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Stressed out (Flashback) || Rose Saunders

Invitado el Mar Ene 12, 2016 7:15 pm

27 de diciembre de 2015

No dormí una puta mierda la noche anterior. Mientras el resto de la humanidad estaba de vacaciones, yo seguía trabajando. ¿Por qué? Porque soy negro, yo qué carajo sé, la cuestión es que solo tenía tres o cuatro días libres en toda la maldita Navidad. Y no, no es que yo sea muy navideño y quiera pasar todas las fiestas cebándome de comida en casa de doña Selene, es que me toca los cojones ir al Ministerio y ver que solo somos tres gatos trabajando. Por otra parte me proporcionaba una tranquilidad brutal, eso no puedo negarlo. El día anterior a Nochebuena me planté en casa de Fenixheart, algo que me apuesto cincuenta galeones que ni se esperaba ni todavía ha superado la impresión de verme plantado en la puerta de su casa como si fuéramos viejos amigos. Después de varias pullas, bravuconerías típicas de dos Gryffindors resentidos y mucha mala hostia de mi parte, accedió a hacerme un favor. Un favor que estaba seguro de que no le haría ninguna gracia a cierta golpeadora.

Aunque tanto Nochebuena como el día de Navidad me libré de pisar la oficina, tenía un juicio concertado para el día 27 a las 5:00 de la mañana. Lo irónico del tema es que el juicio iba sobre tráfico de calderos. Tráfico de calderos. Me iban a hacer ir al Ministerio un día de Navidad a las 5:00 de la mañana, una hora que no debería existir, porque un gilipollas traficaba con calderos como si fuera cocaína. Para cagarse. Obviamente no pude dormir porque estaba repasando los pormenores del caso (nadie diría que unos puñeteros calderos pueden dar tanto por culo) así que salí de casa el 26 por la mañana y volví el 27 a las 10:00. Como es obvio tenía más sueño que veinte cestas de gatitos.

Desayuné algo con los ojos tan entornados que quien me viera pensaría que soy chino. Bendita magia que me hizo las tostadas y me untó la mantequilla, porque con mi atontamiento me hubiera metido el cuchillo de untar por una oreja y ni me habría dado cuenta. Después me quedé en bóxers, me tiré al sofá y no tardé ni tres segundos en proferir el primer ronquido.

No sabía cuántas horas habrían pasado, solo que estaba soñando que practicaba el Darth Vaderus de los cojones. No se lo conté a nadie porque tengo una reputación que mantener, pero desde que Rose se encaprichó con ese hipotético hechizo practicaba a diario. Era patético verme en mis escasos ratos libres sentado en la alfombra, rodeado de libros de creación de hechizos y practicando. Contra todo pronóstico logré crear ese absurdo hechizo con más facilidad de la que pensé en un primer momento. Aún así estuve como una semana más practicando y asegurándome de que no me quedaba con la voz de Darth Vader de por vida, y de que funcionaba siempre el contrahechizo. Justo soñaba que volvía a practicarlo y esta vez no me salía. Desesperado, no sé de dónde coño salió el Sombrero Seleccionador de Hogwarts y me dijo enfadadísimo que yo era un Hufflepuff de pura cepa y que por eso no podía crear un hechizo tan simple. Era un inútil. De repente, un Darth Vader de tres metros con la bufanda de Slytherin empezó a hablarme en pársel.

Justo estaba atacando con una varita-sable láser al Darth Vader de tres metros, cuando un sonido estridente me molestó. Gruñí tanto en el sueño como fuera de él, pero seguía empuñando la varita-sable láser con fiereza. El sonido volvió a sonar, valga la redundancia, y se me encendió una bombilla en el cerebro. La idea de que ese sonido era el timbre del piso me llegó con tanta lentitud que cuando abrí los ojos, ya era la cuarta vez que sonaba. Aturdido y soltando palabrotas ininteligibles, me dirigí con los ojos medio cerrados y dando tumbos a la puerta. Abrí la puerta con violencia y mi cuerpo tembló en un enorme bostezo. Miré al infinito, sin bajar la vista y sin fijarme en quien había insistido cuatro veces para que le abriera la puerta.

- Me cago en la puta, ¿cuántas veces tengo que decir que soy ateo? ¡¡¡QUÉ NO ME VENDÁIS MÁS BIBLIAS!!! - vociferé más aturdido que nunca y dando tumbos, casi sin poder tenerme en pie. Malditos Testigos de Jehová, ¿por qué coño no me dejan dormir y se meten sus biblias por el puto culo? Cerré la puerta de un portazo, o esa fue mi intención. Estaba tan atontado y tan dormido que aunque el golpe fue violento, la puerta quedó medio entreabierta. Me tiré en plancha al sofá soltando un bufido de irritación cuando Ares metió un salto al suelo y empezó a ladrar alegremente en dirección a la puerta. Lo vi corretear de reojo, volviendo a quedarme en duermevela y enterrando la cabeza entre cojines. Di por hecho que eran Testigos de Jehová, porque nadie me daría tanto por culo como para meter cuatro timbrazos seguidos y despertarme.
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Invitado el Miér Ene 13, 2016 11:36 am

