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Shrinking Universe || Mathilde Salvin

A. Sven Moretti el Jue Sep 24, 2015 2:28 am

La iba a cagar. Lo sabía, yo siempre la cago, no sé hacer nada a derechas. ¿Cómo se me había ocurrido semejante locura? ¿Cómo había sido capaz de dejarme convencer por Drake para que le pidiera quedar a Mathilde? ¿Y por qué diantres Spock se había equivocado y envió la carta número 28 en vez de la 35? Cuando le explicaba muy despacio que tenía que darle la rosa antes que la carta Spock cogió el rollo de pergamino que no era. Antes de poder agarrarlo salió volando y casi me da un ataque. Afortunadamente tenía restos de pergamino con versiones aún peores y más vergonzosas, pero aún así sabía que en la 28 había frases tachadas que no quería que viera. Y no eran tachaduras muy fuertes, así que…. ¡por Merlín, con un poco de ojo podría leer cosas que no quería que leyera! ¡Cómo eso de que a mí me apetecía verla! Ay mi madre, que vergüenza…

Todavía estaba traumatizado cuando me llegó su respuesta. Una respuesta clara y directa a más no poder: me había devuelto la rosa. Me sentí como un completo idiota, entendiendo que rechazaba mi proposición sin ni siquiera pensárselo. Estaba deprimido escribiendo a Drake para cagarme en sus ideas cuando recibí una carta de una lechuza desconocida. Era de Mathilde, carta que leí rápidamente sin enterarme de casi nada, hasta que reparé en la segunda posdata. Luego la leí muy despacio, incrédulo, asimilando que aceptaba mi oferta. Es más: lo llamaba cita, algo que hizo que me pusiera coloradísimo. No era mi intención darle esa connotación, porque si lo llamábamos cita me iba a poner aún más nervioso, así que me tranquilicé mentalmente, respiré hondo varias veces, y después de mirar con hostilidad al pobre y atontado Spock, le envié de vuelta la rosa.

El sábado me desperté muy temprano, sobre las siete. Estaba tan nervioso que no podía pegar ojo, y en realidad sabía que era en vano. Tenía el presentimiento de que ella olvidaría que habíamos quedado o que pasaría de mí. Y en caso de que no se le olvidara… iba a pensar que soy retrasado por lo que tenía pensado. Lo normal cuando quedas con alguien que ni conoces es ir a tomar algo, cenar, en fin, ese tipo de cosas. No hacer lo que yo había planeado. Seguro que salía corriendo… bueno, no podía salir corriendo porque iríamos muy lejos y ella no puede aparecerse. Pero bueno, ¡puede coger un avión! ¿Y si le doy miedo porque se da cuenta que estoy loco perdido y va corriendo a comprar un billete de avión? Temeroso empecé a vestirme, maldiciendo mis ideas.

Desayuné rápido en el Gran Comedor y sobre las ocho y media ya estaba en Hosgmeade. Allí no tardé ni dos segundos en aparecerme en Sicilia. Concretamente Vieste, en la cala Azzurra, una de las mejores playas italianas. Cada vez tenía más dudas, ¿cómo reaccionaría Mathilde cuando la llevara, en menos de dos segundos, a miles de kilómetros? Imaginé cómo reaccionarían mis amigos muggles… les daría un infarto, casi con total seguridad. ¿Sería buena idea? ¿Me estaría pasando de la raya? Tenía tantas dudas como rizos en la cabeza. Para empezar si se presentaría. No tenía nada que perder, porque total, si no se presentaba nadie se iba a enterar del ridículo que había hecho… a menos que ella lo fuera contando por ahí. ¿Y si se escondía en algún callejón de Hogsmeade con una amiga, y me veían llegar a las 12:30 muy nervioso y se reían de mí? Se me ensombreció la cara cuando me di cuenta que era lo más probable. En fin, en ese caso solo me quedaba volver a quedar con Drake y desahogarme sobre la crueldad femenina.

Una parte de la cala era privada, y estaba repleta de cabañas pequeñas que podían alquilarse por horas o por días. Veinticuatro horas antes había alquilado una para pasar el día entero si queríamos. No era precisamente barata, pero un día es un día, y si Mathilde no se presentaba y me dejaba con cara de tonto la verdad es que el dinero perdido era la última de mis preocupaciones.

La cabaña era como un pequeño apartamento, tenía cocina, cuarto de baño, dormitorio y un pequeño salón comedor. En cuanto entré cerré la puerta del dormitorio, pues esa habitación no me iba a servir para nada. Entré en la cocina y me hice una idea más o menos de los electrodomésticos y menaje del que disponía.

A las doce ya había pasado por supermercado más cercano, comprado varias cosas y la mitad del menú cocinado. Aprovechando que se me da bien cocinar había pensado en utilizar esa cualidad a mi favor, pero ahora me embargaba el miedo, ¿y si era alérgica a algo? ¿y si la mataba sin querer? Tenía que haberle preguntado si tenía algún tipo de alergia, o sus preferencias, o lo que sea. ¿Y si era vegetariana? Por Merlín, cada vez estaba más atacado. Todavía estaba a tiempo de comprar comida en el McDonalds… pero ahí estaríamos en las mismas ¿preferiría Big Mac o CBO? ¿Y si era más de Burger King?

Atacado perdido y con unos nervios que me moría, dejé los entrantes preparados en una bandeja en la encimera. El primer plato estaba terminando de hacerse en el horno, que programé para que se apagara cuando estuviera en su punto. El segundo plato lo terminaría cuando estuviéramos allí, al igual que el postre. Estaba que me moría de miedo.

A las 12:25 ya estaba de nuevo en la puerta de las Tres Escobas, lo mejor peinado que pude, con una camiseta negra normal y unos vaqueros. Por una vez no llevaba nada de Star Trek ni nada freak, no quería asustarla tan rápido. Mi nerviosismo era tal que sentía que iba a vomitar de un momento a otro. ¿Y si ella llegaba y le potaba encima? ¡¡Por Merlín, qué horror!
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A. Sven MorettiMuertos

Invitado el Vie Sep 25, 2015 12:06 am

Me había acostumbrado al revuelo de los búhos y las lechuzas a la hora del desayuno pero, a decir verdad, me daba cierta aprensión que pudieran hacer sus necesidades en el desayuno. Por muy entrenadas y adiestradas que estuvieran, me parecía lo más antiséptico del mundo. Aunque, a partir de la primera semana, ya ni me sobresaltaba al escuchar el revoloteo de las alas pasando tan cerca de mi cabeza. Por supuesto, nunca se me había ocurrido que una de ellas pudiera venir a traerme algo a mí, así que ni levanté la cabeza de mi tazón de cereales hasta que escuché el suave ulular de uno de los animales llamando mi atención. Cuando alzo la mirada me encuentro con un enorme búho que daba paseitos junto a mi desayuno, como impaciente. – ¿Me has traído algo a mí? ¿Seguro que no te has confundido? – Por supuesto, no me contestó, lo que si hizo fue dejarme una rosa junto a la mano. La cogí perpleja, totalmente convencida de que el animal había errado el destinatario, y nada más tocarla...

– Vaya... – Me quedé fascinada mirando la rosa hechizada. Era la cosa más bonita que había visto en mi vida. Creo que hasta tenía la boca abierta y todo mientas los pétalos iban cambiando progresivamente de color. El búho tuvo que darme varios golpecitos con la cabeza en el brazo para que reaccionara, dejara de mirar la rosa y le hiciera caso. No puedo negar que estaba ligeramente nerviosa cuando cogí el pergamino. Los ojos pasaron por las líneas, atónitos, y me llevé la mano a la boca, para contener la sorpresa y la suave risita que se me escapaba conforme iba leyendo cada palabra. La verdad, no sabría explicaros realmente mi reacción. Era una mezcla de emoción, ternura, me dio por reír, pero también se me encogió un poquito el corazoncito, no lo puedo negar. Era la tontería más estúpidamente romántica que nadie me había hecho nunca. Negué con la cabeza, mordiéndome el labio y con una sonrisa enorme, me dispuse a responder la carta. ¿Qué si iba a aceptar?  ¡Por supuesto! ¿Cómo resistirme a algo así?

El problema es que, cuando doblé el papel para dárselo al búho y le dije que se lo llevara a su dueño, el animal, ni corto ni perezoso, lo que hizo fue agarrar la rosa, dejándome con la mano extendida con la carta, y salir volando. – ¡Eh! ¡Eh! ¡No! Espera, ¡Qué ese no es! – De nada sirvió que saliera corriendo, tratando de atraparlo. – ¡Mierda. ¡No! No. No. ¡Joder! ¡Bicho idiota! ¡Por qué coño no le he mandado un mensaje, joder! – Porque estaba claro que cuando el animal llegase con la rosa y sin respuesta iba a dar por hecho que le había mandado una mierda. ¿Por qué no pueden salir las cosas bien a la primera? Garabateé una disculpa al pie de la nota y subí corriendo los chorrocientos escalones que me separaban de la torre de la lechucería. La respuesta debía de llegar antes de que se hiciera una idea equivocada. Alcancé la torre jadeando, sin aliento, y miré alrededor buscando al pájaro que pareciera más espabilado.

– ¿Y esto como se hace? ¿Le hablo? – Suspiré y le di la nota a una lechuza pequeña, parda, que abrió un ojo, luego el otro, y la cogió con el pico. – S-V-E-N. Tienes-qué-dársela-a-Sven... – Me sentía idiota hablándole a una lechuza como si fuera idiota. Y ella estaba de acuerdo conmigo porque me puse cara de meme. Sí, el meme ese con una lechuza que dice "O, RLY?" – Vale, vale. Perdona. – Me excusé con el pájaro, alzando las palmas de las manos como si me estuviera apuntando con una pistola y echó a volar. Suspirando, pasándome una mano por la frente, decidí volver al comedor. No había hecho más que llegar al pie de la escalera cuando el búho de Sven me alcanzó de nuevo, devolviéndome la rosa y poniéndome una carita de "Lo siento mucho" que rompía el corazón. – ¡No me mires así, bicho! – Chasqué la lengua y suspiré. – Va, va. No estoy enfadada. Tira. Fus. Fus. – Ni siquiera me acordé de que no había terminado de desayunar. Subí a mi cuarto y me dejé caer en la cama, boca arriba. Me dio por romper a reír y me llevé la rosa a la nariz, cerrando los ojos.

***

Uffff... ¿Qué hora era? Tenía la sensación de haber dormido siglos. Me había puesto una alarma en el móvil para que me despertase a las nueve de la mañana, pero no recordaba haberla escuchado, ni haberla parado. Me incorporé ligeramente en la cama, frotándome los ojos y quitándome el pelo alborotado de la cara. El móvil estaba... apagado. estaba apagado. ¡Se había quedado sin batería! Creía haberlo puesto a cargar por la noche. Busqué el cargador, lo conecté y lo encendí. Eran las once y media de la mañana... – Joder, soy una puta marmota. – Protesto mientras entierro la cabeza en la almohada. Espera. ¿Las once y media de la mañana? – Mierda. Mierda. ¡Mierda! – No me había olvidado de la cita, de verdad que no. De hecho, estuve la tarde del día anterior buscando qué sería lo más adecuado para ponerme. No es que tuviera mucha ropa, y prácticamente toda era ropa muy corriente. Es lo que tiene huir con lo puesto y lo que te cabe en una bolsa de deporte. Además, tampoco sabía a qué se refería con un "sitio especial". Perdón, un "sitio concreto". ¿Me tenía que arreglar mucho?

Al final lo había solucionado a mi manera. Es decir, cogiendo de la ropa seca de la lavandería algo que me pareciera apropiado. ¿Qué? ¡Pensaba devolverlo! Un top vaquero, con una falda estampada que dejaba al descubierto parte de la cintura. Y, encima, un sobretodo de ganchillo muy calado que dejé caer sobre un brazo de forma casual, enseñando el hombro. Solo esperaba no encontrarme con la dueña legítima de la ropa cuando saliera del colegio. Me duché en cinco minutos, me vestí rápido y dejé que el pelo se secase al aire, natural y salvaje como lo es él. Total, me iba a pelear con él para peinarlo y, al final, se iba a quedar como le diera la gana. Lo que sí que no me dio tiempo es a maquillarme, pero me lavé la cara tres veces con jabón para evitar que me salieran brillos. Ni siquiera me detuve a desayunar, pese a que tenía un hambre canina. Aún tenía que llegar a la puerta de las Tres Escobas y ni siquiera había pensado en cómo coño iba a llegar hasta allí. Al final, recurrí de otro clásico en mi repertorio: Hice autostop.

