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I wish you would [Zack Dankworth]

Abigail T. McDowell el Jue Oct 22, 2015 4:10 am

Viernes, 03:37 am
Mansión Dankworth
Abi McDowell & Zack Dankworth

Las órdenes habían sido clara por parte del Señor Tenebroso y como fiel y obediente seguidora —pues probablemente es el único hombre ante el cual me doblego— tenía pensado cumplirlas esa misma noche. No parecía un cometido difícil, sino más bien tedioso. Nunca me había gustado especializarme solamente en una persona a la que sonsacar información, sobre todo si se trata de alguien tan terco como lo suelen ser los fiscales de Wizengamot. Había que recurrir a métodos mucho más… caseros y eso, por regla general, suele venir acompañado de mi Talón de Aquiles. Por lo menos había sido un fiscal y no un asqueroso Auror, como a mucho de mis compañeros le habían tocado.

La misión consistía en buscar al fiscal Fitzgerald, un fiscal bastante prestigioso que ha organizado junto a varios aurores unos secuestros ilegales de familiares de sospechosos a ser mortifagos. Una manera de usarlos de cebo y sacar información a partir de ellos. Era un acto totalmente privado e ilícito, por lo que no había constancia de ello públicamente. Los mortifagos lo sabían porque los principales afectados éramos nosotros. La idea era simplemente sacar información, apostando por el fiscal en vez de por los aurores. Ya que como es un hombre con un acomodado lugar en Wizengamot, seguramente esté durmiendo en su casa y no haciendo guardia. Puto nazi manipulador. Suponía que yo estaba exenta de cualquier tipo relación con los secuestros, sobre todo porque mi madre era aurora y no habían motivos para que sospecharan de mí. O eso quería pensar.

Pero no tenía pensado hacer todo aquello sola. Aprovecharía la experiencia para llevarme a una persona conmigo. Me aparecí en la puerta de la Mansión Dankworth y no, no se trataba del ahora padre por segunda vez, Caleb Dankworth. Hace tiempo que intento evitar saber nada de él y la verdad es que estaba mucho mejor así, manteniendo las distancias. Sin comerme la cabeza; él por su lado y yo por el mío. Le echaba de menos, pero en algún momento dejaría de hacerlo. Hoy venía a por Zack. Hacía tiempo que no sabía de él y le había prometido tanto a él como a mí misma en que le convertiría en alguien a quién Lord Voldemort quisiera entre sus filas. No un mero mortifago más, sino alguien que pudiera dirigirse al mismísimo Señor Tenebroso con orgullo por lo que ha hecho y lo que es. Y sabía que lo conseguiría pues Zack tenía un potencial increíble.

Eran las tres y media de la mañana. Era tan tarde porque me había pegado gran parte de mi tiempo buscando la casa del susodicho fiscal. Bajo el frío cielo de aquella noche, vestida prácticamente en mi totalidad de cuero, toqué al gran portón de la Mansión Dankworth. Seguramente Zack estaría durmiendo, pero eso no sería un problema. Me abriría el mayordomo, iría a buscar personalmente a Zack y nos iríamos de allí a cumplir con nuestro urgente cometido. Caleb no se enteraría y no molestaríamos ni a la nueva bebé llorona y cagona ni a los tortolitos de Caleb y Alyss.

Insistí y volví a tocar en el portón de la mansión. ¿Dónde narices estaba ese mayordomo tan increíblemente eficaz? Fue quejarme mentalmente y aparecer Ferdinand en la puerta.

¿Señorita McDowell? —preguntó extrañado.

Entré deliberadamente a la mansión para que el mayordomo cerrase la puerta detrás de mí.

Llamaré al Señor Dankworth —dijo por inercia, posiblemente al ver mi cara seria e inquieta.

No moleste al Señor Dankworth, estará ocupado —le dije claramente cuando fue a irse a llamar a Caleb, pues en otras ocasiones hubiera sido lo más normal—Despierte a Zack, por favor. Es urgente.

Muy bien, espere —me dijo, para luego irse escaleras arriba a buscar a Zack.

Simplemente esperé en el Hall, moviéndome impacientemente de un lugar a otro mientras me llevaba las manos a la boca y respiraba entre ellas para calentarlas a través de los guantes.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Zachary S. Dankworth el Jue Oct 22, 2015 7:17 am

Ya había empezado la universidad, y había vuelto la época de estudiar y de madrugar y de ser responsable. Pero que fuese responsable los días entre semana no significaba para nada que tuviese que hacerlo por las noches, y menos los viernes y los fines de semana. Era un universitario, después de todo, y los universitarios solíamos tener las mejores fiestas. Hoy era viernes, y había habido un gran desfase en la casa de uno de mis compañeros de clase, pero la fiesta acabó pronto debido a que sus padres llegaron a la casa antes de lo previsto y nos echaron a todos de allí mientras le echaban la bronca del siglo a su hijo. Pero a pesar de que no habíamos estado de fiesta hasta el amanecer, nos lo habíamos pasado muy bien. Demasiado bien, tal vez…

Me aparecí en el salón de mi casa a altas horas de la mañana. En cuanto lo hice me tropecé de una manera muy ridícula y acabé cayéndome de culo sobre la alfombra persa. Me quedé ahí, sentado con el culo dolorido por el golpe y con una expresión muy confusa en el rostro, como si no entendiese por qué estaba ahí sentado en medio de mi salón, y entonces comencé a reírme. Al principio lo hice de manera floja, y luego a carcajadas, casi sin control. Había bebido demasiado, y además estaba muy colocado. No sabía exactamente qué era lo que me había tomado, pero me lo había pasado uno de mis compañeros de clase y desde que lo probé sentía como si todo estuviese intensificado. Cuando me reía me reía muchísimo, cuando me alegraba me sentía completamente feliz, y cuando me molestaba me ponía violento. En la fiesta un idiota se había llevado un puñetazo en toda la cara por cortesía mía, ni más ni menos, y luego había continuado festejando con los demás como si no hubiese pasado nada. Estaba en un estado muy versátil aquella noche, y cualquier cosa podía hacerme estallar como una bomba tanto de manera negativa como positiva.

Mis carcajadas llamaron la atención de mi padre, pues poco después apareció en el salón para buscarme y ver por qué me estaba riendo tanto. Debía de haber estado despierto, pues estaba vestido con ropa normal en vez de pijama a pesar de la hora que era. Se detuvo delante de mí y me miró con el ceño fruncido mientras yo me partía el culo despatarrado sobre la alfombra.

-¿Estás drogado?- me preguntó. Era obvio que se me había pasado algo más que las copas, pero no parecía molesto, solo curioso. En realidad no podía estar molesto, pues después de las experiencias que él mismo había tenido y el tío Sylvan también sería un hipócrita echándome la bronca a mí.

-No- dije con todo muy serio. Mantuve la expresión seria durante tres segundos, y entonces volví a carcajearme otra vez. Mi padre puso los ojos en blanco y se acercó a ayudarme a levantarme.

-Anda, ve a tu cuarto, y no hagas ruido, vas a despertar a todo el mundo…- dijo mientras me acompañaba fuera del salón y me llevaba hacia las escaleras, y luego me acompañó también a mi cuarto para asegurarse de que no me desplomaba de nuevo en el suelo para volver a carcajearme como un payaso loco.

-Papá, déjame en paz- dije con un toque algo borde en el tono de mi voz. ¿Veis? Otra vez los cambios de humor. Encendí las lámparas eléctricas de mi cuarto al entrar en él, y siseé cual vampiro furioso cuando sentí como si la luz me cegase. El salón solo había estado iluminado por el fuego de a chimenea y ahora la luz me molestaba.- Joder… ¡Apágalas, apágalas!- repetí varias veces mientras me tiraba boca abajo sobre mi enorme cama, sin cambiarme de ropa ni nada.

-¿Quieres que te traiga algo?

-No, ya vete, quiero dormir- mascullé contra la almohada, haciendo que mi voz sonase grave y ahogada. Mi padre estaba apunto de apagar las luces y dejarme dormir la mona cuando de pronto oí el peor sonido que hubiese podido escuchar en aquellos momentos: la bebé se había despertado y se había puesto a llorar. Gruñí en contra de la almohada con muy mal humor.- ¡Dios, ¿qué le pasa a mi prima ahora?! Me duele la cabeza, ¡vete a callarla!

-Es tu hermana, Zack, no tu prima.

-Es 100% mi prima y 50% mi hermana, así que es mi prima- murmuré entre dientes, y escuché a mi padre reírse por lo bajo. ¿De qué se ríe? ¡Esto no tiene ni puta gracia!- ¡Anda, ve a ver qué le pasa a tu hija y déjame solo!

Mi padre se fue de la habitación, y un par de minutos después el llanto de mi medio-hermana/prima cesó. Yo en realidad no tenía sueño ni estaba cansado, pero no tenía nada mejor que hacer que quedarme en la cama.

Mientras tanto, tras calmar a la bebé mi padre salió de la habitación de ella y fue a dirigirse a su despacho, pero se encontró a Ferdinand por el pasillo cuando el mayordomo iba de camino a mi habitación para avisarme de que había venido Abi a por mí, a pesar de que yo no había quedado con ella. El mayordomo informó a mi padre de que su mejor amiga estaba en el pasillo de entrada, y aunque no había venido a visitarle a él mi padre bajó las escaleras para ir a verla.

-¡Abi!- exclamó cuando la vio allí de pie. Hacía muchísimas semanas que no la veía ni sabía nada de ella. Tenía la sensación de que le estaba evitando… pero eso era absurdo. ¿Por qué iba a querer la mejor amiga de mi padre evitarle? Obviamente mi padre era un idiota y no se enteraba, pero si me preguntasen a mí el por qué de la actitud de Abi McDowell yo tenía algunas sugerencias en la mente. Pero como nadie me había preguntado yo no había expresado mi opinión y mi padre seguía en la más completa ignorancia. Además, mi opinión estaba basada únicamente en teorías que no estaban demostradas.- ¿Qué haces aquí? ¡Hace semanas que intento contactar contigo, pero no lo he conseguido de ninguna manera!- Abi le dijo que había venido a buscarme a mí, y mi padre dedujo que se trataba de parte de mi entrenamiento para unirme a las filas de los mortífagos.- Está insoportable hoy, así que todo tuyo- dijo él, encantado de poder pasarle el problema de ocuparse de su hijo al que a veces le daba por ser conflictivo a otra persona.- Aunque no creo que vayas a poder llevártelo esta noche, Abi, no está en sus cinco sentidos.

-¡Qué poca fe tienes en mí, papá!- exclamé con tono grave y sarcástico, haciéndome el ofendido mientras bajaba las escaleras por detrás de él sin que él se hubiese dado cuenta antes de mi presencia allí. Ferdinand había venido a mi cuarto a despertarme, y en cuanto me había dicho que Abi estaba allí por mí había salido inmediatamente de la cama. Me sentía hiperactivo. Llegué al nivel del suelo y caminé hacia donde estaba la amiga pelirroja de mi padre con la que tan bien me llevaba yo y que se estaba encargando de educarme para sacar lo peor de mí.- ¡Abi, qué gusto verte! ¿A qué se debe el honor de tu visita?

Se notaba por la amplia sonrisa arrogante en mi rostro, el tono dramático de mi voz, y por la manera en la que el intenso movimiento de mis manos acompañaba a mis palabras que no estaba precisamente sobrio, pero sí que estaba en mis cinco sentidos, y me moría de curiosidad por saber a qué había venido Abi.
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Abigail T. McDowell el Jue Oct 22, 2015 4:17 pm

Me dieron ganas de meterle el paraguas que estaba viendo en la percha junto a la puerta a Ferdinand por el culo. ¿Tan difícil era dejar a Caleb fuera de mi visita? Solo quería llevarme a Zack. Hubiera sido mucho más fácil si pudiera aparecerme dentro de la Mansión, pero no, tenía un maldito hechizo protector que no se lo permitía a nadie excepto a los Dankworth. Puse los ojos ligeramente en blanco y solté aire de manera incómoda para luego darme la vuelta y ver a Caleb bajando por las escaleras, directo a mí.

