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Adentrándose en la boca del lobo. [Lupin, Potter, Dumbledore]

Invitado el Mar Ago 04, 2015 2:03 am

31 de Julio de 2015.

Al final había tenido que salir por patas del Callejón Diagon. No tenía más dinero para pagar la habitación en el Caldero Chorreante y, después de un par de incidentes lo más sensato era que dejaran de verme por allí si no quería que no solo las autoridades muggles me persiguieran, si no también las autoridades mágicas. Todas mis pertenencias cabían en una mochila raída de deporte que llevaba colgada de un solo hombro, con lo cual empaquetar mis cosas y largarme de allí no me tomó nada más que el tiempo de decidirme y apenas cinco minutos más. Al menos tenía dinero suficiente para que el Autobús Noctámbulo me llevara a otro lugar. Creo que casi me muero del infarto cuando se pusieron a decirme groserías las puñeteras cabezas que colgaba del espejo. ¡Qué grima!

El siguiente objetivo es Hogsmeade, el pueblecito mágico. Quizá a la luz del día tendría más encanto, pero a mi me parecía un pueblo normal, tranquilo y apacible, con sus casitas encantadoras. Verlo nevado tendría que ser una pasada, digno de postal navideña, pero ahora mismo no eran más que calles vacías y alguna tímida luz en alguna ventana. La mayoría de los sonidos y signos de vida procedían de las dos tabernas: Las tres escobas y Cabeza de puerco. Miré en el bolsillo a ver si tendría dinero suficiente para costearme la habitación en el más destartalado de los dos, aunque fuera en el pajar, al más puro estilo medieval, pero a menos que me aceptasen como moneda, además de media docena de moneditas de bronce y una de plata, un chicle de menta y un mechero, mis posibilidades de pasar la noche a cubierto acababan de desvanecerse.

A no ser qué...

Estaba muy crecida para creer en cuentos de fantasmas, lo cual no deja de ser una temeridad por mi parte teniendo en cuenta que vivo en un mundo donde las brujas montan realmente en escoba, los duendes acuñan monedas y los dragones custodian tesoros en cámaras subterráneas. La verdad, no sé con qué criterio mi cabeza tiene ahora mismo capacidad para distinguir lo que es leyenda y lo que es realidad, pero los supuestos gritos de la Casa de los Gritos a mi se me antojaban supercherías de viejas. La mansión eran cuatro paredes y un techo, y de paso tenía la mejor alarma antiintrusos del mundo: Una supuesta y terrible maldición. Nadie iba a encontrarme ni a molestarme si pasaba la noche allí. Y, ¿quién sabe? Quizá hasta podría hacerme roomie del fantasma que habita la casa. ¿Me cobraría mucho por el alquiler?

Las pesadas botas de montaña resuenan en la gravilla del camino que da acceso al abandonado jardín trasero de la casa. Jo-der. Lo cierto es que acojonar, acojona un poquito. La hierba oscura me llegaba por casi la mitad de la pantorrilla, las trepadoras se habían apoderado de la fachada, lo que le daba a la casa un aspecto siniestro. En el horizonte, el sol apenas había dejado atrás una fina franja horizontal de color rojizo mientras una redonda luna llena ya era visible, esperando a la llegada de la noche más profunda para brillar con todo su esplendor. – Ahí vamos... – Me animo en voz baja mientras fuerzo la entrada de la casa con una horquilla. Posiblemente hubiera sido más fácil con una varita, pero con mis métodos muggles obtuve el mismo resultado.

Si el aspecto exterior de la casa ya parecía el escenario de un slasher, el interior no era mucho más alentador. Tragué saliva mientras cerraba la puerta y me descolgaba la mochila del hombro y la dejaba sobre los restos de una silla destrozada. Todos los muebles de la casa, aunque escasos, estaban hechos una mierda. Como si algo los hubiera lanzado volando de parte a parte de la habitación. Me acerco a la mesa que hay en el centro, iluminada por los rayos de luna que entran por las ventanas y en los que se aprecia el movimiento browniano de la nube de polvo que atraviesan. La madera está marcada por unos profundos y gruesos surcos, paralelos, como si fuera un zarpazo. – ¿Pero qué coño? – Vale, la casa empezaba a darme muy mal rollo.

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Mathie viste así.
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Invitado el Vie Ago 07, 2015 11:05 pm

La cabeza le daba vueltas, el más mínimo atisbo de luz le hacía sentir un dolor extremadamente punzante en el cerebro cosa que en su estado actual lo mantenía en un estado de agresividad casi permanente. Su piel estaba pálida, en algunos puntos rasgada por la "aventura" de la noche anterior, sangre seca se acumulaba en sus pómulos cuando se pasó el dorso de la mano por este debido a la incomodidad que aquel líquido espeso que ya estaba totalmente seco y pegado a su mejilla. Se sentía a punto de morir, como todas las jornadas de luna llena de su vida, sentía rechazo por aquellas épocas en las que solo su dolor se hacía latente ya que por más que intentase pensar en otras cosas no podía sacar su mente de lo que le esperaría a las pocas horas.

La casa de los gritos era uno de los pocos lugares en los que aquellos alaridos de dolor no se tomaban como nada más que por los sonidos típicos de una casa encantada, algunos de los alumnos de Hogwarts iban a las puertas de aquel lugar en busca de emociones fuertes. Le hervía la sangre, a Remus, ese chico tranquilo, agradable y respetado que todos conocían se sentía totalmente inundado por una rabia irracional, una rabia que tras el paso de la luna llena se convertía en temor por haber podido hacer daño a algún incauto que se hubiera adentrado en dicho lugar en el momento equivocado. La ira que se acumulaba en su interior era fruto de su inminente transformación y lo sabía perfectamente, pero no podía evitar sentirse mal por aquella emoción latente que le hacía querer destripar a todos y cada uno de los curiosos que se atrevían a entrar en aquel sitio.

Quizás era debido a que sabiendo el posible peligro que corrían entrando en aquel lugar no podía entender que quien quiera que fuese entrase a la casa sin pensar en las posibles consecuencias, que simplemente entrasen a un lugar mágico, en el que por lógica podría suceder cualquier cosa que pueda imaginarse uno. Aunque pudieran entrar con una varita mágica en mano, a él no lo pudieron salvar de ser mordido cuando era tan solo un niño por ende tampoco podrían salvarse a si mismos si él, en estado de inconsciencia moral atacaba a cualquiera que traspasase el umbral de la puerta. Fue con esos pensamientos cuando todo empezó, cuando los primeros tirones sacudieron su cuerpo maltrecho y acurrucado en una esquina de aquel cuarto mugriento.

