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Space: the final frontier || Rose Saunders

Invitado el Miér Dic 02, 2015 10:27 am

Recuerdo del primer mensaje :

Con diciembre a las puertas ya empezaban a agobiarme en la tele los típicos anuncios de juguetes, de solidaridad, de turrones (con eso también me entraba hambre), de familias que se adoran en Navidad y el resto del año se odian… todos los años hacía lo mismo los días señalados en Navidad: ir a casa de mi madre, dejar que me cebara con kilos y kilos de comida y aguantar anécdotas de cuando ella era joven, yo un crío que se comía los mocos y mi padre, según ella, era un hombre decente. Y porque ella me obligaba, que si fuera por mí me quedaba en mi casa rascándome los huevos a dos manos.

Sin embargo nunca fui de regalar. Primero porque me parece una gilipollez, si no soy creyente, ¿por qué coño voy a regalar por Navidad? y segundo porque soy pésimo regalando. Ya debe ser esa persona muy cercana a mí y/o tener gustos muy marcados para que yo acierte con un regalo.

Pero ese año alguien se merecía un buen regalo, aunque fuera anticipado. La pobre Rose, a la que secuestran por mi culpa y que se había dado un susto de muerte sin buscarlo. Creí que como mínimo se merecía un buen regalo como compensación, y con ella es fácil de acertar. Solo tienes que comprar algo que tenga que ver con el quidditch.

En la tienda dedicaba a esas mierdas del callejón Diagon, me fijé en esa escoba llamada Saeta de Fuego. Por Rose sabía que era la mejor del mercado, y que todo el mundo se moría por tener una. Todos menos yo, que la usaría para barrer el pelo del perro que hay por el suelo. Bueno no, mentira, ni eso, que para eso tengo una aspiradora. Cuando le pregunté al dependiente cuanto costaba ese pedazo de madera, casi me da un infarto de la impresión.

Cinco mil galeones. Cinco mil. Cinco mil. Me cago en la puta, ¿de qué está hecha la maldita escoba? ¿De oro? Si mi sueldo mensual son 1800 y ya lo considero la hostia, ¿quién coño se puede permitir una escoba de cinco mil galeones? Miré al dependiente como si me estuviera gastando una broma de mal gusto, pero cuando lo vi impaciente me resigné. La puta escoba costaba casi tres meses de mi sueldo. Y luego no hablemos de un bate de golpeador nuevo, que vi necesario añadir a la escoba. 900 galeones costaba el bate. Yo creo que si cojo una rama de un árbol y la tallo me sale más rentable. En fin, porque sabía que Rose sobrevivía a base de la escoba y el bate que le prestaban en el colegio, y si su sueño era ser jugadora de quidditch profesional algún día tendría que comprárselo. Si a mi me dolía en el alma hacer semejante sacrificio económico, era muy probable que Kevin tuviera que pedir un préstamo. En fin, hagamos de tripas corazón. Como al final decida que el quidditch no es lo suyo me tiro de los pelos y le hago comerse la escoba ramita a ramita.

Con mi cámara de Gringotts muy mermada me dirigí a casa. A mi nueva casa. Definitivamente había dejado el valle de Godric para instalarme en un piso pequeño del centro de Londres. Al fin y al cabo tampoco necesitaba mucho espacio, el piso tenía dos habitaciones y una de ellas la había hechizado para que cupieran todos mis cuadros y libros con suma comodidad. Ares me recibió con su la alegría juguetona de siempre, pero casi lo mato cuando se acercó al gran paquete que llevaba en brazos. Lo que me faltaba es que ahora el perro se cargara el “regalito” de 5900 galeones. Joder, me iba a tener que hacer un Obliviate a mí mismo para olvidar semejante dolor de mi bolsillo.

Después de almorzar entré en el baño y cinco minutos después salí completamente diferente. Ya que la pobre había pasado por esa horrible experiencia por mi culpa, que menos que hacerla reír un rato. Y creo sinceramente que con mis pintas cualquiera que me conozca se parte el culo. La mayoría ni siquiera entendería mi “disfraz” pero Rose lo captaría en una milésima de segundo. Fue ella la que insistió en que viera las películas porque me parecía a uno de los protagonistas. Y tenía razón, me parecía bastante al tío ese, hasta tal punto de que me pareció un poco siniestro. Pero a ella parecía hacerle ilusión así que… venga, vamos a hacer el ridículo un rato. Todo sea por una buena causa. Si es que en el fondo soy hasta buena gente. ¡Para qué luego digan!

Con un simple encantamiento metí el bate envuelto en un bolsillo del pantalón, el mismo encantamiento que usaría Mary Poppins cuando en la película metía una barbaridad de cosas en el bolso. Cogí la nueva escoba y me aparecí en un apartado desierto de Hogsmeade. Me subí a ella con cierta duda, porque no soy precisamente un crack volando. A ver, nunca tuve problemas para aprobar Vuelo en el colegio y toda esa mierda, pero no me sentía seguro en el aire. Sin embargo menos de diez segundos tardé en darme cuenta de que había valido la pena arruinarse por comprar esa maldita Saeta: parecía que te leía el pensamiento, y era mucho más estable de lo que parecía a simple vista. Merodeando por el aire encima del pueblo, busqué a Rose. Ni tenía ni puta idea de si habría salido o estaría metida en Hogwarts, pero teniendo en cuenta que es sábado, que hace mucho sol y un día demasiado bueno para estar a punto de entrar en diciembre… imaginaba que tendría muchas papeletas de estar en el pueblo con sus amigas. Justo entonces vi un gran grupo de chicas por un camino delimitado por bancos y algunos árboles, y por la altura que tenían yo diría que eran de sexto y séptimo. Me coloqué justo detrás, unos cuatro metros por encima y localicé a Rose en medio de ese grupo. Hacía bien en salir acompañada, aunque por otra parte yo ya me encargué de que tuviera sus propios guardaespaldas.

Rezando para no aplastarme los huevos contra la escoba, porque coño, ya podrían ponerle un cojín, fui hasta el grupo. Me coloqué justo delante con suavidad, impidiendo que pudieran pasar. Bajé la escoba hasta que quedó a tan solo un metro sobre el suelo.

- Larga vida y prosperidad, señoritas terrícolas. Soy el comandante Magpock y vengo en busca de la teniente Saunders. - dije en tono formal, intentando no pisarme a mí mismo por el numerito. - ¡Teniente! Hay amenaza klingon, se solicita que suba inmediatamente a la nave Saetaprise. - improvisé, obviamente refiriéndome a la escoba. Teniendo en cuenta que hace poco salí en Corazón de Bruja, ya no solo rezaba para qué mis huevos no se aplastaran. Rezaba para que ninguna de las amigas de Rose hubiera leído esa revista y me reconocieran. - ¡Y agárrese fuerte, entraremos en velocidad de curvatura! - ¿lo había dicho bien? ¿Así se llamaba la velocidad que usaban en las naves de esas películas? Joder, que estrés. Obviamente no podía subirse a la escoba si no me bajaba yo, dudo mucho que ese palillo aguantara el peso de ambos. Y paso de arriesgarme a que se rompa, que he perdido el ticket.
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Invitado el Mar Dic 15, 2015 12:16 pm

Cuando Magnus empezó a explicarme la que se podía liar si llegaba el día en que conociera a su madre, me quedé un poco pillada cuando dijo que ella le echaría en cara que nunca la defendía. Es decir, ¿desde cuándo su madre podía quejarse de que no la defendía? Cualquiera que le conociera sabía que el fiscal adoraba a su madre, y yo, que además sabía una mínima parte de su historia familiar, además de que sabía como era Magnus hacia las injusticias (y más cometidas contra otras mujeres), sabía que ese argumento no tenía ni pies ni cabeza por mucho que lo dijera su madre. Él me explico que su madre era cabezota por naturaleza y que solo recordaba las cosas que le interesaban, pero que luego nunca se acordaba de las veces que la había ayudado. Por su tono de voz resignado, sabía que se refería también a su padre. Y aunque no sabía toda la historia, sabía que no era el mejor momento: no solo era que él no se sintiera cómodo, sino que yo no estaba segura de estar lista para escuchar algo así; me resultaba muy duro hacer como si lo ocurrido estos últimos días no hubiera pasado, y, francamente, oír a Magnus contarme cosas de su padre no iba a ayudarme a librarme de la presencia traumática de mi madre.

