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Hooked on a feeling- Trama [Magnus K. Brooks]

Invitado el Jue Sep 17, 2015 9:07 pm


Todas las personas tienen un placer culpable. Todos tenemos esas aficiones o vicios que preferimos que no se relacionen con nosotros a pesar de que nos encantan íntimamente. Para algunos es sacarse un moco en medio de la calle, para otros dormir con los zapatos puestos...para mi lo era el quidditch. A simple vista, no parecía, en absoluto, que yo fuese un hombre que siguiese un deporte tan multitudinario como era el quidditch. Me había trabajo la imagen de tipo duro y alternativo que pasa de todas esas cosas que les gustan a las masas, yo era el rebelde de la familia y por lo tanto no debía haber nada "normal" en mi. En el restos de ámbitos de mi vida eso lo llevaba a rajatabla porque se adaptaba perfectamente a mi, pero el quidditch era mi excepción. Era un ardiente fan de las Avispas de Wimbourne. En secreto, claro. Por eso, a pesar de ser mi placer culpable, cuando tenía lugar, en algún sitio cercano a mi, un partido en el que las Avispas era uno de los equipos, yo no me lo podía perder. Soy un aguijón de corazón, aunque nadie lo sepa.

Acababa de llegar de un trabajo en el lejano oriente, cuando me enteré casualmente de que se celebraba un partido entre las Avispas y las Flechas de Appleby, sus históricas rivales. Pensé que sería una manera estupenda de pasar uno de mis días libres, con mi equipo favorito y mi soledad. No me llevaba nunca a nadie a ver los partidos conmigo y eso formaba parte de su atractivo. Estaba solo, disfrutando de una de las cosas que más me gustaba, y podía dar rienda suelta a mi entusiasmo sin que a nadie le extrañase.

Compré las entradas para el partido nada más enterarme de que iba a tener lugar y cuando llegó el día del encuentro, renuncié al cuero y las cadenas habituales en mi, en favor de unos vaqueros rotos y una camisa amarilla y negra con una avispa en el pecho. Con todo lo necesario escondido en los caidos bolsillos de mis pantalones, llegué al estadio media hora antes y fui uno de los primeros en entrar. Estaba muy emocionado de poder ver a mi equipo después de tanto tiempo, pero algo en mi corazón desvocado de fan me diría que ganarían las Avispas por mucho y así subirían puestos en la liga, aunque no tuviera pruebas de ningún tipo de que eso iba a ser así.

No tardé apenas en encontrar mi asiento. No estaba nada mal para haberlo comprado casi en el último momento, pero estaba situado por debajo de la línea de juego lo que hacía que todo se viese un poco raro. En previsión de eso, me había traido mis omniculares y ahora solo me quedaba esperar a que el juego empezase. Según pasaba el tiempo me ponía más nervioso, casi como si fuese a jugar yo. No dejaba de mirar las puertas de los vestuarios con la esperanza de ver salir en cualquier momento a mis jugadores favoritos y tanto era así, que el estadio se llenó y yo no me di ni cuenta.
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Invitado el Vie Sep 18, 2015 9:26 am

Estaba en la biblioteca de casa descansando en un sofá, leyendo un libro sobre el politeísmo en las civilizaciones grecolatinas. En calzoncillos, despeinado y comiendo a puñados patatas de un plato que tenía al lado. Vamos, en la gloria. Para un día libre que tengo debía invertirlo bien. Ares correteaba de aquí para allá ladrando entusiasmado de vez en cuando pidiéndome que lo sacara a pasear. Cuando vio que pasaba del tema metió un salto y se subió a mis piernas quedándose dormido encima de mí. Que mono es mi Ares. Conociendo mi carácter la gente podía pensar que tenía un pastor alemán o un doberman, pero lo cierto es que Ares era un yorkshire terrier minúsculo. Afortunadamente muy poca gente había pisado mi casa así que mi reputación todavía estaba intacta. Tendré una birria de perro, pero es el más guapo y mono del universo. Y punto.

Ares se sobresaltó de repente y salió disparado hacia la puerta, escuchando luego como correteaba por la escalera hacia la planta baja. Lo dejé estar hasta que escuché de fondo unas alabanzas hacia el perro y como él ladraba alegremente. No sé en qué momento de mi vida se me ocurrió darle una copia de las llaves de mi casa a mi madre, porque por mucho encantamiento que tuviera la casa si tenía las llaves iba a poder invadir mi intimidad cuando quisiera. Pero teniendo en cuenta los problemas todavía latentes con mi padre… no era mala idea que tuviera las llaves a mano para poder refugiarse si lo necesitaba. Refugiarse, no visitarme en mi día libre cuando estoy leyendo en bóxers.

Entró en la habitación como un rayo y una expresión de felicidad en el rostro. Llevaba una túnica muy estrafalaria azul y plateada con una flecha y se había puesto el pelo también azul y plateado, a dos colores, pareciendo Cruella de Vil, dejando de lado su rubio natural. La miré boquiabierto pero antes de poder decir nada ya se había abalanzado sobre mí.

- ¡Mag, cielo! ¡Qué delgado estás! ¿Quieres que te prepare un potaje, que te fría unos huevos? - preguntaba preocupada abrazándome con fuerza y dándome sonoros besos en las mejillas. Para tener 55 años tiene una fuerza increíble la tía. - Ay, pero que pintas tienes hijo mío. ¿Cuántas veces te he dicho que deberías comprarte un elfo doméstico? ¡O al menos casarte! ¡Qué haya alguien que arregle y tenga limpia esta casa y te cuide! - me reprochó mientras cogía en brazos a Ares y le daba mimitos. Suspiré y dejé el libro sobre el sofá. Quiero mucho a mi madre pero cuando dice cosas así me siento otra vez en la época medieval. - Mamá, si me apetece comer puedo hacerme la comida yo solito. Y no sé si sabías que las mujeres en el siglo XXI no se dedican a cuidar a sus maridos y limpiar la casa. Tienen su propio trabajo, vida social y esas mierdas que tú no tuviste. - mi madre soltó a Ares y me miró con indignación. - Que modernito me ha salido el niño. Repito, necesitas una mujer que te cuide. Y límpiate esa boca con lejía. - me reprochó indignada sentándose en el sofá y volviendo a acariciar al perro. Puse lo ojos en blanco y me tiré en plancha a la zona del sofá que ella no tenía ocupada. Mi madre no tiene remedio.

Después de pasear el perro un rato le confesé mi idea de vender la casa del valle de Godric y comprarme un piso en Londres. Mi madre se escandalizó, ya que allí estábamos rodeados de buenas familias mágicas, mientras que en Londres lo raro sería que me encontrara con un mago. Y tenía razón, rodearme de muggles no me hacía ni pizca de gracia, pero seguir en Godric tampoco. Ahora vivía en una casa que fue herencia de mi madre, y enfrente estaba la de mi padre aunque muy raramente nos veíamos. Llevaba tiempo sopesándolo y al final llegamos al acuerdo de que ella dejaría su casa alquilada para venirse a esta. Lo que hacía que yo o bien tendría que tirar de muchos ahorros para comprarme un piso decente, o viviríamos los dos juntos un tiempo. El tema se interrumpió cuando me dio por preguntarle por su extraño atuendo y ella dio un brinco alegremente.

- ¡Hoy juegan las Flechas de Appleby contra las malditas Avispas! ¡Y tengo que defender y apoyar a mis Flechas, por supuesto! En realidad cielo… he venido porque me gustaría que me acompañaras. A Agnes le ha surgido un imprevisto y no quiero ir sola. Y es una pena malgastar una entrada. - Pues revéndela. - contesté en tono aburrido poniendo los ojos en blanco. No odiaba el quidditch ni nada, simplemente me parecía lo más soso del planeta. Me daba igual ir con ella pero iba a ser un coñazo. Agnes era su mejor amiga, otra mujer de cincuenta y tantos ama de casa sin nada mejor que hacer. Resoplé y al final asentí. - Vale. Iré. Pero no vayas a montar mucho escándalo, por favor. - le pedí porque sabía lo forofa que era mi madre con el quidditch. A veces era muy Hufflepuff, no entiendo como pudo ser Slytherin. Supongo que al igual que yo no soy un cabrón cascarrabias con todo el mundo, ella tampoco es lo que quienquiera que sea conmigo. Siempre me tuvo muy mimado, la verdad.

