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La vida sigue {Sam J. Lehmann}

Invitado el Dom Ene 17, 2016 3:02 am

Recuerdo del primer mensaje :

"Sintió como una patada hizo que su interior se removiese, las lágrimas que caían tenuemente de sus ojos, lágrimas de dolor ante aquello que casi se le había hecho evidente desde el primer momento, un ser esperado tanto por ella como por su ex-mujer la cual ahora estaba lejos de ella, lejos de todo y todos. Las fuerzas de aquella mujer que una vez alardeó de no tener nada que perder ahora flaqueaban precisamente por perder a aquella mujer que tanto había amado. Su cuerpo yacía en el suelo, inmóvil tras el duro golpe que acababa de serle propinado en las calles de Londres y donde estaba segura de que la vida en su interior estaba extinguiéndose así como sus propias ganas de seguir viviendo."

Se levantó de la cama sobresaltada y con la cara empapada, no estaba segura de si era por el sudor o por las lágrimas, llevaba varias semanas soñando con lo mismo, aquel maldito día que logró destrozar lo poco de felicidad que pudo haberle quedado en su vida. Se incorporó en la cama frotándose los ojos para eliminar los rastros que pudieron haber quedado de las lágrimas y acto seguido miró uno de los relojes de la pared. Le quedaba poco tiempo para llegar al ministerio, de ser una muggle probablemente contaría con un retraso en su hoja de asistencia si es que existía algo así, pero siendo una bruja, era tan fácil como aparecerse en una de las estancias habilitadas para ello por lo que tras echarse hacia atrás el cabello y ponerse en pie, el ducharse y vestirse correctamente (o más bien apropiadamente) para ir a su puesto de trabajo le llevó menos de un cuarto de hora por lo que no tardó tampoco demasiado en aparecerse donde debía para tomar su puesto en el ministerio.

El sonido sordo de los tacones en el pasillo aún pseudo vacío le sonaba a gloria, siempre había gustado de los tacones, del poder que a su parecer le otorgaba poder mirar a más de uno de sus compañeros de frente y ver como poco a poco estos se empequeñecian frente a su frívola mirada. Mentiría al decir que no disfrutaba de aquello, era como una manera de demostrar que por mucho que el mundo mágico (como la sociedad muggle) fuese una sociedad machista en la que muchos hombres creían ponerse por encima de las mujeres solo por tener pene que la verdad, para algunos parecía más el cetro del poder único que un cacho flácido de carne.

Se acercó a una de las máquinas de café para tomar uno, necesitaba algo de cafeína en su organismo antes de meterse a trabajar en aquella oficina repleta de imbéciles, por lo que nada más sacar su café de la máquina se apoyó en uno de los amplios ventanales para observar como la vida seguía fuera de aquellas paredes.
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Sam J. Lehmann el Sáb Mar 26, 2016 2:59 am

La única información que Sam tenía de Erika es que era auror y había pertenecido a slytherin, una casa y una profesión que por norma general no suelen estar demasiado relacionadas, por lo que cuando dijo que en su pasado podría haberse considerado un poco vil ella lo relacionó con su estancia en Hogwarts. Era conocido por muchos estudiantes del colegio que los slytherin solían tener ciertas tendencias ofensivas y abusonas, por lo que no estaba muy desacertado pensarlo—¿Y eso por qué? —como buena ravenclaw, mostró su propia curiosidad—Inténtalo —le animó a intentar explicárselo.

Samantha atendió a la opinión de Erika con respecto a lo que había dicho. La rubia asintió cuando le aseguró de que probablemente en más de una ocasión había tenido curiosidad por saber cuál era la historia o qué sentía otra persona—Como bien dices, eso es innato en el ser humano; la curiosidad por otras personas es algo que todo el mundo siente, sea tanto curiosidad emocional como histórica —Al fin y al cabo con la legeremancia no solo podías ver los recuerdos de las personas, sino incluso ver los sentimientos de éstas—Es una rama mágica con mucho peligro en las manos equivocadas —admitió, sintiéndose ella misma ese peligro social por lo corrompida que se sentía. Pero por suerte, el comentario de la morena le hizo sonreír para no adoptar una mueca culpable ante su propio comentario—Gracias, supongo. Es de agradecer recibir un halago de la autoridad mágica —añadió sonriente.

