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Space: the final frontier || Rose Saunders

Invitado el Miér Dic 02, 2015 10:27 am

Con diciembre a las puertas ya empezaban a agobiarme en la tele los típicos anuncios de juguetes, de solidaridad, de turrones (con eso también me entraba hambre), de familias que se adoran en Navidad y el resto del año se odian… todos los años hacía lo mismo los días señalados en Navidad: ir a casa de mi madre, dejar que me cebara con kilos y kilos de comida y aguantar anécdotas de cuando ella era joven, yo un crío que se comía los mocos y mi padre, según ella, era un hombre decente. Y porque ella me obligaba, que si fuera por mí me quedaba en mi casa rascándome los huevos a dos manos.

Sin embargo nunca fui de regalar. Primero porque me parece una gilipollez, si no soy creyente, ¿por qué coño voy a regalar por Navidad? y segundo porque soy pésimo regalando. Ya debe ser esa persona muy cercana a mí y/o tener gustos muy marcados para que yo acierte con un regalo.

Pero ese año alguien se merecía un buen regalo, aunque fuera anticipado. La pobre Rose, a la que secuestran por mi culpa y que se había dado un susto de muerte sin buscarlo. Creí que como mínimo se merecía un buen regalo como compensación, y con ella es fácil de acertar. Solo tienes que comprar algo que tenga que ver con el quidditch.

En la tienda dedicaba a esas mierdas del callejón Diagon, me fijé en esa escoba llamada Saeta de Fuego. Por Rose sabía que era la mejor del mercado, y que todo el mundo se moría por tener una. Todos menos yo, que la usaría para barrer el pelo del perro que hay por el suelo. Bueno no, mentira, ni eso, que para eso tengo una aspiradora. Cuando le pregunté al dependiente cuanto costaba ese pedazo de madera, casi me da un infarto de la impresión.

Cinco mil galeones. Cinco mil. Cinco mil. Me cago en la puta, ¿de qué está hecha la maldita escoba? ¿De oro? Si mi sueldo mensual son 1800 y ya lo considero la hostia, ¿quién coño se puede permitir una escoba de cinco mil galeones? Miré al dependiente como si me estuviera gastando una broma de mal gusto, pero cuando lo vi impaciente me resigné. La puta escoba costaba casi tres meses de mi sueldo. Y luego no hablemos de un bate de golpeador nuevo, que vi necesario añadir a la escoba. 900 galeones costaba el bate. Yo creo que si cojo una rama de un árbol y la tallo me sale más rentable. En fin, porque sabía que Rose sobrevivía a base de la escoba y el bate que le prestaban en el colegio, y si su sueño era ser jugadora de quidditch profesional algún día tendría que comprárselo. Si a mi me dolía en el alma hacer semejante sacrificio económico, era muy probable que Kevin tuviera que pedir un préstamo. En fin, hagamos de tripas corazón. Como al final decida que el quidditch no es lo suyo me tiro de los pelos y le hago comerse la escoba ramita a ramita.

Con mi cámara de Gringotts muy mermada me dirigí a casa. A mi nueva casa. Definitivamente había dejado el valle de Godric para instalarme en un piso pequeño del centro de Londres. Al fin y al cabo tampoco necesitaba mucho espacio, el piso tenía dos habitaciones y una de ellas la había hechizado para que cupieran todos mis cuadros y libros con suma comodidad. Ares me recibió con su la alegría juguetona de siempre, pero casi lo mato cuando se acercó al gran paquete que llevaba en brazos. Lo que me faltaba es que ahora el perro se cargara el “regalito” de 5900 galeones. Joder, me iba a tener que hacer un Obliviate a mí mismo para olvidar semejante dolor de mi bolsillo.

Después de almorzar entré en el baño y cinco minutos después salí completamente diferente. Ya que la pobre había pasado por esa horrible experiencia por mi culpa, que menos que hacerla reír un rato. Y creo sinceramente que con mis pintas cualquiera que me conozca se parte el culo. La mayoría ni siquiera entendería mi “disfraz” pero Rose lo captaría en una milésima de segundo. Fue ella la que insistió en que viera las películas porque me parecía a uno de los protagonistas. Y tenía razón, me parecía bastante al tío ese, hasta tal punto de que me pareció un poco siniestro. Pero a ella parecía hacerle ilusión así que… venga, vamos a hacer el ridículo un rato. Todo sea por una buena causa. Si es que en el fondo soy hasta buena gente. ¡Para qué luego digan!

Con un simple encantamiento metí el bate envuelto en un bolsillo del pantalón, el mismo encantamiento que usaría Mary Poppins cuando en la película metía una barbaridad de cosas en el bolso. Cogí la nueva escoba y me aparecí en un apartado desierto de Hogsmeade. Me subí a ella con cierta duda, porque no soy precisamente un crack volando. A ver, nunca tuve problemas para aprobar Vuelo en el colegio y toda esa mierda, pero no me sentía seguro en el aire. Sin embargo menos de diez segundos tardé en darme cuenta de que había valido la pena arruinarse por comprar esa maldita Saeta: parecía que te leía el pensamiento, y era mucho más estable de lo que parecía a simple vista. Merodeando por el aire encima del pueblo, busqué a Rose. Ni tenía ni puta idea de si habría salido o estaría metida en Hogwarts, pero teniendo en cuenta que es sábado, que hace mucho sol y un día demasiado bueno para estar a punto de entrar en diciembre… imaginaba que tendría muchas papeletas de estar en el pueblo con sus amigas. Justo entonces vi un gran grupo de chicas por un camino delimitado por bancos y algunos árboles, y por la altura que tenían yo diría que eran de sexto y séptimo. Me coloqué justo detrás, unos cuatro metros por encima y localicé a Rose en medio de ese grupo. Hacía bien en salir acompañada, aunque por otra parte yo ya me encargué de que tuviera sus propios guardaespaldas.

Rezando para no aplastarme los huevos contra la escoba, porque coño, ya podrían ponerle un cojín, fui hasta el grupo. Me coloqué justo delante con suavidad, impidiendo que pudieran pasar. Bajé la escoba hasta que quedó a tan solo un metro sobre el suelo.

- Larga vida y prosperidad, señoritas terrícolas. Soy el comandante Magpock y vengo en busca de la teniente Saunders. - dije en tono formal, intentando no pisarme a mí mismo por el numerito. - ¡Teniente! Hay amenaza klingon, se solicita que suba inmediatamente a la nave Saetaprise. - improvisé, obviamente refiriéndome a la escoba. Teniendo en cuenta que hace poco salí en Corazón de Bruja, ya no solo rezaba para qué mis huevos no se aplastaran. Rezaba para que ninguna de las amigas de Rose hubiera leído esa revista y me reconocieran. - ¡Y agárrese fuerte, entraremos en velocidad de curvatura! - ¿lo había dicho bien? ¿Así se llamaba la velocidad que usaban en las naves de esas películas? Joder, que estrés. Obviamente no podía subirse a la escoba si no me bajaba yo, dudo mucho que ese palillo aguantara el peso de ambos. Y paso de arriesgarme a que se rompa, que he perdido el ticket.
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Invitado el Miér Dic 02, 2015 11:45 am

Después de la locura que habían sido los últimos días, agradecía un poco calma. Después de lo que sucedió, algo en lo que hacía todo lo posible por no pensar (estaba en el colegio, en el colegio se iba a aprender, para aprender hay que estudiar, y para estudiar hay que prestar atención a lo que se estudia... y no a recuerdos que duelen tanto o más que el primer día. Pura lógica), buscaba la mayor normalidad del mundo. Quizá demasiada. Después de un tiempo en la enfermería, me había reincorporado a las clases y los entrenamientos de quidditch, y había continuado dedicando mi tiempo libre a investigar sobre el Torneo. Mientras trataba de ignorar algunas miradas curiosas por los pasillos (lo malo de vivir entre tanto adolescente cotilla y sin WiFi que los distraiga es que los rumores se extienden deprisa), nadie que no me viera pensaría que había vivido una experiencia como aquella. A ojos externos, bajo la cálida luz del sol, era una persona perfectamente normal, otra estudiante más.

Todo cambiaba por la noche. Antes, cerraba los ojos y ya estaba dormida, pero ahora me daba miedo dormirme. Era el peor momento del día, cuando bajaba la guardia y todas las protecciones mentales se desmoronaban, dejando pasar un torrente de recuerdos traumáticos que bajo ningún concepto quería recordar. Siempre me despertaba sobresaltada, con la respiración agitada y empapada en sudor, y desde aquel día no había conseguido dormir más de cuatro horas seguidas, cuando antes era una persona que perfectamente podía dormir nueve. Además, tampoco podía permitirme el lujo de llorar; ya no era solo que no me gustara y que no quisiera revivirlo, era que no estaba sola en la habitación. Sin ir más lejos, Davina dormía plácidamente a unos pocos metros de mi cama. Sabía que podía contar con ella, pero no quería hacerle sufrir comportamientos más típicos de un crío de cuatro años con terrores nocturnos que de una mujer adulta de diecisiete.

Desde aquel día, junto a los recuerdos que trataba de ignorar y la normalidad bajo la que me refugiaba casi con ansia, las ojeras por falta de sueño se habían convertido en mis compañeras inseparables. Por suerte, era ravenclaw, y era raro no ver a un Ravenclaw con ojeras. Además, estábamos en diciembre, con lo cual no era raro ver más Ravenclaw estudiando en la biblioteca que pasando el tiempo libre en la sala común. Y sin embargo, mis amigas más íntimas, las que me conocían lo suficiente como para saber que mi actitud era pura fachada, hacían todo lo posible por sacarme de mi rutina. Desde agarrarme del brazo y llevarme a dar un paseo por los jardines un día que la lluvia había dado tregua, hasta quitarme literalmente los pergaminos de la mesa por sentarme en un círculo en el suelo junto a la chimenea de la sala común, comentando los cotilleos más vacíos pero más intrigantes de todo Hogwarts.

O como, al llegar el sábado, plantarse en medio del campo de quidditch, donde me encontraba golpeando con toda mi furia a las dos bludgers hasta que me dolían los brazos (es decir, entrenando). No quería parar, pero mis amigas sabían que la única forma de hacerlo era plantarse entre la bludger y yo y convertirse en objetivo de la bola. Como ellas esperaban, la bludger había ido hacia mi amiga-cebo pero logré interceptarla antes de que impactara. ¡Qué narices...! Tuve que interrumpirme porque justo la bludger se había fijado en mí, pero años de entrenamiento me habían dado la suficiente agilidad como para poder esquivar el golpe y agarrarla para meterla en su maletín, donde la aseguré bien con las correas antes de prestar atención a la otra, que seguía acosando a mis otras amigas. Íbamos a ir al pueblo a dar una vuelta, ¿te vienes? Miré a mi amiga con cara de póker. ¿Iba en serio? Abrí la boca para contestar, pero entonces otra de mis amigas gritó al sentir la bludger cerca y corrí en su dirección. Como hiciera antes con la otra bludger, logré interceptarla y atraparla antes de que pudiera hacer daño, y la guardé en su maletín, el que cerré de un golpe. Aun en el suelo, el maletín botaba de la furia con la que trataban, en vano, de escapar las bludgers. Suspiré y estiré el cuello hacia atrás, dejando caer mi maltrecho bate al suelo, junto al maletín. Estaba entrenando. Otra de mis amigas, Anne, me miró con una sonrisa torcida llena de astucia. Pero ya has terminado. La miré con el ceño fruncido. Sabía que no era una pregunta. Pero aun así, cogí el maletín y el bate y los devolví a los vestuarios, seguida de cerca por mi escuadrón de amigas suicidas.

Lo malo de compartir casa es que podían ir a cualquier rincón conmigo, y eso implicó entrar al baño mientras me quitaba le sudor en la ducha. En el fondo me sentía agobiada y cabreada; ¿acaso creían que me iba a escapar por una ventana o algo? Les dices que tu padre es policía y ya empiezan a creerse todos los clichés de las pelis policíacas de la tele, increíble. Pero aun así, conseguieron su cometido. Lo cierto es que no me apetecía ir a Hogsmeade, la última vez que había ido la cosa no había terminado muy bien, pero era una contra nueve así que daba lo mismo que hubiera dicho que no. No se me escapó que se colocaron estratégicamente a mi alrededor, como si fueran mis guardaespaldas; aunque me daba escalofríos, por otro lado lo agradecía. Y, aunque en un principio no tenía ánimos de participar en sus charlas sobre temas superficiales, sus risas y la alegría que emanaban me hizo empaparme un poco de aquello y terminé participando yo también. Espera, Zoe. ¿Lo dices en serio? ¿Martin y Austin? ¿¡EN SERIO!? Zoe se giró hacia mí y sonrió con calidez cuando vio que participaba, y un segundo después asintió fervientemente con la cabeza, tan pendiente de mí que, por no ir mirando al frente, casi se come un árbol. ¡Uy, casi! Sí, sí, los vi con mis propios ojos. Se apartaron del grupo a la salida de los invernaderos de Herbología, así como quien no quiere la cosa. Yo lo vi porque había tirado el saco de abono y me tuve que quedar limpiando el suelo, así que salí tarde. Y al pasar por la puerta, vi que mi derecha tenía a los dos comiéndose los morros. Otra de mis amigas, Candice, de sexto, alzó los brazos y negó con la cabeza. Pues qué lástima. Los dos son bastante guapos. Las féminas de Hogwarts han perdido a dos increíbles especímenes másculinos.

Riendo como adolescentes, llegamos a Hogsmeade. Cuando miré alrededor y me vi entre árboles, con el paisaje del pueblo al fondo con su típica imagen de postal entrañable, me quedé empanada por unos instantes, pensando en cosas que no debía, hasta que una de mis amigas (no vi cual), me dio un toque seco en el hombre, flojo pero firme. Sacudí la cabeza y la sonreí, dándole las gracias silenciosamente. Me fijé que íbamos por un camino con bancos a los lados, pero mis amigas seguían hacia delante, en dirección al pueblo. Lo cierto es que era un paisaje bonito, y más aún sin haber niños perdidos en medio; de ser así lo siento por mis amigas, pero cojo y me doy media vuelta. No creo que vuelva a ayudar a más niños perdidos en mucho tiempo visto lo visto, la verdad. Parpadeé y suspiré hondo, tratando de volver a la falsa imagen de normalidad que me había jurado tener, cuando todas mis amigas se callaron; todo pasó a estar demasiado silencioso. Me detuve y miré a los lados, asustada y nerviosa. ¿Qué sucedía? ¿Por qué paraban? Otra vez no, otra vez no, otra vez no...

Inconscientemente, me había ido deslizando hasta colocarme detrás de Donna, la más alta de nuestro grupo y con una complexión más fuerte; su físico junto a su piel negra y su cara de pocos amigos la convertían en una mujer bastante imponente a sus diecisiete años de edad, algo que demostraba de sobra cuando manejaba la varita. No fue hasta que mi grupo no se paró en seco y le oí hasta que no le vi.

Al oír el nombre de Magpock, una gran sonrisa sincera inundó mi cara ojerosa. Mis amigas me vieron y, aunque intuían que no había peligro, tampoco querían dejarme desprotegida tan fácilmente. Pero para algo mi padre y mi mad... no, mi padre, mi padre (mi madre no existe, no tengo madre, no, no), me había dado brazos al concebirme. Apartando a mis amigas con los brazos, salí de mi barrera protectora y me coloqué delante del Comandante Magpock. Y además con todas las letras; mi cara fue un poema cuando vi que era el Comandante Magpock con todas las letras y con el traje, la insignia de la Flota Estelar y hasta las bandas de las mangas que indicaban su rango como comandante. LO TENÍA TODO. Mi sonrisa se amplió más; yo había creado aquello, era mi criatura y me sentía orgullosa.