Nos aparecimos un rato antes del comienzo del partido a cien metros del estadio. Ella seguía con su peculiar atuendo, mientras que yo iba con una camiseta gris y vaqueros, algo que por supuesto mi madre me reprochó porque quería que me pusiera algo que reflejara a las malditas Flechas. En fin. Mientras paseábamos me contó por qué me llamo Magnus Knox. Vaya nombrecito. Aunque debo decir que me pega, todo el mundo decía que sonaba a tío imponente y con carácter, así que mis padres tuvieron ese acierto de cara al futuro lejano. La razón era bien sencilla, Magnus porque significa “el grande” y nací muy grande. Miré a mi madre con cara de “no me jodas” por la sencillez y tontería del nombre. Y Knox porque era el nombre que tenían pensado pero que al verme tan enorme fueron incapaces de ponérmelo de primero. Me parecía todo muy absurdo, pero en cierta manera me alegraba, porque Magnus es feo, pero Knox es peor. Y teniendo en cuenta que rozo el 1’90 de altura, “el grande” tenía su sentido. Soy un tío grande y lo tengo todo grande. Aunque eso último ya lo sabía.

Cuando por fin llegamos al estadio me dejé caer en el asiento y me distraje mirando a mi alrededor. Vamos, que pasaba del tema. A mi izquierda estaba un tipo con una camiseta con una avispa, a mi derecha la forofa de mi madre con sus pintas estrafalarias. Al menos ese tipo demostraba su afición de una manera más discreta pero mi madre es… no sé qué carajo es mi madre, creo que cuando llegó a la menopausia se le cambiaron todos los esquemas y alguna conexión nerviosa falló en ella. Apenas podía estarse quieta en su asiento, daba saltos, gritaba los nombres de los jugadores de las Flechas de Appleby (o eso suponía yo) y se sacó de la túnica unos omniculares. Muy preparada ella.

Pasados unos minutos, la mitad del estadio empezó a ovacionar mientras la otra mitad abucheaba. No veía muy bien porque no tenía omniculares (ni los quería) pero por los gritos de alegría de mi madre y algunos destellos azules y plateados supuse que serían las Flechas. Puse los ojos en blanco ante tanta locura, cogiendo del brazo a mi madre para que se sentara de una vez y parara de dar saltos.

- Mamá, te dije que vendría contigo si no montabas mucho escándalo, ¿te acuerdas? - le recordé mientras miraba su pelo mitad azul y mitad plateado. Parecía más una adolescente que va a un concierto de su ídolo favorito. Que vergüenza. Se sentó, pero por la cara de indignada y de reproche que me puso sabía que no duraría mucho.
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Invitado el Lun Sep 21, 2015 6:35 pm

La gente llenó el estadio en menos tiempo del esperado. Se veía que aunque yo llevaba mi afición por el Quidditch en secreto, había otras muchas personas que también adoraban el deporte mágico pero no eran tan discretas. Cuando dejé de mirar las instalaciones para ver en que condiciones se jugaría el encuentro y ver que ventajas tenía mi equipo, vi que el público estaba claramente dividido en dos sectores: El azul y el plateado y el amarillo y negro. Por desgracia para mi, yo parecía estar en el sector equivocado por la época en la que había comprado las entradas y se me veía como una mosca en la leche en medio de aquella marea azul que victorieaba al paso de las Flechas de Appleby. No me importaba estar rodeado de enemigos, eso solo hacía que la adrenalina subiese en mi organismo y lo hiciese todo más divertido, pero no me parecía una manera de pasar desapercivido eso de ser el único punto negro entre una masa de gente de color azul y plata.

Intenté no darle importancia a mi emplazamiento y me hallaba absorto en mis pensamientos cuando los equipos empezaron a salir al campo. Las primeras fueron las flechas y la marea azul y plata se levantó con energía para victorear a su equipo con todo el entusiasmo que les correspondía. Mientras tanto, el sector negro y amarillo del público abucheaba. Cuando salieron las Avispas, la reacción fue al contrario y yo me levanté para ejercer de director de orquesta y dirigir a los aguijones en sus canciones desde el lado contrario de las tribunas. La voz de comentarista se hacía escuchar por encima de los gritos de los fans y aunque no me fijé, pude intuir en mi nunca algunas miradas asesinas por ser un extraño entre flechas.

El partido dio comienzo y yo volví a sentarme. No me había fijado en la gente que se había sentado a mi alrededor por miedo a reconocer a alguien, pero también porque no me importaban especialmente sus caras. Vi la quaffle volar de unas manos a otras y cuando uno de los bateadores de las flechas le lanzó una bludger al cazador de las avispas con una ira especialmente llamativa, no me pude contener- ¡Cabronazo!- exclamé como el otro lado del público que mostraban su indignación de la misma manera que yo. Había sido juego limpio, pero eso no significaba que nos gustase que golpeasen a nuestros ídolos. Me revolví en el asiento al ver como la pelota roja caía en manos del equipo azul y surcaba el aire en dirección contraria. Oí un bufido a uno de mis lados y al girarme vi a un hombre con aspecto aburrido y abochornado y a una mujer con el pelo teñido de los colores de las flechas. Decidí ignorar aquel bufido y seguir con mi vida.

Las jugadas se sucedían y poco a poco las Flechas le sacaban una ventaja de 50 puntos a las Avispas. Yo me encontraba inquieto y nervioso y ya no sabía donde meter mi mal humor porque mi equipo estuviera perdiendo lo que acabó canalizándose una nueva catarata de insultos hacia las estúpidas flechas y su estúpida afición. Me puse a cantar la canción más popular entre los aguijones cuando volví a escuchar otro bufido, alto y claro, y esta vez estaba convencido de que procedía de la señora que había dos asientos más allá.- Perdone, señora, ¿le molesto?- dije con cara de "no me toque los cojones y comportémonos como adultos" El hombre que había entre ella y yo tenía aspecto de tipo duro pero no me preocupó. Cuando tu equipo de quidditch va perdiendo lo que quieres es camorra y sangre.
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Invitado el Mar Sep 22, 2015 4:13 pm

Mi madre da vergüenza. La quiero mucho, de hecho es la única persona de mi familia a la que quiero, pero a veces me dan ganas de cerrar los ojos, ponerme las manos en los oídos y fingir que no la conozco. Ella estaba más feliz que una perdiz, rodeada de admiradores de sus queridas Flechas. El único que parecía desentonar era el tipo de mi izquierda, el que tenía una camiseta de las Avispas. Me fijé en que el otro lado del estadio era al revés, todo el mundo vestía con ropa de colores de las Avispas. Tenía su lógica que cada parte del estadio estuviera dedicada a un equipo, no tenía ni puta idea de que cojones hacía el tipo de mi izquierda allí. Pero en fin, parecía un tío normal, no estrafalario como doña Selene Brooks. No se me escapó que mi madre le soltó más de una mirada de hostilidad, pero no dijo nada, que ya era bastante viniendo de ella.

El partido empezó y yo traté de desconectar y rezar para que el buscador de las Flechas consiguiera la snitch rápido y poder irme a casa. Obviamente me la sudaba quien ganara, pero con tal de no aguantar a mi madre soy capaz de transformarme hasta en forofo del quidditch y si ganaran las Avispas ya tendría drama para el resto del día. El tipo de mi izquierda insultó a alguien, por lógica y por la cara de mi madre entendí que era a alguien de las Flechas. Mi escaso conocimiento deportivo y mi poca visión impedía que viera exactamente lo que estaba sucediendo, que iba adivinando por las expresiones de mi madre y los comentarios y gritos de los que estaban a mi alrededor. Mi madre no pudo quedarse callada con el insulto del tío que estaba a mi lado, y aparte de mirarlo con cara de odio retorcido soltó un bufido más que audible. Puse los ojos en blanco y me puse a repasar mentalmente la lista de tareas que debía repasar antes de incorporarme al trabajo el día siguiente. Mejor eso que quedarse con cara de aburrimiento mirando figuras que vuelan a gran velocidad.

