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Justice requires action! [Sam J. Lehmann]

Invitado el Miér Nov 04, 2015 9:03 am

Un tipo que siempre se salía con la suya. Así quería verse siempre Aldric... como alguien resuelto capaz de salir airoso de cualquier situación o problema que se enfrentara a diario. Y lo cierto era que, la gran mayoría de veces, daba pie a que se viera él mismo de esa forma. Pero como en todo, había situaciones excepcionales... y hoy era un claro ejemplo de ello. Un panorama incómodo, en el que el joven auror se planteaba si seguir su estricto sentido de la justicia, o por el contrario obedecer las leyes que estipulaba el Ministerio.

Y es que el criminal Andrew Barthold, conocido como "La Escoba Fugaz" debido al habilidoso uso de esa herramienta como objeto de escape, era uno de los mayores logros que Aldric había obtenido a la hora de arrestar. Un rápido movimiento de espada provocó que aquel bandido se precipitara de su escoba antes de que pudiera huir con su último botín, tachándose así el nombre de una de los más molestos delincuentes en el último año.

Sin embargo, el caso no acababa con su detención.

Durante el interrogatorio en el que Aldric estaba presente, Andrew se negaba a dar información sobre el paradero de la guarida donde guardaba las recompensas de sus fechorías, así como los cadáveres de aquellos que se interponían entre él y su saqueo. Una sonrisa de autosuficiencia, mezclada con la simple expresión de un "No os importa nada saber eso" desataron el lado más oscuro de Aldric. Uno que deseaba hacer que su justicia se saliera con la suya aunque para ello tuviera que rodear las mismas leyes de la magia, ya fuera por una sóla vez.

En su instrucción como auror, Aldric llegó a conocer de forma muy superficial el concepto de Legeremancia. La exploración, interpretación e incluso manipulación de pensamientos en contra de la voluntad del objetivo... una disciplina mágica limitada de forma severa por el Ministerio, y muy reglamentada debido a la responsabilidad que debía asumir el conjurador sobre la víctima. Esa, según Aldric, era la llave que necesitaba para la llegada de la justicia. Su empleo sobre Barthold podría revelar la localización del escondite, y así recuperar los galeones perdidos y los cadáveres escondidos para que sus familiares puedan honrarlos como merecen. Sin embargo, al tratarse de un caso fuera de juicio esa acción rozaba la ilegalidad, y además no era el campo en el que Aldric estaba especializado.

La conclusión era que necesitaba ayuda. Si quería actuar como deseaba no podría valerse por si mismo, por mucho que le agradara la idea. Precisaba a alguien más... y el joven Torommil sabía dónde encontrarlo.

- Señor... para concertar una cita con uno de los instructores se requiere un aviso previo y siete días de antelación... - explicó una recepcionista que rozaba la madurez, pero en su tono reflejaba profundo respeto hacia el auror.

- No he venido como un simple civil... - farfulló Aldric como respuesta dedicando una mirada asesina a quien le había recibido en el departamento - He venido con mi autoridad como auror y estáis haciendo que pierda mi valioso tiempo en conversar con vos. ¿Puedo entrar o voy a necesitar de medidas más severas para hacerlo?

No era su rango de auror lo que le abría las puertas, sino su actitud desafiante y osada que, contra objetivos asustadizos o débiles les generaba una sumisión con la que Aldric prácticamente conseguía lo que deseara. Sin tener ánimo de entablar una discusión en la que aparentaba tener las de perder, la recepcionista condujo a Aldric a través de un laberíntico pasillo de oficinas hasta llegar a las pertenecientes a los instructores de legeremancia. Ese, y sólo ese era el motivo por el que el Torommil se había molestado en acudir a este recóndito ala del Ministerio.

Lanzó una mirada global hacia todos los instructores, y para su desgracia vio que efectivamente se encontraban ocupados. O sus despachos estaban vacíos, o bien estaban atendiendo una visita. Todos salvo una, que parecía absorta en un trabajo que Aldric no tuvo ningún reparo en interrumpir.