Aquí la teniente Saunders, comandante. Saludé alegremente haciendo el saludo vulcano. No miré a mis amigas pero teniendo en cuenta que solo había otras dos provenientes de familias muggles aparte de mí, la mayoría nos tendría que estar mirando sin enterarse de nada. Cuando Magnus mencionó la Saetaprise, puse los ojos como platos al fijarme en la empuñadura de la escoba. Ya no era solo que Magnus (no, no Magnus, Magpock) hubiera ido hasta ahí en escoba, es que había ido en una Saeta de Fuego; yo me había asegurado de que supiera distinguir una simple Barredora de aquella maravilla, pero nunca habría imaginado que le llegaría a ver subido en una escoba, y menos en una así. Aun así, controlé mi sorpresa y mi histerismo fanático (nunca había tenido una Saeta de Fuego tan cerca de mí) y volví a modo teniente Saunders. ¿Klingons? ¿Está seguro? Cuando Magnus me invitó a subir a la escoba, metiéndome prisa, me dieron ganas de gritar. Ilusionada, miré a mis amigas antes de centrarme cien por cien en Magpock. Chicas, lo siento, debo irme. Son esos malditos klingon otra vez, la Flota Estelar me necesita. Como era de esperar, solo mis otras dos amigas de familias muggle lo captaron, y mientras ellas reían y me hacían gestos para que me fuera, el resto miraba con una confusión que parecía imposible en encontrar en gente de Ravenclaw.

Me acerqué hasta Magnus y me agarré a su cintura para pasar una pierna al otro lado de la escoba. Tan pronto sentí mi trasero encima, la escoba parecía vibrar, como si, cual Jedi, supiera que el vuelo que ella quería proporcionarme era lo que más ansiaba en ese momento. Me agarré más a Magnus, rodeando su cintura con mis brazos y pegando mi cuerpo al suyo para no caerme de la escoba. Adelante, comandante.

En ese momento, miré a mis amigas. Aunque se iban alejando por el camino por el que habíamos venido, dejandonos solos, supe, por sus miradas cotillas y sus sonrisas y cuchicheos, que estaban debatiendo sobre el último número de Corazón de Bruja, el de la entrevista de Magnus. Cuando se dieron cuenta de que las estaba mirando, todas giraron la cabeza con cara de susto y se metieron en sus asuntos... o siguieron cuchicheando pero de forma que nosotros no lo viéramos. Lo cierto es que esa entrevista me había sorprendido bastante, pero no más que ver al Comandante Magpock pidiéndome con urgencia que subiera a la Saetaprise para hacer frente a los klingon. Desde luego, no era la normalidad que había esperado encontrar aquel día. Pero, por una vez, simplemente me dejé llevar.
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Invitado el Miér Dic 02, 2015 2:18 pm

Soy ateo por la gracia de Dios, pero estaba rezando para que nadie del Ministerio me viera. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, yo discrepo. La dignidad es lo último que se pierde. No me quería arriesgar a que alguien me viera con semejante disfraz, montado en un trozo de madera que valía cinco mil galeones (que alguien me borre la memoria, por favor) y se diera cuenta de que soy ese fiscal que siempre está de mala hostia, da las órdenes a gritos y se caga en todos los muertos de la máquina de café cuando se rompe. No, gracias. Tengo una reputación que mantener.

Pero ahí estaba, arriesgando mi reputación solo para que Rose se riera de mí. O al menos se divirtiera un mínimo y pensara en algo bonito, como “vaya pinta de gilipollas tiene este con esas orejas puntiagudas”. Si fuera ella no querría volver a verme en la vida, que al fin y al cabo todo fue por mi culpa. Nunca, en mis treinta y dos años de vida, me había sentido culpable por algo, y no soy precisamente un santo. Que me sintiera culpable por algo en lo que yo no intervine y de lo que realmente, siento objetivos, no tenía culpa de nada, era una sensación completamente nueva para mí.

Me dio mucha pena ver cómo Rose se escondía durante unos momentos detrás de una amiga robusta, aunque no tardó en reconocerme y avanzar hacia donde estaba. Se quedó de piedra al ver la escoba, y eso que no le había dicho que era para ella. Pero yo que sé joder, eso lo veo obvio. ¿Yo gastando 5000 galeones (que alguien me mate) para barrer el suelo? Mira, no.

- Seguro, teniente. Necesitamos de sus conocimientos para combatir esta amenaza. - contesté de manera que, en otra situación y contexto, creo que me hubiera descojonado. Y las caras que ponían las amigas de Rose no ayudaban precisamente a mi seriedad. Pensaba bajarme para que montara ella, diera una vuelta, y luego sorprenderla con la noticia de que era un regalo de Navidad anticipado. Pero Rose se me adelantó y se subió justo detrás de mí, agarrándose como si se fuera a caer la escoba. Que era precisamente mi miedo. - Oye, Roshura - empecé llamándola así de coña, en referencia a la tía que iba siempre con Spock en las películas. La diferencia es que esos estaban liados, y yo no soy un pederasta. - ¿crees que aguanta el peso de los dos? - pregunté con auténtico pavor. - He perdido el ticket. Como se rompa acabo en San Mungo del infarto que me da. - confesé en un susurro bajo, para que no me escucharan sus amigas y me vieran más gilipollas todavía. Eché un vistazo de reojo al grupo de amigas de Rose, que se iba alejando. Vaya caras que ponían, nos miraban con supuesto disimulo y alguna sonrisilla. Adolescentes. Puse los ojos en blanco y miré por encima del hombro a Roshura. - A ver si lo adivino… tus amigas leen Corazón de Bruja. Si alguna vez vuelvo a colaborar con esa revista arráncame un huevo. - le pedí alzando una ceja con irritación. No sé en qué momento se me ocurrió dejar que me entrevistaran, por el puto Merlín.

Pero la escoba parecía resistente, y vibraba como impaciente por ponerse en movimiento. Apenas lo pensé un segundo y ya la escoba siguió su camino, dando una rápida vuelta por encima de todo el pueblo. No sé cuánto duró esa vuelta, lo que sí sé es que la velocidad de esa escoba era la hostia y como siguiéramos así iba a potar. Con suavidad reduje la velocidad e hicimos pie en el césped de un pequeño prado, no apto para alérgicos. En realidad estábamos muy cerca de dónde la encontré, a tan solo unos veinte metros se veía el camino que llevaba al pueblo.

- No quiero que vuelvas a ser tan confiada. Me has visto, has dado por hecho que soy yo, y te has subido conmigo a la escoba. Eso no se hace. - la reñí con gesto severo y el ceño fruncido. Tampoco quería ser poli preocupado 2.0., pero Rose acababa de ser una inconsciente. ¿Debía recordarle la existencia de la poción multijugos? Aunque el disfraz de Spock fuera un buen indicativo de que soy el Magpock original, no era suficiente. - Quiero que saques la varita, me apuntes, prepares mentalmente el maleficio más desagradable que se te ocurra y me preguntes algo que solo yo puedo saber. Si dudo aunque sea dos segundos o fallo, me atacas. - no era una sugerencia, era una exigencia. Sabía que no debía hacer magia fuera del colegio y tal y cual, pero solo me atacaría si me preguntaba algo muy rebuscado y tardaba lo mío en pensar. Y suelo confiar en mi rapidez mental. Dejé la escoba encima del césped y me senté a los pies de un árbol, sacando la varita y tirándola a unos metros. Totalmente desprotegido.
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Invitado el Jue Dic 03, 2015 11:00 am

¿Qué mejor modo de distraerse un fin de semana y mantener la mente ocupada para no tener que pensar que sentir la amenaza de no una, sino dos bludgers furiosas queriendo molerte los huesos? Vale que el equipamiento de quidditch del colegio tampoco era para tirar cohetes, pero me las había apañado muy bien con el bate del colegio sin hacerle (apenas) astillas al darle golpes a las dos bolas. Mi plan inicial había sido liarme a leches enfurecidas contra las bludgers, tanto para recuperar tiempo de entrenamiento perdido durante... mi ausencia, por llamarlo de alguna forma poco explícita, como para liberar tensión hacia las dos pelotas. Pero claro, obviamente mis amigas tenían que venir a por mí, OBVIAMENTE, porque se suponía que debía estar yendo a dar una vuelta con ellas a Hogsmeade. Y aunque no pude negarme porque me superaban en número, tampoco podía olvidar esa sensación de déjà vu; también había sido de camino a Hogsmeade cuando el pobre niño perdido había aparecido y... bueno, no quería recordar como había acabado todo, prefería ignorarlo y evitarlo, algo muy difícil porque ellas querían llevarme al mismo punto.

Y sin embargo, luego no había sido tan malo. No solo me enteré de un montón de cotilleos de los que no tenía ni idea, sino que además un cierto vulcano subido en su nave escobil nos detuvo a mitad de camino. Pero claro, no era como si un fiscal del Wizengamot se hubiera disfrazado de uno de mis amores platónicos y personajes favoritos, no, era algo completamente distinto: era el comandante Magpock en persona, solicitando mi embarque a bordo de su nave para ayudar con un conflicto con los klingon. Así que claro, entre Hogsmeade y la Flota Estelar, obvio que mi compromiso estaba con la segunda. Y ADEMÁS LA SAETAPRISE ERA UNA MALDITA SAETA DE FUEGO. Sonreí cuando el comandante confirmó que necesitaba mis conocimientos para hacer frente a tal amenaza y me dirigí hacia él. No se hable más, pues. Despidiéndome de mis amigas, subí en la escoba detrás de Magnus; su comentario sobre si aquella maravilla de escoba aguantaría el peso me hizo tanta gracia como me ofendió. ¿Acaso no recuerda lo que le enseñaron en la Academia Vulcana, comandante? A ver, eran escobas mágicas, y encima aquella no era una cualquiera, no, era una maldita Saeta de Fuego, la mejor escoba en el mercado. Otra cosa era la velocidad máxima que alcanzáramos o la aceleración punta a causa del peso, pero era obvio que no nos íbamos a caer. Aunque lo de Roshura me había gustado mucho; no se me escapó el detalle de que había nombrado (más o menos) el nombre del personaje con quien SU personaje tenía una relación más allá de la amistad. Me aferré más a él, no sé si para darle más confianza o para sentirme yo más segura. Pues más te vale que no te dé un infarto, porque estás controlando tú. Mi tono de voz era despreocupado, como de quien habla del tiempo, pero tampoco quería que le diera un yuyu, y menos yendo yo detrás. Ya había tenido una buena dosis de sustos, no necesitaba más tan pronto. Además, tú mismo lo has dicho, soy Roshura. No McCoy, no, Roshura. Reí. Lo cierto es que me encantaba el nombre; igual cuando regresara a Londres y volviera a tener internet me cambiaba mi nick de Twitter a ese, porque era genial. ¿Cómo no se me habría ocurrido antes?

Yo quería echar a volar ya; nunca había estado tan cerca de una saeta y menos subida en una, y desde que había puesto mi trasero sobre su lisa y brillante superficie había notado vibrar a la madera, como si estuviera deseando tanto como yo salir volando de allí. Erá mágico, como un vínculo, casi tan fuerte o incluso más que Tsaheylu, el vínculo de los Na'vi con cualquier criatura viva en Pandora (aunque no tan físico porque no tenía una coleta-usb, sino más mental). Mientras me moría de impaciencia por despegar (ahora no es el tiempo de pensárselo, Magpock), Magnus también había visto las miradas que nos dirigían mis amigas; aunque las fulminé con la mirada para que se metieran en sus asuntos, eran taaaaaaan discretas que él también las había visto. Le miré con el ceño fruncido cuando me dijo lo de la revista. Pues no sé por qué lo dices, a mí me gustó mucho. Me resultó... fascinante. Torcí la boca en una sonrisa; aquella palabra era una de las favoritas de Spock, si Magpock había hecho bien sus deberes también habría pillado la referencia. El problema no es tu entrevista, que repito que fue genial. Son ellas, que en vez de centrarse en lo que tienen que centrarse prefieren sobrevivir a base de cotilleos. Puse los ojos en blanco. No era que no me gustaran los cotilleos, me encantaban, pero tanto como perderme una comida por quedarme comentando cualquier noticia pues no, la verdad. Entre un jugoso cotilleo y una tarta de chocolate con relleno de leche condensada, mi fidelidad estaba con mi futura diabetes. Y ya sin mencionar cuando se sacaban las cosas de contexto...

Sin previo aviso, Magpock hizo despegar la Saetaprise. OH DIOS MÍO. Mi voz estaba llena de nerviosismo, agitación y entusiasmo. Me encantaba la sensación al ir en escoba, pero mi experiencia no era comparable con lo que sentí cuando la Saeta se elevó en el aire y comenzó a recorrer el cielo a una velocidad vertiginosa. ¿Así que esto era lo que sentía Barry Allen cuando corría? Normal que en cuestión de nada y menos hubiera terminado enfundado en un traje y yendo de acá para allá, era una sensación increíble. Y aunque yo no estaba usando mis piernas (y de hecho, aunque fuera en escoba, me estaban paseando como a Miss Daisy), esa sensación de velocidad vertiginosa era totalmente indescriptible e increíble, lo mejor que había podido sentir en mucho tiempo. El único motivo que me frenó de pedirle a Magnus que acelerara más (estaba seguro de que aquella preciosidad aún no había alcanzado su máximo potencial) era que sabía que mi querido comandante no era muy amigo de las escobas como medio de transporte; aún no había tenido oportunidad de preguntarle qué enfermedad le había dado para comprarse una Saeta, pero no estaba segura de que fuera una enfermedad muy mala, al contrario. ¡DIOS MÍO, ESTO ES GENIAL! Solté un grito, toda motivada, mientras nos movíamos por el aire y girábamos para evitar edificios, árboles y personas... y de pronto terminamos en un claro y la velocidad aminoraba. Mi cara se entristeció; es como cuando estás en un parque temático y te subes a tu atracción favorita: cuando más estás disfrutando es cuando termina y te tienes que bajar.

Tan pronto nuestros pies tocaron el suelo, solté mis brazos de la cintura de Magpock y los dos nos bajamos de la Saetaprise. Aunque de vez en cuando miraba de reojo a la Saeta (me sentía como Gollum estando cerca del Anillo de poder, era una tentación demasiado grande), me coloqué delante de Magnus, lista para preguntar al Comandante Magpock por lo que le había llevado a Hogsmeade vestido con su traje oficial y con la Saeta como medio de transporte. Pero entonces él abrió la boca antes y lo tuvo que jorobar todo, claro, porque lo que había pasado antes había sido demasiado bonito como para ser verdad; como cuando sueñas que estás debatiendo sobre la aparente o verdadera locura del personaje de Hamlet con su propio autor y de repente te despiertas y, además de darte cuenta de que Shakespeare ya está más que muerto, tienes la cara medio pegajosa por las babas. Mi cara, hasta entonces de felicidad, se quedó congelada, seria. Mis ojos estaban húmedos, pero no de llanto, sino de miedo y algo de irritación.

Sabía por qué Magnus (daba igual su ropa y aspecto físico, ya no era el Comandante Magpock; no desde que lo había estropeado todo abriendo la boca) había dicho aquello, pero no me esperaba que él lo supiera. Según lo que sabía (que básicamente era todo porque lo había vivido en primera persona), mi excursión a Hogsmeade transformada en algo menos alegre en lo que no quería pensar había terminado conmigo en la enfermería hasta que tuve un estado más o menos estable. Por lo que había visto, El Profeta no se había hecho eco de aquello, ni tampoco tenía noticias de que hubiera trascendido más allá de los cuatro muros de Hogwarts, y eso porque los estudiantes pueden ser demasiado cotillas algunas veces. Pero Magnus no era alumno de Hogwarts ni tenía dentro de ningún familiar ni conocido aparte de los familiares de Eris que quedaran en el castillo (con los que estaba seguro que no tenía una relación tan íntima como para enterarse por ellos de... mi aventura) y de mí (que obvio no tenía pensado contárselo, al igual que tampoco se lo iba a contar a papá porque ya tenía bastante con lo suyo). ¿Pero entonces...? ¿Acaso la noticia habría trascendido al Ministerio de Magia?

