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We weren't born to follow [Priv] [Margareth Winslow]

Invitado el Jue Jul 30, 2015 11:31 pm


Londres había perdido todo su atractivo para mi desde hacia tiempo. Todo en aquella ciudad estaba muy visto para mi y si me quedaba algún recobeco que recorrer o algún secreto que descubrir no es que fuesen especialmente relevantes o interesantes. Después de haber visto medio mundo y haberme enfrentado a magia de todos los tipos en busca de tesoros, la capital inglesa se me quedaba pequeña y su clima y atmósfera me agobiaba como puede hacerlo una enorme cantidad de humedad. Pero a pesar de todo seguía considerándola mi hogar y eso no era algo que pudiese extirpar de mi cerebro muy fácilmente. Solo olvidarlo parcialmente cuando me enfrentaba a hechizos antiguos y buscaba sobrevivir, pero eso era un simple paliativo.

Sin embargo, de todas las humedades que podías encontrar en Londres, había algunas a las que inevitablemente siempre volvía. Como a tantos hombres antes que yo, una mujer me había atrapado en sus redes y los hilos que las tejían eran tan delicados y sobervios que verse atrapado hasta resultaba un placer. Jamás decía su nombre o comentaba su existencia. Nuestra relación no existía a ojos de nadie que no fuésemos nosotros y eso, joder, eso era lo que más avivaba mi fuego. Ella era lo prohíbido y salvaje, la ira y la rabía hecha sexo. Una dama de cara al público y una libertina a mis ojos, y eso me volvía loco. Entre mis viajes había vuelto varias veces a londres sin avisar a nadie de ello, ni siquiera a mis sobrinos a los que había observado desde lejos. Todas esas veces, ella había sido él único motivo de mi visita. No consideraba que fuese amor ni ninguna mariconada del estilo, pero cuando te tiras a alguien tan importante y que además es tu amiga, las cosas suben y se encienden incontrolablemente.

Llevaba esperando nuestro encuentro ya varias semanas. Un viaje de trabajo me había tenido perdido en la parte más alejada de Asia. Había sido peligroso y emocionante, pero la recompensa a mi tiempo fuera estaba cada noche en mi cabeza cuando estaba a solas, y una vez llegado el momento de volver a Londres lo que más saboreaba con anticipación eran sus labios. Sería hipócrita por mi parte decir que no había otras, pero ella era la joya de mi corona. Qué fuego de mujer!

Llegué al lugar acordado tras haber hablado con ella por un medio seguro. El secretismo solo lo hacía mejor y nuestra amistad preliminar lo hacía más cómodo. Ella me conocía a la perfección, sabía como era y no me molestaba en negarlo. Lo mismo podría decir yo de ella, aunque, a pesar de todo, nunca dejase de sorprenderme. La habitación del hotel era lujosa, sin ventanas, pero decorada con gusto. Yo no pegaba nada en aquel ambiente, pero me adaptaba con facilidad. Las paredes eran azules y estaban iluminadas por una enorme araña de luces que aportaba toda la luz necesaria a la estancia aunque fuese artificial. Las sábanas y demás ropa de cama eran negros con detalles plateados, como todos los detalles de la habitación en general. Los muebles eran de madera oscura y un gran espejo ocupaba la pared contraria a la cama, de manera que cuando te sentabas en la cama te veías perfectamente reflejado en él. Tenía que ver con algún rollo raro del feng shui que a mi no me importaba una mierda, pero a lo que sin duda podía sacarle partido.

No me gustaba llegar antes que ella, pero así lo habían querido las circunstancias, así que tras registrarme con un nombre falso y bajo una apariencia de tipo remilgado que odiaba, entre en la habitación y me senté a esperar mientras ojeaba uno de los libros que habían dejado allí para los clientes VIP que solía ocupar aquella habitación. Se llamaba "La vuelta al mundo en 80 días". Un título atractivo sin duda, había oido hablar de él. Me quité la americana y la corbata de lo agobiado que me sentía con esas cosas puestas y me desabroché los tres primeros botones de la camisa. También la remangué, dejando a la vista los tatuajes que cubrían mis brazos. Me quedé allí en silencio, esperando pacientemente mientras la historia de Philleas Fogg empezaba a tomar forma en mi cabeza.
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