Tocó con los nudillos de su diestra en la pared de la oficina, y antes de que ella pudiera darse cuenta de quién se trataba de la visita, este ya estaba dirigiéndole su atención y su palabra.

- Samantha Jota Lehmann... - pronunció detenidamente mientras leía la placa del escritorio que revelaba el nombre del instructor en cuestión - Imagino que sabéis quién soy, ¿verdad? Y seguro que también llegáis a razonar que si me digno a estar aquí será por alguna... razón de peso.

Hablaba con una voz siempre autoritaria y directa, que generalmente limitaba a provocar en su interlocutor un incipiente miedo... o por el contrario una sensación de repudio al contemplar a alguien que desde el primer momento se consideraba superior. Su lenguaje y su trato de vos le hacían ver que era alguien que se había perdido en las épocas medievales artúricas. Y por último su rostro no esbozaba ningún signo de chulería... no esta vez. Un criminal había sido capaz de burlarse de él y de su justicia, así que no albergaba otro pensamiento que el de hacérselo pagar.

Por último... el nombre de Aldric Torommil era bien sonado y conocido en el mundo mágico. Un tipo atractivo, carismático... envuelto en fama, objetivo de un sin fin de seguidoras de todas las edades, pero también protagonizaba el desprecio de los magos más adultos que, desde una mentalidad más madura, contemplaban a Aldric como un simple niño que se creía mucho más de lo que realmente era, y una de esas desgracias con las que tienes que lidiar si te toca cruzar una conversación con él.

Y es que, probablemente Aldric se tratara de una de las peores compañías que alguien pudiera llegar a tener. Al lado de esa actitud repulsiva, ególatra y desafiante... ese tal Voldemort no parecía tan mal tipo.
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Sam J. Lehmann el Jue Nov 05, 2015 11:27 am

Sam había tenido un día de locos. Era un día dedicado expresamente a la instrucción directa de los alumnos que tenía Sam, alumnos de las universidades que impartían la misma modalidad que Sam estudió en su momento. Era, por decirlo de alguna manera, la profesora de prácticas de los alumnos de los cursos más altos. Los profesores universitarios sabían mucho de teoría y muy poco de prácticas, por lo que asistían a profesionales para que los alumnos pudieran aprender bien. Los primeros alumnos tuvieron un buen progreso, pero el último fue todo una odisea.

Para aprender legeremancia no solo debes de controlar a la perfección ese tipo de hechizos, sino que debes también controlar la oclumancia para saber cómo burlar ese muro que, en tantas ocasiones, te impide ver la mente del sujeto. Es como un duelo normal. Un auror debe de saber de artes oscuras aunque no la utilice, mas que nada para saber a lo que se enfrenta cuando se duela contra un mortifago y poder encontrar los puntos flacos de sus enemigos. Pues el último alumno no llegó ni a la parte de legeremancia. Su intento por resistirse al débil intento de Sam por meterse en su mente lo agotó. Terminó sudando por todas partes, hecho polvo e incluso parecía traumatizado. Había veces que incluso la oclumancia era peor que la legeremancia. Al fin y al cabo, la oclumancia era para defenderte y cerrar tu mente, para seguir manteniendo tu mente intacta.  Y no todo el mundo era capaz de conseguirlo. Eran dos modalidades mágicas muy complicadas, incluso me atrevería decir que eran tan complicadas como la famosa animagia y no todos estaban diseñados para soportarlas. Por ejemplo, para Sam la legeremancia y la oclumancia fueron dos cosas que le entraron muy bien (porque en parte era una empollona de mucho cuidado), pero ella jamás ha sido capaz de estudiar la animagia. No todos los magos y brujas eran iguales.

Así que tras esa mañana caótica, Sam se encontraba en su mesa rellenando los informes de cada uno de los alumnos, tanto los progresos como los puntos flacos de cada uno. Cuando terminaran sus clases con ella, sería ese informe el que reportaría a su profesor universitario.