Mientras noté como un escalofrío me recorría la espalda, como si alguien me acabara de echar una jarra de agua helada por la cabeza y me estuviera calando la ropa, Magnus siguió hablando. Le miré confundida, con la boca entreabierta. ¿Qué narices...? Comencé a negar con la cabeza, primero levemente y después más fuerte, al tiempo que alzaba las cejas hasta que tenía la piel tan estirada que me dolía. No me lo puedo creer. ¿Estás hablando en serio? Le miré a la cara con el ceño fruncido, tratando de notar el más mínimo indicio de que aquello estuviera siendo una broma. Pero las bromas pegaban tan poco con Magnus como conmigo, así que, como era de esperar, no había nada. Me froté la cara con las dos manos y las dejé apoyadas en mis mejillas, estirando mi cara hacia abajo. Sí, estás hablando en serio. Increíble. Solté una risa irónica mientras ponía los ojos en blanco. No sabía que hacer; no era que quisiera darme media vuelta e irme de allí sin más, pero porque era Magnus. Si en vez de él es otro alumno normal, aparte de que le mando a la mierda, tal cual, le dejo solo en el prado y me voy a mi aire. Pero precisamente por ser Magnus me cabreaba más, y ya no era eso. ¿Cómo narices sabía...? Porque blanco y en botella: nunca antes había tenido ese comportamiento conmigo, aquella vez era la primera, y también era la primera vez que nos veíamos después de todo lo que había pasado, así que para mí estaba más que claro. Negué otra vez con la cabeza y suspiré, liberando al fin mis brazos de mi cara. No sé como te has enterado, pero... Como vuelvas a pedirme que pruebe si eres tú y si no te ataque, entonces sí que te ataco. DE VERDAD.

No era una tonta, sabía que en ese caso él podría contrarrestarlo con facilidad, pero solo quería que captara la idea. ¿Acaso no había tenido ya suficiente, tenía que ir él urgando en la herida? En el fondo, muy en el fondo, entendía que solo lo estaba haciendo porque se preocupaba por mí, y en el fondo, muy en el fondo, se lo agradecía. Pero también sabía que un Magnus falso jamás habría ido hasta allí en una Saeta de Fuego ni se hubiera disfrazado del mismísimo Spock, orejas incluidas. Y por supuesto, un Magnus falso jamás habría podido inventarse nombres tan guays y trekkies como Magpock, Saetaprise y Roshura, ni habría mencionado la amenaza de los klingon. Más claro agua. ¿Qué necesidad había de tocar las narices? Solté un gruñido de frustración y me crucé de brazos sobre el pecho, marcando distancia entre nosotros y dejando bien claro por mi lenguaje corporal que había dejado de divertirme cuando había abierto la boca al bajarnos de la escoba.
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Invitado el Vie Dic 04, 2015 9:53 am

Joder, que estrés. Que puto estrés. No me gustan esos malditos palos de madera que pueden hacer que te abras la cabeza en una milésima de segundo. Y por mucho que Rose, perdón, Roshura, no le diera importancia al peso a mí no me hacía ni puta gracia. Y por esa misma razón no pensaba volar demasiado rápido ni mucho rato. Que luego ella fuese hasta la Luna si quiere con el palo de madera, pero yo con los pies en la tierra, gracias.

- ¿Fascinante? - repetí, mirándola por encima del hombro con una ceja levantada. No se me escapó que usó esa palabra haciendo referencia al repetitivo Spock, pero yo no la catalogaría de fascinante precisamente. - ¿Qué parte te resultó más fascinante: la insinuación de que estamos liados o la de que dejé a Eris por otra? Y menos mal que no sabían que te conocí poco antes de dejarla, que entonces me hacen una insinuación doble y me explota la cabeza. - solté de mala hostia hacia la maldita Corazón de Bruja. Creo que fui capaz de sobrellevarlo bien, pero esas preguntas me llegaron al alma. Fueron un what the fuck en toda regla. Lo de Eris me lo esperaba, pero lo de Rose ni de coña. Mi cara tuvo que ser un poema cuando me preguntaron por ella.

Mientras dábamos la maldita vueltecita montados en el palo de madera yo me mareaba y estaba deseando volver a tierra. En cambio Rose se estaba flipando. La escuchaba gritar como si estuviera experimentando un auténtico éxtasis religioso. Bueno, me alegraba por ella, al menos esos dolorosos 5.000 galeones que me había costado la escobita de los cojones no serían en vano. Mi objetivo fue el ponerla contenta, y desde luego feliz parecía.

Aterrizamos relativamente cerca de donde la encontré, y dejando de lado la escoba (aunque la miraba de reojo, lo que me faltaba ahora es que intentara alguien robarla) regañé con severidad a Rose por ser tan confiada. Joder, sinceramente no me lo esperaba de ella, siempre la consideré una chica muy inteligente. La más inteligente que nunca conocí, de hecho. Y acababa de cometer un error brutal. Cierto es que si alguien suplantara mi identidad dudo mucho que montara todo el numerito a lo Star Trek que monté, pero nunca estaba de más ser precavida. Y Rose no lo fue.

Personalmente no me gustó que su expresión de felicidad por haberse montado en la Saeta cambiara tan radicalmente con mi bronca-regañina, pero era necesario. Y de veras quería que lo hiciera, que tuviera cojones (bueno, ovarios en su caso) de preguntarse interiormente si era yo o no era yo y de que me pusiera a prueba. Pero no parecía tener intenciones de hacerlo.

- Por supuesto que estoy hablando en serio. Y estás tardando. Cualquier hijo de puta podría haber hecho ya contigo lo que quisiera. No puedes ser tan confiada después de lo que te ha pasado, Rose, joder. - me estaba empezando a cabrear, porque no me podía creer que se indignara cuando mi advertencia había sido simple y llanamente por su bien. Y tampoco podía creer que fuera tan confiada. - Me cago en la leche que bebiste del biberón, no me seas cabezota, ¡y hazme caso, coño! - exigí sintiendo cómo se me hinchaba la vena del cabreo. La que estaba hinchada el 99% del tiempo. Me levanté del césped, acercándome más a ella y mirándola con una mala hostia que espantaría a un dementor. - No quiero que vuelvas a correr peligro, me cago en Merlín. ¿Ves a esos dos tíos? - pregunté, señalando con ningún disimulo a dos hombres de cuarenta y tantos, sentados en uno de los bancos a unos veinte metros de distancia. - Son ex aurores, ahora trabajan como guardaespaldas privados. Bueno, hacen más mierdas, pero eso da igual. El caso es que los he contratado para que no te pierdan de vista en Hogsmeade ni estas próximas vacaciones. Y ni se te ocurra - añadí, alzando un dedo como advertencia - quejarte ni protestar, es lo que hay y punto. ¿Quieres saber cómo me he enterado? Pues porque fue por mi puta culpa. Y ya bastante mierda me siento cómo para comprobar que encima no has aprendido y sigues siendo tan confiada como siempre. - sentencié zanjando el tema. Recogí mi varita y la metí en el pantalón, sintiendo en el otro bolsillo el bate encantado para que cupiera. Un buena bludger debía haberle dado en la cabeza para que su experiencia no la hubiera ayudado a ser más precavida, joder. - Siento mucho lo que te ha pasado. Intento hacer lo que puedo, hostia. - añadí tras unos segundos en silencio, con desgana. Lo que me tocaba las narices que voy yo con buena fe, le regaño porque ha cometido un error catastrófico y va la niña y se me pone chula. Una puta y cojonuda maravilla. Me sentía como un padre/tío/hermano mayor.
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Invitado el Vie Dic 04, 2015 11:56 am

Era una suerte que Magnus no hubiera visto los cuchicheos marujas de mis amigas mientras aún me encontraba con ellas; me hubiera muerto de vergüenza si hubieran sacado el tema de la revista delante de él, porque sabía que precisamente no quería preguntarle sobre las cualidades que lo convertían en un buen fiscal, no, sino por otros temas más personales. Pero en general, su entrevista me había parecido bastante interesante, en todos los aspectos (y lo reconozco, la he leído varias veces. ¡No todos los días sale uno de tus mejores amigos en Corazón de Bruja!). Pero al parecer él no pensaba igual; su repentino acceso de mal humor me hizo sonreír. Magnus, no estamos hablando de El Profeta, sino de una revista de cotilleos. Puse los ojos en blanco. Soy lectora habitual de Corazón de Bruja, y puedo decirte que he leído entrevistas que metían más cizaña, así que no te quejes. Evité mencionar directamente las preguntas que destacó él, sobre todo la insinuación de que estábamos liados. Preferí no responder nada, era mejor que no supiera lo que había pensado al leer esa parte la primera vez. Creo que fue una entrevista muy profesional, la verdad. Aunque no me imagino a la señora Brooks corriendo por todo el Valle de Godric con los rulos puestos. No era habitual en mí tomar el pelo a la gente, pero esa parte de la entrevista me había parecido muy tierna. Una noticia así no era para menos; aún debía de dolerle el cuerpo del abrazo tan fuerte que le di cuando me lo dijo a mí, así que la reacción de su madre había sido la esperable.

Después llegó el momento que tanto la Saetaprise como yo ansiábamos: el paseíto en escoba por Hogsmeade. Aunque mis últimos días no habían sido muy felices, la sensación de un viaje en escoba siempre me relajaba y me liberaba de todas las preocupaciones, y más si la escoba en cuestión era una maravilla como aquella. Incluso solté un par de gritos motivados que seguro que hizo que más de unz cabeza se girara hacia mí, pero no me importó. Es decir, ERA UNA MALDITA SAETA DE FUEGO. Pero al parecer Magnus no disfrutaba tanto como yo, o a lo mejor seguía con el miedo de que se rompiera en pleno vuelo, porque enseguida nos llevó a un claro y aterrizó ahí. Eso de "lo bueno, si breve, dos veces" bueno es mentira; los refranes están claramente sobrevalorados. Sin embargo, la verdadera sorpresa no me la llevé cuando había aparecido disfrazado de Spock en pleno Hogsmeade, sino cuando me soltó una regañina en un plan tal que mi padre se habría sentido muy orgulloso. Y a eso además había que sumarle mi confusión, porque no me esperaba que Magnus estuviera al tanto de todo lo que había pasado. Y no solo eso: también quería que comprobara si él era él y que si no le atacara.

Ahí fue cuando exploté y le pregunté si lo había dicho en serio, deseando con todas mis fuerzas que solo se tratara de una broma muy muy pesada que no pegaba nada con su personalidad. Noté como se me iba el color de la cara cuando dijo que cualquiera podría haber hecho conmigo lo que hubiera conmigo, y que no podía ser tan confiada; tenía la cara fría, como si no me llegara el riego sanguíneo. ¡Y encima estaba cabreado! El premio para cabezota del mes va para Magnus, claramente. Tensé más los brazos que tenía cruzados aún sobre el pecho, mientras le miraba seria, con el ceño algo fruncido. ¿Acaso se creía que yo había elegido aquello? Ese "no quiero que vuelvas a correr peligro" me sonó como si estuviera regañando a un niño que ha roto una ventana por tirar una piedra contra el cristal de su casa; vamos, igualito a lo que me había pasado a mí. Me asomé adonde él me señaló cuando mencionó a dos tipos, aún sin decir palabra. Pero no pude contenerme cuando dijo que los había contratado para que me protegieran, tanto en excursiones a Hogsmeade como durante las próximas vacaciones de Navidad, cuando estuviera en casa. Con mi padre. O sea, no.

Mi cara de mosqueo se transformó en una de miedo, a secas. No, por favor. Mi padre no tiene que enterarse. No puede enterarse. Por las últimas cartas que había intercambiado con él, sabía que, por suerte, no estaba al corriente de nada; mi excusa de "he estado ocupada preparando el Torneo y adelantando trabajos" por no escribir cartas en varios días le debía haber sonado efectiva, gracias a los dioses. No podía dejar que esos malditos guardaespaldas mandaran todo al traste. Ya no solo sería ver la cara de preocupación, miedo y cabreo de papá al contarle que me habían abducido, sino la cara que pondría cuando le contara que mi madre... Pero a Magnus al parecer le habían dado igual mis súplicas, porque enseguida me dijo que no le contradijera. Iba a abrir la boca para decirle, enfadada, que no era su hija y no podía mandarme nada porque, además, ya era una bruja adulta, cuando él siguió hablando y me siguió dejando desconcertada.

Mi cara debía ser todo un poema. Al principio no había reaccionado cuando me dijo que sabía lo que me había pasado porque había sido su culpa, pero luego, poco a poco, cada palabra se clavó en mi cerebro como si fueran puñales afilados mientras iba asimilando una a una lo que querían decir. ¿Qué quiso decir aquello? ¿Tu culpa? ¡¿TU CULPA?! Descrucé mis brazos del pecho y le señalé con las manos, incapaz de creer sus palabras. Mis gritos resonaron por todo el claro, aunque no me fijé si mis guardaespaldas, los que Magnus me había colocado sin avisarme, nos prestaban atención; si ya los hubiera visto mirándonos entonces sí que hubiera sido la punta del iceberg. ¿¡Acaso fue tu culpa que mi madre...!? Había hablado sin pensar, dejándome llevar por las emociones, pero tan pronto la mencioné me paré en seco, los recuerdos reproduciéndose vívidamente en mi cabeza. Mi cara de enfado y confusión pasó a una de dolor y confusión. Ya te puedes ir explicando, porque como no hables pronto entonces sí que te lanzo un maleficio. Mis palabras eran serias, aunque la voz me tembló en un par de momentos. Aquello era demasiado. No entendía como podía ser su culpa, de verdad que no, pero tampoco estaba de humor como para que me estuvieran toreando. Y aun así, lo del maleficio sabía que había sonado completamente falso, dentro de lo amenazador. No era de lanzar maleficios a la gente así como así, no como otros, y menos cuando todo mi ser sabía, sin necesidad de oír su respuesta, que él no había tenido nada que ver.

Observé en silencio como recogía su varita del suelo mientras decía que se sentía un mierda. ¿Y entonces como se suponía que tenía que sentirme yo? Hasta hace bien poco, había sido feliz, otra muchacha más huérfana de madre que, con los años, había sabido superar el dolor de su pérdida y recordar su memoria con una gran sonrisa en la cara. Ahora, tras los últimos días, los recuerdos de mi madre me acosaban desde las sombras, aprovechando cualquier momento en que tuviera la guardia bajada para atacarme por medio de los recuerdos con una fuerza arrolladora; desde aquel día, había sido incapaz de tocar con mis manos ninguna de las posesiones de mi madre que siempre había tenido en mi baúl, como su libro de poemas o el de Jane Eyre, o como el colgante con el colibrí que tanto me había gustado desde siempre. Sentí los ojos húmedos, pero sacudí la cabeza. No quería llorar. Se suponía que era una mujer fuerte y luchadora, llorar era de personas débiles. Si lloraba, estaba perdida; no podría parar. Además, llorando no iba a solucionar nada, solo a parecer más vulnerable y asustada de lo que ya me sentía, que no era poco. Y sin embargo la actitud y las formas tan directas de Magnus me lo estaban poniendo muy difícil...

Entonces Magnus habló y se disculpó por todo lo que me había pasado; creí notar un poco más de tacto en su voz, pero a lo mejor solo fue mi imaginación, que me dio lo que quería oír. Puse los ojos en blanco y sacudí la cabeza cuando dijo que intentaba hacer lo que podía. ¿Y entonces yo? Me sentía un poco egoísta, pensando el "yo, yo, yo", pero me enfadaba ver a Magnus así cuando él no había hecho absolutamente nada y aun así se seguía culpando como si me hubiera echado accidentalmente a los tiburones. No tienes que disculparte, tú no has hecho nada. Aun dentro de mi irritación, me daba pena ver a Magnus tan impotente, sobre todo cuando no tenía motivos para ello. La culpa había sido solo mía, estaba claro; si lo llego a saber, le pido a Loretta que me pegue el virus de la maldita gastroenteritis que la tuvo anclada al retrete aquella fatídica mañana.
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Invitado el Vie Dic 04, 2015 2:42 pm

Uno de los grandes deseos de mi vida es ser padre. Luego la niña se me pone chula y se me pasa. Bueno, a los dos segundos me vuelve el instinto paternal, pero en esos momentos me imaginaba lo que sería criar a una adolescente, encima chica, que suelen ser más testarudas. Pobre Kevin, tiene el cielo ganado. Me estaba comportando totalmente como si fuera su padre postizo, su tío o su hermano mayor, pero si yo no intentaba protegerla no lo haría nadie. Y era lo menos que podía hacer teniendo en cuenta que toda la mierda empezó conmigo.