Escuchó ruidos que le preocuparon, alguien se había internado en la casa, podía sentirlo, olía a aquella intrusa que había tenido el valor (o la inconsciencia) de adentrarse en aquel lugar "encantado" del cual la principal atracción era el chico que se había ya arañado los brazos con sus dedos, dedos que comenzaron a perder la apariencia humana ante los ojos del moreno. Un alarido salió de sus labios cuando uno de sus brazos se retorció lo suficiente como para hacerle escuchar el sonido de los huesos partiéndose en pedazos, tomando la forma animal que le acompañaba durante las noches de luna llena. Dolía, sentía cada músculo de su cuerpo resquebrajarse, como las fibras se unían de manera anti-natural en un ser humano, pero aquella sensación se le hacía ya tan familiar que hasta le daba miedo.

Quiso gritar para alertar a quien quiera que fuese, pero de su boca solo salían sonidos inconclusos, sin sentido para quien los escuchase, sin sentido más allá de los ruidos posibles de una casa raída y prácticamente destrozada. Estaba nervioso no solo por la situación que él vivía todas aquellas noches si no por los sonidos previos a que perdiese totalmente su estabilidad humana y sus extremidades se apoyasen sobre el suelo de madera, arañando el suelo como en el acto reflejo de afilarse las uñas. Aún no tenía su forma animal completa pero si que era ya el animal violento que lo poseía durante aquellas horas. Entrecerró los ojos mirando hacia todos los lados buscando alguna presencia, que le viesen de aquel modo era totalmente descorazonador para el joven, pero no podía evitarlo, no había cura, para él no había esperanza alguna en aquel campo.
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Invitado el Miér Ago 12, 2015 3:25 am

Buscar a uno de los Merodeadores era una cosa difícil de hacer,  pasaban buena parte de su tiempo como  la conocida pandilla amante de travesuras que  todos conocían pero en ciertos  casos  el equipo de Quidditch, los  labores como prefecto e incluso  la tentadora piel femenina podría distraer a los  miembros por un par de horas.  De por si encontrar a alguno  de los  amigos del joven James era  toda  una hazaña en un día común pero cuando uno de sus amigos se convertía en un lobo  la situación era casi imposible. Sin  importar las distracciones  que  se empeñaba en crear los días de luna  llena  Lupin siempre estaba tenso y tendía  a desear  alejarse de todos,  con los años había llegado a aceptarlo pero eso no significaba que  no tratara de hacerlo más  fácil.    

-Mierda, mierda, mierda –  se  apresuró a  través de la maleza a lo que era prácticamente una rápida carrera cuesta arriba.  El realmente  había sido quien decidió caminar hasta la Casa de los Gritos para reunirse con Lupin  allí,  sus  demás amigos  prometieron encontrarlo en Hogwarts para tratar  con una  de esas noches alocadas que les habían dado el nombre legítimo a su pequeña pandilla como Merodeadores.

Normalmente el  Cazador hubiera tomado el camino  fácil  del sauce boxeador pero sus padres habían ido hasta Hogsmeade con el único propósito de compartir con el bien llamado milagro de sus vidas. Ellos realmente no entendían el concepto de “rápido” así que James se había retrasado. Luego de  un comentario  sobre  querer reunirse con sus amigos, sus padres finalmente  lo dejaron marcharse  lo que ocasionó que  tuviera que correr  todo el  camino hasta la  Casa de los Gritos,  ocultó  bajo su capa de invisibilidad para alejar las  sospechas del poblado aunque las maldiciones  no dejaban de salir de sus labios.  Bien, Potter,  quizás no te vean pero el poblado entero te escuchara y tu madre te llevara todo el camino a casa prometiendo castigos  hasta  tu graduación  si  se enteran de que vas directo  a la casa embrujada,  ese pensamiento  fue  lo único que logró hacer que se mantuviera en silencio  hasta  alcanzar el establecimiento.  

Su silencio fue  tan efectivo  que  a  unos  escasos pasos de la puerta,  escuchó el  sospecho  sonido  de la  transformación de Lunático. Su ceño  se  frunció.  El  dolor de la  Licantropía sin duda era una de las cosas que lo hacían desear ocupar el lugar de su amigo,  así podría evitarle la tortura, por  todo lo demás él creía que el método de los animagos funcionaba  bastante bien por ahora.  Sacudió  su  cabeza  y  trazó un paso para tratar de deslizarse por la  ventana  hasta que  un segundo  grupo de  sonidos  hizo que  permaneciera en su sitio.  Se obligó a observar por  un  momento, reteniendo  su impulso  valiente de  saltar  ante el temor de los demás  cuando comprendió la presencia de una tercera persona en el lugar. Mierda,  pensó antes de  tratar   de  forzar la  ventana. Lunático  había sido elegido prefecto por sabia razón de  Dumbledore pero lo cierto era que no importaba lo  sensato e inteligente que  fuera Remus Lupin,  cuando la luna llena se levantaba sobre  el cielo nocturno el prefecto podría ser alguien realmente difícil de tratar. Era momento de  James de  actuar  racionar  y  pensar en cómo lograría proteger a una extraña sin descubrirse a lunático o a sí mismo. Y la  noche  aun era joven
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Invitado el Jue Ago 13, 2015 1:44 am

Vale... ¿Sabéis en las películas de terror esa típica y manida escena en que la chica escucha ruidos sospechosos y cosas raras y en lugar de salir corriendo en dirección contraria, como el sabio espectador de la pantalla le grita ignorando el hecho de que, si lo hiciera, no habría guión y entonces ella trata de averiguar por su cuenta de dónde proceden los gritos? ¿Sabéis qué escena os digo? Pues es por el pánico. O, más bien, un intento absurdo y poco meditado de no dejarte llevar por él. Todavía estaba acariciando las hendiduras en la madera cuando me llegó aquel grito a los oídos. Un grito desgarrador, un grito de angustia, de dolor, a medio camino entre el lamento y un aullido que, sinceramente, me congeló la sangre en las venas.

Literalmente no podía salir corriendo. Las piernas no me respondían.

