos, Gregor había perdido a su hermano y Theo había perdido a su hermana. Para Theo era peor, pues había perdido a su hermana a manos de su otra hermana, Anna Lysa…

Los Aurores la habían encontrado poco después de salvarme a mí. De todos los mortífagos que habían acudido a la casa solo una, la que me atacó, había logrado escapar, y nadie sabía su identidad así que no podían ir tras ella. Habían capturado a Anna Lyssa, que había quedado desfigurada tras haber sido atacada por Lyanna. Me sentí orgullosa por mi hermana; al menos no se había dejado vencer fácilmente sin luchar con valentía antes de morir. Anna Lyssa confesó que hacía años que era mortífaga, que odiaba a mi madre por haberse casado con mi padre, que odiaba que mi padre fuese Auror y un traidor a la sangre, que nos odiaba a todos nosotros y que por eso había conseguido que los mortífagos viniesen a por todos nosotros, convenciéndoles de que éramos todos una amenaza porque estábamos bajo la influencia de miembros de la Orden del Fénix. Mi tío Theo había sido el encargado de contarme todo esto, y cuanto más hablaba más verde se ponía, sintiéndose enfermo por lo que su hermana había hecho. Me contó que a Anna Lyssa la habían condenado a ir a Azkaban, y que si se descubrían otros de sus crímenes probablemente recibiría el Beso de los dementores. Jamás pensé que pudiese sentirme bien por el mal ajeno, pero me alegré cuando supe qué clase de destino iba a sufrir mi tía. Ojalá se pudriese en Azkaban, y ojalá la acompañasen pronto todos los mortíafagos del mundo.

Mis primos también habían venido a visitarme, incluso Hayden y Sarah. Nunca nos habíamos llevado bien, pero cuando me visitaron simpelmente se sentaron a mi lado y hablaron un poco conmigo. Estaban un poco incómodos precisamente porque nunca nos habíamos llevado bien, porque yo sabía que ellos eran los típicos Slytherin puristas que incluso admiraban a los mortífagos, y que Anna Lyssa era su tía favorita… Pero no se alegraban de que su propia familia hubiese sido atacada. La vista con mis otros primos fue menos incómoda, pero con ninguno conseguí hablar mucho. Aparte de ellos nadie más había venido a verme. Todavía no habían venido a verme mis amigos, a pesar de que aún estábamos en vacaciones de Semana Santa y estaban todos fuera de Hogwarts. No me importaba, pues no sabía si tenía fuerzas para verles de todas formas.

Hoy no tenía ninguna visita de familares. Los sanadores habían venido a ver qué tal estaba, y una medimaga había intentado sin éxito hacerme comer un poco. Apenas había probado bocado desde que estaba en el hospital, y se notaba que estaba perdiendo peso rápidamente. Comía un poco de vez en cuando para no morir de hambre, pero estaba desesperando a los sanadores. Si seguía así me harían comer a la fuerza. La medimaga al final se había dado por vencida y había dejado la bandeja con comida en la mesita de noche que había junto a mi cama y se había marchado, dejándome sola. Llevaba así un rato, sentada mirando a techo, cuando un sanador se asomó a mi habitación con una sonrisa en el rostro.

-Tienes visita- me dijo.

-¿Quién?- pregunté con voz ronca, pues como casi no hablaba mi voz estaba bastante mal… Además de que había llorado mucho. Mi familia me había dicho que no iban a poder visitarme hoy.

El sanador abrió del todo la puerta para dejar paso a la persona que había venido a verme.
Lisbeth Ravensdale
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Ian Howells el Jue Jul 23, 2015 5:45 pm

No, Ian no era de esas personas que destacan precisamente por ser un buen amigo. Él siempre se consideraba el mejor en todo menos en estudio: en deportes, en ligues, en joder a la peña e incluso en ser buen amigo. Quizás a ojos ajenos era un pésimo amigo, pero bueno, él en realidad apreciaba a esas personas que consideraba cercanas a él y solía intentar conservarlas.

Normalmente solía pecar de ser el típico chico chulo al que se la sudaba absolutamente todo. Se le sudaba aquello, lo otro… Era un chico que rara vez mostraba interés real en algo o alguien. No obstante, aquel día en el que se enteró de lo que le había pasado a su amiga Lisbeth se pudo ver en su rostro preocupación. Era normal. ¿Qué persona de dieciséis años teme la muerte de algún amigo? ¡Nadie! A esa edad es todo fiesta y diversión. Eternos. Inmortales. Lo que sea. Pero absolutamente nadie puede esperarse ni por lo más mínimo la muerte o posible muerte de un amigo. Cuando Ian se enteró, que fue bastante tarde debido al hecho de que él no leía la prensa y básicamente no mantenía un contacto constante con Lisbeth en vacaciones, fue a visitarla. Según le habían dicho había sido un ataque sorpresa a su casa y ella había sido la única superviviente. Ian no se imaginaba yendo al cementerio en vez de al hospital. ¿Cuánto podría haber cambiado la situación por lo mínimo?

Se vistió con unos pantalones vaqueros ajustados, unas Vans y una camisa cerrada de cuadros y le dijo a su madre que le llevase a San Mungo porque le daba una pereza tremenda tener que coger el transporte público. Una aparición siempre era mucho más efectiva. Apareció directamente en el vestíbulo junto con su madre.-Ya puedes irte.-Dijo Ian.

-¿No quieres que te acompañe hasta la habitación de tu amiga?-Ian puso los ojos en blanco.

-Puedo ir solito, mamá. Sólo te necesitaba para no coger el autobús.-Dijo Ian.

-Llámame si quieres que te recoja.-Añadió la madre, recolocándole el pelo. Ian apartó la cabeza.

-¡Mamá!-Se quejó, apartándose de ella. La madre le miró de arriba abajo.

-Ay, esos tatuajes. Pareces un matado. No debí haberte dejado hacerte el primero. ¡Me dijiste que iba a ser pequeñito y mírate!-Dijo disgustada. Ian se llevó la mano a la cara con desesperación.

-Es adictivo, mamá. Tú fumas y yo no te digo nada. Anda, vete, que papá te está esperando para ir a esa obra de teatro.-Le dijo. La madre le dio un beso en la mejilla y se desapareció.

Ian suspiró fuertemente y se dirigió al recepcionista.

-Hola.-Dijo Ian.

-Hola.-Contestó el medimago.-¿Qué puedo hacer por ti?

-Quería visitar a una paciente. Se llama Lisbeth Ravensdale.

-¡Oh! Maravilloso. Sígueme.

Ian le siguió por los ascensores y los pasillos, hasta llegar a una habitación que estaba cerrada. San Mungo le daba mal rollo. Olía a médico y las personas te miraban mal. ¿Le darían drogas a los pacientes para que no sufrieran y por eso tenían esas miradas tan perdidas y locas? El medimago le dio paso a la habitación a Ian y éste entró bastante serio, pues se imaginaba a Lisbeth media muerta con un palo metido por el estómago. No obstante, cuando entró y la vio de una pieza, sonrió.-¿Cómo va eso, pelirroja?-dijo, entrando al interior y notando como la puerta se cerraba tras de él.-Estás echa una mierda.-¡Ay, su sinceridad! Echó un ojo a la bandeja de comida que no había sido tocada.-¿No estás comiendo, o qué?-Y finalmente llegó justo al borde de su camilla.

La observó de arriba abajo lentamente y suspiró aliviado al verla VIVA.-Siento mucho lo que te ha pasado… Me alegro de que estés viva, porque “bien” seguro que no estás.-Y se mantuvo de pie a su lado.
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Lisbeth Ravensdale el Vie Jul 24, 2015 5:45 pm

Cuando vinieron a decirme que habían venido a visitarme me sorprendí, pues pensaba que mi familia no iba a venir a verme hoy. Aquella fue la razón por la que supuse que no era alguien de mi familia, sino otra persona que se había enterado de lo que había ocurrido y había venido a verme. El visitante entró, y sonreí levemente al ver que era mi amigo Ian. No había esperado verle ahí, y me sorprendió mucho que hubiese venido a verme. Nunca me había imaginado a Ian siendo atento, con lo bruto que era a veces. Pero verle ahí me hizo sonreír al menos un poco, que era casi un verdadero milagro.

-Hey- le saludé cuando entró y el sanador cerró la puerta tras él. Mi voz sonó tan bronca como antes, cuando había preguntado al ganador que qué había venido.- Pues ya ves. Mal- contesté con sinceridad cuando me preguntó que qué tal iba. Podría mentir y decir que bien, pero... estaba en una camilla de hospital después de que una mortífaga me convirtiese en un pincho de barbacoa gigante, y mi familia estaba en un cementerio, y no visitándolo precisamente.

Ian se acercó un poco más y le miré mientras caminaba hasta estar justo al lado de su camilla. Me dijo que estaba hecha una mierda y puse los ojos en blanco, y no pude evitar resoplar de manera cómica. La sinceridad bestial de Ian le daba miedo a la mayoría de personas normales, porque no tenía nada de tacto. Nada, nada, nada, pero nadísima de tacto. Aunque era algo que a muchos en mi lugar les habría molestado, yo lo agradecí, porque estaba harta de que todo el mundo a mi alrededor intentase hacerme sentir bien.- Bueno, antes estaba peor, estaba ensartada de lado a lado cual vampiro- las sanadoras eran las que venían diariamente a curarme, y yo todavía no había podido ver si me había quedado cicatriz o no. Tampoco es que me importase en absoluto. Hace apenas unos días ni siquiera quería estar viva, prefería haber muerto con los demás. Aunque ahora aprecio más que antes estar viva, no me preocupo por cosas como cicatrices.- No tengo hambre- dije cuando Ian vio la bandeja de comida sin tocar.- Y aunque la tuviese, la comida de hospital me podría enferma.

Le escuché cuando dijo que sentía lo que me había pasado, y mi rostro volvió a estar completamente serio, como lo había estado antes de que él entrase en la habitación por sorpresa. Dijo que estaba seguro de que yo no estaba bien, y aunque no dije nada, mi expresión confirmaba que tenía razón. ¿Cómo iba a estar bien después de lo que había pasado? Las lágrimas me empañaron la visión, pero no lloré. No quería llorar más.

