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Merry Christmas to you — Abel Crawford

Invitado el Miér Ene 06, 2016 10:36 am

No fue una Navidad muy agradable. Normalmente me encanta la Navidad, el ambiente, los villancicos, el decorado de las casas y los comercios, las luces… y claro está, ¡los regalos! Pero Navidad también significaba Estocolmo.

Pasé casi dos semanas en casa y a cada día se hacía más obvio que papá seguía muy enfadado conmigo. Ni siquiera los balbuceos y sonrisas de mi Astrid lo ablandaban un poco. Hasta Greta parecía más encariñada con mi pequeña que su propio abuelo. Tampoco me ayudaron a estar más feliz los comentarios jocosos de mis hermanos sobre la desconocida paternidad de Astrid. El único que me defendió fue Erik, incluso acabando ya la cena de Nochebuena discutió con papá por mi culpa. Cuando Erik se metió en su cuarto dando un portazo mientras el resto de mis hermanos le criticaban con pequeños murmullos, me sentí muy culpable. Papá tenía razón con mirarme con desdén: cometí un grave error. Pero al menos fue un error que trajo una consecuencia preciosa. No hay muchos errores así.

Dos días después de Año Nuevo volví a Londres. Me quedaban sólo dos días para volver al trabajo, así que aproveché la mañana siguiente para dar un paseo a mi niña. A pesar de las fechas y del mal tiempo que suele hacer en Londres (aunque no tan malo como en Estocolmo) hacía un día muy soleado. Era la hora de merendar y entré en la primera cafetería que vi, justo al lado de una gran ventana. Coloqué el carrito a mi derecha para no perder de vista ni un segundo a mi niña. Estaba despierta pero tranquila y bien abrigada, y consultando el reloj de mi móvil me di cuenta de que todavía faltaba un largo rato antes de su próxima toma de biberón. Con lo buena que era no creía que protestara hasta entonces, a menos que ensuciara el pañal, claro. En mi aventura como madre estaba aprendiendo que el pañal se ensucia en los momentos más inesperados.

Llegó el camarero y le pedí un café solo, y unas magdalenas. Estaba distraída haciendo un sudoku con mi móvil, esperando que me trajeran la merienda, cuando vi por el rabillo del ojo una figura conocida. Dejé el móvil en la mesa y miré descaradamente por la ventana, esbozando una sonrisa amplia. Casualmente esa figura, Abel, entró también en la cafetería. - ¡¡Abeeeel!! ¡¡Hooolaaaaa!! - exclamé alargando las sílabas sin darme cuenta, con mi habitual sonrisa amplia y feliz. Hice aspavientos con las manos, por si acaso no me vio. Pero supongo que sí, porque toda la cafetería en pleno se había girado.
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Invitado el Vie Ene 08, 2016 12:02 am

Los días de Navidad son geniales, siempre me han gustado. Mamá se encargaba de que mis hermanas y yo tuviéramos regalos y de esconderlos por la casa o el jardín para que los encontráramos. Reconozco que me gustaba mucho, pasaba la noche sin dormir y era por supuesto el que los encontraba primero y casi siempre adivinaba donde. En Navidad me reunía con mi familia, lo pasábamos bien y siempre había sido el mimado por lo que no me quejaba. Pero al tener a Thomas y perder a su madre de esa manera tan trágica todo había cambiado. Sobretodo después de explicarle más o menos al pequeño porque su madre no está en los cumpleaños ni en estas fechas y casi siempre su regalo solía ser que ella viniera a verle. Me consideraba una persona fría y pocas veces había llorado en mi vida, pero eso me mataba por dentro. Aún era pequeño y no entendía bien lo que pasaba a su alrededor, pero me encargaba siempre de que siguiera en su ignorancia mientras pudiera.