– Vale. Sé que existen los fantasmas. – Me digo a mi misma, en voz baja, con los ojos muy apretados y los nudillos casi blancos de aferrarme a la mesa intentando que los tobillos me sostengan en la vertical. – Pero no estoy preparada. – Cuento mentalmente hasta cinco, tratando de controlar el bombeo frenético de mi corazón en el pecho, tratando de buscar una explicación racional de lo que está ocurriendo. Racional... en un sentido mágico. Claro. Quizá sólo se trata de algún tipo de hechizo disuasorio diseñado para mantener a los intrusos alejados. ¿No? Cuando consigo valor suficiente para abrir los ojos y, lentamente, darme la vuelta, vuelvo a escuchar otro grito de dolor que se me antoja demasiado humano. Viene de otra habitación de la casa, y mi primer impulso es el salir corriendo de allí cagando leches. Pero las piernas dicen que corra mi puta madre, que ellas se quedan ancladas al suelo como si tuvieran raíces y miro en dirección a la puerta  que lleva al sótano, de dónde proceden los sonidos.

– Un sótano, cómo no.

No puedo simplemente largarme de allí. ¿Y sí...? ¿Y sí había alguien en apuros? No soy una jodida heroína, pese a que me queden de escándalo las mallas ajustadas, así que al final tomo la típica decisión cliché y absurda de toda buena víctima de slasher que se precie... – ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Hola? – Porque todos sabemos que los monstruos y asesinos en serie son muy educados y siempre saludan antes de clavarle un gancho en la nuca. Con los pelos como escarpias y la mano apoyada en la pared, recorro el pasillo de la casa en dirección contraria a la salida, o a las ventanas, girando el pomo de la puerta que me lleva a unas escaleras descendentes que van a pasar a la planta de abajo, negras como la jodida boca de un lobo. Trago saliva, repitiéndome a mí misma que, de haber algo en esta jodida casa, ya lo habrían descubierto, que no es más que la broma de algún gracioso.

– ¡Si es una broma no tiene ni puta gracia! – Anuncio mi descenso por las escaleras, aliviada con el sonido de mi propia voz y más que dispuesta a darle una lección magistral de kickboxing al primer hijo de puta con varita que me encuentre y me esté haciendo esto... o al menos eso pienso hasta que el siguiente ruido, el siguiente gruñido, rugido o... grito que proviene del sótano ya no me resulta tan humano. A esas alturas ya estoy más cerca de la puerta del sótano que de la parte superior de la escalera, y ya no puedo seguir negando la evidencia. Hay algo detrás de la madera. Algo grande. Algo grande que se mueve directo hacía mí. El grito que dejo escapar esta vez es de pánico y hecho a correr escaleras arriba, atenta a lo que parece ser un galopar apresurado directo en mi dirección. Pero la oscuridad y las prisas no son buenas, y acabo por pisar mal en un escalón, cayéndome de bruces en mitad de la escalera, bajando un par de peldaños a trompicones, golpeándome en las rodillas, antes de detenerme.

Me quedo inmóvil en el suelo, aterrada, y sólo puedo mirar la madera de las escaleras. No soy capaz de moverme, de levantarme, ni siquiera de girar el rostro porque, lo que sea que mora en la casa, está justo detrás de mí.
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Invitado el Miér Ago 26, 2015 8:48 pm

Las patas del que ahora era el cuerpo de Remus se posicionaron en el suelo, dejando todo rastro del humano que una vez fue a un mero recuerdo. El dolor ya no se encontraba en su cuerpo, había desaparecido junto con su consciencia y con ello sus remordimientos acerca de atacar a cualquier intruso que se había adentrado en aquel lugar ya eran meros ecos de su conciencia perdida.

Los ruidos y el olor de la chica lo hicieron acelerar, tal como los animales solían correr, se dirigió rápidamente hasta donde el ruido había salido, las cadenas una vez tomaba aquella forma eran bastante inservibles, más que nada por que eran más para evitar que durante la transformación se dañase a sí mismo que para retener a la bestia que ahora corría libremente por los pasillos de la casa de los gritos, buscando a la pobre alma que se convertiría en su víctima aquella noche si nadie lograba remediarlo.

El animal se relamió ante el olor que desprendía lo que presumiblemente era una mujer asustada, cosa que no le hizo pensar en el reconocido olor que se coló por la ventana, ahora no importaba, solo su instinto se erigía sobre su poca consciencia, no podía evitar lo que era inevitable por naturaleza, ya bastantes eran los esfuerzos que el chico empleaba en no dejar aquella vena violenta salir cuando era un ser humano pero que en aquel estado era la que dominaba cada nervio de su ser.

Arañó con fuerza la madera buscando hacer algo más de ruido y un gruñido se escapó de la boca del animal, fijando este sus ojos en la puerta que lo separaba de la presencia extraña para luego embestir esta con fuerza al escuchar el grito de la chica.

PD: Sorry por la tardanza y por la longitud, pero es que siendo un perro violento poco más puedo hacer por ahora xD
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Invitado el Vie Sep 04, 2015 1:48 am

El tiempo se acababa para James. Aquello de ser el segundo de la clase tenía la misma utilidad que un Lumus a plena luz del día cuando estaba en situaciones como esa, donde la fuerza bruta parecía la mejor idea. El castaño empujó la puerta con apenas el peso de su cuerpo contra el viejo material de la madera,  él podía adivinar que la última persona en utilizarla había  hecho un buen trabajo con la cerradura dejándola abierta.  El lugar estaba intacto,  permaneciendo con las mismas evidencias que habían dejado la última noche de luna llena, había algo confortable en los muebles casi desechos y las constantes rasguños de un perro, una rata y un licántropo en las paredes mientras que las pezuñas dejaron su impresión de por  vida en algunos de los tablones de madera en el suelo. James podía pensar que en el futuro, cuando encontraran una mejor solución para  Lupin,  Los Merodeadores  podrían venir aquí y  recordarían algunas de las noches más locas. Por  ahora, el Cazador tendría que trabajar para que esa noche se tratara de unos buenos recuerdos compartidos con cerveza de mantequilla y no la ultima en su vida. Alentador. No se  encontraba ninguna persona para el momento en que estuvo  en el vestíbulo pero los gritos mezclados de angustia  que cambiaron rápidamente  a un gruñido lleno de ira hacia que fácilmente pudiera saber el lugar donde se encontraban las otras dos personas en la Casa de los  Gritos.