Cuando le hablé de los guardaespaldas Rose se acojonó. Hice un inciso en mi segunda bronca medio paternal, negando con la cabeza.

- Son ex aurores, saben mejor que nadie ser discretos y ocultarse. Además, uno de ellos es metamorfomago, imagino que irá cambiando de aspecto. Joder, que no van a ir los dos detrás de tu espalda mirándote fijamente, saben lo que hacen. Kevin no se dará cuenta, y si se da cuenta de algo me lo mandas a mí y yo me las apaño. Prefiero que se cabree conmigo y me pegue un tiro a que te vuelva a pasar lo mismo. - le expliqué, tajante. Sobre ese tema no admitía discusión. Es lo que había y punto. Y que diera gracias que eran dos y no veinte.

Reconozco que el tacto no es lo mío. En realidad, si alguien escribiera una lista de todos mis defectos, creo que “bruto” se llevaría el número uno. Le solté que sabía lo que ocurrió porque fue por mi culpa, y su reacción casi me asusta. Gritó y dijo no sé qué de su madre. ¿Su madre? Su madre llevaba muerta muchos años. ¿Qué coño…? Mis conocimientos sobre lo que le ocurrió eran escasos. Muy escasos. Prácticamente inexistentes, y no tenía ni puta idea de lo que le habían hecho aquellos días que estuvo secuestrada. Y tampoco le iba a preguntar, aunque como es lógico yo quería saberlo entendía que ella debía contármelo a su ritmo, cuando quisiera y cómo quisiera.

- Eh, tranquila, tranquila. - me acerqué más a ella e hice amago de tocarla. Iba a darle un abrazo para intentar tranquilizarla cuando mencionó lo del maleficio y me volví a separar. Dudaba mucho que Rose me atacara, pero en el estado en el que se encontraba prefería no atentar contra la suerte. Sobre todo cuando estaba a punto de explicarle por qué era mi culpa, en una ocasión así… tenía que reunir todo el tacto del que era capaz. Que era ciertamente muy escaso. - Recibí una carta amenazándome de muerte. No era la primera, y seguramente no la última, y la hubiera ignorado como hice con otras. Hay mucho gilipollas aburrido suelto. Pero esta era diferente porque decía… cosas muy concretas. - le expliqué sintiéndome como una mierda. En el fondo era consciente de que no era mi culpa, yo no fui el que le hizo daño. Igualmente la sensación de culpabilidad extrema era imposible de ignorar. - Por ejemplo, hablaba de las mierdas que guardo debajo de la cama. Entraron en mi casa. Y luego hablaban de ti y me amenazaban diciéndome que te podrían hacer daño. Me puse en contacto con un auror de mi confianza para empezar una investigación y te mandé una carta inmediatamente. Te decía que no se te ocurriera salir del castillo. Al día siguiente recibí esa carta con la lechuza que la envió. Muerta. Ni a mí ni al auror nos costó llegar a una conclusión. - me ahorré el detalle de las palabras escritas encima del pergamino, con resumirlo de esa manera era suficiente. - Estoy intentando arreglarlo. Creo que ponerte guardaespaldas es lo mínimo que puedo hacer. - añadí justificando algo que no lo necesitaba. La tendrían vigilada y punto, y si se quiere enfadar que se enfade. Prefiero una Rose cabreada que una Rose muerta, no sé, llamadme raro.

Recogí la varita y con una disculpa que en realidad sabía que no tenía por qué decir, pero que me veía obligado a hacer, me senté en el césped ya que tenía ganas de tener el culo en un sitio blando. Uno debe darse un caprichito de vez en cuando. Me froté la cabeza con los nudillos y se me cayó una oreja puntiaguda postiza, pero casi ni me di cuenta.

- En fin… - solté con tono desganado y reprimiendo un bostezo. - Viendo tu enfado creo que voy a tener que regalarle esta Saeta de Fuego a otra persona. Qué pena. - fui diciendo mientras cogía el maldito palo de madera y lo miraba en su totalidad, sin levantar la vista hacia Rose. Operación Chantaje con Regalos volumen I. - Ya que me he arruinado y voy a tener que estar el resto del mes comiendo solo arroz para compensar mi ruina económica, que menos que hacerlo por ti. Qué pena, qué pena. Una Saeta desperdiciada… quizás se la regale a Circe Masbecth. - inventé, porque fue la primera idiota que se me ocurrió. La maldita Barbie con menos neuronas incluso que su hermana. - Lo que no sé es si Circe será golpeadora… - dejé caer, sacando del bolsillo el enorme bate. Entonces sí levanté la vista hacia Rose, colocando el bate al lado de la escoba. - En fin, siempre me puede servir para matar moscas, ¿no? Yo que quería que tuvieras una buena equipación y darte un buen regalo navideño… - chasqueé la lengua varias veces, negando con la cabeza como si estuviera decepcionado. - ¡Ah! - exclamé de repente, como si me acabara de acordar. - ¡Y yo que había comprado entradas anticipadas para que fuéramos juntos esta Navidad a ver la nueva película de Star Wars! Ahora tendré que pedirle a Circe que venga conmigo. Es una pena, de verdad, quería que fueras tú la que me ayudara a disfrazarme de Tan Solo, el del Halcón de la Muerte. - añadí, esta vez sin poder evitar soltar una medio sonrisa leve que me duró dos segundos contados. Sabía perfectamente que el tío ese se llamaba Han, y que la nave era el Halcón Milenario. Me equivocaba aposta para que ella se indignase y se metiese conmigo, y se olvidara de pensamientos funestos que no la llevaban a ningún lado. Y en realidad demasiado sé de la saga de Star Wars, lo que ella ha conseguido “educarme”. Todavía recordaba cuando vimos la película esa de no sé qué de los clones, que me pasé toda la peli diciendo que Anakin parecía un cani con esas greñas. Aunque al final el tío salió listo, porque acabó metiéndole todo el sable a la Padmé.
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Invitado el Sáb Dic 05, 2015 7:15 pm

Lo mismo dio que le dijera a Magnus que los aurores no podían estar en medio, guardándome las espaldas en pleno salón en la casa de papá en Londres, porque este no podía enterarse de lo que me había pasado; siguió erre que erre diciendo que era dos ex aurores y muy profesionales, que sabían lo que hacían, y que si uno era metamorfomago y que podía cambiar de apariencia. Cuando dijo que mi padre no se daría cuenta, alcé una ceja, incrédula; el miedo no se me había ido aún, y menos con Magnus tan tozudo como siempre, pero me sorprendía que no estuviera teniendo en cuenta lo más importante. ¿Sabes que mi padre es policía, verdad? Ya no solo lo decía por la pistola (aunque lo que más falta me hacía estas Navidades, claramente, era que mi padre pensara que alguien nos acosara y le amenazara con la pistola para luego tener que decirle yo que no, que no pasaba nada, que estaban ahí para protegerme y que no me volvieran a secuestrar. Claramente la imagen más entrañable de las Navidades, sí). Como policía, mi padre contaba con un gran instinto para cosas como estas, y más conmigo que soy su hija, pero además está acostumbrado a analizar bien los alrededores sin que se perciba nada y a identificar al momento a alguien sospechoso. Claramente Magnus subestimaba a mi padre... o eso creía. No di crédito cuando dijo que le daba igual si mi padre le disparaba con tal de que yo estuviera a salvo.

Le miré sorprendida durante unos segundos, como en shock. ¿Lo decía en serio? Luego me quedé mirándole, cabreándome por momentos porque no, no podía estar hablando en serio, pero sí, lo hacía. Y claro, luego me suelta que lo que me había pasado era culpa suya (algo que yo sabía que no podía ser así) y como para no estallar; llegó un momento en el que parecía estar casi asustado, pero estaba demasiado ocupada gritándole como para confirmarlo. Sin embargo, mis gritos perdieron fuerza cuando, sin darme cuenta, casi mencionó todo lo que había pasado con mi madre. Me frené en seco, pero eso no impidió que a Magnus se le encendiera alguna clase de bombilla; en otras circunstancias, la cara de confusión que había puesto me habría hecho reír, pero era un tema demasiado serio y estaba demasiado afectada. Noté los ojos húmedos mientras veía a Magnus acercarse a mí, pero di un paso atrás para impedirle acercarse más (por un segundo tuve un déjà vu de nuestro primer encuentro, cuando había hecho lo mismo mientras los dos nos encontrábamos en el callejón) y le dije que hiciera el favor de hablar si no quería que le hechizara.

Lo cierto es que, pese a haber leído su entrevista en la revista y saber que le había amenazado varias veces por culpa de su trabajo, me sorprendió bastante que me dijera que eso era lo que había pasado. Mientras hablaba, volví a cruzar los brazos sobre el pecho y le observé preocupada (ya no por mí, sino por él). Mi instinto casi me hace preguntarle por la clase de cosas concretas que le decía quien le amenazó, pero me controlé porque sabía que era difícil y que solo necesitaba tiempo. Alcé las cejas cuando comentó que esa persona hablaba de lo que Magnus guardaba debajo de la cama; no hubiera hecho falta que me dijera que entraron en su casa, porque estaba bien claro. ¡Si ni siquiera yo sé la cantidad de guarrerías que tengo debajo de la mía! Después, cuando me contó la parte donde le hablaban sobre mí, noté como la boca se me secaba, pero no podía ordenar a mi cerebro que tragase saliva y que me chupara los labios, como si repentinamente hubiera perdido las conexiones cerebrales con el resto del cuerpo. Abrí la boca cuando terminó de contarme que, pese a ponerse en contacto con gente del Ministerio, había recibido la lechuza que él mismo me había enviado unos días después, la lechuza muerte y (obvio) sin respuesta mía. Siento mucho todo esto, Magnus. Ha tenido que ser horrible. Ahora entendía claramente por qué había dicho que se sentía culpable, pero eso no quitaba que no tuviera razón. Negué con la cabeza cuando mencionó a los guardaespaldas, dando un par de pasos hacia él y mirándole con ojos preocupados. Había cosas más importantes. No es a mí a quien debes poner guardaespaldas. Dices que entraron en tu casa y que averiguaron un montón de cosas sobre ti. Yo solo soy daño colateral. Cerré los ojos y me estremecí con mis propias palabras, sin querer pensar más allá. Sabía que tanto él como yo sabíamos que era cierto. A quien van es a por ti. Aún tenía el susto en el cuerpo por lo que me había pasado, pero el susto por pensar que Magnus pudiera pasar por eso... No podía. Era superior a mí. Descrucé mis brazos y apoyé una mano en uno de sus brazos. Por favor, Mag. Por favor. Ten mucho cuidado. Le miré con miedo unos segundos antes de separarme y volver a cruzarme de brazos; no sabía por qué lo hacía tan a menudo, pero creo que, inconscientemente, me sentía más protegida y era algo así como un (inútil) mecanismo de defensa. Lo que no entendía era que pintaba mi madre con Magnus, no tenía sentido. Pero no era algo que le fuera a contar voluntariamente, así que ni lo mencioné.

Aun así, seguía cabreada con él por los malditos guardaespaldas, su maldita tozudez y su maldita falta de tacto. Además, ahora más que nunca, ahora que sabía la verdad, sabía que esos guardaespaldas no hacían nada conmigo, con quien tendrían que estar es con él. A mí lo único que me podían hacer era jorobar las Navidades como papá se enterara por su culpa. Enfurruñada, observé a Magnus retroceder y sentarse en el suelo; fui testigo de como el comandante Magpock empezó a desvanecerse cuando Magnus se despeinó al pasarse una mano por el pelo y además se le cayó una oreja. Puse los ojos en blanco cuando mencionó mi enfado. ¡Como para no! El tío me hace atacarle (va a ser que no) y me dice que me ha puesto escolta después de que me la ha puesto (¡y encima me dice que agradezca que son dos en vez de veinte!) y encima se culpabiliza de algo que no es su culpa. Empezó a hablar de nosequé de la Saeta, el significado completo de sus palabras siendo procesado con retraso. Y cuando lo hizo, mi cara se mostró completamente inexpresiva.

No podía estar diciendo en serio que esa Saeta era para mí. ¿No? ¡¿NO?! Es decir... a ver, jo, que es UNA PUÑETERA SAETA DE FUEGO. Magnus siguió hablando, diciendo que a lo mejor se la regalaba a Circe Masbeth si yo no la quería. ¿¡PERO QUÉ NARICES...!? Luego mencionó que no sabía si ella era golpeadora y se sacó un bate del bolsillo, igual que los magos muggles se sacan un conejo de un sombrero cualquiera. Mi cara debía ser un poema. ¿¡LO ESTABA DICIENDO EN SERIO!? A mí me da algo. A MÍ ME DA ALGO. Mientras, Magnus siguió hablando de que siempre podría usar el bate, ese precioso y brillante bate nuevo de madera recién tallada, para matar aplastar las asquerosas y diminutas vísceras de las puñeteras moscas con su maravillosa superficie. ¿¡PERDÓN!? NO. NO, NO, NO, NO. NO. Separé mis brazos del pecho y me acerqué a él de dos zancadas, mirando la escoba y el bate con ojos brillantes y poniendo la misma cara que Gollum cuando consigue su Anillo tras cortarle el dedo a Frodo en El retorno del rey. Quería quitarle las dos cosas de las manos para prestarle a todo la misma atención, pero mi cerebro se sobrecargaba porque era una decisión muy difícil porque JODER, ERA UNA MALDITA SAETA DE FUEGO, aunque ya había montado en ella. PERO CLARO, AHORA ME DICE QUE ES MÍA Y QUE VOY A MONTAR EN ELLA EN LOS PARTIDOS DE QUIDDITCH Y...

Y Magnus dice nosequé de Star Wars y notó el corazón pararse de golpe. Lo que me hacía falta. ¿Star Wars? ¿El despertar de la Fuerza? ¿¡JUNTOS!? Sonreí ampliamente, ilusionada (aún mirando con ansia el bate y la escoba y sin saber cual de los dos coger antes), aunque la sonrisa se me chafó un poco cuando volvió a mencionar a Circe. ¿Qué le había dado con Circe? Además me mosqueaba un poco porque era la hermana de su anterior prometida, así que como para no ponerme celosa. Que la chica no me caía mal, no tenía trato con ella, pero era mosqueante. Aunque para mosqueante lo del Halcón de la Muerte y Tan Solo; mi facepalm debió de ser épico. Por no hablar de que tuve que frenar mis impulsos de coger el bate y aporrearle en la cabeza. ¡Menuda profanación! Lo único peor a eso es hacer el saludo vulcano delante de alguien disfrazado de Darth Vader, por mí tendría que ser hasta penado con cárcel. Han Solo y Halcón Milenario. Por favor, Magnus, POR FAVOR. ¡No profanemos! Alcé las manos en señal de advertencia. Pero después, de repente, me tiré al suelo junto a él y le di un gran abrazo de oso del que tenía muy difícil escapar por tener aún la Saeta (MI SAETA. MÍA, SOLO MÍA) y el bate (MÍO, SOLO MÍO) en las manos. Gracias. Gracias, gracias, gracias, gracias. Gracias. Cerré los ojos y apreté más mis brazos en torno a su cuello; no es que quisiera asfixiarle y dejarle sin aire, pero era lo menos que podía hacer. Después me separé y le di un toque amistoso en el pecho, fingiendo estar molesta (solo un poquitito). No deberías tomarte tantas molestias conmigo. ¡A ver qué te puedo regalar yo que supere este regalo! Sonreí y me incorporé, aunque estaba algo preocupada porque el comentario había ido en serio. Mi plan había sido regalarle una camisa o a lo mejor un perfume varonil, pero ahora sonaba a cutrada al lado de su regalazo. Su cuenta de Gringotts tenía que estar tiritando, pobre.

