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Because the night || Caleb Dankworth

Abigail T. McDowell el Sáb Mar 05, 2016 1:57 am


¿Días buenos en el ministerio? Casi siempre. ¿Pero días que absolutamente nunca eran días buenos? Los viernes, por raro que parezca. Los viernes era un caos absoluto, un estrés insuperable en cada uno de los pisos de ministerio, era como si todos los malditos viernes a primera hora de la mañana la gente se volviera totalmente productiva, todo lo productiva que no se vuelven los putos cuatro días restantes de la semana.

La consecuencia es, por tanto, que los viernes hay un volumen de trabajo catastrófico en donde personas como yo o los mismos jefes de departamento tenemos que quedarnos hasta tarde para sacar todo el trabajo que se suponía que debería haber salido con orden y a lo largo de los días. Pero no. Está claro que es demasiado pedir un poco de orden y eficacia entre tanto inepto…

Para variar, siempre tenía la mala suerte de que las reuniones con el departamento de seguridad mágica venían de la mano de mi maldita progenitora… No sabía dónde narices estaría Olinthus, pero no estaba encargándose de dar la maldita cara en cada una de las reuniones a las que se le convocaba. Y claro, yo tenía que lidiar con mi madre siempre porque yo era la representante del ministro, pues éste estaba en su despacho encargándose de cosas más importantes como para asistir a estos encuentros. Intercambiar cualquier palabra con mi madre solía hacer que me enervase y me pusiera de mal humor, creo que el veinte por ciento de mis asesinatos son por su culpa. Hablar con ellas me dan ganas de matarla, pero como sé que no puedo, termino matando a algún otro subnormal.

Pero era normal que los viernes no fueran tan prodigiosos para mí como lo eran para los simples trabajadores. Habían dos grandes diferencias entre un trabajador convencional y ostentar un gran puesto como lo era el ministro, los jefes de departamento o yo. Una diferencia era el sueldo y otra la responsabilidad. Me pagaban por una jornada laboral de ocho horas (de ocho a cuatro de la tarde) y yo no podía irme a casa si no termino mi trabajo, mientras que un empleado de mierda que trabaja de entre cuatro y seis horas, termina a su hora y, haya cumplido o no, se va.

Por esa misma razón ahora mismo son las nueve de la noche, me muero de hambre y acabo de terminar con mi trabajo. El ministro se fue hace dos horas y prácticamente todo el ministerio está en una absoluta tranquilidad y silencio. A excepción de algunas personas que tienen el turno de noche, parecía un lugar totalmente distinto a cómo estoy acostumbrada a verlo. No vuelan periódicos, los avioncitos de papel no atacan tus ojos, no hay gritos por todas partes de gente estresada o enfadada… Agradecía que tanto mi despacho como el del Ministro estuvieran alejados de toda el foco central y tuviéramos que desplazarnos para reuniones y demás.

Cuando por fin terminé todo y organicé mi mesa de trabajo, salí de mi despacho y bajé al tercer piso en dirección al despacho de Caleb. Me suponía que aún no se habría ido, ya que cuando nos encontramos por la mañana ambos estábamos hasta arriba de trabajo. Y todo hay que decirlo, pero Caleb y su botella de whisky eran mucho menos eficientes que yo.

Al irme acercando a la puerta, vi la luz salir del marco pues estaba abierta, ya que no había absolutamente nadie en el departamento, por lo que me apoyé en el marco de la puerta con los brazos cruzados mientras miraba a Caleb trabajar en su mesa. Esperé unos segundos allí quieta hasta que se percató de mi presencia.  

¿Cómo lo llevas? —pregunté antes de entrar al interior aún con los brazos cruzados, acercándome a su mesa para rodearla; aunque por el camino pregunté:—¿Te apetece hacer algo hoy?

Esperaba que dijera que sí porque necesitaba dejar el viernes laboral atrás y no quería irme a mi casa a probablemente dormir. Lo cual era raro. En realidad no vivíamos juntos, pero estaba más tiempo en su casa que en la mía, de eso no cabía duda. Habíamos empezado lo que era comúnmente llamado una relación y me gustaba, pero debía de admitir que no sabía dónde narices estaban los límites... ¿Era normal que durmiera casi todos los días en su casa?
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Sáb Mar 05, 2016 8:39 am

Me cagaba en la puta madre de todos mis empleados, y me cagaba también en sus muertos. Tenía algunos trabajadores buenos, pero uno de ellos estaba de baja, y los otros estaban de vacaciones. Eran listos, se las pedían en épocas insignificantes y se quedaban trabajando durante las fiestas porque el sueldo era superior esos días. Pero aparte de esos tenía bajo mi mando una grandísima panda de inútiles. Estaba leyendo la montaña de informes que me habían dejado en el despacho para revisar un puto viernes por la noche, y había tenido que levantarme a coger una botella de whisky que tenía guardada en el despacho para poder soportar tantas estupideces reunidas en el mismo sitio. ¿Por qué tenían que esperar precisamente al viernes por la noche para mandarme todo esto? ¿Es que pensaban que los jefes no teníamos vida? Zack se iba a cagar en todos mis muertos (¡que no tengo pocos!) por dejarle de niñera de su hermana otro viernes por la noche.

Trabajé durante horas con los informes y con el papeleo y con todas las demás cosas que tenía que hacer, mascullando insultos por lo bajo a cada tantas páginas que leía. Hubo un momento en el que me frustré tanto que no me di cuenta de que Abi había aparecido. Estaba leyendo la metedura de pata que tres de los desmemorizadores habían cometido, metedura de pata tan grande que la única reacción lógica que había tras leer sobre ella era firmar tres cartas de despido dirigidas a ellos.

-Inútiles… Ya podéis ir a vivir del paro, pero paso de que sigáis haciendo el gilipollas en esta oficina- mascullé entre dientes mientras firmaba las tres malditas cartas, y las hice doblarse ellas solas mágicamente y las mandé volando por la puerta para que fuesen a sus respectivos cubículos. Alcé la mirada entonces y vi a Abi allí, entrando en mi oficina. Al verla sonreí por primera vez en todo el día, y sentí que se esfumaba un poco de mi mal humor.

-Bueno, lo llevo, que ya es algo- suspiré cuando ella me preguntó, y solté la pluma con la que había escrito las cartas de despido. Qué a gusto me había dejado firmar esas cartas…- ¿Tú ya has terminado?

Cuando rodeó la mesa y estuvo en el mismo lado de esta que yo moví mi silla, que tenía ruedas, para hacer desaparecer la poca distancia entre nosotros y la miré mientras colocaba mis manos en sus piernas y se las acariciaba juguetonamente mientras hablábamos. Me preguntó que si me apetecía hacer algo esa noche y puse cara pensativa.

-Um, veamos… Me apetece asesinar a unas cuantas personas de las maneras más lentas, dolorosas y horribles que hay. Pero habrá muchísima sangre involucrada así que lo dejaré para un día en el que no esté contigo- dije con de mis típicas sonrisas ladeadas. Todavía me hacía gracia su fobia, pues en ese sentido no éramos nada compatibles. Pero nada. Pero como en muchas otras cosas sí que lo éramos aquello no importaba. Tiré entonces de ella, haciendo que quedase sentada sobre mí en la silla. La agarré por el trasero y la di un apretón mientras la besaba. Cuando nos separamos volví a sonreírla de manera pícara.- Así que hoy me apetece salir por ahí contigo, si te parece bien. Podríamos ir a cenar, o a tomar algo, o a lo que se nos ocurra durante la noche.

Los últimos días había estado todo el tiempo en el ministerio y en casa, no había tenido ni un solo día para ver otro sitio que no fuese mi despacho y mi habitación, y de mi habitación no me quejaba cuando estaba en ella con Abi, pero a veces estaba bien salir y hacer otras cosas. Había terminado todo mi trabajo, solo me quedaba revisar los currículums que nos habían llegado para contratar a tres nuevos desmemorizadores y reemplazar a los que quedaban, pero eso podía hacerlo en otro momento.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Lun Mar 07, 2016 9:54 pm

Yo era de esas personas que hasta que no terminaban de hacer absolutamente todo lo que debía de salir ese mismo día, no salía de mi despacho. Hacer noche nunca ha sido de mis hobbies, por lo que prefiero rendir sin descanso durante toda la tarde con tal de poder irme a mi casa a descansar a una hora decente.

Evidentemente —hice una pausa y miró suspicazmente a su botella de whisky, pasando a su lado mientras la tocaba y la cogía—Yo no tengo una amiga que me entretenga cada cinco minutos.

Terminé de dar la vuelta a la mesa y terminé justo en frente de Caleb. Él acarició mis piernas por encima de las medias que tenía, ya que llevaba falda y yo lo miré curiosa y divertida a su contestación sobre lo que le apetecía hacer esa noche. Abrí la botella de whisky y bebí directamente de ella un sorbo mientras me percataba de las ganas que tenía yo también de matar a alguien. Mi madre, sin duda, esa mujer hacía que me dieran ganas de exterminar a la raza humana. Y hasta no me importaba que fuera lenta y dolorosamente y que hubiera mucha sangre, seguro que merecería la pena ver cómo muere ahogada en su propia sangre. ¿Lo malo? No podía matar a mi madre porque si no mi hermano dejaría de hablarme lo que me resta de vida. Y creo que prefiero vivir rodeada de semejante cáncer a perder a mi hermano.

Antes de poder contestar a eso, me sentó sobre él y me besó, sintiendo el sabor del whisky entre sus labios. Le mordí el labio inferior cuando se paró de mí y lo miré con cierta sorpresa cuando dijo de ir a cenar con él por ahí.

En plan cita —resumí brevemente, ya que durante tantos años he conseguido una habilidad increíble para resumir las cosas después de lidiar con tanta gente que se va siempre por las malditas ramas—Nunca hemos ido a una cita. Conseguí meterte en mi cama sin tener que llevarte a cenar o a tomar algo —añadí con la misma sonrisa traviesa, ya que para cualquier persona normalmente pensaría que fue Caleb el que consiguió meterme a mí en su cama. Pero seamos sinceros, cuando yo empecé en el ministerio no era nadie y era yo quien le buscaba a él—Eres un hombre tremendamente fácil, Caleb.  