-Gracias- dije con voz débil, aunque un poco menos ronca que antes. Me incorporé entonces en la cama, aguantando el dolor que sentía alrededor de la herida al moverme así. Me moví un poco para hacerle un hueco a Ian en la camilla a mi lado, pues quería que se sentase a mi lado. Me sentaría bien tener a alguien a quien sí que apreciaba ver a mi lado, pues aunque me habían estado visitando mis tíos y a ellos les quería, me sentía incómoda con todos los miembros de mi familia. Pero Ian no era de la familia, era mi amigo.- Muchas gracias por venir a verme... Eres mi primer amigo que lo hace- era sorprendente que fuese precisamente Ian el primero en tomar esa iniciativa.- ¿Cómo te has enterado...? Supongo que estaba en el Profeta- comprendí entonces. Mi padre era un conocido Auror y mi madre Inefable, y al haber muerto niños en el ataque y haber estado el Valle de Godric decorado con la Marca Tenebrosa lo más normal era que aquello saliese en el periódico. Mi mirada se ensombreció entonces.- Una mortífaga escapó... Pregunto todos los días, pero me dicen que no hay noticias... ¿Es verdad, no la han encontrado?- pregunté con la esperanza de que hoy la respuesta fuese diferente, aunque sabía que probablemente no lo sería.
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Lisbeth RavensdaleInactivo

Ian Howells el Dom Jul 26, 2015 1:24 pm

No se esperaba a la Lisbeth más feliz del universo, por lo que ya se esperaba esa actitud decaída y algo sarcástica por parte de ella. Si Ian estuviera en su situación… puff. ¿La eutanasia aun se pone, verdad? Ian solía ir de machote suda todo por la vida, pero si perdiera a su familia y estuviese en la situación de Lisbeth… no sabría lo que hacer. Estaría de un humor de perros probablemente durante toda su vida. ¿Y vivir? Si vivía era para vengarse. No podría pensar en otra cosa teniendo en cuenta que toda su familia está muerta.-Pues deberías comer. ¿Qué quieres, una pizza? ¿Una hamburguesa? Puedo ser muy persuasivo si me toca convencer a una sanadora femenina.-Alzó ambas cejas.-Pero tienes que comer. Y te lo digo yo, que normalmente me daría igual lo que comieras o dejaras de comer, pero tu aura exterior me comunica que debes comer.-Le dejó claro, dándole a entender que no parecía la chica más saludable del mundo.

La verdad es que nos ponemos a pensar el por qué de Ian estuviera ahí y… era un poco conflictivo. Estaba claro que por una parte todo recaía en que Ian era una persona amigo de sus amigos (aunque en ocasiones sea un capullo integral), pero por otra parte… ¿Ian mostrando empatía? ¡Dios, qué has hecho! Pero lo dicho… el simple hecho de pensar en estar en su piel… Ian suponía que lo que más agradecería en un momento así sería la compañía de sus amigos, no la de sus familiares. Necesitaría distraerse y saber perfectamente que hay más cosas alrededor de la desgracia que le ha tocado vivir.

En el fondo, muy al fondo, Ian tenía su corazoncito de cuatro milímetros cuadrados.

-Pues menudos amigos de mierda tienes.-Dijo Ian. Porque para ir él y no otros… La pelirroja le preguntó a Ian como se enteró y… bueno, sí, por el profeta, podría decirse. Realmente el círculo vicioso fue por partes: primero lo leyó su madre y dejó el Profeta por la casa, luego su padre; ambos hablaron de eso en la comida, pero Ian estaba demasiado distraido mirando un catálogo de motos para llorarle a su madre en vano. Luego su hermana leyó el Profeta y se percató del apellido conocido. Obviamente tanto Juliette como él estaban en clase de Lisbeth, por lo que lo reconoció y fue directamente a decírselo a Ian. Fue entonces cuando se enteró.-Sí, el Profeta, pero sobre todo mi familia. Ya sabes que no me gusta leer cosas tan serias por gusto.-Le explicó, encogiéndose de hombros y sentándose en la camilla, ya que Lisbeth le había dejado un hueco.-No, no la han encontrado, hasta donde yo sé. Al parecer la vieron irse, pero no tienen ni idea de a dónde ni quién pudo haber sido. Todos los demás terminaron muertos o en Azkaban.-Se dio cuenta de que probablemente esa monótona respuesta no le había hecho mucha ilusión.-¿Es a la que te hizo esto?-Frunció el ceño.

En verdad luego lo pensaba fríamente y acciones como esta le ayudaban a deshacerse de la estúpida idea de convertirse en un mortífago. La muerte de su padrino había sido la primera señal, ESTA era la segunda. Quizás su corazoncete era de cuatro centímetros cuadrados.-Pero bueno, no quiero venir a que te sientas peor. Mi idea era distraerte.-Dijo tranquilamente, suspirando y colocándose a su lado para pasar la mano alrededor de ella. Subió los zapatos a la camilla, total… Ya vendrían a echarle la bronca.-Te propondría sexo, pero no creo que tengas fuerzas ni ánimos.-La miró de reojo con un gesto divertido.-¿Qué quieres hacer cuando salgas de aquí? Yo cumpliré tus deseos, mi joven calabaza.-Se ofreció, porque pensándolo fríamente... cuando saliera, ¿qué iba a tener?
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Lisbeth Ravensdale el Lun Sep 07, 2015 7:34 pm

Ian me dijo que debería comer, pues mi aspecto indicaba que lo necesitaba. Las sanadoras insistían todo el tiempo, pero yo no las hacía caso y ellas no podían ponerme un embudo en la boca y obligarme a comer como si fuese un pavo al que tenían que engordar antes de sacrificarlo para la cena de Navidad. Ian incluso me preguntó si quería comer una pizza o una hamburguesa. Hace unos días habría brincado de alegría ante la mención de esas comidas basura, pero en estos momentos me hacía sentir bastante enferma. No tenía hambre, pero mi cuerpo necesitaba nutrición y todas las células de mi cuerpo gritaban espantadas antes la mención de aquella comida basura tan poco nutritiva. Aunque yo no tuviese muchas ganas de nada, mi cerebro seguía encargándose de mantener vivo a mi cuerpo y me hacía saber que necesitaba comer comida sana.- No te molestes- le dije a Ian, y entonces suspiré y cogí la bandeja que me habían traído antes para ponérmela sobre las piernas y poder comer algo.- Está bien, comeré un poco… Seguro que los sanadores te darán un beso por conseguir este milagro- a pesar de las circunstancias que me habían traído aquí, en presencia de Ian me sentía con fuerzas para bromear un poquito.

El hecho de que Ian fuese el primero de mis amigos en venir a verme era tan sorprendente que se lo hice saber, y hasta él mismo pareció sorprenderse, porque él se conocía a sí mismo y era consciente de que no era precisamente la persona más sensible del mundo.- A lo mejor no se han enterado aún- comenté sin darle mucha importancia al hecho de que los demás no hubiesen aparecido aún.- En realidad me alegra de que hayas venido tú primero. Los demás me pondrían nerviosa, como mis tíos y primos. Todo el mundo me trata y habla como si fuese una muñeca de porcelana, o una figurita de cristal que fuese a romperse en cualquier momento…- me reí entonces. No era una risa alegre, era una risa fría y floja, ahogada, teñida con un toque de rabia e ironía. La verdad es que por dentro estaba rota, sí que parecía hecha de porcelana o de cristal, pero esos delicados materiales ya se habían rajado a pesar de que por fuera estuviese intentando ser fuerte. No quería parecer débil, lo odiaba. Aquello era un comportamiento muy característico de Gryffindor. Pero era irónico que no quisiese tener una apariencia débil cuando por dentro parecía que me habían lanzado una bomba nuclear encima. Que había estallado y había arrasado con todo.

Ian me confirmó que se había enterado de lo que me había pasado en el Profeta, y me dijo entonces que no habían encontrado a la que me había enviado al hospital, a la que había matado a mis hermanos delante de mis narices y probablemente a Robb también… ¿Quién habría matado a mis padres? ¿Habría sido esa misma mortífaga? ¿O había sido mi tía? Esperaba que no hubiese sido la mortífaga que había escapado, esperaba que hubiesen sido los dos mortífagos que acabaron muertos, y así al menos la muerte de mis padres ya estaría vengada…

“Se hará justicia,” dijo una voz en mi mente mientras pensaba en Robb y en Lyanna y en Richard.

-Sí, es la que me hizo esto- le confirmé a Ian cuando me preguntó si la que había escapado era la que había intentando matarme convirtiéndome en un pincho de tortilla.- Ella fue la que mató a Lyanna y a Richard delante de mí… Y la muy puta consiguió escapar justo cuando llegaron los Aurores- ojalá la hubiesen atrapado en vez de perder el tiempo salvándome la vida.- La que está en Azkaban es mi tía Anna Lysa. A los otros dos mortífagos les maté yo…- me miré las manos, las cuales temblaban un poco. Era extraño, pensar que había matado a alguien. Había sido en defensa propia, pero aquello no debería haber ocurrido. Yo era solo una chiquilla, una adolescente que solo quería jugar al Quidditch y graduarse y vivir una vida tranquila… No debería haber tenido que matar a alguien de esa manera en esas circunstancias. Era cruel.- Pero no fue suficiente, ellos ganaron de todas formas. Consiguieron lo que querían.

Intenté relajarme después, pues ya que estaba viva al menos debería intentar mantenerme de ese modo, y estresarme y llenarme de odio y rabia no me iba a hacer ningún bien. No iba a poder estar completamente relajada, pero la presencia de Ian a mi lado al menos me hacía bien y me ayudaba a distraerme de la mierda que había sido mi vida en los últimos días. Cierto era que aunque en el fondo me sentía completamente destrozada, mantenerse serio teniendo a Ian al lado era una cosa casi completamente imposible. Cuando le escuché bromear diciendo que me propondría sexo puse los ojos en blanco y esbocé una sonrisa muy leve, casi imperceptible.- Tú nunca cambias, ¿verdad?- pregunté retóricamente, pues ambos sabíamos la respuesta. Me parecía bien que hubiese cosas que nunca cambiaban, aunque fuesen cosas tan insignificantes como el hecho de que Ian estaba más salido que la esquina de una mesa.

