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Encuentros inesperados || Magnus K. Brooks (Flashback)

Invitado el Vie Oct 02, 2015 6:00 pm

De aquel día no pasaba de ir a comprar el resto de materiales al Callejón Diagon. Era agosto, apenas quedaban unas semanas para ir a Hogwarts y empezar el nuevo curso. ¿Cómo se me ha podido pasar? Ya tenía comprados todo el material y todos los libros, menos los dos libros (de Defensa Contra las Artes Oscuras y el de Pociones) que se le habían agotado a los dependientes de Flourish & Blotts cuando fui a comprarlos. Vale que podía pedirlos vía lechuza una vez en Hogwarts, pero no podía permitirme que la lechuza se retrasara y empezar las clases sin mis libros. Era el año de los TIMOs, podría marcar la diferencia entre un Aceptable y un Extraordinario.

Papá se había empeñado en ir conmigo pero al final pude yo más; hacía buen tiempo y él había trabajado toda la semana, se merecía un día libre. Así que salí de casa con uno de mis vestidos veraniegos favoritos, de esos con falda corta y que estilizaban mi figura, cogí mi bolso y eché a andar camino al Caldero Chorreante, y de ahí al Callejón Diagon. Tuve suerte de que en la librería apenas había gente y por ello pude comprar los libros que me faltaban (casi le doy un beso al dependiente cuando sacó mis ejemplares nuevecitos del almacén y me los entregó) y entretenerme unos minutos más a ojear las estanterías, como hacía siempre que iba allí. Mi visita duró poco, no vi a nadie conocido con quien entablar conversación. Aunque sí paré en el Emporio de la Lechuza para comprarle a Regaliz sus chuches favoritas.

Ya de regreso al Caldero Chorreante, con las chucherías de Regaliz guardadas en mi bolso y los dos libros en una de mis manos, alguien se chocó contra mí. Perdone, no le vi venir. Había estado pensando en varias cosas a la vez: los TIMOs (solo de pensarlo me entraba ansiedad), lo que tenía que meter en mi baúl para Hogwarts, los días que tenía que reservar para despedirme de mis amigos muggles (que creían que estudiaba en un estricto internado y que solo volvía por vacaciones), etcétera. El hombre me miró de arriba abajo con una mirada que me dio escalofríos; definitivamente no era nada amigable ni inocente. Es un crimen que las chicas guapas se disculpen. Ya me lo decía mi madre, ¿sabes? Me decía: "Rory, las chicas son siempre unas damas, tienes que verlas como tal". Al menos ya he aprendido. Mi cara debía ser un poema pero lo cierto es que no sabía que decir. Miré alrededor pero la gente no parecía querer prestarnos atención. Tengo que irme.

Mi intención era echar a andar en dirección al Caldero Chorreante, sin pausa pero tampoco excesivamente deprisa para no delatarme. La mala suerte para mí era que el hombre era como un armario de grande; sabía algo de defensa personal, pero era una tontería intentarlo con un tipo así, pues no tenía precisamente las de ganar. Sin embargo, tan pronto me giré, el hombre me puso una mano en el hombro; me agarró lo suficientemente fuerte como para no poder seguir. Basta, me haces daño. El corazón me palpitaba tan deprisa que parecía a punto de salirse del pecho. Miré asustada a los ojos del hombre, pero solo había diversión y malicia.Entonces no te resistas y ven conmigo, te invito a tomar algo y charlamos tranquilamente. Vamos, ¡será divertido!

El grandullón seguía sonriendo y yo notaba como me temblaban las piernas. Incapaz de decir nada, decidí revolverme de su mano y echar a correr en cuanto tuve ocasión. Confiaba en que la masa de gente me protegería y lo despistaría, pero no conté con la altura de más que me sacaba. Fue cuestión de tiempo que me recortara la distancia. Me encantan las mujeres difíciles. ¿Mujeres? No, no. Ha habido un error. Yo no soy una mujer, solo tengo quince años. Noté como los ojos me escocían cada vez más, cómo algo cálido caía por mis mejillas y como se me helaba la sangre al verle venir hacia mí, sintiendo más miedo que nunca en mi vida. Actué por impulso y me defendí con lo que tenía a mano: mis libros recién comprados. Los cogí con fuerza con las dos manos y le arreé un golpe al gradullón en el lado derecho de la cabeza. Suspiré aliviada cuando vi que le había dado y le había hecho daño, a juzgar por su cara (ahí le salía un moratón como poco) y eché a correr donde pude. Sin embargo, no había sido ningún golpe definitivo y al parecer lo único que conseguí fue cabrearle. Eso ha dolido, ¿sabes?

Estábamos en un estrecho y corto callejón entre dos tiendas, sin salida posible más allá de la que me bloqueaba mi acosador. Confiando en mi triunfo anterior, alcé los dos brazos para arrearle otro golpe pero lo vio venir y se protegió. No solo eso: consiguió aferrarse a uno de mis brazos y tiró de él, atrayéndome hacia su musculoso y repulsivo cuerpo. De la sorpresa, los dos libros cayeron de mi otra mano al suelo.Por favor, déjame irme, no me hagas daño. No se lo diré a nadie, lo juro. El hombre hizo caso omiso. Mientras movía ese brazo lo suficiente como para inutilizarme también el otro, movió la otra mano hasta posarla en mi trasero, agarrándose como si fuese un naúfrago agarrado a un bote salvavidas. Debido a lo cerca que estaba de su cuerpo, no podía mover la pierna lo suficiente como para darle una patada, ni siquiera un rodillazo. Así, sin otra opción posible, incapaz de escapar, solo me quedaba una opción. ¡SOCORRO! ¡Ayud...! El hombretón movió la mano de mi trasero a la boca para impedir que gritase, pero aun con lágrimas en los ojos abrí mi boca y mordí como si fuese un perro rabioso. Aprovechando el momento en que el hombre retiró la mano dolorida, reuní más voz que antes y seguí gritando. ¡AYUDA! ¡SOCORRO! Nunca en la vida había rezado, pero aquella vez fue la excepción. Solo quería que alguien me oyera y me sacase de allí, aunque fuese la momia egipcia de esas películas muggles.
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Invitado el Lun Oct 05, 2015 10:48 am

Mediados de agosto de 2013

Últimamente me sentía tremendamente incómodo en el Ministerio. El actual fiscal del Wizengamot, Richard Ekström, estaba a punto de jubilarse. O eso decían, porque los rumores de que estaba a punto de jubilarse llevaban como tres años. Y ahí seguía el tío, rozando los setenta, terco e impasible en su puesto. Sin embargo su deterioro tanto físico como psicológico era ya muy notable y los altos mandos del Ministerio le daban unos meses más. Se decía que incluso el ministro estaba deseando darle la jubilación. Y obviamente allí estaba yo, agazapado detrás de mi montaña de papeles en el departamento de Entrada en Vigor de la Ley Mágica, esperando el momento oportuno.

Mis ambiciones eran claras, mi objetivo, también. Desde que salí de la universidad siempre tuve claro donde quería llegar, costara lo que costara. Sin embargo, ahora sentía inseguridad. Tenía treinta años, si lo conseguía sería el fiscal más joven en siglos. Y sabiendo lo conservadora que es la alta esfera del Ministerio… sin embargo, también contaba con un expediente académico excelente y un currículum envidiable.

Iba paseando por el callejón Diagon, pensando en tales temas e intentando olvidarlo. Sabía que era inútil pensar en ello porque puede que el viejo Ekström aguantara cinco años más, o puede que hoy le diera un infarto y mañana colocaran al enchufado de turno de fiscal y adiós sueños de juventud. Fuera como fuera, era inútil comerse la cabeza.

Tenía el día libre, y aproveché para hacer algunas gestiones en Gringotts. El callejón estaba hasta arriba de adolescentes llenos de acné que hacían sus compras para el nuevo curso que se avecinaba. Iba sorteando la multitud con irritación, intentando llegar a Flourish & Blotts, otro sitio que estaría llenísimo de gente, pero me apetecía echar un vistazo a la nueva oferta literaria. Para mi sorpresa no estaba tan lleno como pensaba, así que me quedé allí un rato mirando, sin encontrar nada que me interesara. Al cabo de unos veinte minutos salí, pensando en que quizás debería comprar pergamino y tinta. No me era esencial, todavía tenía para un mes mínimo, pero me gusta ser precavido. Me dirigía hacia la susodicha tienda cuando escuché un grito. Me quedé parado y también algo perplejo, pero no parecía ser el único que lo escuchaba. A mi alrededor una familia estaba parada mirando hacia un punto que no alcanzaba mi visión, y cuchicheando. Volví a escuchar el grito, este más audible. Pedían ayuda, por la voz parecía una chica joven. Me coloqué detrás de la familia que miraba y vi una escena detestable. En un callejón sin salida situado entre dos tiendas, un tío estaba acosando a una muchacha. Estaba metiéndole mano y acorralándola. Era obvio que estaba siendo en contra de la voluntad de la chica, no hubiera hecho falta ni que gritara para que alguien que estuviera mirándolos se diera cuenta. Pero este puto mundo está lleno de cobardes. Me abrí paso entre la familia, a la que de camino eché una buena mirada de cabreo.

- Si fuera tu hija no te quedarías ahí parado mirando, ¿verdad capullo? - le solté al padre de familia, que me miró indignado mientras se daba la vuelta y se marchaba, junto con su mujer y sus dos hijas, apenas adolescentes. Volví a mirar al frente y me dirigí hacía el tipo que acosaba a la chica, a grandes zancadas.

Sabía que iba a acabar mal, porque el tío era un puto armario ropero. Soy bastante alto, así que apenas me sacaba un centímetro, pero de anchura… soy musculoso, pero hasta un punto. Ese tío parecía sacado de un ring de boxeo. Sabía que iba a acabar mal, sí. Pero no soy un cobarde, ni tolero ese tipo de violencia. Prefiero que me destroce la mandíbula a que siga acosando a esa chica. Jamás nadie ejercerá violencia contra una mujer delante de mis narices y saldrá impune. Jamás. Iba vestido a lo muggle, con vaqueros y camisa, y aunque notaba la varita en el bolsillo derecho de mis pantalones, ni siquiera intenté sacarla. Estos temas se solucionaban con los puños. Le palmeé el hombro al cabrón, para que se diera la vuelta mientras le daba un peculiar saludo.