Una punzadita de malestar por la morena invadió a la rubia. No la conocía prácticamente nada, pero debido a su reputación, su manera de ser y demás, ver cómo hablaba de su difunta esposa era sencillamente precioso. Sam era de esas personas que adoraba el amor y todo lo que le rodea, por lo que este tipo de situaciones le hacían ver a las personas muy diferente a cómo quieren mostrarse—Nadie es la misma cuando está con la persona a la que ama que cuando está sin ella, pero no quiere decir que esa parte de ti se haya acabado, solo que ya no tiene la motivación para salir —dio su opinión tranquilamente, no queriéndose meter mucho en el tema ya que además de no haber mucha confianza se sentía un poco invadiendo su intimidad y, a pesar de que eso no era problema para la legeremaga pues invadía la intimidad de montón de personas al día, no quería cagarla diciendo algo inapropiado—Está claro que son unos flojos. A mí me pareces una zorra encantadora —le guiñó un ojo amistosamente por el medio uso del mote que se había ganado.

Su gusto por el deporte hizo que Sam sonriese al ver una similitud entre ambas—A mí también me encanta hacer deporte, corro todos los días o no me siento bien conmigo misma —admitió algo divertida—Y estoy tomando clases de defensa personal también, hace poco tuve una mala experiencia y me di cuenta de que necesitaba valerme sin varita —le explicó de manera resumida y sin darle verdadera importancia. Eso sí, dejó de lado el tema de la superficialidad porque Sam era todo lo contrario a superficial y podría ser un tema bastante largo y tendido que no tenía ganas de discutir—Eso es verdad. Tendría que ser de lo más interesante volver a Hogwarts ahora para ver cuánto han cambiado las cosas por allí.

Le preguntó por lo que echaba de menos de Hogwarts y Sam bajó la mirada mientras esbozaba un débil sonrisa. Justo en ese momento vino la camarera con el pedido de ambas y Sam miró su empanada, dándose cuenta de que la mera forma y olor de una empanada ya era algo que le traía montón de recuerdos a su mente—Lo que más extraño es a mi mejor amigo. Se llamaba Henry y cursaba en ravenclaw como yo, aunque al contrario que yo, él era el que sobresalía en el quidditch, como prefecto y en todas las clases mientras yo me quedaba en una esquina sintiéndome invisible. Pero era como un hermano para mí, ¿sabes? —le contó su historia, ya que en realidad ya tenía “superado” el hecho de no volver a saber más nada de Henry—Desapareció hace tres años después de ingresar en San Mungo en estado crítico y jamás volví a saber de él —se ahorró echarle la culpa a los aurores de hace tres años, ya que no prefería seguir manteniendo esa cordialidad con la morena. Pero Sam culpaba una y otra vez a las autoridades por  no hacer nada al respecto, motivo principal de que Sam hubiera tomado sus propias medidas—Posiblemente sea lo que más echo de menos, aunque soy ravenclaw, así que también hecho esa enorme biblioteca con olor a libro viejo y mucho polvo, era una mina de oro para mí —admitió dulcemente—¿Y tú? Ahora que han pasado ya varios años, tengo una pregunta que hacerte. ¿A los slytherin os dan una charla cuando ingresáis en esa casa que os motiva a ser unos insoportables egocéntricos en vuestra estancia en Hogwarts? —preguntó con una mirada divertida y una sonrisilla, dejando claro que era una pregunta que iba a broma y que esperaba que no se tomase a mal.
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Invitado el Vie Abr 01, 2016 9:41 am

-La curiosidad del Ravenclaw – Elevó las cejas sonriendo de medio lado, negando ligeramente con la cabeza – No es un pasado del que esté orgullosa, quizás confraternicé demasiado con cierto “ídolo” de masas de cuestionables ideales – Dicho de aquel modo era bastante evidente a lo que se refería sin llegar a nombrarlo o inmiscuirse más de lo debido en aquello, al fin y al cabo su pasado en las filas del señor tenebroso no eran algo que debiera saberse en el ministerio por su propio bien y por la labor de mantener su trabajo, en el que algo como aquello, sería verdaderamente una desgracia y pese a tener cierta confianza con la chica, creada por el ambiente de comodidad que compartía con esta, no iba a decir nada lo suficientemente claro como para poder optar a perder todo por lo que había trabajado.