Pero no le dio tiempo de terminar demasiados informes, ya que una presencia se postró delante de ella, tapándole la luz de la lámpara del techo. La mirada de Sam se levantó de las hojas y se encontró en frente a Aldric Torommil. Se sorprendió de inmediato, ya que no tenía ni idea de porqué un auror tan famoso se había acercado a su mesa. Sam mantuvo bien retenida la risa que le produjo que Aldric leyera “Samantha Jota Lehmann” con total seriedad, siempre se quejaría a su jefe porque le hubiera puesto “Jota” en la maldita plaquita. ¿No era más fácil poner solo Samantha Lehmann y obviar su segundo nombre?

Las palabras del auror fueron puro reflejo de lo que estaba pensando Sam. Si alguien tan renombrado como él había decidido acercarse a la mesa de una instructora cualquiera, sería por algo de mucha importancia, aunque ella esperaba fervientemente que no fuera por alguna cagada propia—Por supuesto. Tome asiento, señor Torommil —dijo de manera educada, sin saber muy bien cómo reaccionar ante semejante hombre. Ya de por sí Sam no solía tragar a la gente egocéntrica y chulesca, dos adjetivos que toda persona utilizaba para definir a Aldric, pero la chica había decidido actuar profesionalmente y no dar pie a los prejuicios infundados, ya que realmente nunca había tratado personalmente con el señor Torommil—¿Qué puedo hacer por usted? ¿Se me ha olvidado enviar algún informe al departamento de seguridad mágica? —preguntó confusa. Ella dudaba mucho que a ella se le hubiera olvidado algo de eso, ya que era probablemente una de las instructoras más responsables, pero por otra parte, era uno de los motivos que se le ocurrían para que un honorable auror hubiera venido hasta el más profundo departamento. Al fin y al cabo, una reprimenda es mucho más tomada en serio si te la hace alguien como Aldric, a si te la hace un cualquiera al que no tienes en consideración.
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Invitado el Jue Nov 05, 2015 4:49 pm

No pudo evitar sonreír cuando escuchó el motivo por el que Samantha creía que había acudido a su despacho. Era una sonrisa altanera mezclada con sorpresa, pues era una contestación que no esperaba. Apartó el contacto visual con ella, desvió la vista a un punto aleatorio de la oficina... y tras una risa chulesca entre dientes procedió a explicar.

- ¿Acudir aquí como un simple recadero que cosecha informes? Por favor, señorita Lehmann... por motivos así habría venido un simple auror, no alguien como yo.

Volvió a una sonrisa más amigable e inclinó ligeramente la cabeza. Era evidente que Aldric, pese a ser una de las más recientes incorporaciones al cuerpo de aurores, se creía alguien mucho más que eso. El pertenecer a las fuerzas del orden era un sueño para miles de practicantes de magia, pero para el joven caballero sólo se trataba de un paso más... de una herramienta con la que sería capaz de alcanzar la gloria que tanto repetía que estaba destinado a obtener.

Respondiendo a la invitación de Sam, Aldric tomó asiento y se acomodó en el respaldo. Reposó el codo diestro en uno de los reposabrazos y apoyó dicha mano en su mentón, propiciándose así que la figura del auror pareciese la de alguien interesante y respetable. Una pose un tanto forzada y tan antinatural que sería digna de ser dibujada en un lienzo por un retratista de época.

Devolvió la mirada a Sam sin perder su sonrisa de autosuficiencia, pero a su vez en un silencio reflexivo con el que buscaba qué palabras usar para convencer a una desconocida de apoyar una acción ilícita. Y la conclusión final a la que llegó fue que, en vez de utilizar la astucia, apostaría por hacer gala de ese carisma que tanto le había definido a lo largo de su vida.

- Creo que podríais consideraros afortunada... señorita Lehmann. A muchos les gustaría disfrutar de una conversación conmigo, pero desde luego todos anhelarían con deseo ser partícipes de algo como lo que os voy a proponer. Únicamente a vos... - obvió el hecho de que era la única instructora libre en ese momento. Intentaba hacer que se sintiera única para que cayera con más facilidad en sus garras - Preciso de alguien con grandes conocimientos en legeremancia como vos para emprender una aventura. ¿Os gustaría por unos días compartir mis hazañas? La oportunidad de salir de esta agobiante oficina y conocer mi grandioso día a día acompañada de alguien como Aldric Torommil.

