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Summer nights {A. Sven Moretti}

Invitado el Miér Ago 19, 2015 2:32 pm

Había empezado uno de mis momentos preferidos del año. Rebajas de verano. Era una auténtica locura la cantidad de gente que se podía concentrar en las calles de Londres buscando las ofertas más tentadoras. Pero yo era la dueña de ese juego, ejercitada desde mi más tierna infancia. Había ido corriendo a mi tienda preferida nada más salir del trabajo. Vestida con unos vaqueros ajustados, unas deportivas monísimas y una camiseta de tirantes ancha de lo más cómoda, recorría las tiendas como una leona en tiempos de caza, analizando rápidamente el ganado y lanzándome con unas y dientes a por lo que quería. Incluso llegué a pelearme con una zorra que quería quitarme una chaqueta vaquera. Pero como ya había mencionado, era la dueña del juego.

Después de tres horas de compras estaba agotada, sedienta y hambrienta. Sin darme ni cuenta ya eran las nueve de la noche, y tarde o temprano tendría que volver a casa. Daniel no saldría del trabajo hasta tarde, las doce por lo menos, así que todavía tenía un poco más de tiempo para mi misma que decidí invertir paseando tranquilamente por las alborotadas calles.

Me dirigí hacia un puesto de helado y me compré uno de vainilla con arándanos. Mi preferido, sin duda alguna. Luego empecé a pasear por las calles, ojeando los escaparates, observando a la gente. Parecía tan feliz que contagiaba su entusiasmo. Hasta vi a una joven pareja cogida de la mano que hizo que me vinieran recuerdos nostálgicos a la mente. Estaba dejando de ser una adolescente y tarde o temprano tendría que asumirlo.

De pronto, un conglomerado de gente frente a un escaparate llamó mi atención. Era una tienda de comida rápida, que estaba repartiendo muestras de comida gratis. ¿Gratis? ¡¿Y que hacía ahí parada?! Intenté abrirme paso entre la gente, tenía hambre, y si ese hambre podía ser saciado gratuitamente... No me iba a quedar sin un burrito de carne. De pronto sentí un codo sobre mi espalda y me giré cabreada, imponerse era lo mejor en aquellas situaciones. -¡Oye! -dije mientras me giraba, dispuesta a sermonar a quien fuese. Pero una cabellera rizada y alborotada me calló la boca antes de que empezase. Aquellos ojos, aquella mirada... -¿Sven? -dije mirando fijamente al chico, algo escéptica. Si, era él, habíamos sido colegas en la universidad, era imposible que no me reconociera.
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A. Sven Moretti el Miér Ago 19, 2015 3:20 pm

Mis preparativos pre-Hogwarts seguían su curso. Después de dejar terminada la tarea de organizarme con mis estudios muggles, tocaba hacer algunas compras extra. Y es algo que odio. Odiaba comprar, si me hace falta un pantalón voy, lo busco, me lo pruebo y me lo compro. Fácil, rápido. Pero la gran mayoría de las mujeres no son así, y por poco me matan varias veces en un par de tiendas en las que entré. Y si digo solo la mayoría es porque odio generalizar y mi hermana Antje era peor que yo en ese asunto: compraba la ropa por Internet solo por no ir de tiendas. Que ahora que lo pienso, es lo que debería haber hecho yo. Soy tonto del culo. Me quedé en la puerta de un comercio con dos bolsas y cara de bobalicón pensando en lo lento de reflejos que soy. Bueno, y también pensaba en mis hermanas. Me preguntaba qué edad tendría mi sobrino, y si en estos años habría tenido más. Probablemente, mis tres hermanas llevaban ya casadas varios años. Era todo muy triste si te parabas a pensarlo, pero no me gusta pensar.

Tampoco había comprado gran cosa, en Hogwarts estaría todo el día con el uniforme de trabajo puesto, pero sabía que allí hacía más frío que en Londres, por lo menos para mi gusto, y quería ser previsor. Igualmente me hacía falta algo de ropa, soy un desganado en todo y muchas prendas estaban ya muy gastadas o incluso rotas. Pero es que me da pereza, joder. Que pereza.

