Situación Actual
19º-25º // 26 agosto -> luna llena
Entrevista
Administración
Moderadores
Últimos Mensajes
Awards
Laith G.Mejor PJ ♂
Vanessa C.Mejor PJ ♀
Freya H.Mejor User
Gwendoline E.Mejor roler
Sam & GwenMejor dúo
Stella T.Especial I
Egon A.Especial II.
Bianca V.Premio Admin
Redes Sociales
2añosonline

Tras las arenas del tiempo. {Sylvan Dankworth}

Arabella K. Morgenstern el Lun Feb 22, 2016 11:56 pm


Había estado en Egipto en anteriores ocasiones a lo largo de los años, pero nunca antes había hecho una visita al hermoso país por las razones que en este momento tenía. No había tenido ningún interés en volver a Egipto por el momento, pero mis planes habían cambiado cuando un día de repente recibí una llamada inesperada de una de mis medio hermanas mayores, Ankhesenamon, la segunda mayor de las siete hijas que nuestra madre tuvo a lo largo de los milenios con distintos amantes. No había estado en contacto con Ankhesenamon (quien, por lo que yo tenía entendido, estaba en aquel momento en Rusia bajo el pseudónimo de Anastasia viviendo como una diosa, al igual que yo la lo había hecho durante la época de los grandes zares) desde hacía algún tiempo, por lo que su repentina llamada fue sorprendente, aunque no tardé en entender la razón de su llamada.

Aparentemente los duendes de Gringotts se habían hecho con el control y la propiedad de varias pirámides y templos egipcios y tenían la intención de, a falta de una palabra mejor, saquear las riquezas que se hallaban escondidas en su interior. Odiaba a los duendes de Gringotts por andar siempre metiendo las narices en todos los lugares donde había oro o cosas que brillasen. Ankhesenamon se había preocupado muchísimo cuando se enteró de que algunos de los templos y pirámides que pretendían saquear eran los de su familia. Eso no me sentó bien ni siquiera a mí. Aunque Ankhesenamon era la egipcia de la familia y la única que tenía lazos familiares directos con los faraones de antaño y yo nunca había estado en el Antiguo Egipto porque nací en el cuarto siglo después de Cristo, me pidió a mí que fuese allí a rescatar algunas cosas que ella nunca había ido a buscar porque prefería dejar el pasado atrás, pero no quería que ahora cayesen en manos de los duendes, porque a mí se me daban mucho mejor estas cosas que a ella o al resto de nuestras hermanas. Además, entre los tesoros que pretendían saquear los duendes también había cosas de mi madre…

En cuanto llegué a Egipto no perdí el tiempo en dirigirme a la pirámide específica a la que Ankhesenamon me había enviado, que estaba en medio del desierto alejada de la mano de Dios y de la civilización. Por suerte los duendes aún estaban muy ocupados con otras cosas y no había llegado todavía a esa pirámide, una que no era muy famosa aunque era magnífica e imponente. Engañaba a la vista, pues la pirámide de tamaño moderado que se veía en medio del desierto era solamente parte de la parte superior de la pirámide, mientras que más de la mitad inferior de la pirámide estaba bajo tierra, escondida de la vista de quienes irrumpían allí a romper la paz. Me dio un escalofrío al acercarme, pues aquella pirámide estaba completamente cubierta de hechizos protectores que, aunque no repelían directamente a quienes se acercaban, tenían sus propias maneras retorcidas de hacer que quienes se acercasen y entrasen en ella se arrepintiesen… El faraón Senusret III, padre de mi hermana, había ordenado a los mejores magos arquitectos que construyesen aquella pirámide para mi madre aunque ella fuese inmortal, y ellos la habían cubierto de maldiciones.

Para viajar por el desierto me había puesto ropa cómoda y fresca pero que me protegía del sol, y un velo que le cubría el cabello y el rostro. Cuando me detuve frente a la pirámide me quité el velo del rostro, y respiré profundamente antes de acercarme a la oscura entrada de la pirámide escalonada y entrar en ella. El interior estaba frío, y olía a humedad, a vacío, a abandono, y un poco a peligro. El silencio era tan sepulcral que si escuchabas atentamente podían escuchar los susurros de los espíritus milenarios que se escondían entra las paredes triangulares de aquella majestuosa construcción. Dudé antes de avanzar, pero tras unos segundos eché a andar. Al entrar en uno de los pasillo del interior de la pirámide que conducía a niveles inferiores vi que había antorchas en las paredes y que estaban encendidas. ¿Sería fuego eterno encantado por magos, o magia que hacía que se encendiesen al acercarse alguien? No lo sabía, y no me importaba. Avancé cautelosamente, sin querer apresurarme por su había trampas escondidas en las paredes; lo más seguro era que las hubiese, y no quería activar ninguna que hiciese que lloviese una lluvia de dardos venenosos sobre mí o que saliese alguna momia maldita desde algún pasadizo escondido a atacarme.

Gracias a las antorchas mágicas podía ver perfectamente las paredes de los túneles mientras avanzaba con cuidado, aunque al ser arpía veía muy bien en la oscuridad de todos modos. Las antiguas paredes estaban completamente cubiertas de bajorrelieves de jeroglíficos que contaban todo tipo de historias, como hazañas de faraones de antaño, leyendas de los dioses… Ankhesenamon me había enseñado a interpretar los jeroglíficos y los textos en antiguos pergaminos, aunque aquella era una habilidad que tenía bastante oxidada.

Seguí recorriendo los túneles, que se dividían en más pasillos que iban a la izquierda y a la derecha; aquello era como un laberinto en el camino de descenso a las cámaras inferiores. Mientras avanzaba de repente las antorchas se apagaron del todo, y me detuve en seco mientras miraba a mi alrededor y un destello rojizo iluminó fugazmente mis ojos antes de desaparecer. No veía ninguna amenaza acercándose a mí en la oscuridad, pero aun así no me sentía segura. Era invulnerable al paso del tiempo, y por eso había esquivado la muerte hasta ahora, pero no era invencible y una maldición podría poner fin a mi inmortalidad.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 0
PB : Keira Knightley
Edad del pj : 171
Ocupación : Profesora de Historia de
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 000
Lealtad : -
Mensajes : 89
Puntos : 57
Ver perfil de usuario

Invitado el Dom Mar 13, 2016 3:52 pm

Más de una vez me había pasado eso de que al hablar con alguien no tuviese ni idea de que hacía un rompedor de maldiciones a pesar de que el título del trabajo ya dejase bastante claro de que iba. Cuando además decías que eras rompedor de maldiciones para Gringotts muchos pensaban que eras algo así como un esclavo humano de los duendes que de algún modo se estaban cobrando su venganza por...bueno, por alguna de esa larga lista de cosas por los que los duendes quieren vengarse de los magos. Pero casi nadie parecía tener verdadera noción de lo que consistía mi trabajo a no ser que fuesen compañeros mios o ya se lo hubiesen explicado un millón de veces. Ser rompedor de maldiciones para Gringotts te convertía en un saqueador. Eras un ladrón de alta categoría porque era legal y además te pagaban muy bien por ello. Con el paso del tiempo me había puesto más y más contento por la profesión que había elegido y que me venía como anillo al dedo. Mis pequeños robos de joven me habían dado una base sólida sobre la que aprender y, como robar no era algo que realmente necesitara si no más bien un hobby, perfeccionar mi arte siempre había sido una especie de ambición secreta para mi. Los duendes de Gringotts me habían dado la oportunidad perfecta para hacer mis sueños realidad, pero aun así, era mejor ser saqueador en unos países que en otros, y Egipto no era de mis preferidos. Le reconozco a los antiguos magos que levantaron la civilización egipcia que hicieron un trabajo formidable y que sus maldiciones eran auténticos retos para mi....pero el calor! Dios mio! Ese maldito y pegajoso calor infernal!

A pesar de todo, cuando me llamaban para ir a Egipto yo acudía raudo y veloz a pesar del dolor que me producía tener que librarme de mi cazadora de cuero y mis pendientes metálicos. La primera vez había intentado aguantar con ellos, pero solo incrementan todavía más el calor que tanto odio.

En teoria, mi misión era sencilla. Se había descubierto un nuevo yacimiento en Egipto, lejos de las pirámides más conocidas y necesitaban a alguien que reconociese el terreno, viviese para contarlo y de paso allanase el campo para el siguiente grupo que se encargaría de catalogar y recoger los descubrimientos. Obviamente, si yo encontraba algo valioso y podía sacarlo de allí antes de que llegasen los demás, era libre de hacerlo. Y lo habría hecho igualmente aunque no lo fuera, a decir verdad.


La pirámide en cuestión estaba ligeramente más pérdida de la mano de Dios de lo que suelen estar las pirámides. Es más, mientras iba hacia allí no estaba nada seguro de que era lo que había llevado a aquel faraón a construír tan absurdamente lejos de todo si hay tan pocos locos que se atrevan a entrar en una pirámide. Yo y mi atuendo de trabajo bajo el sol, que consistía en un sombrero medio vaquero, un chaleco color arena lleno de bolsillos y una camisa y pantalón de las telas más frescas que pude encontrar, encontramos la pirámide bajo cierta sensación de decepción. Aquel se suponía que era un yacimiento importante, pero la pirámide era de tamaño mediano y, aunque imponente, más que imponer daba mal rollo. A medida que me acercaba, un escalofrío me recorrió la espalda indicándome que aquel sitio no ocultaba nada bueno. O al menos algo muy muy antiguo. Pero no es como si eso fuese a frenarme en lo más mínimo.