-Concéntrate, Potter

James  dejó caer la  capa de invisibilidad.  Tenía que concentrarse un poco en lo que quería,  le llevó tres años perfeccionar la capacidad como Animago pero el cosquilleo de la  magia se extendía  rápidamente  por  él  mientras  regulaba su respiración.  Tras una larga inspiración, sintió la  forma en que su cuerpo  cambiaba, estaba lejos de ser doloroso, parecía más como adentrarse en una nueva piel. Se equilibró entre sus pezuñas,  contemplando el nuevo peso equilibrado de sus  astas que le habían dado su apodo y  su nueva  visión  se perfeccionaba con la oscuridad.  Se inclinó para  recoger la capa  entre sus astas antes de empezar a andar hacia  el sótano.  Estaba  en la  cima de las  escaleras cuando contempló a Lunático con toda su fuerza acabando con el último obstáculo  que lo separaba de su presa.

“MUEVETE”  deseó gritar a la rubia, obteniendo solo lo que sabía que  era  un berrido nada  comprensible. Ser un gran ciervo era genial la mayoría de las veces pero en otras no lo hubiera molestado que le entendieran un poco mientras ostentaba sus  grandes  pezuñas y astas.

Movió sus pezuñas, tratando de llamar la atención de  la extraña, dándole una posibilidad  de que  volviera a subir las escaleras. Necesitaba apartarla del  medio y eso incluía llamar la atención de  su mejor amigo o  que la mujer fuera más rápida.  Puede que como humano hubiera logrado  explicar la situación de  una mejor forma pero solo como ciervo podía tratar con un lunático.
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Invitado el Mar Sep 22, 2015 7:44 pm

La puerta cede y esa... esa cosa se abalanza sobre mí. Me encojo un poco más sobre mi misma. Nunca pensé que llegaría a vieja, ¿sabéis? Pero me había imaginado otras formas diferentes de morir. En un accidente de tráfico, por un mal golpe en una pelea, un navajazo... Devorada por el extraño y misterioso monstruo de la Casa de los Gritos jamás se había encontrado en mis planes. Aunque era una muerte con más caché. Pensándolo bien, las otras tienen demasiado de estrella del rock, y yo de estrella nada. Más bien soy de las que han vivido estrelladas toda la vida. Dicen, que cuando tienes cerca la muerte, recuerdas los buenos y malos momentos de tu vida, y a las personas que quieres. Pues yo no. Yo no veo un flashback, ni rostros tranquilizadores. Yo empiezo a contar.

Uno... – Las lágrimas se agolpan contra mis ojos. – Dos... – Ruedan hacía abajo, por mis mejillas morenas y sucias, y ya puedo notar el aliento de lo que sea en la nuca. – Tres... – La voz se me quiebra en un sollozo asustado y... Y un berrido inunda el hueco de la escalera. Alzo la mirada y encuentro un... ¿Un ciervo? Berreándome y dando golpes en la cima de la escalera. ¡Genial! ¡Un ciervo! ¿Por qué no? A estas alturas ya me creo estar bajo los efectos de un psicotrópico muy potente, porque no me cabe otra explicación. Pero me da igual si me engañan mis ojos, lo que no me engaña es el rugido animal en la nuca, cada vez más cerca y, sacando fuerzas de flaqueza, me levanto del suelo casi de un salto y echo a correr escaleras arriba. El chasquido de unas fauces cerrándose a escasos centímetros de mis pies me hace gritar, pero aún no me he atrevido a mirar atrás. La escena se me ha hecho eterna aunque, en realidad, solo han sido unos segundos.

Corro hacia el ciervo como si esa fuera a ser mi escapatoria. Aunque, no sé si habéis visto a un ciervo tan de cerca. Acojona, y mucho. Son más grandes de lo que parecen en los documentales, y esa cornamenta sería capaz de lanzar a un humano por los aires, cuando no de ensartarlo como un pincho moruno. Por un momento entro en pánico. Más en pánico, quiero decir. ¿Quién me dice que el ciervo me va a dejar pasar? Estoy acorralada entre un monstruo que ruge y el majestuosos animal. ¿Y si me despedazan entre los dos? Una vez en el orfanato me preguntaron que cómo preferiría morir, si quemada o ahogada. Nunca me dieron a elegir entre despedazada o ensartada y coceada. Pero al llegar al principio de la escalera, el ciervo me... ¿me deja pasar? Y menos mal que lo hace, porque de la inercia no soy capaz de frenar y, al llegar al último escalón, derrapo y vuelvo a caerme de bruces contra el suelo.

No me quedan fuerzas para levantarme una vez más.

Me quedo sentada en el suelo, y me arrastro hacía atrás por la tarima de madera, tan rápido como puedo, hasta que mi espalda golpea con algo. Es el tablero de la mesa volcada, que en ese momento parece una barricada que se interpone entre la salida a mi espalda y yo. Delante, tengo al ciervo, imponente y soberbio, y todavía engullido por la oscuridad del hueco de la escalera, unos ojos amarillos observan voraces al animal. No es hasta que sube lo suficiente para que lo ilumine la escasa luz que entra por las ventanas, procedente de la luna llena del exterior, que puedo percibir la silueta. Feroz, todo dientes, pelo, garras... Poderosa y... humana. Tiene algo de humana. Miro de reojo a la ventana, con la boca abierta y el corazón latiendo tan rápido que me duele al respirar. Todavía no he recuperado el aliento.

– No. N-no puede ser... C-cierto...

Ahora ya conocía el secreto de la Casa de los Gritos.
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Invitado el Sáb Oct 17, 2015 9:11 pm

Todo estaba totalmente borroso, la figura de la chica se le hacía totalmente apetecible, su olor, el terror que parecía inundar aquel moreno y menudo cuerpo solo hacía aquello más atractivo. Probablemente en otra situación habría hablado con la chica sin problema alguno, incluso se habría ofrecido, el Remus humano, claramente, a ayudarla en alguna cosa que hubiera necesitado, pero en aquel momento su yo cortés no era más que una sombra de el monstruo que ahora dominaba sus movimientos y su comportamiento.

Sus uñas arañaban con toda la fuerza que pudo la madera que se hallaba bajo sus patas, gruñendo ante el inminente salto que sus patas traseras impulsarían para encontrarse de boca, literalmente con la tierna carne de la muchacha aterrorizada.

La sombra del gran ciervo lo hizo retrasar aquella tarea, sintiendo algo en su interior que le decía casi a gritos que aquel ser era un amigo, pero quizás el raciocinio no fue precisamente su fuerte en aquella forma, por lo que, con cautela se acercó a aquel ser, olisqueándolo en primer momento, enseñando acto seguido los dientes al encontrarse en su camino hacia la que ahora tenía marcada en su cabeza como su presa, como su juguete de aquella noche, por mal que sonase.