Cuando apenas quedaban unos días para que regresara a Londres de vacaciones, pensaba que el regreso a casa sería fantástico, que pasaría mucho tiempo con papá para compensar el tiempo perdido los meses anteriores, y que también tendría ocasión de quedar con todos mis amigos muggles, además que ver a Magnus para esa prometida sesión de cine para ver juntos El despertar de la Fuerza. Pero a excepción de un par de quedadas con algunas de mis amigas para ir a hacer compras de Navidad, lo cierto es que apenas habíamos podido vernos. La mayoría estaban muy ocupados con sus asuntos, con reuniones con sus familias e incluso viajes a la otra punta del país e incluso a otros países. Y papá, con quien esperaba pasar mucho tiempo, estaba desbordado de trabajo, y muchas veces le habían llamado a las tantas de la madrugada y se había tenido que ir de casa, dejándome sola en la casa. Pero lo entendía, era su trabajo, y, como le decía, el mundo no se iba a parar por que yo estuviera con él en casa.

Lo peor había sido en Nochebuena. Normalmente, cenábamos en casa papá y yo solos, y preparábamos la gran mesa del salón en lugar de cenar, como cualquier otra noche, en la mesita cuadrada de la cocina. Solíamos rememorar las mejores batallitas del año, pero desde que había entrado en Hogwarts a papá le gustaba que le contara con más detalle que en las cartas todos los grandes acontecimientos del año. Ahorrándome lo que no le iba a contar, le hablé con pelos y señales de todo lo demás, desde las clases más interesantes a los entrenamientos de quidditch, al momento en que había salido elegida campeona del Torneo en el baile de Navidad a cuando Sirius nos había conseguido tirar al lago, y por supuesto también le hablé del Baile de Navidad. Cuando llegó el momento, saqué las fotos, y papá y yo sonreímos ante las figuras que nos saludaban desde el papel; papá se sonrió cuando el Sirius de la foto adoptó una pose más chulesca, haciendo que tanto la Rose de la foto como yo pusiéramos los ojos en blanco. Pero no fue hasta que no vi a papá con la mirada perdida, aparentamente mirando la foto cuando en realidad sabía que no estaba viendo nada, cuando me preocupé. Al preguntarle qué le pasaba, me había dicho que estaba preciosa, y que seguró que a mamá le habría hecho ilusión verme así.

Aquella había sido la primera noche en días en que volví a tener pesadillas, y así continuó los siguientes días, como si los recuerdos hubieran sido un oso hibernando, a la espera de que llegara el momento adecuado para hacerlos resurgir. El día de Navidad había tratado de disimular delante de papá, y aunque no conseguí hacerlo muy bien, por suerte el deber decidió llamarle ese día, justo después de la comida, y no tuve que seguir fingiendo más. Para cuando regresó a casa, ya había conseguido la suficiente entereza como para saber disimular algo mejor, y al día siguiente, cuando al levantarse vio que yo ya había preparado el desayuno y me había duchado, cambiado de ropa y recogido mi cuarto, mi excusa de haberme levantado pronto para salir a correr sonó tan bien que casi podría haber sido verdad. Pero para entonces, la expectativa de ver a Magnus al día siguiente era como una luz que mantenía a raya a la oscuridad en mi interior.

Aquella noche había vuelto a soñar con mamá; me miraba con ojos brillantes, llenos de sadismo y locura, y se iba acercando cada vez más, dispuesta a atacarme. Yo cerraba los ojos y me encogía sobre mí misma, preparándome para un golpe que nunca llegaba; al abrir los ojos, un Jedi con la espada de Godric Gryffindor estaba delante de mí, haciendo retroceder a mi madre. Al girarse el Jedi y ver que se trataba de Magnus, mirándome con ojos duros pero tiernos y llenos de preocupación, yo le sonreía en agradecimiento. Gracias por ayudarme, Obi-Mag Kenobi. Eras mi única esperanza. En el momento en que él había abierto la boca para responder, justo me había despertado; en el fondo hasta me había cabreado por no saber que era lo que Obi-Mag había estado a punto de decirme y ya nunca sabría. Pero luego me había recordado que aquello había sido solo un sueño, y que era hora de volver al mundo real. Un mundo real donde también estaba Magnus, uno que también me iba a llevar a una galaxia muy muy lejana aquel mismo día.