Al cruzar la entrada, un golpe de aire fresco me golpeó en la cara. Lejos de lo que uno se podía esperar, las pirámides no solían contener tanto calor dentro y a menudo entrar en una era un alivio porque al menos te librabas por un rato del calor del desierto. No se oía nada dentro de aquellos muros y el olor que emanaba de las paredes hablaba de un abandono muy largo y triste, pero eso no quería decir que la pirámide hubiese muerto. Algo parecía haber allí encerrado que hacía de la sensación de encierro y silencio algo más agobiante de lo que en general suele ser. Siempre que me metía en una pirámide sabía que era uno de los sitios más complicados de los que uno podía salir, pero eso lo veía más como un incentivo que como un inconveniente. Eso sí, otro escalofió me recorrió la espalda al caminar por los pasillos y encontrar las antorchas encendidas. Allí había algo. De eso estaba seguro. Ahora solo había que descubrir de que se trataba.

Caminé un par de metros más y oí un ruido. Las antorchas se apagaron de repente y el silencio se hizo todavía más agobiante de lo que ya era. Parecía como si aquella pirámide pudiese consumir lo que había dentro de sus muros. Simplemente hacerlo desaparecer. Con la varita en la mano, conjuré un rayo de luz rojo para que me indicara posibles obstáculos próximos y, a continuación, el encantamiento lumos de la punta de mi varita hizo mi camino más sencillo. No tardé en ver a una figura a pocos metros de mi y me puse en guardia, varita encendida pero en ristre.

- ¿Hola?- pregunté con voz firme y poco cordíal pues no sabía si aquella figura era alguien o una maldición para que un intruso así lo pensase. Mi mirada estaba clavada en ella y cada uno de sus movimientos- Identifícate- dije en el mismo tono firme y seguro aunque a cada momento que pasaba más y más posibilidades de lo que podía ser aquello pasaban por mi mente y curiosamente ninguna de ellas era especialmente esperanzadora.
avatar
InvitadoInvitado

Arabella K. Morgenstern el Lun Mar 14, 2016 7:49 pm

Nunca me había dado miedo la oscuridad, pero la oscuridad sepulcral de aquella pirámide no me gustaba mucho. Después de todo, aquel lugar era una tumba, un lugar construido para encerrar dentro a quien destruyese su paz y donde la oscuridad era un enemigo. Me detuve y observé el pasillo que se abría paso por delante y por detrás de mí, atenta a cualquier sonido que se produjese, temiendo que alguna de las maldiciones se hubiese activado. No tenía ni idea de qué maldiciones había en aquel lugar, así que no podía estar segura de qué esperar. ¿Momias? ¿Fosas con lanzas en el fondo? ¿Escarabajos carnívoros? No descartaba ninguna de esas opciones.

Escuché pasos entonces, lentos y cautelosos, pero la cautela no era suficiente para silenciarlos. Entre estas paredes se escuchaba todo. No había sido consciente hasta aquel momento de que había estado conteniendo la respiración, y los latidos de mi corazón se dispararon durante unos instantes al escuchar aquellos pasos que se acercaban hacia donde yo estaba, pues no estaba sola dentro de la pirámide y eso no me gustaba ni un pelo.

Yo no podía hacer magia. Mi padre había sido mago, pero la naturaleza de mi madre era más fuerte que la magia de mi padre y yo había salido como ella, al igual que todas mis hermanas. Podía protegerme de hechizos con mis alas (menos de maldiciones imperdonables) y podía utilizarlas como escudos contra armas muggles y podía incluso atacar con ellas. Tenía también mis garras y colmillos, pero no era suficiente a veces, así que había venido armada. Tenía una pistola en el cinturón, y varias dagas. No servirían de nada contra una maldición, pero sí contra un humano entrometido.

Una luz deslumbró el pasillo, y vi entonces que la fuente de la luz era una varita que portaba un hombre. El efecto de contraluz me impedía bien ver su rostro, y estaba lo suficientemente lejos como para ver que yo estaba ahí, pero no para verme bien. Saqué mi pistola entonces y la alcé en alto, apuntándole con ella mientras daba unos lentos pasos al frente para ser golpeada de lleno por la luz de su varita.

-Déjame adivinar, eres uno de esos sinvergüenzas contratados por los duendes para saquear lo que no es suyo y llenarles a ellos los bolsillos de oro- dije con tono de voz duro mientras esbozaba una sonrisa sarcástica. En alguna otra ocasión habría pensado que el hombre era un saqueador normal y corriente, de esos que frecuentemente se encuentran por los yacimientos arqueológicos, pero al ser el hombre claramente un mago pensé que trabajaba para Gringotts. No sería la primera vez que me encontraba con uno, y eran como un grano en el culo.

No dejé de apuntarle con mi pistola, con el dedo en el gatillo por si al hombre se le ocurría hacer algo "gracioso". Una pirámide antigua, abandonada, y maldita no era un lugar donde se pudiese ser muy confiado. La luz de su varita era increíblemente molesta, pues era más fuerte que la de las antorchas y deslumbraba demasiado entre las estrechas paredes. Con eso despertaría hasta a las momias que no estaban malditas.

-Baja eso, ¿quieres?- le dije, señalando su varita con mi pistola para que dejase de apuntarme con ella.

Se escuchó entonces un sonido de ultratumba (viva la redundancia…) y me giré inmediatamente, sin importarme darle la espalda al hombre en aquel momento porque el sonido había venido de detrás de mí y no me hacía ni pizca de gracia no saber qué había allí. Nos golpeó entonces una fuerte ráfaga de aire húmedo y que arrastraba un fuerte olor de delicioso incienso mezclado con podredumbre. La mezcla era irónica y extraña y asquerosa y me hizo arrugar la nariz, pero no dije nada. El olor no era lo importante, sino el sonido que lo acompañaba, como de una enorme puerta de piedra abriéndose o cerrándose a lo lejos. No sabía cuál de los dos era peor, si que nos cortasen el paso, o que le abriesen el paso a algo…

Durante un par de segundos no ocurrió nada. Esperar a que de repente surgiese un monstruo de la oscuridad para devorarnos por interrumpir su sueño eterno era una horrible agonía y sentía que tenía el pulso en la garganta, pero estaba preparada para cualquier cosa…

…Una criatura surgió entonces de la oscuridad, pero no era una momia, ni un monstruo, sino un gato. Un maldito gato que parecía poseído por el diablo y maullaba histérico. Di un respingo, pues no me lo esperaba. Intentó arañarme en la pierna y le di un fuerte puntapié para apartarlo de mí, lanzándolo así en dirección al hombre. El gato (¡que parecía una bestia!) maulló y siseó y sacó las uñas enfurecido, y entonces se largó corriendo con la cola tiesa y el pelo erizado, perdiéndose de nuevo en la oscuridad. ¿De dónde había salido aquel endemoniado animal?

-Eso ha sido un aviso- dije entonces.- El símbolo de Bastet, diosa protectora… No somos bienvenidos aquí.

Las antorchas volvieron a encenderse de repente. Me estaban hartando ya con tanto cambio. Al menos ahora podía ver mejor al mago desconocido.

“Es muy apuesto” pensé. “Pero eso no me compensará si muero aquí de alguna manera absurda. Hermana, cuando vuelva a Europa te vas a enterar…”
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 0
PB : Keira Knightley
Edad del pj : 171
Ocupación : Profesora de Historia de
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 000
Lealtad : -
Mensajes : 89
Puntos : 57
Ver perfil de usuario

Invitado el Lun Mar 21, 2016 8:01 am

Aquella oscuridad era como un manta espesisima. Tal oscuro estaba todo que la luz de mi varita duramente iluminaba más de un par de metros por delante de mi persona. No recordaba una oscuridad semejante desde que un grupo de psicópatas me había secuestrado hacía ya bastante tiempo y la verdad es que desde aquella ocasión no había vuelto a mirar la oscuridad con los mismos ojos. La figura que había dislumbrado a lo lejos se acercó a mi, armada con una pistola muggle y apuntándome directamente así como yo la apuntaba a ella con la luz de mi varita. Las primeras palabras que me dijo resonaron entre las paredes de aquella pirámide en la que resultaba raro que una persona viva hablase.

- Uff, esa es una suposición muy arriesgada para alguien a quien acabas de encontrar en medio de la oscuridad. Jamás me habían tachado de sinvergüenza con tanta rapidez, se ve que con los años se hace más evidente lo que cada uno es- dije con una sonrisa cautivadora y divertida que me salía casi de manera automática cuando encontraba a una mujer en un sitio inesperado.- Debo entender por tu actitud que vives aqui o...algo? Si es así deberías contratar a una asistenta o algo, no sé, que te mantenga el chiringuito más reluciente. No me malinterpretes, entiendo que como mujer moderna tengas tu vida y esas cosas- dije con una tranquilidad finjida y cierto deje sarcástico. Si ella estaba allí dentro conmigo es que podían darse dos cosas. Por una parte, ella podía ser una momia terriblemente bien conservada, lo cual sería una pena, porque aunque no podía verla demasiado bien, seguro que era guapa. Tenía voz de guapa. Por otro lado, podía ser una rompedora de maldiciones como yo, o una saqueadora sin más, lo cual no la haría ni de lejos mejor que yo.

Aquella chica me mandó bajar la varita, cosa que no estaba dispuesto a hacer ya que de no iluminarla con ella, la perdería de vista y no quería un enemigo más dentro de aquella pirámide.- Tu cara me suena una barbaridad- dije entornando ligeramente los ojos y concentrando todas mis neuronas para descubrir de que me sonaba su cara. Sin embargo, justo en ese momento un extraño sonido se escuchó detrás de ella y una fuerte ráfaga de viento nos sacudió a los dos aunque no estaba muy claro de donde había salido. Aquel aire apestaba, con lo que mi expresión se arrugó sin miramientos.

