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Is This The Price I Must Pay For My Sins? (Abi McDowell)

Caleb Dankworth el Jue Dic 24, 2015 3:17 pm

Se acercaba la Navidad, pero aún quedaban unos días para ello, aunque el ambiente navideño ya estaba por todas partes. La mansión estaba decorada (no se puede tener la casa sin decorar al menos un poquito en Navidad, aunque sea el salón, y Zack siempre insistía en ello) y los regalos estaban escondidos. La familia estaba bien, aunque cada uno teníamos muchas cosas que hacer y estos días estábamos ocupados. En el departamento de desmemorizadores había muchas cosas que hacer porque con las fiestas los magos eran muy descuidados alrededor de los muggles, y Zack tenía muchos proyectos que hacer con la universidad e iba a tener que viajar un par de días a unos bosques de Noruega con la gente de su clase a estudiar a unos dragones que vivían en una reserva de allí. Zack estaba contentísimo, pues le encantaba su carrera y le apasionaban los dragones, y casi daba saltos de la emoción y no paraba de contarme todo tipo de detalles que se sabía de memoria acerca de la raza de dragones en cuestión que iba a ir a observar y estudiar, y yo le escuchaba con atención y alegría porque me gustaba ver a mi hijo tan contento. Sylvan andaba de un lado a otro, Clary estaba en Hogwarts y pronto volvería para las vacaciones, y Alyss también se había tenido que ir del país durante una semana por cuestiones de trabajo que n había podido dejar a un lado, y Grace se había quedado en casa conmigo. Todavía era muy pequeñita, pero era hermosa. La cuidaba con la misma devoción con la que había cuidado a Zack cuando él nació, aunque con más seguridad porque ya tenía experiencia aunque esa época de la vida de mi hijo hubiese quedado ya muy en el pasado, pero lo recordaba como si fuese ayer. Ahora al menos yo no me preocupaba de que fuese a meter la pata cada dos por tres con cosas como darle el biberón demasiado caliente o ponerle mal el pañal o que se me fuese a caer de los brazos mientras la sujetaba o cualquier otra cosa. Además las cosas ahora eran más fáciles porque había menos tensión en casa. Zack todavía no era el hermano mayor más jubiloso del mundo, pero al menos ya se notaba una cierta nota de cariño oculto cuando llamaba a su hermanita bebé “pequeño monstruito”.

Era por la mañana y solo estábamos en la mansión Zack, Grace y yo. Zack se tenía que ir por la tarde a Noruega, y estaba terminando de meter las últimas cosas que necesitaba en su maleta. Había quedado con unos compañeros de clase para coger un traslador todos juntos e irse del país a la vez. Yo tenía que ir a trabajar más tarde, y cuando me fuese dejaría a mi hija a cargo de Ferdinand. A veces me saca de quicio el mayordomo squib, pero si no mató a Zack cuando le dejé a su cargo de bebé confío en que tampoco se cargue a Grace. Grace estaba durmiendo en su cuna. Estaba durmiendo sin rechistar ni un solo segundo, cosa que era rara pues aunque era una bebé tranquila siempre se despertaba a estas horas para darnos una demostración de su asombrosa capacidad pulmonar porque tenía hambre. Pronto le prepararíamos un cuarto solo para ella, pero por el momento su cuna estaba en la habitación principal para que si necesitaba cualquier cosa Alyss y yo nos enterásemos inmediatamente, pero si estuviese en otra habitación a lo mejor tardaríamos en darnos cuenta de que teníamos que atenderla por la noche. Era aún muy pequeñita como para que yo me sintiese tranquilo con que ella durmiese sola en otra habitación. En los días en los que estábamos muy cansados y realmente necesitábamos dormir, sin embargo, Zack se ofrecía a quedarse con ella por la noche porque como tenía insomnio tampoco iba a molestarle mucho despertándole cuando llorase. Su fachada de hermano gruñón se resquebrajaba en esas ocasiones.

-¿Ya lo tienes todo listo?- le pregunté cuando le vi al pasar por delante de la puerta abierta de su habitación.

-Sí, pero aún no tengo que irme- dijo. Sonrió ampliamente, como llevaba haciéndolo desde hace días.- ¡Qué ganas!

-Ni se te ocurra robar un huevo y traérmelo aquí- le advertí mientras le señalaba amenazadoramente con un dedo y entrecerraba los ojos con la típica mirada de padre autoritario y severo.

-Jo, y yo que ya le había puesto un nido en las mazmorras y todo…- se quejó Zack en broma. Entonces salió de la habitación y se dirigió a mi dormitorio.- ¿Dónde está el pequeño monstruito? Realmente, ¿para qué quiero un dragón cuando ya tenemos a esa cosa fea en casa? La puedo poner a ella en el nido.

No le regañé, pues aunque ponía tono de voz de asco ahí estaba, oculto, ese pequeño timbre de cariño del que él mismo no se daba cuenta. Sonreí ligeramente y seguí a mi hijo dentro de mi habitación, donde él ya se había acercado a la cuna de Grace y se había asomado para mirar a la preciosa bebé que dormía como un tronco.

-Eh, monstruito. ¿Ves qué feliz estoy? Es porque te voy a perder de vista unos días. Menuda maravilla, ¿a que sí?- dijo mientras miraba a su hermana. Yo me apoyé en el marco de la puerta y miré esa escena que en realidad era tierna.- Monstruito, ¿me escuchas? No me ignores, despierta, mono perezoso.

-No la despiertes- le dije cuando vi que movía los brazos para levantar a Grace de su cuna, pero era muy tarde porque ya la había cogido en brazos. Y, en cuanto la tocó, Zack se puso tan pálido como la cera.

-Papá- dijo con voz temblorosa- está ardiendo.

-¿Qué?

-¡Grace, está ardiendo!

En una milésima de segundo había cruzado la habitación hasta llegar a donde estaban mis dos hijos y cogí a Grace de los brazos de Zack, cargándola en los míos. La toqué la frente, y fue como estar tocando fuego. Su piel estaba enrojecida y , ahora que la tenía tan cerca, escuché que no respiraba bien. Me desaparecí en un segundo a San Mungo. Zack dedujo a dónde me había marchado de repente y se apareció junto a mí apenas dos segundos después en la recepción del hospital. Corrí hacia el primer sanador que vi, con el corazón en un puño de la angustia.

-¡Ayuda! Por favor, mi hija…

El sanador cogió a Grace en brazos, le puso la mano en la frente, y entonces frunció el ceño y llamó a otra sanadora, y se llevaron a Grace. Yo quise seguirles, pero otra sanadora me detuve.

-Señor, va a tener que esperar aquí.

-¡Pero mi hija…!

-La están atendiendo, en cuanto sea posible un sanador vendrá a darle información, pero necesitamos que espere en la sala y rellene unos papeles.

¡¿Que rellene unos papeles?! ¡Se habían llevado a mi hija sin decirme ni una sola palabra, y la mirada del sanador no me había gustado nada! Sentía que me temblaban las manos casi de manera incontrolada y que iba a explotar de la angustia y de la preocupación. Mi hija, mi pequeña…

Zack se puso a mi lado y colocó una mano de manera tranquilizadora sobre mi hombro.

-Papá, vamos, siéntate. Ya has escuchado a la enfermera, el sanador vendrá a vernos en cuanto pueda, todo estará bien.

Quería protestar. No, lo que quería hacer era agarrar del cuello a la sanadora que no me había permitido seguir a los otros para estar con mi hija y estrangularla hasta retorcerle el pescuezo y matarla por osar separarme de mi niña. Mi rostro se contrajo en una mueca de rabia, pero al final escuché a Zack y fui a sentarme con él en la sala de espera. Me dieron todos los documentos que tenía que rellenar, pero me temblaba la mano y no podía escribir ni mi nombre bien, así que Zack cogió los papeles y la pluma y los rellenó por mí.

Pasó el tiempo, y ahí nadie me decía nada. En más de una ocasión Zack tuvo que sujetarme para que no me abalanzase sobre el personal del hospital hecho una fiera y les descuartizase a todos por no decirme absolutamente nada sobre qué le pasaba a Grace o cómo estaba.

-Tienes que irte ya con tus compañeros- le dije cuando habían pasado ya casi dos horas y vi que se le hacía tarde. Iba a perder el traslador a Noruega si no se iba ya.

-No, papá, me quedo aquí…

-No, vete- le dije. No quería que se perdiese el viaje que tanto había estado esperando. Zack dudó, pero le insistí y aunque no se le veía muy cómodo acabó aceptando. Me pidió que le avisase en cuanto supiese algo, y se marchó.

Yo avisé a uno de mis mejores desmemorizadores de que no iba a poder ir a trabajar y le expliqué la razón para que así le quedase claro que no se me podía molestar bajo ninguna circunstancia, y le dejé al mando del departamento hasta que yo volviese. Intenté contactar también con Alyss, pero me fue absolutamente imposible. Seguí esperando…
Caleb Dankworth
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Caleb DankworthMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Vie Dic 25, 2015 4:29 pm

Odiaba la Navidad. ¿Lo peor de todo? Mi cumpleaños era en Navidad. Era un cúmulo de festividades que sacaban lo peor de mí. Lo único que me gustaba de éstas fechas era el frío. Noche Buena, una fiesta que técnicamente revela el día en el que nació Jesucristo, algo que a mí me suda toda la polla. Soy atea y no hay nadie con quién me apetezca celebrar semejante gilipollez. De pequeña lo hacía, pero por pura obligación social y familiar. Si es que es una puta mierda. Luego viene mi cumpleaños que… vamos, menudo martirio tener que cumplir años en estas jodidas fechas. Después tenemos el día menos odioso de toda esta asquerosas fiestas: fin de año. Hombre, ahí por lo menos celebramos algo lógico de pura satisfacción personal por seguir vivos un año más después de lo imbécil y autodestructivo que es el ser humano. Pero no os engañéis, que yo tampoco lo celebro. ¿Para qué cojones voy a comerme yo sola doce uvas? Doce muertos es lo que me hago yo esa noche. Y luego ya no hablemos de los famosos “Reyes Magos” porque me dan arcadas solo de recordar esa “falsa ilusión” que ni yo tenía de pequeña por levantarme temprano para ir a mirar los regalos. Bueno, espera, ¿yo, regalos?

En fin, podéis imaginaros mi mala hostia por estas épocas del año.

Me había levantado bien temprano para, como no, ir a trabajar. Como hacía frío pues en Londres había nevado toda la semana, me puse unos pantalones de pinzas largos junto con una americana del mismo estilo, todo de color negro. Los tacones eran cerrados por delante y tenían casi trece centímetros de alto. Me peiné dejándome el pelo suelto sin ningún tipo de preparación y me eché mi usual perfume.

Hoy tenía varias cosas importantes que hacer, entre ellas hablar con Matt para suplir la carencia casual de Inefables del departamento de misterios, ya que curiosamente unos inspectores franceses han venido justamente hoy, cuando faltan más de la mitad de los Inefables, a hacer ciertas inspecciones de riesgo por varias zonas del departamento. Yo no quería ni iba a inmiscuirme, pero como asistente del ministro tenía que dar la cara ante los inspectores antes de que Matt se encargara de ellos. A parte de eso, tenía mil y una tareas con los demás departamentos, sobre todo con el de Criaturas Mágicas y el de Accidentes y Catástrofes Mágicas.  

Llegué al departamento de desmemorizadores, con la intención de tocar en el despacho de Caleb y dejarle un informe detallado de la reunión que deberá tener con el Ministro dentro de tres horas y medias. A pesar de que la relación personal hubiera desaparecido, profesionalmente sabíamos mantener el tipo. Básicamente el trato profesional residía en que ambos pasábamos del otro lo máximo posible. En vista de que no me contestaba en su despacho, volví a insistir en su puerta pero nadie abrió. Su secretario entonces vino a mí.

Señorita McDowell, Caleb Dankworth hoy no asistirá al trabajo. ¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó el joven.

