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Cuidado, profesor. Aquí hay fantasmas. [Kieran Fawley]

Invitado el Vie Jul 31, 2015 1:35 am

Nadie se interponía entre Bellatrix y sus juguetes. Nadie la hacía quedar en evidencia delante de su Maestro, no sin sufrir terribles consecuencias. Aquel despreciable traidor había cruzado una línea invisible y la bruja no creía siquiera que el profesorucho fuera consciente de las repercusiones que habían tenido y tendrían sus actos. Aquel primer encuentro en la Casa de los Gritos había supuesto un duro golpe en el orgullo de la bruja. Aquel bastardo y su amiguita habían logrado hacer fracasar una misión. Y su Señor la había castigado como se castiga a un perro desleal. Y aún así, más que el dolor físico al que le pudo someter, lo que más le había dolido era el haber defraudado a su Señor. Pero ahora se iba a encargar personalmente de que él experimentara el mismo dolor amplificado.

La Casa de los Gritos iba a ser, por tanto, el escenario de este segundo encuentro. Una manera de volver las cosas al orden que nunca debió alterarse. El profesor moriría en el lugar dónde, de todos modos, debió morir semanas atrás. Contrario a su nombre, aquella noche la casa se encontraba en absoluto silencio, al igual que los alrededores. Densos nubarrones encapotaban el cielo, ocultando la luz de la luna. El viento que se había levantado hacía unas horas le revolvía el cabello oscuro y la capa negra con la que envolvía su esbelta figura. llevaba una máscara metálica y ornamentada, la máscara que la distinguía como un soldado de Lord Voldemort. No lo hacía por ocultar su identidad, total, no habría quién pudiera delatarla cuando llegase el amanecer. Pero aquella máscara simbolizaba el terror en su estado más puro y visceral.

El profesor había recibido una nota anónima en su propio despacho esa misma mañana. Bellatrix no había albergado en ningún momento la posibilidad de que no se presentase a la cita. Conforme la hora del encuentro se aproximaba, la impaciencia de la bruja y su expectación iban en aumento. Las finas manos de dedos largos, con una cuidada manicura oscura, acariciaban impacientes la curva que confería ese aspecto de garra a su varita. Bellatrix solía jugar con su comida antes de devorarla, y aquella noche se sentía especialmente voraz. El grueso tronco de un árbol retorcido ocultaba su silueta de los visitantes inoportunos, pero desde allí podía mantener vigilado el acceso a la casa y dominar la escena cuando su invitado llegase. Repiquetea con las uñas en la madera, alzando la barbilla con cierta soberbia cuando ve aparecer la silueta del profesor en el jardín.

La bruja se mantuvo sin delatar su posición hasta que el temerario mago entró en la casa, varita en mano y precavido. ¡Cómo no! Una pequeña risita, fría y cruel, brota de la parte más profunda de su garganta y, haciendo ondear la capa a su espalda, se acerca a la casa, deslizándose silenciosa como una serpiente. Pero no es hacía la puerta hacía dónde se dirige, si no a una de las ventanas de cristal. Se mantiene oculta todo el tiempo de la vista en el interior por los muros de la arquitectura. Se agacha, para esconderse bajo el cristal y alarga la mano para arañar el vidrio con las uñas, produciendo un desagradable y escalofriante sonido antes de desaparecerse y volver a aparecerse en la pared contraria, repitiendo lo mismo con otro cristal.

El juego acaba de comenzar.
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Invitado el Lun Ago 03, 2015 6:56 am

De pie junto a la valla que separa el viejo camino de tierra que conduce a Hogsmeade del jardín cuajado de maleza y ramas caídas de la famosa Casa de los Gritos, observo en silencio y con mirada penetrante la vieja edificación de madera. La oscuridad reina esta noche, pues las nubes tormentosas que cubren el firmamento no dejan que las estrellas nos iluminen con su resplandor, ni siquiera le permiten el paso al más fino rayo de luna. El viento sopla sin misericordia, pero antes de salir del castillo cubrí mi torso con una gabardina oscura y abrigada. Por supuesto, no vine aquí sin prepararme antes. Especialmente no cuando mi cita de las diez prefirió mantener su nombre en el anonimato. Desde luego, es curioso recibir una carta sin remitente directamente en mi despacho, en mi zona de confort, pidiéndome —o exigiéndome, dependiendo si estás atento a la connotación o no— que me reuniera con él o ella en un sitio tan poco habitual como lo es la Casa de los Gritos.

Y entonces mi mente empezó a trabajar. Ninguno de mis contactos cercanos me enviaría ese tipo de carta, por lo que rápidamente descarto que se trate de un amigo. Podría ser un aliado, pero en todo caso me propondría un punto de encuentro un poco menos espeluznante. ¿Quizás alguien que tiene información clasificada lo suficientemente secreta como para desear no ser espiado por ojos indeseados? Es una posibilidad. ¿Pero por qué la Casa de los Gritos en particular? La gente común les tiene miedo a los supuestos fantasmas que habitan el edificio, especialmente las ratas, y todo soplón es una rata. La diferencia entre un espía y un soplón es que el espía roba información poniendo en peligro su pellejo, mientras que el soplón delata a otros para garantizar su propia seguridad. Y por eso los soplones son ratas, mientras que los espías son halcones, o en mi caso, una pantera, con los ojos siempre atentos... No, no me reuniré con un informante. El secreto lo esconde la Casa.

