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Don't talk to strangers [Mathilde Salvin]

Invitado el Jue Jul 30, 2015 11:35 pm


El callejón Diagon era un sitio totalmente diferente de noche. Todas las tiendas estaban cerradas y lo que quedaba en aquella larga calle eran los despojos de la sociedad mágica que no se atrevían a salir al mundo muggle por miedo a ser atacados o algo y preferían quedarse en calles que sabían que no iban a ser ocupadas por nadie que no fuera como ellos hasta que el sol saliera. Pero no contaban con gente como yo. A mi me gustaba la tranquilidad de aquel callejón desértico en el que todos los presentes tenían más miedo de mi que yo de ellos. Aunque lo cierto era que eso no era demasiado difícil, pues pocas cosas me daban miedo.

El silencio era agradable en aquella calle, aunque si te concentrabas un poco podías oir el rumor que venía del callejón vecino que cobraba mucha más vida por la noche cuando la gente de la peor calaña salía a que le diese el aire. No soy una persona de esas que duermen hasta altas horas, lo fui cuando era más joven pero esa época terminó para mi. Ahora prefiero disfrutar un poco de la oscuridad y tranquilidad de la noche antes de retirarme. Supone como una especie de limpieza para mi, así puedo pensar en mis cosas, en este caso, pensar en como aparecer ante mi hermano y mi sobrino y evitar que el primero de ellos me parta la cara nada más verme. Ese pensamiento me hizo sonreír en medio de aquella soledad y silencio. Si bien era cierto que había sido yo el que se había apartado de todo para hacer su vida y ni siquiera había avisado las veces que había vuelto a Londres, algo en mi echaba de menos pelearme con mi hermano mayor por las mayores tonterias. Nuestra relación siempre había sido buena y esperaba poder recuperar eso incluso después de todo el tiempo transcurrido.

Había estado caminando con la cabeza baja casi todo el camino. El cuello de mi cazadora de cuero me amparaba bastante bien los lados de la cara y llevaba las manos metidas dentro de los bolsillos de la chupa. Los vaqueros desgastados y rotos, los pendientes poblándome las orejas y los tatuajes que asomaban por mis manos me daban el aspecto de un delincuente, lo cual siempre me había hecho sentir seguro, pero en mi despiste choqué con una figura que ni siquiera había visto venir hacia mi. No escuché una disculpa por su parte, ni lo que parecía ser una chica escuchó palabras semejantes saliendo de mi boca, pero lo que sí hice fue quedarme mirándola mientras se alejaba. Saqué las manos de los bolsillos de la cazadora y me palmé los de los pantalones. Mi cartera no estaba. Solté un bufido y sonreí. Se me ocurrían maneras mejores y más imaginativas de robarle a alguien.

- Hey!- dije de manera que resonó en todo el callejón, pero la chica me ignoró. Di un par de zancadas corriendo y me puse a su altura. Pasé un brazo por sus hombros con cierta confianza- Creo que te llevas algo que no es tuyo- dije inclinándome para mirarla y con una voz baja y ciertamente amenazadora.
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Invitado el Vie Jul 31, 2015 11:35 pm

Mi situación se estaba volviendo precaria. Ya debía dos noches en el Caldero Chorreante y empezaban a mirarme con mala cara. Había estado administrando como había podido la bolsa de galeones que le había birlado a un pobre viandante hace unos días. No me avergüenza decir que he estado comiendo muchas noches de las sobras que se quedaban sobre las mesas antes de que los dueños las retiraran... Bueno, sí, si me avergüenza. Pero no soy remilgada. No había querido salir a la calle para no llamar en exceso la atención, pero mi situación empezaba a ser tan nefasta que necesitaba tomar alguna medida al respecto. Por eso, aquella noche, me embutí en mis vaqueros ceñidos, me puse una camiseta de manga corta negra que había sido de Dante y a la que le había cortado las mangas, el cuello y el bajo, de modo que me dejaba un hombro al descubierto y cuatro dedos de cintura sobre el borde del pantalón. Para combatir el frío, me puse una chupa de cuero.

El Callejón Diagon se me antojaba esas imágenes del Londres Victoriano de las películas. Me sentía un alienígena del mundo exterior, o una de las companion del Doctor después de que la cabina azul me dejase a la vuelta de la esquina. Es tan diferente al Londres muggle... Y cuando yo dejé este mundo, que en realidad era mi mundo, era demasiado pequeña como para que ahora todo no me resultase absolutamente chocante. La gente con túnicas, capas y sombreros, las lámparas de aceite y los farolillos... Aún me sobresaltaba cuando veía a alguien practicando la magia en medio de la calle. No sabía cuánto tiempo me costaría adaptarme. tenía la cosntante sensación de que todos los ojos me miraban si salía de la habitación. por eso prefería la tranquilidad y la soledad de la noche para pasear y probar suerte con los viandantes despreocupados.