Lo quería odiar. Por regla general no me apetece estar con gente con la que no me siento a gusto y desde que había sabido que Alyss estaba embarazada, con Caleb ya no me sentía tan bien como antes. Ya no me sentía del todo a gusto cuando sabían que habían vuelto a salir, menos todavía cuando supe que iban a tener un hijo juntos. No me gusta tener sentimientos que no comprendo y mucho menos por alguien, en ese sentido, con la vida bastante resuelta y con aspiraciones muy diferentes a las mías. Era incómodo y frustrante, haber tenido algo con lo que disfrutabas de todas las maneras y haberlo perdido de la noche a la mañana. Aunque lo más triste era que después de todo yo no había sido ni una opción. Y la verdad es que si lo estaba evitando es porque, por una parte no me gustaba reprimir mis impulsos y en consecuencia me ponía de mal humor y terminaba tratándolo de mala manera. Y ni yo me merecía sufrir ni él se merecía que yo le tratase mal solo porque no aceptase lo que estaba pasando. Así que hasta que no se me pasara esta gilipollez, que al parecer iba a ser pronto pues si el roce hace el cariño, la distancia todo lo contrario, prefería mantener las distancias con él.

He estado ocupada con el trabajo —me excusé escuetamente cuando me dijo que hacía semanas que había estado contactando conmigo. Lo sabía, mi secretaria no será muy eficiente, pero las órdenes las seguía al cien por cien y todo lo que tenía que ver con Caleb Dankworth terminaba en la papelera—Vengo a por Zack —le informé, cruzándome de brazos al escuchar lo que decía de Zack.

No sabía a lo que se refería, hasta que le vi bajar las escaleras de esa manera tan activa. Su manera de hablar le delataba y automáticamente tuve que negar con la cabeza ante lo divertido de la situación. Estaría borracho, pero lo que íbamos a hacer esa noche no requería tampoco que estuviera el cien por cien de sus capacidades. Además, era un maldito fiscal, dudaba mucho que pusiera resistencia alguna. Y quién sabe, quizás Zack borracho se inhibiera más.

Tengo una sorpresa para ti —le dije a Zack, consciente de que Caleb intentaría que no me lo llevara debido a su estado, por lo que tampoco podía decir exactamente lo que tenía en mente. Caleb no había asistido a la reunión, por lo que probablemente no tuviera ni idea de nada de lo ocurrido. Miré entonces a Caleb, sabiendo que iba a quejarse—Está perfecto para lo que haremos. No te preocupes por él, está en buenas manos —le aseguré bastante seria, sin intención de darle más detalles—¿Tienes la varita encima? —le pregunté a Zack, para asegurarme de no tener que volver para nada a la mansión. Mientras tanto me dirigí hacia la puerta y antes de salir miré a Caleb—Corre a descansar… —aunque en ese momento su bebé empezó a llorar nuevamente—O no —curvé una sonrisa jocosa, la primera sonrisa desde que estaba ahí dentro.

Salí de la mansión tranquilamente y caminé algunos pasos hasta alejarme de la puerta. Me paré en medio del jardín y me di la vuelta para mirar a Zack, el cual me seguía con un paso bastante feliz. Me acerqué a él y puse mis manos en sus hombros para mirarle con seriedad a los ojos.

Te quiero al cien por cien. No me hagas tener que darle la razón a tu padre, ¿entendido? —le dije de manera clara, dándole un voto de confianza. Su padre y yo habíamos hecho cosas peores en estados peores, pero él estaba empezando y todavía no sabía cuales eran los límites de Zack. Se me hacía raro hablarle cuando tenía esa mirada tan viva y activa… ¿Me estaría prestando atención? Le iba a explicar lo que íbamos a hacer, porque desde que nos desapareciéramos íbamos a tener que actuar y mejor dejar las cosas claras—Un grupo de fiscales y aurores han puesto en marcha una misión sin el consentimiento del Ministro en dónde han secuestrado a inocentes familiares de sospechosos claves para tenderles una trampa a los mortifagos en cuestión —le expliqué a Zack—Es incluso probable que haya gente que conozcas ahí, por lo que hay que tomarse esto en serio. Es una misión ilegal que no es de conocimiento público y prácticamente llevan desaparecidos entre uno y dos días los secuestrados —añadí a mi explicación, esperando que estuviera prestándome atención y no pensando en otra cosa. Si no, lo metería otra vez en su cama—Vamos a meternos en casa de uno de los fiscales de Wizengamot que está detrás de todo esto, lo interrogaremos y no nos iremos de ahí hasta que sepamos dónde tienen a todos los secuestrados —le dije—Esa es nuestra misión, muchos de mis compañeros están haciendo lo mismo con otros fiscales y aurores, para ser nosotros los que le tiendan la trampa a ellos y poder liberar a todos esos inocentes, hacer el caso público y que ellos paguen por lo que han hecho —le dije a Zack. Parecíamos los buenos y todo, pero estaba claro que a nadie le gusta que toquen aquello que es querido para uno y mucho menos que lo usaran en su contra. Yendo a por ellos podríamos liberales y hacer que todos testificaran contra esas personas para meterlos en Azkaban por atentar contra personas inocentes de esa manera y sin permiso directo del Ministro.

Cogí mi varita e hice aparecer una máscara de mortifago brillante y de metal gris, la cual se la tendí a Zack con lentitud.

Si estás preparado, es toda tuya —le dije, para luego pasar mi varita por delante de mi cara y hacer aparecer la mía, la cual tenía un toque verdoso en el metal de mi máscara. Le tendí la mano para aparecernos, para que me la diera cuando estuviera listo.

Una vez llegásemos al barrio de aquel fiscal, íbamos a tener que meternos en su casa y obviamente la aparición estaba descartada.
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Zachary S. Dankworth el Mar Oct 27, 2015 1:50 pm

A mi padre no se le veía muy contento por varias cosas. Una era la actitud fría de Abi hacia él, y la otra era que no quería que yo me fuese a una misión para entrenarme mientras estaba en este estado. Daba igual que ahora tuviese un nuevo bebé en casa por el que tener que preocuparse y al que tener que cuidar y mimar y todo, pues parece ser que mi padre jamás dejará de ser sobreprotector conmigo. Soy su primogénito, después de todo, el crío por el que se desvivió desde que era un adolescente y el único que tuvo durante dieciocho años, y todo eso no podía borrarlo el hecho de que ahora tuviese otra hija.

-No deberías salir así, deberías irte a dormir- dijo.

-Ay papá, déjame en paz, estoy perfectamente- protesté, haciendo una mueca moviendo las manos en dirección a él como si estuviese espantando a una mosca.  

Él tuvo claro que no iba a conseguir convencernos ni a Abi ni a mí de que entrásemos en razón y suspiró, y entonces la miró a ella seriamente, con gesto que podía interpretarse como incluso severo.- Como no me lo devuelvas entero porque le haya pasado algo porque no me habéis hecho caso te la cargas- dijo. Era una amenaza que no sonaba muy severa siendo dicha entre amigos, pero sí que sonó a amenaza. Lo dicho, era muy sobreprotector conmigo.

Ni Abi ni yo cambiamos de opinión sobre que yo fuese a la misión con ella, y tras asegurarme de que tenía mi varita encima me puse de camino para salir de la casa. Justo en el último momento escuché cómo la bebé se ponía a llorar otra vez y puse los ojos en blanco.- ¡Se queja de que yo estoy insoportable hoy y la maldita cría no ha parado de llorar ni un segundo! ¡Me va a reventar los tímpanos!- protesté en cuanto salimos a los jardines para poder desaparecernos allí, ya que Abi no podía aparecerse dentro de la casa. Que yo tenga entendido, ese es el único método de seguridad de la mansión que sigue en pie para Abi. Miré a Abi cuando se me acercó y me puso la mano en el hombro y me miró con seriedad. Imponía cuando miraba con seriedad, tenía un gesto que te demostraba que era capaz de rajarte en tiras a la vez que se pintaba las uñas sin inmutarse.

-Sí sí, tú no te preocupes que estoy en perfectas condic…- antes de terminar la frase me tropecé con una piedra y die un traspiés. Mi cara pasó de estar muy feliz a estar muy cabreada, así de repente, y le di una patada a la piedra que la mandó volando tan lejos que se perdió en la oscuridad. Justo después mi rostro volvió a cambiar y a estar muy feliz en una milésima de segundo.- Que estoy perfectamente, te lo aseguro.

Aunque probablemente no lo pareciese, la estaba prestando total atención mientras me contaba el motivo de la misión a la que me llevaba a estas altas horas de la madrugada, y me estaba enterando de todo a pesar de el colocón que tenía encima. Escuché lo que me decía sobre el pequeño grupo de Aurores y de fiscales que habían decidido tomarse la justicia por su mano, y aunque mi rostro permaneció sonriente un destello de ira cruzó mi mirada.- ¿Rehenes? ¿Y ni siquiera saben si son familiares de mortífagos de verdad o no?- no entendía cómo los supuestos “buenos” eran ellos y luego hacían cosas como esa y se atrevían a decir que los “malos” éramos nosotros. Nosotros al menos sabíamos a quién atacábamos, no cogíamos rehenes que podrían ser de los nuestros. Menuda panda de imbéciles...- Perfecto, haré lo que haga falta- dije, y entonces dejé de parecer tonto por lo colocado que estaba y mi rostro se mostró serio y determinado, dispuesto a hacer lo que hiciese falta. Conocía a muchísima gente que eran familiares de mortífagos y, tal y como decía Abi, puede que estuviesen entre esos rehenes que tenían atrapados ilegalmente. Haaría todo lo que pudiese para sacarles de allí y para que los Aurores y fiscales pagasen por ser tan atrevidos. Mi abuelo había muerto a causa de un Auror que se había tomado la justicia por su mano y que había sospechado de él a pesar de que no tenía pruebas, así que me jodía bastante que estuviesen haciendo lo mismo con otras personas.

Entonces Abi hizo aparecer una máscara de mortífago que me ofreció, diciéndome que era mía si estaba preparado. La cogí con mis manos y la miré durante unos segundos. Recordaba que al principio había dudado mucho sobre si este era el camino que había querido seguir y le había dado muchas vueltas en la cabeza, pero ahora esas dudas no existían.- Estoy preparado- asentí, dándole las gracias a Abi con una mirada. Me puse la máscara y cogí la mano que me tendía Abi para desaparecernos de allí.

Nos aparecimos cerca de la casa del fiscal a quien teníamos que extraerle la información para saber donde estaban los rehenes que pretendían usar contra los mortífagos. Era una casa lujosa de tres pisos en un barrio pijo de las afueras. Pero de nada servía que estuviésemos allí si no conseguíamos entrar en la casa, que estaba completamente protegida con magia. Ningún hechizo nos permitiría entrar.

-¿Tienes alguna idea?- le pregunté a Abi, pero no sé si lo hacía para ponerme a prueba, para joder, o porque en serio no tenía ninguna idea, pero no me dijo nada. Miré la casa, intentando pensar en algo. La cabeza me daba muchas vueltas todavía, aunque estaba manteniendo el equilibrio perfectamente. Como el aparecerse se sentía como si te metieses en un torbellino, ahora me sentía muchísimo más agitado que antes. Y eso, de alguna forma, me ayudó a pensar porque se me ocurrían cosas que antes no se me habrían ocurrido, porque soy un mago y los magos no solemos pensar en métodos muggles para hacer cosas que podemos hacer con magia. Pero en este caso no podía usar magia, y mi mente hiperactiva se puso a pensar.- ¿Tienes alguna horquilla en el pelo?

