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La muerte es dulce y apacible [Rodolphus Lestrange, Jupiter Levy]

Invitado el Vie Ene 29, 2016 11:32 pm

Eran las 6:20 de la tarde cuando Rabastan Lestrange divisó por última vez el rostro níveo de Barty Crouch Jr. Había parlamentado con el joven Slytherin con suma tranquilidad. Tomándose una de aquellas características cervezas de mantequilla vendidas en Cabeza de Puerco - entre otros establecimientos - con la también presencia de Rodolphus. Las nuevas que llegaban del interior de Hogwarts eran cuanto menos deshonrosas a ojos del mortífago. Pero había poco que los alumnos partidarios al Señor Tenebroso pudieran hacer en contra de los sangre sucia que infestaban la escuela.

El menor de los Lestrange había aprovechado la ausencia de clases, aquel sábado de ambiente invernal, para no solo visitar a su joven amigo, sino para abstraerse durante unas horas del estrés al que inconscientemente se sometía. Se podían apreciar en su rostro los síntomas del cansancio, la incomprensión y la rabia contenida. Sus ojos reflejaban el nerviosismo y el movimiento constante en busca de algo que alejara de su mente toda la inestabilidad que lo rodeaba.

Desde el interior de la Casa de los Gritos apenas se apreciaba la vida estudiantil que habitaba el pueblo, como cada fin de semana. De vez en cuando se distinguían grupos de siluetas amontonados alrededor de las vallas que protegían la antigua construcción. Probablemente las siluetas de los alumnos más jóvenes de la escuela, que compartían la estúpida información de la presencia de un fantasma en aquella desolada morada. El hombre, cuyas cuencas de los ojos recordaban a las de una alimaña sangrienta, apoyó las manos en los cristales con cierto ímpetu y los desempañó apuntando posteriormente al exterior — ¡ahí están! — dijo casi teniendo que morderse la lengua para no elevar demasiado la voz — los sangre sucia — Barty había decidido entrar en el juego atrayendo la presencia de algunos nacidos de muggle al interior de la valla que rodeaba la edificación donde se hallaban los hermanos Lestrange.

A partir de aquel momento comenzaría el juego. Un juego muy habitual en aquel par de hombres que solo buscaban la satisfacción de asustar y advertir a quienes no eran ni jamás serían bien recibidos en Hogwarts. Las manos de Rabastan temblaban de placer cuando bajaron para sacar la varita de su bolsillo y dirigir a su hermano una mirada cómplice, cuya réplica sería seguramente fría y desprovista de alma. El menor de los Lestrange agitó la varita proporcionando a su casi maquiavélico rostro, la protección de la máscara que como mortífago debía llevar si quería mantener su identidad encubierta — se dirigían a la parte trasera — su voz sonaba de ultratumba bajo la máscara. Desde la ventana ya se veía a Crouch Jr. caminando en solitario hacia el exterior de la valla. Les habría propuesto el juego de quien aguantaba más tiempo cerca de la temida Casa de los Gritos. Fuera como fuere, debían apresurarse — nos vemos abajo — dijo con un leve hilo de voz que denotaba la histeria que para él suponía aquel momento.

Se apareció tras la fachada, con varita en mano y con el oído bien afinado. Los susurros de los críos sonaban muy cercanos. Un niño y una niña. El niño parecía mucho menor que ella, y portaba con orgullo los colores del león de Gryffindor. La niña parecía divertida, aunque un tanto asustada. El tejón de Hufflepuff adornaba su bufanda. Rabastan avanzó entre los matorrales hasta que los tuvo a escasos metros. Fue entonces cuando se levantó acercando su boca al oído de la chica — mira que tenemos aquí — al decirlo con los dientes apretados no llegó a saber - ni le importaba - que los críos le hubieran entendido. El caso es que el grito casi ensordecedor del Gryffindor de tercer año le hizo abofetearle la cara — ¡CALLATE! SILENCIO — justo en ese momento se dio cuenta de que la chica se alejaba corriendo y alzando la varita uso << Carpe Retractum >> para atraerla hacia él sin darse cuenta de que el chico se le había escapado.

Había dejado que un sangre sucia se le escapara. Tan débil, tan inútil, una vergüenza para el apellido Lestrange. Se preguntó qué pensaría su hermano cuando llegara hasta allí. ¿Qué le diría? Agarró a la chica por el cuello aguardando al mayor de los Lestrange, sabiendo que debían salir de allí antes de que saltaran las alarmas en Hogsmade. O acallar al niño que en aquellos momentos se encontraba a unos metros de la valla.
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Invitado el Sáb Ene 30, 2016 6:48 am

Acompañar a su hermano para encontrarse con Barty Crouch Jr. era una de esas extrañas visitas que le gustaba hacer. Rodolphus nunca había sido bueno con los críos y no comenzaría a hacerlo en ese momento, pero Barty era muy maduro para su edad y tenía un padre poderoso al que parecía odiar. Jamás dudaba en informarle a ellos de las últimas andanzas del hombre en el Ministerio, así como tampoco lo hacía a la hora de prestarles alguna entretención, tal y como estaría dispuesto a hacer aquella tarde. Por supuesto, su padre no sospechaba, ni tenía idea sus andanzas, ni de sus juntas.

