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Hogsmeade era mucho más bonito de lo que recordaba · Sylvan Dankworth

Invitado el Miér Dic 23, 2015 10:32 pm

Pequeño, acogedor y sencillo; así era Hogsmeade, el pueblecito que se situaba al lado de Hogwarts y que todos los estudiantes visitaban durante los fines de semana en época escolar. Las llamas de las chimeneas y las velas brillaban a través de las ventanas y escaparates de los edificios, los tejados estaban vestidos de nieve y el aire mecía suavemente las diversas decoraciones navideñas que los habitantes habían colocado por los rincones del lugar. Narcissa no recordaba cuando fue la última vez que paseó por aquellas calles, pero se sintió traicionada por su recuerdo: . Llevó sus manos hacia el gorro que le cubría la cabeza, tapándose así las orejas, y volvió a meter las manos en el bolsillo de su larga chaqueta de invierno. Después de pasarse el primer día de prácticas en la enfermería del colegio e incidentes fingidos por los estudiantes sólo para verla, Narcissa sentía la necesidad de salir de allí. Pese a todo, no se veía con corazón de volver a su casa. Necesitaba aire fresco, algo con lo que despejarse; encerrarse en una gran mansión entre elfos domésticos y un marido que no sonreía ni por casualidad no se aproximaba  a sus necesidades.

Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando pasó frente a la tetería de Madam Puddifoot, donde había tenido algún que otro encuentro furtivo con estudiantes que la pretendieron en el colegio, y vio salir de allí a una joven pareja. Se vio reflejada en esas caras, en esa ilusión infantil. Ella había sido muy feliz en su etapa escolar, aunque todos aquellos recuerdos y sentimientos estuvieran ya muy lejos de su vida actual. Cuando pasó frente a Honeydukes no pudo evitar entrar en la tienda y, esta vez, todo estaba como lo recordaba. Cerró los ojos, inspiró el dulce aroma que desprendían los productos. Quizás no encajaba con su imagen de adulta madura y educada, pero salió de allí con un saco lleno de aquellas golosinas que solía comer. Pese a todo, escondió la bolsa entre los pliegues de la chaqueta, caminó hacia uno de los callejones y, cual furtiva, se comió uno de los dulces a escondidas: le daba vergüenza que la vieran con aquello.
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Invitado el Lun Dic 28, 2015 1:53 pm

Hogsmeade era uno de esos pequeños sitios especiales en los que a pesar de lo mucho que cambia todo con el paso del tiempo, aun se pueden apreciar ciertas tradiciones. Yo nunca he sido una persona tradicional, tengo que reconocerlo, pero cuando la navidad llega, año tras año, por mucho que me haga el duro, me gusta respirar el espíritu navideño. Parece como que la gente está de mejor humor y la nieve que cubre casi todo bien acompañada de una nueva capa de positivismo. Yo jamás dejaría ver que esas cosas me gustaban o siquiera me parecían bien. Me paseaba por aquel pueblo, observando a la gente, embutido en mi aspecto de tipo rebelde al que le encantan el cuero y las cadenas, sin mencionar ni hacer ver a nadie que algunos de mis recuerdos más felices habían sido con mis hermanos en las vacaciones de navidad.

Paseaba por aquellas blancas calles cargadas de villancicos y amor y esas cosas cuando vi a lo lejos una cabellera rubia que me resultó vagamente familiar. En un primer momento no le hice demasiado caso, pero a medida que me acercaba me di cuenta de que aquella mujer era Narcissa Malfoy, una de las mujeres más guapas que conocía, tristemente casada con un lameculos más rubio que ella. Lucius y yo no teníamos relación, así que no nos llevábamos ni bien ni mal, pero su actitud de lameculos ante unos y su altanería ante otros me sacaba de mis casillas. La estupidez de tatuarse la marca tenebrosa como una declaración de principios hacia su amo y señor solo le ponía la guinda al pastel. Era una estupidez que a otros mortífagos, como mi hermano o su mujer, les pasaba por alto, pero en él hacia que su persona me resultase todavía más desagradable.

Seguí a Narcissa a una distancia prudente hasta que se metió en Honeydukes. Resultaba demasiado tentador entrar y comprar dulces como para seguirle, además, la pista a una mujer casada. Entre momentos después de que entrase ella igualmente, buscando comprar algo y si no le perdía la pista pues mejor que mejor, pero no tuve suerte. La multitud de estudiantes que allí había hizo que la rubia desapareciese para mi, pero si que logré salir de allí con un buen cargamento de dulces para mi, mi hermano y mis sobrinos. Tras pagar lo que me llevaba y cruzar una vez más el umbral de la puerta, la figura de la rubia envuelta en ropa de abrigo volvió a aparecer en mi campo de visión. Yo sonreí

Una vez más, como una especie de acosador, la seguí solo por diversión y cuando giró para meterse en un callejón, vi mi oportunidad de abordarla. Cuando di la curva que me sacaba de la calle principal y me llevaba al callejón, me encontré a una Narcissa con actitud furtiva, comiendo de una enorme bolsa de dulces. Una vez más sonreí sin que ella me viese. Probablemente nunca llegase a saber que, en aquel día navideño, ella se había convertido en mi pasatiempo principal por puro aburrimiento.