Ambos nos quedamos unos segundos en silencio. Esperando, probablemente, a que algo viniese hacia nosotros y nos lo pusiese difícil, pero en lugar de eso, lo que salió de aquella aterciopelada oscuridad fue un gato con ansias de matar. Apunté al suelo con la varita y vi como iba hacia las piernas de la chica, que lo pateaba y lo mandaba hacia mi. Ese animal tenía los ojos inyectados en sangre y las uñas afiladas como cuchillos. Tuve la agilidad suficiente para apartarme justo cuando el gato parecía que iba a impactar conmigo y hacerme picadillo con sus patas a la mínima oportunidad. El felino salió corriendo, perdiéndose en la oscuridad, con la cola totalmente erizada, de modo que parecía el triple de grande de lo que seguramente era. No sabía que había vuelto loco a aquel animal pero tampoco estaba seguro de querer descubrirlo muy pronto.

La voz femenina de mi interlocutora me sacó de mis pensamientos una vez más, pero sus palabras no fueron para nada esperanzadoras. Una diosa no nos quería allí? Pues que bien.- Bueno, era algo que cabía de esperar. Las pirámides no suelen querer que la gente entre en ellas.- dije con simplicidad intentando esconder que mi corazón me iba a mil por hora por no saber que esperar encontrar dentro de aquella edificación.

Las antorchas volvieron a encenderse y yo apagué mi varita. Ella ya no me apuntaba con el arma después de todo el revuelo, así que yo también bajé la varita y la miré aprovechando que ahora tenía luz suficiente para verla bien. - Eres la buscadora de las Avispas!- dije ya que gracias a un momento de inspiración me había dado cuenta de quien era, al fín. Reconozco que la luz también había ayudado bastante. - Wow, insólito sitio para encontrarnos- dije con una sonrisa de niño emocionado que acababa de conocer a ídolo.- Me firmarías un autógrafo? Soy un gran fan de tu trabajo- pregunté poniendo mi sonrisa más adorable de niño bueno.

Justo en ese momento en el que muchos pensamientos sucios pasaban por mi mente incluyéndonos en ellos a mi y a aquel hermoso especímen de hembra, otro sonido se escuchó en la lejanía, una vez más proviniente de su espalda. Esta vez no sonaba como una puerta y no había viento por ningún lado. Mientras hablábamos la pirámide parecía haberse quedado muda de nuevo y ahora lo que se percibía era una especie de vibración continua y lejana que se hacía cada vez más intensa y pasaba de sonar desde su espalda, a sonar desde la mia- Oyes eso?- dije mirando a todas partes.

El sonido se hizo cada vez más fuerte y más fuerte hasta que parecía estar sobre nosotros...Y fue entonces cuando todo comenzó a temblar. El techo, debido a la vibración empezó a desprenderse y de él cayeron tres gigantescas bolas de piedra maciza justo en la parte alta de donde estábamos que empezaron a precipitarse hacia nosotros mientras el techo caia en piezas grandes y pequeñas sobre nuestras cabezas- Corre!- grité como único aviso y sin esperar nada más eché a correr en la dirección contraría a la que venían las bolas. Eso suponía volver por donde había entrado, pero no me importaba retroceder si era por salvar mi vida.

Corrí como alma que llevaba el diablo consciente de que si miraba atrás para ver las bolas tras de mi estaría perdido. Corrí y las piernas me ardieron pero no iba a dejar de hacerlo. Recorrí todo el camino que había hecho hasta encontrar a la chica hasta una bifurcación, en la que cogí el único de los caminos que iba hacia arriba. Cuando estuve en la parte más alta me paré a mirar, por primera vez, que ella seguía allí conmigo.- Eso ha sido intenso- dije con sinceridad- Soy Sylvan, por cierto- me presenté, tendiéndole la mano para que la estrechase.
avatar
InvitadoInvitado

Arabella K. Morgenstern el Lun Mar 21, 2016 10:38 pm

Normalmente el sarcasmo en situaciones como esta me sacaba de quicio y me hacía querer darle una buena patada en el culo a alguien para que cerrase la boca, pero debía admitir que el hombre que tenía delante poseía cierto encanto que no les hacía tan desquiciante como a los demás. Además, un poco de humor siempre era agradecido en lugares tan lúgubres como este, en los que lo único con los que suelo encontrarme es con los fantasmas del pasado, silencio interrumpido por ruidos extraños y nada bienvenidos, y maldiciones indeseada.

-No sé, a mí me parece que el polvo y las telarañas milenarias le dan su toque personal- repliqué imitando exactamente el mismo tono de voz que él.

No me sorprendió que dijese que mi cara le sonaba. Era una jugadora en un conocido equipo de Quidditch, y al ser la buscadora todos los ojos estaban siempre puestos en mí porque miles de personas esperaban con ansiedad a que atrapase la Snitch y otras tantas miles rezaban para que no la atrapase. Era estresante. Al hombre no le dio tiempo a darse cuenta de qué me conocía pues en aquel momento sufrimos el ataque del gato poseído. El hombre consiguió esquivar al minino antes de que este le hiciese trizas y le miró un poco con cara de malos humos mientras el bicho se escabullía por el pasillo y desaparecía en la oscuridad. Estaba claro que eso era uno de los signos de advertencia que estaban allí para dar el mensaje de “marchaos, aún estáis a tiempo”. Pero yo no pensaba marcharme, siempre me habían gustado las aventuras, aunque en ocasiones me quejase de todo, y ya había quedado con mi hermana en que iba a cumplir con el favor que me había pedido. Además, no puedo marcharme ahora que he visto con mis propios ojos que los duendes ya han mandado a uno de sus rompedores de maldiciones. Aún en el caso de que este se marchase o de que muriese en el interior de la pirámide, los duendes enviarían a más magos para apoderarse de los contenidos de esta pirámide.

-También suelen querer que los que han entrado no vuelvan a salir nunca más- dije con tono algo morboso y pícaro, encontrándole en aquel momento el gusto a estar en aquella situación. Todo era más divertido cuando se estaba en compañía, y el brillo de mis ojos al decir aquello no sería nada tranquilizador para nadie que lo viese.

Gracias a la luz de las antorchas podía ver por fin bien al hombre, y lo que vi no me disgustó para nada. Tenía unos ojos hermosos y el cabello oscuro. Siempre me había encantado el cabello oscuro y los ojos claros. Había visto a hombres con ojos negros que eran tan bonitos y profundos que eran capaces de cautivar y seducir a cualquiera, fuese hombre o mujer, con una sola mirada hechizante, pero los ojos azules del intruso de la pirámide eran hermosos, como lagos de agua cristalina golpeados por intensos rayos de sol en una despejada tarde de verano. Bajé la pistola y dejé de apuntarle después de que se encendiesen las antorchas, y el hombre se fijó mejor en mí y por fin me reconoció.

-La misma- confirmé asintiendo con la cabeza. La verdad era que no era tan extraño encontrarme en un lugar como estos, lo raro era que de repente en los últimos años me hubiese dado por el Quidditch, pero eso el hombre lógicamente no lo sabía.- Claro, en cuanto encuentre algún pergamino milenario te lo firmo- dije con tono bromista mientras le guiñaba un ojo cuando me pidió el autógrafo.  Aquel era un gran cambio después de haberle apuntado con una pistola a la cabeza momentos atrás.

Me quedé callada y miré a todas partes cuando comencé a escuchar ese sonido que también le había llamado la atención al hombre. No me gustaba nada, y mi instinto me gritaba que la primera trampa ya se había activado. Habíamos sobrepasado el tiempo que teníamos para salir de la pirámide en paz. En cuanto vi trozos del techo y las bolas de piedra caer sobre nosotros y escuché el grito del hombre mi di la vuelta y salí corriendo a toda prisa. Volando siempre eran muchísimo más rápida que corriendo, pero el pasillo era demasiado estrecho y yo no podía sacar mis alas allí y mucho menos usarlas, me quedaría atascada y probablemente me rompería alguna y acabaría siendo aplastada por la bola, así que no quedaba más remedio que salir corriendo a lo Indiana Jones como locos por el pasillo, pero sin látigo y sin música épica de John Williams. Ojalá los magos de Senusret (o Sesostris, como se prefiera) que pusieron las maldiciones hubiesen sabido cómo era el futuro para saber acerca de esa música y añadirla como extra de las maldiciones.

Una cosa tenía clara: si moría aplastada por una bola de piedra gigante en un pasillo abandonado en medio del desierto después de todo lo que me había costado llegar a esta edad iba a resurgir de cal fuese el infierno al que me enviasen y arrastraría a mi hermana de vuelta a las profundidades conmigo, por idiota y por meterme en estos líos.

Logramos escapar de las bolas enormes, pero eso nos había hecho volver para atrás. No pasaba nada, el camino no estaba cortado. Cuando estuvimos a salvo me detuve junto al hombre para recobrar el aliento. Sí, aquello había sido intenso… y acababa de empezar.

-Arabella- dije cuando se presentó él, aunque si sabía quién era yo suponía que ya sabría mi nombre, pero no importaba. Le estreché la mano, y puede que aquella fuese la primera vez en mi vida que le hubiese estrechado la mano a un hombre de su profesión. No solían caerme bien, pero siempre podía haber excepciones a todas las normas.

Estaba a punto de ponerme de camino otra vez por el pasillo en el que habíamos sido perseguidos por las rocas gigantes, pero antes de girar la esquina que nos había salvado apoyé la mano en la pared y fe entonces cuando noté un relieve extraño, diferente al relieve de los jeroglíficos inscritos ahí. Me aparté un poco para poder ver bien los jeroglíficos y los detalles de la pared y vi que había un hueco pequeño en la pared con forma similar a una estrella. Mi hermana me había enviado a Londres un colgante con una estrella del mismo tamaño y forma… Me quité el colgante, encajé la estrella en el hueco, lo giré…

-Espero que no se nos caiga el techo aquí también…- murmuré. Había hablado demasiado rápido, pues en ese momento escuché un “¡click!” que estaba segura que no era nada bueno. Una corazonada mezclada con reflejos rapidísimos me hizo agarrar a Sylvan y apartarle rápidamente del lugar de la pared junto al que él se había apoyado justo a tiempo de evitar que fuese atravesado en todo el cuerpo por unos larguísimos pinchos que salieron de repente de agujeros en la pared que habían estado perfectamente camuflados antes.- ¿Estás interesado en convertirte en un pincho de aperitivo para las momias?- le pregunté de manera sarcástica para advertirle de que tuviese cuidado, pues había muchas más trampas idénticas a esas por toda la pirámide.