– ¡Sven! – Llegaba casi un cuarto de hora tarde y con la lengua fuera, jadeando de tanto correr. La mujer que me había recogido me había dejado con tiempo suficiente, pero me había extraviado por las calles del pueblo tratando de dar con el maldito lugar. El pobrecillo estaba a punto de marcharse cuando llegué. Pobrecillo. No iba a ganar para disgustos conmigo. – Lo siento. lo siento mucho. Tuve que hacer autostop para llegar aquí, y me recogió una señora muy amable, pero me dejó en una zona del pueblo que no conocía y llevo más de diez minutos dando vueltas. – Puse las manos en las rodillas, inclinándome hacía adelante y tratando de recuperar el aliento, que estaba hablando demasiado rápido y, después de la carrerita, amenazaba con ahogarme. – Me hacía mucha ilusión que todo fuera perfecto y, ¡Mírame! Llego tarde y ni me ha dado tiempo a maquillarme. Soy un desastre. – Me mordí el labio inferior y empecé a juguetear con la cadena del guardapelo, llevándomela hasta la barbilla y moviendo el colgante de un lado a otro mientras esperaba una respuesta. Era un gesto que me salía automático cuando estaba un poco nerviosa.

El look de Mathi:
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A. Sven Moretti el Vie Sep 25, 2015 11:27 pm

Soy retrasado. Creo que me paso el 80% del tiempo, si no más, insultándome, pero es que me lo merezco. ¿A quién se le ocurre hacer lo que yo había hecho? Si ya me parecía una locura proponerle quedar, no sé en qué momento mi atolondrado cerebro pensó que era buena idea liarla parda en un rincón de Sicilia. He de confesar que he visto suficientes veces películas como El diario de Noah, Un paseo para recordar o Love Story como para hacerme una idea de las cosas que le gustan a las chicas. Soy un sensiblón insoportable que llora con ese tipo de pelis, que le vamos a hacer. En fin, ¿y si me equivocaba? ¿Y si estaba demasiado influenciado por Hollywood y Disney y la realidad era bien diferente? Mis escasas experiencias femeninas dejaban claro que ellas preferían a los malotes que las tratan mal. ¿No debería haberla invitado a Puerco de Cabeza, o cómo se llame ese sitio, a tomar whisky de fuego? Eso era actitud de malote, ¿no? Pero no iba a fingir algo que no soy. Eso sí lo tenía claro, soy un freak, soy un pringado, un tonto, un retrasado, un sensiblón, pero soy auténtico.

Estaba acojonadísimo, viendo como a mi alrededor se desataba actividad. La gente entraba y salía de las Tres Escobas, había alumnos por doquier paseando y bromeando… y yo quieto en la puerta mirando expectante por todas partes. Cuando me quise dar cuenta eran ya las 12:30 pasadas. Estaba cada vez más nervioso y dándole más puntos a esa teoría de que Mathilde estaba escondida en un callejón con una amiga, riéndose de lo pardillo y tonto que soy. Me apoyé en la pared del establecimiento y miraba el suelo, deprimiéndome cada vez más conforme los segundos pasaban.

Cuando llevaba casi un cuarto de hora esperando, ya con un nivel de depresión importante, decidí irme. Ya está, lo intenté, había hecho el ridículo un rato pero no iba a seguir con cara de subnormal esperándola. Me aparecería en Sicilia, me daría un buen banquete yo solo e intentaría distraerme para no pensar en lo ingenuo e inocente que soy. Me erguí y anduve solo tres pasos cuando escuché gritar mi nombre. Mi giré hacia el origen del grito y me quedé pasmado cuando la vi. ¡Qué estaba, qué había venido! ¡No me daba plantón! En parte eso me aterrorizaba, de solo imaginarme la cara que pondría dentro de cinco minutos cuando viera lo que monté… me puse pálido de los nervios, pero traté de conservar la serenidad, o por lo menos la consciencia, iba a quedar a la altura del betún como me desmayara.

- Hola… - la saludé colorado, mientras mi mente se esforzaba por mover los engranajes. No me podía creer que hubiera venido corriendo. Escuché su explicación como si estuviera medio drogado. Vale, soy tonto del culo, confirmado, ¿por qué no le pregunté antes si sabía llegar? Yo di por hecho que sabría, porque claro, para mí las Tres Escobas era un sitio muy popular, pero ella nunca cursó en Hogwarts, por lo tanto, tampoco conocía Hogsmeade. Es para matarme. - Lo siento, pensé que sabrías llegar… las Tres Escobas es un sitio muy popular. Si hubiera sabido que no lo conocías te habría dicho otro sitio. - respondí azorado y muy colorado. No me importaba haberla esperado en Hogwarts, aunque luego tuviéramos que andar hasta Hosgmeade, ya que en Hogwarts no se puede usar la aparición. Me fijé en su ropa y si no fuera porque estaba mentalizado en que todo tenía que salir bien, hubiera salido corriendo. Digamos que... Ned Flanders no lo aprobaría. Tuve que hacer gala de todo mi autocontrol para no explotar de la vergüenza, no mirar a sitios descubiertos y concentrarme en su cara.

Casi me desmayo de verdad cuando me dijo que le hacía ilusión. Creo que eso fue lo que más me chocó y me afectó, tanto que mi rubor alcanzó tintes insospechados. Eso sí que no me lo esperaba, la verdad. No sé, no pensé ni durante un segundo que ella pudiera estar nerviosa. Es más, todo lo que mi mente pudo imaginar sobre ella era que iba a darme plantón. Teniendo en cuenta que llegó tarde porque la pobre no sabía llegar, me sentí bastante culpable por haber pensado mal.

- Lo último que pensaba era que te haría ilusión. De hecho estaba convencido de que me darías plantón. - confesé. Yo como siempre, cotorra máxima, incapaz de callar las cosas que debería. - Que hayas llegado tarde es culpa mía, soy retrasado mental no recuperable y di por hecho que conocerías la zona. Y en cuanto a lo de maquillarte no te preocupes, la belleza natural es insuperable. - me escuché hablar y casi me da un ataque al corazón. De verdad, mi tic de hablar por los codos y decir siempre lo que pienso me venía fatal en este tipo de situaciones. Otra cosa no puedo decir a mi favor, pero soy como un libro abierto. Eso no se puede discutir. - Bueno… esto… - balbuceé todavía nervioso. Si Drake me viera se descojonaría. - Espero que no te asustes mucho cuando veas donde te quiero llevar… ¿te has aparecido alguna vez? - pregunté, refiriéndome a si se había aparecido junto con alguien que supiera, claro. Suponía que no. - Agárrate fuerte a mí. Y tranquila, llevo muchos años haciendo esto, prometo que no te va a pasar nada. - aseguré, poniéndome muy colorado cuando la agarré con delicadeza del brazo.

Nos aparecimos rápido, ya que no quería dejar margen para que se pusiera nerviosa o algo ante la idea de aparecerse. Y era normal, a mí me costó lo mío aprender y tardé como un año en dejar de marearme. En menos de decir amén estábamos dentro de la cabaña que había alquilado. La miré preocupado, porque me esperaba que se sintiera mal después de la aparición, que se mareara o tuviera náuseas, algo muy normal si no estás acostumbrado.

- A ver si adivinas dónde estamos. - propuse señalando con la cabeza la ventana de la cabaña. A través de ella se veía claramente parte de la cala Azzurra y las claras aguas del Mediterráneo. - En realidad me da miedo que lo adivines, tampoco quiero que te dé un ataque o algo. O salgas corriendo, aunque no creo que puedas llegar muy lejos. O que no quieras volver a verme porque piensas que estoy como una cabra, en ese caso tendrías razón. - aseguré cavando mi propia tumba, pero es la verdad, para que mentir. - Espero que tengas hambre. - añadí antes de entrar a la cocina y dejarla en mitad del salón para que pudiera recobrarse de lo que yo suponía que debía ser un shock. El salón era bastante normalito, se notaba que era una cabaña dispuesta solo para vacaciones. Tenía un pequeño sofá, una mesita baja y una tele. Al otro lado del salón una mesa amplia con varias sillas. Afortunadamente estaba todo bien limpito, que se encontrara por ahí pelusas rodando no iba a causar buena impresión.
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A. Sven MorettiMuertos

Invitado el Dom Sep 27, 2015 9:50 am

Los colores le iban y le venían al mismo ritmo que a una instalación de navidad. Al verme aparecer se puso pálido como si acabase de ver un fantasma. No, corrijo, viviendo en Hogwarts a los fantasmas los mira con muchísima más naturalidad. ¡Hasta los saluda por los pasillos! Yo, al parecer, no me he ganado aún ese privilegio. ¿Acaso cree que no me he dado cuenta de que, cuando me ve aparecer, huye en dirección contraria? Pero solo tuve que abrir la boca para que del blanco pared pasase al rojo subido. ¡Por el amor de Dios! No puede ser bueno ese baile de sangre, le va a estallar una vena o algo así. Sinceramente, viéndole en esa actitud me pregunto cuántas cervezas tuvo que tomarse, o bajo qué clase de coacción tuvo que verse sometido como para proponerme una cita. Me provoca ternura, pero también un poco de lástima. Creo que no lo está pasando nada bien y me muerdo el labio sintiéndome un pelín culpable aunque, pensándolo bien, yo no he hecho nada para que se sienta así.

– No te preocupes. Estoy acostumbrada a desenvolverme sola. – Hago un gesto restándole importancia. Yo también podría haberle dicho que no tenía muy claro cómo llegar a las Tres Escobas. – Es sólo que a veces se me olvida que aquí no hay líneas de autobuses, taxis, y que encontrar un coche en general, cuanto ni más que se pare a recogerte, es una odisea... – Sonreí para tranquilizarle. Al final le iba a dar un infarto y yo me sentiría muy culpable, además de que se me arruinaría el plan para el sábado. Me coloco un mechón de pelo tras la oreja en un gesto absolutamente inútil, pues mi pelo es una maraña de muelles con voluntad propia que, conforme los coloco, saltan ellos solitos por donde les da la gana. Sin embargo, mis explicaciones en cuanto a las diferencias de transporte entre los mundos mágico y muggle se detienen cuando me suelta que creía que no iba a venir y no sé si ofenderme por su desconfianza o sentir lástima por su inseguridad patológica, así que frunzo el ceño y le hago un gesto con las manos para que deje de hablar. – Eh, eh. Para el carro. – Ni siquiera el piropo sobre que estaba guapa sin maquillar me había quitado de la cabeza lo que acababa de decir. – ¿Por qué no no iba a venir? Te dije que lo haría. – No me las voy a dar de santa. He mentido mucho, y lo sigo haciendo, a lo largo de mi vida, pero siempre ha sido por causa de fuerza mayor, para salvar el culo. No tenía ninguna necesidad de mentirle a él, de reírme a su consta o jugar con sus sentimientos. No soy esa clase de personas.

– ¿Aparecerme? – ¡Ay madre! Que no pensaba que me quería llevar a otro lado. O bueno, quizá si, pero daba por hecho que cuando me había citado en Hogsmeade, en las Tres Escobas, es porque quería llevarme a algún lugar de la zona. No sé, un parque que le gustase de niños o algún restaurante coqueto por el que tenga debilidad. ¿No hubiera sido más fácil citarme justo en el exterior del colegio si de todas formas nos íbamos a aparecer? Este chico es muy raro, pero me encanta. – No, nunca me he aparecido. No dejo de estrenarme contigo. – Aquello se va a convertir en una costumbre. Parece que voy a conocer todas las bondades del mundo mágico de su mano. No diré que no me da cierta cosa cuando me coge del brazo, así que me agarro a él apoyando mi mejilla contra su hombro y cerrando los ojos. Pero siempre he sido una mujer temeraria, y aventurera, y ese vértido que siento en el estómago cuando voy a probar algo nuevo y potencialmente peligroso me vuelve loca. – Uno... Dos... – Dejo escapar un grito cuando noto como si un gancho me agarrase del estómago y tirase de mí. Siento como si el mundo girase a mi alrededor a una velocidad vertiginosa, pero solo es un segundo, porque antes de que termine de gritar, mis pies tocan el techo.