¿Y por qué no? —pregunté automáticamente. Debería darme igual, pero debía de admitir que curiosidad tenía todo el mundo.

Está en San Mungo. Al parecer su hija ha despertado ardiendo de fiebre y lleva allí dos horas sin tener respuesta sobre el estado de ella—contestó el chico, con lujo de detalles. O por lo menos más detalles de los que tenía pensado escuchar—Y aunque supiera cómo está no estaría en condiciones de estar aquí. Si está en San Mungo es porque algo no va bien. Me ha dejado a mí al mando, por si necesita algo.

Entiendo… —murmuré con la mirada ligeramente perdida—Entonces asistirás tú en nombre de Caleb a la reunión con el Ministro de Magia y el jefe del departamento de Criaturas Mágicas dentro de tres horas y medias —le di el informe, hablando sin realmente pensar en mis palabras.

Me fui de allí, con intención de seguir con mi trabajo. El único problema es que sabía perfectamente cómo era Caleb. Y claro, al saber cómo era, sabía perfectamente por lo que estaría pasando. Caleb tenía, no sé si llamarlo virtud o defecto, pero era increíblemente sobreprotector. ¿Y cómo se ponía cuando no sabía algo? ¿Y si encima le mantenías en ascuas cuando algo le preocupa? Debe de estar tirándose de los pelos después de haberse quedado sin uñas que morder si su hija está en urgencias y él no sabe qué es lo que está pasando. Encima luego recordé el hecho de que Alyss ahora mismo no está en la ciudad y que Zack se iba de viaje —no sé exactamente cuándo, pero era por estas fechas, ya que por raro que sea, todavía mantengo el contacto con el Dankworth más joven—, por lo que Caleb estaría totalmente solo.

Con esos pensamientos en mente, llegué a mi despacho. Mi nuevo secretario se levantó para perseguirme con algunos quehaceres que habían surgido esta mañana y que debía de arreglar. Este secretario me caía mejor que los otros gilipollas que he tenido, lo admito.

Señorita McDowell, necesitaría que... —me fue a decir, yo rápidamente le corté.

Voy a tomarme el día libre, Maron. Dile al Ministro que mañana me quedaré por la tarde y lo tendré todo al día. Aplaza las reuniones a las que debo asistir hoy para mañana a la misma hora —le resumí rápidamente todo lo que debía de hacer. Por suerte era competente y sabría arreglárselas sin mí en pos de ordenar mi agenda de mañana.

Entré a mi despacho y utilicé la Red Flú para trasladarme a San Mungo rápida y eficazmente. Aparecí en la zona habilitada para las chimeneas de Red Flú, por lo que salí de allí y me dirigí a la zona de urgencias, más concretamente a la sala de espera. Tardé apenas dos minutos en llegar y solo diez segundos en encontrar a Caleb sentado en una silla con un tick nervioso en la pierna y la cabeza sujeta por sus manos, en una posición que denotaba clara angustia e inseguridad. Relajé el gesto al verle tan nervioso y preocupado, para finalmente acercarme a él. Me senté a su lado sin que se diera cuenta a primera instancia de mi presencia y para llamar su atención coloqué suavemente mi mano sobre su muslo. No sabía muy bien qué decir después de tanto tiempo y quizás estuviera fuera de lugar mi presencia, pero sentía una obligación moral y sentimental que me había hecho venir sin pensármelo dos veces. Y, por norma general, suelo hacer caso a mis intuiciones.

Me he enterado por tu secretario —contesté su posible pregunta, para luego pensar seriamente si preguntarle por el estado de su hija o por el de él. Finalmente opté por el más éticamente correcto—¿Sabes algo de Grace? ¿Está bien?

Le miré a los ojos. Hacía dos meses que no lo hacía.

Habían pasado casi dos meses desde aquella discusión en Halloween. Desde entonces no habíamos tenido ninguna conversación de más de tres frases y lo cierto es que no terminamos nada bien. Había sido claramente mi culpa, pero yo necesitaba simplemente alejarme. Ahora que ya he asumido la realidad y he guardado para siempre mis sentimientos allá a dónde siempre mando mis sentimientos, sentía que volvía a ser yo misma. Olvidarme de todo esto que ha pasado y volver a ser simplemente yo. Abi McDowell frente a Caleb Dankworth, como en los viejos tiempos. Al fin y al cabo, él tenía razón: éramos amigos y yo lo apreciaba más de lo que él podría esperarse. Más de lo que seguramente él pudiera esperar de mí. Lo único malo es que con sentimientos de por medio, yo necesitaba alejarme o me iba a volver loca.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Dom Dic 27, 2015 11:27 pm

Estaba desesperado, no sabía qué hacer. Al no tener ningún tipo de noticias sobre el estado de mi hija mi mente no hacía más que imaginarse los peores casos posibles. Mi Grace, mi pequeña... Era tan chiquitita, tan frágil... ¿Y si estaba muy grave? No podía evitar pensar que a lo mejor si hubiese sido más responsable y hubiese ido antes a ver qué tal estaba y por qué estaba durmiendo tanto habría visto que estaba mal antes, y la habrían atendido más pronto y a lo mejor ya estaríamos en casa en vez de estar ella ingresada y yo esperando en la sala de espera como un idiota sin saber qué le pasaba a mi propia hija.

¿Habría hecho yo algo mal? ¿Estaría Grace enferma por mi culpa? No quería pensar en eso, pero a lo mejor era una posibilidad, y me aterraba que fuese la verdad. Si ese era el caso haría lo que fuera, cualquier cosa por ser yo el que estuviese ingresado en vez de mi hija...

Seguí esperando, conteniendo las ganas de matar a todo el mundo a mi alrededor. Era una agonía estarme quieto, y tenía la cabeza enterrada en las manos para aliviar la sensación de que me iba a estallar en cualquier segundo. Fue entonces cuando alguien de sentó a mi lado, pero al principio no le presté a esa persona ni la más mínima atención. Nada me importaba, absolutamente nada ni nadie que no fuese Grace y que ella estuviese bien. Me sobresalté cuando sentí una mano en mi muslo, pero en apenas un instante reconocí el tacto. Pude comprobar que estaba en lo correcto al adivinar quién era esa persona cuando levanté la cabeza y me topé directamente con la mirada verde de Abi.

Ella estaba allí, de verdad. En dos meses sólo la había visto en muy contadas ocasiones por cuestiones de trabajo y apenas nos habíamos dirigido la palabra. No voy a mentir, yo había sufrido su ausencia porque ella era una de las personas más importantes para mí, pero había respetado su deseo de que la dejase sola y en paz y no había intentado acercarme a ella ni una sola vez desde Halloween. Ni siquiera me había quejado cuando ella no me miraba directamente a los ojos en el Ministerio, aunque en mi interior tenía unas ganas impresionantes de agarrarla y obligarla a mirarme. Eso no había hecho falta, porque aquí estaba ella ahora, a mi lado, mirándome con empatía.

-Ah, claro...- murmuré cuando ella me dijo por qué estaba aquí, contestando a la pregunta obvia pero que yo no había llegado a formular. Me tembló el pulso cuando me preguntó por Grace.- Ella... no lo sé- admití.- No me dicen nada. Llevo esperando horas y... y no se despertaba y estoy muy preocupado...

Me temblaba la voz. Dudo que antes en toda la vida Abi haya escuchado que me tiemble la voz o que me tiemble el cuerpo entero porque estaba muerto de miedo y de angustia. Me había visto temblado de ira, de rabia, de odio... pero nunca me había visto tan débil como ahora. Había estado igual o tal vez peor en otras ocasiones, ocasiones en las que había perdido a la gente ala que quería, pero no en público. Pero ahora se trataba de mi hija de tres meses de edad, y estaba sufriendo por ella aunque aún no sabía si lo que le pasaba era malo o no.

Ahora que no estaba solo y que tenía a Abi acompañándome, mis emociones estaban más al límite de desbordarse que antes. Quería abrazarla para agradecerle que estuviese allí y porque la había echado mucho de menos pero no lo hice porque no lo consideré prudente. Tal vez ella sólo haya venido para pasar aquí unos instantes y luego quiera irse y volver a estar como en estos dos últimos meses.

No me dio mucho tiempo a pensar en eso, pues en ese mismo momento apareció el sanador que se había llevado a mi hija y del que no había tenido noticias en dos horas. Rápido como un rayo me levanté de la silla en la que había estado esperando y me abalancé sobre el hombre, que alzó las manos intentando detenerme.

-¡Señor Dankworth...!

-¡¿Dónde está mi hija?! ¡¿QUÉ LE PASA A MI HIJA?!- bramé furioso, exigiendo una explicación que tendrían que haberme dado hace ya dos horas.

-Señor Dankworth, cálmese, está en un hospital...

-¡NO ME CALMO! Dígame que le pasa a mi niña o le juro que...

Respiré profundamente intentando calmarme, y seguí al sanador hacia un pasillo más vacío detrás de unas puertas, un lugar apartado de la sala de espera para que los demás pacientes y sus parientes no nos escuchasen. Me giré para mirar a Abi, a la que había dejado sentada en la silla, y mi mirada fue una súplica de que viniese conmigo para ver qué es lo que estaba pasando. Me mantuve en silencio esperando a lo que me tenía que decir el sanador. Por su expresión pude deducir que... no eran noticias muy buenas. Sentí que alguien me estaba arrancando el corazón del pecho con un arma mal afilada y oxidada.

-Su hija tiene un virus mágico muy agresivo. Podemos tratarla, pero no hay ninguna manera de sanarla completamente de manera inmediata, por desgracia. Hemos hecho todo lo que hemos podido, pero sólo queda esperar- me dijo el sanador, teniendo cuidado y midiendo sus palabras, sabiendo que en cualquier momento yo podía explotar y matarle con mis propias manos, pues la intención estaba clara en mi mirada enfurecida, aunque la furia estaba dando paso rápidamente a la incredulidad, y la incredulidad a la desesperación y la desesperación al dolor.- No podemos hacer nada más... Si Grace sobrevive la noche entonces podremos seguir adelante con el tratamiento.

Sentí que el mundo se me derrumbaba a los pies al escuchar aquellas últimas palabras.

-Mi niña... Grace... ¿Se va a morir...?

Había sido víctima de Crucios en el pasado. Este dolor no tenía nada que envidiarle a la maldición torturadora.

El sanador suspiró, sintiéndose apenado y también en un apuro.- Es una posibilidad. 50/50, en realidad. Esta noche será critica para la mejoría de Grace... o no. Señor Dankworth, conozco este virus y... lamento que no puedo darle muchas esperanzas.

Se fue después de decir eso, dejándome sólo en mi miseria. Me quedé ahí congelado, petrificado como una estatua. Parecía que la realidad había desaparecido y que estaba en un universo alternativo, o atrapado en una pesadilla. Sí, eso era, una horrible pesadilla... Mi hija no... Mi niña no podía... ¡Mi niña no podía morir! No, no, no... Ya había perdido a mi esposa, a mi hermano y a mis padres. No podía perder ahora a mi hija, a ella no...

Casi no podía respirar. Le di un puñetazo a la pared, sobresaltando a varias sanadoras que estaban al otro lado del pasillo, pero nadie vino a quejarse ni a regañarme. Cogí airé varias veces, intentando respirar con normalidad... Y entonces no lo pude evitar más y dejé que se me escapasen las lágrimas de dolor y de impotencia porque no había nada que pudiese hacer salvo esperar todo un largo y tedioso día, acompañado de toda una noche de agonía.
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Caleb DankworthMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Lun Dic 28, 2015 1:56 am

Apenas pude intercambiar más de dos preguntas con Caleb, ya que el sanador apareció llamándole. Se levantó corriendo, con el temperamento por las nubes, sabía de buena mano que Caleb no era un hombre muy paciente, mucho menos cuando lo que está en peligro es alguien de su familia. Ya había vivido su instinto sobreprotector con Zack, un chico que ya puede defenderse solito… me imaginaba con su pequeña princesa de tres meses.