Como había quedado con Mag después de comer, la mañana se me hizo insufriblemente lenta; para distraerme, había tratado de llamar por teléfono a cuantas amigas muggles pude localizar mientras hacía alguna que otra tarea de la casa (papá es un cielo, pero como amo de casa deja un poquito que desear). Pero mi humor era excelente; para comer, preparé la comida favorita de papá, contagiándole también a él de mi extraordinario buen humor, y antes de irme, incluso, me había detenido para darme una botella de vino para que se la diese a Mag como regalo navideño de su parte. Cargando con el regalo navideño de papá y con los míos (además del regalo de Magnus, también le había comprado un detallito a Ares), caminé por Londres rumbo a la nueva casa de Mag; había conseguido hacerme llegar su nueva dirección hacía poco, pues la que conocía era de su antigua casa en el valle de Godric. Por suerte, su nueva casa estaba a apenas veinte minutos andando desde la mía.

Era tal mi entusiasmo que conseguí llegar en quince minutos. Sonreí en cuanto vi su edificio y apreté el paso cuando vi que la puerta del portal estaba abierta; apenas un minuto después ya estaba delante de su puerta, con el dedo pegado en el timbre. Cuando a la segunda vez no contestó, despegué el dedo del timbre y fruncí el ceño. ¿No estaba en casa? A lo mejor tiene algún juicio o alguna emergencia de última hora y por eso... Pero no, me habría avisado de alguna forma. Con decisión, volví a llamar una tercera vez, y una cuarta. A lo mejor está en el baño y no me oye. Iba camino a llamar una quinta cuando escuché ruidos en la casa (así que hay gente, pensé, rezando con todas mis fuerzas por que no fuera esa tal Abi); torcí un amago de sonrisa cuando escuché unas palabrotas siendo proferidas al otro lado de la puerta. Era Mag, no había duda. El mismo Mag que abrió la puerta con más mal genio que Hulk es sus malos días y que, al parecer sin reconocerme, me gritó que no le vendiera más Biblias.

Me quedé tan en shock que no dije nada, y permanecí petrificada, observando como entraba en la casa cual zombi salido de The Walking Dead sin molestarse en comprobar si la puerta estaba bien cerrada. Abrí la puerta del todo para pasar, cerrando tras de mí; al girarme, vi a Mag desplomarse en el sofá. No me había fijado hasta entonces, pero estaba DESNUDO. Sin ropa. En cueros - a excepción de unos calzoncillos que, todo sea dicho, le dejaban todo bastante apretado. Me sentí incapaz de cerrar los ojos, los notaba tan abiertos que parecían a punto de salirse de las órbitas; se habían quedado fijos en su enorme espalda y en ese tatuaje del guepardo que la cubría. El guepardo era como Magnus, un animal fiero e imponente, que solo mostraba su verdadero yo con aquellos con quienes tenía más confianza. Me daban ganas de tocar al guepardo, y Magnus, además, tampoco estaba en condiciones de decirme lo contrario...

Entonces, unos ladridos y una presión en mi pierna me devolvieron la cordura y me hicieron mirar hacia abajo. Sonreí en cuanto vi al adorable perrito saltando en mi pierna, pidiéndome mimos. ¡Hola Ares! Dejé los regalos apoyados junto a la puerta y me puse en cuclillas en el suelo junto a Ares, que estaba tan nervioso que parecía a punto de hacerse pis ahí mismo de la ilusión. Feliz Navidad a ti también, chiquitín. Yo también me alegro de verte. Acariciar al adorable animal no era suficiente, así que le cogí en brazos con toda confianza y comencé a hacerle monerías; Ares no hacía más que jadear mostrándome la lengua y meneando el rabo, así que tampoco debia de parecerle mal. Feliz Navidad a ti también, Mag. Me giré hacia la figura desplomada en el sofá, aún con Ares en los brazos. Tu perro tiene mejores modales que tú, que lo sepas. No iba con tono de reproche. Lo había dicho mirando al adorable perrito que me miraba con ojos llenos de ternura, y había terminado la frase dándole al animal un toquecito en la trufa con mi mano libre y haciéndole una carantoña; Ares respondió lanzando un alegre ladrido. Venga, levanta, tenemos una galaxia que salvar. Pero antes.... Dejé a Ares en el suelo, y acto seguido el perrito comenzó a correr en torno a su dueño y a lamerle las partes del cuerpo que pillaba al alcance; yo me dirigí hacia la puerta a coger todos los regalos que había traído conmigo. Los cogí con mis brazos (con cuidado de tener bien agarrada la botella de vino para no hacer un estropicio) y aguardé, sonriente, mirando al guepardo que reinaba en la espalda de Magnus hasta que este decidiera darse la vuelta y mirarme de frente de una maldita vez; aun así, ese guepardo no era una visión para nada desagradable.

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Invitado el Vie Ene 15, 2016 6:16 pm

Hay una fase entre estar dormido y estar despierto: el estado zombie. Así me encontraba después de que Testigos de Jehová llamaran a la puerta cuatro veces. Enterré la cabeza entre los cojines queriendo descansar, pero los ladridos de alegría de Ares sonaban en mi cabeza como martillazos. Lo escuchaba corretear, ladrar, moverse, jadear, y todos esos movimientos epilépticos que hace mi perro cuando está feliz, que creo que es el 100% del tiempo. El día que no esté hiperactivo tendré que llevarlo al veterinario de urgencia.