Eso lo afirmé mientras lo miraba de reojo y volvía a llevarme su botella a los labios para beber otro sorbo de manera lenta. Lo necesitaba después de una jornada tan larga y pesada.

Pero me parece un buen plan porque me estoy muriendo de hambre —confesé, pues si no era yo quién lo decía no iba a tardar en aparecer el sonido del rugir de mi estómago en delatarme. Y si luego voy a acompañarle a ver cómo asesina a alguien, mejor tener algo en el estómago que poder vomitar—Pero no soy muy amante de las citas, como habrás podido comprobar, por lo que decide tú a dónde vamos que supongo que tienes más experiencia. Aunque vamos a dejarnos de lujos y cosas pijas, ¿vale? No veas que decepción ir a los restaurantes y que el plato valga la calidad y la presentación y el contenido sea una puta mierda. ¿Conoces algún sitio de hamburguesas buenas y grandes con muchas patatas fritas? —pregunté con sinceridad y diversión. No quería ir a un restaurante en donde pidiéramos un solomillo y nos dieran un trozo de carne de mierda de diez centímetros de largo. Quería comer de verdad, cosas ricas y de gordos, como aquella vez en París con Magnus.

Citas… había tenido citas, evidentemente, pero muy contadas. Personas importantes, ricas e hijos de familias puristas queriendo impresionar a alguien como yo, poderosa laboralmente e ilícitamente. Era aparentemente fácil sorprenderme, al fin y al cabo soy hija de una mujer cualquiera y jamás he tenido lujos en mi vida, pero lo que ellos no saben es que a mí todo eso siempre me ha dado igual y que no me interesa la riqueza material; para mí las citas era preliminares muy largos pues sólo buscaba una cosa yendo a esas cenas con ellos. Era realmente adorable ver cómo se lo curraban, pero eso no iba conmigo. No cuando toda la conversación de ese tipo de quedadas es banal y carece totalmente de todo tipo de interés para mí. ¿Qué cojones me importa la vida de un mago purista? Si son todos jodidamente iguales. “Oh, mis padres son puristas, he vivido siendo muy educado, refinado, sé bailar, soy millonario y me creo especial, pero luego entro a Slytherin y soy un puto imbécil que me meto con todas las casas menos con la de color esmeralda porque es la más guay” De verdad, cansino.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Miér Mar 09, 2016 1:48 am

Le propuse un plan para la noche a Abi, y a ella le pareció bien. Sonreí pícaramente contra su boca cuando me mordió el labio de manera juguetona cuando la besé. Cuando hacía eso me encantaba, y me daban ganas de proponer un segundo plan que podía llevarse a cabo perfectamente donde estábamos. Realmente, conociéndonos y dado a nuestro historial (sobre todo el historial que ambos compartíamos), ese segundo plan podía llevarse a cabo en literalmente cualquier parte…

-Bueno, una cita sería algo planeado con antelación para lo que nos arreglaríamos y etc, pero si quieres llamarlo así vale. Bueno, tendría que arreglarme yo, porque tú siempre estás sexy- dije cuando ella lo resumió todo con la palabra “cita”. Era cierto que nunca habíamos tenido una cita, y eso que nos conocíamos desde hacía muchísimo tiempo y nos hicimos amantes muy rápido. Únicamente no habíamos sido amantes durante el año en el que yo había vuelto a estar con Alyss, y ahora éramos mucho más que amantes y aun así no habíamos salido por ahí como hacían las parejas todo el tiempo. Nosotros no necesitábamos hacer esas cosas, pero aun así de vez en cuando a mí no me parecía que estuviese mal. Reí cuando Abi me dijo que era un hombre fácil.- Sólo con las mujeres que de verdad me gustan.

Ella me robó mi preciada botella de whisky y bebió, y cuando dejó de beber volví a besarla en los labios y tas separarme de ella enterré mi rostro en su cuello unos segundos y la mordí ahí juguetonamente. Reí contra su piel cuando ella me dijo a qué sitios no quería ir y a cuales sí, y volví a separarme de ella para mirarla a los ojos.

-Vaya, a la basura se van mis intenciones de llevarte al Le Gavroche- dije con tono sarcástico, poniendo el acento francés más ridículo del que era capaz y haciendo una leve mueca al decirlo, sin borrar mi pequeña sonrisa ladeada mientras miraba a Abi. Había ido a muchos restaurantes pijos y refinados a lo largo de mi vida, pero odiaba ir a ellos cuando tenía hambre. Mientras que había algunos pocos que sabía apreciar, no compartía el amor por ellos que mis padres habían tenido. Mi padre porque el hombre (y esto lo admito porque es la verdad a pesar de que yo adoraba a mi padre) tenía un palo metido por el culo y se negaba a rebajarse a comer algo cuando salía de casa que costase menos que todo el sueldo de una persona con un trabajo normal, y mi madre porque a ella le encantaba el ambiente de aquellos lugares. En ningún momento se me había pasado por la cabeza llevar a Abi a cenar a un sitio así, y si algún día lo hacía sería porque ella quería ir a ese sitio en cuestión.- Claro que conozco sitios con buenas hamburguesas con muchas patatas fritas. Ven, te llevaré a un sitio donde nos pringuemos de grasa.

Nos levantamos de la silla de mi despacho para empezar a ponernos en marcha. Con un simple toque de mi varita todos los papeles se ordenaron ellos solos y el despacho quedó impecable, y entonces cogí mi chaqueta y salí con Abi de allí. No nos desaparecimos, pues el sitio al que pensaba llevarla no estaba lejos de allí y ya no hacía tanto frío a aquellas horas como lo había hecho en meses pasados, así que se podía ir caminando sin problemas. Salimos del Ministerio y mientras caminábamos me acerqué a ella y pasé mi brazo por encima de sus hombros y la guié por las calles mientras charlábamos tranquilamente e íbamos hasta el restaurante menos refinado de Londres después de McDonald’s.

Abrí la puerta y dejé que Abi entrase antes que yo. El interior de aquel lugar era cálido y agradable, estaba iluminado igual que un bar, la música era buenísima, el ambiente estaba cargado de el sabroso aroma de todo el tipo de comida que hacía que uno sintiese que iba a reventar y engordase cinco kilos de golpe.

-¿Te gusta o prefieres un sitio menos no-pijo y más sano?- pregunté a Abi con una sonrisa burlona. Una camarera se nos acercó y nos llevó a una mesa libre que había. Aquel lugar era conocido porque los camareros y camareras no estaban vestidos como en otros sitios, de manera profesional, sino que ella iban con los pantalones más cortos del mundo que marcaban culos respingones y con tops veraniegos que enseñaban el ombligo e iban muy maquilladas y sobre altos tacones, aunque algunas iban sobre patines, y ellos iban marcando paquete y con camisetas apretadas y sin mangas para enseñar sus fuertes músculos. Era el lugar ideal para todas las sexualidades, y las hamburguesas, las patatas fritas, las alitas de pollo y los aros de cebolla y todo lo demás estaba delicioso.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Mar Mar 15, 2016 10:54 pm

Una cita es una quedada entre dos personas, fin. Lo que socialmente se había creado una idea equivocada de la palabra “cita” y, por norma general, la gente suele tender a relacionar esa palabra con una reunión de carácter amoroso en donde ambas partes tienen que estar arreglados para impresionar y cuyo propósito es hacer alguna mariconada como cenar o ver una película de manera inocente y sin maldad mientras se conocen. Una cita era eso. Puede terminar con un encuentro sexual o con un adiós muy buenas, pero no tenía más ciencia. Pero fuera como fuese, si yo ahora iba con mi pareja a cenar por fuera cuando por norma general lo que hacemos fuera de casa es o trabajar o asesinar personas, automáticamente se convertía en una cita.

Y si tenemos en cuenta el hecho de que entre Caleb y yo jamás había habido una quedada como ésta, todavía tenía más nombre de cita. Era como dar un primer paso después de haber subido todos los niveles posteriores.

Curvé una sonrisa cuando afirmó que yo siempre estaba sexy. Era lo que intentaba, de hecho. Adoraba ser el centro de todas las miradas aunque ahora mismo solo me importase una.

Caleb, tú con cualquier mierda, borracho como una cuba o incluso lleno de sangre, sigues estando irresistiblemente sexy —una pícara sonrisa me asomó de manera lenta—Y te lo digo yo, que aborrezco la sangre.

Y es que no hacía falta más que mirar a Caleb para darse cuenta de que está por encima de la media, objetivamente hablando. No necesitaba arreglarse para ir a ningún lado; mucho menos a una “cita” conmigo que bien le acababa de dejar claro que quería ir a un sitio que fuera todo lo contrario a pijo. Que Caleb era muy pijo y a mí no me iba ese rollo lo más mínimo.

Pero al parecer él tenía el lugar perfecto en mente. Nos levantamos de allí y nos dirigimos a la salida que daba a la calle muggle para continuar caminando desde allí, ya que no parecía estar muy lejos. Hacía un poco de frío, pero ni de lejos como los meses anteriores, de hecho, a pesar de que iba en falda y medias, acompañadas de una elegante americana, no pasé apenas frío. Eso sí, cuando llegamos al restaurante en cuestión tuve que quitarme la americana en cuestión de segundos. Yo no era de esas chicas frioleras que necesitan mil capas para no pasar frío, sino todo lo contrario, me sofocaba con rapidez, sobre todo en un lugar tan cargado y con olores tan fuertes de comida.

Me pareció de lo más curioso que Caleb conociera ese sitio, ya que no me pegaba nada rodeado de chicas en patines enseñando culo y tíos con ropa más apretada que yo marcando semejante paquete. Nos sentamos y la camarera nos dejó la carta antes de irse moviendo sugerentemente su trasero. Curvé una sonrisa y se lo miré, ya que para eso lo movía de esa manera y se ponían esos pantalones.

Parece un sitio lo suficientemente grasiento para mí, me vale —contesté, cogiendo la carta para abrirla. Aunque para ser sincera, ni la ojeé un segundo, sino que miré a Caleb— Se me hace raro que después de que me hubieras llevado como vacaciones improvisadas a Punta Cana y tengas un nivel de vida de millonario lujoso, conozcas un sitio de hamburguesas donde las chicas parecen de dudosa reputación y los hombres unos metrosexuales —argumenté de manera divertida y traviesa, humedeciéndome ligeramente los labios—Que no me quejo. Es diferente y tiene buen ambiente, pero nadie se imaginaría a alguien como tú aquí dentro. ¿De qué conoces este sitio?