- Hey, tío. Llámame loco, pero creo, eh, CREO - enfaticé, arqueando una ceja. - que la chica no está interesada en tus encantos. - proseguí con naturalidad, dándole de repente un derechazo con el puño y todas mis fuerzas en la nariz. Me aproveché de aquel factor sorpresa para ser el primero en atacar, pero sabía que a partir de ese momento me movía en arenas movedizas. El muy cabrón soltó un buen grito, se olvidó de la chica y me miró a mí con furia, mientras de su nariz goteaba sangre. Viendo el desagradable aspecto que su nariz presentaba sabía que la tenía rota. - ¿Duele, eh? - le provoqué, concentrado en todos sus movimientos. No era mi primera pelea ni sería la última, y sentía en la nuca multitud de ojos mirándome. El cabrón se abalanzó sobre mí con todo su peso, intentando pegarme. Sin embargo, que fuera tan pesado provocó que ambos cayéramos al suelo, algo que yo ya imaginaba. Muchas veces el tamaño es la antítesis de la agilidad. Revolcados en el suelo se situó encima mía y empezó a darme puñetazos a diestro y siniestro. Carecía de método y práctica, pero sus puños no eran precisamente indoloros. Solté un grito cuando me devolvió la jugada y sentí como mi nariz se reventaba. Concentrado clavé mi rodilla en sus puñeteros huevos, mientras mis manos rodearon su cuello como si intentara asfixiarlo. No era mi verdadera intención, aunque se lo mereciese, sino que se despistara y pudiera cogerle ventaja. Cuando su rostro se puso morado le di un violento empujón para que cayera. Aunque la nariz me ardía y dolía horrores, y la sangre empezaba a gotearme por la cara, reuní todas mis fuerzas para darle un violento pisotón en los huevos. El tío soltó un alarido de dolor que quedó grabado en mis oídos como el sonido más precioso que había escuchado en años. El tío presentaba un aspecto lamentable, sangraba en cara y manos, y por la sangre que también se empezaba a adivinar por la entrepierna, creo que lo acababa de dejar estéril.

Esbocé una sonrisa de triunfo, limpiándome la sangre de la cara con la manga de la camisa. El cabronazo empezó a retorcerse por el suelo, gateando y gimoteando, iba a darme hasta lástima. No tardó mucho en desaparecer, y cuando me giré me encontré con una gran multitud de gente mirándome y cuchicheando. Que asquerosamente cobarde y cotilla es la gente, por Merlín.

- ¿Estás bien? ¿Qué te ha hecho ese hijo de puta? - pregunté a la chica, mientras una mueca de dolor se dibujaba en mi rostro. No quería arriesgarme a hacerme a mí mismo un Episkey, los hechizos de sanación nunca fueron mi fuerte. Luego tendría que pasarme por San Mungo, pero eso era lo de menos. En el suelo estaban un par de libros, que por las portadas vi que eran de Hogwarts. Me agaché y se los ofrecí a la chica. - Imagino que esto es tuyo. - supuse, fijándome ahora en ella. Tendría unos quince años y su cara me era relativamente familiar. Quizás me la habría cruzado por el callejón, Gringotts o la librería.
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Invitado el Lun Oct 05, 2015 11:31 am

Sentía estar viviendo en un thriller, pero de los malos, de los que echan los fines de semana después de comer en televisión, de esos que echan para que te dormida viéndolos. No importaba cuantas veces rechazase al hombre que me siguió, ni cuantas veces tratara de huir, ni del golpe que le asesté con mis libros recién comprados; al final el grandullón me tuvo completamente atrapada. La gente nos miraba pero se mantenía a una distancia prudencial, como si estuviese viendo a los tigres en el zoo. Sin partes del cuerpo que utilizar, grité, rogando por que alguien me oyera mientras el hombre trataba de excederse conmigo. Lloraba, pero apenas era consciente de mis propias lágrimas. Solo quería escapar de aquella pesadilla.

De repente, mi acosador se quedó quieto. Un tipo acababa de aparecer en el callejón donde estábamos, pero apenas fui consciente de lo que le dijo; solo quería escapar. Entonces ocurrió algo inesperado: el recién llegado golpeó al grandullón, haciendo que este me soltase. Como estaban en la salida de aquella callejuela hacia el callejón principal, podía o quedarme ahí (que no me apetecía, tendría a mi acosador demasiado cerca) o alejarme poco a poco hacia atrás. Fui retrocediendo lentamente hasta que mi espalda chocó contra algo duro, el fin de la estrecha y corta callejuela. Sollozando y abrazándome los brazos para ir calmando los temblores del nerviosismo y el shock, observé como los dos hombres se intercambiaban golpes. Avancé un par de pasos, nerviosa, cuando vi que los dos cayeron al suelo. ¿Y si ahora el grandullón noqueaba a mi salvador y venía otra vez a por mí? Solo de pensarlo me volvieron a temblar las piernas.

Contuve la repsiración hasta que vi un nuevo intercambio de puños por ambas partes; no apoyaba la violencia, pero en aquel momento me producía una gran satisfacción ver los golpes que mi salvador le estaba dando a mi acosador. Cuando el segundo le dio un golpe al nariz al primero y le hizo gritar, yo también solté un gemido de dolor; el grandullón era todo fuerza bruta y el golpe había sido fuerte, probablemente se la hubiera roto. Me puse nerviosa al ver a mi salvador de nuevo en el suelo, pero entonces todo terminó cuando esté acertó de lleno en toda la diana del enemigo; cuando vi que este no se levantaba del suelo, me atreví a avanzar un poco y recortar distancia con respecto a mi salvador, aunque en el fondo estaba lista para salir corriendo donde fuera si veía la mínima sospecha de que el acosador se levantaba. O al menos eso creía; probablemente me hubiese puesto a gritar y me hubiesen temblado tanto las piernas que no habría podido correr mucho sin caerme, pero mejor no pensarlo.

Observé como mi salvador se limpiaba la sangre de la cara. Por el rabillo del ojo vi como mi acosador se incorporaba y rápidamente me deslicé hasta colocarme detrás del único hombre que se había atrevido a plantarle cara, agarrándome con mis manos tan fuerte a su chaqueta que se me quedaron los nudillos blancos. Pero fue una falsa alarma: el acosador, herido físicamente y también en su orgullo, se escaqueó de allí como pudo sin dirigir la vista atrás. Cuando desapareció, me solté de la espalda del otro hombre y retrocedí un par de pasos, notando el corazón palpitándome fuerte en el pecho. Mi salvador entonces me preguntó si estaba bien y si el otro tipo me había hecho algo. Negué con la cabeza con fuerza y de forma rápida, tanto que me hice daño en el cuello. E-estoy bien. Gracias p-por... Terminé la frase con un hilo de voz, sin poderla completar.

Aún estaba intentando comprender como había podido pasar aquello. Siempre habían hablado de un tal callejón Knockturn, un sitio oscuro donde no merodeaba buena gente. El Callejón Diagon siempre estaba lleno de niños y risas, no de malhechores. Pero lo más sorprendente fue que, ante la presencia de uno, nadie había hecho nada excepto aquel hombre que ahora se prepocupaba por mi bienestar mientras ignoraba su nariz rota. Me di cuenta de que tenía la falda un poco subida y uno de los bordes doblado de un lado, por donde el hombretón había metido su sucia mano hasta mi trasero. Bajé rápido mis dos manos y me coloqué la falda, y dediqué especial atención a plancharla con las manos, como queriendo devolver el caos a un perfecto orden, o quizá por mantener la mente ocupada. Entonces mi salvador se acercó a mí con algo en sus manos: mis preciosos libros. Los cogí con rapidez y los estrujé contra mi pecho. Gracias. Solo me hubiese faltado que se hubiesen echado a perder sin haberlos podido estrenar, pero por suerte el suelo al que habían caído estaba seco.

Desde mi posición, di media vuelta con intención de avanzar hacia la salida de la callejuela. T-tengo que irme. No quería perder ni un tiempo más en el callejón Diagon; con el malhechor fuera, los mirones dispersados y mis libros recuperados, era hora de volver a casa con papá. No quería asustarle pero sabía que aquello no era algo que le pudiera ocultar; no solo era policía, también era mi padre. Me dirigí lentamente hacia la salida, y en mi camino tropecé con el suelo de piedra, aunque fui lo suficientemente ágil como para no caerme yo ni dejar caer los libros que acababa de recuperar.
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Invitado el Lun Oct 05, 2015 4:12 pm

Me tocaba una barbaridad los cojones la gente cobarde. La gente que presencia una injusticia, un acoso, un puñetero delito, y se limita a cuchichear y a mirar, como si estuvieran viendo una puta película. Si no llego a pasar a por ahí ese pedazo de hijo de puta es capaz de violarla y la gente no hubiera movido un dedo. Y encima en pleno callejón Diagon y en esas fechas, que por donde quiera que miraras solo te encontrabas a padres y madres comprando material escolar para sus hijos. ¿Esos hijos de puta no se daban cuenta que la chica que estaba delante de mis narices mañana podría ser su hija, su hermana o su sobrina?

Era tan solo una chiquilla, apenas una niña. Una oleada de furia me invadió pensando en el pedazo de cabrón que ahora gateaba y gimoteaba por el callejón. Era tan solo una chiquilla asustada que casi me arranca la chaqueta de miedo y se escondía detrás de mí cuando ese hijo de puta hizo amago de levantarse. Debía tener tanto miedo que no le cabía en el cuerpo. Pobrecita. Y esos cabrones de los mirones sin hacer nada, nadie incapaz de defenderla. Mi padre solía decir con burla que tenía madera de superhéroe. Él me lo decía burlón, yo lo recibía como un halago y me sentía orgulloso.

Balbuceaba en estado de shock, algo perfectamente comprensible. Le alcancé unos libros de Hogwarts que supuse serían suyos y en menos de lo que se tarda en pestañear dijo que tenía que irse. La miré con lástima pero me dispuse a seguirla. Ahora el que iba a parecer un acosador sería yo, pero no pensaba quitarle el ojo de encima a la chiquilla hasta que no se encontrara con sus padres. No me metí en una pelea de tres pares de cojones para que ahora al darle la vuelta a la esquina se encontrara con otro hijo de puta. Estuvo a punto de tropezar y la agarré del brazo justo a tiempo.