Por los pequeños gritos de alegría que mi madre fue soltando, bastantes discretos para ser ella, y la alegría general de la zona donde estábamos sentados, supuse que ya irían ganado las Flechas. El tío de mi izquierda empezó a cantar una canción, que sería el himno de las Avispas o algo así. La verdad es que el tío tenía valor, la gran mayoría de la grada lo miraba como si fuera una babosa gigante. Y mi madre no iba a ser menos, que soltó un bufido más prolongado que el anterior. Esta vez el tío se dio cuenta y se giró hacia ella, con una pregunta de evidente hostilidad. No podía culparlo, la verdad sea dicha.

- Claro que me molesta, ¿por qué no se va con sus amiguitos aguijones y nos deja a los flechadores en paz? No sé qué hace aquí en territorio enemigo, está claro que solo viene a incordiar y a meter cizaña. - soltó mi madre con su común indignación, con tanta rabia que parecía que le iban a salir chispas de las orejas. Metí un resoplido y miré a mi madre con una mezcla de cara de cordero degollado y mala hostia. - Mamá, tengamos la fiesta en paz, deja al hombre que cante lo que le salga de los huevos. - intenté razonar con ella, pero no sé para qué me meto. Me miró con mucha mala leche, sacando la varita. - Mira niño, te voy a meter esto por el culo como no te calles. - espetó, frasecita ante la que me quedé muy sorprendido. Pocas veces la había escuchado utilizar ese lenguaje, al final va a resultar que he heredado su carácter. Su amenaza me dejó sin habla, no sé si por la sorpresa o porque en realidad me acojonaba que quisiera violar mi culo. - Tú mucho a defender a las mujeres y esas cosas de modernito, pero ¡a tu madre no la defiendes! ¡Deja que me meta con quien me salga del coño! - exclamó muy indignada, cruzándose de brazos y balanceándose en el asiento como si estuviera loca. Una ovación salió de las gargantas de todos los “flechadores”, como decía mi madre. Ella soltó un gemido de frustración y sacó los omniculares. - Me he perdido otro tanto de mis Flechas por el subnormal del aguijón y el niño este… - se quejó en voz alta, algo muy típico en las madres. Volví a poner los ojos en blanco y miré al tipo con expresión de disculpa. - Perdona, la menopausia le sentó fatal, tú sabes… soy el primero que quiere que se calle la boca. - dije en voz baja, sintiéndome tremendamente incómodo. Me importaba una mierda que el tío estuviera ofendido, pero sentía que en parte debía disculparme en nombre de mi madre. Joder, no había pasado más vergüenza en toda mi vida.
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Invitado el Mar Oct 13, 2015 11:05 pm

Algo curioso de los deportes es que cuanto más violento es el deporte, menos violenta es su afición. Es como que las hostias en el campo tranquilizan a los espectadores lo suficiente como para que ya no les queden ganas de pegarse entre ellos. El quidditch no era un deporte especialmente peligroso o violento, cierto que las bludger podían hacer mucho daño, pero la medicina mágica hacía que esas heridas fuesen curadas en una sola noche o en un solo momento lo que hacía que se le restase importancia al tema y eso solo conseguía que en encuentros de tanta rivalidad como el que yo estaba viendo, los espectadores se caldeasen tanto como los propios jugadores. Esos matices hacian que acudir a un partido de quidditch fuese a veces más interesante, pero otras veces solo te quedaba la opción de recular y esperar que no te pegasen demasiado.

Los tantos de las Flechas se sucedían mientras las Avispas peleaban como podían por estar a la altura y parar a los cazadores que parecían estar en un día especialmente inspirado. No sabía si eran las nuevas estrategias del equipo azul y plata o es que las Avispas ya estaban viéndose afectadas por la dura temporada que llevababan a sus espaldas, pero nos estaban dando una paliza, lo que parecía encantar a toda la gente que en aquel momento me rodeaba. Sin haberlo pensado demasiado con anterioridad, me puse a cantar la típica canción de las Avispas para mostrar mi apoyo a mi equipo, el otro lado del estadio me acompañó en mi canto con ganas, pero la señora que estaba prácticamente a mi lado no parecía estar muy contenta con ello. Ya llevaba un rato escuchándo sus bufidos cuando al final me cansé y decidí preguntarle si le molestaba, aunque solo fuese para liberar un poco de rabia. Su respuesta llegó a mis oidos mientras yo levantaba las cejas, flipando por el tono de madre que tenía a pesar de la indignación que mostraba su voz. Por un momento, me sentí como si mi madre me estuviera riñendo después de todos estos años por haber manchado la alfombra del salón con mis botas llenas de barro. La miré con una mirada divertida mientras toda mi rabía se convertía en un gozo extraño por la señora me hacía mucha gracia con su ofuscación y su pelo toscamente teñido. No dije nada mientras buscaba no reirme en su cara y me limité a juntar las manos por las palmas y hacer una inclinación de cabeza a modo: "perdóneme la vida, mi querida señora".

Tras el pequeño encontronazo me giré para volver a mirar el partido pero sin perder detalle de lo que pasaba a mi lado. Si las Flechas iban a ganar el partido perdía interés para mi, así que me centraría en la posible telenovela que parecía que iba a tener lugar a mi lado. Pude oir vagamente como el hombre que estaba entre los dos se dirigía a ella como para intentar tranquilizarla y surtía el efecto opuesto. Sonreí sin apartar la vista del campo cuando la respuesta de la que debía ser su madre llegó, pero no tardé en poner los ojos en blanco al ver como las malditas flechas nos colaban otro tanto. Sin embargo, la nueva reacción de la señora llegó de nuevo alta y clara a mis oídos, parecía realmente cabreada y por no echarme a reír allí mismo, me llevé las manos a la cara pretendiendo que pareciera que estaba desanimado por el resultado del partido y no que me estaba metiendo donde no me llamaban. No pasó mucho tiempo hasta que el tipo en cuestión se dirigió a mi con palabras de disculpa, yo me limité a sonreír con tranquilidad. - Es una mujer de carácter, ¿eh?- dije girándome para mirarlo- Seguro que fue una buena pieza cuando era más joven- dije a modo comentario. Siempre me imaginaba que las mujeres de carácter ya entradas en años, habían sido mujeres arrolladoras en su juventud. No sentía ningún tipo de interés por la señora, pero no podia evitar pensarlo.- Además, tiene razón, estoy en territorio enemigo. Quizás debería controlar mi entusiasmo. ¿Tú también vienes a animar a las flechas?- pregunté con curiosidad levantando una ceja. El tipo, hasta el momento, parecía estar más aburrido que otra cosa.

Justo en el momento en el que mi pregunta se escapaba de entre mis labios, la afición de enfrente vitoreó como no lo había hecho en todo lo que iba de partido. El buscador de las Avispas acababa de surcar el cielo de una esquina a la otra del campo, lo que solía indicar que la snitch andaba cerca. Ignorando momentáneamente al hombre que tenía al lado, dirigí mis omniculares al lugar donde se dirigía el buscador y vi la pequeña y rápida bola dorada jugueteando ella sola alrededor de los postes de gol de las Flechas. El buscador azul se puso a la par del amarillo muy rápidamente pero una tirada de bludger del golpeador de las Flechas, hizo que los dos buscadores perdieran la pista de la bola. Había sido un muy desafortunado golpe el de ese bate- Uyyyyy- dije echándome hacia atrás en el asiento por lo que casi había sido la salvación de mi equipo.
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Invitado el Vie Oct 16, 2015 11:28 am

Solo hay una persona en el mundo que sea capaz de dejarme sin habla y esa es mi madre. Tiene unos puntos tan extraños que me quedo bloqueado y acabo diciendo con voz aburrida un “sí, mamá” con tal de no escucharla. Y a veces ni eso, me quedo en estado de shock y la miro como si estuviera drogada. Uno de esos casos fue cuando me amenazó con meterme la varita por el culo, un lenguaje que poquísimas veces escuché soltar por su boca. Si ya de por sí tiene un carácter inestable, su pasión por el quidditch lo acentuaba todavía más. Lo que me puso de muy mala hostia fue su referencia a que yo nunca la defendía. Claro que no, solo me metía en medio cuando era pequeño y veía que mi padre la pegaba, repartía golpes contra ese hijo de puta cuando crecí y desarrollé algo de musculatura y llegaba a duelarme con él cuando salí de Hogwarts porque el muy cobarde se escondía detrás de su puñetera varita. Tampoco cuenta que la sacara a rastras de la casa familiar y la protegiera el tiempo que mi padre asimiló la separación, y que hasta entonces siguiera viviendo enfrente suya para seguir protegiéndola si lo necesitaba. Pero no, nunca la defendía. Claro que no. Me cago en la puta. Lo único que para ella parecía tener importancia es que yo no me ponía de lado de su puto equipo de quidditch.