Era ya tarde y tenía más hambre que el perro de un ciego. Pensé en ir a un Burger King cercano porque mi estómago no iba a aguantar hasta la vuelta a casa, y aunque me encanta cocinar, no todos los días apetece. Justo estaba andando de camino a la esquina para cruzar la calle e ir hacia el Burger, cuando me fijé en una multitud. Como soy un cotilla supremo, me acerqué y me enteré del meollo de la cuestión. Una tienda de comida rápida, probablemente nueva que querría hacer publicidad, estaba repartiendo comida gratis. Desde luego les iba a salir bien la muestra de marketing, porque pocas cosas hay en la vida mejores que la comida gratis. Me metí entre el gentío con más morro que espalda, justo detrás de una chica rubia, a la que le metí un codazo sin querer. Se giró y por su cara vi venir un ataque de furia femenino, pero se me quedó mirando y me llamó por mi nombre. Me quedé desconcertado dos segundos hasta que la reconocí. Desde luego, lo afirmo y reafirmo, que lento de reflejos soy.

- ¡Brisa de mi alma, viento de mi corazón! - bromeé teatralmente con su nombre. Un terreno peligroso, teniendo en cuenta que me llamo Anatolio, y la verdad, no recordaba si ella era una de las privilegiadas que sabían una de las cosas más vergonzosas de mi vida. Esperaba que no. Vi sus bolsas y supuse lo que habría estado haciendo. - A ver si lo adivino… tigresa rubia se gasta el sueldo en las rebajas de verano y mata por conseguir su vestido favorito. Como en la tele cuando se ven las marujas cuarentonas dándose mordiscos para conseguir el último CD que queda del cantante de moda… - ya estamos, apenas me había saludado y ya empezaba a charlar como una cotorra. - ¡Oye, chico! ¿Me puedes hacer una Steakhouse? Como las del Burger King, hazme un apaño, anda, porfa. - le pedí con toda la cara del mundo a uno de los dependientes, que por su expresión parecía pedir unas vacaciones urgentemente. - Aquí va a ser imposible encontrar un hueco para comer tranquilamente, pero en la plaza de enfrente hay bancos. Y así me cuentas tu vida, que hace mil que no te veo y seguro que me tienes que contar muchos cotilleos. - añadí con cara angelical. Me gusta más un cotilleo que a un tonto un lápiz.
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Invitado el Vie Ago 21, 2015 5:16 pm

Era una mujer peleona en casi todos los aspectos de mi vida, y no iba a ser menos a la hora de conseguir comida gratis. Solía aprovecharme de las debilidades de los demás, sobre todo las de los hombres, para conseguir mis objetivos. Por ello estaba dispuesta a poner ojitos a todos los hombres de aquel follón si de esa manera iba a poder conseguir un perrito gratis.

Pero no fue necesario, porque en uno de mis intentos de adelantamiento descarado me encontré con unos rizos que me resultaron conocidos. Cuando el chico respondió a mi interrogativa acerca de su nombre me di cuenta de que estaba en lo cierto. ¡Era él! Una alegría muy profunda me invadió el corazón y por unos instantes todo pareció de color de rosas. Era un gran tipo, al que tenía en gran consideración, y que me había salvado de suspender muchas veces, ya fuese con ánimos o con apuntes. -¡Sven Moretti! -grité con admiración propinándole un breve abrazo allí en medio mismo. -Como me conoces... -dije con una mirada pícara afirmando lo que acababa de decir sobre mi fiebre de las compras. -No ha pasado tanto tiempo, ¡pero como has cambiado! La barba te favorece, dejatela así. -le aconsejé con una gran sonrisa mientras le acariciaba amistosamente la mejilla. Recordaba sus tiempos sin barba, y aunque estaba guapo de todas maneras, aquello le mejoraba.

Finalmente, y gracias a nuestros gritos eufóricos que espantaron a parte de nuestra competencia, llegamos hasta el mostrador. Ambos cogimos la tan ansiada comida y salimos como pudimos de aquel bullicio para sentarnos en una plazuela tranquilamente. Tenía ganas de saber que había sido de su vida después de la carrera.