- Cuidado. - la previne, dándome cuenta justo después de que no debía agradarle que la cogiera del brazo. - Lo siento. - me disculpé. Imaginaba que con tal susto que tenía en el cuerpo lo que peor podría venirle es que un desconocido la tocara. Cada persona reacciona diferente ante un acoso sexual, pero normalmente siempre se siguen ciertos patrones. - No he sacrificado mi nariz para ahora arriesgarme a que te vuelva a pasar lo mismo. ¿Dónde están tus padres? Te acompañaré hasta ellos. - le dije con seguridad. No pensaba dejar sola, no soy tan imbécil. La nariz me dolía horrores y apretaba la mandíbula de vez en cuando para reprimir algún gemido de dolor. Pero eso era lo de menos, mi prioridad era asegurarme que la chica se encontraba a salvo. - O si quieres puedo invitarte a un buen helado hasta que se te pase el susto. La heladería de Florean Fortescue está aquí al lado y ponen unos helados que son terapia hasta para ataques de dementores. - agregué amablemente y con una sonrisa torcida, que no debía ser precisamente bonita con tanto añarazo, moretón y sangre. Lo que tenía claro es que no pensaba alejarme de ella de momento.
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Invitado el Mar Oct 06, 2015 11:29 am

No supe cuanto tiempo había pasado desde que el acosador empezó a seguirme hasta que este se fue medio a rastras después de la paliza que le dio mi salvador, pero pasó tan despacio como los momentos más tensos de una película, esos donde no ponen ni música para contribuir a la atmósfera de tensión de la escena. Pero sí sabía que papá debía estar esperándome. Realistamente, probablemente solo hubiese pasado una hora o un poco más desde mi llegada al callejón, aproximadamente hora y media desde que salí de casa, pero para mí era como si hubiera pasado toda una tarde entera. De modo que cuando mi salvador desconocido me tendió mis libros, los cogí y le di las gracias y me di la vuelta con intención de irme. Lo malo de que los suelos sean de piedra, como en las calles de los pueblos, es que es más fácil tropezar, y más después de algo así.

Pude controlar mi equilibrio a tiempo, pero mi salvador no pareció pensarlo así. Pronto noté una mano aferrándose a mi brazo, y el susto casi me hace caerme, esta vez de verdad. Por un momento, me imaginé que el grandullón había vuelto a tomarse la revancha. Aparté el brazo rápidamente y pegué mi espalda a la pared, con las piernas temblorosas, pero la mirada que se cruzó con la mía no era la del grandullón. Él nunca volvió, estábamos solos mi salvador desconocido de la nariz rota y yo. Pidió disculpas y sacudí la cabeza. No hacía falta. Entendía su reacción, no me había salvado del otro tipo para que ahora me partiera la cara contra el suelo delante de él. Aun así, agradecí que retirara su mano y no volviera a intentar establecer contacto físico conmigo. Me quedé sorprendida cuando dijo que no quería que fuera sola a casa, que él me acompañaba. ¿Sería un truco? N-no hace falta. Llamaré a mi padre con el móvil y él vendrá a recogerme. Con mi mano libre, eché mano al móvil que llevaba en el bolso, ese que solo usaba en vacaciones porque en Hogwarts no funcionaba la tecnología, pero descubrí que en el callejón Diagon tampoco funcionaba.

Lo cierto es que me daba algo de apuro decirle a ese hombre que no quería que me acompañase a mi casa después de todas las molestias que se había tomado, pero parte de mí sabía, o al menos confiaba, en que aquel hombre era un buen tipo, nada que ver con el que me había quitado de encima. Tras rechazar que me acompara a casa, y después del ambiente algo tenso que me pareció que creé con mi intento fallido de usar el móvil en aquel callejón mágico, mi salvador sugirió ir a tomar un helado a la heladería de Florean Fortescue. ¿Lo dices en serio? Esos helados estaban deliciosos. Las otras veces que papá me había acompañado al callejón, terminó haciendo buenas migas con el propietario diciéndole que esos helados sí que eran cosa de magia. Miré al tipo pensativa, como valorando sus palabras. Al final, la expectativa de una alta concentración de azúcar en sangre me convenció. Está bien.

Sin necesidad de más palabras, me dirigí otra vez hacia la salida de aquella callejuela. Justo en el punto en que esta se unía con la calle principal del callejón Diagon, me detuve en seco y miré a mi salvador de reojo. Entonces, con mi mano libre, eché mano una vez más a mi bolso y saqué un pequeño espejo de mano y se lo ofrecí. Para la nariz. Así te ves mejor. Apenas había cursado cuatro años en Hogwarts y no entendía muy bien como iba el tema de los hechizos sanadores, pero pensé que teniendo un espejo a mano sería más fácil curarse a uno mismo. Y si no, siempre podía usarlo para comprobar la extensión de los daños. Estuve tentada de decirle mi nombre, pero algo en mí me hizo frenarme y mi boca se cerró tan pronto como se abrió; probablemente fue por la visión de esa nariz tan grotesca. Observé al tipo más detenidamente; ahora que me fijaba, quitando su nariz rota, su cara me resultaba familiar, aunque no sabía enfocar dónde la había visto antes.
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Invitado el Mar Oct 06, 2015 4:44 pm

Sentí un ramalazo de odio y pena con la reacción de la chica cuando intenté ayudarla para que no cayera en su tropiezo. Se volvió contra la pared temblando. Sentía odio por el hijo de puta que la había acosado y pena por su estado. Sabía lo que le vendría después: días, semanas, de miedo, pavor cuando pasara por la calle, desconfianza hacia todo hombre que se le acercara a menos de seis metros, paranoia, pesadillas… sabía todo el proceso. Y no porque hubiera estudiado psiquiatría, sino porque no la primera chica a la que sacaba de un aprieto semejante. Y no sería la última, de eso estaba seguro. Insistí en no dejarla sola y por su cara pareció no tenerme mucha confianza. Quizás creyera que yo también quería hacerle daño, aunque acabara de meterme en una pelea por ayudarla no me extrañaba su reacción. Era perfectamente comprensible.

- Tranquila, no te voy a hacer daño. Te prometo que no te rozaré ni un milímetro del pelo ni por casualidad. De verdad. - le aseguré. Dijo que llamaría a su padre por el móvil y sacó de su bolso un extraño artilugio. Me quedé mirándolo unos segundos con extrañeza, sabía lo que era un móvil en el mundo muggle, pero jamás vi uno antes. - ¿Eso es un móvil? Vaya, es la primera vez que veo uno. Me lo imaginaba como un aparato muy grande y con más botones. - siempre lo diré, la tecnología muggle nos supera y por mucho. - No creo que funcione, hay demasiada magia en el ambiente. - supuse, y viendo que no parecía estar llamándole (a menos no hablaba verbalmente con nadie) imaginé que ya se habría dado cuenta por sí misma.

El detalle del móvil me hizo caer en la cuenta de que debía ser mestiza. O sangre sucia, también. Bueno no, ya que estamos ante una señorita y encima joven, vamos a cambiar el término sangre sucia por hijo de muggles. A ese grupo siempre se le antojaba un insulto, a mí no me lo parecía. No me hacían mucha gracia los sangre su… hijos de muggles. Siempre se me antojaron extraños, si ni su padre ni su madre practica magia, ¿cómo puede hacerlo esa persona? Resulta raro y a mí siempre me produjo bastante desagrado. Ya que tenían el don que lo utilizaran, eso sí. Tampoco veía que tuviera mucho sentido prohibirles hacer magia o discriminarlos. O bien podía ser mestiza o incluso una sangre pura familiarizada con las tecnologías muggles. No sería la primera sangre pura que conocía que tenía cuenta de Facebook. Nunca me enteré que era esa mierda de Facebook, pero parecía ser algo muy popular.

Le propuse invitarla a un helado hasta que se le pasara el susto, estuviera un poco más tranquila y sobre todo pudiera contactar con su padre o quien fuera. Ya podía vivir su familia en Bélgica que hasta que no me asegurara de que estuviera a salvo no la dejaría. A lo tonto el acosador iba a parecer yo, pero joder, no soy tan subnormal como para arriesgarme a que le pase lo mismo una vez que da la vuelta a la esquina.

- Claro. - respondí con naturalidad ante su pregunta. Imagino que no todos los días alguien la invitaba a comer helados. Ella ya pareció reaccionar y avanzó a la salida de la callejula, siguiéndola yo mientras con la manga seguía limpiando sangre. Me ofreció un pequeño espejo para que pudiera verme mejor la nariz. O en su defecto, curármela. - Gracias. - cogí el espejo y me miré. Al segundo emití un bufido, tenía peor pinta de la que me imaginaba. - Por Merlín, ese cabrón me la ha reventado entera. Tampoco es la primera vez que me pasa, ¿sabes? La última vez que me rompieron la nariz intenté curármela y lo hice tan mal que acabé sin nariz. Creo que fue la sensación más desagradable de mi vida, mirarme al espejo y no verme la nariz. - vale que ahora solo veía una masa sanguiolenta y apenas se adivinaba la nariz que fue rato antes, pero la impresión de verte un agujero en la cara, literalmente, fue brutal. - Los hechizos de sanación nunca han sido mi fuerte, prefiero dejárselo a los profesionales. - me encogí de hombros, devolviéndole el espejo a la chica. Esperaba no habérselo ensuciado mucho de sangre.

La heladería estaba a apenas unos metros, así que no tardamos ni dos minutos en llegar. Entré al establecimiento vigilando de cerca a la chica. Me apetecía bastante comerme un helado, pero teniendo en cuenta mi situación ni se me pasó por la cabeza. Sería todo un  espectáculo intentar comerme un helado y evitar tragar mi propia sangre que se me seguía escurriendo. Sin embargo, se me ocurrió repentinamente una idea para estar más cómodo con mi herida, iba a estar patético cuando la llevara a cabo, pero por lo menos podría hacer algo más que limpiarme la sangre.

- Pídete lo que te apetezca, no te cortes. Voy al servicio un segundo, si ves a ese cabrón méteme un grito. - le pedí a la chica. - Lo de ella ahora te lo pago yo. - le dije al dependiente, que nos estaba mirando y asintió con la cabeza. Dentro de la heladería había varias mesas con sus sillas, y los servicios estaban a la izquierda de dónde estaban dispuestos los sabores de helados, así que me enteraría sin problemas. Entré al baño y me limpié la cara con el máximo cuidado que fui capaz. Aún así dejé escapar un par de gritos de dolor. Cuando conseguí limpiarme toda la sangre transformé un paquete de kleenex que llevaba encima en unas gasas y un esparadrapo, y me tapé la herida lo mejor que pude. Parecía un payaso, solo que en vez de tener nariz roja la tenía blanca. Salí del baño con esas pintas y me pedí una copa de chocolate, stracciatella y turrón de almendras. Pagué los helados de los dos y me senté en la mesa que la chica había elegido, sintiéndome idiota con aquella nariz engasada. - Creo que estoy igual de feo, pero por lo menos podré comer el helado tranquilo. - medio bromeé para que se relajara, saboreando la primera cucharada. - ¿Cómo te llamas, por cierto? - le pregunté por curiosidad, mientras otra punzada de dolor me recorría la cara. Puñetero cabrón y puñetera fuerza que tenía el hijo de puta. Mi consuelo era que la chica estaba bien y que ese cabrón estaba mucho peor que yo.
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Invitado el Miér Oct 07, 2015 11:25 am

Aunque el tipo que me acababa de salvar me dijo que no me haría daño después de que mi instinto me hiciera huir de él cuando trató de ayudarme para que no me cayera del tropezón que di, tampoco me sentía en posición como para fiarme al cien por cien. Lo que acababa de hacer por mí era suficiente como para querer confiar en él, pero simplemente estaba todo demasiado reciente. La Rose normal era dicharachera, alegre y cercana; entonces solo era una niña asustada que echaba de menos a su padre policía. Por eso saqué el móvil para que fuera a recogerme, mientras mi salvador reaccionaba sorprendido al ver por primera vez un aparato así. En otras circunstancias, me habría unido a su conversación, pero estaba demasiado ocupada pulsando el botón de encendido y tocando inútilmente la pantalla táctil como para poder participar.

