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Locked away || Drake Ulrich

Invitado el Vie Nov 27, 2015 12:20 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Reuniones, reuniones, reuniones. Hacía justo una semana que me incorporé a mi nuevo trabajo y creo que no pasé ni un solo minuto sin firmar algún papel, dar alguna orden con un simple asentimiento de cabeza (no me daba ni tiempo de abrir la boca cuando ya me preguntaban otra cosa) y sobre todo reuniones. A tope. Tampoco me esperaba otra cosa en el Ministerio de Magia, si trabajando de auror ya te comías una barbaridad de reuniones, enclaustrada en la oficina era la leche. Pero por mucho que me quejaba en realidad me gustaba, no sé, era estimulante tener algo que hacer después de casi dos meses tirada en la cama mirando el techo viendo cómo tus ahorros se van evaporando. El trabajo me daba motivos para no pensar.

Cuando fui al Ministerio a preguntar por alguna vacante tuve que hablar personalmente con la asistente del ministro. La reconocí al instante, ese pelo naranja tan llamativo y esa cara de zorra… era la muy puta de Abi McDowell. Y que conste que la llamo puta con cariño, que en realidad la tía me cae bien. Estuvimos poniéndonos nostálgicas como dos abuelas al recordar nuestras gilipolleces de Hogwarts, como querer matarnos por los pasillos y duelarnos a la más mínima. Éramos dos idiotas, hay que reconocerlo, siempre con la varita en la mano y metiéndonos en líos. Y al menos en mi caso siempre acababan siendo líos secretos, ningún profesor se enteraba de que estaba enemistada con medio castillo. No podía arriesgarme a perder mi estatus de la prefecta perfecta.

Nos estuvimos riendo un rato recordando una borrachera que tuvimos en Hogsmeade, hablando de un tal Giuseppe. Me tuvo que recordar quién era porque el nombre de semejante idiota se me había borrado de la cabeza al minuto de dejarlo. Ni siquiera me acordaba de su cara. De lo que sí me acordaba era de esa borrachera, en la cual firmamos un extraño tratado de paz. Gilipolleces nuestras, la tía me caía bien, tenía carácter y era una zorra. Llegaría lejos.

Después de sentirnos unas abuelas saqué el tema de por qué estaba allí, Abi me hizo una típica entrevista de trabajo y le pareció que encajaba en la vacante que había en el departamento de Cooperación Mágica Internacional. A mí me pareció bien, firmé el contrato y hasta luego, Lucas.

Ahora, sentada en un banco de uno de los pasillos al lado de la sagrada máquina de café, pensaba cómo podría haber llegado tan alto Abi. ¿Qué habría estudiado, con cuántos se habría acostado? Tendría que preguntárselo. Recosté la cabeza contra la pared con un vaso de plástico en la mano, un caliente y relajante café. Era el primer descanso que tenía en toda la semana, y técnicamente no era descanso, solo que mi asistente había ocupado mi lugar. Por media hora que me sentara, me tomara un café y mirara al infinito no se iba a caer el mundo.

Justo a mi lado un tío se estaba sirviendo otro café. Al principio ni lo miré, pero cuando alcé la cara un poco para beber un sorbo del vaso, me fijé en sus facciones. Me sonaba un montón, lo cual era raro, porque estaba segura de que no trabajaba en mi departamento. Me quedé mirándolo fijamente como si fuera una acosadora o una psicópata de la tele, segurísima de que lo conocía. Lo que no recordaba era de qué.
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InvitadoInvitado

Drake Ulrich el Miér Ene 20, 2016 5:21 am

No era fácil convencer a una persona de que se quedase con un mono, ya yo lo había intentado en muchas ocasiones solo para bromear, ya que jamás le daría a Poring a nadie. Sin embargo, siempre había estado con la coña de: “¿Y si tengo monitos, te quedarías con uno?” y nada, ¿eh? Nada. Nadie quería un mono, con lo mono y adorables que son. Eran mejores que los perros y menos siniestros que los gatos, la armonía perfecta para una buena mascota. Además, eran sumamente inteligentes como para adiestrarlos.