La última vez que visité la morada, el Señor Tenebroso me había asignado una de las misiones más difíciles que tuve que realizar hasta la fecha. Infiltrarse en Hogwarts y en el círculo íntimo de Albus Dumbledore parece tarea fácil en comparación con secuestrar a una alumna del colegio y a un profesor miembro de la Orden del Fénix ante las mismísimas narices del director, para luego ponerme de su lado y enfrentarme en un duelo contra la inigualable Bellatrix Lestrange en el piso superior de la Casa de los Gritos, un duelo que lamentablemente ella perdió.
Y entonces todo parece cobrar sentido... Bellatrix, Bellatrix. Estoy seguro de que el Señor de las Tinieblas no traicionó la confianza que depositó en mí, y por esa razón nunca le reveló a ninguno de sus vasallos mi verdadera lealtad. Soy su fiel sirviente, lo suficientemente osado y astuto para aceptar el rol de doble espía, sin que ningún compañero mío, de ninguno de los dos bandos, conozca realmente a quién le he jurado fidelidad. Si cualquiera de ellos se enterara de que soy un espía, pondrían mi cabeza en una pica. Y sólo Lord Voldemort podría salvarme. Mi vida está en sus manos, y por esa razón confía en mí sin reservas. No por nada me tiene en tan alta estima...

No haberle revelado la verdad a su lugarteniente implica aceptar que ella falló en su misión. Nuestro Señor no es benevolente con aquellos que fallan. Bellatrix debió pagarlo caro. No me extraña que ahora esté tras de mí, la venganza fue siempre una de sus características más destacadas y atractivas. En fin, llegó el momento de presentarse a la cita. No estoy seguro de qué es lo que haré cuando nos volvamos a ver cara a cara, pero tampoco me preocupa; a veces disfruto improvisar sobre la marcha. Cruzo la valla y recorro la distancia que me separa de la entrada de la Casa. Sacando la varita del interior de mi gabardina, echo un vistazo a mi alrededor durante un momento, y luego miro la puerta frente a mí. Me pregunto si ella estará adentro, esperándome, o si preferirá sorprenderme de alguna manera después de que yo haya caído en la trampa. La única forma de averiguarlo es... activando la trampa.

Utilizo un sencillo encantamiento para abrirme paso al interior de la morada, y observo con cuidado las sombras que oscurecen la habitación desordenada y llena de polvo en la que ingreso, cerrando la puerta detrás de mí. Podría haberme aparecido, por supuesto, pero no quería tomarla desprevenida. El papel de las paredes está despegado y arrancado, el suelo cubierto por manchas, y los muebles están rotos y tirados en los rincones. Es entonces que oigo la primera señal de vida... El sonido de unas uñas arañando el cristal. Primero es en una ventana, luego en la otra, y si no fuera porque sé que este sitio está lejos de estar encantado, resultaría verdaderamente escalofriante. Tal vez a Bellatrix Lestrange le guste divertirse con su comida antes de comerla, pero yo no estoy para juegos. Agitando la varita, hago aparecer una silla de la nada y la apoyo contra una pared. Tomando asiento con parsimonia, conjuro luego media docena de velas que reparto a lo largo de toda la habitación, haciéndolas flotar en el aire, y con un simple movimiento de mano todas ellas se encienden, dotando a la habitación de una luz cálida y anaranjada.
Cuando termines, Bellatrix, podremos empezar a arreglar algunos asuntos pendientes —exclamo en voz alta, cruzando una pierna sobre la otra, mientras reclino mi espalda contra la pared—. Me gustaría terminar con esto de la forma más rápida, eficiente, y beneficiosa posible... para los dos.
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Invitado el Jue Ago 06, 2015 10:52 pm

La risa de la bruja resuena en cada rincón de la casa, es una risa aguda, despiadada y escalofriante. La risa de una bruja en el sentido más literario de la definición. Suena amortiguada por la máscara, lo que la confiere de un eco y una vibración antinatural capaz de helar los huesos. No sería extraño que hubiera utilizado un hechizo para amplificar el sonido, que parecía venir de todos los rincones a la vez. A Bellatrix le encantaba la puesta en escena, el teatro, la exageración. Ni siquiera parecía disgustada por que su adversario supiera quién la había citado. En realidad, no le creía de todo estúpido, pese a que, por supuesto, su narcisismo la hiciese considerarse muy por encima en aquella situación. Podía jugar con él de todos modos.

No se apareció ante él al momento, si no que, envuelta en un remolino de telas negras, fue apagando una por una las velas que había encendido por toda la estancia. Apenas una silueta fugaz, dejando la vela más cercana a la cabeza del profesor para el último lugar. Para extinguir la llama, se apareció a la espalda del profesor, soplando con sus carnosos labios, que había dejado al descubierto subiendo la máscara unos centímetros. De nuevo, rompió a reír, pero esta vez flojito, justo en el oído del espía, asegurándose de que casi pudiera sentir la piel de sus labios en el cuello. Una caricia peligrosa. Cuando el mago quisiera volverse para enfrentarla, ella ya no estaría allí. Si no que se apareció justo delante de él, apoyando ambas manos en los reposabrazos, con el rostro a unos centímetro del suyo.

– ¡Bu!

Ríe de nuevo, apartándose, dejándole sentado en la silla. La figura de la bruja, con la larga túnica negra ceñida a la estrecha cintura, contrastando con la pálida piel, con la máscara cubriéndole el rostro, era elegante, lúgubre de un modo romántico, e incluso deseable para según quién personas. La joven se mueve despacio, acariciando la curvatura de su varita, y parece realmente divertida por algo de lo que ha dicho el profesor en su discurso. – ¿De una forma rápida? ¿Eficiente? Oh, querido, parece que no sepas nada de mí... A mi no me gusta correr... – Su voz es suave, melosa, sugerente en cierto modo, más apropiada para dirigirse a un amante que a un enemigo, y quizá por estar tan fuera de contexto, resultaba tan amenazadora. – Soy una artista...