- Creo que, si alguien viese lo que siento y pienso, además de hechos “históricos” de mi vida, probablemente me considerarían una persona demasiado inestable – Era una realidad que, en su vida, la mujer de origen latino había sufrido más de lo que ella misma quería reconocer. Una mujer asesinada, padres que rechazaron a la que fue el amor de su vida, un pequeño que nunca llegó a nacer…Todo lo que una persona podía perder, todos los diferentes tipos de pérdida los había sufrido, incluso los de haberse perdido a sí misma durante unos meses donde el alcohol era algo así como el bálsamo protector de todo, aunque verse en tan deplorable estado la hizo rápidamente cambiar para volver a ser la Erika que ahora se erigía frente a todos y aquella mujer de carácter insoportable que lograba poner en cintura hasta al más holgazán – Eso de autoridad mágica suena realmente bien, lástima que no se nos respete demasiado en este mundo – Hizo una leve mueca recordando algunos incidentes ocurridos contra los que eran, coloquialmente hablando, la policía mágica.

No era de las que solía tratar aquel tema con naturalidad, de hecho era uno que tendía a ponerla de bastante mal humor y hacer que la morena contestase de modo nada agradable, sin embargo allí se encontraba, comentándolo como algo normal o un hecho poco doloroso en su vida – Esa parte no existe ya – Sonrió evidentemente entristecida con aquel tema – La capacidad de querer en mí, falleció con mi esposa – Se encogió con suavidad de hombros, restando importancia a sus palabras aunque lo cierto es que aquello quemaba en su pecho como una maldita supernova. – Me alegra que me des la razón, aunque igual si me hubieras pillado de mal humor no creerías que soy encantadora, yo misma reconozco que a veces ni me aguanto, pero eso no me impide el desquitarme con el resto del mundo, me sale así de fábrica – Echó su cabello hacia atrás, negando levemente con una tenue sonrisa ante aquellas palabras que algo si habían logrado animar la conversación que ella misma había tornado, quizás, demasiado lúgubre para aquel día.

- ¿Defensa personal? No he llegado a tanto pero sí que voy cada día al gimnasio, aunque he de decir que algunas de las máquinas que usan los muggles parecen más instrumentos de tortura que de ejercicio – Había tenido alguna que otra mala experiencia con alguna de sus máquinas, de hecho, más allá que la cinta de correr y poco más, Erika no tendía a usar mucho más – Probablemente nos llevaríamos las manos a la cabeza, si todo es tan permisivo como los padres probablemente querríamos una segunda temporada entre esos muros, sigo queriendo entrar de nuevo en la zona prohibida de la biblioteca, no tuve la oportunidad de ver demasiado cuando entré en ella. – Si bien pensaba que era lógico pisar el bosque prohibido… ¿Iba a ser la biblioteca algo diferente? No, ponerle prohibido a algo en un pseudo internado era como colocarle un neón para que los adolescentes se viesen atraídos como polillas.

Era un hecho que la rubia sentía cariño por aquel muchacho por lo menos en la manera de la cual hablaba de él, cosa que la hizo arrepentirse momentáneamente de haber preguntado por aquello si podía resultarle doloroso o simplemente incómodo de recordar y más aún cuando continuó con la “historia” que estaba contando. No quiso entrar en más detalles del por qué no había podido ir a visitarlo a San Mungo, aunque de haber entrado en estado crítico en la institución, probablemente no hubiera salido demasiado bien parado de lo que fuera que hubiese pasado – El quidditch era algo que nos hacía desconectar mucho a quienes lo practicábamos, probablemente de haberlo visto como algo más, yo misma habría intentado dedicarme a ello profesionalmente, es algo que me apasionaba en mis tiempos jóvenes – Una leve carcajada se escapó de sus labios, haciendo una leve mueca con los labios ante su pregunta, negando levemente – Creo que eso nos viene innato a todos, es como algo que el sombrero busca en los Slytherin me parece, aunque el egocentrismo de los Gryffindor es digno de mención solo que por unos u otros motivos, están vistos como nobles y no se les molesta tanto con su egolatría y el que la mayoría piensen que el mundo depende de su gran valentía y es un hecho que no todos son precisamente unos osados leones. – Se rió tomando un nuevo trago de su cerveza de mantequilla - ¿A los Ravenclaws de verdad os gusta más un libro que una persona? Todos los que he conocido han confraternizado más con un libro que con un ser humano – No estaba lanzando aquella pregunta por actuar a la defensiva, sino por que nunca había tenido amistad o había hablado más de dos minutos con un Ravenclaw.
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Sam J. Lehmann el Lun Abr 04, 2016 2:31 am