Yo me mantuve sentada en la silla, ya que no veía necesario que fuera allí a meter las narices. No obstante, antes de que Caleb desapareciera de mi vista, se giró para mirarme con unos ojos que me hicieron levantarme rápidamente de mi asiento para perseguirle. Joder, esa mirada me hubiera hecho levantar de cualquier sitio. ¿Había visto alguna vez a Caleb así de afectado con anterioridad? Estaba por jurar que no.

Llegué hacia donde estaba tanto el sanador como Caleb y me quedé detrás de mi amigo, mirando al sanador. Sus palabras hasta me afectaron a mí. ¿Cómo narices algo tan pequeño había contraído algo tan grave? No era fan de los bebés y mucho menos de Grace, pero debía de admitir que no le deseaba ese mal a nadie, mucho menos a Caleb, el cual cada vez parecía tener la voz más quebrada. El sanador tampoco ayudaba con sus palabras pesimistas, alejado de todo resquicio de esperanza. Joder, ¿cómo le iba a decir eso al padre? ¿Quiere que le de un infarto? No solía estar a favor de las mentiras, pero ocultar parte de la verdad en estas ocasiones creo que le haría un favor a todo el mundo. No sé si el sanador se fue porque debía irse o porque mi mirada asesina de “cállate de una puta vez porque vas a hacer que Caleb implosione de depresión” fue clara y concisa para él.  

Para cuando quise acercarme a Caleb, ya le había pegado un fuerte golpe a la pared, para luego comenzar a llorar. Tragué saliva sin saber muy bien qué hacer, la gente que lloraba me incomodaba. No me gustaba llorar ni ver llorar a no ser que sea porque yo sea la que haga llorar a alguien. Caleb llorando me incomodaba el triple y me hacía sentir terriblemente mal verle así. Jamás, en mis casi nueve años junto a él, le había visto llorar. Y jamás, en mi nueve años junto a él, me había sentido tan mal por él. Ya no por lo que él me hace sentir a mí, sino por lo que está sintiendo él. Toda la empatía que no he tenido a lo largo de mi vida, me vino ahora de golpe. Le rodeé para quedar en frente a él y le sujeté el rostro con ambas manos para alzarlo y que me mirase. Tenía los ojos tristes y brillantes, llenos de lágrima y dolor. Respiré suavemente, ya que para que él se sintiera un poco mejor, debía de aparentar serenidad, algo que me costaba horrores viéndole a él así.

Todo va a ir bien —le aseguré, en voz baja—Grace es una Dankworth, hace falta mucho más que un virus mágico para que pueda con ella y lo sabes —intenté animarle, no sabía si bien o mal. Pero lo que sí tenía claro es que para personas tercas y fuertes, los Dankworth eran de las primeras potencias en cada uno de esos adjetivos.

Debido a los tacones que tenía, prácticamente me encontraba a la altura de su rostro. Como me estaba quedando sin palabras para él y me hacía sentir horrible verle llorar, pasé ambas manos alrededor de su nuca, acercándolo a mí para abrazarle lenta pero intensamente. No de esos abrazos que se dan por compromiso, sino los que se dan con ganas. Seguía oliendo exactamente igual que siempre. En el fondo tenía ganas de volver a abrazarlo, aunque me hubiera gustado que no fuera en esta situación.

Sé que es difícil lo que te voy a pedir, pero si no mantienes la calma vas a martirizarte en vano. La espera será la misma y no creo que ponerte nervioso te ayude a sobrellevarla —le aconsejé, en voz baja, acariciándole el pelo que le caía por la nuca mientras le susurraba en el oído.

No sabía lo que era tener un hijo, ni tampoco lo que suponía perder uno. Tampoco sabía lo que era perder a un ser querido, porque jamás he perdido uno. Pero sabía lo que era querer a una persona incluso por encima de ti y preocuparte por el mínimo detalle de dicha persona, pensando que no tiene la consciencia o la inteligencia para que él mismo sepa cuidarse por sí solo. Sabía que no era comparable la situación de Caleb con el posible hecho de que mi hermano fuera el que estuviera ahí dentro, pero algo me decía que yo estaría igual de afectada. Entendía a Caleb porque yo también temía perder a gente que es importante en mi vida. Y entendía que por mucho que le dijera, los nervios no iban a desaparecerle ni iba a dejar de martirizarse. ¿Pero acaso me quedaba otra opción que la de intentar animarle? Nada iba a hacerle sentir bien, solo una resolución buena que no iba a tener hasta unas buenas horas.

Me separé de él entonces un poco, con intención de buscarle la solución más fácil a la larga espera. O la más caótica, porque ya me estaba imaginando a Caleb y Alyss juntos y nerviosos hasta la médula y no sabía yo si iba a ser peor el remedio que la enfermedad. Cogí aire y lo miré. Alyss está de viaje por trabajo, pero podría venir teniendo en cuenta una urgencia como esta. Vamos, digo yo.

¿Quieres que vaya a contactar con Alyss para que venga? —le pregunté, para ahorrarle la conversación agónica y llena de desesperación con su mujer. Suponía que yo podía ahorrarle el tener que repetir con palabras a Caleb lo que le pasa a Grace y también podría ahorrarle el susto a Alyss. Hace una semana no queriendo saber nada de esa familia y ahora ofreciéndome a hacer de intermediario... joder. Creo que me prefería con el estado sentimental de una piedra y sin empatía ninguna.
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Caleb Dankworth el Dom Ene 03, 2016 11:12 pm

Me sentía la persona más débil e impotente y desgraciada del planeta. ¿Cómo no iba a sentirme así si mi pequeña Grace, que apenas había empezado a vivir hacía unos meses, estaba al borde de la muerte y no había absolutamente nada que yo pudiese hacer? No era bueno salvando vidas, solamente se me daba bien quitarlas. Matar, es lo único que sé hacer. No tenía ningún conocimiento médico o mágico que pudiese salvar a mi hija, y mancharme las manos de sangre no iba a salvarla tampoco. Ojalá hubiese alguien a quien pudiese matar y que con eso ella se salvase, pues entonces no dudaría ni un instante en hacerlo y estaría seguro de que ella estaría bien. Pero el mundo era cruel, y lo único que sé hacer bien en esta vida no me sirve para absolutamente nada en los momentos que verdaderamente importan.

Golpeé la pared lleno de ira y me puse a llorar, incapaz de detener la reacción de mi cuerpo al caos de emociones negativas que tenía en mi interior en aquel momento. Jamás había dejado que nadie me viese llorar en público. Me habían visto soltar lágrimas de alegría en el hospital cuando nacieron mis hijos, y había estado a punto de soltar alguna lagrimilla de emoción cuando me casé con Rose. ¿Pero llorar desconsolado como lo estaba haciendo ahora? Jamás. Había llorado en el pasado, claro que había llorado, y mucho. Había llorado en mi casa cuando condenaron a Jonathan a cadena perpetua en Azkaban, pero lo había hecho en la soledad de mi habitación y no en la sala del juicio, al igual que había hecho cuando murió. Había llorado durante semanas cuando asesinaron a Rose. Había llorado cuando murió mi madre, y derramé algunas lágrimas por mi padre, a quien había querido a pesar de su severidad. Había llorado en soledad en las ocasiones en las que les había pasado algo a mis seres queridos. Solo, siempre solo… Pero ahora no. Ahora mi hija podía morir, y yo era incapaz de aguantar las lágrimas que resbalaban por mis mejillas. Me daba igual que me viesen, ¡que miren!

Y entonces Abi se acercó a mí y tomó mi rostro entre sus manos y me hizo mirarla. La veía borrosa a causa de las lágrimas, pero la veía, y escuché sus palabras que me aseguraban que mi hija iba a estar bien. Quería creerla, claro que quería, pero mi desesperación me lo ponía muy difícil.

-Es solo un bebé- susurré casi inaudiblemente con la voz quebrada.- Dicen que el virus es muy agresivo. ¿Y si… y si no resis…?- no pude terminar de decir la frase, era incapaz. Mi llanto sacudió mi cuerpo entero y cerré los ojos, y entonces sentí los brazos de Abi rodeándome, y casi sin pensarlo la rodeé a ella con los míos y me abracé fuertemente a ella, como un niño desesperado e indefenso que necesita ayuda y consuelo. Me abracé a ella como si fuese el ancla que me mantenía aferrado a la cordura, y la manera en la que me acarició el pelo me tranquilizó un poco, lo suficiente para que no empezase a hiperventilar.

-No sé si seré capaz…- confesé cuando me dijo que tenía que tranquilizarme porque ponerme mal no le iba a hacer ningún bien a nadie, y menos a mí mismo. Sabía que ella tenía razón, ¿pero qué iba a hacer? No me veía capaz de estar sentado ni un minuto más en la sala de espera, contando los minutos hasta que se acabase el día y la noche y esta pesadilla acabase… o se hiciese peor. La incertidumbre y el miedo iban a acabar por volverme completamente loco.

Enterré el rostro en el hombro de Abi mientras la abrazaba yo a ella y ella a mí para consolarme, y estuve así mientras poco a poco me calmaba un poco y dejaba que la oleada inicial de desesperación saliese de mi cuerpo. Por milagroso que pareciese, Abi consiguió tranquilizarme un poco, lo suficiente para que mi cuerpo dejase de temblar descontroladamente debido a la rabia y el terror que estaba sufriendo debido al estado de mi hija. Durante unos segundos de calma me di cuenta de lo que me alegraba de no estar solo en el hospital y de que Abi hubiese acudido a acompañarme aun sin ser llamada. Ya no era mi amiga, aunque eso me doliese, pero era lo que habíamos decidido dos meses atrás debido a lo que ella quería. Había estado evitándome e ignorándome durante meses, y sin embargo ahora, cuando más la necesitaba, había acudido a mí inmediatamente y sin que yo se lo pidiese… Y sentí una profundísima gratitud por eso y un gran alivio y un gran… Un gran…

-Gracias- murmuré antes de poner en orden mis pensamientos. Poco a poco me separé de ella y la miré a los ojos. Estaba algo más tranquilo en el exterior, aunque en el interior aún sentía un torbellino de todas las emociones que me habían sacudido antes y sobre todo un inmenso terror. ¿De qué otra manera iba a sentirse un padre en mi situación?- Por estar aquí- aclaré mi gratitud. Ella me preguntó entonces que si quería que contactase con Alyss. Ella necesitaba saber lo que le estaba pasando a su hija, pero no había forma de contactar directamente con ella.- Ya le he enviado un puto millón de mensajes yo. Si yo no he conseguido contactar con ella dudo que tú puedas, pero gracias. Espero que le llegue alguno de los mensajes, ella tiene que estar con nuestra hija por si… Por si…

Y de nuevo no pude terminar la frase. Zack me había pedido que le mantuviese al tanto de lo que ocurría con su hermana, pero no quise hacerlo. El estaba feliz, disfrutando de un viaje que llevaba semanas haciéndole una ilusión tremenda. No sabía si era una equivocación, pero sabía que si le daba una noticia como esta por mucho que él dijese que no le caía bien su hermana volvería inmediatamente a Inglaterra para estar con ella y conmigo, y no quise hacerlo. Mi pobre Grace… Sentía que estaba a punto de derrumbarme, pero en ese preciso momento apareció una sanadora bajita y rechoncha con aspecto muy amable.

-¿Señor Dankworth?- preguntó para confirmar que era yo. Me sonrió amablemente, a pesar de que yo no tenía cara de muchos amigos.- Puede pasar a ver a su hija si lo desea. Va a tener que luchar mucho y necesita todo el apoyo y cariño posible, le hará bien.

No lo dudé ni una fracción de segundo. Estaba a punto de ir con la sanadora acompañado de Abi, a quien cogí de la mano de manera inconsciente, pero entonces la sanadora dijo que solamente la familia de Grace podía pasar. Entonces entrecerré mis ojos y la fulminé con una mirada cargada de ira, esa ira que solía ser lo último que veían mis enemigos cuando mi rostro estaba oculto tras una máscara plateada.