Entré en el pasadizo que había abierto. Era un pasadizo bastante estrecho, pero al menos estaba iluminado. Di un paso hacia delante, pero me aparté justo a tiempo antes de que una llamarada apareciese de repente de la nada en el suelo sobre una baldosa de piedra y tuviese la oportunidad de quemarme. Me eché hacia atrás, casi chocando de espaldas contra el pecho de Sylvan, y fruncí el ceño indignada mientras veía cómo más llamaradas aparecían sobre otras baldosas hasta el final del pasadizo, y pinchos más gordos que los de antes surgían de las paredes a la vez. Parecía casi imposible poder cruzar sin ser abrasado o empalado.

-Creo que hay un patrón…- murmuré tras varios instantes observando la actividad de las llamaradas y los pinchos. Tomé aire y, casi a lo loco y sin pensar, me lancé cuando estuve segura de que era el momento oportuno para cruzar aquella trampa sana y salva.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 0
PB : Keira Knightley
Edad del pj : 171
Ocupación : Profesora de Historia de
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 000
Lealtad : -
Mensajes : 89
Puntos : 57
Ver perfil de usuario

Invitado el Sáb Mayo 07, 2016 3:38 pm

- Eso es esperanzador. Hoy me he levantado con ganas de pudrirme dentro de un sitio de estos.- Dije en el mismo tono bromista y sarcástico que ambos estábamos usando.

Hasta aquel momento habíamos estado sumidos en la oscuridad, pero la luz se encendió dando una nueva perspectiva a la situación. La mujer que tenía en frente me había resultado conocida en un primer momento, pero ahora que la veía bien resultaba que aquella pirámide que tenía pensado matarnos, también era el lugar donde iba a conocer a una de mis ídolos. Probablemente la única mujer que verdaderamente admiraba, sin contar a mi santa madre. No esque sea un hombre machista, es que las mujeres de mi vida no había supuesto ningún reto para mi y eso hacía que les perdiese el respeto ligeramente. Las princesitas delicadas eran divertidas para empotrarlas contra una pared y tirártelas, sobre todo cuando se sorprendían. Pero para otras cosas, como enarmorarse, si es que eso era posible, o para respetarlas, necesitaba que fuesen auténticas y demostrasen que podían valerse por sí mismas sin que un tipo como yo las salvase de sus demonios.

No tardé demasiado en dejarle ver que era un gran fan suyo y pedirle un autógrafo, a lo que su respuesta me encantó. ¿Qué mejor que tener la firma de tu ídolo en un pergamino de mil años que has encontrado dentro de una pirámide? Sin embargo, nuestra conversación no duró mucho más pues tres bolas gigantescas con instintos asesinos se nos cayeron del techo y comenzaron a perseguirnos. Correr lo más rápido que podíamos era nuestra mayor prioridad en ese momento así que eso hicimos, deshaciendo nuestros pasos hasta encontrar un pasillo ascendente al que aquellas cosas no pudieran llegar. La carrera había sido intensa pero eso no impidió que retomase la conversación cuando las cosas se pusieron más tranquilas. Las presentaciones pertinentes fueron hechas y fue un placer para mi oír su nombre de sus labios y estrechar su mano en aquel tenebroso lugar. Intentaba mantener la compostura de hombre adulto y duro y esas cosas, pero por dentro estaba hecho una auténtica fangirl. "Es guapísima" pensaba con admiración mientras intentaba olvidar todo eso y centrarme en que estaba dentro de un edificio que quería matarme.

- Es un auténtico placer conocerte- dije con una sonrisa qe no puse ocultar mientras echábamos a caminar de nuevo. Estaba a punto de sacar al ligón de dentro y preguntarle qué hacía una chica como ella en un lugar como aquel, cuando se paró en seco mientras tocaba algo que había en la pared. Me tragué mi pregunta mientras la veía proceder apoyado en uno de los muros. Jamás lo reconocería, pero la carrera me había dejado agotado - Esa no es la actitud- dije con una sonrisa traviesa y una ceja levantada a su comentario fatalista sobre tener más cosas cayéndonos del techo. Continué observándola con una mirada ligeramente embelesada durante un segundo más, el tiempo exacto que ella tardó en salvarme de ser empalado por unos pinchos con mala leche que decidieron surgir justo en el lugar donde yo estaba apoyado. Mi cara pasó del embelesamiento a la contrariación y a la sorpresa todavía con más velocidad de la que los pinchos.- Entiendo que tengan que comer pero... yo soy una bolsa de huesos y alcohol- dije más para las paredes que para Arabella, como si pensase que alguna momia estaba observándonos mientras se relamia.

A pesar de mi casi muerte, lo que fuera que Arabella hizo en aquella pared trajo consigo la aparición de un nuevo pasillo, más estrecho que el resto, pero por suerte igualmente iluminado. Sin embargo, no parecía que la pirámide estuviese dispuesta a darnos ningún tipo de tregua ya que tras nuestro primer paso, una llamarada surgida del suelo casi nos convierte en magos a la barbacoa- Joder!- Exclamé de manera instintiva justo después de salvarnos por los pelos de ser calcinados.

No pareció ser especialmente dificil para Arabella encontrar un patrón en la sucesión de llamaradas y pinchos mortales que había en aquel estrecho pasadizo, pero yo no era capaz de verlo tan claro como ella. Para mi, todo aquello era simplemente una trampa mortal de la que no me iba a poder safar corriendo como me había pasado con las gigantescas bolas y el gato poseido. No se puede decir que yo no sea un hombre rápido, pero no soy gilipollas, y la idea de que mi vida dependa de mi destreza no me atrae especialmente. Ella no parecía tener ni mínimamente las mismas reservas que yo al respecto y, tras unos momentos de análisis, la vi atravesar con maestría aquel campo de minas mientras yo la observaba desde la "zona segura" con cara de pasmo. Se notaba en su agilidad que era buscadora de quidditch por varios motivos muy fundamentados. Un suspiro resignado se escapó de entre mis labios cuando llegó al otro lado. Si ella lo había hecho, yo no podía huir y buscar otro camino como me habria gustado. No. Tenía que hacerlo también. Y claro, también a pelo, como ella. Yupi.

Mientras observaba la progresión de peligros que seguía pareciéndome totalmente aleatoria, algo a mi espalda me sobresaltó. Al girarme para ver que era, noté como las antorchas de los pasillos principales volvían a apagarse, por zonas esta vez, mientras un zumbido sonaba cada vez más fuerte. ¿Era así como amenazaban las pirámides? Llevaba bastante en este trabajo como para saber la respuesta: Sí, así era exactamente como lo hacían. Ahora solo quedaba descubrir que era peor, si lo que tenía ante mi o lo que venía detrás. Y si soy franco, no me tomé demasiado tiempo para tomar esa decisión.

Guiado más por mis instintos que por mi inteligencia, empecé el camino de minas que Arabella había hecho momento antes. Mi cuerpo corría y saltaba y se agachaba, obedeciendo a la que supuse que era la parte inconsciente de mi cerebro que no parecía cegada por el miedo o el orgullo, si no más bien por la adrenalina. Sin embargo, la flor enel culo con la que parecía haber nacido yo para superar todo aquello, decidió marchitarse en el último momento cuando la última llamarada a superar salió del suelo justo debajo de mi. Nada más sentir el calor preliminar del suelo mi cuerpo reacción y tuve la maldita suerte de tener la varita en la mano- Aura!- grité tan rápido y fuerte que creo que solo yo y mi varita entendimos completamente lo que dije. Una esfera protectora apareció al mi alrededor y se dejó lamer por las llamas que emanaban del suelo mientras yo permanecía completamente acojonado en su interior. La valentía nunca había sido lo mio, a decir verdad.

Cuando las llamas cesaron, di un paso al frente y deshice mi hechiz para llegar a donde estaba la chica que no paraba de dejarme en mal lugar aquel día. Carraspeé con mi orgullo ligeramente herido porque ella lo hubiese hecho mejor que yo- Debo gustarte mucho si has esperado todo este rato por mi- dije con un guiño simpático como si todo el laberinto de muerte que acabábamos de pasar hubiese sido solo un pequeño bache en el camino.

Mientra esperaba la respuesta ácida de mi compañera, un nuevo sonido nos sorprendió procedente del lugar del que veníamos. Miré hacía allí y pude observar como la puerta por la que habíamos entrado empezaba a derrumbarse. Y, por desgracia para nosotros, el resto del pasadizo parecía dispuesto a seguir su ejemplo.- Mierda- Maldije mientras agarraba el brazo de la chica y echaba a correr de nuevo.

Tardamos unos minutos en llegar a una zona lo bastante alejada como para no derrumbarse, pero gracias a la carrera ya no tenía ni idea de donde estábamos. Aunque tenía la sensación de que saberlo tampoco me iba a servir de mucho.- ¿Contigo siempre es todo así de intenso? ¿O es que estamos dentro de una película muggle de Spielberg y yo no veo las cámaras?- dije mientras mi corazón iba de nuevo a toda velocidad por la última carrera y los sustos- Esta claro que no podemos volver por donde vinimos así que....¿continuamos?- Dije mientras recuperaba el aliento y señalaba el único camino posible en ese momento.
avatar
InvitadoInvitado

Arabella K. Morgenstern el Dom Mayo 22, 2016 9:12 pm

-¿Huesos y alcohol? Perfecto, eso es lo que más le gusta a las momias egipcias. Muy nutritivo- dije como si estuviese hablando con toda la seriedad del mundo mientras observaba la puerta del pasadizo que se había abierto ante nosotros a la vez que se había activado la trampa que casi había matado a Sylvan.