Afortunadamente el tipo aguijón, como lo llamaba mi madre, se resignó a la bronca que ella le echó y hasta le hizo un cómico gesto de disculpa. Mi madre seguía enfurruñada y concentrada con sus omniculares, como si fuera lo único que existía del mundo. Me disculpé en su nombre ante el tipo fanático de las Avispas y su respuesta no me la esperaba. No sé si fue “una buena pieza” y la verdad, tampoco me interesaba saberlo. Que tenía carácter era obvio, solo hay que ver la puta escenita que había montado por una gilipollez.

Me preguntó si yo también veía animando a las Flechas, pero no me dio tiempo a responder porque el lado contrario del estadio empezó a gritar y a animar al unísono. A mi derecha mi madre seguía atenta con su cachivache para ver las jugadas, y soltaba pequeños bufidos de irritación de vez en cuando. Me fijé en que el tipo de mi izquierda también estaba atento con sus omniculares, y en general todo el puto estadio. Me sentía como un pañuelo en una fiesta de mocos. No tenía ni puta idea de lo que estaba pasando hasta que escuché a mi madre. Otra vez.

- ¡Pero dale al aguijón, no al nuestro, mostrenco zopenco! - vociferó, algo que me llamó la atención, parecía que algún jugador de las Flechas la había cagado, y por con el contexto supuse que sería un golpeador. Ni puta idea. - Y por curiosidad, ¿qué haces en esta parte del estadio? Hay que tener huevos. - le pregunté al tipo de mi izquierda, porque lo reconocía, lo suyo era tener cojones. Había perdido la cuenta de las veces que leí en El Profeta peleas, duelos y hasta ingresos en San Mungo por discusiones deportivas. Y el tío estaba ahí, tan tranquilo, en la afición enemiga. - A mí me importa una mierda tanto las Avispas como las Flechas, vengo de niñera. - reconocí, escuchando de fondo a mi madre gruñir, un “te he oído” inconfundible. Un gruñido que se convirtió en un grito de júbilo, grito que compartió con la mayoría de la grada. Parecía que de nuevo las Flechas conseguían otro tanto. A ver si ganan ya y me puedo ir a mi casa de una puta vez.
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Invitado el Lun Nov 02, 2015 9:20 pm

Aunque el quidditch sea mi placer culpable secreto, el placer se pierde bastante cuando el equipo que apoyo esta haciendo una actuación de mierda en un partido frente a su rival de toda la vida. Es más en situaciones como esa, soy muy dado a abandonar el estadio e irme a tomarme algo al mundo muggle con la simple intención de no saber nada al respecto de ese partido vergonzoso nunca más. Sin embargo, en este caso, la esperanza de que las Avispas ganasen el encuentro estaba arraigada a mi corazón y aunque sufría por el pésimo juego que estaban mostrando, algo me mantenía pegado al asiento. O tal vez no fuese el quidditch, tal vez fuese que soy medio masoca y quiero que la señora madre del hombre que tengo sentado al lado me riña un poco más.

Los tantos de las flechas se sucedían y aunque mi esperanza seguía ahí, casi prefería agarrarme a la conversación con aquel hombre como si fuese a un clavo ardiendo antes de seguir prestando tanta atención a un partido que me estaba decepcionando tantísimo. Joder.- Es que yo soy un tipo duro- dije con aire chulo cuando me preguntó qué hacía en el lado contrario de las gradas.- La verdad es que compré la entrada en el último momento porque no estaba en Londres cuando salieron a la venta y este era uno de los asientos mejor situados de los pocos que quedaban. Yo no buscaba camorra esta vez, pero se ve que la atraigo como la miel a las moscas- dije con una pequeña risa al final. En parte hablaba para rellenar el silencio y desviar mi propia atención- Debes de estar aburrido entonces- comenté cuando confesó que estaba allí de niñera.- Estoy deseando que acabe igualmente. Esta siendo un partido un tanto soporífero y vergonzoso para mi gusto- le confesé- Sylvan, por cierto- dije presentándome de una vez. Si tenía la intención de usarlo como distracción del mal juego de mi equipo, lo menos que podía hacer era decirle mi nombre.

La quaffle había ido cambiando de manos mientras hablábamos pero un nuevo grito, esta vez del estado en general, nos interrumpió de nuevo. El buscador de las flechas había empezado a acelerar tan deprisa que hasta el resto de jugadores se habían quedado congelados por un momento. Después del grito de sorpresa inicial del público, se hizo un silencio sepulcral que duró unos segundos mientras el buscador de las avispas se ponía a la par de su contrincante. La tensión se podía palpar en el aire, pero la afición empezó a caldearse de nuevo cuando la cosa entre los dos buscadores se igualó definitivamente. Estaban tan a la par que era imposible predecir cual de los dos cogería la snitch.- Vamos, vamos, vamos- susurré mirando el espectáculo con cierta esperanza de que la cogieran rápido y salir de allí cuando antes. No me apetecía estar rodeado de forofos del equipo contrario, ganasen o perdiesen.

Bajo la atenta mirada de más de 100 personas los brazos de los buscadores se estiraron para lograr alcanzar esa pequeña pelota alada, pero solo uno iba a lograrlo...Y ese fue el de las avispas. Cuando la mano del buscador se cerró alrededor de la bola, toda la grada amarilla y negra estalló en víctores. El marcador pasaba de estar 60 a 0, a marcar 60 a 150 significando el final del encuentro.- ¿Te apetecería ir a tomar algo?- le pregunté rápidamente al moreno que tenía sentado al lado con toda a intención de salir de allí lo antes posible antes de que su madre o cualquiera de las personas que me rodeaba decidiese que yo merecía una paliza porque su equipo habia perdido.
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Invitado el Mar Nov 10, 2015 6:42 pm

No pude evitarlo: solté una enorme carcajada cuando al preguntarle al tipo por qué estaba en mitad de la afición enemiga, él contestó que era un tipo duro. Desde luego era necesario tener los huevos bien puestos para ser el único seguidor de las Avispas en mitad de una marea de “flechadores”, como diría mi madre. Que, hablando de mi madre, parecía a punto de darle un infarto entre sobresaltos, insultos al equipo contrario y chasqueos de lengua.

- Joder, pues ya es tener mala suerte. - comenté ante su explicación de por qué estaba en territorio enemigo. - Como una puta ostra, no te haces una idea. - respondí poniendo los ojos en blanco. Era obvio que me aburría, si hasta estaba repasando mentalmente las tareas pendientes del trabajo, joder. Esto no era aburrimiento, era un coñazo de dimensiones titánicas. - Mi única esperanza es que algún buscador tenga una inspiración divina y coja la maldita snitch antes de que me ponga a roncar aquí en medio. - gruñí, aunque siendo técnicos era difícil que me quedara dormido: me estaba quedando sordo con tantos abucheos y gritos. - Magnus. - contesté educadamente cuando se presentó. Reconozco que no me gusta presentarme, fuera aparte de que mi nombre me parece horrible y odio pronunciarlo, siempre me hace sentir un poco retrasado eso de “Hola, soy Fulanito de tal, ¿y tú?”. Manías de uno.