- Vaya, que imagen tan tierna- dije con una sonrisa ladeada y algo descarada- Pensé que era imposible que fueses más hermosa pero verte disfrutar de los caramelos como una niña traviesa me ha roto los esquemas.- dije zalamero mirándola directamente sin cortarme ni un pelo. Yo era parte de la misma sociedad que ella, pero era todo lo contrario a lo que ella conocía en su marido que, según tenía entendido, tenía muy interiorizadas las normas de las familias de la alta sociedad mágica. Yo era una oveja negra.
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Invitado el Sáb Ene 02, 2016 6:12 pm

La pared de piedra en la que apoyaba su cabeza y espalda estaba lejos de ser cómoda, cálida o acogedora. El frío invernal había calado en el revestimiento de la pared y los pequeños brotes de musgo que crecían entre el cemento y la piedra se encontraban vestidos de hielo, un hielo que se derretía con el contraste del calor procedente del interior y que amenazaba con mojar la cabeza de la muchacha. Apenas un par de farolillos iluminaban la calle, que parecía desierta, y una figura masculina se acercaba por la misma esquina que había cruzado ella unos segundos antes. Pero Narcissa no prestaba atención a esos detalles. Cruzó las piernas uniéndolas por los tobillos para acomodarse al tiempo que mordía unos de las nubes de cereza. Una sonrisa infantil se dibujó en su rostro al tiempo que el dulce explotaba en su boca, dejando que un líquido algo más ácido que el sabor de la nube recorriera su lengua, y después de derretía. Siempre había disfrutado con el contraste de sabores y texturas que le ofrecía dicho dulce y, por ese motivo, esa había sido una de las golosinas que más compró en su época escolar. Quizás, también, esa era la razón por la que abundaban en su saquito de dulces.
 
Sobrevivía al amargor de la vida por dos motivos principales: sus estudios de medimagia y esos pequeños momentos de soledad. En ellos, Narcissa aprovechaba para dejarse llevar por los recuerdos, aquellos que le recordaban que la felicidad existía y que ella la había tocado en algún momento de su vida. Hogwarts era un tema al que recurría frecuentemente en esos momentos de ensoñación, creía que sólo allí había sido realmente feliz. Ni en su casa, ni en sus viajes, ni en aquellos momentos de lujo y poder. Los dulces le recordaban a Hogwarts. Cerró los ojos, justo en el momento en el que el hombre se aproximaba a ella, para disfrutar de un nuevo dulce, un nuevo sabor, una nueva textura. ¿Un nuevo encuentro?

Narcissa abrió los ojos de golpe al escuchar una voz cerca de ella. Observó el rostro del dueño de la voz, lo reconoció rápidamente y se incorporó casi tan rápido como escondió los dulces tras ella. Siempre había intentado aparentar que esa actitud suya, tan calculada y ensayada, era algo natural pero el descarriado de la familia Dankworth la había pillado por sorpresa. Masticó rápidamente, tragó. Si bien sabía que él se estaba deleitando del hecho de haberla descubierto en un momento, a su parecer, tan íntimo, no pudo evitar actuar de esa manera. - No deberías hablar así a una mujer casada – contestó ella adoptando su comportamiento habitual. Recuperada ya de la sorpresa, dejó de esconder la bolsa de dulces en un intento de parecer cómoda con la situación. Tenía las manos llenas de caramelo, que le hubiese gustado limpiar con sus labios, por lo que no dudó un segundo en sacar su varita para limpiarse. - Tampoco es correcto acercarse de forma tan sigilosa a una mujer – guardó la varita y cerró el saquito. - ¿Qué te trae por aquí? - Cordial, educada, aburrida. Sí, así era Narcissa con los conocidos. ¿Sería capaz alguien que rechazaba sus normas sociales tan abiertamente de sacarla de su papel? Ella estaba dispuesta a evitarlo y a restar importancia a lo que el muchacho acababa de verle hacer.
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Invitado el Mar Ene 12, 2016 11:06 pm

Una sonrisa se afincó en mi rostro al ver como la pobre Narcissa intentaba ocultar lo que ella debía considerar como un acto impuro o algo así. Algo tan simple e inocente como disfrutar de un dulce se volvía un motivo de crítica y juicio en la sociedad en la que ella y yo nos movíamos. En esta sociedad, tus padres te casaban, elegían todo por ti y una vez estaba firmado ese contrato de por vida, debías comportarte como el hombre o la mujer para el que te había educado. Debías comportarte según sus cánnones y aunque a mi eso siempre me resulto absurdo, aburrido y frustrante, la gente como la preciosa rubia que tenía delante en aquel callejón lo había asimilado y se había acostumbrado a ello, haciendo de sí misma algo que a mis ojos se parecía demasiado a un muerto en vida. Me preguntaba si disfrutaba teniendo sexo con su marido, por ejemplo, aunque lo dudaba, porque nadie que disfrutase en ese sentido de la vida podía ser así de frio y distante de todo lo que le rodeaba.