De pie frente a Magnus, miré una vez más al bate y a la escoba, sin saber cual coger. Me mordí el labio indecisa. Me moría de ganas por probar la Saeta, pero tenía todo el campo de quidditch para mí sola, no podía hacerle ese feo a Magnus de dejarle ahí solo... a no ser que quisiera venir conmigo, cosa que dudaba porque su concepto de velocidad no era el mismo que el mío. Opté por poner mis manos de una vez en el bate, agarrándolo firmemente por su empuñadura y haciendo un par de movimientos, primero más sencillo y luego más complicado, por la espalda y por delante, y por encima y debajo de mi cabeza. Mi sonrisa se ampliaba por momentos. No había duda de que aquel bate era mil veces mejor que el que había estado usando en Hogwarts hasta entonces, era más liviano y consistente, y de mejor madera. Es genial, Mag. No veas que golpazos voy a meterles a las bludgers ahora. Le tendí el bate y después cogí con las dos manos la Saeta de Fuego. MI Saeta de Fuego (Dios, suena tan genial, nunca me cansaré de usar ese determinante porque es MI MALDITA SAETA).

Era increíble. Tenía un equilibrio perfecto, y su forma gritaba a mil voces que era una escoba de pura velocidad. En una carrera contra un velocista, dudaba que hubiera alguno capaz de ganarme, excepto quizás Zoom. Pero eso sería algo que tendría que comprobar por mi misma cuando forzara a la escoba a alcanzar su máximo potencial. Por el momento, me contenté con revisarla bien de arriba abajo y darle vueltas en las manos; en ese momento no había nada que me pudiera quitar la sonrisa de la cara. Después, miré a Magnus. ¿Sabes que te adoro? Y no le di las gracias otra vez porque con las cien anteriores ya me parecía que había dejado claro el mensaje, pero ganas no me faltaban.
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Invitado el Lun Dic 07, 2015 7:29 pm

Una de las cosas que más coraje me dan de los sangre sucia (jamás entendería por qué les ofendía tanto ese calificativo, pero obviamente delante de Rose no lo usaba) es su manía por ensalzar todo lo muggle y menospreciar lo mágico. Y aunque Rose no se diera cuenta, era precisamente lo que estaba haciendo. Estaba comparando dos aurores (que en terminología muggle son policías), magos, uno de ellos metamorfomago, con una barbaridad de años de experiencia a sus espaldas y con el plus de que estaban siendo muy bien pagados (esta niña es mi ruina) con un solo policía y muggle. La ignoré completamente con su pregunta retórica, porque le contestaría con un “¿sabes que un poli muggle no tiene nada que hacer contra dos aurores magos, no?” y lo que me faltaba ahora es que también se enfadara porque estuviera infravalorando a su padre. Corramos un tupido velo.

Me sentí como un auténtico mierda cuando le expliqué por qué fue culpa mía que la secuestraran. Si yo estuviera en su lugar probablemente no querría volver a verme en la vida, pero Rose no reaccionó así. De hecho habló como si la experiencia macabra la hubiera pasado y yo, y no ella.

- Lo horrible fue no saber qué te había pasado. Yo daba por hecho que estabas muerta. - reconocí, afortunadamente me equivoqué. Y mira que no me suelo equivocar, pero por una vez lo hice y me alegraba la vida de ello. - Casi le meto una espada por el culo al auror que llevaba tu investigación… pero bueno, eso es otro tema. - me callé haciendo un gesto con la mano, no tenía ganas de explicarle las gilipolleces de Aldric y cómo me puso de los nervios en esos momentos tan delicados. - No digas gilipolleces. - dije, sorprendido, cuando ella aseveraba que debía ser yo el que tuviera guardaespaldas. Y una mierda. Me pidió que tuviera cuidado con un temblor en la voz que me recordó a mi madre. - Rose, si solo me hubieran amenazado a mí hubiera tirado la carta a la basura. Vale, tienes razón, debo tener cuidado, pero ya ha pasado un tiempo prudencial y quitando lo tuyo, no ha pasado nada más. De hecho me mudé hace poco, ahora vivo en el centro de Londres, nadie sabe exactamente dónde. Ni mi madre. Por eso no te preocupes. - aclaré, tranquilizándola. Ahora lo que me falta es que se preocupe por mí, cuando yo no soy la víctima. La que ha pasado un miedo de cojones y una experiencia traumática es ella. - Si de verdad averiguaron cosas de mí y me conocen bien, saben perfectamente que me importa una mierda que me amenacen. ¿Qué quieren venir a por mí? ¡Pues aquí estoy! - y no era una bravata, era pura sinceridad. Y temeridad, también. Pero que toquen a los míos eso sí que no lo aguanto. Se me llenan los cojones, y no precisamente de semen.

Para alegrarle el día y que se le pasara el enfado, empecé mi operación Chantaje con Regalos volumen I. Al principio pareció que no reaccionaba, que se había quedado en shock y que no procesaba lo que estaba diciendo. Hasta que dije que podía usar el bate para matar moscas. Entonces empezó con una negación tajante tras otra, mirando el bate y la Saeta como puedo mirar yo dos buenas tetas. Hoy en día que la sociedad parece tan moderna y hay tantos tipos de orientaciones sexuales diferentes es posible que Rose sea quidditchsexual. Sería una lástima, porque una parte de mí sentía hasta envidia por el suertudo que se llevara semejante ejemplar de hembra, pero obviamente eso no se lo iba a decir. Bueno, envidia por esa parte, pena por otra. Me apuesto lo que sea a que Kevin sacaría una escopeta el día que la niña llevara un novio a casa. Y ese día estaría yo allí, en medio como el jueves, sacando un bote de palomitas para observar la escena.

No pude evitarlo: rompí a reír cuando Rose preguntó, con una sonrisa tan amplia que se le iba a romper la cara, si íbamos a ir a ver Star Wars juntos. No, voy a ver una peli de una saga de ciencia ficción freak que no sabía su existencia antes de conocerte por aburrimiento, sabes. Muy lógico todo.

- No, he comprado dos entradas pero porque voy a ir con Ares, le he enseñado a ladrar la banda sonora. - bromeé pero con aspecto totalmente serio, alzando una ceja con diversión después. - ¿Con quién crees que iría, tonta? - pregunté retóricamente poniendo los ojos en blanco. Al mencionarle lo de Tan Solo y el Halcón de la Muerte volví a reír con su reacción, parecía estar a punto de matarme. - ¡Qué es coña! Hasta ahí llego. Me has enseñado bien, maestra Jedi. - fue lo último que pude decir antes de que se tirara encima como una loca y me diera semejante abrazo que casi me asfixia. No sé como una chiquilla tan delgada puede tener tanta fuerza, pero si golpea las bludgers así… me compadezco del equipo contrario. Me medio reía y me medio ahogaba con pequeños accesos de tos mientras ella me abrazaba más y repetía tanto los gracias que parecía un loro. Cuando se separó tosí un par de veces. - Joder, cómo se te nota el ejercicio físico. Y no tienes que regalarme nada, no seas tonta. Que eres estudiante, ahorra para la universidad, o para chantajear a algún entrenador de quidditch. - le aconsejé, medio en broma medio en serio. Sabía de sobra, gracias a la bendita de mi madre, que era un mundo donde necesitabas contactos. - Por cierto, a mi madre le ha dado por invitar a cenar cada dos por tres al entrenador de los Appleby Arrows… si no la conociera tan bien diría que quiere ligárselo. Puedo hablarle de ti un día de estos. - propuse como quien no quiere la cosa, sabiendo que aquel equipo era el favorito de Rose. Y el de mi madre. No, si al final me acabaré sabiendo los nombres de los jugadores, lo estoy viendo. - ¿Sabes que me puedes regalar? - pregunté, mientras ella observaba el bate con cara de felicidad y se flipaba sola diciendo no sé qué de las blugders. - Puedes dejar que intente protegerte, que te ponga guardaespaldas sin que protestes, aprender a ser más desconfiada… hacerme caso, vamos. Eso y seguir viva es el mejor regalo. - agregué, mirándola con seriedad y alzando una ceja en mi gesto característico. Pero la niña era más tozuda que una mula. En realidad creo que no me estaba escuchando mucho, porque parecía estar reverenciando cada milímetro de la Saeta. Reí cuando me dijo que me adoraba, creo que es la primera vez que alguien que no es mi madre me dice algo del estilo. - Y yo a ti, enana. Me alegro de que te guste. Eso es lo que quería, hacerte feliz. Me siento buena gente y todo. - comenté más para mí mismo que para ella, creo que eso de intentar hacer feliz a Rose puede contarse como buena acción del año o algo así. - Bueno, de quién quieres que me disfrace, ¿Han Solo o Anakin Skywalker? - pregunté apoyándome contra el árbol y cruzando las manos detrás de la cabeza. Por la cara de felicidad suprema que tenía imaginaba que querría probarla ella sola, hacer piruetas, burlar a la muerte, etc. Pero yo no pensaba acompañarla, mis buenas acciones tienen un límite. Y lo mío era una pregunta seria, cuando vi la saga de Star Wars con ella me sentí identificado con toda la historia de Anakin, de principio a fin. Si el mundo se dividiera de verdad entre malos y buenos, yo sería un bueno, que luego es malo, que luego es bueno, que luego se muere. O al revés. Afortunadamente el mundo no es blanco ni negro, es gris. O al menos para mí.
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Invitado el Miér Dic 09, 2015 11:29 am

Mi experiencia no había sido nada memorable en el buen sentido, pero cuando Magnus me hizo ver lo mal que lo había pasado... Fue como si una parte de mí se rompiera. Siempre he sido una persona muy sensible, muy analítica, muy de ponerme en el lugar de los demás antes de juzgar o de opinar. Y solo de imaginarme la situación de Magnus... El pobre lo tenía que haber pasado horrible. Cierto es que me había cabreado muchísimo que se creyera culpable, tanto que casi meto la pata, pero su confesión me hizo comprender plenamente de a qué se refería. Me estremecí cuando dijo que al no saber nada de mí pensó que estaba muerta; me limité a tragar saliva, haciendo que me doliera la garganta al reprimir la ansiedad, en lugar de decirle que por un momento yo también pensaba que así era como iba a terminar. Por lo que estaba contando Magnus, no necesitaba oír aquello, y tampoco es que yo quisiera hablar del tema, era mejor ignorarlo. Le miré con los ojos muy abiertos cuando dijo no sé de que meterle una espada a alguien por el trasero. ¿Qué narices...? Pero aunque una parte de mí tenía curiosidad por saber qué quería decir eso (no estaba segura de si estaba hablando de forma literal o era alguna especie de metáfora, aunque conociendo a Magnus sospechaba lo primero; a lo mejor no había dicho espada y era yo quien le había entendido mal), había otras cosas más apremiantes. Como hacerle ver que en vez de ponerme protección a mí, se la tendría que quedar para él.

Por supuesto, reaccionó como solo Magnus podía reaccionar, y yo eché la cabeza para atrás con los ojos en blanco y suspiré, exasperada, notando como mi cabreo crecía por momentos. En su entrevista le habían preguntado algo sobre las amenazas a las que se enfrentaba como fiscal y él había respondido algo similar, aunque también recordaba que había dicho que en amenazas más serias, tenía un auror haciendo de su "niñera". Esto sonaba a serio, ¿que más daba tener a dos aurores que a uno? ¿Así que yo me tenía que comer con patatas a sus aurores sin rechistar pero él no podía seguir su propio ejemplo? De verdad que a veces no sé quien es el adolescente que estudia en Hogwarts, si él o yo... ¿Cómo sabes que no ha pasado nada más? Bueno, vale, Rose, eso es obvio. ¿O que no va a pasar? Sí, eso mejor. Aunque me alegró saber que se había mudado. Un cambio de aires siempre venía bien. Solo esperaba que hubiera sido después de que le amenazaran, porque si no estaríamos igual que al principio... aunque de todas formas, con la gente que había en Londres, qué sabía él si su vecino no sería su acosador camuflado de viejita entrañable con bata rosa y zapatillas de conejitos. Mi ceño se frunció más con su ataque de bravuconería; desde luego, Gryffindor de pura cepa. Me vas a hacer hablar mal, Magnus, pero no digas gilipolleces. Me sentía sucia al decir palabrotas, no me gustaba. Ya me había acostumbrado a las que él soltaba cada dos por tres, también a las de mi padre, pero por alguna razón me seguía sintiendo mal cuando quien las decía era yo. Nada que un estropajo y un poco de jabón no solucionen. Hablas como si fueras el único ser del planeta y vivieras tú solo, pero ¿cómo crees que se sentiría tu madre si te pasara algo? Por mi tono de voz, era bastante obvio que con "tu madre" no me había referido precisamente a su madre, sino a alguien que tenía en ese momento justo delante mirándole frustrada y enfadada, a punto de perder la paciencia.

Cuando creía que mi pico de cabreo había llegado a su punto máximo, Magnus sacó su as de la manga y me puso delante de mis narices la Saeta de Fuego de antes, es decir, la Saetaprise, y un bate de golpeador nuevecito que estaba pidiendo a gritos liarse a aporrear cosas. Y cuando dijo que todo eso era para mí, cuando al fin mi cerebro lo procesó (tardé un rato, pero a una no le sorprenden con esas cosas todos los días, y menos después de haber sido secuestrada), casi me da un ataque cardíaco; el de histerismo sí me dio, y más cuando dijo que tenía entradas para la nueva peli de Star Wars, que justo se estrenaba estas vacaciones de Navidad y que me moría de ganas por ver porque, a ver, era Star Wars. Se me escapó una risita histérica cuando mencionó a su adorable perrito; no es que no tuviera ganas de estrujarle y de hacerle monerías, si probablemente le compraría un jersecito cuqui para Navidad porque era un perrito adorable, pero de ahí a llevarle a ver Star Wars pues no. Lo siento por el chucho, pero Star Wars y Rose van de la mano porque, a ver, es Star Wars, no necesita justificación. Aunque la ilusión se me chafó un poco cuando mencionó al Halcón de la Muerte y a Tan Solo; me acordé de Danny y pensé que algún día de estos se lo tendría que contar, solo por ver la cara que pondría al oír semejante profanación. Pero volví a sonreír cuando Magnus dijo que había sido broma, y mi sonrisa se ensanchó cuando me llamó maestra Jedi; para alguien que antes me la había colado con el Halcón de la Muerte, que me llamara maestra Jedi ya era lo más de lo más.... pero yendo vestido de Spock era aún mejor.

Sin poder aguantarme más, me lancé a su cuello y le di un abrazo super fuerte, tanto que probablemente le estuviera asfixiando sin darme cuenta. Le miré con una sonrisa cohibida, a modo de disculpa, cuando le vi toser un par de veces al separarme. Lo siento. Le miré incrédula con una ceja alzada cuando dijo que no tenía que regalarle nada. Eso no se lo creía ni él. Ya tenía el bate en la mano y estaba tanteándolo y viendo su equilibrio y los movimientos que podía hacer cuando Magnus mencionó a los Appleby Arrows y casi se me escapa el bate volando. Le miré boquiabierta, a punto de ponerme a gritar. Era mi equipo favorito y uno de los mejores equipos de la Liga de Quidditch. ¿Lo dices en serio? No me refería a lo de su madre; era totalmente comprensible para cualquier mujer mínimamente inteligente que se fijara en semejante partidazo. Todo el mundo sabía que el mundo de quidditch era más a base de contactos que otra cosa... pero que Magnus tuviera contacto con el entrenador del mejor equipo de todos los equipos era increíble. Cuando dijo que podía hablarle de mí un día de estos, asentí con energía. Y... si no es mucha molestia, eh... No sabía como decirlo sin que sonase aprovechada, pero es que de eso dependía mi futuro, había que aprovechar esa oportunidad. ¿Crees que podrías presentármelo? Mientras esperaba su respuesta, tuve que frenar mis impulsos por abrazarle de nuevo, no quería hacerle toser otra vez.