Aunque lo verdaderamente traumático vino cuando Magnus empezó a hablar sobre sexo como quien habla sobre el tiempo. Desde luego era un verdadero contraste: su experiencia, bastante activa, diversa y con algunos sustos que le había dado emoción al asunto, era lo opuesto a la mía, que era inexistente. Tampoco es que fuera a decirle alegremente "soy virgen porque mi vida sexual no es como la tuya" porque además eso no era lo que me amargaba; era plenamente consciente de que, a mis diecisiete años, aún me quedaban muchas oportunidades de perder la virginidad y no todo estaba acababado. No, lo verdaderamente difícil de escuchar fueron las experiencias de Magnus con otras mujeres. No era nada que le fuera a reconocer ni borracha, pero sentía como si un puñal se me clavara en el corazón al oírle hablar de sus experiencias y de su primer susto; esas mujeres habían sido muy afortunadas, pero lo peor es que ninguna de ellas había sido yo, y en el fondo sabía que no tenía nada que hacer con alguien como él aparte de ser su amiga. No es que me quejara, mejor ser su amiga que nada,... pero no me resultó agradable que me hiciera consciente de que nunca podría ser más que eso, mientras que otras mujeres habían tenido más suerte.

Por suerte, hablar de Star Wars y disfraces frikis anima a cualquiera. Me sorprendió que subestimara mi nivel de frikismo hacia Star Wars al preguntarme si tenía disfraz de Leia. ¿De verdad, Mag? Le miré divertida cuando habló del disfraz de Batman que no tenía. ¡Pues mira, ya sé que regalarte estas Navidades! Mi tono de voz era tan alegre como el de un niño que descubre que Papá Noel le ha dejado más regalos que el año anterior. Si a él le regalaba un disfraz de Batman, OBVIO que a Ares le regalaría uno de Robin, para que los dos fueran adorablemente a juego. Escuché con una ceja alzada, como diciendo "¿¡en serio!?" cuando confesó que le habían invitado a una fiesta de disfraces y que no había ido por no querer disfrazarse. Pues deberías haber ido. Era una fiesta del Ministerio, y tú trabajas allí. No solo era una fiesta por placer. Como un sabio dijo una vez: "un gran poder conlleva una gran responsabilidad". No es que Magnus fuera Spider-Man, pero tenía un gran poder al ser fiscal del Wizengamot; si alguien le cabreaba lo suficiente, podía mandarle a Azkaban así porque sí. Otra cosa es que no lo hiciera porque era un tío legal y solo mandaba a la cárcel a quien realmente lo merecía. Pero mi seriedad se derrumbó, dejando paso a una gran sonrisa como las que solo él y otras pocas personas me sabían sacar, cuando dijo que conmigo era distinto, y que, como había demostrado, por mí si se disfrazaba si eso me hacía feliz. Luego dice que es serio, pero es todo mentira. Lo que es es tremendamente adorable.

Nuestros frikismos (bueno, mejor dicho el mío, con ayuda de un poquito del creciente frikismo de Magnus) nos llevó a hablar de un hipotético hechizo, llamado Darth Vaderus, que sirviera para modular la voz de forma que sonara como la de Darth Vader. Como idea, sonaba genialosamente genial. Y mi sonrisa se hizo aún más radiante cuando Magnus dijo que semejante hechizo no era tan disparatado y se podía inventar. Le miré con ojos brillantes, llenos de esperanza, mientras él me contaba como existía una patente en el Ministerio para nuevos hechizos. Cuando dijo que no era tan fácil como sonaba, asentí resignada, aunque realmente no era sorprendente porque, si por ejemplo hechizos avanzados como Expectro Patronum era super difíciles de realizar (y mucha gente ni siquiera lo conseguía realizar bien), no quería ni pensar como sería eso de inventar uno propio. Pero también sabía que, si alguien podía conseguirlo, era Magnus; ya había desafiado al universo cuando, con apenas treinta años, se había convertido en el fiscal más joven de la historia. Asentí con energía cuando me preguntó si quería que lo intentara. Por favor. POR FAVOR, POR FAVOR, POR FAVOR, POR FAVOR. Ladeé la cabeza y le miré con cara de cachorrito adorable, por si acaso mis súplicas verbales no habían sido suficiente.

Cuando me mencionó a Abi, toda la burbuja de felicidad que habíamos ido creando con nuestros frikismos anteriores explotó en mis narices, pringándome hasta en las raíces del último de mis pelos. Aunque él la describió como alguien de interés puramente sexual, al mencionar que su madre le había dado su aprobación y que incluso le había enseñado fotos de Magnus de pequeño sabía que aquello no podía ser tan casual como él me lo había pintado. Es decir, yo también tenía un padre loco por su hija, y a día de hoy, no había enseñado mis fotos de la infancia ni siquiera a uno de mis más íntimos amigos, al que conocí en el concierto de Lady Gaga y del que no me separaba durante el verano, cuando podíamos pasar más tiempo juntos. Que la señora Brooks hubiera enseñado las fotos de su hijo a otra mujer era indicativo de cuanto se tomaba aquella relación en serio, quisiera Magnus engañarme o no. Y al parecer quería. Mientras él me intentaba convencer de que no era nada serio, metiendo a Eris también en el ajo, mi sonrisa de estreñimiento desapareció y fui frunciendo el ceño cada vez más, con gesto de molestia, con cada palabra que iba diciendo. Sumida en plena trizteza y confusión sobre lo que me estaba contando Magnus, no me había dado cuenta de que se había ido acercando a mí, hasta estar muy muy cerca; cuando habló desde su nueva posición, me sobresalté y miré hacia arriba, sumergiéndome en esos ojos oscuros y llenos de más sentimientos de los que él quería mostrar.

Lo que no me esperaba era semejante pregunta. Le miré con los ojos abiertos, sorprendida y temerosa, y la boca entreabierta, mientras mi corazón comenzaba a latir tan fuerte que empecé a temer que se saliera del pecho en cualquier momento. OH DIOS. OH DIOS. OH DIOS, OH DIOS, OH DIOS. OH DIOS. OH. DIOS. Noté como me ruborizaba y no pude aguantarle la mirada por más tiempo, así que bajé la cabeza y retrocedí un par de pasos, poniendo distancia entre los dos y cruzándome de brazos sobre el pecho, como si aquel gesto pudiera protegerme. ¿Acaso era tan obvio? Yo... No sabía qué decir. No podía decirle la verdad, porque no soportaría ver su cara, tratando de contener la risa, si le confesaba mis verdaderos sentimientos. Además, no me gustaba mentir, me sentía mal cuando lo hacía y además no se me daba bien. Pero sabía que no podía decir la verdad. Suspiré y negué con la cabeza, llenándome de fuerza para hacer lo que iba a hacer. Es solo que estoy preocupada por el Torneo, nada más. Tragué saliva con amargura. No era una mentira completa, estaba preocupadísima por el Torneo. Pero mi anterior sonrisa de estreñimiento no había tenido nada que ver con eso, algo que Magnus no podía saber. Además, he perdido unos valiosos días de prepararme para la primera prueba con... ya sabes. Me encogí de hombros, sintiéndome violenta, mientras evitaba mirarle a la cara.
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Invitado el Miér Dic 16, 2015 10:44 am

No era capaz de imaginarme a mí mismo disfrazado de Batman, por mucho que ahora estuviera disfrazado del Spock ese. Que a decir verdad, prefiero ir de Batman, coño ¡es el caballero oscuro! “Porque es el héroe que Gotham se merece, pero no el que necesita ahora mismo. Así que lo perseguiremos, porque él puede resistirlo. Porque no es un héroe. Es un guardián silencioso, un protector vigilante... Un caballero oscuro.” ¡Buaaaah, qué peliculón! Casi lloro con ese finalaco. Bueno, casi no, lloré de verdad. Como cuando vi El diario de Noah. Pero esa información es totalmente confidencial.