Me encogí de hombros mientras me acercaba a ella cuando me dijo que no debía hablarle así a una mujer casada. Metí la mano en la enorme bolsa que llevaba y cogí una varita de regaliz negra y llena de azucar del resto de gominolas.- Las normas de etiqueta nunca se me han dado bien. Me resultan agotadoras. Si yo me hubiese acercado a ti de una manera correcta, con una inclinación y un beso en tu pálida y delicada mano, habrías intercambiado dos palabras conmigo y me habrías dado con tu metafórica puerta en las narices sin que yo pudiera hacer nada porque las normas de protocolo me lo impedirían. Pero ahora que he aparecido por sorpresa, somos libres de hablar de lo que queramos sin preocuparnos lo más mínimo por nada- dije con una sonrisa final para acabar dándole un buen mordisco a la varita de regaliz.

A su pregunta de que me traía por allí, sonreí misterioso y levanté una ceja- Me aburría- terminé confesando con toda tranquilidad.- Tuve que venir a un encuentro a las Tres Escobas y cuando este acabo, y menos mal porque fue un soberano coñazo, decidí que me merecía un premio y me perdí entre la muchedumbre que invade Honeydukes. Al salir, no pude más que ver tu preciosa melena y la tentación de seguirte hasta este oscuro callejón se me hizo imposible de soportar. Después de verte devorando con tanta felicidad eso que hasta hace poco te manchaba los dedos, no puedo decir que me arrepienta.- dije manteniendo la sonrisa y sin apartar mi mirada de sus ojos en ningún momento. Eso que estaba haciendo yo era una falta de respeto para la gente como ella. Un hombre soltero no mira a los ojos directamente ni es tan honesto con una mujer casada y menos si es más joven que él. Pero toda la alta sociedad sabía que yo no estaba dispuesto a ser eso que ellos esperaban de mi, algo que había traido de cabeza a mi familia durante mucho tiempo.

- ¿Cómo esta tu marido? ¿Sigue teniendo un palo metido por el culo?- pregunté sarcástico y divertido- No entiendo que te llevó a casarte con él, la verdad. Alguien como tú, tan hermosa, con tanta vida reflejada en esos ojos claros...y encerrada en una cárcel de oro en la que no saben satisfacerla ni en el más pequeño de los sentidos- dije tirando de prejuicios y de lo que la observación me había llevado a notar. Me acerqué un poco más a ella, con una confianza que seguramente no me correspondía- ¿Quieres?- le ofrecí de mis dulces con total sinceridad y carente de segundos sentidos.
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Invitado el Jue Ene 14, 2016 8:27 pm

El tipo de sociedad a la que pertenecía le había enseñado que si existía algo más poderoso que el propio poder mágico, eso era el conocimiento. Ella era una mujer inteligente a la que siempre le había gustado ir un paso adelante de los que la rodeaban en lo que se refiere al saber. Como si se tratase de uno de los miembros de la casa  de las águilas, la rubia siempre fue de las primeras de la clase, siempre sintiendo la necesidad de saber más que el resto aunque se lo callase y no era perezosa en eso de pasar largas horas frente a un libro. Pese a valorar y apreciar esa faceta de su personalidad, sus ansias de conocimiento iban más allá del saber puramente intelectual. Ver, oír, callar. Por más que esos tres verbos parecieran no ser más que un tópico, Narcissa había aprendido a  poner en práctica aquella ideología en su vida. Gran parte de la sociedad mágica consideraban que ella no era más que un bello rostro y una figura esbelta, enseñada a sonreír más que hablar... Pero Narcissa sabía que eso sólo era el rol que debía adoptar. Le gustaba observar y escuchar; gracias a ello, creía conocer qué tipo de persona era el moreno que tenía delante.

Nunca fue un miembro del que los Dankworth presumieran, aunque tampoco era alguien que mereciera ser rechazado. Todo lo contrario, los patriarcas se limitaban a intentar evitar hablar de las aventuras de Sylvan. ¿El motivo? Él era todo lo contrario a lo que era Narcissa. Jamás intentó gustar a la élite mágica, jamás se comportó como debiera y eso siempre había llamado la atención de Narcissa. Los polos apuestos se atraen, dicen, y quizás eso era lo que hacía que la muchacha se hubiese molestado en leer y/o escuchar lo que decían de él. Nunca había intercambiado más de dos palabras con él, tampoco era algo que ella hubiese buscado en el pasado más no pudo evitar sentir una extraña aunque agradable sensación al encontrárselo cara a cara. Mucho más si no había nadie observándoles. Si su vida necesitaba algo eso era, precisamente, emoción. - ¿Qué te hace pensar que no te daré con mi metafórica puerta, como tu dices, en las narices? - preguntó observándole masticar el regaliz. - Al fin y al cabo, ambos sabemos que me perjudicaría que alguien apareciera por la misma esquina por la que has aparecido tú y me viese charlando animadamente contigo. - Intentaba mostrarse indiferente e incluso molesta, pero un esbozo de sonrisa apareció en su rostro cuando cruzó los brazos sobre el pecho.