Desaparece y aparece de nuevo a la espalda de él, levantándose la máscara y llevando las manos a sus hombros, deslizándolas suavemente por su pecho, despacio, muy despacio, de forma sugerente. Pega la mejilla a la del profesor, aspirando su aroma de forma patente y lasciva, cerrando los ojos, dejando que la áspera piel del hombre rozase la aterciopelada y suave piel de la bruja, que sintiese su calor. – Mi querido profesor... Nada de lo que aquí ocurra será beneficioso para ti... – Ronronea en su oído antes de lamerle la mejilla, desde el mentón hasta casi la sien. En ese momento, una de las manos sobre su pecho hace presión para retenerlo contra la silla mientras la otra sube a su cuello con fuerza y aprieta en la garganta, clavando las uñas en la carne, echándole la cabeza hacía atrás para que la mire.

– Sabes a traición, hueles a traición, maldito bastardo.
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Invitado el Jue Ago 13, 2015 7:55 am

Apenas termino de pronunciar la última palabra, el espectáculo alcanza un nuevo nivel. Si no fuera porque sé exactamente quién está detrás de todo esto, pensaría que la Casa de los Gritos se encuentra verdaderamente embrujada. Debo reconocerle a Bellatrix que tiene talento para crear un buen ambiente de terror. Por momentos no sé dónde mirar, pues la risa no tiene un origen fijo, y eso me pone en desventaja. Literalmente no sé por dónde se aparecerá la lugarteniente del Señor Tenebroso, y tener esa inquietud cosquilleándome en la nuca no me gusta nada. Soy un hombre controlador, disfruto estar al mando de cualquier situación, mientras les dejo creer a los demás que no es así. Pero en esta oportunidad, lo que estaba en juego era mi fachada. No podía simplemente dejar que las cosas siguieran su rumbo sin aventurarme en la boca del lobo. O, mejor dicho, de la loba. Maldita Bellatrix... si fueras un poco menos orgullosa, te darías cuenta de que todo este circo no sirve para nada, y sólo nos perjudica a los dos antes los ojos de nuestro Señor.

Y entonces por fin se digna a honrarme con su presencia. Lamentablemente, apaga todas las velas que yo me molesté en ubicar alrededor de la habitación, dejándola a ésta nuevamente sumida en la oscuridad. Dejo escapar un suspiro, echando mi cabeza un instante hacia atrás. Cuando vuelvo a mirar al frente, ella ya no está, pero siento una presencia detrás de mí. La última llama finalmente se extingue, y nuevamente escucho su risa, justo a unas pulgadas de mi oído, provocándome un muy ligero estremecimiento. No, no por la risa... sino por el leve roce de sus labios. Guardo silencio, con mi mirada clavada al frente en el preciso momento en que se aparece delante de mí, dejando una muy corta distancia entre su rostro y el mío.
Buenas noches, Bellatrix... —murmuro como toda respuesta, siguiéndola con los ojos cuando se aleja para pasearse por la habitación. Exuda mucha seguridad, tal vez más de la que debería. Aunque no parezca, no estoy indefenso.

Con un chasquido de mis dedos, todas las velas se encienden otra vez, y dedico unos momentos a contemplar a mi anfitriona, recorriéndola con la mirada de la cabeza hasta los pies y luego de regreso, tomándome mi tiempo.
Sé muy bien cómo te gusta tratar a tus prisioneros... Pero yo estoy aquí por mi propia voluntad, sería bueno que no lo olvides —le digo con calma, acompañando sus movimientos con mi mirada. Su última afirmación me roba una pequeña sonrisa—. «Yo hago arte hasta que alguien muere», ¿no es así? Pienso que esa frase te describe bastante bien, Bella. Quieres matarme, ¿verdad? Apuesto que sí... Es la primera vez que alguien te ha dejado en ridículo frente a tu Señor. Estoy seguro que eso no le ha sentado nada bien... —afino mi sonrisa, observándola con ojos calculadores. Estoy jugando con fuego, pero no por error. Sólo quiero un breve vistazo a esa reacción genuina que tal vez me regale después de escuchar mi provocación.

La noto otra vez a mis espaldas, jugando conmigo, haciendo gala del control que tiene. Sus suaves manos acariciando mis hombros y pecho se sienten como una caricia tentadora, que no me molestaría probar en una situación distinta a esta. Y su roce sobre mi mejilla, junto con la cercanía de sus labios, no hacen más que incrementar esa sensación, pero ella no ha venido a buscar lo que ese imberbe que tiene por esposo no puede darle. Ha venido por venganza, y para ello pretende hacerme sufrir sin el menor ápice de clemencia. Oh, Bellatrix es la mejor en lo que hace, y disfruta mucho haciéndolo. Una mujer brillante, si me lo preguntas, pero que lamentablemente se deja llevar bastante por la vanidad y el orgullo.
Sabes, si te detuvieras a conversar un momento, descubrirías que tenemos muchas cosas en común... —respondo, antes de escuchar su dulce ronroneo seguido por su lenta y húmeda lamida. Me gusta cómo juega... remarcando su superioridad al humillarme como si fuera un juguete. Como dije, la mejor en lo que hace. Pero no en lo que yo hago. Cierro los ojos, sintiendo la presión sobre mi pecho al tiempo que me clava sus uñas en la garganta, provocando que unos finos hilillos de sangre resbalen por mi piel—. Bellatrix... —susurro, abriendo mis ojos—. Tus sentidos se están echando a perder. La única que está traicionando la confianza de su maestro... eres tú.