Gruñí un par de veces, sintiendo palpitaciones en la cabeza mezcla del ruido que hacía mi perro y el sueño acumulado. Además a todo esto se sumaba una voz femenina, que tardé un minuto entero en reconocer. No entendía bien sus palabras, ni comprendía qué coño hacía ella allí. ¿Ahora a Rose le había dado por vender Biblias? Teniendo en cuenta de que no entendía una puta mierda de lo que decía, imaginé que serían imaginaciones mías, restos del sueño tan raro sobre Darth Vader que tuve rato antes. Abrí los ojos con lentitud al notar a Ares lamer mis pies (supongo que quiere suicidarse, mis pies apestan que te cagas). Acto seguido se subió a mi espalda y se tumbó. Volví a gruñir y me di la vuelta, tirando a Ares sobre el sofá.

Me quedé boca arriba, con la mirada fija en el techo. Me sentía algo más despejado, y me pregunté a mí mismo por qué coño di por hecho que fueron Testigos de Jehová. Es verdad que los muy hijos de puta molestan en los momentos más inesperados, pero de ahí a dar por hecho que son ellos sin ni siquiera mirar hay un trecho bestial. Fuera quien fuera, si era algo tan importante, que volviera. Y si no, que le den por culo. Achaqué al sueño tan extraño que había tenido aquella obsesión con los religiosos, cuando me dio por incorporarme. Y entonces pegué un respingo tan brusco como si acabara de ver a diez dementores.

Rose se encontraba enfrente de mí, con un peinado peculiar y feo de cojones. Me fijé primero en los dos paquetes y en la botella de vino que llevaba en brazos, y luego con la boca abierta miré su cara y sus… ensaimadas. Volví a bajar la mirada (y juro que esta vez no era para intentar averiguar cómo tiene las tetas) y me fijé también en esa camiseta de Star Wars. Un remolino de ideas se me vino a la mente. Joder, necesitaba un puto café. Pero a la de ya.

- Tú… ¿cómo coño has entrado? - la miré sin comprender, frotándome los ojos con desconcierto, intentando despejarme un poco. - Hoy… hoy era lo de Star Wars, ¿verdad? Me cago en la puta y en todos los muertos del cementerio. - solté poniéndome en pie y tambaleándome un poco. - Siéntate… ahora vengo. - le indiqué, haciéndole un gesto al sofá.

Sin ni siquiera reparar en que me había visto casi como mi madre me parió, me metí en el dormitorio y me puse una bata. Normalmente me la pongo encima de un pijama si tengo frío, pero si mi cerebro estaba tan desconectado como para no recordar que había quedado para ver la maldita película de los tíos especiales, sería una gracia buscar el pijama. Miré la hora del reloj de la mesita de noche, y vi que tenía tiempo de sobra para despertarme y ponerme el disfraz del Anakin de los cojones. Y bien sabía que con lo primero tardaría un buen rato.

Volví al salón y me senté en el sillón que estaba junto al sofá, viendo cómo de nuevo Ares saltaba al sofá y le pedía mimos a Rose con una insistencia que parecía que le iba a dar un infarto.

- Feliz Navidad, feliz año nuevo y todas esas gilipolleces que se dicen. He estado veintiséis horas y media seguidas en la oficina, no me culpes por estar medio dormido. - le pedí reprimiendo un bostezo. Entonces me quedé mirándola fijamente, muy fijamente, con expresión cómica. O esa era mi intención, entre que mi expresión facial natural es estar cabreado con todo el mundo y todavía estaba medio en el mundo de Morfeo, creo que más bien parecería un acosador. - Mira que el peinado es feo de cojones, pero estás guapa. Lo tuyo debe ser un récord, no muchas tías son capaces de estar guapas con esos pelos. - la felicité esta vez esbozando una media sonrisa leve. - ¿Cómo estás? Y ya sabes a qué me refiero. - dije con seriedad, no quería recibir un simple “bien”. - ¿A qué Kevin no ha pillado a tus guardaespaldas? - pregunté retóricamente, luego señalando con la cabeza los paquetes y la botella que llevaba. - No tenías que regalarme nada. - le recordé, sabiendo perfectamente que serían regalos para mí. Lo que me sorprendía era la botella de vino, teniendo en cuenta mi rechazo absoluto hacia el alcohol. O bien era uno sin alcohol (existen pocas variedades, pero las hay) o bien era un autoregalo de Rose porque quería pegarse una borrachera después de ver Star Wars.
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Invitado el Mar Ene 19, 2016 11:37 am

La forma de ser de Magnus era un tanto particular, pero en cambio su perrito era todo ternura y alegría. Mientras que Magnus me había abierto la puerta a gritos y con los ojos desenfocados (por supuesto, sabía que no me había reconocido, porque a mí nunca me hablaba así por mucho que le enfade), Ares no había tardado un segundo en corretear en torno a mí y a dar saltitos a mi pierna, pidiéndome mimos. Por supuesto, se los había dado; me encantaban los perros, pero además Ares era completamente adorable. Mientras le tenía brazos y le hacía carantoñas, no dejaba de pensar en que seguro que mi regalo le quedaba de miedo.