Un poco sí, pero Poring lo vale. Eso sí, esperaba que esos gastos se acabasen pronto, pero al parecer voy a tener otro mono para mis próximos diez años. Moriré y tendré un mono, ya verás —contesté divertido, para luego hacer memoria de lo que comía un mono, la verdad es que era una pregunta que NADIE le había hecho nunca—Pues plátanos comen, sí. Pero su alimentación se basa sobre todo en frutas, algunos frutos secos… Beben mucha leche y, la verdad, yo suelo darles potitos —me sinceré con toda la tranquilidad del mundo—¡Les encantan! Y tienen de todo lo necesario para que un bebé crezca sano y la veterinaria me dijo que estaba bien, pero que no abusara de ello —le expliqué con jovialidad, ya que me parecía de lo más gracioso que comieran potitos. Poring ya había aprendido a comérselos solos, pero Anatolia todavía no—¡Claro que te estoy convenciendo! ¡Es una experiencia inolvidable! Siempre lo digo, todo el mundo debería tener un mono en su vida aunque sea por un corto periodo de tiempo, son toda una aventura —añadí, creyéndome vendedor de enciclopedias pero con los monos—Se llama Anatolia, en honor al amigo que me la regaló. Él se llama Anatolio Sven, pero se hace llamar solo Sven. Y claro, no podía permitir que su precioso nombre no se postergase con los años —miré a Allie con diversión en mis ojos, ya que era un nombre horrible, pero la verdad, qué quieres que te diga, a mi mona le queda divino el nombre de Anatolia. No me la imagino con otro nombre.

No me gustaba nada habla de mis difuntas amistades. El 2015 ha sido un año de mierda y la verdad que lo había pasado realmente mal con la muerte de muchas de las personas cercanas a mí. Hablar de Willow me dolía porque, encima, había sido una muerte, o una desaparición o lo que fuera, repentina. Había sido sin previo aviso y el hecho de no saber con certeza lo que le ha pasado me hace sentirme terriblemente mal porque quiero pensar que está muerta y no sufriendo. ¿Pero y si está sufriendo y yo estoy aquí viviendo mi vida? Lo he pasado realmente mal y… hablar de ello me duele.

Sentado al lado de ella, pasé mi mano por detrás de sus hombros con suma lentitud, intentando darle todo mi apoyo a lo que me contaba. Me sentía fatal, encima, por estarle preguntando y, cada vez que le preguntaba algo, me decía algo todavía peor que lo anterior. No solo se había muerto su prometido que encima se había quedado embarazada y lo había perdido… Se me pusieron los pelos de punta y me dieron ganas de darle un abrazo increíble, pero en muchas ocasiones no era buena idea, por lo que me limité a moverla hacia mí con el brazo que había pasado por sus hombros.

Pff… —solté, soltándola a ella para mirarla con pesar en los ojos—Siento haberte hecho recordar todo eso y encima haberte dicho lo de Willow, si yo me siento fatal me imagino tú —me disculpé con total sinceridad, pues yo por lo menos era un hombre tremendamente sensible y demasiado empático—No había pensado nunca en las personas que se van de un lugar, sino siempre en las que se quedan sin saber de dicha persona, pero después de escucharte… no podría entenderte mejor —Yo era un cobarde con todas las palabras, yo sin duda alguna no tenía ni una pizca de Gryffindor. Llego a pasar por lo que pasó ella y, si no me vuelvo yonki, definitivamente huyo de dónde estoy para empezar de cero e intentar olvidar—La vida de Willow iba bien, por lo menos que yo supiera…

Y es que tampoco podía asegurar que fuera bien porque no estábamos siempre juntos, pero pff… era lo único que yo sabía.

Pero a ver, eso era pasado, coño. Yo aquí deprimiéndome en un bonito día de noviembre, joder. Y encima no yo solo, sino que también estaba deprimiendo a Allie después de un encuentro tan bonito como el que habíamos tenido después de tanto tiempo sin saber del otro.

Le di un golpecito con el cuerpo para llamar su atención y su mirada, sonriendo entonces como solo una persona tan bonachona como yo puede sonreír.

¿Te apetecería cenar un día de estos con nosotros en casa? Fly se alegrará muchísimo de verte, que me supongo que tampoco te habrá visto por aquí, si no me hubiera dicho —le invité, intentando cambiar de tema sin que fuera DEMASIADO drástico—Vivo también con Stella. ¿Te acuerdas de Stella? —De verdad, ¿por qué cojones Fly y yo vivíamos con Stella? Deberíamos buscarnos una casa para nosotros dos solos. Que no es que me cayera mal Stella, me caía muy bien, pero… no sé… quería poder ir en calzones por ahí sin sentirme cohibido por su mirada. Y coño, vivir solo con mi mujercita. Miré el reloj de mi muñeca y me fijé en que llevaba ahí más tiempo del que debería, por lo que me levanté del asiento—Ya sabes dónde encontrarme, ¿me avisas si te apetece? Que tengo que volver al trabajo o no voy a adelantar nada.

La miré y me sentí mal por haberle dado una mala noticia y tener que irme. Esperaba que aceptase y así poder hablar tranquilamente de cosas felices de nuestra vida.

Nos vemos —me despedí, para caminar de vuelta a mi departamento.
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