Me preguntó que qué quería hacer cuando saliese de allí, y de repente me puse seria de nuevo, como si me hubiesen borrado la sonrisa de un plumazo.

-Quiero matarles a todos- dije casi sin darme cuenta de que aquellas palabras estaban saliendo de mi boca.- Quiero encontrar a la mortífaga que escapó y hacerla pedazos, y también a todos los demás que son como ella. Son despreciables. Me lo han quitado todo y… Quiero justicia- dije, cambiando la palabra “venganza” en el último momento por algo más suave.

Como si hubiese estado sumida en un sueño y todo aquello lo hubiese dicho de manera completamente inconsciente, de repente volví a la realidad y meneé la cabeza, dándome cuenta de lo que había dicho.- Perdona… No quiero amargarte el día hablando así- me disculpé, y entonces volví a dejar de lado la seriedad para intentar sonreír un poquito. Me encontraba algo mejor que antes.- Pues… creo que me gustaría ir a volar un poco, y jugar al Quidditch. Es lo que más me gusta en el mundo, y me ayudaría a despejarme. Necesito… un poco de normalidad después de toda esta locura.

Aquello era lo que parecía una verdadera locura, pensar que podía volver a hacer cosas tan normales como jugar al Quidditch después de todo lo que había ocurrido. Era imposible que las cosas volviesen a ser normales, ya nunca lo serían. Para que fuesen normales mi vida debía de estar completa, y jamás lo estaría después del asesinato de mi familia. Estaba siendo una ilusa pensando que podía salir del agujero negro en el que me encontraba sumergida, pero… Pero no podía permitir que los mortífagos me hundiesen. Tenía que luchar, y aunque ahora no pudiese hacer mucho, sí que podía empezar por pequeñas cosas. Tenía que intentarlo al menos. Tenía que ser valiente y enfrentarme de nuevo a la vida.

En aquel momento llamaron a la puerta y se abrió, y por ella entró un sanador que sonreía levemente.

-Disculpad que os interrumpa- dijo entonces. Parecía contento al ver que yo ya había decidido comer un poquito y al ver que la presencia de mi amigo allí me había animado un poco. Aquello era una mejoría enorme desde que yo había sido ingresada.- Lisbeth, venía para decirte que mañana por la tarde ya te damos el alta. Eres muy fuerte y tu cuerpo ya está sano.

-Está bien, muchas gracias- dije devolviéndole la pequeña sonrisa, y el sanador volvió a marcharse y a dejarnos solos. Suspiré y miré a Ian.- Menos mal que ya quedan pocos días de vacaciones. No quiero estar con mi familia- murmuré. Sonaba raro que una persona que acababa de perder a sus padres y hermanos no quisiese estar con sus demás familiares, pero después de la traición de Anna Lysa iba a tardar mucho tiempo en poder volver a estar bien con mis tíos y primos.
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Ian Howells el Miér Sep 09, 2015 1:47 pm

La verdad es que Ian entendía perfectamente por lo que estaría pasando Lisbeth. No en cuanto a dolor, pero sí al sentimiento de ver a todos tratarte como si fueras débil. Obvio que no estás en tu mejor momento, pero era molesto tener que tratar con todos aquellos que te ven como si no fueras capaz de sobrellevarlo por ti solo. Ian no la había tratado así porque era consciente de ello, sino más bien porque él siempre trataba así a todo el mundo y suponía que lo lógico sería que no se viera afectado su forma de ser. Si hubiera estado en peor estado, a lo mejor, pero estaba mucho mejor de como Ian se la estaba imaginando.

Se encogió de hombros ante su queja.-Es normal. Te ven vulnerable y triste. Es un comportamiento innato del ser humano tratar así a las personas que han sufrido, solo porque no saben qué decir.-Contestó Ian.

Lisbeth le preguntó al chico que si se sabía algo de la mortifaga que había huído, pero la verdad es que Ian no estaba puesto muy en el tema. Según tenía entendido no, no se sabía absolutamente nada de ello, y fue precisamente esa noticia la que hizo que la Gryffindor se sintiera peor. La verdad es que Ian ahora mismo sentía un nudo de sensaciones en su interior. Él era, como se conocía, una persona que tenía intención de meterse en esas filas. ¿Por qué? Pues simplemente porque podía. Pero al ver a Lisbeth… ¿realmente quería ser ese tipo de personas? ¿Destrozando hogares y matando aurores? Estaba claro que el Slytherin todavía no había valorado todos los pros y los contras de dónde se estaba metiendo.

Ian tragó saliva ante lo que le contaba y notó como las manos de la chica temblaban un poco ante la afirmación de que había matado a dos mortifagos. Ian había pasado una de sus manos por detrás de ella, por lo que la achuchó de manera amistosa. Luego intentó cambiar de tema, pero cuando le preguntó que qué quería hacer fuera, su respuesta fue cuánto más inesperada.-La verdad es que no sé qué decirte.-Se sinceró, aunque en realidad era fácil.-Busca venganza.-Dijo totalmente en serio, apoyándola. Aunque fuera una estúpida idea… Ian era muy de ideas estúpidas, por lo que tampoco podías esperar más de él.-Dicen que no soluciona nada y es cierto, no te devolverá a tu familia. Pero librarás el mundo de escoria y habrás hecho justicia. Si no la han encontrado ya, es que es muy buena en lo que hace. Y si alguien pudiera reconocerla, seguro que eres tú.-Se encogió de hombros.-Pero todavía no, cuando te gradúes.-Le dijo, mirándola de reojo.-Aunque como buen amigo, creo que debería decirte: “Tía, olvídate, no conseguirás nada matando a esa tía, así que borrón y cuenta nueva. Empieza una nueva vida.” Pero ya sabes que eso es una mierda y te estará comiendo la cabeza siempre.-Agregó finalmente, negando con la cabeza.-No me amargas, mujer. No esperaba tampoco una Lisbeth feliz que me relatara las subnormalidades varias que le ocurren en su entrenamiento de Quidditch diario mientras comemos galletas en el Lago.-Curvó una sonrisa.-No voy a decirte qué es lo mejor, pues eso solo lo sabes tú, pero mantenme informado, pelirroja. No quiero tener que volver a enterarme de una desgracia tuya, o una victoria, por el periódico.  

Después de esa respuesta tan nazi, vino una respuesta por parte de la Gryffindor mucho más normal, de adolescente normal. Era cuánto más curioso cómo puede cambiar la mentalidad de alguien tan joven cuando le sucede algo como lo que le había pasado a ella. Pero habían matado a toda su familia delante de ella, ¿cómo narices te liberas de algo así?-Pues vamos a jugar al Quidditch. Pareceremos un poco retrasados ya que yo soy golpeador y tu buscadora, pero nos la apañaremos. Podemos jugar en mi casa, que tengo un gran jardín. Seguro que mi hermana también se apunta a jugar, no te conoce mucho, pero estaba preocupadísima por ti.-Era lógico que se conocían, aunque no mucho. Juliette iba a la misma clase que ellos, pero era Ravenclaw, así que inevitablemente había habido algo de compañerismo entre ellas.

Uno de los sanadores interrumpió en la habitación y a Ian no le dio tiempo de bajar los zapatos de la camilla. Se sintió nervioso por si le llamaban la atención, pero no le dijo nada al respecto, ya que parecía bastante ocupado poniéndose contento de que Lisbeth estuviera comiendo y diciéndole que posiblemente mañana le dieran el alta.

El tono de voz que utilizó para dirigirise a su familia era cuánto más triste. Ian se imaginaba que, por su parte, ir con su familia sin poder ver a su padre, madre o hermana, le resultaría muy difícil, sobre todo teniendo en cuenta la confianza que tendría ahora en ellos. Así que en un arrebato de empatía, un sentimiento que Ian creía que no existía EN SU INTERIOR, habló:-Sólo quedan par de días para empezar Hogwarts de nuevo. Quédate en casa. Hasta mi madre, que no te conoce, está preocupada. Tu familia entenderá perfectamente que no quieras quedarte con ellos. Es decir, tu propia familia te ha traicionado, yo creo que es de razón lógica tu posición y deben de respetar tus deseos aunque seas menor.-Dijo Ian, hablando seriamente. Parecía MADURO y todo, pero realmente solo estaba preocupado.

La verdad es que Ian podía pecar de mal amigo en muchas ocasiones, tener poco sentido del bien ajeno y demás, pero casi se muere su amiga, ¿era lógico querer que se sintiera bien, no? Lo haría por cualquiera. De hecho se imaginaba a Circe o Damon pasando por lo mismo, que eran sus mejores amigos, y… joe, le entraba un no sé qué qué sé yo en su interior que le daba mal rollo.
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Lisbeth Ravensdale el Sáb Sep 19, 2015 9:48 am

Era fácil hablar con Ian. El decía lo que realmente quería decir y lo que opinaba que la persona con la que estaba hablando quería escuchar, él no seguía las normas sociales que dictaminaban qué era lo correcto y apropiado que debía de decirse en cada ocasión. Si le hubiese hecho la confesión que le acababa de hacer a cualquier otro de mis amigos lo más probable era que ya estuviesen todos horrorizados intentando sacarme aquella idea de la cabeza, sin darse cuenta de que eso no me hacía ningún bien. No podía olvidar lo que había pasado, no sería capaz de olvidarlo jamás. Necesitaba que se hiciese justicia por mi familia, y que todos los implicados sufriesen y pagasen por lo que habían hecho. No me consolaba el hecho de que de los cuatro mortífagos que nos habían atacado, tres ya hubiesen pagado por ello. Mientras hubiese una sola mortífaga en libertad que no hubiese pagado el precio de lo que había hecho yo no descansaría en paz jamás.