Aunque el guepardo de la espalda de Magnus era una distracción, le deseé una Feliz Navidad tan pronto entré por la puerta y le animé a levantarse del sofá (pues el tío se había desplomado en él como si fuera una nube super blandita y calentita o algo); él era quien me había invitado a lo de Star Wars, así que ahora no se iba a ir de rositas, claro que no. Si Rose no va a Star Wars, Star Wars va a Rose. Pero antes, por supuesto, era el turno de los regalos de Navidad de Mag, porque no era plan de ir cargando con ellos hasta el cine (y además le tenía que probar el jersecito a Ares sí o sí). Bajé a Ares al suelo y me quedé mirando a Mag con una sonrisa y los regalos en los brazos; el único movimiento que este hizo fue darse la vuelta en el sofá cuando Ares se subió a su espalda, haciendo que este cayera al sofá. El guepardo es un animal salvaje, no hay duda.

Permanecí en esa posición durante un buen rato, esperando a que Mag se moviera. Tenía que tener mucho sueño, o muchas preocupaciones en la cabeza, para no fijarse en mí; se me estaban empezando a dormir los brazos, que seguían sujetando los regalos. Entonces, como si Mag hubiera escuchado mi mente, se incorporó del sofá y dio un respingo al verme. Sonreí cuando vi su cara de confusión y empanamiento a partes iguales; era adorable. Asentí cuando vi que sus ojos se desplazaban de mi peinado a la camiseta que llevaba debajo del abrigo, que me había desabrochado al entrar en el portal de mi amigo. El portal estaba abierto. Y tu casa me la has abierto tú sin darte cuenta. Sonreí con ojos divertidos y tiernos a partes iguales. Asentí de nuevo cuando dijo que hoy era lo de Star Wars, algo confusa; pensé que al ver mi camiseta ya había hilado todas las piezas, pero al parecer aquel día iba lento. Pobrecillo, menuda paliza se ha tenido que meter en el trabajo; prefería pensar eso a que había pasado la noche en vela por estar a la tal Abi (además, pensé mirando alrededor y examinando la casa, esta no tenía un toque femenino, así que si había quedado con ella desde luego no habían estado en esa casa).

Mag me indicó que me sentara en el sofá mientras él se escaqueó del salón; aunque al principio mantuve mi posición, me giré en el último segundo y logré verle entrar en otra habitación solo en calzoncillos, mis ojos desviandose irremediablemente a su trasero, que tenía bien apretado entre los calzoncillos. Su trasero era de perfectas proporciones, redondo y voluminoso pero sin ser de Kardashian, que esos ya son exagerados. Noté las mejillas calientes y abrí mucho los ojos antes de cerrarlos con fuerza y sacudir la cabeza. Rose, ¿qué estás haciendo? Soltando un suspiro, me dejé caer en el sofá, aún sujetando los regalos entre mis manos, y al segundo noté a una criatura peludita tratando de buscar un hueco por debajo de mis brazos para meterse ahí. Cuando miré a Ares, sonriente, este me devolvió la mirada con la lengua fuera de la boca y ojos brillantes, como si estuviera a la espera. No puedo acariciarte, chiquitín, tengo las manos ocupadas. Cuando vuelva Mag, ¿vale? Como si me hubiera entendido, el perro se bajó del sofá de un salto y, tras acercarse a beber agua a su bebedero, se fue hacia la habitación por la que antes había desaparecido Magnus, dejándome sola en el salón.

Bajé la mirada a los regalos. Dos de ellos, los dos míos, estaban envueltos, mientras que el de papá olvidaba completamente el factor sorpresa ya que no estaba adornado ni con una triste cinta. Puse los ojos en blanco, pensando que papá tenía muy poco arte para esto de los regalos sorpresa. Lo cierto es que no sabía si Mag era mucho de vino porque no le había visto beber delante de mí, pero no se lo iba a decir a papá, claro. Lo que sí que tenía ganas de ver era su cara al desenvolver mi regalo, el que era para él. Sonreí. A Magnus le gustaba leer casi tanto como a mí, y no me cabía duda de que esos libros le encantarían, pero además así, para el próximo Halloween, sabría reconocer un disfraz de uruk-hai, orco o nâzgul si veía alguno.