Cogí la carta que se presentaba justo delante de nosotros de manera vertical y ojeé lo que había en su interior. Había tantas cosas fritas que por un momento sentí que ya se me obstruían las venas hasta antes de comer. Sonreí y se me hizo la boca agua a la par que rugía mi estómago al leer todas las cosas buenas que habían, acordándome de cuándo fui la última vez que me había llevado un tentempié a la boca, que fue más o menos antes de pasarme una hora discutiendo con mi madre. Estaba entre un perrito caliente y una hamburguesa, pero no nos engañemos... la hamburguesa mexicana me había robado el sentido común desde que la leí.

La chica vino a tomarnos notas, primero de la bebida, como es costumbre en todos los lugares de comida. Para que así te la bebas pronto y vuelvas a pedir otra. Miré a Caleb para que pidiese él primero y la verdad es que yo pediría lo mismo que él por falta de imaginación en este preciso momento. Cuando la camarera se fue, lo miré a él tras apoyar mis manos en la mesa.

Hoy he tenido que reunirme con mi madre —me llevé los dedos de una mano al entrecejo, lugar donde apreté levemente en señal de inconformidad—¿Has tratado con ella alguna vez? —pregunté, pues nunca le había preguntado por ello. Era muy probable que hubiera tratado con ella por eso de que ella es una auror prepotente y él el jefe del departamento de los desmemorizadores, pero no me extrañaría si no había sido así—He perdido casi una hora y media con ella. ¿Sabes esas irrefrenables ganas de ver sufrir a la persona que tienes delante de tus ojos de la manera más lenta y dolorosa? —añadí, ensombreciendo el gesto pues hablar de mi madre me ponía de mala hostia—Cada vez estoy con menos ganas de controlar mis impulsos más asesinos con ella —solté aire entonces, sintiendo que me faltaba algo.
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Caleb Dankworth el Vie Mar 25, 2016 5:43 am

Ya que Abi no quería ir a ningún sitio pijo la llevé a un lugar que estaba seguro de que la gustaría, o al menos eso esperaba. Tenía todas las cualidades que ella había pedido, y sobre todo tenían comida muy grasienta y de gordos, y como a lo que íbamos era a por la comida, pues todo debía de estar bien. Me complació comprobar que a Abi sí que le había gustado el lugar y que yo había elegido bien, por lo que esbocé una sonrisa cuando nos sentamos en la mesa a ojear los menús y a esperar a que viniesen a atendernos. En épocas pasadas también me habría distraído mirándole el culo a las camareras, pero no iba a perder mi tiempo en eso cuando tengo a la mujer más hermosa y más sexy haciéndome compañía.

-Conozco muchos sitios donde las chicas son de dudosa reputación- dije con una sonrisa traviesa en respuesta a su comentario acerca de su sorpresa de que yo conociese un lugar como este a pesar de mi status social y económico. ¿Qué tendrían que ver una cosa con la otra?- Cuando era pequeño y adolescente venía aquí con Jonathan y Sylvan a comer comida que si mi madre la viese habría puesto el grito en el cielo, porque acabábamos siempre pringados. Pero claro, nosotros éramos críos y nos encantaba comer aquí. Jonathan siempre se metía en líos con las camareras y Sylvan siempre conseguía que le diesen un perrito caliente extra gratis- sonreí al recordar aquellos momentos de mi infancia y adolescencia.- ¿Y por qué no te imaginarías a alguien como yo aquí dentro? Soy rico, pero no tengo un palo metido por el culo. Me gusta el buen ambiente y la comida grasosa tanto como a cualquier otro mortal sobre la faz de la Tierra.- Pero mi padre hubiese detestado este lugar, y si hubiese entrado aquí o a algún otro sitio remotamente parecido hubiese tenido que ser a rastras. Si la comida no le costaba una cantidad de dinero escandalosa para tratarse de una sola cena no se molestaba en entrar al restaurante, él casi exigía que le sirviesen en platos de oro. Deberían editar el diccionario y poner de definición oficial de la palabra “Estirado” el nombre de mi padre, Arthur Dankworth.- Ahora que lo pienso, habrías odiado a mi padre- comenté antes de ponerme a mirar a carta, aunque recordaba casi todo lo que había en ella. Mi padre aún estaba vivo cuando yo había conocido a Abi, él murió años después, pero que yo sepa nunca llegaron a coincidir en persona. Sí que debería haberle visto en los periódicos o haber escuchado algo de él, pues era un mago muy importante y siempre estaba metido en algo.

Vinieron entonces a preguntarnos qué queríamos beber, y como Abi no dijo nada pedí yo primero.- Una cerveza, por favor- pedí educadamente. Hacía mucho tiempo que no me bebía una cerveza muggle normal, y aquí servían unas jarras muy grandes y sabrosas. Abi le pidió lo mismo y la camarera lo apuntó; la chica era joven y guapa y tenía una camiseta tan prieta y un pecho tan antinaturalmente enorme que parecía que iba a reventar la prenda o que le iba a sacar un ojo a alguien, o ambas cosas.

Cuando la chica se fue escuché lo que Abi me dijo acerca de su madre. Asentí cuando me preguntó que si había tratado con ella alguna vez.- Sí, varias veces. Me cae estupendamente- dije con un tono y una expresión tan verdadera que a absolutamente nadie le hubiese cabido duda alguna de que estaba diciendo la verdad. Pero no, no estaba diciendo la verdad, solo quería disfrutar de ver la expresión de horror de Abi después de oírme decir eso. Dejé caer mis manos sobre las suyas en la mesa y me reí.- Es broma, esa mujer es insufrible- dije entonces. Esta vez sí que decía la pura verdad, no soportaba a esa mujer, me había parecido gilipollas en todas las ocasiones en las que me había cruzado o reunido con ella. Pero se veía que el genio lo había sacado su hija de ella, aunque prefería no comentar en alto que me parecía que en algunos aspectos Abi se parecía a su madre porque no quería quedarme soltero de nuevo. Reí por lo bajo y asentí cuando Abi me habló de sus ansias asesinas y macabras.- Sí, lo sé, lo sé… Pues no los controles. Haz como yo, que odiaba a muerte a mi suegro y sus restos descuartizados y carbonizados acabaron mezclados con la comida de cerdo en una pocilga de una granja a las afueras- dije tan tranquilo, sonriendo al recordar aquel día.- ¿Qué te detiene?

Abi no era de las que le temblase la mano a la hora de asesinar a quien le diese la gana, así que alguna razón de peso tenía que tener para que su madre siguiese viva, y yo tenía curiosidad. Nos trajeron en aquel momento las bebidas, y tocaba ya pedir la comida si teníamos decidido qué era lo que queríamos.

-Creo que me voy a pedir la hamburguesa doble de queso y bacon con cebolla caramelizada- dije, casi relamiéndome al leer todas esas cosas ricas. Desde donde yo estaba casi podía oir los rugidos del estómago de Abi. La miré.- ¿Y tú?

Cuando pedimos la comida la camarera volvió a marcharse y a dejarnos solos y pudimos volver a hablar tranquilos.

-¿Por qué te ha vuelto tu madre loca hoy?- le pregunté a Abi, invitándola a que se desahogase si lo necesitaba.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Sáb Mar 26, 2016 3:48 am

Me hizo pensar fatal cuando Caleb afirmó que conocía otros lugares en donde había chicas de dudosa reputación. Preferí no preguntar para ahorrarme los detalles, pero suponía que el lugar más común por el que decir eso sería el Callejón Knockturn. Ahí te encontrabas con una persona y no sabías si quería venderte drogas, llevarte a la cama o lanzarte un maleficio. O las tres cosas juntas en plan combo mix. Que oye, el hecho de que Caleb frecuentase el Callejón Knockturn me parecía incluso más normal que el hecho de que frecuentara ese tipo de restaurantes. Los Dankworth eran una de las familias más puristas y prestigiosas del mundo mágico, reconocida por su gran posición económica. Vale que Caleb no tuviera un palo metido por el culo, pero era un Dankworth al fin y al cabo.

He tenido muchas experiencias de aquí hacia atrás con muchos hombres que intentan impresionarme y no llegan ni a la mitad de tu poder económico y, aún así, todos y cada uno de ellos me han llevado a lugares refinados y elegantes, pijos y horrendos en dónde un plato te cuesta el sueldo de un mes —expliqué sin complicarme demasiado en dar detalles—No acostumbré a tener citas contigo, pero cualquiera diría por tu renombre y tu dinero que frecuentar este tipo de restaurantes no iría contigo —observé de la misma manera. Era mi opinión, claro, pero apostaba lo que fuera a que el noventa por ciento de la gente pensaría lo mismo que yo. Las apariencias engañan, sin duda y me alegraba fervientemente de que hubiera sido así con Caleb—Pero no te preocupes, me gusta que seas un millonario que va a comer a dónde la plebe muggle —ironicé divertida, alzando levemente la ceja.  

El tema de su padre me cogió totalmente por sorpresa. ¿A qué venía eso? ¿Me había comentado algo de él y estaba distraída pensando en otra cosa que ni me enteré? Joder… tengo que empezar a prestar más atención cuando me hablan. Lo miré algo confundida, ya que yo no tenía ni idea de prácticamente nada de su padre a excepción de lo que salía en prensa de él cuando aún vivía. Y vamos, por aquel entonces no es que estuviera muy al día de las noticias de El Profeta.

Teniendo en cuenta el porcentaje de personas que me cae bien con las que no, es muy probable que tengas razón —una pícara sonrisa asomó de mis labios—¿Por qué lo dices?

Le conté sobre mi madre porque necesitaba desahogarme. No era la primera vez que tenía un día de mierda por su culpa, pero hoy había rebasado con creces la fina línea que separa mi mala hostia con mi jodida paciencia, una paciencia que reservo encarecidamente para cuando tengo que tratar con ella. Una paciencia que, desgraciadamente, ya no es suficiente. Mi cara de horror cuando Caleb me dijo que le caía bien me delató por completo en aquel momento. ¿Que a mi pareja le cayera bien mi madre? El mundo al revés, definitivamente. Sentí un tremendo alivio cuando sonrió diciéndome que era broma. No era la primera vez que una persona me decía que mi madre era amor, por lo que ya consideraba que en este mundo todo era posible.