-Gracias por comprenderme- murmuré con voz un poco débil, pues en los últimos días había experimentado tantas emociones fuertes que de vez en cuando sentía que se me quedaban las palabras atascadas en la garganta. Pero al final del todo conseguí sonreír un poquito.- Y no te preocupes, te avisaré de todo. Aunque técnicamente tú no te enteras de nada por los periódicos…

No le pareció mala mi estúpida idea de querer jugar al Quidditch una vez después de que todo esto hubiese terminado y pudiese salir de aquí. En realidad sí que era estúpido si lo pensaba, ¡¿qué clase de persona quiere montarse en una escoba a jugar un deporte cuando está viviendo un infierno como el mío?! Pero el Quidditch era lo que era normal para mí, y sin un poco de estabilidad me iba a volver completamente loca. Me iba a obsesionar con la traición de mi tía, con la paranoia de que volviese a pasar, me consumiría el dolor de la pérdida de mi familia y el odio que le tenía a la mortífaga que había escapado y que había estado a punto de matarme. Ardía con el deseo de hacerla a ella lo que me había hecho a mí… pero no podía dejar que el odio me cegase ni que la impaciencia por obtener justicia me desesperase. Por eso necesitaba normalidad, y Quidditch, y estudiar, y pasar tiempo con las pocas personas que no tenía miedo que me apuñalasen por la espalda con la daga de la traición como lo había hecho mi tía.

-Podrías enseñarme a ser golpeadora- le sugerí a Ian entonces, encogiéndome levemente de hombros.- Si supieses las ganas que tengo de golpear cosas brutalmente fliparías.- Me puse un poco triste cuando Ian mencionó a su hermana, porque me entristecía pensar que los demás todavía tenían a sus hermanos pero yo no, y a la vez me puso contenta el pensar en que la gente tenía la suerte de tener a sus familias intactas, sanas y salvas. Era un sentimiento extraño, pero logré volver a sonreír.- Tu hermana es un amor.

Cuando el sanador vino y me dijo que ya mañana me darían el alta me preocupé, porque no quería estar con mi familia. Les quería, sí, quería a mis tíos y a mis primos, al menos a la mayoría de ellos (ya es sabido que hay algunos que me dan mala espina, como la tía Anna Lysa me la dio en su momento…) , pero no quería verles. La sola idea de hacerlo me ponía mala. Sabía que mi paranoia crecería muchísimo estando con ellos y eso solo me pondría peor, y no quería ponerme peor. Me había costado muchísimo sobrevivir, me había costado muchísimo salir adelante como para tirarlo todo por la borda ahora. Quería ponerme mejor y fortalecerme, cosas que no podría hacer con ellos por mucho que sus intenciones fuesen buenas… Pero entonces Ian volvió a demostrar ser un buen amigo, por mucho que eso pudiese llegar a sorprender a muchos, y me ofreció quedarme en su casa.- ¿En serio? ¿Seguro que no te importa?- cuando me confirmó que sí que podía quedarme con él y su familia me acerqué a él con cuidado de no hacerme daño en el estómago que todavía estaba muy sensible por haber sido atravesada por ahí, y abracé a mi amigo con muchísimo cariño y enorme gratitud.- Muchísimas gracias Ian- susurré mientras le abrazaba, y entonces sonreí de verdad y le di un beso en la mejilla. ¿Quién decía que los Slytherin eran todos malvados?
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Ian Howells el Mar Sep 22, 2015 2:17 pm

Juliette, la hermana de Ian, la verdad es que sí, era un amor. Podía no conocerte, pero su empatía era totalmente proporcional a lo pija que era, por lo que podrían hacerse una idea. A Ian su hermana le caía normalmente bien, eran dos personas que parecían inseparables, aunque debían de aceptar ambos que no estaban hechos para pasar las 24h del día juntos. Los ocho meses que pasaron en la barriga de su madre fueron suficiente tiempo seguido que prefieren no volver a repetir. Así mismo, Juliette era de esas personas a las que le agradaban personas normales que a Ian le caían bien. Y teniendo en cuenta que Ian se había sacado una amiga Gryffindor, pues tenía cierta… curiosidad por conocerla mejor. Ya que normalmente Ian solo se rodeaba de serpientes que no trataban muy bien a la Ravenclaw.

Ian formó en sus labios una sonrisa de lo más altiva.-¿Por qué te crees que soy golpeador? Adoro golpear cosas, con rabia y odio. Lo importante es la puntería y tener fuerza, porque si no la bludger te hace más daño a ti que al otro si le das mal.-Él, sobre todo en sus primeros años, había tenido una pequeña fractura en el brazo debido a que no tenía ni idea de cómo darle a la bludger y se había medio movido el hombro. Fue muy desagradable.-A veces, sí.-Dijo Ian, sin aparentar estar muy convencido con lo de que su hermana era un amor.

Seamos sinceros… el hecho de que Ian hubiera invitado a Lisbeth a quedarse los días restantes en su casa, no había sido un plan premeditado y, mucho menos, consultado por sus padres. Ian, como era así de liberal, consideraba lógico hacer cosas por sus amigos cuando lo necesitan, por lo que le ofreció su casa. Él tenía la teoría de que probablemente a sus padres no le importarían, pero oye, a lo mejor a su madre le entra la vena paranoica y dice que no, que Lisbeth es una chica que atrae la muerte y el caos y que a la casa no entra. Su madre era muy de esas cosas. Pero bueno, a priori, a Ian no le importaba lo más mínimo. Total, eran solamente dos o tres días. Y de todas maneras, tendría tiempo esta noche de convencer a sus padres en el caso de que no estuvieran de acuerdo con él en que es una buena idea.

Lisbeth pareció encantada con la noticia, por lo que le dio un abrazo al chico. Adoraba que las chicas le dieran abrazos porque, aunque sonase un poco cerdo, era divertido notar sus pechos contra él. Eran suaves. Pero debía de admitir que en aquel momento no pensó en eso lo más mínimo, estaba más preocupado en no hacerle daño, ya que le parecía, en aquellos momentos, increíblemente frágil.-Sin problemas. Se lo diré a mi madre cuando vuelva, seguro que no le importa. Y mañana te vengo a buscar como un gentleman. ¡Para que luego digan! Que si Ian es un cerdo, que si Ian blablabla…-Hizo una gesto desdeñoso y curvó una sonrisa.-Así que ya sabes. Seguro que mi familia te cae bien y por lo menos así te evades antes de empezar Hogwarts otra vez. A mi hermana ya la conoces y debo de advertirte que mi madre es mi hermana pero en versión 2.0., así que habla mucho. Pero mi padre es más tranquilo.-Le explicó, para que se hiciera una idea de lo que se encontraría.

No obstante, ahí lo importante es cómo pensaba decirle Lisbeth a sus familiares que prefería pasar el resto de días con otras personas en vez de con ellos.-¿Vendrán hoy tus familiares? ¿Cómo se los dirás? En plan sin cortarte ni un pelo y soltándoles un: “No me fío ni un pelo de los de mi sangre, así que me voy a otra casa hasta que se me quite la paranoia”?-Preguntó, mirándola de reojo, ya que teniendo en cuenta que estaba al lado de ella, si la miraba directamente se quedaba sin cuello.-Ya sabes que yo soy pro sinceridad a muerte. Te ahorra dar explicaciones de más.
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Ian HowellsMagos y brujas

Lisbeth Ravensdale el Sáb Oct 17, 2015 12:19 am

En realidad sí que quería que Ian me enseñase en serio a ser golpeadora. ¿Por qué? Porque quería imaginarme que las Bludgers eran las cabezas de los mortífagos para así poder golpearlas con todas mis fuerzas y toda mi rabia una y otra vez hasta que reventasen. Que pena que no fuesen a ser sus cabezas de verdad, pues adoraría verlas hechas pedazos. Nunca había sido una persona violenta, jamás me habían gustado las peleas ni le había deseado el mal a nadie, pero ahora que me había pasado lo que me había pasado no había nada que quisiese más que bañarme en las sangre de los mortífagos que mataron a mi familia y en la de todos los demás que pertenecían a su bando de cobardes.

Había aceptado la invitación de Ian a quedarme en su casa sin pensarlo mucho, pues estaba desesperada y quería ir a cualquier sitio que no fuese con la familia que me quedaba. Debía de haberle dicho que no podía aceptar hasta saber a ciencia cierta que a sus padres no les iba a importar, y no me habría molestado si me decían que no podía quedarme en su casa, pero la verdad era que estaba desesperada. No podía quedarme en la calle, y la verdad era que aunque no quería estar con mi familia me daba miedo estar sola. ¿Y si la mortífaga que había escapado venía a por mí? Pero la idea de poder ir a casa de Ian y quedarme allí me daba una sensación de seguridad que apreciaba mucho. Sonreí cuando me contó cómo era su familia.- Bueno, ya te he dicho que me parece que tu hermana es un amor, así que si tu madre es como ella debe de ser un amor también- por esa regla de tres, aquello era lógico pensar eso.

Después de agradecerle que me dejase quedarme en su casa me preguntó sobre lo que le iba a decir a mis familiares. Asentí cuando escuché lo que me decía.- Sí, se lo voy a decir sin cortarme. Es la verdad, así que me entenderán. Saben que tengo una tía más y dos primos que nunca nos han caído bien al resto de la familia por las mismas razones por las que no nos caía bien Anna Lysa, y mira lo que ha pasado con ella- mascullé, sintiéndome enfadada al pensar de nuevo en esa puta.- Supongo que incluso ellos mismos van a estar cuidándose las espaldas en su propia casa. Cuando algo como lo que ha pasado en mi familia ocurre, es difícil olvidarlo y dejar que las cosas vuelvan a la normalidad.

Estuvimos hablando un buen rato, hasta que una sanadora entró en cuarto y dijo que ya se habían pasado las horas de visita. Yo protesté un poco, pues Ian era la única persona con la que me había sentido bien y cómoda en días, pero la sanadora insistió en que tenía que descansar para que pudiesen darme el alta al día siguiente, así que Ian tuvo que irse. Quedamos en la hora a la que vendría a recogerme, y tras despedirnos se fue.