Después seguí probando el bate y le comenté a Magnus satisfecha lo muy genial que era. Al decir que no sabía que regalarle por Navidad para igualar su regalo, la sonrisa se me quedó un poco congelada cuando dijo que le dejara protegerme, aprendiera a ser desconfiada y siguiera viva. Me recuerdas a mi padre, ¿lo sabías? Más de una vez me había dado esa misma charla de "aprende a ser más desconfiada" cuando, por ejemplo, me habían robado el bolso al salir de la boca del metro, o cuando me habían estado siguiendo por la calle y tuve que pedirle a una mujer que simulara ser mi abuela para que mi perseguidor se fuera. No sé que le hago al universo, que a veces es como si tuviera un imán que atrae a todos los maleantes; seguro que en otra vida fui una sanguinaria mercenaria que mató a muchos bebés en sus cunas y esta es la forma del universo de devolverme el golpe. Aún así, estaba tan sumamente feliz por el bate y la Saeta que ni siquiera llegué a cabrearme, sino que se lo dije con tono de reproche. A continuación, le tendí el bate y examiné a fondo la Saeta, deseando con todas mis ganas probarla como solo yo sabía y quería hacerlo (porque seguro que al tercer looping en el aire me he cargado al pobre Magnus); dejando las pruebas para el campo de quidditch, me limité a sonreír y a confesarle a Magnus lo mucho que le adoraba. Mi sonrisa se ensanchó cuando él dijo que también me adoraba (los mofletes se me encendieron también, aunque no lo noté). No seas tonto, eres buena gente. Alcé las cejas y abrí la boca con una medio sonrisa cuando me preguntó por su disfraz para la peli de Star Wars. ¿Es en serio? Viendole ahí en medio del prado disfrazado de Spock, supe que sí lo decía en serio. De nuevo, tuve que frenarme por no gritar como una fangirl histérica. No sabía que Magnus podía ser tan friki, pero me encantaba porque cada vez era más como yo. ¿Entonces ya no piensas que Anakin sea un cani? Reí. Aún recordaba cuando habíamos visto el episodio II y se había pasado toooooooooda la película llamando cani al pobre Anakin. Pues no sé, ¿quién te cae mejor? ¿O qué personaje te gusta más? Si la ropa no es un problema, elige el que a ti te parezca. Yo voy a ir de princesa Leia porque es genial, y con el pelo así de largo puedo hacerme su recogido sin problemas. Moví la cabeza hacia un lado y dejé que parte de mi melena se meneara en el aire con su particular gracia; de haber tenido las manos libres habría jugueteado con algún mechón o algo, pero estaba demasiado ocupada agarrando la Saetaprise y el bate. Hmmm... el bate. Definitivamente no sonaba muy guay llamar bate al bate cuando la escoba había sido bautizada Saetaprise. Me quedé mirándolo, tratando de pensar un nombre que le pegara y que fuera lo suficientemente friki.
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Invitado el Miér Dic 09, 2015 4:42 pm

Rose Saunders acaba de decir una palabrota. No, en serio, la niña ha dicho una palabrota. ¡Ha dicho una palabrota! Parece una gilipollez, pero eso me impresionó más que todo lo anterior y que incluso más que balbuceara no sé qué de su madre. Había-dicho-una-palabrota. Joder. Me quedé mirándola fijamente con la boca semiabierta y los ojos como platos. Me acababa de decir literalmente “Magnus, no digas gilipolleces”. Debe ser la primera persona que me lleva la contraria y no lo lamenta después. Bueno no, mentira, la segunda, la primera es mi madre. Si alguien me viera ahí, con la mirada perdida y petrificado por una sola palabrota de una niña de diecisiete años, no se creería que soy yo. Pensarían que me han lanzado la maldición Imperius o algo así.

- Lo siento, mamá. - pedí fingidas disculpas con tono ofendido, todavía de piedra por aquella palabrota. La verdad es que Rose cada vez me recordaba más a mi madre, sobre todo en ese poder sobrenatural de conseguir cerrarme la boca. Es todo muy perturbador si me paraba a pensarlo fríamente. - Mal. Cuando alguien que quieres se te muere te sientes mal. Coño Rose, no me líes. Que soy mayor que tú. Quince años, exactamente. - me defendí como pude, saliéndome por la tangente. Además de que por su tono de ofendida no parecía estar refiriéndose a mi madre precisamente. Así que aproveché ese “soy mayor que tú así que cierra ese piquito de oro”, que sé que es injusto, pero me duele en el alma cuando alguien consigue cerrarme la boca.

Tengo una vena chantajista que sale a relucir en los mejores momentos, así que aproveché la ventaja que me daba haberme arruinado a base de regalos para ella. Como ya suponía Rose casi se desmaya y miraba la Saeta y el bate con una adoración que rayaba lo sexual. De verdad no sé si yo estoy demasiado obsesionado y solo pienso con la entrepierna o es que esta muchacha tiene alguna especie de pasión oculta por todo lo que tenga que ver con el quidditch. Justo me la estaba imaginando entrando en la web “quidditchsexyporn.com” cuando casi me asfixia a abrazos y a un sinfín de gracias.

Me acordé de mi bendita madre, a la que le ha dado por invitar a cenar casi a diario al entrenador de los Appleby Arrows, y se lo comenté a Rose. Sabía que era el equipo que más le gustaba y casualmente mi madre siempre había sido forofa de ellos. Sin embargo sospechaba que si en un futuro Rose entraba ahí, a mi progenitora no le haría tanta gracia. El último cazador que se incorporó tenía origen muggle y tuve que escuchar a mi madre despotricando sobre el tema meses y meses, y de vez en cuando todavía la oía insultando a ese cazador. Le echaba las culpas de ir perdiendo no sé qué puntos de la liga o algo de eso. Veáse que no le echo mucha cuenta cuando me habla.

- En serio. Mi madre es forofa de los Appleby Arrows de toda la vida, me ha llegado a arrastrar a ver partidos y todo. - le conté con tono de desagrado. Reí con ganas cuando me preguntó con aparente reparo e incluso vergüenza si podría presentárselo. - ¿De verdad crees que dejaría escapar esa oportunidad para ti? Bueno, antes tendría que conocerlo yo, pero mi madre está deseando que vaya a una de esas cenas… se piensa que a estas alturas me voy a volver un “flechador”. - comenté, burlándome del nombre del equipo. Doña Selene se autodenominaba así, de hecho. Una flechadora de corazón, o alguna mierda parecida. - De hecho creo que te caería bien mi madre si la conocieras. Pero no me arriesgo a presentártela. Es demasiado… cerrada de mente. - le expliqué sin darle muchos detalles, pero sabía que Rose se podía imaginar de sobra a qué me refería.

La flechadora de corazón número 2 se follaba al bate con la mirada mientras decía no sé qué tontería de que no sabía qué regalarme a mí. Gilipolleces. Si quisiera que me regalaran algo por Navidad participaría en el amigo invisible ese mierdoso de todos los años que se hace en el Ministerio. Le propuse el mejor regalo que me podía hacer y puse los ojos en blanco ante su respuesta. No sabía cómo tomarme semejante comentario.

- Bueno, piensa que técnicamente podría ser tu padre. - bromeé, pero por poder, podía ser. Antes de que ella naciera ya iba yo por ahí metiéndola. Fui precoz, vamos a reconocerlo. - Además que en mis primeros años de sexo se me iba la cabeza totalmente y fui fan de la marcha atrás. A ver si una vez de esas metí la pata, te dieron en adopción y eres en realidad mi hija. - aunque estaba hablando de coña, la idea me resultaba muy perturbadora. Sobre todo porque más de una vez, cuando habíamos quedado en vacaciones y la niña se arregló más de la cuenta, tuve mis pensamientos sucios y mis erecciones no tan espontáneas. Pensar que podría ser mi hija era realmente espeluznante. De película de terror. - Antes de que me mates - añadí, levantando la mano en un gesto para que no me echara de comer a los leones - aclaro que dejé de ser fan de la marcha atrás rápido. Al primer susto. - expliqué sin darle más detalles de aquel susto con dieciocho años recién cumplidos. Aquel retraso de la regla de mi novieta de por aquel entonces casi consigue que me salgan canas.

Ella siguió flipándose con la escoba, porque claro, un rápido vistazo no vale. Tiene que mirar concienzudamente cada milímetro, luego volver a mirar cada uno, y al final volver a hacer un repaso completo, porque claro, no vaya a ser que en un despiste una milésima de milímetro se le haya escapado. En serio, que obsesión. Hasta se puso pelota con aquel “te adoro” y luego un sonrojo a lo Heidi. Eso me parecía hasta tierno. La niña me ablanda demasiado.

- Estás guapa cuando te sonrojas, pareces modelo de un anuncio de colorete. - dije medio en broma medio en serio, sin querer saber muy bien a qué venían esos colores. - Rose, no soy igual con todo el mundo. Tú eres la excepción, no la norma. - agregué con un bostezo repentino cuando insistió en que yo era buena gente. Ay niña, si tú supieras. Le pedí opinión sobre qué disfrazarme cuando fuéramos ver Star Wars, porque al fin y al cabo la fan de esas películas es ella. - Si me disfrazo de Anakin será el de la tercera, no el de la segunda. Yo no me pongo esas greñas de cani ni aunque me paguen. - aclaré tajante, eso no se discute. - Reconócelo, es un peinado cani. - insistí. Cierto es que una persona que tiene un tatuaje de un guepardo enorme que le ocupa toda la espalda no puede acusar a otros de ser canis. Vale, admito que mi tatuaje puede parecer un poco cani, pero se me olvida cuando me conviene. Aparte que no voy por ahí enseñándolo. - Han es como yo contigo, y Anakin es como yo con el resto del mundo. - resumí mi opinión de ambos personajes en un abrir y cerrar de ojos. Y la verdad es que con bastante acierto. - Pero, ¿de Leia con las ensaimadas? - pregunté girando mis manos alrededor de las orejas. - ¿O de Leia con la trenza esa larguísima que luego se pone alrededor de la cabeza? - volví a preguntar esta vez haciendo un gesto circular con la mano encima de mi coronilla. Joder, parezco gilipollas, pero es que de nombres de peinados femeninos sé lo justo y necesario: nada. - Espero que no nos vean los de Corazón de Bruja, sería la hostia. Todavía no entiendo por qué me preguntaron por ti, hubiera sido mucho más lógico que me preguntaran por Abi. - comenté, sin recordar si le hablé alguna vez a Rose de Abi. Bueno, tampoco es que se estuviera perdiendo mucho.
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Invitado el Jue Dic 10, 2015 6:07 pm

Cuando nos conocimos, me resultó divertido que Magnus flipara tanto cuando adiviné su casa de Hogwarts basándome en el comportamiento que le había visto durante aquel rato desde que nos encontramos por primera vez; aquel día, después de ponerse bravucón con quien sea que le estuviera amenazando, no daba crédito a que hace dos años se sorprendiera tanto de que acertara al decir que fue Gryffindor. Un comportamiento así no era propio de ningún alumno de las otras casas, solo un Gryffindor de pura cepa era lo suficientemente valiente y orgulloso como para cometer semejante estupidez. Me enervó tanto (entre unas cosas y otras, tenía un nivel de cabreo que poco más y me ponía como Hulk) que le dije, harta, que no me dijera gilipolleces. De no ser por mi humor de perros y la situación tan delicada que había motivado esa conversación, probablemente hasta me hubiera reido de la cara de tonto que puso. Jolín, soy humana, ¿tan raro era decir una simple palabrota cuando él las decía prácticamente siempre? Estos adultos... mucho ser responsables y demás, pero tienen un trago.

Al menos Magnus se dignó a pedirme disculpas, aunque noté un cierto tonito de ofendido que me hizo fruncir los labios. Que se enfadara y lo que quisiera, pero si para mostrar un punto de vista tenía que decir una palabrota, bienvenida fuera. Pero no; al parecer la palabrota le hizo más impacto que lo demás que le había dicho porque terminó queriendo pasar de mí con un nada original comentario de "no me líes que soy mayor que tú". Con el argumento de la edad no lo demuestras. Además, ¿qué pasa por que me saques quince años? La edad es solo un número. Al menos yo siempre lo había visto así. Pero sí es cierto que a lo mejor para ciertas cosas tenía (o le dábamos) más importancia. Pero vamos, yo le digo las cosas como son. Siempre que ha hablado de Eris Masbecth ha sido para decir que tenía poco cerebro, pero con argumentos así él también demostraba que a veces él también podía perder el suyo.

Una vez que me dio sus regalos de Navidad por adelantado, todo fue como la seda. Es decir, imposible no perdonarle cuando me regaló la maldita Saetaprise y un bate nuevo para mí solita; el primer golpe de bludger se lo dedicaría mentalmente a él, de eso estaba segura. Pero fueron unos regalos que me hicieron tremendamente feliz; cualquier persona que me conozca mínimamente sabe que me conquista con cualquier artículo para el quidditch, pero Magnus me acababa de comprar prácticamente toda la equipación nueva. Eso subía puntos en mi lista imaginaria. Claro que también planteaba la pregunta de "¿y qué narices le regalo yo ahora que pueda igualar esto?". Pero cuando me dijo lo de Star Wars ya me sentí completamente perdida porque HE ESTADO ESPERANDO AÑOS PARA ESTO Y NO HAY NADA EN EL MUNDO QUE LO IGUALE PORQUE ES STAR WARS Y LLORO. Le di al pobre un abrazo tan fuerte que casi me lo cargo, y al separarnos y hablar de mi fuerza física, comentó así como quien no quiere la cosa que tenía contactos con los Appleby Arrows. Le pedí que me lo presentara, algo cortada porque no quería sonar aprovechada, y sonreí cuando él me dijo que sí. Solo esperaba no jorobarla llegado el momento; cuando me pongo nerviosa suelo meter la pata al hablar y seguirla metiendo al intentar subsanar mi error. Reí cuando dijo que su madre quería convertirlo en flechador. Cosas más raras se han visto. ¿Recuerdas la primera vez que te hablé de un ewok y lo confundiste con un ebook? No, nunca le iba a dejar olvidar aquello. Mi sonrisa se chafó un poco cuando dijo que su madre era cerrada de mente y que no se arriesgaba a presentármela. Oh. Entiendo. Me quedé pensativa un momento, mirando a algún punto en su camiseta de Primer Oficial. No era agradable que uno de tus mejores amigos, con el que a veces soñabas con algo más allá de la amistad, te dijera que su madre era amiga de los puristas, por mucho que me lo pudiera esperar por lo que sabía sobre su familia. Pero no me gustaría que la forma de pensar de tu madre se interpusiera si, llegado el momento, conociera al entrenador de los Arrows. Estaba dispuesta a pasar un mal rato por tener que oír a la señora despreciándome sin poder contestar cuatro cosas con tal de no cerrar para siempre una de las puertas más importantes de mi futuro. Las cosas como son. Me encogí de hombros.