Ah no, no es el techo, es el suelo. Pero la habitación da vueltas tan rápido que, si no llega a ser porque Sven me está cogiendo de la cintura, hubiera dado de bruces contra el suelo seguro. Creo que no me había sentido tan mareada desde que me subí a una moto de espaldas, atada a Dante con un cinturón, y encabritó la moto dejando mi nariz a un palmo del suelo para después recorrer varios metros a todo gas de esa guisa. A eso añádele las ingentes cantidades de cerveza que me había pimplado y una cena más bien escasa. Pues esto era peor. Mucho peor. – Creo que voy a vomitar. – Anuncio, rompiendo la magia del momento, pero por suerte logro mantener mi dignidad y el contenido de su estómago en su sitio, bendiciendo mentalmente que por mi pereza crónica no me hubiera dado tiempo a desayunar, si no si que hubiera sido perfecto el inicio de la cita por las narices. – L-lo siento... Falta de costumbre. – Cierro los ojos y apoyo la frente en el pecho de Sven, dándome unos segundos hasta que el universo decide pisar el pedal del freno y estarse quietecito. Su pregunta me llega a los oídos cuando me he apeado de mi tiovivo particular.

Alzo la mirada y miro a mi alrededor. Al parecer es un apartamento sencillo, tipo loft. ¿Será su casa? No, ni de coña, demasiado atrevido. – ¿En una madriguera hobbit? – Lo digo porque las paredes son redondas y el techo bajo, pero justo entonces reparo en las enormes ventanas que rodean casi todas las paredes, mostrando unas inigualables vistas a... – ¡¿Eso es el mar?! – Mi voz ha sonado chillona, mucho más aguda de lo que es normalmente. Y no es para menos. Salgo corriendo, en efecto, pero no para huir, si no para pegar la cara a los cristales de las ventanas, como las palmas de las manos. – No me lo puedo creer. ¡No me lo puede creer! ¡¡Es el mar!! – Debo parecer una niña histérica a la que sus padres le acaban de decir que van a llevarla a Disneyland. No. ¡Esto es mucho mejor! A riesgo de parecer idiota, corro hacía la puerta y salgo al exterior. Me recibe una bocanada de brisa salada que me revuelve el pelo y me hace gritar de júbilo. Corro hasta la barandilla de la pasarela, asomándome hasta sacar medio cuerpo fuera. ¡La casa flota encima del agua!

Pero no me quedo quieta, salgo corriendo hasta alcanzar la arena y los pies se me hunden en el suelo. Ni corta ni perezosa me quito los zapatos y dejo que la arena caliente se cuele entre mis dedos. Me agacho para coger un puñado de arena entre mis manos, que se filtra por los recovecos y el aire me arranca, dispersándola alrededor. ¡Es la sensación más maravillosa del mundo! – ¡Sven! – Grito como una loca mientras entro de nuevo a la cabaña, descalza y alborozada, y le agarro de la mano para arrastrarle detrás de mí hasta la playa. ¡Una playa! ¡Una playa de verdad! Está desierta, la arena es dorada, las aguas azules y limpias y las vistas son las maravillosas que he visto nunca. Cuando consigo sacarlo hasta la arena, le suelto y corro hasta la orilla, cogiéndome la falda para que no se moje. Dejo escapar un gritito de sorpresa y me río cuando una ola me moja los pies y empiezo a chapotear. Estoy eufórica, hiperactiva, y lo demuestro corriendo de nuevo hasta Sven y arrojándome a sus brazos, abrazándole con fuerza y cogiéndole el rostro entre las manos para dejarle un beso en los labios. No es un beso lujurioso, es solo un derroche de entusiasmo.

– Nunca había visto el mar...

A todo esto. ¿Dónde estamos?
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A. Sven Moretti el Lun Sep 28, 2015 10:35 pm

Casi me muero cuando la vi llegar. La verdad, no sé qué sería peor para mis nervios, sí que se presentara o que me dejara plantado. Cualquiera de las dos opciones tenía consecuencias imprevistas. Me quedé sin saber qué decir cuando me preguntó que por qué pensaba que no iba a ir. Parecía que no le había hecho gracia mi arranque de sinceridad, y no la culpaba de ello. Visto lo visto me sentía mal por haber pensado así, pero si hubiera estado seguro de su asistencia no sería yo.

- Pues… supongo que lo pensaba por experiencia… las mujeres suelen pasar de mí sistemáticamente, tengo un don para eso… - balbuceé incómodo. Había empezado con muy mal pie. Mi rubor se intensificó bastante con aquel “no dejo de estrenarme contigo” que soltó. No sé si lo hacía aposta o que yo soy demasiado mal pensado, pero sonaba de una manera… me iba a explotar la cabeza. Tenía que tranquilizarme. O me tranquilizaba o iba a acabar en la enfermería, y no precisamente para trabajar.

El contacto tan próximo con ella también me producía nerviosismo, pero logré controlarlo y concentrarme para aparecernos. No era mi método de transporte favorito, pero teniendo en cuenta a dónde íbamos era el único posible. La sensación de vértigo y de fuerte presión en todo mi cuerpo duró solo un segundo, pero un segundo desagradable. Si para mí seguía siendo algo muy desagradable y lo había hecho mil veces, no me quería imaginar cómo le sentó a Mathilde. La miré con preocupación cogiéndola de la cintura porque intuía que se iba a caer.

- Hay un baño entrando en el pasillo a la derecha. - le dije indicando con una mano el pequeño pasillo que comenzaba al final del salón, por si lo necesitaba. - No te preocupes, yo la primera vez vomité tres veces y pasé toda la noche en la enfermería. La primera vez que conseguí hacerlo bien, claro… las otras… mejor no te cuento qué pasó porque vas a vomitar de verdad. - me callé justo a tiempo, no creía que fuera el momento más adecuado para hablarle de las desparticiones.

Parecía que se le estaba pasando poco a poco el mareo, y para distraerla le señalé las ventanas para ver si averiguaba dónde estábamos. No creía que fuera a hacerlo a menos que conociera la geografía de Italia, y no lo creí probable. Se puso tan histérica que durante unos segundos me quedé hipnotizado mirando como se pegaba a los cristales y le daba un ataque de felicidad. Parecía que le encantaba la playa, a lo mejor antes de trabajar en la biblioteca de Hogwarts trabajaba de marinera. Me recordó a mí mismo cuando veía algo de merchandising de Star Trek que no tenía.

- Me alegro de que te gust… - empecé a decir justo cuando salió rápida y veloz por la puerta. Atónito, me dirigí a la cocina a sacar al menos los entrantes. Revisé que el horno estaba apagado, y estaba a punto de abrirlo cuando escuché como Mathilde gritaba mi nombre y como entraba a toda velocidad de nuevo a la cabaña. Me arrastró fuera y yo me dejé llevar, fascinado por tanta alegría. La vi entrar a la orilla del agua y reírse cuando se le mojaron los pies. - Fascinante. - murmuré observando su euforia, imitando a mi querido Spock, ya que era su coletilla habitual tanto en las series como en las películas. Y la verdad es que era fascinante, debía ser marinera como mínimo, jamás había visto a nadie con ese nivel de histeria por estar en la playa. La vi correr de nuevo hacia mí como una loca y antes de que pudiera reaccionar me había metido un abrazo de tales dimensiones que casi me ahoga. Pero eso no era nada, lo peor es que justo a continuación me agarró la cara y me besó. ¡Me besó! Mis niveles de rubor llegaron a tal extremo que si le digo que soy el cangrejo Sebastián reencarnado se lo cree. En esos momentos lo único que podía describir mi cara era un what the fuck brutal. Estaba flipando en colores, en blanco y negro y en sepia. - De-debe… deberías controlar tu euforia si no quieres que acabe desmaya… desmayado… - balbuceé mirándola fijamente y tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir. No, mejor no. Mejor no lo asimilaba, porque si lo hacía no era ella la que saldría corriendo. Sería yo. Estaba tan aturdido que apenas pude entender lo que me estaba diciendo. Cuando mi cerebro asimiló la información, se atontó más todavía. Creo que en Mathilde en secreto pretendía atontarme hasta que todo mi cuerpo no pudiera más y explotara en una mezcla de rubor y aturdimiento. - ¿Cómo que nunca habías visto el mar? ¿En serio? - pregunté tontamente, ya que me lo acababa de decir. Pero me parecía demasiado raro. No sé, es el mar, no una extraña variedad de setas mutantes. - Y yo que pensaba que por tu reacción tenías que haber sido marinera antes de trabajar en Hogwarts. - comenté, dándome cuenta ahora de lo tonto y raro que sonaba. Mirándolo en retrospectiva, entendía entonces esa euforia, quizás lo había visto en foto, le gustó pero nunca pudo verlo. Pero se me hacía tan raro… - Es extraño… no sé, es la playa, es algo muy común… ¿nunca has ido de vacaciones? - pregunté con mi usual vena cotorra. - Aquí venía a menudo cuando era pequeño, pasábamos las vacaciones en una cabaña como esta, pero bastante más grande. Soy el menor de cuatro hermanos, y casi siempre se apuntaban mis tíos y primos, así que imagínate lo que se montaba para organizarnos. - conté nostálgico, intentando no deprimirme. Hablar de mi familia siempre me resultaba difícil, hacía ocho años que no tenía noticias de ellos. Sabía que mi padre seguía vivo porque de vez en cuando salía en la televisión muggle haciendo alguna declaración sobre política. Y ese era el máximo contacto que tenía con los míos. La tele. - Oye, ¿quieres que me aparezca en un momento en el pueblo más cercano y te compre un bikini para que puedas bañarte? - pregunté totalmente en serio, ya que no me importaba lo más mínimo si a ella le gustaba tanto el agua. - Bueno, o ahora o después de comer, cuando quieras. - agregué expectante. Llego a saber que le gusta tanto el mar y alquilo un yate. Bueno, no, la verdad es que un yate se saldría de mi presupuesto. - Por cierto, si tienes alergia a algún alimento, o aborreces alguno o lo que sea dímelo… que soy retrasado y no he caído en que debería haberte preguntado antes de cocinar nada. - añadí apesadumbrado, pensando en lo muy cortito de reflejos que soy. Agaché la cabeza avergonzado por mi escasa inteligencia, ¿cómo pude caer en Ravenclaw? El Sombrero Seleccionador se equivocó conmigo fijo. Estaba colorado (para variar) y observaba mis zapatillas de deporte repletas de arena como si fuera lo más interesante del mundo. Volví a levantar la vista acojonado. ¿Y si a ella le daba apuro decírmelo y le ponía en el plato algo que odiaba?
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A. Sven MorettiMuertos

Invitado el Jue Oct 01, 2015 7:45 pm

De verdad que no era mi intención matarle de un infarto, ni de un sobresalto. Pobrecito. Supongo que llevar tanto tiempo junto a una persona tan arrolladora, tan intensa como lo era Dante no me deja ser del todo consciente de que puede que otras personas necesitan ir más despacio. Yo llevo toda la vida huyendo, corriendo, viviendo tan al límite y ahora me cuesta echar el freno. Aunque hay algo en la calma, en la tranquilidad y en la seguridad que me ofrece Sven que me hace sentir bien, no puede cambiar de la noche a la mañana ese chip en la cabeza que me grita todo el tiempo "Corre. Estate alerta, Vive tanto como puedas porque puede que mañana ya no estés aquí." Llevo demasiado tiempo sintiendo que mi vida es una carrera a contrarreloj y, ciertamente, creo que necesitaba que alguien como Sven apareciese para ponerme un alto. Me he perdido tantas cosas... Tantas cosas sencillas, corrientes. Tantas cosas buenas. – Lo siento. Me... Me he emocionado. A veces soy un poco impulsiva... No pretendía incomodarte. – Me disculpo por el beso. Es la primera vez en la vida que me disculpo por dar un beso.

Sven no entiende nada. No me entiende a mí, y es normal. Creo que es incapaz de seguirme el ritmo, al menos por ahora. ¿Cómo podemos ser tan diferentes? En la enfermería me había dado la sensación, por la historia de sus padres, de que teníamos mucho en común. Pero en realidad nuestras vidas se han desarrollado años luz la una de la otra. Somos como la noche y el día, sobre todo por nuestros caracteres. ¿Y sabéis qué? Eso me encanta. Si yo a él le dejo perplejo con cada una de mis salidas de tono, él a mí me tiene fascinada. Jamás podría esperar que alguien me preparase algo así con una intención tan noble. Porque apenas conocía a Sven, pero estaba convencida de que no tenía la más mínima intención de aprovecharse de mí. Cualquier otro hubiera tratado de impresionarme con su dinero para llevarme a la cama, pero no creo que él sea ni consciente de lo que me impacta tanta generosidad. Para él es... normal. Sólo quiere hacerme sonreír. Es su única pretensión. ¿Cómo podía alguien entregarse tanto de una forma tan desinteresada?