-Ella entra conmigo, y no hay nada más que discutir- mascullé. El tono de mi voz hizo temblar a la sanadora, quien no se negó a dejar pasar a Abi conmigo entonces. Nos condujo por los pasillos de San Mungo hasta la planta en la que estaban las habitaciones. Como ya le habían hecho todo lo que le podían hacer a mi hija no había otra cosa que hacer más que ingresarla y esperar a ver qué pasaba, por lo que le habían asignado una habitación para la noche. En la habitación había una cama, como en todas, pero además habían puesto una cunita para Grace. Había una mesa llena de pociones de colores y olores extraños que habían sido usadas y serían usadas más tarde para su tratamiento. La sanadora cerró la puerta cuando entramos en la habitación y nos dejó solos, y solo cuando fui a la cuna donde estaba mi bebé solté la mano de Abi.

-Oh, Grace…- murmuré cuando la cogí en brazos con delicadeza para acunarla en ellos. El virus no era contagioso, por lo que nos habían dicho, solo estaba afectando a Grace, así que no corríamos ningún riesgo. Besé su cabecita con ternura, y aunque ya había dejado de llorar se me escapó una lágrima.- Mi pequeña. Papá está aquí… Papá está aquí…

La mecí suavemente mientras la miraba. Ya no ardía como antes, aunque todavía estaba muy caliente, y seguía respirando con mucha dificultad. Se notaba que estaba luchando con todas sus fuerzas. Estaba dormida. Me giré con cuidado para ponerme de cara a Abi y me acerqué a ella con Grace en brazos.

-Mira Grace… Esta es Abi- le hablé suavemente y con cariño, como si pudiese oírme. Hablarme me ayudaba a calmarme.- Es una persona muy importante para mí. Tenía muchas ganas de que os conocierais…

Volví a besarla suavemente en su cabecita, que aún estaba calva debido a que solo tenía tres meses de vida. Estaba casi seguro de que iba a ser rubia en vez de morena como el resto de los Dankworth, pues a su edad Zack ya tenía algo de pelo negro cubriéndole la cabeza, y mis hermanos y yo nacimos con una gran mata de pelo. Tras darle el beso a mi hija levanté la cabeza, y miré con ojos hinchados y enrojecidos a Abi.

-¿Quieres… quieres cogerla en brazos?- pregunté con voz aún débil debido a todo lo que estaba pasando. Era un golpe que no me esperaba.
Caleb Dankworth
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Caleb DankworthMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Lun Ene 04, 2016 3:01 am

Desde que tengo uso de razón jamás he llorado. Ni de felicidad, ni de emoción, ni de tristeza… nada. Cuando ironizo el hecho de que mi corazón es una piedra, no es para nada una exageración. No tengo la necesidad de llorar a pesar de estar pasando por un mal momento o estar al borde de la tristeza. Es posible que jamás haya perdido nada importante, o más bien, que nunca haya tenido nada importante que tema perder. Siempre me habían dicho que la familia era lo primero y considero que nunca he tenido madre y mucho menos un padre. Para mí, crecí siendo criada por una abuela cruel e igual de rancia que yo. Lo único importante que hay en mi vida es mi hermano, un hermano que está más sobreprotegido que nadie, protegido incluso de mí. El dolor que yo podría sentir si mi hermano estuviera al borde la muerte es lo único que me hacía tener una posible idea de por lo que estaba pasando a Caleb. Aunque lo veía tan afectado que incluso me costaba creer que yo en algún momento pudiera estar así…

Fuera como fuese, hice lo que yo hubiera querido que Caleb hiciera por mí si las tornas estuvieran al revés. Hubiera querido que me mirase a los ojos y me dijera claramente que no iba a pasar nada. Yo hubiera estado en un momento de pesimismo, pero su voz era tranquilizante, en su voz casi cualquier cosa parecía segura. Hubiera querido que me tranquilizara y hubiera querido que me abrazara. No era experta en situaciones así, pero dejarse llevar es algo nato en todos los seres humanos.

A pesar de que hubiera tomado la decisión de dejar de tener contacto con Caleb en cualquier ámbito de nuestra vida a excepción del profesional, había algo que no iba a cambiar: lo que éramos. Era imposible que pudiera quedarme sentada y tranquila sabiendo que él estaba sufriendo solo, por lo que cuando me dio las gracias y se separó de mí, negué con la cabeza. Si ni siquiera lo había pensado, para cuando me quise dar cuenta ya estaba sentada al lado de Caleb en la sala de espera.

No tienes que darlas —le contesté, para luego recibir su contestación sobre el paradero de Alyss. Sabiendo todas las mierdas de secretismos de su maldito departamento, tampoco reportarán su paradero aunque sea un asunto tan importante. Me di cuenta de cómo flaqueó al final de su frase, por lo que fruncí el ceño y le interrumpí:—Por si nada. Grace va a salir de esta y cuando Alyss llegue a casa le contarás una drama con final feliz.

Entonces vino una señora. No era la mujer más agraciada de San Mungo, pero sin duda parecía ser una buena persona, de esas con las que nunca suelo congeniar porque yo soy una mala zorra con el ego muy alto y la sinceridad muy dolorosa. No obstante, vino a dar una buena noticia para Caleb. Que pudiera ver a su hija iba a tranquilizarle muchísimo, porque no se él, pero yo después de toda la negatividad me estaba imaginando a Grace con convulsiones y espuma blanca en la boca a punto de morir. Pero claro, no iba a decirle eso.

En un principio la enfermera dijo que yo no podía entrar y, a pesar de romperme los esquemas, no me importó lo más mínimo pues me parecía lo más lógico. Sin embargo, yo no estaba viendo la cara de Caleb —pues lo tenía al lado—, pero la cara que se le quedó a la enfermera, helada y algo petrificada, fueron suficientes para saber la cara que había puesto Caleb. Me sujetó la mano y, exigiendo lo que quería, me arrastró detrás de él. No me soltó la mano hasta que entramos en la habitación y la puerta se cerró detrás nuestra.

Vi cómo se acercó a donde estaba su bebé y yo me quedé bastante rezagada, simplemente esperando. La sujetó en brazos y se dio entonces la vuelta, viniendo hacia dónde estaba yo. Y ahí estaba, Grace Dankworth. Era la primera vez que la veía. Me quedé mirándola, esa nariz pequeña y redondita, esos ojos temblorosos y cerrados y esa cara que parecía estar plácidamente dormida cuando realmente debería estar pasándolo muy mal. Sonreí ante las palabras de Caleb, ya que todavía seguía conservando el hecho de que era importante para él después de haberle ignorado por dos meses.

¿Qué? —dije de repente cuando me preguntó que si la quería coger—Hace mucho que no cojo a ningún bebé, no debería, en tus brazos está más segur… —Pero ignoró un poco mis palabras y me animó nuevamente a cogerla.

No entendía porqué tenía que cogerla, si estaba débil y mal y a mí no me conoce. De hecho la odié cuando nació un poco, seguro que le emito malas vibraciones. Coloqué las manos como las tenía él y me acerqué a Caleb, pegando nuestros brazos para que me pasara a la niña con sumo cuidado. Una vez la tenía yo, coloqué una de mis manos debajo de su cabeza, para con la otra acomodar su cuerpo. De repente, ya la tenía. Sentía su respiración un poco agitada, la notaba moverse sobre mis brazos y observar los gestos de su rostro era curiosamente entretenido. Me recordaba a yo hace más de dieciocho años, la primera vez que cogí a mi hermano en brazos cuando recién había nacido. Aquel momento nunca se me olvidaría, pues era como si estuviera sujetando lo más importante que tenía. No lo cogí mucho más, ya que al poco me fui a Hogwarts, pero era una sensación que no se me iba a olvidar nunca. No pensé que fuera a volver a sentirla, mucho menos siendo un bebé que ni era de mi familia ni mío —gracias a Dios—. Automáticamente, empecé a mecerla con suavidad y ni me di cuenta de que llevaba un rato admirándola, en un absoluto silencio en dónde solo se la escuchaba respirar. Miré entonces a Caleb y esbocé una sonrisa.

Siento decirte que no ha salido a ti —El pelo, la forma de la cara más redondeada, esa nariz... Era un bebé que tenía muchas similitudes con la madre. Entonces hice una pausa y miré a la niña otra vez, aunque estaba hablando con Caleb, obviamente. Todavía no me había dado por hablar con bebés—Nos han dejado entrar a verla, tan mal no puede estar, ¿no? —pregunté sin mucha idea de enfermedades, ni de tratamientos y mucho menos de modus operandi de San Mungo. Cogí aire lentamente, sintiéndome super rara en aquella situación—Hacía dieciocho años que no cogía a un bebé... cógela tú, estará mucho mejor contigo... —le dije, para pasársela nuevamente con cuidado.

Yo la sujeté bien, pero estaba claro que el arte que tenía Caleb para sujetar al bebé era otro mundo. Además de que el cariño que le profería era increíble. En cuánto a mí... qué voy a decir, Grace fue algo inesperado que jamás captó mi atención y me hizo alejarme de Caleb, pero ahora esperaba que se pusiera bien lo antes posible: por una parte porque una cosa así no merece que le pase nada malo y, por otra, por Caleb. Entre antes saliera Grace de esa, antes estaría bien él.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Mar Ene 12, 2016 6:28 pm

Abi dudó cuando le pregunté que si quería coger a mi hija en brazos y dijo que hacía mucho que no cogía una bebé en brazos, pero yo no había cogido uno en brazos casi en dieciséis años antes de que naciera Grace y aquí estoy, tan experto como cuando Zack y Clary eran bebés. Le acerqué a la bebé a Abi, quien la cogió con muchísimo cuidado y con una delicadeza que estoy seguro que nadie en todo el mundo creería a Abi McDowell capaz de poseer. Normalmente yo obligaba a la gente a sentarse en algún sitio cuando iban a coger a mi bebé en brazos por si les daba por ser unos torpes y se les caía o algo, pero no le dije a Abi que se sentase mientras cogía en brazos a Grace porque tenía absoluta confianza en ella. Abi no es torpe, y sé que jamás dejaría que les pasase algo a mis hijos. Ya he visto cómo es con Zack, así que no creía que fuese a ser diferente con Grace.

Disfruté viendo cómo Abi miraba a la pequeña Grace, conociéndola por fin. No me había esperado ni en mil años que Abi mirase así a mi hija, casi embobada, en vez de hacer la típica mueca incómoda de a quien no les gustan nada los bebés. Pasaron varios minutos en los que yo no hice nada más que mirar a Abi mientras que ella no apartaba la vista de la pequeña Grace, quien seguía dormida y luchando por su vida. Ahora yo estaba un poco más tranquilo de antes porque Abi había conseguido calmarme. Tenía razón, Grace era una luchadora, era una Dankworth, tenía mi sangre en sus venas y ella no dejaría que un estúpido virus mágico acabase con ella… Tenía que confiar en ello, o me iba a volver absolutamente loco. Y ver a Abi así, sosteniéndola en brazos de esa manera, me calmó un poquito más. La mirada que tenía Abi en aquellos momentos… me enamoraba. Al igual que me enamoraba cuando era malvada y sádica y cruel, aunque hubiese sido un ciego imbécil y no me hubiese dado cuenta en el pasado.