No bromees con cosas que puedan darme un jodido ataque al corazón —bromeé poniendo ligeramente los ojos en blanco. Fue él mismo el que me animó a ejercer de mano ejecutora para aquella persona que hace un mal en mi vida, pero sí Ariadne aún seguía viva es precisamente porque así lo quiero. Bajé la mirada hacia el mantel. Ganas no me faltaban, pero hay un principio moral que es básicamente lo que me impide dar el paso—Mi hermano —contesté a la pregunta de Caleb tras alzar levemente mi mirada. Por muy gilipollas que fuera mi madre, le hacía el bien a mi hermano y no quería por nada que Max terminase con la marca tenebrosa tatuada en el brazo o, peor, metiéndose en líos con los que sí las tienen. Veía a mi hermano débil e inexperto y además de que mi madre lo mantendría siempre a salvo, él adoraba a Ariadne y jamás haría nada que me alejase a mí de él. Y claro, si mato a nuestra madre, ética y moralmente es lógico que mi hermano me odie—Max la adora, no puedo ni pensar en cómo se quedaría si se entera que su hermana mata a su madre —expliqué negando suavemente con la cabeza—Aunque Ariadne no haya sido nada para mí, para mi hermano sí que lo es. Evidentemente, si por alguna razón o por una cruel jugada del destino mi madre se coloca en frente a mí y está en juego su vida o la mía, con gusto me quitaré la máscara antes de enviarla al otro mundo sin que me tiemble la mano —dije eso acercándome a él en la mesa y bajando la voz, esbozando una sonrisa de lo más perversa. No iba a buscar la muerte de mi madre, pero tenía claro que entre ella y yo no iba a ser yo la que cediese a la compasión, no con ella. Estoy dando todo lo que tengo, mi paciencia y mi tiempo, por soportar aquello que deseo erradicar por mi hermano, pero si se me pone delante no pienso darme la vuelta ni dudar ni un momento.

Entonces ojeé la carta por encima en el último momento cuando Caleb me preguntó y opté por la número trece, la cual tenía un montón de cosas y parecía lo suficientemente grasienta como para cumplir mis deseos. Miré entonces a la camarera para dar mi veredicto final.

Yo la especial, con queso cheddar y cebolla caramelizada —elegí un poco al tuntún, ya que tampoco me había puesto a estudiar demasiado la carta.

Bebí de mi cerveza cuando la camarera se dio la vuelta y escuché la pregunta de Caleb poniendo los ojos ligeramente en blanco.

Por todo —dije como resumen insustancial—He tenido una reunión con el departamento de seguridad mágica y ella ha sido la representante del mismo. Es imposible que una reunión sea fructífera si ambas estamos en ella. No para de lanzarme pullas, de degradar mi trabajo y de intentar de volver a todos contra mí y mi opinión, opinión que realmente no es mía, sino del Ministro. Y si por lo menos frente a los demás empresarios mantenemos una actitud ligeramente respetuosa, cuando salimos y estamos a solas aquello se vuelve una bomba de relojería. Me están fallando las ganas de mantener la compostura y no hacer una locura en medio del Ministerio… —solté aire y apoyé los codos en la mesa para pasarme las manos por el rostro—Y hoy he tenido que tratar tooooodo… —alargué de manera cansina esa “O” para denotar mi absoluto estado de cansancio mental—...el día con ella.

Pero entonces dejé de mi decadente rostro a un lado y suspiré algo conformista ante la cruda realidad. Eso sí, sonreí de repente por otro acontecimiento de ese día que, entre tanta miseria, se me había olvidado contarle a Caleb.

Y vino Apolo a verme, por cierto. Volvió de Rumanía hace poco debido a su trabajo y se pasó a saludar y contarme las nuevas —me apoyé entonces en mi propia mano, la cual estaba apoyada en la mesa—Hacía meses que no le veía —confesé de manera casi inconsciente haciendo memoria de la última vez que lo había visto. Aún me hacía gracia que fuera, oficialmente, mi marido.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Abr 01, 2016 3:32 am

A mí me gustaban esos restaurantes caros y refinados de los que Abi hablaba, a decir la verdad era más normal encontrarme en uno de esos que en uno como los que estábamos ahora, pero era un hombre de gustos varios y no podía decirle que no a las hamburguesas de este sitio, y menos cuando sé que Abi prefería estar en un lugar como este que en un lugar como aquel.

-A las mujeres se las impresiona llevándolas a donde ellas quieren ir- dije cuando me dijo que hombres en el pasado habían intentado impresionarla y habían fallado. No me extrañaba, la verdad. Abi era difícil de impresionar a veces, los lujos y las cosas materiales no eran lo que más le llamaba la atención del mundo, aunque había demostrado que sabía apreciarlos.- Admito que me gusta ir de vez en cuando a esos lugares que cuestan un ojo de la cara, pero solo en ciertas ocasiones en las que un restaurante de esos es más apropiado. Pero sino claro que me junto con la plebe muggle, son tan buenos cocineros como víctimas- dije con tono casual pero con mis labios torcidos en una sonrisa.

Al estar aquí y acordarme de mis hermanos y de momentos de mi infancia ya adolescencia también me acordé de mi madre, y por supuesto de mi padre. Él había sido un hombre estricto, extremadamente purista y clasista que no toleraba nada que estuviese, como él decía, “por debajo de nuestro nivel”. Al acordarme de eso fue cuando me di cuenta de lo mal que se hubiesen llevado él y Abi, y por eso lo mencioné en alto de manera algo distraída. Abi me preguntó la razón de ello y suspiré, pensando en todas las razones por las que mi padre hubiese desaprobado de Abi.

-El hombre era… muy suyo- dije, sin saber muy bien cómo describir las cosas negativas de mi padre sin llegar a insultarle. Era mi padre, después de todo, y yo le quería y todavía le echaba de menos tras su asesinato.- Todo le parecía mal, y él se consideraba el rey y señor de todo y todos y consideraba que estaba por encima de todo el mundo. A ti te hubiese estado criticando todo el tiempo por todo. Hubiese criticado tu forma de ser- que a mí me encantaba- tu independencia, y tu ocasional insolencia- reí un poco al decir eso último. Abi cuando tenía que ser respetuosa lo era, pero como se la calentase bien sabía yo cómo se ponía. Tenía un espíritu indomable muy parecido al de mi hermano, y mi padre y Sylvan se habían estado tirando siempre de los pelos el uno al otro.- Le habrías mandado a tomar por culo en menos de una hora después de conocerle.

Cuando le gasté la broma haciéndola creer que me llevaba estupendamente con su madre me reí muchísimo, pues la cara de espanto que puso fue buenísima. Fue puro horror lo que cubrió su rostro hasta que se dio cuenta de que era broma, pero me controlé y dejé de reír, aunque seguí sonriendo.- Lo siento, deberías haber visto tu cara…

Me dijo que la razón por la que no había matado a su madre todavía era su hermano, a quien eso afectaría demasiado.- No tiene por qué enterarse- dije con tono serio, y esa mirada que siempre tenía cuando hablaba de matar. Era la mirada de un psicópata que disfrutaba de ello mezclada con la de un hombre de negocios que hablaba como si aquello no fuese más que un asunto de oficina totalmente normal y mundano.- Tu hermano no sabe lo que eres, ¿verdad? Y tu madre es una mujer importante, hacer como que los nuestros la han matado por cuestión de ideales en vez de por algo personal sería muy fácil. O puede desaparecer. O tener un accidente…- las posibilidades eran muchas.

Nuestra conversación poco convencional fue interrumpida por la camarera y mientras Abi pedía bebí un sorbo de mi cerveza fresca. Estaba buena. Abi me contó entonces cómo era que su madre había estado volviéndola loca todo el día y puse los ojos en blanco. Había tratado suficiente con esa mujer como para saber lo desagradable que llegaba a ser.

-Lo lamento por ti, no sé cómo has tenido tanto autocontrol como para no sacarla los ojos en pleno Ministerio- dije, realmente admirado y entendiendo el estrés de Abi perfectamente.- Yo he estado a punto de dejarte huérfana en varias ocasiones, cada vez que tu madre se presenta en mi despacho o yo tengo que reunirme con ella por cualquier razón me da un dolor de cabeza espantoso. Pero oye, ahora estás conmigo- le dije esbozando mi sonrisa más seductora.- Espero poder compensarte el día horrible con una muy buena noche.

Bebí un poco más de cerveza, y entonces Abi me dijo que Apolo había ido a verla.- Qué bien. ¿Qué tal le va todo?- en las ocasiones en las que había coincidido con Apolo me había caído bien, aunque no habíamos tenido mucho trato. Entonces me acordé de algo que Abi me dijo durante nuestras vacaciones en Punta Cana, cuando estábamos en el yate, y me puse más serio que antes.- Oye, una cosa… ¿Sigues casada con Apolo?

El matrimonio ese era una completa farsa, obviamente, pero era muy legal. Me había cachondeado muchísimo de eso cuando me enteré y en otras ocasiones, pero me había olvidado completamente de todo eso después de que Abi y yo discutiésemos, y cuando después nos reconciliamos y empezamos nuestra relación me no me había acordado hasta ahora. Suponía que ya se habría divorciado, pero si no entonces eso me convertía en “el otro”. Había sido amante de muchas mujeres casadas en el pasado, había tenido más de una pelea con compañeros del Ministerio por eso. Pero ser “el otro” de Abi, mi novia… ni puta gracia, la verdad.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Miér Abr 06, 2016 2:10 am

Apostaba lo que hiciera falta a que a Caleb nunca le ha hecho falta impresionar a nadie, solo siendo él ya tendría a todas las chicas encantadas hasta llevárselas a la cama. Y aún así, tenía más idea de cómo impresionar a las chicas que cualquiera de los muchos hombres que realmente necesitan de esa primera impresión para conseguir llevarse a alguien a la cama.

Muchos hombres creen conocer a las mujeres y terminan organizando citas de lo más patéticas —comenté con una sinceridad absoluta; se me notaba en la voz que yo había pasado por más de una cita patética en manos de algún gilipollas y que en ese momento estaba pasando ese ridículo flash por mi cabeza—. Hombre, claro —le di la razón y con razón. No iban a ir a un puto burger grasiento todos los peces gordos del Ministerio en una habitual cena de negocios.