La exRavenclaw se quedó un poco pillada por lo que le había dicho la morena. ¿Ídolo de masas de ideales cuestionables? ¿Se refería al Lord Voldemort? Sam la miró de reojo con una mirada totalmente sorprendida y ciertamente incrédula. ¿Pero Erika no era una aurora? ¿No se suponía que los aurores van en contra de ese tipo de señores y que buscan paz y justicia? ¿Cómo era posible que hubiese cambiado tanto de opinión repentinamente? Que era totalmente lógico estar en un bando y volverte neutro por no querer seguir creyendo ciertos ideales y huir de los extremos, ¿pero cambiar drásticamente de bando? ¿Eso no era un poco bipolar? Evidentemente Sam no se sabía su historia, pues si se la supiera todo tendría sentido, pero tampoco quiso preguntar. Era auror y hablar de Lord Voldemort, hasta la fecha, nunca le había traído buenos recuerdos ni buena suerte—¿Pregunto? ¿O prefieres que no?—preguntó Sam. Evidentemente no quería preguntar nada que la incomodase a ella o a sí misma, además de que Sam era legeremaga por lo que tenía esa empatía por la privacidad que mucha gente no tenía.

Cuando Erika le comentó eso de la “inestabilidad”, Sam supo perfectamente que probablemente esa inestabilidad vendría ligada a la bipolaridad de cambiar de bando tan drásticamente. Le entró curiosidad por saber esos hechos históricos de los que hablaba en su vida, pero le daba palo preguntar cosas tan personales cuando en realidad se acababan de conocer. Sam prefería quedarse con las dudas con el fin de hacérselas en otro momento en donde hubiera más confianza—No es que no se os respete… —le contradijo Sam—Simplemente se os cuestiona porque sois la única autoridad que hay después del Ministro, por lo que toda la mierda sobre las muertes, desapariciones y demás caen sobre vuestros hombros. Toda la culpa siempre os la echarán a vosotros al igual que los muggles le echan la culpa a los policías y a los políticos que gobiernan su país.

Samantha soltó aire suavemente y se encogió de hombros—Yo creo que tenéis mucha más presencia de la que crees, aunque creas que no sois respetados —dio su opinión. Por ejemplo la rubia no les tenía en muy alta estima, pero los respetaba. Sam les había visto hacer cosas bien y cagadas muy grande, pero si ella no los tenía en alta estima era simple y llanamente porque cuando ella les necesitó, ellos le dieron la espalda.

¡Pero qué manía tenía la gente con pensar que el amor se pierde para toda la vida cuando muere una persona que amas! Que sí, que es totalmente lógico y plausible el hecho de pensarlo pues sientes un terrible vacío en tu interior que te hace volverte la persona más pesimista en el mundo… Pero el amor es un sentimiento, no un ente superior que va y viene, que se queda o te abandona. Sam era de esas personas que creían en el amor verdadero y escuchar ese tipo de comentarios le rompía el corazón en mil pedazos. Erika tenía suerte de que no tuvieran confianza… no le habría dado charlas a Matt por el mismísimo tema en pos de animarle a dejar de ser un pesimista en el amor… ese tipo de comportamiento te hace perder oportunidades y todo el mundo sabe que el tren de las oportunidades solo pasa una vez—Mujer, no seas tan dura —fue lo único dijo respecto a lo de que esa parte había muerto junto con su esposa—Nadie de mal humor es encantador, eso está claro. Pero no solo tú, hasta yo soy insoportable. Pero he tenido suerte. ¿Te imaginas que nos llegamos a encontrar en la máquina de café de mal humor? Hubiéramos terminado muy diferente... y eso que no iba con muchos ánimos hoy por la mañana a tomarme ese café —confesó algo divertida, con tal de dejar de hablar del amor y de su esposa fallecida porque si no a Sam se le iban a subir los feelings, que ella era muy de llorar por historias trágicas como esas.