Dormí mejor que las noches anteriores, y por la mañana cuando desperté dejé que los sanadores me hiciesen todos los chequeos necesarios para comprobar que estaba sana antes de que me diesen el alta. La tarde anterior le había pedido a uno de ellos que contactara con mi tío y le pidiese que me trajese unas cosas, como ropa y cosas por el estilo para poder irme a quedarme en casa de Ian hasta el final de las vacaciones de Semana Santa. Había esperado que mi tío intentase convencerme de que fuese a casa con ellos, pero fue de mi agrado ver que mi familia había entendido mis razones para querer alejarme de ellos y no habían rechistado, sino que me iban a dejar ir hasta que estuviese lista para volver con ellos. El sanador me dio la maleta con mis cosas que mi tío había traído, y entonces me aseé, me cambié y me puse unos simples vaqueros y una camiseta blanca y deportivas, lo cual era un cambio agradable después de estar días con el camisón del hospital. Cuando estuve lista me despedí de todos los sanadores y medimagos que me habían cuidado y atendido durante aquellos días y ellos me desearon lo mejor, y entonces abandoné la habitación de hospital y me fui a la primera planta, en la que esperé sentada a que Ian viniese a la hora que me había dicho que estaría aquí. No podía ocultarlo, estaba muy nerviosa, y luchaba por detener el temblor de mis manos. No iba a volver a casa. Todo era diferente. Pero iba a hacer un esfuerzo porque todo estuviese bien a partir de ahora.
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Lisbeth RavensdaleInactivo

Ian Howells el Sáb Oct 17, 2015 3:21 am

El tiempo allí se pasó rapidísimo hablando de todo un poco. Ian solía tener temas de conversación todo el rato, de uno para otro. Era uno de los pros de ser un charlatán que adora hablar de todo tipo de cosas; no había nada que fuera un tema tabú para él. Quizás del que menos le gustaba hablar era de sus sentimientos y comportamiento ante personas importante (mejores amigos como Damon, que para ser mejores amigos siempre estaban jodiéndose o a sus propios padres), pero la verdad es que aún así no le importaba lo más mínimo comentar el tema. Por todo lo demás: heces humanas, el por qué del universo, sexo, cualquier tema muggle que conociera, todo. Y bueno, realmente tocaron de todo un poco hasta que la sanadora le echó de allí.

Una vez llegó a la casa le explicó todo a los padres. Como de costumbre, la madre se emocionó, ya que, según sus propias palabras: “Ay, mi madre, ¡que mi hijo va a traer una chica a casa”, ella no escuchó la parte de: “Todas su familia está muerta y no tiene donde quedarse”, pero bueno… Por suerte el padre era mucho más comprensivo y mostró el respeto adecuado. La hermana, por otra parte, se sentía bastante apenada, pero bastante contenta de que Lisbeth pasase ahí los días restantes y no sola.  

Ian apareció con el padre en San Mungo en dónde había quedado con Lisbeth al día siguiente. La madre había insistido en ir ella a acompañar a Ian, pero ambos hombres se fueron a escondidas, sabiendo que sería lo mejor para la primera impresión de Lisbeth.-¡Pelirroja!-Llamó su atención. Ian iba con una camisilla de manga hueca, algo caída, dejando entrever todo su brazo tatuado, un pantalón ajustado y unas playeras anchas mal abrochadas. Y, como no, su típica gorra echada hacia atrás.-¿Qué tal? ¡Estabas mucho más sexy con el camisón!-Dijo Ian, recibiendo una mirada reprobatoria por parte de su padre.-Este es mi padre.-Dijo Ian encogiéndose de hombros justo al llegar a ella.

-Soy Henry, el cafre de mi hijo tiene los modales por los suelos…-Dijo el padre.-¿Preparada? Mi mujer nos espera.-Le dijo, tendiéndole caballerosamente la mano a la chica. Ella la aceptó y Henry le puso la mano en el hombro a Ian para volver a desaparecerse con ambos.

Aparecieron en la casa, más concretamente en el centro de un gran salón comedor. Juliette se encontraba en la mesa del comedor haciendo lo que parecían deberes, mientras que la madre aparecía desde un arco que daba hacia la cocina tras escuchar el característico sonido de la aparición.

-¡Lisbeth!-Dijo, como si la conociera de toda la vida. La madre era un poco inquieta y eufórica. Juliette sacó lo de eufórica e Ian lo de inquieto. Se acercó a la pelirroja y la abrazó.-Siento mucho lo que te ha pasado, pequeña.-La voz de la madre tenía un acentazo sudamericano que daban ganas de reír.-Aquí nos tienes para lo que quieras. ¡Lo que te haga falta! ¿Tienes hambre? ¿O sueño? Las camas de San Mungo son catastróficas. Me acuerdo cuando me entró aquella enfermedad. ¿Te acuerdas querido? ¡No dormí en toda la semana que estuve ingresada!-Comentó como tal cosa, sin dar hincapié en el tema principal de todo eso, ya que Ian había dicho claramente que nada de hablar de lo sucedido.

-Mamá, eres agobiante. Te lo hemos dicho todos ya, pero ella no te lo va a decir por cortesía.-Le dijo Ian a la madre, poniendo los ojos en blanco.

-Si soy agobiante me lo dices, cariño.-Dijo la madre mirando a Lisbeth.-Corre a la habitación de invitados para que deje las cosas, que la pobre va toda cargada.-Le ordenó Cassidy a Ian. Ian fue a darse la vuelta sin coger nada para guiarla, pero la madre soltó un grito. Era una gritona. Siempre gritaba. La madre de Howard de The Big Bang Theory no tenía nada que hacer contra Cassidy Gray.-¡Ian! ¡Ayuda a la chica con sus cosas, carajo!-Dijo. Ian se giró para mirarla con reproche.-Este niño… ¡Almorzamos en dos horas! ¡Lisbeth, ponte cómoda!

Ian retrocedió esos pasos y cogió una de más mochilas de Lisbeth para cargársela al hombro y empezar a caminar para salir de aquel salón-comedor, escuchando a su madre de fondo. Juliette era un poco tímida, por lo que se limitó a saludar a Lisbeth con una apenada sonrisa en el rostro. Ian salió a un Hall para subir por unas escaleras principales bastante grandes que daban al piso superior, donde estaban las habitaciones. Pasó las dos primeras para llegar a la tercera, abriendo la puerta para dar lugar a la habitación de invitados.-Realmente le llamamos “habitación de invitados”, pero para todos nosotros es “la habitación dónde se queda la abuela”, la mía es la puerta de al lado, para que lo sepas.-Confesó Ian, entrando al interior para dejar una de las mochilas encima de la cama.-La verdad es que no nos curramos mucho la decoración de este cuarto…-Reflexionó poniéndose las manos en las caderas y mirando a su alrededor.-Ya te dije que mi madre era un poco eufórica.-Le dijo Ian. Todo el mundo (muggle, sobre todo) conocía a Cassidy Gray por su fama en el mundo del cine, con esa máscara graciosa de latinoamericana agradable no eufórica. Pero solo su familia sabía lo pesada que podía llegar a ser. Aunque debía de admitirlo, Ian la adoraba. Era con la que mejor congeniaba de toda la familia aunque no lo pareciese. Su padre, escritor, reservado, de la vieja escuela… Pegaba mucho más con Juliette.-¿Necesitas algo?-Preguntó Ian, por si lo tenía todo o necesitaba algo. Como un cepillo de dientes. ¿Tendrá cepillo de dientes? Si Ian fuera ella, seguro que se le hubiera olvidado el cepillo de dientes. ¡Siempre se le olvida! Siempre se lo tienen que mandar su madre por una lechuza.
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Lisbeth Ravensdale el Sáb Oct 17, 2015 7:47 am

La sala de espera no era precisamente la más silenciosa de todo el hospital, pero aún con todo el barullo que hacía la gente al entrar y salir y llamar a los sanadores se oyó a Ian llamándome “pelirroja”, como él casi siempre hacía. Varias cabezas se giraron hacia él, y una bruja vieja que parecía estar esperando a que la ingresasen por un severo caso de migraña le miró con muy mala cara y con humo saliéndole de las orejas. Yo sonreí al ver a mi amigo, que había llegado a buscarme justo a tiempo acompañado de su padre, tal y como había prometido. Me levanté de la silla en la que había estado esperando durante unos pocos minutos y fui a abrazar a mi amigo con cariño, agradeciéndole de manera silenciosa que hubiese venido a sacarme de este sitio infernal. Puse los ojos en blanco cuando escuché su comentario, pero no pude evitar sonreír más ampliamente.

-Deberías haberme visto con el camisón de la operación, tenía todo el culo al aire- le dije, pero me corté en cuanto vi a su padre, que le estaba reprochando sus modales a su hijo. El hombre me tendió la ano muy educadamente y se presentó, y yo se la estreché e hice lo mismo, aunque lógicamente ya sabría mi nombre y todo, pero era lo educado.- Encantada, soy Lisbeth. Muchísimas gracias por venir a recogerme y dejarme quedarme en su casa, señor Howells- dije, y poco después él nos ayudó a Ian y a mí a desaparecernos del hospital y a aparecer en su casa, en la que nunca antes había estado pero que iba a ser mi hogar durante unos pocos días.

Aparecimos en medio del salón. Apenas me había dado tiempo a mirar un poco a mi alrededor cuando una mujer se acercó a mí de manera tan eufórica que hasta me sorprendió. Ian ya me había avisado el día anterior sobre cómo era su madre, pero realmente no había esperado que fuese a ser tal y como me la había descrito. No tenía ninguna queja al respecto, pues yo ya estaba algo alicaída pensando que iba a ir a esa casa e inmediatamente iba a estar rodeada de la actitud y de los comentarios que me habían rodeado en San Mungo desde que fui ingresada: pena, lamentos, acciones tensas e incómodas porque no sabían cómo portarse a mi alrededor, comentarios muy medidos, pesimismo, frialdad… Era como habían estado los sanadores y como habían estado mis tíos y primos, aunque no Ian, pero era lo normal. Fue una muy agradable ver que la madre de Ian era todo lo contrario a esas personas, y no pude evitar sonreír cuando vino a saludarme y me habló.