Ambos Lestrange bebieron sus tragos con Slytherin, los dos menores habían pedido cerveza de mantequilla, pero el mayor no se había conformado con menos que vino de elfo. Ambos tragos tenían, por supuesto, el objetivo de amilanar un poco sus bocas luego de los sinsabores de las noticias provenientes desde Hogwarts. Cada vez más impuros cruzaban las puertas del Castillo creyéndose con el derecho de mal proclamarse magos, algo que él consideraba una vergüenza para la sociedad, por lo que quedarse unos minutos más a escarmenar a un par de ellos no sonaba nada de mal. Tal vez las pequeñas ratas vivieran lo suficiente para hacer recapacitar a los otros o incluso llegar a abandonar la escuela, aunque si los mataban, tampoco sería una gran pérdida.

Marcharon a la Casa de los Gritos en donde deberían esperar a sus futuras presas. Rodolphus, por supuesto, no creía las historias de fantasmas que ahí habitaban. La misma Bellatrix le había contado que antes la había usado sin menores problemas para alguna ocasión, aunque algo había en ella que le provocaba cierta desconfianza. La casa estaba muy cerca de Hogwarts como para que el viejo chocho de Albus Dumbledore no hubiese ido ya a intentar controlarla o dialogar con sus fantasmas. El Director gustaba de ostentar cuanto título obtuviera por lo que no se creía que la casa estuviese ahí sin más, alguna razón debía de tener el enemigo para mantenerla en ese estado y en ese lugar.

Concentrado, estaba sacando sus propias conclusiones cuando su hermano alzó la voz para anunciar la llegada de los Sangre Sucia, por lo que se asomó por la ventana para comprobar el estado, edad y genero de sus presas. No le agradaba mucho la idea de que fuesen prácticamente elegidas al azar, a él siempre le había gustado más cuando tenía el tenía el tiempo de estudiarlas antes y así poder utilizar el propio pasado de éstas para así torturarles un poco más. Rodolphus era demasiado metódico y organizado, necesitaba tenerlo todo bajo control para sentirse a gusto consigo mismo. Sin embargo, una tenue sonrisa le curvaba apenas los labios, ya que —a pesar de todo— disfrutaba de ver del entusiasmo de su hermano que, estaba seguro, acabaría siendo un gran mortífago.

Con un movimiento de la varita apareció sobre su rostro la mascara de fina plata que mantendría oculta su identidad. Observó a Rabastan desaparecer, por lo que miró a través de la ventana hasta que lo vio volver a materializar entre ambos estudiantes, captando ahí su posición para poder seguirle sin llegar a estorbarse mutuamente al aparecer muy cerca de él. Apareció a un par de metros por detrás de su hermano y fue testigo de su distracción y de como el pequeño león corría “valientemente” hacia la vallas que limitaban los terrenos de la propiedad.

Alzó la varita para lanzar un << Incarcerus >> no verbal haciendo que un par de fuertes cuerdas saliesen disparadas de su varita para ir a enrollarse en las piernas del muchacho a quien enseguida hizo levitar par arrojarlo bruscamente cerca de la Hufflepuff y su propio hermano. Rodolphus se acercó lentamente, como si disfrutara de cada paso dado ante el temor de los dos incautos.

—La gran valentía del Gryffindor, que ha corrido dejando atrás a su compañera, ha de ser recompensada.

La sonrisa irónica permaneció escondida detrás de su máscara, aunque estuvo seguro de que su hermano sonreiría con él. Rabastan había cometido un error, lo sabía, pero era su hermano pequeño y si tenía que hablar de sus errores lo haría cuando estuviesen a solas. De ser otro su acompañante, probablemente lo hubiese pagado caro.

—Dejaremos que el león sea un espectador, uno que disfrute lo que ve o aprenda a disfrutar, pues ya ha tenido su primera lección del día; no ayudar a otro sangre sucia… A menos que… sea la señorita aquí presente quien nos diga porque él merece morir. Vamos, juguemos este juego; sólo uno de ustedes saldrá con vida hoy.

Le gustaba, lo disfrutaba; la tortura sicológica, aquella en donde mandaba a la mierda todos los valores del otro hasta convertirlo en una persona ruin era una de sus favoritas.
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