Entrecerró los ojos acercándose quizás más de lo necesario al cuerpo de el que era su amigo, algo más calmado que segundos antes pero igualmente en posición de ataque, con aquel gruñido recurrente en su garganta, enseñando nuevamente los dientes con un leve aullido instando al gran animal a que se apartase de su camino.
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Invitado el Sáb Oct 24, 2015 10:13 pm

¿Lupin lo asesinaría? No es el tipo de preguntas  que se hacen los mejores  amigos pero considerando que  frente a él su amigo estaba oculto bajó  varias  capas de músculos y pelaje, la pregunta parecía razonable.   Podía sentir la  respiración  contra  él sin embargo no podía  moverse de ese  lugar, no porque estuviera  paralizado sino porque ¿Quién más evitaría que  Remus  hiciera algo de lo que sin duda se arrepentiría?  Además la  chica parecía alguien que apreciaba demasiado  su vida a juzgar  por la forma en que  se movió  subiendo las  escaleras.

Sus colmillos lucían como una promesa segura de lo que sucedía  cuando alguien se interponía  en el camino de lo que  el  gran lobo quería  sin embargo el  olisqueó con que insistía le dio algo de esperanzas.  James conocía todo lo que se debía saber sobre los hombres lobos, la  forma en que su mente era capturada por los instintos sin embargo también  conocía a su amigo y sabía que  Remus era mucho más  fuerte que  eso. Fue  por eso que permaneció quieto, esperando  por cualquier pista de reconocimiento  hasta que  el  aullido  le advirtió sobre la impaciencia.  

James  dio un par de  pasos  hacia atrás,  evaluando  la postura   de Lupin en esta  forma.  Movió sus pezuñas   delanteras  en pequeños  saltos hacia  el lobo de nuevo,  admitiendo que  no se  movería de su  camino  y que  debería ser él quien retrocediera. Se  detuvo  cuando estuvo de  nuevo frente  a  él y sus  astas  bajaron   para  presionar a que  retrocediera  de nuevo  al  sótano, con suaves movimiento tratando de no ser agresivo para evocar más ira y soltando  un  bufido  bajo como  respuesta  al  aullido.

"Vamos,  Remus.  Coopera  un poco"   presionó  con los  berridos que  eran su única  forma  de   conversación.
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Invitado el Vie Nov 20, 2015 1:47 pm

Contemplaba toda la escena desde el suelo, completamente estupefacta. La luz de la luna llena que entraba a raudales por las ventanas iluminaban la estancia lo suficiente para que no me perdiera detalle de lo que ocurría. No soy bióloga, ni una experta en el tema, pero me dio la sensación de que el... ¿lobo? reconocía al ciervo. por como lo olisqueaba, por el modo en que se había detenido cuando este se interpuso entre él y yo. Y de lo que no me cabía ya ninguna duda es de que el ciervo me estaba protegiendo. No solo por el modo en que se había parapetado delante de mí, si no porque ahora usaba la cornamenta para hacerle retroceder y devolverlo a la habitación. De acuerdo, ya sabía que los licántropos existían, ¿pero es que acaso existían también los hombres ciervo o algo así?

No me iba a quedar a averiguarlo, eso estaba claro. Ni a ver el final del combate a muerte entre las dos bestias. No me cabía ninguna duda de que el ciervo iba a poder sacarse las castañas del fuego el solito. Busco alrededor alguna salida, pues la que había utilizado para entrar a la casa implicaba tener que pasar demasiado cerca de los dos animales, y no me hacía demasiada gracia interrumpir su ritual de berridos y gruñidos. Mis ojos se detienen en una posible salida, una trampilla en el suelo, abierta, y en la que no había reparado antes. Tratando de no llamar demasiado la atención de los animales, me muevo por el suelo despacito, pero sin pausa, hasta alcanzar el agujero. El aire que parece salir es fresco, lo que me indica que, en algún lugar, aquel pasadizo tiene salida.

Dedico una última mirada al ciervo antes de adentrarme en el túnel, que es de tierra prensada y piedra, y parece haber sido horadado directamente en el terreno, como si se tratase de una enorme madriguera. ¿Lo habría hecho el lobo? Los primero metros son más transitables, pero conforme voy avanzando, el agujero se vuelve más angosto, y oscuro, y está demasiado inclinado, tanto que tengo que agarrarme con las uñas a los laterales para no caer de nuevo hacía abajo, hacía la casa, como si fuera un enorme tobogán. De vez en cuando aparece alguna raíz, como gruesos y enormes gusanos, que salen y entran en la tierra, con las que se me engancha el pie, o la ropa. Cuando empiezo a notar algo de luz que me llega del otro lado, tengo la ropa y la cara llenas de tierra y arañazos.

La salida del túnel es estrecha, irregular, y parece semienterrada. Me encaramo como puedo, apoyándome en las manos, y cuando consigo sacar medio cuerpo fuera, reptando por la tierra, entre las raíces de un grueso árbol, una de las ramas se mueve directa hacía mí, violenta, rápida. Apenas me da tiempo a poner las manos por delante para evitar el golpe en la cara, y de la inercia acaba lanzándome de nuevo al interior del túnel, al que caigo de culo. Se me empañan los ojos de lágrimas, por la rabia, por el miedo, y porque me duelen las manos, ¡joder!. Intento asomarme de nuevo por el agujero, pero apenas saco el brazo, el árbol se vuelve loco de nuevo y trata de atacarme, y tengo que retirarlo. Acabo por apoyar la espalda en la pared de piedra, deslizarme hasta el suelo, húmedo y frío, y abrazarme las rodillas con los brazos y romper a llorar.

– ¿Dónde cojones me he metido?
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Invitado el Jue Nov 26, 2015 7:58 pm

—Vamos, Colagusano ¿Dónde estás?

Aquellas palabras habían salido de su boca más de alguna vez esa tarde. Le había buscado por prácticamente todos los corredores de Hogwarts y los salones en donde su amigo solía frecuentar, aunque por supuesto no con el cuidado de una exhaustiva revisión ya que se necesitaba un grupo de personas o tal vez todo un día para revisar el Castillo por completo.