Empleó la epicidad, abusó del superlativo e incluso se definió en tercera persona con el fin de encandilar a aquella joven instructora y que aceptara irse con él sin siquiera saber a dónde la llevaría. En todo momento trataba de evitar decir que necesitaba su ayuda, aunque era la realidad más palpable. No podía quedar inferior ni a merced de nadie, así que disfrazó esta propuesta de ayuda en una cortés invitación, exclusiva para una afortunada como ella.

Apretó los dedos de la mano que estaba apoyada en su mentón, formando así un puño. Después lo abría y luego lo cerraba de forma intermitente y revelándose así un "tick" que definía a Aldric como alguien impaciente ante la respuesta de Sam. No se tomaría a bien una negación o que quisiera saber más sobre el asunto antes de aceptar.
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Sam J. Lehmann el Vie Nov 06, 2015 10:54 pm

No pasó mucho tiempo desde que Aldric Torommil se quedó delante de Sam hasta que mostró su arrogancia. Pero Sam frunció ligeramente el ceño ante ello y volvió a animarse a no juzgar el libro por su portada ni tampoco por opiniones ajenas. En situaciones como estas, Sam no tenía reparo alguno en decir perfectamente lo que pensaba, por lo que en cierta manera prefería no tener nada de lo que quejarse. Además, le ponía nervioso. ¿Por qué Torommil estaba delante de ella?—Entiendo… —murmuró cuando dijo que para una reprimenda vendría un simple auror. ¿Le habían hecho jefe de aurores y Sam no se había enterado?

Sam le ofreció asiento y Aldric no tardó en aceptarlo, manteniendo un silencio un tanto incómodo mientras miraba a la chica. Mientras tanto, Sam junto ambas manos sobre su mesa, haciendo que las yemas de los dedos de una mano chocasen con las de la otra mano de manera un tanto nerviosa. Le gustaba el silencio, pero no de la mano de Torommil.

Cuando habló, Sam se quedó a cuadros. Sam conocía a mucha gente, sobre todo chicas, que sí que darían todo por pasar un día con Aldric, pero precisamente Sam no era de esas personas. Por una parte no tragaba a los chulos prepotentes y, por otra parte, no sentía esa brillante atracción que sentían todas las mujeres hacia el auror. Es más, nada de nada. Aún recordaba en Hogwarts los años que coincidió con él… Menudo quebradero de cabezas. Todas sus compañeras de cuarto suspirando por el gryffindor prodigioso mientras Sam tenía la cabeza metida en el libro de pociones avanzadas.

Sin embargo, le había prometido trabajo. Le había prometido salir de esas oficinas a hacer trabajo de verdad. ¿Y había algo más satisfactorio para una persona que adora su trabajo que se vea recompensada en una tarea importante al lado de unas de las figuras más famosas y prestigiosas del Ministerio? Podría ser un imbécil arrogante, pero había que admitir que si había llegado hasta dónde está, era por algo. Sam decidió omitir el hecho de considerarse afortunada y la demás parafernalia—Me ofrece una oportunidad difícil de rechazar, señor Torommil. Pero como comprenderá, para aceptar me gustaría saber de qué se trata. No soy de esas que se tiran a la boca del lobo para luego mirar si tiene dientes —contestó la chica educadamente, buscando saber de qué se trataba—Aunque ya de antemano, permítame decirle que tiene que ser algo muy aburrido o una pérdida de tiempo para que exista la opción de negarme —dibujó una dulce sonrisa en su rostro—Pero tengo demasiado trabajo aquí como junto al fiscal de Wizengamot como para permitirme un trabajo que no me aporte nada. Espero que me comprenda —añadió de igual manera, pues si algo tenía Sam es que era increíblemente sincera con las personas que tenía delante en su trabajo y en casi todos los ámbitos de su vida.