Hacía tiempo que era consciente de mis sentimientos por Abi. No sabía desde cuándo estaban allí, pero habían estado escondidos, suprimidos. Había estado enamorado de dos mujeres a la vez sin darme cuenta, y cuando me había dado cuenta ya estaba con Alyss, así que los había vuelto a suprimir y a esconder, enterrándolos en las más oscuras profundidades de mi conciencia. Había decidido que aunque tuviese esos sentimientos no actuaría sobre ellos, porque me negaba a estar con dos mujeres a la vez. Yo quería a Alyss y estaba con ella cuando me di cuenta de todo, y me negaba a serle infiel. Yo era muchas cosas malas, pero no era ese tipo de persona. Y ahora… ahora mi hija se muere, y es lo único para lo que tengo cabeza, para nada más. Todas las demás cosas ya parecían no tiene importancia cuando eran comparadas con ese hecho, y aunque no estuviese en esta  situación tan delicada tampoco le diría nada a Abi sobre lo que había pasado recientemente con Alyss y conmigo. Ella había decidido ya que quería ser libre de mí, y me tocaba respetar eso y vivir con ello.

-Bueno, al menos así habrá un poco de diversidad en la familia por fin- comenté con una sonrisa cuando Abi dijo que mi hija no había salido a mí. Era verdad, se parecía mucho a su madre, aunque con los bebés nunca se sabe cuando son tan pequeños, a veces cambian. Zack se parecía a Rose cuando era bebé y ahora todo el mundo decía que era yo pero más joven.- Pero ya verás cuando abra los ojos- murmuré, pues Grace había heredado mis ojos. Exactamente idénticos, igual que Zack y que todos los demás Dankworth.

Mi rostro se ensombreció un poco al escuchar las siguientes palabras de Abi.- O a lo mejor es para que no esté sola si no lo consigue- murmuré con voz temblorosa pero con tono de voz frío y duro. Sentía un profundo odio, ¿pero dirigido bien? ¿A mí mismo? ¿Al virus? ¿A los sanadores que no podían hacer nada más? ¿Al mundo en general? No sabía a quién, pero lo sentía, y si mi hija no conseguía salir de esta dejaría de importarme tener cuidado para no ir a Azkaban, pues la rabia y el dolor harían que acabase con todo el mundo que se cruzase en mi camino por el hospital.

Abi me devolvió a mi hija y la cogí con infinito cariño en brazos y la mecí suavemente y caminé despacio por la habitación. No pensaba moverme de allí hasta que Grace se despertase. Pasaron unos minutos y la puerta de la habitación se abrió de repente, y la misma sanadora rechoncha y bajita de antes con gesto amable entró en la habitación. Dos bandejas con comida levitaban detrás de ella, y tras pedir permiso entró en la habitación y puso las bandejas (cuya comida tenía buena pinta, en vez de ser esa mierda que siempre dan en los hospitales) en la mesita que había al lado de la cama. Nadie le había pedido que trajese nada, pero dijo que había pensado que comer un poco a lo mejor nos haría sentir mejor durante la espera. Había traído también un poco de leche en una botella que estaba encantada para que se mantuviese caliente todo el tiempo, por si Grace despertaba aunque fuese solo un poco para comer. Se lo agradecí, y entonces se fue y nos dejó solos otra vez.

-¿No tienes que volver al trabajo?- pregunté a Abi. Llevaba bastante tiempo allí conmigo, y agradecía su compañía aunque no sabía cuánto iba a durar. La verdad es que no quería que se marchase, y debido a mi frágil estado emocional no pude ocultar ese deseo de mi mirada ni del tono de mi voz.
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Caleb DankworthMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Jue Ene 14, 2016 2:39 am

Coger a un bebé se me hacía… especialmente raro. Nunca pensé que volviera a coger uno después de mi hermano. Pero aquella pequeña niña, ardiente por la fiebre que probablemente estuviera haciéndole pasar un martirio, había roto todos mis esquemas. Ni de coña sacaron a relucir mi instinto materno —pues tengo la teoría de que yo nací sin eso—, pero me hicieron pensar en que los bebés no son tan satánicos como yo los recordaba. Además, aunque tuviera un excepcional parecido a Alyss, debía de reconocer que con los pocos meses que tenía, era preciosa. La tuve poco tiempo, por una parte porque suponía que con Caleb estaría mejor y, por otra, porque no quería acostumbrarme.

Mi experiencia como hija me ha hecho replantearme seriamente el traer hijos al mundo y, la verdad, no quiero ni planteármelo. Ni siquiera acostumbrarme a tener un bebé en brazos. Mi vida en familia ha sido una mierda y sí, precisamente por eso es mi rotunda negación a darle la vida a ningún hijo que pueda salir de mí. En el fondo no soy tan diferente a mi madre, ¿y si por alguna casual cuando tenga un hijo soy igual de horripilante que ella? No podría perdonármelo nunca.

Los ojos son lo que la marcan como Dankworth —contesté.

Caleb y Zack tenían unos ojazos que no eran ni normales, era como mirar el océano cristalino, eran capaces de tranquilizarte solo con una mirada cargada de ese azul brillante. Eran únicos. Miré a esos característicos ojos de mi amigo al escuchar su comentario y le pasé a su hija en brazos lentamente.

Sabes que no —dije a su comentario pesimista, llevando mi mano ahora libre de bebé a su rostro. Tenía la intención de acariciarle la mejilla pero al final preferí no hacerlo y le aparté un fleco de la frente—Se va a poner bien. No me seas pesimista, que hasta yo sé que las malas vibraciones se pegan y no es que tú y yo seamos las personas que mejores vibraciones tienen de aquí dentro —le murmuré, intentando que se olvidara un poco de la magnitud del problema y se tranquilizara. Le habían dejado estar con su hija durante todo este tiempo, eso era algo importante a tener en cuenta. Yo pensaba que de lo mal que estaba iba a tener que acompañar a Caleb sin tener ninguna información de la niña en medio de la sala de espera. Quiera verlo o no, era una buena noticia dentro de toda la mierda que estaba pasando.

Caleb comenzó a caminar alrededor de la habitación, lentamente, con la niña. Yo me senté en un pequeño sillón al lado de la cuna, observándoles con detenimiento. Bueno, realmente estaba observándole a él. Para cuando le conocí su hijo era prácticamente de la edad de mi hermano, por lo que apenas le vi ejercer de padre. Verlo ahora con aquella desmesurada preocupación, aquel gesto tan débil y esa entrega tan pasional… me sorprendía y me confundía. Siempre he visto a Caleb como una persona cuyos sentimientos son para todo el mundo, no de esas personas que esconden lo que sienten por miedo a hacer de ello una debilidad. Era admirable el hecho de que pudiera ser tan entregado para unas cosas y luego tan despiadado para otras; que pudiera separar su yin y su yang. Que pudiera, simplemente, ser una persona con prácticamente dos vidas.

La puerta interrumpió mis pensamientos y la misma enfermera de antes entró en la habitación con dos bandejas de comida y un biberón con leche por si Grace despertaba. Personalmente no tenía nada de hambre. Entre que había comido hace poco, estar con Caleb después de tanto tiempo me quitaba el hambre y San Mungo me quitaba el apetito, mi bandeja se pudriría allí mismo. La sanadora se fue y Caleb me preguntó algo bastante lógico.

¿Debía de aparentar neutralidad y decirle que puedo faltar sin problemas o decirle que realmente había pedido el día libre porque sabía que Alyss no iba a estar con él y no quería que pasara toda esta mierda solo? Quizás la realidad fuera demostrar demasiada preocupación por un tema que realmente no debería ni molestarme… por lo que en base a mi indecisión, decidí mentir.

Solo tengo a una persona por encima, supongo que sabrá entender una urgencia de este tipo —le contesté a Caleb, esbozando una pequeña sonrisa—Así que me quedo hasta que Alyss de señales.

Yo no era de esas personas que solían pedir perdón, más bien era de esas personas que desde que se le mete una cosa en la cabeza, no se la quita por nada del mundo y no tiene que dar explicaciones por ello. No obstante, creía que Caleb se merecía una explicación después de lo mal que me había portado con él… primero cuando decidí ignorarle, luego con la discusión en Halloween y luego cuando simplemente hacía como si no existiera para mí. Probablemente ha sido mucho más duro para mí que para él, ya que él al fin y al cabo está con la mujer que quiere mientras comparte un precioso bebé de tres meses. No obstante, en este momento me doy cuenta de lo valiosa que es su compañía y simplemente me siento fatal por mi comportamiento. No sé si por él, si es por mí, si es porque lo echo de menos... No tengo ni puta idea. No tengo maldita idea de nada de lo que pasa en mi interior, pero lo que sí tenía claro es que tenía que desahogarme y pedirle perdón a mi amigo.

Caleb… —dije en el aire, con ese tono de voz que denotaba claramente el hecho de que iba a decir algo relacionado con el tema principal entre ambos—Siento mucho cómo me he comportado estos meses. Fui una egoísta que solo pensó en su bienestar y en sus necesidades. Una egoísta que, después de que me invitaras a pasar dos maravillosas semanas a Punta Cana, decidió dejar de hablarte —suspiré desde el sillón, bajando la mirada para contemplar lo limpio que estaba el suelo. ¿Ya he dicho también que esos ojos aparte de tranquilizar, pueden ponerme muy nerviosa? Pero solo si son los de Caleb, claro—No estaba pasando por muy buen momento —entonces alcé la mirada para encontrar sus ojos, mirándolos con todo el pesar que pueden albergar mis ojos verdes—Espero que me entiendas, pero sobre todo que me perdones.

Con eso no quería decir que todo volvería a ser como antes. Claro que no. No quería estar cerca de Caleb cuando Alyss estuviera con él, solo quería que supiera que hice mal y que lo reconozco. No seré la maldita mujer más inteligente del planeta, pero sé cuando cometo un error y sé darme cuenta de cuando  desapacere algo valioso de mi vida. Mi error no fue haberle ignorando, ni tampoco haber discutido con él... Mi error fue haber renunciado a él aún sabiendo perfectamente mis sentimientos; mi error fue haberme vuelto una cobarde de la noche a la mañana por una invasión de sentimientos que me aterran. Mi error fue no haber luchado por miedo a perder. Ese fue mi error y me arrepiento.

Pero evidentemente, para Caleb mi error solo había sido lo que él conoce: dejarlo de lado por mi propio beneficio. Ahora simplemente tengo que lidiar con ello y olvidar; solo conformarme con lo que Caleb puede ofrecerme: un amigo muy valioso.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Jue Ene 14, 2016 5:59 pm

Sentí una gran oleada de alivio en mi interior cuando me dijo que no tenía que ir al trabajo y que se quedaría conmigo hasta que Alyss apareciese. Respiré profundamente y sonreí, no ampliamente, pues era incapaz de sonreír de verdad estando en la situación en la que estoy, pero sí que fue una pequeña sonrisa sincera de esas que demuestran que realmente aprecias algo. No quería quedarme sólo durante esta larga y angustiosa espera para ver qué pasaba con Grace. A Zack no iba a llamarle porque no quería que se perdiese el viaje por el que había esperado tanto tiempo y que le tenía tan emocionado. Sylvan estaba haciendo sus cosas a saber dónde, y Alyss por el momento estaba desaparecida, pero la había llamado para que viniese ok porque yo quisiese que estuviese aquí, sino porque era la madre de Grace y tenía derecho de saber qué estaba pasando con su hija y de venir y estar con ella... Realmente, en este momento no hay otra persona en todo el mundo a la que quiera a mi lado más que Abi, y por eso me alegraba de que ella fuese a quedarse aquí conmigo y con mi hija.

Había estado paseando lentamente por toda la habitación meciendo a Grace en brazos, pero en ese momento me había sentado en la cama un rato y la acunaba con cuidado, mirándola y escuchando como respiraba mientras luchaba contra el virus que la había puesto ya malita. El dolor de ver a un hijo sufrir es peor que el de mil Crucios a la vez. Estaba perdido en mis pensamientos, intentando no pensar en las peores posibilidades que podían ocurrir cuando de repente la voz de Abi me sacó de ellos, y alcé la cabeza para mirarla a los ojos y escuchar lo que me decía. Sus palabras me chocaron, pues no me las esperaba para nada. Abi no era del tipo de personas que pedían perdón por nada, ni siquiera de cosas de las que se arrepentía o por las que realmente debería pedir perdón, pero en ese momento ahí estaba ella, pidiéndome perdón por haberme apartado de su lado meses atrás, y yo no sabía ni qué decir. Cuando empezó a ignorarme la busqué e insistí sin cesar en que dejase de ignorarme, pero después de discutir en Halloween habíamos pasado a ignorarnos los dos mutuamente. Había respetado su decisión de sacarme de su vida por completo, aunque era algo que yo detestaba, pero me había tocado acostumbrarme. En realidad había sido un idiota por no haberme dado cuenta antes de lo que sucedía y por no haberla dejado tener su espacio, el espacio que necesitaba. Y, aunque sus palabras me conmovían, me sentía mal al escucharlas, pero no por mí sino por ella.