Levantándome de pronto, me desprendo de sus manos y arrojo la silla contra una pared, haciéndola pedazos. Parándome frente a la mortífaga, es mi turno de agarrarla del cuello y acorralarla contra la pared ubicada detrás suyo. Aproximo mi cuerpo al suyo, manteniendo muy cercanos nuestros rostros para poder mirarla a los ojos.
Que no tenga la Marca Tenebrosa grabada en mi antebrazo no significa que mi lealtad hacia el Señor de las Tinieblas deba ser puesta en duda. Soy un Fawley, Bellatrix, una de las familias de los Sagrados Veintiocho, ¿o ya lo has olvidado? —digo en voz baja y controlada, modulando perfectamente cada palabra—. Mi trabajo es valioso, sumamente valioso, y nuestro maestro está agradecido de que me esté desempeñando tan bien en él. Pero si aún así no confías en mí y necesitas una prueba de lealtad, con gusto te la daré...
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Invitado el Jue Ago 20, 2015 10:54 am

El profesor... la desafía. Todo en él es un desafío, una provocación, desde la impasibilidad de su rostro y la calma de sus movimientos, a la confianza y la frescura con la que se dirige a ella, como si se tratase de buenos amigos. En el fondo, le gusta esa prepotencia, pues augura una resistencia, una competencia que, sin duda, será divertida.  A Bellatrix le gusta sentirse una cazadora, atosigando, acosando, acorralando a su presa hasta hacerla ceder. La sensación es mucho más emocionante si la presa tiene garras, y araña, si puede revolverse. Un conejito asustado y suplicante, agazapado en un rincón, está bien para los novatos, pero no para ella. Sin embargo, la provocación alcanza otro nivel cuando se le ocurre poner en boga el "incidente" que ocurrió en esa misma casa semanas atrás.

El rostro de la bruja se crispa y, de un chasquido de los dedos, hace desaparecer la máscara metálica completamente, para que pueda contemplar el brillo feroz de su mirada cuando osa hablarle de su humillación. Los dedos de la bruja, afilados como garras, se hunden un poco más en la carne del cuello del docente. – Me pillaste desprevenida, eso es todo. Te... subestimé. Pero es un error que no pienso volver a cometer, profesor, de eso puedes estar seguro. – Su voz es fría como el siseo de una serpiente, cortante y afilada como una daga. Pero no tiene tiempo de hacerle nada más, pues el corderito decide que es el momento de enseñar los dientes y reacciona con violencia, haciendo gala de un alarde de fuerza bruta de todo inútil en esa situación, acorralándola contra la pared.

La espalda de Bellatrix golpea el frío muro y, en su garganta, el calor de la ancha mano del mortífago y su presión, limitando el aire que llega a sus pulmones... Le gusta. El corazón late un poco más deprisa y un escalofrío le recorre el espinazo, sacudiéndola por un momento. Una reacción que no puede definirse de otro modo que no sea excitación. Y se ríe, con la risa entrecortada por la respiración dificultosa, pero se ríe, sin apartar la mirada de sus ojos claros para que pueda leer en ellos que, cuanto más se resista, más va a hacerla disfrutar. Sea como sea, Bellatrix siempre gana. – Lo sientes, ¿verdad? – Le susurra contra los labios. – Es como una droga corriendo por el torrente sanguíneo, forzando el corazón a bombear... Bum-bum. Bum-bum. Algo dentro te grita que hay peligro y todo el cuerpo se activa. Estás más despierto, mas rápido, más fuerte... La adrenalina... – Acaricia su nariz con la suya, dejando que sus labios se rocen al hablar. No es un beso, no pretende serlo. Sólo quiere ponerle más nervioso. – ¿No te parece excitante?

Todavía se siente en el aire la vibración de su última palabra cuando se desaparece de entre sus manos para volver a aparecerse justo en su espalda. Vuelve a reír, traviesa, como si fuera una niña jugando al pilla-pilla con su amigo de la infancia. Una niña sádica y desequilibrada a la que le gusta rompe sus juguetes antes de desecharlos. – Pobre, pobre, pobre profesor... Qué necio y ciego es. No sabes nada... – De algún modo logra que su voz suene tan condescendiente que hasta resulta cantarina. – ¿De verdad crees que no sé quién eres? ¿Acaso olvidas quién soy yo? ¿De verdad crees que hay algo que Él no comparta conmigo? – Chasquea la lengua varias veces, en signo de negación, y fingiendo una exagerada y afectada decepción. – Tú no eres nadie, Fawley. He visto miembros de familias más ilustres abrazar esos estúpidos ideales de la Orden. ¿Crees que eres importante? Sólo eres un peón del que no importa sacrificar para cobrarse una pieza mayor.

Casi todos parecían olvidar quién había sido el maestro de la bruja, y que ella tenía habilidades que pocos magos poseían. Su juventud podría confundirse fácilmente con fragilidad, con debilidad o con inexperiencia, y era una ventaja que a la joven le gustaba explotar. Cualquier mago podría conjurar una docena de velas sin pronunciar una sola palabra, pero eran pocos los que podrían conjurar debidamente una maldición imperdonable sin tener que despegar los labios. Por eso posiblemente el profesor no habría visto venir la Maldición Cruciatus hasta que sus miembros comenzaran a arder de dolor. Pocos magos había más afines que Bellatrix con esa maldición, y capaces de conjurarla con tanta potencia. Su marido... tal vez. – ¿Sabes una cosa, Fawley? El Señor Tenebroso  sabe que estoy aquí. "No lo mates, bella, todavía es útil." Eso es lo que dijo. ¿Y sabes qué? No voy a matarte... No me hace falta.
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Invitado el Sáb Sep 05, 2015 11:07 pm

Ah, por fin nos quitamos las caretas. Esas máscaras están bien para darles un buen susto a los niños en Halloween, pero ahora mismo estamos solos ella y yo, dos adultos discutiendo un asunto muy trascendental... y cobrando algunas deudas, por qué no. Si alguien quiere amenazarme, prefiero que lo haga mirándome directamente a los ojos. No soy un inocente cordero... soy una silenciosa pantera que se sienta en la oscuridad y observa intimidante, y que no tiene miedo de asomarse al abismo, esperando que el abismo le devuelva la mirada. En la vida no hay orden ni caos, sólo patrones con diferentes niveles de complejidad... y poder. Todo el mundo desea el poder, en cualquiera de sus interpretaciones.