La Luna Llena ya estaba despuntando en el cielo cuando se le ocurrió darse la tarea de buscarle en el Mapa del Merodeador, pero sabía que registrar por una persona entre tantos estudiantes también requería de tiempo y se imaginaba que tanto James como Remus ya se estaban divirtiendo sin ellos o… quizás hasta el escurridizo de Peter se había ido ya a la Casa de los Gritos y le había dejado atrás. Sí, mejor era echar una rápida chequeada al Mapa del Merodeador, pues si Colagusano ya estaba con los otros dos, lo apretaría en sus fauces de perro, luego de jugar a perseguirlo toda la noche hasta agotarlo.

Buscó el mapa en el dormitorio de los Gryffindors, no recordaba quien había sido el último de ellos que lo había usado, así que tuvo que buscar un poco entre los escondites que solían designar y luego refugiarse detrás de las cortinas de su cama para poder chequearlo con mayor privacidad. Fue entonces cuando vio un par de huellas deambulando por el pasadizo secreto hacia la Casa de los Gritos y casi rompe el Mapa con el brusco movimiento.

—¡Lo sabía!

Escapó doblándolo inmediatamente, sin siquiera haberle prestado verdadero cuidado al nombre que ahí se mostraba y mencionando las palabras necesarias para evitar que otros le leyeran. Sabía que James llegaría por el lado de Hogsmeade ese día, así que el único que podría andar merodeando el pasillo aquel era Peter. Escondió el Mapa entre la funda de su almohada para asegurarse de no perderlo en su aventura de esa noche y cogió su varita mientras murmuraba maldiciones contra Petegrew por no haberle esperado.

Rápidamente se escabulló entre los alumnos que ya comenzaban a irse a sus camas y bajó las escaleras con prisa hasta llegar a la puerta de entrada al Castillo, miró hacia ambos lados para asegurarse de que no habían profesores cerca y salió procurando pasar realmente desapercibido. Corrió por los terrenos tomando el camino por entre medio de los arcos laterales (en donde se recepcionaba el equipaje cada regreso de vacaciones) para evitar que alguien le viera a través de las ventanas y se echó la capucha sobre la cabeza antes de correr en dirección al Sauce Boxeador, deteniéndose ante él para pensar por un momento. Siempre había sido Colagusano el encargado de presionar el nudo que apaciguaba al Sauce y abría la entrada secreta, pero él estaba absolutamente convencido de que su amigo le había dejado atrás y de que tenía que ingeniárselas a solas. Por otro lado, el Sauce parecía más alborotado que de costumbre, como si acabase de haber sido perturbado por algo o por alguien, pero dudaba que fuesen sus amigos ya que ellos preferían salir del otro lado para evitar ser descubiertos pero… ¿y si habían ido a buscarle?

Por un momento tuvo el impulso de transformarse inmediatamente por la precaución de que Remus anduviera cerca, pero necesitaba hacer uso de su varita para abrir la jodida entrada sin la ayuda de Colagusano. Así que nuevamente echó un vistazo por detrás de su hombro para asegurarse de que no hubiese nadie en el terrenos y sacó su varita para apuntar a una pequeña roca y hacerla flotar hasta el dichoso nudo con un Wingardium Leviosa.

Rezongó por lo bajo y volvió a mirar hacia atrás antes de alistarse para transformarse. Casi cae sobre sus cuatro patas, aún humanas, al escuchar los sollozos de alguien al otro lado de la entrada secreta.

¿Qué demonios? Se preguntó sin atreverse a emitir ningún sonido y se lanzó por la abertura del sauce antes de que éste comenzara a moverse una vez más. Varita en mano, estaba preparado para lanzar cualquier hechizo o transformarse inmediatamente si hacía falta.

Rodó por la prisa hasta el primer descanso en el terreno en donde se encontraba una chica a la que miró con tal sorpresa que parecía que la mandíbula se le había desencajado de su sitio. ¿Qué coño estaba haciendo una chica en ese lugar? Y lo peor de todo es que no recordaba haber visto esa cabellera por los pasillos del colegio ¿Podría ser una muggle? ¿Debía esconder su varita? ¿Estaría Remus cerca? ¿Qué pasaba si llegado el momento debía transformarse delante de ella?

Demasiadas preguntas se habían aportillado en su cabeza como para reaccionar inmediatamente de manera inteligente y lo primero que entonces hizo fue preguntar:

—¿Por qué lloras? ¿Estás… herida?

Sí, ese fue su primer miedo inmediato ¿Qué debía hacer si Remus le había mordido?

Al parecer las cosas esa noche iban a resultar muy diferentes a como las había planeado.
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Albus Dumbledore el Vie Dic 04, 2015 7:03 pm

La apacible noche de Albus había terminado desde el momento en que había sido informado de movimientos extraños por la zona de la Casa de los Gritos. En cualquier otra noche aquello no hubiera despertado en él tanto temor, pero en aquella ocasión en concreto era consciente de que la luna llena dominaba el cielo y de lo que ello suponía.

Se encontraba tranquilamente en su despacho, leyendo un viejo libro de su infancia  y disfrutándolo enormemente cuando la profesora McGonagall entró de sopetón en la estancia, claramente alarmada. Llevaba el pelo enmarañado y la bata que usaba de pijama, y su cara expresaba nerviosismo y urgencia. - Se han escuchado y visto movimientos extraños en los alrededores de la Casa de los Gritos, Albus. - Aquellas fueron sus palabras textuales, y las que hicieron que el anciano director de Hogwarts se dispusiera a salir en dirección a aquel lugar con toda la rapidez de que era capaz, ya que en caso de tardar demasiado se temía lo peor.

Pocos minutos más tarde se acercaba a grandes zancadas al Sauce Boxeador, al cual vio agitar sus ramas con gran fuerza, procurando que cualquier visitante no deseado fuese repelido al instante. No obstante Dumbledore sabía muy bien cómo lidiar con aquella situación, así que tras calmar aquellas fuertes sacudidas se agachó como buenamente pudo para llegar al interior, varita en ristre.

No tardó en cerciorarse de la presencia de dos figuras humanas, a una la conocía, pero no conseguía reconocer a la chica que estaba al lado de Sirius. Le dio un vuelco el corazón al pensar en la posibilidad de que aquella pobre chica hubiera acabado en el lugar equivocado y en el momento menos indicado, pudiendo haber salido herida. - Ayudame a levantarla. - Le pedí al alumno de Gryffindor. La chica parecía tremendamente conmocionada y confundida. Éste la agarró por un brazo y yo por el otro y entre ambos conseguimos que se irguiera, había estado llorando, puesto que tenía los ojos claramente hinchados. - ¿Estás bien? - Le preguntó con aquella grave y acaremalada voz. Saltaba a la vista de que no estaba precisamente bien, pero lo que él buscaba eran indicios más graves. Éste puso dos dedos de su mano derecha bajo el mentón de la chica con el objetivo de que le mirara a aquellos claros ojos azules tras las gafas de media luna. - ¿Cuál es tu nombre? ¿Te han herido?