-Gracias- murmuré mientras la devolvía el abrazo cuando me dio el pésame de una manera menos tétrica que como me lo habían dicho los demás. Su acento le daba un toque muy alegre y vivaz a sus palabras y a su personalidad en general, lo cual también me puso de mejor humor que del que solía estar en los últimos días. Parecía que ir a esa casa había sido una idea muy acertada.- Muchísimas gracias por su hospitalidad, en serio. Y no necesito nada, gracias de nuevo- dije, queriendo ser educada en todo momento. Después de todo ellos no tenían por qué haberme aceptado ahí, pero lo habían hecho y eso era muy importante para mí después de todo lo que había pasado. Fulminé un poquito con la mirada a Ian cuando dijo que su madre era agobiante. ¡Qué poco tacto!- ¡Ian, qué cosas dices! Tu madre no es para nada agobiante. No se preocupe, señora Howells, su hijo habla más que piensa a veces- dije con una ligera sonrisa, y ambas reímos por lo bajo.

Saludé a Juliette con la mano, y entonces Ian me ayudó con la maleta y la mochila después de que su madre le dijese que me ayudase y que me llevase al que iba a ser mi cuarto. Llevaba lo esencial para aquellos días, pero iba a tener que escribir a mi tío para que me enviase los libros y el material del colegio, que se habían quedado en mi cuarto en la casa a la que no pensaba volver ni muerta, al menos no por ahora. Me sentía un poco mal por obligar a mi tío Theo a ir a la casa en la que habían sido asesinados su hermana, su cuñado y sus sobrinos a manos de su otra hermana y de otros salvajes inhumanos, pero no me quedaba otra opción. Entré con Ian a la habitación de invitados, e inmediatamente me gustó.

-A mí me parece que la decoración está muy bien, la habitación es muy acogedora- comenté. Además, era luminosa. La luz era buena en tiempos oscuros. Ian y yo dejamos las cosas sobre la cama y comencé a deshacer la maleta. La mochila no la había abierto todavía desde que mi tío la había enviado al hospital, así que no sabía qué había dentro.- Tu madre me ha parecido un encanto, ya te dije ayer que intuía que lo sería. Eres un exagerado- le dije mientras sacaba la ropa de la maleta y la ponía en los cajones y las perchas del armario vacío. Era muy poca ropa y para pocos días, pero me ponía nerviosa no sacarla de la maleta así que prefería guardarla.- No, creo que lo tengo todo- le dije a Ian. Ropa, neceser…- No toques eso- dije mientras guardaba unas camisetas, dándome cuenta de que mi maleta estaba abierta de par en par con mi ropa interior a plena vista.

Cuando guardé todo el contenido de la maleta en el armario abrí la mochila, y me encontré con el uniforme de Hogwarts y con unas fotos. Las saqué y las miré. Eran de mi familia. No se las había pedido a mi tío, ni siquiera se me había pasado por la cabeza hacerlo, pero ahí estaban. La primera que saqué era de mi hermano, Robb. Estaba sonriendo como siempre, y me hijo sonreír a mí también, aunque sentí el picor de unas lágrimas que no quise derramar en los ojos. Luego había una foto de Lyanna, y una del pequeño Richard. La última era de mis padres, Edward y Marissa. Miré las fotos con ternura y con tristeza, y las guardé con cuidado en el cajón de la mesita de noche junto a la cama.

Guardé la mochila en el armario y la maleta debajo de la cama, y me senté al lado de Ian.- ¿Qué vamos a hacer? ¿Con qué piensa distraerme mi atento anfitrión?- pregunté, secándome con la mano una lágrima que se me había escapado. No tenía muchas ganas de hacer nada, solo quería tumbarme y dormir, pero sabía que si no hacía cualquier cosa para distraerme lo único que haría sería mirar al techo mientras pensaba en mi familia y en sus muertes, y me volvería loca. Eso no podía ser así.
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Ian Howells el Mar Oct 20, 2015 12:21 am

Era normal que Lisbeth defendiera a la madre de Ian. Era adorable a simple vista e increíblemente atenta, pero en el fondo era una mala arpía. Ian puso los ojos en blanco cuando Ian le dejó claro a su madre que Ian a veces no pensaba cuando hablaba.

-¡Eso siempre le digo yo!-Dijo la madre, mirando a Ian con reproche. El padre sonrió divertido, posando la mano sobre la cadera de la madre.

-Llévala a que se ponga cómoda y luego seguimos hablando.-Dijo el padre mientras Ian salía de allí junto a Lisbeth.

Ambos llegaron a la habitación de invitados, esa habitación que para Ian era la más desabrida de todas. Siempre se había acostumbrado a tener su habitación llena de cosas, con montón de decoración y tener muebles en la mayoría de la casa bastante modernos. Aquella era la habitación más aburrida con diferencia. Pero bueno, Ian no iba a quedarse a dormir ahí, sino Lisbeth. Así que con que le gustara a ella bastaba. Ella comenzó a deshacer la maleta mientras que Ian se encontraba sentado al lado de la maleta.-Eso es porque le caes bien porque eres la invitada. Si fueras hijo de ella te darías cuenta de lo malvada que puede llegar a ser.-Sin duda alguna tenía esa alma Slytherin en lo más profundo de su afable carácter.-No toco, solo miro. Qué sexys esas negras con encaje, ¿no?-Preguntó divertido Lisbeth se llevó la maleta para terminar de colocarla.

Luego vino un momento incómodo en el que la chica vio que en su mochila habían unos retratos. Por la cara que se le quedó, Ian intuyó que se trataban retratos de su difunta familia. Y claro, Ian tenía la habilidad de decir cagadas en esas situaciones, tales como: “Joder, qué buena estaba tu madre”, por lo que decidió guardar silencio y no inmiscuirse en ese momento sentimental. Odiaba los momentos sentimentales. Demasiados sentimientos.

Guardó todas las fotos en la mesita de noche y volvió a sentarse al lado de Ian, al cual le preguntó cuáles serían los siguientes planes.-Buena pregunta. ¿Empezamos enseñándote la casa? Es que está lloviendo, vamos a tener que posponer el plan del Quidditch.-Dijo Ian, levantándose de ahí para salir de la habitación. Echó hacia la dirección contraria por la que habían venido, encontrándose con dos puertas a cada lateral y una puerta al fondo. Abrió primero la puerta de la derecha -la que estaba contigua a la habitación de invitados de Lisbeth-. En el interior estaba el baño.-Hay un baño aquí y otro abajo, usa el que quieras. El de abajo tiene ducha, es el que casi siempre uso yo.-Le dijo a Lisbeth, cerrando la puerta pues el baño tampoco es que fuera algo muy llamativo. Abrió la puerta de enfrente y en el interior estaba la habitación de Juliette.-Esta es la habitación de mi hermana.-Y tras echarle un vistazo, cerró la puerta para no invadir la intimidad de su hermana para seguir recto y abrir la puerta del fondo. Era la era la habitación de sus padres.-Y esta es la habitación de mis padres, mira, ven.-Le dijo, invitándola al interior, ya que esa habitación siempre estaba perfectamente recogida. Llegó hacia el otro extremo, donde había una puerta de cristal y cristaleras y se asomó por ellas, viéndose en el exterior como estaba lloviendo a cántaros.-¿Ves el jardin? Esta parte de aquí, la trasera, es recta y está todo al mismo nivel, pero nuestro terreno está todo súper torcido. Es como si nuestra casa estuviera metida en medio de la tierra.-Dijo divertido.-Uno de los inconvenientes de vivir en una colina en Godric, tu porque viniste apareciéndote, pero cuando deje de llover salimos para que veas, toda la planta baja está bajo tierra. Las ventanas que veas están encantadas para que no sea tan cerrada y oscura.-Se encogió levemente de hombros.-Vivíamos en Londres cuanto éramos pequeños pero con siete años nos mudamos a Godric porque mi madre no soportaba los paparazzis y el acoso de los fan. Como Godric solo lo conoce la comunidad mágica, es mejor. Para los muggles mi madre está desaparecida en a saber qué isla caribeña viviendo en secreto.-Dijo divertido ante las paranoias que se montaba su madre mientras volvían a salir por la puerta por la que habían entrado.

Justo al lado de la puerta de la habitación de los padres de Ian, habían unas escaleras secundarias que te hacían bajar y daban directamente a la cocina de la casa, la habitación que estaba justo debajo de la habitación de los padres. Era una habitación sin ventanas reales, pues estaba bajo tierra.-Aquí podemos encontrar a la especie Silfoide Melodrimatis, una especie en peligro de extinción conocidas por sus grandes berridos a la hora de cantar mientras cocina…-Susurró divertido Ian cuando vio a su madre cantar horriblemente mientras cocinaba.-Eso sí, cocina de maravilla.-Dijo divertido, saliendo por la puerta sin que su madre se percatara de la presencia de ambos. Luego llegaron al salón-comedor en el que habían aparecido y siguieron de largo, para llegar nuevamente al hall en donde estaban las escaleras. Justo al lado de la entrada al salón, metida entre las escaleras y la pared, había una puerta. Ian la señaló.-Ese es el segundo baño.-En frente del salón (al otro lado del hall) había una gran puerta y se dirigieron hacia allí, abriendo la puerta para dar paso a la biblioteca de la casa y el despacho de Henry.-Y este es el rincón de mi padre. Se pasa aquí horas y horas, leyendo y escribiendo. Mi padre alardea de haberse leído todos los libros que hay en esos estantes, pero yo no me lo creo.-Dijo Ian. Desde que era pequeño nunca se lo había creído.

-Qué pocas confianzas depositas en tu padre.-Dijo Henry, que apareció encima de las escaleras de la biblioteca con un libro en la mano.

-Venga ya, papá, admítelo de una vez que no te lo has leído.-Dijo Ian, mirándole con diversión.