- Que no hace falta que me regales naaaaaada. - le repetí alargando la primera sílaba de la última palabra, para que lo pillara. Pero sé perfectamente que luego ella hará lo que le salga del coño. - Y un gran poder conlleva también el privilegio de escaquearte. - contesté en broma cuando citó a… ¿Spiderman? Prefiero DC a Marvel, pero también me he visto algunas películas. - Si tú supieras lo que se escaquea el propio ministro cuando le interesa… y estoy seguro de que nadie me echó de menos. No fue el día siguiente el ministro a echarme en cara que no fuera a su estúpida fiesta. - aclaré, poniendo los ojos en blanco. Más faltaba, vamos. Demasiado hago a diario limpiando el culo de toda la mierda que nos llega. - Aparte que casi todos los años se organiza una, sea en casa del ministro, en el propio Ministerio, en un local alquilado… si el año que viene hay otra me disfrazo. Pero tienes que venir conmigo. Si me acompañas me disfrazo, prometido. - le aseguré completamente en serio. Porque vale, disfrazarme no va conmigo, pero si encima tengo que ir a la fiesta de mierda yo solo, menos ganas tengo.

El frikismo de Rose no conocía límites. Mi cara tuvo que ser un poema cuando ella empezó a divagar sobre un hipotético hechizo llamado Darth Vaderus, que modulara tu voz para que sonara como la de Darth Vader. Estaba completamente seguro que semejante gilipollez no existía, pero igual de seguro estaba de que se podía inventar. Como poder, se podía, pero no debía ser fácil. Le expliqué más o menos a Rose el procedimiento para crear un hechizo, aunque fuera uno tan idiota como ese. Pero claro, si la niña me pone esa carita de cordero degollado y esos ojos brillantes de ilusión, yo me ablando, soy gilipollas y me ofrezco a inventarlo. A veces me planteo seriamente que la tengo demasiado consentida. Prueba de ello es mi cámara de Gringotts, tristemente saqueada.

- No te prometo nada porque nunca he creado ninguno, y sé que es complicado. Pero lo intentaré y haré todo lo que pueda. - le aseguré, viéndome ya mentalmente sentado en el sofá de mi nuevo piso, con el perro encima estirado y roncando (ronca más que yo el hijo de puta), y yo con la varita, leyendo un montón de libros de creación de conjuros y practicando.

Si ya de por sí es fácil dejarme con los cojones torcidos, es de imaginar que me quedé de piedra con el brusco cambio de ánimo de Rose. Primero que si las mujeres me rifan (que poquito sabe esta niña de la vida) y luego poniendo cara de estreñida total cuando le fui contando el espectáculo de mi madre y Abi. No soy subnormal, así que pillé rápido que algo le pasaba, no necesitaba ser un crack en Adivinación para darme cuenta: esa carita que tenía puesta era digna de retratarla. A mi pregunta directa de qué le molestaba, su reacción no tuvo precio. Entre la boca abierta y un repentino sonrojo, volví a insistir silenciosamente en mi pregunta. Igual que cuando estás comiendo y un gato se te pone al lado, no te dice nada pero te mira con cara de “dame comida o muere”, y al final le das comida porque te sientes muy incómodo. Ese era el tipo de presión silenciosa que ejercí sobre Rose.

Me estaba empezando a preocupar y muy seriamente. Durante todo el rato que había estado con ella intentaba hablar de cosas banales, distraerla, hacerla reír y ese tipo de cosas. No quería que pensara en lo que sucedió, pero claro, como yo no tenía ni puta idea de que le ocurrió en concreto, podía meter la pata con una facilidad de acojonarse. Y ahora precisamente estaba un poco acojonado porque pensaba que dije algo que le recordaba a aquellos días. No entendía qué coño tendría que ver Abi con el secuestro, y debía ser Abi lo que le molestó. Más que nada por lógica: hablé de Abi y de mi madre, y de mi madre rato antes también habíamos comentado cosas. Que si se queja porque no la defiendo, que si es amiga del entrenador de los Appleby Arrows… y en ningún momento noté que Rose pusiera cara de estreñida ni cambiara bruscamente su comportamiento. Ergo, el problema era Abi. No, si al final en vez de fiscal me tendría que haber metido a filósofo. ¿La habría secuestrado una mujer llamada Abi?

- ¿Qué pasa con Abi? - pregunté directamente justo cuando ella se alejó un par de pasos. Mis ojos estaban muy abiertos y la miraba fijamente, siguiendo con la presión silenciosa a lo gato. Entonces la niña se salió por la tangente hablándome del Torneo. Sabía que en Hogwarts se celebraba un Torneo con campeones de las cuatro casas, se comentaba mucho en el Ministerio. Eso sí, detalles sabía pocos, por no decir ninguno. - Sabes que no te creo, ¿verdad? - pregunté retóricamente, escéptico. No es que yo sea el mayor destapador de mentiras del mundo, pero mi trabajo me capacita y entrena en diferenciar verdades y mentiras con relativa facilidad, sobre todo si están acompañados de lenguaje corporal, como era el caso. Y eso del Torneo no me encajaba una mierda. De repente en mi cerebro se encendió una especie de bombillita… ¿el Torneo? ¿Está preocupada por el Torneo? No será una de las participantes… ¿NO? - ¡¿Te has presentado al Torneo?! - exclamé incrédulo, olvidándome de lo que estábamos hablando anteriormente. Mi cara de póquer debió ser épica, porque durante unos segundos yo mismo noté cómo no me llegaba la sangre a la cara. - ¿En serio? Joder, por el puto Merlín de los cojones, ¡y te quejas porque te ponga dos guardaespaldas! - volví a exclamar, visiblemente agitado. Al final me va a dar un infarto por su culpa. - ¿Cuándo es la primera prueba? ¿Te han dado alguna pista de lo que vas a tener que hacer? Joder, me cago en todo lo cagable, cómo te pase algo… me vas a acabar matando de un disgusto entre una cosa y otra. - solté malhumorado, con un resoplido de indignación. Si es que se mete en la boca del lobo, yo no sé cómo se le ocurre, me cago en la hostia.
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Invitado el Miér Dic 16, 2015 12:09 pm

Negué con la cabeza con tozudez cuando dijo que no tenía que regalarle nada. Claro, él sacrifica su cuenta de Gringotts para regalarme la Saetaprise y el bate (tengo que buscarle un nombre cuanto antes), y yo me tengo que quedar de brazos cruzados y ya; me aseguré de hacer una nota mental para no olvidarme de presentarle el apasionante mundo de George R. R. Martin a mi querido fiscal, para que aprendiera que los Lannisters siempre pagan sus deudas (que no es que los Lannister sean mi casa favorita, solo me gustaba Tyrion, pero lo importante ahí era el mensaje). Y pese a mi regañina por haber faltado a una fiesta del ministerio por no disfrazarse, me sorprendió bastante cuando dijo que hasta el propio Ministro se escaqueaba. Lo que sí que no sabía para nada era que todos los años el Ministerio organizaba una fiesta; sonreí satisfecha cuando Magnus dijo que al año siguiente se disfrazaría... si yo iba con él. Eso me hizo sentirme halagada, pero lo mejor es que no podía descartarse porque en un año estaría fuera de Hogwarts, así que si quería fiesta de Halloween tendría que buscarme otra que no tuviera lugar en el castillo. ¿De qué te gustaría que me disfrazara? A mí la verdad es que con cualquier disfraz decente me valdría (y yo me encargaría de que fuera decente); me tomaba todo eso muy en serio porque además disfrutaba com una enana. Ya no era solo por la fiesta, sino por el ambiente, el ver a todo el mundo disfrazado, olvidándose de la seriedad de la vida adulta y centrándose únicamente en pasarlo bien. Este año me disfracé de Uruk-hai para la de Hogwarts... y fue bastante gracioso, porque mucha gente ni me reconoció y metí varios sustos a algunos alumnos más pequeños. En parte estaba divertida pero en parte me sentía mal, porque pobrecillos. Pero Halloween estaba para lo que estaba, para disfraces inofensivos ya estaba Carnaval.