Volví a quedarme totalmente aislado del mundo cuando se hizo el silencio en todo el estadio. Hasta mi madre parecía petrificada, con los omniculares tan apretados que le iban a formar marca en la piel. No tenía ni puta idea de que estaba pasando, pero de repente toda la parte contraria del estadio, la de las Avispas, empezó a gritar y vociferar. Y a la vez escuché a mi madre soltar una maldición y tirar al suelo los omniculares de la rabia. Una milésima de segundo después toda la grada de alrededor empezó a lamentarse, así que empecé a sumar dos y dos: el partido había acabado y las Avispas ganaron. Joder, que retrasado me siento sin tener ni puta idea de lo que pasa.

- ¿Eh? Pues mira sí, es buena idea. - me escuché decir, sin asimilar lo que el tipo me preguntaba. En otra situación me habría parecido un poco gay esa propuesta y no me habría arriesgado (virgen de culo nací y virgen de culo moriré) pero… prefiero correr ese riesgo a aguantar a una Selene Brooks furiosa. Me levanté a la misma vez que mi madre empezaba a gritar y despotricar sobre “los malditos aguijones que ojalá se picasen a sí mismos y se murieran” o alguna bestialidad parecida.

Tanto el tipo, Sylvan, como yo, salimos del estadio en ese lapso de tiempo después de un partido en el que los seguidores se alegran o se lamentan, comentan jugadas y demás. Yo porque me negaba a escuchar lloriquear a mi madre por semejante gilipollez, y el tipo porque seguramente lo lincharían.

-No me he sentido más retrasado en mi vida: mirando al infinito sin tener ni puta idea de lo que pasa alrededor y siendo la niñera de una mujer de 55 años. - mascullé, más para mí mismo que para el tipo. Mi madre no me iba a perdonar jamás que la dejara allí entre sus flechadores, pero mi escasa paciencia tiene su límite: no podía pasarme el resto del día escuchando sus lamentos. Simplemente no puedo. - Bueno, felicidades. - añadí, ya que había sido su equipo el que ganó. Ni idea de cómo o de qué manera, a lo mejor el buscador se tragó la snitch sin querer.
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Invitado el Dom Nov 15, 2015 9:50 pm

El partido estaba siendo lamentable, y que eso se diga de un placer culpable es todavía más triste que si lo dices de algo que abiertamente te gusta. Allí me encontraba yo, como una mosca en la leche en medio de la afición del equipo contrario porque justo ese día se habían puesto todos de acuerdo para que los seguidores de las flechas se sentasen de un lado y los de las avispas de otro. Si mi mejor cualidad no es ser oportuno no sé cual podría ser. La parte simpática de todo aquello es que al menos el tipo que tenía sentado a uno de mis lados estaba allí tan a disgusto o más que yo por lo que sentía cierta conexión entre nosotros. Nada gay ni cosas así, solo la desesperación que ya se sabe que une a las personas en pleno partido de lamentable quidditch.

Mis esperanzas de que mi equipo ganara se desvanecían poco a poco y tambíen lo hacían mis ganas de quedarme allí viendo como nos daban una paliza para que luego toda la parte del estadio en la que yo estaba festejase y me mirase con burla. Llamadme loco, pero no me apetecía una mierda ese escenario. Sin embargo, cuando ya estaba en el límite de mi paciencia e iba a largarme de allí a todo correr, la snitch hizo su aparición. Fue un momento de tensión en todo el estadio cuando ambos buscadores pelearon por esa pequeña y escurridiza pelotita dorada, pero finalmente, fue el buscador de las Avispas el que la atrapó en medio de una gran ovación por parte del otro lado del estadio.

En mi caso, lejos de poder disfrutar la victoria con barcos y putas como se deben celebrar todas las victorias, me vi que iba a acabar siendo linchado por un grupo de forofos de las flechas nada contentos de haber perdido y mucho menos de que uno de los aguijones estuviera ese territorio que al parecer era suyo. Llegué a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era largarme de allí antes de que nadie se diese cuenta de que allí había estado y una vez más, busqué arrastrar a Magnus conmigo como escusa. Yendo con otra persona sería más dificil llegar a mi y molerme a palos, ¿no? Tuve la suerte de que el hombre aceptó mi proposición y salimos del estadio antes que cualquier otra persona.

Cuando estuvimos fuera, el comentario que hizo me hizo soltar un bufido divertido- Mi madre me habría matado si la llego a dejar sola en una cosa así. A ella no le iba mucho el deporte, pero habría tenido más miedo de la reacción de mi padre por haberme escapado que de toda la multitud del equipo contrario- comenté como una broma. Cuando me dio las felicidades, levanté una ceja y sonreí bromista- Gracias, ha conllevado un gran esfuerzo para mi salir de allí con vida- dije con voz de a quien están entrevistando- ¿Te hace una cerveza irlandesa?- pregunté con un falso acento irlandés señalando a un pub que estaba a un cruce de nosotros.- El quidditch ha perdido mucho desde que la gente ya no desaparece en los partidos y aparece 6 meses despues en medio del desierto del Gobi. Esas cosas le daban emoción al asunto- comenté como distraído.

Llegamos al pub y un par de sitios parecían estar esperándonos en la barra. La camarera era un precioso especimen rubio y bien formado que habría dejado sin aliento al más pintado aunque parecía que por contrato le exigían exhibir más carne de la que a ella le gustaría.- Hola, encanto- dije con voz y mirada de conquistador- ¿Me pones una pinta de negra y tu número de teléfono?- pregunté con un guiño. Esa era siempre mi estrategia con las mujeres así, ser el niño travieso que les encantaría que en algún momento saliese de entre sus piernas. Ella sonrió, seguramente complacida pero también acostumbrada a ese tipo de comentarios.
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Invitado el Jue Nov 19, 2015 3:40 pm

No me lo iba a perdonar jamás. Eso ya lo sabía yo de sobra, ahora me quedaban dos o tres meses como mínimo de pullitas, reproches y lamentos cada vez que fuera a verla. Y si no iba y la ignoraba me reprochaba que no fuera a verla. Y así el ciclo sin fin. Muchas veces en mi vida me pregunté si todas las madres eran así o solo la mía. Nunca entendería su carácter: podía ser la persona más rencorosa del planeta con algo tan estúpido como dejarla sola en un partido de quidditch, pero olvidar, o ni siquiera asimilar, malos tratos graves por parte del que legalmente seguía siendo su marido.

- ¿Iba? - cuando Sylvan me habló de su madre, capté el tiempo verbal que usó. - Lo siento. - le di el pésame automáticamente, para mí ser huérfano de madre era una de las peores cosas que te pueden pasar. Sabía que algún día mi madre fallecería, no era inmortal, pero a pesar de lo insufrible que era y del coñazo que me daba, era la persona que más quería. Y reconozco que todavía queda algún resto del niño mimado que un día fui. - Irlandesa o rusa, me parece bien, para mí todas son iguales. - respondí con una ligera mueca burlona, no soy precisamente un experto en cervezas. Para mí todas son iguales, claro que solo las he probado sin alcohol. Y esperaba que hubiese bebidas no alcohólicas en aquel pub que decía Sylvan, porque no iba a quedar muy bien disculparse e ir al supermercado más cercano a por una Coca-Cola. Rompí a reír cuando comentó que el quidditch ya no es lo que era… por las medidas de seguridad. - Joder, ya se lía bastante en el Ministerio cuando hay partido como para que encima fallen las medidas de seguridad, un aficionado del equipo perdedor se vuelva loco y le lance un Crucio al árbitro. Será menos emocionante, pero nos quita trabajo a los demás. - agregué y dando gracias a Merlín por eso.

Nada más entrar en el pub, lo primero que vi una rubia despampanante y con menos ropa de la normal. Había un par de sitios en la barra y me senté en uno de ellos mirando a la rubia con cierto desagrado, desagrado que aumentaba al escuchar a Sylvan entrarle con el típico comentario directo de pedir el teléfono. Y no iba a culparlo, yo también soy de técnicas directas y sencillas para ligar. Lo que me desagradaba era la escasa ropa que tenía encima la chica, y como la tela se le marcaba con exageración en culo, caderas y tetas. Era una obra de marketing.