Tras ver la nueva trampa a la que teníamos que enfrentarnos pensé que ese era uno de esos momentos en los que envidiaba a los magos y brujas por poder usar varitas, mientras que yo estaba condenada a arreglármelas con mi agilidad y reflejos para intentar evitar ser cortada en pedacitos y chamuscada. Era inmune al paso del tiempo, pero esa trampa podía matarme muy fácilmente pues mi cuerpo no es invencible ni indestructible. Tras encontrar el patrón que me permitiría cruzar hasta el otro lado de manera segura (o al menos eso esperaba, puede que el patrón fuese otra trampa del cabrón de Senusret y acabe convertida en chorizo) me dispuse a cruzar rápidamente pero con cuidado y haciendo todo tipo de movimientos para esquivar el fuego y los pinchos mientras maldecía entre dientes a mi madre por no haberme parido hombre y mago. ¡Cuánto me serviría una varita en este momento!

Por suerte conseguí cruzar sana y salva, y entonces dejé de maldecir a mi madre y volví a amar incondicionalmente mi naturaleza y la inmortalidad que ella conllevaba y que apreciaba mucho más que una varita.

Era el turno de cruzar de Sylvan. Él podría tenerlo mucho más fácil… pero el idiota se puso a cruzar igual que yo, sin magia.

-¡¿Pero qué haces?! ¡Usa tu varita!- exclamé al ver lo cerca que estaba de ser empalado o chamuscado. Parecía que todo iba bien hasta justo el último momento, en el que me di cuenta de que había pisado mal y la llamarada le iba a quemar todo el culo primero y después el resto del cuerpo. Estaba a punto de gritarle que era idiota, pero por suerte él pareció tener una reacción más rápida que yo en ese momento y por fin usó su varita para salvarse el pellejo y llegar a mi lado sano y salvo.

-¿Estás bien?- pregunté, pero entonces escuché lo que dijo y le miré con una ceja alzada.- Tu cara es definitivamente más bonita que la de las momias que hay por aquí…- susurré mientras curvaba una sonrisa encantadora y deslizaba mi mano suavemente por su mejilla antes de posar mis dedos bajo su barbilla y alzarla levemente antes de soltarle- pero no te halagues a ti mismo por el momento. ¿Quién dice que no te estoy reservando como sacrificio para más tarde?

Le guiñé el ojo de la misma manera juguetona con la que él me lo había guiñado a mí, pero antes de que pudiese añadir algo más el techo comenzó a derrumbarse y él me agarró del brazo para alejarnos ambos de allí y evitar convertirnos esta vez en papilla. La pirámide no deja de intentar convertirnos en algún tipo de comida… Corrimos y corrimos, perdiendo el rumbo pero intentando mantenernos a salvo. Cuando la pirámide por fin dejó de derrumbarse sobre nosotros nos detuvimos y descansamos un poco para retomar la respiración. Estaba más acostumbrada a volar que a correr.

-Sí, son pequeñas y están ocultas en los ojos de los jeroglíficos…- respondí a su comentario. Poco a poco mi respiración volvió a la normalidad, pero el derrumbamiento había levantado mucho polvo así que tosí un poco. Hice una mueca al mirar hacia atrás y ver todos los escombros acumulados.- No todos los días intenta matarme una pirámide milenaria, pero mis días no suelen ser aburridos… ¿Y tú qué? Eres rompedor de maldiciones, ¿no estás acostumbrado a ver cosas así todo el tiempo?

Después de todo los lugares como este se habían construido para hombres como él, para que no entrasen a robar los tesoros ocultos de los que los habían escondido. Siempre había detestado a los hombres de aquella profesión, que permitían que los duendes llegasen y tomasen lo que no era suyo. Y sin embargo aquí estaba, ayudándole… Había algo en él que no me caía mal, que me intrigaba y me producía curiosidad, por lo que no le había dado una patada para empujarle hacia una de las trampas como puede que hubiese hecho en otro momento con alguno de sus compañeros de trabajo.

Ambos terminamos de recuperar el aliento y entonces él sugirió continuar hacia delante, y yo asentí. Era la púnica opción que nos quedaba, aunque no sabía si nos habíamos desviado y habíamos ido por el camino incorrecto. De todas formas ya no teníamos otra opción.

Caminamos juntos hasta que llegamos al final de aquel pasillo… donde había una pared que cortaba el paso, con más jeroglíficos y una imagen grande de la diosa Ma’at con las alas extendidas majestuosamente.- Bueno… parece que estamos atrapados- suspiré.- ¿Crees que podrás quitar los escombros de antes con tu varita? Yo no tengo una- dije, aunque sí que podría intentar ayudar con mis propias manos.  

Acababa de decir eso cuando la pirámide volvió a derrumbarse… solo que no se derrumbó el techo esta vez, sino el suelo bajo nuestros pies. Caímos por el agujero y golpeamos el suelo de una cámara oscura y pequeña que había ahí. Me quejé a causa del golpe, ya que había caído de espaldas y me había golpeado la cabeza y me había hecho daño. Miré hacia arriba, al agujero por el que habíamos caído, y contemplé cómo los escombros del suelo (en este caso techo) caído se alzaban en el aire por arte de magia y volvían a colocarse perfectamente en el agujero, dejándonos encerrados y sumidos en la absoluta oscuridad.

-Senusret, hijo de puta…- mascullé entre dientes. Ya entendía por fin de dónde había heredado mi hermana mayor su increíble capacidad para ser extremadamente cabrona, de su querido padre.- ¿Sylvan?- llamé entonces a mi inesperado compañero de aventura mientras me giraba para apoyar las manos en el suelo y poder levantarme. Sentí mi cuerpo magullado.- ¿Te has hecho daño?

Me puse de pie. Al ser capaz de ver en la oscuridad encontré a Sylvan fácilmente y llegué a su lado para ayudarle a ponerse en pie. Ambos nos habíamos dado un buen golpe.- Venga, tenemos que salir de aquí…

Miré a nuestro alrededor en busca de alguna salida, pero no había ninguna. Estábamos atrapados. Maldije entre dientes, mascullando todas las obscenidades que se pasaron por mi mente en aquel momento… pero, espera, ¿qué es eso? Me acerqué a una de las paredes en aquella cámara diminuta y oscura. En ella había una imagen de Ma’at igual que la del pasillo de arriba, y unos jeroglíficos bajo ella. Leí lo que decían en voz alta, tratando de encontrarles algún sentido. Después de leerlos en su idioma original, volví a leerlos, esta vez traduciendo a medida que leía en alto.

-La sangre real es la llave… ¿Qué? ¿Quieren la sangre del faraón? Pero mi hermana no me dijo nada de eso…- murmuré en alto mientras trataba de encontrarle el sentido a aquello. Ankhesenamon me había dicho que yo tenía todo lo que necesitaba para poder entrar a la pirámide, pero ella era la que tenía la sangre del faraón en sus venas, no yo. Yo no era nada de él, mi única conexión con él era mi madre.

Volví a mirar la imagen de la diosa con alas… O tal vez no era una diosa, y había malinterpretado la imagen. Una mujer con alas… No era una diosa. Era una arpía. No era Ma’at, era mi madre, Astarte.

Cogí una pequeña daga que tenía guardada en una funda en mi cinturón y la usé para hacerme un corte en la palma de la mano izquierda. Posé la mano ensangrentada sobre la imagen de la arpía en la pared, y en aquel momento la pared desapareció. Nos había abierto el paso a una cámara mucho más grande, en las entrañas de la pirámide. Una cámara muy iluminada, llena de oro y de todo tipo de tesoros de miles de años de edad y de incalculable valor. Sonreí alegremente, y me giré para mirar a Sylvan antes de entrar en aquella cámara para buscar lo que había venido a encontrar.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 0
PB : Keira Knightley
Edad del pj : 171
Ocupación : Profesora de Historia de
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 000
Lealtad : -
Mensajes : 89
Puntos : 57
Ver perfil de usuario

Invitado el Miér Jun 29, 2016 10:18 pm

Las momias eran algo a lo que todo el mundo que las conociera debía tener respeto. Ya no solo porque fueran cadáveres de gente muy muy muy importante en su momento, si no porque la gente que se dedicaba a lo mismo que yo desde hacía siglos había conseguido que las cubrieran de cientos de miles de maldiciones antiquisimas con la mala costumbre de querer matar a todo el que se acercara. La adrenalina que producía mi trabajo era el principal motivo por el cual lo había elegido pero aun así no me hacia ni un poco de gracia eso de convertirme en la cena de algún zombie egipcio al que le habían sacado el cerebro por la nariz. Ni puta gracia.

Sobrevivimos a las bolas gigantes, los gatos rabiosos, las paredes con pinchos y las yincanas en llamas y aun no habíamos siquiera arañado la superficie de los secretos de aquella pirámide. Correr escapando de las bolas había sido cansado pero no muy difícil. Ponerme a la altura de Arabella a la hora de cruzar aquel camino de pinchos y fuego había sido una historia muy distinta, en cambio. Logré atravesar aquel camino por los pelos y, en última instancia, gracias a mi varita, sin la que ya no sabía vivir, claramente.