Continué con mi frikismo cuando comenzamos a hablar de un supuesto hechizo, Darth Vaderus, que aún no existía pero que Magnus se ofreció a probar. Sonreí agradecida cuando accedió a mis súplicas, frenándome a tiempo las ganas de soltar un gritito de fangirl. Que a lo mejor no conseguía nada porque crear un hechizo tenía que ser tremendamente complicado, pero si alguien confiaba en Magnus, esa era yo. Entonces, de repente, caí en algo. Oye, ¿y el contrahechizo? Porque claro, no te puedes quedar con voz de Darth Vader para siempre, aunque fuera súper guay. Las cosas como son. Hmmm... Me froté la barbilla suavemente con el estremo de la Saeta, pero después de un rato dejé caer los hombros, derrotada. No lo sé. Había pensado en algo como "Yodus", pero suena más a un elemento químico de la tabla periódica. pero además ahí Yoda no tuvo nada que ver, quien realmente convirtió a Darth Vader en Anakin Skywalker de nuevo fue su hijo, Luke. Y con Luke no se me ocurre nada. Jo. Vaya caca.

Pero la verdadera bomba estalló cuando Magnus mencionó a Abi. La perfecta e irresistible, asistente del Ministro, a quien su madre le había enseñado fotos de Mag de pequeño después de darles su bendición, la misma con quien había coincidido en Francia, país donde estaba París, la ciudad del amor. En el fondo quería alegrarme de que Magnus fuera feliz y hubiera encontrado a alguien, pero no dejaba de dolerme el corazón con cada nueva palabra que pronunciaba sobre ella; era como si yo fuera una tostada, Magnus un cuchillo, y la historia sobre Abi el paté que se unta, lentamente, sobre el pan hasta que este se rompe en pedacitos pequeños. Y, por lo que había dicho Magnus sobre ella, Abi debía ser un paté muy apetitoso. Magnus me debió de notar algo, porque enseguida me preguntó qué era lo que me molestaba. Estuve un momento sin saber como reaccionar, indecisa. Pero sabía que no podía decirle la verdad, no si no quería hacer el ridículo, así que dije una media verdad con el fin de que colara, mientras notaba mi cara roja como un tomate y me cruzaba de brazos sobre el pecho como protegiéndome a mí misma. Magnus preguntó de nuevo que qué pasaba con Abi y, aún sin mirarle, negué con la cabeza y le dije que lo que me pasaba es que estaba preocupada por el Torneo, porque con lo que me había pasado había perdido días para preparar la primera prueba.

Me ruboricé aún más cuando Magnus dijo que no me creía. Eso es lo que pasa cuando no te gusta mentir y no eres buena mentirosa, Rose... ¿pero cómo remediarlo? Además, Magnus era fiscal y se enfrentaba a mentirosos compulsivos día sí y día también; seguro que igualaba a los perros policía que usaba papá en algunas ocasiones: ellos olían las drogas y Magnus olía las mentiras. Pero antes de que pudiera inventar otra torpe excusa, Magnus siguió hablando, esta vez más alarmado. Su grito desesperado e incrédulo me hizo encogerme y levantar la cabeza. No es para tanto, Mag... Me asusté cuando vi que se le quedaba la cara blanca, y de un par de rápidas zancadas me coloqué justo delante de él, mirándole con ojos preocupados y asustados. ¿Te encuentras bien? Pero para mi alivio, Magnus seguía vivo... y gritando. Eché el cuello para atrás cuando me echó en cara que luego yo me quejaba por que él me ponía guardaespaldas, y antes de que pudiera contestar me borbardeó a preguntas sobre la primera prueba y si me habían dado alguna pista. Cuando mencionó lo de los sustos que le daba, me sentí bastante mal, aunque una parte de mí se sintió disgustada porque, aunque lo del Torneo sí lo había elegido, lo otro no. Tranquilo, Magnus,... Es solo un Torneo, no es el fin del mundo. Respira, ¿vale? Sabía que probablemente volviera a gritarme, pero si le daba un infarto o algo me iba a sentir horrible, así que esperaba que se calmara por el bien de los dos. ¿Sabes lo increíble que puede ser una oportunidad así? Es un auténtico desafío para comprobarme como bruja. ¿Qué mejor momento que hacerlo en mi último año? Sería un buen modo de demostrarme a mí misma mi valía como bruja. Algo muy importante para alguien que viene de un entorno completamente muggle. No te digo que no tenga miedo, pero... bueno, así es la vida, ¿no? Al menos esto lo he elegido, no como lo de Hogsmeade. Cerré los ojos y me estremecí al recordarlo. El pobre niño... Un segundo después, sacudí fuertemente la cabeza y miré de nuevo a Magnus. ¿Hubo algún Torneo durante tu tiempo en Hogwarts? No hago más que leer libros en la biblioteca, pero no te creas que hay mucha información. Y eso me pone de los nervios, porque no nos han dicho NADA sobre la primera prueba, ni sabemos cuando va a ser. Aunque... a estas alturas del curso, imagino que después de Navidad. Me encogí de hombros. Apenas quedaba unas semanas de curso, y encima también había baile de Navidad... ¡Oh! Y también tenemos un baile de Navidad, y creo que a los campeones nos toca abrirlo. Aunque eso será si encuentro una pareja antes de entonces, claro. Solté una risita amarga, mirando a Magnus de reojo. Si él hubiera estado en Hogwarts, todo habría sido muuuuuuucho más sencillo y ya tendría pareja con quien abrir el baile. Pero no, claro, Magnus tenía que sacarme quince añazos.
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Invitado el Miér Dic 16, 2015 4:04 pm

Me sentía como un adolescente hablando de disfraces, de Batman y de chorradas del estilo. Teniendo en cuenta que estaba caracterizado como Spock, el de Star Trek, no tiene mucho sentido de que me queje del coñazo de disfrazarse. Pero con el Spock este lo tuve muy fácil, guardaba un parecido mucho más que razonable. Creo que si voy al estreno de una película de Star Trek así disfrazado me confunden con el actor y un montón de quinceañeras hormonadas se tiran encima de mí. Pensándolo bien, creía recordar que Rose me dijo que el verano siguiente se estrenaba una de esas películas. Sería divertido hacer ese experimento social.

- Zombie. Eres un zombie, sobre todo en épocas de exámenes. - contesté a su pregunta, metiéndome con ella. Porque contestarle “diablesa sexy o cualquier cosa con la que muestres tetas” no es muy educado. Sincero de cojones sí, pero apropiado no. - A riesgo de que me mates, no quieras volver a saber nada más de mí o me tires ácido a los ojos… ¿qué cojones es un urukai? - pregunté sin saber si lo estaba pronunciando bien. Conociéndola sería algo de una película, serie o libro friki.