- Una sin alcohol. No que tenga un bajo porcentaje en alcohol, una que no tenga nada. Cero. - especifiqué, mirando con seriedad a la rubia. Ella no tenía la culpa, pero me sentía cabreado al contemplarla. - Y dile a tu jefe de mi parte que eres una persona, no un cacho de carne y un objeto de marketing. Parece ser que se le ha olvidado. - añadí con tono socarrón pero con determinación, y no me extrañó que la rubia me mirara perpleja, como si fuera la primera vez que alguien le decía algo parecido. Y no me extrañaría que así fuese, la gente es gilipollas y no es capaz de ver cuando a una persona se la utiliza como un mero reclamo sexual. - Pobre chica, la de gilipollas que tendrá que aguantar a diario… - comenté a Sylvan, mientras ella se alejaba a buscar las bebidas. Esperaba que al menos la pagaran bien, y si ella misma quería exhibir su cuerpo me parecía genial. Pero sabía que era casi seguro que lo hiciera por cuestiones laborales. - ¿A qué te dedicas, por cierto? - pregunté más por hablar de algo que por curiosidad auténtica, justo cuando la rubia nos colocaba a ambos las cervezas.
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Invitado el Jue Dic 03, 2015 10:10 pm

En el seno de mi familia no habría sido demasiado bien recibido que yo hubiese dejado a mi madre sola en medio de una afición cabreada tras un partido de quidditch, pero para ser sinceros, en el seno de mi familia no era bien recibido casi nada de lo que yo hiciera. Por suerte o por desgracia, no era algo de lo que me tuviera que preocupar más desde que mis padres habían muerto. Y los echaba de menos, sobre todo a mi madre, pero prefiero verle el lado bueno que volverme melancólico y triste y terminar dejándome el flequillo largo tapándome media cara clamando que la vida es una mierda. Aun así, esperaba que a Magnus no le cayese demasiada bronca por hacer eso mismo por lo que a mi me habría caido la bronca del siglo.- Gracias- dije con una inclinación de cabeza por sus condolencias. Nunca había sabido demasiado bien que contestar cuando alguien me decía que lo sentía por la muerte de uno de los mios. ¿Por qué lo sentían? No era culpa suya ¿no? Nunca había llevado demasiado bien eso de que se muriesen otros y yo me quedase atrás teniendo que sentirme mal por ello y consolando a otras personas.

Le sugerí a Magnus que podíamos ir a un pub que había cerca del estadio en el que ponían una buena cerveza irlandesa. Él al parecer no era un gran fan de la cerveza, pero aun así accedió. Igualmente en aquel sitio tenían de todo, no es que yo fuese amenudo, pero sabía donde me metía. De camino allí, dejé caer un comentario en broma sobre los tiempos en los que la seguridad en el Quidditch era una cosa de broma, ya que los miembros de los equipos podían acabar de cualquier modo imaginable. Sin embargo, la respuesta seria y recta de Magnus me hizo levantar las cejas, ligeramente sorprendido.- Eso es cierto- dije mirándolo aun con expresión sorprendida. No pensaba que estuviese ante alguien con tanta afinidad con las normas. Eso no iba mucho conmigo, yo siempre había sido uno de esos rebeldes sin causa cuyos padres creen que terminarán enganchados a alguna droga terrible, pero no hice ningún comentario al respecto.

Al llegar al pub, la camarera que yo ya había visto en más de una ocasión estaba tan poco vestida como de costumbre lo que, por supuesto, suponía que yo tenía que decirle algo totalmente fuera de lugar para sentirme cómodo y para que ella me recordase. No había llegado a saber su nombre, pero no nos llevábamos mal aquella chica y yo, aunque solo fuese por las típicas conversaciones de barra. Magnus se sentó a mi lado en la barra y después de que yo pidiera mi cerveza, él pidió otra pero sin alcohol. De nuevo, mi radar que señalaba a esa gente que tenía un palo metido por el culo, me daba una pequeña indicación de que me estaba acercando demasiado a alguien estricto. Cuando le comentó a la pobre camarera que debía hablar con su jefe para que la dejase taparse más, yo dejé caer la cabeza hacia delante entre los hombros reteniendo las ganas de descojonarse que me había dado la situación. ¿De verdad le acababa de decir a una perfecta desconocida lo que tenía que hacer?- Jajajaja, bueno, este trabajo es temporal para ella. Se está sacando un master en química, y con algo debe pagarlo, ¿verdad, preciosa?- le contesté a Magnus mientras ella nos servía las bebidas con una sonrisa y asentía con la cabeza.- Es degradante, pero gano más en propinas que con mi sueldo, y una chica tiene que comer- dijo ella encogiendose de hombros.

La pregunta sobre a que me dedicaba ya entraba mejor dentro de los estándares de lo que yo entiendo como una conversación entre dos tipos que se acaban de conocer, y me abracé a ella después de darle un sorvo a mi cerveza- Trabajo para Gringotts. Soy rompedor de maldiciones- dije con tranquilidad- ¿Qué me dices de ti? ¿En el Ministerio, no? Se te ve un tipo serio- dije intentando darle humor a la conversación y hacerla algo distendido.
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Invitado el Miér Dic 09, 2015 4:29 pm

Cuando vi a esa camarera volví a sentir esa habitual rabia que me invade cuando veo a una mujer vendiéndose como si fuera un cacho de carne. Si la chica se medio despelotaba por gusto nadie iba a juzgarla (al revés, buen espectáculo para mis ojos) pero que fuera por marketing era degradante y humillante. Lo peor de todo esto es que hay mujeres que no se dan cuenta y en vez de darle una buena patada en los cojones a los jefes que se lo proponen van y aceptan. Eso es lo más penoso y lo que más rabia y lástima me daba a partes iguales.

- ¿Tú pagaste tus estudios trabajando de gigoló? - pregunté retóricamente a Sylvan levantando una ceja. Obviamente me importaba una mierda como se pagó los estudios, o siquiera si los tenía, pero me había tocado los cojones el comentario. Claro, como la chica tiene que pagarse un máster, pues tendrá que medio despelotarse, porque trabajar a cambio de un servicio honrado y no mostrando las tetas no existe. Eso son los padres. Yo para pagarme la universidad tuve que sacarme la polla delante del profesorado y hacerle un striptease al director. Por supuesto.

Volví la cabeza para mirar a la chica y justo al colocarlos las cervezas saqué mi cartera. La bajé un poco de la vista de la camarera, ya que tenía una mezcla extraña de dinero muggle y mágico, y no quería que se fijara en este último. Saqué unas cien libras y se las puse en la barra.

- Ahí tienes, para tu máster. ¿Equivale a varios días sin tener que humillarte de esta manera o necesitas más? - pregunté sin necesitar respuesta, porque como siguiéramos con el tema me iba a poner de tal mala hostia que me veía arrancando una puerta. Y para que negarlo, también me había dolido en el alma el dinero que le di a la camarera. Buena acción del día cumplida, supongo. Así que le pregunté a Sylvan por su profesión, un tema que esperara que no me tocara tanto los cojones. - Esa fama no es merecida, te lo aseguro. - contesté cuando al decirme que él trabajaba para Gringotts, intentó adivinar dónde lo hacía yo. Y acertó, pero con la típica presunción de que en el Ministerio la gente es seria y formal. Ojalá. Después de un largo sorbo a mi cerveza procedí a explicarle. - Eso de que el Ministerio es un sitio serio es una leyenda urbana. Podría contar con los dedos de una mano la gente formal y responsable que hay… al menos con los que me relaciono, claro. Pero por ejemplo, en el departamento de Juegos Mágicos siempre están de bromas, hacen mini partidos de quidditch por los pasillos y todo… es un peligro andar por ahí. Afortunadamente yo por ahí paso poco, trabajo de fiscal. - le expliqué, dándole otro sorbo a la cerveza. Seguramente eso sí acentuaba lo de “se te ve un tipo serio”. - ¿Y en qué parezco serio, exactamente? - pregunté con evidente tono bromista. Si me viera enchaquetado y con cara de mala hostia redactando informes seguramente no me vería serio. Me vería Hitler.
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Invitado el Mar Dic 15, 2015 8:09 pm

Nunca he sido de esas personas que se adapten bien a las normas establecidas, más bien soy de esos que las rodean oportunamente para conseguir lo que quieren. Por otro lado, mi padre que no respetaba las reglas de otros, pero las suyas había que seguirlas a raja tabla o eras escoria de la sociedad. A cada momento que pasaba, Magnus me recordaba más y más a mi difunto padre, haciendo, por supuesto, que mis ganas de saltar con algún comentario jocoso e hiriente creciesen más y más mientras intentaba aguantarme el vómito de palabras que peleaba por salir de mi boca para dejarle claro que estaba muy bien que tuviese una opinión propia, pero que no todos la compartíamos y que si la chica quería hacer un streaptease sobre mis rodillas porque yo le iba a pagar por ello, estaba en su derecho a hacerlo. Eso o lo que buenamente le saliese de los cojones, hablando mal y rápido.