-Joseph, hay gente que encuentran mayor compañía y entretenimiento en un libro que jugando al Quidditch o gastándose mi fortuna en pintarte todos los brazos.-Dijo el padre con un gesto de lo más divertido, refiriéndose a los tatuajes de Ian. El chico sonrió.

-Te dejamos trabajaaaaar…-Dijo Ian a la vez que cerraba la puerta detrás de él para salir de allí. Subieron las escaleras nuevamente y esta vez entraron a la primera habitación de todas, que era la habitación de Ian.-Y esta es la mía.-Dijo finalmente, entrando al interior para tirarse en su cama y observar su cantidad de fotos y posters en la pared. Era la gran mayoría de tatuajes, tías buenas, gente haciendo kickboxing, etc… En su estantería había una guitarra eléctrica, además de un casco de motocross y varios premios, los cuales eran por haber ganado en torneos de verano de kickboxing.-La mía es la que más mola, admítelo.-La habitación de Ian era la más pequeña de toda la casa posiblemente, tenía la estantería, la cama y en dónde debía de haber ido un escritorio para sus quehaceres de estudiante responsable, había graffitis que él mismo había hecho, una tele colgada y una consola con la que poder jugar. Pero él era malísimo a esos juegos. Normalmente la usaba para ver películas y series y rara vez jugaba.
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Lisbeth Ravensdale el Dom Dic 27, 2015 1:17 pm

Le di un manotazo en la mano a Ian mientras yo sacaba la ropa de la maleta para ponerla en los cajones que iban a ser míos durante los próximos días, pues sus ojos ya se habían desviado a donde no tenían que hacerlo, aunque sonreí un poco porque eso era típico de Ian. Cuando todo estuvo puesto en su sitio y en orden guardé la maleta y suspiré. Este lugar no era mi casa y eso lo tenía muy claro, pero al menos la hospitalidad y amabilidad con la que había sido recibida y bienvenida en la casa me hacían sentir segura y más alegre de lo que estaría en cualquier otro sitio después de lo que había pasado.

Ian y yo habíamos tenido planes para jugar al Quidditch, pero esos planes habían sido frustrados por la lluvia. A mí me gustaba jugar bajo la lluvia, pero no era lo más prudente del mundo.- Vale. De todas formas acabo de salir de San Mungo, aún necesito un día más para estar en forma- dije, y accedí a su propuesta de enseñarme como era el resto de la casa. Salí con él de la habitación y le seguí por el resto de la casa, de la cual lo poco que había visto desde que había entrado ya me había gustado.

Me enseñó el cuarto de su hermana, pero no nos detuvimos mucho tiempo a verlo porque los dos éramos conscientes de que husmear en el cuarto de una hermana era el mayor peligro que existía en el mundo. Las hermanas dejaban de ser hermanas y se convertían en fieras salvajes sedientas de sangre. Lyanna se ponía enferma cuando alguno de sus hermanos entrábamos en su cuarto sin permiso y, la verdad, yo también me ponía mala cuando la pillaba a ella de repente en el mío, o a Robb o a Richard. Richard husmeaba mucho porque se aburría porque todavía no estaba en edad para ir a Hogwarts. Cuando sus hermanos mayores no estábamos en casa se entretenía desordenándonos las habitaciones y cambiando las cosas de sitio e intercambiando las cosas de las habitaciones de una a otra hasta que todo era un caos, y eso culminaba con una guerra familiar que duraba al menos una semana entera cuando volvíamos los mayores de Hogwarts.

-¡Me gusta esta habitación!- dije cuando vi el dormitorio de sus padres. Me daba un poco de apuro entrar, pues no era de buena educación entrar en las habitaciones de la gente que no te ha invitado personalmente y menos tratándose de la habitación de los adultos, pero aun así entré para ver qué era lo que Ian quería enseñarme. Me asomé al cristal para mirar al exterior y escuché lo que decía sobre el jardín y sobre que parte de la casa estaba bajo tierra.- ¡Eso mola! Es casi como si vivieseis en una casa de un Hobbit- dije, recordando esos libros y películas muggles que tanto le gustaban a Lyanna. A mí nunca me habían llamado mucho la atención, pero había visto las pelis con ella y la curiosa arquitectura me había parecido bonita.- Yo vivía en el otro lado del valle, en una zona más plana. Nuestra casa no estaba bajo tierra, aunque sí que había que subir una cuesta enorme para llegar. Robb se aparecía allí directamente, pero cuando quería molestarnos no nos llevaba con él y teníamos que caminar- murmuré mientras ponía los ojos en blanco recordando eso, y seguí escuchando lo que me contaba Ian.- Tu madre es actriz, ¿no?

Continuamos con el tour por la casa. Le di otro fuerte manotazo juguetón a Ian cuando haló así de su madre. ¡Qué falta de respeto! Y la señora me había caído muy bien. Aunque la verdad era que sí que cantaba fatal, y la manera en la que Ian había hablado había sido bastante graciosa, por lo que no pude evitar sonreír aun en contra de mi voluntad. El salón-comedor me encantó y probablemente se convirtió en mi lugar favorito de la casa, y la biblioteca también me gustó mucho. Me gustaba leer, aunque no era una rata de biblioteca ni mucho menos, pero un buen libro de vez en cuando siempre se apreciaba. Tenía buena vista así que a pesar de no estar justo delante de los libros podía leer los títulos en sus cubiertas, y reconocí muchos de ellos.- Mi padre también habría alardeado de eso, seguramente- comenté cuando Ian dijo eso de su padre.- Y mi madre alardearía de haber leído casi todos. Todos no, porque no podía leer los libros que mi padre nunca soltaba.

-Tus padres eran mi tipo de gente, entonces- oí que decía el padre de Ian y yo sonreí, y reí cuando él se metió un poco con su hijo y sus tatuajes.

Ian y yo salimos de allí y fuimos a su habitación.- Si nunca en mi vida hubiese visto esta habitación y alguien me hubiese secuestrado y me hubiese traído a esta habitación habría sabido inmediatamente que era tu habitación- dije viendo todas las cosas que había en la habitación. ¡Era tan Ian!- Sí que mola, sí- asentí, aunque yo le quitaría los pósters de las tías buenas.- ¿Así que aquí es a donde traes a tus infinitas conquistas?- pregunté con tono bromistas mientras me acercaba a la cama en la que él se había tirado y le pinchaba con un dedo en la cintura, el típico pinchado que provocaba unas cosquillas horribles.

-Oye, me voy a dar una ducha- dije entonces.- Huelo a hospital y estoy asquerosa.

Aunque había podido asearme no había podido darme una ducha en condiciones desde hace días. Me fui del cuarto de Ian y fui al mío, al de invitados, donde cogí unas toallas para el baño que había en uno de los cajones y fui al baño más cercano. Cerré la puerta con pestillo (por costumbre, estuviese donde estuviese siempre cerraba con pestillo porque era una manía mía. Odiaba que en Hogwarts no hubiese pestillos) y me quité la ropa y la dejé tirada en el suelo. Encendí la ducha y puse el agua muy caliente y me metí, mojándome el pelo y todo. Estuve bajo la ducha sin hacer nada durante unos minutos, simplemente empapándome entera y dejando que el agua me diese de lleno en la cara para despejarme. Quería quedarme ahí para siempre, pero al no ser mi casa no quería malgastar agua (mi madre siempre se enfadaba mucho con lo de malgastar agua en nuestra casa) así que abandoné esa esquina de mi mente a la que me había retirado durante unos minutos y me sequé un poco la cara para poder abrir los ojos y ver. Allí había jabón y champú y acondicionador para mujeres, y cogí un poco para lavarme el pelo, que estaba asqueroso desde que había ingresado en el hospital. Tras lavármelo y enjuagármelo cerré la ducha y salí de ella. Me quité la humedad del pelo con la toalla pequeña y me envolví el cuerpo en la grande, que era blanca e increíblemente suave y me hizo sentir súper bien. Antes de ponérmela vi la cicatriz que se me había quedado en el estómago, un recuerdo doloroso del ataque que había sobrevivido. Los sanadores habían dicho que a lo mejor desaparecería con un poco de tiempo o a lo mejor no. La verdad era que no me importaba. Si se iba bien, y si no sería siempre un recuerdo de la maldad que hay en este mundo, la maldad que hay que erradicar para siempre.

-Mierda- mascullé al darme cuenta de que se me había olvidado la ropa en el dormitorio. Me quité un poco más la humedad del pelo y dejé la toalla pequeña en el baño antes de salir de allí para ir rápidamente al cuarto de invitados a por la ropa. Aunque estaba en vuelta en la toalla grande blanca el cambio de temperatura al salir del baño hizo que me estremeciese de frío durante unos segundos. Entré de puntillas en el suelo para no ir dejando huellas mojadas por ahí. Cerré la puerta tras de mí sin fijarme en el interior, y cuando me di la vuelta vi de repente que Ian estaba allí tirado en la cama, y me dio un susto enorme porque no me lo esperaba.- ¡Jesús!- exclamé sobresaltándome, y a punto estuve de tirar a toalla. La agarré antes de que mi pecho quedase al descubierto.- Joder qué susto me has dado- murmuré mientras iba al armario y abría los cajones, de donde saqué ropa interior y ropa cómoda para estar por la casa.
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Ian Howells el Lun Dic 28, 2015 8:53 pm

Ian miró a Lisbeth con cara de loca cuando dijo no sé qué de un hobbit. Ian no tenía ni pajolera idea de literatura muggle, por lo que desconocía por completo el mundo creado por Tolkien. Pero bueno, la miró con cara de berenjena y simplemente obvió el comentario. Preguntó, suponía que para cerciorarse, si su madre era actriz y él asintió.-Sí, suele trabajar con muggles, pero aún así es bastante famosa en el mundo mágico.-Dijo. Normalmente la gente no relacionaba a su madre como la madre de Ian, pero entre que no se parecían mucho y que la madre había querido continuar con su apellido de soltera debido a la fama, era bastante difícil relacionar los hechos. Aunque mejor así, la verdad. Ya tenía suficiente con el padre escritor.