-Para empezar, ¿que haces tú por aquí? Llevo sin verte más de un año, y ni una sola carta. ¿Te ha comido la lechuza un gato o qué? -le reproché, aunque no tenía mucho de que culparle, ya que yo había hecho exactamente lo mismo. La vida de sanador es dura, y debo admitir que hasta me había olvidado de él. Veía tan lejos los tiempos de estudiante, a pesar de ser tan recientes, que de pronto me vi muy envejecida. -Mi vida sigue como siempre. Vivo con el mismo gato malo, aunque un poco mejor acompañada... -mencioné con una sonrisa timida y algo sonrojada. -Tengo trabajo en San Mungo. Explotación laboral y no demasiado dinero, pero eso ya lo sabía antes de elegir a que me quería dedicar.

-¡Pero yo quiero saber sobre ti! ¿Novias, chicas de una noche, una mujer secreta en Las Vegas? -bromeé imitando las películas muggles. -En la universsidad no te podías quejar, las chicas te adoraban. -mencioné animándole a contarme.
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A. Sven Moretti el Lun Ago 24, 2015 10:48 am

Joder, que hambre. Pero que hambre, me comería una ballena y un hipopótamo juntos. Aquel establecimiento de comida rápida y sus grandes muestras de marketing me había salvado la noche. Y encontrar a Brisa también, porque garantizaba cotilleo para rato y comer solo es muy triste. Siempre que quedaba con alguien para almorzar o cenar y veía a alguien comiendo solo me daba mucha pena. Seré muy sentimental y a lo mejor esa persona está más a gusto comiendo sola, pero yo que sé, da penita. Me empecé a reír cuando me confirmó mi teoría sobre su guerra con las rebajas, y habló de mi barba.

- Dicen que a todos los hombres les sienta bien la barba… yo no quería ser menos y ver si mi sex-appeal aumentaba. - dije en broma, porque si mi sex-appeal había aumentado, no tenía constancia ninguna.

Tengo más cara que espalda al pedirle al chaval que imite una hamburguesa de la competencia, pero ya que estábamos… y la verdad es que la imitación era bastante buena. Le di las gracias con mi cara angelical y salimos rápido y veloz de allí mientras más gente eufórica se daba codazos y empujones para pedir. Pobres dependientes, tenían el cielo ganado por lo que tendrían que aguantar esa noche.

No tardé ni dos segundos en sentarme cuando Brisa ya empezó con las preguntas. Me empecé a reír a carcajada limpia con su reproche, porque aunque soy muy vago para escribir cartas y eso, no se podía decir que ella fuera distinta. Era un poco la típica frase de “dos no se pelean si uno no quiere” pero dándole la vuelta: “dos no se cartean si ambos son vagos”.

- Lo mismo podría decir de ti, tigresa rubia. Cuando salí de la facultad me di un tiempo sabático… acabé muy harto de tantos exámenes, trabajos… no sé, era como si aquello no fuera a acabar nunca. - empecé a contarle, a la vez que le metía el primer mordisco a la hamburguesa. Afortunadamente mi menú iba con sus patatas y bebida incluida, porque como tuviera que comerme esa pedazo de hamburguesa sin beber nada se me iba a quedar la garganta en carne viva. Ay, que rica. - Y cuando por fin me dieron el título casi me orgasmeo entero. Preferí descansar y alejarme antes que meterme del tirón a trabajar. Tenía ahorros y me lo pude permitir. Pero mi tiempo de vagancia ha terminado, ahora en septiembre empiezo a currar en Hogwarts. - le conté, bajando la voz en la última frase. La plaza estaba casi desierta porque la mayoría de la gente se estaba matando en el establecimiento de comida gratis, pero no está de más ser precavido.

Empezó a contarme, muy escuetamente al principio, cómo iba a ella. Casi me atraganto con la hamburguesa cuando me dijo que ahora vivía mejor acompañada. Con las prisas por tragar casi me ahogo, y no me dio tiempo a meter baza cuando ella había escurrido el bulto y me estaba preguntando por mi vida amorosa. Pero que escurridiza se ha vuelto la rubia. Como si se fuera a escapar de mis preguntas. Ajá.