De ahí pasó a pedirme con esos ojitos de corderito degollado que le creara un hechizo llamado Darth Vaderus. Creo seriamente que la tengo más mimada que su propio padre, pero claro, si me pone esa cara pues yo accedo. No soy de piedra. De piedra se me pone otra cosa… pero en fin, la cuestión es que ya me veía haciendo el gilipollas en mis escasos ratos libres. Rose empezó de nuevo a divagar con un posible contrahechizo, que si Yoda, que si Luke, que si mis cojones en vinagre. La verdad es que apenas me estaba enterando de nada.

- Yo creo que si me saliera bien el Darth Vaderus como contrahechizo podría funcionar un Quietus. - comenté, era el mismo contrahechizo que para Sonorus. Al fin y al cabo, ese hipotético hechizo futuro sería para modular la voz, no al nivel de Sonorus pero tendría una realización parecida. - Pero por eso te digo que es cuestión de practicar, de ensayo y error, a lo mejor lo consigo, no me funciona un Quietus y hablo como Darth Vader hasta que invento el contrahechizo. - me entró un sudor frío de solo imaginarme en mi despacho trabajando y llamando a mi secretaria con la voz de Darth Vader. Y no digamos en un juicio. Me cago en la puta, ¿en qué me acababa de meter?

Luego a la niña no sé qué cojones le ocurrió que pasó de estar feliz, al menos aparentemente, a tener una cara de estreñida digna de la mejor actriz de supositorios de la televisión. Al final usando la lógica llegué a la conclusión de que le molestó algo de lo que le conté sobre Abi, pero ella escurrió bien el bulto con el tema del Torneo que se celebraba en Hogwarts. Y al decirle yo que no la creía, viendo que se ponía aún más colorada, ya di por hecho que efectivamente, se trataba de Abi. Sin embargo no me dio tiempo de almacenar bien esa información en mi mente, porque caí en la cuenta de lo que me había dicho sobre el Torneo. Me di cuenta, casi en un relámpago mental, que Rose era una de las participantes. Y obviamente me quedé entre incrédulo, sorprendido, preocupado y acojonado. Hasta noté que palidecía. ¿Cuándo coño pensaba contármelo? Omití sus intentos de tranquilizarme, porque eran totalmente en vano. Y encima la tía, con todo el morro del mundo, ¡se quejaba de que le pusiera guardaespaldas! ¡Y va por ahí metiéndose en la boca del lobo ella solita!

- ¿Qué desafío ni pollas en vinagre? - solté con muy mala hostia, mirándola con los ojos muy abiertos. Cuando mencionó Hogsmeade me callé y traté de relajar mi expresión para no empeorar su ánimo, pero no sé si sirvió de mucho. No lo creo. La noticia de que Rose participaría en esa mierda me había dejado en una mezcla al 50% de estupefacción y enfado. - No, no hubo ningún Torneo cuando yo estaba en Hogwarts, pero he oído hablar de ex participantes de otras ediciones. Está claro que Dumbledore no va a dejar que a nadie le vaya a pasar nada grave, habrá medidas de seguridad y esas mierdas - o al menos, eso esperaba. - pero puedes tener cualquier accidente. He oído hablar de un tío que participó en uno y acabó pasando dos años en San Mungo. - le conté, sabía que era información que podía omitir porque ella ya estaría bastante nerviosa,  pero coño, es que me había dejado con los huevos tan retorcidos que por poco me hace una vasectomía. - Deberían deciros al menos de que irá la primera prueba. No pueden teneros a ciegas. - opiné, era una locura no darles al menos pistas. - ¿Baile de Navidad? - repetí, riéndome después. - De eso sí tuve. Tres, si no recuerdo mal. Las tres veces se lo pedí a chicas aleatorias que vi por los pasillos. Luego dirás que la edad es solo un número, pero me habría venido muy bien que coincidiéramos en Hogwarts. Bueno, lo importante, ¿con quién vas a ir? No me la cueles con que estás buscando pareja porque dudo mucho que lo necesites. Seguro que, y te cito “ya sabía yo que los hombres te rifaban”. - especifiqué, esa frasecita tan absurda y a la vez fuera de lugar no se me iba a ir de la cabeza. Y en este caso sí venía a cuento, porque como me dijera que no tenía ni un solo pretendiente me iba a reír en su cara.
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Invitado el Jue Dic 17, 2015 11:15 am

Me sentí halagada de que Magnus admitiera que, aunque no era lo suyo, estaba dispuesto a ir a una fiesta de disfraz, disfraz incluido, si yo iba con él. Por eso, le pregunté por qué disfraz le gustaría que llevara puesto llegado el momento; en sí quería la idea, porque luego mi creativa mente era más que capaz de darle forma. Le miré con la boca entrebierta, fingiendo sentirme ofendida (aunque en el fondo su respuesta me hizo gracia, lo reconozco), cuando dijo que mi disfraz ideal era uno de zombie, sobre todo durante mi época de exámenes. Muy gracioso, Mag. ¡Veremos si dices lo mismo cuando mis putrefactos dientes de zombie te muerdan el cuello! Mi activa imaginación, que no necesitaba apenas estímulo para imaginar cualquier escena, tuvo suficiente con aquello; sentí un hormigueo cuando me imaginé a mí misma mordiendo el cuello de Magnus, así que traté como pude de olvidar la escena antes de que Magnus me notara algo raro. Para cambiar de tema (más o menos), le dije que aquel año me había disfrazado de Uruk-hai para la fiesta de Hogwarts y le conté lo divertido que había sido. Pero claro, Magnus tenía que ser tan mago que no tenía ni idea de lo que era un Uruk-hai. Durante un momento le miré con ojos como platos, esta vez mostrando una ofensa sincera, antes de mostrar una cara más neutral. No es "urukai", es "Uruk-hai". Pero tranquilo, pronto descubrirás qué son y de dónde vienen. Torcí una media sonrisa maquiavélica, algo que no era nada común en mí. Pero lo que no sabía Magnus es que me acababa de dar otra buenísima idea para su regalo de Navidad; como siguiera así, dándome tantas ideas, iba a tener ideas hasta para su cumpleaños.

Después habíamos pasado a hablar de inventar un nuevo hechizo, el Darth Vaderus. Yo sola, toda motivada, lo había sacado a colación, y Magnus, como el caballero que es, se había ofrecido a tratar de inventarlo, aunque no me prometió nada porque según él era muy difícil. Pero el tema de inventar un hechizo tenía también el problema de que, llegado el momento, habría que inventar otro hechizo para finalizarlo, o el mago o bruja que lanzara el Darth Vaderus se quedaría con voz de Vader para siempre. Estuve un rato dándole vueltas a ver si sacaba un nombre de hechizo decente, pero al parecer toda la inspiración se me había ido en Darth Vaderus. Pero según Magnus, con un Quietus a lo mejor bastaba. ¿Tú crees? Claro que no sonaba tan épico, peeero... Luego magnus dijo que tampoco había garantías de que Quietus funcionara, y solté una risita al imaginarle en sus juicios con voz de Darth Vader. Si ya impones como fiscal, no te digo nada si encima tu voz fuese la de Darth Vader. Les dejas a todos firmes en el asiento con una voz. Aunque, viéndole cabreado, seguro que eso también lo conseguía ahora con voz normal. Sea como fuere, Magnus seguiría siendo Magnus para mí con voz de Vader o no. Es decir, me había regalado una Saeta y un bate nuevos y además se había ofrecido a inventar mi propio hechizo. Este hombre es un cielo...