Ese “no puedo decir que me arrepienta” hizo que el pálido rostro de la muchacha se tiñera de rosado por la zona de las mejillas. Él la miraba fijamente y a pesar de que Narcissa trató de sostener ese  pulso silencioso de miradas, no pudo evitar agachar la cabeza y mirar al suelo. Se sentía avergonzada por haber sido descubierta en un momento como aquel y se maldijo por dentro por no haber sido más cuidadosa. - Deberías arrepentirte – musitó apenas armándose de valor para levantar la mirada y encontrarse con los ojos de él en el mismo sitio dónde los había dejado. ¿O quizás se encontraban más cerca? - Lucius está bi... - cortó en seco su respuesta al escuchar su segunda pregunta y lo que vino después. Si bien sus ideas no se alejaban de lo que él decía, no pudo evitar que los nervios la invadieran. - Qué sabrás tú si mi marido o mi vida me satisface o no – contestó brusca.
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Invitado el Dom Ene 31, 2016 8:22 pm

En muchas ocasiones pensaba que las mujeres de la alta sociedad mágica eran como pajarillos enjaulados. Eran como pequeños canarios acostumbrados a vivir a la sombra de sus padres, de sus hermanos o de sus maridos...o incluso de otros miembros femeninos de su entorno que tenían menos miedo a resaltar que ellas. Era una manera de vivir triste para mi. Como si se hubiesen acostumbrado a estar a la sombra de alguien siempre y ya no les quedase nada que ofrecer. Todo eso era la imagen que yo siempre había tenido de ellas, como criaturas tediosas, delicadas y llenas de niebla, temerosas a probar cosas nuevas. Por eso, cuando me cruzaba con alguna, disfrutaba plenamente intentando escandalizarlas. No se puede decir que si eran un poco avispadas no se lo fuesen a esperar de mi. Mi fama también me precedia.

- Oh, nada me asegura que no vayas a echarme de una manera cruel. Eso es cierto. Pero como yo no sigo las normas de protocolo podría seguirte y atosigarte y tirar esa metafórica puerta sin el más mínimo remordimiento.- dije levantando una ceja y con una sonrisa atrevida.- Aun así, por favor, si alguien aparece por esa esquina que no te interesa que te vea conmigo, te lo ruego, crúzame la cara de un bofetón. Nada me exitaría más que ver esa pasión salir de ti- dije sin cortarme lo más mínimo. Si, en general, soy de soltar muchas frases con segundas intenciones, también hay veces que me apetece decir las cosas muy claras. Sobre todo cuando quiero que alguien hermoso se sonroje.

Sonreí sin dejar de mirarla ni por un segundo cuando se sonrojó tras decirle lo que me había gustado encontrarla disfrutando de aquel placer prohíbido para ella. Sin embargo, no tardé demasiado en sacar aquel tema que suponía que ella odiaría que yo sacase. Le pregunté por su marido, y dejé ver, ni corto ni perezoso, cual era la visión que yo tenía de su vida. Desconocía si mi visión y prejuicios hacían justicia a la realidad de su vida, pero tampoco me importaba demasiado. Mi misión principal en aquel callejón era pasar un buen rato y las reacciones de niña buena y recatada de Narcissa solo me estaban dando eso y en las dosis exactas.

- Venga...- dije con un ademán simpático mientras me quedaba a menos de medio metro de ella y continuaba sin bajar la mirada.- Una persona satisfecha sonrie, disfruta, y, sin duda, busca satisfacerse más. Tú te escondes en un callejón a comer dulces por miedo a que te juzguen débil ¿me equivoco? Apostaría que ese Lucius tuyo no sabe como hacerte sentir bien contigo misma. Que nunca te dice lo hermosa que eres y ves en sus ojos que te dice la verdad. Que nunca te toma como te gustaría o más o...menos respeto que del estípulado. Apostaría que solo teneís sexo para poder asentir sonrojadamente cuando alguien hace alusión a ello.- dije divertido sabiendo que me estaba pasando una vez más de la raya. Pero seguía sin importarme. No la conocía mucho tampoco, pero estaba viendo que ese bofetón iba a llegar a mi antes de que alguien nos interrumpiera y eso sería igualmente fantástico. Tenía ganas de romper la fachada de niña buena de esa mujer- ¿No quieres un poco de...pasión en tu vida?- Terminé por preguntarle con una sonrisa que dejaba traslucir en mi una intención algo sucia por mi parte. A mi no me habría importado darle algo de pasión a Narcissa y enseñarle lo que era la vida de verdad.