Por suerte sí que tenía, y me dio dos de ellas. Las cogí doblé uno de los extremos de cada una de ellas hacia arriba para hacerlas útiles para forzar la cerradura. Me puse de rodillas frente a la cerradura para ver bien y guardé la varita. Mientras no usásemos magia ninguno de los hechizos de seguridad de la casa haría efecto. La mayoría de magos eran idiotas por no poner seguridad antimuggle en sus casas. Claro, luego pasa lo que pasa…

-Vigila que no nos vea nadie, no quiero acabar en la prisión muggle por esto- le dije a Abi mientras yo insertaba una de las horquillas dobladas en la cerradura para poder girar el cilindro cuando estuviese abierta la cerradura. Con la otra horquilla doblaba me puse a sentir los contrapernos dentro de la cerradura para buscar cual era el primero que debía abrir. El primero no era, el segundo tampoco… cuando empujé el tercero para arriba se escuchó un click.- ¡Ajá! Si alguna vez mi padre te pregunta que cómo le robo el alcohol bueno y caro, el que tiene bien guardado con protección mágica y todo, no le digas que has visto esto, ¿vale?

Cedió el primero contraperno entonces, y luego el segundo. El cuarto falló, pero el quinto volvió a hacer ¡click!, y entonces pasé al cuarto…

¡CLICK!

Giré la cerradura con la otra horquilla y la puerta se abrió.

-¡Toma ya!- exclamé en voz baja (es decir, exclamé susurrando) tan contento como un niño de diez años, y me puse de pie. Señalé al interior de la casa e hice una exagerada reverencia.- Las damas primero…

Entramos en la casa y cerramos con cuidado la puerta detrás de nosotros. Saqué la varita de mi bolsillo, pues ahora sí que se podía usar la magia sin disparar las alarmas, pues habíamos burlado las protecciones. Estaba todo oscuro, pues lógicamente estaban todos durmiendo. Vi unas fotos colgadas en unos marcos en la pared, y vi en ellas al fiscal con dos niños pequeños, de unos seis y diez años. Por lo que se veía en las fotos parecía que era viudo. No me gustó ver a los niños en las fotos, pues lógicamente esos niños iban a estar en la casa, y no estaba seguro de si me gustaba eso. Pero no iba a echarme atrás por eso.  
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Abigail T. McDowell el Vie Oct 30, 2015 12:28 am

¿Caleb amenazándome? Aquello sí que era bueno. Omití decir absolutamente nada, solo le miré con una mirada que decía: “¿Me estás hablando en serio?” para luego darme la vuelta e irme de ahí. Digamos que actualmente no mantenía mi usual relación con Caleb. Desde verano había decidido alejarme de él para, por una parte, que él pudiera tranquilamente volver a su vida de padre y novio fiel y yo volver a mi vida normal en dónde no me como la cabeza por un hombre. Y funcionó, sin duda alguna. Así que entre más lejos estuviera, mejor para mí.

Salimos por la puerta —obviamente— y fue entonces cuando me olvidé de todo el tema Caleb y presté mi absoluta atención a su hijo Zack. Si era la mitad de interesante en este tema como lo era su padre, tenía un increíble potencial y yo me encargaría de sacarlo. Él se quejó de su nueva hermana y yo pasé de apoyarle. Apenas había visto a la niña y mejor así. Ya bastante asco le tenía a los bebés como para tener que soportar precisamente al de Caleb con Alyss.

Se lo conté todo a Zack y por suerte dejó de tener ese rostro divertido y distraído para tomarse las cosas en serio. Ese era el Zack que yo quería ver, un Zack serio y determinado que sabía cuándo tomarse las cosas en serio. Porque había muchas maneras de tomarse las cosas cuando eras mortifago y en muchas ocasiones lo perverso incluso parece divertido. Pero en aquel caso estábamos ante cosas serias que debían de ser tratadas con sumo cuidado.

Así me gusta —dije cuando cogió la máscara, para luego desparecernos de allí.

Aparecimos en un barrio de bastante buena fama. Era un barrio en Londres, un lugar muggle que destacaba por su seguridad. Además de que el fiscal había hechizado toda su casa ante cualquier intento de entrada mágica. Pero eso era demasiado evidente, por lo que nos aparecimos cerca de la casa y no tardamos en traspasar el jardín hasta llegar la puerta principal. Habían muchos magos y brujas que se limitaban al uso de la magia para solventar todos sus problemas, pero yo desde hace mucho que no me limito solo al uso de la varita, por lo que sí que sabía cómo entrar en una casa sin usar magia, pero prefería que fuera Zack quién sacara su vena creativa. Me preguntó por una horquilla del pelo y no tardé en llevarme las manos a mi pelo y quitarme las dos que tenía para dárselas. Tenía curiosidad por saber cómo había aprendido Zack a forzar una cerradura teniendo en cuenta que era un Dankworth y no le hacía falta ir forzando puertas por ahí, pero no era el momento de preguntárselo.

A esta hora en este barrio no creo que esté mirando nadie —contesté tranquilamente, ya que era increíblemente tarde y teniendo en cuenta que aquella zona residencial era casi toda familiar, todo el mundo estaría profundamente dormido. No tardó en abrir la puerta y yo me di la vuelta para dirigirme a él—Tranquilo —dije escuetamente, ya que teniendo en cuenta lo poco que hablaba con Caleb, ni se me ocurriría decirle algo así. Ni en ninguna otra circunstancia, en realidad. Era mucho más divertido que Zack se llevase el alcohol y ver a Caleb rayado pensando qué le pasa a su arsenal de bebidas alcohólicas.

Entré yo primera a la casa y no sonó ningún tipo de alarma, por lo que no debía de tener ningún hechizo que advirtiera sobre alguna presencia ajena. No me preocupé demasiado en los detalles de la planta baja, por lo que empecé a subir las escaleras son sumo sigilo mientras llevaba en mi mano la varita. Antes de llegar al segundo piso, me giré para mirar a Zack.

Encárgate de los niños —le dije con bastante simpleza. No me refería a que los matara, obviamente. He matado a niños sin ningún tipo de pudor, no hace falta más que recordar aquella matanza en la casa de los Ravensdale, pero en esta ocasión no hacía falta pues no suponían ninguna amenaza.  Pero debemos de asegurarnos de que los niños no salieran de la casa ni tampoco que nos molestasen o avisaran a alguien. Podríamos utilizarlos para alentar al fiscal, pero eso sería un recurso que utilizaríamos si no habla por sí solo—Yo me encargo del fiscal. Desde que termines, ven a su dormitorio.

Me separé de Zack y me fui hacia la izquierda. Habían dos puertas, pero una de ellas estaba abierta y era el baño, por lo que era la otra. Para la parte de la derecha había una puerta pero era bastante más infantil, por lo que se notaba que era la de los niños que compartían habitación. Con sumo sigilo me acerqué a la puerta y la abrí con lentitud, sin hacer ruido. Ya mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, por lo que vi el bulto del fiscal bajo las mantas, roncando suavemente. Me acerqué a él y le observé mientras dormía. No quería arriesgarme a usar magia por si por algún casual había algún hechizo que avisara de ello, teniendo en cuenta cómo eran los fiscales, podía ser totalmente plausible.

Tenía que mantenerlo quieto, por lo que opté por lo más fácil. Dejarlo inconsciente para poder moverlo a mi antojo. Cogí una figura de su cómoda que parecía ser un unicornio de metal y me acerqué nuevamente a él. Le di dos golpecitos en la cara para llamar su atención y abrió los ojos lentamente, yo giré mi rostro y fue entonces cuando se percató de lo que tenía delante. Abrió los ojos de par en par y fue entonces cuando le di un golpe con la plataforma del unicornio en la cabeza, dejándole inconsciente. Qué métodos más rudimentarios hay que utilizar por precaución…

Fui hacia su armario y cogí todos sus cinturones, atándole las manos a la parte de arriba de la cama mientras que sus pies se los até a la parte baja. Quité toda las mantas y el cuerpo del fiscal se quedó en forma de cruz, totalmente vulnerable. No tardaría mucho en despertar. Esperaba que Zack apareciera pronto, pues sería él quién le hiciera hablar.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Zachary S. Dankworth el Mar Nov 17, 2015 9:23 pm

Subí con Abi las escaleras de la casa a la que habíamos entrado por la fuerza para llevar a cabo con nuestra misión, teniendo sumo cuidado de no hacer ni un solo ruido para no despertar a nadie. Nuestra mayor ventaja en aquel momento era el factor sorpresa, si pillábamos al fiscal dormido sería una presa fácil que no opondría ningún tipo de resistencia, pero si se despertase antes de que llegásemos a su dormitorio las cosas podrían complicarse un poco más. Estaba a punto de preguntarle en un susurro a Abi qué era lo que debía hacer yo, pero justo en ese momento ella se me adelantó y me dijo que fuese a encargarme de los niños. Durante un segundo, solamente durante esa brevísima fracción de tiempo, palidecí pues lo peor se me vino a la mente… pero en cuanto pasó ese segundo mi rostro recuperó su color, pues me di cuenta de que Abi se refería a que les mantuviera callados.  Asentí con la cabeza para darle a entender que así lo haría, y en cuando llegamos al piso en el que se encontraban las habitaciones nos separamos y cada uno nos dirigimos al dormitorio en el que se encontraban los objetivos.

No me costó nada encontrar la habitación que los niños compartían. Entré en ella con cuidado, asegurándome de que la puerta no chirriase al abrirla para que no se despertasen, y la volví a cerrar antes de acercarme a sus camas. Estaban los dos en lados opuestos de la habitación, durmiendo tranquilamente en sus camas. No usé magia, pues ya me había avisado una vez mi padre de que había mucha gente paranoica en el Ministerio que tenían puestos hechizos de alarma por las noches para que saltasen si alguien ajeno a la familia usaba magia dentro de la casa, y no quise arriesgarme aunque eso haría todo un poco más complicado. Con magia lo más fácil sería echarles un Silencius y un Petrificus Totalus, o directamente un Desmaius que les dejaría KO toda la noche mientras Abi y yo nos encargábamos de su padre. Vi un baúl abierto lleno de juguetes y cachivaches y me acerqué con cuidado para buscar algo que me sirviese para atarles, y vi que tuve suerte cuando encontré una cuerda bastante larga allí. La cogí, y entonces me acerqué al armario y abrí la puerta para buscar unas bufandas. Había dos allí, así que las cogí, cerré la puerta del armario, y me acerqué a la cama del más pequeño, el que debía de tener unos seis años. Le tapé la mano con la boca para que no gritase cuando despertase, cosa que hizo en cuanto sintió mi presencia allí. Dio un respingo y vi en ese momento el terror en sus ojos en cuando vio que la persona que le había tapado la boca y le había despertado era yo, un desconocido con una máscara de mortífago. Estaba realmente aterrorizado. ¿Era ese el mismo miedo que había visto el asesino de mi madre en mis ojos cuando había pasado por encima de su cadáver y se había acercado a mí?

Me llevé el dedo índice a los labios para indicarle que estuviese callado, a pesar de que aún tenía mi mano tapándole la boca para que no hiciese ningún ruido, y entonces le solté y le amordacé con una de las bufandas que había cogido del armario. Le obligué a levantarse de la cama y le llevé conmigo hacia la cama de su hermano mayor, a quien desperté de la misma manera. El mayor intentó protestar y resistirse, hasta que vio a su hermano pequeño amordazado.