¿De verdad? Mira a tu alrededor, preciosa... estamos jugando en el mismo patio de la última vez. Y estamos jugando porque yo elegí venir a jugar... —digo con lentitud, saboreando las palabras con una sonrisa. Respondo a su frialdad y su furia con una seguridad y calidez que la deben estar sacando un poco de quicio. Tal vez eso no sea lo mejor para mí, conociendo como conozco el temperamento de Bellatrix, pero disfruto provocándola... cuando sucumbe a sus pasiones, es más atractiva que nunca.

Al momento en que la tengo entre la espada y la pared, con mi mano cerrada alrededor de su cuello sin misericordia, me doy cuenta de que no se retuerce, ni intenta liberarse. Su cuerpo se estremece, sí, pero no por miedo. Su respiración se agita, pero no por ansiedad. Y contemplando en la profundidad de sus ojos, puedo ver que está gozando con esta situación... Y, por alguna razón, no me sorprende en lo absoluto. No aparto mis ojos cuando empieza a reír, y tampoco aflojo mi agarre. Debería haber visto venir que reaccionando así entraría en su juego, ese juego que ella conoce muy bien. Un juego que también me gusta, pero que no puedo controlar. Y el control lo es todo. La escucho mientras mi cerebro reflexiona a mil revoluciones por segundo. Sí, la adrenalina... la adrenalina me ha llevado a vivir muchas experiencias, en muchas partes del mundo. La adrenalina me enseñó a vivir la vida con total honestidad y sin ningún tipo de ataduras. Pero es un arma de doble filo... y se aprovecha mejor usándola con mesura, cuando se le puede exprimir todo su potencial.

No tienes ni la menor idea... —susurro en respuesta, sintiendo la caricia de su nariz y el roce de sus labios al hablar. Puedo notar mi corazón palpitando violentamente contra mi pecho, de la misma forma que casi puedo percibir el latido de su corazón al acorralarla más. Pero desaparece otra vez, y mis manos se abren lentamente, acariciando la pared con la yema de los dedos. Me doy cuenta que Bellatrix está detrás de mí antes de que abra la boca, mas no me giro para encararla. Ya sé cómo terminará todo esto... y quizás lo mejor sea dejar que empiece. Darle una satisfacción, y que alimente un poco ese hambre de venganza que la domina. Tenemos toda la noche para nosotros...

Aunque ella no pueda verlo, mi entrecejo se frunce ligeramente al escuchar su revelación. Así que mi secreto no es tan secreto, después de todo. Me alegra saber, aún así, que el secreto no morirá conmigo o con mi Señor si alguna catástrofe tuviese lugar. Nunca está de más tener un plan de reserva.
Siempre me he visto más como un alfil, ya que lo mencionas... —sonrío de lado—. ¿Eso piensas de mi familia, Bellatrix? Dime, mejor... ¿qué sabes exactamente de mi familia? Desaparecimos hace muchas décadas, y hemos servido a más lores oscuros que tú... y no tenemos ningún miembro que se codee con traidores a la sangre, o peor... hijos de muggles. ¿Cuál era el nombre de tu hermana, Bella? ¿Era... Andromeda? ¿Andromeda Tonks? —dejo escapar una pequeña carcajada, buscando tocar sus fibras más sensibles—. Estoy seguro de que no hay nada que el Señor Tenebroso no comparta contigo. Todos necesitamos un Yorick en nuestras vidas, aunque sea más que una calavera. Debe ser muy especial para ti ser su confesora, su mano derecha, su mayor aliada... pero no ser deseada, ni respetada, ni amada de la misma forma que tú lo reverencias a él... y tener que conformarte con Rodolphus Lestrange. Cariño, no te des más importancia de la que en verdad tienes —me giro a mirarla desafiante, esbozando una ladeada sonrisa, no con rencor ni con odio, sino impulsado por la adrenalina del momento.

Grito con fuerza cuando mi cuerpo se sacude como atravesado por una descarga eléctrica, como si un rayo me hubiera partido al medio, abrasando mi piel, mis músculos y mis huesos. Caigo de rodillas al suelo, afirmándome con mis manos sobre las sucias tablas para evitar desplomarme. Todos mis nervios chillan de dolor, pero después del golpe inicial, hago un esfuerzo sobrehumano para mantenerme en una pieza. Cierro los ojos, respirando profundo, esperando que los segundos pasen tortuosamente hasta que las últimas sacudidas finalmente me abandonan.
Vas a... torturarme... ¿con el maleficio Cruciatus? —pregunto, con la voz entrecortada—. Pensé que serías más... creativa, Bella... Si crees que así me vas a romper... hazlo mejor... —Incorporo despacio mi torso, quedando arrodillado y mirándola a los ojos. Me quito la gabardina y luego el suéter gris, hasta finalmente desnudar la parte superior de mi cuerpo. Sin dejar de observarla, llevo una mano a mi pecho, apuntando con el dedo justo donde está mi corazón—. Aquí... atácame aquí... Dame tu mejor golpe.
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Invitado el Miér Sep 23, 2015 1:57 pm