Cuando me dijo que el mejor regalo que le podía hacer en Navidad era permanecer a salvo y no ser tan confiada y demás, me enfurruñé un poco porque me recordaba a mi padre (con la excepción de que es policía y de que él es mi padre), y así se lo dije. Puse los ojos cuando dijo que técnicamente podía serlo. ¿¡Ya estamos otra vez con los malditos quince años de diferencia!? Pero no iban los tiros por donde me imaginaba; cuando mencionó la palabra "sexo", mis cejas subieron hasta mi frente y la boca se me abrió antes de que pudiera controlar mi cara. Pues claro. El Sombrero me eligió para Ravenclaw, pero a veces podía ser muy tonta. Por supuesto que Magnus no era virgen; era alto, atractivo, tenía una personalidad encantadora y los pies en la tierra, y ahora además un buen trabajo, donde era el mejor. Seguro que las mujeres se lo rifaban, como, segun decía él, lo había hecho siempre. Pero aunque fuera consciente de eso, no me gustaba imaginármelo completamente desnudo (bueno, eso sí, ¿a quien no?) delante de una mujer que estuviera completamente desnuda (eso ya no, claro, a menos que esa mujer fuera yo). Sonreí tensa cuando dijo que lo mismo era hasta hija suya y todo. Puedes estar tranquilo. Soy exactamente igual que mi padre y que mi madre. Al nombrarla, la sonrisa se me fue completamente; por un lado mejor, porque ya era tan tirante que me dolían los mofletes de estirarlos. Sí, las fotos demostraban que tenía tantos genes de uno como de otro. Con la diferencia de que mi padre seguía vivo, y me quería, y cuando aparecía en mis sueños por las noches era como una figura protectora. Al menos Magnus no pareció darse cuenta de mi cambio, porque siguió hablando de sus experiencias sexuales tan tranquilo. ¿Primer susto? Mi voz sonó amarga. Si había algo peor que el hecho de que mi madre me acosara en sueños y no me dejara dormir, era el uso de ese determinante en temas del sexo de Magnus. ¿Tantos has tenido? A lo mejor debería hablar con Cathree para que me diera la dirección de su orfanato; a lo mejor debería hacerme monja. Desde luego, esa palabra era la que gritaba mi vida sexual, mientras que Magnus al parecer estaba hecho todo un Hugh Hefner.

El tener la Saetaprise en mis manos me dio un nuevo sentido de entusiasmo, como si nunca pudiera volver a estar triste (qué ironía), y le confesé a Mag lo mucho que lo adoraba. No noté ruborizarme la primera vez, pero sí cuando me dijo que estaba guapa porque parecía una modelo de coloretes. Encogí los hombros y agaché la cabeza, abrumada pero sin poder dejar de sonreír. Magnus me veía guapa; eso era motivo de celebración. Aunque mi sonrisa se hizo más pequeña cuando dijo no sé qué de que no era buena persona, que yo solo era la excepción. No seas tonto. Ya sé que en el trabajo no serás igual, pero ese es el Magnus fiscal. Hoy eres Magnus a secas. O... más bien Magpock. Sonreí con complicidad. Aunque al pobre ya se le había caído una oreja y estaba bastante despeinado después de mi abrazo aplasta pulmones. Tengo que decírtelo o reviento. Me ha parecido un gesto muy bonito el verte así disfrazado. Es lo que necesitaba. Como antes le había dicho un centenar de veces que gracias, decidí no seguir saturándole. Pero al parecer le había terminado cogiendo el gusto al tema de los disfraces, porque me pidió mi opinión para ver de quien se disfrazaba para ir a ver Star Wars. No quise tomar la decisión por él (porque eran Han y Anakin, si me da a elegir entre Han y Jabba, pues OBVIO que Han), aunque sí que me hizo gracia que mencionara a Anakin cuando se había pasado todo el episodio II llamándole cani. Cuando mencionó que de disfrazarse de Anakin, sería del del episodio III, sonreí embobada, poniéndome colorada. Buena elección, querido padawan. El Anakin con el pelo largo es mucho más guapo que el Anakin padawan del Episodio II. Suspiré ensimismada. Después me di cuenta de que estaba hablando con Magnus, no con Danny, y me ruboricé aún más al tiempo que sacudía la cabeza, agitada. Y también es mucho mejor Jedi, claro. Está claro que es mejor personaje, sí, evoluciona mucho. Y sus genes también evolucionaron porque ay omá.

Su comentario de que Han era como él conmigo y Anakin como él con el resto del mundo me hizo mirarle con el ceño algo fruncido, incrédula. Aun así, lo deje pasar porque me pareció muy tierno, y estaba usando analogías de Star Wars para hacerme entender conceptos del mundo real, tal y como puedo estar haciendo yo en cualquier ocasión. Despuñes, le dije que yo seguramente fuera de Leia porque me encantaba. Reí cuando me preguntó por el tipo de Leia. Ensaimadas. OBVIO. Son el peinado icónico de su personaje, una trenza la puede llevar también Wonder Woman, por ejemplo. Pero las ensaimadas son solo de Leia. Probablemente un obeso diabético discrepara, pero por suerte no había alrededor ninguno que pudiera escucharnos. Puse los ojos en blanco, divertida, cuando mencionó a los de Corazón de Bruja. Yo no lo veía para tanto, la verdad; lo mismo hasta ni le reconocían, o a saber. Después siguió hablando de que no entendía como le habían preguntado por mí; iba a decirle que a cotillas no les gana nadie, y que se habrían enterado de que nos conocemos a saber como, cuando él mencionó un nombre que no tenía identificado, un nombre de mujer distinto al de Eris que era la primera vez que escuchaba. ¿Abi? Ladeé la cabeza y le miré con el ceño fruncido, de pronto notando como los hombros caían para la abajo al ser demasiado pesados. ¿Por qué es más lógico que te hubieran preguntado por Abi? ¿Quién es esa tal Abi? Una parte de mí esperaba que Abi fuera el nombre de su madre; otra sabía, por contexto, de que no era así, y comencé a sentirme igual de mal que antes, cuando me había hablado de su vida sexual. Ya sabía yo que las mujeres te rifaban... Me di cuenta tarde de que había dicho eso último en voz alta, que había sido más una observación para mí que otra cosa. Me ruboricé, sintiéndome la cara como un horno encendido; por suerte, se me cayó el bate de la mano y tuve que agacharme a recogerlo, dándome un par de segundos mientras me agachaba para tratar de serenarme y que no se me notara tanto en la cara. De nuevo con él en la mano, agarrando también mejor mi escoba (y tratando de ignorar los impulsos de salir corriendo de allí), le volví a mirar de nuevo a la cara. Bueno, cuéntame, ¿cómo es esa tal Abi? ¿A qué se dedica? Estuve tentada de preguntarle la edad; sabía que no cumplía la "Regla de los Quince Años", como mi cerebro la había llamado oficialmente. Sin embargo, ahí sí logré frenarme a tiempo y quedarme calladita esperando respuestas que no estaba del todo convencida que quisiera escuchar.
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Invitado el Vie Dic 11, 2015 12:31 pm

Tengo una virtud que en realidad casi siempre es defecto: la sinceridad. Por eso muchas veces prefiero correr un tupido velo y hacerme el loco que hablar, porque si hablo, la lío. Y no es que me importe, al revés, yo creo que una de mis secretas pasiones no reconocidas es meterme en líos absurdos dignos de un adolescente. Las incontables veces que acabo en San Mungo es el mejor ejemplo. Por eso mismo no contesté a esa preguntita de qué pasaba con la diferencia de edad. La edad es solo un número, claro que sí, los cojones de mi perro, no te jode. Solo un número dice. Estuve a una milésima de segundo de decirle que si la edad solo fuera un número yo ya habría intentado despelotarla unas cuantas veces, pero como la vida no es así de sencilla me jodía y ya está. Claro que si le decía eso lo más probable era que me diera una buena hostia y se diera la vuelta. Y al día siguiente me encontraría por la calle a su padre con dieciocho pistolas, quince escopetas y hasta un par de tanques del ejército. La edad es solo un número… dulce inocencia.

Otra mujer demasiado inocente era mi querida madre, que a estas alturas de la vida todavía se pensaba que era posible hacerme un flechador. Sin embargo podía aprovechar esas circunstancias, conocer al entrenador de los Appleby Arrows y luego hacer las presentaciones correspondientes con Rose. Porque ni de coña dejo que mi madre y Rose se conozcan, paso de estar escuchando durante meses y meses una cantinela tipo “Mag, querido, es una deshonra para la familia que te relaciones con una sangre sucia, blablabla, no sé qué del legado de los Brooks, blablabla”. A la mujer se le olvidaba todo el tiempo que ella en realidad debería llevar otro apellido, pero claro, como todavía parece que vivimos en el siglo XV, las mujeres se siguen poniendo el apellido de los maridos. Me cago en la hostia, como algún día yo me case y me diga la tía que se quiere poner mi apellido, le pido el divorcio ipso facto.

- Claro, un ewok es un aparato para leer mientras que un ebook es un bicho que sale en Star Wars, ¿no? - pregunté equivocándome aposta para que se riera. Me ablando demasiado. A este ritmo me tendré que echar cemento, o cargarme un hijo de puta de mi lista esa noche. Eso siempre me hace sentirme yo y me llena de orgullo y satisfacción, como decía un rey de no sé qué país. - Prefiero presentártelo yo directamente. Porque si está mi madre en medio te insultará, yo te defenderé, y tendré que escuchar “¡El niño este, siempre defendiendo a todas las mujeres! ¡Menos a tu madre, a tu madre no la defiendes!” - la imité con aquel tono de reproche e indignación que tanto caracterizaba a mi madre. - Cuando me dice una mierda semejante me dan ganas de tirarme por la ventana. - reconocí, visiblemente incómodo por lo que acababa de decir. Pero joder, me cago en la hostia, tiene cojones que después de todo lo que le luché para que mi padre la dejara en paz me repita esa muletilla cada dos por tres. Es para coger una depresión profunda, la hostia.

Pensar que podría ser el padre de Rose era espeluznante y acojonante, no había palabras que lo definieran mejor. Como poder podía, hubiera sido un padre muy precoz pero seguro que ni el primero ni el último. Cuando empecé a relatar lo gilipollas y despreocupado que fui con ese tema cuando iba a Hogwarts, me llamó la atención que la cara de Rose cambió completamente. Vale, a lo mejor no se esperaba que le hiciera un resumen de mis andanzas sexuales, pero es un tema como otro cualquiera.

- Primer y último susto sin tomar precauciones. Luego ya me volví más precavido, no soy tan subnormal. Pero como a las tías os baja la regla cuando le da la gana, yo de verdad no entiendo por qué coño eso no es puntual cuando debe, sustos pequeños hay con relativa frecuencia. - contesté encogiéndome de hombros. “Sustos” de los que yo pasaba olímpicamente porque mi semen no traspasa los condones, a ver, soy la hostia y demás, pero también humano. - Tú ten mucho cuidado con el tema, eh. Que hay mucho cabrón que dice que si se pone condón se le baja y gilipolleces varias. Como me vengas con una barriga me voy a enfadar mucho. - la advertí, esta vez sí tomando un papel paternal del carajo. Pero a ver, que Rose me preocupa, no quiero que me la preñen. Suertudos quiénes se la tiren, pero con condón, hostia. Y encima con la inocencia que destila a veces, como cuando piensa que soy una buena persona. Ni lo soy ni me considero así, me conozco lo suficiente como para no engañarme a mí mismo. Soy un Anakin versión moderna. - Sabía que te iba a gustar. Por eso lo hice. Quiero verte feliz. - contesté con sinceridad sintiendo como de nuevo iba a necesitar cemento para endurecerme. Pero era la verdad, carajo. Después de toda la mierda que ha pasado lo mínimo es intentar que esté lo más feliz posible.

Sabía de sobra que hacer el gilipollas con un disfraz para la película de Star Wars también la haría feliz, así que no me lo pensé. Total, si ya me había disfrazado del Spock ese. Con la diferencia de que al Spock me parezco bastante, a Han Solo y a Anakin Skywalker me parezco solo en una cosa: en la raja del culo. En eso soy idéntico. Pedí su opinión, porque al fin y al cabo lo iba a hacer por ella. Me tuve que reír cuando ella afirmó que el Anakin de la III era mucho más guapo que el de la II.

- Claro, claro, el personaje evoluciona. Y el físico también. - ironicé en tono de coña. - Pues de Anakin entonces. El Jedi, no el cani. - volví a enfatizar por si acaso. Hice el gilipollas un rato al preguntarle por el tipo de peinado, y vamos a ser sinceros… esa chavala, la actriz que hacía de Leia que a estas alturas tendría más edad que mi abuela, debió estar muy drogada al aceptar que le hicieran semejante burrada en la cabeza. - ¿Ensaimadas, en serio? Que sepas que me voy a estar riendo de ti todo el rato. O a lo mejor me entra hambre y te meto un bocado en el pelo. - lo primero era asegurado. ¿Cuántos botes de laca le pondrían a esa tía para sostener semejante peinado? - ¿Tienes el disfraz o te lo compro? Porque obviamente no pienso dejar que compres nada. Tú a ahorrar y a construirte un futuro. - añadí en tono serio y tajante, de los que no admiten discusión. - Ese día sí que podré decirte… “Yo soy tu padre”. - agregué imitando la voz de Darth Vader. Joder, es que yo de Anakin y ella de Leia, íbamos a ir disfrazados de padre e hija. Eso sí que es siniestro y no el Darth Sífilis ese.

Volví a sacar el tema de Corazón de Bruja porque hostia, tiene cojones. Muchos cojones. Que sí, que mea culpa por aceptar que me entrevistaran, pero no se me pasó por la cabeza ni en broma que pudieran preguntarme por Rose. Coño, teniendo a Abi, que más de un becario inocente y estúpido me ha preguntado si estamos liados… entiendo que si salgo despeinado y con la ropa arrugada de su despacho dé lugar a comentarios. Eso sí me lo esperaba. Pero, ¿Rose? ¿En serio? Como es natural a ella le salió la vena cotilla y me preguntó por Abi. Estaba a punto de abrir la boca para hacerle un breve resumen cuando soltó algo que me dejó con los cojones torcidos.

- ¿Qué las mujeres me rifan? ¿Eh? ¿De dónde sacas eso? - pregunté sorprendido por aquel comentario, y más todavía viendo que se había puesto más colorada que un tomate bañado en sangre. - No me vayas a ser como mi madre y no me digas que tengo un montón de pretendientas y demás, por favor. - pedí poniendo los ojos en blanco. A Rose no me la imaginaba insistiéndome para que me casara, pero quien sabe, a lo mejor me da la sorpresa. Me volvió a preguntar por Abi, y yo me encogí de hombros. Tampoco había gran cosa que contar. - Abi es una follamiga o una follaenemiga, depende del día y de cómo nos pille. Es la asistente del ministro, la conozco del trabajo. Pero no es nadie importante, no vayas a querer emparejarme con ella tú también. - volví a poner los ojos en blanco, acordándome de mi bendita madre. Si es que es imposible no acordarse de ella. - Conoció a mi madre en septiembre, fue casualidad, una mierda del trabajo… en fin, una historia muy larga. Estábamos en Francia pasando un fin de semana, yo tenía juicio y ella iba en representación del ministro, porque el tío es un vago de cojones y se salta las obligaciones cuando le da la gana. Bueno, la cosa es que en el hotel perdí las lentillas. Y tú sabes que sin lentillas no soy persona, y como era solo un fin de semana no caí en coger las gafas. Tuvimos que coger la Red Flú para ir a casa de mi madre y pedirle que me trajera las gafas… un jaleo. - le fui contando y resumiendo, acordándome de ese maldito fin de semana. Ay, cómo disfruté calentando a Abi y luego pasando de su culo… el polvo no-polvo mejor de la historia. La pelirroja no me lo iba a perdonar en la vida, pero me la sudaba completamente. - Y mi madre nada más verla se creyó que era mi novia y empezó a decir gilipolleces de qué a ver cuando nos casamos, que si tendríamos unos hijos preciosos… ese rollo. Sin contar que le estuvo enseñando fotos mías de pequeño, en serio, que puta vergüenza. - relaté terminando con un resoplido bastante largo. La verdad es que si escribiera un libro de las andanzas de mi madre me volvería rico. Da para una trilogía mínimo.
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Invitado el Lun Dic 14, 2015 12:51 pm

Noté como una pequeña victoria que Magnus no tuviera que decir nada a mi comentario sobre la diferencia de edad; sabía que era porque no tenía nada que decir. Es decir, hay gente que se lleva a matar y solo se sacan un año de diferencia, y nosotros nos llevábamos estupendamente cuando él me sacaba quince. Claramente, la gente se lleva bien entre sí por afinidad de caracteres, no porque su carnet de identidad diga que ha nacido en tal o cual año. Pero aun así... comprendía que prefiriera dejar ciertas cosas para gente más crecidita, por él no era el adolescente de nosotros dos, sino un fiscal, alguien importante... y yo era solo una estudiante que aún no se había labrado un futuro.