Justo en ese momento, Magnus reapareció en el salón (para mi desgracia, se había tapado el cuerpo con una bata de estar en casa - una bata que, todo sea dicho, le daba un aire varonil y refinado). Tan pronto se sentó en uno de los sillones, Ares, que había ido detrás de él todo el rato, saltó al sofá y volvió a su tarea de tratar de que le hiciera mimos. Magnus me deseó Feliz Navidad quince minutos después de cuando yo lo hiciera, y después puso fin al enigma sobre el motivo de su empanamiento. Abrí mucho los ojos. ¿¡Veintiséis horas!? ¿Eso es legal? ¿Quién mejor que él para responder a esa pregunta? Aunque me preguntaba si tenía el poder suficiente para, en caso de no serlo, meter en la cárcel a todo el Ministerio de Magia, Ministro incluido. Justo entonces me di cuenta de que Mag me estaba mirando insistentemente, y tuve que frenarme para no desviar la mirada a la fina abertura de su bata por la que se podía parte parte de su pecho hasta la cintura. En su lugar, le mantuve la mirada, y sonreí radiante cuando dijo que el peinado me quedaba bien y que estaba guapa. Gracias. Pero aún no has visto el disfraz entero. Torcí una sonrisa traviesa. No me lo había llevado puesto de casa por si Magnus se rejaba en el último momento, pero el disfraz de Leia iba perfectamente guardado en mi bolso con forma de cabeza de ewok, que había encantado años atrás mágicamente para que tuviera una capacidad como la del bolso de Mary Poppins.

La sonrisa se desvaneció de mi rostro cuando me preguntó por mi estado de salud. Fruncí los labios al ver sus ojos críticos en mi rostro; no se iba a contentar con un simple "bien", maldita sea. Tirando. Me encogí de hombros; técnicamente no era "bien" o "mal". Pero aun así, sabía que se preocupaba mucho por mí cuando no tenía por qué, así que solté un suspiro y cambié de postura en el sofá, mientras Ares se movía insistente a mi lado reclamando los mimos que hasta el momento no había conseguido. Aunque el Baile de Navidad me vino bien, tuve la cabeza distraída y no pensé en otras cosas. ¡Por cierto, tengo fotos!. La imagen de Sirius dando un beso en los labios a la profesora McGonagall debajo del muérdago no se me borraría nunca de la cabeza. Por supuesto, me ahorré de comentarle a Magnus que durante las vacaciones no había tenido tantas distracciones y las viejas heridas se habían reabierto; tampoco quería hablar del tema, y menos el día en que íbamos a ir a ver Star Wars. Por su parte, Magnus siguió erre que erre y me preguntó por sus aurores, haciéndome poner los ojos en blanco. Y por tu bien, espero que así sea. Creo que sospecha algo. Las miradas que había lanzado la mañana del día de Navidad, antes de que le llamaran del trabajo, me habían hecho temer lo peor.

Por suerte Mag cambió de tema pronto. Le miré desconcertada un segundo, y luego seguí su mirada y vi que estaba mirando los regalos que tenía sobre los brazos. Sonreí radiante, emocionada; de haber tenido una mano libre, la habría sacudido en el aire. Y tú tampoco tendrías que haberme regalado el bate y la Saeta. Que por cierto, es genial. Ya la he usado en los entrenamientos de quidditch y en las clases de Vuelo, y tiene un balance increíble, es... Miré a Magnus de reojo y me sonrojé. ya estaba divagando otra vez. Vale, perdón, ya paro. A ver, tus regalos... Dejé los dos paquetes envueltos apoyados sobre mis piernas para coger la botella con las dos manos de forma que Mag pudiera leer la etiqueta. Este regalo es de papá; me estaba yendo de casa cuando me detuvo para dármela y que te la trajera. No sé si eres de vino, pero igualmente le diré a mi padre que te encantó, así que no te preocupes. Extendí los brazos para que cogiera la botella. Le di unos segundos por si quería examinarla por sí mismo, y a continuación cogí con cada una de mis manos los dos regalos restantes que antes había dejado en mi regazo; silenciosamente, Ares se me subió encima y se acurrucó encima de mis piernas. Miré hacia abajo un momento, con ojos llenos de ternura. En serio, este perrito es adorable. Aunque no le había dado más mimos, igualmente se había acurrucado encima de mí. ¡Es más cuqui! Levanté la mirada y miré a Magnus, extendiendo hacia él primero el brazo en el que tenía su regalo. Los regalos envueltos son los míos, uno para ti y otro para Ares. Este es el tuyo, espero que te guste. Aguardé sonriente mientras lo desenvolvía, mientras con la mano libre acariciaba a Ares, que se había puesto boca arriba para que le rascara la tripita tan pronto notó el roce de mi mano en su pelaje.