Caleb jamás me había hablado de su padre y yo no sabía absolutamente nada de él además de lo que decía la prensa del cabeza de la familia Dankworth hace muchos años cuando aún estaba vivo. A simple vista, o por lo menos de cara a la presa, no parecía ser un hombre demasiado amistoso o jovial y, efectivamente, Caleb me lo corroboró cuando me explicó el por qué de que yo no fuera a caerle bien. Curvé una sonrisa algo ocasional cuando me describió las cosas que su padre no aguantaría de mí.

Puedo llegar a ser una mujer muy obediente y respetuosa si me lo propongo…  —aseguré, elevando ligeramente la mirada hacia Caleb en un gesto profundamente inocente y que parecía no albergar ni el mínimo rastro de maldad. Llevaba ya mucho tiempo siendo asistente del ministro. Con Benjamin no me hacía falta aparentar, pero con el anterior sí y, además, nunca se sabía cuándo iban a cambiar las cosas—. ¿Pretendía que te buscaras a una mujer sumisa, dependiente y obediente? Te hubieras aburrido tremendamente rápido de alguien así… —Era una mente retrógrada, típica de los señores y cabecillas de familias prestigiosas y, sobre todo, purista. No lo iba a decir alto por eso de la empatía que estoy intentando desarrollar con la gente que me importa, pero menos mal que estaba muerto. Los padres son una puta carga.

Si bien Caleb no me había hablado casi nunca de su padre, yo a él de mi madre le había hablado incontables veces. Pero claro, su padre estaba muerto y no importaba entre comillas y la mía estaba dando por culo todos los días en el puto ministerio, por lo que había cierto grado de diferencia entre ambos casos. Mi madre era el puto tumor cancerígeno del ministerio y cada vez que discutíamos parecía que dividíamos el ministerio en dos. Los que la temían más a ella la apoyaban a ella y los que me temían más a mí pues me apoyaban a mí. Por suerte ella solo tiene potestad en su departamento mientras que un reporte mío puede significar el despido de algún empleado, por lo que normalmente me temen más a mí.

La idea de matar a mi madre me había rondado la cabeza mil veces. De hecho, cada vez que trataba con ella en mi mente se formaba en tiempo real una recreación perfecta de una muerte cruel y lenta. Cada día una distinta. Ganas no me faltaban de quitarle la vida; le haríamos un favor al mundo.

Son muchos factores… —chasqueé la lengua, llevándome la mano a la cabeza—. No quiero dejar a mi hermano sin madre. Si tengo que hacerlo, lo haré, pero no por un capricho personal.

Si Ariadne moría sería porque se entrometiese demasiado en los asuntos de Lord Voldemort. Entonces yo personalmente iría y le mataría con la marca tenebrosa en mi brazo y la máscara en mi mano, en nombre de aquel por quien he dado mi vida. ¿Pero matarla porque ha hecho que mi infancia sea la peor que un niño puede tener o porque sea la peor madre de la historia además de una puta zorra de mierda? No. Hasta para mí sería caer bajo. Sé fingir con mucha gente que no me importa una mierda, pero no podría fingir con Max si soy la mano ejecutora de nuestra madre.

Caleb, yo nací huérfana, cariño —ironicé con un tono de voz falsamente meloso. Será mi madre por sangre, papeles y todo lo que quiera, pero ni ella hizo el papel de madre ni yo el de hija, por lo que en base a la experiencia ahí no hubo nada. Entonces curvé una pícara sonrisa ante su comentario—Eso espero, que estoy contigo solo por el sexo.

Bebí de mi cerveza mientras le miraba bromista, ya que evidentemente estaba de coña y él era el primero que lo sabía. Si después de casi nueve meses sin sexo con él y tres sin hablar habíamos conseguido ser pareja, sin duda alguna es que no todo lo que había entre nosotros era sexo.

Sí, le va genial —contesté escuetamente cuando le hablé de Apolo. La verdad es que mi amigo me había contado mil cosas, pero como para acordarme en este momento de algunas… Además de que dudo de que tenga interés real en saber las batallitas de mi amigo. Me preguntó por el matrimonio falso que tenía con Apolo y vi que se puso serio, aunque justo en ese momento apareció la camarera con ambas hamburguesas y no pude contestar inmediatamente. Cuando la chica volvió a irse miré a mi hamburguesa y hablé—Sigo casada con él, sí. Al día siguiente de casarnos estábamos histéricos y queríamos ir a divorciarnos cuanto antes… pero luego lo pensamos y realmente tampoco era tan importante como para perder el tiempo. Así que lo hemos dejado estar… y al final se nos ha olvidado —confesé con sinceridad. Yo era la primera que quería divociarme de mi mejor amigo gay, pero como no me influía absolutamente nada y eran cosas bastantes liosas habíamos dejado que el tiempo corriera. Eso sí, me di cuenta de la expresión de Caleb, por lo que le miré a la par que pinchaba con el tenedor una patata frita y me la llevaba a la boca—¿Estás celoso? ¿No te gusta ser “el otro” de la señora Masbecth? —Algo me decía que con esas dos preguntas acababa de abrir la caja de Pandora.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Abr 08, 2016 1:21 am

Reí por lo bajo cuando Abi dijo que ella podía llegar a ser una mujer muy obediente y respetuosa si se lo proponía. Yo lo sabía, durante años la había visto aparentar ser así en el Ministerio, y sabía que sí que era obediente a sus superiores fuera de este (bueno, solo teníamos un superior, el Señor Tenebroso, y Abi era muy leal a él), pero estaba casi seguro de que no habría aparentado de esa manera tan profesional delante de mi padre. Por eso jamás les había presentado entre ellos para que se conociesen durante los años en los que yo ya conocía a Abi y mi padre seguía vivo, porque me imaginaba que el lugar en el que coincidiesen acabaría siendo un lugar más peligroso que un campo de guerra o una zona radioactiva al poco tiempo de que comenzasen a hablar. Asentí cuando Abi dijo que yo me hubiese aburrido muy rápido de una mujer como la que mi padre hubiese considerado “digna” de ser su nuera.- Por eso no volví a casarme, y eso que él se empeñó en presentarme a las hijas solteras de mil familias de sangre limpia. El quería emparentar con los Sagrados 28.- Suspiré entonces, y bebí un largo sorbo de mi cerveza, bebiendo casi la mitad. A pesar de que mi padre había sido un grano en el culo a veces era mi padre, y le echaba de menos.  

Me parecía curioso ver a Abi perdonándole la vida a alguien a quien le tenía unas ganas enormes de matar por el simple hecho de que no quería hacerle daño a su hermano gratuitamente. Nunca había visto el lado familiar de Abi, ni siquiera me había imaginado que tenía uno. Ese fuerte amor que le tenía a su hermano, tan fuerte como para frenarla de hacer algo que tanto deseaba, me sorprendía pero a la vez dibujó una pequeña sonrisa ladeada en mis labios. Abi y yo siempre habíamos sido muy distintos en muchas cosas, pero parece que al final no somos tan distintos en algunas cosas como creía.

-Quieres mucho a tu hermano- comenté, haciendo una observación sobre un dato del que nunca me había fijado mucho de ella, ya que no creo haberla visto con su hermano nunca, aunque claro que sabía de él, pues en algunas ocasiones Abi sí que me había hablado de él.- ¿Sabes cuáles son sus ideales? Con una hermana como tú y una madre como la vuestra la balanza podría inclinarse en cualquier dirección. Si le quieres mucho creo que deberías intentar que estuviese en nuestro bando para evitar complicaciones en el futuro.

Yo a Zack siempre le había dado completa libertad de que escogiese su camino, y si ahora estaba entrenando para recibir la Marca Tenebrosa era porque él lo había decidido. Cuando era pequeño era tan bueno que durante una temporada temí que fuese a pertenecer al bando enemigo porque no había ni una pizca de malicia en él para apoyar nuestros ideales, pero con el tiempo eso había cambiado y ahora su destino lo había escogido él, yo no le había empujado a tomar aquella decisión. Pero aunque no se hubiese unido a los mortífagos sí que hubiese intentado, al menos un poco, de persuadirle de que no se uniese a los enemigos para no tener problemas en el futuro. La familia estaba por encima de todo. No sabía cómo sería el hermano de Abi, pero si ella quería mucho a su hermano y él se unía al bando enemigo eso podía traerle problemas personales a Abi, problemas que preferiría que ella no tuviese que enfrentar, pues eran una dura prueba.

Cuando le dije a Abi que ya no tenía que preocuparse del dolor de cabeza que le había provocado su madre durante todo el día porque ahora estaba conmigo y procuraría que esta fuese una buena noche escuché su comentario y, sabiendo claramente que era una broma, sonreí de manera pícara.- No tendrás quejas hasta la fecha, me imagino.

Nos trajeron entonces las hamburguesas, por lo que dejamos de hablar durante unos instantes mientras nos servían. Detestaba hablar en los restaurantes cuando había camareros delante, era una manía que había tenido desde pequeño, esperaba siempre a que se marchasen. Lo bueno era que aquí servían rápido y se marchaban rápido, pero primero me dediqué a hincarle el diente a la hamburguesa que había pedido. Estaba riquísima, como siempre. Abi contestó entonces a la pregunta que le había hecho antes de que apareciese la camarera, una pregunta que no había formulado con tono muy alegre. Apolo era el tío más gay que había conocido y sabía que entre él y Abi, obviamente, no había absolutamente nada, por eso cuando se habían casado me había dado la risa porque sería el matrimonio más inútil del mundo… pero entonces Abi era solo mi amiga, y ahora estábamos en una relación, y la cosa ya me parecía un poco menos divertida.