- Mientras sea para más tarde y no para ahora...aun tengo tiempo de hacerte cambiar de opinión- dije con una sonrisa simpática a su comentario de mi como un sacrificio humano. Mientras intentaba sobrevivir casi me había olvidado de que estaba acompañado de la que cada vez estaba más convencido de que era la mujer de mi vida. Mi media langosta. Pero sus comentarios sarcásticos y sus sonrisas traviesas no tardaron demasiado en recordarmelo. Antes de conocerla la admiraba, pero ahora...ahora quería todo con ella. Ojalá saliésemos de la pirámide vivos.

De nuevo, no tuvimos demasiado tiempo a pararnos a hablar pues la pirámide decidió que era un buen momento para intentar sepultarnos una vez más. Maldije y eché a correr, agarrando del brazo a mi acompañante para salvarla de una manera casi instintiva y cuando llegamos a un lugar...no diré seguro porque dudo que eso exista dentro de una pirámide, el comentario de broma de rigor no pudo faltar. En este caso, sobre cine muggle y las intensas experiencias que parecían ir de la mano de la presencia de Arabella.- Sí, claro que estoy acostumbrado, pero generalmente estoy solo y no tengo que sobrevivir con la presión de que alguien como tú me vea hacer el ridículo. Normalmente tengo que conseguir lo que busco, contigo aquí tengo que conseguirlo y hacerlo pareciendo sexy. Es mucha presión para alguien tan delicado como yo!- dije haciendo un amago de princesita para hacerla reir.

Caminamos juntos en la única dirección posible que se nos presentaba en ese momento, pero nuestra caminata no duró más de unos 5 metros a los cuales encontramos una pared llena de jeroglíficos.- Imagino que podría pero igual cabreo a la pirámide...-dije como respuesta instintiva y luego me di cuenta de lo que ella había dicho- Como es que no...?- dije sin terminar la frase con mi sospecha pues el suelo se abrió antes de que las palabras salieran del todo de mi boca.

Arabella y yo caímos a una especie de cámara subterránea con el suelo más duro de la historia con el que tuve la mala suerte de dar de espaldas, quedándome sin respiración durante unos segundos. Mientras intentaba respirar de nuevo algo de desesperación y rabia me invadieron cuando vi que el suelo del que me había caido ahora era mi techo y se estaba cerrando delante de mis narices. No tenía pensado la pirámide darnos tregua nunca? No, ya sabía que no, pero eso no hacía que me frustrase menos.

La voz de Arabella llegó a mis oídos mientras mis pulmones volvían a hincharse de aire con normalidad.- Estoy bien, creo que solo me he roto todos los huesos de cuerpo- dije intentando levantarme en medio de aquella oscuridad. La mano de Arabella me pilló desprevenido y por un momento me asusté, pero la use para ayudar a levantarme y una vez de pie, encendí mi varita sin pensar ni por un momento en lo que ella había dicho de que no tenía una. Ese era un tema para luego, cuando no fuésemos a morir de una manera totalmente inesperada y repentina.

Iluminé con mi varita alrededor para ver en donde nos encontrábamos y resultó ser una habitación cerrada a cal y canto de la que no parecía haber manera humana de salir. Sin embargo, en una de las paredes, había nuevos jeroglíficos que Arabella leyó rápidamente en voz alta. Yo no entendí mucho de lo que decía pues solo estaba aprendiendo egipcio antiguo y por ahora solo podía decir palabras sueltas, pero ella parecía saber perfectamente lo que decía. Qué era? Jugadora de quidditch y egiptóloga en sus ratos libres? Cada vez me sentía más fascinado por ella y por todos los datos sobre su persona que desconocía y que no paraban de salir y sorprenderme. La presión que sentía por querer estar a su altura sin conseguirlo todo el rato estaba hasta poniéndome cachondo un poco.

-Estamos jodidos- dije mientras fruncia el ceño sin entender que tenía que ver su hermana con toda aquella situación pero sin llegar a preguntar al respecto tampoco. Miré la pared con concentración esperando encontrar alg útil en ella, pero no entendía más que símbolos sueltos y estaba cada vez más convencido de que tiraría esa pared con una maldición y sería todo mucho más fácil así cuando ella sacó una daga, se hizo un corte en la mano bajo mi atónita mirada y la puso sobre la pared. En ese momento la pared se desvaneció y apareció ante nosotros una cámara mucho más iluminada que el resto de la pirámide en la que los tesoros del faraón aportaban un brillo extra. Arabella sonrió, me miró y entró en la cámara mientras yo debía tener la cara de extrañeza más extrema de la historia de todas mis caras. Entre detrás de ella y apagué mi varita- Hola? Me lo explicas? Por qué tu sangre abre puertas? O mejor dicho, paredes.- pregunté quedándome quieto un momento mientras guardaba la varita y la miraba a ella en busca de respuestas.

La sala en la que estábamos era una auténtica sala del tesoro y seguro que allí estaba lo que yo estaba buscando, que concretamente era una especie de cofre que parecía de madera con piedras preciosas incrustadas que tenía algo dentro que no me habían dicho y además un arco y sus flechas, todo ello plateado y con unas propiedades mágicas espectaculares tales como la autodirección y el envenenamiento. Miré a mi alrededor y, a pesar de estar seguro de lo que estaba buscando, todo lo que veía me parecía impresionante.- No se puede decir del faraón que fuese pobre o humilde, no crees?- dije mientras observaba una estatua del propio faraón al lado de la de una mujer alada ambas hechas de oro, solo que la del faraón era oro amarillo y la de la mujer, blanco.- Tampoco se puede decir que no supiera elegir a las mujeres- dije mirando la estatua de la mujer.
avatar
InvitadoInvitado

Arabella K. Morgenstern el Miér Ago 03, 2016 6:00 pm

La pirámide había sido diseñada para putear a todos los que se atreviesen a aventurarse en su interior, y estaba haciendo su trabajo perfectamente. Como no había conseguido convertirnos en pinchos de tortilla todavía ni en barbacoas o en comida para momias había decidido tirarnos en un agujero del que no parecía haber salida y dejarnos los huesos hechos polvo.

-Yo me he quedado con la mitad de neuronas- le dije cuando me dijo que creía haberse roto todos los huesos del cuerpo con la caída, y le ayudé a levantarse.

Por suerte, aunque al principio pareciese que no, sí que había una salida de aquel oscuro y completamente cerrado lugar. Hubiese agradecido que mi hermana mayor me hubiese dado más detalles antes de enviarme aquí a la aventura, pero a lo mejor ella no había consciente de todas las trampas y barreras que me encontraría a mi paso. Por suerte este obstáculo fue uno que logré superar en cuanto descifré el verdadero significado de la pisca que ofrecían los jeroglíficos. La pared se abrió en cuanto mi mano se posó sobre ella y mi sangre tocó la piedra. La sangre de mi madre que corría por mis venas activó la magia que cubría esa pared y nos abrió la puerta a la cámara del tesoro.

-La sangre de mi familia- corregí a Sylvan cuando me preguntó que por qué mi sangre había hecho eso. Era normal que estuviese así de sorprendido. No todos los días una famosa jugadora de Quidditch entraba en una pirámide y abría la entrada de la cámara del tesoro de dicha pirámide con su propia sangre después de haber leído unos jeroglíficos en la pared, cosa que casi nadie hacía.- La sangre de mis hermanas y de sus hijas también habría abierto esta pared. La magia que protege a este lugar nos permite la entrada a nosotras.

Entramos en la cámara del tesoro, llena de riquezas que la mayoría de las personas ni siquiera podría imaginarse, y mucho menos verían en su vida. Paseé entre los estrechos pasillos rodeados por todas partes de oro, joyas, pergaminos excesivamente antiguos y riquezas variadas de todo tipo, observándolo todo con una sonrisa. Todo esto no habían sido regalos que el faraón le hizo a mi madre a lo largo de su vida, eran cosas que le pertenecían a ella. Eran cosas que le pertenecían a mi hermana Ankhesenamon, era su legado, la herencia de sus padres a los que había perdido hacía miles de años. Había venido a recuperarlo para ella, y me alegraría poder llevarle lo que estaba buscando.

Fue en ese momento cuando volví a mirar a Sylvan, esta vez con un poco del recelo que le había tenido al principio por su profesión. Si él estaba aquí era para llevarse algo, y ese algo le pertenecía a mi hermana. No me hacía gracia que nadie quisiese apropiarse de lo que era suyo por derecho… Pero el hombre me había ayudado durante nuestra estancia en la pirámide llena de trampas mortales. Si lo que quería era una cosa, entonces supongo que podía llevársela. Ya le explicaría yo todo a Ankhesenamon más tarde cuando fuese a verla.

-¿Qué hombre que pueda permitirse tener todo esto decide ser humilde?- pregunté retóricamente con una sonrisa traviesa mientras me acercaba a el y miraba las estatuas frente a las que él se había detenido. No pude separar mi mirada de la estatua de la arpía. No recordaba a mi madre, yo era un bebé cuando ella fue asesinada, y había vivido en una época en la que no había fotografías. La había visto en recuerdos de mis hermanas, y el escultor que había tallado y moldeado la estatua había capturado cada detalle de ella y su peligrosa belleza perfectamente.- Su nombre era Astarte. Era considerada casi una diosa por muchos mortales, y era tan deseada como temida por ellos. Fue amante de algunos de los hombres más poderosos e importantes de la antigüedad, y enemiga de las mujeres más poderosas que la envidiaban y temían ser destronadas y lanzadas al olvido por ella.- Me acerqué un poco más y miré a la estatua casi con cariño e ignorancia, a la vez de con admiración. Me hubiese encantado conocerla.- Era mi madre.

Tras unos segundos en los que seguí observando la estatua como si quisiese memorizar todos los detalles de su rostro, al igual que había hecho cuando la vi en los recuerdos de mis hermanas. Cuando por fin me aparté de la estatua me puse a buscar lo que mi hermana me había pedido que viniese a buscar. Ya tendría tiempo en otro momento para venir a buscar el resto. Sería más fácil la próxima vez que volviese que esta.