- ¡Espera, espera, espera! - exclamé cuando por fin conseguí tragar y me bebí un buen trago de cocacola. - No me insinúes cotilleos fuertes y me escurras el bulto, muchacha. Yo ligo menos que un troll, y así ha sido siempre. Es verdad que en la universidad se me acercaban más las chicas y eso… pero la mayoría solo para que las ayudara con trabajos y exámenes. - conté frunciendo el ceño, y olvidándome momentáneamente de su cotilleo. - Las mujeres sois muy crueles con los tíos tontos como yo. - le reproché con un fingido tono indignado. - Y bueno, las que querían algo más… era solo para una noche o como mucho un mes. Y ya constaté que eso no es lo mío. Llámame anticuado, pero los rollos no me van. - recordé de repente otra vez su cotilleo. No, si a lo tonto casi consigue escurrir el bulto y todo. - Pero ahora explícame con pelos y señales quién te acompaña. - pedí casi en tono de exigencia, totalmente expectante, bebiendo cocacola. Preveía cotilleo fuerte.
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Invitado el Jue Sep 03, 2015 9:48 pm

Me encantaba volver a ver a Sven. Siempre que había estado con él en eventos y fiestas me había sentido cómoda, como en casa. Y ahora que nos habíamos reencontrado volvía a sentir lo mismo. Era tan simpático que no podía negarle una sonrisa, y eso que últimamente se las negaba hasta a mi simpático gato. Empecé a comer, tanta compra loca y tanta pelea me había dejado exhausta. Ahora era momento de descansar, y de charlar. Quería enterarme hasta del más mínimo detalle.

-Si, si, tienes razón. Pero diré en mi defensa que no ha sido por pereza, sino por falta de tiempo. ¡No tienes ni idea de como me explotan en mi trabajo! Y tal y como andan las cosas últimamente por allí... No doy a basto. Los ataques han aumentado, y con ello mis horas de trabajo y mi ansiedad. Este ha sido mi remedio mágico. -dije levantando una bolsa llena de ropa. Sí, tenía que admitirlo, era de esas típicas chicas de película que podían pasarse horas mirándose al espejo para decidir si el rojo resalta más o menos sus ojos que el verde. Pero no era ninguna pija consentida, podía vivir con una uña rota y sin tacones. Mi estilo era otro.

Luego el chico me comentó que iba a empezar a trabajar en Hogwarts. Flipe en colores, pero la verdad es que era el trabajo perfecto para mi barbudo amigo. Estar rodeado de adolescentes era estar en su salsa. Nunca crecería, y eso era lo que le hacía tan especial. -Te regalaré un par de remedios caseros contra el dolor de cabeza por tu cumpleaños, los vas a necesitar. -bromeé refiriéndome a su nuevo trabajo. Por cierto, ¿cuando era su cumpleaños? Empezaba a tener memoria de anciana.

Me hizo cierta gracia ver a Sven exigiéndome cotilleos como una maruja desesperada. Me sonrojé incluso levemente ante su insistencia. ¿Troll decía? Puede que mi visión desde el exterior fuese distinta, pero las chicas de la universidad hablaban mucho durante las comidas y Sven no era menospreciado ni mucho menos. Vale, no era el Brad Pitt de la uni, pero más de una habría aceptado tener una cita con él sin pensárselo. El problema es que los hombres estan ciegos y no se dan cuenta ni aunque la chica se les desnude en las narices.

-Bueno... Se llama Daniel. -sonreí involuntariamente al decir su nombre. Le echaba de menos. -Todo empezó de manera muy extraña, pero ahora estamos viviendo juntos. Bueno, nosotros y nuestras mascotas, que no terminan de congeniar y puede que ahora mismo estén matándose en el piso. -me llevé un mechón de pelo hacia atrás y seguí hablando. -Es muy gracioso, porque él es el director del hospital, y yo soy su empleada. Además de que me saca una década. -no me daba cuenta, pero no dejaba de retorcer las mangas de mi chaqueta. Estaba atontada.

