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Tiempo limitado [Priv/Bellatrix Lestrange]

Invitado el Vie Jul 31, 2015 10:00 pm

Me veo forzado a quedarme en Londres por mis propias convicciones. Me sorprendo a mí mismo negándome a tomar sorpresivos trabajos que podrían llevarme al otro lado del mundo. Por primera vez en años pido vacaciones extendidas y cuando parece que levantaré sospechas comento que varias de mis amistades del colegio residen en Londres. Solo eso basta para que acepten con tranquilidad, aunque dejo abierta la posibilidad de tomar un nuevo trabajo. Siempre habrá uno a la vuelta de la esquina que podré tomar si necesito distanciarme. Pero no planeo hacerlo, me he preparado para esto y mi objetivo está aquí, así que yo también debo quedarme antes de que las cosas se vuelvan a arruinar como años atrás.

Pero no me acostumbro a la vida de los borregos. Aunque tengo una de mis características más fuertes es la paciente, me veo limitado en esta aburrida ciudad. El mundo muggle o el mundo mágico me siguen pareciendo limitados, aburridos y tediosos ¿Cómo alguien puede acostumbrarse a este modo de vida? Hombres y mujeres vacíos, rutinarios… limitados. Pero debo mantenerme en control para prolongar mi estadía en Londres. Así que redirijo mi energía hacia algo más productivo pero interesante… Un pequeño negocio secundario que con los años de confianza en mi trabajo he logrado mantener a flote solo para entretenerme y tener el dinero suficiente para vivir con soltura. En mi último viaje había obtenido unas reliquias mágicas que podrían ser de utilidad a ciertos compradores. En varios mercados negros del mundo mágico hago correr la voz sobre ellos y dejo que los informantes, curiosos e interesados sean los mensajeros adecuados, veloces, exagerados y eficaces. En un par de días encuentro a mi primer comprador, hago las negociaciones preliminares necesarias y concordamos una cita.

La reliquia es una estatuilla de una mujer serpiente hecha en piedra negra, una naga hindú. A simple vista, dentro de su caja negra y fondo aterciopelado rojo parece una pequeña estatuilla, la naga parecía una pieza decorativa sin preocupación alguna. Pero la había encontrado en unas reliquias y su magia había sido tan poderosa que después de varios días de investigación, confinándola en una caja segura había descubierto un arma interesante. Las nagas eran conocidas por cazar a sus presas, devorar todo a su paso, algo muy apropiado para la estatuilla que al ser tocada por una persona activaba una magia protectora tan poderosa que daba caza a cualquier enemigo letal que tuviese su dueño, su uso era único y después del primer asesinato desaparecía en cenizas. Pero era un arma peligrosa e imposible de ser rastreada después de que desapareciera. Las leyendas decían que era nadie podía evitar a estas nagas.

Por eso no me extrañó el rápido interés por el artículo y el alto precio que pagarían por él. Me limité a darle a mi contacto un lugar seguro de encuentro, una cafetería de estilo irlandés con mesas privadas. Así esperé al día del encuentro y entré en el lugar diez minutos antes de la cita prevista. Solo sabía que llegaría una mujer a mi encuentro. La camarera trajo un café y se retiró, sumergiéndome a la semi-oscuridad del cubículo con sillones cómodos y la mesa baja. Mi mano se apoyada distraídamente sobre mi abrigo que ocultaba la estatuilla ¿Quién sería esta mujer? ¿Sería limitada? ¿Simple? ¿Una sierva sin importancia de alguien más poderoso? ¿Una mujer vengativa? Las posibilidades eran interesantes y el tiempo se prolongaba.
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Invitado el Sáb Ago 01, 2015 10:08 pm

El encuentro se iba a realizar en una cafetería muggle, y la sola idea de tener que mezclarse con la escoria, respirar su mismo aire, mimetizarse con ellos, le revolvía el estómago y la asqueaba hasta extremos insospechados. En su cabeza cruzaba la posibilidad de aprovechar su pequeño paseo por aquella parte podrida y enferma de Londres para causar el pánico, para hacer una alarde de fuerza y de poder. Nada le gustaría más que, una vez obtenido el objeto que había ido a buscar, hacer saltar aquel lugar por los aires, quemar el edificio hasta los cimientos y quedarse a una distancia prudencial, dónde le llegase el olor de la carne, extasiándose con el sonido de las sirenas y los gritos de terror. Pero debía ser discreta. Nadie, excepto su señor, debía saber que aquel encuentro había tenido lugar.

Se miraba en el espejo con una expresión de absoluto desagrado y asco en el rostro, pasándose la lengua por los dientes. Su reflejo era el de una estúpida y gris sangre sucia, con una blusa blanca metida por dentro de la cintura de una falda color marengo de tablas con el bajo a la altura de las rodillas. El cabello recogido ligeramente en un lado de la cabeza, un maquillaje discreto y unos zapatos negros con hebilla y un tacón bajo. Por una vez, Bella aparentaba la edad y la juventud que tenía, pero la mujer que se mostraba en el espejo era una mujer frágil, común, terriblemente común. Nada que ver con lo que la bruja era en realidad. Aunque, si se la miraba a los ojos directamente, su coartada se resquebrajaba como el papel quemado. Suspiró, resignada, pensando en que por nada del mundo dejaría que su Señor la viera de esas guisa antes de guardar la varita en la cintura de la falda.