Bellatrix intenta hacer oídos sordos a sus palabras, pero no puede evitar que lleguen a sus oídos y se claven en su pecho como puñales. – El amor solo nos hace débiles, Kieran. Yo no necesito ser amada. Necesito ser respetada, admirada, temida... Mis aspiraciones no son tan... mundanas. – Intenta controlar los impulsos que el veneno que inocula cada vez que abre la boca se vierte en su sangre. No puede dejarse arrastrar por el juego de la provocación. Tan burdo, tan evidente, que hasta le da risa. Y sin embargo, cuando nombra a su hermana, los músculos de su cara se crispan en un rictus desagradable, como si hubiera presenciado algo que le provocara su infinito rechazo. Algo desagradable, grotesco, como solo puede resultarle el pensar en su hermana revolcándose con ese indeseable. – Yo solo tengo una hermana, Kieran. Y yo respondo por mis actos. Pero dime, mientras yo torturaba a mi... A Andrómeda Tonks al enterarme de su traición, ¿qué hacía tu familia, Kieran?

Comienza a moverse en círculos alrededor del hombre, postrado en el suelo. De un movimiento de varita lo desarma y conjura unas cuerdas que atan ambas extremidades del hombre a las vigas del techo, obligándole a mantener los brazos en cruz y una posición incómoda, demasiado tensos para poder incorporarse completamente, y sin tanta holgura como para poder sujetarse sobre las rodillas.  –Los Fawley, los ilustres Sagrados Veintiocho... – Lo dice con un tono forzadamente grandilocuente, moviendo la mano en el aire como si estuviera recalcando un titular. –Impresionante... ¿Sabes lo que veo yo? Un linaje entero de cobardes. De ratas y veletas que sirvieron a los lores oscuros mientras el viento soplara a su favor, pero que cuando las cosas se torcieron corrieron a esconderse como alimañas. Una saga de bastardos sin sangre que retozaban y reían las gracias de asquerosos sangre sucias e impuros, comiendo en su mesa, compartiendo sus vidas, solo por el temor de ser señalados con el dedo. – Se inclina, desde su espalda, para susurrarle en el oído. – ¿O me lo vas a negar?

Bellatrix desliza una mano por su cabeza, enredando los largos y finos dedos en su cabello y obligándole a echar la cabeza hacía atrás de un tirón. Cuando le habla, lo hace con los labios contra su pelo, como si fuera una amante entregada. Y si presta la suficiente atención puede sentir la caricia de sus pezones endurecidos contra la espalda, a pesar de la fina túnica que la separa de su piel desnuda. – Pero sabes una cosa. Cuando llegue el día en que traiciones al Maestro... Porque lo harás. Yo estaré ahí, Fawley. – Pronunció su nombre como si fuera un insulto que le quemase en los labios. – Estaré ahí para recordarte una cosa... No se puede servir con lealtad a más de un Señor Oscuro. Sólo se sirve a uno. Hasta la muerte. – Le suelta la cabeza con brusquedad y se incorpora. Camina con una candencia suave, recogiéndose el bajo de la túnica, hasta colocarse frente a él, y deja escapar una fría carcajada ante aquel intento patético de mostrarse valiente, exigiéndole que le torture como si él tuviera que darle lecciones.

– ¿Tan rápido quieres acabar, querido? ¿Tan desesperado estás por recibir el golpe de gracia? Pensaba que habíamos venido a jugar. – Chasquea la lengua, con disgusto. – ¿El corazón es tu punto débil? Vaya, no te creía tan sentimental... Puede que otro día invite a la velada a una de tus adorables niñitas. Esa sangre sucia estúpida que tienes como ahijada... La Slytherin descastada... ¿Bailará tan bien con unos zapatitos rojos*? ¿Tú que crees? O no, mejor aún, la exótica enfermera... Creo que nunca he torturado a ninguna asiática... Pero hoy... – Hace un gesto con la mano e invoca lo que parece ser una docena de astillas largas y afiladas, muy finas, como palillos. – Estamos tú y yo solos. – Coge uno de los palillos y lo observa, asegurándose de que él también pueda verlo bien. – No sé que tiene de malo la Maldición Cruciatus. Es mi especialidad. Pero si no te gusta el menú, no te preocupes. Lo cambiamos. Si algo le sobra al ser humano es imaginación para diseñar formas de hacer sufrir a otro ser humano. – Con un chasquido de los dedos, las agujas comienzan a levitar. – Primera lección de historia, Fawley. Dictadura Española. –De un movimiento seco en el aire las agujas salen disparadas, directas a clavarse entre las uñas de las manos extendidas del profesor y la carne del dedo.

* Los Zapatos Rojos es un cuento escrito por Andersen acerca de la vanidad (Vanity) donde una niña es condenada a bailar y bailar eternamente por culpa de unos zapatos encantados hasta que se ve obligada a cortarse los pies. ¡Link al cuento!
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Invitado el Lun Oct 19, 2015 2:59 am

Opto por no responder a su afirmación, pues el conocimiento es poder... y en el fondo todos buscamos poder. Algunos nacen dotados de él en demasía, y pueden elegir dos caminos: conformarse o anhelar más. La ambición es un arma de doble filo, que puede salvarte o destruirte, dependiendo de cuánto control tengas sobre ti mismo. Yo sé controlar mis ambiciones... Nací rodeado de riquezas y comodidades, y conocí la carencia y la pobreza de quienes no tienen. Me obligué a vivir lejos de los lujos que solía darme con tanta asiduidad, y fue así que aprendí una lección muy valiosa: no tenemos control sobre el destino, y lo que un día tienes, al siguiente puede desaparecer. Por eso hay que planear con cuidado, mirar siempre dos veces antes de saltar, prepararte para todas las eventualidades. Debes estar dos pasos por delante de tus enemigos y tres por delante de tus amigos. Ambiciona el poder absoluto, pero asegúrate de tener un colchón debajo si tropiezas en el intento.