- ¿Tendría algo de malo si así fuera?- le espeté sin poder contenerme. Los años me daban madurez, a veces, pero hay ciertas cosas que no cambian y jamás será algo que me guste eso de que me impongan maneras de pensar.- Esto no es explotación, ella aceptó el trabajo porque le vino bien, nadie la obligó, ¿cierto?- le pregunté a la chica mirándola mientras ella asentía desde la lejanía. Cuando nos sirvió nuestras bebidas, Magnus sacó un billete de 100 libras y se lo puso delante con el pretexto de que eran para sus estudios. Mis cejas se elevaron tanto que por un momento pensé que se acabarían confundiendo con mi pelo. La camarera miraba a Magnus como un insecto en aquel momento y sin tocar el dinero, se cruzó de brazos- Todo el mundo tiene derecho a su opinión, y me parece muy bien que no te guste mi manera de vestir, pero yo solita acepté este trabajo y no tengo ni idea de quien eres tú como para venir a darme lecciones de moralidad y estilismo a mi. Y mucho menos para juzgar mis decisiones, dado que ninguno de esos temas es asunto tuyo.- dijo la chica mientras algo en mi se estaba enamorando de ella por tener semejante carácter- Agradezco educadamente el gesto, pero no quiero tu dinero. Aquí, me pagan por trabajar y es así como quiero vivir mi vida y pagar mis estudios, no con la caridad de un tipo lo bastante arrogante como para cuestionar el modo de vida de una desconocida que no conoce ni hace cinco minutos. Ahora, si me disculpais, tengo más clientes que aunque alguno sea un baboso, al menos no entorpecen el transcurso normal de mi trabajo ni cuestionan mi vestimenta, comportamiento o juicio.- terminó ella su discurso alejándose y atendiendo a un pobre capullo que estaba flipando al otro lado de la barra.- Creo que me he enamorado,que carácter de mujer- dije en un susurro mientras la miraba desde lejos como si de un ángel se tratase.

La pregunta de a qué me dedicaba yo llegó casi como una respuesta del cielo a una de las situaciones tensas en las que no me apetecía estar después de haber sido casi apaleado por el equipo de quidditch rival. No tuve problema alguno en contestarle e intentar adivinar a que se dedicaba él aunque solo fuera por desviar la atención. Después de la escenita, el tipo no me caía especialmente bien, pero le debía al menos la educación de terminarme la cerveza antes de largarme de alló cagando leches. Quizás me hubiese llevado mejor con su madre.

Escuché con una sonrisa ladeada lo que me contaba del Ministerio mientras pensaba que el trabajo de fiscal le iba como anillo al dedo. Quizás fuese Magnus o un tipo como él el que me juzgaría a mi algún día como habían juzgado y condenado a mi hermano. Lo veía totalmente plausible.- Bueno, sonríes poco- dije mientras yo sí sonreía.- Además, no sé, tus facciones son las de una persona sería- "y llevas escrito en la frente que no sabes divertirte" omití oportunamente.- Apuesto a que disfrutas de tu trabajo. A mi me encanta el mio, sobre todo por la parte de viajar y ver los lugares donde nuestra cultura empezó. Se aprende mucho, pero vives permanentemente con jet lag- comenté hablando de cualquier cosa- ¿Qué hace un fiscal en su tiempo libre? Cuéntame- pregunté dándole un gran sorvo a la cerveza que conllevó que me bebiese más o menos la mitad del botellín de un trago. Estaba sediento y seguro de que la manera de divertirse de aquel tipo al salir del trabajo, era seguir juzgando personas, pero esta vez con menos pruebas.
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Invitado el Miér Dic 16, 2015 4:05 pm

Notaba cómo se me llenaban los cojones de rabia a cada segundo que pasaba. Ni tengo paciencia, ni tacto, ni diplomacia, ni mierdas de esas, y ver a una mujer humillándose es uno de mis puntos débiles. Lo más triste de todo es que muchas no se dan cuenta e incluso lo ven normal. Como por desgracia parecía ser el caso de la camarera que tenía delante. Aún así no se lo reprochaba: todo influye en la educación que ha recibido y en el entorno. Y no solo en esto, sino en general la gente suele asimilar lo que su sociedad les dice sin parar a pensar. Porque pensar es gratis, pero no lo parece. Podría contar con los dedos de una mano, y me sobrarían, a personas que conozco que se paren a pensar y no se dejen llevar inconscientemente por lo que ven “normal”.

- Si lo haces por gusto, no. Otra cosa es que te metas a cajero de supermercado y tu jefe te diga: “oye Sylvan, ¿por qué no trabajas sin camiseta para que las señoras sesentonas te coman con los ojos?” Y tú te resignes porque no te queda otra. Aunque te parezca mentira, hay una gran diferencia. - la última frase la solté con evidente sarcasmo, porque creo que hasta un chimpacé entendería a la perfección que una cosa es venderse por gusto (que tampoco me parece bien, pero allá ellos y su conciencia) y otra es porque no te quede más remedio y te sientas usado. Ignoré su argumento de que no era explotación, porque cómo siguiéramos por ahí me veía metido en otra pelea. Y me cago en la puta, no he pasado de la pesada histérica de mi madre para meterme en bullas.

Con los huevos como pelotas le ofrecí una buena propina a la camarera para que dejara de humillarse de esa manera. Me quedé alucinando en colores con la respuesta de la camarera, pero no me enfadó. Al revés, me dio muchísima pena, porque me recordó un montón a mi madre. Aunque ambas situaciones eran muy diferentes, mi madre también pecaba de ver normal que una mujer (ojo, mujer, hombre ni en broma) se prostituyera a cambio de dinero. Y diga la camarera lo que le salga del coño, que lo que estaba haciendo era una manera de prostitución.

- Cielo, no has entendido una mierda. Me importa un carajo cómo te vistas, lo que me importa es la dignidad que tengas como ser humano que eres. Pero oye, que si estás dispuesta a perderla, me parece genial. Cada uno tiene sus prioridades. - Merlín, dame paciencia. Dame esa paciencia que no tengo para asimilar que una persona que supuestamente estudia un máster de Química es tan subnormal como para confundir estilismo con humillación. En momentos como ese me parece muy acertada la frase “Para la Tierra, que yo me bajo”. - Madre mía, que pena de chica. - dije para mí mismo guardándome el dinero. Me daba lástima auténtica, pero en fin… no hay peor ciego que el que no quiere ver. - Toda tuya, yo no toco a una tía así ni con un palo de cincuenta metros. - añadí al comentario bajo que oí de Sylvan, con una sonrisa medio torcida. No lo conocía de nada, pero tal y como dicen, dime con quién andas y te diré quién eres. Si una mujer que estaba dispuesta a humillarse por dinero le enamoraba, él no debía ser muy diferente.

La típica leyenda urbana de que en el Ministerio todos son serios, formales, se trabaja a destajo… en fin, esa sarta de gilipolleces, la escuché como unas mil veces en mi vida. Que sí joder, que yo encajo en esa visión distorsionada de la realidad, pero yo soy la excepción, no la regla. Ojalá el Ministerio fuera tan responsable y serio como todos creen. Le pregunté de coña en qué parecía serio, imaginándome la respuesta. Tampoco era la primera vez que alguien me llamaba serio, como si fuera un defecto, joder. Defecto es hacer una fiesta hasta cuando cagas.