Se apareció en un callejón desierto a un par de calles de la cafetería, sujetando una cartera de mano de color negro convenientemente encantada para poder contener la reliquia que iba a albergar, y caminó con paso resuelto y seguridad hasta el lugar del encuentro. Hubiera preferido haber sido ella quién hubiera elegido el lugar y los términos de la reunión, pero había decidido dejar que su contacto se creyera que poseía el control de la situación. La gente solía mostrarse más natural y confiada si subestimaba al contrario. Cuando creías que tu rival no era una amenaza, los defectos y debilidades salían a la luz con más facilidad. Abrió con cuidado la puerta del establecimiento, con una mano enguantada de fino encaje negro. prenda que se veía fuera de lugar dada la época del año, pero no iba a dejar que su piel desnuda tocara nada de aquel lugar.

Apenas una ojeada alrededor le permitió encontrar a su contacto. Se dirigió hacía él con paso decidido, pero en su camino, una muggle la interceptó, obligándola a parar en seco. La expresión de la bruja se crispó por un momento, resquebrajando la dócil y tímida máscara que portaba, torciendo la boca en una mueca cruel que duró apenas un pestañeo mientras retiraba la mano hacía atrás, como si temiera rozar siquiera por casualidad a la educada y servicial camarera, que ajena a lo que ocurría, le preguntó con amabilidad y una enorme sonrisa qué era lo que iba a tomar. – Un té. Sin azúcar. – Respondió, escueta, pensando en qué no probaría nada de lo que allí pudieran servirle así le fuera la vida en ello. Cuando se sentó en los sillones, ante el relicario, lo hizo con aprehensión, mirando con cuidado lo que tocaba. – No entiendo su interés por citarnos en este... – << Estercolero >>.– ...lugar.
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Invitado el Mar Ago 04, 2015 12:10 am

Mi mirada se distrae apropósito, me obligo a pasear mi mirada en el entorno con el deseo de entender qué hacía ahí. En términos estratégicos era un buen lugar, público, casual, sin gente que nos conociera y pudiese sumar dos mas dos si se daba el caso de complicaciones. Los magos sin invisibles para los muggles, eran una maza de hormigas que desconocían que existían criaturas superiores, letales y aunque con una gran minoría no eran tan por asomo débiles. Tal vez aburridas y patéticas, pero la magia los hacía fuertes. A la mayoría, por lo menos. Pero este entorno es agobiante aunque me sentiría igual aun entre magos. Todos sonriendo, relajados, tocándose o mirándose como si el mundo fuese simple. Oh… su mundo era simple. Simple, aburrido, patético, sin propósito ni razón de existir. Pero igual eran los muggles. Por ejemplo ¿Qué ocurriría si eliminara a esta mesera que sirve mi pedido con una radiante sonrisa en su rostro de muñeca rota? Nada. La respuesta es nada. Su propósito en el mundo se vería reemplazado por una muñequita rota.

Pero ¿Qué ocurriría si la tomara del cabello y estampara su rostro contra la mesa? ¿Qué pasaría si hundiera mi mano en su boca hasta desencajar su mandíbula? ¿Qué ocurriría si lo hiciera ahora, en frente de estas parejas sonrientes, familias tontas y mentes débiles? Su vida tendría un propósito, se marcaría en la memoria de todas estas personas, los cambiaría, enfermaría, enaltecería ¿Quién sabe?

Tal vez… alguien despertaría de su ensueño y vería el mundo como era.

La figura que entra tan distinta al resto llama mi atención. La observo avanzar, con su apariencia muggle y esos guantes tan llamativos ¿Sabría que usar guantes en interiores solo era una señal de cinismo? Prepotencia, superioridad, burla al mundo mismo. Ella se me hace familiar de alguna forma, lo sé, la miro entrar, tan joven y delicada pero con una mirada peligrosa… En mi garganta muere una carcajada que nunca verá la luz ¿Acaso veo bien? Tal vez el sentido de familiaridad se debe a que tal vez hay algo en común entre nosotros. La misma mirada oscura, mucho más oscura que la de una Bestia, tan peligrosa como la de un Monstruo ¿Era eso posible? La respuesta obvia me llevaría a creer que la persona frente a mi es una mortífaga ¿No deberían ser todos Bestias y Monstruos? Pero no… he visto mortífagos en mis viajes, muchos son débiles, lavados el cerebro, simples, cobardes, escondidos atrás de máscaras y la necesidad de ser especiales, de creerse malos. Ella luce mucho mejor que los mortífagos que conozco.