Soltó una divertida risa cuando Erika comparó las máquinas deportivas de los muggles con elementos de tortura—Sí, defensa personal. La verdad es que me lo paso increíblemente bien y aprendo de todo un poco, fue de las mejores ideas que he tenido en mucho tiempo —confesó con sinceridad. Se lo pasaba bien no, lo siguiente, yendo a esa clase con Emily. Era como un método rápido, eficaz y sencillo en dónde liberar endorfinas y aprender a valerte por sí misma.  Esa había sido su mejor idea y tenía también muy clara cual había sido su peor idea. Pista: “juramento inquebrantable.”

La exRavenclaw le contó resumidamente la historia de Henry, para que se hiciera un idea de lo que realmente echaba de menos, luego, como tampoco quería entrar en dramas pues no era ni el día ni el momento para ello, habló de cosas más banales además de hacerle una pregunta de lo más estereotipada—Uff, el quidditch… —la miró de reojo, llevándose la mano a la frente como si fuera el tema tabú en su vida—¡Odio el quidditch con toda mi alma! Jamás lo jugué porque soy pésima en la escoba. Jamás le vi la ergonomía y comodidad en ir subida a un palo de madera de veinte centímetro de diametro a una distancia superior de diez metros del suelo. Pero lo odio porque una vez espectando un partido una bludger mal desviada me partió el brazo. Fue la peor noche de mi vida —Pero que mal sabe y cómo duele la poción restauradora de huesos… Sam era de esas personas que ni jugaba, ni espectaba ni tampoco se enteraba del quidditch. Era de esas cosas que, literalmente, se la reflanflinflaba. Mientras tomaba una porción de su comida escuchó la respuesta de la morena sobre los Slytherin y su mala hostia y, cómo no, se metió con la casa de los leones—Oh, los eternos rivales… Slytherin y Gryffindor… —murmuró con un gesto divertido, sintiéndose terriblemente nostálgica—Para serte sincera, las dos casas me parecíais prácticamente iguales en cuanto a contenido, espero no ofender tu orgullo de serpiente con ese comentario, pero me daba la sensación de que erais dos caras de la misma moneda —bromeó eso último para luego reír por su pregunta sobre los Ravenclaw y su predilección y amor por los libros—¡Eso no es verdad! —Entonces se calló de repente y la miró como buscando un vacío legal en su pregunta—¡Es que depende de la persona! —añadió divertida—La verdad es que no soy una persona objetiva para contestar eso, te repito que en Hogwarts apenas socialicé. No conocía a nadie, era nueva en el mundo —dicho implícitamente su condición sanguínea de impura o mestiza— y, como buena Ravenclaw, consideraba mejor compañía un libro que me abría un mundo de conocimiento que un Gryffindor chulillo o un Slytherin tocapelotas. Entiende mi posición de niña asocial con principio de Asperger —exageró divertida con un gesto tremendamente risueño y dulce—Lo he superado, ¿vale?
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Invitado el Vie Abr 08, 2016 3:56 am

Igual estaba hablando de más, pero lo cierto es que en aquel momento lo necesitaba, no sabía si era la presencia de la rubia y el que esta acostumbrase a guardar secretos o simplemente porque estaba harta de callarse para quedar bien, no iba a ser de todos modos tan clara como podría ser con otros temas de menor contenido sensible, pero sí que sabía que decirlo no tenía por qué significar nada, ella no participaba con aquel monstruo, al menos no desde hacía bastante tiempo y se arrepentía de haber servido a tal ser, menos habiendo sucedido lo que luego terminó pasando, acto que estaba más que segura de que tenía que venir de sus queridos compañeros de ideales, asunto por el cual Erika simplemente se desvinculó de todo, eso y que su ánimo no estaba ya con ella – Puedes preguntar, pero también puede que no conteste si pienso que vas a decir algo de esto aunque siempre ha habido ciertos rumores alrededor de mi persona con ese tema – Sonrió levemente inclinando la cabeza hacia un lado, dando un trago a la cerveza de mantequilla y agarrando luego un pedazo de su empanada de calabaza para tomar un buen trozo.