Era cierto. Obviamente cualquier persona con responsabilidades reales como las que tenía Sam debe de saber en lo que se va a meter antes de dar una respuesta, sobre todo para ver si será capaz de llevarlo todo. Pero por otra parte, Sam era suficientemente ordenada como para buscar la solución a cualquier tipo de confrontación entre trabajos. Además, si nada más ni nada menos que Aldric había tomado la iniciativa que ir voluntariamente a buscar a un instructor de legeremancia, es que iba a ser algo importante. Pero quién sabe, a lo mejor le decepcionaba y solo venía a proponerle un trabajo de mierda.
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Invitado el Lun Nov 09, 2015 5:44 pm

Le resultaba curioso ver cómo Samantha se mostraba como una mujer muy distinta de lo que vaticinaba Aldric. Una joven que aparentaba una edad similar a la suya encajaba muy fácil en el perfil de una de sus primeras admiradoras, y sin embargo se mostraba no sólo cauta, sino evaluadora en la conversación. La presencia de Aldric no era garantía suficiente para ella de que fuera un plan interesante... tenía que explicárselo y aún así ella se mostraba capacitada para declinarlo.

El hecho de que tuviera que convencerla le causó una sorpresa, pues muy pocas veces necesitaba emplear algo más que su imagen y unas cuantas palabras bonitas para convencer a cualquier chica. La había subestimado... se había confiado en exceso, y ahora tendría que adornar mucho más su propuesta para despertar el deseo de Sam de abandonar con él la oficina.

Mantuvo la sonrisa durante unos tensos y silenciosos segundos, para acto seguido incorporarse en la silla y apoyar los brazos en los bordes del escritorio que separaba a ambos. Miró a los lados, señal de que no buscaba un tercero en la conversación... y finalmente moderó el tono de voz creando así una situación más confidencial.

- Vendréis conmigo al cuartel de aurores a gestionar una formalidad rutinaria sobre las mensualidades del Ministerio... o eso es lo que haremos creer a los superiores de tu departamento. - ensanchó su sonrisa, aumentando así la complicidad que transmitía Aldric. - Hay alguien que escapa de la justicia y... también de mi mano, pero aún no de la tuya. Tú tienes la habilidad para hacer que un criminal pague por sus actos.

Volvió a apartarse a su sitio y se cruzó de brazos, aún sin ninguna necesidad de variar su gesto altivo. Si no era su imagen lo que la convencía, tal vez lo haría el deseo de que un malhechor desvele sus mayores secretos.

- Alguien que se niega a hablar sobre el paradero de los cadáveres de sus víctimas y su botín... alguien que sabe que la ley no ampara la legeremancia hasta haber un juicio... y que probablemente cuando se celebre ya algunos de sus secuaces habrán limpiado todo rastro para incriminarle. - no pudo evitar mostrar una fugaz mueca de enfado, pero rapidamente volvió a su posición habitual - Veréis, señorita Lehmann... soy un defensor de la ley, pero en ocasiones... Ley y Justicia no siempre van de la mano. En estos casos es cuando preciso de alguien... como vos.

Finalmente se levantó de su sillón, dando a indicar que esta conversación cerraría de forma inminente, marchándose bien con ella a su lado, o en solitario como había entrado. Su diestra empuñó con firmeza el mango de Calibarn y sus ojos no se desviaron en ningún momento de los de la instructora.

- ¿Qué me decís...? ¿Ayudaréis a la justicia?
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Sam J. Lehmann el Mar Nov 10, 2015 9:31 pm

La verdad es que Sam no sabía qué pensar. Que el mismísimo Aldric Torommil viniera a su mesa a proponerle cierto trabajo del que no da demasiada información… da de qué hablar, sobre todo teniendo en cuenta el prestigio que tiene y que puede acudir a prácticamente todo el mundo mágico en busca de ayuda. La pregunta era: ¿Por qué ella? Claramente Sam no se había dado cuenta de que era la única instructora libre en aquel momento.