Caminaba por los adoquines con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. El aire me removía el cabello y, aunque parecía distraída y en mi mundo, en realidad buscaba quién sería el pobre inncauto que me sirviera de víctima. Si os digo la verdad, desde lejos, el objetivo que seleccioné tenía toda la pinta de ser uno de esos que Dante clasificaba como "de alto riesgo". Es decir, aquellos que, si te descuidas, pueden darle la vuelta a la situación y meterte a ti en un marrón importante. Pero cuando cualquier de los presentes lleva una varita en la mano, me dan más miedo los ancianitos con barba a lo Merlín que un macarra de supermercado. pero siendo sincera, si le escogí fue porque estaba jodidamente bueno y, si tengo que sacarle la cartera del culo a un fulano, mejor que sea un culo que merece la pena. Y ya lo creo que ese lo merecía.

¿Qué tendrán los maduritos con pintas de ex-presidiarios que me llevan a cometer gilipolleces?

Utilicé la táctica más antigua, ancestral y manida de todas: La del encontronazo casual. La verdad es que daba por hecho que con tanto accio por aquí e invocaciones por allá, los magos no estarían tan curtidos en esas lides. ¡Ilusa de mí! El caso es que, tras el encontronazo, y todavía con el olor de su after shave haciéndome que me diera vueltas la cabeza, la cartera cambió de manos, del bolsillo trasero del pantalón de aquel figurín al bolsillo interior de mi chupa. Con los brazos cruzados sobre el pecho, caminé calle abajo, mordiéndome el labio para resistir las ganas que tenía de darme la vuelta cuando reclama mi atención para escribirle mi número de móvil en la palma de la mano. Pero total, el noventa por ciento de los magos ni sabe qué cojones es un móvil.

Por cierto, no he mirado si tengo cobertura en ese lado de Londres.

Pero las cosas empiezan a ponerse fea cuando los pesados pasos dieron la vuelta para pisarme los talones. Mierda. Mierda. ¡Mierda! Intenté acelerar el paso, pero antes de poder escabullirme, un pesado brazo enfundado en cuero me rodeaba los hombros... ¡Tierra trágame! En ese momento me hubiera gustado ser una bruja de verdad y poder desaparecerme para volver a aparecer muy muy lejos de allí. Trago saliva cuando me obliga a detener mis pasos y alzo la mirada. ¡Joder que bueno está el cabrón! El corazón se me acelera, aunque es más por el nerviosismo de haber sido descubierta que por el jodido olor a after shave masculino embotándome el raciocinio. ¿Y ahora qué? ¿Me iba a convertir en sapo? – Cariño, si quieres mi número de teléfono sólo tenías que pedírmelo. – Respondo con todo el desparpajo y el salero que me caracteriza antes de darle un fuerte pisotón para zafarme de su brazo y salir corriendo callejón abajo.

¡Toca ser bien rápida!
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Invitado el Dom Ago 16, 2015 9:36 pm

Pasear por calles tranquilas se había convertido en uno de mis pasatiempos favoritos cuando estaba en una ciudad. Me relajaba del agetreo mágico de romper maldiciones con miles de años, que aunque resultaba fascinante, también era un dolor en el culo enfrentarse a la parte no mágica del asunto. Los antiguos ponían trampas muggles en todas partes. Por eso, el callejón Diagon, cuando por la noche se volvía un lugar solitario y triste, era cuando más me gustaba. Lo que no me esperaba era chocarme con una chica que me robase la cartera del modo más viejo posible.

El choque con aquella figura femenina de pelo rizo podría haberme resultado totalmente fortuito si no hubiese sido porque todos los ladrones creen que el resto del mundo es como ellos. Yo no había sido un ladrón por necesidad, pero si había sido lo bastante rebelde como para querer tocarle la moral a más de uno y ya se sabe, la práctica hace la perfección. Además, que es un rompedor de maldiciones sino un ladrón de tumbas? Al palparme el bolsillo trasero del pantalón y ver el caminar nervioso de la chica me quedó muy claro que había logrado su objetivo de robarme la cartera. Podría haberla dejado ir, pues el dinero que llevaba tampoco era una millonada y a la cartera no le tenía cariño, pero no era tan fácil robar a un ladrón y escaparse sin más. Si me vas a robar, al menos déjame disfrutarlo.

Caminé tras la chica hasta que la alcancé y le pasé un brazo por los hombros con esa confianza que me caracteriza, sobre todo cuando me la tomo con alguien a quien no conozco. Le hice saber que sabía que se llevaba mi cartera y lo que recibí por su parte fue una frase jocosa y un pisotón. El golpe me pilló desprevenido, dándole cierta ventaja a la chica a la hora de escapar, pero no tardé en echar a correr detrás de ella. Cierto es que habría sido más fácil lanzarle una maldición y acabar con todo el tema de una vez por todas, pero dónde estaría la diversión entonces? Di un acelerón y al final conseguí atraparla en una de las curvas del callejón. La agarré de un brazo, tirando de ella hacia un muro y poniéndome yo delante para cerrarle el paso. La tenía agarrada del brazon con bastante fuerza como para dar a entender que si queria escapar de nuevo esta vez lo iba a tener más dificil.