Fue entonces cuando algo fuera de lo normal sucedió. Vi una sombra pasar muy rápidamente frente a nosotros. Estábamos rodeados de muggles, por lo que me costó asimilarlo, pero estaba segura de que algo había pasado. Momentos después, un hombre de aspecto extraño se sentó detrás de nosotros. Agarré de la pierna a Sven y le miré alarmada para que echase un vistazo y estuviese alerta. Esto no debería pasar, ni en ese lugar ni en ese momento.
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A. Sven Moretti el Mar Sep 08, 2015 3:45 pm

Soy un gordo, pero un gordo feliz. Engullía la hamburguesa mientras estaba completamente atento a las novedades de Brisa. Que tampoco es que me estuviera contando mucho, porque la tigresa rubia se había hecho la loca y salió por la tangente con mi supuesta popularidad en la universidad. No entiendo esa facilidad femenina para liar la tuerca y conseguir que el hombre haga lo que ellas quieren. Lo peor es que lo consiguen. ¿Cómo lo harán, se enseñarán unas a otras o será simplemente una mutación del cromosoma X?

- Uff, no me digas eso… ¿qué me dices si te confieso que lo que más me preocupa es que me vengan chicas a pedirme remedios contra el dolor de regla? - pregunté angustiado a Brisa, después de un largo trago de cocacola. - No sé tía, que vergüenza, que me pidan calmantes o algo… yo que sé, que vergüenza, en serio. - repetí como un tonto, mirando pensativo una patata de mi menú y luego comiéndola de un bocado.

Me costó trabajo zafarme de sus intentos de escabullirse de cotilleos, pero por fin conseguí que empezara a soltar prenda. Me quedé en suspenso, con la hamburguesa ya a la mitad a cinco centímetros de mi boca mientras me contaba. Cuando dijo que salía con el director metí un bote. Casi me da un patatús. Pero de los gordos. Tenía la boca entrebierta y apenas podía gesticular. Debía tener una expresión de retrasado.

- Espera… ¿el director de San Mungo? - conseguí hablar, dejando lentamente la hamburguesa en el envoltorio. No lo conocía personalmente, pero todos los sanadores del país conocen el nombre e imagen del director del hospital mágico más importante de Inglaterra. Es como vivir en Hogsmeade y no conocer al dueño de Las Tres Escobas. - ¿¿¿Estás liada con el capitán Kirk??? - solté cuando por fin lo asimilé. Estaba blanco de incredulidad, pero a la vez súper mega híper feliz. - ¡¡¡Qué fuerteeeeeee!!! - exclamé tan feliz como una perdiz, radiante, con una sonrisa de oreja a oreja. - ¡Preséntamelo porfa, que me hace mucha ilusión! - antes de que Brisa me llevara corriendo al hospital a ingresarme por esquizofrenia, procedí a explicarme. - Es que tía, ¿conoces las nuevas pelis de Star Trek, no? Las de J.J. Abrams, que sale la próxima el verano que viene. - lógicamente Brisa conocía mi devoción por Star Trek, pero no sabía si había visto las nuevas películas de la franquicia. - Bueno, pues el actor que hace del capitán Kirk es clavado a tu novio. ¡¡Pero clavado!! - exclamé con suma felicidad. - Una vez lo vi de lejos en el hospital cuando fui a hacer las prácticas y se me cayeron los calzoncillos, te lo juro. Que guay. En serio, que guay, tía. Son idénticos, dile que tiene un hermano gemelo desconocido en el mundo muggle. - agregué volviendo con mi hamburguesa, pero con una renovada cara de felicidad. Aunque parezca una tontería, pero me hace mucha ilusión que Brisa saliera con el capitán Kirk. - A partir de hoy te llamaré señora Kirk. - añadí con tono solemne. Que frikazo soy, pero ay, es que es tan guay…

Mientras seguía comiendo en mi éxtasis por tener delante a la señora Kirk, a Brisa le cambió totalmente la cara. Me tocó la pierna y con su mirada me indicó que echara un vistazo detrás mía. Con disimulo (todo del que soy capaz, que tampoco es mucho), miré. Estaba un tío con aspecto raro y muy serio, no parecía la alegría de la huerta pero tampoco entendía que había alarmado tanto a Brisa.