Al terminar con su regalo, extendí el otro brazo para alcanzarle a Mag el regalo de Ares, dejándome libre la otra mano. Mientras él desenvolvía el regalo, yo cogí a Ares con las dos manos como quien coge un bocadillo y comencé a juguetear con él, subiéndole un par de veces al aire con cuidado para después bajarle. Mag aún seguía forcejeando con el papel cuando me llevé al perrito a la cara y acaricié su cabeza con mi mejilla. Cuando vi que Mag había desenvuelto por fin el paquete, apoyé a su perro en mi regazo y miré a mi amigo con ojos ilusionados. ¿Cómo lo ves? Yo creo que es su talla, pero será mejor que se lo probemos por si acaso. Bajé la vista al perrito, que permanecía sentado sobre mis piernas en posición erguida. ¿Tú qué opinas, Ares? Al oír su nombre, el perro me miró y soltó un ladrido alegre.
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Invitado el Jue Ene 21, 2016 4:54 pm

Me di un susto de tres pares de cojones cuando vi a Rose, plantada en mitad del salón con un par de regalos y una botella de vino en brazos. Sabía perfectamente que todavía no tenía ni de coña el carnet de Aparición, así que se me pasó por la cabeza que quizás ahora la niña se dedicaba a vender Biblias para ganarse un dinerillo extra. Luego recordé que porque llamen al timbre no significa que sean Testigos de Jehová siempre, y mi mente formó la teoría de que en realidad no le abrí la puerta a religiosos, sino a Rose. Tardé bastante en adquirir esa hipótesis, que me pareció probable. Y ella me la confirmó poco después. Aún así me quedé mirando el infinito con un empanamiento de cojones y tardé en reaccionar y levantarme.

Me puse una bata encima mientras bostezaba varias veces y notaba a Ares por ahí ladrando, moviéndose con nerviosismo y echándose unos carrerones épicos desde mi dormitorio hasta el cuarto de baño. En otras circunstancias me habría parado para tranquilizarlo y hacerle carantoñas, que es lo que pide a cada segundo, pero tenía cosas más importantes que hacer, joder. Cómo despertarme, por ejemplo.

Me desplomé en el sillón junto al sofá, intentando despejarme un poco. Si no hubiera tenido una jornada de trabajo brutal habría limpiado un poco el piso. Que a ver, no es que estuviera hecho una mierda, pero ya había visto tres pelusas y el mueble donde reposaba la televisión, algunas películas y carpetas del trabajo, tenía una fina capa de polvo. Esperaba que a Rose no le entrara la vena que la hacía parecer mi madre y me dijera que me comprara un elfo doméstico. Puedo limpiar el polvo yo solito, gracias. Otra cosa es que no tenga tiempo, no me acuerde o directamente no me salga de los cojones porque no tenga ganas.

Le aclaré a Rose por qué ni me acordaba de que habíamos quedado, no fuera a ser que se pusiera en modo indignada. Reí con su pregunta, negando con la cabeza desganado.

- Claro que no. Pero una cosa es la teoría y otra lo que pasa luego en la realidad. En el Ministerio si tienes un cargo de responsabilidad no puedes fiarte de los horarios: los imprevistos ocurren muy a menudo. Claro que también depende de cada uno, yo soy responsable con mi trabajo y no me escaqueo como hacen otros… - dejé caer con desagrado. No me apetecía hablar de trabajo precisamente, para qué mentir. Prefería pasar el tiempo observando aquel… aquel peinado extravagante y feo. Porque coño, me da igual con qué puñetera película se hizo famoso el peinadito, pero era más feo que el culo de un elfo doméstico por dentro. Y lo curioso e irónico del tema es que aún así Rose estaba guapa. Si fuera por mí preferiría que se disfrazara de Leia cuando está amarrada al bicho ese gigante con obesidad mórbida, pero dudaba mucho que Kevin la dejara salir con tan poquísima ropa. Y bien que hace, no soy el único pervertido de Londres. - Tú estás guapa con todo lo que te pongas. - aproveché para piropearla así, por la cara, dando luego un bostezo tan grande que Rose me vería hasta las muelas del juicio.

Le pregunté cómo estaba, y no pensaba conformarme con un simple bien. Que yo supiera (y conociendo a Rose lo daba por hecho) era la única persona cercana a ella que estaba al tanto de lo que le ocurrió. Mejor dicho: estaba al tanto de que la secuestraron y la jodieron viva. No tenía ni puta idea de que ocurrió, y tampoco iba a preguntarle ni a presionarla, ya me lo contaría cuando lo viese conveniente, y si quería. Fruncí el ceño con aquel “tirando” que no me convenció una mierda, pero inmediatamente me habló del famoso baile de Navidad.

- ¿Con quién fuiste al baile? Nombre y apellido, casa, edad, profesión paterna y materna, expectativas de futuro del chico, número de pie… - aquello último obviamente era de coña, me importaba una mierda su número de pie. Pero todo lo demás era en serio, quería saber toda la información posible sobre aquel chaval. - Y por supuesto quiero verlo. - agregué haciendo referencia a aquellas fotos. - El día que te eches novio tendrás que presentármelo y le haré un examen que necesitará pasar, lo sabes, ¿no? Tengo que darte mi aprobación. - Ella era mayorcita para liarse con un mendigo si quería, por mucho dolor en el corazón que nos produjera a Kevin y a mí. Pero coño, Rose se merece lo mejor. Puse los ojos en blanco cuando ella insistió que su padre sospechaba algo sobre los guardaespaldas. No hice ningún comentario, porque no me salía de los cojones escucharla decir que su padre es Superman. Que sí, que es un tío listo y es policía, pero no puede competir contra dos aurores experimentados.