En ese momento desvié la mirada por unos segundos y vi unas escobas apoyadas en la puerta trasera de uno de los establecimientos que daban a aquel callejón- ¿Te gusta volar?- pregunté con una incitación en la voz mientras señalaba las escobas con la cabeza. Si me decía que sí, ella ya debería saber que estaba aceptando tomarlas prestadas y salir a ver mundo de aquel callejón conmigo. Nos deparase lo que nos deparase la nieve, las nubes o el frio.
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Invitado el Miér Feb 03, 2016 10:15 am

Era consciente de que para Dankworth, el haber provocado un encuentro con ella no era más que una excusa para aplacar la sensación de aburrimiento que él mismo había mencionado. Le daba miedo pensar en las consecuencias que le podía traer el dejarse embaucar por él. Es decir, ¿a costa de qué estaba dispuesto a divertirse? A costa de ella, por supuesto, pero Narcissa se preguntaba qué parte de ella era la que le podía interesar a él.  De la misma manera, no podía evitar sentirse atraída por las posibilidades que le ofrecía el continuar con el espectáculo en el que ambos estaban participando. Su mente se encontraba bailando entre dos aguas: el riesgo que corría al aceptar el juego de Sylvan, y el deseo de salir de la monotonía a la que estaba sometida su vida. Siempre fue una mujer muy curiosa. Narcissa se estaba dejando mecer por el baile del deseo. – Me pregunto cuáles son los motivos por los que estarías dispuesto a tirar esa puerta - comenzó a decir mientras se disponía a caminar alrededor de él. – Ambos sabemos que no sería más que una pérdida de tu valioso tiempo pues nadie te asegura de que esa acción te llevase a buen puerto – Hablaba despacio, segura de sí misma, digna. – Todo lo contrario, todo apunta a que sería todo un dolor de cabeza para ti el que yo me ofendiera por tu atosigamiento –. Se encontraba detrás de él cuando volvió a hablar. Pasión. Bonita palabra. No es que no fuese una mujer apasionada, porque sí lo era, pero no se le estaba permitido serlo. Se acercó al rostro del chico desde detrás, siempre a una distancia prudente, y acercó los labios a su oreja: - No dudes que te abofetearé si alguien aparece por ahí – susurró antes de alejarse de nuevo. Si había algo por encima de todo era su reputación. No estaba dispuesta a mancharla por un rato de diversión.

Cerró las manos en puños, frunció los labios y el ceño. La ira la estaba invadiendo de forma progresiva, al mismo ritmo que brotaban las palabras de los labios del moreno. ¿El motivo? Todas y cada una de sus palabras eran ciertas. Lo sabía, ella y Lucius y prácticamente toda la comunidad mágica. Casada con Malfoy por obligación, infeliz, insatisfecha en todos los aspectos de su vida marital. Sí, cierto. No por ello iba a tolerar impertinencias. ¡Pasión, qué bonita palabra! Cuánta dicha le había causado escucharla momentos antes y cuanta rabia la invadía ahora. Levantó la zurda dispuesta a propinarle esa bofetada de la que habían estado hablando, pero cuando se encontraba a pocos centímetros de su rostro no le golpeó. Cerró la mano. – No te voy a dar la satisfacción de lograr tu propósito. – Hubiese disfrutado con el golpe, pero más lo hacía al no satisfacerle. ¿No quería diversión? Pues que disfrutase de la sensación de no haber conseguido lo que buscaba.

Miró las escobas, las analizó. No eran nada del otro mundo, parecían estar muy usadas y sus dueños no parecían estar muy pendientes de sus posesiones. Por un momento se dejó cegar por la ira y se decidió a aceptar la indecente propuesta. Luego, se serenó. Ella había sido educada potenciando el autocontrol y debía pensar las cosas antes de cometer una imprudencia de ese calibre. – No voy a robar esas escobas - A estas alturas del encuentro, Narcissa se preguntaba si había sido un error salir de casa aquella mañana.
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Invitado el Mar Feb 16, 2016 9:07 pm

Levanté una ceja con una expresión perversa cuando me preguntó por los motivos por los cuales podría yo estar interesado en su metafórica puerta- Digamos que me encanta atravesar las puertas de las chicas como tú- dije con una sonrisa y sabiendo lo que suponía lo que acababa de decir- Los malos puertos y los finales con dolor de cabeza son los más divertidos. Significan que el camino ha sido interesante- dije sin dejarme convencer por sus argumentos. Muchos decían de mi que soy un engatusador y quizás no estuviesen tan equivocados.

- Por favor, que alguien aparezca- dije en un susurro sensual cuando ella amenazó con de hecho abofetearme.

La conversación continuó, pero me temo que una personalidad como la mía iba a chocar inevitablemente con la de Narcissa. Ella, una niña bien, y yo el rebelde de toda la alta sociedad estábamos destinados a sacarnos de quicio mutuamente en algún momento y ese momento no tardó demasiado en llegar. Al parecer a ella no le gustaba demasiado la opinión que ofrecía a los demás y cuando terminé de verbalizarla parecía dispuesta a cruzarme la cara de un bofetón de una vez por todas. Finalmente, se contuvo y yo sonreí.- Lástima -dije con una falsa expresión de tristeza.- Habría sido bonito si aun quedaba algo de vida en tu cuerpo como para poder defenderte- dije con un guiño siguiendo con el juego anterior.- No busco ofenderte, ¿sabes? Sólo es que creo que alguien como tú se merece algo mejor que la vida de tedio que pareces llevar. Pero ¿qué sabré yo?- dije con un encogimiento de hombros.