Montones de regalos de parte de los abuelos y sus tías llegaban día tras día y al menos, estaba entusiasmado. Por mi parte le compraba casi todo lo que pedía, pero otras le decía que no para que valorara lo que tenía. No me gustaba para nada que Thomas fuera una persona materialista, eso me parecía de lo peor. Supongo que con el tiempo se dará cuenta. Comencé a caminar mas rápido mientras entrábamos a algunas tiendas y veíamos lo que había dentro, claro que antes nos parábamos a mirar los escaparates. Llevaba a Thomas en mis hombros y agarraba sus tobillos para evitar que se cayera y se hiciera daño. -Papá tengo hambre.- Y lo cierto es que yo también empezaba a notar el apetito y no estaría nada mal tomar una taza de chocolate caliente. Más tarde había quedado con Wendy y Amanda para que jugaran con sus hijos y mi madre acabaría uniéndose ya que no podía evitar adorar ver a sus hijos y nietos. Adoraba eso de mi madre, que fuera tan entregada a la familia. Abrí la puerta con mi hijo en los hombros y me giré al oir que alguien gritaba mi nombre. Al principio no sabía quién era pero luego sonreí amistosamente al reconocer a la chica. Tan alegre y sonriente como siempre, me venía bien esa dosis de felicidad. -Hola Leia. No esperaba encontrarte aquí. Menuda sorpresa. -Mi voz sonó sincera y es que a pesar de ser amiga de mi ex, no tenía nada en contra suya ya que siempre nos habíamos llevado bien y habíamos compartido conversaciones largas acerca de la vida, los misterios de esta y demás. -Oh vaya, es tu hija? Thomas tiene hambre así que había pensado en tomar un chocolate caliente que en estas fechas apetece mucho.- Bajé a Thomas de mis hombros y le hice una seña para que tuviera cuidado con el bebé. Era algo impulsivo y enérgico y tenía que saber que un bebé es frágil. Thomas se acercó despacio al carro donde estaba la hija de Leia y se puso de puntillas para verla, sonreí y miré a la chica.
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Invitado el Dom Ene 10, 2016 3:02 pm

Alguna que otra persona de las que se giraron cuando saludé a Abel, me miraron un poco raro. No me gusta nada pensar mal de nadie, pero eran miradas...  como burlonas. Eso me hacía sentir incómoda, pero abandoné esa sensación al fijarme de que Abel no estaba solo. Verlo con el pequeño Thomas hizo que algo se inquietara en mi interior. Una especie de sacudida en el estómago. Era la primera vez que lo veía desde que… bueno, desde que mi amiga, su ex, nuestro nexo en común, tuvo a su bebé. Ella fue un grandísimo apoyo con mi Astrid y me dio muchísimos consejos. Yo intenté convencerla muchas veces de que hablara con Abel y se lo contara todo, pero ella se negaba.  Aunque sabía que no debía meterme, me daba mucho apuro saber que el pobre Abel no tenía ni idea de que Thomas tenía un hermanito en el mundo. - El mundo es un pañuelo. - asentí con alegría, levántandome y cogiendo un par de sillas vacías de una mesa cercana para que se sentaran en mi mesa. - ¡Hola, Thomas! ¡Qué grande estás! ¿Te ha traído muchos regalos Papá Noel? - le pregunté sonriente al chiquillo. - Sí, tiene cuatro meses. No me puedo quejar, me ha salido buenísima. - le confié a Abel, inclinándome sobre el carrito y colocándole mejor una mantita de Minne Mouse que tenía encima. Uno de los muchos regalos de Sam.

Era tan tierno ver a Thomas mirando a Astrid con esa curiosidad tan natural en los niños… ay, me encantaría tener más hijos en un futuro. Cuando encuentre a mi príncipe azul, claro. Si volviera a tener un segundo error de ese calibre creo que a papá le daría un infarto. - Bueno, ¿qué tal estáis? - pregunté sonriente como siempre a Abel, volviendo a sentarme.
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Invitado el Mar Ene 19, 2016 12:55 am

Pedí el chocolate para Thomas y para mi. Mientras me acercaba a donde estaba Leia con el carrito que llevaba a su bebé. Ver esa escena me trajo muchísimos recuerdos, buenos sobretodo. Sonreí ladino al ver como descansaba su hija, la cual era muy pequeña y totalmente indefensa, casi me dio ganas de volver a pasar por eso. Los nervios de si será niño o niña, si se parecerá mas a ti o a su madre, como será de mayor, si tendrá tu mala leche o picardía o por el contrario será reservado e inteligente. Era maravillosa esa sensación. - Sí lo es. - Thomas asintió con energía y empezó a decirle de memoria todo lo que le habían traído y que su abuela, por supuesto, mi madre adoraba ser el centro de atención en cualquier fecha, aún le iba a dar más regalos. Por otra parte Wendy y Amanda, también le mandaban regalos y sabía que en parte intentaban llenar ese vacío que mi hijo podía sentir sin su madre... Aparté esos pensamientos de mi cabeza por un rato. Dolían demasiado. - Thomas el único problema que nos pudo dar es que comía muchísimo y míralo que bien le ha venido. - Me senté y me quité la cazadora colgándola en la silla. - Me alegro mucho por ti Leia. Un hijo siempre es un regalo, para mi es una de las mejores cosas de la vida. -

- Estamos bien. He encontrado empleo en Gringotts. Bueno llevo ya un tiempo y lo cierto es que me gusta ese trabajo. Los que no me gustan tanto son esos duendes que tienen muy poco sentido del humor y muy mala leche. -Solté una carcajada.
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