- ¿Qué pasa? - pregunté sin articular sonido alguno, solo moviendo los labios. Aproveché y me comí el último trozo de hamburguesa, expectante. Ella estaba en mejores vistas para mirar al tío raro, a lo mejor había visto algo en lo que yo no caí. Y a eso hay que sumarle que no soy precisamente rápido de reflejos.
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Invitado el Mar Sep 15, 2015 11:58 pm

Que yo no estuviese devorando como una loca la comida era señal de que estaba realmente emocionada. Ver a Sven me había quitado el apetito, me había recordado mi antigua vida. A Jace, a mi padre, a ser una adolescente que no tenía que preocuparse por nada. Pero ahora estaba ahí, con un empleo en un hospital importante, viviendo con un hombre maravilloso, rodeada de extraños y sin un mínimo rastro de mi juventud por ningún lado. Estaba envejeciendo a pasos agigantados, y eso no podía ser. Veía a mi amigo muy jovial, sin apenas cambios. Me entró nostalgia y quise, por un segundo, hacer mil locuras.

-Contra el dolor de regla el sexo viene estupendo, Doctor Sexy. -bromeé mirándole con los ojos contorneados. La verdad era que Sven más que jovial a veces parecía tremendamente infantil. Puede que por eso se hicese tanto de querer y diesen tantas ganas de abrazarlo. -Te preocupas demasiado. -dije. Y después, a pesar de que al principio no me había apetecido nada, le pegué un buen mordisco a mi comida.

Luego vino el momento de la vergüenza. Mi rostro iba pasando por toda la gama de colores desde el rojo hasta el morado según Sven iba hablando. No sabía que tenía un novio famoso, pero ahora estaba empezando a interesarme mucho más Star Trek. Puse mi mano sobre mi frente mientras no dejaba de reir de manera nerviosa. ¿Que estaba diciendo el loco de la cabeza este? Lo que me faltaba, si todavía no me acostumbraba a verle en ropa interior dormido en la cama, lo que me faltaba era pedirle un autógrafo, porque el loco de mi amigo friki cree que eres el capitán Kirk. Eso era perder la sensualidad demasiado rápido. -¡SVEN! -grité cuando dijo lo de señora Kirk. Iba a matarle, de verdad que iba a hacerlo. -Esta bien, esta bien. Le pediré una cena privada para ti si prometes no meterle mano. -dije con tono jocoso. Maldito loco.

Pero el ambiente se enfrió demasiado rápido. Una presencia extraña me alertó, y a pesar de querer advertir a mi amigo, este no parecía muy al tanto. Observé el rostro del desconocido con detenimiento, me sonaba, y teniendo en cuenta mis desafortunados encuentros con mortífagos desde lo de mi madre, sería mejor alejarnos de él. -Oye, ¿que te parece si terminamos la conversación en tu piso? -dije mirándole con los ojos abiertos como platos y tratando de que moviera el culo. Tomé su mano y empecé a tirar de él a lo largo de la calle. Me aseguré de haber perdido de vista al tío y paré por unos instantes. -Llámame loca, pero ese tío era peligroso. Estoy muy segura. -dije muy inquieta mientras miraba a todas partes. De pronto me daba la sensación de que todo el mundo me miraba. Volví a ver la cara del hombre, apareciendo con paso acelerado entre la multitud. -Espero que estes en buena forma. ¡Corre! -alenté a Sven. Y ambos empezamos a correr por las calles. Teníamos que encontrar un lugar seguro.
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A. Sven Moretti el Vie Sep 18, 2015 12:34 pm

Era cierto: lo que más miedo me daba es que vinieran chiquillas con dolores de regla. Bueno, más que miedo me daba vergüenza, pero siendo yo son palabras prácticamente sinónimas. Yo que sé, de imaginarme ahí con bata de enfermero y una larga lista de chicas con la regla… porque encima las mujeres están sincronizadas. Cuando entré en la universidad estudié el por qué, era todo por tema de hormonas y tal. Pero recuerdo que cuando era pequeño siempre me dejó perplejo el hecho de que mi madre y mis tres hermanas tuvieran la regla a la vez. Me acordaba de que esos días el baño estaba siempre ocupado y en las repisas solo había paquetes de compresas y tampones. Que tiempos.