Tras aquella breve conversación y tras asegurarse de que no había sido mordida miró a Sirius. - Cuida de ella, vuelvo enseguida. - Le dijo, poniendole una de las manos sobre su hombro, para luego internarse más aún en aquella tétrica casa. Si Remus había perdido el control del todo era necesario que le ayudara.

Pocos metros más allá fue capaz de escuchar ciertos movimientos que le dieron a entender que al doblar aquella esquina se encontraría con lo que estaba buscando. Sin embargo echó un ojo lentamente, asomandose lo justo y necesario. Allí fue donde encontró a aquellas dos figuras animales, que correspondían a Remus Lupin y a James Potter, que se había convertido en ciervo.

A pesar de que la situación parecía muy tensa y que en cualquier momento podía ponerse seria, decidió esperar a ver cómo reaccionaban ambos alumnos. James y Remus eran muy amigos y debían aprender a lidiar con aquel tipo de situaciones por sus propios medios, aunque se mantenía en posición ofensiva, dispuesto a intervenir con rapidez en el caso de que lo viera necesario. Confiaba en ellos y en que saldrían de aquello sin su ayuda, pero nunca se sabía. Por ahora era momento de observar con atención, procurando no dar ninguna señal de su presencia.
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Invitado el Vie Dic 25, 2015 11:44 pm

Sus patas dieron dos pasos hacia atrás, no se sentía amedrentado por el majestuoso animal que estaba frente a él, pero algo en el interior del animal le hizo echarse atrás sin llegar a apartarse de la escena en la que se había percatado que la presa que había escogido se había esfumado de la sala, que ni siquiera el olor llegaba ya a su hocico por lo que su estado anímico, si es que se le podía llamar así se había tornado significativamente más tranquilo.

Resopló girándose sobre sus patas antes de poner rumbo a la estancia donde su parte humana había sido amarrada sin demasiado éxito, donde sus dientes se ensañaron con una de las patas de un mueble aunque no tardó demasiado en aburrirse para tratar de escaquearse para poder salir al bosque donde podría correr libremente sin necesidad de medirse en ningún sentido, cosa que para la mentalidad parte humana del ser era mucho más agradable que tener que debatirse entre comerse a sus compañeros o no hacerlo.

No pudo evitar cruzarse nuevamente con el ciervo, del cual esta vez pareció sentir menos rechazo que la anterior, caminando con tranquilidad hacia la puerta por donde sabía que podría dar al bosque sin necesidad de encontrarse con más presencias desagradables o inesperadas.
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Invitado el Lun Dic 28, 2015 12:17 pm

– ¡Joder! – Por si no había tenido demasiados sobresaltos, de repente aparece por la boca de aquel túnel una figura desconocida casi a trompicones que a punto está de caerse de bruces delante de mi. Del bote que he dado por la repentina aparición casi me cuelgo de una de las raíces que atraviesan el techo, por no hablar del martillear que lleva mi corazón en el pecho. Mi reacción, en ese momento, no puede ser más absurda. o no. Ya no sé que pensar. El caso es que me arrastro por el suelo y me alejo del inesperado compañero que me ha asaltado, como si temiera que puede hacerme daño, hasta que me doy cuenta que no es más que un crío, que parece tan confundido como yo de verme allí, y que encima se está preocupando por verme llorar. Casi al instante, me paso las manos con fuerza por las mejillas. Nunca me ha gustado que me vean llorar, aunque es un poco absurdo ponerse en esas melindres dada la situación.

¿Que por qué lloro? Pues no lo sé. Porque un jodido lobo gigante y pelado ha decidido que le apetecía de cena si no fuera porque ha aparecido un ¿ciervo? que casualmente pasaba por allí a ayudarme... Esto es de locos. ¿Cómo voy a decirle semejante barbaridad? Decidido contestar solo a la segunda pregunta, que es más sencilla. – Sólo un poco magullada... Él árbol me ha... ¿Atacado? – La última palabra la digo casi en un susurro y no muy segura de mí misma. Puede que aquel chaval, que a todas luces es un mago, le parezca lo más normal del mundo que los árboles hagan muay thai, pero a mí me va a explotar la cabeza esta noche. De hecho, me llevo las manos a las sienes para apretarlas con el talón y tratar de razonar con la poca cordura que me queda. Me hubiese salido más rentable irme de crucero por R'lyeh. – Tenemos que salir de aquí. – Le digo al muchacho al borde de la histeria, recordando de pronto que no es momento para charletas. – ¡Tenemos que salir de aquí ya! Ahí abajo hay... Hay algo. Algo grande. ¡Vamos!

Pero la noche todavía depara más sorpresas. La versión micolor de Gandalf el Gris aparece, con una varita en la mano, en el túnel, que al parecer está más transitado que el metro de Londres en hora punta. Su cara me suena, me suena demasiado. Estoy convencida de haberla visto antes, pero en ese momento, entre el miedo, los nervios, el shock, no puedo procesar con la lucidez habitual y me limito a abrir y cerrar la boca, dispuesta a decir algo que no logro articular, y que me da el aspecto de un pez boqueando fuera del agua mientras el anciano y el chico me levantan del suelo. ¡Y otro que me pregunta si estoy bien! No. No estoy bien. Estoy en shock. Necesito una manta. ¿Por qué todos se paran de conversación? – Sí... Bueno no. Nada grave. – El hombre me coge de la barbilla y mi primer instinto es apartarme. Soy un poco reacia a que me toquen, pero sus ojos claros, detrás de las gafas de media luna, me tranquilizan en cierto modo. Cierro los ojos y suspiro. – Mathi. Mathilde. Me llamo Mathilde. – Agarro la mano del hombre entre las mías, con cierta urgencia. – Tenemos que salir de aquí, es peligroso...