Buscando desviar ligeramente la conversación, le insinué que podíamos coger unas escobas que allí había y salir volando de aquel oscuro callejón. Ella, obviamente, se negó. Supongo que con las normas de protocolo también iban las de la legalidad y la moral. Dios, que gente tan aburrida. Cogí otra golosina de mi bolsa y me quedé mirándola pensativo- Robar es un verbo muy feo. Yo te hablaba de tomarlas prestadas- dije con un encogimiento de hombros- Pero estoy intrigado. ¿Qué harías ahora mismo si fueses completamente libre de toda consecuencia? Te juro que no le desvelaré a nadie lo que digas para que no piensen que tienes alma- dije mientras ponía una mano sobre el corazón y levantaba la otra como quien jura ante un juez muggle.

Mi sonrisa no desaparecía pero me exasperaba un poco no poder sacar lo suficiente de quicio a Narcissa como para que explotase y me demostrase lo que es bueno. Quería ver su ira y su pasión. Y ¿por qué no? También estamparla contra la pared que tenía detrás y demostrarle como es de verdad el sentimiento de estar con un hombre que la ver hermosa y quiere estar con ella. De ese Malfoy yo siempre he pensado que le van más los tios, que es una de esas personas que se va de regio pero por las noches le grita a su negro amante cosas como "Azótame más fuerte, hijo de puta"
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Invitado el Jue Feb 18, 2016 8:26 pm

Ella no estaba tan acostumbrada a jugar como él. Eso era un hecho palpable en la actitud que estaban adoptando ambos ahora que la partida estaba en pleno auge. Narcissa había empezado algo tímida e insegura al ser descubierta en la intimidad de las golosinas; después había tratado de divertirse con aquello que Sylvan le ofrecía. En aquel momento, Narcissa se sorprendía a sí misma con los nervios a flor de piel y con una extraña sensación de desamparo que la hacían sentir insegura. Se podían contar con los dedos de una mano los momentos en lo que se había sentido de aquella manera a lo largo de su vida. Qué poder tenía ese hombre. La muchacha ladeó levemente la cabeza para analizar el rostro de su nuevo rival. A diferencia de ella misma, él tenía exactamente la misma actitud: divertido y rebelde. Incluso Narcissa se atrevía a asegurar de que su comodidad en el juego había ido en aumento conforme se desarrollaba la acción. No quería mostrarse intimidada por esa oscura mirada, ni siquiera por las descaradas insinuaciones que le regalaba; pero no podía hacer demasiado por remediarlo. Estaba perdiendo el control de sí misma. Siempre pudo medir sus palabras y gestos, pero nadie era capaz de ordenar al corazón que no sintiera lo que sentía. Y, en ese momento, Narcissa sentía una mezcla de miedo y un ferviente deseo de demostrarle quién era. Porque no, ella realmente no era la princesita que todos creían. Tenía deseos de liberarse, vivir. En palabras de Dankworth: alma.

Apretó tanto la mano con la que no le golpeó que se hizo. Las uñas escarlatas se clavaron sobre la palma de su mano. Rabia. – Que haya sido lo suficientemente educada como para no rebajarme a tu nivel, no significa que no sepa defenderme. Sé hacerlo y muy bien, no olvides en qué mundo nos movemos. – le contestó brusca. Si bien había sido capaz de reprimir el golpe, no lograba contener sus palabras. En la sociedad a la que pertenecían, el más fuerte era el respetado porque el mostrar un pequeño atisbo de debilidad era la perdición. Las familias trataban sutilmente de hundirse mutuamente, aliándose en matrimonios de conveniencia para ascender en la pirámide económica y social. Serpientes venenosas, eso eran todos. – Exacto, qué sabrás tú si estás igual de insatisfecho con tu vida que yo. Necesitas ser el rebelde de tu familia para destacar de alguna manera y así saciar ese deseo de atención paternal que sientes. Esa es tu manera, yo tengo la mía. Así   que cállate. – Frunció los labios. La rabia que sentía era como un globo que en cualquier momento explotaría. ¿Cómo? Podía acabar lo que había empezado y golpear al muchacho o podía llorar. Descartaba ambas opciones y sólo euería salir de allí.