-Si haces algo o gritas, mataré a tu hermano- le amenacé con una voz fría y cruel. No iba muy en serio, no tenía ninguna intención de matar a ninguno de los dos críos, pero eso ellos no lo sabían. Sintiéndose aterrado, el niño más mayor me hizo caso y no intentó escapar ni gritó, y se dejó amordazar como el pequeño. Le obligué a sentarse en el suelo, donde le puse las manos en la espalda y se las até fuertemente a la pata de la cama con uno de los extremos de la cuerda que había cogido del baúl para que no pudiese levantarse y escaparse, y el nudo que hice era imposible de deshacer. Llevé entonces al pequeño a su cama e hice lo mismo con él con el otro extremo de la puerta.

Salí del dormitorio después de dejar allí a los niños y fui al dormitorio al que Abi había entrado, el del fiscal. Ella ya se había encargado de todo y tenía al pobre hombre inconsciente y atado a la cama con cinturones.

-Esto tiene una pinta muy sucia- dije mientras alzaba las cejas y miraba a Abi y al fiscal atado con diversión. Le pregunté que qué tenía en mente, y ella me dijo que lo dejaba todo en mis manos, que ella estaba aquí para supervisarme. Sonreí con satisfacción.- Muy bien, pues. Ahora mismo vuelvo.

Salí del dormitorio, esta vez sin preocuparme de no hacer ruido, y bajé a la cocina a por unas cosas. Busqué en los cajones hasta encontrar un paquete de cerillas que me metí en el bolsillo de mis pantalones negros, y luego busqué aceite y encontré dos botellas que agarré para llevarme, y luego cogí también una botella grande de agua. Busqué entonces en los armarios una caja de herramientas, aunque era muy raro que hubiese una en una casa de magos pues usaban la magia para todo. Por suerte encontré una, y saqué un martillo pequeño pero gordo de ella, y también un destornillador normal y uno plano. Estaba a punto de salir de la cocina cuando me detuve y miré los cuchillos. Durante años había visto a mi padre salir de las mazmorras de la casa con cuchillos ensangrentados después de torturar a alguien. Sabía que era su método favorito, pero yo los odiaba. Menos que a las pistolas muggles, pero los odiaba igualmente. Sabía que era producto de mi imaginación, pero sentí como si la cicatriz de la mejilla me escociese. Al final decidí coger solamente un cuchillo pequeño, por si acaso. Si podía, evitaría utilizarlo.

-¡Ya estoy de vuelta!- anuncié alegremente cuando regresé al dormitorio donde Abi y el fiscal me esperaban, aunque este seguía inconsciente. Dejé las botellas de aceite, la botella de agua, los destornilladores y el cuchillo en el suelo junto a la cama, y me acerqué al armario, de donde saqué un puñado de calcetines y los dejé en el suelo junto a las demás cosas.- Eh. Eh tú, despierta- le di unos cuantos tortazos en la cara para que se despertase. Podría haberle lanzado agua a la cara, pero no quería desperdiciarla en eso, la necesitaría después.- ¡Despierta!- una bofetada mucho más fuerte le despertó. Le sonreí ampliamente, a pesar de que no podía verme porque tenía la máscara puesta.- ¡Buenas noches! ¡Es usted el concursante de esta semana de “¿Quién quiere seguir vivo y entero?”!- exclamé muy eufóricamente, imitando la voz del presentador de “¿Quién quiere ser millonario?”.- El concurso es muy fácil yo te hago unas preguntas y tú contestas. Si contestas correctamente a todas las preguntas ganas un premio extraordinario, ¡salir con vida e ileso de esta maravillosa experiencia! Desgraciadamente el presupuesto del programa solo nos permite tener un comodín, la llamada al público. El público se encuentra en este momento en el cuarto al fondo del pasillo y estoy seguro de que les encantaría participar- el fiscal se dio cuenta de que el “público” eran sus dos hijos pequeños, y me miró con rabia y horror.

-No les hagáis nada…

-¡Primera pregunta!- exclamé, haciendo caso omiso de sus súplicas y manteniendo el estúpido tono de presentador de concurso de televisión muggle. Jamás en la vida había torturado a nadie. ¡Yo había sido siempre un buen chico! Lo único que había hecho había sido matar rápidamente a la gente que había amenazado mi vida o mis intereses, pero jamás había disfrutado torturando a alguien como debía de hacerlo ahora con este fiscal si no me daba las respuestas que buscaba. Estaba nervioso muy, muy en el fondo. No sabía cómo actuaría si estuviese completamente sobrio, per el alcohol y las drogas que había en mi sistema me estaban empujando a disfrutar de esta situación.- Esta es muy fácil. ¿A qué familiares de supuestos mortífagos habéis capturado tú y tu asqueroso grupito de amigos corruptos?

La sorpresa se desbordaba del rostro del fiscal. Claramente ni él ni nadie sospechaba que les habían descubierto tan rápido.

-No… no sé de qué me estás hablando.

-Oooooohhhhh qué pena, la respuesta es… ¡incorrecta! Hemos de proceder con la penalización- dije mientras me encogía de hombros. Cogí los calcetines de antes, hice una bola con ellos y se los metí en la boca al fiscal para que no pudiese gritar y no le oyesen los vecinos ni los críos que estaban al otro lado del pasillo (y que me daba pena que estuviesen en esta situación). Le levanté un poco la camiseta del pijama al fiscal, y cogí entonces una de las botellas de aceite y la abrí. Vertí unas gotas de aceite sobre su estómago descubierto, y saqué el paquete de cerillas del bolsillo. Antes de que al fiscal le diese tiempo a darse cuenta de lo que iba a pasar, encendí la cerilla y la tiré sobre el aceite en el estómago del hombre. El aceite ardió inmediatamente y le quemó la carne, y el fiscal chilló con todas sus fuerzas aunque no se le escuchaba por culpa de los calcetines. Dejé que se quemase durante unos segundos hasta que la pequeña porción de su piel que estaba en llamas estuvo de un horrible color rojo y negro, y el rostro del hombre estuvo amoratado de tanto chillar, y entonces abrí la botella de agua y vertí un chorro sobre su estómago, apagando el fuego. La habitación se había llenado de un horrible olor a carne quemada. Le quité los calcetines de la boca al hombre, quien estaba llorando.- Segunda oportunidad…
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Abigail T. McDowell el Jue Dic 03, 2015 12:54 am

Y os preguntaréis… ¿qué hace a un hombre ser malo o bueno? ¿Era Zack malo por estar torturando a una persona que pretendía torturar a otras personas? Ante todos los ciudadanos de Londres, probablemente un hecho así sería cuestionable y clasificado como malvado, ¿pero acaso el fin no justifica los medios? ¿No es mejor que una persona sea torturada o asesinada si, en cambio, salvamos más del triple? Matar por gusto es un acto malvado, matar por otra vida, se llama justicia. Quizás estábamos actuando como justicieros y a ojos de la ley éramos los malos. Pero a ojos de nuestras familias, ¿quiénes eran los verdaderos villanos? Era un bucle, un ciclo sin fin en dónde cada uno velaba por la seguridad de su familia y sus seres queridos. Era irónico que nosotros estuviéramos reclamando la vida de nuestros inocentes familiares cuando, por norma general, no respetamos la inocente vida de los familiares de nuestros enemigos. Este era un claro ejemplo. Pero está claro que había una cosa que los considerados "buenos" tenía y nosotros no: humanidad. Por eso en este terreno, nosotros ganábamos.

Había visto a Zack matar a muggles sin que le temblase la mano, era algo que bajo mi punto de vista, no le había costado lo más mínimo. De hecho pensaba que la tarea que iba a encomendar esta noche iba a costarle un poco más, pero nada más lejos de la realidad. Sin duda alguna había sacado los perversos genes de su padre.

Esperé con los brazos cruzados en la habitación hasta que volviera con todo ese arsenal de objetos muggles y sonreí traviesa al ver cómo utilizaba algunos con el hombre que tenía delante, explicándole en un primer momento el juego al que iban a jugar. Normalmente si trabajaba en solitario, no me gustaba jugar con mis víctimas pues yo era de hacer trabajos rápidos, eficaces y limpios, aunque debía de admitir que los Dankworth eran una buena familia con la que compartir diversión; tanto padre, como hijo. Aunque todos sabemos que tengo más predilección por el padre.

No me entrometí en ningún momento. Yo podría encargarme por mí misma de la situación, motivo principal de que yo fuera la única encomendada para ello, pero aquel iba a ser una nueva prueba para Zack. Tenía que crecer, no solo físicamente, sino también mentalmente. Si lo que quería era dedicar su vida al Señor Tenebroso debía de tener dos cosas primordiales claras: la primera, tu vida, prácticamente, le pertenece. Si él te necesita en un lugar a una hora, tú debes de estar ahí y solo si eres lo suficientemente valioso para él, sabrá dejarte hacer tu vida para su propio beneficio. Segundo, una orden directa, es incuestionable. Si por ejemplo él te ordena torturar hasta la muerte a una persona delante de sus hijos, como era el caso, lo tienes que hacer. No hacerlo significa deslealtad y por tanto la muerte. Lord Voldemort era claro en sus palabras, mal momento en el que se te ocurra cuestionarlas.

Sin embargo, estaba orgullosa de Zack. Era de esas personas que no dudaban y se entregaban al máximo en aquello que despertaba lo más oscuro en su interior. Damon iba por buen camino, pero se notaba que todavía necesitaba un gran empujón que le despierte al Harrelson que lleva dentro.

El olor a carne quemada traspasó las aberturas de mi máscara, haciéndome contraer casi todo el gesto ese desagradable olor. Me acerqué entonces a Zack y miré cómo le quitaba el calcetín de la boca al hombre.

El Señor Tenebroso nos ha ordenado torturar hasta la muerte si no coopera, no nos interesa vivo alguien a quién no podamos controlar —le informé al hombre, con la única intención de que fuera buscando las llaves que le consiguieran mantener con vida—Coopera o te puedo asegurar que después de ti, irán las dos criaturas de la habitación contigua.

Ya había cometido una vez el estúpido error de no rematar la faena. Jamás había que dejar eslabones perdidos en ningún tipo de ataque, sino asegurarse de que todos están muertos. En realidad no pesaría en mi consciencia matar a esos dos niños, pero no entraba en mis planes tener que llegar tan lejos.

Cariño, lúcete —sonreí debajo de la máscara, aunque por el tono de voz se me notaba. Entonces volví a retroceder, dejándole todo el espacio a Zack— Si le haces hablar en menos de diez minutos, tendrás recompensa. ¿Te ves capaz?

Me crucé de brazos y me apoyé en la cómoda trasera, observando a Zack. No todo lo que importa en una tortura es el dolor físico, la angustia mental, los ultimátum y utilizar a los seres queridos como moneda de cambio, suele ser igual de eficaz. Aunque yo soy una zorra, por mucho que prometa libertad después de cooperar, rara vez alguien ha seguido con viva después de ser torturado por mí.
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Zachary S. Dankworth el Vie Dic 04, 2015 2:05 am

Casi no me reconocía a mí mismo mientras torturaba a ese hombre. Había matado a sangre fría sin pestañear, pero nunca antes había tratado a una persona como lo estaba haciendo ahora. Sin duda el alcohol y las drogas estaban haciendo que todo me fuese mucho más fácil, aunque sentía el efecto de estas pasándose poco a poco, y estaba completamente lúcido y en pleno control de mis acciones. Las drogas solamente me habían hecho más feliz. De no haber ido de fiesta antes de que Abi fuese a buscarme para traerme aquí yo habría estado mucho más serio, pero habría actuado igual. Ya había aprendido a matar, ahora me tocaba aprender a torturar y a disfrutarlo. La sangre que corría por mis venas no me lo ponía difícil.