¿Por qué nadie tiene prisa? ¿Por que no corren o algo? Miro al anciano, que le dice algo al muchacho. – No necesito que nadie cuide de mí. ¡Tenemos que salir de aquí! – Ni puto caso. Aunque quizá me tomarían más en serio si no chillase como una gallina histérica. El hombre decide adentrarse en la boca del lobo, que creo que es el nombre más adecuado para este corredor y a mi me da un vuelco el corazón. – No. No. ¡No! No se vaya por ahí, vuelva. ¡Vuelva! Es peligroso. – Me giro para mirar al muchacho, que sigue a mi lado, y le agarro de la manga, estirando de él. – ¡Tenemos que detenerle! ¡Le va a matar!
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Invitado el Jue Dic 31, 2015 12:31 am

La chica se limpió inmediatamente las mejillas, como si el que Sirius la hubiese encontrado llorando hubiese sido algo vergonzoso e inesperado y ello, de una forma u otra le hizo sentir aliviado. Si era capaz de coordinar de esa manera era porque en realidad nada tan grave había pasado; no estaba desesperada, ni en estado shock o muriendo del dolor.

—¿El árbol? —pregunta el muchacho.

¡Oh sí! Risitos de oro (ni aún en aquella situación pudo evitar ponerle ese apodo) de seguro había tenido un encuentro cercano del tercer tipo con el Sauce Boxeador ¡Por eso lloraba! ¡Qué alivio! Estuvo a punto de echarse a reír, pero ella le interrumpió pegando un nuevo salto como si de pronto hubiese recordado algo sumamente importante; escapar.

—Oh… —dejó escapar apenas, dándose cuenta que la chica SÍ se había encontrado con Remus.

Sus ojos le recorrieron inmediatamente y en un sólo segundo, como si estuviese entrenado para buscar señales de sangre, pero no pudo realizar una segunda revisión o decir una nueva palabra cuando una figura conocida apareció de entre las raíces del Sauce para hacerles compañía.

“Ups…” pensó Sirius. Era inevitable cuando se estaba acostumbrado a meterse en líos, pues para él ya era instintivo el relacionar ese rostro con problemas. Sin embargo, el anciano pareció más interesado en la chica que en él mismo y sólo le pidió que le ayudase a levantarla ¿En serio? ¿Eso era todo? ¿No castigo para el Gryffindor por andar a deshoras fuera del Castillo? ¡Por las barbas de Merlín! Por poco y hasta saca la bola de espejos para armar una fiesta ahí mismo. Por supuesto, no estaría contando la misma historia si quien les había encontrado hubiese sido la Profesor McGonagall.

Le ayudó a levantar a la muchacha y él también aprovechó de examinarla con la mirada con mayor detenimiento cuando el Director lo hizo y no, definitivamente no había sido mordida ni arañada por Remus, aunque… a pesar de lo empolvada y magullada que estaba, esa tal Mathilde no estaba nada de mal. Apunto estuvo de presentarse, poniendo incluso su mejor sonrisa, cuando Albus Dumbledore nuevamente interrumpió para sujetarle a él del hombro y pedirle que cuidara de la joven, aún cuando ella no parecía muy alegre con la idea.

—¡Tenemos que salir de aquí! —repetía ella ya por tercera vez.

Sirius frunció el ceño ¿De dónde había salido esa mujer? Ahora que volvía a verla así de histérica, ya no se le antojaba tan atractiva y por tanto se olvidaba de ligar con ella para pasar a pensar con mayor seriedad. Dumbledore no la conocía, por lo que definitivamente no era miembro de Hogwarts, ni lo había sido en los últimos años en los que él era director, entonces ¿de dónde había salido? ¿de verdad sería una muggle? Se preguntó conteniendo el instinto de ocultar la varita, el mismo Director había entrado al túnel con ella en la mano, así que suponía que ya no importaba que ella la viera, pero cuando esa tal Mathilde le cogió de la manga para sacudirle la túnica y gritarle que debían detener al anciano y que le iban a matar, se dio cuenta de otra realidad.

Oh no…

Albus Dumbledore iba directamente hacia la Casa de los Gritos en donde sólo encontraría a Remus, sino también a James ¡JAMES! Si su amigo se encontraba en ese lugar es porque ya estaría adoptando su forma de ciervo y el Director verdaderamente descubriría su secreto. Sí, tanto James como él mismo habían tenido sus sospechas de que el anciano ya lo sabía, precisamente porque no sabían como lo hacía, pero ese hombre parecía saberlo todo, pero ¿y sí precisamente eso aún era un secreto?

Miró a Mathilde y asintió con la cabeza, debía detenerle, en eso ella tenía razón.

—Desmaius.

Le hechizó sin previo aviso y le vio desplomarse en el suelo sin el menor de los remordimientos. Era cierto que Dumbledore le había dicho “Cuida de ella” y es lo que estaba haciendo al dejarla lejos y ajena de los demás problemas, pero el Director NO le había dicho que se quedara con ella. Además ¿no era Sirius quien el siguiente año tendería una trampa a Snape para que fuese a ver a encontrarse con un hombre lobo plenamente transformado solamente porque le parecía divertido? ¿No sería Sirius quien en lugar de acudir a los Aurores con lo que sabría de la traición de Peter le buscaría él mismo para matarle si podía? Vamos, que de obediencia y sentido común ese chico a veces tenía poco.

Corrió inmediatamente tras el Director y sólo dejó de apresurar el paso cuando le pareció ver un trozo de su túnica casi a la entrada de la Casa de los Gritos. Dudó, mucho dudó si debía convertirse en perro o no, pues sabía que si Remus estaba del otro lado de esa muralla, aún cuando no pudiese verles, podría aún detectar el aroma humano, aroma de comida.

Lo único que supo a ciencia cierta era que ya era tarde para que el hombre no viese al ciervo, pero quizás aún estaba a tiempo para que no se entrase de quien era el ciervo y para ello debía acercarse. No le quedaba otra salida, tenía que transformase en ese enorme perro negro para poder acercarse sin poner su propia vida y la del anciano en peligro, así que así lo hizo. Antes de que Dumbledore pudiese caer en su presencia, o al menos antes de que Sirius creyera que pudiese notarlo, su forma humana desapareció para dar paso al peludo can.

En cuatro acolchadas patas, se acercó aún más con mayor sigilo y sólo cuando el anciano le miró, Sirius saltó del otro lado de esa puerta para echar un rápido vistazo a James y a Remus, cerciorándose de que éste último ya se encontraba en calma y que el ciervo tuviese aún sus cornamentas bien puestas. Sólo entonces se giró hacia donde estaba el Director y sin gruñir, ni emitir ningún gesto que le delatara, le enseñó los dientes a modo de advertencia. Era mejor que el hombre entendiera que debía alejarse o seguramente le pondría en evidencia.
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