- Muy simple… no hay un solo rostro aquí que podría identificarla a usted. La comunidad mágica es pequeña y por su apariencia y actitud puedo ver que es alguien importante. Por ende, más conocida. Yo soy un fantasma en ambos mundos, muggle y mágico. Pero si algo llegara a ocurrir, podría meterse en problemas. –mi mano acaricia la pequeña caja con tranquilidad- Hay que considerar los peores escenarios, aun cuando la gente es estúpida por naturaleza, es mucho más ingenuo confiarse de la ingenuidad colectiva –sigo pensando que su rostro me es familiar ¿Tal vez en alguna fiesta? ¿En el periódico? El rostro aristocrático de esta mujer me hace sospechar no solo una sangre pura, sino una importante y de renombre ¿Pero quién? En el fondo encuentro fascinante notar su desagrado a este lugar, solo me empuja a creer que estoy frente a una purista de armas tomar y sin darme cuenta he tomado el camino difícil con ella- Si existiera una próxima vez la citaría en medio de la nada ¿Así dejaría atrás esos curiosos guantes? –pregunto, notando lo elegantes que se ven sus manos, mucho más peligrosas también.
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Invitado el Vie Ago 07, 2015 1:49 pm

Ah... Pragmatismo. Claro. El miedo a que alguien pudiera descubrirlo, que disfraza de una falsa preocupación por su persona. La bruja sonríe, pero es una sonrisa ladeada, torcida, pues sabe que a aquel hombre poco o nada le importa la reputación de ella, o su anonimato, siempre que al terminar el encuentro él se haga con su bolsa de galeones y pueda marcharse por donde ha venido. Sin embargo, el narcisismo de la bruja, su prepotencia, es su peor defecto, su más grave debilidad. La seguridad está sobrevalorada pues no considera que haya nadie capaz de detenerla, de enfrentarla, o tan inteligente como para poder anteponerse a sus planes. Sí hay magos a los que puede considerar una cierta amenaza, un enemigo digno. Pero desde luego, aquel rompedor de maldiciones sangre sucia no era uno de ellos.

¿Sería un error subestimarlo?

– No necesito que ejerza de caballero andante conmigo. Puedo defender sola mi anonimato, mi reputación y guardar mis secretos. Limítese a cumplir con la discreción que me ha garantizado. Lo demás es asunto mío.

Su aspecto de delicada muñeca gris no era capaz de ocultar por mucho tiempo a la despiadada mujer que se escondía bajo la ropa. No había rasgos lo suficientemente dulces para suavizar su mirada, ni había falda suficientemente corriente para ocultar aquella aura de superioridad, grandeza y vanidad que la destilaba, incontenible. Ni siquiera vestida con harapos hubiera logrado disimularlo lo suficiente. Al hablar, mueve la mano derecha en un gesto que no puede por menos que indicar la poca o ninguna importancia que le da a las palabras del mago. Mientras él la analiza con increíble minuciosidad, la bruja no se molesta siquiera en mirarle dos veces, considerando una pérdida de tiempo prestarle más atención de la necesaria, y más minutos de la cuenta, a un hombre como él.

Algún día esa soberbia le buscaría la ruina.

Y sin embargo, aunque orgullosa, es desconfiada por naturaleza, ligeramente paranoica. Y aunque no crea que el mago sea rival para ella, está preparada para poder lidiar con cualquier posible contratiempo o imprevisto, más por la molestia de que se tuerzan sus planes que por verdadero temor a que el rompedor de maldiciones puede causarle problemas o tenderle algún tipo de trampa. Los ojos claros de la bruja, que parecen de acero fundido o de hielo líquido, se clavan en los de su interlocutor cuando menciona los guantes. << Así que un hombre observador, ¿eh? >> Su propia mirada desciende, solo unos instantes, al encaje que cubre sus delicadas manos y otra sonrisa le surca el rostro. – No sabía que estuviera interesado en cuestiones de moda. ¿Le incomodan mis guantes o acaso quiere unos iguales?

La mortífaga detiene la conversación, banal y absurda por otra parte, cuando la camarera llega para servirles lo que han ordenado. La jovencita sonríe, encantadora y educada, ajena al modo en que la bruja la contemplaba, con un odio visceral e irracional centelleando en la pupila. Nada desearía más que llevarla al pequeño sótano de su casa y jugar con ella, deleitarse con sus gritos y, cuando colgada del techo por las muñecas, viera el brillo de la cordura extinguirse en sus pupilas, ese momento preciso en que algo hace "click" y se apaga en las cabeza de su víctima, indicando que la muñeca se ha roto para siempre, buscaría a su marido para hacerle el amor, con el eco de sus súplicas todavía en la cabeza. La bruja no es consciente, pero se lame los labios con la punta de la lengua, en un gesto voraz y casi lascivo, asintiendo con la cabeza cuando la chica se retira.

Pero primero era la obligación y, después, la devoción.

– Le advierto, señor, que soy una mujer muy ocupada. Mi tiempo vale oro, por lo que me gustaría ver la pieza y marcharme de una vez de este lugar. Si no le importa, claro.
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