Me di por vencida y no supe muy bien qué hacer (acababa de demostrar a mi salvador que no me fiaba de él lo suficiente como para que me acompañara a casa) hasta que me sugirió ir a tomar un helado a la heladería de Florean Fortescue. Aunque tuve mis reservas, finalmente accedí. Antes de salir de la callejuela, le ofrecí un espejo de mano que siempre llevaba en el bolso por si quería arreglarse su nariz; al pelearse con el grandullón, este se la había partido. La ventaja de los magos es que, según la lesión, se pueden curar a sí mismos, pero aquel tipo no parecía confiar tanto en sí mismo porque la otra vez que lo intentó se quedó sin nariz. Hice una mueca y le miré asqueada. ¿Cuando dices sin nariz...? Lo que me hacía falta. Por si no tenía suficiente susto en el cuerpo, ahora me revelan la dificultad de los hechizos de sanación y la importancia de hacerlos bien. Su cara, obviando la nariz, tenía rasgos bastante atractivos, el que más sus gruesas cejas. Pero el quedarse con la misma nariz que una serpiente lo habría eliminado por completo.

Había estado observando a aquel hombre mientras este se revisaba la nariz. Me sonaba de algo. Pero por otro lado, también sabía que aquella era la primera vez que hablaba con él. Quizá me lo hubiera cruzado por la calle alguna otra vez en el callejón Diagon o quizá en alguna excursión a Hogsmeade; no pensaba que nos hubiéramos visto antes en Londres ante su reacción al ver mi móvil (o eso, o era muy despistado, pero no lo creía, no tenía pinta de serlo). Iba pensando en dónde lo habría visto antes cuando nos detuvimos en la heladería. Entramos dentro y me quedé sorprendida cuando le dijo al dependiente que él pagaba lo mío, después de decirme que pidiera lo que quisiera y le diese un grito si volvía a ver al tipo. ¡Gracias! Estaba más animada. Aquel tipo estaba demostrando ser de fiar, y con su nariz rota me daba también algo de pena. En vez de pararse a tomar un helado conmigo, tendría que haberse ido pitando al hospital.

Mientras el hombre estuvo ausente, intercambié unas palabras con el dependiente. Me conocía de las otras veces que había venido con papá y era un tipo simpático, con una sonrisa llena de bondad y ojos sabios y brillantes, aunque apenas pudimos hablar unos minutos, pues enseguida llegaron más clientes a los que tuvo que atender. Cuando mi salvador salió de los aseos, llegó justo cuando el dependiente estaba tomando nota de mi helado; el nombre (Perdición de chocolate) prometía bastante. Mientras el otro tipo pedía el suyo (con menos chocolate que el mío) observé que aunque ya no parecía un monstruo grotesco, ahora era más un personaje de una película de miedo. Cuando el dependiente se marchó tras tomarnos el pedido, le miré de reojo. ¿Tan difíciles son los hechizos de sanación? Esperaba que ninguno cayera en el TIMO de Encantamientos...

Enseguida nos dieron los helados y nos dirigimos a una mesa, que reclamé antes de sentarme apoyando en ella mis libros recién adquiridos; en vez de sentarme en la mesa junto a la ventana donde siempre me sentaba cuando iba con papá, esta vez elegí una que estaba más hacia la puerta de los aseos. Aunque ya se me había pasado un poco el susto, aún no lo suficiente; imaginarme sentada junto a la ventana me hacía sentirme expuesta al grandullón de antes. Pero todas las preocupaciones se fueron cuando me comí la primera cucharada de helado. OH. DIOS. MÍO. Ahora entiendo por qué se llama Perdición de chocolate. Murmuré para mí misma; me dio tanto gusto que para disfrutar más, cerré los ojos y no los abrí hasta que no me hube lamido los labios un par de veces y eliminé todo rastro de chocolate de mi boca.

Después, él me imitó y tomó la primera cucharada; sonreí con lástima cuando no pudo ocultar el dolor de su nariz cuando preguntó mi nombre. Soy Rose. ¿Tú como te llamas? Me parecía de mala educación no preguntarle ahora por su nombre. Le examiné a la cara, notando como se intensificaba mi sensación de conocerle. A lo mejor todas las piezas me encajaban cuando me dijera su nombre... ¿Qué te ha traído hoy al callejón Diagon? No creo que solo los gritos desesperados de una damisela en apuros. No pude contener una mueca amarga. Sabía que el reconocer los hechos y no tratar de negarlos era uno de los pasos para aceptarlo, pero costaba. Aunque con aquel tipo ahí a mi helado y la sonrisa bondadosa del dependiente que nos había atendido, me sentía más animada y capaz. Y además, quería saber más de la casualidad que había hecho que apareciera en ese callejón justo a tiempo, ya fuera comprar material para sus hijos o sobrinos o para él mismo, o simplemente dar un paseo. Me sentía en deuda con él. Lo triste era que no tenía forma de devolvérselo, tan solo era una estudiante que iba a empezar quinto curso aquel año.
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Invitado el Jue Oct 08, 2015 12:29 pm

Quizás contarle mis peripecias con los hechizos de sanación no era lo más apropiado en esas circunstancias, pero precisamente por eso hablé más de la cuenta y se lo conté. Quería distraerla y que no solo pensara que el hijo de puta volvería por la esquina. Aparte, por su gesto del espejo era probable que esperara a que me curase yo solo, y joder, prefería no correr el riesgo. Mi orgullo me impide reconocer mis puntos débiles con facilidad, pero delante de una desconocida y encima adolescente, la verdad es que me la sudaba bastante que supiera mi inutilidad con ese tipo de hechizos.

Al entrar en la heladería intenté hacerme un apaño en el baño. Al comprimirme la herida se cortaría la hemorragia, o al menos me saldría menos sangre, lo que aportaba comodidad. Eso sí, parecía un auténtico subnormal, un payaso al que se le ha olvidado ponerse la peluca. Al tomar el dependiente los pedidos, la chica me hizo una pregunta que no me esperaba. No creía que la mayoría de las adolescentes tuvieran especial interés en los hechizos de sanación. La miré con extrañeza, y seguidamente me encogí de hombros.

- Yo siempre digo que no existe lo fácil ni lo difícil, todo depende de tus capacidades. Tengo conocidos que te hacen cualquier hechizo de sanación a la primera, pero son incapaces de transformar una tetera en una sartén. Yo al revés, las transformaciones son lo mío, pero no soy capaz de curarme la nariz. Al igual que hago un patronus con los ojos cerrados pero no puedo sostenerme en una escoba. - reconocí, dándome cuenta de que parecía un poco patético. Sin embargo era cierto, cuando era pequeño e iba a Hogwarts las clases de Vuelo fueron un suplicio para mí. Visité la enfermería incontables veces.

En la mesa me hizo gracia las caras que iba poniendo al probar su helado. Teniendo en cuenta que se pidió un helado llamado Perdición de chocolate estaba claro que la chiquilla diabética no era. La nariz me ardía de cojones pero eso no iba a impedir que me comiera el helado, no tan a gusto como me hubiera gustado, pero me lo iba a comer igualmente. Nunca desaprovechaba la ocasión de una comida de gordos, fuera helado, hamburguesas, patatas o cualquier precocinado.

- Magnus. - contesté con otra cucharada y dándome cuenta de lo feo y viejo que sonaba. Algo que me favorecía en mi vida laboral, pero fuera de ella sonaba a viejo. - Lo sé, tengo un nombre horrible, puedes decirlo libremente. - agregué medio en broma medio en serio. Es feísimo, joder. Aunque también es verdad que lo prefería al segundo, que cuando alguna vez había tenido que pronunciarlo parecía que invocaba al hechizo Nox. - Burocracia del banco. Tenía que abrir una nueva cuenta y hacer algunas transferencias. Un coñazo que me ha ocupado casi todo el día, y y encima en mi día libre del trabajo. Aprovecha ahora, que cuando trabajes las vacaciones de dos meses solo las ves en sueños. - comenté, sabiendo que seguramente no era la primera vez que escuchaba esa retahíla y que ya estaría mentalizada. Pero no es lo mismo saberlo a vivirlo. - ¿En qué curso estás? Y a ver si adivino... Gryffindor o Ravenclaw. - pronostiqué, a la mayoría de las personas es fácil de identificarlas con una casa. No hace falta ser el Sombrero Seleccionador para saber que un purista de alto linaje va a Slytherin y que un inútil es Hufflepuff. Y la chica no aparentaba ni una cosa ni la otra. Cierto es que hay Hufflepuffs que dan sorpresas.
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Invitado el Vie Oct 09, 2015 11:54 am

Cuando le di la opción de usar mi pequeño espejo de mano para verse mejor la nariz y arreglársela y no lo hizo, me quedé sorprendida, y asustada por el hecho de que decidiera dejárselo a los profesionales. A juzgar por su gesto, supuse que los hechizos de sanación tenían que ser muy muy difíciles; unos nuevos nervios que no me hacían falta, ya llevaba estresada por los TIMOs desde el curso anterior y aquel año SÍ O SÍ tenía que hacerlos. ¿Y si ahora caían en Encantamientos? No conocía a nadie que hubiera sacado una T de Troll, pero sospechaba que no era tan leyenda urbana como parecía... De modo que, una vez en la heladería, mientras esperábamos nuestros helados, le pregunté al tipo en cuestión y escuché atenta a lo que decía.

Lo cierto es que todo lo que dijo tenía sentido. Yo también era de la opinión que el nivel de dificultad dependía de las capacidades de cada uno, pero ahí el peor de todos era el estrés, que te llevaba a la inseguridad, y de ahí a pensar que sabes menos que los de Futurama cuando les atacan las amebas chupa-cerebros. Sonreí cuando dijo lo de transformar una tetera en una sartén; era un ejercicio que habíamos hecho hacía un par de cursos, casi al principio de entrar en Hogwarts. Sé lo que dices; a mí no me costó mucho, pero algunos de mis compañeros no lo consiguieron aunque le pusieran esfuerzo como el que más. Tampoco es que me echara flores, en transformaciones era más difícil transformar un objeto inerte en un ser vivo que objeto inerte en objeto inerte, eso lo sabía todo el mundo.