– ¿De vacaciones? – Sonrío, con cierta ternura, y algo de tristeza. – Anda, ven. – Me siento en la arena y le cojo de la mano, instándole a sentarse a mi lado, mirando el mar, y apoyo la cabeza en su hombro. – Me crié en un orfanato, Sven. No hubo vacaciones para mí. Había un profesor, el profesor Salvin. Él... Él fue mi padre. Me cuidaba, me reñía, se preocupaba para que estudiase, me hacía regalos en mi cumpleaños... Sencillos, porque no tenía mucho dinero. Pero para mí eran los mejores regalos del mundo... Pero no podía sacar a una niña menor del orfanato para llevarla de vacaciones, por muy nobles intenciones que tuviera. Él solía decirme que, cuando fuera mayor para poder marcharme sola, me llevaría a conocer el mar... – Tuerzo la cabeza para mirarle y me muerdo el labio. – En el orfanato me gustaba mucho leer. ¿Sabes? Era mí... forma de evadirme. Sobre todo los primeros años. Era la manera de vivir otras vidas, vidas fantásticas fuera de aquellos muros. Y mis favoritas eran las historias de piratas. Sobre todo "La Isla del Tesoro." Yo no quería ser médico de mayor, ni veterinaria, como las otras niñas. Yo quería ser pirata. Salir del colegio, montarme en un barco y no volver jamás. Recorrer el mundo, vivir aventuras... Para mí el mar simbolizaba la libertad. ¿Sabes? Toda esa inmensidad, tan indómita, sin dueño, sin fronteras, sin prejuicios... – Trago saliva y cojo aire, soltándolo en un suspiro, volviendo a apoyarme en su hombro para mirar el horizonte.– Pero el profesor murió antes de que pudiera cumplir su promesa y digamos que yo no supe aceptar bien que volvieran a abandonarme, quedarme sola... – Jugueteo con los dedos de los pies en la arena, contemplando como se entierran y se desentierran. – Salí del orfanato tan pronto como pude, con la idea de buscarme la vida y ahorrar lo suficiente para irme a vivir a alguna ciudad pequeñita al lado de la playa... Pero las cosas no me fueron... Bien. La realidad nunca es tan fácil y tomé muchas malas decisiones de las que realmente me arrepiento... – Me encojo suavemente de hombros y me aparto los rizos de la cara con un gesto pausado.– Nunca pude ver el mar... Una vez lo sobrevolé, pero una señora gorda que se sentaba junto a la ventanilla tenía la cortina cerrada porque quería dormir, así que ni siquiera pude verlo desde el avión. – Le expliqué, tratando de quitarle hierro a la conversación. Aunque no sabía si era para que él no se sintiera incómodo o para que a mi no me dieran ganas de llorar y sintiera la necesidad de marcharme corriendo. – Hasta que un guapo enfermero ha decidido hacerme este regalo... – Le sonrío agradecida y le acaricio la mejilla. – Estar aquí significa mucho para mí, Sven...

Ahora siento que todo está bien. Para mí el mar era mucho más que algo bonito que me gustaría conocer. Era mi meta, el símbolo de una vida tranquila y sencilla. Me inclino un poco hacía adelante para abrazarme las rodillas y contemplar como se forman las olas en la orilla, como se rizan y rompen en un montón de espuma. Me quedo ausente un momento, pensando que no hay cosa más hermosa, ni sonido más tranquilizador que ese, hasta que la voz de Sven me saca de mi ensimismamiento. ¿Pero cómo puede existir una criatura tan adorable? me echo a reír, divertida por su ofrecimiento, y le miro con picardía, alzando una ceja. – Así que el señor enfermero se cree capaz de ir a comprarme un bikini y acertar con mi talla de sujetador y de braguitas. Sin que yo me lo pruebe. – Entrecierro los ojos. – Eso es muy atrevido... ¿me has estado espiando? – Bromeo, no puedo evitarlo. Me encanta cuando se ruboriza, cuando se pone nervioso y se aturulla. Sería capaz de comérmelo a besos. Aunque eso solo lo podría más nervioso y empezaría un círculo vicioso. – No te preocupes. No es necesario. Llevo ropa interior. – Le aseguro con naturalidad como si no llevarla fuera una opción. Y lo cierto es que lo es para mí.

– No te insultes. – Le regaño frunciendo el ceño y me giro para mirarle de nuevo. – Nadie se ha tomado nunca tantas molestias por mí. Y nadie ha cocinado nunca para mí. Has pensado en tantos detalles preciosos... Lo que estás haciendo es mucho, muchísimo más de lo que me esperaba. – Niego con la cabeza y sonrío. – No lo entiendes. ¿Verdad? Ni siquiera te imaginas cómo se ve todo esto para mí. Nadie me ha dado nunca nada sin pretender sacar algo. Nunca. Y a ti todo te parece poco... Pero para mí es un mundo. No puede ser más perfecto. – Sonrío y entrelazo mis dedos de las manos con los suyos. – Todo lo que cocines estará bien. ¡Por el amor de Dios! ¡Creía que me llevarías a tomar una cerveza! No soy remilgada con la comida. No me puedo permitir esas cosas... Y no tengo ninguna alergia. Al menos que yo sepa. Relájate. ¿Vale? Y disfruta. Y aunque te equivocases con algo, que lo dudo, no pasaría nada... Ni siquiera sé cómo voy a poder agradecerte todo esto. Ahora me siento mal porque yo no tengo nada para ti.
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A. Sven Moretti el Vie Oct 02, 2015 10:06 pm

Fascinante. Pocas veces en mi vida me había sentido tan Spock, incapaz de expresar una emoción que no fuera a través de la palabra “fascinante”. Era fascinante. Su histeria y felicidad al ver el mar, sentir la arena y el agua… la felicidad y emoción que transmitía Mathilde era fascinante. Me quedaba embobado mirándola, mientras las conexiones de mis pobres neuronas no llegaban a entender como a una persona puede darle tal ataque de histeria por ver una playa. Supongo que cada uno tenemos nuestras pasiones, y si a mí me daría un ataque de miocardio si tuviera delante a Leonard Nimoy (descanse en paz, sagrado ídolo y octava maravilla del universo) pues a ella le da con la playa.

Le pregunté si nunca había ido de vacaciones, una pregunta más bien tonta porque incluso antes de que me respondiera ya imaginaba la respuesta. Me sentí un poco idiota cuando me senté a su lado en la arena, imaginando que podía haberla puesto triste por mi pregunta. ¿Tan complicado me resultaba cerrar la boca? Escuché lo que me contaba, sobre que la única persona que la cuidó fue un profesor, y sobre su sueño de ser pirata y vivir en libertad. ¿He dicho ya que es fascinante?

- Lo siento. - respondí cuando dijo que ese profesor murió. Tampoco sabía muy bien que decir, y parecía que le tenía cariño a ese hombre. - Al menos tenías a alguien que se preocupara por ti, aunque no fuera tu padre biológico. Creéme, eso ya es mucho. - me negaba a ponerme (más) melodramático, pero a mí me hubiera gustado sentir algo de cariño por parte de mi familia. De nada servían sus grandes y abultadas cuentas en el banco si luego me miraban con asco y desprecio por ser mago. Siempre tuve grandes carencias afectivas, pero maduré pronto y conseguí apañármelas solo. Puedo parecer un niño en el cuerpo de un adulto, que en cierta manera lo soy, pero también aprendí demasiado pronto lo que es el abandono. Y mejor dejaba de pensar en eso. El Sven cotilla que estaba en mi interior estuvo a punto de preguntarle cuáles eran esas malas decisiones, pero un segundo antes de abrir la boca me di cuenta de que no era buena idea. Quizás decidiera ella contármelas cuando tuviéramos más confianza, y si no era asunto suyo. La verdad es que eso de controlar mi vena cotorra me estaba costando la vida. Me puse tremendamente colorado cuando me acarició la mejilla, pero eso tampoco era novedad. - No me imaginaba que te fuera a gustar tanto. La verdad es que pensaba que ibas a salir corriendo despavorida, no sé, entiendo que si no estás acostumbrada a la magia y en un pestañeo cambies de estar en Hogsmeade a estar aquí pues resulte chocante. - supuse, todavía colorado. Si le parecía chocante no lo sabía, pero igualmente no resultaba importante ya que el cambio le había encantado. Por lo menos hay algo que he hecho bien.

Me ofrecí para ir a comprarle un bikini, ya que le gustaba tanto el mar… pues querría bañarse, ¿no? Me puse coloradísimo cuando me preguntó si la había estado espiando. Bueno, si espiar es verla de lejos y esconderme detrás de una columna, pues sí. La estuve espiando.

- Bueno, por mi trabajo he tenido que ver muchas mujeres en ropa interior y soy el típico amigo al que te llevas de compras. Como el amigo gay de las pelis, pero sin ser gay. No soy gay. Que conste en acta. - asentí enérgicamente, porque lo que me faltaba ahora es que dudase de mi sexualidad. - Y algo se aprende. Por ejemplo, sé que la talla del sujetador en realidad no es el número, es la letra. Si tienes una 90 D significa que el contorno de tu espalda mide unos 90 centímetros, pero que el tamaño de pecho es la D, o sea la copa. Y va de A a E, ¿no? La A la más pequeña y la E la mayor. ¿Ves? Algo sé. - expliqué muy feliz, sintiéndome orgulloso de mis conocimientos sobre lencería femenina. En realidad no sabía si lo que estaba diciendo era totalmente cierto, pero por lo menos era aproximado. Y para ser tío demasiado sé, caray. - Me voy a poner igual de colorado viéndote en bikini que en ropa interior, pero… no será blanca, ¿no? Porque te veré las partes pudendas. - pregunté preocupado, creo que no estoy mentalmente preparado para ver a una chica bañarse en la playa con ropa interior blanca y ver como se le transparenta todo. - Aparte, necesitarás otra ropa para cambiarte cuando te bañes, si no te puedes resfriar. - insistí de nuevo preocupado, aunque en esos momentos hiciera buen tiempo, seguramente el agua estaría fría. Y estar todo el día con la ropa interior fría no debía ser muy cómodo.

Debo tener algún problema mental no identificable o algo, porque no era normal que hubiera tardado tanto en caer en la cuenta de que Mathilde pudiera tener una alergia, o simplemente aborreciera algún alimento. Y es normal. Yo puedo estar un mes entero sin comer que me pones un plato de espinacas y te lo tiro a la cara. No quiero ver eso ni muerto. Aprovechando que siempre se me dio bien la cocina preparé un menú bastante variado, y ahora me daba cuenta de que podría ponerle en el plato algo que fuera mortal. Había visto tantas películas en las que sale alguien alérgico a los cacahuetes y se muere por comer algo que estuvo en contacto una milésima de segundo con algún cacahuete… ¿y si pasaba algo parecido? Me acojoné bastante y le pregunté por el tema. Su respuesta era fascinante. De nuevo todo me parecía fascinante. Me daba un poco de penita lo que me contaba, la verdad. No sé, para mí tampoco estaba haciendo nada del otro mundo, vale que llevarla a la playa y cocinarle no fuera el plan más normal cuando apenas conoces a otra persona pero tampoco es taaaan raro, ¿no? O eso quería pensar. Me puse tremendamente colorado cuando entrelazó sus dedos con los míos, pero a estas alturas ya no podía sorprenderla mucho.