- Verás, cuando una chica guapa como tú mete la mano en el bolsillo trasero de mi pantalón espero sentir algo placentero que me haga pensar que si luego me robas la cartera, al menos estoy pagando por un servicio. Pero que me la robes así, sin preliminares o servicios a cambio me parece una señal de muy mala educación. Y sería una pena que una chica taan guapa fuese taan maleducada, no crees?- dije con una sonrisa perversa en los labios- Asi, que ahora, encanto, si eres tan amable, devuélveme mi cartera y si quieres, dame también tu número- dije pasando de una sonrisa perversa a una cautivadora mientras la miraba directamente a los ojos en aquella oscuridad.

Era una chica joven y exótica para lo que se solía ver por el callejón Diagon. Poca gente iba sin túnica en aquel sitio pero ella iba vestida totalmente de muggle, además como un muggle completamente normal y no una loca estrafalaria que era lo que acaba surgiendo de que una bruja intentase vestir como una muggle. Me pasé la lengua por los labios fugazmente y sonreí esperando su respuesta.
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Invitado el Vie Ago 21, 2015 8:36 pm

Vale, no tenía muchas esperanzas de poder escapar. Puede que yo fuera rápida pero él era un mago, y lo cierto es que esperaba que hiciera alguno de sus Abra kadabras para aparecerse delante de mí, o convertirme en una estatua o mil maldades diferentes. Así que, el hecho de que simplemente echase a correr, como cualquier muggle de a pie, detrás de mí, sólo me hace pensar que está muy pagado de si mismo, en plan "Bah, no merece ni la pena sacar la varita". Creo tener una posibilidad si logro despistarle en el callejón, pero no tengo tanta suerte. Él acorta rápido las distancias y antes de poder reaccionar noto el tirón en el brazo. Dejo escapar un gemido de sorpresa cuando la espalda me golpea contra la pared del callejón y alzo la cabeza para encontrarme a aquel bribón con pintas de pirata motero cerca. Muy muy cerca.

Maldito after shave de los cojones.

Espera, espera... ¿Me está llamando puta? Porque eso de "pagar por un servicio" suena a eso. Frunzo el ceño, obligándome a pensar con claridad. El corazón me late con fuerza en el pecho y tengo la respiración agitada. Es la adrenalina, que intenta mandar señales de auxilio a mi cerebro: "Mathi, guapa, tienes que salir de aquí." Pero el sentido común se me va por el desagüe con esa sonrisa de completo hijo de puta que me dedica. Era lo mismo que me pasaba con Dante, una sonrisa canalla, un par de frasecitas de "Soy el puto amo, nena, y te encanta" y me entran a las vez ganas de pegarle un puñetazo y de besarlo. Sin tener muy claro el orden de esos dos acontecimientos. Algo está mal dentro de mi cabeza, está claro, me he debido de dar un golpe. Sin embargo, no aparto la mirada de sus ojos, fingiendo tener controlada la situación aunque, de controlada, más bien nada.

– A mi se me ocurre otra idea, encanto. Me sueltas, te devuelvo la cartera y me invitas a cenar como todo un caballero. ¿Qué te parece? Y, si te portas bien, cuando lleguemos al postre te doy mi número de teléfono.

Alzo las cejas, interrogante, y dedicándole una sonrisa tan provocadora como la suya. ¿Qué? No me juzguéis. Tengo que utilizar todas las armas a mi alcance para salir bien parada de esta, sin estar sufriendo durante semanas los estragos de alguna maldición extraña y esas cosas, o peor, compareciendo ante las autoridades. Que ya tengo bastante con estar fichada por las autoridades muggles como para que mi cara se encuentre también en los archivos policiales mágicos. Además, llevo sin comer decentemente, es decir, algo que no sean sobras o comida rápida, desde el dichoso robo de la joyería. No me vendría bien una buena cena. Total, era en eso en lo que iba a invertir el dinero. Bueno, y en pagar las noches que debo en el Caldero, pero ya lidiaré con eso cuando llegue el momento. Los problemas de uno en uno.

– Sería una pena que un hombre taaan guapo fuese taaan maleducado. ¿No crees? – Ronroneo, melosa, guiñándole un ojo y devolviéndole el golpe que me ha lanzado antes.
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Invitado el Dom Ago 30, 2015 1:17 pm

Era extraño que a mi me robaran. Suelo ser una persona lo bastante llamativa como para que los ladrones con sentido común reconociesen en mi uno de los suyos a pesar de mis pintas. Supongo que llevaba la experiencia pintada en la cara. Pero cuando por fin alguien se animaba a hacerme a mi algo que yo le había hecho a muchos otros antes, ironícamente me alegraba la noche. Y más si tenemos en cuenta que la que se había atrevido a hacerlo era una morena que no estaba nada mal y que tenía un desparpajo y un atrevimiento que muchas mujeres matarían por tener. Tienen algo las mujeres con problemas que me vuelven loco.