-No hay nada que perdonar- dije rápidamente cuando ella terminó de hablar.- Claro que te entiendo. Es más, el que debería pedirte perdón soy yo. Debería pedirte perdón porque fui un idiota que no supo darse cuenta de... de cosas- murmuré. Con "cosas" me refería a los celos de ella, y a mis propios sentimientos que, aún a día de hoy, mantenía ocultos de absolutamente todo el mundo, incluso de ella. Me había dado cuenta de su existencia reprimida cuando ya era muy tarde, al igual que me había dado cuenta muy tarde de que si Abi estaba celosa era porque había algo allí... Tal vez, si me hubiese dado cuenta antes, las cosas habrían sido muy distintas.- Fui un egoísta que quiso tenerlo todo y no se dio cuenta de lo que realmente quería. Y ahora creo que es muy tarde- murmuré en voz baja, más para mí mismo que para ella, expresando de manera casi inconsciente mis pensamientos. Bajé la mirada, incapaz de seguir sosteniéndola a Abi.

Una leve tos casi inaudible se oyó entonces, y volví a posar mi mirada sobre Grace tan rápido como un rayo y la vi toser un poco. Antes de que pudiese darme tiempo a empezar a preocuparme la tía ya había cesado, y ella continuó dormida y respirando. Se me había puesto el corazón a mil por hora del susto. Tenía más miedo al escuchar la tos de mi hija enferma que si me estuviesen rodeando veinte Aurores apuntándome con sus varitas mientras yo estaba desarmado.

Cuando ya hubo pasado aquello volví a mirar a Abi. Había una cosa que había mantenido secreta y que había decidido que no se la iba a decir, ¿porque para qué? No tenía sentido contársela antes cuando nos estábamos ignorando mutuamente debido a su decisión de alejarse de mí. Pero ahora que parece que estamos en el buen camino para volver a como estábamos antes, no quería ocultarla nada. Ya había visto en el pasado no muy lejano lo mal que eso resultaba ser.

-Rompí con Alyss- confesé de repente mientras miraba a Abi fijamente a los ojos, y sentí como si hubiese lanzado una bomba.- Y lo he hecho por exactamente la misma razón por la que rompí con ella hace nueve años. Puede que ahora tenga la marca Tenebrosa en el brazo, pero no es como yo. Nunca fui mi verdadero yo cuando estaba alrededor de ella, no podía serlo. Además estaba siendo injusto con ella porque...- suspiré, y decidí callarme esa parte. Estuve en silencio un par de segundos antes de volver a hablar.- Todo ha sido muy tranquilo, pero estábamos peleándonos por la custodia de Grace. Pero después de esto ni de coña dejaré que me quite a mi hija. Por encima de mi cadáver- dije, con tono serio y los ojos entrecerrados y oscurecidos.
Caleb Dankworth
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Caleb DankworthMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Dom Ene 17, 2016 5:09 am

Caleb era de esas personas que te hacen plantearte las cosas hasta un punto en el que no habías esperado nunca llegar a pensar. Nunca había tenido la necesidad de alejarme de una persona, ni tampoco la necesidad de ignorarlo para estar mejor. Por no hablar de que jamás, en ningún momento de mi vida, me había visto en la necesidad de pedir perdón. Y es que con él eran todos necesidades, ya que me había visto obligada a hacer todas esas cosas porque mi cuerpo me pedía justamente lo contrario. Pero claro… luego están este tipo de situaciones que te hacen volver a ese estado de vulnerabilidad que has estado evitando todo este tiempo y es… abrumante. Podría decir que me siento débil mostrándome de esta manera ante una persona, pero para ser sincera, posiblemente Caleb es la persona que más débil me ha visto de verdad y no es precisamente por mostrar arrepentimiento. Caleb era de esas personas que me hacían sentir, irónicamente, más fuerte que nunca. Era un sentimiento extraño que no sabía ni describir, ya que ni yo misma entendía que narices me estaba pasando.

Como era de esperar, él dijo que no había nada que perdonar. Yo no estaba tan segura de eso… aunque lo que más me impresionó fue el hecho de que dijera que era yo la que debía perdonarle a él. Sus palabras me sorprendieron y se notó visiblemente en mi rostro. Evidentemente mi rostro adoptó un gesto confuso ya que no tenía ni idea de a qué se refería.

¿Qué cosas? —Pero él continuó hablando. Mira, no soy experta en conversaciones de este carácter, pero joder, parecía que estaba hablando en puto código y que yo debía de adivinar qué cojones estaba diciendo, motivo principal de que me incomodase todavía más esta charla. Me apartó la mirada y yo fruncí el ceño con confusión ante su murmuro que escuché perfectamente debido al silencio que había, ya que claramente para mí él tenía muy claro lo que quería desde un principio. Joder, su sueño: una familia. Alyss, Grace junto a Zack. ¿Qué mas podía pedir Caleb? Quise preguntarle que era eso que realmente quería pero para lo que llegaba tarde, pero no pude. Por una parte porque lo medité demasiado y por otra porque unos segundos después Grace tosió débilmente, lo suficiente como para que Caleb y yo posásemos nuestra mirada y atención en ella. Sin embargo, tan rápido como había empezado, había terminado y Grace volvió a quedarse en silencio. Miré a Caleb para comprobar que se había quedado en el mismo estado que antes, pero su respiración volvió a ser relativamente normal.

No sabía si quería seguir con ese tema, ya que una parte de mí se negaba a seguir dando hincapié en ese tipo de preguntas o sentimientos por parte de ambos. No obstante, la parte totalmente opuesta a la que se negaba a saber más, fue la misma que sintió un chute de emoción cuando escuchó a Caleb decir que había roto con Alyss. Menos mal que no tuve que preguntar el por qué, ya que posiblemente hubiera sonado como una imbécil retrasada que no sabe ocultar su felicidad en una trágica pregunta. Tragué saliva mientras le escuchaba explicar el por qué. No me esperaba para nada que Alyss y él lo dejaran, primero porque parecía ese amor que dura a través de años para reencontrarse después de tanto tiempo. No era la primera vez que lo veía y, a pesar de no creer en esa mierda, los hechos hablaban por sí solos. Además, Caleb se veía emocionado con su nueva mujer y su nueva familia.

¿Y por qué volviste con ella si te sentías así? —pregunté con curiosidad. Caleb era un hombre inteligente que sabía perfectamente lo que quería, ¿por qué cojones empieza a salir con su ex, la jodida hermana de su difunta mujer, si no estaba seguro? Había miles de cosas que yo no entendía del amor, lo admito, pero la más básica de todas es sentirte a gusto junto a esa persona en tus mil facetas. Posiblemente la razón más importante por la que me sienta tan atraída por Caleb. Me conoce en absolutamente todas mis facetas y no tengo nada que ocultarle en ninguna de ellas—¿Sólo por Grace? ¿Volviste con Alyss solo para consolidar la relación por Grace? —añadí prácticamente al segundo al intentar adivinarlo por mi propia cuenta. ¿Y si yo en aquel momento de susto infernal en dónde creí estar embarazada, llego a tener el bebé? ¿Qué hubiera hecho Caleb?—Es tu hija, Caleb. Te casaras con Alyss, rompas con ella o sigas con ella, lo seguirá siendo. No puede quitártela. Lo lógico es tener una custodia compartida. No será lo mismo, pero así siempre estarás con ella.

Posiblemente Grace con una custodia compartida vería más a Caleb y tendría tanto amor por su parte que no podría ni compararse con la mitad de lo que mi madre me profería a mí a tiempo completo. Sin duda era un bebé afortunado. Caleb era un padrazo y Alyss, en el fondo, era una buena chica. No le faltaría de nada aunque sus padres no estuvieran juntos.

Entonces, aprovechando uno de esos silencios que se formaban y cuyo único sonido en la sala era la respiración de Grace y los pasos de Caleb, decidí preguntarle aquello que me había dejado con la duda.

¿Y qué es lo que realmente querías y para lo que llegas tarde? —pregunté sin buscar algún tipo de anexo o manera de hilar las frases. Él sabría perfectamente a qué me refiero. Y yo me había obligado a mirarle para ver si él me devolvía la mirada.

Seguía estando esa parte tirando de mí para evitar tener este tipo de conversación, ya que temía que Caleb dijera algo que me helara por completo y no supiera cómo reaccionar, pero luego estaba esa otra parte, animándome a que me arriesgara a la verdad. Y siempre he dicho que sin riesgos... no hay nada.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Miér Ene 20, 2016 2:59 am

Fue casi un alivio contarle a Abi lo que había pasado con Alyss. No había sido nada grave, simplemente nos habíamos dado cuenta de que nuestras vidas no estaban hechas para estar unidas. Por mucho que ella hubiese tuviese la Marca Tenebrosa en el brazo, pero jamás entraría del todo en mi mundo. ¿Cómo iba a estar con una persona con la que no puedo ser yo, con la que tengo que medir mis palabras, mis actos…? Tenía que tener cuidado todo el tiempo con no dejar que las partes más oscuras de mí saliesen a la luz, para no horrorizarla. Nadie podía vivir así en paz. Además, yo era alguien a quien no le gustaban las mentiras. Ocultarle al mundo que soy un mortífago es una cosa, no es una mentira de verdad, pero es la única cosa con la que estoy cómodo mintiendo. Pero ocultar mi lado más salvaje, y ocultar la otra cosa que le había estado ocultando a Alyss no era algo que me gustase en absoluto. ¿Y qué era la otra cosa que había estado ocultándole a ella durante los últimos meses? Que no estaba enamorado solamente de ella, sino que también estaba enamorado de Abi. Me había pillado de sorpresa, pero los sentimientos no eran algo que se pudiese controlar.

-No- negué con la cabeza cuando Abi me preguntó que si había vuelto con Alyss por Grace, por estar cerca de mi hija. Si hubiese decidido desde el principio no volver con Alyss y solo nos hubiésemos acostado y el resultado de ese arrebato de pasión hubiese sido Grace no habría vuelto con Alyss solo por ella, pero sí que me habría ocupado de ella con todo el cariño y la atención como si hubiésemos sido pareja. Pero habíamos estado juntos, y ahora no lo estábamos, e iba a ocuparme de mi hija tan bien como lo había hecho siempre.- No supe que Alyss estaba embarazada hasta muy poco antes de que tú y yo nos fuésemos de viaje, me lo ocultó hasta que empezó a notársele… Cuando volví con ella todavía la quería, pero supongo que hubo cosas que los dos confundimos. Tuve que dejarla ir hace años y supongo que al haber acabado mal en aquel entonces ambos nunca tuvimos realmente la oportunidad de zanjar nuestra historia. Así que cuando nos volvimos a encontrar lo intentamos, pero no funcionó… Al menos ahora sí que hemos conseguido dejar el asunto zanjado, conseguir paz. Y soy feliz, porque tengo una hija preciosa gracias a que lo intentamos- murmuré mientras esbozaba en los labios una suave sonrisa, y miré a Grace.- No cambiaría a mi hija por nada en el mundo.

Sabía que Abi probablemente tenía razón cuando decía que era lógico que hubiese una custodia compartida, y que aun así Grace estaría siempre conmigo, pero aun así no me hacía ninguna gracia.