Robar prestadas era un eufemismo que Narcissa consideraba innecesario llegados a este punto de la situación. No pudo evitar dejar ir una pequeña sonrisa, aunque el enfado que sentía y su sentido común le decían que no lo hiciera. – Aunque quisieras contarlo nadie te creería – contestó ella con tranquilidad. Quiso imitarle al ver como comía el dulce, pero se contuvo, aunque sus ojos no desviaban la mirada de este. – Seguro que ni siquiera te creerían si contases que hemos estado aquí discutiendo – Afirmó totalmente segura de sus palabras. – Si fuese libre, me marcharía. Cambiaría de nombre y quizás también de color de pelo. Sería medimaga en cualquier hospital que necesitase un empleado o quizás viajaría por el mundo. Deambular de un sitio a otro te hace libre, ¿sabes? No conoces a nadie realmente, no debes quedar bien con nadie. Sólo importa disfrutar… - miró al suelo. – Y si tu fueses tan rebelde y libre como dices harías lo mismo – susurró. - ¿O me equivoco? – levantó la mirada.
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Invitado el Lun Feb 22, 2016 6:37 pm

Una sonrisa de oreja a oreja apareció en mi rostro cuando la raia empezó a supurar por los poros de la rubia. La amenaza entre líneas de que se sabía defender sonaba como música para mis oídos pues al final, aunque aun de manera controlada, se estaba soltando, se estaba desahogando. Y, por fín, detrás de aquellos ojos claros parecía haber algo de caracter, de vida. No tenía ni la más mínima intención de parar mi juego ahora que se estaba poniendo interesante de verdad.

- Sé perfectamente en qué mundo nos movemos y por eso sé que vives en la sombra lo cual hace que creas que puedes defenderte, pero no sé si realmente eso será cierto. No me malinterpretes, espero que sí.- dije con una sonrisa divertida. Me apetecía verla defenderse. No de modo mágico, sabía perfectamente que así podía, quería que se defendiese de las palabras, de las ofensas. Que se quitase la máscara de princesa y demostrase que era una mujer de verdad. De las que a mi me gustan.

De un modo que quizás ella no alcanzaba a comprender, ya me estaba satisfaciendo rebelándose contra mi. Y poco a poco, a medida que su ira crecía, más lo hacía mi satisfacción. El culmen para mi llegó cuando clamó que mi vida era igual de insatisfactoria que la suya. Sin poder ni querer contenerme, estallé en una carcajada.- Wow! Miau! La gatita ha sacado las garras- dije sin dejar de reír.- Atención paternal? Eso a dolido a mi yo de 14 años. Ese niño vulnerable que mi madre quería pensar que era- dije aun con la sonrisa cosida al rostro. Lo mio era genuina felicidad en aquel momento- Los clichés no funcionan con todos, sabes?- dije como consejo aunque mi sonrisa lo hacía todo mucho menos serio de lo que debería ser. Supongo.

Lo cierto es que Narcissa tenía razón a medias conmigo, pero eso no sería algo que le fuese a decir o tan si quiera a demostrar, porque la mitad en la que tenía razón había quedado mucho tiempo atrás. De niño había tenido la necesidad de ser diferente porque mis hermanos eran lo que se esperaba de ellos y siguiendo el camino no iba a ser nadie. Mi padre no me miraba igual que a ellos y quizás esa era una espina que nunca podría sacarme a pesar que mis hermanos hiciesen por mi todo lo que no hacía él. Sin embargo, ya no era un niño. E incluso en los últimos años de la vida de mi padre me había dado cuenta de que ya había logrado su atención hace mucho. Seguía siendo un rebelde o algo así porque la escusa se me había quedado pequeña y la realidad de no querer ser como los demás se había hecho patente. Y tenía que reconocerlo, me gustaba.

Le sugerí robar unas escobas pensando que volar terminaría de soltarla, pero la princesita de la alta sociedad volvió a agarrarse a su educación y reclinó mi invitación muy a mi pesar. Por eso, cambié de estrategia y pasé directamente a preguntarle qué es lo que haría si fuese una persona completamente libre. Mi promesa de no decírselo a nadie no tenía demasiado peso, como ella misma no tardó en dejar patente, pero aun así su respuesta me intrigaba. Su respuesta hizo que sonriese una vez más. De nuevo la pullita con que no soy un verdadero rebelde. Aish, estas chicas de hoy en día...

- Supongo que no te equivocas- dije con un encogimiento de hombros y una sonrisa satisfecha- Todo rebelde que se precie debería hacer aquello que buenamente le viniese en gana...no sé. Como perseguir a una chica por un pueblo solo por que se aburre. O quizás hacer de recorrer el mundo su trabajo, siendo, por ejemplo, rompedor de maldiciones.- dije con una risa final.

Me acerqué a ella y la sujeté por la barbilla con dulzura para que me mirase mientras le clavaba la mirada.- Narcissa, eres una mujer muy hermosa y te mereces más que lo que ese marido tuyo te pueda ofrecer y creo que lo sabes. Pero no me taches de hipócrita porque ya a penas me queda una de las esquinas el mundo por ver y quizás, si no tuvieses tanto miedo a todo como pareces tener, te podría enseñar las otras tres- dije con una sonrisa más dulce.