Aldric adoptó un tono mucho más confidencial y su gesto fue bastante más serio cuando comenzó a hablar. Sam prestó atención y por una parte no se estaba creyendo lo que le estaba proponiendo el auror. ¿Una mismísima leyenda del cuerpo de aurores infringiendo las leyes impuestas por el juzgado de Wizengamot? ¿Una de las mayores representaciones de justicia de estos tiempos, tomándosela por su propia mano? Oh, por favor, podría haber tenido muchas prejuicios por parte de Aldric Torommil, pero todos acababan de desaparecer de repente al ver que, después de todo, no era el arrogante narcisista lameculos de los peces gordos del ministerio del que mucha gente hablaba, sino que realmente era una de las pocas personas que realmente se preocupaban de hacer que en el mundo hubieran métodos justos a la hora de juzgar a alguien. Eso era admirable. Quizás sería mucho más admirable si no fuera tan altivo y egocéntrico, pero esperaba que fueran dos cualidades que no resaltaran demasiado junto a ella.

Además, Sam hacía tiempo que se había dado cuenta por su gusto a la hora de tomarse la justicia por su propia mano. Así que de igual manera le atraía en plan y entendía a Aldric. Decidió incomodar al chico con una premisa totalmente verdadera—Es decir, lo que me está pidiendo es que le ayude a infringir las leyes impuestas por Wizengamot porque es consciente que de no hacerlo, el acusado irá a Azkaban con menos cargos debido a que tiene a gente afuera ayudándole y estará libre muy pronto debido a las pocas pruebas que habrá para acusarle —dijo Sam, en voz baja para que la conversación se quedase entre él y ella. Se levantó de su asiento igual que Aldric y se cruzó de brazos, mirándole con travesura—Se nota que fue usted Gryffindor, señor Torommil, no todos aquellos aurores a los que se les presentan una situación así se arriesgan a buscar ayuda en una persona que no conocen y puede delatar sus intenciones —añadió Sam, pues Aldric había tenido suerte de que la hubiese elegido a ella y no a la instructora rechoncha, retrógrada y pesada que estaba en la mesa de la izquierda. Esa seguro que se hubiera indignado y le hubiera gritado en la cara lo perverso que es por infringir las leyes—Habéis dado con la instructora adecuada, ayudaré a la justicia —dijo Sam, sintiéndose poderosa. Todo lo que decía este hombre parecía demasiado épico; sobre todo cuando lo decía mientras agarraba su espada.

Sam sacó su varita, hizo una sencilla floritura y todo el papeleo de su mesa se ordenó perfectamente en una pila de informes para luego ir metiéndose uno a uno en un cajón que posteriormente se cerraría con magia, dejando la mesa perfectamente limpia y ordenada. Sam caminó alrededor de la mesa hasta quedar en frente de Aldric. Tenía una falda negra hasta por encima de las rodillas, con medias y unos sencillos tacones cerrados, una camisa blanca y una americana corta del mismo tono que la falda—Usted primero —le indicó Sam, para que fuera el encargado de guiarla hasta dónde fuera que fuese la próxima parada: el despacho de su jefe, el lugar en donde retenían al acusado o al departamento de aurores. No tenía ni idea—Aunque va a tener que darme más información del hombre. Entre más sepa de él, será más fácil entrar a su mente y que me muestre lo que queremos saber —le dijo ya de antemano, consciente de que no se lo diría de camino al lugar, sino para que se fuera haciendo a la idea de que si quería que todo saliera bien, iba a tener que saberlo todo del sujeto. Mortifagos y magos que controlan la magia oscura, suelen poseer un alto nivel de oclumancia y a pesar de que los expertos en legeremancia saben traspasarla, es difícil conseguir cruzar el muro mental que se crean para proteger sus recuerdos.
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Invitado el Lun Nov 16, 2015 12:18 pm

Infringir las leyes de Wizengamot... así lo definió ella, y no distaba de la realidad. Aldric estaba gestando con una petición muy lejos de la ley, y el comentario de ella no parecía darle un satisfactorio augurio. Se trataba de una reflexión en voz alta que al auror le parecía incomodar hasta tal punto de que se manifestaba un intermitente tick bajo el párpado izquierdo. Del mismo modo, no pudo evitar agarrar con más fuerza la empuñadura de su espada.