Y al igual que con mi madre y mis hermanas, ya me veía venir a cuatro o cinco compañeras de habitación pidiendo calmantes a la vez. Y eso me daba mucha vergüenza. Me puse como un tomate cuando Brisa me aconsejó, pero claramente ese consejo no iba a poder llevarlo a cabo.

- No puedo decirles a las chicas que tengan sexo… - contesté confundido, al instante después pillé la indirecta y me puse aún más colorado. - Ay, déjate de bromas que de solo pensar que alguna alumna puede intentar ligar conmigo salgo corriendo. - confesé apabullado, aunque estaba al cien por cien seguro de que no pasaría. No soy precisamente el tipo de chaval en el que se fijaría una adolescente. Ni en broma.

Casi me da un ataque al corazón cuando Brisa me contó que estaba saliendo con el capitán Kirk. Mi felicidad fue tan bestial y estaba tan radiante que me dieron ganas de saltar y gritar. Vale, soy un frikazo, pero que mi amiga salga con uno que es clavado, ¡pero clavado! al actor que hace de Kirk en las nuevas películas es algo muy fuerte. Pero que muy fuerte. Estaba deseando conocerlo, lo que no podía prometerle a mi amiga es que me comportara como un chaval normal y no como el tremendo frikazo que soy. Hubiera sido muchísimo más épico que su novio fuera clavado a William Shatner, el capitán Kirk original. Pero obviamente eso no iba a ocurrir, el hombre tenía ya ochenta y pocos años.

- ¿¿¿De verdad??? - pregunté felicísimo cuando por su tono de voz parecía que quería matarme, para luego decirme que me lo presentaría. - Prometo no tocarlo ni mancillarlo, señora Kirk. - agregué con solemnidad. Era un apodo que se había ganado a pulso, y muy orgullosa debía estar de llevarlo.

A Brisa se le fue un poco la pinza y se alarmó al ver detrás nuestra a un tío muy serio. No lo había visto en mi vida, pero parecía que ella sí. No entendía que la alarmaba tanto, pero cuando habló de ir a mi piso asentí y me levanté, cogiendo mi par de bolsas de compras en una mano. Le seguí el rollo totalmente desconcertado mientras nos movíamos a través de la calle. Se paró un momento y me dijo que el tío era peligroso. La miré sin comprender porque apenas me había dado tiempo a asimilar lo que me estaba diciendo. Recordé que me había dejado patatas en el banco, pero bueno, eso era lo menos. De repente empezó a correr alentándome a que yo hiciera lo mismo. Pensé que estaba como una cabra pero la seguí. Mientras corría pensaba que estábamos haciendo el tonto, pero que debía fiarme del criterio de Brisa. No sé, yo soy el lento de reflejos y el que está atontado perdido, ella es más lista. Nos metimos por un callejón oscuro que en esos momentos estaba vacío, y la verdad es que tampoco parecía que fuera mucha gente por allí. Estaba lleno de cubos de basura y apestaba. Era el típico sitio donde te esperas encontrar un drogata.

- ¡Espera! - le pedí agarrándola del brazo. Si había algún peligro real no íbamos a estar corriendo toda la noche, mi piso no estaba precisamente a dos manzanas de allí. Solo necesité dos segundos para aparecerme con Brisa en mi piso. No me gustaba usar la aparición, y menos en Londres, pero sabía que no nos había visto nadie y desde luego era mucho mejor que andar corriendo.

Resoplando dejé las bolsas encima del sofá. Spock dormía tan pancho encima de una percha, y mi apartamento no estaba del todo ordenado, pero eso era lo de menos en esos momentos. Saqué la varita y rodeé mi pequeño piso mientras conjuraba un Salvio Hexia. A lo mejor a Brisa se le fue la pinza, pero nunca está de más ser precavidos. Terminé de conjurarlo y me senté en el sofá, mirándola incrédulo.

- Desde luego he bajado las calorías de la hamburguesa… - comenté sentándome más cómodamente. - Yo pensaba que de los dos a quien se le iba la pinza era a mí. ¿Quién era ese? ¿Qué ha pasado? - le pregunté con mirada inquisitiva, entre sorprendido y preocupado. Soy tonto, nunca me entero de nada ni sé nada.
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