Le di una segunda oportunidad de responder al hombre, momento en el cual Abi me dijo que si el hombre no nos decía nada deberíamos matarlo. No dije nada en contra de ello, ya había matado antes y podía volver a hacerlo, aunque no me hacía ni pizca de gracia tener que matar a alguien que tenía hijos pequeños. Yo sabía lo que era perder una madre y, al igual que a mí me había ocurrido, su padre era todo lo que le quedaba a los niños que se habían quedado atados y amordazados en la habitación del otro lado del pasillo. Si yo hubiese perdido a mi padre después de haber perdido a mi madre me habría hundido en la miseria, y no era algo que le desease a nadie…

“Este hombre defiende a muggles,” dijo de pronto una voz en el interior de mi cabeza, una voz muy fuerte y casi imposible de ignorar. “Defiende al tipo de escoria que mató a tu madre.”

Casi salté de la sorpresa al escuchar aquella voz. Era tan alta y clara como si alguien hubiese hablado de verdad en mi oído, o más bien en el interior de ellos.

“Son las drogas,” pensé entonces de manera normal, como hacía siempre. Parecía que los efectos no se había ido tanto como yo pensaba, y esto era algo que no me esperaba. Miré al hombre a los ojos. Lo que la voz había dicho era verdad, ese hombre pertenecía al grupo de magos que defendía a los muggles a capa y espada, pero yo nunca había tenido nada en contra de los muggles, sino que había estado en contra de las armas que usaban.

“Son animales. Mataron a tu madre, y este hombre y todos los que son como él defienden a esos animales. Quieren hacerlo utilizando a magos. ¡Utilizan a magos para ayudar a muggles, a animales!”

“Cállate,” pensé mientras apretaba la mandíbula. Sentía como si estuviese teniendo una conversación entre dos personas diferentes en mi interior.

“Sabes que tengo razón. Los muggles están destruyendo el planeta, y nos destruirán a todos como hicieron con tu madre.”

-No voy… a decir nada…- masculló entonces el hombre entre gemidos de dolor. Por fin reconocía que sabía qué era a por lo que veníamos Abi y yo.

“¡Ves! Escoria. Defienden a seres inmundos que no se lo merecen. Deberían estar todos muertos.”

-Sí que lo vas a hacer- le dije con tono frío- y lo vas a hacer ahora mismo si no quieres que las cosas se pongan más feas de lo que ya están.

Pero el hombre era necio y no dijo ni una sola palabra, por lo que volví a meterle los calcetines en la boca. Escuché lo que me dijo Abi y sonreí detrás de la máscara.

-Desde luego que sí- dije con toda la confianza del mundo, y me puse manos a la obra otra vez. Vertí aceite sobre sus bíceps, una zona muy sensible del cuerpo y acto seguido prendí otra cerilla y le hice arder. Al igual que antes el hombre se puso a chillar de dolor y se retorció aunque estaba atado fuertemente a la cama. En cuanto pareció que estaba a punto de darle un infarto y la peste a carne quemada fue horrible y el fuego comenzó a expandirse por el resto de la piel se lo apagué. Salió humo y el hombre lloró del dolor.- ¡Dinos a quiénes os habéis llevado!

Seguía sin decir nada, así que metí por tercera vez los calcetines en su boca y esa vez vertí el aceite sobre su entrepierna. Esto iba a ser especialmente horrible para él. Acababa de encender la cerilla y estaba a punto de tirarla cuando escuché como el hombre gritaba, y aunque no se entendía lo que estaba diciendo se notaba que era algo como “espera”, así que le quité los calcetines de la boca con la mano libre pero no apagué la cerilla, sino que la mantuve encendida y preparada para quemarle sus partes si no cooperaba como tenía que hacerlo. Por suerte no hizo falta.

-¡Chad Buchanan!- exclamó el hombre con voz entrecortada, gimiendo todavía del dolor insoportable que acababa de sufrir. No me sonaba el nombre que había dado, pero a lo mejor a Abi sí que le sonaba, o el apellido. Le di un respiro al hombre para que se recuperase del dolor y siguiese diciendo nombres, y giré un poco la cabeza para mirar a Abi con satisfacción.- Peter Hoffman… Mortimer Black- ¡ese sí que me sonaba! El apellido, al menos, pero los Black eran un millón. Luego dijo más nombres cuyos apellidos también me sonaban.- Natasha Goyle. Caius Malfoy.

-¿Y quién más?- pregunté, acercando la cerilla un poco más a su entrepierna, amenazando con prenderle en llamas.

-Cassandra Schmidt… Sylvan Dankworth- en cuanto escuché el nombre de mi tío siendo mencionado entre la lista de los secuestrados por aquella pequeña banda que se había tomado la justicia por sus propias manos a espaldas del Ministerio y de la Orden sentí como si se me fuese la sangre del cuerpo. ¿Mi tío? ¡No podían tener secuestrado a mi tío! Sentí cómo me llenaba de ira y lo vi todo de color rojo, y ni siquiera escuché el nombre de los demás secuestrados. Estaba a punto de estallar, pero conseguí mantenerme calmado y controlar los impulsos asesinos que amenazaban con obligarme a rajar a ese hombre en canal con el cuchillo de cocina.- …y Jeffrey Cunningham.

-¿Dónde están?- pregunté intentando controlar mi ira, aunque era difícil.

-No lo sé…- el fiscal ya no estaba dispuesto a seguir confesando. De repente el hombre sonrió con burla.- Espero que alguno de ellos sea familiar vuestro y que se pudra- escupió, dirigiéndose tanto a Abi como a mí.

-¿Quieres jugar a ese juego?- dije con calma, y apagué la cerilla que había amenazado con tirarle en la entrepierna antes. Tenía algo mucho peor preparado para él. No había tenido pensando hacer eso para nada, pero ahora que sabía que uno de los que estaba en peligro era mi tío (lo cual explicaba por qué no habíamos sabido nada de él en dos días, aunque no nos había parecido raro) no pensaba detenerme ante nada.- Está bien, juguemos. Tú lo has querido. Tráeme al niño más pequeño- le pedí a Abi.

Ella salió de la habitación y volvió apenas un minuto más tarde con los dos niños desatados pero aún amordazados. El fiscal había estado demasiado dolorido, sorprendido y asustado durante ese minuto como para suplicar que no tocásemos a sus hijos, pero ahora por fin estaba reaccionando.

-¡No! ¡A mis hijos no!- le ignoré y agarré con brusquedad al niño pequeño por la camiseta del pijama y le quité la bufanda con la que le tenía amordazado. Estaba temblando y llorando aterrorizado. Me agaché rápidamente entonces a coger el cuchillo de cocina que había dejado en el suelo, agarré al niño del pelo para inmovilizarle, y le puse el cuchillo en el cuello mientras fulminaba a su padre con la mirada.- ¡Alex!

-Dime dónde están o te juro que te cortaré el cuello a tu hijo delante de ti, y luego al otro- le amenacé.- ¡Habla!

-¡Por favor, no le hagas nada!- suplicó el fiscal mientras su hijo chillaba pidiendo ayuda a su padre.

“No me hagas hacer esto, por favor…” supliqué mentalmente. No quería hacerle daño al niño, de verdad que no quería. Estaba teniendo flashbacks horribles del peor día de mi vida, y no quería convertirme en el mismo monstruo que me había hecho hace once años lo mismo que yo le estaba haciendo al niño ahora mismo. Pero sabía que mi mano no podía temblar, tenía que salvar a mi tío.

-¡DIME DONDE ESTAN!

El cuchillo comenzó a cortar la piel del niño pequeño, haciendo que cayese un hilo de sangre cayese por su cuello.

-¡TRINITY RISE!- chilló el fiscal, y detuve mi mano inmediatamente.- ¡Están en el número 21 de Trinity Rise!

Tiré el cuchillo al suelo.- Si estás mintiendo tus hijos lo pagarán- le advertí, y miré a Abi, esperando instrucciones. Casi por instinto más que por otra cosa le tapé los ojos con la mano al niño para que no viese a su padre en ese estado.
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Abigail T. McDowell el Jue Dic 10, 2015 3:27 am

Zack había hecho un trabajo estupendo consiguiendo que el hombre soltase todos los nombres de los retenidos. Por una parte me alivió cerciorarme de que mi familia (Max, a secas) estaba a salvo, aunque teniendo en cuenta que mi madre es aurora, no había mucho de qué preocuparse. No obstante, hubo un apellido que resaltó entre todos los demás. No conocía a Sylvan Dankworth tanto como a Caleb o Zack, pero sabía perfectamente lo importante que era para ellos, por lo que aquello, de manera indirecta, se había vuelto totalmente personal.

No interrumpí en ningún momento a Zack e incluso fui a buscarle a los dos niños a la habitación de al lado para que hiciera con ellos lo que quisiera y considerase oportuno. No quería decirle nada, ni condicionarle, ni marcarle las directrices. Sabía que daría la talla, pero quería percatarme de todo sus gestos, sus movimientos y sus decisiones. Por suerte había conseguido conocer un poco a Zack, una ventaja muy grande con respecto a Damon que hace que me implique mucho más tanto en su bienestar como en su aprendizaje. Me mantuve al margen, pero no perdí ni un detalle. Con el hombre no tuvo pudor, pero con el niño no parecía tan cómodo. No es fácil arrebatar la vida de un inocente.

Fue rápida y patética la confesión del hombre. Gente desleal y sucia que se vuelca en un proyecto peligroso y traiciona a la mínima de cambio. Lo primero que hay que tener claro cuando te unes a una causa es que, de haber ocasión, hay que morir por ella. Podré morir a manos de algún asqueroso auror o tras una horripilante tortura, pero yo me iba a la tumba sin traicionar al Señor Tenebroso. Eso lo tenía clarísimo.

Me acerqué a Zack cuando terminó. Los niños lloraban, el padre lloraba y Zack parecía estar buscando la solución final a todo aquello.

Llévatelos. Encargate de que no recuerden nada, ¿te ves capaz? —pregunté con seriedad, en voz baja para que solo me escuchase él. No iba a matar a los niños, no eran potencialmente peligrosos y ellos no tenían culpa de que su padre fuera un gilipollas sin escrúpulos—Nos vemos en la puerta en dos minutos; ni uno más, ni uno menos. Si necesitas ayuda avísame rápidamente —le hice saber. Quizás no dominaba el hechizo obliviate a la perfección, pero por su bien debía de empezar a perfeccionarlo. Me tiene a mí y a su propio padre como buenos instructores.

Miré mi reloj de muñeca. Si mis sospechas eran cierta, desde que usáramos un hechizo, la alarma se dispararía y vendrían refuerzos para ver que todo estuviera en orden, por lo que si el tiempo de reacción del Ministerio por norma general era de entre tres y cinco minutos, teníamos que estar fuera de aquí mucho antes.

Zack me hizo caso y llevó a los niños a la habitación. Yo me quedé allí con el hombre, un hombre que sabía perfectamente cómo iba a acabar. Él sabía que no iba a salir con vida; que un mortifago no tiene piedad.

Por favor, he cooperado, no me haga daño… —sollozó—No le haga daño a ellos, por favor… Son lo único que tengo...

Tendría un voto de confianza si no hubiera sido usted el encargado de raptar a nuestros familiares con la única intención de utilizarlos como cebo o sujetos de investigación, ¿iba usted a tener benevolencia con lo único que tenemos nosotros? —dije con claridad, agachándome a coger el cuchillo que Zack había dejado caer, rozando la hoja con los dedos bajo la tela del guante—A ver si os enteráis de una vez, malditos hijos de puta, que si jugar con nosotros ya es peligroso, no quieras saber lo que es meterse con nuestros seres queridos. Tú serás una de las muchas advertencias.