En un primer momento solo pude ver bien de ella su trasero, pero fue una vista lo bastante buena como para que el tiempo que podía perder corriendo detrás de ella mereciese la pena. Cuando la atrapé contra aquel muro tras alcanzarla, pude verla mejor y sin duda había merecido la pena la carrera. La retahíla que le solté debería dejarle ver que no estaba tratando con el tipo de hombre que la fuese a denunciar, pero que si lo que planeaba era una noche tranquila después de robarme, era lo último que iba a conseguir. Sonreí a su respuesta de una manera cautivadora, la misma sonrisa que ya había mostrado cuando la atrapé.- Deberías ofrecerme un muy buen postre para que invitara a cenar a alguien que acaba de intentar robarme, no crees?- dije haciendo hincapié en la palabra intentar. Me gustaba picar a la gente, sobre todo a las mujeres que fingian mantener la compostura en una situación en la que claramente estaban perdiendo. En este caso, la víctima del robo se había convertido en dueño de la situación y haber sido yo el que había cambiado eso solo lo hacía más entretenido.

Mi mirada insinuaba cosas que mis palabras solo dejaban entre ver, sin embargo, solo estaba jugando con ella. Me caía bien por el hecho de haber sido tan descarada incluso después de haber sido pillada.- Pero tienes razón, somos demasiado guapos para ser tan maleducados- dije clávandole la mirada de manera que quería darle a entender que no era mi belleza lo que me preocupaba de la situación, si no la suya. Su guiño y su golpe me habían gustado lo bastante com para querer arriesgarme  con ella. Aunque no es que necesitase grandes alicientes para invitar a cenar a una chica guapa.- Estás de suerte, me siento hambriento y generoso, así que lo de la cena suena bien, pero te recomendaría, encanto, que por el camino me vayas contando cosas sobre ti que ayuden a convencerme de que invitar a una ladrona a cenar es una buena idea.- dije con una sonrisa traviesa, soltándole el brazo y pasándole el mio, de nuevo con una confianza que no me correspondía, por encima de los hombros.- Lo que no puedo asegurarte es que una vez consiga el postre, siga queriendo tu teléfono- dije con descaro y sacando la lengua fugazmente antes de sonreír.

Con mi brazo sobre sus hombros empecé a caminar para salir del callejón- Hay algún sitio al que la dama quiera ir o lo deja en mis manos?- dije con una caballerosidad que no me pegaba ni lo más mínimo.
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Invitado el Mar Sep 22, 2015 7:00 pm

Ruedo los ojos cuando me suelta lo de que debería ofrecerle un "buen postre" para que me invitara a cenar. ¡Será fantasma el tío! Y todo un crack con los dobles sentidos, vamos. Se habrá devanado los sesos con la indirecta. Pero, si os digo la verdad, ese toma y daca... me pone. Y me pone mucho. Me pasó la lengua por las muelas, dedicándole una mirada soberbia y una sonrisa ladeada. Puede que sea él quien me tiene acorralada contra la pared, pero sin duda soy yo la que lo tiene a él atrapado. Armas de mujer. No fallan nunca. – Encanto, no te hagas el duro. Los dos sabemos que ya has acertado mi oferta. ¿Verdad? – No era necesario que me pusiera de puntillas ni me acercara tanto a sus labios para decirle eso. Pero con un poco de suerte consigo que mi perfume le nuble el juicio al menos lo mismo que a mi me lo está haciendo su after shave. Ufffff.... La verdad es que casi me alegro de que me haya descubierto. La noche está empezando a tomar una perspectiva muy interesante.

Él acepta el invitarme a cenar y no sé que me hace más ilusión, si el saber que puedo tener una especie de "cita" después de lo tocada que me ha dejado Dante o el hecho de que, por fin, vaya a cenar como Dios manda... Sin duda lo segundo, dónde va a parar. Y no es que el muchacho desmereciera, pero es que empezaba a tener tanta hambre que temía que un rugido de mi estómago rompiera la magia del momento. Pero mis vísceras se comportan y él me suelta del brazo para rodearme los hombros y tengo la sensación de que ese acercamiento tiene como objetivo el que yo no me escape y salga corriendo otra vez. Me tiene totalmente atrapada, como en el callejón. – No es una buena idea invitar a una ladrona a cenar, encanto, es una pésima idea en realidad. De hecho, cuando lleguemos al postre, dudo que te quede encima siquiera el teléfono con el que poder llamarme. No te preocupes por eso. – Alzo las cejas, provocadora, y le dedico otra sonrisa. Que se lo tome como quiera. Yo también se jugar con los dobles sentidos.