Mi salvador se ganó mi eterna admiración cuando dijo que sabía hacer un patronus con los ojos cerrados; yo también sabía hacerlo, aunque me costó que saliese una forma concreta en vez de un chorrito de humo blanco... pero aun así tenía que concentrarme mucho y tener los ojos abiertos en todo momento. Guau. Entonces debes de ser un muy buen mago, no todo el mundo es capaz de hacerlos. ¿Qué forma tiene el tuyo? El mío es un osezno... Es muy cuqui, dan ganas de abrazarlo y todo. Me frené en seco; me había dado cuenta demasiado tarde de que fue un comentario demasiado infantil para un tipo de esa edad que bien podría ser mi padre, o su hermano pequeño al menos. Pero en cambio el montar el escoba me sale solo. Mi profesora de Vuelo me dijo en mi primera clase que parecía que llevaba toda la vida montando en escoba, y ya ves, soy la primera con sangre mágica en mi familia, así que más muggle no pude ser. Me encogí de hombros.

Entonces nos dieron nuestros helados y nos sentamos en la mesa que elegí. La conversación se pausó mientras saboreábamos los helados y yo tenía un orgasmo en mi boca al probar la primera cucharada de mi Perdición de chocolate. Después le dije mi nombre y él el suyo. Magnus. Al parecer a él no le parecía un nombre muy bonito, pero yo opinaba distinto. Negué cuando dijo que tenía un nombre horrible. No lo creas, a mí me gusta. No es un nombre muy común, así que no está desgastado, y además tiene carácter. Y además recuerda a los helados Magnum, que están buenísimos también. Reí, aunque me quedé algo chafada. Aquel tipo me sonaba, y pensaba que al saber su nombre completaría el puzzle, pero no. Empecé a pensar que eso de que Magnus me sonara de algo era alucionaciones mías, así que pasé del tema y le pregunté qué le había traído aquel día al callejón Diagon. Cuando dijo lo de las gestiones bancarias, pensé lo mucho que le pegaba (al menos para mí) el banco con su nombre; de haber sido muggle, hubiera puesto todas mis cartas en que era banquero. Sonreí con el tema de las vacaciones mientras saboreaba otra cucharada de helado. No era la primera vez que me lo decían, y lo cierto es que aunque me preocupaba más los cursos que tenía que terminar, pensar en el trabajo también me estresaba. Pero lo primero era lo primero.

Aún seguía degustando mi helado cuando Magnus trató de adivinar mi curso. Tragué el helado y le miré con una mueca y una mano abierta enseñándole cinco dedos. Quinto. O mejor dicho, voy a empezar quinto en septiembre. El año de los TIMOs... ¿Son muy difíciles? Le miré ansiando una respuesta negativa, aunque probablemente me dijera lo contrario. Cuando trató de adivinar mi casa, le miré con los ojos muy abiertos. Ravenclaw. ¿Tanto se me nota? Entiendo que en Hogwarts sí, pasaba más tiempo en la biblioteca que en mi propia sala común, pero estando de vacaciones yo habría jurado que me camuflaba perfectamente con los compañeros de las otras casas... ¿Y qué me dices de ti, Magnus? Hmmm, déjame adivinar... Ahora era mi turno. Yo diría que fuiste... ¿Gryffindor? No todo el mundo era tan valiente como para sacrificar su nariz por el bienestar de una desconocida, y menos usar los puños a corta distancia en vez de la varita a larga distancia, así que lo más probable era que hubiera sido un león. Y en cuanto a tu trabajo... Sé que no eres profesor porque te habría visto en Hogwarts. Nunca me saltaba ninguna clase, y de hecho muchas veces iba a tutoría con los profesores. Y por tu comentario de antes de Gringotts sé que no trabajas ahí, o habrías aprovechado en días de trabajo para hacer todo lo del banco y no tener que ir allí también en tu día libre. Eso hubiera sido muy triste. Dices que no se te daba bien la escoba, así que no eres jugador de quidditch. Hmmm... Pensativa, me di golpes con el dedo índice en la barbilla. Trabajas en el Ministerio de Magia, estoy convencida. Me tomé unos minutos más para tratar de adivinar el departamento, pero al final suspiré derrotada y me metí otra cucharada de helado en la boca. En qué departamento no tengo ni idea, la verdad. El Ministerio ya es bastante serio en sí mismo, te pegan todos. Me encogí de hombros. Al menos esa era mi impresión.
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Invitado el Mar Oct 13, 2015 9:01 am

Me hizo gracia la expresión de la chica cuando le dije que sabía hacer un patronus con los ojos cerrados. Cierto es que era un hechizo complicado, pero no tan difícil como se piensa, solo se requiere mucha práctica. Y la mayoría de la gente tiene una fuerza de voluntad muy mierdosa. Sin embargo el sorprendido fui yo cuando me dijo que ella también sabía hacerlos. Como mucho podía aparentar dieciséis años y si no se estaba marcando un farol lo suyo tenía auténtico mérito. Al hablar de lo “cuqui” que era su patronus supe que no se estaba marcando un farol, porque nadie en su sano juicio al mentir sobre un tema así definiría su patronus como “cuqui”.

- ¿En serio sabes hacer un patronus? ¿Corpóreo? El mío es un guepardo, pero no tiene mucho mérito. Es cuestión de práctica, simplemente es un hechizo que no se aprende intentándolo tres veces, sino cuando lo haces trescientas. Y la gente se rinde muy pronto. Pero lo tuyo sí tiene mérito… hay muy pocas chicas de tu edad que sean capaz de hacer un patronus. - expliqué impresionado. Y no soy precisamente una persona que se impresione con facilidad con los méritos de otros, pero la verdad es que me había dejado con el culo torcido.

Y más torcido se me quedó el culo cuando me contó el halago que le dijo su profesora de Vuelo y que como ya sospeché antes, era hija de muggles. Definitivamente o se estaba marcando un farol muy muy gordo y era una estupenda actriz, o era una joven bruja con muchísimo potencial. La mitad de mí se inclinaba más por que fuera la fanfarronería típica de la adolescencia, ya que con esa edad tener tanto potencial era casi imposible en un hijo de muggles. Para mí es como si me dices que un lagarto nada mejor que un pez. Pero también es cierto que soy una persona difícil de engañar.

Si ya no tenía bastante torcido el culo, cuando me habló de los supuestos helados Magnum se me torció todavía más. La miré con los ojos como platos y con la cuchara de helado a mitad del camino de la copa de helado y mi boca.

- ¿Hay unos helados que se llaman Magnum? ¿En serio? ¿Cómo son? No estoy muy puesto en dulces muggles. Nunca lo había escuchado. - reconocí, todavía sorprendido. Tendría cojones que a estas alturas de la vida me enterase que tengo nombre de helado. Le pregunté por su edad, también para atar cabos e intentar averiguar si era una estupenda actriz o solo una alumna muy aventajada. Me contó que iba a empezar quinto, seguidamente de la pregunta estrella por todos los alumnos de ese curso: los TIMOS. Sonreí levemente y negué con la cabeza. - No te voy a mentir, no son fáciles, pero son mucho más sencillos de los que piensas. Te van a preparar a fondo este año y cuando te encuentres con los exámenes del TIMO te darás cuenta que son exactamente iguales que todos los que has tenido que hacer a lo largo del curso. Lo único diferente son los examinadores. En realidad - hice una pausa, saboreando una cucharada de helado. - lo peor de los TIMOS y de los ÉXTASIS es la presión que sufres y los nervios. Luego cuando los haces te das cuenta que no son para tanto. Yo nunca fui demasiado inteligente, tuve problemas de concentración y poca memoria. Pero hincaba codos y saqué en mis ÉXTASIS todo Extraordinario excepto Pociones y Herbología con Supera las Expectativas. Los exámenes final de carrera sí que son para morirse. - bromeé como quitándole el hierro al asunto, aunque en realidad hablaba en serio. Eso sí que eran exámenes de tres pares de cojones y no los TIMOS. Adivinar su casa no resultó muy complicado, aunque tiraba más para Ravenclaw también la veía un poco Gryffindor. - Hombre, ¿crees que muchos alumnos se preocupan por los TIMOS en vacaciones? - le pregunté retóricamente. Ravenclaw de pura cepa, estaba claro. Nunca me cayeron mal los águilas, era la mejor casa después de Gryffindor. Arqueé una ceja desconcertado cuando adivinó que había estado en la casa de los leones. - Eres la primera persona que no me conoce desde el colegio que ha adivinado dónde estuve. Todo el mundo da por hecho que fui a Slytherin. - reconocí con una mueca de desagrado. - Toda mi familia fue Slytherin, con decirte que estuvimos a punto de entrar en la lista esa de los Sagrados Veintiocho… pero se descubrió que un tatatatarabuelo mío de hace tropecientos años era squib. - no sabía por qué carajo le estaba contando eso, pero en cierta manera me resultaba divertido. Mi padre siempre se alteraba muchísimo cuando se acordaba, hasta el punto de que una vez cuando era adolescente lo escuché lloriquear en el cuarto de baño por “tener un maldito squib en su ascendencia y un puñetero hijo Gryffindor”. Escuché sus deducciones acerca de mi posible trabajo metiéndole cucharadas al helado, bastante intrigado con la chiquilla. A esas alturas no creía que se estuviera marcando un farol con el tema del patronus, la verdad es que parecía excepcionalmente inteligente. Y encima hija de muggles, una combinación que nunca vi antes. - Muy bien, Sherlock. Tu capacidad de deducción es brillante, y te aseguro que no soy precisamente alguien que reparte halagos con facilidad. - esbocé una sonrisa torcida, todavía impresionado. - No te creas que todos los departamentos son serios, hay muchos ineptos e imbéciles. - aseguré con una nueva mueca de desagrado. - El departamento de Juegos y Deportes Mágicos parece una fiesta constante, he llegado a ver hasta mini partidos de quidditch por los pasillos. Trabajo en el departamento de Entrada en Vigor de la Ley Mágica, espero poder ascender a otro departamento en breve, pero son esperanzas bastante vanas. - me encogí de hombros concentrado en mi helado. Tampoco iba a contarle mis penas, que no eran exactamente penas, pero bueno carajo, eran mis problemas.
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Invitado el Vie Oct 16, 2015 5:20 pm

Al decir que mi patronus era cuqui (que lo era porque los oseznos, y en general todas las crías de mamíferos, lo son) no me paré a pensar que aquel hombre me sacaba bastantes años. Pero lo que no me esperaba para nada era la reacción que tuvo. Asentí ruborizada cuando me preguntó si sabía hacer un patronus corpóreo. Al parecer el suyo era un guepardo pero no se echaba flores encima porque decía que era un hechizo que llevaba su tiempo hacerlo bien... aunque al parecer que yo a mi edad supiera hacerlo sí que le impresionó. Sonreí algo cortada. No es para tanto. Me costó mucho conseguir hacerlo con forma, y aun así el osezno se transforma el humo blanco si pierdo un mínimo de concentración. No solía admitir abiertamente mis debilidades, para la mayoría de gente era la perfecta y aplicada Rose, pero en cambio a aquel hombre le estaba revelando mi gran secreto: que también soy humana y hay cosas que no me salen a la primera. Así que de ahí a hacerlo con los ojos cerrados... ¿Cómo lo haces? Clavé mis ojos azules en los oscuros de él, buscando en ellos alguna clave que revelase el secreto, con tantas ansias como si estuviera buscando el Grial.