- Orgulloso de ser Gryffindor. - contestó en cuanto Samantha mencionó sobre la evidencia de que perteneció a aquella casa. Su rostro sereno, su voz fuerte y decidida sin titubeo alguno daban a entender que no se retractaba en ningún momento de la propuesta con la que había venido.

Aunque para ser sinceros, en el instante en el que la instructora confesó en que había dado con la adecuada, Aldric relajó su estado de tensión y volvió a una calma que, pese a que se esforzaba por disimular, no pasaría por alto para una estudiosa de la mente. Le costaba mantenerse estoico en los momentos de presión, así que empleaba todos los recursos para que pasara inadvertida esa debilidad.

Samantha se levantó de la silla, y tras una fugaz mirada de Aldric que contemplaba todo su atuendo y complexión, se dio media vuelta indicando así la prioridad de su misión ante cualquier asunto. Esperando ser seguido, rehizo el camino de entrada al departamento de legeremancia y sólo comentó los detalles de su causa en cuanto se manifestó la soledad en los pasillos del Ministerio.

- Me molestaría enormemente que en vuestro juicio me tachéis como un criminal, señorita Lehmann. - continuaba con su voz contundente y sin dejar de caminar. - De todo este Ministerio soy el que más estaría dispuesto a sacrificar para que preserve la justicia... y que haya venido a vos pese a lo que dicta la ley es la mayor prueba de ello.

No se veía a Aldric Torommil frecuentemente con esa actitud tan decidida y seria. Mayormente siempre esgrimía una altanera sonrisa que denotaba su altivez frente a los demás. Hoy, no obstante, no tenía ningún ánimo por mostrar su ego y la mayor razón era que un criminal había conseguido vencerle por la vía legal.

Y como prueba de que detestaba la derrota, el auror llegó al Cuartel aún sin mediar palabra con nadie. Bajó las escaleras hasta uno de los sótanos donde, tras un portón de acero se encontraba el recluido. Tomó el manillar de apertura, pero antes de abrir pronunció un comentario a Samantha para ambientarla en la situación.

- Se llama Andrew Barthold, pero quizás te suene más como La Escoba Fugaz. Ladrón y asesino... derroté a este perro rabioso y lo llevé aquí para que confesara su crimen. - lanzó una mirada a Sam y torció una sonrisa de completo desagrado - Aquí entráis vos en juego... no creo que os de problemas. Es un simple bandido, bueno con la escoba pero inútil a la hora de combatir.

Habiendo dado esa aclaración, Aldric abrió la puerta mostrando así la cámara de interrogatorios. Andrew, con un aspecto sucio y descuidado, se encontraba sentado en una de las sillas y con los pies apoyados en la mesa, mostrando así una pose de absoluta rebeldía ante la ley. Sonreía de forma altanera, como si se la hubiera copiado al propio Aldric, pues sabía que la ley le amparaba y en ese combate tenía las de vencer sobre el auror.

- Oh... miradlo todos... ¡Mirad cómo el brillante y perfecto Aldric necesita refuerzos de una mujer para hacerme hablar! Por las barbas de Merlín... qué rabia no haber estado en el momento que decidiste desprenderte de esa mierda de ego. - terminó con una risa seguido de aplausos hacia él mismo... pero fueron cortados en cuanto el joven Torommil golpeó con los nudillos en la mesa.

- Hasta ahora he mostrado clemecia. Ahora... vais a saber lo que se siente cuando decido jugar en serio, escoria. - pronunció Aldric con los ojos encencidos en rabia y un gesto contenido de puro odio. Sólo su honor y la información que ocultaba le impedían acabar con su vida en aquel instante.
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InvitadoInvitado

Sam J. Lehmann el Miér Nov 18, 2015 12:33 pm

Sin duda alguna Aldric parecía muy orgulloso de ser Gryffindor, de eso no cabía ninguna duda. No solo se lo había demostrado en ese momento, sino en los años que coincidieron en Hogwarts y, claramente, Sam le había conocido por lo que todos decían de él. Probablemente Aldric, por el contrario, ni se hubiera fijado en la existencia de una Ravenclaw como ella que ni jugaba ni le gustaba el Quidditch y estaba todo el rato en la biblioteca o delante de la chimenea con la nariz entre las hojas de un libro—No cabe ninguna duda —dijo, sonriente.