Jugar el juego a largo plazo, por supuesto... Pero si esperas una respuesta más concreta, mucho me temo que no te la voy a dar —digo, mirándola con calma. Puede burlarse de mi familia todo lo que le plazca, pero a fin de cuentas no sabe absolutamente nada sobre ella. Y de suposiciones no vive el hombre. Desde luego, no seré yo quien la informe de todo lo que sólo un Fawley puede conocer. Pero no tengo mucho tiempo para vanagloriarme porque pronto quedo sin varita y completamente inmovilizado por unas cuerdas mágicas. Había previsto que algo así pudiera ocurrir —bastante arriba en mi lista de posibilidades, de hecho—, pero pensé que lo dejaría más para el final. Supongo que aprendió a jugar menos con su comida—. No te quites tanto mérito, Bellatrix. Los Black y los Lestrange también pertenecen a la lista de veintiocho nombres... —respondo sin prisa. Tengo que hacer un gran esfuerzo por no dedicarle mi mirada más gélida cuando habla de los Fawley con tanta liviandad, y mi piel se estremece ligeramente al sentir su susurro sobre mi oído—. Claro que lo haré... porque tú sólo ves la punta del iceberg, y es por eso que el Señor Tenebroso me nombró a mí su espía y a ti su soldado. ¿Piensas que porque te trate como su lugarteniente eres algo más que un simple perro de pelea? Estás al final de su correa, y sabe que nadie hace el trabajo sucio tan bien como tú. Pero los soldados pueden ser reemplazados, el talento mágico en bruto lo puede tener cualquiera... pero los conocimientos no. Y yo sé mucho de muchas cosas, más de lo que podrías imaginar. —Hablo con desprecio y desafío. No me gusta estar atado ni controlado, y mucho menos por ella.

Cierro los ojos, echando la cabeza hacia atrás cuando Bellatrix me lo exige con su tirón. Aunque sea brevemente, me permito disfrutar de sus roces y suspiros completamente intencionales, pero enfocados desde la faceta equivocada. «Oh, querida, serías la amante perfecta si canalizaras tu sadismo y tu vena torturadora a los placeres de la cama», murmuro para mis adentros, mas no me lamento demasiado por cómo se dan las cosas. No tengo tiempo para eso. Sonrío por sus palabras, aún con los ojos cerrados.
Sí... porque muerta le serás de mucha utilidad, ¿no es verdad? En cambio, si él llegara a caer y luego regresar, ¿a quién crees que preferiría tener de su lado? ¿Al que murió orgullosamente, o al que permaneció leal, fingiendo por él, infiltrándose por él, sacrificando algo más que su vida para asegurarle una fuerte posición de poder una vez que esté de vuelta? —arguyo, observándola nuevamente a los ojos—. Grindelwald nunca regresó. Su sueño por ver a los muggles avasallados no se volvió realidad... hasta que apareció él... Lord Voldemort. A él lo seguiré, en su vida o en su muerte, pero no en mi muerte. Porque yo lucho por lo que él representa, y ayudaré a ver cumplida su ambición. Y si lo consigue... tú y yo sabemos que jamás podrá morir. Pero, adelante, conviértete en mártir... Él te lo agradecerá —sonrío burlón.

Sin embargo, Bella no me da mucho tiempo para disfrutar de mis anotaciones. Contemplo cuidadosamente las astillas que conjura frente a mis ojos, mucho más turbadoras de lo que se podría pensar. Porque un Cruciatus es sólo un maleficio, un efecto mágico que no deja consecuencias físicas. Pero así como el torturador puede imaginar miles de formas de lastimar a alguien con un objeto de tortura, el torturado también lo puede imaginar... sobre su propia piel. Y el dolor no vendrá de adentro, sino de afuera, tensando cada pequeña fibra de cada nervio que hará estallar toda conexión sináptica al punto de desear la muerte antes que tener que tolerar otro segundo más de dolor. Por supuesto que sé a lo que me enfrento, y aunque ello no signifique que esté preparado para encararlo, lo que me mueve por dentro es mucho más fuerte que lo que araña la superficie.

No seas ingenua... Si quisiera que atacaras mis sentimientos, no te pediría que me lastimaras físicamente —respondo con seriedad, ya fuera de bromas o comentarios ingeniosos—. El corazón es el centro, todos los caminos llevan a él. Lastima el corazón y todo lo demás también sufrirá. Si crees que dañarás al árbol cortándole unas ramas en lugar de atravesar su tronco con una espada, significa que aún te falta experiencia en la materia... Pero eres joven, lo entiendo. Podría enseñarte uno o dos trucos, si dejaras de guardarme rencor por haberte ganado. —Y no es una burla, aunque pueda herir su ego. Tiene que aprender a lidiar con la derrota si pretende sobrevivir en este mundo cruel en el que elegimos vivir. Aparto el rostro cuando menciona a aquellas tres mujeres, sin pronunciar ninguna palabra al respecto. Bellatrix puede hacer lo que quiera con quien quiera... pero que el Señor Tenebroso me perdone si luego la bruja abandona el mundo de los vivos sin ningún aviso. No hay lazo sentimental que me una con nadie, pero cada persona que conozco cumple un rol en mi tablero. Y no tolero que nadie juegue con mis piezas.