-¿Has encontrado lo que venías a buscar?- le pregunté a él mientras abría un saco que me había traído y metía en él las joyas favoritas de mi madre que mi hermana quería recuperar, y pergaminos valiosos en los que estaba escrita la historia de Astarte.- Ábrete- dije en alto en egipcio antiguo. Hubo un temblor y se oyó un gran estruendo, y entonces se abrió una gran trampilla sobre nosotros, y tras ella se abrieron más y más hasta que hubo una especie de túnel vertical que subía hasta el exterior de la punta de la pirámide y era suficientemente grande para que mis alas cupiesen.- Solo hay una manera de salir de aquí. Supongo que no te has traído una escoba, ¿no?

La aparición no servía aquí, por lo que me necesitaría a mí para salir. Sin pensármelo dos veces hice que mis enormes alas de membranas y plumas negras apareciesen en mi espalda, ocupando un gran espacio en la cámara del tesoro.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 0
PB : Keira Knightley
Edad del pj : 171
Ocupación : Profesora de Historia de
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 000
Lealtad : -
Mensajes : 89
Puntos : 57
Ver perfil de usuario

Invitado el Mar Ago 16, 2016 11:07 pm

Cual es el número máximo de veces que un hombre se puede sorprender antes de que le de un ictus o un infarto? Porque yo estaba peligrosamente cerca de ese número. Las momias y sus trampas eran algo que ya esperaba, incluso los gatos histéricos, pero encontrarme a mi jugadora favorita de quidditch allí dentro y que además fuese su sangre la que me abriese las puertas era algo totalmente nuevo. Por no mencionar ese detalle de que lo había hecho todo al modo muggle y había mencionado que no tenía varita. Quién cojones era aquella mujer? Sería una squib? Eso seria un ENORME DESPERDICIO. Los squibs me dan un poquillo de cosa, aunque sea algo terrible de admitir. Es decir, qué les pasa? Les falla el gen mágico o algo así? Son como los discapacitados de los magos? Había crecido en un ambiente que me invitaba a pensar que eran escoria, pero no podía imaginar a Arabella como parte de escoria de ningún tipo. Es que venga...solo había que verla. Estaba más cerca de ser una diosa que cualquier otra cosa.

Me guardé mis reservas, que cada vez eran más numerosas, mientras la pared se desvanecía y nos daba paso a la habitación del tesoro, que seguramente era lo que los dos andábamos buscando. Sin embargo, eso de que era la sangre de su familia la que abría la puerta era una duda más a añadir a mi lista. Estaba ante una descendiente de reyes? Aun así, parecía que sin poderes. Pero me había salvado la vida...y era terriblemente guapa. Que lio, la leche.

Los tesoros que aparecieron ante mi consiguieron alejar de mi mente todas mis dudas por unos momentos. Aquella estancia era demasiado imponente como para que al verla tu cerebro se pudiese encargar de otra cosa que no fuese observarla y admirarla. Sin duda estaba allí lo que yo buscaba y también unas cuantas cosas más que pensaba llevarme, como alguna de las joyas que estaba captando en mi visión periférica. Me habría gustado llevarme la estatua de la mujer de oro blanco también, pero eso ya era ser demasiado ambicioso. No obstante, el comentario al respecto del faraon era algo que tenía que soltar o no me quedaría tranquilo. Era necesario para mi. Lo que no me esperaba era la respuesta de Arabella que una vez más, consiguió dejarme a cuadros y con el cerebro nublado. Fue su explicación sobre que aquella mujer era su madre la que me hizo desviar la mirada de la estatua y centrarla en ella mientras una de mis cejas se elevaba y se me debía quedar una expresión de pánfilo impresionante. No sabía si creerme lo que me estaba contando. Si aquella mujer era su madre, cuantos años debía tener ella? Porque estabamos ante algo que existio antes de Cristo. ANTES DE CRISTO. Que vale que yo no soy religioso pero no hace falta serlo para saber que eso son más de 2000 años. Que son dos milenios. Que son 20 siglos. Que es como la hostia de tiempo. Que maldita locura. Me estaba puteando, no?

Me tragué todas las preguntas que tenía mientras empezaba a pensar que aquella mujer estaba completamente loca. Cuando ella se puso a buscar, yo hice lo propio con las cosas a por las que me habían mandado pero sin quitarle los ojos de encima. Ahora ya no tanto por admiración como por miedo de que se le cruzase un cable y le diese por matarme con una espada faraónica de su supuesta madre. El arco y las flechas no fueron difíciles de encontrar, pero el cofre estaba algo más escondido. Aun así, nada que fuese imposible. Ambos buscamos en silencio, algo muy extraño en mi pero ella aun no me conocía lo suficiente para notarlo, y cuando pasó el tiempo suficiente, también fue Arabella la que habló primero.

-- le contesté mirándola mientas asentía con la cabeza y me hacía la persona tranquila y calmada que en realidad jamás he sido. Con una nueva palabra en lo que quise deducir que era egipcio antiguo, la chica hizo que el techo se abriese ante nosotros como un túnel gigantesco en el cual al final tenía una pequeña luz. Su comentario me hizo mirarla concierta suspicacia, pues no sabía si estaba amenazándome con dejarme allí u ofreciéndose para llevarme. Cuando sus negras alas se desplegaron, las cosas se volvieron todavía más confusas para mi. Me llevé una mano al pecho y la volví a mirar con esa expresión de persona confundida y asustada con la que la había mirado cuando me contó lo de su madre.

Yo era mago, vale, entonces no era tan absurdo pensar que alguien con alas pudiese existir. Había oido hablar de mujeres asi, pero jamás conocido a ninguna...Ahora necesitaba respuestas.- Puff...chica, te confieso que después de las momias, yo esperaba ser el mayor peligro aquí, y....luego descubrí que no tienes varita, que la sangre de tu familia hace que las paredes de una pirámide desaparezcan, que tu madre era la amante de Tutankamon- no sabía ni me importaba si ese era el nombre o no del faraon, simplemente seguí con mi discurso- y que tienes una alas gigantescamente negras. De acuerdo, abrazo la idea de que las apariencias engañan, pero teniendo en cuenta que casi morimos en esta pirámide, en más de una ocasión, creo que esta pregunta que te voy a hacer no está del todo fuera de lugar...Qué eres?- dije inclinando la cabeza hacia un lado- Y vale, he mentido, eran dos preguntas, la segunda es, con lo de la escoba me estás amenazando con dejarme aquí o vas a ser la mujer más buena y hermosa del mundo y me vas a subir contigo?- dije sin volver a poner la cabeza derecha pero poniendo una sonrisa que pretendía ser de niño bueno.
avatar
InvitadoInvitado

Arabella K. Morgenstern el Miér Ago 31, 2016 2:25 pm

Aunque las arpías existíamos desde el principio de los tiempos de la humanidad en el planeta, éramos pocas en el mundo. Por eso aquellos humanos que se encuentran con nosotras no están acostumbrados y en la mayoría de los casos se sorprendían, a pesar de ser magos que sabían de nuestra existencia igual que sabían de la de otras criaturas mágicas de todo tipo. Por eso mismo no me pareció nada extraño el comportamiento de Sylvan debido a su asombro. Estaba muy calmado, a decir verdad, simplemente se dedicaba a expresar su asombro con palabras y nada más. Podría ser peor, algunas personas no reaccionan muy bien ni de manera calmada cuando ven a una arpía delante de ellos haciendo cosas raras.

Mientras él decía un montón de cosas y hacía un millón de preguntas que estaba acostumbrada a escuchar provenientes de otros labios (o al menos preguntas por el estilo. Aunque las palabras variaban, las dudas detrás de ellas siempre eran las mismas. Siglos y siglos de dudas por parte de la gente que descubre mi verdadera naturaleza me ha hecho bastante inmune a la curiosidad de la gente, simplemente me dedico a responder lo que es importante y ya) yo busqué lo que mi hermana me había pedido que viniese a buscar. Estaba segura de que tendría que volver en algún otro momento a la pirámide. Aquí había un tesoro impresionante, la riqueza que se hallaba entre estas paredes era excesiva. ¿Por qué no ha venido Ankhesenamón antes aquí a reclamar lo que es suyo? Todo esto es de ella, y a estado pudriéndose en una pirámide durante milenios. Cierto es que todas mis hermanas han contado siempre con inmensas riquezas, tal vez mi hermana no ha querido tocar la fortuna que se hallaba aquí escondida porque no le hacía falta. Al menos le gustará saber que hasta el día de hoy los de Gringotts no se habían atrevido a venir a husmear… y hoy habían tenido éxito únicamente porque yo había accedido a colaborar.

-Soy una arpía- contesté cuando él por fin hizo la pregunta importante después de decir todo lo demás.- No somos tan feas como nos pintan en los libros.

A continuación, cuando me preguntó si le estaba amenazando sutilmente con dejarle ahí abandonado para que se pudriese dentro de la pirámide en soledad le devolví exactamente la misma sonrisa de niña buena que él estaba poniendo, y me acerqué un par de pasos a él.

-Tal vez debería- dije entonces, refiriéndome a abandonarle ahí para que se pudriese.- Eres un ladrón, después de todo. Todo esto le pertenece a mi hermana, es la herencia de su padre, y tú has venido a llevarte algo de su propiedad. A ninguna de nosotras nos gusta la gente que viene a robarnos nuestros tesoros.