- No es para tanto… no he hecho nada del otro mundo. No tienes que agradecerme nada, si lo he hecho es porque he querido. No quiero espantarte, y tengo una facilidad innata para espantar a las chicas. Será porque soy demasiado freak. ¿Conoces Star Trek? - supongo que pedir que fuera trekkie era demasiado, pero con que le sonara yo ya sería feliz. - Pues me encanta. Soy un trekkie de corazón. - dije con solemnidad, haciendo el saludo vulcano con la mano que no me tenía cogida. - Mi casa está repleta de pósters y merchandising de Star Trek, si te hubiera llevado allí habrías salido corriendo fijo. - aseguré, mientras se me bajaba un poco el ánimo. - No soy el típico tío cañón con cierta picardía y chulo. Soy más bien el pringado freak que ve a las mujeres como extraterrestres y que teme cagarla en cuanto da un paso. No iba a llevarte a beber whisky de fuego a Puerco de Cabeza, o como se llame ese sitio tan siniestro de Hogsmeade. Te mereces mucho más que eso, y no me supone ninguna molestia cocinarte. De hecho me encanta cocinar. - como siguiera hablando de mí en esos términos era cuando de verdad iba a salir corriendo y pensar que soy gay como mínimo. Pero bueno, no se puede decir que no sea sincero. Auténtico soy, tendré mil defectos pero soy como soy, un libro abierto. Nunca engaño. - Y si encima me cuentas que nadie ha hecho nada bueno por ti, pues más motivos me das para intentar que estés a gusto. Por cierto, estamos en Italia. Sicilia, más concretamente. ¿A qué se viaja rápido con magia? - esperaba que no le diera un ataque del susto, pero en algún momento se lo tendría que decir. - Si te apetece más tarde te puedo llevar a Florencia, sus helados no tienen comparación con los del resto del mundo. Son insuperables. Soy de allí, por cierto. ¿A qué no parezco italiano? - pregunté orgulloso, no sé por qué pero me hace ilusión no parecer lo que soy, soy así de tonto, me entusiasmo con cualquier tontería. Físicamente podía parecerlo, aunque fuera cogido con pinzas, pero mi perfecto acento británico siempre engañaba. Soy como un camaleón.
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A. Sven MorettiMuertos

Invitado el Mar Oct 06, 2015 1:21 am

– No he pensado, ni un solo segundo, en salir corriendo despavorida. – Le confieso, riendo suavemente y volviendo a mirar el mar de nuevo, acurrucándome contra él, con la cabeza en su hombro, poniendo a prueba si es tan atrevido como para rodearme el cuerpo con un brazo o se va a limitar a estarse quieto como una estaca con el temor de meter la pata si me toca. El contraste con Dante y con el pirata ex-convicto es tan grande... Ellos eran de los que metían mano primero y preguntaban después. – Es más, no me he sentido tan segura en mucho tiempo. – Me gusta el cambio. Es agradable no sentir la sensación de peligro constante en el estómago y poder ser simplemente yo, sin miedo a perder una batalla que sé que estoy librando aunque no entienda cómo ni cuándo ha empezado. – No sé si chocante es la palabra. Lo encuentro más bien... Fascinante. – Ladeo ligeramente el rostro para mirarle a los ojos, siendo consciente de lo cerca que quedan nuestros labios al hacer eso y sonrío. – Todo lo relativo a la magia me resuelta tan... Bueno, tan mágico. Es fascinante.

La conversación adquiere un tinte más frívolo y relajado, más divertido, y agradezco un poco el descanso emocional. – No pondría jamás en duda tu sexualidad. – Aseguro riendo y alzando las manos como si me estuvieran apuntando con un arma. No estoy muy acostumbrada a abrirme con nadie, a mostrar mis sentimientos o hablar de mi pasado. Y aunque, por alguna razón que aún no termino de comprender, Sven me incita a liberarme, a expresar mis emociones, necesito un respiro. Como cualquier ejercicio que no se practica con regularidad, el esfuerzo resulta agotador. Y yo, desde luego, soy un paquete emocional. – Vaya. Vaya. Tenemos a todo un experto en lencería femenina, ¿No? – Le doy un golpecito cariñoso en el hombro con el puño cerrado y me río de nuevo ante la siguiente ocurrencia. – ¿Qué clase de médico eres? ¿Nunca has visto las "partes pudendas" – Enfatizo las comillas con las manos porque me parece muy graciosa su actitud. – de ninguna paciente? – Me parece increíble que sea capaz de diferenciar radicalmente ambos conceptos. Creo que debe de ver a los pacientes como quien examina el motor del coche, despojados de toda posible sexualidad, si no, no me lo explico. – ¿Y quién se pondría ropa interior blanca para ir a una cita? – Me río de nuevo, y solo espero que no piense que me río de él. En realidad me parece muy tierno. Ojalá hubiera más hombres como él. A las mujeres como yo nos iría mucho mejor. – Siempre puedo bañarme desnuda. – Le provoco con naturalidad, solo para ver cómo se ruboriza de nuevo, encogiéndome de hombros. – Así tendré la ropa seca.

La verdad es que, como cita, bañarse desnudos en la playa al atardecer suena realmente especial. Pero creo que deberían alinearse los planetas para que ocurriera algo así, al menos hoy. Le acaricio la mano entre las mías para darle algo de seguridad cuando me confiesa sus temores a la hora de tratar con las chicas y, de nuevo, me parece el chico más maravilloso y dulce sobre el planeta. – ¿Te cito a Spiderman en la enfermería y piensas que voy a salir corriendo porque a ti te guste Star Trek? ¿Qué clase de mujer crees que soy? – Alzo la ceja y le pellizco en el pliegue del cuello, emulando el pellizco vulcano, aunque en realidad me estoy echando un capote porque solo he visto las nuevas y siempre he sido mucho más de superhéroes, de Star Wars o del Doctor, pero toda mujer tiene derecho a mentir un poquito para impresionar a un chico en su primera cita. ¿O no? – A mi me encanta como eres, Sven. – Respondo con seriedad. – Desde el primer momento. Me he visto en demasiados problemas por esos "tíos cañón chulos" de los que hablas. – Inconscientemente me llevo la mano al guardapelo del unicornio que llevo siempre al cuello. – Me prometí que nunca más iba a dejarme enredar por alguien que no me respetara.

Italia. Estamos en Italia. Abro los ojos como platos y miro alrededor con cierta sorpresa. No sé por qué me sorprende más saber que hemos cambiado de país que la idea de que pudiera ser cualquier playa de la isla, aunque el clima tan cálido me debería haber dado un indicativo de que ya no estábamos en Gran Bretaña. – ¿Italia? ¿En serio? Vaya... Siempre he querido viajar... – Y de repente se me abre un mundo de posibilidades. – ¡Sí! ¡Llévame a Florencia! ¡O a Paris! No. No. A Egipto. ¿Puedes ir a cualquier parte? – Digo acelerándome de nuevo. Ni siquiera el saber que voy a tener que pasar de nuevo por el desagradable trance de aparecerme empaña mi entusiasmo, que manifiesto gesticulando con las manos más de la cuenta. – Una selva... En África. ¡Me encantaría ver la selva! ¡O un desierto! ¡No entiendo como los magos no estáis viajando todo el día! ¡Hay tantas cosas maravillosas por ver! Tenemos que hacer un planning para la próxima vez. Quiero ver la Gran Muralla, y el Taj Majal... Ese tipo de cosas que el resto del mundo apenas puede ver una vez en la vida... No. No. Mejor sin planning. Prefiero cerrar los ojos y tratar de averiguar dónde me llevas. ¡Oh, Sven! – Cojo aire y suspiro, mordiéndome el labio y resistiendo las ganas de besarle de nuevo, aunque estoy segura de que pueden verse mis intenciones a kilómetros y con las luces apagadas. Pero no quiero incomodarle.

– ¿Puedo confesarte algo? – Pregunto cuando consigo serenarme de nuevo. – Yo también tengo miedo de que huyas. No soy la chica que crees en tu cabeza... – Y creo que si llega a descubrir lo que soy en realidad, su interés se esfume. A todas luces soy la clase de mujer de la que toda madre advierte a sus hijos. Desde luego, estoy años luz de la clase de mujer que se merece. Yo sólo puedo traer problemas a su tranquila y sencilla vida. Pero como siempre, me falla el valor para ser sincera, o para poner remedio antes de que sea tarde y niego con la cabeza, restándole importancia.  – Vaya dos patas para un banco nos hemos juntado... – Bromeo mientras me levanto de la arena y me sacudo la ropa con las manos, todo para no mirarle a los ojos y arriesgarme a que descubra que lo que hay detrás es mucho más que las típicas inseguridades cuando conoces a alguien nuevo y esperas que pueda llegar a ser algo más. – ¿Comemos? No me ha dado tiempo a desayunar y tengo un hambre voraz. Y no creo que te haga especial gracia que te pueda dar un bocado. – Me río. – Y ya sabía que eras italiano. En la puerta de la consulta aparece tu apellido, doctor Moretti. – Le guiño un ojo y me muerdo el labio con picardía, acariciándole el puente de la nariz con mi dedo índice. – ¿Me hablarás un poquito en italiano? Me parece un idioma de lo más sugerente...
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A. Sven Moretti el Miér Oct 07, 2015 3:32 am

Me ponía muy nervioso que tuviera contacto físico conmigo, que se acurrucara contra mi cuerpo y sentir el calor del suyo. Provocaba que me quedara quieto como una estatua y que, por supuesto, me ruborizara. Me encantó que usara la palabra “fascinante” para describir la magia, era algo tan Spock… ¿sería trekkie? No, eso sería pedirle demasiado a la suerte.

Expuse orgulloso mis conocimientos sobre lencería femenina, entusiasmado por poder demostrar que algo de mujeres sé, aunque sea solo teórico y no sirva de mucho, a menos que vaya a regalarle un sujetador por su cumpleaños. Y ni sé cuándo es su cumpleaños ni sería capaz de regalarle ropa interior, pero igualmente me sentía orgulloso. Soy así de tonto.

- Eh… pues sí. Cuando hice las prácticas en la universidad tuve que curar a una chica que le salieron verrugas… ahí abajo. - confesé, apabullado. - Eran verrugas verdes con boca y ojos, y todo… me recordaban un montón a las plantas carnívoras. - le expliqué para que se hiciera una idea. - Muy desagradable, pobre chica. Pero bueno, forma parte de mi trabajo, no sé, no le doy importancia. Tengo amigos que me dicen “anda que no te hartarás de ver tetas” y yo me quedo con cara de póquer porque si veo tetas no me fijo en ellas, me concentro en el bienestar de mi paciente y en que se solucione su problema. - comenté, era algo que veía lógico, pero mis amigos veían de tonto. Creían que por ser sanador ya tengo que ir metiendo mano a todas las chicas que se me crucen. Me puse muy colorado cuando se rió al comentar yo la posibilidad de que llevara ropa interior blanca. Normalmente soy retrasado, pero creo que en ese momento lo estaba siendo a su máximo exponente. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? - ¿Y por qué no? - pregunté desconcertado. No entendía que tenía que ver el color de la ropa interior con lo que vas a hacer en el día. Me quedé pillado durante unos segundos, y con cuidado y también con vergüenza, levanté un poco la parte superior de mis vaqueros. - Yo traigo bóxers de Los Minions. - conté. Cuando me vestí esa mañana lo último en lo que me fijé era en que ropa interior cogía. - Sí, me gustan Los Minions, lo confieso… Tu le bella comme le papaya. - agregué con una sonrisa tímida una frase muy típica del idioma minion. Si en ese momento no salía corriendo despavorida no podría salir después. Era el máximo de idiotez al que alguien como yo puede llegar. Bueno, mejor no tentar a la suerte y a mi idiotez. Casi me da algo cuando dijo de bañarse desnuda, haciendo que me subieran los colores hasta un nivel nunca visto antes. - Puedes hacerlo. Pero avísame para no mirarte y respetar tu privacidad. - añadí, queriendo cambiar de tema radicalmente. No quería hablar de desnudos, sería demasiado para mi pobre presión sanguínea.

Tengo muchos defectos… pero la falsedad jamás será uno de ellos. Le conté cabizbajo y avergonzado mis dudas y problemas con las chicas. Creo que a esas alturas ya se había dado cuenta que no soy el típico chulo con picardía que a todas las vuelve locas, pero nunca está de más explicar cómo realmente soy. Mejor pronto que tarde. Casi me da un infarto de felicidad cuando al contarle que soy fanático de Star Trek, ella emuló el pellizco vulcano. La miré de hito en hito, con los ojos como platos y tan emocionado que me iba a morir de felicidad.