-Si seguís tardando tanto en firmar los papeles vais a llegar a vuestro primer aniversario. ¿Queréis que os hagamos fiesta?- pregunté con tono altamente sarcástico antes de darle otro bocado a mi hamburguesa, y luego me limpié las manos y la boca con la servilleta para quitarme toda la grasa.- ¿Celoso, yo? No- dije con sinceridad. No estaba celoso, pues no tendría puto sentido que lo estuviese. Pero aun así no me hacía mucha gracia, e hice una mueca cuando escuché las últimas palabras de Abi. La miré con los ojos entrecerrados. Señora Masbecth, por favor… Si Abi dejase de ser la señorita McDowell lo mejor sería que fuese por ser la señora Dankworth. Me mordí la lengua fuertemente para no decir aquello, ya que sabiendo cómo era Abi con estas cosas era mejor no decir nada.- Muy graciosa… Lo que no me hace tanta gracia es que legalmente estás atada a esa familia, y por ahí hay personas a quienes lo que pone en un documento les importa más que la realidad. Tú eres mía…- no dije eso con tono de posesión, sino que en aquel momento mi tono de voz adquirió un matiz grave que solía aparecer solo cuando Abi y yo estábamos en nuestros momentos más íntimos, y mis ojos la miraron con intensidad- y yo no soy solo el tipo que te calienta la cama por las noches…

Las mesas de aquel restaurante eran muy pequeñas, de esas que cuando la gente se sienta uno enfrente del otro las piernas se chocan, así que cuando dije aquello no tuve ningún problema en meter el brazo por debajo de la mesa y posar mi mano sobre su pierna, y deslizarla sobre su muslo por debajo de su falda de manera muchísimo más descarada de lo que era apropiado para un restaurante abarrotado de gente.
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Abigail T. McDowell el Lun Abr 11, 2016 1:37 am

Su padre parecía el típico padre purista tocapelotas que amenaza con quitarte la herencia si no hace lo que a él le sale de los cojones. Conocía a ese canon porque había tratado mucho con ellos, el ministro el más cercano ejemplo, pero por suerte no había tenido que vivir con uno así. De hecho, prefería mil veces no tener referencia de padres a tener personas así que controlen mi vida. No era ni tanto ni tan poco, dirían algunos, pero sin duda prefiero lo nulo que me ha ido muy bien sin ellos.

Le conté a Caleb el por qué de no querer matar a mi madre. Además de que éticamente matar a la que te ha dado la vida no es algo que ayude con el karma, básicamente no lo hacía por mi hermano. No había hablado mucho a Caleb de mi hermano, pero bueno, cada vez que lo hacía quedaba clara mi preocupación por él o lo mucho que lo quería. Si bien no hablaba mucho de él era simplemente para que nadie supiera que era uno de mis puntos débiles. Hay mucho hijo de puta suelto por ahí como para poner en juego a una de las personas más importantes de mi vida por los líos en dónde me he metido yo sola.

La idea de que Max se inclinara por el bando de mi madre la había pensado muchas veces y la verdad es que no me preocupaba del todo. Sabía cuán agobiante podía llegar a ser Ariadne y también conocía las quejas de mi hermano con respecto a ella. ¿Pero convencer a Max para que se una a la causa? No, gracias. Sabía lo complicado que era y el peligro que conllevaba. Y no. No quería ver a mi hermano metido aquí. Que se quedase en la línea neutra, alejada de cualquier enfrentamiento. Ahí estaría bien.

Sé que no son los de mi madre y con eso me basta —contesté de manera resumida a la pregunta de los ideales—Y no quiero que se una a la causa. Nunca le he visto como un hombre, siempre como a un niño y quizás es por eso por lo que no le veo capaz de aguantar ni de coña lo que tenemos que aguantar nosotros. Además, antes era todo más fácil cuando solo estaba yo. Ahora tengo que preocuparme por ti y por tu encantador hijo. ¿Meter a mi hermano también en el saco? —pregunté retóricamente—. No, gracias.

Y eso era una realidad. Antes yo era un “viva la vida”, un “me da igual el mundo”. Iba, hacía lo que me salía de las narices y me metía de lleno en todos los problemas sin esperar a encontrar la solución y solo me preocupaba de mí, de mi bienestar y de mi salud. ¿Pero ahora? Qué desagradable es ese momento en dónde te hieren a ti y piensas primero en el bienestar de la otra persona antes que el tuyo. ¿Pero desde cuándo? ¿Desde cuándo me preocupo más por otras personas? Sabía perfectamente el momento exacto en dónde le había cogido ese cariño a Caleb. ¿Pero a su hijo? Pff, insólito. Pero había sido inevitable.

Caleb sabía que si no funcionásemos en la cama, lo nuestro no hubiera funcionado ni de coña, por lo que curvé una sonrisa cuando dijo que no tendría queja hasta la fecha. Jamás había tenido y por suerte no paraba de sorprenderme.

Imaginas bien —dejé claro—. De tenerla serías el primero en saberlo. Ya sabes que no soy de esas que finjan en la cama.

Solo había fingido una vez en mi vida y había sido en Hogwarts. Después me volví una zorra con estilo y ni de coña iba a dejar que un tío se “aprovechase” de mí para llegar y que luego a mí me dejase a medias por no saber utilizar sus virtudes de hombres. Pero ni de coña, vamos. El sexo era cosa de dos. Y a mí o me hacen estremecerme de placer o les corto las pelotas.

No había que estar saliendo con Caleb para darse cuenta de que le molestaba el hecho de que aún estuviera casada con Apolo. A mí al principio me molestó, pero realmente con el tiempo me he dado cuenta de que es tan irrelevante que darse prisa en divorciarnos no era una prioridad. Ni Apolo iba a casarse ni yo tampoco, por lo que nuestro divorcio tampoco corría prisa. Pero no entendía por qué a Caleb le molestaba de repente, si recuerdo perfectamente cómo se había partido el culo cuando se lo conté estando en Punta Cana. Cogí entonces mi hamburguesa para pegarle un mordisco mientras Caleb hablaba sarcásticamente. Me limpié y dejé la hamburguesa sobre el plato para mirarle algo sorprendida por sus palabras.

¿De verdad te importa lo que piense la gente? —pregunté con una ceja alzada, ya que me parecía un comportamiento un poco infantil el “qué dirán” o el “qué pensarán”. Pero no me dio tiempo a quejarme, ya que sentí como su mano se posaba en la pierna que tenía cruzada y se colaba por debajo de mi falda. Su caricia activó mi parte más traviesa y des-crucé las piernas, dejándole una vía libre que sabía perfectamente que no iba a continuar, mirándole sensualmente, dándole a entender que de estar en otro lugar si llegaría al final de esa caricia—. Ambos sabemos que no solo me calientas la cama... y creo que no cabe ninguna duda de que solo soy tuya, por mucho que te importe lo que piense una panda de gilipollas. No sé por qué te preocupa que haya firmado un papel sin ni siquiera estar en pleno uso de mis facultades. Deberías preocuparte más por convencerme de que me divorcie rápido que quejarte por ello, ¿no? —mi sonrisa se ladeó sin dejar de mirarle—. Y parece que sabes muy bien como convencerme… —alcé un ceja, refiriéndome a esa juguetona mano que quería colarse bajo mi falda.

La verdad es que Caleb tenía una habilidad oculta de ponerme a tono con cualquier cosa que hiciera. Esa mirada, esa sonrisa y hasta el mínimo gesto ya eran reveladores de que aquello me iba a gustar y mi cuerpo lo sabía.

Hablaré con Apolo —le dije—. Pero no te prometo que sea rápido. Ambos estamos ocupados y es tedioso tener que tratar con los malditos abogados muggles —Porque al fin y al cabo, nos habíamos casado por el jodido registro oficial y si queríamos hacer que eso dejase de ser legal, íbamos a tener que tratar con ellos, ya que el registro mágico estaba totalmente fuera de su potestad. Un puto lío. Joder, puto éxtasis de los cojones.

Volví a cruzar las piernas para apartarle juguetonamente la mano y cogí de nuevo mi hamburguesa para pegarle otro mordisco. Estaba riquísima no, lo siguiente. Hacía meses que no me comía una hamburguesa tan deliciosa.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Mar Mayo 03, 2016 2:30 am

Entendí las razones de Abi cuando me dijo que no quería que su hermano pequeño se uniese a nuestras filas. Era natural para lo más mayores continuar viendo a los pequeños a los que queríamos como niños, y los niños no eran capaces de hacer ni de aguantar lo mismo que nosotros en este mundo de guerra y muerte y oscuridad. Aunque Abi no podría seguir viendo a su hermano como un niño toda su vida, en algún momento tendría que dejar de hacerlo porque era la realidad, aunque la entendía. Yo a veces tenía dificultad para dejar de ver a mi hijo Zack como a un niño y verle como lo que era, ya todo un hombre, y por eso seguía siendo sobreprotector con él a pesar de que ya hace un año que decidió por sí mismo unirse a nuestras filas y meterse de cabeza en el peligro infinito de nuestro mundo. Yo no podía prohibírselo, porque sería un hipócrita teniendo en cuenta que yo mismo recibí la Marca Tenebrosa cuando tenía diecisiete años, pero sí que en algunas cosas podía seguir intentando protegerle. Lo haría hasta el fin de mis días, porque soy su padre.

-Es entendible, se sufre mucho cuando piensas que hay alguien querido a quien le puede pasar algo… Aunque vivimos en un mundo peligroso, y algo malo puede pasar en cualquier momento, estés donde estés y seas quien seas- dije. Sonreí levemente cuando Abi dijo que ella ya tenía suficiente con preocuparse por mí y por mi hijo. Me había dado cuenta hace tiempo de que Abi no solo se preocupaba de mi hijo porque era eso, mi hijo, ni por ser su madrina en su entrenamiento mortífago, sino porque le había cogido cariño. Eso me daba mucho gusto, y sabía de sobra que Zack le tenía mucho cariño a Abi también.- Has hecho un trabajo estupendo con Zack desde que te pedí que te encargases tú de su entrenamiento, sabía que no había nadie que mejor que tú para eso. Salvo el día que me le devolviste con la cabeza igual que el monstruo de Frankenstein, claro está- dije, haciendo una mueca momentánea que borré al cabo de un segundo.- Pero he podido ver que le has cuidado muy bien, y todavía no te lo había agradecido.

Ya sabía que Abi no tenía quejas de nuestra vida sexual, pero me gustaba oírlo de sus propios labios. Abi era una fiera que siempre dejaba muy claro qué era lo que quería y lo que no, y yo siempre la satisfacía igual que ella lo hacía conmigo. En ese aspecto éramos completamente perfectos el uno para el otro, sin duda alguna.