¿Qué dónde quiero cenar? Pues no lo sé, en un sitio donde sirvan comida, básicamente. Lo cierto es que no tengo ni idea de donde me puede llevar y, mientras no me lleve al Caldero Chorreante, todo será perfecto. Aún no soy persona non grata en ningún lugar más del mundo mágico. Ha tenido suerte el chaval. Dentro de unas semanas no me podría llevar ni siquiera a comprar el pan sin que alguien quisiera lincharme. – No soy de por aquí. – Le suelto la evasiva estándar número 17 de cualquier buen fugitivo, con un tonito de voz seductor que pretende que suene más interesante. En plan de "No puedo hablarte de mi pasado, cariño, o tendría que matarte." – Dejo que me sorprendas. Pero llévame a un sitio bonito. Fino. elegante... Que me compense el haber dejado que me atrapes. ¿No crees? – Porque claro, el "yo me he dejado atrapar" es otro clásico, como el "no me ha dejado ella, hemos sido los dos" o "el profe me tiene manía". El orgullo intacto, ante todo.

– ¿Tienes algún nombre, bucanero? ¿Dónde te has dejado el barco?
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Invitado el Mar Oct 13, 2015 11:01 pm

Sonreí conteniendo la risa a sus palabras. Me gustaban las mujeres que sabían jugar sus cartas y que además eran guapas y, por lo que parecía, rebeldes y divertidas. Ambos parecíamos saber ya que yo no tenía nada mejor que hacer que invitarla a cenar, al menos nada que me apeteciese más en ese momento, sobre todo con la actitud que estaba teniendo conmigo y que prometía, entre líneas, un buen final para esa noche.

La conversación continuó entre indirectas por parte de los dos. Había estado lo bastante cerca de mi como para poder oler su perfume hasta el último matiz y como para poder estudiar la textura de sus labios y el color de sus ojos de lo que esperaba saber más y poder estudiar más a fondo en un futuro no demasiado lejano.- Mira tú por donde, pero eso de que me dejes hasta sin calcetines me suena incluso mejor que cenar con una belleza como tú- dije con una sonrisa distraida y sin mirarla, pero también sin soltarla- Me gustaría ver como intentas desplumarme- dije levantando una ceja con descaro y mirándola fugazmente. No podía prometerle que yo no intentaría despojarla a ella también de un par de cosas que en ese momento llevaba encima, como por ejemplo de toda su ropa si la oportunidad se me presentaba.- Tal vez yo también te robe a ti algo más que la cartera esta noche- dije como distraído pero totalmente consciente de lo que decía.

Le pregunté donde quería ir a cenar y su respuesta me sonó a la típica escusa de la que generalmente no quiero saber más. No necesito saber porque una persona prefiere hacerse la longui y fingir que no sabe algo, porque será por algún motivo por el cual actúa así. Sus motivos no eran asunto mio.- Un McDonals valdría entonces, no?- pregunté con expresión seria pero en broma.- En realidad, creo que se me ocurre un buen sitio, pero te pongo una condición, de desaparecerás conmigo sin intentar robarme de nuevo la cartera- dije con una ceja levantada y una sonrisa cautivadora. Su orgullo me resultaba simpático por el momento y quería aprovechar mientras así fuera. Aunque a decir verdad, a cada palabra descarada que salía de su boca, me daban más y más ganas de volver a atraparla contra la pared con unas intenciones mucho menos hostiles pero igualmente algo violentas.

Todo el rato habíamos estado caminando, pero en ese momento me paré. Justo cuando me preguntó mi nombre- Sylvan- contesté quitando mi brazo de sus hombros y rodeando su cintura- Si quieres puedo llevarte a él, preparada?- dije con una sonrisa mientras la soltaba y me agachaba a coger una botella de cerveza de mantequilla que allí había. La sacudí un poco para quitarle la mugre superficial y con un toque de varita la transformé en un translador capaz de llevarnos al sitio en el que yo estaba pensando.- A la de tres- dije tendiéndole el traslador para que lo tocase.- Uno, dos y tres- dije en voz alta justo antes de que una especie de cuerda invisible me agarrara por la cintura y tirase de mi hacia arriba haciéndome sentir que volaba dentro de una especie de vértice.

Llevé a la chica al Valle de Godric y aparecimos delante de un restaurante que tenía un par de mesas libres. Era uno de esos sitios éxoticos dentro del mundo de los magos donde podías encontrar comida propia de magos y propia de muggles, y además de todas partes del mundo. Así me aseguraba el acercar con la carta. Me acerqué a la puerta y la abrí para dejarla pasar- Las damas primero- dije con una inclinación buscando disimular que solo quería que pasase antes para poder volver a mirarle el culo y esta vez fijarme más en su movimiento.
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Invitado el Vie Nov 20, 2015 12:07 pm

Desde luego, más le valía robarme algo más que la cartera, porque si no se iba a llevar toda una sorpresa y no muy agradable, Dudo que con lo que llevo encima pueda comprar siquiera un paquete de chicles. Ruedo los ojos con la bromita del McDonals y finjo indignación, pero lo cierto es que sería una excelente opción. Mucha comida muy barata. Espera... Un momento. – ¿Pero tú sabes lo que es un McDonalds? – ¿Sería hijo de muggles? Parpadeo mucho con cierta sorpresa, antes de esbozar un sonrisa cómplice. – Si te robo la cartera no podrás invitarme a cenar. ¿Dónde se ha visto que una chica guapa tenga que pagar la cuenta delante de un caballero? – Seguimos caminando un ratito, hasta que decide que es un buen momento para detener en medio de la nada. Miro sin éxito hacía los lados esperando ver ese lugar tan fantástico al que dice que me va a llevar.