En un rápido movimiento con el cuchillo le degollé el cuello. Una fina línea se creó en su garganta de la que empezó a caer a borbotones la sangre. No lo admiré, sino que me di la vuelta al momento para dirigirme hacia la puerta. Dejé caer el cuchillo al suelo y bajé por las escaleras, abriendo la puerta y mirando nuevamente el reloj de mi muñeca por pura precaución, dando por hecho que Zack ya habría usado los hechizos necesarios.

Dos minutos… —alcé la mirada hacia las escaleras y vi bajar a Zack justo a tiempo, nada más llegar a mí, lo toqué por el hombro y me desaparecí hacia mí casa, el primer sitio que me vino a la mente y, sin duda, el mejor en aquellos momentos. Temía que si íbamos a la mansión Dankworth o a sus alrededores hubiera un Caleb con prismáticos cerciorándose de que a su hijo no le faltaba ninguna extremidad.

Ahora hacía falta hablar de algunas cosas, sobre todo sobre los retenidos. Las órdenes principales consistían en la búsqueda de información, no de la actuación directa. Pero algo me decía que ni él ni yo íbamos a quedarnos de brazos cruzados, mucho menos cuando Sylvan Dankworth estaba ahí y no sabíamos con exactitud que pretendían hacer con ellos. No sabíamos el qué iban a hacerles, ni tampoco cuando. Por eso entre antes actuáramos, mejor sería. La única duda que tenía era... ¿deberíamos avisar a Caleb?
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Zachary S. Dankworth el Lun Ene 25, 2016 12:55 am

Estuve a punto de perder el control cuando escuché el nombre de mi tío ser mencionado ente la lista de todos los que habían sido secuestrados para ver si eran familiares de mortífagos y así poder tenderles una trampa. Mi padre siempre tenía infinito cuidado para que no le pillasen, pero el hecho de que mi tío Jonathan, su hermano, hubiese sido condenado y encarcelado hace tantos años por ser mortífago no le había hecho un gran favor al apellido Dankworth. Mi abuelo había sido asesinado simplemente por ser de la familia, eso le había dado suficientes excusas a un Auror para matarle sin escrúpulos, y mi tío le daba a varios idiotas la única excusa que necesitaban para ir a por mi padre o cualquier persona de la familia. Mi tío Sylvan no era mortífago, no tenía la Marca Tenebrosa tatuada en su brazo así que no le podrían acusar de nada ni aunque le tuviesen retenido, lo cual era algo bueno. Pero el hecho de que hubiesen osado secuestrarle para dañar a la familia me pudo furioso, y no dudé en atacar al pobre e inocente niño para conseguir la información que necesitaba.

Estaba aliviado de no haber tenido que matar al niño, pues no quería convertirme en la misma clase de persona que el hombre que asesinó a mi madre e intentó matarme a él. Pero aunque estaba aliviado por haber tenido que hacerlo sabía que, de haber sido necesario, habría degollado a aquel niño sin dudarlo para castigar a su padre sin escrúpulos.

Asentí cuando Abi me preguntó si seria capaz de borrarle la memoria a los niños. No era un experto, pero mi padre me había enseñado lo suficiente para casos de emergencia. No sabría modificarles los recuerdos para cambiarlos por otros, pero sí que sabría borrar todos los acontecimientos de esta noche de su mente para siempre. Tras dirigirle al fiscal una última mirada llena de odio y repugnancia por el papel que había tenido en el secuestro de mi tío salí de aquella habitación para llevar al niño de nuevo a su cuarto con su hermano. Era plenamente consciente de que en menos de dos minutos esos niños serían completamente huérfanos. En otro momento habría sentido mucha lástima, incluso puede que le hubiese preguntado a Abi si no podíamos borrarle la memoria al fiscal y evitar así que esos niños sufriesen lo que yo había sufrido cuando perdí a mi madre. Pero en aquel momento aquello no me importaba en absoluto, lo único que quería era que aquel hombre pagase con su vida el haber osado meterse con alguien de mi familia. Nadie se metía con un miembro de la familia Dankworth y salía impune.

El niño lloró y pataleó y llamó a su padre, pero le sujeté y le obligué a ir a su cuarto.

-No volverás a ver a tu padre- mascullé desde detrás de la máscara con más crueldad de la que jamás me habría considerado capaz a mí mismo de tener.- Pero tranquilo, no recordarás nada de esto.

Abi me había avisado que solamente tendríamos dos minutos para salir de allí en cuando hiciese el primer hechizo, así que me di mucha prisa. Borré primero la memoria del pequeño y le dejé dormido con un Desmaius en su cama. No recordaría absolutamente nada de lo que había ocurrido después de irse a dormir después de cenar, y el último recuerdo que tendría de su padre vivo seguramente sería feliz, en vez de haberle visto humillado, quemado, torturado y a punto de ser asesinado. Al niño mayor le borré la memoria también, y con él fue más rápido porque había menos cosas que borrar, y también le dejé dormido en su cama. No despertarían hasta que los Aurores llegasen a investigar y les sacase de aquella casa a la que seguramente no querrían regresar jamás. En cuanto aquello estuvo hecho no perdí el tiempo y salí corriendo de la habitación y bajé las escaleras a toda prisa para llegar a la entrada de la casa, donde me esperaba Abi. En cuanto me tocó aparecimos en un apartamento pequeño que yo supuse que era su casa.

No me detuve ni un instante a observar los detalles de aquel lugar al que me había traído para escapar de los Aurores que aparecerían en la casa del fiscal para ver qué había ocurrido y qué había hecho saltar las alarmas. Me quité la máscara de un tirón y la tiré sobre el sofá que había en aquel salón, y me llevé las manos a la cabeza, sintiéndome tan furioso que quería arrancarme mechos de pelo de cuajo para liberar mi estrés. Dejé que escapase de mí una exclamación de frustración y furia mientras me movía de un lado a otro del salón como un felino enjaulado y alterado.

-Voy a matarles, voy a matarles a todos… ¡A mi tío! ¡¿COMO SE ATREVEN?!- casi grité, pero bajé la voz para no despertar a los vecinos y respiré profundamente para calmarme, aunque no servía de mucho. Me puse a repetir la dirección que nos había dicho el fiscal una y otra vez, como si estuviese loco.- 21 de Trinity Rise… Trinity Rise, Trinity Rise, Trinity Rise… Le tienen ahí… Tenemos que ir.

Quería coger mi máscara y mi varita y desaparecerme e ir directamente a por mi tío sin perder el tiempo en idear un plan, porque no sabía qué era por lo que estaba pasando él pero quería que volviese a casa YA. Estaba tan nervioso que ni siquiera se me pasó por la cabeza llamar a mi padre para decirle lo que estaba ocurriendo y pedirle ayuda, lo cual a lo mejor habría hecho las cosas un poco más fáciles, y también más sangrientas, porque a mi padre en cuanto le hacían algo a alguien de su familia no había quién le frenase y descuartizaba a todo el mundo que tuviese algo que ver con lo ocurrido.

-Pero le han atrapado para tendernos una trampa… Si voy a por él estaré cayendo en la trampa… O no, porque ellos no saben que yo lo he descubierto todavía, seguro que la trampa en sí no ha empezado todavía… ¿no?- balbuceé preguntándole a Abi. Ella llevaba años siendo mortífaga, seguro que sabía más de estas cosas.- Pero estando aquí no vamos a tener nada de información, no sabemos cuántos son, ni qué seguridad tienen, ni nada joder.

Estaba perdiendo la paciencia, y estando en esa casa no podía pensar claramente.- Tengo que ir… Tengo que ir- hablaba más para mí mismo que para Abi, murmurando las palabras muy bajo mientras iba al sofá para recuperar mi máscara y ponérmela de nuevo para cubrir mi rostro. Casi sin previo aviso me desaparecí de allí para ir a Trinity Rise, apareciéndome lejos del número 21 para que nadie me viese, en una zona muy oscura desde la que podía vigilar estando escondido.
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Abigail T. McDowell el Vie Ene 29, 2016 5:20 pm

A pesar de la noticia que habíamos recibido de aquel tipo, Zack había sabido mantener el tipo hasta el momento preciso, algo que no mucha gente sería capaz de hacer. Cuando llegamos a mi casa, no obstante, toda esa rabia e impotencia interior salió de golpe. Vi el cabreo y el odio reflejado en su rostro cuando se quitó la máscara. Yo le imité, con intención de tranquilizarle.

No podíamos simplemente ir hacia allí y rescatar a su tío. No era el único que estaría allí, además de que solo éramos dos y a saber cuánta gente había allí defendiendo el lugar en donde tenían retenido a todos los familiares. Habíamos completado la misión de conseguir información, la única que me habían dicho que hiciera; no sería lógico actuar por impulsividad cuando había más gente actuando de la misma manera en busca de crear un buen campo de información. ¿Y si nos había mentido? ¿Y si por alguna razón nos encontrábamos con más peligros de los que pudiéramos enfrentarnos? Entendía a Zack perfectamente y yo hubiera reaccionado igual si hubiera escuchado “Maximilian McDowell” de la boca de aquel fiscal, pero había que actuar con un poco de cabeza y no tirarse a una piscina en dónde no ves el fondo.

Vas a tener que relajarte —le recomendé cuando empezó a sentir ese pánico interior por su tío—No podemos ir a buscarle. No sabemos nada del lugar, ni qué defensas tiene, ni nada —le hice saber, esperando que me escuchara, pero no parecía funcionar, pues seguía ofuscado en ir hacia adelante sin que le importara absolutamente nada lo que pudiera encontrar—No sé cómo de rápido corre la información, pero si mis compañeros han actuado antes que nosotros es posible que el caos ya haya comenzado. Y no sé cómo puede afectar eso a la defensa… si por el contrario la han fortalecido o si ha sido disminuida.

Por un momento pensé que había entrado en razón, que el hecho de no saber nada del lugar ni de la gente que podía estar defendiéndolo le había hecho pensar en que la solución lógica no era ir. Yo no estaba siendo totalmente sincera con él, ya que probablemente yo hubiera actuado por impulso propio y me hubiera metido en la boca del lobo en busca de mi ser querido. No obstante, no quería que Zack se metiera en problemas. Seguir el curso de las emociones solía ser peligroso y por norma general te mete en más problemas de los que resuelve y ya que yo no sabía controlar eso muy bien, quería que mi aprendiz —y sobre todo, el hijo de Caleb, pues Caleb tampoco lleva muy bien eso—, pudiera aprender a sobrellevarlo y usar más la cabeza.

Pero no.

De repente cogió su máscara, se la puso y se desapareció. Yo resoplé con desesperación y cogí la mía, apareciéndome por la zona de Trinity Rose con la varita en la mano. No tenía ni idea de dónde se había aparecido él, pero cuando salí del callejón en donde había aparecido yo, me puse a caminar por las proximidades bastante preocupada y desesperada, hasta que, tras girar en una curva, pude verlo escondido detrás de una intersección oscura. Lo reconocí a la primera, por una parte por la ropa y, por otra, porque era tan sospechoso en ese lugar como solo Zack podía serlo.

Crucé la calle en dirección hacia él con muchísima rapidez, llegando a su lado para sujetarle del suéter y meterlo dentro del callejón. Lo empujé contra el muro de piedra y lo miré fijamente a través de mis abertura de los ojos a los suyos.