No tenía que regalarme nada por Navidad. Se lo repetí como cincuenta millones de veces, pero como ya supuse ella acabó haciendo lo que le salía del coño. Reí con su emoción contenida al hablarme de la Saeta de Fuego, cuyo coste todavía me dolía en lo más hondo de mi bolsillo.

- Me alegra oír que te gusta, que va bien y toda esa mierda. Que con el dineral que costó lo mínimo es que vaya bien. Llegas a estar descontenta y me tiro por un puente. - reconocí en un suspiro, volviendo a bostezar repentinamente. Ya me sentía un poco más despejado, pero eso no quitaba que estuviera deseando volver a dormir. Me iba a tener que tomar tres cafés y diez cocacolas para poder aguantar hasta la noche. Putos calderos de los cojones. Me sorprendió que me dijera que la botella de vino era un regalo para mí, eso sí, de parte de Kevin. La cogí arqueando una ceja y la giré para mirar la etiqueta. La leí por encima y solté una leve carcajada: era sin alcohol. - Dile a tu padre de mi parte que es un puto crack. - dije con sinceridad cuando ella añadió que le diría que me había encantado, aunque no fuera el caso. - Es sin alcohol. Cada vez que veo a tu padre me intenta convencer para que me tome una copa con él, pero siempre lo ignoro porque no bebo alcohol. Al final ha sabido salirse con la suya. Me recuerda a alguien. - esbocé una sonrisita irónica mirándola, dejando la botella de vino en la mesa y cogiendo el primer paquete que me dio. - ¿Le has comprado un regalo a mi perro? - pregunté sorprendido, asimilando lo que me acababa de decir. Todavía iba con efecto retardado. Desenvolví el regalo que era para mí, encontrándome con un pack de tres libros. Leí la portada de los tres y me di cuenta de que era una trilogía que además me sonaba mucho. - Coño, ¿esto no es lo de “mi tesooooro”? - pregunté poniendo más aguda la voz en una imitación bastante pésima, hay que reconocerlo. Conocía las películas que se hicieron de esos libros, y en la televisión más de una vez vi un bicho repulsivo que decía esa conocida frase. Ahora, también reconozco que no tenía ni puta idea de que iban los libros. - Gracias, Roseia. Aunque sospecho que me los has regalado para llevarme al Lado Oscuro de otra historia friki, ¿me equivoco? Dime que en esta no salen tíos que viajan por el espacio. - pedí medio en broma medio en serio con una sonrisa ladeada, girando el libro para leer por encima la contraportada. No, tenía más pinta de rollo medieval. Desenvolvía el regalo para Ares mientras el susodicho disfrutaba de una sesión intensiva de mimitos y carantoñas. - Joder, te tenía que haber recibido transformado, yo también quiero que me cojas en brazos y me rasques la barriga. - dije evidentemente de coña, Rose no podía coger en brazos a un guepardo, pero lo de rascarme la barriga no se podía descartar.

Justo estaba pensando en lo bizarro que sería eso, cuando terminé de quitar el papel de regalo encima del nuevo trajecito de Ares. Tuve que reírme, era imposible no hacerlo. Si yo fuera un perro y me ponen eso mi dueño aparece por la mañana muerto, pero al pesado e insistente de mi yorkshire le pegaba bastante. En esos momentos estaba seco con él porque el muy cabrón había ladrado y pedido atención mientras dormía, pero el resto del tiempo suelo hacerle tantas carantoñas como le hacía Rose. Claro que eso, como es lógico, me lo callo. De ahí que esté tan mimado y sea tan puñetero y pesado.

- Seguro que le está bien, con él es fácil acertar: solo tienes que coger la talla más pequeña que haya. Anda ven, chucho peludo, que te lo voy a probar. - añadí mirando a Ares con rencor. Mi pequeña cosa peluda soltó de nuevo otro ladrido entusiasta y pegó un salto hacia mí. Lo cogí con una mano y en menos de decir Crucio ya le había encasquetado ese jersey canino por encima. Volví a reír a ver las pintas que tenía Ares, pero él parecía muy feliz porque movía la cola sin parar y volvió a corretear hacia Rose. - Le pega. Cuando mi madre lo vea así se le van a caer las bragas… que hablando de bragas, me ha regalado por Navidad un pack de cinco calzoncillos de Papá Noel. En una nalga se ve a Papá Noel y en la otra a un reno. - confesé poniendo los ojos en blanco. Me los probé solo para confirmar lo ridículos que eran y luego los tiré a la basura. No pensaba ponerme semejante mierda, cómo lleve eso puesto me paso el resto de mi vida sin follar.
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