– Sylvan... – Repito como si quisiera memorizarlo y sonrío. Es un nombre bonito, le queda bien. Me muerdo el labio, mirándole directamente a los ojos. – Mathi. – Total, ya que tengo una identidad falsa, ¿por qué no aprovecharla? Aunque creo que he utilizado mucho más tiempo el Mathilde que mi nombre real, y a estas alturas me siento tan cómoda con él que me identifico más con ese nombre que con Ebba. El otro solo me trae malos recuerdos. Pero el hilo de mis pensamientos se corta de improviso cuando me rodea con el brazo por la cintura y me pega a su cuerpo. ¿Qué va a hacer? ¿Besarme? El corazón me late un poquito más deprisa y las pupilas se me dilatan un poco, al menos hasta que me doy cuenta de que lo que quiere es teletransportarse, o  algún rollo mágico similar, conmigo. – Oh... – Observo la maniobra con la lata de cerveza y arrugo la nariz. – ¿Quieres que toque eso?

Pero al final, si soy algo, desde luego no es remilgada. Me acuerdo del chico de la piscina, y que usó una forma similar para sacarnos de aquel apuro. La sensación fue muy desagradable, y aún con cierto reparo, toco la lata vacía. Justo en ese momento noto como si un gancho de colgar el ganado me agarrase por el ombligo para llevarme volando. ¿Qué tiene de malo el coche, a ver? ¿O el metro? Cuando mis pies tocan tierra trato de disimular el mareo y la incomodidad. No hay que ser un genio para saber que no es lo más prudente ir gritando a los cuatro vientos: ¡Eh! ¡Miradme! ¡Soy una squib! Y eso implica fingir que estoy acostumbrada a usar este tipo de...uhm... ¿Cacharros mágicos? Para moverme de un lado a otro. Cuando consigo recuperar la compostura, me fijo en el restaurante y no puedo evitar soltar un silbidito de aprobación.

– Joder, tío. Te has portado, ¿eh? – Se nota que es perro viejo, y cuando me cede elegante el paso me acaricia las muelas con la lengua, convencida de cuales son realmente sus intenciones. – ¿Tanto te gusta mi trasero? – Y para qué mentir, tengo un culo de primera categoría, señores. Es lo que tiene practicar kickboxing. Le doy el gusto y paso delante, aprovechando para contonearme suavemente. Nada exagerado, ni obsceno, o vulgar, pero ya que quiere inspeccionar el género, que se lleve una alegría el pobre hombre, que se le ve con necesidad. Al entrar al restaurante, y mientras espero a que elija una mesa, me giro hacía él, mirándole juguetona y dedicándole una sonrisa ladeada. – ¿Y sueles hacer mucho esto? ¿Abordar a jovencitas por la calle y secuestrarlas?
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Invitado el Jue Dic 03, 2015 10:15 pm

- Estamos en el siglo XXI, ya todo el mundo sabe lo que es un Mcdonals, los publicistas de esa empresa si saben como llevar su negocio. Por lo mismo, no sería raro que una chica invitase a un apuesto joven a cenar, ¿no crees?- pregunté con una sonrisa traviesa.- Aun así esperaba que invitándote a cenar esas ganas de despojarme de mi cartera desaparecieran, ¿voy por buen camino?- pregunté sin dejar de sonreir y clavándole por un momento la mirada.

Cuando nos paramos ya que yo ya había decidido a donde íbamos a ir, me preguntó mi nombre y lo repitió después de mi. Siempre me resultaba curioso como sonaba mi nombre en la boca de otras personas, sobre todo de las mujeres hermosas. El suyo me sonó casi como un susurro tímido por su parte, pero el hecho de que se mordiese el labio y me mirase como me estaba mirando indicaban de todo menos timidez. Me recreé en esa mirada por un momento, antes de transformar una botella de cerveza de mantequilla en un traslador y tendérselo para que lo tocase. Entendía que aquella mugrienta botella quizas o era lo más tentador para tocar, pero era un mal necesario. La verdad es que tampoco iban mucho conmigo esas señoritas remilgadas a las que todo les daba miedo o asco y si estaba ante una persona así prefería saberlo cuanto antes. Me limité a asentir con la cabeza con una ceja levatada cuando me preguntó si debía tocarlo y, en cuanto lo hizo, ese gancho invisible que caracterizaba a los trasladores tiró de nosotros. Cuando llegamos al Valle de Godric ella parecía ligeramente mareada, pero no podía decir que me sorprendiese, mucha gente se sentía así después de usar un traslador a pesar de ser algo bastante común.