Me cago en la puta, Zack. ¿Quién coño manda aquí? —pregunté retóricamente con voz seria, distorsionada levemente con el sonido metálico de la máscara que le daba todavía un toque más oscuro y enfadado. No esperé a que me contestara, porque la verdad es que no estaba como para soportar los prontos infatiles de un adolescente en asuntos que pueden ser de vida o muerte—No me vengas con esta actitud heroica y ni se te ocurra tomar decisiones así otra vez sin mi permiso. Si estás aquí es gracias a mí y por tanto estás bajo mi responsabilidad, ¿entendido? —Tenía el ceño fruncido y mi voz sonaba severa. No quería que le pasara nada, por una parte porque le había cogido cariño —todo hay que decirlo— y, por otra, porque si no Caleb me mata. No era lo mismo estar en situaciones así con él que por ejemplo con Damon, que es un chico que me importa más bien poco hasta el momento—Así que tranquilízate o te llevo a casa. Tu padre estará encantado de encadenarte para que no puedas tomar parte de este entierro, ni de ninguno más si fuera por mí —le amenacé, soltándole entonces levemente.

No aparté la mirada de él en ningún momento, por si por alguna casual pretendía volver a actuar por cuenta propia. Me mantuve callada un momento, lo suficiente como para salir un poco del callejón, mirar a mi alrededor y orientarme. No había nadie por la zona, por lo que teníamos cierta libertad a la hora de movernos. Volví a dónde estaba Zack y lo miré nuevamente.

Vamos a ir a salvar a tu tío, pero vas a tener que hacerme caso en todo y tranquilizarte. Y nunca —le señalé con el dedo en el pecho para enfatizar lo que le iba a decir:—Nunca, vuelvas a actuar en base a la desesperación porque nunca sale nada bueno de ahí. Usa la puta cabeza —le di un golpe en la sien, pequeño y de advertencia para que se pusiera serio e intentara que todos sus nervios desaparecieran, porque lo necesitaba lúcido. Muy lúcido.
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Zachary S. Dankworth el Dom Ene 31, 2016 9:01 pm

Después de desaparecerme de repente de la casa de Abi para aparecer cerca de la casa en la calle en la que nos había dicho el fiscal que tenían retenido a mi tío no tuve tiempo de hacer nada, ni siquiera de pensar en qué iba a hacer, pues apenas unos segundos después apareció Abi a mi lado bastante cabreada y tiró de mí como si fuese un niño pequeño para empujarme después contra una pared y echarme la bronca. No se le veía el rostro, pero sí los ojos, y su expresión junto con el sonido de su voz eran suficientes para que cualquiera se estremeciese, aunque en mi estado de angustia por la situación de mi tío Sylvan no me ocurrió eso pero sí que me sentí un poco mal por haberla dejado tirada en su piso y haber venido corriendo a lo loco sin pensar un poco antes.

No dije nada y simplemente la miré directamente a los ojos mientras ella me echaba la regañina por haber hecho eso, y apreté la mandíbula para contenerme y no ponerme a replicar. Sabía que Abi tenía razón, aunque claro, el orgullo hace que cueste admitirlo. Pero tenía razón, ella era la que mandaba y yo tenía que hacerla caso para que todo saliese bien. La vida de mi tío estaba en juego, y ahora que íbamos a ir a rescatarle también lo estaba la de Abi y la mía. Y si todo salía mal habría consecuencias para la familia entera…

Aunque probablemente no era lo mejor que podía hacer en aquel momento, en cuando Abi me amenazó diciendo que o me tranquilizaba o me llevaría a casa me reí muy brevemente por lo bajo, y a causa de la máscara sonó como un resoplido. Al decir aquello Abi había sonado como la típica madre que riñe a su hijo diciéndole que o se portaba bien o le llevaría a casa y no le dejaría estar jugando más tiempo fuera. Pero después volví a ponerme muy serio, porque la situación era jodidamente seria.

-Lo siento- murmuré después de que me diese el pequeño golpe en la cabeza.- Es que no puedo perder a mi tío. No puedo dejar que mi padre pierda a alguien más. Ya ha perdido a todo el mundo, y perdió a su hermano mayor, si pierde a su hermano pequeño no lo soportará.

Yo estaría devastado si le sucediese algo a mi tío, al que adoraba. Pero era verdad, el que peor lo pasaría sería mi padre. El no era un hombre débil, pero una persona, por fuerte que sea, solo puede aguantar el sufrimiento emocional hasta tal extremo. Abi conocía a mi padre casi tan bien (o puede incluso que igual de bien) que yo, y creo que sabía al igual que yo que no podíamos permitir que hubiese otra muerte en la familia. Ahora sí que estaba pensando en mi padre, no como antes, pero no tenía intención alguna de avisarle para que viniese. Sé que lo haría sin dudar ni un segundo, pero ya tenemos suficiente con que esta noche haya dos Dankworths en peligro, y no pienso dejar que él ponga la suya en peligro también.

-Lo siento- repetí, ahora con la voz más segura que antes, y estaba mucho más calmado, y también más decidido a hacerlo todo perfectamente para que esos hijos de puta que tenían a mi tío pagasen por haber osado ponerle la mano encima. Miré con respeto a Abi, agradeciéndole a través de mi mirada que ella fuese a ayudarme a sacarle vivo de allí.- Dime, ¿qué tenemos que hacer?

Haría cualquier cosa.
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Invitado el Mar Feb 02, 2016 7:30 pm

La estancia estaba completamente a oscuras. No se veía ni el más mínimo movimiento o vida a una distancia más lejana que la que marcase tu propia nariz. Resultaba absurdo para mi que una oscuridad así existiese pues era como estar sumergido en el vacio pero sabiendo que tu existes y estás ahí. El silencio era igual de claustrofóbico. No entendía como un sitio podía ser tan lúgubre por la falta de tantos elementos. Contaba con el conocimiento de que no estaba solo, pues mis manos, atadas a mi espalda, rozaban con las de otra persona, que estaban frias. Su temperatura me hacía duda muy seriamente sobre el estado vital de la misma pues me temía que estuviese tocándole las manos a un cadaver. Tampoco es que pudiera decir que esa era la peor parte de todo lo que estaba pasando.

El tiempo había pasado de una manera muy extraña desde que un desconocido me había dejado inconsciente y me había encerrado en aquel eternamente oscuro cuarto. Sabía que había pasado tiempo, pues mis pensamientos se habían sucedido los unos a los otros continuamente y porque en un par de ocasiones había conseguido volver a disfrutar de la luz cuando me habían sacado de allí para interrogarme. Se las habían ingeniado para que no les viese la cara. Supongo que a pesar de todo lo seguros de sí mismos que parecían aun contemplaban la posibilidad de que saliese vivo de allí. O quizás solo les servía en caso de que me escapara...En cualquier caso, el haberse cubierto la cara no les protegía de mis reacciones. No solo no había prestado la más mínima atención a sus preguntas, si no que, en cuanto me quitaron la mordaza que incomodaba a Dios, me puse a insultarlos en todos los malditos idiomas que conozco.

- Di tu nombre- había dicho una voz de mujer, pero grave y que me parecía que venía de más lejos de lo que sería lo lógico.
- ¡Me cago hasta en tu puta madre!- Había soltado yo interrumpiéndola y sin escucharla- ¡¿¡¿Que mierda de manera es esta de tratar a la gente?!?! Panda de trolls de las mazmorras retrasados...ni como secundarios de un juego de mesa muggle valeís. ¡Malnacidos! ¡Si hubieseis nacido con las uñas largas habrían pensado que erais duendes deformes! ¡Soltadme, joder!- Me había dado tiempo a decir antes de que me volviesen a amordazar y llevarme a la estancia oscura la primera vez. Seguía maldiciendo aun amordazado, pero por desgracia, no se me entendía una mierda.

Unas tres siestas después. Mi compañero de manos desapareció y cuando volvió estaba mucho más frio que cuando se había ido. Se que había más gente en aquella habitación porque alguien entró y salió varias veces aunque las manos que yo tocaba seguían allí. Al principio había oido lágrimas, lamentos y algunos suspiros. Después de mi segunda excursión fuera, me dejaron solo con aquel individuo de manos frias en la habitación.


- Dank...-le había dado tiempo a decir a mi interlocutor.
- ¿Tú crees que la zorra de tu madre estaría orgullosa de ti si viese como tratas a la gente? Se debe de estar cagando sobre tu retrato por la puta frustración- Había sido mi aportación la segunda vez. Se ve que su paciencia mermaba conmigo pues no me dio tiempo a decir nada más antes de que me arrastraran de nuevo a la oscuridad y el silencio. Había intentado escupirle a uno pero me sacaron de allí sin que yo tuviera la certeza de haber acertado.

Supuse que los días pasaban pues el hambre y la sed se hacían poco a poco más difíciles de llevar. No querían que muriesemos, pues de comer no nos daban, pero de beber nos daban a la fuerza. No sabía lo que estaba bebiendo, pues no reconocía el sabor. Pero si era veritaserum, conmigo estaban jodidos. No solo no sabía nada de nada por norma general, si no que, por si se daban casos como este, me encargaba de no escuchar las preguntas jamás. Al parecer ser un pesado arrogante tiene su parte positiva.

Aquella oscuridad me daba claustrofobia, y a medida que pasaba el tiempo, dormía menos y mi sueño estaba plagado de pesadillas en las que me caía en la oscuridad mientras la voz de mi hermano gritaba. Temía que las frías manos que tocaba todo el rato fuesen las suyas...O las de alguno de mis sobrinos. La pared en la que apoyaba la cabeza para dormir se convirtió en la guardiana de mis pensamientos y mi mejor amiga en aquella incomoda estancia. No podía hablarle, pero era lo único real que podía tocar casí.

¿Iba a morir allí? Solo, en silencio y a oscuras...
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Abigail T. McDowell el Miér Feb 03, 2016 3:03 am

La verdad es que estaba tan pendiente de Zack que ni me había dado cuenta de cómo le afectaría a Caleb el hecho de perder a su hermano pequeño. Le destrozaría de una manera increíble, tanto que ni quería imaginármelo. Zack pareció entrar en razón, disculpándose por su actitud temeraria y estúpida. Decidí no dar más hincapié en el asunto, porque aparte de que no había tiempo, estábamos en un mal lugar. Primero porque era un puto callejón oscuro y todo lo que haya dentro de un callejón oscuro llama la atención y segundo porque no teníamos ni la más mínima visión del lugar al que debíamos dirigirnos y debíamos empezar a movernos.

Mejor no avisar a tu padre —le dije, pues ambos estaríamos pensando los pros y los contras de por qué no avisarle—Sería perder el tiempo y los dos sabemos cómo se pone… Mejor no meterlo en esto. Si no le han avisado de la misión será por algo.

Y era verdad, muchos de nosotros —los mortifagos— habíamos sido llamados para buscar la información necesaria. Sin embargo Caleb no, por lo que mejor seguir respetando la voluntad del Señor Tenebroso.

No vas a perder a tu tío, vamos.

Le cogí de la mano sin su permiso y me desaparecí con él, mirando directamente a uno de las azoteas de los edificios. Desde allí podíamos ver, a lo lejos, la entrada de Trinity Rise. Me acerqué con él al muro que delimita la azotea, señalándole la puerta y el edificio en cuestión. Lo examiné, observando las entradas que había: una principal, una por la azotea y varias ventanas que aparentemente estaban cerradas. Medité la posibilidad de que los rehenes estuvieran en las habitaciones superiores, quizás hechizadas para que desde fuera no se viera el interior, no obstante, sabiendo lo sucio que han sido a la hora de raptar inocentes para dar con los enemigos, lo más lógico es que lo tengan en un sótano.

Giré mi rostro, aún oculto bajo la máscara, hacia Zack, agachándome por si a alguna mirada curiosa le daba por alzar la vista. Hice que Zack se agachase conmigo, haciendo que mi máscara se desvaneciese tras pasar la varita por mi rostro, para poder mirarle a los ojos y que se diera cuenta de la seriedad de mi gesto y de mis palabras.