Ahora estaba muy cerca de él. Mi aspecto comenzó a cambiar: mis ojos dejaron atrás su color oscuro para volverse de un brillante color rojo sangre, mis uñas se alargaron hasta transformarse en garras negras y afiladas como dagas, y mis dientes se transformaron en colmillos perfectos para arrancar grandes bocados de carne de cuajo y rasgarla hasta que no quedase nada. Agité mis alas ligeramente detrás de mí, volviendo a levantar una ligerísima brisa que nos agitó el cabello a ambos, y cuando estuve justo enfrente de Sylvan pasé la punta de una de mis afiladas garras por su rostro, pero no le hice daño.

-O tal vez sí que debería sacarte de la pirámide y llevarte con mi hermana y dejar que ella juzgue y decida qué hacer con el hombre que ha robado algo suyo. Sería una pena, tienes un rostro hermoso…- murmuré con un timbre coqueto a la vez que amenazador en la voz mientras me acercaba a su oído para susurrar en él- y ella es mucho menos benevolente que yo.

Me aparté entonces de él, y mi aspecto volvió completamente a la normalidad. Lo único que mantuve de mi forma de arpía fueron las alas negras.

-Tienes suerte de que haya venido yo a la pirámide. Puedo ocultarle a mi hermana que te has llevado sus cosas- dije con una sonrisa pícara antes de agarrarle fuertemente para entonces alzar el vuelo y cargar con él hacia el exterior de la pirámide.

En cuanto salimos volando de ella todas las entradas y las salidas de la pirámide volvieron a quedar selladas. Todas las trampas volvieron a ocultarse y a prepararse para esperar a nuevos incaustos que se aventurasen a enfrentarse a ellas, y el tesoro de mi hermana quedó de nuevo a salvo. Volamos no muy lejos hasta que decidí aterrizar y depositar a Sylvan sobre la arena del desierto.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 0
PB : Keira Knightley
Edad del pj : 171
Ocupación : Profesora de Historia de
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 000
Lealtad : -
Mensajes : 89
Puntos : 57
Ver perfil de usuario

Invitado el Jue Sep 29, 2016 10:09 pm

Casi me cago encima.

No bromeo ni exagero al decir esas palabras. Ni siquiera un poquito. Mi discurso había estado basado en las dudas que se me habían planteado al conocer a Arabella y ver lo que podía y lo que no podía hacer. Descubrir que era una arpía había sido un shock, porque yo pensaba que las arpias no eran una criatura en sí, si no...no sé, mujeres malas. Ya sabeis, una chica te hace algo y tu le sueltas: “Eres una arpía!” Porque intentas ser caballeroso y no llamarla directamente zorra. Pero claro, ahora me vengo a enterar de que las arpías de verdad existen. Que tienen un porrón de años, al parecer. Que son hermosas como diosas y, lo más importante, que en su estado arpioso natural, o lo que debe ser eso, dan un miedo de mil pares de narices.

Ella se había ido acercando a mí mientras hablaba y, aunque al principio su actitud parecía tan bromista como la mía hasta ese momento, cuando estuvo lo bastante cerca y se transformó, yo no habría podido contestarle a nada de lo que decía ni aunque hubiese puesto todo el empeño del mundo. Luchaba con demasiada fuerza para que no me temblasen las piernas mientras ella paseaba su garra por mi piel sin hacerme ningún daño. Sabía que estaba completamente en sus manos y que por mucha varita que yo tuviera, si ella quería matarme yo me convertiría en Sylvan al pincho moruno muy ricamente.

El corazón me iba a mil por hora y si ella tenía la capacidad de notarlo probablemente se hubiese dado cuenta que casi podría haber cortado mi miedo con sus garras de la cantidad ingente de pavor que estaba yo sintiendo. Pero al final, y viendo que yo estaba mucho más guapo callado que haciendo mis comentarios inapropiados habituales, Arabella decidió sacarme de la pirámide con sus grandes y preciosas y negrísimas alas.

-Gracias- conseguí articular mientras ascendíamos para salir de la pirámide y comprobaba que verdaderamente no me había hecho mis necesidades encima de puro miedo.

No sabía cómo podía tener tanta suerte, pero había salido de aquella pirámide ileso y con las cosas que iba a buscar. Además, mi vida estaba en las garras de una arpía que además era mi heroína de quidditch y mi sueño húmedo y que no parecía tener ganas de arrancarme la cabeza de un mordisco. Así como los squibs me daban cosilla, que Arabella fuese una arpía no me causaba ese sentimiento. Me daba terror, no me voy a molestar en negarlo, pero pensar que además de un monstruo sanguinario era también una hermosa diosa de marfil, pues oye...le daba su morbo. La atracción que ejerce sobre ti alguien que puede matarte, supongo. Seré víctima del síndrome de Estocolmo? En ese momento prefería no pensarlo.

Al salir de la pirámide, el calor del desierto me golpeó como hacía un buen rato que no lo hacía. Arabella no me llevó muy lejos, y en un lugar desde el cual aun se podía ver la pirámide, tomamos tierra y yo prácticamente caí en la arena como un saco de patatas. El viaje en arpía me había hecho relajarme un poco en cierta manera al ver que no parecía tener intención de matarme y por eso reuní la fuerza suficiente para volver a hablar.

-Creo que nadie me había salvado la vida tantas veces en un día- comenté como si fuese el pensamiento más profundo y arraigado que tenía mi cerebro en ese momento. Y lo más probable es que así fuese.- Qué puedo hacer para agradecertelo? Lo que quieras. Al fin y al cabo no me has salvado solo de la pirámide sino también de un futuro ataque de ira de tu hermana. Me encargaré de que en Gringotts sepan que no hay nada más de valor en esa pirámide. Les diré que era todo un cuento de viejas.- dije mucho menos gracioso que en el resto de nuestra aventura pero totalmente sincero. No quería meterme con las arpías, al menos no hasta que supiera cómo vencerlas y como acababa de descubrir su existencia ese conocimiento aún no estaba en mi poder.

-Mi campamento no está lejos si quieres aprovisionarte o pasar la noche- comenté sin intenciones ocultas. No le quedaba energía a mi cuerpo para esas intenciones en lo que creo que la primera vez en mi vida que eso me pasaba.
avatar
InvitadoInvitado

Arabella K. Morgenstern el Dom Oct 30, 2016 7:39 am

Sylvan tuvo suerte porque me había caído bien, me había entretenido bastante mientras estábamos dentro de esa pirámide, y además era endiabladamente guapo. Sería un peca imperdonable despojar al mundo de un rostro tan bello. Si cuando muriese yo iba al infierno prefería acabar ardiendo en su fuego eterno por hacer cosas sucias con alguien con un rostro como ese, no por quitarle la vida. Así que le saqué de la pirámide, y ambos aterrizamos en la arena del desierto bajo el sol abrasante de Egipto. Alcé mis alas y las doblé sobre mí formando una especie de parasol que me proporcionaba sombra. 

-Y hace mucho tiempo que no me divierto tanto de una manera tan curiosa con un hombre- contesté a su comentario de haberle salvado la vida mientras esbozaba una sonrisa pícara y le observaba con curiosidad. Escuché su agradecimiento, que sonó realmente sincero. Sonreí yo también con sinceridad cuando dijo que no le diría nada a los duendes sobre los tesoros que había encontrado en la pirámide, para que así continuasen siendo un secreto de mi hermana y no vinieran los de Gringotts a robsrle lo que por derecho le pertenece a ella.

-Muchas gracias, de verdad te lo agradezco- le dije a Sylvan con una leve inclinación de la cabeza.- Para nosotros y para el resto del mundo lo que hay dentro de esa pirámide son solo tesoros y riqueza, sin valor nada más que histórico y monetario... Pero para mi hermana es mucho más. Es todo lo que le queda de su padre, de un tiempo muy lejano que jamás volverá a recuperar de ninguna otra forma- y que cada vez se hacía más lejano. Era el problema de la inmortalidad. Para nosotros lo que queríamos y amábamos cada vez estaba más y más lejos de nosotras, perdido en el tiempo, en épocas a las que jamás podríamos regresar. Era como intentar atrapar humo con las manos; se escapaba entre nuestros dedos sin que pudiésemos hacer nada. Por eso nos aferrábamos con fiereza a todo lo que podíamos y lo guardábamos celosamente. 

-Que no vayas a decirle nada a tus jefes ya es agradecimiento suficiente- le dije a Sylvan, hablando con sinceridad. Ninguna otra cosa que pudiese hacer por mí tendría el mismo valor, ya que él podría ganar muchísimo prestigio en su trabajo rebelando sus descubrimientos del interior de la pirámide, y estaba escogiendo no hacerlo. Confiaba en él y en que mantendría su palabra, a pesar de que apenas acababa de conocerle.- Aunque si tiene una buena botella de ron en tu campamento te agradecería que me ofrecieses un trago- añadí entonces, recuperando el tono pícaro y juguetón de antes, decidiendo dejar la seguridad a un lado.

Acepté su oferta de ir a su campamento. Después de todo yo no tenía nada más que hacer en Egipto, mi plan original había sido alzar el vuelo en cuanto saliese de la pirámide y marcharme de nuevo a Europa inmediatamente a reunirme con mi hermana y darle lo que me había enviado a buscar. Pero una noche en el campamento de este hombre reponiendo fuerzas no podía estar tan mal.- Me parece bien- acepté, tendiéndole la mano para que me la cogiese.- Te ofrecería a llevarte volando, pero la Aparición es más rápida. Supongo que no te gustaría abrasarte bajo este sol- dije con iba medio sonrisa antes de que él tomase mi mano y nos Desapareciésemos conjuntamente. Si la noche llegaba a ser la mitad entretenida que como lo había sido el día, desde luego no iba a arrepentirme de mi decisión.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 0
PB : Keira Knightley
Edad del pj : 171
Ocupación : Profesora de Historia de
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 000
Lealtad : -
Mensajes : 89
Puntos : 57
Ver perfil de usuario

Contenido patrocinado

Contenido patrocinado
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.