Aparecimos en la acera de enfrente al restaurante y me complació ver que a ella parecía gustarle mi elección. Sonreí con cierta ilusión a su comentario sobre mi gusto en restaurantes aunque no era difícil ver que igual ella no se sentiría muy cómoda en un ambiente más elegante. La gente acostumbrada a esos ambientes no suele ir robando carteras por ahi a tipos chungos, así que en un restaurante más elegante que aquel habríamos destacado como un par de moscas en la leche.- - dije sin miedo a reconocerlo cuando me preguntó si tanto me gustaba su trasero. Hacia mucho que había pasado mi época de negar evidencias y con la práctica había descubierto que a las mujeres solía gustarles que un hombre atractivo les mirase el culo. Por lo menos a las mujeres que merecían la pena. Vi su delicado contoneo mientras mis ganas de llegar ya al postre aumentaban, y la seguí hasta la mitad de la estancia donde se paró.- Solo cuando lo primero que tocan de mi es mi trasero- dije a modo broma antes de volver a poner mi mano en la mitad de su espalda y señalarle con la otra una mesa cercana.

La decoración del sitio no era nada del otro mundo. Habían intentando darle un aire alternativo que se llevaba mucho ahora y por es todas las mesas tenían sillas distintas y manteles y cubiertos distintos. Era elegante y ligeramente underground a la vez, como la propia carta. Segundos después de que nos sentáramos, un camarero apareció a nuestro lado preguntándonos que queriamos para beber y dándonos dos menús con las comidas disponible- Una pinta de cerveza negra para mi y...-dije señalando a Mathi para que ella pidiera lo que quisiera. Sin decir una palabra más, me puse a ojear el menú y toda su enorme variedad "Podría comerme la mitad de lo que aqui viene" pensé mientras mi estómago parecía estar de fiesta ante la espectativa de tal festín.- Creo que ya se lo que voy a tomar- dije tras unos minutos de reflexión.- ¿Tú sabes? ¿Necesitas asesoramiento?- pregunté levantando una ceja y con una sonrisa amable en los labios. Había dejado de lado por un momento el flirteo por el hambre que tenía, pero en cuanto me pusiesen el plato delante, no tardaría en volver a él.

Momentos después el servicial camarero volvió a nuestra mesa con las bebidas y nos preguntó que queríamos para comer- Me gustaría la hamburguesa de pollo con bacon y salsa, con guarnición de patatas- dije con una sonrisa final mirando a mi acompañante para que pidiese también. Quizás la hamburguesa no era lo más fino que podía pedir, pero sí lo que más me apetecía. Cuando el camarero se volvió a ir me quedé mirando para Mathi con una sonrisa en los labios. No dije nada, solo me limité a mirarla, enigmático, mientras pensaba en algo inteligente e interesante que decir para sorprenderla.
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Invitado el Dom Ene 10, 2016 8:41 pm

– Estamos en el siglo XXI... – Le digo mientras tomo la carta y la ojeo de forma distraída. – Y eso lo dice un mago, que seguís iluminándoos con velas y mandando cartas por lechuza. – Como soy tan bocazas, no me he dado cuenta de que estoy hablando de los magos en tercera persona, como si no tuviera que ver anda conmigo. Pero ahora mismo mi atención está más pendiente de qué me voy a meter en el estómago que de disimular que soy una squib. – En realidad pensaba robarte la cartera para cenar, así que técnicamente he conseguido mi objetivo. – Le alzo las cejas por encima de la carta y le regalo un guiño de ojos. – Y además estoy bien acompañada. He salido ganando. – Lo cierto es que me puedo permitir por unos minutos olvidarme de la locura en la que se ha convertido mi vida en las últimas semanas. Casi puedo pensar que sigo en el mundo normal, sin cosas flotantes, ni varitas, ni nada de...

– ¡Ostia puta! – Blasfemo con una mano en el pecho cuando el camarero se aparece a nuestro lado en lugar de caminar como las personas normales. Me ha dado un susto de muerte el muy idiota, y enfrente de mí, Sylvan se ríe, o más bien se descojona, y se ofrece a asesorarme con la carta. – Claro, ayúdame. – Respondo burlona. – No sé con qué vino debería acompañar los huevos fritos. – Ruedo la mirada y saco la lengua antes de dirigirme al camarero. – Yo quiero otra cerveza y el plato combinado número tres. – Que viene siendo una bomba hipercalórica con dos huevos fritos, salchichas, bacon, y algo de ensalada para darle cierto aspecto equilibrado. – Y ya te cogeré algunas patatas. – Le amenazo. Tengo tantísima hambre que sería capaz de comerme una vaca rellena de pajaritos. No, no me preocupa la línea en lo más mínimo, creo que eso es algo que ha quedado claro. El camarero toma nota y vuelve a desaparecerse, con una sonrisa, y provocándome otro sobresalto. – La madre que le parió. Lo hace aposta.