Me eché a reír con ganas cuando se mostró sorprendido y algo desconcertado al descubrir que había unos helados con (casi) su nombre. Por un momento fue como si nada de lo de la callejuela hubiera pasado, como si Magnus tuviese su nariz perfecta, intacta, y no cubierta de blanco cual personaje de película de miedo. Los hay, y además muy variados. Hace poco vi que había unos de champán... pero mi favorito es el de todo chocolate. Por mi cara de gocha, seguro que se preguntaba como no era diabética y estaba en forma si comía tanto chocolate; solo con ver mi copa muchos tendrían que ir buscando su inyección de insulina. Deberías probarlos, los venden en un montón de supermercados y hay infinidad de sabores.

Al preguntarme la edad, le dije que iba a empezar quinto. Lo bueno de tener a alguien adulto y mago delante de mí era que podía preguntarle por los temibles exámenes que tendría que hacer al final de aquel año. Solo de pensarlo me entraba verdadero pánico; si el curso anterior había estado agobiada, no quería ni pensar en quinto. Sabía que Herbología me iría bien, me encantaban las plantas, así que esperaba que con un poco de suerte pudiera sacar un Extraordinario sin hacer peligrar mi salud de tanto estudiar. Pero lo que más miedo me daba eran Pociones y Cuidado de Criaturas Mágicas. Respecto a la primera, había tantos pasos tan minuciosos que seguir que podías equivocarte en uno sin darte cuenta, y adiós poción. Y la segunda... bueno, digamos que hay criaturas que prefiero verlas desde lejos.

Pero según Magnus, tanto en TIMOs y ÉXTASIS era peor la presión y los nervios previos que el examen en sí, él mismo había sacado todo Extraordinario en los ÉXTASIS menos en Herbología y Pociones. Con eso confirmó uno de mis miedos. Había que tener tanto cuidado para añadir la cantidad exacta de ingredientes en el momento exacto, y de remover el contenido justo en el sentido en que debía hacerse y en el momento preciso. CAOS. ¿Qué poción te cayó en el examen? ¿Y la del TIMO, la recuerdas? Si ya estaba nerviosa, su sigiente afirmación de que los exámenes de fin de carrera eran más difíciles que los de Hogwarts no hizo nada por calmarme, más bien al contrario.

Cuando adivinó la casa a la que pertenecía mejor incluso que la profesora de Adivinación, sonreí cuando me explicó en qué lo había visto. Después me llegó mi turno, y él también se sorprendió cuando adiviné su casa a la primera. Aunque me sorprendió aún más que dijera que era la primera persona de fuera del colegio que acertaba con mi predicción. Alcé las cejas. ¡Venga ya!. Alcé una ceja cuando mencionó lo de los Sagrados Veintiocho, me parecía más el nombre de una película de temática sobrenatural que algo del mundo mágico; he aquí una desventaja de venir de familia muggle. No sé como fuiste cuando eras estudiante, pero por lo que he visto hoy de ti no me ha cabido duda de que fuiste Gryffindor. Sólo un verdadero Gryffindor habría hecho lo que has hecho tú hoy; un Slytherin, de haberme ayudado, ni loco se hubiese enfrentado a ese grandullón por otros medios que no fueran mágicos. Supongo que en su día a día, su gente no le veía en el mismo entorno que yo hoy, pero para mí no había lugar a dudas.

Mientras le conté mis deducciones sobre su posible trabajo, me hizo gracia que Magnus me mirara comiéndose su helado como quien ve una película en el cine mientras se infla a palomitas. Cuando terminé mi perorata, cogí una cucharada enorme de helado y me llené la boca de chocolate. Gemí cuando el frío me hizo doler los dientes, pero aun así digerí el chocolate bien a gusto. Cuando me elogió por mi deducción brillante, sentí por un momento que había vuelto a Hogwarts y el profesor de una asignatura me estaba dando puntos extra para Ravenclaw por responder correctamente a una de sus preguntas. Tragué la cucharada y sonreí, halagada. Gracias. Pero no es nada especial; a ver, es bastante obvio. No era nada del otro mundo estar atento a la conversación que se está manteniendo. Le miré con la boca abierta cuando me dijo que el departamento de Deportes y Juegos Mágicos a veces organizaba mini-partidos de quidditch en los pasillos. ¿¡LO DICES EN SERIO!? El quidditch era mi pasión así, que, como no, mi pregunta/exclamación sonó muy fangirl. Pero tenía que ser tan genial...

Mi cara se puso más seria cuando Magnus dijo que pertenecía al departamento de Entrada en Vigor de la Ley Mágica pero que no tenía esperanzas de poder ascender. Tragué la última cuchara de helado que me había llevado a la boca y al terminar apoyé lentamente la cucharilla en la copa de helado. ¿Por qué piensas eso? Estaba intrigada. Sin conocer su personalidad, solo juzgando su aspecto exterior, parecía una persona seria y responsable. Y además, por lo que me acababa de revelar (sus notazas en los ÉXTASIS, el saber hacer un patronus con los ojos cerrados,...), también era buen mago. La nariz no se te va a quedar así para siempre, ¿sabes? Era la única explicación que veía, pero aun así era completamente ilógico. Es decir, él también sabía que su nariz se arreglaba en un periquete, así que ambos sabíamos que su aspecto físico no era un traba. No nos conocemos, Magnus, pero estoy segura de que eres un buen profesional. Si tienes un jefe con dos dedos de frente, sabrá valorar tus cualidades llegada la hora. Aunque bien pensado, papá llevaba años en su mismo despacho de siempre en la comisaría, y por muy majo que fuera su jefe, ahí le había dejado.
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Invitado el Lun Oct 19, 2015 11:19 am

Para qué mentir, me había impresionado que la chiquilla supiera hacer un patronus. Yo no lo conseguí hasta mediados de séptimo curso, y eso que lo estuve practicando desde quinto. Y por mucho que su patronus desapareciera si perdía un mínimo de concentración (lo normal) lo suyo era verdaderamente apoteósico. No soy precisamente una persona que reconozca con facilidad las habilidades de los demás, es algo que cualquier subordinado mío del Ministerio puede corroborar. Y por eso mismo estaba tan impresionado.

- Sigue practicando. Cuando lo hayas hecho tres millones de veces, mil arriba mil abajo, ya verás cómo eres capaz de hacerlo hasta haciendo el pino mientras te comes una hamburguesa. Siento decepcionarte pero no hay ningún otro truco. - le expliqué, dándome cuenta de que me miraba casi con reverencia incluida. Mira que yo en mis tiempos de estudiante también me obsesionaba fácilmente con ese tipo de cuestiones, pero no recordaba que tuviera tanta ansia por asimilarlo todo.

Tenía cojones que con treinta años voy yo y de casualidad me entero que tengo nombre de helado. Me cago en la puta, ¿mi madre no pudo comprobarlo antes de ponérmelo? Desventajas de ser de familia 100% mágica, imagino que una madre muggle pondrá el nombre de su retoño en Internet, en esa cosa llamada Goggle o algo así. Afortunadamente es un dulce muggle, y la mayoría de los magos no están muy familiarizados. De hecho recordaba que cuando era pequeño me aficioné a un dulce llamado Lacasitos y el hijo de puta de mi padre los tiró por el váter solo y exclusivamente porque era “mierda muggle”.

- No sé por qué, pero imaginaba que te encantaba el chocolate. - bromeé con su comentario de que le encantaban esos Magnum de chocolate. Solo había que ver la pedazo de copa que se pidió. Ese “no te cortes” mío despertó un monstruo no diabético. - Los miraré, de hecho voy bastante por Londres pero nunca los había escuchado. - comenté. Luego vino un torrente de preguntas sobre los TIMOS y los ÉXTASIS, algo que me confirmaba que la chiquilla tenía obsesión con los estudios. Yo también estuve atacado en mis tiempos, pero durante el curso. En el verano me tocaba los huevos, actividad muy sana y relajante. Me quedé unos instantes en suspenso pensando ante su pregunta. - Sí, sí que me acuerdo… pero porque Pociones era la asignatura que peor se me daba. No me preguntes todo lo que me cayó en ambos exámenes porque mi cerebro no da para tanto. - dije medio en broma medio en serio. Pero de Pociones sí me acordaba porque era un desastre. Bueno, tanto desastre no sería si saqué una S en ambos exámenes, pero joder, era una asignatura que me llevaba por los caminos de la amargura. - En el TIMO me cayó el Filtro de Paz, que por cierto suele caer bastante. En mis tiempos cayó tres años seguidos. Y en el ÉXTASIS tuve que hacer Amortentia. Sí, Amortentia. Lo peor es que nadie se esperaba que cayera semejante poción en el examen, ni siquiera el profesor. Así que apenas las hicimos dos o tres veces, yo me salvé por la parte teórica que la tenía perfecta… eso sí, muy mal no debí hacerla, porque la examinadora se quedó un rato hipnotizada oliéndola. - relaté, sintiéndome de repente muy viejo. Joder, parecía un puto viejo contándole a sus nietos sus batallitas de joven. Lo bueno es que con tanta charla no notaba tanto los dolorosos pinchazos que profería mi nariz rota.

Entre cucharada y cucharada a la chiquilla le invadió el alma de Sherlock Holmes y adivinó tanto la casa a la que pertenecí en Hogwarts como dónde trabajaba. Alcé la ceja cuando ella explicó el por qué me veía Gryffindor y razón no le faltaba. Me ahorré contarle que en el Ministerio tengo fama de ser “ese capullo arrogante que se cree mejor que el resto” y que yo estaba orgulloso de esa fama. Me halagaba que alguien pensara algo bueno de mí, para variar. Y que ese alguien no fuera mi madre era una novedad y de las gordas.