Seguía jugando con ella, no iba a negarlo, pero un viaje con una mujer hermosa que aun tiene que aprender a disfrutar sonaba a premio gordo para mi.
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Invitado el Vie Feb 26, 2016 3:36 pm

¡Sonreía! ¡Tenía el valor, el descaro, el morro de sonreír! La situación la estaba superando. Ella trataba de controlar la situación y a sí misma lo mejor que era capaz; al mismo tiempo, el muchacho trataba de impedírselo con ahínco. Sylvan era como un tornado. Su simple presencia servía para desordenar los planes de cualquiera; su objetivo era destrozar todo a su paso, creando un caos capaz de desesperar incluso a la persona más paciente. Por descontado, Narcissa no entraba en el grupo de los pacientes. En su interior se estaba formando un conjunto de sensaciones que no eran comunes en ella, sensaciones que ascendían por el interior y la amenazaban con salir al exterior en cualquier momento. Cual erupción, el enfado de Narcissa sería una emisión violenta de palabras. Palabras de las que, quizás, se arrepentiría de mencionar al mismo ritmo que las pronunciaba. Pese a todo, no supo bien qué contestarle porque las palabras del mago tenían una parte de verdad. Sabía defenderse sola, pero era cierto que siempre había sido la niña mimada y protegida de todos los que la rodeaban. Por ese motivo, estaba acostumbrada a enseñar las garras, no a usarlas. Sylvan la tentaba a dar un paso adelante, a atacarle cual fiera. Ella luchaba contra eso. – Eres horroroso – dijo finalmente. ¿Qué más le podía decir para no explotar?

Debía admitir que su proceder le hacía sentir envidia. Envidia por tener el valor de decir aquello que pensaba sin temor a las consecuencias, envidia por escoger un trabajo que le permitiera viajar y conocer mundo, envidia por tener la libertad de ser quien él quisiera. Narcissa siempre creyó que el haber nacido mujer fue el detonante de su desgracia porque los varones nacían con el orgullo familiar, mientras que las mujeres eran una moneda de cambio. Se mordió el labio inferior con rabia, no contestó.

De nuevo, Sylvan movió ficha. Se acercó a ella con toda la precaución del mundo y la agarró del mentón con una delicadeza que Narcissa nunca hubiese relacionado con él. Esta vez no buscó hacerla enfadar, todo lo contrario. ¿Qué buscaba? No estaba segura. Narcissa clavó su mirada en la de él mientras le hablaba y, por un momento, imaginó aquello que le decía. Se vio a sí misma viajando a algún lugar desconocido en la compañía de tan excéntrico personaje. Reía, aprendía cosas, se sorprendía de muchas otras y aprendía de las restantes. No pudo evitar imaginar alguna que otra escena de discusión entre los dos, pero la muchacha creía inevitable que ellos dos discutieran. – Te tacho de hipócrita por divertirte a mi costa haciéndome creer cosas que no son; te tacho de impresentable por atreverte a perseguirme solo porque te aburres; te tacho de impresentable por atacar mi vida y a mi esposo sin motivo aparente, y te tacho de valiente por ser quien parece que quieres ser – contestó finalmente algo más calmada. – Y gracias por el cumplido - Parecía que la erupción no iba a estallar, no de momento.
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Invitado el Miér Mar 09, 2016 9:04 pm

-Eso es lo más bonito que me han dicho hoy- dije con una sonrisa simpática cuando me dijo que era horroroso. Tengo que reconocer que el aguante que estaba demostrando Narcissa era algo admirable. Tan arraigadas tenía las costumbres de la alta sociedad que era prácticamente incapaz de dejarse llevar por la ira o la rabia o tan siquiera por el deseo. No envidiaba ni su aguante ni su vida. Ni lo más mínimo.

Ella intentó picarme del mismo modo que yo había hecho con ella, y lejos de tener el mismo efecto, solo consiguió que la pelota volviese a su campo pues estaba con un grande del tocapeloteo y ella no llegaba ni a aficionada. Yo estaba orgulloso de mi mismo y de todo lo que había logrado en mi vida. Y de lo que no estaba orgulloso no había ni rumores ni pistas. Yo moriría, probablemente, siendo el rebelde que toda madre de la alta sociedad mágica teme porque es perfectamente capaz de enamorar a sus perfectas hijas y pervertirlas. Y, maldita sea, esa idea me encantaba.

Mi estrategia cambió al final y pasé de ser el típico rebelde que busca picar al tipo sensible que te ofrece el viaje que dará paso al resto de tu vida. Por supuesto, conmigo no hay para siempre de ningún tipo, pero su reacción final me dio cierta esperanza sobre haberla hecho reaccionar respecto a su vida aunque fuese a un nivel muy profundo- De nada- dije simplemente, con una ceja levantada y una sonrisa. Tal y como había estado hasta ese momento.

- Sin embargo, preciosa, temo que nuestro encuentro termina aquí. Es una pena que no te hayas dejado llevar por mis encantos y me hayas cruzado la cara de un tortazo porque esto podría haber terminado de un modo muchísimo más interesante para ambos.- dije mientras repentinamente empezaba a separarme de ella. Había decidido, así al momento, que por más que insistiera, seguramente no conseguiría más que dejar una leve noción de realidad en Narcissa Malfoy que para su propia desgracia seguiría encarcelada en su propia vida.- Sin más,me despido. Hasta luego, preciosa- dije con un guiño y cogiendo otra gominola de mi bolsa. Me di la vuelta y me fui de allí sin mirar atrás, pero con el encuentro con la rubia aun dando vueltas en la cabeza.
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