- ¿¿¿Eres trekkie??? ¡Ay, por el sagrado nombre de Leonard Nimoy! ¡Cómo seas trekkie me caso contigo! - no me di cuenta de lo que decía hasta que era demasiado tarde. Me ruboricé y negué con la cabeza varias veces. - Perdón, perdón, perdón. Pero ay, me emociona tanto, es tan complicado encontrar una chica que sepa siquiera de lo que hablo cuando me emociono y hablo de Star Trek… ay, se me ponen los pelos de punta. - afirmé de manera dramática y emocionada. A pesar de mi ingenuidad, inocencia y mis grandes dosis de frikismo, ella me dijo que le encantaba como era. Eso elevó un poco mi autoestima, que la verdad, le hacía falta, siempre estaba en el subsuelo. - Nunca he entendido esa manía femenina de preferir al chulo antes que al bueno. Es verdad que estoy generalizando, sé de chicas que huelen a un chulo y salen corriendo, pero no sé… es lo que veo. - confesé con sinceridad, intentando no herir sus sentimientos teniendo en cuenta lo que me acababa de contar. No iba a decirle “si algunos chulos te dieron problemas, ¿para qué te fijaste en ellos?” porque cada persona tiene su historia, sus razones y sus problemas. A lo mejor esos chicos la trataban de maravilla al principio y luego todo se torció. - Pero bueno, lo importante es que te dieras cuenta. Espero que no lo pasaras muy mal. - añadí con pena y con mi vena sentimental en alza.

Se quedó de piedra cuando le conté que estábamos en Italia, pero no hizo amago de salir corriendo, lo que para mí era un gran alivio. De hecho se emocionó tanto que empezó a soltar una larga de sitios donde le gustaría ir, y parecía tan entusiasmada que temía que volviera a besarme. Pero afortunadamente no pasó, y acabé riéndome con su momento de histeria turística.

- Supongo que estamos tan acostumbrados a poder aparecernos donde nos dé la gana que apenas reparamos en el hecho de que podríamos viajar todos los días. Aparte… no es un sistema demasiado fiable. Quiero decir, no te va a pasar nada, tranquila, pero hay otros sistemas de viaje como la Red Flú  o los trasladores que solemos usar más a menudo. Yo mismo no suelo aparecerme. La Red Flú es un sistema de chimeneas, puedes viajar de una chimenea a otra, y los trasladores son objetos normales que cuando los tocas te llevan a un lugar concreto. - expliqué rápidamente, porque imaginaba que no tendría ni idea de lo que le estaba hablando. - Lo que pasa con la aparición es que tienes que saber hacerlo a la perfección y no puedes distraerte mientras te apareces. Si hubiera perdido la concentración por una millónesima de segundo, puede ser que mis piernas se hubieran quedado en Hosgmeade y el resto de mi cuerpo hubiera aparecido aquí. O que directamente nos hubiéramos aparecido en la India o en Jerusalén. No todos los magos pueden aparecerse, hay que pasar un examen y todo. - le conté, volviendo a mi usual vena cotorra. Me quedé muy sorprendido cuando me dijo que ella también temía que yo saliera corriendo y que no era tal y como yo pensaba. No sabía muy bien cómo interpretarlo, así que supuse que sería solo una exageración suya. - Venga ya, ¿por qué dices eso? Mientras no te desnudes de repente y te tires encima mía intentando violarme prometo no salir corriendo. - aseguré, con mi habitual rubor al hablar de temas para mayores de 18. Si lo hiciera estaba claro que saldría corriendo, no soy de esos que van metiéndola por doquier.

Asentí ante la idea de comer, porque yo ya estaba empezando a tener hambre y tenía que ultimar cosas en la cocina. Me levanté y me sacudí la arena de la ropa, poniéndome (otra vez) colorado hasta las trancas cuando me acarició la nariz diciendo que el italiano le parecía un idioma muy sugerente.

- No es la primera vez que me dicen eso. A mí no me gusta, la verdad. Supongo que influirá que prácticamente me he educado en Londres, pero cuando hablo en italiano me siento mafioso. Pero mejor no hablo muy alto, que estamos en Sicilia… - medio bromeé, era bastante conocida la mafia siciliana. De hecho tenía un pariente muy lejano que estaba muy metido en esa mierda, pero era tan lejano que ni le conocía. Entramos en la cabaña y yo me dirigí directamente a la cocina. - ¿Qué vas a querer beber? - le pregunté ya en la puerta. Había comprado agua mineral y cocacola, pero no tenía mucha idea de sus gustos, así que bien podría transformar una de esas botellas en algo que le gustara.

En la cocina cogí directamente la bandeja de entrantes, con mucho cuidado. La dejé encima de la mesa y miré bien durante unos segundos si estaba todo correcto. En la bandeja había tres hileras de unos cinco o seis canapés, de sabores variados. Había de tomate y anchoas, de atún, de jamón y queso, y de champiñones con huevo duro. Traje también un bol de ensalada césar, algo sencillo para no llevar demasiado el estómago con lo que viene después.

- No te asustes, que esto son solo los entrantes. No te vas a quedar con hambre. - le prometí, volviendo a entrar en la cocina. Iba a coger los cubiertos, las bebidas y las servilletas.
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A. Sven MorettiMuertos

Invitado el Jue Oct 08, 2015 9:31 pm

Me lo comería. Es tan auténtico. Le dedico una sonrisa traviesa con los ojos brillantes. – Porque no te pones ropa interior blanca si crees que pueda pasar algo. – No sé, a mi me parece muy obvio. Salvo que sea de encaje o algo así, y eso queda muy de novia, la ropa interior blanca es como de niña pequeña. No es la opción más sexy si prevés, o esperas, tener relaciones. ¿No? En mi caso, no llevaba el conjunto más sexy del mundo, desde luego, pero no, no era blanco. Cuando me enseña el elástico de sus calzoncillos no puedo por menos que romper a reír. ¡Pero cómo puede ser tan mono! Lo miro casi alucinada, sonriendo. Es la primera vez en la vida que me encuentro con alguien como él. – Potakino lo patata. – Le respondo. Al menos me ha dicho que soy guapa, aunque sea en minion, pero me lo ha dicho. Empiezo a pensar que, realmente, ni siquiera le gusto. Solo le caigo bien. No estoy acostumbrada a que ningún hombre me rehuya el contacto del modo en que él lo hace. Y está claro que cuando planeó esta cita no pensó, ni siquiera de casualidad, que pudiéramos acabar en la cama. Lo cual es extraño porque la velada lo sugiere, mires por donde mires. – Mi idea era que nos bañásemos juntos. Si tu quieres, claro. – Nada, está claro que, aunque no sea gay, no tiene el más mínimo interés en mí.

Adoro su entusiasmo. Lejos de asustarme por ese "me caso contigo", a mi me da por reír. – No creo que se me pueda considerar "trekkie"... – No le quiero decepcionar, pero una cosa es ver un par de películas, y otra muy distinta es ser un fan como lo es él. – Pero he visto algunas películas... Bueno... eh... Solo las últimas. – Hago una mueca exagerada de "Lo siento, perdóname la vida", antes de romper a reír de nuevo. Si dicen que reír rejuvenece, cuando vuelva al colegio esta noche voy a tener que pedirle al director que me matricule con los de primero. – Pero te voy a hacer una proposición indecente... ¿Qué te parece si nos vemos por la noche en el colegio cuando los pequeñuelos  se vayan a dormir y vemos juntos las películas? Así podrás "culturizarme". ¿Te gustaría? – Es un plan de adolescentes, total y absolutamente, pero creo que podría ser divertido. Además, ya me ha quedado claro que su idea de diversión no es irse a coger una borrachera al pub más de mala muerte que exista en el Londres Mágico. Que parece ser que es ese de los puercos. Nota mental: Tengo que ir a ese bar y tengo que probar el whisky de fuego. Ese nombre promete.

"Espero que no lo pasaras muy mal...", dice.  Ay, criatura, si yo te contara... Pero no es el momento, ni el lugar, ni me apetece darle a Dante más espacio en mi cabeza del que ya se apropia habitualmente. Así que solo sonrío y cambio de tema. Además, ahora Sven parece más relajado conmigo. Habla más, se ríe, y se ruboriza un poco menos. No quiero estropearlo. Si le hablo de Dante y le da por compararse, va a ver que son años luz el uno del otro y, con lo inseguro que es, dudo poder convencerle de que él es infinitamente mejor. Estoy segura de que Sven no sería capaz de hacerme una cabronada semejante a la que me hizo él. – ¿Me estás diciendo que podemos acabar desmembrados cada vez que nos aparecemos? Qué bien... – Y en mi cabeza no es algo guay y anecdótico que puede fácilmente revertirse con la magia. En mi cabeza se acaba de proyectar una desagradable escena que no desentonaría lo más mínimo en medio de la saga SAW. – ¿Y cuánto dices que sacaste en ese examen?

No es que no me fíe de él, que ya me he aparecido y creo que estoy entera, aunque me miro los dedos de los pies como si quisiera confirmarlo. pero no sé, eso del examen... También se hace un examen para conducir un coche, pero en un coche no corres el riesgo de dejarte las tripas fuera cada vez que vas de viaje. – Los magos sois muy raritos. – Le confieso mientras echamos a andar hacía el interior de la cabaña de nuevo. – La cosa nostra... – Fuerzo un exagerado acento italiano más falso que los billetes de monopoly y hago el típico gesto de sacudir la mano, con el brazo flexionado hacía arriba y las yemas de los dedos juntos. Porque todo suena más italiano con ese gesto, no sé por qué. Probad a hacerlo y decir algo como "peperonni" o "tuttifrutti". Lo cierto es que tengo muchas muchas ganas de escuchar a alguien hablar italiano de verdad. Quiero decir, fuera de las pelis claro. Porque Dante solo tenía de italiano el nombre y la cara dura que se gastaba, por lo demás era más yankee que las hamburguesas del McDonald. – Lo que hayas traído estará bien. Yo no entiendo qué vino pega con cada comida y cosas así. Nunca he sido muy de cosas finas. Así que estaría bien que me enseñara a comer como una señorita todo un cocinero italiano...

No bromeo. Estoy hablando en serio, con tono jocoso, pero en serio. ¿Cómo pude pensar siquiera que alguien tan detallista, amable y educado como él pueda siquiera fijarse en una macarra como yo? Cada vez tengo más claro que esto no es una cita ni pretende serlo, que simplemente le dio pena mi historia de niña abandonada y perdida y está intentando que no me sienta tan fuera de lugar. Debo de ser algo así como "la buena obra del día". Me acerco a la cocina para ayudar al menos a poner la mesa, es lo mínimo que puedo hacer. – ¡Huy qué cosa tan bonita! – La bandejita está colocada con mucho gusto, con los pequeños canapés como comiditas de la muñeca Barbie. Si él se fascina con cualquier cosa yo, que parece que me acaben de traer de la selva, debo de ser todo un espectáculo. – La verdad es que soy un bastante comilona. – Digo teniendo el descaro de robarle uno de los canapés de la bandeja mientras la tiene en la mano. No me podía resistir a probarlos. – Aunque no lo parezca por el cuerpo de lagartija que tengo. Oye, esto está buenísimo. – Le digo mientras busco dónde están los cubiertos para cogerlos yo y voy hasta el salón, distribuyéndolos por la mesa. – Oye, Sven. ¿Por qué haces todo esto?
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A. Sven Moretti el Mar Oct 13, 2015 11:05 pm

Creo que no podría describir la cara que se me quedó con aquel “no te pones ropa interior blanca si crees que puede pasar algo”. Era una cara entre sorpresa, incredulidad y miedo. Ahora sí pillaba la relación que tenía la ropa interior con los planes para el día, pero me daba mucho miedo esa respuesta. ¿Significaba que ella tenía intenciones de…? No creía que fuera a saltar encima de mí para violarme, pero aún así la miré con cautela. El confesar que llevaba bóxers de los minions me distrajo un poco de mis malos pensamientos, pero de nuevo volvieron cuando me dijo que quería que nos bañásemos juntos.

- Eh… no traigo bañador. - me excusé, si trajera me daría una vergüenza tremenda pero supongo que sería capaz de bañarme con ella. Pero no en bóxers, porque se me notaba más el paquete, y mucho menos desnudo, porque ahí no es que se me notara el paquete, es que me lo veía. Casi me da un infarto de felicidad cuando ella dio motivos para que yo pensara que era trekkie, pero luego reconoció que solo había visto las últimas películas. - ¡Bueno, conoces al menos algo del universo trekkie! Eso ya me hace feliz. - agregué sonriente. Escuché su propuesta y asentí varias veces, más feliz que una perdiz. - ¡Me encantaría convertirte en trekkie! Pero aviso que soy muy pesado y me emociono demasiado cuando veo las películas. - no quería que saliera corriendo cuando alabara el sagrado nombre de Spock por vigésima vez consecutiva. El que avisa no es traidor.