...tan cielo que una tal Abi se me había adelantado. Bueno, no, no es que se me hubiera adelantado; me daba corte confesar a Magnus que veía en él a más que un amigo porque él siempre ponía entre medias de nosotros los quince años que nos separaban y seguro que si le confesaba que me gustaba se reía en toda mi cara y no quería saber nada más de mí, y por ahí no pasaba. Pero al parecer esta Abi era más de su edad, con empleo estable y la sangre limpia, lo que hacía que a su madre le cayera tan bien que les había dado su bendición y encima le había enseñado fotos de Mag de pequeño. Era demasiado para mí. Y lo peor: esa vez no logré disimular, como las anteriores, lo que pasaba por mi cabeza. Por suerte, conseguí desviar la atención hacia el Torneo, y en cuanto Magnus comprendió que yo era una de las campeonas pareció olvidarse de toda Abi y centrarse únicamente en mí. Hubo un momento en el que me asustó mucho porque se quedó muy pálido de repente, pero enseguida se repuso. Aun así, yo traté de tranquilizarle, diciéndole que solo era un Torneo y explicándole mis motivos para presentarme. A lo mejor él, como alguien que venía de una familia mágica, no me lograba entender, pero para mí com sangre sucia era muy importante demostrarme mi valor en el mundo mágico. Y, como esperaba, Magnus no me entendió.

Puse los ojos en blanco cuando dijo que qué desafío ni que nada porque era tal y como me lo había imaginado, aunque tampoco quería ser dura con él porque sabía que su mal humor venía de su preocupación por mí. Le confesé que obviamente tenía miedo por el Torneo pero que era algo que había elegido yo por mí misma, y no como lo que me había pasado unos días atrás. Noté el cambio en su cara cuando mencioné Hogsmeade, y le pregunté si hubo Torneos cuando él estaba en Hogwarts. Al parecer no, con lo cual adiós a mi mínima esperanza de que la experiencia de Magnus y su sabiduría pudieran iluminarme un poco mi incierto camino, y me sentí aún más intranquila y temerosa cuando me dijo que sabía de un campeón de un Torneo que había pasado dos años en San Mungo después de la experiencia. ¿Sabes qué le sucedió? Al menos podía aprender de los errores de aquel tipo y saber cómo no hacer las cosas. Claro que a lo mejor actuaba distinto y terminaba muerta, pero mejor no pensar en eso y ser optimistas, porque si no me da algo.

Cuando me preguntó si sabía algo de la primera prueba le dije que no, y le confesé que estaba de los nervios (cualquiera podía imaginarse, sin ver mi histerismo, que un Ravenclaw que no supiera nada no era una persona muy estable mentalmente), pero que viendo las fechas del curso en que estábamos, probablemente fuera después de Navidad. Asentí con cara de angustia, completamente de acuerdo con Mag, cuando dijo que al menos tendrían que darnos una pequeña pistita, no dejarnos en la más completa sombra... pero claro, dile eso a Dumbledore, quien según muchos era el mago más brillante de todos los tiempos. Seguro que el hombre tenía sus razones, aunque aún no supiéramos cuales. Después le mencioné a Magnus el Baile de Navidad y le dije que, si encontraba pareja, me tocaría abrirlo con los otros campeones. Magnus dijo que de eso sí que había tenido en tres ocasiones y que en todas había ido con chicas a las que había pillado por los pasillos cualquier día normal. ¿En serio? Mi imaginación volvió a jugármela cuando me imaginé un día normal, con la mochila a la espalda, atravesando un pasillo cualquiera, cuando de repente el Magnus actual, aunque vestido con el uniforme de Gryffindor, me paraba en el pasillo y me pedía ser su pareja. me ruboricé; habría sido tan genial... Justo entonces, él dijo lo mismo, lo cual me despistó un poco. Acababa de contarme sobre su relación con Abi, y ahora me decía que ójala y hubiéramos coincidido en Hogwarts. ¿Eh? ¿Me lo habrías pedido? le pregunté, algo ruborizada aún; en el fondo me había sorprendido aquello, me imaginé que en la situación actual hubiera ido con la tal Abi. Y probablemente con ella sí que hubiera coincidido en Hogwarts.

Después, Mag se interesó por saber con quien iba a ir, no creyéndose eso de que no tenía pareja. Abrí los ojos sorprendida y eché para atrás la cabeza, completamente en shock, cuando él citó mi frase anterior adaptada a mí, diciendo que los hombres me rifaban. ¿Por quién me había tomado? Resoplé con una risa cargada de ironía. No sabes con quien estás hablando, Mag. Me pasé la Saeta de Fuego al brazo con el que sostenía el bate, sujetándolos a los dos como podía, para dejar el otro brazo libre. Primero, soy una Ravenclaw que se pasa más tiempo estudiando en la biblioteca que en la Sala Común. Extendiendo el brazo libre hacia Mag, le mostré el puño cerrado y extendí el pulgar. Una Ravenclaw a la que, por cierto, le cabrea enormemente cuando la gente va a la biblioteca a marujear y no a estudiar, y que no duda en mandar callar a la mínima señal de molestia. Pero en serio, para eso que se queden en la Sala Común o en cualquier otro lado del castillo, que anda que es pequeño. Segundo, además de una "empollona insufrible", tal y como muchos me consideran, también soy una sangre sucia. Extendí el dedo índice, mostrándole dos dedos a Magnus, y fruncí el ceño; no me gustaba que me llamaran ni lo uno ni lo otro. Lo de empollona no era para tanto, solo cumplía con mis obligaciones de estudiante. Y lo de sangre sucia me jorobaba porque sabía las implicaciones que aquello tenía y que a quien despreciaban, más que a mí (que también), era a mi familia. Y tercero, soy golpeadora del equipo de quidditch, y muchos me odian por derribarles con las bludgers. Levanté un tercer dedo, sintiéndome fastidiada igual. Entendía la competitividad en el quidditch porque yo era también competitiva, pero jolín, que es un deporte, no te quiero matar cuando te lanzo una bludger, solo quiero que tu equipo no gane. Resoplé, negando con la cabeza y mostrándole a Mag los tres dedos. Así que sí, los hombres me rifan mucho. Rodé los ojos. No podía culpar a Magnus por verme con buenos ojos, pero esa no era la realidad.
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Invitado el Jue Dic 17, 2015 3:10 pm

A mí que me diga lo que le salga del coño, pero urukai me sonaba a hechizo que te provoca algo desagradable, como escupir babosas, granos de pus o algo semejante. No me sonaba a disfraz. La cara de ofendida que puso fue hasta graciosa, pero a la muchacha se le olvida a veces que he tenido una educación purista hasta el extremo toda mi vida. Lo poco muggle que conozco es lo que ella me enseña como si fuera una auténtica maestra Jedi, y lo que veo por la televisión. Y teniendo en cuenta que conocí las maravillas de la televisión hace cuatro o cinco años… sé más de las sociedades muggles del pasado gracias a la literatura, que de las actuales.

- Uru-kai… urakei… uruk-hai. ¿Ahora? - fui probando, confuso, sintiéndome gilipollas. Que puto trabalenguas. - No me digas que me vas a hacer ver más películas de tíos que viajan por el espacio, por favor. - le pedí, creo que con Star Wars y Star Trek tengo más que de sobra, gracias.

También me sentí un gilipollas cuando accedí a intentar crear un hechizo tan estúpido que me daba vergüenza ajena imaginarme en mi casa practicándolo. Que sí, no seré una buena persona, habré cometido millones de errores en mi vida y seré un cabrón el 90% del tiempo, pero creo que este tipo de acciones compensan la balanza un poco. Casi me entran temblores al imaginarme con la voz de Darth Vader trabajando.