- En serio, palabrita de Merlín. - aseguré medio riéndome con su ataque de felicidad al comentarle que en el departamento de Juegos Mágicos organizaban partidos de quidditch. - Se nota que te gusta el quidditch. Quizás te suene muy emocionante, pero ir a entregar un informe tan tranquilo y que de repente te ataque una bludger es de todo menos profesional. - y no lo decía por decir. Desde el primer golpe de bludger que sufrí cada vez que pasaba por el departamento iba con cincuenta mil ojos. Al explicarle dónde trabajaba, casi se me escapan mis penas. Y cuando digo casi me refiero a qué le di suficiente material como para que se interesase. Dudaba mucho que una niña de quince años entendiera los entresijos del Ministerio, pero cierto es que parecía excepcionalmente lista. Estaba ya acabando el helado cuando rompí a reír al hacer referencia a mi nariz. Dulce inocencia de juventud. - No, no tiene nada que ver con mi nariz. Y gracias, al final vas a conseguir que me ponga colorado y todo. - bromeé, porque que yo recuerde no me he ruborizado ni una vez en toda mi vida. - En el Ministerio hay mucha política y mucha gilipollez. Y el puesto al que quiero optar no es fácil de conseguir, de hecho si lo lograra lo mío sería una especie de récord, el más joven en siglos. Y tengo treinta años, que no soy precisamente un niño. - tampoco un anciano, por mucho que me sintiera así contando mis batallitas de Hogwarts. Terminé mi helado encogiéndome de hombros, sin querer darle más importancia. Me limpié la boca con una servilleta y la arrugué metiéndola dentro de la tarrina. - Bueno, ¿estás más tranquila? Si necesitas otra Perdición de chocolate te la compro, pero no me hago responsable de una posible diabetes. - agregué con mi habitual sentido del humor que no se sabe bien si estás bromeando o estás hablando en serio. En realidad era una mezcla de las dos. - ¿Por dónde vives, por cierto? - pregunté, había dado por hecho que viviría en Londres, pero podría haber ido al callejón Diagon por la Red Flú, y eso podría suponer que viviera en el quinto carajo.
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Invitado el Mar Oct 20, 2015 11:23 am

Si creía que Magnus me iba a dar el secreto de los secretos, el cómo ser tan buena como él para poder hacer un patronus aún estando sentada en el retrete leyendo el típico bote de champú, me terminé chafando un poco cuando el único truco que había, según él, era practicar. Otra cosa no, pero practicar practicaba. Y con la neurosis de "esto es interesante, puede caer en el TIMO", "esto es complicado, puede caer en el TIMO", y similares, seguro que este año práctica no me faltaba. Solo esperaba poder hacerlo mejor antes de que tuviera que vérmelas con los examinadores...

Me encantó la reacción de Magnus cuando le dije que se llamaba como los Magnum. Pensándolo bien no era tan horrible, el día que conozca a un Scotty va a tener risa decirle que se llama como el papel Scottex... aunque bueno, en ese caso también se llamaría como Scotty de Star Trek, así que en ese caso sería un epic win. Pero aun así, los helados eran dulces y los Magnum estaban buenísimos, aunque así de primeras entiendo que impacte un poco si eres alguien que viene de familia mágica y no ha tenido mucho contacto con todo lo muggle. Sonreí y asentí con ganas cuando dijo que los probaría cuando fuera a Londres. Adelante, adelante, pruébalos. Y entonces te acordarás de mí y querrás darme las gracias... o no, porque a lo mejor te vuelves adicto y te da diabetes. Es lo malo que tienen los dulces, eso y que engordan. Aunque bien pensado, en el mundo mágico tiene que haber remedios milagrosos; los había para un montón de cosas raras, así que para cosas tan comunes como la diabetes o el sobrepeso sería raro que no hubiera nada.

Al hablar de TIMOs y ÉXTASIS, no pude contenerme. Claro que mi preocupación inmediata eran los primeros, pero los otros estaban también a la vuelta de la esquina y toda información era poca. Y teniendo a un adulto mago delante de mí, tenía que aprovechar. Le terminé sonsacando qué pociones le cayeron en el TIMO y el ÉXTASIS. Asentí cuando mencionó el Filtro de Paz. Por lo que he leído y me han dicho alumnos de cursos superiores, suele ser bastante común. Aunque siempre lo pueden cambiar, y entonces cundiría el pánico. Solté una risa nerviosa. Me esperaba algo así; haces que los alumnos se confíen y luego, ¡ZASCA! Pero por eso mismo me iba a preparar mejor. Pero cuando dijo lo de la Amortentia, abrí la boca de la sorpresa. Eso fue un golpe bajo. Como dijo Magnus, no era una de las más comunes, yo ni siquiera la había hecho en clase, solo había leído sobre el tema en un libro donde la mencionaban de pasada. Supongo que no es como el Filtro de Muertos en Vida o la Poción Multijugos, pero aun así. Es una de las más complicadas ¿Quién ha dicho que tenga miedo? Yo no. Bueno, no sé. Bueno sí, a lo mejor un poco. Pero el miedo se quedó como en stand-by cuando Magnus dijo que su examinadora había estado un rato hipnotizada con su poción. Sonreí con picardía. Me pregunto a qué olería... Lo malo de la Amortentia era su capacidad de atracción para muchas personas. Ni idea de a qué olería la mía, pero seguro que la de Magnus olía a madera de escritorio y a una esencia bastante elegante y varonil, me daba ese aspecto.

Tras el momento de deducciones del que Arthur Conan Doyle habría estado orgulloso, llegó mi momento fangirl cuando mencionó el quidditch; no un partido como tal, pero sí mini partidos en pleno Ministerio. Un sitio que parecía super serio y que al parecer, al menos en ese departamento, no lo era tanto. A Magnus le hizo mucha gracia mi reacción, pero dijo que no era tan emocionante cuando una bludger le golpeaba al ir a entregar cualquier informe. Me puse un poco más seria. En el quidditch era competitiva como la que más, aunque sabía asumir las derrotas. Pero no soportaba las bromas, y quizá el tema de la bludger me afectó más por ser yo golpeadora. Si hay algo que no aguanto son las bromas pesadas. En serio, no les veo la gracia. Si es un partido está todo regulado, supuestamente, y es distinto. Siempre podía haber brutos que se saltaban las normas, pero para eso estaba el árbitro. Pero entiendo lo que dices, estás en tu lugar de trabajo, no en el campo de juego. si en un futuro termino en ese departamento, prometo no lanzarte ninguna bludger Antes de que respondiera, me apresuré a especificarlo por si había sonado algo mal. Soy golpeadora.

Cuando se sinceró sobre su incierto futuro, quise saber el porqué de su pesimismo. Estaba claro que era buen profesional, no parecía el típico que pasaba de las normas. Y la nariz no era, eso se arreglaba enseguida. Con la boca llena de helado, una de mis últimas cucharadas, sonreí cuando dijo que le iba a terminar ruborizando. No creía que hubiese dicho nada del otro mundo, pero vale. Escuché la ambición en su voz, pero también las dudas y su frustración cuando dijo que el Ministerio estaba muy politizado. Cuando terminó, le miré con la cabeza de lado. De no haber sido por el susto que me había llevado, le habría plantado una mano encima del brazo en señal de apoyo, con total confianza, pero aquella vez me contenté simplemente con unas palabras de apoyo. Tampoco eres un viejo. Quien sabe, a lo mejor tienes suerte. Hay gente que busca experiencia, sí, pero también frescura. Una frescura que un sextagenario no tiene. Las cosas como son. Tampoco sabía que más le podía decir, no tenía idea de a qué puesto quería optar, pero me ahorré el tener que decir nada cuando él se dedicó a terminar su helado y yo le imité. Cuando vi mi copa vacía, la miré con tristeza, como la cara de alguien que acaba de perder a su mejor amigo.

Mientras me limpiaba la boca con la servilleta (lo malo del chocolate es que te deja la boca marrón y no era plan de ir así por la calle), Magnus ya había hecho lo mismo y me preguntó si estaba más tranquila. Me encogí de hombros. ¿La verdad? Aún tengo el susto en el cuerpo. No se me iba a quitar en un tiempo, eso lo sabía. Pero bueno, al menos creo que seré capaz de andar sin que me tiemblen las piernas. Eché un vistazo de reojo a mis libros recién comprados. Si no, a las malas, golpe de libros. El conocimiento es poder, y nunca mejor dicho. A no ser que fuese un armario como aquel de antes, claro. Pero tranquilo, con una Perdición de chocolate tengo bastante, tampoco quiero arruinarte ni volverme diabética. Aunque pude sonar un poco a broma, lo dije completamente en serio. Me incorporé, preparada para despedirme de Magnus e irme, pero entonces él me pregunto que dónde vivía. Agarré bien los nuevos libros con mis manos, dudosa. Vivo en pleno Londres. No está muy lejos del Caldero Chorreante, he venido andando. Pero tranquilo, puedo ir sola, no hace falta que me acompañes si no quieres. Me mordí el labio. Aunque me iba a sentir más protegida si Magnus me acompañaba todo el camino de vuelta a casa (por qué negarlo, aquel día se había convertido en mi salvador, solo le faltaba la armadura y el caballo; con esos puños no le hacía falta espada), la cara de mi padre iba a ser un poema si aparecía en casa con él.
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Invitado el Mar Oct 20, 2015 4:08 pm

Si fuera un estudiante me estresaría de solo escuchar a la chica, Rose. Hablaba con tanta pasión y a la vez preocupación de los TIMOS y los ÉXTASIS que cualquier alumno se agobiaría hasta rozar el suicidio, aunque fuera un niño novato que acabara de entrar en primero. La entendía porque yo también tuve mis ataques de histeria en mis tiempos, pero joder, que el verano está para disfrutar. Seguro que se pasaba todo el verano leyendo los libros de texto del curso siguiente. Pero seguro. Como siguiera así no iba a llegar viva a los exámenes finales del último año de carrera… esperaba por su bien que aprendiera a relajarse un poco.

- Lo peor no era su complicación, es una poción difícil pero las hay peores. La cuestión es que ni se planteaba que entrara en el ÉXTASIS, así que la vimos de pasada. Muy de pasada. Suspendió muchísima gente. - recordé, captando las referencias a otras pociones complicadas que decía Rose. - Ni el Filtro de Muertos en Vida ni la poción multijugos son pociones que haya visto un alumno que está a punto de entrar en quinto. Vas muy adelantada. - añadí, arqueando una ceja impresionado. De la segunda no me acordaba, pero el Filtro de Muertos en Vida se aprendía en sexto, si la memoria no me fallaba mucho. - A mí la Amortentia me olía a pintura y una mezcla de libro nuevo y viejo. Soy una rata de biblioteca. - confesé, medio riéndome. No puedo escoger entre el olor de un libro nuevo o un libro viejo, ambos huelen que te cagas. - A veces parezco retrasado en la biblioteca de mi casa oliendo los libros… menos mal que solo me ve el perro. - comenté, pasando a explicar qué no era tan divertido pasar por el departamento de Juegos del Ministerio. - Yo soy igual, pero ya no solo es que odie las bromas pesadas, es que no soporto la ineptitud y la falta de profesionalidad. Me tocan muchos los cojones los que hacen de su trabajo una fiesta y no se toman las cosas en serio. - añadí frunciendo el ceño con desagrado, no debería usar ese lenguaje en ese contexto, pero la verdad es que para ser yo llevaba demasiado tiempo sin decir tacos. Si no suelto diez borderías por frase no me quedo a gusto. - ¿Entonces quieres entrar en el departamento de Juegos y Deportes Mágicos? - le pregunté, cuando ella especificó que jugaba como golpeadora y que nunca me tiraría una bludger si se metiera a trabajar allí. - Creo que en quinto era cuando os hacían tutorías para orientaros a la hora de trabajar, ¿no? - pregunté porque no me acordaba bien. Creía que era en el año de los TIMOS, pero como mi tutoría fue sencilla y rápida apenas me acordaba de ese proceso.