-Lo sé, pero… no me gusta- admití.- No me gusta tener que compartir a mi hija y estar esperando a ver qué días le tocan conmigo. Estoy acostumbrado a cuidar yo solo a mi hijo todos los días, va a ser raro no tenerla siempre…- menos mal que sabía que Alyss iba a ser una excelente madre, o yo lo pasaría fatal con la paranoia. Algo bueno es que habíamos acabado en buenos términos, o sino lo de la custodia compartida sería un infierno.

Nos quedamos en silencio, y durante ese tiempo me dediqué únicamente a mirar a mi hija sin apartar la mirada de ella. Como si esperase que en cualquier momento fuese a abrir los ojos mi pequeña, aunque sabía que todavía nos quedaban unas largas horas por delante… Si mi hija superaba todo esto donaría un par de millones al hospital y a la investigación del virus este de mierda. Fue durante ese silencio cuando Abi de repente me preguntó que qué eran esas cosas para las que llegaba tarde.

Volví a mirarla a los ojos, y me quedé casi mudo. Sentía que me había quedado en blanco. No sabía qué decirle… Bueno, sí sabía qué decirle, pero no sabía cómo decírselo… No sabía si debía decírselo, la verdad. ¿Por qué no estaba seguro de que debía decírselo? Porque después de haber estado meses ignorándonos, de la pelea que tuvimos, de los incómodos meses después del viaje que hicimos… tenía miedo. Miedo, sí, por increíble que sonase. Principalmente porque me sentía como un capullo.

No la contesté en aquel momento, sino que me levanté lentamente de donde estaba sentado y caminé distraídamente hacia la ventana del hospital, todavía acunando a mi hija en brazos. Miré al exterior y suspiré, y entonces me di la vuelta y fui a devolver a Grace a la cunita, para que descansase tranquila un rato sin ser meneada de un sitio a otro. No había dicho ni una sola palabra desde que Abi me había hecho la pregunta, y nos rodeaba un pesado silencio frío e incómodo… Pensaba que no le iba a decir nada, que lo mejor sería ignorar la pregunta…

-- dije de repente, incapaz de seguir callándome.
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Abigail T. McDowell el Miér Ene 20, 2016 4:51 am

Yo nunca había tenido pareja formalmente, por lo menos no fuera de Hogwarts —ya que dentro de, a pesar de que tuve una, jamás la consideré como tal—, pero una cosa que tenía clara es que si no funcionó en su momento, ¿qué es lo que me hace pensar que funcionará en un futuro? ¿Qué cojones es lo que piensan las personas para creer que algo cambiará? Solté un pequeño bufido de desesperación cuando dijo que ambos habían confundido las cosas, ya que para colmo, no parecía ni cien por cien seguro de haber vuelto con ella en su momento. ¿Eso dónde me deja? Ya no es que ni era una opción, ahora es que volvió con Alyss confundido, eso es que yo era una subopción en lo más profundo de su lista de cosas que le importan una mierda. Volví a arrastrar ese tema —el cual ya había tocado lo suficiente en mi mente todos estos meses atrás— y me centré en cómo se le iluminaba el rostro al hablar de su hija. Jamás entendería ese amor incondicional por un hijo, pero sin duda Caleb era de esas personas que te hacían plantearte lo importante que puede llegar a ser algo tan pequeño para una persona.

No hay mal que por bien no venga —me encogí ligeramente de hombros—El haber vuelto con ella te ha dado dos cosas buenas, que habéis roto dejando las cosas claras y una hija a la que adoras. Dentro de una ruptura, creo que has tenido de las mejores —Yo no era muy buena viendo las partes buenas de las cosas, de hecho era todo lo contrario, una pesimista de mierda, pero si le había dicho eso y estaba actuando así es porque en aquel momento Caleb no estaba como para decirle pesimismos, sino hacerle ver las cosas buenas que había.

Negué con la cabeza ante la idea que tenía sobre la custodia compartida. Yo no tenía ni puta idea, a ver, pero me imaginaba una custodia compartida bastante amable, no la mierda que se ve por ahí en donde la madre la tiene casi el 70% del tiempo.

Ya verás como estarás con ella más tiempo del que ahora mismo crees —le aseguré, de igual manera que antes, sacando ese sentido optimista y consejero de lo más profundo de mi alma, ya que llevaba ahí desde que tenía uso de razón—Así los momentos con ella serán más especiales. Y ella te va a adorar, por lo que la verás todavía más.

Estaba sentada en un sillón cercano a la camilla y la cuna, con las piernas cruzadas y con la mirada en Caleb. Estaba mal sentada, con el culo ligeramente hacia adelante por lo que no tenía la espalda totalmente apoyada atrás. Cuando le pregunté a Caleb qué era aquello que quería y para lo que llegaba tarde, el silencio que se produjo me hizo sentir hasta mal. ¿Por qué narices tardaba tanto en contestar? Un miedo desconocido, un mezcla extraña entre inseguridad, un amasijo de sentimientos que tenía escondido y retraimiento, comenzó a formarse en mi vientre ante su inesperado silencio.

Yo no era imbécil. Una parte de mí se empeñaba en creer que no había sido ni una opción para él, pero otra parte de mí sabía perfectamente nuestra historia y quería pensar que yo no era la única idiota que se había enamorado del otro, por mucho que me pesara reconocerlo.

Así que cuando dijo “tú”, aquella sensación extraña en mi vientre explotó y no sé si me hizo sentir tremendamente abrumada o me dejó en una calma excepcional. Llevé mi mano a mi rostro, lo tapé y bajé la mirada. No pude. No pude mantenerle la mirada y fue en ese momento en cuándo me di cuenta de que no fue calma lo que sentí, sino unos nervios increíbles. Me había dicho que yo era aquello que quería y para lo que llegaba tarde. Me había dicho que me quería. Yo no odiaba el compromiso, yo temía al compromiso. Por un momento incluso mi mente sopesó la idea que no era una buena idea hacer nada y que lo más sano para mí sería desaparecer. Pero luego me acordé de estos meses pasados, de lo mucho que lo había echado de menos, de todo lo que sentí aquellas dos semanas con él, en lo mucho que la había cagado y… ¿Y ahora qué hago? No quería hablar porque todo aquel amasijo de sentimientos ahora mismo estaba en forma de nudo en mi garganta y no me iba a salir ninguna palabra.

Me levanté sin alzar la mirada, sintiendo como me estaba temblando la mano ligeramente. Inhalé aire con lentitud mientras me acercaba a Caleb, quedándome justo delante de él. Llevaba tacones, pero aún así seguía siendo más alto que yo y yo seguía manteniendo la mirada en el suelo, por lo que aún no le había mirado a los ojos. Sujeté una de sus manos con la mía, esbozando una pequeña y leve sonrisa al recordar perfectamente su tacto, mientras que mi cabeza se acercaba a su rostro y seguía de largo hacia su oído, pude respirar su característico olor que me embriagó por completo y, entonces, entrelacé mis dedos con los suyos.

¿Desde cuándo lo sabes? —dije tras tragar, notándose claramente que estaba nerviosa, sobre todo para Caleb, que yo era un libro abierto para él en ese sentido. Inhalé aire nuevamente y cerré los ojos, sin saber si todavía mi mano estaba temblando levemente—. Porque yo lo sé desde antes de pasar aquellas dos semanas juntos y no me he sentido más cobarde en toda mi vida. No he parado de negarlo solo para no sentirme imbécil. Imbécil por pensar que era la única que no fue capaz de seguir su camino sin el otro.

Eso último lo murmuré con toda la sinceridad que tenía. No era muy difícil, si me conocías, darse cuenta de que tenía un terrible e ilógico miedo a ese tipo de situaciones. Sin embargo, en esta situación quería romper las barreras de mi horrible fobia y dejar de alejar de mí aquello que me completa y que quiero a mi lado. Se notaba que me costaba decirlo y es que en ningún otro momento aquellas palabras saldrían de mí si no fueran porque Caleb ya había terminado de confundirme por completo. Y, de verdad, necesitaba decirlo.
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Caleb Dankworth el Miér Ene 20, 2016 8:27 am

Nunca había estado tan nervioso al decir algo, y menos una sola palabra, en toda mi vida. Pero no era solo una simple palabra, sino que era una confesión, probablemente una de las confesiones más sinceras que he hecho en mucho tiempo. Le estaba confesando con esa simple palabra, ese simple “tú”, que sentía algo por ella. Y no solo que sentía algo simple, sino que la quería. Ya se lo había dicho antes, que había algo (o mejor dicho, alguien) que quería y había tardado mucho tiempo en darme cuenta. ¿Por qué había dicho que llegaba demasiado tarde? Porque sentía que esa era la verdad. Sentía que a lo mejor podría recuperar a Abi como amiga, pero que en ese sentido jamás la tendría por mucho que yo me hubiese dado cuenta hace dos meses que el problema que ella tenía con Alyss y conmigo eran los celos. Sentía que era muy probable que aquel día hubiese sido mi última oportunidad, y que se me hubiese escapado entre las manos como si fuese humo.

Por eso cuando por fin acepté confesar lo que de verdad sentía, haciéndola saber que ella era a quien yo quería aunque no me hubiese atrevido a decirlo hasta el momento, me sentí más nervioso que como me había sentido en muchísimo tiempo. Pensaba que Abi me mandaría a la mierda, que se enfadaría y que no querría saber nada de mí, o tal vez que me pediría que me olvidase del tema. Sentía que si eso ocurría me lo merecería, aunque no quería aceptarlo.

Pero esa no fue la reacción que tuvo Abi, sino todo lo contrario. Al final, al ver que suspiraba y que se cubría el rostro con la mano, me sentí preocupado. Sentí que la había cagado, y esta vez de verdad. Estaba a punto de disculparme, de inventarme cualquier excusa, pero entonces Abi se levantó y se acercó hacia mí. El corazón me palpitó con más fuerza, y sentí que me fallaba la respiración cuando Abi se colocó justo enfrente de mí. Cogió mi mano, y sentí como si saltasen chispas al producirse el contacto entre su piel y la mía, y un placentero calor subió por mi brazo hasta mi torso e hizo que me relajase. Lo que verdaderamente me relajó fue su sonrisa, suave y sincera. Era una sonrisa que casi nunca había visto en Abi; una sonrisa nerviosa, pero feliz. En mi rostro se dibujó una sonrisa igual, a pesar del estrés que estaba sufriendo este día. Al fin estaba teniendo un respiro de todo eso.

-Desde hace poco, pero ahora sé que lo sentía desde hace mucho y yo había estado ciego y no me había dado cuenta- admití cuando me preguntó desde cuando lo sabía. Había una gran diferencia entre el momento en el que sabes que sientes algo, y en el que empiezas a sentir ese algo.- Ya sabes que dicen que no sabes lo que verdaderamente quieres hasta que lo pierdes. Y cuando te perdí a ti hace meses… no sentí solo el dolor de perder a una amiga. Sentí que estaba perdiendo muchísimo más, y… y fue insoportable- me había sentido fatal al ser consciente de aquello mientras todavía estaba con Alyss, por eso había sentido que todo era injusto no para mí, sino para ellas. Pero ahora por fin toda la verdad había salido a la luz. Escuché las palabras de Abi y casi me costaba trabajo creer que las estuviese diciendo de verdad, y volví a sonreír. Claro que ella se había dado cuenta antes que yo de lo que sentía, era mucho más lista que yo.

Quería disculparme porque en mi ignorancia la había hecho sufrir a ella también. Pero ahora ya no tenía por qué ser así. Ahora, si ella quería, nuestros caminos no tendrían por qué estar separados. No dije nada, solo rodeé su cuerpo con mis brazos y la estreché entre ellos, apretándola contra mí. Enterré mi rostro en su cabello y besé su cabeza, respiré su aroma y cerré los ojos. Cada vez me daba más cuenta de lo mucho que realmente la había echado de menos. Jamás pensé que llegaría a sentir algo tan fuerte por Abi, pero esos sentimientos estaban allí y no podía negarlos, ni quería negarlos. Tampoco quería rechazarlos. Es más, les daba la bienvenida con los brazos abiertos.