Era consciente de que a lo mejor estaba siendo un poco idiota con la actitud que estaba teniendo respecto a la situación de Abi con su matrimonio completamente falso con su amigo Apolo, producto de una noche loca llena de alcohol y drogas. No les culpaba, bien sabía yo las gilipolleces que alguien podía llegar a hacer en aquel estado, pues tenía algunas historias que había enterrado en lo más profundo de mi memoria y que como alguien algún día las hiciese relucir mataría a ese alguien de manera lenta y dolorosa. No debería importarme que Abi estuviese casada (solo por papel, porque en absolutamente nada actuaban como marido y mujer) pero había una parte de todo el asunto que me reconcomía.

-No es que me importe lo que diga la gente, es que…- resoplé frustrado en ese momento por no saber bien cómo expresarme.- Mira, llámalo manías de pijos caprichosos, o gilipolleces de un viejo tradicional, pero hay cosas que me gustan algo más… organizadas. Hay cosas que me la sudan completamente, pero hay otras que suelen gustarme más tradicionales o como deben ser, y esta es una de ellas, supongo. Quién sabe, a lo mejor lo que me jode es que por culpa de una droga te hayas casado con un tío con el que nunca has querido estar casada pero conmigo estoy bastante seguro de que no te casarías ni aunque te pusiese el anillo más grande del mundo en el dedo- me pasé una mano por la cara, sintiéndome un poco idiota en ese momento, y decidí callarme. Realmente, ¿a quién le importa que Abi esté casada con el dragonolista pomposo? Ella tenía razón, los dos sabíamos que ella era mía y de nadie más, y yo era suyo y de nadie más, y todo lo demás daba igual aunque no pudiese evitar tener mis caprichos con algunas cosas. Dejé a un lado mi gesto algo serio y volví a esbozar una sonrisa juguetona y traviesa cuando Abi dijo que yo sabía bien cómo convencerla, y mi mano continuó deslizándose por su pierna.- ¿En serio, sé cómo convencerte?- pregunté retóricamente con tono travieso cuando dijo aquello, y mi mano se deslizó aún más por su pierna con todo el descaro del mundo por debajo de su falda, sin importarme una mierda que estuviésemos en medio de un restaurante. ¿Y qué? Lo hermoso de estar en el mundo muggle era que podíamos hacer literalmente lo que nos diese la puta gana sin consecuencias. Cuando mi mano llegó a la parte de arriba de su pierna se deslizó entre sus muslos, los cuales estaban suaves y cálidos, y la punta de mis dedos se deslizó por encima de su ropa interior lentamente, provocándola.

Alcé las cejas sorprendido cuando dijo que hablaría con Apolo para comenzar los trámites del divorcio. Coño, esto ha sido más rápido de lo que esperaba.- Sí, sé que es tedioso, tengo que lidiar con ellos más de lo que imaginas- asentí cuando ella dijo eso, y sonreí satisfecho. Me daba igual lo que tardase el proceso de divorcio entre ella y Apolo, aunque siendo un divorcio de mutuo acuerdo en el que no había ni siquiera bienes comunes que repartir ni ningún problema legal debería de ser rapidísimo; lo que importaba era que el divorcio iba a ser un hecho, y punto.- Perfecto, pues. ¡Brindemos!

Con mi mano libre cogí mi vaso de cerveza y terminé de vaciarlo. La otra mano continuaba debajo de la falda de Abi, con la punta de mis dedos jugando con ella por encima de su ropa interior pero sin llegar a tocarla a ella aunque ganas no me faltaban. Mi mirada intensa y mi sonrisa ladeada y algo perversa y atrevida dejaban claro que era perfectamente capaz de hacer mucho más, ahí, en medio de todo el mundo y sin importarme una mierda que nos pillasen. No era nada que un toque de la varita no pudiese solucionar. Pero Abi cruzó entonces sus piernas, apartando mi mano la cual saqué de debajo de su falda justo a en el mismo momento en el que la camarera volvió y, al ver el movimiento de mi mano, se dio cuenta de donde había estado metida antes. Me miró algo sorprendida y yo me apoyé cómodamente en el respaldo de la silla y cogí una patata frita y la miré con descaro, con una expresión totalmente creída que la retaba a atreverse a decir algo.

-Otra cerveza, por favor- dije sin borrar mi sonrisa descarada del rostro. La camarera abrió la boca como si fuese a decir algo, pero entonces se lo pensó mejor, hizo un pequeño gesto con la cabeza, y se alejó para ir a por la orden.
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Miér Mayo 04, 2016 3:45 am

La noche es oscura y alberga horrores… sin duda sería un buen dicho para interpretar la vida actual en el mundo mágico, sobre todo con los terrores que acechan por la noche y, cuyas víctimas, terminan siendo asesinadas o desaparecidas, siendo ellas las mismas incentivadoras del terror cuando son portada de El Profeta. Caleb y yo, junto con los nuestros, éramos los que mejores sabíamos cuán peligroso podía ser ahora mismo el mundo.

Lo sé, por eso prefiero que se mantenga al margen —sentencié sin muchas ganas de seguir hablando de ello. Por suerte Caleb cambió de tema e, inesperadamente, me agradeció por el entrenamiento y la experiencia que estaba compartiendo con su hijo. Lo miré levemente sorprendida y puse un mohin algo molesto cuando me nombró aquel momento en el que Zack terminó hecho una ruina—. En mi defensa diré que tu hijo hubiera terminado mucho peor de no ser por mí. Ha sacado de ti tu irrefrenable impulsividad y atracción hacia la muerte —curvé una sonrisa traviesa, mirándole suspicazmente—. Ya sabes que no dejaría que le pasara nada. Fue una de las primeras veces y todo se torció. Y estaba cabreada contigo como para ir a explicártelo.

Él sabía que no tenía que darme las gracias. Yo no hubiera aceptado a Zack si éste no me hubiera caído bien o si no hubiera visto potencial en él. Pero sin duda estaba siendo con diferencia el mejor aprendiz que había tenido. Obediente y que sin duda prometía. Como siguiera así no tardaría en conseguir la marca tenebrosa.

No me extrañó lo más mínimo la confesión de Caleb. Que estuviésemos saliendo oficialmente juntos ya era raro teniendo en cuenta nuestro pasado historial y él sabía perfectamente cómo era yo no sólo para las relaciones, sino incluso para los compromisos más serios, por lo que su preocupación con el matrimonio iba a salir en algún momento a la luz. Lo que no esperaba que fuera tan pronto. Y claro, si su novia que no se quiere casar por nada en el mundo está casada con su mejor amigo gay… pues la verdad es que puede llegar a joder un poco la poca paciencia que podría tener al respecto. Parecía un poco molesto, pero lo cierto es que no sabía cómo cambiar eso. No quería mentirle diciendo que habría maneras en las que yo aceptase casarme con él, ya que por el momento no tenía en mente preocuparme por algo que no quiero. De verdad que no entendía el propósito de casarse y de preocuparse por eso. ¿Acaso no estamos bien así?

Las drogas te hacen hacer cosas que jamás harías estando en pleno uso de tus facultades. ¿No te da eso ninguna pista de lo que no haría? Casarme y tatuarme en el labio. Esas dos cosas no las haría en pleno uso de mis facultades —Intenté sonar razonable, ya que tampoco quería tener una conversación sobre el matrimonio en este momento. Había tenido un día de mierda y ahora estaba perfectamente como para tener que preocuparme por una conversación que sacaría mi mala hostia a relucir.

Estaba claro que Caleb tenía un don especial para convencerme de hacer cosas que no suelen estar en mis planes del día, como por ejemplo divorciarme de mi mejor amigo gay. Pero convencerme para que me casara con él iba a costarle muchísimo más. No me veo vistiendo de blanco mientras camino por un pasillo hacia un altar. Definitivamente no. Iba a tener que drogarme mucho si quería que me casara con él. Pero por el momento su manera de convencerme para que me divorciara me estaba gustando, era como una llamada injusta a las ganas que le tenía. Una sucia manera de jugar con aquello que más me gustaba.

Brindé junto a él y no tardé en ver esa pícara mirada en su rostro, retándome a continuar con aquello. Pero sabía lo lujuriosos que podíamos ser ambos, por lo que iba a ser yo quién le cortase antes de que ambos perdiésemos el control. Crucé mis piernas y bebí nuevamente de mi cerveza sin dejar de mirarlo, bajando entonces mi mirada cuando la camarera apareció con aquella mirada de horror en el rostro hacia mi hamburguesa. Más le valía no le decir nada. De verdad que más le valía...

Aunque teniendo en cuenta cómo de regulada estaba en estos momentos, no me convenía lo más mínimo ni siquiera pensar en hacerle pagar a nadie su comportamiento. Estaba siendo supervisada y debía de mantener mi imagen más intacta que nunca. Y teniendo en cuenta mi relación con Caleb, también le convendría a él mantenerla por el momento.

Por cierto —introduje el tema, haciendo una ligera pausa—, el Departamento de Seguridad Mágica sigue investigándome. Ya con menos ahínco e interés, pero aún así continúan preguntándome tanto por mi vida cómo por Benjamin. Por eso he estado tan apartada de... nuestros asuntos —dije a falta de una palabra mejor. Él sabía a lo que me refería. No había asistido a las reuniones, no había estado realmente activa en ese mundo... Y lo cierto es que lo mejor era intentar que toda mi vida pareciese aburrida y normal hasta nuevo aviso y alejarme de la causa Mortífaga hasta poder ganarme la confianza del Departamento de Seguridad; aunque con mi madre ahí era cada vez más difícil—. Te lo digo para que te guardes las espaldas. Nuestra relación es abiertamente conocida, por lo que probablemente estés de manera indirecta dentro de sus investigaciones aunque tú no lo sepas. Así que... no te expongas demasiado, ¿vale?

Soné preocupada a mí manera. Yo sabía que él se sabía guardar las espaldas perfectamente, pero también sabía que el Departamento de Seguridad Mágica eran unos putos zorros, por lo que prefería que no intentasen ponerme en contra de Caleb. Porque entonces ahí sí que arde el mundo.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Dom Mayo 15, 2016 11:04 pm

-Ah, ¿estabas cabrada conmigo así que me devuelves a mi hijo convertido en el monstruo de Frankenstein solo por eso? Muy bien, muy bonito- reí mientras volvía a beber un poco. Estaba torciendo sus palabras completamente, sabía que aquello no era lo que había pasado, pero simplemente me estaba metiendo con ella. Sabía perfectamente que si Zack no había llegado mucho peor a casa era precisamente gracias a Abi, y por eso me fiaba de ella más que de cualquier otra persona.  