El comentario que hizo de su madre queriéndole hacer un flechador me hizo reír; no hacía mucho, yo había convertido a un Magnus todo formal y serio en un trekkie de nivel inicial que tambien sabía apreciar la belleza en el mundo que George Luchas había creado en Star Wars. Solté una risita cuando dijo mal de forma intencionada que un ebook era el bichito adorable de Star Wars y un ewok un libro electrónico. Tus habilidades Jedi, desarrollado se han. Puse el tono de voz de Yoda, pero no era como esos imitadores de la tele que lo hacen igualito. Aún así, el mensaje era fácil de captar pese a mi malísima imitación. Aunque después, cuando comentó lo de su madre, me puse un poco más seria y le miré con el labio fruncido. A mí me daba igual que me insultara (relativamente) siempre que me presentara al entrenador de los Arrows, pero entendía que para Magnus fuera una situación difícil porque no le gustaría que su madre me insultara y que luego su madre se metiera con él como él me había dicho. ¿Por qué diría tu madre que a ella nunca la defiendes? No quería meter las narices donde no me llamaban, pero teníamos la suficiente confianza como para no sentirme incómoda al preguntarle aquello. Además, sentía curiosidad. Cualquier hijo haría cualquier cosa por sus padres, si estos demostraban ser merecedores de esa palabra.

Si Magnus era el que antes había dicho de tirarse por la ventana con el tema de su madre, a quien le entraron ganas de hacer lo mismo fue a mí cuando empezó a hablar de su maravillosa y emocionante vida sexual. Ya no era que yo fuera más virgen que la madre de Jesucristo, sino que además él ahbía mencionado los sustos que había tenido con total libertad, como si yo fuera cualquiera de esos psicólogos que te hacen sentarte en un diván aterciopelado y hablarles de tus problemas como si fuera otro colega más. Magnus siguió hablando de los sustos, mencionando la imprecisión de la menstruacion como si fuera algo que conocía a la perfección. Fui incapaz de decir nada, porque además me sentía tan mal que no podía emitir palabra; mi cara de poker debía de ser un poema, y Magnus la debió interpretar erróneamente porque enseguida me soltó un sermón sobre tener cuidado y no darle sustos. Tranquilo, no tienes que preocuparte. Le dije con tono neutro en relación a su comentario de la barriga. Yo no era de esas personas, y además los únicos hombres que existían en mi vida y que no me defraudaban estaban todos o en libros o en pósteres o en series y películas; el único real, al que podía tocar y con el que podía comunicarme, acababa de chafarme al hablarme de su increíble vida sexual.

Pero sí creí necesario decirle lo feliz que me había hecho verle, más aún con esas pintas (regalos al margen, aunque todo influye). Conociendo a Magnus, aquello había tenido que suponerle un gran esfuerzo, solo de imaginarse por la calle disfrazado de Spock tan tranquilo. Sonreí aún más cuando dijo que lo único quer quería era verme feliz. Decidí ahorrarme el comentario de "hablando de tu vida sexual, que por cierto no me incluye, no ayudas mucho", aunque no dejaba de sentirlo. Aunque luego, al hablar de Star Wars y de Anakin-cani versus Anakin-no-cani, me debió pillar en mi gen adolescente cuando comencé a balbucear sobre lo guapo que era el Anakin del episodio III; mis torpes intentos por arreglarlo le hicieron reír. Sabía que me había pillado, y por eso noté como se me encendieron un poquito las mejillas. Todo es importante, Mag. Bromeé. Pero me satisfizo bastante que eligiera el Anakin-no-cani como disfraz; desde luego era mi favorito. Me hizo reír su cara de sorpresa cuando le dije que mi disfraz de Leia incluía las ensaimadas en la cabeza, aunque cuando mencionó que lo mismo me daba un bocado, me imaginé esa escena, en plena sala de cine, él muy cerca de mí, tan cerca que notaba su aliento en mi cuello... y me estremecí, con la piel del cuello de gallina, como si de verdad Magnus me hubiera dado un bocado en el pelo y su aliento hubiera hecho erizarse mi vello.

Noté mucho calor de repente, pero traté de controlarme mientras Magnus hablaba de disfraces y no se qué. No, no, tengo disfraz de Leia. Hablé distraída, pero conseguí reponerme y hablé con más energía. ¿Por qué clase de fan de Star Wars me has tomado? Su broma de "yo soy tu padre" me hizo soltar una risita. Eres consciente de que esa frase no queda igual si lo dices como una persona normal que si lo dices con el modificador de voz del casco de Darth Vader, ¿verdad? Luego caí en que éramos magos. Pero claro, qué tonta. Magia. Sonreí radiante. La magia y el frikismo en perfecta combinación siempre me hacían feliz; ese pensamiento friki me hizo sentir como cuando había visto al comandante Magpock subido en la Saetaprise. Seguro que hay algún hechizo que afecte a la frecuencia de la voz y que distorsione el sonido para hacerlo sonar como Vader, ¿verdad? Es decir... no digo que haya un hechizo llamado "Darth Vaderus" que te cambie la voz, pero sí uno similar al que usan los presentadores de los partidos de quidditch para amplificar el volumen de su voz y que llegue a todo el estadio. Sabía que era todo cuestión de física, aunque era demasiado complicada para mi cerebro. Pero si había algo que eran los magos, era el ser apañados. Y si alguien sabía algo al respecto, era Magnus. Era el mayor de los dos y un mago tremendamente responsable, capaz y aplicado. Le miré con cara esperanzada, como un niño al levantarse la mañana de Navidad. ¿No?

La felicidad no era eterna, pero al parecer sí el tema de sus amoríos porque claro, era Magnus, y un hombre tan maravilloso es imposible que esté disponible a plena vista en el mercado sentimental sin que nadie haga su movimiento hacia él. Cuando Magnus volvió a sacar el tema del Corazón de Bruja y nombró a una tal Abi, noté en mi pecho como si una gran pared de cristal se hubiera roto, como cuando en una película están transportando un gran panel acristalado por la calle y justo aparece una moto que impacta en medio del panel y lo rompe en mil pedazos. Comencé a bombardearle a preguntas a esa tal Abi, sin estar segura de si quería saber o no. Seguro que esa Abi era preciosa, y para mi imaginación era incluso más atractiva que una veela. O a lo mejor era una veela y todo. Se me escapó un comentario de que las mujeres se lo rifaban, y Magnus me oyó y reaccionó sorprendido. Ignoré el comentario sobre su madre mientras recogía mi nuevo bate del suelo (que se me había caído en mi torpeza y sorpresa por escaparseme ese comentario), y le pregunté de nuevo sobre la ocupación de esa tal Abi. Sonreí tensa, con cara de estreñimiento, cuando dijo que era su follamiga-follaenemiga. Genial. Mi tono de voz no indicaba nada genial. Después dijo que era asistente del ministro y mi sonrisa tensa se hizo aún más tensa. Es genial. Claro, ya me había imaginado yo que era una mujer con un empleo estable, no una simple estudiante de Hogwarts sin futuro.

Cuando me contó la historia de como había conocido a su madre, desde el principio me imaginé que la señora Brooks no la habría insultado como él había dicho antes que probablemente hiciera conmigo si me conociera. Efectivamente, pronto descubrí que mi intuición no me había fallado. Noté los ojos húmedos mientras me hablaba de Francia; mi maldita imaginación me hizo imaginar el cuerpo desnudo de dios griego de Magnus tumbado en una cama blanca con pétalos de rosa, en una habitación iluminada con velas, junto a una veela de facciones irresistiblemente bellas. Al hablarme de sus lentillas, me imaginé a Magnus, desnudo, levantándose de la cama, llorando a sus lentillas perdidas hasta que Abi la veela le rodeaba la cintura por detrás, decía algo como "aquí no las necesitas", y le arrastraba a la cama, donde le tiraba de espaldas. Ya había tenido suficiente. Sacudí la cabeza y le miré a Magnus, tratando de no dejar mostrar mis sentimientos porque entonces sí que me moriría de vergüenza cuando me rechazara. Pero ahí fue cuando habló de su madre y no podía soportar que me contara lo mucho que a su madre le había gustado Abi, diciéndole que les daba su bendición para casarse e incluso (¡POR DIOS!) mostrándoles fotos de cuando Mag era pequeño. Yo le conocía de hacía dos años y aún no había visto ni una sola foto de él de pequeño, pero el hecho de que eso lo hubiera hecho su madre le daba cierto tono de seriedad a su relación, por mucho que Mag me hubiera dicho que su relación se limitaba al sexo. Me alegro mucho de que a tu madre le guste Abi. Np pude evitar cierto tono de frialdad; estaba mintiendo deliberadamente, y como no me gustaba mentir, no era algo que se me diera bien. Es genial, me alegro mucho. Eso era un poco más de verdad. Me alegraba por él si él era feliz, aunque eso significara que yo tuviera que sentirme muy miserable.
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Invitado el Mar Dic 15, 2015 11:16 am

Me negaba a presentarle a Rose a mi madre. Era una negación rotunda, paso de estar meses y meses escuchar a mi madre lagrimear porque “el niño se relaciona con una sangre sucia, que desgracia, que horror, deshonra para ti, deshonra para tu vaca”. Lo de la vaca ha sido una exageración mental, pero yo me entiendo. Ante la pregunta de Rose me encogí de hombros con resignación. Buena pregunta, joven Jedi.

- Porque es una persona muy cabezota, si no le doy la razón se indigna. De cuando no le doy la razón o no la ayudo con gilipolleces me lo recuerda toda la vida, pero de todo lo que he hecho por ella nunca se acuerda… - contesté sin querer hablar del tema. Del asunto de mi madre y el hijo de puta de mi padre Rose sabía algo por encima, pero nunca le di detalles y teniendo en cuenta lo que a ella le había pasado recientemente… no era el momento más adecuado. No creo que en sus circunstancias quiera escuchar mis traumas infantiles.

No entendía muy bien a qué venía esa cara de póquer amargada que tenía Rose cuando salió el tema del sexo e intenté aconsejarla. Vale, entiendo, que pueda parecerle raro que hablemos del tema, pero se supone que tenemos confianza, y en pleno siglo XXI el sexo no debe ser tabú. Vamos, pondría la mano en el fuego de que ella tiene sus propios follamigos, o amigos con derecho a roce, o novietes, o lo que sea. Que no me lo cuente es otra historia pero tenerlos debe tenerlos. Con 17 años, siendo guapa, teniendo un cuerpo que muchas veinteañeras y treinteañeras ya quisieran, y con su intelecto, ser virgen es imposible. Que fuera de modosita, pero a mí no me engañaba.

Hablando de disfraces me sentía como si fuera un adolescente. Esperaba que nadie me reconociera cuando fuera vestido de Anakin, porque me daría una vergüenza horrorosa, y si alguien del Ministerio por casualidad coincidía conmigo con esas pintas, no le haría ningún favor a mi reputación. En fin, todo sea por ver a la niña feliz.

- Oye, que yo soy muy fan de Batman y no tengo disfraz de Batman. Aunque mira, ahora que estoy en racha a lo mejor me compro uno. - comenté mitad en broma mitad en serio. - Si olvidas los típicos disfraces de pastorcillo de Navidad que te pone tu madre cuando tienes cinco años, esta es la primera vez que me disfrazo en mi vida. De hecho en Halloween recibí una invitación para ir a una fiesta en casa del ministro, pero obviamente debía ir disfrazado, y pasé del tema. No es lo mío. - reconocí, me sentía incómodo y me parecía demasiada parafernalia. Creo que soy una persona demasiado seria como para ir disfrazándome todos los días. - Pero yo por verte feliz hago lo que sea. - añadí, no se fuera a pensar que ahora me echaba atrás. A ver, que me he arruinado a costa de regalos y guardaespaldas, y en ese momento estaba disfrazado de Spock, después de eso puedo hacer cualquier cosa. Lo siniestro es que ahora íbamos a ir disfrazados de padre e hija. A ella ni se le habría pasado por la cabeza, pero a mí me parecía espeluznante. Me quedé con el culo torcido cuando ella empezó a divagar sobre un hechizo que pudiera llamarse “Darth Vaderus” y que imitara el tono de voz del tipo ese que es una especie de robot y va siempre de negro. El Anakin malo, vaya. Rose o tenía demasiada imaginación o tenía un frikismo que no entendía de fronteras. - Se puede inventar. Los hechizos no salen de la nada, los magos los crean y luego se popularizan. Hay una patente de hechizos creados en el Ministerio. - le conté, y que yo supiera cada vez se usaba menos. Pero sí conocía de gente que en sus ratos libres se dedicaba a pensar e inventar hechizos cuántos más raros mejor. - Claro que no es tan fácil como decir ¡Darth Vaderus!, señalarte el cuello con la varita y que automáticamente empieces a hablar con Darth Vader. Necesita mucha preparación, estudio y demás. Y mucha prácticas y eternos intentos fallidos. Pero se puede intentar. ¿Quieres que pruebe, a ver si puedo? - le pregunté, imaginándome ya en mi nuevo piso haciendo el gilipollas, leyendo libros de creación de hechizos y practicando un Darth Vaderus. Nunca había creado un hechizo propio, pero coño, soy animago. No puede ser más difícil que eso.

Al hablar de Abi, Rose se puso en modo cotilla y me hizo un buen bombardeo de preguntas digno de la mejor reportera de Corazón de Bruja. Lo que me dejó con los cojones torcidos fue su comentario de que las mujeres me rifaban y cuando pregunté me ignoró y se hizo la tonta, lo que me dejó con los cojones más torcidos aún. Le fui haciendo un resumen de quién era Abi y de la vergüenza ajena que me hizo pasar mi madre aquel día que perdí las lentillas (para luego encontrarlas más tarde, vaya retraso). Me fui fijando que con cada frase Rose iba repitiendo como un loro que todo era genial y tenía semejante cara de estreñida que tuve tentaciones de ir a una farmacia y comprarle un laxante. Tampoco hacía falta ser la persona más perspicaz de la Tierra: Rose era bastante expresiva. Y encima, ¡encima! empezó a hablar como si Abi y yo tuviéramos algo serio, Merlín me libre de semejante horror contra la naturaleza.

- Rose, por el amor de Merlín, no me hables como si tuviéramos algo serio porque me dejas con los cojones torcidísimos. Abi sería la penúltima mujer de la Tierra con la que se me ocurriría tener algo serio. La última es Eris, y en realidad tendría que pensármelo muy bien para ver quien es mejor y quien es peor de las dos. - obviamente Abi le ganaba a inteligencia a Eris, pero con Eris estaría más tranquilo, mientras que con Abi estaríamos todo el día discutiendo. El caso es que no la toco ni con un palo para algo que no sea mete-saca. Y depende del día, que cuando me toca demasiado los cojones, y no en el buen sentido, la mando a la mierda en una milésima de segundo. Mientras hablaba me fui acercando más a ella, hasta estar a apenas unos centímetros. - ¿Qué es lo que te molesta exactamente? Y no me vayas a decir que nada, porque tienes una carita que no sé si llevarte a la enfermería, comprarte un laxante o qué. - añadí para no darle la oportunidad de que se hiciera la tonta, que ya me la conozco. Sopesé la posibilidad de que hubiera dicho algo que la hubiera recordado a su secuestro, como no sé una mierda de lo que le pasó, puedo cometer ese fallo sin querer con mucha facilidad. Aunque no entiendo qué tendrá que ver Abi con lo que le pasó, la verdad. Espero que nada.
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