Cuando alzo la vista me encuentro a mi caballero andante mirándome fijamente a los ojos, muy muy fijamente, con una sonrisa enigmática que empieza a ponerme un poquito nerviosa. ¿Qué se supone que está mirando? Miro de reojo de izquierda a derecha, y hasta me ahueco un poco el pelo por si se me ha quedado algo en algún rizo y no me he dado cuenta. – ¿Qué miras? ¿Llevo algo en pelo? – ¿O es que ahora es acaso el momento en que decide echarme algún tipo de hechizo raro? – Y... ¿A qué te dedicas además de a flirtear con jovencitas? – alzo las cejas. – ¿Eres alguna especie de motero mágico o algo así? – Le digo gesticulando con la mano derecha. A Dante solían hacerle mucha gracia mis gestos. Decía que parecía más una negra neoyorquina que británica.
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Invitado el Mar Ene 12, 2016 11:04 pm

No podía negar de ningún modo que me encontraba ante una chica algo extraña, de esas que muchos piensan que no quedan pero que en realidad abundan en otras partes del mundo. Mathi era de ese tipo de mujeres que pasan de intentar robarte la cartera a seguirte el consejo y que entremedias te suelta una sarta de juramentos y palabras malsonantes más propias de un camionero del sur de Estados Unidos que de una chica de donde quiera que sea.

Me resulto la mar de extraño que al hablar de McDonnals ella hiciese referencia a "vosotros los magos". Levanté una ceja intrigado por eso pero se me ocurrían varias causas para esa utilización del pronombre en segunda persona en vez de en primera. Perfectamente podía ser una sangre sucia, o mestiza criada por muggles. Eso explicaría que ella también conociese McDonnals y el uso del pronombre. Podía ser una criatura muy bien disimulada también. No descartaría eso último. Hay demasiadas criaturas en este mundo que pueden hacerse pasar por mujeres hermosas... Preferí no darle demasiada importancia al tema, sin embargo. No tenía ni el más mínimo interés en meterme en su vida o saber de ella más de lo necesario para poder cautivarla aquella noche y no parecía de esas chicas que perseguían un amor para toda la vida. Esas son las peores, están loquísimas.- Si algo funciona, ¿para qué cambiarlo?- dije como toda respuesta a lo que ella había dicho.

Cuando el camarero apareció de la nada, la pobre chica dio un bote en el asiento y blasfemó una vez más. Al verlo y empecé a reirme con unas ganas que parecía llevar aguantándome desde que la había conocido unos minutos antes. Entre risas, llegó mi ofrecimiento a ayudarla con la carta, lo que ella despreció con un sarcasmo que me hizo recuperar el hilo de mis carcajadas. Dejando todo lo demás a un lado, al menos tenía que concederle a aquella chica rebelde que cada vez me caía mejor. Ambos pedimos y el camarero volvió a desaparecer, aunque esta vez me pareció ver un deje travieso en su expresión antes de hacerlo. Se ve que a él también le había divertido asustar a la chica que cada vez parecía más enfurruñada por el asunto. Era gracioso como los dos habíamos elegido dos comidas sobrecargadas de calorias y con un valor nutricional casi nulo, pero que a su vez estaban jodidamente deliciosas.

Tras la desaparición del camarero y las risas que me había pegado a costa de la pobre chica, me quedé mirandola sin cortarme un pelo. En parte buscaba incomodarla un poco, ver como reaccionaba, y por otra parte quería observarla mejor. Ella, al notar mis ojos clavados en ella, miró hacia los lados y se tocó el pelo, lo que incrementó mi sonrisa al ver su adorable incomodidad. Negué con la cabeza a su pregunta y levanté una ceja con cierto aire travieso. Su siguiente pregunta llegó como una distracción para mi, una manera suya de intentar que desviase un poco la mirada o hablase. Los gestos que hizo con las manos me resultaron graciosos, pero la pregunta de a qué me dedico me resultaba tan manida y sabida que me aburría de solo pensar en tener que responderle.- Sí, algo así. Tengo una moto costumizada mágicamente y voy por el mundo a delante robando el corazón a las bellas damas con las que me encuentro.- Bromeé con una sonrisa encantadora en los labios.- Pero no hablemos de mi, yo soy el colmo del aburrimiento. Hablemos de ti, ¿ese es tu color de pelo natural? ¿Eres de esas personas que por la noche se plantea el significado del universo, de esas que repasan el día o de esas que se duermen como un tronco sin remordimiento alguno y sin ovejas ni ocho cuartos?- pregunté aleatoriamente para a continuación poner las manos bajo la barbilla con un gesto coqueto que habría resultado encantador en una dama del siglo XVIII.

Nuestra cena no se hizo esperar demasiado, y en cuanto mi hamburguesa, chorreante de salsa, se presentó ante mi, Mathi desapareció un poco y la conversación decayó considerablemente- Si osas coger más de 3 patatas de mi plato, te morderé. Con saña y sin piedad. Recuérdalo, quien avisa no es traidor- dije con un guiño antes de dar el primer mordisco a mi hamburguesa.

"Oh, joder, que delicia."
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