Fue solo después de soltar mi pequeño discurso acerca de mi opinión sobre la actual situación de Abi con su amigo Apolo que me di cuenta de que había partes de aquella mini-charla que podían ser algo malinterpretadas. Abi me conocía, sabía que yo era un hombre de familia. ¿Por qué razón me hubiese casado si no a los diecisiete años para formar la familia perfecta con mi novia y mi hijo recién nacido? No era algo normal que los jóvenes soliesen hacer, pero era una decisión con la que yo había sido tremendamente feliz hasta el día en el que todo se fue al garete por culpa de un puto muggle al que, da igual por dónde le busque o cuando me empeñe en dar con él, todavía no había conseguido ni identificar ni encontrar. Pero en el aspecto de la vida familiar Abi era completamente opuesta a mí, su vida había sido muy diferente a la mía en ese sentido. Ella siempre había sido un espíritu muchísimo más libre sin ataduras de ese aspecto, y pude ver la cara que puso durante unos segundos después de que yo dijese las palabras “pero conmigo estoy bastante seguro de que no te casarías”. Aquello había sido solo un ejemplo, un “¿dónde está la lógica?”, aunque ahora veía que aquellas palabras podían haber sido interpretadas por ella de una manera más seria.

-Conozco esa expresión- murmuré con una sonrisa divertida al ver la sombra de la mueca en el rostro de Abi.- No te preocupes, no te estoy pidiendo que te cases conmigo. Es algo que si no está en tus planes tampoco está en los míos. Lo de antes ha sido un comentario para marcar la ironía de la situación- porque la verdad es que ironía había mucha, en mi opinión. Pero era cierto, el matrimonio por ahora no estaba en mis planes de la misma manera que estaba completamente seguro que no estaba en los de Abi. Era algo que no había estado en mis planes desde que enviudé hace once años. Ni siquiera a Alyss le pedí que se casase conmigo, ni siquiera cuando estaba embarazada con mi hija y parecía que no íbamos a volver a separarnos.

Después de que mi método de convencerla para que se divorciase tuviese éxito y que la camarera llegara y nos mirara con una expresión un poco asustada y escandalizada a ambos (¿no resultaba irónico que una camarera que se tiene que vestir como una puta para venir a trabajar se escandalice?) la mandé a por más cerveza, y no tardó en volver con la bebida y en marcharse de nuevo, volviendo a dejarnos exquisitamente solos a Abi y a mí. Abi seguía comiéndose su hamburguesa mientras yo volvía a vaciar mi nuevo vaso de cerveza hasta la mitad de un solo trago.

Escuché lo que Abi me dijo entonces. Sabía que estaba siendo investigada desde lo que había pasado con Winslow. Idiota, podría haber tenido un poco más de cuidado, y más al estar en un puesto tan importante y tan público. Me preocupaba mucho la situación de Abi, pero por ahora ella estaba fuera de peligro. Abi era muy inteligente, ella sí que sabía cuidarse a sí misma y cubrir sus crímenes perfectamente para no dejar ningún rastro que pudiese servir de prueba contra ella.

-Es normal, sobre todo debido a la nueva jefa que tienes- dije cuando me dijo que aquella era la razón por la que había estado más apartada de los asuntos de los mortífagos desde que había estallado el escándalo con su antiguo jefe. Ben la había cagado. Puede que no estuviese confirmado que fuese mortífago y no le hubiesen enviado a Azkaban, pero por su culpa todos los mortífagos del Ministerio estábamos en peligro a causa de todas las investigaciones. Habíamos perdido la ventaja que teníamos antes sobre los Aurores, puesto que la nueva Ministra era una lameculos de los defensores de los muggles. Me encogí de hombros cuando Abi me dijo que yo tuviese cuidado porque a lo mejor también me estaban investigando a mí debido a nuestra relación.- Gracias por el aviso, pero no te preocupes. Estoy acostumbrado a que me investiguen, la familia entera ha tenido que soportar eso desde que a mi hermano le metieron en Azkaban.

Era un coñazo. En cuanto en una familia se descubría que había un mortífago los Aurores se lo pasaban muy bien investigando a la familia entera y sospechando siempre de todos sus miembros por el simple hecho de llevar el mismo apellido que el arrestado. Ser todos de sangre limpia y Slytherins nunca había ayudado, pero sabíamos deshacernos bien siempre de todas las pruebas que pudiesen incriminarnos. Pero sí que estaba un poco preocupado por Abi, ya que a causa de lo cercana que había sido a Ben se había llevado una de las peores partes de las investigaciones, y no me sentía cómodo con ella en el punto de mira todo el tiempo a pesar de que sabía que ella no era tonta y no se iba a dejar pillar.

-Ten mucho cuidado tú, por favor. Sé que nadie puede contigo, pero tu nueva jefa podría resultar peligrosa. Si algo te pasa...

Tendrían que matarme antes de que yo permitiese que cualquier mal pudiese ocurrirle a Abi. Quedó claro en las miradas y en las expresiones de ambos en aquel momento que sería mejor para el mundo entero que a ninguno de los dos nos pasase nada.  
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Caleb DankworthJefe Departamento

Abigail T. McDowell el Mar Mayo 17, 2016 11:00 pm

Normal que conociera esa expresión mía, era una expresión creada a partir de la mezcla del pánico al compromiso y la indignación de que mi propia pareja aún no supiera que no quiero casarme. Una expresión que solía salir bastante a la luz cuando Caleb o cualquier persona con la que he tenido una relación íntima deja caer la posibilidad de una unión más formal y comprometida.

Me gustó escuchar de sus labios que no tenía intención de pedirme que me casara con él si no estaba en mis planes. Lo único que espero es que no se piense que en algún momento pueda estar entre mis planes. Aún no sé ninguna ventaja por la cual debería casarme, por lo que sigo tan reacia como siempre. Por lo menos quedaba claro una cosa: no estoy con él precisamente por su riqueza, si fuera una cazafortuna lo primero que querría es un diamante en el dedo.

Pues sí, es irónico —contesté, dándole la razón—. Pero no significa nada y lo sabes. Así que no le des más vueltas.

Hablaría con Apolo para llegar a una solución pronto, al fin y al cabo y dejándolo estar… llevábamos casi un años casados ahora mismo. Sí que era irónico, sí…

Continuamos caminando y aproveché ese momento para advertirle sobre las investigaciones que estaban cayendo en el Ministerio sobre hasta el más mínimo sospechoso. Llevaban ya semanas investigándome a mí, obligándome, en cierta manera, a testificar siempre contra Winslow y exigiendo que buscase pruebas que lo incriminen. Mi predisposición a ayudar era incuestionable, pero cierto era que si bien Winslow confiaba mucho en mí, no siempre me dió tantas facilidades y confianza como yo esperaba. Tenía muchas cosas con las que incriminarle, pero bien faltaban los datos realmente puntuales para que fuese a Azkaban.

En parte mejor, porque no estaba encubriendo a nadie ya que no tenía acceso a ninguna información extra, además, así no sería yo la causante total de que el pobre Benjamin termine en Azkaban. He ayudado, mucho, pero el resto queda en mano del departamento de seguridad mágica.

Por eso es peor. Ya no solo tienes sospechas por parte de tu hermano, sino que ahora también te relacionan conmigo. A la tercera casualidad no lo tomarán como una mera coincidencia —le advertí, para que lo tuviera en cuenta. Sabía muy bien cómo actuaban esos buitres y no dejarían pasar la oportunidad de ir en contra la familia Dankworth si tenían las pruebas suficientes. No me preocupaba por Caleb pues sabía arreglárselas perfectamente, me preocupaba más por Zack que está aprendiendo y no es consciente de que hay ojos en todas partes.

¿Lena peligrosa? La dulce preocupación de Caleb por un momento casi me hace relajar el gesto, pero lo cierto es que cuando me nombró a mi nueva jefa como una tipa peligrosa me hizo sonreír. Una sonrisa un poco altanera y malvada.

Lena tiene de peligrosa lo que yo de sumisa, Caleb —bufé con algo de desdén hacia la nueva Ministra, bebiendo de mi cerveza—. Milkovich es una persona con una ingenuidad inigualable. Una sonrisa débil y un rostro desamparado compran por completo su confianza y lo único que tengo que hacer es no perderla; algo que se me da tremendamente bien —le aseguré a mi pareja para que no se preocupara por mí y mucho menos todavía por la nueva Ministra. Cierto es que apoyaba la seguridad de los muggles, el orden y la igualdad, pero no era alguien molesta, más bien era una piedrecita en el zapato que podíamos quitarla de en medio en cualquier momento—. La que me preocupa es mi madre, está yendo a por mí, asegurando sin pruebas aparentes que colaboré con Winslow. Quiere verme entre rejas y parece que no va a descansar hasta conseguirlo. Ahora más que nunca tengo que guardarme las espaldas y, sobre todo, no atentar contra ella. Supongo que mi sosiego terminará por hacerle ver a ella y a todos mi inexistente inocencia —le expliqué a Caleb. Mi tono de voz era moderado, un tono que solo permitía que él pudiera escucharme a través de todo ese ruido de cháchara que había en aquel restaurante.

Ya me había presentado delante de Lord Voldemort para explicarle todo lo que estaba sucediendo en el Ministerio. Si bien a él poco le importaba mi vida —algo totalmente razonable—, bien le importaba que alguien tan leal a él estuviese en un puesto tan importante, por lo que mi pequeña baja temporal era necesaria para mantener ese puesto tan indispensable.

Es una auténtica mierda —sentencié finalmente, ya que a mí no me gustaba tener que estar lidiando con tanta gente en pos de traicionar a los míos y asegurar mi bienestar y mi puesto. Yo quería estar ahí fuera, como siempre, haciendo misiones y haciendo lo que mejor sé hacer. Supongo que había cosas que no eran tan fáciles de compaginar—. Pero supongo que no todo siempre puede salir bien.
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