Después de estar un rato en silencio, simplemente abrazándola así y sintiendo su calor y su presencia allí junto a mí, disfrutando del momento, me separé de ella y tomé su rostro entre mis manos mientras la miraba a los ojos. Había un brillo en ellos que no había visto en ellos antes, y de nuevo la sombra de una sonrisa apareció en mi rostro.

-Abi…

Antes de que pudiese hacer o decir nada más de pronto Grace volvió a toser, esta vez con más fuerza que antes. Toda la alegría que había sentido durante el breve rato desde que le había confesado la verdad a Abi hasta aquel momento desapareció de repente y fue sustituida por inmensa preocupación. Al principio pensé que a lo mejor iba a ser un ataque de tos insignificante como lo había sido antes, pero cuando Grace comenzó a toser con más fuerza y no paraba y su rostro se puso rojo entré casi en pánico y salí al pasillo a llamar a un sanador. El sanador más cercano entró inmediatamente, y tras examinar a Grace durante unos segundos la cogió en brazos y se la llevó urgentemente sin apenas decirme nada.

-¡Pe-pero oiga!- exclamé, quedándome casi sin voz a causa de la histeria.- ¡¿Qué ocurre?!

Abi y yo salimos al pasillo para seguir al sanador que se llevaba a mi hija a una sala de urgencias, pero nos detuvo una enfermera que no era la bajita y rechoncha de antes y nos dijo que solo podía ir yo con Grace a ver qué ocurría por ser el padre, pero que Abi se tenía que quedar. Protesté, y a punto estuve a punto de ponerme a gritar en pleno pasillo y a montar un escándalo para que dejasen que Abi viniese con nosotros, pero al final ella acabó volviendo a la habitación a esperar mientras que yo pasaba y seguía corriendo al sanador que se había llevado a mi hija. Le dieron unas cuántas pociones e hicieron algunos hechizos sanadores y no me enteré yo de qué más cosas, pero consiguieron estabilizarla, aunque pasó muchísimo tiempo…

Horas pasaron hasta que me dejaron volver a coger a mi hija en brazos para llevármela de nuevo a la habitación en la que nos estaba esperando Abi. Había caído ya la noche, y ella se había quedado dormida en la cama de la habitación. Yo no tenía ganas de dormir ni un solo minuto, no quería quitarle los ojos de encima a mi hija, pero los sanadores me habían asegurado que aquella había sido una pequeña crisis de los efectos secundarios del virus y que todo volvería a la normalidad. Aunque claro, la normalidad significaba que mi hija seguía debatiéndose entre la vida y la muerte, y hasta que no pasase la noche no sabríamos qué pasaría…

Le puse una manta por encima a ABi y me tumbé a su lado en la cama con mi hija aún en brazos. Creo que estuve horas así, simplemente tumbado junto a Abi mientras acunaba a mi hija y esperaba y esperaba… hasta que el sueño me venció, y me quedé dormido con Grace tumbada boca abajo sobre mi pecho.
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Abigail T. McDowell el Miér Ene 20, 2016 7:02 pm

Por cómo estaba bombeando sangre mi corazón parecía que me estaba enfrentando a mi propia muerte en vez de hablando con Caleb. Su presencia después de todo lo que había pasado entre nosotros me incomodaba, no por él, sino por mí, mis reacciones y pensamientos. Y ahora, que me había confesado eso y yo había hecho lo mismo, tenía más miedo que nunca. Jamás entenderé este miedo por algo que, socialmente, debería ser algo bonito, esperado y que acoger con una sonrisa… pero para mí no lo era, para mí era todo lo contrario, como si una parte de mí prefiriera seguir sufriendo sin él con tal de no estar pasando por este momento. Era horrible sentir que querías a una persona para que luego tu cuerpo y mente te animen a alejarte de él.

No sabía qué decir, por lo menos en aquel momento. En una situación en donde no tuviera las pulsaciones a mil ni me temblaran las manos por el mero hecho de tener que hablar sobre mis sentimientos, quizás pudiera decir algo. Pero ahora mismo me había quedado muda al escuchar a Caleb. Helada. No sabía cómo reaccionar, ni qué decir, pero lo que si sentía es que me había liberado de un peso descomunal. Caleb me abrazó y yo pasé mis dos manos alrededor de su nuca, apoyando mi cabeza en su hombro con un absoluto silencio. Tenía la sensación de que perfectamente podría pegarme así todo el día y toda la noche.

No le había mirado a los ojos en ningún momento, por lo que cuando se separó y me sujetó el rostro, sentí su mirada más penetrante que nunca, como si pudiera ver a través de mí. Pronunció mi nombre, pero no dijo nada más.

Grace volvió a toser y ambos nos giramos hacia ella para ver si estaba bien. Y no, estaba muy lejos de estar bien. Le había dado un ataque de tos que le había dejado el rostro totalmente rojo, como si no fuera capaz de parar ni para coger aire. Caleb salió corriendo de la habitación para llamar a una sanador, el cual no tardó en llegar para coger a Grace y llevársela. Perseguí a Caleb, el cual perseguía al sanador hacia algún lugar. Como era de esperar, a mi no me dejaron pasar y, a pesar de que Caleb insistió, prefería mil veces que siguiera de largo y estuviera con su hija a que se molestase en hacerme pasar y perdiera el tiempo. Le dije que no pasaba nada, que yo le esperaba en la habitación y que fuera con Grace.

Volví a la habitación y me senté en la camilla con la mirada perdida, con la mente demasiado activa mientras pensaba en lo sucedido con Caleb y en lo que estarían haciéndole a Grace. No sabía muy bien cómo reaccionar a nada y me sentía estúpida por ello. No obstante, no estuve toda la noche pensando, ya que en cierto momento, bastante pronto para la hora usual a la que me suelo acostar ya que llevaba todo el día en San Mungo y eso, quieras o no, cansa, me quedé dormida en la camilla.

[...]

Mi rostro daba para la ventana por lo que los primeros rayos de sol me despertaron. Abrí los ojos y me levanté, yendo hacia la ventana para cerrar mejor la cortina y que no molestara ni a Caleb ni a Grace, que ambos estaban profundamente dormidos en la otra mitad de la camilla. Bebí un vaso de agua, aquel que la sanadora rechoncha nos había traído el día anterior y luego me acerqué a Caleb y Grace, viendo los rostros de ambos durmiendo plácidamente. Mi rostro se relajó ante tanta calma inesperada, observando principalmente a Caleb, aunque mi mirada cambió ver como Grace se movía y se estiraba.

Me agaché de cuclillas, dejando mi rostro justo a la altura de dónde estaba Grace sobre Caleb. La niña bostezó con una energía increíble y no parecía tener esa dificultad respiratoria que tenía ayer. Abrió los ojos y casi me dio la sensación de que estaba mirando con el mismo Caleb; tenía unos ojos enormes y azules que tenía abierto de par par, con los que me estaba mirando fijamente, como si estuviera pensando quién narices es esa pelirroja que está delante de ella. Grace estiró la mano hacia mí y yo elevé la mía, tocándole sus pequeños dedos antes de que ella aferrara mi dedo índice con toda su mano.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Ene 22, 2016 2:26 am

No había querido quedarme dormido, pero el agotamiento había acabado venciendo sobre mí después de un duro día lleno de angustia y estrés, y acabé durmiendo toda la noche junto a Abi con mi hija en brazos, manteniéndola tranquila pues el movimiento de mi respiración la mecía suavemente.

No tuve un sueño muy pesado ni tranquilo, pero no me desperté durante la noche. Permanecí dormido hasta que por la mañana Abi se levantó. Yo parecía tener un sexto sentido, como una alarma que se activaba siempre que dormía junto a alguien y ese alguien se levantaba. No sé si fueron los rayos de sol en la cara, o el sexto sentido que me indicaba que Abi se había despertado y se había levantado, o si mi conciencia me estaba haciendo abrir los ojos porque ya había dormido demasiadas horas y tenía que ver qué tal estaba Grace. El sanador me había dicho el día anterior que todo dependía de cómo pasase la noche Grace, que si la sobrevivía estaría bien, pero si las cosas iban mal… entonces perdería a mi niña para siempre.

Poco a poco abrí los ojos, y parpadeé varias veces para acostumbrarme a la luz. Tenía cara de sueño, pues aunque había dormido no había descansado mucho debido al estrés. Lo primero que vi fue el techo, obviamente, pero lo siguiente que vi fue a Abi agachada a mi lado en la cama de la habitación de hospital. Giré un poco la cabeza hacia ella para mirarla, aunque todavía no procesaba muy bien las cosas debido al cansancio que tenía al acabar de levantarme apenas hace unos segundos.

-Buenos días…- murmuré, parpadeando otra vez y bostezando. Me fijé entonces que Abi no me estaba mirando a mí, aunque estaba agachada a mi lado. En ese momento sentí un movimiento sobre mi pecho, y todo el sueño desapareció completamente de mi rostro como si hubiese sido borrado de un plumazo, y mis ojos se abrieron como platos y se llenaron de incredulidad y de (sí, voy a admitirlo) algunas lágrimas de felicidad que no llegaron a caer al ver que mi hija Grace estaba despierta y muy espabilada, y pataleaba un poco mientras jugaba con Abi tirando de su dedo. Al principio casi no me lo creía, pero entonces me incorporé en la cama y la cogí con cuidado en brazos y la miré como si fuese el tesoro más grande que había sobre toda la Tierra y también en el resto del universo, y sonreí más de lo que había sonreído en mucho tiempo.- ¡Grace! ¡Oh Dios…! Estás bien…

La mano me temblaba de la emoción, pero se la puse en la frente para asegurarme de que ya no estaba ardiendo con fiebre como la noche anterior, y sonreí aún más al ver que Grace parecía estar perfectamente. Pataleó y agitó más los brazos y me miró, y hasta sonrió. Se me escaparon unas cuantas lágrimas de absoluta felicidad y la cubrí entera de besos, y entonces miré a Abi con la mirada empañada. No podía borrar la sonrisa de mi rostro. Con el brazo con el que no estaba sujetando a Grace abracé a Abi, a quien le agradecía tremendamente que se hubiese quedado conmigo todo el día y toda la noche. Le di a Grace un segundo para que la cogiese mientras yo salía de la habitación e iba a buscar a un sanador. El sanador entró y examinó brevemente a mi hija, y nos dijo que estaba perfectamente, que ya había pasado todo el peligro. El virus estaba completamente eliminado, y Grace ya estaba bien. El alivio que sentí fue como si me hubiesen quedado todo el peso del universo entero de los hombros. El sanador nos dijo que éramos libres de irnos a casa en cuando le hubiesen dado unas pociones a Grace para asegurar su completa recuperación y en cuanto comiese. En cuanto a Grace le dieron las pociones yo le di el biberón para que comiese, y se lo terminó el un abrir y cerrar de ojos. Estaba hambrienta después del día infernal que había pasado.

Cuando llegó la hora de irnos Abi y yo nos desaparecimos juntos para ir a mi mansión. Nos aparecimos justo en la puerta principal y entonces entramos en la mansión. Llevé a Grace, quien se había dormido justo después de comer en mis brazos, al piso de arriba para llevarla a su cuarto, y la metí en la cama para que descansase. Era muy pequeña, y necesitaba dormir mucho y recuperarse completamente. En cuando la dejé en su cuna la di un beso en su rechoncho moflete y entonces me giré para mirar a Abi, que estaba ahí, y suspiré profundamente aliviado. Me sentía agotado pero feliz y eufórico a la vez. La pesadilla había terminado.

-Creo que jamás podré terminar de darte las gracias por haberte quedado todo el día y toda la noche con nosotros- le dije a Abi, y entonces fui hacia donde ella estaba y la abracé.
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