Su histeria turística y la larga lista de sitios que quería visitar me hicieron mucha gracia. Le expliqué el motivo por el que los magos no estamos todos los días viajando, y los peligros de los transportes mágicos. Personalmente prefería usar la Red Flú o un traslador, pero estaba claro que en situaciones como aquella no me servían. Por eso me saqué el permiso de aparición, aunque no lo usara mucho pero estaba bien tenerlo. Te podía sacar de más de un aprieto. Reí cuando me preguntó preocupada cuánto saqué en el examen.

- No va por nota, eres apto o no apto… no te preocupes, si se hace bien no pasa nada. Yo tuve esa clase de accidentes cuando iba a clases de aparición, antes de poder examinarme, y aunque es desagradable se puede revertir sin problemas. - le expliqué para tranquilizarla. No añadí que si nos ocurriera habría que ponerse en contacto con el Ministerio de Magia y se montaría todo un espectáculo, vi bastante innecesario asustarla más.

Entrando en la cabaña Mathilde hizo el típico gesto de unir los dedos y decir algo en italiano con un acento híper forzado. Me hizo reír, aunque me consta que a la mayoría de los italianos eso les da bastante coraje. A mí simplemente me da igual, no sé, es como si una portuguesa se enfadara por el mito ese de que todas las portuguesas tienen bigote. La gente se enfada por muchas tonterías. Paz y amor y el plus para el salón. Al preguntarle qué quería beber, volví a reír con su respuesta. La verdad es que tenía puntos bastante graciosos.

- Siento decepcionarte, pero me gusta cocinar a lo tradicional. No soy un pseudo-cocinero que te ponga un pelín de comida en un plato enorme con un montón de florituras. Yo tampoco tengo idea de vinos. He traído agua y cocacola, pero si te gusta alguna bebida en especial puedo conseguirla. - expliqué, aclarando que tampoco soy el típico chef pijo que monta un restaurante donde te cobra hasta por respirar. Una cosa es que me encante cocinar y otra que entienda de protocolo y esas cosas. De pequeño me inculcaron el tema de para qué usar tal y cual tenedor o cuchillo, pero se me olvidó tan pronto como lo aprendí.

Me asusté cuando irrumpió en la cocina con la intención de coger los cubiertos, gesto que le agradecía, pero podía fijarse en lo que iba a ser la comida propiamente dicha. Sabía que era una tontería, pero me hacía ilusión sorprenderla, aunque eran platos bastante corrientes. No sé, yo me ilusiono con lo más tonto.

- A mí me pasa igual, como muchísimo y no engordo. Tendré buena constitución o yo que sé, porque la verdad es que deporte, lo que se dice deporte… - me encogí de hombros sonriente, mientras dejaba la bandeja en la mesa junto al bol de ensalada. Se supone que si haces deporte no engordas, pero yo no hacía nada de nada. - Cuando iba a Hogwarts jugaba en el equipo de quidditch de mi casa, y los entrenamientos eran duros. Pero ahora el máximo deporte que hago es ir de la enfermería al Gran Comedor, y del Gran Comedor a la enfermería. Debería hacer algo de ejercicio, pero es que me da una pereza… - todos los trabajadores relacionados con el tema de la salud se pasaban la vida sermoneando sobre la importancia del ejercicio físico y de una dieta equilibrada, así que resultaba bastante irónico que mi deporte favorito fuera el sofing. Cogí el agua y la cocacola, ya que los vasos y los cubiertos los había ya repartido Mathilde. Me senté y estaba a punto de echarme cocacola en mi vaso cuando escuché su pregunta. La miré con el ceño fruncido, porque me sonaba a pregunta con trampa y a la vez tampoco sabía muy bien cómo contestarle. La miré indeciso, moviendo nerviosamente mis pies. - No entiendo muy bien a qué te refieres. ¿Hubieras preferido ir a tomar whisky de fuego al sitio siniestro de Hogsmeade? ¿A qué te refieres? - pregunté con miedo, echándome cocacola en el vaso y cogiendo el primer canapé. La miraba con miedo sí, pero también con expectación. Una oleada de nerviosismo empezó a invadirme todo el cuerpo, ¿estaba haciendo algo mal?
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A. Sven MorettiMuertos

Invitado el Vie Oct 16, 2015 7:58 pm

Desde que habíamos entrado en la cabaña, y bueno, desde los comentarios en la playa, me había quedado claro que no quería tocarme ni con un palo. No es que me importase, para nada, que un chico hiciera cosas por mí sin esperar llevarse ese tipo de recompensas, pero una cosa era no querer aprovechar la situación y otra muy distinta el no tener el más mínimo interés. Qué queréis que os diga, mi estilo siempre ha sido más el de saltar encima y violarlo. No literalmente, claro. Pero que siempre he sido lanzada en ese aspecto. Bueno, lo era con Dante, que mi lista de amantes ni siquiera tengo claro que pueda ser llamada lista. Y yo ni lo voy a negar ni lo voy a ocultar. Sven me gusta. Es guapo. Es divertido. Es dulce y encantador. Es totalmente diferente al resto de hombres que se me han acercado con anterioridad. No sé, no me espero que sea de los que te llevan a la cama en la primera cita, ¿pero bañarnos? Es algo que puedes hacer con un amigo. ¿No? Pero no sé que me esperaba cuando ni siquiera le ha gustado que le coja la mano.

Decido mantener las distancias para no incomodarle y me responde sobre las bebidas mientras coloco los cubiertos en la mesa. ¡Bien! Realmente me iba a sentir un poco incómoda y fuera de lugar si me hubiera preparado una cena de postín y esperaba que yo fuera a comportarme como una señorita. En fin, he robado de la lavandería a una alumna del colegio la ropa que llevo puesta. No podéis esperar milagros. – Mejor así. Ya te digo que tengo demasiado estómago para finuras. Pero que sepas que esos canapés ya me parecen una comida de riquillos. – Dejo escapar una pequeña risita y dejo dos copas frente a cada plato, una para el agua y una para la bebida. – Coca-cola estará bien. ¡Madre mía! No sé lo que tienes ahí adentro. – Digo señalando con la cabeza. – No voy a mirar, tranquilo. – Por si se creía que no me había dado cuenta del sobresalto cuando he entrado a por los cubiertos en la cocina. – Pero huele de maravilla. – No lo estaba diciendo por decir, realmente llegaba un aroma de los más agradable que me recordó el hambre que tenía. Lo mío con la comida es un problema.

Me siento en la mesa cuando Sven coloca las bandejas, colocándome la falda para no arrugarla mucho y le tiendo la copa para que me la llene. – A mi si me gustan los deportes. Practicaba kick-boxing, pero llevo sin hacer nada desde que llegué al Mundo Mágico, aunque me gustaría recuperarlo. Pero lo cierto es que no sé dónde lo puedo practicar o con quién. – En cuanto me habla del quidditch tiene mi atención pendiente con los cinco sentidos. Él es un fan de Star Trek, pero yo adoro los deportes, y más cuando son deportes intensos, incluso agresivos. No había visto todavía un partido de quidditch, pero sí había escuchado a los muchachos hablar sobre ello en el colegio y había ojeado algunos libros al respecto en la biblioteca. De hecho, ya me había informado sobre la temporada de la escuela y estaba deseando que empezaran los entrenamientos. – ¡Ay, quidditch! Me he informado mucho en la biblioteca y estoy deseando ver un partido. ¡Me parece tan emocionante! ¿Por qué dejaste de jugar? A mi me encantaría... – De repente, me cruza una idea por la cabeza.Bastante ridícula, de hecho, pero en ese momento me parece la mejor del mundo. – Sven... ¿Crees que yo podría jugar?

Pero la conversación amena y distendida deja paso, de nuevo, a la tensión. Mi pregunta ha caído sobre Sven a plomo, como un puñetazo. No hay que ser muy perspicaz para verle nervioso e incómodo, desde el ceño fruncido al movimiento involuntario de su pierna. Aparté la mirada y la centré en la ensalada, pinchando un trocito de tomate y llevándomelo a la boca, pero lo volví a dejar en el plato sin probarlo cuando le escuché decir semejante tontería. ¿En serio pensaba que no me estaba gustando aquel plan o es que estaba mareando la perdiz para no contestarme? – No digas tonterías, Sven. Por supuesto que no preferiría ir a beber whisky a Hogsmeade. – Ahora la que estaba seria era yo. No me gustaba que me trataran con condescendencia, o con lástima, y desde luego era lo que pensaba que estaba haciendo Sven con toda esta puesta en escena: tenerme compasión. Desde luego, esta era la cena de los idiotas. Yo no sé quién se llevaba la palma de los dos. – Has entendido mi pregunta, Sven. No creo que vayas invitando a cenar a una playa en Italia a todas las mujeres que pasan por tu enfermería. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué conmigo? – Aprieto los dientes y aparto la mirada, jugueteando con el tenedor con el tomate, llevándolo de lado a lado del plato. – No me gusta que nadie me tenga lástima. No te conté lo de mis padres en la enfermería para despertar tu compasión yo... Creía que hacías esto porque te gustaba.

¿Cómo puedo ser tan idiota? El médico y la fugitiva. ¡Por el amor de Dios! Ni Hollywood tendría manera de hacer que eso funcionara, así pusieran a Anne Hathaway en mi papel.
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A. Sven Moretti el Vie Oct 16, 2015 11:42 pm

A mí ese rollito a lo chef moderno de poner una pizca de comida rimbombante en un platajo enorme súper bien decorado no me iba. Prefiero un bocata de chorizo antes que eso. Me gusta cocinar, pero a lo contundente, y la verdad es que me hizo gracia cuando me dijo que no tenía idea de vinos. Ni yo. Mis conocimientos de vino se limitaban al que me hicieron tomar en la comunión, y porque mi familia es católica. Que ahora que lo pienso debería apostatar, soy ateo por la gracia de Spock.

- Pues son los entrantes más simples que se me ha ocurrido. - comenté sorprendido cuando me dijo que le parecía comida de ricos. Mi vena cotorra empezó a preguntarse en serio dónde habría comido Mathilde antes para que le parecieran pijos unos canapés. Me aseguró que no cotillearía la comida, algo que me alivió. A ver, el primer plato era un simple pollo con patatas rellenas de atún, pero me hacía ilusión sorprenderla.

Al sentarnos comenzamos a hablar de deportes, y yo confesé que el único ejercicio que hice en mi vida fue jugar al quidditch. Que conste que los entrenamientos eran horriblemente duros, pero de eso hacía más de ocho años. Mi deporte favorito era el sofing. Escuché como ella me contaba que practicaba kickboxing y la verdad es que no me sorprendió. Me la podía imaginar practicándolo sin ningún problema.

- Te pega bastante el kickboxing. No creo que haya academias ni nada especializado en el mundo mágico, aquí si necesitas defenderte vas corriendo a coger la varita. Hay clubs de duelo y ese tipo de cosas - le conté, cogiendo un par de canapés a la vez - pero nunca he escuchado que se enseñe kárate o boxeo… pero vamos, en vacaciones puedes apuntarte en alguna academia para practicar, ¿no? En Londres debe haber a patadas. Academias o donde sea que se practique eso, que yo tampoco tengo mucha idea. - confesé. En el mundo mágico dudaba que encontrara algo, pero no entendía qué problema pudiera tener por ir al Londres muggle de vez en cuando. Mi vena cotorra, esa que está siempre en alza, recordó aquello que me dijo en la enfermería sobre que no podía volver al mundo muggle. Esa afirmación se me hacía rarísima, pero me controlé para no sacarle el tema. Si ella quisiera explicármelo en algún momento sería porque realmente quería, no para saciar mi vena cotilla. No me parecía justo. Bebí un trago de cocacola mientras ella emocionada me preguntaba por el quidditch. - Pues… dejé de jugar porque en la universidad no se organizaban partidos. Por lo menos cuando yo iba. Y no sé, alguna que otra vez organizábamos partidos entre colegas pero no es lo mismo. Todavía tengo por ahí guardado mi bate de golpeador y mi escoba. - conté en modo nostálgico, como un veterano de Vietnam te cuenta cómo era la guerra. Qué trágico soy. Escuché su pregunta a mitad de masticar otro canapé y fruncí un poco el ceño, pensativo. La verdad es que no lo sabía. - Pues yo diría que sí porque para jugar no necesitas utilizar magia, solo agilidad y saberte las normas. La escoba es un objeto encantado, así que… supongo que sería igual que si usaras un traslador o un giratiempo. El que produce la magia es el objeto, no tú. Aún así tampoco te lo puedo asegurar… eres la primera squib que conozco. - añadí apesadumbrado. Era mi opinión, pero no estaba seguro de si sería posible, y no quería tampoco darle falsas esperanzas si luego resulta que me estoy equivocando. Parecía tan ilusionada con jugar al quidditch… ojalá mi suposición fuera cierta.