-No podemos hacer todo lo que se nos pide, como otros organismos también nos vemos desbordados y debemos seguir protocolos bastante severos en todo momento, créeme que a veces yo misma sé que somos de poca utilidad, sin embargo sigo trabajando para que eso cambie, nuestra sociedad tiene que cambiar drásticamente y eso desgraciadamente nos hace perder mucho rango de acción – Estaba dando la razón a la joven, sin embargo no podía evitar defender a su colectivo, claro que muchas muertes podrían ser achacadas a su poca rapidez de reacción o a sus órdenes directas, no es que ella fuese precisamente el buen ejemplo de Auror perfecto, pero sí que siempre lo había dado todo por sus corazonadas o por sus propias fuentes, cosa que más de una vez había acabado metiéndola de cabeza en situaciones poco favorables. – A lo que llegamos es que la culpa siempre la tiene otro, nunca uno mismo, es un comportamiento infantil.No dudo de nuestra presencia, pero si del respeto, supongo que hay maneras de ver las cosas, a mí que me culpen de fallos en el sistema no me parece lógico, desgraciadamente estamos a las órdenes del ministerio, y con ello nos comemos toda la mierda que estos redactan sin tener ni la más mínima idea de lo que es tener que ignorar ciertas alertas solo porque “no son de alta prioridad”. – Recordó fugazmente aquellas palabras que fueron dadas tras el asesinato de su mujer y le hirvió la sangre.

Sus labios se curvaron en una escueta sonrisa, negando levemente con la cabeza – No soy dura, soy realista, puede que suene derrotista, pero no contemplo tener otra relación ni enamorarme de nadie y cuando me propongo algo es difícil que falle a mi palabra – Se encogió levemente de hombros, Erika era una mujer que cuando se proponía algo realmente no fallaba, nunca lo había hecho y dudaba que aquel momento fuera a ser el primero. Puede que la joven lo viese de otro modo, no lo juzgaba, pero tenía claro que no iba a amar, no iba a volver a dejarse tan expuesta para que luego una panda de imbéciles irrumpiese en su casa y acabasen nuevamente con la vida de quien lo fue todo para ella. – Probablemente de haberme encontrado de mal humor me habrías lanzado el café encima, ya me han amenazado con eso en más de una ocasión, algo así como el acto reflejo que de primeras te da ganas de hacer cuando alguien que se cruza contigo es un completo imbécil, de hecho, yo ya he lanzado varios cafés a algún que otro subnormal y de verdad, sienta de vicio. – Si, además de su gran labia para molestar a la gente, a veces la auror pecaba de mano rápida, si bien no solía golpear a nadie, sí que se habían visto golpeados por objetos arrojados por la latina, qué se le iba a hacer, no era su culpa que la mayoría de la gente se tomase a mal sus premisas, que sí, lo era, pero es algo que ella no iba a reconocer, no entraba en su código genético el darle la razón a los demás.

-Quizás sería una buena opción dejar el Thai Chi por la defensa, nunca sabes cuándo te pueden dejar sin varita – Se encogió levemente de hombros, la verdad es que nunca se había metido a pensar en aquel tipo de disciplinas muggles, generalmente un mago optaba por la magia en casi el cien por ciento de los casos algo bastante lógico ya que pocas cosas había más eficaces que la magia, quizás un arma de fuego muggle, pero esta era fácilmente aplacable con hechizos bastante básicos, vamos, que hasta un alumno de Hogwarts podría deshacerse de estas con magia, pero tener un método de escape era una idea inteligente.