- No necesito un Darth Vaderus para dejarlos todos firmes. Hay un becario que cada vez que me ve tiembla y se le cae algo de las manos. Una vez me cabreé con él porque es un auténtico inútil, no te haces una idea, y se puso a llorar. Casi me da pena. Casi. - enfaticé con aire divertido. Sí, soy un cabrón, me divierte ver cómo la gente me tiene miedo en el trabajo o aparta su mirada de la mía como si con ese gesto pretendieran hacerse invisibles. Pero si me he trabajado una reputación es por algo, porque lo veo necesario para seguir progresando laboralmente. Y, por qué mentir, me gusta ejercer poder. - Si trabajaras en el Ministerio y nos hubiéramos conocido en un ambiente laboral seguramente no me soportarías. A lo mejor por eso prefiero que luches por ser jugadora de quidditch y no entres a trabajar en el Departamento de Juegos Mágicos. - dejé caer, aunque ni yo estaba muy seguro de lo que decía. Lo que sí estaba seguro es de que Rose es la segunda persona capaz de ablandarme. La primera mi querida y bendita madre.

Casi me da un infarto cuando me enteré, totalmente de casualidad y de la manera más estúpida, que la niña en un arrebato se apuntó al Torneo que celebraba Hogwarts. Y lo peor es que había salido elegida. Ella intentaba defenderse diciendo no sé qué de desafío, de probarse a sí misma y expresiones parecidas que aunque las podía entender ejerciendo empatía (que aunque parezca mentira, tener tengo) me seguían pareciendo chorradas en su caso. Es una gran bruja para ser tan joven, no necesita meterse en la boca del lobo. ¿Para qué? ¿Para demostrarlo a los demás? Estaba tan preocupado por el tema y a la vez tan impresionado, que no me paré a reflexionar que en su lugar yo también me hubiera apuntado al Torneo. Era la clase de empresa a la que me tiraría de cabeza, y más cuando era un adolescente rebelde lleno de granos. Pero claro, en esos momentos me preocupaba más la integridad de Rose que mi propia hipocresía no confesa.

- No sé detalles, pero por lo visto en mitad de una prueba se encontró con otro participante y empezaron a duelarse con hechizos no aptos para adolescentes… cada uno debía hacer no sé qué cosas y en vez de seguir las reglas se pelearon entre sí. Imagino que tendrían cierta rivalidad desde antes del Torneo, porque uno era Gryffindor y el otro Slytherin. Al final el Gryffindor perdió el duelo, recibió un montón de maldiciones, perdió parte de la memoria, tuvo alucinaciones… al otro le expulsarían, imagino. - o eso esperaba, porque tiene cojones que algo así pase en un colegio que supuestamente vela por el bienestar de todos sus alumnos. En realidad desde el suceso de Rose cada vez tenía menos fe en que Hogwarts fuera un lugar seguro. - Espero que en este Torneo gane Gryffindor. - comenté, seguido de una sonrisa burlona. - Es coña, quiero que ganes tú. Seguro que ganas. Pero ten mucho cuidado, me cago en la hostia. Cómo te pase algo te mato. - le advertí muy seriamente. Ya estaba asimilando el hecho de que hubiera cometido semejante insensatez, pero eso no quitaba que me preocupara igualmente. Al decirme ella que tenía baile de Navidad me reí y le conté que yo también tuve que sufrir algunos. - Era eso o iba solo. Y tampoco quería ir solo, iba a parecer un marginado y por aquel entonces me preocupaban esas gilipolleces. - le conté, para que vamos a engañarnos, yo con su edad era subnormal. Lo reconozco. Rose volvió a ponerse colorada, y teniendo en cuenta que era la vigésima vez que se sonrojaba en una hora empezaba a creer seriamente que tendría fiebre. - Rose, si iba por el pasillo haciendo el gilipollas diciendo “¡eh, la Huffle pelirroja, ¿quieres ir conmigo al baile?!”, es obvio que te lo habría pedido a ti. - no entendía por qué eso exactamente requería explicación. Lo veía lógico. Me habría ahorrado hacer el subnormal que te cagas. Fuera aparte de tener una mínima oportunidad de meterle mano y esas cuestiones totalmente aleatorias.

Quise sonsacarle con quien iría al baile, porque yo daba por hecho que tendría una larga lista de tíos que querrían acompañarla. Entre follamigos (no me engaña tu cara de modosita, guapa), rolletes y pretendientes, tendría donde elegir. Y no me refería solo a Rose, sino a las chicas en general, es bien sabido que ellas tienen un don especial para ligar. Desde siempre las mujeres lo tienen más fácil, tengan la edad que tenga. Nunca he entendido bien por qué, pero es una verdad universal. Alcé una ceja con gesto sarcástico cuando Rose empezó a hacer una supuesta lista de razones por las que no tiene éxito con los chicos. Razones bastante absurdas, desde mi punto de vista.

- ¿En serio me vas a decir que no existe ni un solo chaval en Hogwarts que también sea un empollón, que se pase todo el día en la biblioteca, que sea miembro del equipo de quidditch y que no sea purista? - le pregunté retóricamente, todavía con la ceja alzada en señal de escepticismo. Venga ya cojones, ni que fuera la única Ravenclaw empollona de origen muggle de la Historia. - Y ni eso, tampoco hace falta que sea tu versión masculina. Me apuesto lo que quieras a que hay un montón de tíos que harían cola para ir al baile contigo, y para otras cosas también, pero esas no las especifico que creo que ya bastante te he pervertido hoy. - si la reacción de Rose al contarle detalles sin importancia de mi vida sexual fue la hostia, no me quiero imaginar si le cuento lo que probablemente un adolescente pajillero querría hacer con ella. Al final será verdad que es una modosita… pero no, todavía no me lo creo. Sería demasiado irreal para ser cierto. - Eres guapa, simpática e inteligente. No necesitas más. Y si alguien no te ve así es gilipollas. Ellos se lo pierden. - le dije intentando animarla, porque aunque no quise preguntar, todo el sermón que me acababa de meter me sonaba demasiado a una chica despechada.
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Invitado el Vie Dic 18, 2015 12:36 pm

Le observé en silencio mientras intentaba decir bien la palabra Uruk-hai, y sonreí ampliamente, muy ilusionada, cuando AL FIN dijo el nombre correctamente. Lo que diojo a continuación me hizo reír mucho. Pobrecito... no tenía ni idea. De momento. Pronto lo solucionaría. Lo prometo, no más viajes por el espacio. De haber tenido alguna mano libre, la habría levantado para dar mi palabra de honor. Estos sólo viajan por la Tierra Media. La sonrisa que le mostré era de las que no se sabe si estás hablando en serio o en broma, pero tampoco quise desvelarle más detalles. Ya se llevaría la sorpresa en Navidad, que además estaba a la vuelta de la esquina.

No me sorprendió que dijera que no necesitaba hechizo alguno para dejar a todo el mundo firme con una sola voz; su tono de voz era ya de por sí bastante profundo y potente y, aunque a mí me resultaba cautivador, sabía lo mucho que imponía cuando se ponía serio o cabreado o ambas. Porque yo ya le conocía y sabía como era, pero le veo de primeras cabreado conmigo y me asusto. Me dio pena por su pobre becario; vale que a lo mejor era un poco torpe, pero me pareció que llamarle inútil era demasiado. Eres cruel, Mag. Tú tampoco empezaste sabiendo. Al menos con eso me dejó claro de que había una cosa que nunca cambiaba, fuera el mundo muggle o el mágico: los becarios siempre se pringaban hasta las orejas. Luego le miré incredula cuando dijo que, de habernos conocido en el Ministerio, él me habría caído mal porque su personalidad cambiaba en el trabajo. Puse los ojos en blanco y sacudí la cabeza. Tú no me has visto en Hogwarts cuando mando callar a la gente que arma barullo en la biblioteca. Recuerdo en el año de los TIMOs a un alumno de primero o segundo; estaba comiendo una rana de chocolate con la boca abierta, haciendo mucho ruido, mientras leía un comic o algo así y se reía a toda voz, mientras yo estaba estresada tratando de aprender todas las propiedades de la savia de la tentácula venenosa. Le pegué tal voz que el niño se quedó blanco del susto. Después me dio algo de pena, pero jolín, me jugaba mi futuro. Pero tú por eso no te preocupes, el quidditch es mi primera opción y sabes lo tozuda que puedo llegar a ser cuando me empecino en algo. Toda la charla que había tenido con Danny meses atrás me había hecho reflexionar sobre el tema y había arrojado algo de luz a ciertas dudas existenciales sobre el tema, pero si algo tenía seguro era de que iba a ir a por todas.