No hay tiempo para respuestas, no hay tiempo para pensar... sólo hay tiempo para sentir y gritar. En el instante en que las agujas se entierran bajo las uñas de mis dedos, cada músculo de mi cuerpo se contrae de dolor. Arqueo la espalda hacia atrás, levantando el rostro, cerrando los ojos. Contengo un nuevo grito mordiéndome el labio, tan fuerte que éste comienza a sangrar en tres puntos distintos. Mis manos se sacuden con desesperación, careciendo de cualquier tipo de control sobre ellas. Y el único pensamiento lúcido que puedo tener me insta a resistir un poco más... aguantar lo suficiente para luego actuar.
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Invitado el Jue Nov 19, 2015 1:01 pm

– Qué sabrás tú de la lealtad, Fawley. Qué sabrás tú del sacrificio, del servicio, de la devoción... – Bella chasquea la lengua y suspira, parece aburrida de tanta palabrería superflua. – No daré mi vida por nada. No buscaré la muerte para escribir mi nombre en la historia. No tengo madera de mártir, querido. Pero le serviré con la misma lealtad en los buenos y en los malos momentos. Lo que jamás haré es huir como una rata a esconderme cuando las cosas vengan mal dadas. No renegaré de él. No me ocultaré ni fingiré un arrepentimiento que no siento solo por salvar mi pellejo. Esa es la diferencia entre tu y yo. En mi orden de prioridades, la Causa va primero, y mi vida después. La lealtad es voluble cuando hay algo que te importa más que la misión que se te ha encomendado, aunque seas tú mismo.

Pero la intención de Bella no es dar lecciones al profesor. A ella poco le importan las motivaciones del maestro. Para ella, aquel era el juego de la venganza, el único idioma que conoce. En algo tiene razón Fawley, el orgullo es el punto débil de Bella. No sabe perder, ni acepta que pueda existir alguien mejor que ella. Esta acostumbrada a subestimar a sus adversarios, un error fatal que tarde o temprano le acabará pasando factura. La derrota no es una opción, nunca. Y las humillaciones y las ofensas se pagan con sangre. Puede que en realidad la causa sea que es joven. Demasiado poder y una posición demasiado alta para su corta edad. Eso la ha hecho creerse invencible, intocable... y aunque realmente su talento sea innegable, hay muchas cosas que todavía le quedan por aprender. La paciencia, la sangre fría, y reconocer los errores para poder aprender de ellos.

Aunque hay algo más... Bella no sabe en qué momento exactamente todo aquello ha pasado de ser un ajuste de cuentas a juego placentero, al menos para ella, claro. Las reacciones del maestro, su forma de revolverse, de atacar con esa lengua afilada. Su orgullo, a pesar de saberse en desventaja, provocan en ella una reacción mucho más excitante de lo que hubiera esperado. Pocas veces tiene la ocasión de someter a alguien que realmente le suponga un desafío, y realmente prefiere sus ataques y fiereza que los sollozos, las súplicas o las lágrimas. – ¿No lo entiendes, verdad querido? – Responde con una sonrisa que pretende resultar encantadora ante aquella metáfora del árbol. – No quiero destruirte. Sólo quiero jugar contigo un rato. Y mucho debo de equivocarme si tú no estás disfrutando este encuentro también. – Ronronea, melosa, sintiendo el vientre la emoción de saber que en algún momento pueden cambiar las tornas. No cree que el profesor vaya a darse por vencido tan fácilmente.

En el momento en que las astillas se entierran en las uñas del maestro, el grito que inunda la casa arranca en la garganta de Bella un gemido, un gemido voluptuoso y lascivo. Sus ojos claros no pierden un detalle de la imagen, y devoran al profesor, deleitándose en el modo en que arquea la espalda y se retuerce. Deja que el dolor se prolongue unos segundos antes de acercarse a él, todo pasos decididos y suaves contoneaos de la cadera, antes de acuclillarse ante él, sentándose sobre sus piernas semiflexionadas, apretando sus caderas con cada uno de sus torneados muslos, haciendo coincidir los sexos y los pechos a través de la ropa. – Eres delicioso, Fawley... – Le coge la cara con brusquedad entre las manos, apretándole las mejillas para alzarle el rostro y lamer con la punta de la lengua la sangre que él mismo se ha hecho en el labio. – Pienso torturarte hasta que no puedas más y te prometo que cuando acabe contigo, me suplicarás que no me detenga. – Susurra contra su boca antes de levantarse y acercarse a una de las manos extendidas. Coge uno de sus dedos, el índice, y aprieta con el pulgar las astilla un poco más dentro, mordiéndose el labio como si aquella pequeña travesura tuviese algo de índole sexual. Coge el extremo del palillo entre sus uñas y estira, sacándolo de golpe, sabiendo que no será menos doloroso.

– ¿Dónde está tu límite de dolor, Fawley? ¿Alguna vez has experimentado, uhm? – Repite con el dedo corazón lo que ha hecho con el índice, apretando hacía adentro la astilla antes de retirarla. – Yo sí... No creo que se pueda torturar propiamente sin comprender la naturaleza del dolor. Y la mejor manera es experimentándolo en tus propias carnes. – Cuando libera de la tortura todos los dedos de esa mano, se los lleva uno por uno a la boca, en un gesto intencionado. El sabor de la sangre en la lengua le resulta excitante, y el saber que, en las yemas lastimadas, el tacto de su lengua va a resultar tan placentero como doloroso, la invita más a jugar. – Podríamos descubrirlo hoy. Si te dejas llevar puedo hacer que esta noche sea muy, muy instructiva. ¿O tienes miedo de lo que una jovencita inexperta te pueda hacer sentir?
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