Es un edificio de tres plantas con dos entradas, la superior de la azotea que supongo que estará cerrada y la principal, que supongo que estará vigilada y sellada —expliqué, suponiendo todo en base al modo operandi que solían adoptar—Cabe la posibilidad de que los capturados estén en las plantas intermedias, pero si son tantos lo más seguro es que estén en el sótano. Teniendo en cuenta lo grande que es el edificio, habrá mínimo seis magos perfectamente cualificados, tres para vigilar y otros tres para tratar con los capturados —añadí, buscando en su mirada una afirmación—Todo esto son suposiciones mías, ya que sé lo mismo que tú. Lo lógico sería entrar por…

Pero entonces escuché detrás de mí el característico sonido que todo mago conocía: el sonido de cuando alguien se aparece cerca de ti. Me levanté de golpe y vi en la azotea de enfrente a un hombre corpulento con la máscara puesta, sujetando su varita con una fuerza que parecía que iba a partirla. Rápidamente hice aparecer mi máscara y sin previo aviso me aparecí al lado de él.

¿Qué cojones haces aquí? —preguntó él.

Puedo hacerte la misma pregunta.

¡Tienen a mi hija! —susurró tan fuertemente que si no se hubiera esforzado en ocultar su ira, lo hubiera escuchado toda la manzana—¡Pensaba que estaba en su residencia universitaria y me he enterado por ese maldito auror que está ahí encerrada junto a los demás! —añadió con una impotencia que casi daba la sensación de que estaba llorando.

Tras algunas palabras más entre él y yo, ambos nos volvimos a aparecer en dónde estaba Zack, agachándonos a su lado. Preferí no decirle que era un “adepto al lado oscuro” y que no era un mortifago oficial, ya que si no no lo hubiera tratado como un igual, sino como a un niño. Y para lo que íbamos a hacer necesitábamos una cooperación justa y sin prejuicios.

Kurt, Zack, Zack, Kurt —presenté rápidamente, para luego mirar a Kurt—¿Qué le has sacado al tuyo? —pregunté directa al grano. A los dos nos importaba tres mierdas el hecho de que las órdenes fueran claras y concisas e íbamos a actuar por instinto propio.

El lugar y los nombres, aunque me supongo que es lo mismo que sabéis vosotros —dedujo por lo evidente—El edificio está vigilado por cinco aurores especializados, aunque si son tan ruines como para hacer ese tipo de cosas, yo no los tendría en tan alta estima… —dijo con desdén—Me dijo que todas las entradas están bajo aviso y alarma, por lo que aunque dentro solo hayan cinco y acabemos rápido con ellos por el ataque sorpresa, muy pronto vengan más.

¿Y pensabas entrar tú solo? —pregunté.

Tiene a mi hija… —añadió. Era un Caleb 2.0, de esos que van de cabeza aunque sepan que es una muerte asegurada.

Vale… —negué con la cabeza y me serené—Vamos a aprovechar el ataque. Entraremos por separado. Uno entrará por la puerta superior de la azotea, utilizando cualquier método, si hay que volar esa puta puerta, se vuela en mil pedazos. El otro entrará por la puerta principal y el tercero por la ventana del segundo piso —expliqué rápidamente la estrategia que se me había ocurrido—Cada uno se asegurará y se encargará de los problemas que se encuentre en su piso y el punto de reunión será en la planta baja, porque lo más seguro es que los rehenes estén en el sótano. Hay que ser rápidos, nada de dudar y con las ideas claras… —Miré a Zack, pues sabía que Kurt sabía perfectamente lo que debía de hacer.

Nos había venido de lujo que viniera Kurt, ya que nos había dado más información de la que nosotros teníamos y un apoyo no venía nada mal. Que no es por desprestigiar al pobre Zack, pero no era Caleb. Ir con Caleb a cualquier misión era como ir con un seguro, como un escudo a prueba de balas… Zack se asemejaba, pero aún le quedaba mucho por aprender.

Entraré por la principal yo —dijo Kurt apoyando mi idea.

Zack, tú entras por la azotea. ¿Vale? Baja al segundo piso y encuéntrate conmigo desde que limpies el tercero —esperé a que él me diera su visto bueno a todo eso o que, incluso, aportara alguna idea.

OFF: HOLA SYLVAN C:
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Zachary S. Dankworth el Dom Feb 14, 2016 8:06 pm

Me calmé, y a partir de aquel momento me dediqué a seguir todas las órdenes e indicaciones de Abi. Después de todo, hasta que yo reciba la Marca Tenebrosa ella es mi maestra, y tiene muchísima más experiencia que yo. Yo sabía más o menos qué estaba haciendo porque había crecido en una familia de mortífagos y me habían enseñado trucos. Mi padre me había enseñado algunas cosas para que yo supiese luchar cuando fuese necesario, pero Abi estaba ahí para enseñarme a ser un mprtífago de verdad y, sobre todo, para enseñarme a sobrevivir en este mundo de muerte y oscuridad y dolor. Muerte y dolor era lo que les íbamos a dar a los que habían osado secuestrar a mi tío sin ninguna prueba.

Observamos el edificio desde la azotea en la que nos habíamos aparecido, y asentí tras escuchar con atención lo que decía Abi. Tenía sentido, pero antes de que ella pudiese darme instrucciones más claras sobre lo que debíamos hacer para entrar y sacar a mi tío sano y salvo de aquel lugar otro hombre apareció. Otro hombre que había sido víctima de la injusticia de los Aurores corruptos que actuaban por su propia cuenta y no seguían la ley. El hombre parecía tan furioso como lo estaba yo por el secuestro de nuestros familiares. Al ver a aquel hombre, que no sé si sería Goyle o Smicht pues solo había dos chicas secuestradas con ese apellido, me quedó claro que había sido una buena idea avisar a mi padre. El habría entrado ya en el edificio y habría volado por los aires hasta a los edificios que lo rodeaban para sacar al tío Sylvan de allí.

Cuando Abi nos presentó hice un leve gesto de saludo con la cabeza, pero no dije nada más. Aquel no era tiempo para estar a conocerse ni de cháchara, era tiempo de idear un plan y de actuar. Me mantuve en silencio y escuchando atentamente mientras el hombre, Kurt, compartía con nosotros la información que había obtenido él por su cuenta torturando a otra persona metida en el caso. Ahora que teníamos más detalles era más fácil tener un plan, y Abi se encargó de eso y me dio claras instrucciones.

-Perfecto- dije con seriedad cuando me dijo lo que debía hacer yo. No tenía ninguna duda, ni tenía miedo tampoco. Esta iba a ser la primera vez que me enfrentaba cara a cara con Aurores, la primera vez que iba a trabajar de verdad como lo hacían los mortífagos que ya formaban oficialmente parte de las filas del Señor Tenebroso, y no podía negar que sí que estaba un poco nervioso, pero antes todo estaba determinado a llevar la misión a cabo perfectamente y sin que me temblase la mano. En alguna otra ocasión puede que hubiese estado nervioso como lo estaba un crío que iba a hacer algo emocionante y aterrador a la vez, pero como la vida de mi tío estaba en juego no tenía tiempo para sentirme como un crío.

Atacamos los tres a la vez, haciendo que el ataque fuese más confuso para los Aurores que estaban dentro del edificio. Mientras que Abi y Kurt entraban por las otras dos plantas, yo me desaparecí para aparecer frente a la entrada de la azotea y, tal y como me había dicho Abi que hiciera, la volé por los aires. Un Alohomora no iba a servir de nada en ese caso, así que un Bombarda Máxima fue el método más rápido que había. Atravesé la nube de polvo que se formó, y me encontré con que la azotea estaba vacía y no había absolutamente nadie. Con la varita en alto y con la máscara cubriéndome el rostro, crucé la habitación a la que había entrado y llegué al pasillo. Fue entonces cuando uno de los Aurores, una mujer, apareció corriendo por las escaleras y se me abalanzó encima. No era una mujer cualquiera, era gigante. Parecía más King Kong enfurecido que una mujer, y de la sorpresa que me llevé casi fui golpeado por el hechizo que me lanzó, pero me aparté de la trayectoria del rayo rojo a tiempo.

-¡Sabíamos que caeríais en la trampa como las sucias ratas que sois!- exclamó la muejr, medio eufórica porque ellos querían que nosotros fuésemos a buscar a los rehenes para así poder matarnos, y medio furiosa porque no se esperaba que descubriésemos su paradero tan pronto. Eso les había salido mal, muy mal. Ellos tenían pensado llevarles a algún otro sitio, ponernos trampas individuales a todas las familias para ver quiénes eran realmente los mortífagos y para que nos separásemos y fuésemos solos a salvar a nuestros seres queridos.

-Vais a pagar por lo que habéis hecho- mascullé desde detrás de la máscara, y esquivé otro hechizo.

-¡No, VOSOTROS vais a pagar vuestros crímenes!- podía entender que los Aurores odiasen a los mortífagos y quisiesen que pagasen por todas las muertes que habían causado… pero al haber hecho esto, al haber secuestrado a gente que era inocente para usarla en contra de otras personas, se habían condenado a sí mismos a caer tan bajo como los asesinos a los que ellos tanto odiaban.

“Son peores que nosotros,” dijo una voz en mi cabeza. La escuché tan claramente como si una persona de verdad me estuviese hablando en el oído. “Son la verdadera escoria de la sociedad. Son hipócritas. Hay que eliminarlos.”

Cayó una lluvia de hechizos que esquivé y bloqueé sin cesar, y entonces ataqué yo mismo a la gigantesca Aurora con mis propios hechizos, pero no conseguí darle, pues a pesar de su tamaño era hábil. Con un grito de guerra me abalancé sobre ella de cabeza, golpeándola de lleno y haciendo que cayese hacia atrás. Como las escaleras estaban justo detrás de ella tropezó y ambos caímos rodando desde el último piso hasta el segundo, donde Abi estaba luchando contra los Aurores que había encontrado allí en una habitación que estaba al lado. Por suerte la máscara no se me había caído del rostro al rodar por las escaleras, aunque habría dado igual porque no habrían quedado testigos vivos para identificarme. La gigantesca Aurora estaba dolorida por la caída e intentó levantarse, y yo lo hice más rápido. Miré a mi alrededor buscando un arma. Un trozo de cristal, madera, algo puntiagudo, ¡cualquier cosa! Aún no era capaz de conjurar maldiciones asesinas bien, y tenía que valerme de mis habilidades físicas para matar.

No tenía nada a mano, pero había un truco… Un truco que me había enseñado mi padre un día que estábamos de viaje y un hombre armado intentó atracarnos. Yo tenía trece años, y había mirado con curiosidad aunque mi padre me había pedido que me tapase los ojos antes de castigar al hombre en el callejón en el que había intentado atacarnos.

Sin dudarlo apunté a la Aurora, que ya estaba levantándose, con la varita.- ¡Moveo Ossis!- Podía parecer un hechizo estúpido que usar en un duelo. Yo nunca habría utilizado este método tan… poco común y sangriento en otra ocasión, pero tenían a mi tío, y estaba MUY cabreado. El hueso de su brazo, el radio, se desplazó a mi voluntad, y yo hice que rasgase la carne desde el interior al desplazarse para liberarse del cuerpo de la Aurora. Chilló y se retorció como un cochinillo en el matadero mientras el hueso era completamente arrancado de su brazo y volaba a mi mano, cubierto de sangre. Hice fuerza para partir uno de los extremos, y al hacerlo quedó astillado, y entonces fui rápidamente junto a la mujer, que había caído de nuevo al suelo siendo víctima de un agónico dolor, y atravesé su cuello de lado a lado con su propio hueso astillado. Escupió sangre, manchándome, y murió rápidamente atragantada por su propia sangre. Arranqué el hueso cubierto de sangre de su cuello entonces y me lo quedé como arma improvisada, y entré en la sala en la que había visto de reojo a Abi.
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