Tras pasar por la biblioteca y hablar con el padre de Ian, llegaron a la habitación del muchacho. Era bastante sencilla, pero la verdad es que Ian era de esas personas que a pesar de tener mucho dinero, no lo aparentaba. No es que fuera humilde, sino que simplemente siempre ha sido un niño mimadito que no le hace falta más de lo que tiene.

Ian se tiró en la cama mientras miraba al techo, haciendo un movimiento super amorfo cuando Lisbeth decidió que era divertido clavarle el dedo en el costado. En verdad sonrió, pero porque odiaba las cosquillas que eso le producía.-¡Que va!-Dijo divertido Ian.-¿Mis múltiples conquistas a mi casa? ¿Quieres que a mi madre le de un chungo? Que va, que va… Aquí no suelo traer a nadie porque viven mis padres y mi madre es una metomentodo. No hay intimidad alguna en mi casa con ella de por medio.-Confesó mientras se encogía de hombros.-Pero cuando está fuera durante bastante tiempo, algo sí que he traído.

Pero Ian era más de hacer esas cosas fuera de su casa. Hogwarts era un buen sitio, las fiestas también, las casas de ellas también… la verdad es que su casa le daba mal rollito por la intermitente presencia de sus padres cuando alguien tiene visita. Y ya suficiente tensión pasaba en Hogwarts por ser pillado como para encima sentirla en su propia casa. Lisbeth dijo que se iba a duchar e Ian asintió.

Mientras Lisbeth se bañaba Ian hizo muchas cosas. Primero se cambió de ropa y se puso unos pantalones cortos por la rodilla de gimnasia de color negro, los que él usaba para dormir. Se quitó la camiseta y la chaqueta que tenía y se puso una camisilla de manca hueca de color blanco y bastante holgada, con la que también dormía. Bajó a la cocina para hablar con su madre y molestar a su hermana, ¿o hablar con su hermana y molestar a su madre? Bueno, el orden de los factores no altera el producto. La cuestión es que hizo ambas cosas. Su padre no apareció por allí en ningún momento, por lo que fue sometido a un interrogatorio intensivo en cuanto a las emociones de Lisbeth. Ian no era de esas personas que preguntaban “¿Estás bien?” cuando algo malo había pasado, sino de las que cambiaban de tema para que no te pusieras a pensar en la tragedia. No porque se preocupase, en realidad, sino porque le salía de dentro. Era una persona demasiado pasota y a la que se la sudaba mucho muchas cosas, por lo que en muchas ocasiones solía pecar de insensible.

La madre de Ian le comunicó que subiera arriba por si Lisbeth necesitaba algo y que cuando estuviera lista, bajaran a cenar. Así que él obedeció, metiéndose en la habitación de invitados y tirándose en la cama mientras jugaba con un cojín, esperando a que Lisbeth saliera. Él tenía la teoría de que las mujeres hacían algún tipo de ritual satánico u ofrenda divina antes de ducharse o prepararse, porque no era normal que tardaran tanto. Sin embargo, cuando escuchó la puerta, vio a Lisbeth entrando en toalla a la habitación. La miró con interés, sobre todo a las piernas, que era lo más visiblemente sexy. Silbó cuando se dio cuenta de su presencia.-Pero Lisbeth, por favor, qué sexy. No te pongas nada, ven a cenar así.-Dijo divertido, levantándose de la cama para empezar con su usual procedimiento de acercamiento, ese que siempre hacía hacia las chicas guapas y que tenía, normalmente, dos respuestas por parte de ellas: o accedían al acercamiento de Ian o le empujaban hacia atrás porque son todas unas tímidas. Para cuando Lisbeth se giró tras haber cogido las cosas del armario (ya que le había dado la espalda a Ian para eso), Ian se encontraba justo delante de ella, a nada de distancia. La miró a los ojos con una mirada traviesa, para luego subir su mano, la del brazo totalmente tatuado, hacia su rostro, para cogerle un mechón de pelo pelirrojo mojado que caía por un lateral de su mejilla. La otra mano acarició levemente la piel de su brazo. Él SABÍA ser un gentleman. Luego sonrió pícaramente.-Porque mi madre nos está esperando para cenar, si no, no respondería de mis actos.-Entonces retrocedió algunos pasos para volver a mirarla de arriba abajo descaradamente y curvar la sonrisa. Siempre había habido un tira afloja en la relación, pero Ian nunca le había dicho nada similar a Lisbeth.-Te dejo que te vistas, no tardes que se enfría la comida y luego mi madre se pone de pesada.-Agregó finalmente, para salir por la puerta y esperarla en el pasillo.
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Lisbeth Ravensdale el Sáb Mar 05, 2016 4:27 am

Sonreí de manera burlona cuando Ian dijo que no traía a sus conquistas a su casa para hacer cosas indecentes en su cuarto porque su madre era una metomentodo. ¿No lo eran acaso todas las madres? Aunque yo nunca había tenido que preocuparme de que me pillasen, pues nunca había estado en una situación en la que pudiese ser pillada. Si estuviese en Slytherin sería una rareza.- A lo mejor deberían pillarte, puede que así del susto dejarías de ser tan golfo.

Fue a darme una ducha, porque estaba completamente puerca, y el olor a hospital me estaba poniendo enferma. No había nada peor en el mundo que el olor a hospital, ni siquiera el olor de un baño público en un motel de carretera de mala muerte era tan espantoso. Después de haberme dado una buena ducha caliente y haberme quitado toda la mugre de encima fui a la que iba a ser mi habitación durante esa semana, y fue entonces cuando Ian me dio un gran susto al estar esperándome tirado en la que iba a ser mi cama tan tranquilo. No había esperado que estuviese allí, pensaba que se habría quedado en su cuarto o que se abría ido a hacer cualquier otra cosa, pero no. Puse los ojos en blanco  sonreí de medio lado cuando escuché lo que decía.

-Ya claro, más quisieras…- murmuré mientras abría el armario y me agachaba frente a los cajones para abrirlos y sacar la ropa que quería de ellos. Escogí unos pantalones de estar por casa, una camiseta azul clarito que luego me serviría para dormir, y mis braguitas moradas con una flor en el culo, y fui a levantarme. No había escuchado a Ian levantarse de la cama y acercarse a mí acechándome, por lo que en cuanto me puse de pie y me di la vuelta y estuve a punto de darme de bruces con él. Estuve a punto de decirle que se quitase de en medio y que se fuese para que pudiese cambiarme, pero no dije nada y le miré, algo sorprendida y extrañada, cuando alzó la mano e hizo lo que hizo. Puede, tal vez, que en algún otro momento me hubiese puesto súper sonrojada, pero en aquellos momentos no pude hacer otra cosa que no fuese quedarme casi como una estatua. Ni bien, ni mal. Me estaba recuperando y estaba consiguiendo volver un poco a la normalidad, pero mi familia acababa de morir, y yo era casi como una estatua de piedra en cuando a emociones se refería, o al menos aquellas que fuesen más allá de estar triste o no estarlo sin llegar a estar contenta. Puede que en otra ocasión sí que me hubiese sonrojado, puede que me hubiese dado un empujón y le hubiese mandado a freír espárragos, no lo sé. Pero en aquel momento lo que hice fue mirarle hasta que se marchó de la habitación.

Cuando se fue y cerró la puerta tras él me cambié rápidamente y me sequé el cabello a toda prisa con la toalla, y cuando estuvo casi seco pero aún un poco húmedo dejé la toalla sobre la cama y salí al pasillo, donde me estaba esperando Ian. Bajamos a cenar con toda su familia, y fueron tan amables como lo habían sido antes, sobre todo su madre. Había preparado una cena estupenda, y aunque no había tenido nada de apetito en los últimos días desde lo ocurrido casi devoré todo lo que me puso en el plato aquella mujer, pues estaba delicioso. La madre de Ian insistió en que repitiese, y lo hice sin quejarme.

Después de cenar le agradecí a los padres de Ian su hospitalidad, pues en verdad no tenía ni idea de qué habría hecho si no me hubiesen dejado quedarme en su casa. Ellos me sonrieron y me dijeron que nada, que no era un problema, y que si necesitaba cualquier cosa solamente se lo dijese, lo cual agradecí enormemente. Estuvimos un rato en el salón, el cual ya había mencionado antes que era una de las partes de la casa que más me había gustado, y estuve hablando con Ian de todo tipo de cosas, simplemente distrayéndome. Pero estaba agotada, y el sueño no tardó en atacarme y en hacerme bostezar, así que decidí irme a la cama pronto para poder descansar tranquilamente. Estaba segura de que allí dormiría mucho mejor que en el hospital, donde había estado rodeada de enfermeros y frías paredes.

Ian fue conmigo hasta la puerta de la habitación de invitados, y le sonreí al llegar y le di un fuerte abrazo.- Puede que tengas la capacidad emocional de un ladrillo, pero aun así eres un buen amigo- le dije, pues era verdad. Ian a veces (casi todo el tiempo…) era un idiota, pero aun así había hecho esto por mí, me estaba ayudando, y eso se o agradecería siempre. Le di un beso en la mejilla antes de meterme en mi cuarto. Me cambié los pantalones por unos de pijama, y me metí en la cama.

Tras dar muchísimas vueltas en la cama hasta que conseguí dormirme, pero tuve pesadillas y me desperté y no pude volver a dormir. Así que me levanté y salí de la habitación, y caminé sigilosamente hasta la de Ian. Estaba dormido, y cerré la puerta y caminé hasta su cama, y le desperté dándole con un dedo en el costado.

-Hazme un hueco, no puedo dormir- dije en voz baja para no despertar a nadie más en la casa. Ian me hizo un hueco, y me metí bajo las sábanas con toda la intención de dormir tranquila y esperando no tener pesadillas ya que estaba en compañía de nadie.

¡Pero me fue imposible dormir! ¡Joder, qué pesado era Ian por la noche! Era un pesado las 24 horas del día y no se estaba quieto, y al final acabé sin pegar ojo ni un solo segundo, pero sí que acabé riendo, pues por pesado que fuese era gracioso, y en aquellos momentos necesitaba reír mucho más que dormir.

Fue una buena semana la que pasé allí.
Lisbeth Ravensdale
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