Después, terminé confesándole a Mag que era una de las campeonas del Torneo. Al principio me asusté porque creí que le estaba dando un ataque, pero después pareció asumirlo poco a poco después de demostrar que el shock inicial no le había afectado a las cuerdas vocales. Me asustó un poco cuando me habló de un campeón anterior que había tenido que pasar dos años en San Mungo, así que naturalmente le pregunté si sabía lo que le había pasado. Puse los ojos en blanco cuando dijo que había sido un enfrentamiento de un Gryffindor contra un Slytherin. Típico. ¿Qué os pasa a los Gryffindor y a los Slytherin? Parece que uno de vuestro hobbies es odiaros, yo no me lo explico. Conocía a gente de todas las casas, y había gente de mi propia casa más prepotente que algunos de Slytherin, así como Gryffindor que me caían peor que alumnos de cualquieras de las otras casas. Pero hablara con quien hablara, parecía algo genérico que hubiera Gryffindor y Slytherin que se odiaran entre sí, y aunque llevaba siete años en Hogwarts aun no había conseguido entender el porqué. Por favor, dime que tú no eras de esos bravucones de Gryffindor que se enfrentaba a los Slytherin así porque sí. Mi imagen idealizada de Magnus era incompatible con eso, pero tenía curiosidad. Aunque imaginaba que probablemente al revés sí que le hubiera pasado por la procedencia de su familia; no sabía mucho, solo lo que él me había contado en alguna ocasión, pero me era suficiente para imaginarme la situación. En fin, al menos me quedo más tranquila. Pensé que había sido algo de la prueba, y no las hormonas, lo que le había llevado a estar dos años ingresado.

Le miré con el ceño fruncido, divertida, cuando dijo de broma que quería que ganara Gryffindor, pero enseguida dijo que era broma, que quería que ganara yo, así que no me dio tiempo a contestarle a lo primero. Magnus, como Davina y muchos otros alumnos, parecía estar completamente convencido de que iba a ganar; a lo mejor a él le hubiera creído si, en vez de gustarle la Historia de la Magia, le hubiera gustado tanto la Adivinación. Después, volvió a su irritación de "como mueras, te mato". En parte a mi también me daba mucho miedo lo que pudiera pasar, pero a lo hecho pecho. No te preocupes, estaré bien. Ni yo misma me creí esas palabras, pero al menos el quidditch me había ayudado a movemerme más deprisa y a esquivar golpes físicos, y los hechizos defensivos harían su parte con los elementos mágicos. Pero me haría mucha ilusión que vinieras a verme a alguna prueba, aunque no sé si los de fuera de Hogwarts podreis. Si me entero de algo te aviso, ¿vale? Imaginarme a magnus desde las gradas, apoyándome, me infundía de un valor que hubiera sido digno de un mismísimo Gryffindor. Aunque claro, luego estaba la otra cara de la moneda: si lo hacía mal, tendría que sufrir una mayor decepción porque él me habría visto fallar, por no mencionar de como se pondría si sufría un solo rasguño y no podía hacer nada, teniendo que limitarse a verme magullada desde la distancia.

Con el Baile de Navidad se relajó un poco el ánimo, sobre todo cuando me dijo por activa y por pasiva que de haber coincidido en Hogwarts me lo habría pedido a mí (y lo siento por la tal Abi, pero Mag es mi Mag y hubiera sido muy genial... por no mencionar que me habría asegurado como nunca antes de estar realmente espectacular para que él no hubiera tenido ojos para otra persona más que para mí), aunque también me hizo ver la buena imagen que tenía de mí. Incluso tuvo el suficiente humor para citarme a mí misma y decir que los hombres me rifaban, pero le hice ver rápidamente las razones por las que no. Le miré con el morro fruncido ante su pregunta; la forma que había tenido de decirlo, como incrédulo, no me había gustado mucho porque parecía como si la loca fuera yo. Resoplé cuando dijo que seguro que había un montón de tíos haciendo cola por mí para ir al baile, aunque me quedé pillada cuando dijo lo de "y otras cosas". ¿Qué otras cos...? Entonces caí a qué otras cosas se refería y me detuve en seco, abriendo mucho los ojos con sorpresa. Oh. Lo cierto es que después de contarme su increíblemente activa vida sexual, tampoco era algo que me sorprendiera mucho. Le di un toque amistoso en el hombro con el bate. Eres un viejo verde, que lo sepas. No me gustaba lo del tema de los quince años que nos separaban, pero en ocasiones como aquella me lo ponía a huevo. Después Magnus siguió tratando de convencerme de que de que debía ser un diamante en bruto o algo, pero fue la forma en que me lo dijo, casi como si lo sintiera de verdad (pero no, claro, qué ilusa soy. Él tiene a la tal Abi), lo que me hizo mirarle con ojos brillantes y volverme a sonrojar, sintiendo mariposillas revoloteando en el estómago. Guau. Eso... ha sido muy bonito, Mag. Sonreí algo cohibida. ¿En serio lo piensas así? Por supuesto, no me refería a que pensara que los hombres me rifaban; me acababa de decir que era guapa, lo que quería decir que él me veía guapa. Por supuesto, no era estúpida, y teniendo a Abi solo podía soñar con Mag cuando cerraba los ojos, pero... aquello había sido indescribible. De haber podido, me hubiera puesto a dar saltos de alegría por el prado. ¡Magnus me veía guapa!

Todo intento de seguir con la conversación se interrumpió cuando mi tripa rugió como si fuera el mismísimo Chewbacca; Magnus se rió de mí pero me acompañó a Hogsmeade, a riesgo de que todo el mundo le viera por el pueblo disfrazado de Spock, donde entramos a Las Tres Escobas y comimos algo mientras retomábamos la conversación de antes. Después de comer, él tenía que irse a nosequé del Ministerio, pero se aseguró de dejarme lo suficientemente cerca de Hogwarts (sus guardaespaldas siempre vigilando, para mi irritación) como para asegurarse (él y yo también, porque aunque no lo decía me daba angustia quedarme sola en plena calle) de que llegaba al castillo sana y salva. Le di un gran abrazo de despedida, agradeciéndole de nuevo su regalo de Navidad y haciéndole prometer que le daría un achuchón a Ares de mi parte, y cada uno se fue por su sitio. No se me escapó que por Hogwarts todo el mundo me miraba con los ojos como platos al verme con el bate en una mano y la Saeta en el otro, pero la verdadera explosión vino cuando llegué a la Sala Común y me encontré a todas mis amigas esperándome en la puerta y preguntándome histéricas todos los detalles de mi encuentro con Mag. Rodando los ojos , alcé como pude las manos para mandarlas callar. Tranquilas, tranquilas. No os aturuyeis. ¿Veis lo malo que es comer tanto azúcar? Os pone histéricas. Suspiré. O eso o estaban todas en el peor día de su regla, pero no porque si no a mí también me habría bajado; eso sí que era cosa de magia. Dadme un segundo que suba esto a mi cuarto y cuando baje os cuento todo. Ellas no lo sabían, pero lo mejor me lo iba a guardar para mí.

Cuando un minuto después bajé, ya con las manos libres, del dormitorio femenino, me las encontré a todas sentadas en los sillones junto a la chimenea, palmeando en el sillón de en medio con una mano. Suspiré, resignada mientras me dirigía adonde ellas me decían. Luego decían de la tal Oprah, pero estas cotillas la ganan por goleada con tanto marujeo.
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