No me gustaba hablar de lo que yo llamaba “mis penas”. Que no eran penas, pero eran temas que me preocupaban, porque veía mi objetivo de toda la vida al alcance de la mano y me daba miedo fracasar. Odio fracasar. Y más en algo que llevaba deseando desde antes incluso de ir a esa tutoría de orientación que te dan en tu quinto año de Hogwarts. Ver que el objetivo profesional de toda tu vida puede no lograrse es muy frustrante. Esbocé una sonrisa torcida ante sus palabras de apoyo, palabras que no eran fáciles de escuchar en una niña de esa edad. Me caía bien la chiquilla, las cosas como son. Me gusta la inteligencia y más si es tan precoz como la suya.

Terminamos los helados y le pregunté si estaba mejor y dónde vivía. Ahora lo esencial era llevarla con sus padres, porque no pensaba dejarla ir sola. Carajo, no he sacrificado mi nariz para que ahora se encuentre a ese hijo de puta sentado en el Caldero Chorreante. Teniendo en cuenta cómo le dejé dudaba mucho que pudiera sentarse en un tiempo, de hecho sospechaba que era más probable que me lo encontrara yo luego cuando fuera a San Mungo. Aún así me negaba a arriesgarme.

- Ni de coña vas a ir sola. - contesté tajante, sin admitir réplica. Al final el acosador iba a parecer yo, pero ya me había demostrado que era una chica inteligente, por lo tanto, no vi necesario aclararle que lo hacía por su seguridad. Ya le prometí antes que ni le tocaría ni un pelo de casualidad y lo cumplía. - Mi nariz puede esperar un rato más, y tampoco tengo gran cosa que hacer. - me levanté de la silla y salí con ella de la heladería, camino a la apertura del callejón con el Caldero Chorreante. La verdad es que muy rara vez había pasado por allí, normalmente me aparecía, y cuando iba a Hogwarts usaba la Red Flú que estaba instalada en mi casa. - Imagino que vas a contarles a tus padres lo que ha pasado. - era una pregunta indirecta, porque si me decía que no, le insistiría para que lo hiciera.
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Invitado el Miér Oct 21, 2015 12:20 pm

Al hablar de los TIMOs y los ÉXTASIS, más en concreto de los de Pociones, qne eran los que él recordaba, sonreí cuando Magnus me dijo que iba muy avanzada al conocer el Filtro de Muertos en Vida y la Poción Multijugos. Torcí la sonrisa, algo incrédula. Avanzada iría si supiera hacerlas, pero por su comentario deduje que ninguna de las dos entraría en el TIMO, así que dos preocupaciones menos. Eliminar esas dos pociones de la lista de posibles pociones hacía que esta pasara de tener cien a tener noventa y ocho. No estaba mal.

Respecto a la Amortentia, me sorprendió mucho cuando me reveló a que olía la suya; aunque el olor a pintura era demasiado intenso para mi gusto, el olor a libro era algo que compartíamos. Daba igual si nuevos o viejos, tampoco sabría elegir entre los dos porque tenían aromas muy característicos y agradables a partes iguales. No tienes que disculparte, estás hablando con una Ravenclaw. Sonreí. Todos, o casi todos, los de nuestra casa éramos ratas de biblioteca. ¿A ti no te decepcionan los ebook? Después caí en que igual no los conocía, al ser aparatos muggles. Son unos aparatos electrónicos con una pantalla decente donde puedes meter libros en formato digital e ir leyendo allí. Tienes la ventaja de que puedes llevar perfectamente mil libros metidos en el bolso, pero nunca será igual que leer un libro real y manipular las páginas entre los dedos... Como ávida lectora, papá me había terminado comprando un ebook ante la falta de espacio y estanterías, pero por suerte los libros de Hogwarts seguían siendo únicamente en versión impresa.

Al parecer, mi comentario sobre el departamento de Deportes y Juegos Mágicos le hizo pensar que quería entrar a trabajar a ese departamento cuando terminara en Hogwarts. Suspiré y sacudí la cabeza. No exactamente. Es complicado. Le dirigí una mirada evaluadora, pero al final decidí soltarle mi drama. De perdidos al río. Aunque como el quidditch no era santo de su devoción tampoco sabía si me entendería, pero apenas nos acababamos de conocer. Verás, me encanta el quidditch. Y pese a que veas toda esta fachada de Ravenclaw aplicada devora-libros, mi sueño es convertirme en golpeadora profesional. La cara de los profesores seguro que era un poema cuando se lo dijera en las reuniones orientativas que tendríamos este curso. Es una posibilidad remota, así que no estoy totalmente convencida porque no quiero cerrarme puertas en caso de que no salga, pero... Me encogí de hombros. A las malas, aún me quedaban tres cursos para replantearme el futuro si era necesario; eran más preocupantes (e inminentes) los TIMOs. Cuando dijo lo de las reuniones orientativas, asentí. Al parecer les gusta asesorarnos para ver en qué TIMOs tenemos que prestar más atención. Lo cual en cierto modo es estúpido. En el colegio muggles tienes que aprobar Matemáticas aunque quieras ser historiador.

Tras hablar de sus penas e intentar animarle, ambos terminamos nuestros helados y Magnus se mostró interesado en acompañarme a casa. Pese a mis palabras, siguió en sus trece y sabía que no iba a conseguir nada aunque le contradijera una o cien veces, así que lo dejé estar. Mejor dedicar ese tiempo en pensar como explicarle a papá qué hacía aquel extraño con la nariz rota cubierta de blanco acompañándome a casa. Ambos salimos de la heladería sin intercambiar mayor palabra y pusimos rumbo al Caldero Chorreante; cuando pasamos de nuevo por la callejuela donde me habían atacado, me encogí un poco y me pegué inconscientemente a Magnus, aunque sin llegar a tocarlo, y no me relajé hasta que no lo perdimos de vista. Magnus debió de notar algo, porque antes de entrar al Caldero me preguntó si se lo iba a contar a mis padres. Mi madre murió siendo yo una niña, solo tengo a papá. Que, por cierto, es policía. Así que intentar ocultarle algo es como tratar de esconder a un elefante en una caja de zapatos. Esbocé una sonrisa amarga. Iba a ser... curioso, por no decir otra palabra, cuando llegara el momento. Nunca había sido de las que le ocultaba nada a mi padre, el criarme como padre soltero nos había acercado más y nunca le mentiría. Pero en aquella ocasión habría hecho una excepción, aunque solo hubiera sido para suavizar mínimamente todo un poco. Pero con Magnus a mi lado, no tenía opción.

Al salir del Caldero, de nuevo en la húmeda calle del Londres muggle, agarré mejor mis libros para que ningún muggle viese el título de mis libros y los confundieran por libros normales. Aunque, como averigué al poco, aquellos con los que nos cruzamos estaban más ocupados mirando a Magnus y a su maltrecha nariz con desconfianza como para fijarse en mis libros mágicos. Mientras tanto, yo seguía dándole vueltas a como soltarle la bomba a papá. Como por arte de magia, sentí que algo vibraba en mi bolso y con mi otra mano rebusqué hasta que saqué el móvil. Solté una risita nerviosa. No solo era más tarde de lo que pensaba, sino que además tenía llamadas perdidas de mi padre. Porque claro, al ser Diagon un callejón mágico y no funcionar los móviles, las llamadas seguramente habrían ido al buzón. Seguro que estaba histérico. Intenta tú explicarle a un muggle policía y padre soltero que su hija no ha podido contestar al móvil porque estaba en un lugar demasiado mágico como para que este funcionara...

Al cabo de varios minutos andando, con el móvil de nuevo guardado en el bolso hacía rato, y los dos demasiado sumidos en nuestras cosas como para intercambiar mayores palabras, me detuve en la esquina de mi calle y miré a Magnus dudosa. Cuando él se detuvo, le miré a los ojos. ¿Seguro que quieres acompañarme hasta casa? Te recuerdo que mi padre tiene pistola. Reí nerviosamente, preocupada por Magnus y algo nerviosa. Pero al parecer ni una pistola muggle podía intimidar al valiente león, así que al final seguimos andando hasta que me detuve en la puerta de casa. Antes de llamar al timbre, miré de reojo a Magnus. Déjame hablar a mí, sospecho que mi padre va a estar de un increíble buen humor. Le miré con cara de disculpa y a continuación llamé al timbre.

Apenas un segundo después, mi padre abrió la puerta, con cara de preocupación. ¡Rosie! El abrazo de mi padre me pilló por sorpresa. No creía que fueras a tardar tanto, me tenías preocupado. Ya está anocheciendo y tu móvil no me daba señal y... Al separarnos (y volver a poder inflar de aire mis pulmones), su cara cambió repentinamente de padre asustado a policía en acción cuando vio a Magnus y a su sospechosa nariz. ¿Quién es usted y qué hace con mi hija? Mientras mi padre me cogía del brazo y me acercaba a él, alejándome de Magnus, observé que le miraba como si le acabara de arrestar y le estuviera leyendo sus derechos; yo me pasé una mano por la cara, algo avergonzada (y nerviosa, para que negarlo), y hablé antes de que lo hiciera Magnus. Tranquilo, papá. Se llama Magnus, trabaja en el Ministerio de Magia. Mi padre no entendía del mundo mágico más que lo que le había contado yo para su propia tranquilidad, pero esperaba que con eso se tranquilizara un poco. Funcionó: al menos ahora parecía un policía sospechoso de alguien, y no deteniéndole. Era un gran cambio. Miré a Magnus de reojo antes de seguir. Digamos que... había alguien que me perseguía y Magnus le hizo cambiar de rumbo. Como movido por un interruptor, mi padre se volvió a acercar a mí de repente y me tomó la cara con una de sus grandes manos, mirándome bien de arriba abajo. ¿Cómo que alguien te perseguía? ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo? Antes de que ninguno de los dos pudiera contestar, mi padre miró a Magnus (aunque sin apartarse de mí). ¿Magnus qué más? ¿O no tiene apellido? ¿Y qué le ha pasado a su nariz?
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