-No es cómodo, para nada, tener un palo entre las piernas no es precisamente la pasión de mi vida, créeme – Suspiró levemente sonriendo luego para proseguir – Pero la sensación de peligro en la boca del estómago, esa adrenalina que se escapa por cada poro cuando se juega un partido es verdaderamente única, no hay palabras para describir lo que desestresa un buen partido. – Aunque debía reconocer que el golpe de une bludger más que adrenalina, te hacía descargar toda tu ira hacia los golpeadores rivales y su maldita puntería – Visto así entiendo un poco tu animadversión hacia el deporte rey del mundo mágico, las bludger no son plato de buen gusto – A ella la habían llegado a noquear con aquellas pelotas infernales y sabía lo que se sufría cuando un hueso se fracturaba con aquel balón, solo que ella obviamente se exponía a aquello jugando, la pobre Sam había sido un daño colateral de la mala puntería de alguien (o de la mala leche, según se mire) – No es solo rivalidad, es sentido común, a mí sinceramente los Gryffindor siempre me parecieron una panda de inconscientes, pero no por ello los atacaba, en su mayoría eran ellos los que venían a buscar gresca y qué decir…No soy del tipo de mujer que se queda callada ante las gilipolleces de algunos así que…Les daba lo que querían casi siempre – Se encogió levemente de hombros negando – Se nos compara por ser las más significativas, en realidad las cuatro casas tienen cosas parecidas entre ellas y los leones y las serpientes no iban a ser diferentes pero nosotros lo aceptamos, ellos siguen creyéndose los héroes del mundo con su falsa modestia, al menos yo reconozco que era una mala perra – Asintió levemente elevando las cejas, no le costaba demasiado reconocer aquel tipo de cosas – Que lo hayas superado es toda una suerte, si no probablemente seguirías inmersa en tus libros pasando del mundo exterior y se perderían a una persona bastante agradable – Tomó un nuevo sorbo de su cerveza de mantequilla, encogiéndose ligeramente debido a un escalofrío – Al final va a resultar que yo misma extraño mi época de estudiante.
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Sam J. Lehmann el Miér Abr 13, 2016 2:07 am

Entendía perfectamente la desconfianza, al fin y al cabo se acababan de conocer. No quería preguntar nada fuera de lugar, por una parte para no meterla en un compromiso y, por otra, porque no quería decir una barbaridad ilógica. Prefirió ir por lo seguro, preguntando aquello que suponía ella podía saber—¿Qué rumores son esos? —preguntó—No suelo estar muy atenta a los cotilleos del Ministerio como para enterarme de los rumores que hay por ahí, la verdad. Soy lo más despistado del  mundo con los rumores, además de que no suelo creerme ninguno.

Y era verdad que la gran mayoría de los rumores eran inventados por personas con mucho tiempo libre, con una imaginación demasiado verde y con una inteligencia más bien nula. Sam jamás había supuesto nada de nadie y, si lo había hecho, se lo preguntaba directamente en vez de estar desarrollando teorías conspiratorias con nadie para desarrollar un rumor estúpido. Le parecía muy inmadura la gente que hacía eso todavía a esta edad. Y más de una auror, con una reputación detrás y un poder que ejercer.

La legeremaga podía entender perfectamente su indignación con el tema principal de su trabajo: la eficacia y las bocas largas. Era muy fácil quejarse cuando no tenías que hacer nada y cuando no sabías todo el esfuerzo que desempeñan los aurores en sus tareas… De hecho, siempre que algo sale mal, son los aurores los que peor salen parados por los comentarios del pueblo—La verdad es que deberías hacer oídos sordos a quejas de ciudadanos que no tienen ni idea de lo duro que es desempeñar tu trabajo —le recomendó con sinceridad—Solo alguien como tú y que sepa todo lo que hacéis será capaz de teneros tan en cuenta. Los demás solo os recalcarán los fallos una y otra vez. Porque así de idiota era la sociedad de hoy en día… ¿las cosas buenas? Se olvidan a los días… ¿las cosas malas? La recuerdan por años…

El tema del amor prefirió dejarlo en el aire. Ya suficiente comida de oreja le había echado a su mejor amigo Matt como para encima tener que echársela a Erika, una conocida de hace apenas media hora. Sam había llegado a la conclusión de que había gente que había sufrido mucho como para abrirse a nuevas oportunidades y que ella, como no había “sufrido el dolor de un amor desdichado”, no podía opinar al respecto. Seguía pensando que era un error absoluto, pero ella no era quién para decirle eso a nadie—Espero y te deseo la suerte de que falles en tu palabra —sonrió de manera amistosa. No era una manera de llevarle la contraria ni tampoco de decir nada que pudiera ofenderla. Si de verdad Erika había estado enamorada, entendería la frase de Sam como un ánimo para su bien y no para su mal.