Las palabras de Sam fueron sinceras, pero no con la intención de herir al hombre, todo lo contrario, más bien de hacerle un cumplido en cierta manera por tener lo que había que tener para infringir las normas del ministerio sabiendo lo que ello podría conllevar. Podrían penalizarlo y relevarlo de su cargo durante un tiempo, o darle la mala fama que seguramente no se quiera ganar, sino todo lo contrario—Oh, por favor, le ruego que no confunda mis palabras. No le veo como un criminal —sería una hipócrita si lo viera así, teniendo en cuenta que ella también hace lo que cree necesario para buscar la justicia que anhela—le veo como alguien valiente. Uno de los pocos que está dispuesto a perder por la justicia. ¿Sería el mismísimo ministro capaz de algo así? —dijo simplemente por dar un ejemplo. Sam no era especial admiradora del ministro, pero le había nombrado a él como a otro cualquiera.

Sam y Aldric se mantuvieron callados todo el camino en dirección al cuartel. Se percató de que muchas personas se giraban para verles a ambos, o más bien, mirar a Aldric para luego encontrarse con que tenía compañía. Era un figura bastante importante en el ministerio, por lo que no pasaba precisamente desapercibida. En cambio Sam, era totalmente lo contrario.

Llegaron al sótano y allí a una puerta. Antes de traspasarla, Aldric le hizo saber probablemente todo lo que sabía. No era mucho, pero por lo menos era algo, mucho más de lo que solía tener Sam al tratar con carroña como esta—Conozco su sobrenombre —admitió Sam, al reconocer el nombre de “La Escoba Fugaz” y todos los rumores que se cernían sobre él—Eso espero, pero no es lo mismo lo que un hombre aparenta, a lo que puedes encontrar en su mente —dijo seriamente. Se había visto en frente de mortifagos prestigiosos, grandes duelistas de la magia oscura que, sin embargo, no suponían ningún reto a la hora de meterse en su mente. No obstante, la gente más inesperada a veces es la que te supone un reto.

Abrieron la puerta y la chica entró la última, cerrándola. En el interior Sam pudo ver a un hombre altivo, pero descuidado, con una pose arrogante frente al mismísimo Aldric. Sam se sorprendió, pues esperaba ver ese tipo encadenado y callado. Daba asco ver cómo la ley le daba tantas posibilidades a criminales como él. Sam se puso al lado de Aldric, que estaba un poco alterado. Lo miró con tranquilidad y luego miró al hombre tras la mesa—Me llamo Samantha Lehmann —le hizo saber al hombre, con seriedad—Señor Torommil, ¿sería tan amable de encadenarlo a la silla? —preguntó con un tono inocente, aunque luego esbozó una traviesa sonrisa solo para meterle miedo a la famosa “Escoba Fugaz”—Y asegúrese de que no grite tampoco, porque esto puede llegar a dolerle... y mucho —añadió la chica, consciente de que el hombre se resistiría y, como tal, le dolería. Adoraba volverse un poco cínica ante ese tipo de personas, solo por asustar, porque cuando una cara aparentemente inocente te insinúa que vas a sufrir, las cosas se vuelven un poco más negras para el susodicho criminal. La cara de Andrew borró por completo su sonrisa al quedarse desconcertado. Obviamente solo estaba jugando con él, para que dejase de confiarse.

Muchos decían que la legeremancia a veces podía ser comparable con un crucio, pero era una exageración popular de personas que claramente nunca habían sentido un crucio. No obstante, en ocasiones, intentar penetrar en una mente cerrada y que se contenía, también provocaba dolores que podían volverte loco.
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