- No soy una persona extrovertida, ni lo he sido nunca ni lo seré. Supongo que eso influye. - me encogí de hombros, dándole un trago a mi cerveza. - Con todo lo que me costó llegar a donde estoy profesionalmente, como para que no me gustara mi trabajo. Aunque hay días que preferiría vivir de papá y mamá y rascarme los huevos a dos manos. - comenté, en mi situación por poder, podría. Por el legado familiar, la herencia y toda esa mierda que no me interesa. Aún así esos días eran bien escasos, eran cuando llevaba horas sin levantarme de la silla y sin hacer ni un solo avance. Los días de bloqueo total, en los que además se solía juntar que la máquina de café se estropeaba, que mi secretaria estaba torpe, que algún auror me metía prisa con no sé qué caso… días de querer cometer una masacre en el Ministerio y no dejar a nadie con vida. - ¿Dónde sueles viajar? - pregunté con auténtica curiosidad, porque no tenía mucha idea de la profesión de Sylvan. Que recordara no conocía a nadie que trabajara para Gringotts y nunca me enteré muy bien de cómo mierdas se curraba allí. - ¿Tiempo libre? - repetí su pregunta con incredulidad, soltando la primera carcajada del día. - Raro es el día que salgo del trabajo antes de la hora de cenar. Muy raro. Y luego los pocos días libres que me dan al final acabo repasando algo relacionado con algún caso. Hoy tenía el día libre, estaba tocándome los huevos tranquilamente en el sofá y apareció mi madre de repente para que hiciera de niñera. Planazo del quince. - ironicé, dándole otro sorbo a la cerveza y reprimiendo un pequeño bostezo. - En fin, tampoco es que me importe. Me gusta mi trabajo y no tengo gran cosa que hacer en casa. Imagino que tú tampoco tendrás mucho tiempo libre, ¿no? - supuse, por el tema de estar viajando y toda esa mierda. Pero vamos, ni puta idea, no es que el tipo tuviera el empleo más común del mundo mágico.
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Invitado el Dom Dic 20, 2015 9:15 pm

El tira y afloja entre Magnus y la camarera me tenía entre fascinado y anonadado. Estaba totalmente impresionado con el comportamiento de Magnus y sus ganas de meter sus narices en los asuntos de otros y también con la reacción de la chica al contestarle, sacando todo su carácter del tarro y diciéndole un par de cosas sobre su manera de ver la vida. Ella no parecía especialmente preocupada por su vestimenta, y no parecía sentirse mal por ello realmente, pero que se yo! Yo solo soy un baboso más de esos que pierde los gallumbos por ella cada vez que la ve así que supongo que Magnus tenía en parte razón. Sin embargo, ese rejuvenecido clon de mi padre no iba a recibir mi aprobación a su opinión, por principios. Levanté los brazos en plan: "Tio, yo soy inocente" cuando contestó a mi comentario sobre el tema. A partir de ese momento, decidí no abrir más la boca en previsión de no comerme un puñetazo después de haber safado de una afición que había perdido un partido decisivo. No era así como quería acabar el día, la verdad. El último comentario que hice al respecto del tema fue que la chica en cuestion me estaba enamorando e incluso eso recibió un comentario más o menos borde de su parte. Pero claro, después de como se habían puesto ambos, no sé porqué me sorprendí.

Recibí la pregunta sobre mi profesión casi como un regalo del cielo y me aferré a ella con uñas y dientes. Le dije a que me dedicaba y me preocupé por interesarme en que trabajaba él, aunque por ciertos comentarios anteriores y por su seriedad me había hecho una idea que no parecía estar demasiado lejos de la realidad. Cada vez estaba más convencido de que Magnus tenía un palo metido por el culo o algo similar que le impedía comportarse como una persona medianamente relajada. Parecía de esos que llevan continuamente el chip del trabajo puesto, al contrario que yo...Aunque mi trabajo no supusiese tanta seriedad como el suyo.- Está sobre valorado eso de vivir de los padres. Supongo que yo podría hacerlo, pero me aburriría soberanamente. ¿Qué haría todo el día? ¿Comer, engordar y dar órdenes? Suena asqueroso- dije, de nuevo hablando de cualquier cosa. Esa era una de las virtudes que más me gustaban de mi mismo y a la que más partido le sacaba, podía hablar de cualquier cosa en cualquier momento aunque solo fuese para desviar la atención de algo que no me gustase. Cuanto más entretenido estuviese el fiscal que tenía enfrente hablando conmigo menos posibilidades había de que secuestrase a la camarera para darle una buena sesión de moralidad. Me lo imaginaba sacando una especie de tabla en miniatura y azotando a la pobre chica, pero no en el sentido porno de la fantasía, en el sentido degradante.- Soy un poco el chico para todo así que he visto un poco de todo el mundo- Comenté cuando me preguntó a donde solía viajar- En los últimos años he estado encargado de la expedición de Grindgotts en China. Ha sido muy interesante. La gente habla mucho de Egipto y sus pirámides, pero los chinos feudales también sabían como proteger sus tesoros de maneras muy eficientes e imaginativas. Al parecer, algunos señores feudales se hicieron con una buena fortuna en sus tiempos en metales y oro de duendes...¡Y tanto que se preocuparon en asegurar sus bienes! Sabían lo que tenían entre manos- parloteé alegremente. Mi trabajo no tenía demasiados secretos, superficialmente, como para no poder hablar de él. Yo no servía para esos trabajos super secretos en los que si contabas algo a alguien a continuación tenías que matarlo. Prefiero hablar libremente de todo lo que me apetece.

Por mantener viva la conversación mientras mi cerveza se desvanecía, le pregunté a Magnus que hacía con su tiempo libre y la verdad es que la respuesta no me sorprendió lo más mínimo. Escuché sus palabras sobre que trabajaba mucho y hasta tarde y cuando estaba libre, más trabajo, mientras le daba otro sorbo a la cerveza y la dejaba en las mínimas. Todo lo que me contó encajaba perfectamente en el cuadro que se estaba montando en mi cabeza de él.- No mucho, y menos cuando estoy de viaje. Pero, por suerte, siempre he sido una persona que duerme poco y sabe aprovechar el tiempo, así que siempre me organizo para tener tiempo para divertirme- dije con una sonrisa de autocomplaciencia- Aunque reconozco que en la parte rural de China no hay mucha vida nocturna- afirmé con una pequeña risa. Vida nocturna había...pero era vida animal.- Ahora mismo estoy en Londres unos meses de vacaciones. Tenía muchas vacaciones acumuladas, así que estoy aprovechando para hacer todas esas cosas que no puedo hacer generalmente, como ir a ver el quidditch, o salir a tomar algo todas las noches o...cagar en baños de cinco estrellas, cosas así- dije justo antes de apurar el último sorbo de cerveza que me quedaba en el botellín.

Levanté la mirada y vi que eran las 22:45 y me cagué en todo porque el tiempo pasase tan despacio. El partido había sido breve a pesar de todo y no habíamos tardado demasiado en llegar hasta allí pero todo eso hacía que mi escusa de "Se me hace tarde" se fuese al carajo, junto con la de estoy cansado pues acababa de decirle que yo era de poco dormir. Veamos, Sylvan, piensa... Un compromiso. Tengo un compromiso. Sí, eso servirá.- Bueno, Magnus, ha sido un placer conocerte, pero me temo que ya me tengo que ir. Tengo un compromiso en una media hora y no me gusta hacerme esperar. Espero que volvamos a coincidir, pero no en un juicio- dije con una sonrisa amable mientras pensaba que lo más probable era que si volvíamos a coincidir fuese en un juicio. El mio, probablemente. Le tendí la mano para estrechar la suya y dejé unas monedas muggles sobre la barra para pagar mi consumición. Me largué de allí con viento fresco en busca de una compañía diferente a la que no le importase que las mujeres me alegrasen el día con las vistas si ellas querían.
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