La legeremaga soltó una suave risa cuando Erika le soltó lo del café. Sam solía ser una chica pasiva hasta el momento. No solía ser de esas que van en busca de hacer el bien, no, simplemente que ella no era capaz de matar ni a una mosca a pesar de que sus intenciones no siempre fueran las mejores. ¿Pero tirarle el café a una persona encima porque ésta no es de su agrado? No. Sam es de esas que dicen: “es usted un tumor de persona en esta sociedad” y se da la vuelta para irse con la intención de no volver a retomar ninguna conversación con dicha persona. No sé, tirarle el café encima parecía más bien un capricho inmaduro y de personas con muy poca paciencia. Por suerte Sam no se consideraba ni caprichosa, ni inmadura y, sin duda, tenía mucha paciencia—Te lo recomiendo muchísimo. Deberías… —hizo una pausa de unos segundos para continuar como si hubiera recordado repentinamente lo que iba a decir—Buscar a alguien que te enseñe. Además de tener distraerte, algo que a veces hace falta, te lo pasas bien y aprendes.

Sam se sintió egoísta en ese momento. Iba a recomendarle a Emily, su “profesora”, como profesora para ella también, pero no lo hizo por dos razones: la primera porque suponía que Emily no quería tener a un batallón de alumnos y que se había ofrecido más como hobbie que por vocación y no quería meterla en un compromiso. Y la otra… porque en realidad a Sam no se le apetecía nada tener que “compartir” a su profesora. Le gustaba pasar aquellas tardes de entrenamiento a solas con ella y simplemente no le salió hacerlo.

La chica jamás había sido amante del peligro ni de la adrenalina hasta hace pocos años atrás. Pero el quidditch seguía sin motivarle lo más mínimo y, de hecho, hasta hablar de él le aburría. Era un tema que su cerebro había considerado como tabú e innecesario en su vida. A Sam le dio un escalofrío cuando recordó aquel momento en dónde la bludger le dio y miró a Erika con cierta diversión y asquito en el rostro—Una animadversión que parece que no me va a desaparecer nunca. Y espero que así sea. No me apetece nada ir a ningún partido para superar mi miedo —admitió sin ningún reparo. Era algo que no consideraba que fuera algo “malo” y “arreglarlo” no era algo que realmente le preocupase.

¿Qué iba a decir una serpiente sobre los Gryffindor y su comportamiento tan similar? Era divertido ver como, a saber cuántos años después, hablar con una Slytherin no era tan diferente—Bueno… conozco a muchos Gryffindor que han aceptado su altanería y soberbia por pertenecer a la prestigiosa casa de Godric… En fin, fuera como fuese, daba verdadera pereza veros siempre enfrentados. Que si en el quidditch, que si en la copa de las casas, que si en cada clase con el fin de conseguir más puntos… No veas la de veces que me alegré de poder estar en Ravenclaw, posiblemente la casa más tranquila de la historia —confesó con sinceridad, para añadir entonces que ella misma había cambiado mucho con los años. Ahora se sentía realmente parte de la comunidad mágica y una bruja más de la que preocuparse… fue curioso y bonito el halago inesperado que recibió de la morena. Sonrió contenta—Vaya, gracias. Algo bueno tenía que tener dejar los libros.

Tomó entonces un poco de su empanadilla, escuchando a Erika confesar que también echaba de menos su época de estudiante—Es normal. Uno no se da cuenta de lo que echa de menos hasta que se pone a pensar en ello… —Dijo Sam, con toda la razón del mundo. Solo se daba cuenta de lo que había perdido o de lo que había dejado atrás cuando se ponía a pensar en ello: Hogwarts, la universidad, Henry...—Pero bueno, hay que pensar siempre que vamos a ir a mejor y que lo que vendrá siempre será mejor que lo que dejamos atrás. A veces me siento demasiado optimista, pero creo que se vive mejor así… —Su rostro se tornó un poco triste, pero lo disimuló bebiendo de su bebida.

Y lo decía desde la experiencia. Después de vivir sumida en el control de un ser ruin y despreciable… lo único que te quedaba era ser positiva, ya que al fin y al cabo, peor no puedes estar. Solo esperaba que Rodolphus no cambiara de idea o con un simple “quítate la vida”, se quitaría a un problema de encima, por lo que en cierta manera… hasta Sam tenía que preocuparse por serle útil, tanto por su vida como por la de su ser más querido. ¿Acaso se puede vivir peor?
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