Me quedé inmóvil y tenso cuando me preguntó el por qué estaba haciendo lo que hacía. No entendía la pregunta, pero lo único que se me venía a la cabeza es que estaba haciendo algo mal. Algo estrepitosamente mal. Me puse nervioso y le pedí que me lo aclarara, expectante. Estaba tan seria que se me formó un nudo en el estómago: ya está, había metido la pata hasta el fondo. Con lo bien que parecía ir todo y la había cagado. Un aplauso para mí. Sin embargo lo que más me dolía era que no tenía ni la más remota idea de en qué me había equivocado. Negué con la cabeza, tenso, cuando ella aseguró que entendí su pregunta.

- No la he entendido, te lo digo en serio. No tengo por qué mentirte. - añadí, yo también serio. En mi caso era por los nervios y por la tensión de no saber en qué fallaba. Mientras lo soltaba me fui quedando cada vez más inmóvil, hasta parecer una piedra. Una piedra con rizos y cara de retrasado. La verdad, de todas las ideas disparatadas sobre posibles cagadas mías, lo que decía Mathilde era lo último que se me podía haber ocurrido. Para mí no tenía ni pies ni cabeza. - Si me dieras lástima te hubiera invitado a una cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas, no hubiera montado todo esto. No sé qué te hace pensar que no me gustas, pero te equivocas. - sentencié, más serio y soso que un día sin pan. Cuando me di cuenta de lo que acababa de decir miré al bol de ensalada cogiendo con el tenedor, intentando controlar el rubor que me iba a convertir en competidor de los propios tomates de la ensalada. Comí dándome cuenta que mis intentos eran fallidos: estaba más colorado que los tomates. Pero bueno, ahora no puedo ir atrás en el tiempo. -  Sea lo que sea lo que te hace pensar eso, me gustaría que me lo dijeras. Si hago algo mal quiero saberlo para poder rectificar, y la verdad, no tengo ni la más remota idea de por qué piensas que no me gustas. De verdad de la buena. Odio los malentendidos, así que por favor, explícamelo. No te cortes. - pedí, y después de toda ese discurso, bebí un trago de cocacola y cogí otro canapé, intentando controlar la vergüenza que sentía. La verdad es que estaba sorprendido de que hubiera sido capaz de hablar con tono serio y adulto. A lo mejor es una pista de que todavía tengo salvación. Sin embargo ahora vendría lo peor… ¿qué sería aquello con lo que la había cagado tanto como para que pensara que le tenía lástima?
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A. Sven MorettiMuertos

Invitado el Sáb Oct 17, 2015 1:30 am

La situación se estaba poniendo intensa, y sentimental, y seria, y yo no llevaba bien ninguna de aquellas cosas. Ahora es el momento en que, normalmente, me cargaría de razones y huiría dando un portazo, haciendo oídos sordos a cualquier explicación, por razonable que pudiera resultar, porque era más fácil salir corriendo que asumir que me afectaba porque me estaba implicando de una forma emocional, que estaba empezando a crear un vínculo con alguien. Soy una cobarde, y después de que Dante me destrozara no sé si tengo fuerzas suficientes para sufrir de nuevo. Pero no puedo huir, porque no puedo salir de Italia corriendo, y porque lo voy a tener que seguir viendo en el colegio y porque no quiero arruinar la única oportunidad de volver a ser feliz. Ahora no tengo nada, solo una habitación en Hogwarts y la amabilidad de Sven, y aunque lo hiciera por compasión y solo fuera a quedarme con las migajas, en ese momento era lo único de mi vida que merecía un poquito la pena.

Aparto la mirada y no pruebo bocado. Me gustaría decir que no tengo los ojos brillantes, inundados de lágrimas, pero sé que no es cierto. Y me maldigo a mi misma por ser tan idiota. ¿Cómo he podido ilusionarme otra vez? Me llevo la mano al cuello, donde llevo el guardapelo del unicornio que, supuestamente, debía recordarme las consecuencias de confiar en la gente. Pero el problema no estaba en Sven, sé que él no me haría daño. El problema está en mí, que parece que no sepa estar sola, que me las doy de chica dura, e independiente, pero en realidad soy tan niñata idiota y enamoradiza como las que recorren los pasillos del castillo riéndose como estúpidas cuando las mira el chico popular. Supongo que quería demostrarme, o demostrarle a Dante, que podía seguir adelante sin él, que no me había marcado tanto como para no poder ilusionarme de nuevo, con otra persona infinitamente mejor que él. Pero igual es que he aspirado demasiado alto y los "Dantes" es lo único que me merezco, los chulos prepotentes que me inviten a whisky barato en un bar de mala muerte.

Y lo peor es que me siento mal por él, porque sé que se está agobiando y que está pasando un mal rato con esta situación. Yo no sé lidiar con mis sentimientos porque me cuesta expresarlos, y él parece que se le desbocan, se le desbordan y lo arrastran. La cosa más insignificante le parece un mundo. Casi me dan ganas de fingir que me pongo a reír y decirle que es una broma para que no pase tanto apuro. Pero sé que no me creería y lo cierto es que quiero conocer la respuesta. No le devuelvo la mirada hasta que me dice que sí que le gusto, y parece tan ofendido como ruborizado solo porque haya dudado de ello. Y lo cierto es que no entiendo nada. No entiendo su actitud. Y me hace sentirme estúpida. La he cagado. Ahora he sido yo la que la ha cagado hasta el fondo. LA habitación parece enfriarse unos grados y tengo miedo. ¿Habrá modo de solucionarlo? Si yo fuera él, si hubiera hecho algo así por alguien y me lo pusieran en duda, ya le habría tirado una copa a la cara y lo hubiera dejado plantado.

– Sven... yo... – ¿Qué le digo? Podría probar con la verdad para variar. – No has hecho nada mal. Al contrario. Y ese es el problema. – Niego con la cabeza. – No. No. No. No quiero decir que me parezca un problema. – Me bebo la copa de agua de un trago solo para organizar mis ideas, porque cada vez que abro la bocaza sube el pan. Suspiro y me armo de valor para intentar desenmarañar el amasijo de dudas, prejuicios y reticencias que llevo dentro y poder ser sincera con él. – No estoy acostumbrada a que ningún hombre lo trate como lo estás haciendo tú. Y supongo que he confundido el respeto con desinterés. Sven... ¿Por qué iba a gustarte? Mírate. Eres un chico maravilloso, eres guapo, inteligente, eres dulce, educado... ¿Y yo? ¿Qué soy yo? Solo una chica inculta que no tiene donde caerse muerta, que no acabó los estudios, que causa problemas allí donde pisa. No me sé comportar, no tengo buen carácter, y el ancla que llevo a la espalda es demasiado grande... – Me seco la mejilla porque, esta vez sí, no he podido evitar derramar una maldita lágrima furtiva. – Tu no eres del tipo de persona que se fija en el físico. Y no te he dado nada más para merecerme tanto interés por tu parte. Tantos detalles... Yo solo te puedo hacer sufrir. Y prefiero agarrarme a cualquier malentendido para alejarte que reconocer que simplemente tengo miedo, Sven. Porque sé que te vas a dar cuenta tarde o temprano que no soy la chica que te mereces.
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A. Sven Moretti el Lun Oct 19, 2015 11:12 pm

De un momento a otro la atmósfera de la habitación cambió, y lo peor es que yo no sabía por qué. Ella pensaba que le tenía lástima y que no me gustaba, y podía jurar por toda la tripulación de la Enterprise que no tenía ni idea de por qué lo pensaba. Soy horriblemente torpe con las chicas, nací así y moriré siéndolo, de ahí que quizás hubiera cometido un error imperdonable y ni siquiera me hubiera dado cuenta. Era probable. Por eso le pedí que por favor me lo explicara, y no creía que le estuviera pidiendo nada del otro mundo. Odio las típicas películas pseudo dramáticas-románticas donde todo gira alrededor de un malentendido muy tonto que se podría haber solucionado al principio de la peli con hablarlo cinco minutos. Si hice algo mal cuanto antes me entere mejor, así podré solucionarlo y todos felices.

Pero no parecía ser tan fácil. Daba la impresión de que iba a romper a llorar de un momento a otro, y eso lo empeoraba todo. Mi error debió ser gigantesco, algo que no me podría perdonar en siglos si le afectaba de esa manera. Esperaba que me lo explicara con miedo, tensión, expectación, y una multitud de sensaciones prácticamente nuevas para mí.

Si no fuera por la situación tan tensa que estábamos viviendo, me hubiera quedado mirándola con la boca abierta y los ojos como platos cuando por fin consiguió empezar a explicarme el meollo de la cuestión y dijo que no estaba haciendo nada mal. ¿Entonces? ¿Qué es lo que estaba pasando, lo que le había sugerido a ella que podría tenerle lástima? Decidí callarme y mirarla lo más inexpresivamente posible, sin probar bocado, y deseando entender. Y cuando ella consiguió por fin dar rienda suelta a lo que pensaba, me quedé completamente atónito. A cada palabra que pronunciaba más pasmado me quedaba y supe que estaba hablando totalmente desde el corazón porque cuando una persona es 100% sincera, se le nota. Y a eso hay que añadir que no se me escapó la lágrima que se secó. La primera palabra que vino a mi mente fue “inseguridad”, y si todo se basa en que Mathilde era una persona muy insegura, podía entenderla. Si la pobre supiera lo que le costó a Drake convencerme para que le pidiera quedar… sin embargo hubo otras cosas que me desconcertaban. Como que no hubiera terminado los estudios, se considerase inculta, dijera que llevaba un gran ancla a la espalda… pero lo que más me desconcertaba era que dijera que no es la chica que me puedo merecer. Era un cúmulo de cosas que no entendía. No entendía absolutamente nada. Aún así, tenía la intuición de que me ocultaba muchas cosas y que todo se basaba en ese ancla que decía llevar, porque para empezar, no era normal ese tema de que no pudiera volver al mundo muggle. Yo soy una persona tremendamente abierta cuando empieza a parlotear, pero entiendo que no todo el mundo es igual, y que por lógica no quisiera contarme su pasado y sus problemas. Pero en este caso creía que lo necesitaría.

- No soy nadie para pedirte que me cuentes nada. Hay algunas cosas que me intrigan de ti, como que no puedas volver al mundo muggle. Eso concretamente me parece rarísimo, y tengo la intuición de que tiene que ver con el ancla que dices llevar, ¿me equivoco? - era una pregunta que no tenía por qué ser contestada, pero tendría sentido que tuviera razón. Por una vez en mi vida creía tener razón. - Como decía, no soy nadie para pedirte que me cuentes ese ancla, pero creo que te vendría muy bien para quitarte de encima esas inseguridades y desahogarte. Porque te aseguro que son solo inseguridades, me da igual que no terminaras los estudios o que tengas mal carácter. Eso no tiene ni la más mínima importancia. Y en cuanto a eso de que no eres la chica que me merezco, creo que debería ser yo quien decidiera con quien quiere juntarse y con quien no. - razoné, y mientras me escuchaba no me podía creer lo que salía de mis labios. Si parezco adulto y todo. - Sacar la mierda afuera es la mejor terapia psicológica que se me ocurre. Y te juro que no voy a salir corriendo, me cuentes lo que me cuentes. Y si decides no hacerlo, que se te grabe igualmente en la cabeza que no saldré corriendo. - aseguré convencido, volviendo a picotear la ensalada y cogiendo uno de los pocos canapés que quedaban. No se me ocurría nada, pero nada, que hiciera que Mathilde me espantara. Bueno, si fuera miembro de una secta satánica que corta el pene de los hombres que tienen alrededor pues mira sí, un poco de miedo me daría. Pero no creía que fuera algo tan random.
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